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Elementos hayekianos en el pensamiento de Edgar Morin

Edgar Morin es un intelectual muy interesante. Un hombre independiente, marginado de la Universidad, pero que se ha ganado el interés de otros estudiosos. Tiene un libro muy interesante, El paradigma perdido: el paraíso olvidado, en el que se plantea el "proceso de hominización" de nuestra especie, a partir de la sociedad de los primates. Su investigación entraría dentro del amplísimo programa de investigación de Hayek, con cuyo pensamiento comparte algunos elementos que voy a referir aquí.

El primero de ellos es la concepción de la mente como "un centro organizador del conocimiento, del comportamiento y de la acción", que, en contra de la drástica dualidad cartesiana mente-mundo, es fruto de la evolución no sólo biológica, sino social. Dice Morin: "de repente se hunde el antiguo paradigma que oponía naturaleza a cultura. La evolución biológica y la evolución cultural son dos aspectos, dos polos de desarrollo interrelacionados e interreferentes del fenómeno global de hominización. La evolución biológica, partiendo de un primate inteligente y de su compleja sociedad, viene seguida por una morfogénesis técnico-sociocultural que reanuda y estimula una evolución juvenilizante y cerebralizante". Con estas dos últimas palabras se refiere a la formación de la mente y del cerebro.

Cuando aparece la arquesociedad, como llama a la sociedad homínida prehistórica, el hombre descubre la trascendencia en la muerte, con ella la propia conciencia y la individualidad. Aparece la dualidad sujeto-objeto. En este proceso, "lo que de repente se convierte en el problema crucial para el sapiens es la incertidumbre y la ambigüedad que caracterizan la relación entre su cerebro y el medio ambiente… A partir de este momento se hace necesario interpretar los ambiguos mensajes que llegan al cerebro y reducir su incertidumbre a través de operaciones empírico-lógicas… Se hace necesario optar, escoger, decidir… El homo sapiens se ve condenado a operar según el método llamado precisamente ‘de ensayo y error’, incluso y sobre todo si se mantiene fiel al método empírico-lógico".

Este proceso de ensayo y error se produce también en las primeras sociedades homínidas, en las que se produce una diáspora y una diferenciación de los grupos sociales, con distintas adaptaciones al medio. "El conjunto del sistema social poseía virtudes tales que constituían un verdadero éxito selectivo"; una selección que también se produce para los distintos grupos sociales. Éstos se caracterizan por un sistema cultural que "en tanto que sistema generativo, asegura la autoperpetuación y autorregulación permanente". Es más, "el conjunto constituye el sistema generativo de una sociedad sapiencial que, a través de reglas, normas, prohibiciones, cuasi-programas y estrategias, controla la existencia fenoménica de la complejidad social. Dicho sistema se autoperpetúa en el curso de la sucesión de generaciones al reproducirse en todos y cada uno de los individuos".

El pensamiento de Morin tiene una tara fatal que trunca lo que de otro modo sería un pensamiento mucho más veraz. Si no lo repitiera con insistencia, no podría creer que para Morin el comportamiento individual es aleatorio, y por tanto lleva al caos. Este elemento es central en Morin y netamente antihayekiano. Ahora bien, no sólo tiene elementos dispersores. Nos dice el francés que hay fuerzas de desorden "conductas aleatorias, competiciones, conflictos" que son a su vez "componentes del orden social (diversidad, variedad, flexibilidad, complejidad). Aún en esta última faceta es la amenaza permanente representada por el desorden la que otorga a la sociedad su carácter complejo y vivo de reorganización permanente". Esto se produce por la asunción de normas de comportamiento que son más abstractas y complejas que las tribales: "Para progresar en complejidad a la sociedad de los homínidos no le queda otro remedio que reducir simultáneamente la competición y la jerarquía entre sus machos; es decir, desarrollar entre ellos factores de cooperación y amistad, a la vez puentes afectivos interindividuales entre adultos y jóvenes".

Tras la arquesociedad se produce otro salto cualitativo, "la sociedad histórica". "La arqueosociedad relacionaba algunos centenares de (individuos). La sociedad histórica engloba como mínimo varios millares de hombres; en algunos casos varios millones", un cambio demográfico que hace más variada y compleja la sociedad. "Esta extraordinaria heterogeneidad está controlada y dominada por un aparato central de control y decisión, el Estado", institución a la que le da un peso excesivo. Pero por otro lado, "la especialización hará progresar a un nivel gigantesco la complejidad de los sistemas sociales, multiplicando sus productos, riquezas, intercambios y comunicaciones, estimulando las invenciones en todos los dominios de la actividad humana y provocando el florecimiento de las civilizaciones".

Edgar Morin es un pensador interesante, que le hubiera podido ser de ayuda o complemento a Hayek, pero que pierde en interés a medida que avanza en el tiempo el objeto de estudio, ya que cuando llega a la historia aparece el análisis marxista.

Estar obeso podría ser ilegal

En el Mundial de Fútbol de Alemania 2006 se ha desencadenado un escándalo, pero no de carácter futbolístico. Parte del ámbito médico y académico británico ha expresado su recelo por el hecho de que determinadas marcas patrocinen el evento deportivo. Según su criterio, empresas como Coca Cola, McDonalds o Budweiser representan con sus productos todo lo contrario a una salud adecuada, último fin del deporte, al menos en teoría. Para los doctores Jeff Collin, del Departamento de Salud Pública de la Universidad de Edimburgo, y Ross MacKenzie, del Centro de Medicina Tropical de Londres:

Los patrocinados de corporaciones dedicadas a la venta de alcohol, comida rápida o bebidas azucaradas pueden complicar claramente las ecuaciones de la salud en deportes individuales y colectivos.

Hace ya varias décadas que la salud se ha convertido en una preocupación que va más allá del ámbito privado y buena parte de la culpa de esta situación nace de la existencia de la Sanidad Pública. Lo que comemos, cómo lo comemos, incluso cómo lo metabolizamos se convierte en un asunto de Estado, sobre todo si acaparan buena parte del presupuesto de la Seguridad Social. En estas circunstancias, consejos y recomendaciones como las anteriores adquieren una trascendencia que sobrepasa incluso las intenciones de los que las exponen.

La salud pública ya ha convertido en problemas públicos prácticas y costumbres que bien podrían haber permanecido en el ámbito privado, lo que seguramente hubiera maximizado el bien general. Las drogas, el alcohol o el tabaco han generado demasiada legislación y la alimentación sana, la dieta mediterránea y otras mandangas de moda son demasiado populares para que los ministros del ramo, siempre tan resueltos para solucionar las mal llamadas "alarmas sociales" por la manida y obtusa forma de la intervención y la legislación, no las incluyan en su carteras.

La alimentación es un desvelo que debería caer bajo la competencia de los padres durante la crianza de los hijos y de la voluntad de los adultos responsables a través del sentido común y, en todo caso, de los seguros médicos. En los últimos años se ha generado una obsesión casi enfermiza en los poderes públicos por impedir que nuestros jóvenes y adolescentes padezcan una serie de desórdenes alimentarios y de conducta que terminan por lo general en casos de obesidad, bulimia o anorexia.

A esta situación también ha contribuido la enorme de cantidad de información relacionada con los "hábitos sanos y adecuados de alimentación" que los medios de comunicación publican cada día, información en la que se combina el mito con la ciencia, mezcla letal si tenemos en cuenta la escasa cultura alimentaria que posee la mayoría de la población y de los burócratas, que en última instancia aprueban las normas que rigen nuestra vida. El resultado es una lista interminable de normas, directivas, leyes, órdenes y otros mandatos que controlan o pretenden controlar todo lo que ingerimos, desde que sólo es una materia prima hasta que nos la llevamos a la boca.

Pero esta situación es sólo el primer paso, en breve, los poderes públicos podrían dar un paso más. Si nadie lo impide, deberemos por ley establecer unas pautas de comportamiento que nos acerquen al cuerpo diez, incluida una actividad física adecuada. Hasta el momento, los gobiernos autonómicos y el Ministerio de Salud de momento promueven con dinero público determinadas actividades que potencian lo que han dado por llamar como actividades de educación para la salud. El programa más ambicioso es el desarrollado por el Ministerio, la Estrategia NAOS recoge las líneas de trabajo principales de la Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y prevención de la Obesidad, incluyendo seis convenios firmados con las organizaciones que representan a las industrias de alimentación y distribución.

La razón de estos desvelos es más egoísta de lo que parece. La Sanidad Pública se ha visto sobrepasada hace ya mucho tiempo de forma que determinadas patologías deben ser evitadas en la medida de sus posibilidades y la obesidad teóricamente es controlable. Pero para el político, control quiere decir legislación. Por otra parte, la mitología de la buena comida ha generado ángeles como el aceite de oliva o la dieta mediterránea y demonios como la comida basura o las grasas animales. Las empresas que usan y puede que incluso abusen de las segundas se convierten, como las tabaqueras, en las malas de la película, por mucho que los malos sean los que mal diseñaron y controlan un sistema tan ineficiente como el de la sanidad pública. Y de esos polvos saltamos a estos lodos y en Alemania 2006 disfrutar de una coca cola o una cerveza mientras te comes una hamburguesa, es sobre todo un pecado. Que aproveche.

Network, la falsa globalización

"Network (Un mundo implacable)", película ganadora de cuatro Oscar en 1976 y dirigida por Sydney Lumet, es una muestra representativa del cine progresista del momento. "Network", más allá de su argumento principal sobre los entresijos de la televisión, adelantó al gran público una concepción errónea sobre la globalización que probablemente subsiste en la actualidad.

La historia es la siguiente: el presentador televisivo Howard Beale (interpretado por Peter Finch) cae en la agonía profesional y en la depresión. Ante su próximo despido, pretende desvelar las hipocresías del medio y anuncia su suicidio en directo. Los ejecutivos de la cadena, horrorizados al principio, descubren la función catártica de Beale entre los telespectadores, y la inversión publicitaria, junto con la audiencia, suben como la espuma. Beale insiste en sus jeremiadas hasta que un día denuncia la adquisición de la televisión para la que trabaja por parte de un consorcio árabe. Eso no gusta ni mucho menos en las alturas. Entonces llega el momento cumbre del film. El patético comunicador acude al despacho del líder de los accionistas, y éste le lanza una diatriba de dimensiones colosales. En un escenario terrorífico, le intimida con la subversión de las fuerzas de la naturaleza; compara falazmente el sistema de cálculo soviético con la economía de mercado, afirma que no existen pueblos ni personas sino la IBM y la ITT, y define al mundo como "un colegio de corporaciones dirigido por los estatutos inimitables de los negocios". Una especie de Gran Sistema de Sistemas domina a los hombres, concluye el mandamás corporativo.

Beale, anonadado, asume visionariamente la economía cosmológica de su superior y afirma ante los televidentes que el individuo está acabado, que el concepto de independencia está también finalizado y que los ciudadanos de Norteamérica deben convertirse en "una nación de cuerpos transistorizados". A sus numerosos seguidores les disgusta el nuevo mensaje sombrío y le dan la espalda. Los responsables de la programación, asustados por la caída en los anuncios, deciden el asesinato del presentador, por causa de su sobrevenido discurso para anestesiados, a pesar de que contaba con el beneplácito del líder accionarial.

"Network" –junto con otras películas que le han seguido– refleja una aceptación inasible, automatizada, casi esotérica de la globalización. O se está contra ella o se asumen descarnadamente sus postulados. Pocas voces del cine se han atrevido a reflejar que la globalización es simplemente un eficaz instrumento que redime de la miseria a millones de seres humanos en este preciso instante. El estilo "Network" permanece y su influencia es infinitamente superior a cualquiera de las melonadas a las que nos tienen acostumbrados los globafóbicos.

Informe Semanal y la mentira

Por supuesto, el documental de Norberg nunca se emitió en Televisión Española. Ya se sabe que, desde su misma creación, las televisiones públicas han estado destinadas a manipular y aborregar al pueblo en beneficio del estatismo; mucho pedir habría sido que difundieran algunas verdades económicas fundamentales y permitieran a los españoles saber por qué su Gobierno, merced a la misericordia plañidera, les roba su dinero para empobrecer aún más a África.

En cambio, nada impidió que, hace dos semanas, Informe Semanal emitiera un infame, tergiversador y obsceno reportaje, titulado Las causas del hambre, en el que Jean Ziegler, conocido activista antiglobalización, intenta relacionar la pobreza en el mundo con el libre mercado.

El video se divide en cinco secciones cortas, tituladas igual que los siguientes apartados.

Un crimen absurdo

Ziegler comienza contándonos que cada día 100.000 personas mueren de hambre en el mundo mientras que el Informe Mundial de la FAO asegura que la agricultura moderna puede alimentar con holgura una población de hasta 12.000 millones de personas. Dado que, aun así, la gente muere de hambre, para Ziegler cada muerte es equiparable a un asesinato.

La conclusión parece evidente: hay que dirigir y controlar la agricultura mundial para que produzca más alimentos, y redistribuirlos equitativamente entre todos los individuos.

El problema es que, allí donde se ha aplicado, el socialismo agrícola, lejos de acabar con el hambre, multiplicó los muertos por desnutrición. La colectivización de las tierras en Ucrania mató entre cinco y ocho millones de personas; en la China maoísta del Gran Salto Adelante murieron casi 40 millones; en la Etiopía de Mengistu más de un millón.

Cuando el Estado pretende controlar la producción sólo genera carestía y una mala asignación de recursos. La cuestión no es “cómo nacionalizamos la producción de alimentos”, sino “por qué los africanos no pueden comprar o producir alimentos por sí mismos”. Y la respuesta, como ya analizamos, es muy sencilla: porque los gobiernos socialistas africanos no respetan la propiedad privada de los individuos.

Si los africanos pudieran producir, ahorrar e invertir sin que sus políticos los oprimieran, explotaran, expoliaran o arrasaran, no tendrían dificultad alguna para adquirir los alimentos que requieren para subsistir; sólo el intervencionismo empobrecedor y asfixiante explica la situación de parálisis absoluta en que viven tantos africanos.

La mentira neoliberal

Obviamente, Ziegler no está de acuerdo en nuestra última afirmación y prefiere culpar al neoliberalismo y al “gran capital internacional” de la pobreza africana. Según el reportaje, existen “ideologías mentirosas pero muy poderosas, como el neoliberalismo (…), que supone la legitimación del gran capital financiero internacional”. Para Ziegler, los neoliberales defienden que la economía debe funcionar sin intervención alguna, a pesar de la pobreza que genera entre muchos pueblos, los cuales, en caso de ser improductivos, deben ser excluidos de la historia y morir.

En realidad, la construcción de ideologías mentirosas a que alude Ziegler arropa sus propias palabras: difunde una imagen falsa del liberalismo para implantar el socialismo asesino.

Desde luego, si de algo carece África es de la presencia de capital financiero internacional que permita a los individuos crear sus propias empresas, generar puestos de trabajo y producir masivamente bienes de consumo, como los alimentos; carencia que, de nuevo, se explica por la falta de seguridad en torno al derecho de propiedad. Si el Gobierno puede nacionalizar los patrimonios o dirigir las compañías, nadie en su sano juicio invertirá en el territorio que maneja.

De ahí que ningún economista liberal sostenga que la pobreza de África se deba a su “improductividad natural”, sino a la impuesta por el intervencionismo económico de sus gobiernos, que Ziegler sólo pretende expandir aún más.

La Bolsa, culpable

En esta parte, Ziegler trata de explicar que el precio de los alimentos se “fija” en la Bolsa de Chicago de acuerdo con “los criterios del capitalismo financiero”. Los países pobres dependen, así, de esta cuasimística fijación de precios: “La gente muere de hambre por culpa de las cotizaciones bursátiles, por eso los precios de la alimentación deberían negociarse contractualmente por los estados”. Para Ziegler, “la Bolsa no puede fijar el precio de los alimentos”, pues “no son una mercancía como cualquier otra”.

Lo primero que debemos recordar es que los precios no los “fija” nadie en el mercado, sino que son el resultado de las interacciones de los agentes. El capitalismo no es una versión privatizada del socialismo, donde el Comité de Planificación imponía unos precios que sólo el propio Comité, de manera unilateral y arbitraria, podía revisar. En el libre mercado, los empresarios capaces de ofrecer a los consumidores los precios más bajos o los productos de mayor calidad son los que triunfan.

El problema, no obstante, sigue siendo el de siempre. No son los países (los estados) los que tienen que alimentar a su población, arrebatándoles su riqueza para luego comprar alimentos en los mercados internacionales. Cada individuo debe ser responsable, con su propio dinero, de proveerse su sustento.

La concepción de que los alimentos no son una mercancía sino un derecho humano nos lleva a creer que los alimentos no tienen por qué ser producidos, pues caerán automáticamente del cielo, como si de maná se tratara. Aun cuando Ziegler lo niegue, la producción de alimentos se rige exactamente por las mismas leyes que la de coches u ordenadores: si queremos darle un trato diferencial, promoviendo iniciativas intervencionistas que controlen la producción y la distribución, lo que conseguiremos será una población hambrienta, anestesiada, sumisa al Estado y controlada por los políticos. Es decir, justo la situación vigente en África.

En este contexto de total dependencia, resulta casi imposible que emerja una clase empresarial capaz de generar riqueza y de desarrollarse.

El nuevo feudalismo

Ziegler nos informa de que las 500 multinacionales más grandes del mundo controlaron en 2005 el 54% de la producción mundial, lo cual, en su opinión, constituye un flagrante “monopolio sobre la riqueza” que asesina a los africanos, al no preocuparse por la redistribución y obsesionarse con la búsqueda de beneficios. Las multinacionales son “las principales responsables” del hambre en el mundo.

De nuevo, Ziegler tergiversa de manera grotesca. Las multinacionales no “controlan” el 54% de la producción mundial, más bien la han “creado”. La alternativa no es que ese 54% pase a manos de los gobiernos, sino que deje de existir.

Las multinacionales se han apropiado de unos bienes que antes no existían y, por tanto, no han perjudicado a nadie. No pueden ser las responsables del hambre porque no han quitado nada a nadie, sino que han generado ex novo. La nacionalización no supondría una transferencia de riqueza, sino su destrucción.

Las empresas pueden generar esa riqueza que favorece a sus trabajadores, accionistas y consumidores, precisamente, porque tratan de incrementar sus beneficios. Si no persiguieran incrementar sus ganancias, simplemente se estarían suicidando; sería equivalente a pedir a un agricultor que plantara semillas muertas o que quemara su cosecha.

Si las multinacionales renunciaran a los beneficios, todo el capital occidental perdería su valor y se consumiría. La base de nuestro crecimiento y bienestar desaparecería. La propuesta de Ziegler no permitiría que África alcanzara a Occidente en riqueza, pero sí que Occidente se equiparara con África en miseria.

La ayuda no basta

Por último, Ziegler trata de adoctrinarnos sobre los beneficios del socialismo. Dado que el fracaso de la ayuda pública internacional en lograr el desarrollo de África es patente, va más allá y pide utilizar la riqueza del mundo para construir las infraestructuras que necesitan los africanos. La ayuda internacional no basta, hace falta un paso más hacia el comunismo.

En realidad, no se trata de que la ayuda internacional no baste, sino de que sobra. Las transferencias estatales sólo sirven para consolidar y ampliar el poder de los sátrapas políticos que oprimen a los africanos y socavan su propiedad privada. Con las ayudas sólo lanzamos más gasolina al fuego de la pobreza.

Los efectos nocivos de la propuesta de Ziegler van más allá. Si los políticos son quienes deciden qué proyectos deben emprenderse o qué productos deben fabricarse, también deberán establecer dónde debe trabajar cada persona, cuánto debe cobrar o a qué precio deben venderse los productos. Además, dado que los recursos son escasos, también deberán fijar qué proyectos no deben emprenderse y qué productos no deben fabricarse.

En otras palabras, Ziegler somete a todas las personas al arbitrio de los políticos: los individuos pierden su capacidad para ejercer la función empresarial, crear riqueza y satisfacer sus necesidades. Y dado que el Gobierno sigue controlando la economía y que se ha quedado sin riquezas que expoliar y redistribuir, la miseria se extiende y se perpetúa.

El socialismo no sólo es un monumental fracaso, es el paradigma del crimen y la maldad. Su mentira sirve para justificar el cercenamiento de la libertad, la pobreza permanente y los asesinatos más atroces.

Algunos, como Ziegler, no han sido capaces de asumir la caída del Muro y siguen mintiendo y manipulando a la población con sus infectas proclamas. Lo lamentable del asunto es que la televisión pública de España, financiada con el dinero robado a los ciudadanos, se preste a difundir semejante vertedero ideológico.

Al igual que en el caso de los negacionistas del Holocausto, estos apologistas de la burocracia y del absolutismo no han cometido ningún delito, pero ello no hace su actitud moralmente intachable. No.

Hay que señalar con contundencia a esta tropa de sinvergüenzas bien alimentados que utiliza nuestro dinero para difundir un mensaje esclavizante que a su vez sirve para mantener a los africanos en la miseria.

Ziegler y los redactores de Informe Semanal no son más que los mamporreros del estatismo, los aliados de los bandidos, represores y criminales que controlan la vida de millones de africanos hasta el punto de matarlos de hambre.

Desigualdades

En Estados Unidos el debate sobre la desigualdad lleva años haciéndose más presente. Los españoles, aturdidos ante nuestros problemas reales (la entrega del Estado a los terroristas, la disolución de la nación española), no tenemos tiempo para los falsos como éste. Menos mal. Pero eso no quiere decir que cualquier desigualdad económica será inocua. Hay un aspecto que apenas ha sido tratado por economistas y filósofos pero que resulta ser muy relevante, y es no la desigualdad, sino la dispersión de la riqueza.

Es importante que la riqueza, el valor de la propiedad, esté dispersa por toda la sociedad. Que no haya grandes sectores sin ella, o que esté muy concentrada en pocas manos, como ocurre con el Estado. Con las desigualdades interpersonales de sean. Y lo es, porque una sociedad de propietarios es una sociedad de gentes independientes y que se valen por sí mismas.

Donde ponga SGAE, lea PP

La novedad más destacada por casi todos los diarios ha sido la extensión legal del canon a los medios digitales. No es que no se cobrara hasta ahora; la ley anterior lo permitía y, de hecho, ya pagábamos el canon en los CD y DVD vírgenes. Pero esta ley precisa a dónde puede llegar y a dónde no, con el resultado de que sólo las conexiones a Internet y los discos duros parecen quedar exentos. En breve pagaremos todos más por los teléfonos móviles, los reproductores de MP3, las cámaras fotográficas y sus tarjetas de memoria, las impresoras y los escáneres, además de otros muchos aparatos que no soy capaz de imaginar pero que no dudo que los abogados de la SGAE ya tienen identificados, cuyos precios se incrementarán en cuanto se decida el porcentaje que irá a parar a los integrantes del "No a la guerra contra el genocida" y las "Rosas Blancas por la rendición incondicional al terror".

Si se quería encontrar un equilibrio entre las compensaciones por piratería (que, dicho sea de paso, nada tiene que ver con la copia privada, la legal) no parecía necesario ampliar la aplicación del canon de esta manera. Los ingresos de las entidades de gestión de derechos de autor se han disparado, de 31 millones en 2002 a 114 en 2004. Cuando se compra un CD virgen, aproximadamente la mitad del precio va a parar a las arcas de Teddy y Ramoncín; cuando se adquiere un DVD virgen, ese porcentaje crece aún más. Pagamos el canon más alto de Europa. El Ministerio de Montilla ha evaluado que, a este paso, en breve los ingresos por canon superarán a los ingresos por ventas. Es decir, los que pagan voluntariamente en la tienda dejarán pronto de ser la principal fuente de ingresos de las entidades de gestión de derechos de autor, y su puesto lo tomarán aquellos que no pueden defenderse cuando les suben el precio de los bienes de consumo para pagar el impuesto titiritero.

Sin embargo, quizá la novedad que más titulares provocará en el futuro es la redefinición del derecho de copia privada, que a partir de ahora sólo podrá realizarse "a partir del original". De modo que, previsiblemente, pueden considerarse como ilegalizadas las copias realizadas hasta ahora por medio de las redes P2P, pues éstas se realizan casi siempre a partir de una copia que, aunque se haya hecho "a partir del original", no es el original. De modo que importaremos de Estados Unidos, como siempre, lo malo; pronto veremos a la SGAE denunciando a niños por descargarse la última canción de Amaral. Su historial no deja lugar a dudas de que lo intentarán. Veremos que interpretaran los jueces.

Según la diputada Rodríguez Salmones, la encargada de negociar este engendro por parte del PP, la reforma ha alcanzado un equilibrio que permitirá "ayudar a superar enfrentamientos". Por eso tiene a todo el mundo en pie de guerra menos a la SGAE, porque es una reforma equilibrada, naturalmente. Ignoro por qué se ha sumado el PP a este engendro que sólo puede ayudar a que los "artistas" españoles tengan más capacidad económica y tiempo libre para seguir pergeñando campañas en contra del PP y de los ciudadanos a los que representa. Quizá es que la responsable de cultura está ahí porque sus líderes han considerado que estorbaba en otro lugar "más importante", no lo sé. Pero los lobbies como la SGAE no pueden hacer el mal sin la ayuda de gobernantes, parlamentarios y jueces, que son los que aprueban las leyes que legalizan sus desmanes y vigilan su cumplimiento. Así que cuando lean la próxima burrada que hagan Teddy y los suyos, además de leer detrás de sus acciones el beneplácito de socialistas, comunistas y nacionalistas, lean también PP.

Caldereta igualitarista

En el proyecto se contemplan medidas tan contrarias a los derechos individuales del ser humano (sea este hombre o mujer) como el que de manera obligatoria haya un mínimo de un 40% de mujeres en los consejos de administración de las empresas o que en las candidaturas para las elecciones al congreso, a los cabildos, a las asambleas legislativas de las Comunidades Autónomas, así como al parlamento europeo, las mujeres tienen de estar representadas entre el 40 y el 60%.

Según la Fernández de la Vega, la ley de igualdad "no es para las mujeres, sino para los hombres y las mujeres, porque a todos dignifica". Vamos, que el gobierno no sólo piensa que todas las mujeres están lisiadas sino que cree que tanto hombres como mujeres tenemos averiada la facultad de razonar. La única forma de selección social que puede dignificarnos es una que pase por respetar los contratos libres en el mundo privado y los méritos en el público. Lo que propone el gobierno es un ataque de primer orden a la dignidad de la mujer y una agresión sin parangón a la libertad de contratos. Sorprende sin embargo que muchos amantes de la libertad individual estén callados por no contravenir el discurso políticamente correcto y que la inmensa mayoría de las mujeres no se estén organizando para contestar a este insulto del machismo más extremo.

Para Caldera se trata de una ley "que reparte cargos, ya que las cargas están mal repartidas". Además, añade, "el proyecto creará riqueza y productividad en las empresas". Por mucho que se empeñe el ministro, sus propuestas sólo pueden traer crispación y decadencia socioeconómica. Crispación porque quien deja de alcanzar un puesto merecido debido a la imposición política de una cuota sexista no puede más que indignarse, y decadencia económica porque el intervencionismo de la ley sólo puede limitar nuestro progreso. En su frenesí intervencionista, la ley se inmiscuye en sectores tan vitales como el de los seguros impidiendo que factores como el embarazo puedan tenerse en cuenta para el cálculo de una prima. El disparate es mayúsculo. Si la compañía de seguros no puede discriminar entre individuos con distintos riesgos asociados, el daño a los seguros voluntarios está servido; lo que difícilmente ayuda a la creación de riqueza. Pero claro "las cargas están mal repartidas" y nuestro ministro de trabajo metido a cocinero social sabe cómo hay que mezclar la carne ajena en su caldereta igualitarista para repartir bienestar. Es la fatal arrogancia de los socialistas de todos los partidos y todos los tiempos.

La tiranía invisible

La realidad de los sistemas totalitarios se expresa sin ambages. Los gulags, las hambrunas provocadas y los asesinatos en masa son pruebas suficientes del horror soviético. Mao aniquiló a 70 millones de chinos y Pol Pot a un tercio de la población camboyana. Los balseros van de Cuba a Florida, no de Florida a Cuba, y los cientos de miles de "boat people" vietnamitas no estaban emigrando a climas mejores sino huyendo del despotismo. Sólo había francotiradores en el lado comunista del muro de la vergüenza y son las playas norcoreanas las que están cercadas con alambre de espino para impedir que la gente se fugue por mar. Basta comparar Alemania oriental con Alemania occidental en tiempos de la Guerra Fría o Corea del Norte con Corea del Sur para advertir que la planificación central de toda la economía va de la mano de la miseria más absoluta. Cualquier persona de bien que no esté cegada por prejuicios asocia sin dificultad el régimen totalitario con sus atroces consecuencias: están a la vista de todos y la relación causal es demasiado evidente. Pero a medida que la tiranía toma cauces menos perceptibles, se vuelve sutil en sus métodos y el nexo de relaciones causales adquiere complejidad, cuesta más identificar la injusticia y señalar al culpable.

A veces cuando en una discusión los liberales comparamos el Estado del Bienestar con el nazismo o el comunismo nuestro interlocutor se sorprende y niega que sea de recibo la analogía. "No es lo mismo", objeta. Naturalmente no lo es ni puede serlo, ya que plantear una analogía es poner en relación cosas distintas con atributos comunes. Nosotros lo que nos proponemos es enfatizar dichos atributos comunes y sugerir que la diferencia entre un sistema totalitario y el Estado del Bienestar democrático no es tanto cualitativa como cuantitativa o de grado. Pero nuestro interlocutor sigue rechazando la lógica de este planteamiento. "Hitler y Stalin asesinaban a la gente, los gobiernos democráticos no hacen nada de esto", puede decirnos. No, está claro que no matan a la gente por pensar diferente, ¿pero seguro que no son responsables de la muerte de nadie? No te envían a Siberia, sin embargo ponen en peligro tu vida cuando racionan la sanidad y te ponen en lista de espera, cuando restringen el comercio de órganos y retrasan la salida de medicamentos al mercado, cuando son ineficientes aplacando la delincuencia o cuando te prohíben portar un arma para defenderte. Al mismo tiempo ponen en peligro la vida de otras personas cuando obstaculizan el progreso del tercer mundo con medidas proteccionistas y patrocinan con ayudas públicas modelos de desarrollo obsoletos. Pero los efectos letales de la acción del Estado del Bienestar son indirectos y no se distinguen fácilmente. La relación de causa y efectos entre la muerte de un individuo inocente y la orden de fusilamiento de Stalin es directa y no escapa a la comprensión de nadie. La relación de causa y efecto, no obstante, entre la muerte de decenas de miles de personas y los controles de calidad públicos que retrasan artificialmente la salida de medicamentos al mercado no es menos real ni menos trágica, aunque sí más sutil.

"Pero los regímenes comunistas no permitían la propiedad privada y los gobiernos democráticos sí la respetan". Nominalmente sí, de facto… El expolio no deja de ser expolio por reducirse la cuantía del botín. Antes la gente trabajaba los 365 días del año para el Estado, ahora "sólo" la mitad del año. Esclavismo a tiempo parcial. El Estado usurpa los ingresos de los individuos y regula severamente el modo en que pueden emplear su cuerpo, su casa, su negocio… ¿Nos encontramos ante una diferencia cualitativa o de grado?

La cuestión es que la propiedad pública de todos los medios de producción acarrea una miseria terrible, mientras que el Estado social-democrático deja al mercado margen suficiente para crear una enorme riqueza. Así, la gente puede asociar de un vistazo el comunismo con la pobreza, pero no asocia el Estado del Bienestar con la pauperización económica. Las relaciones de causa y efecto son más profundas, menos visibles, y es preciso comprender los entresijos de los procesos sociales para identificar la enfermedad, el virus que la causa y la cura necesaria. Poca gente sabe que el alza general de precios es un fenómeno causado por la intervención pública en el ámbito monetario y que sus efectos asimétricos golpean especialmente a las capas menos pudientes, que tienen que asumir precios más altos antes de que suban sus salarios. Para llegar a esta conclusión hace falta saber qué es el dinero, cómo se forma su precio y por qué la introducción de nuevos medios de pago no respaldados no es neutral. Del mismo modo mucha gente ignora lo que comporta un sistema de pensiones redistributivo como el actual: los trabajadores no están ahorrando parte de su renta para su futuro sino que están destinándola al consumo de los jubilados; el ahorro hubiera servido para capitalizar las estructuras productivas, aumentar la productividad y producir más y mejor en el futuro, así como para devolver el principal más intereses y pagar pensiones de jubilación elevadas. Hoy no se crea riqueza alguna con el sistema de pensiones –el dinero simplemente cambia de manos–, pero para entender por qué esto es así antes es preciso saber en qué consiste el ahorro y la acumulación de capital. La gente también desconoce que la causa del desempleo son las regulaciones laborales y el salario mínimo. El paro es una realidad visible, pero su causa no es fácilmente identificable para el profano. Las regulaciones laborales hacen que el coste de contratar un trabajador sea mayor y el salario mínimo impide contratar por debajo de un determinado precio; si el coste de contratar al trabajador supera el valor de su contribución el empresario no le contratará, no le sale a cuenta. Para advertir esta consecuencia hay que tener alguna noción de cómo se forman los precios en general y los salarios en particular.

Juzgar las cosas por su apariencia puede ser harto engañoso en este contexto. El prisionero que, complacido con el plato de comida que le traen cada día, no repara en lo bien que viviría si le dejaran salir de la mazmorra, no parece estar evaluando su situación con acierto. La tiranía social-demócrata tampoco nos mata de hambre, pero nos niega una prosperidad mucho mayor: el crecimiento medio de las economías con un sector público en relación con el PIB inferior al 25% es del 6,6% anual. Si España hubiera crecido a este ritmo en los últimos 20 años hoy seríamos el doble de ricos. ¿Qué haría usted con el doble de renta? Si el sector público desapareciera o quedara reducido a su mínima expresión y hubiéramos experimentado, pongamos, un crecimiento económico del 10% anual sólo en los últimos 20 años, hoy tendríamos el triple de renta per cápita. ¿Se imaginan un crecimiento del 10% pero durante todo el siglo XX? Supone doblar la riqueza nacional cada 8 años.

Como dijera Bastiat, una de las principales enseñanzas de la economía es que no debemos juzgar las cosas sólo a partir de lo que vemos, más bien debemos juzgarlas a partir de lo que no vemos. No basta con tener en cuenta los réditos de tomar un camino determinado, hay que ponderar también lo que dejamos de ganar por renunciar a los caminos alternativos. Los procesos sociales son complejos y las relaciones causales en el marco del Estado del Bienestar no están a la vista de todos. Por eso es necesario que señalemos las injusticias de este sistema político y expongamos lo que estamos dejando de ganar, haciendo visible esta tiranía invisible. No podemos esperar que la gente se rebele en tanto no mire más allá de su ostentoso plato de comida y sea consciente de que está tras unos barrotes, de que otro mundo es posible ahí fuera, un mundo de libertad sin concesiones y extraordinaria prosperidad.

Morados de billetes de 500

Los datos son claros. El 62,65 por ciento del valor de todos los billetes que circulan por el país corresponden a billetes de 500. Puede que usted no haya visto ninguno, pero ya son más de 101 millones de unidades que representan ni más ni menos que un tercio de todos los billetes de esta cantidad que circulan en la zona euro. El caso recuerda al milagro de los panes y los peces por la velocidad a la que se multiplican a nuestro alrededor. Y es que desde el mes de abril de 2005 el número de billetes morados ha aumentado en un 32%.

Este extraño fenómeno no es ajeno a la política del gobierno español. Por todos es sabido, por todos excepto Trichet, que los billetes de elevado valor suelen acudir en ayuda del mercado negro y que, a su vez, el mercado negro crece sin descanso allí donde los gobernantes se empeñan en prohibir, obligar, subvencionar, imponer o intervenir las acciones libres de los ciudadanos. Con casi cada nueva ley que se aprueba en este país se propicia un nuevo ámbito para el mercado libre ilegal.

El afán regulador del gobierno es tal que los individuos ven cada vez más rentable organizar sus transacciones y finanzas al margen de los Solbes, Montillas, Rodríguez y del Estado en su conjunto. En definitiva, la razón para que España esté llena de billetes de 500 euros no es otra que las múltiples políticas de ingeniería social que asfixian la libertad económica, verdadera base del crecimiento económico y del avance de la prosperidad en nuestra sociedad. Que dejen de limitar las libertades económicas de los españoles y ya verán cómo los papelillos morados se van "misteriosamente" para otro lado.

Bush y los principios

Ellos tienen un mercado laboral más flexible que los europeos, en general, y su nivel de impuestos es algo menor. Si roban menos de lo que uno produce y el entorno en el que uno desarrolla su carrera profesional se parece más a un mercado libre allí que aquí, no nos debe extrañar que creen más empleo.

Bush dio ese dato en un discurso pronunciado el pasado sábado. En él lanzó dos ideas muy importantes y sugerentes, pero de las que el propio presidente poco tiene que presumir. Por un lado reconoció que si quiere mantener la prosperidad del país tiene que recortar los gastos públicos, y para ello propone que se otorguen nuevos poderes al presidente para poder paralizar las partidas que considere innecesarias, sin tener que recurrir al veto. Encomiable, pero la propuesta proviene del presidente con el que más ha aumentado el gasto público desde Johnson, y uno de los más generosos con lo ajeno de toda la historia de los Estados Unidos. Y no se ha estrenado en el uso del veto, una prerrogativa a la que Reagan recurrió muchas veces para poder recortar el gasto. La mera amenaza del veto le serviría para negociar con Congreso y Senado y poder así reducir lo que considere innecesario. La suya es una propuesta cara a la galería, no exenta de hipocresía, aunque si sale adelante habría que darle la bienvenida.

La otra idea ha sido una constante en toda su presidencia: para asegurar la paz hay que extender la prosperidad y los lazos comunes entre las naciones, creados por una malla de acuerdos voluntarios en el comercio internacional. Tampoco aquí tiene mucho de qué presumir. Ha dejado a un lado los acuerdos multilaterales. Prefiere multiplicar los bilaterales, en los que ha estampado su firma un número de veces sin precedentes. Quizá la estrategia sea correcta, los grandes acuerdos multilaterales son difíciles y avanzan muy lentamente, aunque cualquier mejora afecta a todos. Los firmados entre dos países, o un número limitado de ellos, son más fáciles de alcanzar. Pero Bush es mucho menos proclive al libre comercio que lo que dice ser. Cedió ante la presión de los grupos de presión en el acero, lo hizo de nuevo con la madera procedente de Canadá, y dio en 2001 un histórico paso atrás en el camino emprendido en 1996 hacia una mayor liberalización del comercio agrícola, aumentando las ayudas que se habían reducido cinco años antes. Su discurso es intachable. Sus realizaciones le desmienten.

Bush todavía puede presumir de los datos de empleo y crecimiento económico, que son buenos en parte por la creciente integración económica mundial y por su rebaja de impuestos. Pero su presidencia se le escapa sin haber sido un verdadero impulsor del libre comercio entre las sociedades de diversos países, sin su mil veces anunciada reforma de la seguridad social, sin la reforma fiscal, sin haber avanzado en lo que llamó sociedad de propietarios. Es pronto para ver el porqué de todo ello. Pero la explicación que me parece más convincente es que a él le faltan convicciones suficientes para llevar adelante las reformas que él mismo ha propuesto. Es verdad que se ha encontrado con una bancada demócrata excepcionalmente sectaria, hasta niveles difíciles de comparar con otros momentos históricos. Pero da la impresión de que su insistencia en los principios y su elocuencia para explicarlos no tienen el respaldo de la fuerza que sólo otorga el impulso de la convicción.