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Aclaraciones sobre la libertad

El término libertad se refiere a diversos conceptos posibles más o menos abstractos. Un asiento está libre si no está ocupado, si está disponible. Un preso está libre si sale (o consigue escapar) de la cárcel. Las cadenas y las camisas de fuerza restringen la libertad de movimientos. Algunas sociedades tienen esclavos y ciudadanos libres. Un piso está libre de cargas si no está hipotecado. Estoy libre esta tarde para una cita si no tengo ningún compromiso previo. Un sistema físico tiene tantos grados de libertad como parámetros independientes sean necesarios para describirlo de forma completa. En inglés se confunden lo libre y lo gratuito.

Todos estos usos lingüísticos son perfectamente legítimos: nadie es dueño del lenguaje ni tiene derecho a prohibir expresiones o a forzar determinadas utilizaciones de los conceptos. Pero al estudiar la realidad con rigor científico conviene precisar, aclarar y formalizar al máximo los conceptos utilizados. La noción de libertad es compleja y es utilizada a menudo de forma ambigua y equívoca.

No existe el libre albedrío si este se entiende como la capacidad de decidir incausada, surgida de la nada, sin soporte material. Los seres humanos eligen constantemente entre diversas alternativas de acción percibidas como posibles. Estas decisiones son procesos cognitivos que resultan de la interacción (cooperativa o competitiva) de múltiples subsistemas mentales conscientes y subconscientes que procesan información acerca de la realidad e intentan influir sobre el comportamiento. A una persona pueden no gustarle ciertos rasgos de su personalidad y puede intentar librarse de ellos: se trata de unos sistemas cognitivos tratando de eliminar a otros. Algunos de estos subsistemas pueden resultar especialmente poderosos o influyentes para el control de la conducta: los adictos se sienten empujados por una fuerza irresistible. La sensación de libertad psicológica se refiere a la inactividad de ciertas emociones pasionales difíciles de frenar o a la capacidad mental de controlarlas: la parte consciente de la persona vence sobre mecanismos básicos inconscientes. Los niños exigen satisfacción inmediata de sus deseos, la maduración es un proceso de construcción gradual de una persona adulta con más autocontrol. Pero a menudo se envidia a quien vive pasionalmente, se entrega con ardor a una causa motivadora o se deja llevar por fuerzas que le superan. Algunos maestros espirituales recomiendan ser como niños.

Las personas no viven en el vacío, sus acciones tienen consecuencias sobre la realidad, y parte esencial de su entorno son otras personas que valoran las acciones ajenas. Se supone que uno es más libre si no le importa el qué dirán, pero si esto se lleva al extremo resulta que la persona libre es aquella a quien no le importa en absoluto la opinión de los demás, y por lo tanto no resulta posible influir sobre él mediante la persuasión: un asocial. Si las influencias ajenas determinan completamente tus decisiones eres una marioneta (el niño que imita irreflexivamente, el adolescente que se amolda a su pandilla), y si no lo hacen en absoluto eres un egoísta.

Algunos consideran que son más libres porque piensan con criterios propios. Pero el pensamiento correcto debe necesariamente seguir unas leyes lógicas universales; al negarlas uno puede sentirse muy original pero no piensa de forma inteligente, y probablemente simplemente repita algún viejo error, falacia o prejuicio.

Todo individuo tiene circunstancias, condicionantes, limitaciones, restricciones, que son diferentes para cada uno. El poder siempre es finito, hay cosas sobre las cuales no es posible decidir, que no dependen de uno, no pueden controlarse a voluntad, son hechos dados. Uno no elige a sus padres, ni su carga genética, ni el entorno social y cultural en el que nace y se desarrolla. La libertad, entendida como fundamento necesario de la convivencia social, asume estas realidades y no consiste en eliminar todas las restricciones para que los seres humanos se conviertan en espíritus omnipotentes ajenos a las necesidades y problemas de la vida real. La idea política de liberalismo es más modesta y realista: implica eliminar la violencia y la coacción de las relaciones humanas, de modo que esa restricción no condicione ni determine las decisiones individuales. La persona libre es soberana en el ámbito de su propiedad, son sus decisiones las únicas éticamente relevantes, no hay otros que decidan en su nombre por la fuerza. Los demás pueden influir, pero no de forma coercitiva. De este modo el pobre y el rico son igualmente libres en el mercado: lo que les diferencia es que tienen distinto poder.

El negocio de la desalación

El mercado del agua es una quimera, no existe. El control estatal de este recurso es total, hasta la embotellada necesita una licencia para su tratamiento y comercialización. El agua, como fuente de conflictos políticos y económicos, se lo debemos en buena medida a este poder que no duda en crear problemas virtuales que luego pagamos todos. Una de las primeras medidas del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fue derogar parte del Plan Hidrológico Nacional que el gobierno del Partido Popular había aprobado al final de su última legislatura. El Trasvase del Ebro pasaba, de esta manera, a formar parte de ese conjunto de medidas que sólo consumen nuestros recursos y que no solucionan nada.

Pero la necesidad de agua de la costa mediterránea no es una quimera, es algo real que responde al desarrollo económico de la zona. Sostenibles o no, desordenadas o no, las necesidades de sus habitantes y visitantes, de los catalanes, de los valencianos, de los murcianos, de los andaluces son reales y cada vez mayores. Así que como con las energías renovables, el gobierno socialista se sacó de la chistera el conejo de las desaladoras, la principal apuesta de su Programa Agua (Actuación para la Gestión y la Utilización del Agua). Y como en las energías renovables, los sobrecostes que supone un negocio intervenido los pagaremos los contribuyentes.

Pero el Programa Agua no va bien. No hace muchos meses Bruselas pidió explicaciones al Gobierno español de cuál era su situación y lo que respondió Cristina Narbona, ministra de Medio Ambiente, estaba muy lejos de sus expectativas hasta el punto de que se puso en duda que terminara llegando el presupuesto prometido. La mayoría de las desaladoras no se han empezado a construir, algunas ni si quiera están licitadas, simplemente en estudio. Los responsables autonómicos critican esta falta de iniciativa, de diligencia, de eficiencia y lo cierto es que no van desencaminados ya que en los últimos meses se han aprobado varios trasvases parciales para cubrir las demandas domésticas, que no las agrícolas.

La desalación tampoco parece la panacea, las medidas gubernamentales en torno a ellas confirman esta afirmación, demasiada ayuda y subvención. De hecho, la desalación se va a convertir en ese negocio típico que une a Estado y empresa en contra del contribuyente. El Gobierno ha hecho público el plan económico financiero que regirá las licitaciones. De entrada, las empresas no participarán en la financiación, sólo en funcionamiento de las plantas y su mantenimiento y por un plazo de 15 años. Los recursos en teoría, ya veremos en la práctica, vendrán de los usuarios finales a los que se impondrá un precio pactado, todavía por determinar, de la UE como ya habíamos visto y de la sociedad pública creada a propósito Acuamed. La Administración también se hace cargo del coste energético. La adjudicataria recibirá un canon fijo, que oscilará entre los 100.000 y los 160.000 euros y otro variable, de alrededor de 4,5 euros por metro cúbico desalado. En ningún momento se permitirá que las empresas compitan con rebajas en el canon. Todo atado y bien atado. Se presume una fuerte competencia por hacerse con tan preciadas licencias. Como suele ser habitual, la empresa, en general la gran empresa, se suele llevar muy bien con lo gubernamental.

Todas estas circunstancias invitan a hacerse unas cuantas preguntas, ¿cuál es la diferencia con otros negocios parecidos, como el urbanismo o las energías renovables, para que no se den casos de corrupción? ¿Cuál es la razón por la que no es compatible este método de conseguir agua potable con otros, incluyendo desde luego el trasvase? ¿Por qué no es posible la venta de agua entre comunidades, poblaciones deficitarias y con superávit? ¿Por qué el precio del agua debe ser igual para todos si los costes de obtención son diferentes? ¿Por qué las empresas no pueden competir entre sí en precio y sistemas para dar un servicio más a la comunidad? ¿Vamos a conocer cuáles son los costes energéticos de la desalación? Ya que el medio ambiente es tan importante para este Gobierno, ¿nos van a explicar cuáles son los impactos que sobre el va a tener la desalación? La producción de dióxido de carbono que lleva aparejada la producción energética, ¿está contemplada en las previsiones del Gobierno para cumplir Kioto? En caso negativo, ¿cuánto dinero extra le va a costar al contribuyente, último pagador de este despropósito?

El Programa Agua es tan intervencionista como el Trasvase del Ebro que proponía el Partido Popular. Nunca sabremos cuál de los dos es más caro. Si existe más de una forma de obtener y transportar agua, desaladoras, canalizaciones que la traigan de zonas con exceso a zonas donde se demande, aguas subterráneas, hasta camiones que podrían dar multitud de posibilidades de satisfacer una necesidad, ¿por qué son las Administraciones Públicas las que nos dicen cómo, cuándo y cuánto consumir? ¿Por qué matan de esta manera la iniciativa empresarial? ¿Por qué controlan así al ciudadano?

Código de Buen Gobierno, resultado confuso

El Código de Buen Gobierno (CBG), a pesar de importantes críticas recibidas, fue finalmente aprobado por la Comisión Nacional del Mercado de Valores, impulsora del mismo. El grupo de expertos de la CNMV cedió en algunos aspectos y es evidente que, si repasan ustedes las páginas económicas de los diarios, comprobarán como las vacas sagradas del establishment patrio –con su peculiar lenguaje de madera– bendicen todo este asunto, con lo que el CBG es ya cosa hecha.

La piedra de toque del CBG es la promoción de consejeros independientes hasta llegar al menos a un tercio del total de miembros del Consejo de administración de las empresas que cotizan en Bolsa. Así, señalan los patrocinadores del Código, la corrupción en las corporaciones quedará finalmente arrinconada y escándalos similares a los de Enron o WorldCom no brotarán en España.

No obstante, se preguntan incluso los medios oficiosos, ¿cómo definir la independencia de un consejero? Para el CBG podrá convertirse en consejero independiente el empleado o ejecutivo de la sociedad transcurridos tres o cinco años respectivamente tras su cese, lo cual no es una eternidad en los negocios. Además un consejero independiente que lleve más de doce años en dicho cargo no perderá por ello su independencia. Es decir, que respecto a la presumible libertad de criterio entre consejeros, tres años para esperar y toda una vida para aguantar.

El CBG impone que esta clase de consejeros, distinta a los que representan al accionariado o los vinculados directamente a la gestión, será elegida por una comisión de nombramientos dominada a su vez por otros independientes. Llega en estado puro la endogamia a las sociedades, la retroalimentación que se muerde la cola: una próxima cohorte de idóneos, vinculada a los poderes de turno, ofrecerá su asesoramiento de modo forzado. Los consejos de administración se van a complicar; se asemejarán a los western (duelo al sol incluido), dificultando las decisiones empresariales.

Los creadores del CBG tienen razones con las que se puede estar más o menos de acuerdo, pero su inspiración intervencionista es evidente. Fuera de nuestro país tampoco permanecen contentos: la ley Sarbanes-Oxley asfixia de controles a las firmas de Wall Street, planteándose algunas abandonar la bolsa neoyorquina; el presidente de Porsche constata la irrupción del socialismo en los consejos; los accionistas minoritarios, según Aemec, seguirán siendo los convidados de piedra.

Hace cierto tiempo, el actual presidente de la CNMV, Manuel Conthe, escribió un elegante ensayo acerca de la teoría de juegos y demás paradojas sociales. Contaba que a los políticos les pasa lo mismo que a Alicia de las Maravillas, que cuando quería acercarse a la Reina Negra, se alejaba cada vez más, comprendiendo al final la "lógica del espejo": si quieres que tu imagen en el espejo mueva la mano izquierda, deberás mover la mano derecha. Las iniciativas tienen con frecuencia un resultado opuesto al previsto por sus impulsores. En definitiva, alertaba Conthe del peligro de las buenas intenciones. Visto el recién CBG, parece que tales consejos que uno escribe desde la oposición caen en saco roto cuando pasa a formar parte, por segunda ocasión, del gobierno.

Allons enfants de los impuestos

El responsable de la idea ha sido un eurodiputado francés del partido de Chirac, Alain Lamassoure, sin duda envidioso por los pocos impuestos que, en comparación, tienen los demás europeos. Ya que nos arruinamos, arruinémonos todos juntitos, habrá pensado. Y es que Francia encabeza el "índice de miseria fiscal", elaborado por Forbes, por delante incluso de un país comunista como China.

Uno de los impuestos que propuso fue una tasa de 0,00001 euros por cada correo electrónico enviado. Seguramente no se dio cuenta de todas las implicaciones de semejante estupidez. Concedámosle algo: la cifra es tan pequeña que, por una vez, un impuesto no iba a modificar nuestro comportamiento. Ni siquiera el de los que envían spam a cientos de miles de direcciones; les saldría a unos pocos euros la broma. Sin embargo, ignoro cómo planeaba cobrar dicho impuesto. Digo yo que lo intentarían cobrar a las empresas desde cuyas máquinas se hacen dichos envíos. Pero, ¿y si yo, europeo, envío un correo por medio de Gmail o Hotmail, ambas empresas norteamericanas; la UE querría cobrar algo? Bueno, querer querría pero, ¿podría? Es más, dado que no es obligatorio incluir un remitente real en los mensajes electrónicos, nada sería más fácil que eludir ese impuesto. Tampoco quiero ni imaginar el dinero que se podría gastar en recaudar todo eso, ni el que tendrían que tirar a la basura las empresas en hacer el papeleo, más que nada porque debo reconocer que no sabría ni cómo empezar a hacer los cálculos.

Eso sí, se pueden hacer algunas estimaciones de lo que se podría recaudar. Si se cree que se enviarán en el mundo aproximadamente un billón de mensajes en 2006, y suponemos que desde la Unión Europea se realizará un porcentaje similar a su participación en el PIB mundial, un 18%, de los envíos, se recaudaría cerca de 2 millones de euros al año, suponiendo que los costes administrativos fuesen cero. Dado que mantener a un eurodiputado, entre sueldo, secretarias y prebendas, cuesta unos 2’5 millones al año, cabría sugerir que saldría más rentable quitarnos de encima a Alain Lamassoure y reducir en uno el número de parlamentarios de la Eurocámara. No creo que nadie lo notara. Para mal, al menos.

Quizá consciente de que en esta ocasión había dicho una estupidez excesiva incluso en un europarlamentario francés, Lamassoure se ha echado atrás en el impuesto a los correos electrónicos, manteniendo la otra parte de su propuesta original, una tasa de céntimo y medio por cada SMS enviado, que además se cobraría sólo a las operadores, como si éstas no fueran a repercutirlo en los usuarios, como sucede con el canon de la SGAE. Eso sí, esto ya es otra cosa, al menos en cuanto a cifras: podría suponer unos 5.000 millones de euros. Se ve que, siguiendo una larga tradición, el europarlamentario ha salido a la calle, ha visto algo que hacen mucho los europeos y ha regresado con una propuesta para ponerle un impuesto. No existe ninguna razón especial para imponer otro impuesto además del IVA que ya pagan. Con la gasolina aducen la excusa del medio ambiente, con el tabaco la de la salud pero… ¿con los SMS? ¿Han de sufragar enormes gastos en volver a enseñar ortografía a los usuarios, quizá?

Si desean dinero, eliminen la Política Agraria Común, por ejemplo. Así tendrían campo incluso para bajar los impuestos, si no fuera porque para los políticos europeos eso de quitarles menos dinero a los ciudadanos es tema tabú.

Estilo Morales

Evo desvalija empresas extranjeras con un jersey de lana gorda y los políticos europeos desangran nuestros monederos pertrechados con traje y corbata. Evo es un ratero megalómano; nuestros políticos, unas sanguijuelas cojoneras.

La última ocurrencia de los zascandiles bruselenses consiste en gravar con un nuevo impuesto los mensajes a móviles y los correos electrónicos. La UE siempre está a la vanguardia del progreso técnico cuando se trata de vaciarnos la cuenta corriente; cualquier caladero de nuevos euros recibe su obsesiva atención.

Y, cómo no, la propuesta nace de un francés, Alain Lamassoure, usurero mayor del republicanísimo reino uropeo. En opinión de este brillante asalariado-a-nuestras-costillas,

"los intercambios entre países se han disparado, luego todo el mundo ha de comprender que el dinero para financiar la UE debería venir de los beneficios engendrados por la propia Unión".

Entiendo que al chiraquín le cueste diferenciar entre libertad y servidumbre, por algo sigue siendo político sin que las entrañas y la conciencia se le hayan escapado por patas. Ahora bien, me gustaría creer que semejantes chupitos de sentido común no van a sumir a nadie en una descamisada embriaguez socialista, aun cuando muchos serviles crédulos decidan inyectárselos en vena.

Imagine que un grupo de bandoleros le secuestra y le encierra en un cuarto oscuro. Al cabo de unos meses deciden liberarle, de modo que usted reanuda su vida, se pone a trabajar y a ganar dinero. ¿Tendría algún sentido que sus antiguos secuestradores le requirieran una parte de su salario aduciendo que usted está obteniendo ingresos gracias a que hace dos meses decidieron liberarlo?

La pifia argumental es similar a la del euroladrón. Los intercambios entre países se han disparado porque los estados europeos han reducido las barreras existentes entre ellos, favoreciendo de este modo la interrelación de los ciudadanos. El mérito lo tienen los individuos, y los empresarios que crean los medios para que esa interrelación sea posible; la Unión Europea sólo contribuye a ello de la misma manera en que un asesino en serie contribuye a nuestra salud si decide indultarnos.

Además, la extraordinaria prodigalidad paneuropea que muestra Lamassoure con el dinero ajeno sirve perfectamente para ilustrar el origen y el destino de esa colusión de mafiosos sinvergüenzas que se llama Unión Europea: el control de la sociedad.

Todavía hay quien piensa que el origen del euroburocratismo tiene algo que ver con la búsqueda de la fraternidad y la libertad entre sus ciudadanos, pero lo cierto es que la Unión Europea supone una vía no militar de alcanzar el objetivo que Napoleón, Hitler o Stalin ya acariciaran: regir a todos los europeos a través de un solo Estado.

En la práctica, nuestros padres fundadores, a diferencia de los estadounidenses, no pretendieron librarnos de la tiranía, sino armonizarla. Los dirigentes franceses y alemanes renunciaron a conquistar por las armas a sus vecinos y decidieron someterlos mediante la firma de unos tratados con vocación imperialista. Sólo tuvieron que repartirse la tarta del control político para tranquilizar sus ansias expansionistas: si los monarcas absolutistas unían sus dominios a través del matrimonio, los monarcas democratistas del presente los fusionan mediante contubernios pseudoconstitucionales.

No es de extrañar, por tanto, que el destino de este desaguisado estatista sea un crecimiento sostenido de la burocracia a costa de los europeos. Si Lamassoure asegura que el nuevo impuesto sobre los e-mails y los SMS es imprescindible para sostener la Unión Europea, ¿hemos de entender que el armatoste francoalemán está a punto de derrumbarse por insuficiencia de fondos? Supongo que de ser así todos los eurociudadanos deberíamos hacer un euroesfuerzo para evitar que los europarlamentarios, eurofuncionarios y eurochorizos, entre viajes en primera clase a Bruselas y Estrasburgo, tuvieran algo más que langosta y caviar para echarse a la boca.

Pero me temo que el nuevo impuesto no va destinado a financiar la UE tal y como la conocemos en la actualidad, sino a expandir sus programas, competencias, regalos, subvenciones y suculentos salarios. Vamos, los eurócratas exigen más impuestos para incrementar sus despilfarros y remuneraciones. Algunos nunca se dan por satisfechos, sobre todo cuando paga el vecino.

Eso sí, para Lamassoure no tenemos de qué preocuparnos, pues el nuevo impuesto es muy reducido; no es mucho –dicen–, pero, dados los miles de millones de transacciones que se efectúan cada día, podría ayudar a aumentar los ingresos.

Tras ciertas alocuciones sólo queda levantar el acta de defunción de la inteligencia. Si el impuesto no es muy gravoso, entonces los ingresos no serán muy elevados, a menos que los políticos hayan descubierto cómo multiplicar los panes y los peces partiendo de una pequeña suma de dinero. Si los ingresos son elevados, entonces el impuesto sí será gravoso. El Estado no tiene recursos propios, todo procede del expolio a la sociedad; aquél no puede ganar mucho sin que la ésta pierda más.

No debemos pensar sólo en el perjuicio económico que generaría la medida; para recaudar el impuesto será necesario controlar cuántos correos electrónicos y SMS enviamos, lo cual abre las puertas a conocer a quién se los enviamos y qué contienen.

El "proceso de construcción europeo" no es más que nuestra particular revolución bolivariana. Más lenta, pero más firme y segura. La dictadura explícita pasó de moda entre los europeos tras la II Guerra Mundial; ahora se conforman con un despotismo iletrado en forma de parlamentos. Pero no les preguntemos por la libertad: la mayoría ya ha perdido la costumbre. Entre cadenas e impuestos se vive mejor.

El Estado sin autoridad

En su defensa del Estado democrático algunos van más allá de considerarlo un mal necesario al pretender que gobierna legítimamente sobre la base de un contrato social que nos compele a todos o una cesión de derechos por parte de sus súbditos. Se arguye que la Constitución es una suerte de contrato entre los ciudadanos y el Estado, que la gente aprueba el sistema cuando participa en las elecciones o permanece en territorio nacional en lugar de marchar al exilio. Sin duda es comprensible en algunos liberales minarquistas este afán por justificar éticamente el Estado democrático a partir de los derechos de los individuos, pero la entelequia contractual sólo contribuye a restar seriedad a su tesis y a oscurecer el debate. No es que piense que otros enfoques vayan a tener éxito justificando el Estado, pero quizás hay modos más sensatos de abordar la cuestión y avanzar en la discusión que apelando a sofismas de este género.

¿El Estado democrático tiene derecho a gobernarnos? El Estado no puede poseer ningún derecho que, antes de su existencia, no poseyeran los individuos. Sólo puede derivar su legitimidad de sus súbditos, que de algún modo tendrán que haberle delegado voluntariamente el derecho a que les gobierne. El problema es que esta delegación de derechos no se ha producido jamás, y de hecho nunca podrá tener lugar. El Estado que nos rige lo hace sin autoridad, sin legitimidad. No se asienta sobre el consentimiento de los gobernados, no le debemos obediencia porque tenga un derecho a gobernarnos.

¿La Constitución Española es un contrato entre los ciudadanos españoles y el Estado español? Primero, la Constitución a lo sumo vincularía sólo a los españoles que la aprobaron en el referéndum. Nadie puede ser sometido a un contrato que no ha suscrito o que ha rechazado. Tampoco las generaciones posteriores pueden verse compelidas por la Constitución de 1978. Un contrato lo rubrican personas vivas, no personas que están por nacer. Segundo, por norma los contratos no adquieren validez hasta que lo firman las partes. ¿Alguien ha firmado la Constitución? ¿Dónde figuran los nombres de las partes contratantes? ¿Qué clase de contrato es éste que ni siquiera puede remitirnos a quienes lo integran? Si no existe evidencia legal alguna de que un individuo particular apoyó la Constitución ésta no puede vincular legalmente a nadie en particular. Pero lo más gracioso, como dijera Lysander Spooner en "La constitución sin autoridad", es que este supuesto contrato que no sería admitido en ningún tribunal de justicia para probar una deuda de cinco dólares se presenta como prueba de que todos los habitantes de un país han cedido su propiedad, sus libertades y su vida al Estado. Tercero, la argumentación contractualista parte del supuesto de que los derechos individuales son alienables, de que es posible firmar contratos de esclavitud. No obstante, podemos alienar los bienes que hemos adquirido o producido, pero no podemos alienar nuestra voluntad, nuestro raciocinio, que es lo que nos dota de derechos. Y si no podemos desprendernos de la fuente de nuestros derechos lógicamente no podemos desprendernos de nuestros derechos. En otras palabras, somos propietarios de nosotros mismos no por elección sino por naturaleza, no sólo somos en cierto sentido los homesteaders de nuestro cuerpo, los "primeros ocupantes", sino los únicos que podemos serlo. No es posible, por tanto, que hayamos elegido ceder en un contrato con el Estado nuestros derechos inalienables por naturaleza.

¿El acto de votar implica la aceptación del Estado democrático? A primera vista incluso parece que no haya escapatoria tal y como lo plantean algunos: si votas por el partido ganador aceptas el sistema, has contribuido a formar el gobierno; si votas por el perdedor también aceptas el sistema, porque has participado en el juego y has sancionado sus reglas; si no votas también ratificas el sistema, porque abstenerse significa conformarse con el resultado sea cuál sea, someterse al partido que los demás han elegido. Pero este razonamiento no se sostiene. Aparte de la cuestión de la inalienabilidad y la ausencia de unas partes firmantes identificables, en primer lugar no puede decirse que el acto de votar y el acto de abstenerse son igualmente vinculantes. Eso dejaría al individuo sin opciones, sin elección posible, y no podría argüirse en absoluto que ha elegido voluntariamente ceder sus derechos. En segundo lugar, ¿de dónde se sigue que el hecho de votar implica la aceptación del sistema? Ésa es la interpretación que hacen los valedores de esta postura, pero quizás no es la interpretación que hacen muchos votantes. Algunos electores a lo mejor votan no para apoyar el sistema, sino simplemente para evitar que venza un partido peor que aquél por el que pujan. El individuo que paga un rescate a un secuestrador no está aprobando el secuestro, sólo está intentando evitar un mal mayor. Como señaló Spooner, si obligan por la fuerza a un individuo a participar en una batalla y éste se encuentra en la tesitura de disparar o ser víctima de un disparo, no puede decirse que por el hecho de disparar y salvar su vida la batalla haya sido una elección suya. El Estado nos obliga a permanecer dentro del sistema, no permite que nos escindamos; en consecuencia no cabe alegar que alguien acepta el sistema por el hecho de que intente defenderse a través de las urnas (votando por el partido que cree que va a perjudicarle menos). En cualquier caso, el voto no incluye ninguna cláusula que especifique cuál es el significado concreto de entregar una papeleta, luego la interpretación contractualista es tan arbitraria como cualquier otra.

¿La permanencia en un determinado territorio implica aceptar el dominio del Estado sobre ese territorio? Hay quien razona del siguiente modo: si alguien no quiere someterse a los dictados del Estado que rige el territorio es muy libre de marcharse a otro lugar; si se queda está aceptando tácitamente su legitimidad. Pero permanecer en un país sólo implica consentimiento tácito si se asume que el Estado tiene en primer lugar un derecho sobre ese territorio. ¿De dónde se sigue el Estado tiene con carácter previo un derecho de propiedad sobre todo el territorio nacional? La respuesta no puede ser "porque la población consiente tácitamente al quedarse en el país", pues ésta sería la consecuencia de que el gobierno tuviera ese derecho, luego no puede ser su causa. Dicho de otro modo, es como si el mafioso de un barrio exige a un individuo que ha abierto un negocio en la zona que le entregue una parte de sus ingresos. ¿Es legítima la acción del mafioso por el hecho de que el individuo haya decidido abrir el negocio en este barrio y no en otro? Obviamente no, porque el mafioso no tiene ningún derecho a extorsionarle en primer lugar. El mafioso no es el dueño del barrio, lo mismo que el Estado no es el dueño del territorio.

Algunos dirán que el Estado democrático es inherentemente injusto pero necesario, que aunque sólo sea por razones utilitaristas es preferible su existencia a su ausencia. Otros pensamos que el Estado es lesivo e innecesario y que debe abolirse en favor de un sistema de ley policéntrica. Lo que se ha argumentado en este artículo es que el Estado democrático no se fundamenta en ningún contrato social por el que los individuos delegan parte de sus derechos al gobierno. Los defensores del Estado tendrán que recurrir a algo más que a la constitución, al voto o a la permanencia en el país para justificar la legitimidad del Estado.

Negociando con comunistas

Sin embargo, en el caso de la tregua de ETA, la clave de la negociación no es el abandono de las armas sino las concesiones que hará el Gobierno español a la banda para que está se acerque a sus metas políticas a cambio de no seguir matando, robando y extorsionando de la forma que lo han venido haciendo. Ahora bien, el Gobierno no tiene legitimidad para negociar con los derechos que no le pertenecen. Las familias de las víctimas, por ejemplo, sí podrían negociar términos como la condonación de las penas por los asesinatos de sus familiares, pero no el Gobierno.

Según el CIS, el 49,4% de los españoles considera improbable que la tregua de ETA lleve a una "solución definitiva". En caso de que el resultado de la encuesta sea fiel a la realidad, cuestión más que improbable tratándose del CIS, parece que la mayoría de los españoles tiene más claro que Zapatero que las probabilidades de éxito de una negociación con un grupo terrorista como ETA son escasas. La banda es un grupo marxista-leninista y como tal siempre ha utilizado la negociación como herramienta táctica para acercarse a su objetivo final: la instauración de un estado totalitario de corte comunista en el País Vasco. La población parece consciente de este pequeño detalle que se le escapa al Gobierno.

Pero hay algo peor que las pocas posibilidades de éxito en la negociación con ETA y es el simple hecho de que el Gobierno pueda negociar algo que no sea el abandono de las armas y, todavía peor, la posibilidad de que el proceso abierto sí lleve a una "solución definitiva" en virtud de la cual ETA logre acercarse a sus fines. Y no me refiero a la posibilidad de secesión de alguna parte de España. Me refiero a la posibilidad de que logre instaurar un régimen comunista a las puertas de España gracias a los robos y asesinatos perpetrados contra individuos inocentes.

Los valores en el mercado

Pero ese avance, que es el de la civilización, el capitalismo, la riqueza, no ha colmado la tierra y son millones los que aún viven en la pobreza, aunque su número no deje de disminuir. Acostumbrados a la excepción, a vivir en sociedades capitalistas y ricas, nos duele que otras necesiten emplear a los niños, como nosotros en los siglos anteriores, para poder darles lo más básico. Es un sentimiento de desasosiego moral y estético, que nos crea una repulsa.

Las empresas luchan por ganarse el favor de los consumidores, y por eso rodean sus productos de un halo, de una imagen, y huyen de ciertos estigmas como los europeos del XIV de la peste. El trabajo infantil es uno de ellos, por el profundo rechazo que despierta en casi todos. Inditex ha descubierto por un semanario portugués que una empresa proveedora empleaba a unos niños de 11 y 14 años en el norte de Portugal, y ha reaccionado abriendo una investigación para ver si se cumple su "código de conducta", que "prohíbe el trabajo infantil en nuestras empresas externas". Este comportamiento demuestra que no es necesaria la regulación para que se impongan en las empresas valores que son compartidos por una mayoría; en su mismo interés está dejarse llevar por éstos, si es que quieren nuestro dinero a cambio de sus servicios.

Si pudiéramos exprimir nuestra mente para extraer todas las marcas que conocemos y lo que sabemos de ellas nos quedaríamos impresionados por la cantidad y variedad de información. Al fin, nos bombardea a diario por medio de la publicidad, los medios de comunicación, y nuestra propia experiencia en el consumo. Pero a lo mejor queremos saber de una marca desconocida cierto aspecto al que le damos mucha importancia. Por ejemplo, ¿Han trabajado niños en su fabricación? ¿Están estos productos tratados genéticamente según principios científicos (lo que algunos llaman manipulación genética)? Si de verdad nos importa como para modificar nuestros hábitos de compra, habrá empresas o grupos empresariales que crearán sellos de certificación que darán fe de lo que busca el consumidor.

Pero, ¿y los disidentes? ¿Qué hay de aquellos que piensan, por ejemplo, que las empresas tienen que dar una oportunidad de trabajo a quienes menos tienen? ¿O qué hay de quienes confían en la ciencia, quienes creen que el empeño de una empresa para atraer los conocimientos de la ciencia al servicio de la mayor calidad de una verdura, o su mayor resistencia a las plagas es para su propio bien? El mercado tiene también respuesta para ellos. Si algo hay característico de las sociedades libres es la multiplicidad de opciones; siempre hay una oferta para una pequeña parte de la sociedad, sin perjuicio de que conviva con muchas otras.

No necesitamos de la regulación pública para que las empresas hagan caso y respondan a los valores mayoritarios, y tampoco la necesitamos para asegurarnos de que quienes no los compartan se queden sin opciones. El terreno de la acción pública es otro, el de la imposición de determinadas valoraciones por encima de las preferencias de las de los demás.

Incapacidad estatal e inseguridad ciudadana

En estos días hemos visto cómo el estado ha fallado en relación a la seguridad física de las personas. Aumentan los "secuestros express", los robos en los domicilios de los particulares son más violentos –aunque los Mossos d’ Escuadra mantienen que han disminuido–, el nivel de inseguridad diaria es más fuerte que en años anteriores. No es un panorama muy halagüeño.

Si el Estado se hubiese mantenido fuera de la seguridad física de las personas, los detractores de la libertad económica lo habrían calificado como un fallo de mercado. Por el contrario, este fallo ha sido del Estado. Lo sorprendente es ver como los medios de comunicación reclaman soluciones al creador de esta situación, al Estado: más policías, más control. Pero más vigilancia estatal no significa más seguridad sino menos libertad.

Si aplicamos la Teoría de la Imposibilidad del Cálculo Económico Socialista de Ludwig von Mises al mundo de la seguridad rápidamente nos daremos cuenta que el gobierno siempre fallará como productor.

El gobierno no tiene idea alguna de cuál es la cantidad necesaria de efectivos, recursos ni sistemas que pueden garantizar una situación de seguridad estable, por eso mismo, cuando se destapan escándalos como el que nos ocupa la respuesta gubernamental va en dos direcciones que sólo cumplen con las apariencias sin dar soluciones reales al problema: una es por medio del desbordamiento de la producción incurriendo en fuertes gastos económicos que no suelen atajar el problema debido a la propia estructura de la administración pero que parecen serias y son defendidas por los amantes de lo políticamente correcto. El precipitado refuerzo de 200 guardias civiles para vigilar las zonas de Barcelona y Tarragona es una muestra.

En segundo término, la respuesta del gobierno siempre será creando órganos burocráticos y leyes que sólo refuerzan el poder estatal que nada tienen que ver, pese a los grandilocuentes nombres que les dan los burócratas, con la seguridad de las personas. La política de seguridad totalitaria de George W. Bush en Estados Unidos, y la próxima creación en España del Centro de Inteligencia contra el Crimen Organizado sólo son, y serán, armas para fiscalizar a las personas, crear chivos expiatorios y el arma arrojadiza de los partidos políticos para criticarse los unos a los otros. Los ciudadanos seguiremos estando indefensos.

Sólo el individuo libre es capaz de calibrar la seguridad que él quiere y cómo la quiere. Estos factores son un cúmulo de variables demasiado complejas y volátiles como para ser abarcadas por las mentes cerradas y cartesianas de los diseñadores sociales del gobierno. En la libre valoración subjetiva cada actor económico destina una parte de sus dotaciones económicas a aquello que más valora, y en respuesta, las empresas satisfacen al cliente para obtener así el mayor beneficio económico.

Para conseguir una auténtica reducción del crimen no sólo tendremos que modificar las leyes penales para basarnos en una justicia inspirada en el derecho natural y de indemnización a la victima en lugar del castigo al criminal, sino también, desregularizar todo el sector privado de la seguridad como la tenencia y uso de armas de fuego. Con las leyes actuales sólo los criminales van armados. Ya es hora que la gente honrada pueda defenderse de los ataques que se cometen cada día contra su vida y propiedad.

Únicamente la incapacidad estatal ha hecho posible que este proceso individual de defensa ya haya empezado. El que de verdad está preocupado por su seguridad acude rápidamente a empresas de defensa instalando habitaciones del pánico, comprando herramientas para su seguridad individual, alarmas cada vez más sofisticadas… Los actos, que son lo único que nos interesa en economía y en el mundo de la praxeología, nos demuestran que sólo el sector privado es capaz de corregir y solucionar las barbaridades antisociales del estado. Si no procuramos por nuestro bienestar nadie más lo va a hacer de forma desinteresada, y menos aún, el Estado.

El mercantilismo electrocutante

En realidad, bastaría con que los políticos dejaran de restringir e impedir las relaciones libres en el mercado para que pudiéramos asistir a una época de crecimiento sin parangón en el viejo continente. Sin embargo, el agresionismo, ese mal llamado proteccionismo que privilegia a unos pocos agrediendo a la mayoría de la población, se ha convertido en el sello de identidad de las políticas europeas, y bajo su sombra pocas son las cosas buenas que pueden crecen.

En este contexto, el intervencionismo energético del que han estado haciendo gala los gobiernos español y francés es la estocada final al último resquicio de libertad económica que a duras penas se mantenía en pie: el tambaleante mercado único europeo. Primero asistimos con asombro en abril de 2005 a la reintroducción de aduanas para el transporte por carretera, sólo que ahora se les llama tasas al transporte terrestre. Luego vino el bloqueo de la directiva Bolkestein que con tanto retraso traía la liberalización de los servicios sin la cual la libertad de movimiento de personas estará siempre lisiada. Y finalmente Zapatero y Villepin nos obsequiaron con un intento de liquidación de la libertad de movimiento de capitales.

A los amantes de la ingeniería social nunca les escasean las justificaciones para la intervención. En esta ocasión nos salen con el cuento de que el mercado energético es estratégico. Así, sin más. Y se quedan tan a gusto. Como la teoría del monopolio natural ya no les vale para mantener nacionalizada la industria eléctrica, los políticos posmodernos de sonrisa perenne han decidido ahorrar recursos dialécticos y limitarse a poner adjetivos misteriosos para mantener cautivos a sus consumidores. Y es que lo de estratégico no quiere decir otra cosa que importante. Así que por ser importante el mercado eléctrico el gobierno francés diseña una fusión relámpago para que le italiana Enel no pueda comprar una empresa eléctrica francesa. A esto es a lo que siempre se le ha conocido como nacionalismo económico, que tanta pobreza ha repartido allí donde se ponía en práctica. Pero detrás de la nueva ola de mercantilismo que azota Europa hay algo más que nacionalismo. Y si no, que se lo pregunten a Montilla.

El gobierno español, que se encuentra en la vanguardia europea de este movimiento por la liquidación del mercado libre, ha hecho todo lo que ha podido y más para que Endesa, la primera eléctrica española, se quede en manos nacionales. Pero no por una cuestión de patriotismo sino, más bien, por concentrar la oferta energética en manos amigas. Para lograr mantener un cierto control sobre la producción energética no han dudado en amenazar de forma gansteril a la empresa alemana E.On con la suspensión de los derechos políticos de sus acciones de Endesa si continuaban ofreciendo a los accionistas de la eléctrica española una oferta mejor que la de Gas Natural, la empresa catalana controlada por el caja de ahorros pública que regala dinero al partido del ministro de industria. En su empeño por no dejar kilovatio fuera del control político el gobierno se ha atrevido a despreciar las más elementales normas de un estado de derecho y cambiar las competencias sobre opas de la CNE cuando la oferta pública de la alemana ya estaba hecha.

Si el mercado eléctrico y energético es muy importante, más motivo para que sea liberalizado con urgencia. Sólo en el mercado se puede estimar la importancia relativa que los consumidores le otorgan a un producto y sólo en el mercado el tamaño de las empresas puede revertir en beneficios continuados para el ciudadano de a pie. Y no porque el mercado libre sea mágico sino porque permite que las preferencias de los consumidores se reflejen en los precios crean incentivos para no despilfarrar recursos escasos. Sin embargo, este importante mercado no deja de recibir estrangulamientos políticos que amenazan con un sombrío futuro de desabastecimiento energético. Una lista interminable de despropósitos que se amplifican mutuamente, y entre los que destacan la casi paralización de la inversión en centrales nucleares así como el cierre anticipado de una de ellas por motivos puramente políticos, la subvención de tecnologías ineficientes pero políticamente correctas o la elevación del coste de producción gracias a tratados como el de Kyoto, mantienen en jaque a este importante sector.

El que no haya una unidad política, a pesar de ser otra excusa típica, tampoco quita ningún mérito a la libertad económica. Todo lo contrario. Como repetían una y otra vez los grandes pensadores liberales del siglo XIX, cuando los capitales no pueden cruzar las fronteras son los tanques o las caballerías los que lo hacen. Es precisamente la libertad comercial entre países y sobretodo la libertad de movimiento de capitales lo que apacigua los potenciales conflictos bélicos. De hecho, esta fue la idea que inspiró la Comunidad Económica Europea. Medio siglo después una generación de políticos intervencionistas ha secuestrado el barco europeo. Para volver a poner rumbo a una economía libre, próspera y pacífica los ciudadanos debemos hacer ver a nuestros gobernantes que no permitiremos más intromisiones en los intercambios voluntarios entre europeos. Si no lo logramos, apaguemos la luz y vayámonos a otro lado.