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Tonterías por una vivienda digna

Envidiosos de que los estudiantes franceses han logrado con éxito impedir que una reforma laboral reduzca el paro en el país vecino, algunos conciudadanos están organizando una sentada en varias ciudades de España con el objeto de que el gobierno arregle los problemas de la vivienda. Por supuesto, aparte del deseo de comprar pisos más baratos, no hay nada detrás de esas protestas. La ignorancia sobre las causas del alto precio de las viviendas se sustituyen con una palabra mágica que todo lo explica: "especulación".

La especulación no es más que una práctica consistente en comprar barato y vender caro. Eso significa que sólo pueden hacer su labor con éxito si los precios ya suben sin su intervención y, de hecho, al realizar su actividad, tienden a hacer subir el precio cuando éste es relativamente barato y a reducirlo cuando es relativamente caro. La especulación, en definitiva, ayuda a suavizar las subidas de precios, y no puede existir –a no ser que exista un error masivo entre quienes practican esta actividad– si los precios no están subiendo ya por alguna otra razón.

Los precios no son nunca una causa de nada, sino un síntoma de una realidad subyacente; pretender "curarlos" directamente es como luchar contra la fiebre cuando éste no es más que la indicación de que el paciente padece una pulmonía. En el caso español, la primera razón por la subida de precios es la enorme demanda de pisos. Se ha unido en los últimos años varios millones de inmigrantes que necesitan un techo sobre su cabeza, una generación de jóvenes muy numerosa –que incluía quienes antes de 1994 no habían podido formar una familia por falta de empleo– y un interés por parte de muchos extranjeros por adquirir una vivienda en nuestras costas, generalmente para disfrutar en ella de su jubilación. El ritmo de construcción ha crecido enormemente, en los últimos doce años se han entregado 5,4 millones y existen otros 2 millones aún en obras. Sin embargo, no ha sido suficiente. Pese a la gran flexibilidad de nuestro sector de la construcción, éste ha tenido un freno para responder como debía: las limitaciones y retrasos burocráticos impuestos por las leyes del suelo y los distintos permisos municipales y autonómicos.

La existencia de viviendas vacías ha sido también designada como gran culpable: si sus propietarios las pusieran en alquiler, más personas se emanciparían y reducirían así además la demanda de compra, rebajando los precios o, al menos, reduciendo la subida. Pero al descargar las culpas sobre estos propietarios, damos por sentado que son tontos de carrito. Póngase usted en su lugar e imagine que tiene una casa vacía esperando que se revalorice para venderla: ¿acaso no ganaría aún más dinero si la pusiera en alquiler mientas espera que suba de precio? Si esto es así, ¿por qué hay tantas viviendas vacías? Hay dos causas principales. La primera es que muchas de esas viviendas son segundas o terceras viviendas, ocupadas por sus propietarios sólo en fines de semana o vacaciones y construidas, por tanto, no precisamente en el centro de grandes ciudades sino en el campo o la playa, que no es precisamente el lugar donde hay más demanda por parte de jóvenes que desean emanciparse. Y la segunda es, sencillamente, que con la legislación actual es un riesgo alquilar siendo un particular: echar a un inquilino que te destroce la casa y no pague puede llevar un año de lucha en los tribunales. Sólo a precios altos merece la pena para muchos propietarios tomar ese riesgo.

Pero ninguna de estas causas reales está en la cabeza de quienes proponen manifestaciones para que los políticos arreglen los problemas que ellos mismos han creado.

Qué es un ciclo económico

La existencia de ciclos económicos recurrentes no se debe a disfuncionalidades inevitables del mercado que los gobiernos pueden paliar, o incluso evitar, a través de medidas macroeconómicas, sino a la asignación errónea de inversiones en procesos productivos más elaborados sin la existencia previa de un aumento del ahorro de la sociedad. Pero veamos cómo explica este proceso el profesor Huerta de Soto en su tratado "Dinero, crédito bancario y ciclos económicos".

Supongamos que Robinson Crusoe se encuentra recién llegado en su isla y que, como único medio de subsistencia, se dedica a la recolección de moras, que recoge de los arbustos directamente a mano. Dedicando todo su esfuerzo diario a la recolección de moras, cosecha frutos en tal cantidad que puede subsistir e incluso tomar algunas más de las estrictamente necesarias para sobrevivir cada día. Después de varias semanas a ese régimen, Robinson Crusoe descubre empresarialmente que si se hiciera con una vara de madera de varios metros de largo, podría llegar más alto y lejos, golpear los arbustos con fuerza y conseguir la cosecha de moras que necesita con mucha más rapidez. El único problema es que calcula que en buscar el árbol del que pueda arrancar la vara y luego en prepararla, quitándola sus ramas, hojas e imperfecciones, puede tardar cinco días completos, durante los cuales tendrá forzosamente que interrumpir la recolección de moras. Es preciso, pues, si es que quiere proceder a elaborar la vara, que durante una serie de días reduzca algo su consumo de moras, dejando apartado al remanente en una cesta, hasta que disponga de una cantidad suficiente como para permitirle subsistir durante los cinco días que prevé que durará el proceso de producción de la vara de madera. Después de planificar su acción, Robinson Crusoe decide emprenderla, para lo cual, con carácter previo, debe, por tanto, ahorrar una parte de las moras que cosecha a mano cada día, reduciendo en ese importe su consumo. Es claro que esto le supone un sacrificio ineludible, pero piensa que el mismo sobradamente le compensa en relación con la ansiada meta que pretende lograr. Y así durante diez días decide reducir su consumo (es decir, ahorrar) acumulando moras de sobra en una cesta hasta alcanzar un importe que calcula será suficiente para sustentarle mientras produce la vara.

Es una manera sencilla de explicar el axioma de que toda inversión en procesos alejados del consumo, exige la existencia previa de ahorro suficiente por parte de la sociedad. Sin embargo, en el contexto actual, el ahorro voluntario está siendo sustituido por la expansión crediticia, lo que es interpretado por los empresarios, erróneamente, como una señal de que es posible la inversión en procesos más capital-intensivos. Engañados por la expansión crediticia de la banca, los empresarios invierten en maquinaria e instalaciones, en la confianza de que la sociedad liberará el ahorro acumulado llegado su momento, absorbiendo la mayor producción de bienes y servicios al final del proceso. Sin embargo, los agentes económicos no están dispuestos a esperar ese periodo de tiempo tan prolongado, sino que demandan los bienes y servicios mucho antes "de lo que se exigiría para culminar el alargamiento emprendido en la estructura productiva".

En el ejemplo anterior, es como si Robinson Crusoe ahorrara un cestillo de moras que le permite la subsistencia durante cinco días, y en lugar de la elaboración de una vara emprendiera la construcción de una cabaña, que le llevaría un mes. Evidentemente, antes de finalizar la cabaña tendría que abandonar la tarea para atender el consumo inmediato. Lo mismo ocurre con la economía. Cuando se abusa de la expansión crediticia o medios fiduciarios, los empresarios invierten en las etapas más alejadas del proceso productivo hasta que se dan cuenta del error y entonces han de paralizar todos estos proyectos ya iniciados. El resultado es paro y recesión económica.

La pregunta es: ¿en qué fase del ciclo se encuentra en estos momentos nuestro Robinson Crusoe (la economía española)? Una pista: La expansión crediticia está actualmente en niveles estratosféricos.

El verdadero mérito de Bill Gates

Cierto es que esta costumbre la suelen alternar con la concesión de premios a ganadores sin méritos suficientes siquiera para ser nominados, como sucedió con Fernando Alonso, pero es que ellos son así. Este año, sin embargo, se han ganado el odio de la gran mayoría de mi profesión. Vamos, que los informáticos están que trinan. Y es que le han dado ese premio nada más y nada menos que a Bill Gates. Bueno, y a su mujer.

El mérito considerado para darles esta distinción es la Fundación que lleva su nombre, dedicada principalmente a la lucha contra la malaria. Una acción loable, sin duda, llevada a cabo gracias a los fondos obtenidos del éxito de su empresa, Microsoft. Fue también gracias a esta labor como el multimillonario y su señora consiguieron aparecer como, seamos políticamente correctos, "personas del año" en la revista Time, junto a Bono, el cantante, no el agredido imaginario. Pero para muchos es indignante que se le otorgue este premio. Las razones alegadas son muchas, aunque yo las resumiría en una: es asquerosamente rico y, por tanto, ha de ser malo.

Yo tampoco estoy de acuerdo con el premio, porque la razón por la que se lo han otorgado no tiene nada que ver con la cooperación, sino con la extraordinaria virtud de la caridad. Sé que semejante palabra suena mal a los mismos oídos que se deleitan con el sonido "solidaridad", aplicado a la generosidad con lo ajeno característica de los gobiernos, pero es la única que describe con precisión lo que hace esa fundación. En realidad, la manera en que Bill Gates ha promovido la cooperación internacional como pocas personas en el mundo es mediante la creación de Microsoft y la comercialización de sus sistemas operativos y aplicaciones; es decir, la misma razón por la que se ha hecho asquerosamente rico.

Y es que la empresa de Bill Gates y Paul Allen llevó a cabo una innovación notable: se dedicó a vender unos y ceros cuando todo el mundo informático prefería comerciar con cajas llenas de chips y cables. Microsoft se negó a entrar en el negocio del hardware, insistiendo en hacer que sus programas pudieran ejecutarse en máquinas que cualquiera podía fabricar, con tal de que siguiera ciertos estándares comunes. De este modo creó las condiciones de mercado que permitieron que los precios del hardware cayeran en picado, favoreciendo también la bajada de precios de compañías que, como Apple, optaron por el modelo de negocio contrario. Es decir, por medio de su éxito empresarial, logró que miles de fabricantes de todo el mundo cooperaran entre sí por medio del mercado, permitiendo que los ordenadores empezaran a ser asequibles para todos. Gracias a ello, además, se hizo asquerosamente rico. Cosas del capitalismo.

Seguridad privada y sociedad civil

La simplista lógica izquierdista nos dice que, cuando hay un problema en la sociedad, el Estado tiene que intervenir. Si el problema persiste a pesar de la intervención, será necesario incrementar el gasto público. El Estado es infalible, por lo que sus errores sólo pueden deberse a una insuficiencia de medios.

El análisis científico del liberalismo, no obstante, llega a conclusiones diametralmente opuestas. El Estado distorsiona todas aquellas actividades que regula debido a insuficiencias de información, incentivos y, sobre todo, cálculo económico. Cuanto mayor sea el ámbito del Estado, peores serán los resultados obtenidos.

De esta manera, si tenemos un problema y el Estado interviene para solucionarlo, empeorará; y si no somos conscientes de que ese agravamiento se debe al Estado pediremos una expansión del gasto público para remediarlo que, sin embargo, sólo provocará un sucesivo empeoramiento.

Pensemos en los controles de precios. Si el Gobierno quiere impedir que un precio suba demasiado y establece un "precio máximo" inferior al de mercado, los consumidores estarán deseosos por comprar y los productores no estarán dispuestos a vender. En otras palabras, el mercado sufrirá una carestía del bien cuyo precio se ha regulado. Si el Gobierno quiere garantizar el acceso equitativo a ese bien, no tendrá otro remedio que recurrir al racionamiento, esto es, a una confiscación de facto de los bienes para su distribución.

Pero no olvidemos que la gente puede seguir adquiriendo ese bien en el extranjero, por lo que el Estado también deberá establecer un control fronterizo para asegurarse de que "los ricos" no obtengan un acceso preferente. Y para todo esto necesitamos un redoblamiento de la policía, de las inspecciones aduaneras y de los juzgados; esto es, un incremento de los impuestos que sólo empobrecerá aún más a la ciudadanía. Más Estado significa más caos y menos armonía.

Esto también es fácilmente observable en el caso de la policía pública. Al tratar de conseguir mejorar la eficiencia del sector privado en materia de seguridad, el Estado establece una serie de regulaciones torpes e innecesarias que sólo sirven para incrementar los costes de las empresas del ramo y distorsionar su funcionamiento.

Durante la Edad Media se desarrolló en Gran Bretaña un eficaz sistema de seguridad vecinal, por el cual los vecinos gritaban cada vez que contemplaran un delito. Sin embargo, durante el siglo XVII el ayuntamiento de Londres obligó a todo aquel que fuera testigo de un crimen a aprehender al malhechor. Esto socavó las bases de la convivencia y de la cooperación vecinal contra el crimen, ya que muy pocos estaban dispuestos a correr el riesgo de enfrentarse con el delincuente. Así, el Estado transformó la seguridad en una materia predominantemente crematística: "Si quieres que corra el riesgo de protegerte, págame".

Al socaire de estas leyes arbitrarias surgieron las primeras empresas privadas y de guardas vecinales. El problema es que el Gobierno siguió aprobando leyes, con la "noble" tarea de mejorar la eficiencia de estas empresas, y sólo consiguió agravar la situación. Se les exigió una ingente cantidad de papeleo y una jornada mínima de trabajo, de manera que sus costes se dispararon. Todos aquellos vecinos que tan sólo querían dedicar una porción de su jornada semanal a proteger la comunidad a cambio de una ligera recompensa fueron expulsados del mercado.

La reducción de la oferta fue seguida de una seminacionalización de las compañías de seguridad (por ejemplo, los vigilantes nocturnos pasaron a cobrar del erario público, y no de sus clientes), lo que les desvinculó en buena medida de las necesidades de sus clientes. Todo ello condujo a que los delitos dejaran de perseguirse con la misma intensidad que antes (ya que se desvinculaba el salario del resultado). Finalmente, tras una fuerte campaña de publicidad, en 1829 se creó un cuerpo de policía metropolitano público, que contó con 3.000 hombres.

A partir de aquí la historia ya es de sobra conocida. Al igual que pasó con la educación pública, el Estado comenzó a cebar sus cuerpos policiales con el gasto adicional procedente de los impuestos. La seguridad privada fue progresivamente marginada y regulada, hasta el punto de que en la inmensa mayoría de los países europeos el derecho a la autodefensa y a la posesión de armas de fuego ha sido eliminado (en Gran Bretaña la prohibición comenzó en 1903).

Pero todo este incremento del gasto público y del número de regulaciones no ha conseguido reducir el crimen, más bien al contrario. Nunca el Estado ha sido más manirroto en seguridad que ahora, y nunca el crimen y la delincuencia han sido más elevadas.

La razón es idéntica a la que hemos visto antes con respecto a los controles de precios. Cuanto más gaste en seguridad el Estado, cuanto más regule, más estrangulará las iniciativas privadas y comunitarias de asistencia mutua. Esto provoca necesariamente una disminución en la eficiencia de la lucha contra el crimen y, por tanto, un mayor incentivo a abrazar la delincuencia. Este incremento de la violencia trata de combatirse con más gasto policial y más regulaciones, que a la postre sólo favorecen nuevos aumentos de la delincuencia.

Las iniciativas privadas y comunitarias se ven enormemente dificultadas por la legislación estatal. Por ejemplo, hace un mes saltó la noticia de que 23 tiendas de una calle de Valencia habían contratado a dos personas para que vigilaran sus comercios, ante los frecuentes atracos y la absoluta falta de diligencia de la policía local. Con 40 euros al mes por tienda, disfrutan de una patrulla continua durante sus horarios de trabajo. En caso de que tengan algún altercado, basta una llamada perdida al móvil y el vigilante acude de forma inmediata.

Ahora bien, el servicio de seguridad dista mucho de ser inmejorable. Es cierto que los comerciantes están muy contentos (de ahí que sigan pagándoles), pero el único mecanismo defensivo con que cuentan los dos vigilantes es una placa de policía falsa: la intimidación se produce por engaño a los delincuentes.

Las enormes restricciones de la legislación española a la tenencia de armas y a la autodefensa fuerzan a que la seguridad comunitaria tenga un campo de acción muy limitado. Si en lugar de con placas falsas estos individuos patrullaran con pistolas, la difusión de esos servicios sería mucho mayor y, en consecuencia, el crimen se desplomaría.

Sólo las compañías más eficientes en luchar contra los delincuentes prosperarían; las restantes estarían abocadas a la quiebra. Un servicio policial que no acudiera cuando debiera implicaría un cliente perdido.

Las ingentes normas estatales sólo impiden que estas eficaces compañías afloren, pues los burócratas necesitan garantizarse el monopolio de la compulsión. No olvidemos que una sociedad desarmada y sin sistemas de defensa comunitarios es una sociedad postrada ante el Estado y su policía. Lenin decía que un hombre armado podía controlar a 100 desarmados; los impuestos y las regulaciones públicas necesitan estar respaldados por el monopolio de la compulsión. Y el Estado lo sabe.

La privatización y la desregulación de la seguridad son el único camino para reducir la delincuencia y afianzar nuestra libertad. No podemos dejar el zorro al cuidado del gallinero.

Ricos, pero pobres

Pero los recursos, por sí, no son en absoluto riqueza. Una tonelada de cobre no tiene ningún valor, si no la incorporamos a un proceso productivo; si no la engarzamos en el proceso general de creación de riqueza, y que consiste precisamente en disponer y conjugar bienes, servicios y recursos naturales de tal forma que sirvan nuestras necesidades. Por sí mismos no nos son de utilidad, no tienen valor alguno, y dependen del uso que hagamos de ellos. Sólo cuando son dirigidos a un propósito, insertos en una empresa, en un proyecto productivo encaminado a lograr un producto que nos sirva, es cuando adquieren valor.

De hecho, los países que han permitido la extensión de la riqueza en sus sociedades nada deben a haber contado con grandes masas de recursos naturales. Peter Bauer, en un breve artículo, recordaba que "la prosperidad sostenida le debe muy poco o nada a los recursos naturales; obsérvese, en el pasado, Holanda: gran parte de la misma ganada al mar en el siglo diecisiete; Venecia, un rico poder mundial construido sobre un lodazal; y ahora la Alemania Occidental, Suiza, Japón, Singapur, Hong Kong y Taiwán, por citar solo los ejemplos más obvios de países prósperos con poca tierra y pocos recursos naturales, pero evidentemente no escasos de recursos humanos". Por contraste, "en medio de una abundante tierra y vastos recursos naturales, los indios americanos precolombinos permanecían en la lipidia, sin ni siquiera tener animales domésticos o conocer la rueda, mientras que Europa, con mucha menos tierra, se había enriquecido y había desarrollado una cultura rica".

Es más, contar con un recurso que, bien utilizado, podría ser muy valioso, puede incluso resultar perjudicial. La riqueza sólo se crea cuando la sociedad se ha tropezado con instituciones que respetan y hacen respetar la vida, la propiedad y los contratos; cuando un ciudadano sabe perfectamente que ninguna decisión arbitraria le va a beneficiar o perjudicar, y que su prosperidad depende de esa combinación de esfuerzo personal y perspicacia para adelantar las necesidades sociales que siempre tiene premio en el mercado. Si una sociedad no ha logrado que impere el Derecho sobre la voluntad arbitraria de algunos, un gran pozo de petróleo o valiosas minas de un metal valioso puede incluso ser un obstáculo, ya que la tentación para ocupar y hacer del recurso una fuente de alimentación del propio gobierno es enorme. Y si los recursos del Estado no dependen de los impuestos desembolsados por la sociedad, sino de extraer un recurso de la tierra, la gente es menos necesaria para el poder. No tenemos más que observar, por ejemplo, que la elevación de los precios del petróleo ha avivado a los movimientos nacionalistas, de Iberoamérica a Rusia.

Soluciones Zapatero para la productividad

Según el World Investment Report 2005 de la UNCTAD, el 13,2 por ciento de las 50 mayores empresas transnacionales había localizado en el año 2004 actividades de I+D en España. No es para tirar cohetes pero tampoco está mal. ¿Y qué hay del futuro? ¿Cómo valoran las 50 mayores empresas del planeta –responsables de dos tercios del gasto empresarial mundial en investigación y desarrollo– las perspectivas y los planes monclovitas? Pues sin mucho entusiasmo. Tan sólo el 1,5 por ciento de estas empresas considera España como una localización atractiva para instalar actividades de I+D entre 2005 y 2009.

En ese ranking de atractivo para los grandes inversores en el que España tiene el dudoso honor de compartir posición con Rumanía o Túnez, China (61,8%) y Estados Unidos (41,2%) ocupan el primer y segundo puesto respectivamente. Estas dos primeras posiciones nos muestran a las claras que la inversión en innovación puede atraerse mediante bajos costes laborales, pero no sólo así. De hecho, la segunda posición de EE.UU. indica que, aunque sean elevados en términos absolutos, no son un problema si la economía es relativamente libre, abierta y productiva. El desmadre intervencionista europeo ha logrado que el Reino Unido sea el único país considerado atractivo para realizar inversiones en I+D por más de un diez por ciento de estas multinacionales (13,2%).

España, siguiendo el manual europeo de cómo consolidar el estado del malestar, trata de cubrir parte de ese creciente abismo productivo con los EE.UU. y otras economías más libres a base de gasto público en I+D. Caen de nuevo en el espejismo del constructivismo socio-económico. Y es que este gobierno no parece entender que la investigación y el desarrollo que realmente mejoran la productividad no se logran a golpe de inyecciones estatales sino, más bien, a fuerza de reducir las trabas, los impuestos y cómo no, el gasto público. Los números absolutos de inversión en I+D no importan. Lo que importa es que esa inversión vaya realmente a innovar en esos campos donde es más urgentemente necesitada por la población. Y eso sólo se puede lograr si quien invierte se encuentra en un mercado libre y apuesta en el proyecto con sus propios recursos. Así pues, que el gobierno se ocupe de parar la inflación monetaria que promueve, que de la inversión innovadora nos ocupamos el resto de la sociedad si los políticos nos dejan en paz.

La falacia de la industria naciente

Los logros del libre comercio son cada vez más reconocidos por todos los economistas, incluidos numerosos socialistas que han tenido que plegarse ante la evidencia de los beneficios que la libertad internacional ha proporcionado al bienestar de los países globalizados. Sin embargo, hay un punto donde el proteccionismo todavía se justifica, no ya por razones sociales, sino apelando a la eficiencia y al desarrollo económico; es el caso denominado de "la industria naciente".

El argumento es el siguiente. Imaginemos un país pobre que empieza a industrializarse; dado que en un principio la acumulación de capital y la productividad de estas industrias serán reducidas, las empresas nacientes serán incapaces de competir con unas compañías extranjeras que cuentan con mayores recursos. Por ello, la industria extranjera barrerá a la nacional antes de que llegue a la madurez y esté en condiciones de competir. Los defensores de esta teoría sostienen que conviene establecer aranceles proteccionistas hasta que las industrias nacientes nacionales e desarrollen, acumulen capital y puedan dirigirse a los mercados internacionales en condiciones de mayor igualdad.

No hay que confundir el argumento de la industria naciente con la negación de la ventaja comparativa. A diferencia de quienes creen que los intercambios comerciales se basan en las ventajas absolutas, los defensores de la teoría de la industria naciente no niegan que el país pueda especializarse en ciertas industrias en las que posea ventaja comparativa.

Su crítica consiste en que determinadas industrias de ese país llegarían a ser mucho más eficientes que las del extranjero en caso de que se las permitiera crecer hasta cierto punto. O dicho en términos neoclásicos, el coste marginal de producir el bien A en t=0 en el país pobre es superior al coste marginal de producirlo en el país rico, aun cuando en t=10 (momento de la madurez) el coste marginal sería inferior. El problema es que en el lapso de tiempo entre t=0 y t=10 el país rico habrá "barrido" a la industria del país pobre, impidiendo que crezca y desarrolle sus potencialidades.

Toda esta teoría, no obstante, tiene un problema esencial. Asume que los negocios no pueden incurrir en pérdidas durante varios ejercicios económicos para luego comenzar a obtener beneficios, cuando en realidad todas las empresas efectúan al menos un desembolso inicial que luego se proponen recuperar a través de flujos de caja positivos.

Si los empresarios de los países subdesarrollados consideran que en el futuro lejano –cuando hayan acumulado más capital físico o humano– serán capaces de vender a un precio inferior que sus competidores, sólo tienen que pedir un crédito para atender los pagos del período con pérdidas. De hecho, en caso de que ser necesario (para, por ejemplo, desarrollar el capital humano a través de producción acumulada) incluso es posible vender por debajo de coste, eliminar a la competencia y ganar cuota de mercado.

La operación de financiación tendrá éxito si el valor presente del flujo de los diferenciales de precios futuros entre la empresa naciente y la empresa asentada es superior a los usos alternativos presentes (coste de oportunidad) del capital necesario para financiar la operación. Si ello es así tendremos un valor actual neto (VAN) positivo y la operación se emprenderá; en caso contrario sufrirá pérdidas por ser perjudicial para los consumidores (pues significaría que los empresarios conocerán usos alternativos más valiosos que financiar la reducción del coste futura de ese producto).

O dicho de otro modo, el empresario tratará de financiar el diferencial presente de precios a través del valor presente de la rentabilidad futura del diferencial de precios. El problema es que si ese diferencial de precios se estrecha de manera artificial (incrementando el precio de los productos extranjeros con aranceles) la financiación necesaria para compensar las pérdidas será menor al haber privado a los consumidores de la posibilidad de adquirir productos más baratos que mejoren su bienestar.

Los aranceles a la industria naciente, por tanto, no son más que un impuesto a los consumidores dirigido a subvencionar al gobierno y a los empresarios ineficientes. Y como todo impuesto, distorsionan la producción y reducen la satisfacción de los consumidores.

Pero además existe otra importante objeción a la hora de defender este tipo de aranceles. Si decimos que nuestro precio futuro será inferior al de la competencia, estamos emitiendo un juicio empresarial en medio de un ambiente incierto. Por tanto, es cada empresario quien tiene que actuar para aprovechar esa oportunidad de beneficio acaparando el capital necesario para financiarse; el Estado es incapaz de conocer qué industrias alcanzarán precios inferiores a los de la competencia internacional, por lo que sus aranceles se convierten en redistribuciones de renta indiscriminados sin ningún tipo de fundamento empresarial.

En definitiva, los países subdesarrollados no necesitan ningún tipo de arancel proteccionista para prosperar. Basta con un mercado de capitales sin trabas que permita financiar los proyectos iniciales con pérdidas y con un escenario internacional caracterizado por la libertad comercial que no incremente de manera artificial los precios de la competencia y subvencione, de este modo, a las empresas ineficientes a costa de los consumidores.

Tampoco aquí el proteccionismo tiene cabida.

Nacionalizar la pobreza

En la escala de la libertad, Revel le superó en años luz, aunque sus epígonos postreros intenten hacer ver lo contrario. Desde Juan Pablo II, nadie como el escritor francés ha merecido tanto un especial de Libertad Digital.

El servilismo de los medios de comunicación con los iconos de la izquierda cuando estiran la pata es proverbial. Todos eran grandes defensores de la libertad, con una vida dedicada a luchar por la democracia, aunque jamás hubieran hecho el menor amago de sacudirse el pelo de la dehesa estalinista. Los escasísimos liberales que defendieron a contracorriente las ideas que hacen a las sociedades más libres, en cambio, ni reciben el aplauso que merecen en vida ni el reconocimiento público que se les debe en la muerte.

Yo también me acuerdo de cuando Revel vino a Murcia a recibir un modesto homenaje, con un salón de actos bastante desangelado, ocupado en su mayor parte por ¡estudiantes de francés! Como también recuerdo que varios meses después ocupó ese mismo estrado Ignacio Ramonet, que todavía sigue revolviendo los cascotes del Muro de Berlín en busca de una idea, y a la salida se daba un baño de multitudes, con los jefazos de las instituciones escoltándolo sonriendo de oreja a oreja, mientras el tipo, embozado en un chaquetón de cuero a lo Bertold Brecht, dedicaba una mueca de asco a los burgueses palanganeros que lo agasajaban. Exactamente lo que merecían.

En esos años, los jóvenes liberales de Murcia no necesitábamos un taxi para desplazarnos porque cabíamos en un ciclomotor biplaza. La primera vez que solicitamos un rinconcito en cualquier salón palaciego destinado a la cultura para organizar un ciclo de conferencias sobre liberalismo, el jerarca del asunto nos felicitó por la idea y nos sugirió que incluyéramos en el programa una charla sobre Rosa Luxemburgo. Sobrevivimos sin darnos a la bebida y hoy, varios años después, los liberales murcianos cabemos en un taxi, pero bastante apretados.

Ser liberal no es tener vocación ni de héroe ni de mártir. Tampoco de rebelde a la violeta, dispuesto a cambiar el mundo a golpe de revolución, como la secta progre (que siempre pone su bolsillo previamente a salvo, pero esa es otra cuestión). Se trata de cultivar y defender las ideas que la Historia ha demostrado ser las únicas válidas para garantizar el progreso, la libertad y el bienestar de los ciudadanos.

Un liberal no renuncia a sus ideas simplemente porque tenga la seguridad de que jamás van a triunfar. No hay estrategia mejor para que un día acaben imponiéndose.

Evocaciones

A nadie escapa, además, el elemento populista, la fácil venta ante el electorado que tiene poner al votante como teórico accionista y hablar de devolver a Bolivia unas riquezas que “le pertenecen”. Al fin, ¿Qué importancia puede tener un cambio de titular en la explotación de un recurso, cuando solo hay que extraerlo y acaso vendérselo a los distribuidores? Pues la tiene, y mucha.

Producir no es una cuestión técnica, sino económica: se trata de hacer el uso más productivo de un recurso. Para ello, los empresarios cuentan con un delicado sistema de señales, que son los precios y los costes, y que le van indicando qué es lo más conveniente en cada momento. El gestor público no se mueve por el beneficio, sino por otro tipo de consideraciones que nada tienen que ver con hacer el mejor uso del recurso, por eso todas las gestiones públicas caen en el fracaso. Allende logró arruinar nada menos que la minería chilena de cobre, y Castro ha hecho de Cuba un país importador de azúcar. En toda la historia, Estados y grupos de toda ralea han intentado agarrar la riqueza de otros, para ver cómo se les escapaba de las manos como la arena del mar. Y es que confundían la riqueza con las cosas, en lugar del quehacer diario, libremente encaminado a satisfacer las necesidades sociales.

La libertad en Francisco Ayala

"Hoy ya es ayer" es solo uno de los numerosos títulos del escritor y ensayista Francisco Ayala, liberal español de todo un siglo. Bajo un único título se esconden, en realidad, tres libros, el primero de los cuales se llama "Libertad y liberalismo", que le sirve al autor para situarse en el abigarrado mundo liberal con sus ideas sobre la libertad y la sociedad. Para un lector de los autores principales de la Escuela Austríaca, la visión de Ayala de lo que es la libertad y cómo se desenvuelve ese principio ético y práctico en la sociedad no puede ser más paradójica. Con sus inconsecuencias, uno está tentado de considerarle un héroe, por haber sabido evitar las consecuencias últimas de su pensamiento, para salvar por puro amor de una segura quema, la libertad. El liberal adorador del Estado, he estado tentado de llamar este artículo.

Es para Ayala la elección, y por ello la libertad pertenece a la naturaleza humana. Esa absurda frase de que estamos condenados a ser libres, que le hace a uno recordar a Francisco D’Aconia: "si observas una paradoja, revisa tus premisas". La de Ayala es que la libertad "consiste en elegir, para cada momento, su conducta entre un repertorio más o menos amplio de posibilidades". Pero es un atributo del hombre y éste es un animal social. Y "no hay posible sociedad sin un orden –sea cual fuere–, exterior al individuo y que desde fuera lo obliga, determinando su conducta mediante la alternativa de la coacción". Él identifica el orden social con las normas y (aquí se encuentra el error) las normas con los mandatos coactivos. El sociólogo no se ha apercibido de la posibilidad de que las normas puedan tener un contenido consensuado, o no distingue entre ellas y los mandatos. O la posibilidad de que dichas normas lo que impidan sea, precisamente, ataques contra la vida y la propiedad, que son la misma base de la libertad. El hombre es libre y sometido por naturaleza, porque vive en sociedad y ésta se basa en el orden, y por tanto en la coacción. Es más, "la mayor complejidad de la estructura social impone la introducción de normaciones cada vez más estrictas". No es de extrañar que, en un por lo de más iluminador repaso a la historia de la libertad, diga nada menos que "en la lucha del Emperador Carlos V con las comunidades castellanas, o en la del Rey Felipe II contra las libertades aragonesas, los monarcas representaban el progreso", que requería la eliminación de las libertades o privilegios, pues "para cumplir una voluntad histórica incorporada en el Estado debían plegarse todas las voluntades personales a las de un autócrata".

Pero no es ya que "las normaciones sociales tienden a eliminar la libertad del individuo sustituyéndose coactivamente a los contenidos de su voluntad práctica", sino que "la libertad tiende por su parte a anular el orden, proclamando la validez del arbitrio individual". Es más, "su aplicación integral implicaría la desaparición de todo orden social y, como es sabido, sin sociedad no puede haber una auténtica vida humana". Se pondría fin "a la Historia y a la Humanidad". Adiós a Adam Smith y su mano invisible. Adiós a la armonía de intereses de una sociedad libre. Bienvenido, Hobbes. Pero no debemos desesperarnos. Pues las normas, en tanto que producto de la cultura, son fruto de la elección del hombre; y ya sabemos que esa elección es, precisamente, la libertad. La conclusión no puede ser otra: "el propio sistema coactivo, fundamento del orden social, constituye, tomado en su conjunto, una expresión de la libertad humana, en cuanto es un producto de la cultura, creado por el hombre, y realizado en el interior de su conciencia". La coacción, fundamento de la sociedad. La libertad, destructora de la misma y por tanto del mismo ser humano. Pero la coacción es, en realidad, la libertad, y por la primera se salva la última.

No puedo dejar de preguntarme si no serán este tipo de absurdos, paradojas y errores lo que ha impedido al liberalismo español encontrar más adeptos. La historia del liberalismo en España desde finales del XVIII está por escribir. Pero sería interesante saber cómo es posible el salto desde las claras disquisiciones de la Escuela de Salamanca, con todo lo que arrastrasen de escolasticismo en el buen y mal sentido, y personajes como Francisco Ayala, que hasta donde me alcanza, ha podido defender la libertad con estas palabras sin que nadie le hiciera ver en su momento el punto de su error.