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Generación T, de Tonto

Una de las excusas va a ser la de siempre, que "en países más avanzados ya se practica". En esta ocasión, el país avanzado resulta ser Canadá. Esperemos que, en su título de país avanzado, no imponga un impuesto del 80% sobre la renta.

El objetivo del gobierno, en realidad, sólo es convertir al estado en un ídolo aniquilando la libertad individual y la diversidad de pensamiento. Si revisamos la historia, eso es precisamente lo que siempre han intentado los grandes tiranos.

"Primero el bien común, después el bien individual". Esta sentencia, que puede parecer pronunciada por un gran altruista, fue escrita por un político que llevó a Europa a uno de los peores momentos de su historia: Adolf Hitler. La oración parafraseada no significa que el altruismo sea maligno, sino que cuando la política introduce en su lenguaje y programa la solidaridad, ésta siempre nos lleva al colectivismo estatista.

Esta idolatría hacia el estado ha creado situaciones absurdas. En nombre de la solidaridad y bien común se subvencionan películas que nunca serán estrenadas, se dan ayudas a países donde gobiernan tiranos y, mientras tanto, la familia media española ha de hacer auténticas proezas para llegar a final de mes. Evidentemente algo falla aquí.

Si el Estado se dedica a adoctrinar a nuestros hijos para que pierdan su personalidad en favor de la explotación estatal las cosas no mejorarán sino que empeorarán. Los valores a los más pequeños han de ser introducidos por sus padres y no por técnicos del gobierno que sólo diseñan estrategias para el bienestar de ellos mismos y no de la comunidad. Evidentemente, lobotomizar a las generaciones más jóvenes inculcándoles que pagar impuestos es bueno es el caso más ejemplar.

No necesitamos un futuro de personas mentalmente estériles con el único objetivo de servir al gobierno; sino personas que sepan que la única fuente de prosperidad, riqueza y libertad es el trabajo duro, la responsabilidad individual y la diversidad. Es indiscutible que cualquier política social del gobierno, como la creación artificial de la "Generación T", va en contra de estos valores y de la propia naturaleza del hombre libre.

Ecologismo y Estado, dos aliados naturales

Cuando cayó el Muro de Berlín, el socialismo real entró en crisis. El capitalismo aparentemente había ganado e incluso la Unión Soviética, que en unos meses se colapsaría y desaparecería, apoyó a los occidentales en el conflicto de Irak, cuando un Saddam Hussein pletórico vio la posibilidad de incorporar a sus dominios el pequeño pero rico estado de Kuwait. Hasta alguno se apresuró a anunciar el fin de la Historia.

Pero el socialismo real simplemente mutó como ya había pasado otras veces y lo hizo donde aún resistía, en las bases de una sociedad occidental un tanto adormilada y empapada de Estado de Bienestar. En unos pocos años, multitud de movimientos alternativos surgieron de la nada, muchos de ellos bajo la marca de la antiglobalización, otros en defensa de los supuestos parias de la Tierra, desde los indígenas a los desheredados de no sé qué herencia planetaria. De entre ellos, el más exitoso y quizá más viejo, el de los defensores del medio ambiente.

La relación de los ecologistas con las tiranías comunistas ya venía de lejos, desde la Guerra Fría cuando la máquina soviética decidió socavar al enemigo desde dentro, usando los buenos sentimientos de muchos junto a su incapacidad para analizar la causalidad de los procesos históricos, sociales y económicos. Esta alianza pragmática aún continúa con los líderes del nuevo movimiento revolucionario mundial, el sempiterno Fidel Castro, el golpista Hugo Chávez y el estrenado Evo Morales, dirigentes de tres países que en el reciente IV Foro Mundial del Agua celebrado en México, presentaron un documento que pedía el reconocimiento del acceso al agua como derecho humano fundamental, un disparate como cualquier otro que se propone desde el socialismo.

El grupo Ecologistas en Acción destacó precisamente la iniciativa de estos modelos de tiranía, apoyados por la UE, con el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero como uno de sus principales garantes:

Ecologistas en Acción considera únicamente como positivas las aportaciones realizadas por los gobiernos de Bolivia, Venezuela, Cuba y Angola, así como las realizadas por la Unión Europea (en cuya realización España ha jugado un papel fundamental), dirigidas a la consideración del acceso al agua potable y al saneamiento como un derecho humano fundamental, así como al establecimiento de criterios de sostenibilidad social y ambiental para la construcción de las grandes presas.

Este papel de Pepito Grillo, este continuo "yo acuso" es una estrategia heredera directamente del totalitarismo y todo hay que decirlo, tiene un resultado tremendamente exitoso.

El ecologismo no es un movimiento que se circunscriba a moralizar solamente sobre temas íntimamente relacionados con el medio ambiente, por el contrario, al estar todo relacionado entre sí, cualquier actividad humana es susceptible de dañar el entorno y por tanto debe ser regulada según sus criterios. Es un sistema global y su aplicación es global y esto es importante ya que muchos tienen la sensación que su vida no va a ser afectada por estos movimientos. El ecologismo y el Estado son dos aliados naturales, éste pone los medios y las herramientas mientras que el segundo aporta la base filosófica, que no científica, que justifican las acciones y los desmanes de los dos.

El ecologismo llega al sistema financiero en forma de ecotasas, de regulación de ciertos sectores mal llamados estratégicos como el de la energía, el urbanismo y las infraestructuras. El ecologismo llega al sector de la empresa en forma de responsabilidad social corporativa, una especie de sentimiento de culpabilidad ajeno a los beneficios que la propia empresa aporta a la sociedad. El ecologismo llega al mundo de la ciencia y la ingeniería en forma de principio de precaución; incluso en una disciplina como la nanotecnología, aún en pañales, los ecologistas han manifestado sus dudas al no saber cómo afectará al medio ambiente los artilugios que de ella vayan surgiendo. El ecologista no sólo nos cuenta qué debemos comer sino que nos dice cómo debemos cultivarlo, cómo etiquetarlo. Nos cuenta dónde debemos vivir y en qué condiciones. Nos dice qué tipo de ocio debemos disfrutar y cuál no. El ecologista nos limita la energía que debemos consumir y nos indica cuál debe ser su fuente. El ecologista nos dice qué podemos vestir y qué no, bien porque es tóxico, bien porque es destructivo para el medio ambiente.

Y para todo estos "consejos" y otros muchos que me dejo en el tintero necesita un aliado fuerte, un aliado que le dote de poder y ese aliado es el Estado que prefiere tenerlo como compañero que enfrentarse a él. Y tiene toda la lógica del mundo; ambos tienen ante todo una naturaleza liberticida.

Jean-François Revel, maestro liberal

La última vez que pude escucharle fue en su homenaje auspiciado por FAES en un gran hotel próximo al Madrid de los negocios. El viejo león marsellés imprimió un tono de sagacidad e ironía en sus palabras, aunque ya se advertía que era un hombre finalmente gastado. Al día siguiente el presidente Aznar le concedía la máxima condecoración civil en España. Poco tiempo después llegó el atentado, la derrota y todo lo demás. Era el epílogo español a su obra y también el fin impensado de una manera de hacer política en este país.

Volviendo la vista atrás, durante los años 80, en el inevitable paso por la escuela y el instituto, nos vendieron a muchos la mortífera idea de que la solución a los males presuntos de Occidente era nada menos que el modelo autogestionario yugoslavo. Cuando descubrimos en la primera juventud a Jean-François Revel en sus libros, nos dimos cuenta del festival de mentiras que propalaban aquellos clérigos de la enseñanza. Hemos leído, casi devorado, La tentación totalitaria y El conocimiento inútil con ojos sorprendidos entre la fascinación y la tristeza. Fascinación por la agudeza de Revel y tristeza por el diagnóstico. ¡Tanta vida de Revel volcada en Iberoamérica para otra vez –visto el delirante eje entre Caracas, La Habana y La Paz– empezar de nuevo! En La gran mascarada nuestro maestro liberal desveló la exigua diferencia entre totalitarismos: los nazis cuentan lo que van a hacer y lo hacen; los comunistas callan siempre y finalmente ejecutan. ¿En qué posición, por ejemplo, se encuentra ETA-Batasuna ante esa doble estrategia rojiparda explicitada por el legendario director de L´ Express?

La obsesión americana fue su última obra publicada y en ella denunciaba la corrupción de los gobernantes perceptores de la ayuda internacional así como la violencia intrínseca del movimiento antiglobalizador:

Contra las dictaduras es contra las que la violencia o la obstrucción física son legítimas, porque brindan el único recurso para quienes quieren contribuir al restablecimiento o al establecimiento de la democracia, pero los amotinados de Niza o Génova hacían lo contrario: atacaban la democracia con el fin de substituirla por la fuerza.

Revel tenía amplia curiosidad por múltiples asuntos de nuestro mundo como los manjares de la cocina o la eternidad a través de las interesantes conversaciones mantenidas con su hijo budista. Ateo confeso, libre espíritu, nunca defraudaba y ahora mismo vale su obra para explicarnos todos los peligros que nos circundan.

Muere Jean François Revel casi el mismo día que J.K. Galbraith, otro ilustre de afilada palabra pero al servicio de una causa dislocada y estéril. Por el contrario, nos queda de Revel su combate contra el comunismo, su afán en pelear el disimulo en Europa, su interés en el arte de vivir filosófica y materialmente mejor; el testimonio refrescante y sincero en defensa de la libertad para las generaciones que siguen rechazando la tiranía de cualquier sitio.

Adiós a la sonrisa sardónica

Galbraith fue toda su vida un fiel servidor del poder político, ya fuera de modo directo (como encargado del control de precios con Franklin Delano Roosevelt, como embajador en la India con Kennedy o como asesor presidencial con Johnson) o, sobre todo, indirectamente (a través de su labor como intelectual orgánico). Fue una persona dedicada por entero a denigrar y desprestigiar el capitalismo para, así, justificar la expansión del estatismo.

Como buen historicista, Galbraith creía que habíamos alcanzado un estadio histórico donde las antiguas leyes económicas habían perdido validez, y que, por consiguiente, había que replantearlas a la luz de las nuevas condiciones sociales, caracterizadas por el abandono de la ancestral pobreza y la entrada en un mundo de opulencia y despilfarro.

Las nuevas leyes de la economía que el canadiense pretendió rescribir giraban en torno al concepto de "tecnoestructura", o clase gerencial, a la que consideraba la autora de los nuevos regímenes de explotación. En efecto, en el mundo galbraithiano la tecnoestructura consigue no sólo emanciparse de la sociedad, sino nutrirse de ella; no responde ante nadie, y sus beneficios dependen de su autónoma voluntad.

Los gerentes de las grandes empresas controlan tanto sus ingresos como sus gastos fijando unilateralmente sus precios y sus costes. Las corporaciones moldean a su gusto la voluntad de sus consumidores y de sus proveedores; tienen un poder omnipotente. De hecho, las dos obras más importantes de Galbraith, La sociedad opulenta y El nuevo Estado industrial, se dirigen a demostrar el control que ejercen las empresas sobre estos dos grupos sociales.

En la primera, el economista canadiense desarrolla su conocida teoría del "efecto dependencia". Las sociedades occidentales han alcanzado un nivel de riqueza tan grande que la producción adicional es del todo innecesaria; el consumo desbocado no es racional, ya que no satisface las necesidades privadas de los individuos y, en cambio, reduce la cantidad de servicios públicos que el Estado puede proveer.

La sociedad opulenta de Galbraith, por tanto, se caracteriza por una hipertrofia del sector privado frente al público. Las masas desean un incremento de la cantidad y calidad de los servicios públicos, pero los recursos se destinan a un consumo privado superfluo gracias a la manipulación publicitaria.

Las grandes corporaciones, en otras palabras, son capaces de crear su propia demanda a través de la publicidad, lo cual reduce el número de recursos que se habrían dedicado al Estado. El consumidor deja de ser soberano y se convierte en un esclavo de las empresas.

Los errores de esta teoría son evidentes. El efecto dependencia es un argumento non sequitur; aun cuando las empresas nos crearan las necesidades, eso no significaría que nuestras necesidades primitivas fueran mejores que las inducidas. Como ya apuntara Hayek, las únicas necesidades propias de un ser humano aislado son comer, beber y dormir, por lo que, en ausencia de influencias externas, ni el lenguaje, ni la escritura ni el arte se habrían desarrollado. Para revertir el "efecto dependencia" es necesario permanecer eternamente en la Prehistoria; convertirnos en animales y responder tan sólo a nuestros instintos más primarios.

Además, si la publicidad fuera tan efectiva en moldear las necesidades de las personas, ello no significaría ni mucho menos que el sector privado absorbiera parte de los recursos que corresponderían al público. La publicidad más incesante, insoportable y continuada a la que están sometidos los ciudadanos occidentales es la propaganda política. De hecho, el sector público ni siquiera tiene que manipularnos para crecer y expandirse, basta con que haga uso de la coacción policial e incremente los impuestos y el gasto. Y es que hablar de un Estado demasiado pequeño, cuando hoy en día copa alrededor del 50% de la economía, no puede sonar más que a un profundo sarcasmo.

Galbraith pretende actuar como un eficaz publicista para crear en nosotros un efecto dependiente hacia el Estado, del que indudablemente salen beneficiados los burócratas a sueldo como él. Su papel es el del intelectual orgánico del régimen: vestir al emperador desnudo. Su éxito es el fracaso de la sociedad civil y de las relaciones voluntarias; el triunfo de la sumisión a la mentira, a la política y al Estado.

Si en La sociedad opulenta Galbraith quiso probar la subordinación del consumidor a los dictados de la tecnoestructura, en El nuevo Estado industrial trató de demostrar cómo las corporaciones dominaban también a los proveedores, gracias a su poder monopolístico.

De esta manera, las grandes empresas no sólo fijaban los precios a los que querían vender sus productos, sino los precios a los que comprar los factores productivos que necesitaban para su funcionamiento.

La tecnoestructura de las corporaciones sólo tenía que determinar el nivel de beneficios deseado para continuar creciendo, perpetuándose como eternos rentistas del libre mercado. Los gerentes ni siquiera eran responsables frente a sus accionistas, demasiado divididos en multitud de pequeñas acciones como para expulsar a los miembros de la tecnoestructura. Los propietarios de las empresas eran, en realidad, un personal pasivo al que se satisfacía con regulares pagos de dividendos; pero el auténtico poder del sistema económico residía en el gerente, auténtico factótum de la corporación.

Ante esta perspectiva, el canadiense sólo pudo rememorar el célebre monopolio único de Marx al afirmar que el crecimiento de las empresas era ilimitado.

Lo cierto es que el ente empresarial descrito por Galbraith posee todas las características de un Estado socialista: fijación de precios y salarios, imposición de los patrones de consumo y tamaño mastodóntico. Las diferencias son tan minúsculas que, como el propio autor reconoce, no habría ningún problema en sustituirlas por empresas públicas.

Ludwig von Mises apuntó que el problema del socialismo consistía en la imposibilidad del cálculo económico en ausencia de precios de mercado. La corporación de Galbraith, sin embargo, es capaz de establecer ella sola los precios de mercado y de seguir obteniendo beneficios. El socialismo, bajo el análisis del canadiense, es perfectamente realizable, no hay problema alguno de cálculo. De ahí que el siguiente paso sea pedir la intrusión del Gobierno en la economía, para conseguir engordar al escuálido sector público.

Sin embargo, este análisis también está profundamente viciado. Las grandes compañías siguen sometidas a la competencia, a los consumidores y a los capitalistas; su función es producir aquello que las masas desean para obtener beneficios: en caso contrario, los individuos adquirirán los productos ofrecidos por otras empresas.

Las empresas con mayor cuota de mercado son las que mejor satisfacen a los consumidores y, por tanto, las que más ricos han hecho a sus propietarios. Gracias a los beneficios obtenidos a lo largo de su vida, aquellos que colocaron su capital en los proyectos acertados derivaron ingentes ganancias. Si una empresa está dirigida por una tecnocracia ineficiente que ataca de manera continuada los intereses de los consumidores y los capitalistas, es obvio que el precio de sus acciones se derrumbará y será objeto de numerosas ofertas de adquisición, para conseguir despedir a esos gerentes y devolverla a la senda de la rentabilidad.

Los análisis de Galbraith se desvanecen al más mínimo zarandeo. Su profesión no fue nunca la de los científicos, sino la de los publicistas que tanto vilipendió. Sus conclusiones económicas conducían inevitablemente a abrazar el socialismo; de hecho, en 1984, poco antes de caer el Muro, no tuvo reparos en afirmar:

"En parte, el sistema ruso tiene éxito porque, a diferencia de las economías industriales de Occidente, utiliza toda su mano de obra".

Fue el mismo Galbraith que años antes, cuando ya era un reputado keynesiano, había reconocido en su libro La era de la incertidumbre, con una sinceridad entre pasmosa y vergonzosa, que "Hitler fue el auténtico precedente de las ideas keynesianas". De nuevo, claro está, por la capacidad del Gobierno alemán para movilizar a todos los trabajadores del país en una obra común.

Dos botones que demuestran cómo el sistema galbraithiano no sólo era erróneo sino que conducía inevitablemente hacia el totalitarismo. Poco más puede esperarse de un autor para quien el Gobierno siempre fue demasiado pequeño y el mercado demasiado libre.

Quizá lo más triste y trágico que pueda decirse tras la muerte de un pensador que dedicó toda su vida al estudio de los fenómenos económicos es que nunca llegó a entenderlos. Aferrado a un paradigma caduco y falaz, sólo jugó el papel de tonto útil para los políticos y los burócratas, la auténtica tecnocracia que ha camelado a los ciudadanos occidentales –y entre ellos a Galbraith– con sus soflamas y su virulenta propaganda.

Galbraith ha muerto. La libertad y la ciencia económica no lo echarán de menos.

Cuando la libertad es ilegal

¿Estamos compelidos a acatar ciegamente las leyes del Estado democrático? ¿Cabe defender desde el liberalismo la aplicación y el cumplimiento de la legislación vigente con independencia de cuál sea su contenido?

De acuerdo con la ética liberal es injusto iniciar la fuerza contra un individuo, esto es, interferir violentamente en el uso pacífico que hace de su cuerpo y sus bienes. En oposición, decimos que es justo emplear la fuerza sólo como respuesta a una agresión previa. No obstante, la legislación actual no se conforma en absoluto a estos parámetros; la legalidad entra a menudo en conflicto con los derechos individuales y con frecuencia sólo puede aplicarse en detrimento de estos. Comerciar con drogas, cooperar en el suicidio de una persona, pagar salarios en negro, favorecer la inmigración clandestina de trabajadores, discriminar en la contratación, portar un arma, emplear prostitutas con ánimo de lucro, destruir una posesión propia de "utilidad social" o "cultural", construir una edificación en suelo no urbanizable, derribar o alterar un inmueble privado protegido, denegar el auxilio… son delitos tipificados en el código penal, y sin embargo se trata de actividades pacíficas cuya sanción implica iniciar la fuerza contra individuos que no han agredido a nadie.

A primera vista parece obvio que secundar la aplicación de estas leyes es incompatible con una defensa coherente de los principios liberales, pero algunos introducen aquí una sutil distinción: aunque en un plano filosófico uno puede estar en contra de numerosas normas legales, el liberalismo exige que en una sociedad democrática la ley se cumpla y se aplique escrupulosamente. De este modo, pueden criticarse las leyes vigentes y pujar en la arena política para reformarlas, pero en tanto existan deben acatarse y ejecutarse con rigor. Esta visión idealista en la teoría y legalista en la práctica no supera, con todo, la íntima contradicción a la que aludíamos.

Si la ética liberal proscribe el inicio de la fuerza y la legislación estatal entraña el inicio de la fuerza, exigir la estricta aplicación de la ley supone defender el inicio de la fuerza en menoscabo de dicha ética. No hay ninguna tercera vía. Da igual que la legislación emane de un parlamento o sea la expresión caprichosa de un monarca: si su contenido es contrario a la libertad, su incumplimiento es legítimo y su aplicación, injusta. Incluso los legalistas más acérrimos se negarían a secundar una ley democrática que obligara a delatar a los fumadores para que se les aplicasen latigazos. Por lo mismo todos aceptaríamos puntualmente la aplicación de la legislación estatal para castigar un asesinato o un secuestro, aunque aquélla surgiera de un gobierno autocrático. La cuestión no es, por tanto, si la articula un congreso o un dictador, sino si se ajusta o no a los principios a que debería atenerse.

Esta posición legalista puede derivar en parte de la perversión de conceptos como "ley", "derecho" o "imperio de la ley". En estos tiempos de confusión semántica en los que se llama justicia social a la injusticia lo que se conocía como "derecho" o "ley" ha pasado a convertirse en sinónimo de "legislación" o "mandatos coactivos". El derecho tradicionalmente ha sido un cuerpo de normas o leyes espontáneas encaminadas a proteger la esfera particular de cada individuo de las interferencias ajenas. De esta suerte el derecho, tal y como lo entendían los romanos y los ingleses, no es una amalgama de regulaciones contingentes que deben promulgarse sino más bien unas pautas de convivencia que deben descubrirse, pues están implícitas en la naturaleza de las cosas. Así, con respecto a la legislación estatal a menudo no cabe hablar de derecho en el sentido descrito, sino de simples mandatos coactivos, órdenes que buscan imponer la voluntad de unos sobre otros, interfiriendo en esa esfera individual que precisamente las leyes están llamadas a proteger. Como dijera Bruno Leoni: "con lo que nos enfrentamos hoy a menudo es nada menos que con una posible guerra legal de todos contra todos, llevada a cabo con las armas de la legislación y la representación". Por este motivo es importante distinguir entre la ley o el derecho, surgido consuetudinariamente con el objeto de salvaguardar la integridad física y la propiedad de las personas, y la legislación estatal fundada en la agresión sistematizada en pro de intereses parciales y artificiosos óptimos sociales.

Desde de la prudencia puede haber buenas razones para acatar la legislación, pero una cosa es acatar la legislación por cuestiones prácticas y otra exigir que los demás hagan lo mismo o defender su estricta aplicación. En coherencia con los principios de justicia que afirmamos defender no sólo debemos rechazar este legalismo sumiso, también debiéramos defender como justa la amnistía para todas aquellas personas que están entre rejas por cometer crímenes sin víctima, que son muchas más de las que nos imaginamos. Por poner un ejemplo ilustrativo, en Estados Unidos cerca del 55% de los presos federales han sido condenados por delitos relacionados con la compra-venta de drogas. En España un tercio de la población reclusa ha sido condenada por el mismo delito. Esta situación sí es un crimen flagrante, no el que supuestamente han consumado estos individuos, que no han agredido a nadie.

Estamos obligados a no atentar contra la vida y la hacienda de los demás, ¿de qué modo este precepto se transforma en el cumplimiento ciego de la legalidad estatista? Sólo si la legislación se identifica con el respeto a los derechos individuales tiene sentido exigir el cumplimiento de la ley. Lo contrario es sacrificar la libertad en el altar de la legalidad.

Una denuncia constante de la mentira

Es sólo una de las muchas frases perfectas que jalonan su obra, porque a la grandeza de su pensamiento hay que sumar la habilidad de un escritor excelente. "El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Sólo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso." (La gran mascarada, 2000). "La certeza de ser de izquierdas descansa en un criterio muy simple, al alcance de cualquier retrasado mental: ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericano", "La globalización es el chivo expiatorio de los inútiles". (La obsesión antiamericana 2002). "La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano." (La tentación totalitaria, 1976).

La ajetreada vida de Revel

Hace una década, Jean François Revel se sentó a escribir su autobiografía, la memoria de una larga y ajetreada vida dedicada casi por entero al oficio de pensar. El título no podía ser más afortunado: El ladrón en la casa vacía (1997). Revel nació un 19 de enero, entre las dos guerras mundiales, en la ciudad de Marsella. Su familia, sin embargo, no era marsellesa sino proveniente del Franco Condado, un trocito de Francia de ida y vuelta que hasta tuvo, en el remoto pasado, su periodo español. Recibió sus primeras letras en casa, como siempre sucede, aunque las biografías oficiales insisten en que fue en la Escuela Libre de la Provenza donde aprendió a leer y a escribir, facultades que, con la de razonar, le permitieron ganarse la vida.

En 1940, cuando sólo tenía 16 años, los alemanes invadieron Francia. Fue resistente con convicción pero sin heroísmos de cartón piedra. Tras la victoria aliada decidió que lo suyo era la carrera universitaria. Su amor por la vida se lo impidió. Dejó embarazada a una joven periodista, a causa de Sartre según contó después, y los sueños de juventud se evaporaron. Empezó entonces su peregrinaje por México, por Argelia o por España, porque Revel viajó todo lo que se le debe exigir a un filósofo y un poco más. Francia perdió un profesor universitario, el mundo, a cambio, ganó un gran pensador, un gran humanista y quizá el último francés cosmopolita.

Revel lo abarcó todo, desde la economía hasta la política pasando por la historia, la filosofía, el periodismo y el arte, sin descuidar, naturalmente, oficios más mundanos como la gastronomía o el buen gusto por las mujeres. A diferencia de sus contemporáneos, conservados en la naftalina universitaria, fue el filósofo integral.

Ideológicamente, viajó también; del socialismo ambiente bastante común entre los jóvenes de los años 40 al liberalismo clásico que muchos entonces consideraban trasnochado. En esto coincidió con el austriaco Ludwig von Mises, la otra gran cabeza de la posguerra, tan incomprendido como Revel, o más. Revel, que fue siempre un optimista sin remedio, haciendo oídos sordos a los que le acusaban de nostálgico reclamaba una "revolución liberal" que liberase a Europa de los regímenes socialburocráticos que la paz trajo consigo.

Su enemigo privado y al que combatió con más ahínco fue el socialismo real, el que tenía a media Europa esclavizada. Él mismo había sido militante del partido, sólo tres días, al cabo de los cuales, rompió en público su carné. Predicó durante años en el desierto y, ya en la etapa terminal de su vida, pudo ver como el sangriento espectro del comunismo moría en las cancillerías pero no en las conciencias.

Revel, maestro de liberales españoles

La generación de liberales que hemos terminado formando el Instituto Juan de Mariana tenemos con casi el único francés liberal de renombre que quedaba entre nosotros una deuda impagable. La última vez que muchos pudimos escucharle fue en su homenaje auspiciado por FAES en un gran hotel próximo al Madrid de los negocios. El viejo león marsellés imprimió un tono de sagacidad e ironía en sus palabras, aunque ya se advertía que era un hombre gastado, una sombra del que, pocos años antes, contestaba las preguntas de Federico Jiménez Losantos en "La Linterna". Al día siguiente, el presidente Aznar le concedía la máxima condecoración civil en España. Poco tiempo después llegó el atentado, la derrota y todo lo demás. Era el epílogo español a su obra y también el fin impensado de una manera de hacer política en este país.

No fuimos pocos los que iniciamos nuestro camino por los senderos del liberalismo gracias a alguna de sus obras. Daniel Rodríguez Herrera recuerda, precisamente, cómo aquella entrevista radiofónica del año 2000 –reflejada luego por Revel en Diario de fin de siglo (2001)– lo llevó a leer La gran mascarada, el primer ensayo liberal que pasó por sus manos y, casi, el primer texto político que leyó, aparte de columnas periodísticas. "Por primera vez veía negro sobre blanco un montón de cosas que circulaban por mi cabeza pero a las que no acababa de dar forma concreta. A partir de ese momento me puse a leer a otros grandes, que me confirmaron en algunas de mis ideas y me hicieron cambiar otras. Pero ya no volví a tener unas ideas sustentadas en la nada o en la mera intuición", explica.

Gabriel Calzada, presidente del Instituto Juan de Mariana, recuerda que "la lectura de El conocimiento inútil –recomendada por Ramón Cotarelo– tuvo una gran influencia sobre mi forma de entender la manera en la que las ideas se extienden por la sociedad". Si hasta entonces pensaba que la "estrategia de propaganda deshonesta" era propia de los grupos de izquierdas canarios a los que había pertenecido, Revel le mostró que "el uso sistemático de la mentira como elemento de intoxicación informativa es la herramienta clave de todo el movimiento socialista". Fue el primer libro liberal "serio" que leyó, y le "dirigió hacia los teóricos del liberalismo económico", afirma el ahora doctor en Economía y profesor de la Universidad Rey Juan Carlos.

Fernando Díaz Villanueva relata su lectura casual, a los 19 años, también de El conocimiento inútil. "Educado en el socialismo moderado, intervencionista y bienpensante tan en boga en la España de primeros de los 90, fue como administrar un purgante en mi conciencia de universitario", relata. Después de leer al genio francés, no pudo sino preguntarse "por qué se habían empeñado durante tantos años en complicar lo que siempre había sido sencillo". "A Revel le debo gran parte de lo que, intelectualmente hablando, he llegado a ser", concluye; una frase que suscribimos muchos.

Contra la mentira

La constante en la obra de Revel es la denuncia del totalitarismo, y del uso de la mentira y la propaganda a favor de las ideas de la izquierda. Es una severa advertencia a la ingenuidad que aún muchos liberales padecen, la de creer que la mera exposición de la verdad es suficiente para desterrar automáticamente los errores y las falsas doctrinas. La de pensar que los enemigos del liberalismo usan su capacidad racional para buscar la verdad con honestidad, cuando ésta es empleada generalmente en el diseño de formas de ocultar o dulcificar la realidad tanto de la teoría como, sobre todo, de la práctica del socialismo.

Revel desvela que el ataque de los enemigos de la libertad se ha dirigido, de forma deliberada, a corromper y demoler los fundamentos que sostienen nuestra sociedad con el objetivo de sustituirla por otra, aquella diseñada y dirigida por la izquierda. Y es que, para destruir una sociedad que depende de mantener ciertas normas éticas, del uso de la razón y de la información veraz es preciso corromper la ética, negar la capacidad de la razón y, sobre todo, contaminar las fuentes de formación e información de los ciudadanos: la educación y los medios de comunicación, objetivos de la izquierda desde Gramsci y que, una vez colonizados, permanecen como quinta columna de las sociedades libres pese a la caída del muro.

Esta es, tal y como nos muestra Revel, la estrategia que han empleado siempre los enemigos de la libertad y de la civilización occidental. Y tal ha sido su éxito que han conseguido sobrevivir a sus propios fracasos en el banco de pruebas de la Historia e, incluso, al derrumbe completo de su utopía de cabecera. Porque han conseguido que la mentira sustituya a la verdad, transformándola en la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo.

España va bien

La tasa de paro ha subido en el primer trimestre de 2006 y se sitúa por encima del 9%. Sin embargo, los españoles hemos creado 907.500 puestos de trabajo en el último año haciendo que la tasa de desempleo haya bajado en algo más de un punto porcentual. La inflación de precios parece estar fuera de control. En términos interanuales se sitúa en el 3,9%, la tasa más elevada desde el año 2001. Este fuerte ritmo de incremento de los precios está causado por una expansión crediticia espectacular unida a unas menguantes tasas de ahorro. El euribor sube (ya está al 3,22%) y las endeudadísimas familias españolas tendrán que apechugar si quieren pagar las hipotecas de sus viviendas. Muchas empresas españolas pierden competitividad –por el diferencial de inflación y por las tasas negativas de productividad del trabajo– y esto se refleja en un incremento del déficit comercial. Por otro lado cabe resaltar que las cuentas públicas arrojan un superávit histórico.

Lo cierto es que la economía podría ir mucho mejor pero no va mal si nos comparamos con los decadentes países del entorno. En parte porque había cogido carrerilla durante los dos gobiernos del PP y en parte porque la política del ministerio de economía del actual gobierno no se diferencia mucho de aquella, ambas bastante menos intervencionistas que las de los gobiernos socialistas de Felipe González.

Las desatinadas acciones que dirigen a nuestra economía lentamente hacia el despeñadero proceden del resto de los ministerios. Esta gente no parece tener conciencia de que la libertad individual y el estricto respeto de la propiedad privada son los factores que determinan la salud de una economía a medio y largo plazo. La ley de igualdad, la de dependencia, los proyectos de ley sobre medicamentos, las nuevas normativas sobre construcción de viviendas, las medidas adoptadas en materia de medio ambiente, la ley de adoctrinamiento educativo, las subidas de salarios mínimos o el descarado intervencionismo energético son ejemplos cotidianos de un intervencionismo rampante.

No todo ha ido en esa nefasta dirección. Ha habido algunas honrosas excepciones. El permiso de libre circulación, residencia y trabajo en nuestro país para las personas provenientes de los países de este de Europa recién incorporados a la Unión Europea y la disposición a establecer un sistema de financiación autonómico con mayor grado de corresponsabilidad son los dos únicos ejemplos que me vienen a la mente.

Por desgracia, las próximas reformas laborales y fiscales no hacen pensar que este gobierno vaya a cambiar el rumbo socializante que emprendió hace dos años y que nos dirige hacia un futuro sombrío y falto de libertades. Si Zapatero no sufre una transmutación ideológica seguiremos padeciendo el talante autoritario adornado con sonrisitas y glamour cutre de oenegé que hunde lentamente la economía y empobrece a los españoles.

Galbraith y el enfermo imaginario

Una de ellas es la idea de que nuestras necesidades no nos pertenecen ni tienen nada que ver con nosotros, sino que nos vienen impuestas desde fuera. En concreto desde la publicidad, de la que se valen las malvadas empresas para crearnos el deseo de entregarles nuestro dinero a cambio de cosas que, en realidad, ni queremos ni necesitamos. La publicidad farmacéutica, dicen, nos convierte en enfermos imaginarios. Esta es una idea muy típica de los ungidos, ellos se saben más listos que nadie y ven lo tonta y desvalida que es la plebe, a la que quieren rescatar de las garras de los desaprensivos.

Este engaño ha sido repetido recientemente, llevado al campo de la farmacopea. Resulta, dicen los autores de un artículo, que las empresas hacen que “las dolencias falsas convierten a las personas sanas en enfermas y exageran problemas leves con el fin de aumentar las ganancias”. ¿Crea la publicidad necesidades falsas? ¿Somos el común de los mortales unas veletas a merced de las decisiones de las empresas de que les entreguemos nuestro dinero, sin que lleguemos a saber decidir sobre cuáles son en realidad nuestras necesidades? ¿Sólo los ungidos pueden escapar como Houdinis a la tiranía de los anuncios, e incluso denunciar ante nuestra conciencia torturada la trampa de que somos objeto?

La casualidad ha querido que la reedición de esta idea haya coincidido con la muerte del economista que más se ha identificado con ella el pasado siglo, John Kenneth Galbraith. Para él, las necesidades básicas tiempo ha que están cubiertas en nuestras sociedades opulentas, y el resto de necesidades son el fruto de la aparición de nuevos productos inventados por la industria, y de la publicidad como medio para condicionar nuestro comportamiento. Hayek dejó esta idea en la nada, y pocos son ya quienes la toman en serio. Es verdad que nos cueste desear lo que no conocemos y que el hecho de vivir en una sociedad concreta, con un desarrollo específico de la tecnología y una oferta determinada de bienes nos ayuda a elegir. El Cid nunca deseó perseguir sarracenos en coche y hay infinidad de bienes que nosotros no deseamos por el simple hecho de que aún no los hemos concebido o no los creemos posibles, pero que estarán en el mercado en el futuro. El hecho de que con la civilización vaya aumentando el número de opciones a nuestro servicio no hace de cada una de ellas algo falso, pregúnteselo a quien va a un comercio a comprar una lavadora si la necesita o se está dejando llevar por un espejismo.

Los empresarios toman por principal tarea dar con la mejor forma de satisfacer las necesidades de los ciudadanos. Algunos de ellos dan con ese producto que nadie antes ha concebido, pero que le es de gran utilidad a una porción significativa de la sociedad. El hecho de que no se le haya ocurrido a cada uno de los nuevos compradores no quiere decir que la necesidad de ese producto sea falsa. Es, simplemente, que alguien dio con ese nuevo bien, que es conveniente para los consumidores, como demuestran dejando dinero en la caja para poder llevárselo, antes que los demás. Pero como las necesidades futuras o latentes en la sociedad no son fáciles de conocer, no es de extrañar que sean innumerables los productos, incluso ampliamente anunciados, que desaparecen de los mercados sencillamente porque la gente no los quiere. A ver si eso de que la gente tiene necesidades falsas impuestas por la publicidad va a ser falso, después de todo.

La publicidad es una forma de comunicación de las empresas con el ciudadano que no solo es perfectamente legítima (los socialistas siempre intentando coartar la libertad de expresión), sino que es útil, porque sirve para dar a conocer al consumidor que tiene nuevas opciones entre las que elegir. Robarle este conocimiento, como hace la Directiva 2001/83/CE que permite “prohibir en su territorio la publicidad al público general sobre productos médicos, cuyo coste pueda ser reembolsado”, o sea, pagado por el Estado, empobrece a la sociedad y le resta capacidad de decisión, con consecuencias muy graves de economía y salud pública, como muestra un futuro informe elaborado por el Instituto Juan de Mariana.

Lo que América Latina está dejando pasar

Estamos asistiendo a cambios importantes en el nuevo mundo globalizado. Países donde el socialismo y la tiranía eran la norma, como en China y en menor grado la India, están avanzando a un tipo de economía libre y abierta que de forma lenta les está permitiendo superar sus tradicionales niveles de pobreza.

En la apertura al capitalismo, la pobreza masiva y baja esperanza de vida que caracteriza el socialismo, se convierten en una "economía de mínimos", a medida que se acumula el capital privado, la economía de mínimos se transforma en holgura económica, después sobreviene el lujo y el consumismo, y finalmente si la libertad económica se ha preservado surge la potencia económica. Estas líneas, a grandes rasgos, dieron la grandeza a la Inglaterra del S. XIX y a los Estados Unidos del S. XX. Muy probablemente veamos la historia repetida con algunos países asiáticos. Pero, ¿por qué América Latina no va en el mismo camino? Más bien América Latina parece estar avanzando hacia el camino inverso: hacia el socialismo populista y hacia la pobreza.

La visión de muchos argentinos, venezolanos e indígenas bolivianos es que los gobernantes y empresas extranjeras les han explotado sus recursos naturales y por eso se ven inmersos en esta situación desastrosa. Curiosamente estos países abogan por un mayor poder político y menos libertad. Esta idea no puede ser más errónea.

Países como Japón, Nueva Zelanda, y regiones como la costa de China y Hong Kong eran tierras casi estériles donde la gente, antes de abrirse al capitalismo, subsistían de lo poco que les daba el campo. No se han preguntado nunca ¿cómo estos países son, o tienen perspectivas de ser, motores de la economía de su zona aun con los escasos recursos naturales que tienen?

La clave para la prosperidad y el bienestar económico en un mundo capitalista no reside en los recursos naturales, sino en tener libertad plena para conseguir metas individuales. Para alcanzar este entorno de prosperidad hay dos conceptos importantísimos, uno es querer prosperar con el esfuerzo y duro trabajo individual, y el otro, mantener al gobierno bien alejado de los asuntos económicos. Al confluir estos dos puntos, el capital extranjero fluirá hacia estos países inevitablemente. Además, hoy a los "países pobres" no les hace falta crearse su propio capital, sino que, a diferencia de la Inglaterra del S. XIX, pueden ser capitalizados por otras naciones, esto es, por empresas extranjeras. Con el tiempo serán autónomos y más ricos que sus "mecenas".

Venezuela, Bolivia, Brasil, Perú y toda América Latina también pueden tener dos fuertes aliados privados que estarán encantados en capitalizarlos para que prosperen. Por proximidad Estados Unidos, y por idioma España. Además tienen la ventaja de estar más avanzados que China y la India por lo que la inversión privada se puede expandir a los productos finales, esto es, los enfocados al consumidor final local.

El populismo político de América Latina no ayuda en nada a su futuro. Estos políticos milagrosos como Chávez, Kirchner o Lula son la receta opuesta al progreso. Son los políticos quienes han colocado a América Latina en los aprietos actuales. Lo que ahora necesitan los latinoamericanos es librarse de esos burócratas y trabajar duro como están haciendo los países de Asia. Si aprenden esta lección, se libran del vocero populista de turno, y se abren totalmente al libre mercado y a la globalización su futuro sólo contemplará la prosperidad ilimitada. La clave no está en los mesías políticos, sino más cerca: en el individualismo y libertad de cada latinoamericano.

Consume hasta morir (para vivir)

Los activistas de la organización Consume hasta morir (un subgrupo de Ecologistas en acción) han producido un documental donde compendian todas sus machaconas críticas contra la sociedad moderna. Según ellos todas son de sentido común, lo cual revela su hipersensibilidad (léase histeria) ante temas banales, su debilidad argumentativa y su profunda ignorancia sobre casi todos los asuntos que tratan, ya que más bien constituye un compendio educativo sobre tópicos y falacias (hay muchos memes nocivos difíciles de erradicar), un lloriqueo intolerante muy propio de colectivistas metomentodo sin nada mejor que hacer (sobre todo nada realmente productivo y valioso para los demás); eso sí, con buen rollito y excelentes intenciones ya que se trata de salvar al mundo del mal destructivo que es la libertad humana encarnada en el capitalismo y el progreso tecnológico. Y para eso hay que sensibilizar y educar.

Dicen que todo falla respecto al consumo, que no es la solución sino un gran problema: es un sustitutivo del ocio (es que hay que pagar por todo, lo cual está mal, mejor que sea todo gratis, o divertirse sin comprar, qué horror que comprar sea entretenido); se usa para curar la depresión (de sentido común que esto no puede estar bien).

Los teléfonos móviles, al facilitar la comunicación, parece que hacen que la gente exija el contacto inmediato y que se enfade cuando alguna persona no tiene el móvil encendido; algo gravísimo que hay que denunciar y solucionar de inmediato.

Afirman que el nivel de vida de los países desarrollados es inviable, necesitaríamos varios planetas de materias primas (están allí, aunque un poco lejos y muy altos en el potencial gravitatorio y es caro llegar a ellos). Este rollo de las limitaciones físicas ya lo hemos oído antes (¿recuerdan los límites del crecimiento, de cuando el movimiento ecologista estaba en pañales?), parece que no aprenden: no entender la importancia de los derechos de propiedad, los precios y la empresarialidad tiene estas cosas. Nos estamos cargando el planeta y encima todo es muy injusto porque dejamos morir gente (ni una palabra contra los tiranos que oprimen y matan a esa gente) y hay grandes y crecientes diferencias entre el Norte y el Sur (lo de las crecientes diferencias es mentira, pero es que el rigor metodológico no es su fuerte).

Nos damos cuenta de que el consumo no nos hace felices. ¿Quién será ese nosotros al que se refieren? ¿Han preguntado a todo el mundo? ¿Por qué la gente sigue entonces consumiendo y cada vez más y mejor? ¿Cuál es la alternativa para ser feliz? ¿Entiende mucha gente el sentido biológico evolutivo de la felicidad? Te compras un coche y a los dos meses quieres otro mejor: no sé si algo tan patético le pasará a mucha gente, pero al menos ilustra la infinitud de los deseos humanos (o sea, que siempre habrá trabajo ilimitado para todos).

Les parece excesiva la presión publicitaria, que con cierta incoherencia consideran inútil y manipuladora, generadora de necesidades superfluas y caprichosas ¿En qué inmutable tabla de la ley está escrito lo que es necesario y lo que no? ¿Por qué no viven ellos a base de pan y agua? ¿No será que intentan imponer a los demás sus austeras preferencias particulares disfrazadas de normas morales absolutas y universales? Dicen que sólo se publicita lo innecesario (yo recuerdo bastante publicidad de cosas esenciales, como el papel higiénico) metiéndolo por los ojos: su sistema cognitivo debe de estar sobrecargadísimo, lo cual les disculparía; podrían aprender a ignorar algunos mensajes (que además seguramente no van dirigidos a ellos) con aquello de que me entra por un oído y me sale por el otro.

Parece que los medios de comunicación privados dependen de la publicidad y fomentan la ideología del consumismo para mantener contentos a sus anunciantes (y se atreven a colocar publicidad encubierta en las series de televisión, qué horror). Tal vez sea mejor promover los medios públicos, que con el dinero confiscado a los contribuyentes mantienen cómodamente ociosos a hordas de sindicalistas encargados de transmitir consignas políticas y adoctrinar a la sociedad acumulando ingentes pérdidas año tras año. ¿Y por qué será que las televisiones públicas tienen la misma publicidad que las privadas?

La televisión es muy fácil de ver (lo cual debe ser malísimo, sería mejor que supusiera un gran esfuerzo) y además mientras tanto dejas de hacer otras cosas (albricias, comprenden el coste de oportunidad; aunque se puede comer mientras se ve la televisión, pero eso sería consumir aún más). Parece que la caja tonta provoca la pérdida de la capacidad de la relación social; lo dicen en serio.

Aseguran que la sociedad (ese ente abstracto del cual se abusa tanto) exige un cuerpo hermoso (¿no será que la gente suele preferir la belleza?) y que la autoestima por el propio cuerpo ha caído. ¿La han medido? ¿Desde cuándo? ¿No estarán proyectando sus propios problemas? ¿Entienden el fenómeno biológico de la selección sexual?

Resulta que Coca Cola ha sido acusada de prácticas monopolísticas incluso por la propia Pepsi (que naturalmente lo ha hecho por justicia, no por tener ningún interés particular en el asunto). A dónde vamos a llegar: los menos competitivos recurriendo a la coacción política legal para fastidiar a los dominantes. Y encima Coca Cola es un símbolo de la globalización. Era mejor antes, con las banderas nacionales (a menudo acompañadas de cruces y medias lunas) como estandartes de los ejércitos en el campo de batalla.

Para dar prestigio intelectual al documental recurren a declaraciones de adolescentes que afirman que tener unas Nike es prueba de éxito social (e incluso demuestra que se es un gran deportista).

¿Por qué será que siempre se refieren a la gente en abstracto, sin mencionar a nadie en concreto? ¿Se avergüenzan de reconocer sus propias miserias o no se atreven a enfrentarse a personas específicas que puedan ridiculizar sus afirmaciones?

Y esto no es todo, lo mejor es ver el documental (aunque tal vez sea consumo superfluo).

Lamentablemente este artículo no ha sido patrocinado por ninguna firma comercial, y ninguna de las marcas mencionadas en él me ha pagado nada por ello.