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Milosevic y genocidio

Lo que no ha sido sorprendente es la reacción del PP, que se opone a la medida porque, según ellos, significa el acta de defunción del ente. Un partido que en muchas ocasiones se ha autoproclamado liberal no puede estar en contra de la omnipotencia estatal. Pero el PP no es un partido liberal, es decir, no cree que el soberano absoluto de la economía y asuntos privados sean el individuo y no el estado. Un partido liberal habría dicho que la medida de ZP es tímida y no arregla nada, la única solución a RTVE (el grupo) es la privatización absoluta.

Un grupo de comunicación "público", como si los privados no fuesen públicos también, no tiene sentido por seis razones. Primero, pagamos por él queramos o no, lo veamos o no. ¿Disfruta pagando más impuestos porque sí? ¡RTVE no nos sale gratis! Segundo, no cubre ninguna necesidad submarginal (económicamente hablando), si le gustan los documentales, ¿prefiere los antiguos y sosos de La 2 o los modernos del Canal National Geographic? Tercero, no es imparcial. ¿Lo fue en la época de Franco, en la época de González o Aznar? ¿Lo es ahora? Cuarto, no es una alternativa a la telebasura; intenta comportarse como un canal privado con programas y películas comerciales, con sus culebrones, sus programas del corazón, emitiendo toda la saga de Harry Potter (excepto la última, por razones evidentes). Quinto, porque su gestión, a diferencia de una compañía de comunicación privada, repercute sobre nosotros y es totalmente deficiente y jamás ha tenido freno alguno. En los últimos años ha generado de media un déficit de explotación de unos 100 millones de euros anuales, más la deuda que va sumando y que se añade a los 7.500 millones de euros ya existentes: un pozo sin fondo a costa de nuestro dinero. Y sexto, sus contenidos comerciales son una competencia injusta y peligrosa para las cadenas privadas, y eso evidentemente engloba a sus empleados también.

¿La medida del gobierno es "el acta de defunción" del ente? Ojalá, y cuanto antes mejor. Su existencia no significa más calidad de vida para nosotros, sino menos capacidad de poder adquisitivo. ¿Y los trabajadores del grupo que serán despedidos? Ellos no tienen la culpa, pero nosotros menos. Seguro que el gobierno los untará sobradamente para que se callen, total, el dinero es nuestro y no de los gobernantes… La única solución al problema del ente sería dejar el mercado abierto, con licencias ilimitadas de radio, televisión y que sea el mercado quien diga basta por motivos técnicos o de desgaste comercial.

En resumen, la medida del gobierno es floja, con poco valor real y seguro que resultará mucho más cara de lo deseable, pero peor ha sido la respuesta del PP que sólo piensa en unos votos que no va a conseguir (dudo que alguno de los empleados de RTVE vaya a votarlos por esto), y en el miedo a heredar un medio de manipulación "débil" cuando llegue al poder.

Razones para cerrar la televisión pública

Pero además benefician indirectamente a otros muchos individuos en un proceso social que tiende a elevar la productividad y el nivel de vida de todos. En un mundo como el nuestro en el que los recursos son escasos y los fines infinitos, cualquier otro modelo de sociedad conduce inexorablemente a la violencia continua o a la pobreza más extrema y generalizada.

En este sentido la historia del occidente y más concretamente del capitalismo puede entenderse como una sucesión inagotable de externalidades positivas realizadas por millones de personas en todo momento y en todas las áreas geográficas del mundo donde se respeta la propiedad privada y el libre intercambio. Pero el hecho de que el modelo de libertad y cooperación social permita que toda la sociedad participe de los resultados exitosos de otros individuos no significa que todos los individuos que persiguen satisfacer una necesidad por medios pacíficos generen iguales efectos positivos sobre el resto de la sociedad. De hecho, los mayores avances de la sociedad se deben a grandes hombres y mujeres que con su inteligencia, esfuerzo y perseverancia tiran sobremanera de toda la sociedad.

Son los héroes de nuestro tiempo, los héroes de cada día. Están empeñados en usar su ingenio para transformar el estado del mundo con el que se han encontrado en uno mucho mejor. A menudo son unos incomprendidos. Suelen ser difamados o menospreciados por quienes tienen miedo a los nuevos fines que persiguen o a los cambios en los métodos para alcanzar viejos objetivos y, con frecuencia, por los envidiosos. Son el Tucker de Francis Ford Coppola. A menudo se hacen ricos debido a la elevación que provocan en el nivel de vida de sus congéneres, pero el enriquecimiento no suele ser el motor de sus acciones sino el resultado natural en el marco del mercado libre. De hecho, no me cabe duda de que estas personas serían héroes fuera del ámbito de una economía (relativamente) libre y monetaria. Sólo que, en ese ámbito, sus acciones no ayudarían a tantas personas porque el cálculo económico que permite el uso socialmente más provechoso de los recursos no es posible fuera de una economía monetaria o en la que no se respeta la propiedad privada.

En general, ya digo, les mueve una visión, un ansia de combinar su inteligencia con la materia para mejorar el mundo. Unos ponen en marcha sistemas de producción de muebles que permiten a toda la población disfrutar de productos baratos y con estilo. Otros cambian la forma de producir o distribuir alimentos logrando una reducción en el gasto familiar en alimentos o una significativa mejora en la calidad de nuestra alimentación. También hay quien mejora la forma de gestionar los ahorros de millones de familias. Este último es el caso de los responsables de la gestora de fondos de inversión Bestinver, con Francisco García Paramés a la cabeza. Paramés fue elegido recientemente como el mejor gestor de Europa por la consultora especializada Citywire. Gracias a su labor y la de su equipo, millones de personas han logrado esquivar los perversos efectos que sobre el nivel de vida tiene la adulteración a la que los sucesivos gobiernos han sometido a nuestra moneda.

El pasado martes 7 de marzo, una avioneta en la que viajaban cuatro miembros de Bestinver se estrelló en la Sierra de Tajonar. Un miembro de Bestinver y uno de los dos pilotos de la aeronave perdieron la vida en el accidente. Sin duda, se trata de una terrible pérdida tanto para sus familiares y amigos como para toda la sociedad. Desconcertado y malherido, Francisco García Paramés, uno de los cuatro supervivientes, se echó a andar monte a través apartando la maleza hasta alcanzar la carretera. Gracias a su acción los servicios de rescate pudieron localizarle a él y a sus compañeros antes de la caída del sol. Esta hazaña no es más que un ejemplo que muestra lo que ya sabíamos: que los grandes hombres lo son generalmente bajo cualquier circunstancia. Lo que hace que sus acciones sirvan a unos pocos o a millones de personas es el entorno en el que se llevan a cabo. Los múltiples mensajes de ánimo recibidos en WebInversor, en la Asociación Madrileña de Consumidores y Contribuyentes y en el Instituto Juan de Mariana para Paramés y sus compañeros muestran que son muchas las personas que son conscientes de todo lo que la sociedad debe a los grandes individuos.

Los héroes de cada día

Crearon varias “zonas seguras”, en la que concentraron, para luego abandonar miserablemente a su suerte, a la población civil masacrada por las fuerzas serbio-bosnias. La ONU se mantuvo “neutral”, en estricta observancia de su posición moral frente al genocidio; una neutralidad aséptica e hipócrita.

Milosevic, como Fidel Castro y otros, es la prueba de que la caída del muro de Berlín fue una gran victoria, pero de una guerra que jamás puede ser definitiva. Milosevic encarna dos ideologías que siguen teniendo un apoyo importante entre nosotros: el socialismo y el nacionalismo; dos ideologías de poder. De poder absoluto. No son las únicas. Se llamó a sí mismo “el Ayatolá Jomeini de Serbia”, lo que le habría debido ganar un puesto de honor en la alianza de civilizaciones de Zapatero.

El problema aquí es el del genocidio. Se produce, como todo lo que hacemos, por causa de las ideas. Las malas ideas. La de que tenemos derecho de disponer de la vida ajena o de los derechos de los demás en aras de un mayor bien: la independencia nacional, la expansión territorial, el socialismo, la igualdad material… El genocidio es la aplicación práctica de la ética consecuencialista que es el núcleo del socialismo: la realidad no nos gusta, y la queremos cambiar por otra cosa, un fin que todo lo justifica.

Pero el problema del genocidio es también el de cómo detenerlo. Luchar contra socialismos y nacionalismos es necesario, pero insuficientes cuando van a caer sobre la población civil con todas sus consecuencias. Como comprobamos una y otra vez, y las guerras de Yugoslavia son solo un ejemplo más, la comunidad internacional actúa a favor de las sociedades civiles sólo en ocasiones y cuando lo hace, generalmente es tarde. Por eso es importante que la sociedad tenga medios efectivos para detener el arrase. Y no puede hacerlo cuando está materialmente indefensa, desarmada.

Los grandes genocidios del siglo XX han estado precedidos de desarmes de la población. Hitler, que tenía interés en facilitarse el trabajo, observó que “el error más tonto que podríamos cometer sería permitir a las razas sometidas la posesión de armas. La historia demuestra que todos los conquistadores que han permitido a las razas sometidas la tenencia de armas estaban preparando su caída al hacerlo. De hecho, iría tan lejos como para afirmar que proveer de armas a los perdedores es condición sine qua non para el derrocamiento de toda soberanía”. Finalmente, perdió la guerra. Pero nosotros no hemos ganado todas las conclusiones que debiéramos de ella.

El mito del 40%

Ya Thomas Sowell en Civil Rights, Rhetoric or Reality?, escrito en 1984, denunciaba el "cliché" del 59%. Los medios norteamericanos repetían entonces, incesantemente, que una mujer cobraba sólo un 59% de lo que cobraba un hombre por hacer el mismo trabajo. Un par de décadas después, en España, hemos estado una semana escuchando que las mujeres cobran un 40% menos que los hombres por hacer el mismo trabajo. Entonces era mentira. Hoy, también.

Cualquier conocedor de los mecanismos de mercado libre sabe que en él no puede permanecer una situación de discriminación. Ningún colectivo, y más cuando éste es la mitad de la fuerza laboral, puede cobrar permanentemente menos de lo que vale por mucha discriminación que exista en la sociedad, porque siempre habrá empleadores que prefieran los beneficios contantes y sonantes a los prejuicios, contratando a miembros de ese grupo discriminado y haciendo subir los sueldos del mismo al aumentar la demanda. En Sudáfrica, por ejemplo, los empresarios blancos burlaban la ley para contratar a negros, porque de no hacerlo no podían competir contra quienes sí lo hacían, al trabajar por menos dinero que los blancos. Y no tenemos razón alguna para pensar que fueran menos racistas que el resto de la sociedad del apartheid. La discriminación sólo puede pervivir si se está aislado de las consecuencias negativas de la misma en el mercado; en monopolios públicos, por ejemplo.

A cualquiera que no vaya con los ojos tapados ante la realidad, no le puede sorprender que Sowell se encontrara con que las mujeres trabajaban menos horas al año, en parte porque eran muchas más las que tenían contratos a tiempo parcial, y que de media se mantenían menos años en un mismo empleo. Dado que la mayor parte de estas diferencias se explican por la maternidad, ¿qué sucede si estudiamos las diferencias entre hombres y mujeres solteros? Que aparece algo distinto; el 59% se transforma en un 91%. Y aún así, la diferencia que aún se mantiene no puede explicarse automáticamente por discriminación. El crecimiento en el número de madres solteras no puede eliminar del todo la explicación de la maternidad en esa diferencia, además de que los hombres optan por estudiar y trabajar en campos más remunerados como ingeniería o matemáticas.

Sin entrar a considerar si se debe a una suerte de rol impuesto por la sociedad o a que, simplemente, la evolución ha concedido a las mujeres una mayor dedicación a los suyos, lo cierto es que el matrimonio y los hijos tienen efectos completamente opuestos sobre hombres y mujeres en el trabajo. Ellos aumentan el número de horas que dedican a ganar dinero y ellas lo disminuyen. Sowell encontró una correlación durante el siglo XX entre la natalidad y la presencia de mujeres en puestos altos en la universidad; cuanto mayor era la primera, menor la segunda.

Los datos en España no son tan exhaustivos, pero ofrecen algunos indicios en esa dirección. El 78% de los contratados a tiempo parcial son mujeres. Además, a lo largo de 2004, se retiraron del mercado laboral 379.500 mujeres frente a 14.500 hombres, es decir, el 96% del total. Habría que investigar si se encuentran diferencias parecidas a las halladas en Estados Unidos entre casados y solteros, tanto en hombres como mujeres.

Lo que debemos aprender de estos datos es que una parte importante, si no toda, de la diferencia salarial atribuida a la discriminación se debe a las elecciones que libremente tomamos hombres y mujeres. Y que la ley de igualdad es un intento de sustituir esas decisiones libres por las que el Estado ha decidido que debemos decantarnos, siempre, claro, "por nuestro bien". Si en el futuro crece la desconfianza hacia las mujeres que ocupan altos cargos, ante la imposibilidad de conocer si están por imperativo legal o por sus méritos, si renacen prejuicios que estaban para muchos olvidados, no echemos entonces la culpa al machismo sino al "justiciero de las mujeres".

Arreglando el mundo a golpe de cadera

Con toda seguridad, la primera exigencia del mundo subdesarrollado es que se le permita seguir el camino que hace doscientos años inició Europa. El problema es que si, en vez de organizar saraos tercermundistas, los políticos europeos comienzan a facilitar el comercio libre de los productos de los países pobres y a estimular la llegada de capital extranjero, la izquierda se queda sin oprimidos a los que liberar.

La absurda superioridad moral que aún conserva "la vulgata marxista" (Raymond Aron dixit, ministra), se basa en un diabólico juego de intereses. Para la izquierda caviar, es inadmisible cualquier mejora en las condiciones de vida de los pobres obtenida sin seguir sus preceptos, fracasados una y otra vez en el siglo XX, el "siglo socialista". El objetivo no es incorporar a la masa depauperada al primer mundo, sino asegurarse de que su tragedia pueda seguir utilizándose como coartada anticapitalista para mantener su dudosa prerrogativa intelectual en el mundo desarrollado. Como la urraca de las pampas, el socialismo, para despistar, canta en un sitio, pero pone sus huevos en otro.

No hay que ser muy "solemne" para darse cuenta de que la ayuda internacional es la mejor forma de trasvasar dinero de los pobres del primer mundo a los ricos del tercero. De hecho, esto es algo que la izquierda debería percibir de forma intuitiva, pues en materia de trasvase monetario entre bolsillos ajenos, con destino final en el propio, los socialistas son una autoridad. Al contrario, la ayuda internacional no sólo no soluciona el problema sino que lo agrava, pues si al mejorar las condiciones económicas aquélla se reduce, los países beneficiarios carecen de incentivos para progresar.

Pero más allá de estas cuestiones elementales de economía básica, que la derecha ignora y la izquierda desprecia, hay una cuestión que conviene destacar dado el sentido cósmico de la moral que el progresismo sitúa en el epicentro del discurso postmoderno. Porque repartir migajas entre los necesitados con dinero ajeno, es cualquier cosa menos un ejemplo de virtud. En esto, el sentido tradicional de la caridad es también mucho más digno que la solidaridad subvencionada y el turismo tercermundista. Y encima obligamos a los pobres hombres y mujeres negros y negras a tragarse el espectáculo hortera del dichoso bailecito. ¿Qué nos han hecho?

Igualicas

Incapaz de detectar la magnitud de sus chorradas, ZP ignora que la mujer que vale no necesita que la ley la ponga en lugar preponderante respecto al varón. No todas son como su vicepresidenta, introducida en la judicatura por el llamado cuarto turno, que es la gatera utilizada por los hombres y mujeres de progreso para fagocitar la administración sin necesidad de pasar ningún examen. Fernández, la «vice» de Rodríguez, es el único caso en la justicia española, y quizás mundial, de jueza que jamás ha puesto una sentencia o instruido una causa. Llegó, vio y al coche oficial se subió.

La jueza Teresa Palacios, en cambio, lleva sobre su toga el peso instructor de algunos de los procesos más destacados en los últimos años, con cientos de damnificados y muchos miles de millones de euros en juego. Ella no necesita que «Maritere» la enchufe por delante de sus colegas masculinos; se basta sola para pasarles como un cohete y dejarles en la cuneta. Y como ella miles de ejemplos más que todos conocemos en nuestra vida cotidiana.

El problema de ser gobernados por una «pandi» de adolescentes intelectuales, es la cantidad de despropósitos que cometen para camuflar su mediocridad. Aunque en este caso concreto del igualitarismo entre sexos no cabe atribuir al gobierno ningún favoritismo, pues ninguna ministra está ahí por ser mujer, sino en razón de haber acreditado una altísima solvencia profesional (pienso en el binomio Calvo-Trujillo), exactamente igual que sus colegas varones (Moratinos). 

En fin, he hecho una encuesta de urgencia entre mis conocidas y ninguna quiere ser salvada por ZP, como si el ser mujer fuera una minusvalía. Por usar la propias palabras del presidente, "ni él podría llegar a más, ni las mujeres a menos".

Los altos precios del petróleo

Los apocalípticos están aprovechando que los precios del petróleo están altos para redoblar sus esfuerzos para hacer llegar a la gente su mensaje. Esto se acaba, el capitalismo nos ha traído al desastre, pero todavía si se nos hace caso, podemos rectificar. Vamos a agotar el petróleo en breve y hay que demostrar, por tanto, la sociedad industrial basada en el oro negro.

No son los únicos que reaccionan a los precios altos. Lo hace todo el mundo. Los trabajadores en Estados Unidos, cuando su labor se lo permite y el jefe accede, están probando a trabajar al menos un día en casa, según recogía un reportaje reciente del Washington Times. Otra de las formas de reaccionar ante los precios consiste en comprar coches que consuman menos, o que puedan utilizar Etanol. Todo ello se pudo ver en la feria de coches de Chicago de hace solo un mes, el 8 de febrero.

El etanol, precisamente, nos permite llegar a la respuesta de la industria buscando sustitutivos y mejoras en la eficiencia energética para sortear los precios más altos del petróleo. El etanol se hace económico cuando el petróleo se encarece lo suficiente. Y el etanol se puede obtener tanto en el campo, como de la biomasa, del gas natural o del carbón. Y solo con el carbón, el que se produce en Estados Unidos daría para hacer funcionar el parque de coches de ese país durante más de 500 años. Ya hay sitios donde se apuesta por esta alternativa: En Brasil "el porcentaje de ventas de nuevos coches que pueden utilizar etanol de alto contenido ha aumentado del 4 al 67 por ciento en los tres últimos años".

Por lo que se refiere a la eficiencia energética, recordaba un reciente artículo del Wall Street Journal que "las ganancias en eficiencia energética más rápidas en los Estados Unidos tuvieron lugar cuando los precios eran muy altos. Desde (1973), la cantidad de energía necesaria para producir cada dólar real de PIB ha caído en un 50 por ciento, una caída de entorno al 2 por ciento de media". Un progreso que se había detenido, pero "hoy estamos de nuevo ante los incentivos positivos por los altos precios del petróleo". Pone como ejempo que "la nanotecnología está mejorando la vida de las baterías, lo que hace los coches de motor híbrido más realistas".

¿Y la propia industria del petróleo? Lo decía Daniel Yergin, en agosto del pasado año:

Entre 2004 y 2010, la capacidad de producción, con las inversiones actuales, aumentará en 16 millones de barriles, pasando de los 85 actuales a 101 por día. Un incremento del 20 por ciento. Otro artículo del Financial Times, de septiembre, explicaba que "los grandes productores de petróleo han aumentado la inversión en la exploración de petróleo de forma significativa, por primera vez en casi dos décadas".

Y se desarrollan nuevas técnicas para mejorar la explotación de los pozos ya abiertos. Por ejemplo, hay otras tecnologías para mejorar la explotación de los pozos. Por ejemplo, se utiliza dióxido de carbono, que se inyecta, para movilizar el petróleo hacia donde sea más fácilmente explotable. También se está desarrollando la tecnología del perforado horizontal. Explicaba un artículo de la CNN que estamos siguiendo, que "un simple pozo horizontal a menudo produce más petróleo que muchos pozos convencionales. La extracción horizontal se está utilizando de forma extensiva en las costas de Canadá y Rusia". También está la inyección de microbios, que "producen una sustancia parecida a un detergente, que volcada sobre los pozos hacen el petróleo menos viscoso", lo que permite una mejor explotación.

Mientras que los apocalípticos, los maltusianos, aprovechan los altos precios para intentar vender sus ideas, la gente se acomoda a ellos y busca soluciones. Eso es el mercado.

Que sus torpezas no nos afecten

Un político debe ser capaz de predecir lo que va a suceder mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ocurrió lo que predijo.

Winston S. Churchill

1917 fue un año prolijo en acontecimientos. Corría el tercer año de lo que más tarde se conocería como la Gran Guerra y el frente occidental que se formó durante un frenético mes de agosto de 1914 se había transformado en una estrecha línea de trincheras que partía Europa desde el Canal de la Mancha hasta Suiza y donde los avances más significativos apenas llegaban, en el mejor de los casos, a unos cientos de metros. El frente oriental donde se enfrentaban rusos contra alemanes y austriacos era algo menos estático pero igual de sangriento. Los muertos y heridos en ambos bandos se acumulaban a ritmos insospechados y la desesperación entre los soldados era algo más que un sentimiento reprimido. El pacifismo que durante el principio de la guerra era un movimiento maldito ganaba adeptos en ambos bandos.

El Kaiser Guillermo no era ajeno a este sentimiento y mientras en el frente occidental se producían huelgas en el ejército francés, lo que obligó a los británicos a ofensivas suicidas para ocultar a los alemanes su debilidad, en el oriental se abrió una puerta que a la larga sería letal. El movimiento bolchevique tenía en Lenin uno de sus pilares fundamentales pero Lenin peregrinaba de país en país a la espera de una oportunidad de entrar en Rusia y arrebatar el poder al Zar. La propaganda bolchevique había encontrado entre tanto descontento a eficientes correos que abogaban por el cese del conflicto como paso previo para la Revolución y militantes bolcheviques como Alexander Helphand ya se habían dirigido en 1915 al gobierno alemán en términos de igualdad de objetivos, la salida de Rusia de la guerra. El Kaiser decidió dar un golpe de mano y desde Zurich y a través de territorio alemán para evitar que las fuerzas de la Entente lo pudieran detener, Lenin fue escoltado hasta territorio ruso en la primavera de 1917, llegando a Petrogrado el 16 de abril. El objetivo del Kaiser y de buena parte de su gobierno se había logrado y la máquina revolucionaria se pondría en marcha.

El emperador Carlos de Austria, que había sustituido a su tío Francisco José tras su muerte, se dirigió al Kaiser en términos de preocupación por lo que podría pasar en otras monarquías europeas si la revolución bolchevique tenía éxito. El Kaiser no parece que se inmutara pensando seguramente que tal circunstancia no era posible en su tradicional Alemania. Todo quedó en una anécdota. Sin embargo, el propio Lenin dijo nada más llegar al futuro Leningrado que “No está lejos la hora en que, ante el llamamiento de Karl Liebbknecht, el pueblo alemán vuelva sus armas contra los explotadores capitalistas”.

Lo cierto es que la Revolución bolchevique tuvo éxito y Rusia se retiró de la guerra dejando a los aliados occidentales en una situación preocupante. Lo cierto es que los últimos coletazos de la guerra y durante las conversaciones de París, una docena de ciudades alemanas incluidas Berlín, presentaban levantamientos bolcheviques, Viena sufrió una “revolución roja” y Bela Kun estableció un gobierno comunista en Hungría durante nueve meses con el terror como elemento fundamental de su política.

A esta incapacidad manifiesta de prever el futuro no fue ajena el propio Lenin. La salida de Rusia del teatro de la guerra no iba a ser un mero formalismo y los alemanes exigieron conquistas territoriales y control de hecho de muchos territorios. La negativa de las autoridades bolcheviques paró la retirada de tropas y los alemanes empezaron a conquistar territorios que antes nunca habían podido soñar. El ejército bolchevique apenas podía hacer frente a nada y la firma de la paz de Brest-Litov fue claramente negativas para los intereses comunistas. Aunque la Gran Guerra terminó formalmente el 11 de noviembre a las 11 de la mañana, hora de París, en el este europeo continuó. El pacifismo de los bolcheviques era una excusa para tomar el poder. La mentira es revolucionaria 

El nacionalismo alemán, que dio sus primeros coletazos en la era napoleónica, alentado y promovido por Prusia, con Bismarck como eficiente arquitecto, ayudó a la creación de Alemania y del militarismo alemán y fue padre del nazismo y padrino de la revolución bolchevique. La incapacidad de ver las consecuencias de sus actos a medio y largo plazo y sólo manejar los beneficios instantáneos es una máxima del político iluminado. Ni Bismarck ni Guillermo II ni Lenin ni muchos que luego los sustituyeron estuvieron a la altura.

A pesar de tan sangriento ejemplo, seguimos viendo como desde el Estado se establecen grandes planes. Por lo general, estamos hablando de predicciones económicas como la inflación o el gasto presupuestario, otras veces de políticas sociales más o menos intervencionistas, rara vez planes quinquenales como los de los chinos y afortunadamente en muy pocos casos, guerras y agresiones violentas como la que llevó a Irak a la invasión del pequeño estado de Kuwait. Si como regla general vemos que son idealistas, verdaderos videntes con sueños de grandeza, quitémosles su principal herramienta para que sus sueños, sus ensoñaciones y disparates dañen al menor número de personas. Hagamos más pequeño el Estado, que la gente coja las riendas de sus vidas otra vez. Que sus torpezas no nos afecten, al menos demasiado.

La dictadura del convenio colectivo

El hecho fue reciente y se cuenta de la forma más veraz posible. Durante una serie de entrevistas realizadas a lo largo de varios días por dos consultores –cuyo objetivo final era la elaboración de un análisis sobre la gestión de costes en una importante empresa maderera– llegó el turno de escuchar la opinión de un grupo representativo de operarios de la fábrica acerca del negocio para el que trabajan desde hace años. Anteriormente, se había conversado con los ejecutivos de la empresa, mostrando éstos sus esperanzas y temores ante el futuro, además de expresar en forma involuntaria sus propias fortalezas y carencias personales.

En la última hora de su jornada, el equipo de operarios se reunió para la ocasión en un ambiente libérrimo y relajado. Las conversaciones fluyeron en torno a una variedad de asuntos de relevante interés para ellos: el empleador, los directivos, el proceso de producción y el clima laboral. El elevado tono crítico, incluso la mordacidad, dominaba el encuentro. Los operarios plantearon denuncias, viejas rencillas y un largo historial de desencuentros entre la dirección y los trabajadores. Los más veteranos tenían mucho que contar, pero los jóvenes tampoco se quedaban atrás en la descripción de conflictos. Probablemente, en algunos aspectos, llevaban parte de razón. Y surgió el momento de hablar de las condiciones salariales. Y en ese preciso instante el intercambio casi frenético de opiniones se transmutó en un desconcertante silencio. Todo el mundo calló. Se cruzaron miradas resignadas. No supieron que decir. Nadie tenía opinión. Después de una eternidad de segundos, uno de los participantes susurró a modo de respuesta:

– Bueno…mira, eso es más bien cosa del convenio.

Terminada la frase, el grupo estaba dispuesto a debatir sobre cualquier otro asunto que no fuera el valor económico de sus capacidades. Punto y final a los sueldos. No había miedo a nada ni a nadie, ni mucho menos, sino más bien una gruesa mezcla de resignación y desconocimiento. Los trabajadores se asemejaron a rehenes. Entonces, cualquier observador objetivo podría haberse dado cuenta de que algo definitivamente fallaba y que la astenia de opinión de los empleados respecto del salario (más bien magro) invalidaba sus quejas en cierto grado y que los convenios colectivos son causa grande de desmotivación, desvalimiento y desidia en ésta y en otras muchas organizaciones.

El convenio colectivo es una indexación de precios del factor trabajo acerca de los cuales a la libertad se le tiene apenas en cuenta. Es el escenario propicio en el que unos pocos se encuentran cómodos malbaratando el progreso económico de muchas personas al mismo tiempo. La lucidez y el esfuerzo se enfrentan a la disculpa del convenio. Los profesionales mejores quedan atrapados en las redes de envidia igualitaria que tejen los convenios: o se pliegan a ellos o abandonan –por desacuerdo y afán de superación– el oficio sometido a ese dictado. A su vez, los mediocres no encuentran acicate para distinguirse porque siempre chocan contra ese muro normativo. Incluso la retribución variable, que nació para debilitar el igualitarismo y premiar la dedicación, adolece desde hace años de similares defectos que el burocratismo salarial, cuando no se trata de una pura farsa. El convenio debería ser un pacto laboral al que uno se incorpora libremente, si no le interesa negociar individualmente con la empresa para la que colabora las condiciones de su contrato, y nunca una especie de losa gremial que perpetúa injusticias ante la valoración que se realiza del propio empleo. La duda quedaría respecto de los trabajadores que escasamente pudieran valerse por sí mismos y fueran sometidos a abusos por parte del empleador. ¿Para éstos sería imprescindible un convenio obligatorio? Probablemente, aún en esa situación, seguiría siendo más rápido y beneficioso la contratación circunstancial de asesores que impugnen o negocien de parte de los más débiles; y no sería improbable la aparición espontánea de listas gratuitas de precios del trabajo entre profesionales imantadas por la fuerza imbatible del mercado.

Decía Mises en La acción humana: "Ni existe hoy ni jamás podrá darse un monopolio de demanda de trabajo en un mercado libre. Este fenómeno podría darse como resultado de obstáculos institucionales que entorpecieran el acceso a la condición empresarial". Quizá los convenios pueden llegar en algún momento a parecerse a dicho monopolio, cuando los denominados agentes sociales totalizan las decisiones sobre salarios. Hay demasiados operarios que en las reuniones ya no saben que contar.

Vendaval liberticida

Si confiar el preciado valor de la libertad a las afiladas garras del Estado suele provocar su asfixia y marchitamiento, confiárselo a un psicótico Estado supraeuropeo sólo podía dar pie a una portentosa degeneración social y política.

El servilismo voluntario, la sumisión ante la represión y la claudicación permanente van floreciendo con despiadada crudeza, al calor de la burocracia bruselense. No hay semana en que las noticias antiliberales no emerjan como hongos venenosos en el lodazal politiquero; no hay administración que se libre: el Estado lo corrompe todo. Veamos algunas de las últimas perlas.

Ley para la desigualdad

 

Si bien en otro artículo nos ocuparemos más detenidamente de la Ley de Igualdad, debemos destacar su filosofía subyacente. El Gobierno, en su fatalísima arrogancia, considera que la libertad no puede ser tolerada, ya que pare monstruos. La igualdad –el moldeamiento estatal de la sociedad– es un argumento suficiente para cercenar las libertades individuales.

La mujer –toda mujer, sin distinción alguna–, como eslabón secularmente más débil, tiene derecho a utilizar las armas represivas del Estado para alcanzar determinadas posiciones, entre ellas la dirección de las empresas.

Estamos ante un flagrante atentado contra la propiedad privada y la función empresarial; una pandilla de neomarxistas embriagados por la soberbia del poder ha decidido nombrar a los empresarios nacionales. Como si de una economía fascista se tratara, los políticos podrán decidir quién entra y quién sale de los Consejos de Administración. El ariete, como ya hemos dicho, no es más que una mal entendida igualdad, cuyo acento recae sobre el sexo del candidato.

La palabrería de la igualdad de oportunidades debe ser enterrada por la libertad de oportunidades. Son los seres humanos quienes, haciendo uso de su perspicacia y de su libertad, crean las oportunidades. Los políticos ni pueden ni tienen que garantizar nada a nadie: cada individuo tiene derecho a apropiarse de lo que descubre, de las oportunidades que él mismo ha fabricado.

La típica misoginia izquierdista no sólo institucionaliza los complejos y las mentiras; en realidad, se carga la idea misma de igualdad. No hay nada que genere más desigualdad que los favores políticos, que las castas de privilegiados, que las prebendas concedidas en función de la cuna y no de los méritos.

En el capitalismo, como ya nos recordara Mises, no hay privilegiados, pues todos, hombres y mujeres, están subordinados al consumidor. La primera desigualdad es la que surge de la potestad política para crear desigualdades: los buitres socialistas no sirven a nadie, sólo a sus propios intereses de clase. Esa es la primera de las desigualdades.

El dedo del Ministro

 

El Antiguo Testamento (Ex., 31,18) nos relata cómo Dios escribió los Diez Mandamientos con el dedo. Parece que algunos deicidas modernos –esa casta de buitres que pretende vivir a costa del esfuerzo ajeno–, después de matar a Dios y de expulsarlo de la sociedad con los trabucos laicistas, pretenden ocupar su puesto.

La semana pasada nos enteramos de cómo Montilla, el Condonado, ampliaba las competencias de la Comisión Nacional de la Energía "a dedo". Por lo visto, el liberticidio ejecutado por el Consejo de Ministros era insuficiente para que la operación politiquera bloqueara la operación empresarial.

Zapateando sobre el Real Decreto Ley, el cordobés no dudó en enterrar la escasa seguridad jurídica que puede proporcionar un Estado, especialmente un Estado dirigido a través de la chulería inconsciente y barriobajera.

La Unión Europea, el garante de la libertad de movimientos de personas, capitales y mercancías, no deja de ser un atrezzo más en la opereta caciquil de cada viernes. Si alguna vez existió un proyecto real para abolir las fronteras entre los Estados europeos, ese proyecto está muerto y enterrado desde hace tiempo. Cuanto queda ahora es un brindis al sol financiado con los impuestos de todos los europeos; una parodia para que sigamos creyendo que somos libres, que Uropa nos cuida de las barbaridades patrias.

Si alguien sigue considerando que vivimos en una economía capitalista y de libre mercado, debería replantearse qué parte del capitalismo sigue vigente cuando el poder político tiene la capacidad para nombrar a los empresarios nacionales y para impedir que se compre y se venda libremente en el interior de nuestro mercado.

Un seguro para crear inseguridad

 

También asistimos la semana pasada a la creación, por parte de la Comisión Europea, de un supuesto seguro contra el desempleo, destinado a todos aquellos trabajadores que perdieran su ocupación como consecuencia de la globalización.

Como ya vimos, nuestro continente sufre de un incesante goteo de empresas que abandonan la Unión de Repúblicas Socialistas Europeas buscando zonas menos intervencionistas. La brillante solución que han pergeñado las privilegiadas mentes de los eurócratas no ha sido otra que incrementar el intervencionismo y el parasitismo laboral.

Aparte de que los políticos llaman "seguro" a un montante de dinero que no sigue los principios actuariales (ya que el fenómeno del desempleo no es asegurable), resulta irónico que pretendan vendernos una mayor seguridad frente a la pobreza, cuando en realidad sus tejemanejes sólo promueven la ruina de la economía y la huida de Europa.

Como si de una pesadilla orwelliana se tratara, bajo el nombre de la seguridad se esconden los bandidos estatistas de toda cepa, cuyo único objetivo es multiplicar nuestra inseguridad.

 

La censura fallera

 

Por último, y para que veamos que el liberticidio no es patrimonio exclusivo ni de la Administración española ni de la burocracia bruselense, sino más bien obra y pecado de la clase política en su conjunto, no puedo dejar de mencionar la bravuconada antiliberal que el Consistorio valenciano ha venido practicando durante los últimos días en relación a las Fallas.

Como sabrán, la fiesta fallera siempre se ha caracterizado por una ácida crítica hacia todas las situaciones sociales. Ni políticos, ni religiones, ni personajillos rosas o amarillos se han librado del sarcasmo hecho cartón. Sin embargo, el Ayuntamiento valenciano, en su cruzada alianzocivilizadora (véase, en una desbocada obsesión por censurar toda opinión que no se adapte a su estrecho paradigma de la corrección y de la moralidad), ha presionado a los artistas y a la Junta Local Fallera para que autocensuren todas aquellas referencias al Islam.

Incluso en medio de este papanatismo dirigista, los concejales del PSOE han mostrado su mejor cara –lo cual parece una especie de prodigio de Alá–, al criticar la pérdida del "sentido de la realidad" de los populares. Quizá más de un Zerolo debería hacérselo mirar.

Conclusión

 

Los políticos siguen vendiéndonos la moto de la Europa de las libertades. Mientras creamos que todos sus dislates son propios de la flexibilidad de la democracia, seguiremos tragando y padeciendo una mayor opresión política.

La Unión Europea es un artificio inútil, un mastodonte que adormece a los empresarios, corrompe a los trabajadores y censura a los elocuentes. Lejos de protegernos de nuestros propios políticos, ha estimulado la reproducción de los liberticidios.

Una sociedad libre no puede reposar sobre estos mimbres; la cesta de canalladas está cada día más repleta. Sólo el capitalismo, la ampliación de nuestra libertad en todos los ámbitos, puede desembarazarnos del cada día más pesado yugo burocrático; sólo en el mercado nuestra libertad no dependerá de la arbitrariedad privilegia de una manada de lobos hambrientos. Mientras tanto, el poder político sigue alimentándose a nuestra costa.