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El mal gobierno que promueve el Estado

Todos esos papeles pueden ser desempeñados en régimen de monopolio por el Estado. Las agencias burocráticas y los comités de planificación serían los encargados de descubrir y dar respuesta a las necesidades de las personas. El individuo, para ser feliz, sólo tendría que someterse a las leyes históricas que los planificadores hayan descubierto de manera científica. La única misión de cada ser humano consistiría en obedecer y acatar los mandatos del Estado.

De hecho, las personas creativas, innovadoras e independientes representan un peligro y un obstáculo para los planes unívocos. Cada individuo debe mantenerse, como en un campo de batalla, en la posición determinada por el Estado: cualquier disensión del plan general constituye un acto de sabotaje. No debe haber alternativa para el individuo.

Y es que, cuando el socialismo saca a relucir su tirria contra los empresarios, no deberíamos reducir la definición de empresario a ocupante del escalafón más alto de una gran corporación. Todos nosotros, en distinta medida, ejercemos la función empresarial, esto es, utilizamos nuestra capacidad innata para descubrir las oportunidades de ganancia.

Al buscar ofertas o buenos productos, al ayudar a un amigo, al dar consejos o al informarnos sobre las previsibles consecuencias de nuestras acciones estamos tratando de anticipar el futuro y solucionar los eventuales problemas de coordinación social: estamos actuando como empresarios. La figura del empresario es, por tanto, central para la convivencia humana.

La socialdemocracia, aun cuando afirme haber rechazado el comunismo, mantiene esta desconfianza hacia los individuos y la sociedad, esto es, hacia los empresarios. El Estado sigue siendo considerado un mecanismo adecuado para solucionar los problemas y los conflictos entre las personas; la educación, la sanidad, la seguridad, las catástrofes, el mercado de trabajo, incluso los medios de comunicación, son ámbitos donde los socialistas afirman que la regulación y el control público deviene imprescindible.

Al igual que en la URSS, la obsesiva regulación del Estado limita el ejercicio de la función empresarial. Los sectores donde el Gobierno aplasta a los empresarios con su pesada bota sufren un fuerte retroceso en su capacidad para satisfacer a los individuos. Allí donde el Estado interviene la empresarialidad no puede ejercitarse, de manera que la innovación, las mejoras y las adaptaciones a las necesidades de las personas se paralizan casi por completo.

Así, por ejemplo, Mariano Rajoy estuvo bastante acertado esta semana cuando criticó el Estatut de Cataluña por arrebatar el poder "a los ciudadanos de Cataluña, a los empresarios y a la sociedad dinámica". Lástima que una cosa sea predicar y otra dar trigo.

Pero, en efecto, las peores consecuencias de leyes intervencionistas como el Estatut es que traspasan la capacidad de elección de las personas a los políticos, esto es, nacionalizan nuestra libertad. El poder de los empresarios consiste en ofrecer a los consumidores mejores productos y servicios, en solucionar los problemas de la gente y en dar ejemplo de cooperación al resto de las personas. El poder de los políticos, en cambio, pasa por imponer coactivamente sus decisiones a la ciudadanía; los problemas, en lugar de solucionarse, se crean, y el ejemplo ofrecido al resto de la humanidad consiste en expoliar al prójimo. Si el ideal del empresario es el genio creador, el ideal de político es la garrapata: uno enseña a servir a los demás; el otro, a vivir a costa del resto.

Con poco más de un tercio de todos los recursos, los empresarios son capaces de sostener económicamente todo el ineficiente y mastodóntico sector público (no olvidemos que el Estado no tiene recursos propios y que toda su financiación procede de la sociedad) y, además, producir todo aquello por lo que juzgamos que vale la pena vivir. Piense que todo lo que tiene a su alrededor, desde los elementos más insignificantes hasta los bienes más importantes, ha sido producido por empresarios inteligentes que anticiparon sus necesidades.

El contraste es demasiado evidente como para que incluso la ceguera socialista pueda negarlo. De ahí que el Estado necesite engañar a la ciudadanía para que no se dé cuenta del horroroso atropello que está cometiendo. El pueblo necesita seguir creyendo que el Estado es el sustrato de la sociedad, el requisito de la seguridad y el bienestar.

Para ello no sólo precisa adoctrinar a las personas en las bondades del estatismo, también necesita corromper, adormecer y absorber a la clase empresarial. Si éstos se vuelven tan torpes e ineficientes como el Gobierno no habrá peligro de que los ciudadanos despierten de su ilusión socialista. Los empresarios tienen que comportarse como el Estado para que éste pueda respirar tranquilo.

El Código del Buen Gobierno que la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ha preparado para las empresas españoles que cotizan en Bolsa parece dirigirse decididamente hacia semejante objetivo. Ya de entrada sorprende que el Estado, paradigma del caos y la ineficiencia, tenga que imponer a las empresas conductas que aseguren su buen gobierno: un paralítico llevando en brazos a un atleta, un ciego ejerciendo de oftalmólogo.

Pero es que, además, las empresas no necesitan que nadie les imponga coactivamente ningún código de conducta. ¿Acaso su buen gobierno no se revalida diariamente ante sus consumidores y accionistas? ¿Acaso el mal gobierno no va acompañado –a diferencia de lo que sucede con el Estado– de la aparición de pérdidas empresariales y del riesgo cierto de desaparecer del mercado? ¿Qué misión puede tener, por tanto, este Código del Buen Gobierno salvo enredar hasta lo indecible?

Si bien es cierto que, en buena medida, el Código no resulta de aplicación coactiva, su no acatamiento deberá justificarse ante la CNMV, como si de un redentor se tratara: "El principio de ‘cumplir o explicar’ deja a la responsabilidad de la sociedad cotizada seguir o no las recomendaciones del Código, pero le exige que, cuando no las cumpla, explique el motivo pública y razonadamente, para que los accionistas y mercados puedan juzgarlos".

En otras palabras, cuando una empresa no se someta a los arbitrarios dictados de la CNMV deberá autoflagelarse, ante al escarnio y el griterío público. La imagen que pretende transmitir el Estado es que todas las empresas que no acepten su código de buen gobierno se están comportando de un modo incorrecto (su gobierno es malo); la sociedad debe mirarlas con recelo y rechazo.

Así, por ejemplo, una de las recomendaciones más conocidas es la de incrementar el número de mujeres en los Consejos de Administración de las empresas ("Cuando sea escaso o nulo el número de consejeras, el Consejo deberá explicar los motivos y las iniciativas adoptadas para corregir tal situación"). Claramente, la CNMV pretende endosar el sambenito de la misoginia a toda compañía cuyo Consejo sea mayoritariamente masculino.

La propuesta, como el resto del Código, no tiene ni pies ni cabeza. La misión del empresario es servir al consumidor y maximizar, de esta manera, el valor del accionista; el empresario no es un rentista ni un funcionario, su puesto no es un privilegio ni una concesión política, sino una posición sujeta a su correcta actuación. Los Consejos de Administración tienen que estar compuestos por las personas más habilidosas y perspicaces, sean éstos hombre o mujeres.

La recomendación de la CNMV presiona para que haya mujeres en el Consejo aun cuando no sean las más adecuadas para ocupar ese puesto; en otras palabras, el Estado pretende reducir el bienestar del consumidor y el valor del accionista por consideraciones meramente sexuales.

Si una mujer o un hombre quiere ocupar un puesto en un Consejo de Administración deberá demostrar su valía y su capacidad. Las empresas no deben ser el campo de operaciones de la progresía patria: ningún empresario tiene derecho a ocupar su puesto al margen de la voluntad soberana de consumidores y accionistas. Tampoco las mujeres.

Con este código la CNMV pretende corromper a las grandes empresas españolas, para que se burocraticen y se conviertan en pequeños apéndices del Estado. A la CNMV no le importan lo más mínimo los consumidores y accionistas: es un matón político al servicio del Estado. Su labor supervisora resucita la vieja tradición totalitaria de los tribunales políticos, cuyos jueces son nombrados a dedo por el Ejecutivo; un organismo inquisitorial que nunca debería haberse creado y cuyo mejor destino sería el vertedero municipal.

En una ocasión, Murray Rothbard le preguntó al gran economista liberal Ludwig von Mises a partir de qué momento podríamos afirmar que un país ha abandonado el capitalismo y ha adoptado un sistema socialista de planificación centralizada. Mises, sin dudarlo, le contestó que una economía podía considerarse socialista cuando la Bolsa hubiera sido nacionalizada por el Gobierno.

En España uno de los brazos del Estado, la CNMV, se encarga de supervisar y controlar la actividad empresarial de las empresas que cotizan en Bolsa, esto es, tiene como misión indicar quiénes pueden ser empresarios y cuál debe ser su comportamiento. Desde luego, no podemos hablar de nacionalización, pero sí de intensa vigilancia e intervención estatal.

El Estado necesita tapar su mal gobierno, sus vergüenzas e ineficiencias; nada mejor para ello que corromper a toda la sociedad, comenzando por las empresas, a las que, hipócritamente, les impone un Código del Buen Gobierno.

No deberíamos pensar que este tipo de medidas no nos afectan en absoluto a los individuos de a pie: como ya hemos visto al principio, todos somos en buena medida empresarios. Los Códigos de Buen Gobierno de hoy pueden convertirse en las leyes de buena ciudadanía de mañana. Basta con dejar que el Estado prosiga caminando en su senda totalitaria, con seguir creyendo ingenuamente en la bondad de los organismos socialistas como la CNMV.

Anti-izquierdismo instintivo

Roderick Long denomina anti-izquierdismo instintivo a la actitud, extendida entre los liberales, de rechazar de forma mecánica ciertas posiciones por estar tradicionalmente asociadas a la izquierda, al menos aquellas que no se derivan con facilidad de los principios liberales. En palabras de Long: “La infección del anti-izquierdismo instintivo –la costosa herencia de los liberales tras su prolongada alianza con los conservadores en contra de la genuina amenaza del socialismo de Estado– toma distintas formas en distintos sectores del movimiento liberal: indulgencia con el corporativismo aquí, indulgencia con el militarismo allí, indulgencia con el chauvinismo hombre-blanco-hetero allá”. El influjo del conservadurismo se observa también en la tendencia de algunos liberales de parcelar la libertad y poner el acento en los aspectos económicos relegando a un segundo plano las llamadas “libertades personales”.

La mayoría de liberales, como mínimo en España, son de ascendencia conservadora, y muchos entienden su paso del conservadurismo al liberalismo más como una evolución lógica que como un giro revolucionario. Eso explicaría su inclinación a coaligarse con la derecha y el origen de las secuelas que apuntábamos antes. Si bien no está fuera de lugar que un liberal se considere derechista (si por “derecha” concebimos algo completamente distinto a lo que se conoce hoy por “derecha”), los liberales no deberíamos permitir que un anti-izquierdismo mal entendido, este anti-izquierdismo instintivo al que aludía Long, nos restara autonomía y nos hiciera dependientes de la agenda de otros movimientos ideológicos.

Es peligroso pensar en el liberalismo como un negativo de lo que predica la izquierda y no como una filosofía política que extrae sus conclusiones exclusivamente de sus propios principios. No debemos posicionarnos como reacción a la izquierda porque entonces estaremos interiorizando sus errores y desechando irreflexivamente sus aciertos. No suavicemos la crítica a las grandes corporaciones cuando corresponde sólo porque sean el blanco preferido de la izquierda. El empresariado no es la minoría más perseguida de América, como decía Rand, sino uno de los colectivos más beneficiados por las prebendas estatales. No dejemos de entonar el “no a la guerra” porque lo coree también la izquierda. La guerra es la salud del Estado; la preservación de la libertad interior requiere una política aislacionista y para que avance la libertad en el extranjero es necesario que crucen las fronteras las mercancías y no los soldados. No tildemos de capitalista a Estados Unidos solo porque así lo cataloga la izquierda para atacarlo. A los liberales norteamericanos les asombraría saber que hay quien considera que en su país el mercado apenas está intervenido. No defendamos a Bush porque la izquierda le fustiga sin descanso. Fustiguémosle también, pero por socialista, por ser el presidente más pródigo con el dinero ajeno desde Lyndon Johnson y por seguir los pasos de Lincoln y no de Jefferson. No sacralicemos la nefasta Constitución Española o la unidad de España solo porque el PSOE y sus socios pretendan socavarlas. Tampoco el que la extrema izquierda tachara de ultraliberal la Constitución Europea era una razón para dejar de repudiarla por dirigista, y la secesión siempre ha estado estrechamente vinculada al liberalismo. No nos abstengamos de censurar al Partido Popular porque afirme ser “la oposición”. En este país no hay oposición al intervencionismo.

Es importante desarrollar los principios liberales prescindiendo de dónde vayan a situarnos las conclusiones en el equívoco eje izquierda-derecha. Los liberales no debemos ser un frontón que devuelve inerte las pelotas sino un púgil activo que golpea con todo su cuerpo y aprende de su contrincante, haciendo suyos los movimientos de éste cuando los juzga valiosos.

El exterminador nuclear

¿Cuál fue la prestación de Cataluña que llevó al resto de España a aceptar una obligación que acaban de descubrir Artur Mas y Zapatero? ¿En qué momento se firmó el préstamo, con qué firmantes? ¿Cuáles fueron los términos? ¿Cuál es la historia de la deuda histórica?

Este descubrimiento de Mas y Zapatero no es sino una forma de acuñar en una expresión cursi el coste en inversiones en Cataluña del acuerdo sobre el texto del nuevo Estatuto. Y muestra con toda su crudeza en qué consiste la política: actuar como mecanismo redistributivo que le quita renta y riqueza a unos y se la transfiere a otros, con peaje para la propia clase política. También consiste en discriminar entre distintos grupos para tener el poder de decidir quién sale ganando y quien no, y sacar de nuevo tajada de ese poder. En eso consisten el Estado y sus gestores.

El robo, la extracción coactiva de la renta y la riqueza, recibe el nombre de “impuestos”. Como limitarse a sacarle jugo a los trabajadores y emprendedores les llevaría a la rebelión, el Estado y la política han ido aprendiendo con la historia y su estrategia ha variado con el tiempo. El robo desnudo se convierte en la redistribución a distintos grupos, en función de su poder e influencia, que una vez en el juego se ofrecen para apuntalar al entramado estatal. Según cambien las circunstancias históricas, los grupos o sectores sociales con mayor influencia se llevan una cuota mayor de poder o de participación en el botín. La transferencia suele hacerse de grupos desorganizados a grupos organizados. En el caso de la España de Zapatero (junto con otros grupos), la ventaja ha sido tomada por la Generalidad y su entorno. Y no se olvide que, a diferencia de una sociedad de libre mercado, en el juego de los robos y las transferencias políticas no hay ni armonía de intereses ni aumento de la prosperidad para todos. Aquí lo que se lleva uno es a costa de los demás. Adivine quién pagará la “deuda histórica”. No mire muy lejos.

Como la alianza entre distintos grupos para sostener el enorme mecanismo de distribución de riqueza no es suficiente para mantenerlo a largo plazo, es necesario un elemento más: la legitimación. El reparto de un botín es mucho más eficaz si uno es capaz de legitimarlo ante la sociedad. Y poco hay mejor para ello que hablar de conceptos metafísicos, e incluso metahistóricos como los que utiliza el nacionalismo. “Deuda histórica” es un buen ejemplo.

La deuda histórica

Quizá usted no lo sepa, pero hoy en día hay personas que se pueden ganar la vida jugando al ordenador. De hecho, es un mercado lo suficientemente jugoso como para atraer no sólo a profesionales liberales, sino a empresas especializadas. Existe un tipo de videojuegos en los que, además del juego en sí, se paga una suscripción para entrar en el mundo virtual en el que éste se desarrolla y en el que se encuentran todos los demás jugadores que lo han adquirido. En él podremos formar equipos con otros jugadores, realizar misiones, matar bichos malos y feos o adquirir experiencia y objetos que nos puedan ayudar en nuestras correrías. Y ahí está la clave: existe una incipiente industria consistente en conseguir dichos objetos y venderlos a los jugadores a cambio de dinero real, contante y sonante.

Aunque al comienzo estos tratos fueran realizados de forma más o menos individual, emprendedores de países con salarios bajos, principalmente chinos, se han dado cuenta de que pueden explotar esa diferencia salarial creando empresas dedicadas a contratar jugadores chinos, que se dedican exclusivamente a conseguir objetos virtuales del juego para venderlos por dinero real. A esta actividad se la denomina gold farming. Desgraciadamente, la necesidad de estos trabajadores de cumplir sus cuotas les lleva a actuar dentro del juego de una forma tremendamente fastidiosa para los demás. No tienen incentivos para que sus personajes virtuales mejoren con el tiempo o establecer relaciones de confianza con otros jugadores; sólo desean obtener esos objetos, por ejemplo, atrayendo monstruos para que maten a los demás miembros de su grupo y así quedarse con sus pertenencias.

Este problema ha llevado a muchos jugadores de habla inglesa a actuar como racistas, discriminando por medio del lenguaje. Cuando un jugador pide unirse a un grupo, se le hace un par de preguntas, buscando fallos ortográficos o gramaticales; si los encuentran, los rechazan sin más. Los prejuicios han entrado en el mundo del juego por Internet. Desgraciadamente, es algo que crecerá si las empresas creadoras de estos videojuegos no consiguen reducir la práctica del gold farming, porque es un comportamiento racional. Edmund Burke, aún reconociendo que el prejuicio podía degenerar en superstición, lo definía como “la respuesta que dan la intuición y el consenso ancestral cuando el hombre carece del tiempo o del conocimiento para llegar a una decisión basada en la pura razón”. Y la experiencia en el mundo virtual de estos videojuegos lleva a los jugadores expertos a no confiar en jugadores de habla no inglesa, a falta de otra información. Por muy injusto que sea para los jugadores chinos honrados, es perfectamente racional.

Salvando las enormes distancias, es lo mismo que sucede si, caminando de noche y solos, nos cruzamos por la calle con una persona a la que no conocemos. La sensación que uno siente es bien distinta si esa otra persona es una mujer española a si es un varón magrebí. ¿Por qué? Es sencillo: los hombres son nueve veces más peligrosos que las mujeres y, además, los varones magrebíes son siete veces más peligrosos que los varones españoles. Aunque las cifras concretas nos sean desconocidas, los casos reales que conocemos nos hacen intuirlas: por eso, siempre a falta de otra información, actuamos en base a ellas. Nuestros prejuicios no se reducen al sexo y la raza, claro; los tatuajes y la indumentaria también cuentan, por ejemplo. Los patrones norteamericanos del siglo XIX colgaban carteles indicando que no era necesario que los irlandeses, tan blancos como ellos, pidieran trabajo porque no se lo iban a dar. Aunque injusto con los irlandeses trabajadores y abstemios, los numerosos borrachos y pendencieros de esa procedencia les llevaron a actuar según ese prejuicio.

Eso sí, mientras los progres se pasan el día machacándonos con lo peligrosos que somos los hombres en todos los medios de comunicación a su alcance, insultan a todo aquel que se atreve a insinuar que quizá los inmigrantes también lo sean. Desgraciadamente, ambas cosas son ciertas en lo general y, a la vez, tremendamente injustas en los casos particulares. Entre el millón y medio de jugadores chinos del World of Warcraft, la inmensa mayoría no trabaja en la industria del gold farming, pero entre dichos trabajadores, la mayoría son chinos. Mark MacKay pide a los jugadores que “tengan la mente abierta y confíen un poco más en los demás”. Pero, mientras tanto, mantiene un sitio web dedicado a listar los precios de los objetos en venta más comunes. Si hay una industria pujante en el mundo es, desde luego, la hipocresía.

Discriminación racial en mundos virtuales

Los “analistas” de los medios de comunicación se pelean por décimas o como mucho por puntos y no se atreven a decir la verdad. Lo que es aplicable a estos “expertos” también procede para los políticos de la oposición. En ocho años el PP hizo míseros recortes impositivos mientras aumentaba la presión fiscal.

Y es que como relata el cuento el rey no va vestido con finas sedas, sino que está desnudo. Sólo hay una sola reforma válida del IRPF e Impuesto de Sociedades: su anulación absoluta y en el menor tiempo posible, porque si los impuestos nos perjudican de aquí a uno, dos, tres años también lo hacen ahora; no tiene sentido perpetuar el mal. Pero tal medida iría contra los intereses del estado y por lo tanto que un político lo haga efectivo es imposible; los políticos siempre barren para casa, sólo eso les da dinero y poder.

Por ejemplo, Solbes en sus declaraciones sobre la reforma se ha preocupado más en los efectos que representa para el estado que para el ciudadano, entre 4.000 y 5.000 millones de euros. En realidad esa cifra no es ningún problema para el estado ya que puede cubrirla rápidamente aumentando el déficit, y ya sabe, el déficit de hoy es la deuda de mañana y más impuestos para pasado mañana. ¿Y los límites de deuda y déficit que dicta la Unión Europea? Por favor, qué risa. Miren Alemania y Francia lo rigurosos que son con sus objetivos.

Pero, ¿cómo puede ser que hagan una reforma fiscal y la prioridad sea la estabilidad del estado frente a la del ciudadano y economía privada? Más dinero para el estado es menos riqueza para la gente, con todas las evidentes consecuencias lógicas que esto provoca en la estructura económica y capacidad productiva.

Recuerde, con lo que el estado recaudó el año pasado en impuestos al tabaco se podría haber pagado todo el presupuesto de Defensa, que es una pequeñísima parte de los gastos totales del estado. Es ridículo pensar que la expropiación de nuestro dinero ganado con trabajo es para el bien común porque el bien común es el mismo que el bien individual. Quien nos intenta incautar nuestra propiedad por cualquier motivo, ya haga referencia a los sentimientos o falsos tecnicismos, no es más que un ladrón. Usted no paga impuestos para su bien o de forma voluntaria, los paga por miedo a las represalias del gobierno, así, el gobierno actúa igual que la mafia, extorsiona a la gente para defendernos de él mismo.

Fíjese que las medidas que “perjudican” los intereses del estado son pragmáticas, conservadoras, progresivas, prudentes… Es decir, son tan light que casi no tienen efectos positivos para nosotros. Es lo que ha pasado con la reforma del Impuesto de Sociedades que será “progresivo”, “prudente”… hasta el 2011, lo que significa que no se hará; porque ¿y si el PSOE no está en el gobierno en el 2011? Y aunque lo apliquen, su modificación es minúscula. En cambio, las medidas que van a favor del estado para robar la propiedad y libertad a la sociedad civil siempre son radicales e inmediatas: la ley antitabaco (ahora subirán además los impuestos), los nuevos controles opresivos de blanqueo de capital o las directivas de la CNMV son fantásticos ejemplos. Eso no sucede sólo en España, mire las medidas de Bush y Blair para aumentar la “seguridad”, son un auténtico linchamiento a la libertad individual para traspasarla al estado. ¿Y donde está la promesa de Bush de “gobierno limitado”? Aún se debe estar riendo.

No seamos tan ilusos y pedantes como los “expertos” y “analistas” de los medios de comunicación tradicional: ¡el rey va desnudo! Los impuestos son un robo contra nuestro trabajo y propiedad que actúan como un parásito sangrante en la estructura productiva de la economía matando nuestros logros y aspiraciones materiales, obligándonos a endeudarnos, llevándose empresas fuera de nuestras fronteras y creando fuertes barreras de entra para la innovación y propiedad. Todo hombre decente debería avergonzarse del gobierno bajo el que vive.

El apetito voraz del estado

Esto lo dice el mismo que afirmaba que la guerra de Irak era innecesaria, injusta e ilegal al tiempo que su ejército llevaba a cabo bombardeos en Costa de Marfil. En fin, todo un hombre de estado.

Una de las principales características de las armas nucleares es que no pueden discriminar. Se llevan por delante a todos. Tanto a culpables como a inocentes. La teoría de la guerra justa desarrollada por los pensadores escolásticos españoles del Siglo de Oro entendía la posibilidad de discriminación como una condición necesaria para que una acción bélica pueda ser considerada como justa. Cuestión de disputa es si se comete un error utilizando medios que permiten la discriminación y mueren personas inocentes. Pero el caso de Chirac no tiene discusión porque lo que plantea es acabar con gobiernos terroristas a través del exterminio de su población civil. Y no sería muy descabellado aventurar que en ese caso serían precisamente los gobernantes quienes sobrevivirían. Ante los problemas de la maquinaria militar estatal para frenar el fenómeno del terrorismo internacional, el gobierno francés ha decidido dar un paso más en su particular interpretación de la justicia y amenazar a toda la población de los países cuyos gobiernos apoyen el terrorismo.

¿Por qué no se limita el gobierno francés a amenazar a esos gobernantes con lanzarles un misil convencional en plena reunión ministerial? ¿Existe una especie de acuerdo tácito por el cual los gobernantes se respetan mutuamente hasta en la guerra y juegan la partida con los recursos y la vida de su población? ¿Qué sentido tiene amenazar a millones de inocentes con la justificación de que sus gobernantes apoyan el terrorismo?

Responder a estas cuestiones es responder a la razón por la que el mundo pasó de asistir a guerras de guerreros a horrorizarse y sufrir con la guerra total. Con anterioridad a la revolución francesa las guerras podían durar décadas o siglos y la población civil casi no se enteraba. Es con el surgimiento del estado moderno y su capacidad para detraer recursos de los individuos mediante fórmulas coactivas cuando surge la guerra total.

A partir de finales del siglo XVIII la población de un país enemigo que ha instaurado la conscripción pasa a ser objetivo militar. Al fin y al cabo con la aparición del reclutamiento forzoso todos los varones se convertían automáticamente en un recurso militar. En el siglo XX, el avance tanto del impuesto sobre la renta como, sobre todo, la inflación sin frenos como medios para financiar las guerras reforzarían la idea de la población civil como objetivo militar. Después de todo, si el estado enemigo se financia mediante el robo de poder adquisitivo a de todos sus habitantes a través de la inflación, todas las personas que vivan bajo esas leyes de curso forzoso se convierten en parte de quienes nos agreden.

En definitiva, es el estatismo el que ha puesto a los inocentes en el punto de mira de la guerra. Desde el levée en masse del Comité para la Salvación Pública de Robespierre hasta la amenaza de Chirac de usar armas nucleares contra el terrorismo, la justicia y el respeto por la libertad individual no han hecho más que disolverse en el ácido del estatismo.

Un troyano llamado ONG

Cuando la gente de buena fe lee las siglas ONG piensa en instituciones independientes cuyos miembros y simpatizantes dan su tiempo y sus recursos para tratar de hacer el bien a lo largo y ancho del mundo. No quiero negar que tales organizaciones puedan existir. Sin embargo, esas tres siglas esconden de forma habitual a las organizaciones más estatistas y, por lo tanto, enemigas de la libertad individual que uno se pueda encontrar. Paradójicamente las ONG´s suelen ser las organizaciones más financiadas así como las más influenciadas por los gobiernos. Simultáneamente, uno se encuentra bajo ese paraguas con toda clase de organizaciones paragubernamentales candidatas a edificar o controlar aparatos estatales.

Por fortuna, en los últimos años se ha ido abriendo paso la verdadera naturaleza de la mayor parte de estas organizaciones y su imagen es cada vez menos inmaculada. Todo el mundo ha podido comprobar la hipocresía del movimiento anti-globalizador, constituido en torno a una marea de ONG´s, que se auto erige en defensor de los pobres mientras que les aplasta con barreras comerciales. También resulta cada vez más patente que las ONG´s del movimiento ecologista y neomalthusiano adoran los microbios y detestan al hombre. Todo esto ha provocado que más de uno se plantee primero cómo se financian estos chiringuitos y, después, cómo es posible que sus impuestos hayan ido a parar a esas manos.

La N no la llevan entre la O y la G porque crean que la solución a los problemas sociales está en la esfera de las relaciones voluntarias y privadas. En absoluto. Lo que ocurre es que piensan que no son los gobiernos sino ellos quienes han de gastar el dinero de los ciudadanos; al menos hasta que ellos hayan tomado el gobierno. Por otra parte, la relación entre las ONG´s y los gobiernos es de refuerzo mutuo. El estado crece y se crece al calor de las ONG´s, y tanto el poder como la financiación de las ONG´s crece a la sombra de los gobiernos. En nuestro país esta simbiosis se ha podido comprobar con la organización Solidaridad Internacional. Su presidenta, Leyre Pajín, fue nombrada secretaria de estado de cooperación internacional. Acto y seguido, su antigua organización pasó de ser la séptima a ser la segunda más agraciada con las dádivas públicas. Pero, al mismo tiempo, la legitimidad extra que otorga una “altruista” como Pajín sentada en el sillón oficial ha ayudado a expandir el presupuesto de la secretaría.

Sin embargo, lo de las ONG´s tiene todavía más tela. Hace tiempo que se convirtieron en pieza clave no sólo para aquellos colectivos que quieren financiar sus actividades con el dinero del prójimo sino para aquellos cuya finalidad es someter a la ciudadanía a sus desvaríos particulares a través de la conquista del estado. No hay más que echar un vistazo al entorno de ETA o al de las reuniones del Foro Social para comprobarlo. También Al Qaeda, como organización estrella del firmamento terrorista, ha comprendido perfectamente la importancia de las ONG´s para financiarse y llegar a controlar los estados. En España, con anterioridad al 11-M la policía había identificado a 10 organizaciones benéficas de carácter humanitario infiltradas por el terrorismo islámico. De hecho se sabía que Al Qaeda no sólo había infiltrado ONG´s en territorio español sino que había logrado crear sus propias ONG´s pantallas y lograr el apoyo de otras amigas. Su red de ONG´s ha debido de ser tan amplia a escala internacional que la grupo terrorista ha tenido un coordinador para estas organizaciones.

Resulta evidente que una gran parte de las ONG´s se han convertido en el coladero de los nuevos totalitarismos. Las revueltas incendiarias del año pasado en Francia no se entienden sin la estructura organizativa de las ONG´s. Aquellos sucesos fueron una demostración de su elevado nivel de organizativo y de hasta qué punto han tenido éxito. Se han convertido en estados dentro del estado. Y si vivir bajo el poder de un estado ya es sofocante, hacerlo bajo el de dos no hay quien lo aguante. Se presentan con una tarjeta de visita que le integra en el ámbito privado de la sociedad cuando, en realidad, la mayoría sólo pretende destruirlo. Se trata de un troyano para el que sólo hay un antivirus: El liberalismo.

El letargo mortal

¡Despierta […] de tu letargo mortal
En que te han hundido los bárbaros tiranos
¡Ahora o nunca debes forjarte otro destino
Que admiren incluso tus crueles enemigos!

Ésta es la primera estrofa del himno nacional rumano. Cuando, por fin, consiguieron liberarse de la dictadura socialista, los rumanos en masa recuperaron esos añorados versos compuestos por Andrei Mureşanu. Los rumanos habían aprendido a las malas la trágica lección de su himno decimonónico.

Uno de los efectos más perversos y, sin embargo, más olvidados de los regimenes opresivos es el de aletargar el espíritu humano. Lo último que deseará tu amo, o cualquier otro tipo de enemigo que puedas tener, es verte atento y vivaz. El primer objetivo de quien se crea mejor capacitado que tú para decidir tu propio futuro será el de quitarte el ansia de decidir tu propio destino.

No ansíes acumular tanta riqueza, nosotros ya nos aseguraremos que no te falte de nada. No ansíes consumir tal bien o tal servicio, sabes que no es bueno para ti. No ansíes tener tratos con tal persona o grupo de personas, no son de los nuestros y su influencia sólo puede dañarnos. No ansíes comunicarte en según que idioma, aquí hablamos así. No ansíes defenderte, nosotros ya nos aseguraremos de que nadie te moleste. No ansíes comprenderlo todo, nosotros ya nos encargamos de que haya expertos en cada área del saber.

El bombardeo de órdenes, prohibiciones, chantajes, amenazas y torturas llega a tal punto que es imposible esquivar tanta maldad. Lo fácil es entonces acomodarse a la situación y evitar problemas. A cambio de conseguir la seguridad en la oscura mazmorra uno llega a renunciar a ver el sol. Y alguno incluso se alegra de que graciosamente le protejan de sus quemaduras. Es preciso notar entonces que el tirano no ha juntado su ejército por méritos propios sino por la inacción de sus súbditos o, como decía Burke, sólo es menester para que triunfe el mal que los hombres buenos se abstengan de actuar.

Y aún así, la estrategia del tirano está abocada al fracaso pues su ejército de maniatados sobrevivirá, como mucho, mientras no tenga que enfrentarse a una milicia de hombres libres. Es más, el anhelo de plenitud, de ser plenamente uno mismo, es difícil de extinguir. Y, sistemáticamente, esa llama interior exhorta a cada uno a despertarse del letargo y forjarse su propio destino. Es entonces cuando uno empieza a desprenderse de esa verdadera tutela odiosa. Con cada imposición de la que uno consigue zafarse, se ganan nuevas oportunidades para la mejora personal.

Y es sólo el hombre empeñado en mejorar el único que puede ser generoso con los demás ofreciéndoles el ejemplo a seguir o la colaboración para avanzar. Con gente así, se consiguen fácilmente resultados que serían de otra forma impensables. No el petróleo, ni el uranio, ni el agua, ni el oro, sino el hombre libre, como decía Julian L. Simon, es el recurso definitivo. Pero eso, las naciones ricas han sido siempre las que han observado los versos grabados a los pies de la Estatua de la Libertad: Dadme vuestros cansados, vuestros pobres / Vuestras hacinadas masas que anhelan respirar libres / Los miserables despojos de muestra costa rebosante / Enviadme estos, los que no tienen hogar, los zarandeados por las tormentas / Alzo mi lámpara junto a la puerta dorada.

Son estos, los que se aferran a su anhelo de libertad los únicos capaces de crear prosperidad para todos. Son estos y no los intelectuales ni los reyes sabios los únicos capaces de desencadenar un Wirtschaftswunder, o milagro económico, aunque después sean los demás los que reclamen el botín. Ya lo decía Ludwig von Mises: “todas las personas, por muy fanáticas que puedan ser en sus diatribas contra el capitalismo, implícitamente le rinden homenaje al clamar apasionadamente por los productos que crea.”

Es curioso, con la de fanáticos empeñados en crear imperios espectaculares y a prácticamente ninguno se les ha ocurrido que lo único que necesitaban para crear una prosperidad sin igual en su tierra era, precisamente lo único que jamás pretendería tener un tirano: hombres libres.

Una sociedad de precaristas

El derecho de propiedad concede a su titular una capacidad de decisión última sobre el objeto de la jurisdicción dominical. El propietario puede poseer, usar, consumir, destruir o enajenar el objeto sin que ningún otro sujeto tenga poder para revocar su decisión.

Los socialistas argumentan que, en realidad, el derecho de propiedad no contiene todas esas facultades, sino que viene limitado por consideraciones de bienestar general instrumentadas mediante el imperium estatal. Como en tantas otras cosas, sin embargo, los socialistas se confunden. Una cosa es que los individuos tengan prohibido ejercer el derecho de propiedad y otra, muy distinta, es que este derecho de propiedad absoluto no sea ostentado por nadie.

Por necesidad fáctica, siempre existirá un poder de decisión última sobre los recursos. De hecho, los socialistas atribuyen esa facultad al Estado y sus órganos administrativos. No se trata, pues, de que el derecho de propiedad esté limitado, sino de que el Estado ha nacionalizado las facultades del propietario.

Esta afirmación es perfectamente compatible con el hecho de que casi todas las constituciones occidentales reconocen el derecho de propiedad privada. Por un lado porque sigue siendo el Estado quien tasa los modos de adquisición y mantenimiento de esa propiedad. Por otro, porque todas las constituciones establecen el interés general o la utilidad pública como límite a los poderes dominicales.

La Constitución española es clara en este sentido: Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general. (art. 128.1).

Los Estados siguen ejerciendo como auténticos propietarios; son ellos los que retienen los poderes de decisión últimos a través de los impuestos y las expropiaciones. Los ciudadanos sólo podemos poseer, usar, consumir, destruir o enajenar nuestras supuestas “propiedades” en tanto el Estado nos permita hacerlo. Quien realmente tiene un poder decisión último es el Estado, no los propietarios nominales.

Los ciudadanos tenemos facultades toleradas por el poder político. Todo acto individual es susceptible de revisión administrativa o judicial, aun cuando sea para declararlo adecuado al derecho que el Estado nos ha impuesto a modo de Carta Otorgada.

Jurídicamente, al individuo que posee por tolerancia o inadvertencia del propietario se le conoce como precarista. El adjetivo procede, obviamente, de que carece de derechos para poseer y, por tanto, su situación es precaria. En cualquier momento el propietario puede revocar su tolerancia anterior y despojar al precarista de su posesión.

Los liberales decimonónicos consideraron que la mejor forma de garantizar la libertad del individuo consistía en dificultar el ejercicio de los poderes dominicales por parte del Estado. Había que colocar cortapisas a su actuación (separación de poderes) y lograr que firmara una declaración de buenas intenciones para con los individuos (Carta de Derechos Fundamentales). Esta ha sido la dual estructura de las Constituciones modernas. Una parte dogmática que recoge unos supuestos derechos tolerados por el Estado y otra parte orgánica que estructura su funcionamiento.

En todo caso, el objetivo de los liberales ha fracasado. El Estado no ha dejado de expandirse en virtud de sus nacionalizadas potestades dominicales. El motivo del fiasco es evidente: el Estado continúa reteniendo las facultades del propietario, por mucho que se trabe su funcionamiento; mientras que los individuos siguen siendo precaristas, por mucho que se alargue y proteja su situación.

La auténtica reforma liberal pasa por enterrar nuestra sociedad de precaristas, alcanzando una sociedad de propietarios, donde el poder de decisión último recaiga sobre el individuo que adquirió pacíficamente los recursos y no sobre los que se atribuyan esos títulos gracias a su arsenal militar.

Igualitarismo: la peor discriminación

El Wall Street Journal publicó recientemente un artículo muy interesante, reseñado por Thomas Sowell para la revista conservadora norteamericana “News Max”, sobre un instituto de segunda enseñanza en Cupertino, Estado de California.

Este instituto exhibe una de las más altas puntuaciones medias de todo el país, debido especialmente a que a él concurre un gran número de estudiantes, hijos de inmigrantes de origen asiático, cuyo rendimiento académico supera en bastante al de la población autóctona. El resultado es que los padres de los niños blancos están trasladando a sus hijos a otros institutos, y algunos de ellos incluso cambiando de vecindario. No es que la raza asiática haya desarrollado espontáneamente un gen que estimula la inteligencia, sino que mientras que los padres de los niños norteamericanos los recogen a la salida del colegio para llevarlos a su partido de fútbol o béisbol, los asiáticos prefieren que sigan un programa de estudio especial tras el horario lectivo. Cuestión de prioridades.

Los inmigrantes que vienen a España, procedentes de países en donde no se habla nuestro idioma, son, por el contrario, en gran parte responsables involuntarios de las altísimas cotas de fracaso escolar de nuestra escuela pública. No por una cuestión de inteligencia, evidentemente, ni siquiera por escaso afán de superación (lo más probable es que sean más conscientes de la necesidad de formarse para de ganarse un puesto en la vida que sus compañeros españoles), sino porque el sistema público español hace del igualitarismo su prioridad. Un niño marroquí de doce años, que no sabe hablar ni leer español, al que se pone en la clase que le corresponde por edad y no por conocimientos, probablemente se sienta muy integrado (eso dice la secta, aunque más bien será todo lo contrario, obligado a escuchar varias horas diarias a los profesores en una lengua que entienden con dificultad), pero su formación será prácticamente nula y cuando acabe la educación obligatoria tendrá serios problemas para desenvolverse en la vida real. Es la peor discriminación de la que puede ser objeto un ser humano.

La pedagogía progre, que abomina de todas las medidas que atenten contra el sagrado dogma del igualitarismo, condenaría la existencia de escuelas especiales para inmigrantes de otras lenguas (no tardarían en llamarlas guetos y racista a quien propusiera la idea), pero es la única manera de que estos niños alcancen el nivel de sus compañeros en el más breve plazo, para lo cual tampoco hay que establecer ningún record, vista la LOGSE y su reciente secuela. Quizás asistiéramos entonces a escenas curiosas, como la del Instituto de Copertino, con los padres de niños españoles trasladándolos a otros colegios, porque los inmigrantes marroquíes y rumanos, cuyas circunstancias económicas suponen un fuerte estímulo de superación, empezarían a situar el nivel académico a niveles de gran exigencia. ¿O es eso quizás lo que se quiere evitar? En todo caso, no cabe mayor ejemplo de racismo que el igualitarismo forzado.