Ir al contenido principal

Así piensan los antitodo

Pero el mensaje real que impulsan los anticapitalistas no es este, la campaña es un medio para llegar a otro fin. Los anticapitalistas sostienen que la diversidad de oferta y la alta división del trabajo nos restan libertad y nos hacen ser las marionetas de los medios de comunicación y empresas. Es el mismo mensaje marxista de siempre pero actualizado.

Lo que no entienden estos grupos, que se sienten alienados y explotados por cualquiera que pase cerca de ellos, es que la diversidad es parte de la riqueza humana. Cada uno de nosotros somos ricos en facultades y actitudes que podemos explotar para beneficiar al resto de la comunidad a cambio de la producción que estas otras personas realizan de forma voluntaria. Prohibir que lo hagan sería esclavizarlos; y expropiarles parte de su producción por fines económicos, sociales o morales sería robarles (irónicamente los impuestos, que tan justos son para los anticapitalistas, se basan en esto). En el sistema capitalista no hay tiranía ni esclavitud, cada uno intercambia y produce según su elección. Si usted es persona de pocas ambiciones no le hará falta trabajar tanto como una que sí lo sea, si a usted no le gusta su trabajo es libre para irse a otro, si usted no quiere comprar algo no tiene porque hacerlo; ninguna empresa le pondrá una pistola en la cabeza para que actúe contra su voluntad.

La respuesta de los grupos anticapitalistas a la libertad suele ser que la sociedad también les condiciona y esclaviza obligándoles a actuar de una forma determinada. El ejemplo más común suele ser el uso del móvil, “si no tengo móvil me siento apartado de la sociedad, el móvil me esclaviza”. La sentencia es falsa. Ni un objeto, ni un ente global, disperso y difuso como la sociedad, nos puede hacer esclavos. Éstos no tienen voluntad propia y por lo tanto no nos pueden obligar a nada.

Toda acción humana, nos guste o no, tiene consecuencias, ya sean sociales o económicas. La reacción de estos grupos a la acción humana es reprimir la responsabilidad y libertad individual abogando por la omnipotencia estatal y por el planificador central que les diga qué hacer, cuándo y cómo. En esta situación no se ha de pensar, sólo obedecer. Su libertad es la esclavitud del resto. Y esta no es la definición de libertad, sino que encaja más en la definición de igualitarismo, socialismo o tiranía.

Afirmar que los pequeños lujos del capitalismo nos hacen esclavos es confundir todos los términos. Usted, quiera o no, tiene control sobre su televisor, éste no le da órdenes para que lo encienda, ningún anuncio nos puede obligar a comprar como unos posesos, su teléfono móvil tampoco le puede obligar a que lo encienda y envíe mensajes a sus amigos o familiares por más promociones que haga su operadora. Otra vez, un objeto material, inanimado y sin voluntad no nos puede esclavizar, sólo las personas individuales pueden conseguirlo mediante la restricción de la libertad individual y de mercado.

Es más, si cree que la televisión le lanza mensajes subliminales para neutralizar su ser puede tirarla a la basura y olvidarse de ella totalmente (yo mejor la vendería); pero si tomamos las medidas de los anticapitalistas, como que el estado apruebe una ley contra su libertad o propiedad por cualquier pretexto social, económico o moral no podrá hacer nada, sino callar y obedecer, revelarse le podrá salir caro.

Aquel que crea que puede conseguir un mundo perfecto impidiendo la acción humana, recurriendo a un visionario económico o social con grandes promesas de igualdad, es un ciego que sólo contribuirá a la destrucción de la libertad y prosperidad de cada uno de nosotros. El comunismo lo intentó, y los resultados fueron nefastos.

Nos libramos de la ONU

Mientras democracias y tiranías debatían si el futuro de la red de redes debía estar en manos de una de las primeras o en las de las segundas, en la calle un periodista de Libération recibía una paliza mientras un equipo de la televisión pública belga era atacado, según su relato, por policías de paisano. Y es que el futuro de la red de redes estaba siendo debatido en uno de los países que con más éxito logra bloquear el acceso de sus ciudadanos a fuentes de información contrarias al poder, según denunció Reporteros Sin Fronteras, lo que supone otra de tantas metáforas que describen esa ONU donde Libia puede presidir la comisión de derechos humanos o Irak la de desarme.

Tan sólo hay un elemento de Internet centralizado y, por tanto, expuesto al control político directo: la gestión de las direcciones o dominios, el “mapa” de las direcciones IP y su conexión con los nombres de dominio como libertaddigital.com. Regímenes liberticidas lo ambicionan porque, en su poder, podrían hacer “desconectar” de la red los nombres de aquellos que les incomodaran. Desde que Al Gore inventó Internet (risas enlatadas, por favor), el mundo ha tenido acceso al medio más libre que haya existido jamás y ha favorecido la aparición de un periodismo disperso que gusta menos a quienes menos disperso tienen el poder. Una gestión del sistema de dominios a cargo de la ONU, como se proponía en esta cumbre, hubiera llevado a aquellos países que más interés tienen en censurar, a poner el máximo interés para estar bien representados en la comisión de gobierno que se pudiera establecer. El siguiente paso sería encontrar buenas excusas, como el interés de la diversidad cultural o la alianza de civilizaciones digital, para empezar a meter mano al sistema.

La buena noticia de que Estados Unidos ha mantenido el control del sistema llevará, tarde o temprano, a la división del sistema de dominios. Actualmente existen poco más de una docena de servidores raíz que mantienen esa conexión entre números IP y nombres de dominio. Es harto probable que alguno de los países que más interés tienen en intentar domeñar la red, posiblemente China, monte su propio servidor raíz y obligue a todos los proveedores de acceso a Internet chinos a emplearlo. Se crearán así varios sistemas de nombres alternativos, aunque las diferencias entre ellos se limitarán, seguramente, a la supresión en las listas de nombres de aquellos sitios web que más aboguen por la libertad. En los países más libres, el sistema seguirá funcionando como hasta ahora.

La cumbre tunecina ha concluido con una declaración vacua y rimbombante que clama por la “solidaridad digital”, o algo parecido, cuyos contenidos a favor de la libertad de expresión incumple incluso el país donde se ha firmado y proclamado. Eso es la ONU, quien la conoció lo sabe.

20 de noviembre

Son muchos los males aún que aquejan a una gran parte de la humanidad. ¿Qué no sufrirán los más desvalidos entre los más pobres? Pero tenemos que reconocer si miramos a las últimas décadas, éstos problemas no solo no han empeorado, sino que han remitido de forma ciertamente espectacular.

El último Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas no tenía más remedio que reconocer que si bien el 40,4 por ciento de la humanidad en 1981 vivía con un dólar o menos al día, el porcentaje había caído en 2001 a la mitad, hasta el 20,7 por ciento. Y todo ello en dólares constantes, es decir, con el mismo poder de compra. La pobreza ha remitido en las dos últimas décadas, de la mano del avance de la globalización. Y los problemas básicos de los niños en el mundo son los mismos de la pobreza. La proporción de personas desnutridas ha caído del 29 por ciento de la población mundial en 1980 al 18 por ciento en 1996. En 1970, después de una mejora secular, todavía el 11 por ciento de los recién nacidos en los países en desarrollo morían antes de cumplir un año. En 1995 el porcentaje había caído a menos de la mitad, y ha seguido reduciéndose.

El trabajo ha sido parte de la infancia en toda la historia de la humanidad. En contra de lo que se cree, la novedad no es el trabajo infantil, sino su progresiva erradicación, que se ha producido según se ha ido extendiendo el capitalismo. El campo, la ganadería, la artesanía; los oficios de los padres han sido el lugar de trabajo de los hijos desde que han adquirido las primeras capacidades. La cicatería de la economía preindustrial hacía que los niños dependieran para su manutención, en parte, de su pobre aportación. Cuando las condiciones sociales han permitido la inversión nacional y foránea, cuando han llegado los capitales de fuera y han permitido un temprano desarrollo industrial en una sociedad aún predominantemente pobre, se han abierto nuevas oportunidades de trabajo al margen de la economía artesanal y agropecuaria tradicional. Un trabajo menos duro y con mayores remuneraciones. Las multinacionales, que se denigran desde la mala conciencia de occidente (a no ser que se vayan con viento fresco, entonces las criticamos por dejar de explotarnos), están bien vistas en los países en desarrollo, según una encuesta de hace dos años.

Pero el trabajo no es el estado ideal de la infancia. Y la prueba es que cuando han tenido recursos suficientes, los padres les han liberado de esa carga y la han cambiado por la de las mochilas. El trabajo infantil se ha ido reduciendo en los países capitalistas hasta prácticamente desaparecer. Dos de los mayores expertos en trabajo infantil, Eric V. Edmonds y Nina Pavcnik, han observado en un artículo llamado Child Labor in the Global Economy, que “el trabajo infantil parece ser casi por completo una cuestión de pobreza. No diría que solo de pobreza, pero tiene mucho que ver con la pobreza”. Estos expertos observaron en otro estudio la evolución del trabajo infantil en Vietnam en una época en la que abandonaba a marchas forzadas su economía cerrada y controlada para incorporarla al comercio mundial, con apertura de comercio y reformas económicas. De 1993 a 1998, cuando se hizo el estudio, la economía vietnamita obtuvo un crecimiento medio del 9 por ciento. En esos cinco años el trabajo infantil cayó nada menos que un 30 por ciento. Los autores observaron que “el trabajo infantil no parece variar con el gasto per capita hasta que las familias puedan cumplir con sus necesidades alimenticias; y entonces cae de forma dramática”.

No olvidemos los 20 de noviembre que la situación de los más pequeños entre los más pobres sigue siendo desesperada. Pero tampoco olvidemos que la pobreza remite en el mundo gracias al capitalismo. Los problemas de la infancia en el mundo son los de los más pobres, así que no hagamos caso a sus enemigos.

La gran hambre irlandesa

La Irlanda de la segunda mitad del Siglo XIX se ha puesto muchas veces como ejemplo del fracaso de un sistema social. En la conciencia social colectiva, como el fracaso del liberalismo y de la propiedad privada. Como una incómoda mancha de pobreza en medio de un brillante desarrollo social que acompañó a otras experiencias liberales, como la de los Estados Unidos o la del Reino Unido. En 1840 había 8 millones de irlandeses, y la sangría demográfica impuesta por el hambre, en la combinación de muertes por inanición y migraciones huyendo de las mismas, dejó la población irlandesa en 1900 en los 4,5 millones.

Irlanda, sí, es un claro ejemplo. Pero no del fracaso del liberalismo, sino de los perversos efectos sociales de la falta de respeto a la propiedad privada. Irlanda fue brutalmente tomada por Inglaterra, que sometió a ese país a una servidumbre extraña. Ya que impuso sucesivas expropiaciones que repartieron las tierras irlandesas entre los protestantes ingleses. Pero los nuevos terratenientes no se quedaban en Irlanda, sino que vivían en Inglaterra. No es de extrañar. El Estado subvirtió la common law. Ésta era generalmente favorable a los arrendatarios, que por el usufructo de la tierra pagaban al terrateniente una renta. La ley les protegía incluso en casos de impagos no prolongados.

Pero el mandato británico logró desnaturalizar la ley e imponer una legislación de una abyecta injusticia. Se ha llegado a decir que los irlandeses católicos solo eran reconocidos legalmente para la represión y la penalización. Desde finales del XVIII y durante la primera mitad del XIX, se prohibió a los católicos comprar propiedades de los protestantes. Y el chivato que diera noticia de un contrato así se quedaba automáticamente con la propiedad. La herencia se repartía entre los hijos por igual, a no ser que uno de ellos se declarara protestante, en cuyo caso pasaba a su propiedad. Dice un historiador que “la tierra pasó casi universalmente a manos de los protestantes”.

Había un claro y en muchas ocasiones violento enfrentamiento entre los terratenientes ingleses, que habían recibido la propiedad por la conquista y los contactos políticos, y los arrendatarios. “La antipatía entre (éstos) y el terrateniente impedía cualquier acuerdo basado en la mutua buena fe”, dice un historiador del período. Es más, había una auténtica guerrilla campesina. En estas condiciones, tampoco la propiedad de los terratenientes era segura. No miraban hacia el futuro, sino más bien a la mayor explotación a corto plazo de sus tierras. Estrangularon al campesinado irlandés, sin realizar las inversiones que hubieran elevado la productividad de la tierra y hubieran permitido mayores rentas de arrendatarios y terratenientes. En 1839 Malthus observó que el problema irlandés provenía de falta de capital. Pero no llegó a observar que éste provenía de una situación insegura de la propiedad en dicho país.

El historiador Joel Mokyr, nos dice Tom Bethell en The Noblest Triumph, buscó sin éxito la respuesta a “¿Por qué se moría Irlanda de hambre?”, lo que sería la traducción de su libro sobre el asunto, pese a que reformuló la pregunta correctamente a “¿porqué era pobre Irlanda?”. Y eso que observó que Irlanda estaba caracterizada por continuos enfrentamientos y “derechos de propiedad pobremente definidos”. Una comisión de 1844, inmediatamente anterior a las grandes hambrunas, halló que “la incertidumbre el arrendamiento es vista como un agravio opresivo en todas las clases de arrendatarios”.

Con la institución de la propiedad violada, desvirtuada y subvertida, no solo no se invertía en la mejora, no se dedicaba capital a la tierra. Todos los observadores se sorprendían por la desidia y la holgazanería, que muchos achacaban a la raza irlandesa. Nassau Senior, uno de los grandes economistas del momento, observó que los irlandeses “trabajan duro en Gran Bretaña y en los Estados Unidos de América”, pero que en su propio país “eran indolentes”. Además se contaba con el contraejemplo del Ulster, donde siempre se respetó más la propiedad, se llegaba a acuerdos voluntarios con los terratenientes sin mayor problema, y si un arrendatario vendía su contrato, recibía una compensación por las mejoras que hubiera hecho en la parcela. En el Ulster nunca se llegó a los problemas que aquejaron al resto de Irlanda. El irlandés es un caso claro de cómo la violación de la propiedad lleva a los enfrentamientos y a la pobreza.

¿Es necesaria la biodiversidad?

La biodiversidad es para los ecologistas una realidad casi santa que bajo ninguna circunstancia debemos sacrificar. Cualquier situación que pueda dañarla o alterarla debería cesar sin tener en cuenta los efectos que tendría sobre nosotros, individual o colectivamente. Sin embargo, la biodiversidad es una consecuencia de la Evolución y como muchos otros aspectos de la historia de nuestro planeta, ha variado a lo largo del tiempo, soportando cataclismos externos e internos y recuperándose, tomando nuevos caminos por los que transcurrir. Sin la caída de un meteorito hace unos 66 millones de años, unos pequeños animalillos insectívoros, que vivían a la sombra de los gigantescos dinosaurios, no hubieran tomado el relevo hasta imponerse al resto, evolucionando hacia el Homo sapiens, uno de cuyos especimenes esta escribiendo esto ahora.

Así que el sentido del título de este comentario no es por tanto la necesidad del concepto de biodiversidad, ya que esta pluralidad de organismos está más que asegurada por el devenir natural de la Tierra, sino del concepto que los conservacionistas manejan, un concepto estático y sujeto a dogmatismo.

Una de las cosas que más llama la atención es que la humana no es precisamente una de las especies que los ecologistas manejen a la hora de hablar la biodiversidad o, si lo hacen, se mantiene subordinada a otras, vegetales o animales. Si, por ejemplo, la madrileña carretera M-501 tiene un elevado número de accidentes mortales y su ampliación es la solución más demandada por vecinos y conductores, los grupos ecologistas aseguran que dicha obra afectaría a biodiversidad de la zona, por lo que paralizan los planes y proyectos con alegaciones, denuncias y todo tipo de argucias legales e ilegales, mientras que los cadáveres van acumulándose y el desarrollo de la zona deteriorándose.

El interés de los ecologistas, paradójicamente, se centra en el mantenimiento de especies sensibles a la opinión pública y hasta cierto punto lejanas. Los esfuerzos para salvar el lince ibérico, el lobo o el tigre no tienen su contrapartida para las cucarachas, las moscas o el virus de la viruela. Sin embargo, todas ellas han configurado el entorno del que disfrutamos y tan necesarias han sido unas como las otras. Sin ese u otros virus, el humano no hubiera desarrollado ese arsenal interno que es el sistema inmunológico y no seríamos lo que somos. Sin embargo, y con toda la lógica del mundo, el ecologista no aboga por la “suelta” de las cepas que aún se conservan. Esa incoherencia es otro de los rasgos fundamentales de este concepto.

En su particular concepto de la biodiversidad, los ecologistas nos presentan a las especies conviviendo en un delicado equilibrio ecológico que, sin la acción del hombre, perduraría por los siglos de los siglos, con cambios progresivos, lentos y seguros que permitirían la adaptación de las especies; de nuevo, esto es una falacia. Además del comentado meteorito cretácico, los mamíferos placentarios terminaron por destruir a los marsupiales hasta el punto de que hoy sólo sobreviven en una isla-continente como Australia y sus archipiélagos o en las zonas boscosas de América. Unas especies terminan con otras de forma natural; forma parte del proceso. De la misma manera, la humana es la primera que ha desarrollado inteligencia capaz de manipular el entorno a niveles no vistos hasta ahora y eso alterará al conjunto como lo hicieron otras, porque somos una más. Algunas se adaptarán, desde los gorriones a las cucarachas han prosperado en torno a nuestras actividades configurando otros ecosistemas, otras han huido buscando mejores lugares. Las circunstancias dirán cuáles se adaptarán y cuáles no pero una cosa parece clara, la misma inteligencia que lo cambia todo es capaz de parar cuando su propia existencia se pone en peligro.

El concepto de biodiversidad ecologista permanece, por tanto, ajeno al ser humano, a todas sus virtudes, defectos y capacidades, es incoherente y está sujeto a dogmatismo porque no tiene ninguna base científica. Con todo ello, ¿es necesaria esta biodiversidad? Yo creo que no.

El informe Tamames sobre libertad comercial

El recién publicado Informe sobre libertad comercial en España (Ediciones 2010), dirigido por el profesor Ramón Tamames, es un relevante análisis que vuelve a cuestionar, al igual que similares estudios anteriores, la radical limitación de horarios regulada desde 2004 que beneficia descaradamente a los supermercados y perjudica con rotundidad a la inmensa mayoría de los consumidores en nuestro país.

Desde Émile Zola hasta las últimas recomendaciones del Banco de España, pasando por Hayek, el ejemplo irlandés o los consejos de la Unión Europea, son numerosas y clarificadoras las opiniones (y las cifras) que desvelan, gracias a este trabajo, la sinrazón de las medidas que hoy mutilan la libertad de vender y comprar. El Informe Tamames, a partir de ese perfil estructuralista propio de su autor, ofrece múltiples argumentos que deben ser tenidos en cuenta acerca de esta cuestión. Para el comentario pueden destacarse tres aspectos: el itinerario político que acabó en la restrictiva Ley 1/2004, la pertinaz mentalidad antiliberal en ciertas regiones y el ahorro que se les escapa de las manos a los clientes por culpa del cerrojazo comercial.

La nueva normativa, que entró en vigor en Enero de 2005, es el involuntario y desafortunado desenlace de una estrategia liberalizadora ya derribada. El pasado gobierno popular liberó el comercio, es verdad, a partir de un Decreto-Ley de 2000, pero pospuso al presente año la plena libertad, con la intención de lograr máximos consensos con las autonomías. No fue posible. Los acontecimientos conocidos por todos anularon el escenario de doce años de segura gobernación de la derecha. Y es que la libertad no debe ofrecerse a cuentagotas; esperar doce meses en política es una eternidad. Fue un grave error que los intervencionistas aprovecharon. La Historia siempre ha sido para los audaces y termina despreciando a los acomplejados. La ley socialista de 2004 minimiza a 8 festivos y 70 horas semanales las posibilidades de apertura. 7.000 trabajadores que se han quedado sin empleo por esa arbitrariedad lo recuerdan.

Es significativa la encuesta de la OCU en 2004, recogida en el Informe, en la que el 65 por 100 de los encuestados prefieren la amplitud en los horarios comerciales para ellos mismos. No obstante, llama la atención que –a las preguntas de si se considera importante la libertad de horarios en general, para la propia familia y para otros consumidores– en Asturias, Cataluña, Navarra y País Vasco las opiniones negativas llegan a alcanzar el 40 por ciento. Aparece en el Noreste un auténtico “cinturón del no” indolente al progreso comercial y que probablemente explica muchas cosas de la actualidad española. Por no hablar de la segunda licencia autonómica, abusivo doble peaje para la creación de establecimientos. Sobre superficies de 2500 m2, Asturias, por ejemplo, recauda un tipo impositivo medio de 17 euros por m2, mientras que Cataluña cobra 0,01 euros. No aparece incluso la posibilidad de encontrar un federalismo razonable para la prosperidad; los subasteros gubernamentales parecen acordar entre sí, de modo más o menos involuntario, los precios de salida en los negocios.

No es la protección de privilegios particulares sino el amparo de la moralidad económica para la mayoría social. El Informe echa cuentas en las economías de alcance (la posibilidad de ahorro significativo de tiempo en el punto de venta) y calcula en 408 los euros atesorados por cada familia si se lograse la emancipación de las tiendas, cifra nada trivial, próxima al 1 por 100 del PIB y al 5 por 100 del gasto total de la población en compras en el comercio. Los responsables de Comercio, dondequiera que ejerzan, no reparan esos absurdos legales que tiranizan la vida cotidiana. Algunos, si fueran auténticos servidores, ayudarían a muchos a mitigar la complejidad urbana con bien poco, más hoy no les place ni parece posible.

Los argumentos, decía Tomás de Aquino, son válidos “no a causa de la autoridad de aquellos que lo dicen, sino a causa de lo dicho”. El Informe Tamames es útil porque todo refuerzo es bueno para evidenciar, en este invierno de ideas que se avecina, una situación claramente insoportable.

La naturaleza del hombre y del Estado

Algunos liberales minarquistas blanden la naturaleza del hombre como razón apodíctica contra la viabilidad de una sociedad sin Estado. Arguyen que el anarco-capitalismo a lo sumo sólo sería factible si todos los hombres fueran “buenos” o “pacíficos” por naturaleza, pero puesto que no lo son el Estado es necesario para controlarlos y contener así sus querencias agresivas. Los anarquistas de mercado son de este modo acusados de obviar la importancia de la naturaleza humana o furtivamente equiparados con los comunistas que ansían forjar un hombre nuevo que sea compatible con su particular idea del paraíso en la tierra.

Lo cierto es, no obstante, que los anarco-capitalistas no pasan por alto la naturaleza humana ni apuestan en absoluto por reformarla. Tales críticas, que atacan un mero hombre de paja, provienen de un conocimiento superficial de las tesis sostenidas por aquellos unido, en ocasiones, al afán por desacreditar una postura que se rechaza sin ulterior análisis, casi instintivamente, como si la cuestión fuera auto-evidente.

Como dijera Hayek en relación con el liberalismo clásico, se trata de “un sistema social que no depende para su funcionamiento de que encontremos hombres buenos que lo dirijan, o de que todos los hombres devengan más buenos de lo que son ahora, sino que toma al hombre en su variedad y complejidad dada”. El anarco-capitalismo, como el minarquismo en los ámbitos en los que demanda la no-intervención del Estado, no se adhiere a ninguna concepción específica de la naturaleza del hombre, sino que la asume como algo dado, sea cual sea ésta. Proclama que la libertad plena, una sociedad de relaciones voluntarias-contractuales, la ausencia de agresión institucionalizada, es deseable sea la naturaleza humana vil, benigna o cualquier combinación de ambas.

El motivo por el cual los detractores tildan de ingenua esta postura es porque de algún modo presumen que una sociedad sin Estado es una sociedad indefensa frente a las tendencias criminosas de numerosos individuos. Pero el anarco-capitalismo propugna una sociedad sin Estado, no una sociedad sin ley y orden. No propone que la ley, los tribunales, los jueces, la policía, las prisiones, el ejército… desaparezcan, sino que sean privatizados, que los servicios de justicia y gendarmería sean comprados y vendidos libremente en el mercado, de modo que cada cual pague por aquello que quiere y la protección de las personas y sus propiedades deje de responder a intereses políticos y pase a ajustarse a los deseos de los consumidores. El por qué el hecho de que haya gente con inclinaciones agresivas exige que haya una sola “agencia de protección” con jurisdicción sobre un territorio en lugar de múltiples agencias compitiendo entre ellas en ese mismo territorio es algo que los críticos deberían explicar, porque en absoluto resulta auto-evidente.

Los delincuentes son (ineficientemente) reprimidos por el Estado pero, ¿ quién reprime al Estado, el más sistemático de los agresores? Lo que erróneamente achacan al anarco-capitalismo es, pues, lo que sucede con el Estado: nadie aplaca sus tendencias agresivas. En un escenario anarco-capitalista, sin embargo, las empresas de protección/justicia no sólo perseguirían a los (auténticos) delincuentes de forma más eficiente, sino que además se chequearían mutuamente. Si una agencia ofreciera un mal servicio o se volviera despótica de la noche a la mañana los clientes acudirían a la competencia y aquélla se quedaría sin fondos. Pero no podemos cambiar de “proveedor” si el Estado sube los impuestos o dispensa un mal servicio.

El argumento de la naturaleza humana puede parcialmente extrapolarse a otro nivel: si el Estado es necesario porque hay elementos sociales agresivos, ¿es necesario un gobierno mundial por el hecho de que hay Estados nacionales abiertamente tiránicos? Hoy al menos los Estados se “chequean entre ellos” en cierta medida (la gente aún puede elegir con los pies emigrando) ¿Pero quién chequearía al gobierno mundial? Y si es mejor tener muchos Estados que uno solo, ¿por qué no es mejor que haya múltiples agencias de protección en un territorio en lugar de una?

Por otro lado, el Estado lo conforman hombres, ¿por qué iban a ser los gobernantes menos malvados que los gobernados? ¿Por qué el supuesto de que el hombre es malvado por naturaleza es una razón para centralizar el poder en lugar de dispersarlo? Los individuos no pueden escapar al Estado, pero sí pueden escapar a la empresa de seguridad que se torna agresiva acudiendo a la competencia. La idea, no obstante, de que una empresa de seguridad se vuelva agresiva se les antoja a algunos demasiado insoportable, y en respuesta abogan por una institución que ya es agresiva per se, el Estado. La naturaleza humana, dicen, llevaría a que varios grupos (individuos, mafias, agencias…) agredieran a los individuos pacíficos, así que para protegernos de estos grupos debemos apelar a un “grupo” que ya agrede a los individuos pacíficos sistemáticamente. Extraña lógica.

El Estado, como canal socialmente legitimado para ejercer la coerción, sirve, además, de parapeto a aquellos que por naturaleza buscan imponer sus valores a toda la sociedad. No es casualidad tampoco que tiendan a ser los individuos más innobles los que alcanzan posiciones de autoridad. La política atrae a los ávidos de poder y la competencia electoral, contrariamente a la del mercado, premia a los demagogos y a los que seducen con engaños a la ciudadanía. En un escenario anarco-capitalista nadie podría ampararse en el Estado para camuflar sus inclinaciones dominadoras, de modo que se desincentivaría la agresión sistematizada. Nadie agrediría a terceros y osaría decir que lo ha hecho por el bien común o para proteger de otras agresiones a las víctimas.

Como señala el anarco-capitalista David Friedman, “una utopía que sólo fuera viable en una sociedad de santos es una visión peligrosa; no hay suficientes santos”. En este sentido el anarco-capitalismo no requiere más santos que el Estado mínimo, acaso menos. Sea cual sea la naturaleza del hombre, ésta no constituye una objeción a un sistema de ley policéntrica. Un libre mercado de servicio de protección, y no un monopolio de la fuerza agresivo en sí mismo, debe ser la respuesta a las querencias violentas de un segmento de la población.

Las consecuencias del Estado del bienestar

La inmigración no es la causante de los disturbios, ni la falta de integración planificada del Estado, ni siquiera la famosa intervención de Sarkozy, sino algo mucho más profundo: las políticas progres que durante décadas han insistido en culpar a los ciudadanos de los continuos errores de los gobernantes. Imagínese un escenario donde no existen regulaciones estatales, leyes que fiscalizan a los individuos y mantuviésemos las fronteras abiertas (cualquier inmigrante puede venir e instalarse). Cualquier persona podría hacer lo que quisiera bajo su propia responsabilidad: quien trabaje duro y sirva a la comunidad a través del libre mercado (ofreciendo aquello que la gente más urgentemente necesita) triunfaría amasando riqueza y bienestar individual.

Eso es lo que ocurrió a principios de siglo XX en Estados Unidos donde oleadas de inmigrantes iban al país para labrarse un futuro. No iban para crear un país socialista, conseguir logros sociales o crear un súper gobierno, sino para su bienestar individual; y éste trajo el bienestar general. Invertir el proceso sólo lleva a situaciones como la francesa. En los Estados Unidos de principios de siglo nunca se dieron disturbios como los de Francia. La gente llegaba con lo puesto, trabajaba en lo que podía y aprendía el idioma mientras se iba integrando en la sociedad. Cuando lo conseguían y tenían un capital ahorrado (casi no pagaban impuestos, y los inmigrantes menos) montaban comercios, empresas, medraban en otros empleos y lograron dar a sus hijos un estatus con los que ellos jamás habían soñado en Europa. Ansias de progresar bajo la propia responsabilidad individual: sin seguridad social, sin casi impuestos, sin visionarios ingenieros sociales. Ese fue el logro de Estados Unidos.

Pero en el estado del bienestar las cosas van justo al revés. El estado promete de todo con el mínimo esfuerzo. La consigna que hemos aprendido, y los inmigrantes también, es “quéjate de todo, el estado te lo dará gratis a costa del resto de la sociedad”. Además, últimamente hemos ido más allá. Lo hemos visto en España con las continuas huelgas violentas donde el gobierno de ZP ha cedido a las primeras de cambio. En Francia han encontrado un filón, han quemado miles de coches, destrozado la propiedad privada de comerciantes y particulares e incluso han matado a una persona. ¿Y cuál es la reacción política? Ambigua, pero siempre totalitaria, típica del estado del bienestar: tolerancia cero para los ciudadanos, y por otra parte, los políticos y grupos progres piden más integración planificada del estado a costa del honrado trabajador y de las buenas personas de Francia.

Hemos visto fuertes restricciones por parte del gobierno francés contra la libertad individual que además no han servido de nada. ¿Y para qué? Los toques de queda sólo castigan a la gente honrada. Si el estado prohíbe que la gente que no salga a la calle lo único que conseguiremos es que los delincuentes se encuentren a sus anchas. ¿O cree que si el gobierno da toques de queda los delincuentes van a acatar sus órdenes?

El estado del bienestar ha generado esta situación, y es que aquel que lo fomenta es, sencillamente, un sociópata tal y como muestran sus consecuencias. Este sistema de los políticos no ha conseguido sus promesas. Ahora es el turno de la gente, no del estado. Los parches económicos y sociales no sirven sino que agravan el problema. El mal es un sistema en decadencia y obsoleto que niega la libertad individual, el progreso y el libre mercado. No busquemos la solución en más represión ni en más limitaciones a la libertad. Acabemos con el socialismo de los políticos y creemos un auténtico sistema del bienestar individual y Capitalista.

Liberación chapucera

Dado el poco interés que despertaba dicho dominio, puedo respirar con alivio, aunque unos días después de lo previsto, al haber logrado adquirirlo. No quiero ni pensar lo mal que lo deben haber pasado (y lo que te rondaré, morena) aquellos que se juegan algo más importante con el registro de dominios .es.

Carlos Blanco, blogger y empresario del gremio internetero, ha realizado un excelente seguimiento del proceso, al que ha tenido el acierto de bautizar como “Chapuzas.es”. Los fallos comenzaron el mismo día 8 por la mañana, cuando el sistema de registro se veía obligado a cerrar debido a la avalancha de solicitudes. Todos sabíamos que el número iba a ser alto, y se sabe que Red.es, la empresa pública encargada, había preguntado a distintas empresas el número de dominios que iban a solicitar para sus clientes. Se había escalonado el proceso, de modo que el primer día sólo se aceptaron registros de dominios cuyo nombre empezara por un número o las letras a o b, para ir ampliando durante los días siguientes. Cualquier empresa decente lo hubiera gestionado mejor pero, ay, eso de ceder el control a una empresa era excesiva libertad para el Gobierno.

Sin embargo, el problema más grave consiste en que, pese a estar restringido el registro a empresas y personas españoles o residentes en España, se dan numerosos casos de registro por parte de extranjeros. El conocido blog Microsiervos ha visto su dominio .es reservado por una persona física residente en Hong Kong cuyo nombre es “Net City Limited” (curioso nombre, pardiez). Es especialmente significativo el caso de numerosos dominios de 3 letras registrados por una empresa llamada EuroDNS a nombre de clientes extranjeros.

Como ejemplo paradigmático de la torpeza con que se ha manejado todo, tenemos el delicado asunto de los dominios de tercer nivel. El sistema de dominios se lee al revés. Así, los dominios de primer nivel son los últimos que aparecen al leer: .com, .org, .es, etcétera. Si adquieres un dominio de segundo nivel, como por ejemplo libertaddigital.com, tienes libertad para añadir los dominios de tercer nivel que quieras para emplearlos de la manera que gustes. A estos se les suele denominar subdominios. Por ejemplo, los suplementos de Libertad Digital ocupan subdominios como revista.libertaddigital.com.

En España, aparte de poder registrar dominios de segundo nivel, existen algunos de tercer nivel que también se pueden adquirir con sufijos como .com.es, .gob.es o .nom.es. Bueno, pues los responsables de la entidad empresarial pública Red.es permitieron que un malagueño registrara el gob.es y un estadounidense el nom.es, lo que dejó sin funcionar los 5.000 dominios que ya estaban registrados bajo esos sufijos, puesto que ahora era potestad de estos nuevos propietarios asignar esos dominios de tercer nivel como subdominios propios. La Asociación de Internautas tuvo que avisar a Red.es de la chapuza, publicada por uno de sus asociados, Javier Casares, y detectada por el propietario de la web Emoticonos.

Muchos dominios que han recibido varias peticiones están pendientes de revisión por parte de Red.es; habrá que mirar con atención los criterios que siguen. Lo que sí es seguro es que el gobierno declarará un gran éxito el elevado número de dominios registrados –con razón– pero olvidará mencionar la enorme frustración que ha provocado el proceso entre las empresas y los internautas españoles.

Francia y el Estado del Malestar

Imagínese que estos hechos estuviesen ocurriendo en los EEUU. Ya estaría oyendo a los medios de comunicación y los intelectuales de turno: “Es el resultado lógico del capitalismo salvaje”; “se trata de la una reacción a la explotación que estas personas sufren día tras día en el mercado libre”; “el neoliberalismo tiene sus días contados”; “cuando una sociedad atiende más a la egoísta libertad individual que a la igualdad de oportunidades no cabe otro final”… Pero no es en el país de las libertades donde miles de individuos salen a la calle a llevar a cabo una acción que no persigue un bien sino un mal económico. Ni siquiera es en EEUU. Todo esto tiene lugar en Francia, país contrario al liberalismo como pocos en todo occidente.

Los políticos franceses repiten sin cesar que una vez terminen los “incidentes” tendrán que mejorar las políticas sociales de integración. Están tan narcotizados con su corrección política, su demagogia social y su constructivismo estatista que no se dan cuenta que es precisamente ese, el Estado del Bienestar, el origen de todos estos males. La política francesa se ha caracterizado durante los últimos 30 años por denostar al mercado libre como gran solucionador de problemas sociales y asfixiarlo paso a paso a golpe de regulaciones y políticas sociales. Esas personas que salen de sus casas de protección oficial a destruir el fundamento de la civilización –que no es otro que la propiedad privada- han atendido las lecciones de funcionarios públicos que les han adoctrinado en sus derechos sociales y las obligaciones que el prójimo ha contraído con ellos por el hecho de ser más productivos. Reciben dinero en forma de subvenciones arrancadas a personas que han sudado para ganarse el sueldo. Disfrutan de la discriminación positiva por pertenecer a una minoría étnica, religiosa o cultural. Han recibido la siempre mediocre atención sanitaria estatal. Cobran subsidios de desempleo porque el fabuloso salario mínimo francés unido a la vergonzosa calidad de la educación estatal les mantiene fuera del mercado laboral y, sobre todo, llevan años escuchando a los políticos e intelectuales franceses justificar todo tipo de actos violentos públicos y privados en virtud de la situación social o económica del agresor.

Puede que tenga gracia que toda esta destrucción tenga lugar en Francia pero no es una casualidad. Los abuelos de estos destructores llegaron al país vecino en unos años en los que no existía el desempleo y en los que la inmensa mayoría de la población vivía del intercambio voluntario con otros individuos. En aquellos años el gran economista Jacques Rueff asesoraba al gobierno de De Gaulle como líder del Comité français pour la suppression des obstacles à l’expansion économique y difundía la superioridad, tanto económica como moral, de la economía de libre mercado.

Esa época de esplendor dio paso a la decadencia actual por falta de individuos de primera fila que, como Rueff, recordaran a la sociedad la importancia de la libertad individual para el mantenimiento del Orden Social. Mientras, el mercado libre iba siendo sustituido por el intervencionismo a todos los niveles y la gente obtenía cada vez más parte de sus rentas de lo que era capaz de quitarle a otros a través del aparato estatal, el relativismo ético y el nihilismo moral propio del “estado del bienestar” iba siendo ocupado por el odio, el rencor y toda clase de teorías destructivas como las que amueblan la cabeza de estos criminales que hoy calientan las noches al son de la melodía que interpretan conocidas redes terroristas. Los políticos franceses llevan más de un cuarto de siglo jugando con fuego y han terminado chamuscándose. Este, y no otro, es el modelo que nuestro gobierno quiere importar para España. Esperemos que la luz de los miles de coches incendiados sirva al menos para iluminar sus mentes.