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El orden espontáneo de la blogosfera

Níger se muere por inanición. Las cifras bailan, como el hambre en ese país, pero el número de malnutridos se cuenta por millones. Nuestros hogares sientan a un pobre en su mesa, vía televisión, con el mismo aspecto que el niño esquelético y barrigudo de la Etiopía de los 80’. La hambruna simplemente acaece. Salta de los poblados africanos a los teletipos mundiales sin que sepamos de dónde viene. Lo más que nos llega es alguna mención sobre cómo los agentes del capitalismo FMI y Banco Mundial han impuesto reformas pro-mercado que han llevado al país a dicha situación. Pero realmente, ¿qué ha pasado?

Níger es miembro de un selecto club, el de los 38 países fuertemente endeudados con el exterior, y que de media han caído en renta per cápita un 25 por ciento. Níger supera esa cifra, y de 1980 a 2000 ha logrado que su producción anual caiga un 35 por ciento. Eran las mismas dos décadas en las que varios países del este de Asia decidieron no seguir el camino de la ayuda exterior y sí el de la apertura de sus productos al exterior. Estos países se han volcado hacia el capitalismo global y no solo no han vivido ningún episodio de hambre generalizada, sino que, de producciones per cápita no muy superiores a la de Níger u otros pueblos africanos, han pasado a integrarse en el primer mundo. Níger, como muchos vecinos, ha seguido la senda de los créditos del FMI y el BM, de las ayudas bilaterales de los países ricos, todo ello aderezado de regulaciones y socialismo. La receta ideal para extender la pobreza. Níger es solo un éxito más del socialismo.

La situación llegó a tal extremo, que los dirigentes iniciaron ciertas reformas en 2000. Pero, como explica Milton Friedman, la tiranía del statu quo todo lo puede. Los cambios no han logrado hacer del Níger una economía basada en un Estado de Derecho y abierta al exterior. Por el contrario, la sociedad de ese país sigue a merced de las ocurrencias de burócratas y políticos. Solo tenemos que seguir lo ocurrido de un año a esta parte.

En agosto de 2004, en lugar de empaparse de lluvias, como cada año, el país se queda mirando al cielo, sin respuesta. Muchas plantaciones se arruinan. La mayoría de los cultivos que han logrado salvar la sequía sucumben en los meses siguientes a la peor plaga de langosta en 15 años. El octubre la situación se revela con toda su crudeza y la comida no llega para más de tres millones de personas. El agro de Níger es uno de los menos capitalistas del mundo: tienen diez tractores por cada millón de habitantes y están a la cola en consumo de fertilizantes. Por tanto, es muy poco productivo y cualquier problema reduce la producción extraída de la tierra a la nada.

Todo ello no sería un desastre en una economía libre. Subirían los precios de los productos agrícolas, que atraerían la producción vecina y alentarían la propia. Pero el gobierno decidió en febrero de este año vender cereales a un precio por debajo del mercado, apoyado por el Programa Mundial de Alimentos. Estas ayudas atienden las necesidades básicas inmediatas, pero arruinan lo que reste de producción agrícola local. De nada sirven los créditos públicos a los agricultores, dictados por el gobierno este junio. Si el Estado acaba de arruinar los precios, el granjero no tiene la seguridad de que su producción no se arruinará una vez más. Ahora, Naciones Unidas se compromete a alimentar, ella sola, a dos millones y medio de personas.

En resumen, una economía asfixiada por las regulaciones y el socialismo se arruina definitivamente por la coincidencia de dos catástrofes naturales, la sequía y la langosta. La respuesta a la situación no se busca en el mercado, sino en más arbitrismo gubernamental, para acabar dependiendo de un organismo público exterior. Es el camino más seguro hacia las hambres generalizadas, como la que ahora padece Níger.

Réquiem por Kioto

Cass Sunstein, escribiendo en el blog de Lawrence Lessig, expresó recientemente sus dudas acerca de la analogía entre los mecanismos de información que definió Hayek, como el lenguaje o el sistema de precios, y otros surgidos recientemente como las bitácoras, el software libre o Wikipedia. Sunstein parece tomar de Hayek tan sólo la descripción de cómo el orden espontáneo –es decir, las consecuencias no deseadas ni buscadas de la acción humana– es capaz de agregar información dispersa de una forma sorprendentemente precisa. Así pues, Wikipedia sería un gran ejemplo de “proceso hayekiano”, pues consigue centralizar el conocimiento de sus miles de colaboradores y corregir sus propios errores.

Sin embargo, Sunstein no se fija en que la agregación de contenido no es todo y quizá, ni siquiera es lo más importante de los órdenes espontáneos, como indica Todd Zywicki en el blog The Volokh Conspiracy. Lo asombroso del sistema de precios no es sólo que agregue un montón de información sobre las preferencias de los consumidores o los costes de producción en una sola cifra, sino que esa misma cifra sirve para que consumidores y productores vuelvan a cambiar preferencias y costes. Es un proceso dinámico, en el que la información generada vuelve a los agentes para que les ayude en su acción lo que termina volviendo a cambiar la información. En un proceso coordinador, que permite a las personas ajustar mejor su comportamiento a las demás. En un proceso en el que no cuentan las intenciones de los actores que participen en él, pues esta no cuenta en el resultado final.

Lo mismo cabe decir del lenguaje o de la ley, otros dos ejemplos clásicos del tipo de proceso que Hayek definió. El lenguaje va cambiando según lo van inventando las personas, que lo comunican a otras hasta que una innovación se va haciendo general en una comunidad lingüística. Según sucede, esas palabras nuevas van siendo utilizadas de nuevo para crear otras. Y todo ello sucede aunque la intención original de los innovadores fuese crear un lenguaje propio y privado, como sucedió con el lunfardo. El imperio de la ley, entendido al estilo anglosajón de construcción mediante precedentes, va cambiando las reglas de acuerdo a las actuaciones de los individuos mediante decisiones de jueces . Del mismo modo, los individuos toman nota de dichas decisiones para cambiar su modo de actuar, esperemos que generalmente para ajustarse mejor a la ley.

Visto desde ese punto de vista, es difícil considerar que un blog, Wikipedia o el software libre sean procesos. Todos agregan información dispersa (en el caso de una bitácora a través de los comentarios y de otros blogs) y ésta se centraliza pero no vuelve a dispersarse en ese proceso dinámico que hemos descrito ni tiene una función coordinadora. Los objetivos está marcados y la información se provee con ese fin. No existe, en definitiva, un orden espontáneo.

Pero, ¿y la blogosfera en general, la conversación que tiene lugar a través de Internet? El periodismo disperso permite agregar la información a través de los enlaces y las referencias que se hacen las bitácoras unas a otras. Es un proceso que permite coordinar las acciones de informadores e informantes. Es eminentemente dinámico, en el que lo que se escribe en una bitácora afecta a lo que se dirá en muchas de las demás, lo que de un modo u otro vuelve a reflejarse en el blog original; la blogosfera es una serie de conversaciones. Finalmente, permite obtener una información precisa aunque la intención de muchos de sus participantes sea ofrecer una visión partidista sobre la realidad, porque el filtro que supone la comunicación directa con lectores y los demás escritores de bitácoras permite que sea aquello de interés real lo que termine dominando la conversación. El periodismo disperso es un orden espontáneo; de ahí su poder.

La miopía del Banco Central Europeo

El Banco Central Europeo, una de las criaturas emblema de la UE, ha decidido mantener el tipo de interés en el 2%.

La existencia de este banco nos mantiene en un nivel de intervención estatal equiparable al de los países de la U.R.S.S. El tipo de interés, uno de los precios más importantes de la economía, que determina la estructura y extensión de las múltiples etapas productivas de una economía que cada vez es más compleja y productiva, está en manos de sabios que con rudimentarias herramientas y sin la información importante gobiernan el timón del progreso. De ahí que no sea de extrañar la sucesión de ciclos económicos provocados por la planificación central de este banco estatal.

Se dice que un banco central es el prestamista de última instancia. En momentos de crisis proporciona la liquidez necesaria para evitar quiebras bancarias. Pero, aparte de que con tales medidas lo único que se consigue es postergar el saneamiento y el reajuste privado y, en todo caso, agravar la crisis, un órgano de planificación central financiera adolece de una contradicción irreducible. Y es que, la principal herramienta con la que cuenta un Banco Central para ejercer su poder sobre los bancos privados es la amenaza de no proporcionar la liquidez que necesiten. Pero al mismo tiempo, precisamente es deber del banco emisor no negarse a ser el prestamista de última instancia en los momentos de crisis. Tal contradicción hace inevitable el surgimiento de expansiones y contracciones bancarias con nefastas repercusiones en la economía general. De ahí que, ante tal situación, los bancos centrales recurran, además, a la legislación administrativa, a más regulación y a presiones poco visibles para intentar controlar a la banca privada.

Asimismo, los funcionarios de este órgano planificador son completamente ignorantes. Pero no por sus conocimientos técnicos, sino por el tipo de información que manejan. Así, siguiendo el teorema de la imposibilidad del socialismo, este buró bruselita esta negado a disponer de la información útil necesaria para la coordinación económica en el ámbito financiero. Porque se trata de un conocimiento subjetivo, sólo perteneciente a los individuos que interactúan en este campo, que constantemente va cambiando, disperso entre todos los actores del mercado e imposible de trasladar en forma de informes y trabajos ya que se trata de información  no articulable. Sin embargo, el banco central cree que con el desarrollo de innumerables estadísticas y datos puede aliviar su natural miopía, sin darse cuenta de que la información que intenta recopilar de manera objetiva pertenece exclusivamente a cada uno de los individuos que actúan libremente. Sin advertir que dicha miopía es irresoluble por tratarse del tipo de información de la que se trata, el banco intenta controlar las magnitudes monetarias sin poder evitar sus propios efectos distorsionadores.

El resultado final es que el banco central nunca conocerá la preferencia temporal por el presente de los individuos, base del tipo de interés de la economía, y por tanto, no sólo  fracasará en ese intento coordinador desde arriba, sino que provocará distorsiones y recurrentes crisis económicas.

Se trata, pues, de otra parcela ocupada por el poder del estado que recientemente se ha independizado del gobierno. Aunque legislativa e incluso constitucionalmente pueda aparecer jurídicamente de este modo, es dudoso que constantemente resista las influencias de los políticos. Aun así, todavía arrastraría consigo la ineptitud práctica de cualquier órgano de planificación económica que pretenda coordinar a su voluntad la vida de los ciudadanos.

Uno de socialistas

Diversos colectivos izquierdistas han propugnado que el único camino para combatir la pobreza en el mundo es reduciendo nuestro desbocado consumo. El Tercer Mundo es pobre porque nosotros somos ricos. Si consumiéramos menos, el Tercer Mundo podría consumir más.

Detrás de esta argumentación se esconde una supina ignorancia económica. Aparte del hecho fundamental de que la tarta no esté “dada”, sino que el ser humano, gracias a su ingenio y empresarialidad, consigue ampliarla continuamente (de manera que sólo consumimos aquella parte nueva que hemos creado), no se explica a través de qué mecanismos económicos adquirirán los productos sobrantes las personas pobres.

Los trabajadores occidentales consumen mucho porque antes han producido mucho y tienen algo que ofrecer a cambio. Comprender este hecho me parece fundamental para ver el absurdo de la propuesta altermundista.

Si decidimos reducir nuestro consumo, por ejemplo, a la mitad, puede que hoy dispongamos de abundantes excedentes de bienes de consumo. Pero, ¿cuál será el incentivo mañana para continuar produciendo el doble de cuanto queremos consumir? En este escenario, o bien la gente se dedicaría a mejorar las estructuras de capital para reducir el tiempo necesario para producir los bienes y servicios que quieren consumir o, simplemente, reduciría su jornada laboral, esto es, reduciría la producción a la mitad.

En otras palabras, el excedente productivo que obtendríamos hoy si súbitamente nos abstuviéramos de consumir tanto, se esfumaría mañana. La única manera de continuar produciendo el doble sería, precisamente, estableciendo una dictadura socialista que obligara a los trabajadores a seguir acudiendo 8 horas al trabajo cuando podrían satisfacer sus necesidades con cuatro.

El problema no es que Occidente consuma demasiado, sino que los africanos producen demasiado poco. En este sentido, la pregunta oportuna es: ¿por qué África es incapaz de producir tanto como Occidente? Y no: ¿por qué Occidente es tan insolidario consumiendo la porción del pastel africana?

El pastel no está dado, lo producimos nosotros. Pídanos que consumamos menos y produciremos menos. La única vía expedita será entonces la mano férrea y tiránica de los políticos.

África tiene que enriquecerse a través de la producción. Necesita empresarios y capitalistas, esto es, necesita de un marco jurídico e institucional en el que la propiedad privada sea protegida y reconocida. Bien poco podemos hacer los occidentales para que salgan de su pozo; salvo una cosa, no hundirlos más con este tipo de propuestas absurdas y lamentables.

Burocracia y precio de la vivienda

Para la izquierda, el rápido crecimiento en el precio de las viviendas tiene un nombre oscuro y desagradable, los especuladores, y una solución, la intervención pública. El asunto de Tamayo y Sáez nos permitió ver la hipocresía de quienes, como Simancas o Luis Suárez, colectan ganancias inmobiliarias con la misma facilidad con que maldicen al infame sector del ladrillo.

Quienes citan a la especulación como culpable de nuestros males inmobiliarios olvidan que esta actividad consiste principalmente en comprar barato y vender caro. Eso significa que sólo pueden hacer su labor con éxito si los precios ya suben sin su intervención y, de hecho, al realizar su actividad, tienden a hacer subir el precio cuando éste es relativamente barato y a reducirlo cuando es relativamente caro. La especulación, en definitiva, ayuda a suavizar las subidas de precios. Además, es una explicación especialmente absurda si no se dan otros factores adicionales: si tantos especuladores hay comprando viviendas y haciendo subir los precios, la oferta debería crecer para atender a toda esa demanda, porque habría más dinero que ganar. Algo habrá que se lo impida.

Si su malo resulta no serlo, quizá la solución a todos los males que propugna el intervencionismo patrio pueda ser el verdadero culpable. El control político sobre el suelo siempre se ha citado en España como el principal causante del alto precio del mismo. Pero el problema no está sólo en que los ayuntamientos puedan decidir donde, cuando y cuanto se puede construir, impidiendo que la oferta de vivienda se amplíe para satisfacer la demanda. También está en las innumerables trabas burocráticas.

Un estudio recientemente publicado por el Cato Institute demuestra que, en Estados Unidos, hay una correlación clara entre el tiempo que se tarde en lograr los permisos para construir una vivienda y lo mucho que se eleva el precio final sobre la suma del precio del suelo y los costes de producción. Cuando se compra una casa, no se paga sólo eso sino también el coste de los permisos que haya que obtener para construirla. Dado que esos costes son difícil de evaluar, Edward Glaeser y Joe Gyourko han preferido utilizar una parte de los mismos, como es el tiempo medio que se tarda en obtenerlos. Y resulta que aquellas ciudades en las que el tiempo es mayor, también es mayor la diferencia entre el precio final con respecto a los costes totales que tendrían las viviendas sin intervención pública, esa santa venerada por la izquierda preocupada por el ciudadano.

Cabe esperar que en España la situación sea aún más exagerada. Lorenzo Abadía asegura que el precio de las viviendas en los Pirineos, pese a la mayor capacidad adquisitiva de nuestros vecinos, es un 20% más barato en el lado francés que en el español. En España, además, hay que contar con el precio del kilo del concejal de urbanismo. El elevado precio de las viviendas debido a la especulación se debe, en parte, a lo que hay que pagar bajo mano para la financiación de nuestros partidos políticos. Y esos son los que luego intervienen para salvarnos.

ZP y el monopolio de la información

El pasado 28 de julio fue el día en que se certificó la muerte del tratado de Kioto. Ya nunca volverá a tener la relevancia que tuvo en el pasado. Se acabó. Ocupará un lugar poco digno en los libros de historia, y quedará enterrado como un fracaso de Naciones Unidas. Uno más. El lector se extrañará pensando cómo es posible que no le suene el asunto. Que muy poco de ello haya podido saber por televisiones, radios, periódicos. ¿Cómo es posible, si nos han estado machacando con el dichoso tratado, si nos han intentado producir noches de insomnio culpándonos de un inevitable fin del mundo causado por nuestro inaceptable deseo de vivir mejor? Yo tampoco tengo la respuesta.

Pero vamos al hecho. ¿Qué se produjo el 28 de julio que certificara el fin de Kioto? Un acuerdo firmado entre los Estados Unidos, Australia, China, India, Japón y Corea del Sur, que es muy diferente del firmado años atrás en la ciudad japonesa. El nuevo acuerdo, cuyo largo nombre tiene por acrónimo APPCDC, es de carácter voluntario y abarca a los países que emiten el 40 por ciento de los gases de efecto invernadero. Kioto (que no incluía ni a China ni a India), está basado en reducciones obligatorias de las emisiones. Países como los dos gigantes que acabo de citar, emiten cerca del doble de gases de efecto invernadero por dólar producido, y es por ahí por donde el nuevo acuerdo quiere lograr un desarrollo más limpio. El APPCDC prevé la transferencia de tecnologías limpias por parte de los países desarrollados, a los que lo están menos y usan, en consecuencia, otras más obsoletas. Es una apuesta por la tecnología y el desarrollo económico, opuesta a la filosofía del otro tratado.

El protocolo de Kioto es uno de esos fantasmas que se niegan a aceptar la realidad de su desaparición en este mundo. No es ya que no incluyan a las dos naciones llamadas a ser las primeras contaminantes del mundo, es que tampoco ha sido ratificado por los Estados Unidos. Incluso este país es más cumplidor del tratado que varias naciones europeas que presumen de haberlo firmado, como es el caso de España. No olvidemos que de 2001 a 2004 las emisiones europeas han aumentado un 3,6 por ciento, mientras que las de los Estados Unidos se han reducido ligeramente. Pero ahí sigue el viejo tratado, paseando su espectro por los despachos de políticos y empresarios.

El fracaso de Kioto, no nos engañemos, ha sido político, como política fue su inspiración. La evolución del clima siempre fue una excusa, una tea con la que amenazar conciencias. El objetivo fue siempre otro. Lo explicó claramente Jaques Chiraq en una reunión en La Haya de la Unión Europea: es “el primer paso para un gobierno auténticamente global”. No es el único que lo ha reconocido. Además, el APPCDC no ha pasado por el filtro ecologista de Naciones Unidas y Unión Europea, que han quedado por completo al margen. Este acuerdo podría ser un primer ejemplo de cómo las dos instituciones se pueden convertir en irrelevantes, o más bien de cómo lo son cada vez más. Los ecologistas están que trinan. Ven cómo se aleja el juguete de Kioto con el que deseaban controlar los recursos mundiales, Naciones Unidas mediante. Y comprueban cómo, en contra de sus deseos, hay naciones que han tomado la decisión de seguir creciendo, mejorando el nivel de vida de sus ciudadanos. No es un buen momento para el movimiento ecologista.

Lo que ha triunfado es la concepción de que un medio ambiente mejor solo puede conseguirse por la vía de un mayor desarrollo. Cuanto más ricos seamos, más medios tendremos para conseguir lo que queramos, como por ejemplo reducir las emisiones contaminantes, o las que tengan efectos perversos de otro tipo, como es el “invernadero”. Imponer la pobreza en los países ricos, como quieren los ecologistas, no nos traerá ningún efecto positivo; tampoco en el campo medioambiental.

De libros blancos y otras desgracias

De entre todas las formas ideadas por los políticos para aumentar su capacidad de invasión de la esfera civil, probablemente la redacción de “libros blancos” sea la más elegante. Con el encargo del preceptivo “Libro Blanco”, el poder político disimula su ambición intervencionista, pues en última instancia no hará sino seguir las recomendaciones del grupo de expertos “independientes” encargado de su elaboración, cuyas conclusiones jamás consistirán en exigir al Estado que “saque sus sucias manos” del problema objeto de análisis sino, más bien, en todo lo contrario. El Libro Blanco de la energía, recientemente elaborado a petición del ministerio correspondiente, no desmiente nada de lo antedicho.

En España, a partir de 1997 se inició un tímido proceso de liberalización del sector energético con el que se trató de introducir un mayor grado de competencia. Sin embargo, el alcance de estas medidas tenía un recorrido bien corto y sus efectos acabaron por agotarse con el transcurso de unos pocos años. Ahora, los expertos liderados por Pérez Arriaga, estableciendo una errónea relación de causalidad, dicen que este proceso liberalizador ha sido un fracaso y que lo que procede es desandar lo andado para volver a uncir al sector energético al férreo yugo de la burocracia estatal.

Cada vez resulta más evidente que las ineficiencias del sistema eléctrico español nacen de la regulación de las tarifas fijadas por el estado. Precisamente por eso, las compañías eléctricas se dedicaron en los años de la burbuja bursátil a invertir en empresas de todo tipo, pues la inversión en su línea de negocio no es rentable con los precios intervenidos. Por tanto, lo imperativo no es intervenir más el sector, sino introducir progresivamente un mayor grado de liberalización que permita la formación de precios en un régimen de competencia real.

Tras una somera lectura (la densidad y volumen del tocho exigen cierto tiempo), la tesis que desarrolla el equipo de sabios seleccionado por Montilla, delegado plenipotenciario del Estat Catalá en Madrit, que en los ratos que le deja su elevada misión actúa de Ministro de Industria, parece ser precisamente la contraria. Por su parte, D. Josep, desde su atalaya, seguirá conminando a la población a apagar los aparatos de aire acondicionado cuando más calor hace y a ahorrar energía de las formas más imaginativas, lo que como ejemplo de política energética de un país avanzado no está nada mal. Para eso, la verdad, no hacían falta quinientas páginas.

La Casa de la legítima defensa

Afortunadamente para la libertad –y desgraciadamente para los socialistas– tal afirmación no supera la categoría de pura superchería. La gente no es esclava de los medios de comunicación por dos motivos esenciales: a) cualquier individuo puede crear su propio medio de comunicación en un sistema capitalista y b) la gente es capaz de utilizar la “razón” para distinguir qué mensajes son útiles y adecuados para sus vidas.

Estos dos motivos se incardinan con los principios básicos del capitalismo: la propiedad privada permite la creación de medios de comunicación y la libertad el uso irrestricto de la conciencia. El totalitarismo orwelliano de 1984, por ejemplo, se aseguraba el control absoluto de su población a través del monopolio de los medios de comunicación (Gran Hermano) y de la represión de la libertad de conciencia (policía del pensamiento).

En la España actual, de momento, la libertad de conciencia se encuentra relativamente salvaguardada; sin embargo, el socialismo gobernante ha desplegado todo su arsenal legislativo para asegurarse el monopolio mediático. Con la excusa de la escasez del espacio radioeléctrico, el Estado planifica y decide quién puede crear un medio de comunicación. La propiedad privada se pone en solfa y los amigos del gobierno obtienen las pertinentes licencias de emisión para continuar cantando las virtudes del poder.

No obstante, la escasez no constituye, en ningún caso, un argumento favorable a la planificación del gobierno; si todo lo escaso debiera ser planificado, nuestra sociedad completaría su transformación en una tiranía comunista. El pan, los libros, los automóviles o las viviendas son bienes escasos. ¿Debería el gobierno planificar su producción? ¿Debería expedir licencias para determinar quien puede escribir o comprar un libro?

La nueva televisión de Polanco ejemplifica sólo el último ataque a la propiedad privada y a la libertad de expresión. La debida contraprestación por los servicios prestados hasta la fecha y la necesaria plataforma para prestarlos en el futuro. Mientras Polanco obtiene una licencia más, miles de empresarios se ven expulsados del sector periodístico. Sólo los epígonos gubernamentales pueden utilizar el espacio radioeléctrico común; sólo ellos pueden expresarse sin limitaciones en España (a excepción, claro está, de las limitaciones consustanciales al corpus ideológico y propagandístico que el gobierno requiere).

ZP, como buen político, quiere dominar a los españoles y cercenar su libertad. La creación de la “dictadura perfecta” al estilo mexicano siempre ha estado entre los planes del PSOE. El monopolio de la información entra necesariamente en la ecuación. Para evitar la “esclavitud perfecta” que pretende el socialismo ya sólo nos queda el uso de nuestra razón, de nuestra libertad de conciencia. Pero… ¿por cuánto tiempo?

¿Por qué es buena la importación?

Importar bienes y servicios es bueno para usted, bueno para la empresa en la que trabaja y bueno para la economía en su conjunto hasta tal punto que sigue siendo bueno cuando algunos negocios se ven obligados a echar el cierre. ¿Le sorprende? ¿No le cuadra la idea de que si compramos mucho al exterior nuestra economía pueda beneficiarse de ello? No se preocupe, es lo habitual. En asuntos como el comercio internacional sigue muy presente la mentalidad mercantilista en virtud de la cual la economía es un ejercicio de suma cero en el que unos ganan vendiendo y otros pierden comprando. Tal convencimiento hunde sus raíces en la noche de los tiempos, en el pasado más remoto de nuestra especie cuando ni se compraba ni vendía. Las “transacciones comerciales” eran por la fuerza y, efectivamente, implicaban que una parte se enriqueciese y la otra se empobreciese de manera súbita y, las más de las veces, inesperada.

En un entorno de libre mercado, respeto por los contratos y economía abierta comprarle cosas al vecino es bueno para las dos partes. Para el que vende y para el que compra. La experiencia nos dice que los países más abiertos, los que menos trabas ponen al comercio son los más adelantados, lo más competitivos y, naturalmente, los más prósperos. Holanda, por ejemplo, se desarrolló vertiginosamente en el siglo XVII cuando decidió organizar una vasta red comercial a escala mundial. Y eso que la Holanda de entonces apenas poseía bienes para exportar. En nuestros días el ejemplo lo han seguido algunas naciones con gran éxito. Singapur o Hong Kong llevan medio siglo dedicados, en esencia, a comerciar y no puede decirse que les vaya mal del todo. Otros países más grandes se han especializado en ciertos productos que ponen en el mercado a precios muy competitivos mientras compran el resto de bienes que necesitan. Taiwán, por ejemplo, es una inmensa factoría de aparatos electrónicos… y poco más. Los taiwaneses compran casi todo fuera de sus fronteras, que es mucho gracias a los suculentos rendimientos que les procura su actividad principal.

La bendición del comercio libre hace a las empresas más competitivas e impulsa siempre el precio de los productos hacia abajo. Si, por ejemplo, los burócratas de Bruselas prohibiesen en Europa importar automóviles, nuestros fabricantes, libres de la presión exterior encarecerían los coches y los harían peores porque, en definitiva, el mercado sería de su propiedad. Con el correr del tiempo las marcas europeas estarían desfasadas, no incorporarían avance alguno a sus vehículos y a los europeos no nos quedaría más remedio que conducir coches antiguos, caros y, probablemente, escasos. Lo mismo sucede con la ropa, las materias primas o la mano de obra. Si compramos pantalones hechos en la India porque son más baratos y de similar calidad que los tejidos en Barcelona ambos hemos ganado. Ellos porque han colocado un buen producto y nosotros porque hemos visto atendida nuestra demanda al precio que, subjetivamente, considerábamos adecuado. Es obvio que todo ese dinero obtenido gracias a la venta de pantalones no van a meterlo en un cesto de esos que emplean los encantadores de serpientes para servir de hogar a una letal cobra de anteojos. Una parte la invertirán en mejorar la maquinaria y otra en dotarse de bienes de consumo. Es probable que lo hagan fuera de sus fronteras. Cabe incluso la posibilidad de que satisfagan esa necesidad adquiriendo una tejedora hecha en Barcelona.

Los resultados prácticos del comercio en libertad son el mejor remedio contra la pobreza y el más eficaz acicate para propulsar la competitividad y la eficiencia de las empresas. Mejora las condiciones de vida en ambas partes y es un sólido cimiento para la paz y la concordia de todos los que poblamos este pequeño planeta. Porque dos individuos que cooperan e intercambian rara vez guerrean. La próxima que adquiera algo fabricado en el exterior no sienta cargo de conciencia, con ese pequeño gesto no sólo está atendiendo a una necesidad subjetiva sino que está contribuyendo decisivamente al bienestar de los muchos que han hecho posible que ese producto llegue hasta sus manos.

O te callas o a la calle

A comienzos del mes de julio el senado italiano votó a favor de un cambio en el artículo 52 del código penal que modifica radicalmente el tratamiento jurídico de la defensa de la vida y la propiedad privada a través de un fortalecimiento de la legítima defensa. Si la propuesta de modificación termina implantándose supondrá la legitimidad del uso de un arma de fuego o de cualquier otro medio idóneo dirigido contra extraños que se introduzcan en casas o en comercios amenazando la indemnidad de los presentes o los bienes propios o de terceros. La víctima tendrá pleno derecho a su defensa y la de los suyos incluso si el agresor se presentara con las manos vacías. Expresado en román paladino, la iniciativa elimina la exigencia de proporcionalidad en la respuesta a una agresión, idea según la cual uno debe esperar a ver si le atacan con un tenedor para ir a buscar el suyo.

En cualquier sociedad de esta Europa occidental en la que priman más las ayudas y las políticas encaminadas a reinsertar a los criminales que la defensa de los derechos de las víctimas y su justa restitución, una iniciativa como esta se encuentra destinada a levantar ampollas. Italia no ha representado una excepción en este sentido. La propuesta fue sorprendentemente apoyada por todos los parlamentarios de centro derecha aglutinados en torno a la Casa de la Libertad y, como era de esperar, rechazada con gran indignación por todos los parlamentarios de los grupos de la oposición.

Un buen ejemplo de la irritación de la siniestra es la reacción de Guido Calvi, senador de Democráticos de Izquierda, para quien "La ley es una invitación al uso privado de las armas y la transformación de nuestro país en el lejano oeste".

A pesar de lo intuitiva que resulta la sentencia de Calvi, todas las tiranías han dado sus primeros pasos prohibiendo el uso privado de las armas. En 1929 lo hizo la Unión Soviética y comenzó el exterminio de más de 20 millones de desamparados disidentes en menos de 25 años. En 1935 fue China la que prohibió la legítima defensa mediante el uso privado de armas. De nuevo, en poco más de dos décadas serían aniquilados más de 20 millones de chinos. En 1938 Adolf Hitler ordenó aprobar una ley para restringir el derecho a usar armas de manera privada y entre ese año y 1945 más de un millón de indefensas personas serían exterminadas. En cambio, son países tan celosos de la libertad individual como EEUU o Suiza –y hasta hace muy poco Inglaterra y Australia– los que han respetado durante siglos el derecho al uso privado de armas con fines defensivos.

Por otro lado, en los países donde el derecho al uso privado de las armas para la defensa de la vida y la propiedad privada ha sido usurpado, el nivel de criminalidad se ha incrementado dramáticamente. Los ingleses y los australianos vieron con espanto cómo los últimos años del siglo XX se volvían los más violentos de su historia tras quedar monopolizada a manos del estado la defensa mediante armas de la vida y la propiedad privada.

Por último, el salvaje oeste no fue tan salvaje como lo pintan y su lejanía (respecto a las áreas donde actuaban las fuerzas públicas de seguridad) no lo hizo más violento que muchas ciudades actuales. De hecho el nivel de criminalidad en términos relativos de famosas ciudades del Oeste como Abilene, Ellsworth, Wichita, Dodge City, o Caldwell estaban significativamente por debajo de los niveles que hoy en día se dan en la mayoría de las metrópolis del mundo.

Pero ni a Guido Calvi, el perfecto villano de esta película, ni a los demás senadores de la oposición les importarán mucho las razones o los ejemplos que respaldan el respeto del derecho a la irrestricta legítima defensa. Para ellos lo importante es que esa deidad a la que llaman Estado sea la única instancia con capacidad para defender o agredir a los individuos. Los senadores de la Casa de la Libertad tampoco son el Clint Eastwood de la película. Simplemente han eliminado la restricción a un derecho fundamental que nunca debió quedar cercenado en Europa. De haber sido así, el siglo XX hubiese sido mucho menos sanguinario. Y si no, que se lo digan a los suizos que no fueron invadidos por las tropas nacional socialistas gracias al elevadísimo coste que Hitler esperaba tener que asumir para poder dominar una sociedad donde todas las familias están armadas. Tampoco es casualidad que Suiza y EEUU, donde el derecho a la legítima defensa es completo, tengan estados relativamente pequeños en comparación con Europa y que su progreso económico sea muy superior al nuestro. La prosperidad y la paz de las naciones se fundamentan en la seguridad de la vida y la propiedad privada y, sin duda, esta iniciativa es un halo de esperanza que llega desde Italia.