Tras los gratos fracasos de la Constitución Europea en Francia y Holanda, a los liberales contrarios al engendro intervencionista, se nos ha tildado con demasiada ligereza de antieuropeos. Aunque la Constitución no era plenamente respetuosa con la libertad, nos dicen, debíamos acatarla para favorecer la “construcción” europea. Europa aparece así como un lejano ideal por el que todos tenemos que sacrificarnos. Políticos, intelectuales y periodistas nos piden a los contrarios a la Constitución “fidelidad” hacia el “proyecto” europeo.
En realidad, sin embargo, los estatalistas no nos piden fidelidad a Europa, sino a la Unión Europea. No nos imploran que aceptemos el ideal de la concordia, paz y colaboración entre los europeos, sino que nos sometamos al omnipotente Estado que pretende apoderarse de la idea de Europa.
Pero no deberíamos caer en la trampa de identificar Estado con sociedad. La Unión Europea es sólo conjunto de burocracias superpuestas, a cual más intervencionista, que restringen severamente nuestra libertad a través de unos políticos que se lucran con los frutos de nuestro trabajo. Nadie espere de mí la más remota fidelidad hacia semejante aberración.
Los liberales deberíamos ser cuidadosos en este punto. Soy consciente de que muchos aspiran a que tras esta Constitución podrá redactarse otra de corte auténticamente liberal. No nos engañemos. La libertad no necesita de Estados y, mucho menos, de nuevos Estados.
Pocos errores se me antojan tan grandes como instrumentalizar el Estado para alcanzar mayores cotas de libertad. No se pueden emplear medios socialistas para conseguir la libertad. ¿Alguien realmente espera que una vez constituido el superestado europeo éste se autorrestrinja y convierta en el principal garante de nuestra libertad?
Los europeos no necesitamos otro Estado. Es más, nada hace más daño a la unidad europea que la propia Unión Europea. Tan sólo tenemos que acudir a los titulares de los principales diarios para comprobar que el fracaso de la Constitución Europea se ha identificado como una crisis “de Europa”, y no del Estado europeo. Cuando la estructura política ha tambaleado ha arrastrado consigo a la sociedad.
No sólo eso; los españoles, gracias a los fondos de cohesión, nos hemos convertido en unos aprovechados y explotadores para alemanes, holandeses e ingleses. Los gobiernos de Francia y Alemania han conseguido acrecentar la fobia de los españoles contra sus respectivos ciudadanos. El eje francoalemán es visto hoy como un mecanismo de dominación de nuestro país. Pero lejos de identificar a Chirac y Schröder como únicos culpables de querer regir nuestros destinos, hemos desarrollado un odio generalizado hacia todos los franceses y alemanes.
Fabricando tensiones, confusión y odio no se conseguirá jamás una Europa unida. Los liberales debemos renegar de estas intentonas constructivistas de crear ex novo un nuevo Estado. No hemos de sentirnos antieuropeos, sino antiunioneuropeos o, si se prefiere por ser más acorde con nuestra tradición, antiestatalistas.
Sólo bajo la égida del capitalismo, del libre comercio, de la libertad de movimientos de personas y del patrón oro conseguiremos una Europa verdaderamente unida; cuyos ciudadanos, en lugar de dedicarse a pelear por el reparto del botín saqueado a otros individuos, se beneficiarán de una pacífica y voluntaria cooperación.
Y todo ello nada tiene que ver con crear nuevos Estados sino, más bien, con reducir los ya existentes. No demos carta de naturaleza a nuestro peor enemigo.
Pescadores del Cantábrico han protestado recientemente por las dificultades que atraviesa la pesca de anchoa. Un acuerdo con Francia repartió los derechos de captura y los españoles se sienten perjudicados, pues mientras ellos están observando una parada biológica ante los temores de que se esté sobreexplotando los caladeros del golfo de Vizcaya, los franceses no parecen sentir el mismo temor y salen a faenar. En consecuencia, salen perjudicados tanto los prudentes como la sociedad en general, que ve peligrar un recurso natural.
El mar y sus riquezas, al no pertenecer a nadie, están sometidos al problema denominado como tragedia de los comunes, que consiste en que nadie se hace responsable de la conservación de un recurso porque no pertenece a nadie. Este problema es fácilmente comprensible con un ejemplo. Es una protesta casi universal de profesores y maestros lo sucias que están las mesas de colegios e institutos, y una recriminación constante a los alumnos por no cuidarlos como cuidan sus propias casas: "seguro que no pintais las mesas de casa". La diferencia es que, en casa de cada uno, los beneficios (la satisfacción que pueda producir pintarrajear las mesas) y los costes (la insatisfacción de ver los muebles sucios y su limpieza) son asumidos por la misma unidad de decisión (la familia) y, generalmente, se decide que los costes son mayores que los beneficios. En cambio, en un centro público de enseñanza, los costes se reparten entre todos mientras que los beneficios siguen siendo individuales. En este caso, el individuo prudente que se reprime es el más perjudicado, pues sigue viendo las horribles pintadas de las demás sin tener la satisfacción de hacerlas él.
Lo mismo sucede generalmente en el mar y, más concretamente, entre pescadores de anchoa franceses y españoles. Al no haber propiedad privada sobre la pesquería, nadie tiene garantizado por sus acciones el poder seguir faenando a largo plazo pues depende de que los demás no capturen mientras tanto todo lo que puedan. Y si unos se reprimen en la captura de peces, para atenuar ese riesgo de sobreexplotación, otros se aprovechan capturando todo lo que puedan para maximizar sus beneficios a corto plazo, no teniendo incentivos para no hacerlo.
Para solucionar este problema nos encontramos con otro, el de la asignación de derechos de propiedad donde antes no los había. Ciertamente, para establecer la propiedad sobre la pesca, no basta con hacer parcelas, más que nada porque los peces tienden a no estarse quietos en el mismo sitio esperando a los pescadores. Ese mismo problema existía con el ganado y se solucionó marcando a fuego a las reses. Algo similar podría hacerse en la actualidad, salvando las distancias, empleando tecnología moderna del estilo de los radiosótopos, que podrían ser detectados desde satélites para determinar a quien pertenecen los peces antes de capturarlos.
Sn embargo, la solución que más se emplea consiste en hacer parcelas llamadas piscifactorías donde los propietarios cultivan el pescado. Así, mientras el total de las capturas se ha estancado en las últimas décadas, estimándose en 100 millones de toneladas anuales el máximo capturable en los océanos, el total de pescado obtenido de las piscifactorías ha crecido a buen ritmo, multiplicándose por seis de 1984 hasta 2003, superando el 30% del total de la producción de pescado. Y es que no hay nada mejor para aumentar la productividad que dejar actuar al mercado permitiendo la asignación de derechos de propiedad.
El Homeschooling es la opción elegida por un número cada vez mayor de padres, consistente en educar a los niños exclusivamente en el contexto del hogar familiar o en círculos un poco más amplios (vecindarios, parroquias, etc.), pero en todo caso de forma totalmente ajena al sistema de público de escolarización.
El Homeschooling nació a comienzos de los años 80 del siglo pasado en los EEUU. Quizás el detonante para la eclosión de este movimiento, fue la publicación en abril de 1983 de un informe demoledor del gobierno federal useño sobre el sistema educativo norteamericano, titulado “Una nación en riesgo”. Las conclusiones del documento, devastadoras, pueden resumirse en una frase extraída del mismo: “Si un poder enemigo extranjero hubiera intentado imponer en América el mediocre sistema educativo existente hoy en día, hubiera debido ser considerado como un acto de guerra”.
En la actualidad, sólo en los Estados Unidos se calcula que existen dos millones de niños en edad escolar que están siendo educados a través del Homeschooling. Este movimiento alternativo a la educación estatal cuenta con numerosas asociaciones encargadas de promocionarlo, facilitar a los padres los materiales educativos necesarios, organizar congresos y en general, apoyar a los interesados en abandonar el sistema de educación pública para proporcionar una enseñanza individualizada a sus hijos con todas las garantías y de acuerdo con los patrones morales y religiosos de su elección, quizás espoleados por el hecho de que la educación pública actual, como es bien sabido, no está ya consagrada a la transmisión del conocimiento sino a crear futuros ciudadanos sensibilizados con los problemas del medio ambiente, la necesidad del diálogo y la tolerancia, la belleza del mestizaje o los males del capitalismo neoliberal.
El sistema funciona, y lo hace bien, pues en todos los test de aptitud realizados, los niños que aprenden a través del Homeschooling superan de largo a los que son educados a través del sistema escolar público. En una de las investigaciones más exhaustivas realizadas al respecto, los escolares educados a través del Homeschooling en el Estado de Pennsylvania acreditaron como media un percentil 86 en lectura y un percentil 73 en matemáticas, tomando como percentil 50 la media nacional del sistema estatal. En cuanto a lo que la pedagogía moderna llama “socialización del niño”, los escolarizados en el sistema tradicional mostraron también más problemas de conducta que los educados en casa. Los expertos lo explican porque el primer modelo de los niños educados en el hogar es, evidentemente, el de los padres.
El Homeschooling es una alternativa no sólo válida, sino quizás la única pertinente frente a una educación pública masificada, inoperante, embrutecedora, diseñada por pedagogos que juegan a ingenieros sociales y dispensada por legiones de profesores apáticos, que se limitan a cubrir el expediente mal que bien durante las ventanas de lucidez que les permiten los ansiolíticos. Pero es que, además, esta actitud refractaria a la imposición estatal de modelos educativos es válida para cualquier segmento del espectro ideológico, pues cuando la decisión del sesgo ético, moral e ideológico de la educación la toman exclusivamente los burócratas, aunque ésta cuente con la aceptación mayoritaria de la sociedad, será terriblemente injusta para una porción de padres más o menos significativa a la que se estará privando de su derecho a elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos.
A pesar de nuestra incapacidad para producir órganos y sangre, no puede hablarse de escasez insuperable. En realidad, existe suficiente gente en el mundo para satisfacer la demanda, pero ello no está sucediendo. Todos somos conscientes de las largas listas de espera para conseguir un órgano o, en menor medida, una transfusión de sangre. ¿A qué se debe este desesperante desabastecimiento?
Se podría terminar con tales escaseces rápida y sencillamente recurriendo al mercado. Todos los bienes son escasos, sin embargo, en buena medida no lo percibimos así. Sabemos que cada mañana podremos comprar el pan y el periódico, o que cada cinco años, si así lo decidimos, cambiaremos de coche. La razón es que existe un precio de mercado para el pan, los periódicos y los automóviles. El desabastecimiento no emerge, y tanto compradores como vendedores salen beneficiados de las transacciones.
Imaginen que mañana el Gobierno impusiera a los panaderos o a los quiosqueros la donación del pan y los periódicos, esto es, que no recibieran ninguna contraprestación. ¿Alguien cree honradamente que podríamos adquirir cada día el pan y el periódico con la normalidad actual? El caso de los órganos y la sangre no es distinto.
Los neoinquisidores han vilipendiado y condenado el comercio de órganos y sangre hasta el punto de calificarlo como res extra commercium. Los políticos, en su cruzada moralizadora, desprecian, y por tanto prohíben, los intercambios libres y voluntarios de órganos. Así, por ejemplo, la Ley 42/1988 sobre Donación y Utilización de Embriones y Fetos Humanos o de sus Células, Tejidos u Órganos” impone que “la donación y utilización posterior [de los órganos] nunca tengan carácter lucrativo o comercial”, y el Real Decreto 411/96, por el que se regulan las actividades relativas a la utilización de tejidos humanos, afirma expresamente que “no se podrá percibir compensación alguna por la donación de tejidos humanos ni existirán compensación económica alguna para el donante, ni cualquier otra persona”.
Incluso Cruz Roja, en su página de información sobre la donación de sangre, coloca como principio ético fundamental que “el lucro financiero no debe ser nunca un motivo para el establecimiento y funcionamiento de un banco de sangre”, y que “no deben existir motivos financieros para la prescripción de una transfusión sanguínea”.
La prohibición y condena moral es, pues, taxativa; tanto como su inevitable consecuencia: el desabastecimiento. No estamos ante una situación diferente a la de pretender que el pan y el periódico se regale cada día. De hecho, si lo pensamos con cuidado, es posible que resulte más absurdo esperar que se donen órganos a que se done pan. Al fin y al cabo, el pan es un fruto reproducible de nuestro trabajo: hoy nos quedamos sin él; mañana, tras unas cuantas horas, podemos conseguir más. ¿Sucede lo mismo con los riñones? ¿Es tan fácil desprenderse de una barra de pan como de un riñón? Y si no lo es, ¿por qué poner todavía más trabas a la obtención de riñones?
A pesar de la imposición de un precio cero para la donación de sangre y órganos, España es el país del mundo con mayores donaciones. La razón es que parte de ellas no son realmente voluntarias, sino que se extraen partiendo del totalitario principio de que el cuerpo humano pertenece al Estado. Así, si la familia no se opone, existe la presunción de que el individuo tenía la intención de donar los órganos en el momento de su muerte. En otras palabras, los políticos, salvo protesta manifiesta de los familiares, se consideran legitimados para expropiar y apoderarse del cadáver de la víctima. Se procede a una nacionalización masiva del cuerpo de los individuos.
Aun así, la escasez resulta más que evidente. Hoy en día se necesitan 4.000 riñones, 1.800 hígados, 130 pulmones, 100 corazones y 80 páncreas. Tenemos a más de 6.000 personas esperando un transplante de órganos, 50 de las cuales mueren cada año.
Wikipedia considera el sistema español de donaciones “uno de los más eficientes del mundo”. Ciertamente, la situación es mucho peor en otros países. De hecho, cada dos días muere una persona en el mundo por insuficiencia de hígados, y más de 80.000 pacientes esperan, sólo en EEUU, un órgano para sobrevivir.
Pero todo ello no parece razón suficiente como para que los neoinquisidores políticos abandonen su oposición al comercio de órganos. Sus argumentos, como de costumbre, suponen un velo justificativo para sus ansias de control. Por ningún lado se sostienen.
Argumentos éticos
El argumentario ético de los neoinquisidores es más bien variado y casuístico. No existe un auténtico corpus teórico –más allá de ancestrales prejuicios– que justifique la prohibición de la venta de órganos. Ya hemos visto que tanto la Ley como Cruz Roja señalan que la donación no puede estar sometida al ánimo de lucro. Pero no se explica ni se razona por qué. Yo, por mi parte, intentaré explicar y reconsiderar las, a mi juicio, tres grandes líneas argumentales en contra de la venta de órganos.
La primera señala que el ser humano no es plenamente propietario de su cuerpo, por lo que no estaría legitimado para vender partes del mismo. Podemos denominarla “tesis religiosa”: la vida –y por tanto nuestro cuerpo– procede de Dios y resulta indisponible a los seres humanos.
El error de esta tesis es múltiple. Por un lado, no supone un argumento contra la venta de órganos, sino contra cualquier acto dispositivo de los mismos, incluida la donación. En ese sentido, tan inmoral resulta venderlos como donarlos. No se puede extraer órganos del cuerpo humano, con precio o sin él. Por otro, eliminar la prohibición a la venta de órganos no supone que todo el mundo tenga forzosamente que aceptar venderlos. Es del todo lícito pensar que no somos plenamente propietarios de nuestro cuerpo; pero de ahí no se deduce que podamos prohibir a los demás los actos de disposición sobre su cuerpo, ya que en todo caso el propietario es Dios, no nosotros. En otras palabras, si creemos que Dios es el propietario del cuerpo humano, nosotros no estamos legitimados para manejar los cuerpos ajenos en ningún sentido, pues equivaldría a subrogarse en la posición del legítimo propietario. Sólo queda que la persona tome sus decisiones morales, correctas o no, y responda en consecuencia ante Dios.
La segunda apunta que vender órganos mancilla el acto puramente caritativo de la donación voluntaria y solidaria. Podríamos denominarla “tesis virgiliana”, pues considera inmoral en sí mismo el ánimo de lucro –la auri sacra fames–. La donación de sangre y órganos vendría a ser una decisión tan trascendente e importante que no puede pedirse contraprestación por ella.
Nuevamente incurrimos en contradicciones. Precisamente cuando adquiere sentido cobrar un precio o recibir una contraprestación es cuando ofrecemos algo verdaderamente útil y valioso. Dar las gracias o los buenos días es un simple acto de educación por el que sería risible cargar un precio. No lo es, en cambio, dar una parte esencial de nuestro cuerpo. De ahí que resulte plenamente lícito que el donante solicite una recompensa por su enorme sacrificio.
Pero es que, además, el argumento olvida la otra parte de la relación. Parece que los órganos sólo prestarán su función salutífera si no contienen la pecaminosa mancha original del “ánimo de lucro”. Es honroso donar un órgano, pero repudiable venderlo. Sin embargo, al paciente que necesita un órgano le salvará la vida tanto si ha sido comprado como si ha sido regalado. La única diferencia es que en el primer caso obtendrá el órgano y en el segundo, probablemente, no.
El último argumento se correspondería con la tesis socialista. Para el socialismo, los órganos de todos los individuos de la sociedad pertenecen a la colectividad. Así, resulta inmoral que alguien cobre un precio por algo que realmente no le pertenece. Por lo demás, un mercado de órganos podría suponer que los ricos se adelantaran a los pobres en la recepción, cuando todos los seres humanos tienen un igual derecho a aquellos.
Lo cierto es que señalar que todos los órganos son de todos no aporta nada positivo a la discusión. Si mi corazón es de todos los ciudadanos del mundo, ¿por qué no podrá reclamarlo un paciente que necesite un transplante? Al fin y al cabo, el hecho de que esté en mi caja torácica es sólo un dato circunstancial. ¿Por qué he de tener yo un mayor derecho sobre mi corazón? En otras palabras, ¿por qué todos los pacientes que esperan órganos no pueden instar al Estado a que los extraiga de personas vivas? Según el argumento socialista, mis órganos son tan míos como suyos.
No sólo eso: el argumento es, por si fuera poco, contradictorio. Si mi órgano pertenece a todo el mundo, existen derechos concurrentes sobre el mismo. El refrán castellano es suficientemente expresivo: “Lo que es común no es del ningún”; si todos poseemos un derecho equivalente sobre un mismo bien, nadie puede realizar una utilización efectiva, a menos que un tercero discrimine. En realidad, ese tercero sería el propietario efectivo.
Tampoco parece consistente señalar que los ricos se adelantarían a los pobres. Realmente sorprende que subsista esta preocupación, cuando también sería trasladable a los alimentos en general. ¿Es que acaso los ricos no podrían adelantarse a los pobres para comer? No sólo eso: el argumento sorprende cuando ricos y pobres sufren una patente carestía de órganos, precisamente, porque se prohíbe su comercialización. Todo parece indicar que la venta de órganos provocará un aumento tal en la oferta que sus precios caerán sustancialmente y estarán al alcance de todos los necesitados.
Argumentos económicos
Agotados los pretextos éticos, los neoinquisidores recurren a los económicos. Primero sostienen que nadie estará especialmente interesado en vender órganos vitales, dado que una condición para poder disfrutar de la contraprestación es estar vivo. Esto es simplemente falso. Una persona podría contratar con otra (o con una empresa) la venta de sus órganos para el momento de su fallecimiento. En ese sentido, cabrían dos opciones: entregar el montante pactado a la familia (para ayudarle a sobreponer las cargas de la muerte) o adquirir el valor presente de la suma de dinero futuro esperada por la venta del órgano en el momento de la muerte, esto es, una especie de mercado de futuros de órganos (en concreto, se trataría de un contrato sometido a término).
Pero los beneficios serían incluso más espectaculares en el caso de la sangre o de órganos no vitales, como los riñones. Casi todo el mundo puede prescindir de un riñón, o vender sangre regularmente. Las variaciones de precios conseguirían una completa satisfacción de las necesidades. No en vano muchos consideraron pertinente incluir el esperma entre las “res extra commercium“; afortunadamente no se hizo, y hoy nadie puede hablar de desabastecimiento en los bancos de semen. Lo mismo ocurriría con la sangre y el resto de órganos.
En segundo lugar, los neoinquisidores argumentan que la venta de órganos desataría un alud de criminalidad encaminada a hacerse con los órganos de los menores del Tercer Mundo. Los niños, sostienen, serían mutilados por sus órganos. La entidad de este argumento es equivalente a señalar que la existencia de la propiedad privada estimula el robo. Un delito es siempre un delito, por tanto tales acciones deberían ser rápidamente perseguidas (a no ser que hubiera mediado consentimiento por parte del niño para vender alguno de sus órganos no vitales).
Además, hay que tener presente que, paradójicamente, si semejante mercado pudiera existir los incentivos serían mucho mayores en la actualidad. De hecho, se calcula que el precio medio de un órgano en el mercado negro ronda los 125.000 dólares. Una despenalización de la venta posibilitaría una reducción sustancial del precio y una reducción de los incentivos. Sólo es necesario recordar que la abolición de la Ley Seca terminó casi por completo tanto con las mafias como con la corrupción policial.
Pero es que resulta materialmente imposible acudir al Tercer Mundo con un bisturí y arrancar órganos de manera criminal. Tales operaciones necesitan de centros médicos especializados y de numerosas medidas de conservación del órgano. Ninguna empresa adquiriría órganos en mal estado traídos desde la lejana África o Sudamérica. Estamos ante leyendas urbanas de escasa sustancia.
Conclusión
Los neoinquisidores no han dudado en prohibir la venta de órganos para proseguir con su cruzada moralizadora de la sociedad. En este caso, sus clichés y prejuicios han impedido la formación de un mercado que satisfaga tanto al donante como al donatario. El número de muertes por insuficiencia de órganos está del todo injustificado si tenemos en cuenta la enorme cantidad de personas dispuestas a vender sus órganos o su sangre.
No hay razones éticas ni económicas para que la prohibición de la comercialización de sangre y órganos siga en pie. Más bien todo lo contrario: tras haber analizado detenidamente el asunto, es evidente que constituye un imperativo económico y moral de primer orden suprimir tan absurda prohibición.
Una de las energías alternativas con la que los ecologistas dan la lata más a menudo es la energía eólica. Consiste, esencialmente, en aprovechar la fuerza del viento para mover las palas de un molino que se encuentran engarzadas a una pequeña turbina que es la que, en última instancia, genera el precioso fluido eléctrico que hace posible, por ejemplo, que usted se encuentre delante de la pantalla leyendo este artículo. Aparentemente, todo son ventajas. Dejando de lado la arrebatadora estampa futurista de los parques eólicos, el combustible, es decir, el viento, es gratuito e inagotable. Carece de emisiones, la instalación de los molinos, aerogeneradores en el lenguaje técnico, es relativamente barata y su mantenimiento lo es aún más.
Sin embargo, y esto es lo que suelen ocultar arteramente los ecologistas, la energía eólica es muy poco eficiente. Genera muy poca electricidad y lo hace a su manera, esto es, cuando hay viento, ocupando grandes superficies que, además, han de estar elevadas y alejadas de núcleos urbanos. El espacio que precisa un parque eólico puede ser soslayado en un país como España, poco poblado y pródigo en altozanos donde no hay nada, sin embargo, la irregularidad del suministro y la escasa eficiencia por unidad de generación son un problema que invalida a este tipo de energía como alternativa y que puede llegar a poner a precio de oro el megavatio. A principios de 2004 España era el tercer país del mundo en potencia eólica instalada tras Alemania y Estados Unidos. Con todos los molinos funcionando a pleno rendimiento el parque entregaría a la red peninsular unos 6.000 MW. Cosa que, naturalmente, nunca sucede. Lo habitual es que los parques no lleguen, en promedio, ni a la mitad de esa cifra y, en algunos casos, no sumen entre todos más de 500 MW. No es demasiado atractivo, por lo tanto, invertir grandes cantidades de capital en una fuente de energía poco fiable y que depende de algo tan volátil como el viento y la fuerza con la que éste golpee las palas de los aerogeneradores.
Mirándolo así, observando de cerca la cruda realidad de un parque eólico que se pasa media vida útil parado, el megavatio no es tan barato como nos cuentan sino que puede llegar a salir por un pico considerable. Si, además, algún político desquiciado toma la energía eólica como alternativa firme por motivos medioambientales a pesar de su elevado coste, podría suceder que el suministro se interrumpiese sin previo aviso y, lo que es peor, sin manera humana de reiniciarlo hasta que no vuelva a arreciar el viento. Un panorama nada alentador pero perfectamente posible si el lavado de coco perdura unos cuantos años más.
Si una fuente de energía es tan traicionera, ¿a qué se debe entonces el furor que causa en el gran público? Algo tiene que ver la prensa, muy dada a las expansiones ecologistas, y mucho a los fortísimos incentivos públicos que tiene generar electricidad de esta manera, lo que hace el megavatio aun más caro, porque de algún lado han de salir esas subvenciones. Cuando para producir energía (que no deja de ser un bien como cualquier otro) no se aplica el cálculo económico sino los intereses de políticos bienintencionados pasa lo que no tiene que pasar, es decir, que el consumidor queda irremediablemente alienado por cosas que ni le van ni le vienen. Cualquier persona normal lo que desea es que cuando apriete el interruptor se encienda la luz y que cuando le llegue la factura a los dos meses no se quede helado delante de ella. Esas son, o deberían ser, las dos prioridades de los que regulan el mercado energético. Que los ciudadanos no se queden sin luz y que paguen poco por ella. La energía eólica no es garante ni de lo primero ni de lo segundo. Tal vez valdría como complemento si las compañías generadoras lo creen necesario, o como generador idóneo para minúsculas comunidades a las que no llega el tendido eléctrico. Para todo lo demás es un inmenso fraude, un timo que está colando con una limpieza proverbial. En Estados Unidos han empezado a abandonarla y muchos son los parques que languidecen abandonados en California como testigos mudos de lo estúpida que puede llegar a ser la vanidad humana. Algo me dice que aquí tardaremos mucho en seguir esa senda.
Han pasado casi tres años desde que hice un par de recomendaciones para el fomento del registro de dominios .es. Parece que por fin algo de sentido común ha llegado a las cabezas pensantes del gobierno, que eliminará buena parte de las restricciones exigidas para conseguir esos dominios y reducirá su precio, aunque no lo suficiente.
A partir del 7 de junio empezará un interesante periodo de transición. En primer lugar, las distintas administraciones y organismos públicos tendrán un mes para registrar un dominio .es con su nombre. Después serán las empresas, asociaciones y fundaciones quienes tengan esa oportunidad. A partir de ahí, los dominios se otorgarán al primero que lo pida, sin demasiadas restricciones en cuanto al nombre, aunque Red.esse reserva cierto grado de arbitrariedad a la hora de rechazar una solicitud si ésta vulnera el derecho al honor, a la intimidad o al buen nombre. Quitando estos casos, la administración se limitará a dirimir posibles conflictos en los casos en los que se denuncie a un "ciberokupa" que, por ejemplo, haya reservado el dominio con el nombre de una empresa ya existente o una marca registrada anteriormente.
No obstante, los precios, pese a reducirse notablemente (de 95 a 32 euros según las estimaciones del gobierno), aún no están lo suficientemente cerca de los que actualmente tienen los dominios genéricos como el .com. No hay que buscar mucho para encontrar ofertas de dominios a 10 euros o menos, y no parece que el precio de los dominios españoles se vaya a reducir tanto como para poder competir en igualdad de condiciones. Resulta complicado que las previsiones de llegar a los 400.000 dominios .es en cuatro años se cumplan, a no ser que se emplee la aritmética creativa tipo Constantino Méndez.
Y es que aún queda un segundo paso que siempre es el más difícil de dar para cualquier gobierno, y más para uno socialista. El servicio de registro debería ser completamente privatizado para que los precios se acercaran a los que un servicio tan globalizado y con tanta competencia internacional requiere para competir. Aún cuando se privatizara como monopolio privado, tendría una competencia tan feroz por parte de los dominios genéricos que no le quedaría más remedio que bajar aún más los precios. No obstante, hay que alegrarse cuando se da un paso en la dirección correcta, aunque se quede corto, después de tantos años de medidas absurdas y estúpidas y de falta de reflejos ante el resultado de las mismas.
Europa se desmorona. Gerhard Schröder ha tenido que adelantar las elecciones generales a pesar de su desesperada campaña contra el capitalismo. En Francia y Holanda ha ganado el “NO”, y el tratado político de la unión ha quedado tocado de muerte junto a la reunificación socialista que implica. En España, ZP se dedica a manipular el sistema de contabilidad nacional para salir mejor en la foto y conseguir sus promesas.
Europa se enfrenta a una tormenta económica y política que muy probablemente los burócratas de Maastricht quieran arreglar con la misma medicina que está matando a Europa: proteccionismo, intervencionismo y agresión contra las economías de sus ciudadanos y empresas. Todo es lícito para el enriquecimiento de la elite burocrática europea.
Por el contrario, China, que todos concebimos como un país “comunista”, está tomando el camino contrario: ha apostado fuerte por el libre mercado. La enérgica desintervención estatal ha permitido a un país sumergido en la miseria un crecimiento y acumulación de riqueza altísima respecto a años anteriores.
Recientemente el Development Research Centre ha publicado un informe que prevé un crecimiento del 8% para la China hasta el 2010. Por el momento, los políticos chinos saben que el libre mercado es la salida exitosa a la abundancia y riqueza. Así, la última medida de China ha sido eliminar aranceles de 81 categorías textiles. ¡Qué sea el mercado quien decida sobre él, y no los partidarios intereses de los políticos en alguna cumbre internacional a miles de kilómetros de la gente de a pie!
¿Cuál es la diferencia entre Europa y China? Mientras que en Europa se intenta distanciar más y más del capitalismo que le ha llevado al bienestar, China está apostando por todo lo contrario: el libre mercado. Y los resultados son evidentes. Decadencia y socialismo europeo contra aumento de la propiedad, alta producción, prosperidad y aspiraciones reales de un bienestar futuro.
Pero el actual problema de China sigue siendo la libertad económica. Aún no hay suficiente. Y es que será la libertad económica quien dé a China la libertad política.
En el libre mercado la gente se enriquece por su esfuerzo individual ganando mayor bienestar; y a mayor bienestar individual, menos estado y centralismo. Si en China perdura y se amplia el capitalismo, sus ciudadanos y las nuevas generaciones, que habrán aprendido la lección de lo que puede costar el socialismo, se darán cuenta que el estado es un estorbo a sus ansias de riqueza y prosperidad. Y como cualquier estorbo verán que lo mejor es eliminarlo del todo.
Mientras tanto, Europa, si sigue luchando por falsos sofismas y vacíos conceptos semánticos como igualdad, solidaridad (impuesta), estado del bienestar… verá aumentar una sociedad empobrecida, anquilosada y dependiente de un caudillo social y de la producción. ¡Tal vez el presidente de la Unión Europea! ¡El máximo burócrata que nos dirigirá a todos para su beneficio!
Aún podemos estar a tiempo. En lugar de fijarnos en viejos conceptos fallidos aprendamos de la nueva realidad china. Menos políticos, menos Europa y más libertad de mercado. La muerte de la Unión Europea puede ser el surgimiento de un nuevo tipo de economía global y capitalista.
Durante las últimas dos décadas se han sucedido los trabajos de economistas que criticaban las políticas antimonopolio, o antitrust, por sus perversas consecuencias sobre economía y porque terminan siendo un arma de intervención estatal sobre la libertad de contrato y la libre empresa cuya utilización perjudica a la sociedad en su conjunto. El retorno de una mayoría de los economistas a una posición claramente contraria a estas políticas –posición que era lugar común de la casi totalidad de los economistas a comienzos del siglo XX– también ha ayudado reconsiderar la irreal teoría de la competencia perfecta que ni es perfecta ni representa la competencia que se da en el mundo real.
Sin embargo, casi todos los especialistas en la materia siguen pensando que, en su origen, la intención que movía a los valedores de estas políticas antitrust era la defensa de la competencia y, en consecuencia, de los intereses de los consumidores. Pero un repaso a la historia de la Sherman Act, la primera gran ley antitrust promulgada en 1890, muestra que la verdad es justo la contraria.
John Sherman, senador del partido republicano de los EEUU, protagonizó una cruzada para introducir la primera ley federal que permitiese prohibir una larga lista de acuerdos contractuales y formas de gestión empresarial que, en su opinión, eran típicas de las uniones empresariales conocidas como trusts. En su cruzada contra los pujantes trust, Sherman esgrimió que aquellos reducían artificialmente la producción de sus industrias para controlar el precio y perjudicar a los consumidores, lo que le permitió pasar a la historia como el defensor de los mismos frente al desenfrenado poder de las grandes empresas.
Sin embargo, el argumento de Sherman no resiste el más mínimo análisis histórico, económico ni epistolar. Las décadas previas a 1890, año en el que se aprobó el Sherman Act, fueron tiempos de un gran crecimiento económico y de vertiginosas innovaciones tecnológicas. Precisamente en los sectores en los que más importancia tuvieron los trust fue donde más creció la producción y la productividad gracias al aprovechamiento de las economías de escala, a la aplicación de nuevas tecnologías y al uso de nuevos sistemas de transporte como el ferrocarril. Fue también en esos sectores en los que se registraron las mayores caídas continuadas de los precios, tanto de los bienes de consumo como de los bienes de producción. Este proceso difícilmente puede entenderse como un perjuicio para el interés de los consumidores.
Y no es que el primer gran activista en favor de leyes antitrust malinterpretase las estadísticas o careciera de la lógica más elemental. El senador Sherman se autoproclamó defensor de los consumidores sin que nadie se lo pidiera con el único objetivo de cubrir las vergüenzas de sus verdaderas intenciones. En efecto, el estudio de su correspondencia muestra que jamás se escribió con asociaciones de consumidores para estudiar las demandas de éstos y, sin embargo, sí mantuvo intensos contactos con empresas ineficientes incapaces de competir con la alta productividad de los trust. Sherman eligió a los consumidores como escudo pero igualmente podía haber utilizado a los conejillos de la india si estos le hubieran sido más útiles para sacar adelante sus políticas contrarias a la libertad de mercado y la soberanía del consumidor.
Así pues, el origen de la primera ley antitrust no fue otro que el intento desesperado por parte de productores ineficientes y políticos faltos de la más mínima integridad moral de usar la fuerza para que el consumidor no pudiera elegir libremente la que a su juicio era la mejor dedicación de los siempre escasos recursos económicos. La máscara de Sherman debió desintegrarse años más tarde cuando defendió con igual ahínco una ley para la introducción de aranceles. Sin embargo, la demagogia y el ilusionismo lingüístico lograron que escapara casi limpio.
Si el análisis teórico está relegando las leyes y las políticas antitrust al lúgubre lugar que le corresponden, la investigación histórica permite establecer de una vez por todas su claro origen liberticida.
El pasado 21 de abril los ministros de transporte de la Unión Europea acordaron lanzar otra carga de profundidad contra el mercado único europeo. El método elegido es verdaderamente cruel, no tanto por la lentitud con la que asfixia la libertad de mercado sino por su cobarde camuflaje a modo de armonizado sistema de financiación de las infraestructuras viarias.
La reciente imposición de tasas al tránsito de camiones en los países centrales de la UE había puesto en cuestión la verdadera esencia de la Unión: su mercado único. La estrategia de los agresionistas de estos países –popular y erróneamente conocidos como proteccionistas– era tan sencilla como perversa. “Si los países periféricos de la Unión tienen que pasar por nuestro territorio, hagámosle pagar peaje con lo que elevaremos el coste de sus empresas de transporte y favoreceremos a las mercancías producidas en los países centrales a costa de aquellas que proceden de países periféricos.” Una barrera comercial con careta de peaje para la financiación de las infraestructuras en función de la cual los camiones de más de 3,5 toneladas tendrán que pagar por no contravenir la ley de la gravedad y desplazarse a ras del suelo. Los padres de la criatura no supieron esconder la verdadera naturaleza de la medida, en un punto indefinido entre el agresionismo aduanero, la voracidad impositiva y el endiosamiento de la acción coactiva estatal, al autorizar que el dinero recaudado se pueda destinar a tapar algunas de las vergüenzas más comprometedoras del estado del malestar como es el caso del déficit sanitario.
De esta extraña forma los ministros en cuestión han decidido “atajar” el problema de la proliferación de tasas al tránsito de camiones por distintos países europeos. Parece que sus cerebros sufren un bloqueo mental ante la forma más sencilla de solución: prohibir las tasas que los propios gobiernos de algunos de los representantes estaban imponiendo. No, ellos piensan a otro nivel y adoptan soluciones más modernas y sofisticadas: autorizar, alentar y armonizar nuevas tarifas aduaneras –perdón, peajes– que variarán en función del tiempo de uso de la infraestructura viaria, del horario y las fechas o de la emisión de gases contaminantes.
Los políticos de la mayoría de los países periféricos entendieron la jugada y se opusieron a la aprobación de la directiva. Así, los ministros de Bélgica, Estonia, Finlandia, Grecia, Malta y Portugal se opusieron o se abstuvieron aduciendo que la nueva tasa penaliza el tejido productivo y el sector de transporte terrestre de sus países. Vamos, que comprendieron que se trata de una vuelta encubierta al sistema mercantilista de aduanas internas. También los transportistas han interpretado la directiva en clave de barreras para dañar las exportaciones de los países más alejados del centro.
Y ¿qué ha hecho el gobierno español? Pues, por increíble que parezca, ha votado a favor de la nueva directiva. Y eso que España se encuentra entre los países directamente más afectados por esta nueva imposición de tasas. Por poner un ejemplo, los transportistas españoles tendrán que pagar un mínimo de 51 millones de euros al año al estado francés. Sin lugar a dudas ha sido una gran ocasión para que el secretario general de Transportes del gobierno español, Fernando Palao, exhiba talante por Europa declarando que valora positivamente un acuerdo que daña claramente los legítimos intereses de los ciudadanos españoles.
Los transportistas españoles se sienten abandonados y traicionados por su gobierno y, en su profunda ingenuidad, no se les ocurre idea más graciosa que pedir a los eurodiputados españoles que se opongan a la directiva cuando esta pase por el Parlamento Europeo. ¿Pero es que todavía piensan que hay algún eurodiputado español dispuesto a defender el libre mercado?
Una generación de patéticos políticos está destrozando la idea liberal de Europa como mercado único y, al ritmo que vamos, Francia terminará siendo el único en el mercado. Y así, todos salimos perdiendo. ¡Incluida Francia!
Los impuestos, además de su función recaudatoria, tienen un aspecto netamente político, que los hace entrar en el juego de premios y castigos arbitrados desde el poder para afianzarse. Un claro ejemplo de ello fue el impuesto sobre el Whiskey, arbitrado por Hamilton con el apoyo del Presidente de los Estados Unidos, George Washington.
El país estaba dividido entre las colonias del noreste y las del oeste y el sur, por donde el país se estaba extendiendo. En las segundas predominaba una sociedad más rural, con valores individualistas e igualitaristas, que se desprendían del hecho de que cualquiera podía labrarse un futuro desplazándose más al oeste y adquiriendo las tierras que abrían antes de llegar al horizonte. Esos estadounidenses eran favorables a los republicanos de Thomas Jefferson y Madison. Los Estados más tradicionales, con una mayor población urbana, más compleja y comercial estaban más volcados a la industria y al comercio exterior. El estadounidense de Nueva York o Massachussets era más nacionalista y buscaba más poder para el Estado Federal. Era en estos poblados del norte donde los federalistas de Washington y Hamilton más apoyo recavaban.
Hamilton había presentado sus tres famosos informes: Report on Public Credit (1790), que se responsabilizó de las deudas de los Estados y las pagó, junto con las federales, a la par, el Report on a National Bank (1790), que dio lugar al primer fracaso de un banco central y el Report on Manufactures (1791). Este último, rechazado por el Congreso, intentó restituir el mercantilismo a niveles casi colbertianos. Su restitución del crédito público necesitaba de fondos, y uno de los impuestos arbitrados fue el del Whiskey, con un tipo del 25%. El preciado licor era ampliamente comerciado en los Estados de base republicana, en el oeste y el sur, donde incluso, ante el escaso desarrollo de las instituciones financieras, el Whiskey era utilizado como dinero. El impuesto sobre el Whiskey era, por tanto, una medida de venganza y su objetivo era tanto recaudatorio como político.
Los Estados del back-country, desde los territorios más occidentales hasta Virginia, Carolina y Georgia, se negaron a pagar el impuesto. Hubo una revolución silenciosa en contra del impuesto, lo que dejó a Nueva York, entonces capital, ante un nuevo reto y una nueva oportunidad para afirmar el vacilante y precario poder central. Washington expresó de forma certera que, si no se detenía la rebelión del impuesto sobre el Whiskey, “podemos decir adieu a todo gobierno en este país, a excepción del gobierno del populacho y de los club” y que “si las leyes se van a pisotear con impunidad, se pondrá fin, de un golpe, al gobierno republicano”.
Washington, que quería afirmar el poder del gobierno federal y Hamilton, que quería hacerlo sobre la parte de la población que se había rebelado contra sus reformas, decidieron nada menos que enviar 13.000 soldados, una fuerza mayor que la del Ejército Continental que ganó la Guerra de Independencia, a arrollar a los resistentes. Se puede considerar como unas maniobras, sin mayor importancia, porque no hubo una sola batalla. Un ejército de grandes proporciones frente a una sociedad que se había rebelado pacíficamente.
Este caso ilustra cómo se pueden utilizar los impuestos para castigar a determinadas capas de la población. Que su incidencia no es estrictamente neutral, especialmente en los impuestos especiales. Y que el Estado puede valerse de esa incidencia desigual para castigar o beneficiar a sectores específicos.
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