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Privaticemos las obras públicas

Magdalena Álvarez, ministra de Fomento, presentó su "Plan Estratégico de Infraestructuras y Transporte" asignándole un coste, en 15 años, cercano al cuarto de billón de euros.

El proyecto costará a cada familia española, tanto sean o no usuarios del "Plan Estratégico", casi 22.000 euros, o lo que es lo mismo, unos 1.450 euros anuales (muchos jóvenes tardan varios meses en conseguir ese capital). En lugar que el estado nos confisque el dinero por medio de la extorsión (o pagas impuestos o vas a la cárcel), ¿por qué no convertir todas las inversiones públicas y forzosas en inversiones privadas y voluntarias? Es decir, pague si quiere.

La pregunta es: ¿a qué quiere destinar el dinero que consigue trabajando? ¿A usted y a su familia, o a los vividores que se aprovechan de usted? En un sistema privado y voluntario usted sólo pagará lo que usa y valora. Las empresas privadas son mucho más eficientes que el estado. El ahorro de la privatización lo podrá destinar a una mejor educación para sus hijos, vacaciones más lujosas, mayores inversiones en productos financieros para su futuro, etc. Su dinero no se malgastará en financiar a esos que no aportan nada, ni contribuirá a los inflados gastos de administración del gobierno, chanchullos de los políticos, favores de éstos a las grandes empresas, impuestos varios, etc.

Pero tal vez usted crea que sin la "coordinación estatal" las cosas importantes, como las obras públicas, no se harían. Precisamente porque son importantes (lucrativas) las empresas privadas estarán encantadas de ofrecerlo al mejor precio. Si eliminamos los estorbos a la iniciativa y creatividad empresarial como las licencias, trámites legales, mantenimiento de los funcionarios, e incluso eliminamos el mismo ministerio de Fomento y sus numerosas y obsoletas ramificaciones, la competencia privada surgirá inevitablemente ofreciéndole un servicio más barato y de mayor calidad.

Si permitimos que las "obras públicas" sean totalmente privadas la seguridad aumentará de forma inevitable. Si cada carretera, por ejemplo, es de una o varias empresas, en el caso que se causen daños o accidentes podremos recurrir legalmente contra la empresa propietaria. Con esta garantía toda empresa se asegurará tener la tasa de accidentes más baja del mercado y la competencia creará sistemas más seguros para desbancar a su rival. Hoy día es imposible llegar a esta seguridad voluntaria. La única solución del estado son más leyes y más funcionarios que nos obligan a acatar normas que nosotros no hemos elegido. La privatización también es una garantía para todos. Si una persona ebria, por ejemplo, causa un accidente en la carretera de una empresa privada ésta puede denunciar al autor del accidente o a su seguro por daños a la propiedad privada. Las leyes del estado no sirven para protegernos, sino para controlarnos y sacarnos el dinero.

Si convertimos las "obras públicas" en privadas el mercado también nos brindará precios y servicios variados según el uso que queramos hacer. Igualmente, al no existir trámites impuestos por el gobierno toda clase de hoteles, gasolineras, restaurantes, áreas de servicio, etc. brotarán según las necesidades de la demanda.

Hace tiempo que el libre mercado ha llegado a ese grado donde puede ofrecer todas las "cosas importantes". Precisamente por eso usted disfruta de bienes no primordiales, como coches, varios vestidos, televisor, un DVD, un teléfono móvil, ordenador, etc. En un sistema de libre mercado podemos destinar nuestro dinero a aquello que realmente valoramos y nadie nos lo puede incautar para dárselo a aquellos que viven a expensas de los demás.

Salario mínimo, desempleo máximo

En mayo el ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, Jesús Caldera, anunciaba un incremento del 6,6% del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) que se produciría en julio. Así, el SMI se elevó de 460,5 euros hasta 490. El pasado lunes, el mismo personaje sorprendió a propios y extraños con la comunicación de otra subida para el día 30 de diciembre.

Caldera ha querido jugar a Hitchcock ocultándonos la cuantía de la nueva subida hasta el día de su anuncio oficial prevista para el penúltimo día del año, o hasta su ya habitual filtración previa en un medio del grupo PRISA. Eso sí, nos aclaró que será "bastante por encima del objetivo de la inflación para 2005 con el fin de hacer justicia social". Además, según informan diversas agencias de prensa, el ministro afirmó que la subida del salario mínimo responde también a la necesidad de acercarse al sesenta por ciento del salario medio, según establecería el abominable texto que la mayoría de políticos de izquierda y derecha pretenden convertir en Constitución Europea.

Desconozco en que vericueto del texto de marras puede leerse semejante dislate y reconozco que cuando leí el proyecto de Constitución para Europa debí pasar por alto tan malhechora medida de política social(ista). Supongo que cuando uno lee textos aburridos y llenos de medidas que intervienen y violentan la vida de los ciudadanos tiende a acelerar la lectura para pasar el mal trago cuanto antes y así, claro, se le escapan a uno medidas tan trascendentes. En lo que seguro que estoy equivocado, a juzgar por las palabras de Caldera, es en que creía que el referéndum aún no se había celebrado.

Si es cierto que el pretendido texto constitucional contiene esa norma, sería la enésima razón para votar en contra de la Constitución Europea. Si, por el contrario, Jesús Caldera atribuye a la Constitución una medida que pertenece al texto de otro acuerdo intervencionista o que simplemente desearía ver cumplida, sería razón suficiente para confirmar su permanente contienda con la verdad.

Sea verdad o no que la mal llamada Constitución Europea contiene esa disposición, la elevación del SMI hasta el 60% del salario medio es un disparate de consecuencias tan catastróficas como previsibles. Y es que la nueva elevación del SMI y sus sucesivos aumentos hasta ese arbitrario 60% del salario medio sólo traerán más paro entre las personas con menos capacitación y, por lo tanto, una mayor e injusta diferencia de rentas entre ricos y pobres. Curiosamente, este análisis de lo que provoca cualquier elevación del salario mínimo por encima de la remuneración que las personas acordarían de manera voluntaria y pacífica en el mercado libre es uno de los que mayor unanimidad suscita entre la dividida profesión de economistas (en torno al 80% según una conocida encuesta económica) y, al mismo tiempo, de las más ignoradas por los políticos empeñados en hacer de la demagogia propia y la ignorancia ajena su particular caldo político.

La cuestión es tan sencilla que hasta un político puede entenderla. El hecho de que el gobierno de turno eleve el precio mínimo que ha de pagarse por los servicios laborales no garantiza que todo el mundo reciba esa cantidad sino, más bien, que todo el que no esté capacitado para producir por encima del salario mínimo deje de ser aceptado por el consumidor y, por lo tanto, por el empleador. Supongamos que el gobierno, en un entrañable acto de "solidaridad" mamífera, decida elevar el precio mínimo del alquiler de bueyes como fuerza de labranza hasta los 500 euros semanales. Todo el mundo estará de acuerdo que esta medida coactiva no conseguirá que todos los bueyes obtengan 2.000 euros mensuales sino, más bien, el que los bueyes que contribuyan a la producción agrícola en menor cuantía que el precio mínimo del arrendamiento dejarán de ser contratados porque, de lo contrario, implicarían una pérdida para el empresario. Su empleo en la labranza deja de tener sentido, y no porque haya otros usos mejores para los bueyes o factores alternativos mucho más productivos, sino porque el gobierno ha impedido por la fuerza que los bueyes menos productivos puedan realizar una contribución al proceso productivo y ser retribuidos en consonancia.

Pues lo mismo ocurre cuando el gobierno establece salarios mínimos por encima de la retribución mínima del trabajo humano que surgiría en un ámbito de intercambios voluntarios. Los jóvenes y aquellas personas que en general están menos capacitadas para aportar al proceso productivo un valor superior a la retribución mínima que ha sido impuesta, perderán su empleo o no llegarán a encontrar ninguno. Si no fuese esto así, ¿por qué iba el político intervencionista a detenerse en 600 euros al mes? ¿Por qué no elevar el salario mínimo hasta 1.000 o, ya puestos a subir, a 10.000 euros mensuales?

Privilegio para unos y desempleo para otros. Es el gran charco de la temeraria payasada social que inunda la política de hoy en día y en la que tan a gusto chapotean los políticos y tan a disgusto se desenvuelven los seres humanos que no tienen el privilegio de ser poco productivos y vivir de lo que se le quita a otros por la fuerza.

Adiós a Franklin Delano Roosevelt

El pasado jueves el Presidente Bush se dirigía a sus ciudadanos con un claro mensaje sobre la Seguridad Social: "El sistema está abocado a la bancarrota en el futuro". Pero el futuro es ahora. En 2008 comenzarán a prejubilarse los miembros más mayores del baby boom americano, que se irán incorporando progresivamente al pasivo del sistema, haciéndolo quebrar. La reforma es inevitable y la cuestión no es si se hará o no sino cuándo y cómo. Con cada año que pasa las opciones que restan son cada vez menos atractivas. Bush, que no puede aspirar ya a una reelección y que ha sido respaldado en su programa por la mayoría de los americanos, está dispuesto a llevarla a cabo, para lo que ha pedido colaboración a los dos partidos.

El sistema "de reparto" transfiere las rentas de los trabajadores a los jubilados, por lo que desincentiva el trabajo; las cotizaciones son un impuesto sobre la creación de empleo. La renta recibida por los jubilados se destina al consumo y no al ahorro y la creación de riqueza, por lo que la sociedad se hace más pobre. El plan propuesto por la actual Administración permite destinar parte de las cotizaciones a cuentas personales que van a fondos de pensiones. Pero la transición de un sistema a otro se enfrenta a un problema financiero: mientras unos retiran dinero del antiguo sistema para ahorrarlo en las nuevas cuentas, hay que sacar fondos para pagar a quienes se suman al pasivo del sistema antiguo. El coste puede ser muy importante, pero es muy importante no olvidar que es de carácter financiero y no estrictamente económico; por el contrario el nuevo sistema favorece la creación de riqueza.

Parte del desfase financiero se cubre con el aumento de los ingresos del erario público que provienen del aumento en el crecimiento económico. Pero éstos no son suficientes y tardan en aparecer. De modo que solo queda reducir el gasto en otras partidas, aumentar los ingresos fiscales o recurrir al endeudamiento público en previsión de que los beneficios del nuevo sistema ayuden a su futuro enjugue. Por desgracia Bush, que ha aumentado significativamente el gasto público, no está pensando en la primera opción, que de paso favorecería un mayor desarrollo económico. La segunda no cuenta con el apoyo de republicanos y demócratas. Y él ha manifestado que no aceptará una opción que suponga un aumento de los impuestos.

La solución parece exigir la cuadratura del círculo. Pero los recovecos del devenir económico son siempre más complejos, y George Bush puede beneficiarse de la reforma fiscal que tiene en mente, si es capaz de llevarla a cabo. Un impuesto con uno o dos tipos marginales, eliminados muchos de los agujeros de los que se benefician grupos especiales y lobbies, permitiría mantener bajos los tipos y sin embargo aumentar los ingresos del fisco, lo que ayudaría al Estado a asumir los costes de transición al nuevo sistema. De este modo dos aspectos sustanciales de su reforma económica para los próximos años no solo no se contradicen, como muchos temen, sino que se refuerzan.

Privatizar la Seguridad Social supone acabar con el legado de Franklin D. Roosevelt. Bajo su mandato se produjo un cambio radical en el papel del Estado en la economía en los Estados Unidos. El modelo público de pensiones se ha agotado y las reformas propuestas por Bush devolverían la iniciativa y la responsabilidad a los ciudadanos, arrancadas en este siglo por el omnívoro Estado. La apuesta tiene enorme calado y sus implicaciones sociales son de largo alcance. Los grupos sociales y de intereses que han servido de plataforma de la izquierda y que se han beneficiado tradicionalmente del favor estatal tiemblan ante la posibilidad de que desaparezca la partida más importante del presupuesto estatal y, especialmente, de que se cree una sociedad de ciudadanos ahorradores y autosuficientes, que vean con creciente desapego y desconfianza al Estado. Ya han empezado a reaccionar, actuando conjuntamente contra el plan de reforma. Se inicia un lucha política apasionante y de enorme importancia.

La abolición de la Seguridad Social

El gobierno de ZP ha manifestado que va a contribuir un poco más a la quiebra de la seguridad social destinando 1.800 millones de euros adicionales a las pensiones. El sistema de seguridad social español se basa en un política de redistribución donde usted paga no su futura pensión, sino la de otro que ya ha contribuido (esquema de Ponzi). Recientemente Pedro Solbes declaró que "la seguridad social se puede prolongar durante cinco o seis años más, pero después de este tiempo será más complicado".

Para evitar este colapso algunos economistas, como los del gobierno Bush, creen que las pensiones han de financiar al que las aporta, y no a terceros. Para conseguir una cierta solvencia futura, Bush ha manifestado que la conversión a su sistema puede costar entre dos y tres billones de dólares. ¡Menuda solución!

En todos los casos el panorama es desastroso: o nos arruinamos en el futuro (método Solbes), o nos arruinamos en el presente (método Bush) destinando nuestro dinero a un fin que nosotros no hemos elegido, sino el estado.

El economista Milton Friedman, ganador de un Premio Nóbel, dijo de la seguridad social: "los jóvenes siempre han contribuido al mantenimiento de los mayores. Antes, el joven ayudaba a sus propios padres por un sentido de amor y deber. Ahora contribuyen a mantener a los padres de otro por obligación y miedo".

Las palabras de Friedman nos sirven de guía. ¿Qué derecho tiene el estado a robarnos el dinero diciendo que es para "nuestro bien"? ¿Qué derecho tiene para no cumplir con su deuda, y como solución a su fracaso, robar por partida doble a toda la comunidad? Nosotros sabemos mejor que nadie como gestionar nuestro dinero. Efectivamente, la mejor solución sólo puede ser que el estado no interfiera en nuestro futuro, y por lo tanto, abolir la seguridad social.

Pero ¿qué pasa con aquellos a los que el estado prometió una pensión y ahora se ven sin ella? Cuando llegue el momento, yo ofrezco un plan muy sencillo:

1. Que el estado privatice completamente todas las empresas productivas y elimine las improductivas. Con los ingresos indemnizará a los pensionistas. La privatización de estas empresas creará más trabajos, producción útil y aumentará el presupuesto individual y familiar. Podríamos llamarlo la contra–nacionalización.

2. Eliminar todas las ayudas y gastos estatales. El derroche social del estado sólo incentiva la ociosidad y el parasitismo (subsidios por desempleo, subvenciones destinadas a los actores, a organizaciones pro terroristas palestinas, a dictadores africanos y latinoamericanos…). Esto implica también eliminar todos los ministerios ineficaces, como el ministerio de economía, vivienda, ciencia, medio ambiente… Los funcionarios por primera vez tendrán que ser productivos e ir a trabajar a empresas privadas. El ahorro y fondos estatales serán usados para indemnizar a los pensionistas actuales.

3. Eliminar todas las leyes que son un obstáculo al comercio. En consecuencia aflorará el capital extranjero y nacional (sumergido) siendo canalizado a necesidades que la gente sí valora y haciendo aumentar el bienestar de todos.

4. Eliminar todos los impuestos. El precio de los bienes disminuirá drásticamente. Todos tendremos mayor poder adquisitivo y se incentivará la competencia de forma natural.

5. Eliminar todas las trabas a los sectores financieros, seguros y médicos. Desaparición de los órganos reguladores como la CNMV, banco central, dirección general de seguros… La oferta de productos financieros de ahorro, inversión y previsión crecerá según su demanda real proporcionando herramientas ricas y diversificadas en riesgo. Se crearán seguros y planes de pensiones individuales con cortos periodos de carencia para los mayores.

Con estas medidas seremos los amos de nuestro futuro sin depender de ningún político pudiendo ayudar voluntariamente a nuestros mayores. No tenemos la culpa de los fallos del estado. Que sea él quien pague sus errores.

Lo que nos cuesta la ONU

Recientemente Marta Arias, responsable de la campaña de los Objetivos del Milenio de Intermón Oxfam, afirmaba que "a menos que los líderes mundiales actúen ya, el rumbo de la lucha contra la pobreza del próximo año podría terminar en un fracaso vergonzoso". Con estas palabras, Arias, se refería al fiasco del plan fijado por la ONU para el 2015 donde ninguno de sus objetivos será alcanzado.

Con esta sentencia, podemos ver cual es la auténtica vocación de este tipo de organizaciones. Arias reclama la actuación de los líderes mundiales. Para ella, los líderes mundiales saben mejor que nosotros cómo gastar nuestro dinero. Pero, la incautación por la que aboga Arias, no se destina a los pobres del mundo como ella pretende, sino a organizaciones, que como la ONU, no tienen control alguno y se enriquecen a costa del trabajo de los demás.

Una viñeta de Cox & Forkum nos ilustra perfectamente cómo se distribuyen las ayudas internacionales. Pero en la ONU también son evidentes otros males como la corrupción interna. Recientemente, la cadena estadounidense ABC elaboró un reportaje donde destapaba uno de los casos de corruptela que practican los funcionarios de Naciones Unidas.

Otro caso más reciente ha salpicado al hijo de Kofi Annan, Kojo, quien se ha lucrado a costa de la organización que preside su padre. Como respuesta a los numerosos casos de corrupción la ONU relazó 55 investigaciones internas que rehusó hacer públicas. Ni ellos mismos son capaces de defenderse.

La ONU no es supervisada por nadie, sino que pretende autorregularse mediante su "elevada moral". En contraposición a ésta, las empresas privadas, por ejemplo, siempre están bajo el ojo exigente de su consumidor. Si la empresa falla, otra gratificará mejor al cliente. Pero si apelamos a la superioridad moral del funcionario, sólo nos encontraremos con menos dinero en nuestro bolsillo; y si el funcionario falla (como siempre ocurre), entonces pedirá más dinero a los líderes mundiales.

Observemos también la gestión de la ONU. Según un análisis del Cato Institute, un contable medio en la ONU recibe un sueldo anual de 84.500 dólares (unos 64.000 euros), mientras que el mismo contable en una empresa privada de Estados Unidos cobra la mitad. Un analista de sistemas de la ONU cobra 111.500 dólares (unos 84.000 euros), mientras que en el mercado privado recibe menos de la mitad. Además, los burócratas de la ONU suelen recibir dietas, subvenciones para la educación (¡más de 12.500 dólares por hijo, que usted paga!) y generosos planes de pensiones.

La financiación y gestión de la ONU es totalmente antinatural. No se basa en el intercambio pacífico de los individuos, sino en la agresión económica de una minoría (políticos) contra la multitud (sociedad).

¿Y qué tiene que ver esto con los pobres del mundo? Mucho. La ONU es la principal interesada en que los pobres abunden, de lo contrario todos sus funcionarios se quedarían sin dinero. La mentalidad anticapitalista de la ONU se basa en esto. Si desaparece el poder de los políticos, burócratas, dirigentes sindicales, gobernantes y otros vividores, cada uno será responsable de sus acciones, inversiones y destino. En consecuencia, no intentará vivir de los demás o se autoproclamará "pobre" para recibir todo tipo de subsidios estatales o ayudas internacionales, sino que cada uno progresará según la contribución voluntaria que realice al mundo y sociedad: con más comercio, más empresas, mayor intercambio y más riqueza.

Como cualquier organización criminal, la ONU ha de ser eliminada. ¡Qué no nos robe más! Nosotros sabemos gestionar nuestro dinero mejor que los líderes del mundo. La lucha contra la corrupción y la pobreza empieza por eliminar a estas organizaciones de nuestras vidas: cuanto más dinero reciba la ONU, más perderemos nosotros, y los pobres del mundo.

Abundancia sin límites

Los precios del petróleo están al alza. Ya ocurrió a comienzos de los setenta, lo que avivó los miedos de que en un breve espacio de tiempo la humanidad se quedara sin el combustible fósil más ampliamente utilizado, así como sin otros recursos naturales. Las previsiones de entonces fracasaron clamorosamente. Hoy, se afirma, la situación es distinta. La incorporación a ritmos inusitados de las economías india y china al industrialismo drenará de recursos el mundo, en un incontrolado crecimiento que, finalmente, llevará al agotamiento de los mismos. La idea es sencilla, intuitiva, casi evidente. El mundo es finito, las materias primas que contiene también, y su consumo tiene que llegar, forzosamente, a un fin. Tan sencillo como eso; tan claro, que negar que los recursos son limitados parece la idea de alguien que está dispuesto a negar lo evidente, a afirmar la mayor paradoja (los recursos limitados son ilimitados) sin ninguna responsabilidad intelectual o con algún oscuro interés político. Pero un conocimiento adecuado de la teoría económica y la recopilación de los datos más relevantes hacen ver no solo que no es inevitable ni inminente ninguna escasez de materias primas, sino que las mismas son potencialmente ilimitadas[1]. Lo que parece más extraño de todo esto es que han sido los economistas, los que se dedican a estudiar la ciencia de la escasez y más inciden en ella, quienes han puesto de manifiesto lo errado de la teoría de los recursos agotables. Cómo es posible resolver estas aparentes paradojas será el objeto de estudio de este artículo.

Un primer análisis

El estudio de las materias primas se ha hecho desde dos puntos de vista. Uno de ellos técnico, ingenieril, geológico, y el otro económico. En realidad el primero ha utilizado los instrumentos de las ciencias físicas, pero aplicándolos a la relación entre las materias primas y el hombre en sociedad, mientras que el segundo se ha valido desde el comienzo del análisis económico, con un cierto apoyo en la geología sólo instrumental, y no esencial. El primero, como en seguida veremos, constituye una aplicación espuria del método científico, porque utiliza técnicas que no son adecuadas al objeto de estudio. Conceptúa los recursos en su aspecto físico, o acaso en un aspecto instrumental “histórico”, tomando como dato el uso actual de los mismos. Pero no llega a la concepción económica de los mismos, que los ve como medios para los cambiantes, creativos fines del hombre. En cuanto rebasamos el ámbito físico y consideramos los fines, las ambiciones del hombre, hemos entrado en otro ámbito, que necesita de un estudio sistemático y formal de las acciones humanas, el de la praxeología[2]. A este respecto conviene citar a Ludwig von Mises:

“La praxeología no se ocupa propiamente del mundo exterior, sino de la conducta del hombre al enfrentarse con él; el universo físico per se no interesa a nuestra ciencia; lo que ésta pretende es analizar la consciente reacción del hombre ante las realidades objetivas. La teoría económica no trata sobre cosas y objetos materiales; trata de los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, las acciones humanas de que aquéllas derivan. Los bienes, la riqueza y todas las demás nociones de conducta no son elementos de la naturaleza sino elementos de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, centrando su atención en lo que significan las acciones que persiguen los hombres” [3].

Quienes afirman el fin sin remedio de los recursos han deseado “entrar en el segundo universo” de las ideas, valoraciones, acciones humanas, pero sin dar el paso de olvidarse de las categorías del primero. El mundo de los bienes no lo constituye toda la tierra, sino sólo la parte de ésta que el hombre incorpora a su dominio. Los hombres actuamos para cumplir deseos o fines no satisfechos, para remozar una insatisfacción, una necesidad, una carencia. En su búsqueda de medios para conseguir sus fines, el hombre ha ido extendiendo su dominio sobre una parte del mundo creciente[4]. Al incorporarlos a la corriente de la producción, asignándoles un valor, los ha ido creando en un sentido económico; de este modo, los recursos no se han ido haciendo más escasos, sino más abundantes. Desde un punto de vista humano, económico, los objetos materiales que no ha incorporado a la corriente de bienes porque no resulta económico hacerlo, porque no son útiles a sus propósitos, porque desconoce que lo sean o porque no sabe que existan, no son bienes. Por ese motivo el acto de incorporarlos y darles un valor es un acto creativo. Los recursos económicos, de este modo, son cada vez más abundantes, gracias a la capacidad creativa del ser humano. Así, aunque la cantidad de energía y materia sea siempre constante, la cantidad de bienes no lo es. Citemos de nuevo a Ludwig von Mises, para quien la producción:

“Implica sólo la transformación de ciertos elementos mediante tratamientos y combinaciones. Quien produce no crea. El individuo crea tan solo cuando piensa e imagina (…) La producción consiste en manipular las cosas que el hombre encuentra dadas, siguiendo los planes que la razón traza. Tales planes –recetas, fórmulas, ideologías- constituyen lo fundamental; vienen a transformar los factores originales –humanos y no humanos- en medios. El hombre produce gracias a su inteligencia; determina los fines y emplea los medios idóneos para alcanzarlos”[5].

Estas consideraciones se tienen que extender al concepto de escasez. La escasez es un concepto subjetivo, como todos los relacionados con las valoraciones humanas y deriva del hecho de que los medios nunca son suficientes para cumplimentar todos los fines a que la mente humana es capaz de dar lugar. Es el mismo carácter creativo de la mente del hombre lo que hace que los medios siempre sean escasos. Por tanto, la escasez es un fenómeno propio de la mente humana, del ámbito de la praxeología y no del mundo material. Decir que un elemento, el cobre por ejemplo, es escaso porque es físicamente finito no tiene ningún sentido. Si jamás lo hubiéramos descubierto, porque se escondiera profundamente bajo la corteza terrestre, jamás habría sido escaso, por lo que la escasez no tiene relación directa con la cantidad física de un recurso sino con el valor que cada porción del mismo tenga para los fines humanos. Como dijo Lionel Robbins, los huevos podridos son mucho menos en número que los que no lo están, y eso no hace de ellos más escasos. Son superabundantes, ya que no sirven a ningún propósito del hombre.

La sociedad ha dado con un mecanismo que transmite las valoraciones humanas sobre los medios y su escasez en un sistema de signos, sencillo y eficaz: es el sistema de precios. Éste recoge la información dispersa entre millones de personas, y que hace referencia a la escasez y valor de bienes y recursos, y la condensa en relaciones de intercambio, precios, que son fácilmente interpretados por quienes viven en sociedad y les sirven de guía para un adecuado comportamiento económico. Los precios[6] se adaptan a la escasez relativa de los bienes, subiendo y bajando cuando lo hace ésta. Por ese motivo, para saber si los recursos se han hecho más o menos escasos lo que tenemos que observar es la evolución de sus precios. Esto se puede hacer comparándolos con el precio de otros bienes, de los servicios del trabajo, o también observando la evolución del porcentaje de la renta que se dedica al gasto en estos recursos. Sea cual fuere el criterio elegido, el veredicto es siempre el mismo: los recursos naturales no se hacen más escasos, sino que con el paso del tiempo se hacen más abundantes[7].

Clasificación teórica de los recursos

Julian Simon ha hecho una importante clasificación teórica de los recursos en su obra The ultimate resource 2.[8] Según ésta, habría en primer lugar una cantidad total de un determinado recurso. En segunda instancia nos encontramos un primer límite, a partir del cual no resulta técnicamente explotable con la tecnología del momento. Un segundo límite sería económico, el linde que separa los bienes en intramarginales y submarginales. Los primeros son suficientemente escasos como para que resulte económica su explotación, los siguientes no. Es un fenómeno que se puede observar, por ejemplo, con la tierra. La inmensa mayor parte no está cultivada, dado que el coste del trabajo y el capital necesario para su explotación excede el rendimiento que de ella se pueda obtener[9]. Lo mismo ocurre con otros recursos materiales, como el petróleo, los metales y en general los minerales.

De los recursos que son técnica y económicamente explotables sólo conocemos una parte. Hay otra que queda aún por descubrir, otra que es sólo hipotética y especulativa y otra que simplemente no hemos llegado a concebir[10]. Los estudios técnicos que concluyen el pronto agotamiento de minerales útiles al hombre se han basado en gran parte en los recursos conocidos o probados, sin darse cuenta de que los mismos no son sino una exigua fracción del total. Una fracción, además, cuyos límites no hacen más que cambiar. Por este motivo las predicciones sobre próximos agotamientos de los recursos no han hecho más que fracasar una tras otra, como en seguida veremos[11].

Una historia de estrepitosos fracasos

Las predicciones de que la humanidad se quedaría en breve sin recursos, o de que al menos éstos se harían cada vez más escasos, han fracasado miserablemente; todas, sin excepción. Su historia se remonta a la antigua Grecia[12], aunque en su moderna formulación se puede datar en 1866. En ese año William Stanley Jevons, uno de los teóricos más importantes de la joven ciencia económica, publicó un libro titulado The coal question en el que alertaba de que el carbón, en el que se basaba en gran parte el industrialismo británico, se agotaría rápidamente. De este modo constituiría un cuello de botella para el crecimiento económico, por lo que se seguía la “imposibilidad de un progreso largo y continuado”[13]. La producción de carbón se ha multiplicado desde entonces, hasta dejar la producción de mediados del XIX en una exigua fracción de la actual. El precio ha caído estrepitosamente, tanto que algunas explotaciones están mantenidas por subsidios estatales porque no podrían subsistir competitivamente.

El descubrimiento del petróleo desvió, a finales del XIX, la atención a este recurso, que ha desbancado al carbón como fuente principal de energía, pasando a concentrar las predicciones a la vez pesimistas y erradas. El U.S. Geological Survey[14] (USGS, en adelante) predijo en 1920 que quedaban en el mundo 20.000 millones de barriles de petróleo. En 2000 las previsiones se han elevado a 3 billones. En 1885 afirmó que no había petróleo en California, estado en el que se han extraído 8.000 millones de barriles. En 1891 repitió la misma predicción sobre Kansas o Tejas, de donde se han sacado 14.000 millones de barriles. En 1908 situó la cantidad de petróleo en los Estados Unidos en 22.500 millones de barriles. Desde entonces se han extraído 35.000 millones de barriles, y hay reservas probadas de 27.000 millones más. La Oficina de Minas de los Estados Unidos cifró en 1914 la capacidad futura potencial de producción de petróleo de ese país en 5.700 millones de barriles, cantidad que se ha sextuplicado sólo en la producción desde entonces. El director del USGS predijo en 1920 que los Estados Unidos tendrían que importar petróleo porque las posibilidades máximas de producción se habían alcanzado. Treinta años más tarde, una producción cuatro veces mayor permitía la exportación de crudo. El informe de 1914 predecía el agotamiento de los recursos petrolíferos en diez años. En 1939 el Departamento de Interior previó que estos recursos se agotarían en trece años. La misma cifra predijo el mismo departamento doce años más tarde, en 1951[15].

Un estudio de 1929 mostraba su preocupación porque, “asumiendo la continuidad de las técnicas actuales y un precio (…) de tres céntimos por libra, es claro que los recursos mundiales de plomo no pueden satisfacer las actuales demandas”. El mismo informe afirmaba que las “reservas conocidas de aluminio (…) no parece que satisfarán las crecientes demandas de las naciones industriales por más de 10 años”[16].

El Informe Paley de 1952 concluyó que la producción de cobre de los Estados Unidos no podría superar en los setenta las 800.000 toneladas. En 1973 se alcanzaban los 1,7 millones. La predicción hecha por el informe sobre la producción de plomo dejó las 300.000 toneladas previstas en la mitad de la producción real[17]. El geólogo Marion King Hubbert predijo en 1956 que la producción de petróleo llegaría a un pico en los setenta y luego declinaría, en lo que se conoce como el pico de Hubbert[18]. El geólogo Preston Cloud afirmó que “la comida y las materias primas sitúan los últimos límites al tamaño de la población (…) esos límites se alcanzarán en los próximos treinta a cien años”[19].

Especialmente exitoso fue el libro The limits to growth, editado en 1972, que vendió nueve millones de copias, fue traducido a 22 idiomas y ha tenido un impacto enorme y duradero en los medios de comunicación. En este libro el Club de Roma hizo una proyección del consumo de recursos de entonces sobre las reservas conocidas, con lo que se concluyó que el mundo carecería de oro en 1981, de mercurio en 1985, de aluminio en 1987, de zinc en 1990, de petróleo en 1992 y de cobre, plomo y gas natural en 1993. No solo no se han cumplido estas predicciones, sino que las reservas conocidas de estos minerales son hoy mayores que en 1972. Más tarde la propia institución reconoció que las conclusiones de este informe no eran correctas, y que engañaron a propósito al público con el objetivo de “despertar” su preocupación. En 1992 sacó otro libro, titulado Beyond the limits, en el que predice que el mundo se quedará sin petróleo en 2031 y de gas natural en 2050[20].

En el mismo año en que se publicaba The limits to growth, 1972, el economista Ed Mishan escribió: “(…) aunque en las construcciones de los economistas siempre hay recursos sustitutivos esperando a ser usados en cualquier momento en que los precios de un recurso actual comiencen a subir, no hay ningún conocimiento todavía de lo que, si es que hay algo, puede sustituir un conjunto de metales aparentemente esenciales –plomo, mercurio, zinc, plata, oro, platino, cobre, tungsteno- que se harán crecientemente escasos antes del final de siglo”[21]. Se había adelantado por cuatro años Charles Park, que en su libro Affluence in Jeoprady había escrito que mantener las tendencias de crecimiento del pasado en el uso de minerales “sería una tarea difícil y quizás imposible”. Que “el supuesto de una economía constantemente en expansión no se puede cumplir; cualquier pronóstico basado en ese supuesto es inválido”. Es más, en el futuro habrá “mayores escaseces de todo tipo” y “habrá una mayor y más profunda pobreza en el mundo”[22]. Robert Heilbroner, en su libro An inquiry into the human prospect, afirmaba en 1974 que era inminente el fin de la sociedad industrial, dado que el mundo se estaba quedando rápidamente sin recursos[23]. E. F. Shumacher, en su celebrado Small is beautiful, de 1973, albergó las mismas preocupaciones, dado que según el economista la explotación no puede seguir el ritmo de un consumo en aumento. Predijo, basándose en esas razones, que la relación entre las reservas y el consumo de petróleo caería de 40:1 a 20:1 en 1980, y ello suponiendo que las explotaciones llegaran a 80.000 millones de toneladas, supuesto que calificaba como “fantasioso”. La extracción de crudo en ese año fue de 88.000 millones de toneladas, y en 1989 se alcanzaban las 136.000 millones; de este modo, el ratio entre reservas y consumo no sólo no había descendido, sino que había aumentado a 44:1[24].

En 1975 Amory Lovins aseguró, en Energy estrategy: The road not taken?, que “los países con industrias en expansión, rápidos crecimientos de población (…) serán severamente golpeados por las escaseces de energía a partir de ahora”. Un estudio del MIT de 1977 aseguraba que “la oferta de petróleo dejará de ser suficiente para la demanda en aumento antes del año 2000, más probablemente entre 1985 y 1995, incluso si los precios de la energía son un 50% superiores a los niveles actuales en términos reales”. Una organización pantalla autodenominada Unión de Científicos Concienciados decía en 1980: “Lo que parece cierto, al menos por el futuro previsible, es que la energía, una vez barata y abundante, pero ahora cara y limitada, continuará aumentando en coste”[25].

En 1971 el vicepresidente de la Comisión Federal de Energía de los USA, John A. Carver, dijo que la “crisis energética” era “endémica e incurable”; “podemos anticipar que antes del fin de este siglo las provisiones de energía se harán tan restringidas como para detener el desarrollo económico en todo el mundo”. En 1977 el presidente Jimmy Carter declaró: “Podemos consumir todas las reservas conocidas de petróleo del mundo a finales de la próxima década”. Tres años más tarde alentó la elaboración de un informe, titulado The global 2000 report to the President: Entering the 21th century, en el que se preveía que para ese año los principales recursos mundiales: energía, minerales, comida, bosques, llegarían a una situación de acuciante escasez “si continúan las actuales tendencias”. En consecuencia, para el cambio de milenio “la población mundial sería mucho más pobre que hoy”.

El entomólogo Paul Ehrlich merecería un capítulo aparte. En un artículo de 1969 titulado ‘Eco-catastrophe’ predijo, entre otras cosas, que nos quedaríamos sin recursos naturales a no muy tardar, o que la esperanza de vida en 1990 se rebajaría en los Estados Unidos a 42 años. En 1975 Ehrlich[26] predijo que a mediados de los ochenta “la humanidad entraría en una genuina era de escasez”, en la cual “las disponibilidades accesibles de muchos de los minerales clave afrontarían el agotamiento”. De hecho, entre 1975 y 2000 el índice de precios del Banco Mundial para los minerales y los metales cayó en cerca de un 50%. Tras la bajada de precios del petróleo posterior a la crisis de los setenta Ehrlich previó una nueva crisis en los noventa. John P. Holdren, profesor de política medioambiental de la Universidad de Harvard, afirmó en el libro Energy: A crisis in power, editado por Sierra Club en 1971, que “resulta acertado concluir que, bajo casi cualquier supuesto, las reservas de crudo y de gas natural están seriamente limitadas. La mayoría de la energía que surja de estas fuentes probablemente se habrá explotado a lo largo de la vida de la población actual”. Holdren repetiría las mismas ideas en 1977, en un libro escrito junto con Paul Ehrlich llamado Ecoscience. Más adelante reconoció que son creencias que “mantienen pocos ecólogos, si es que hay alguno”[27].

Parece ser que los estrepitosos, rotundos, inapelables, vergonzosos fracasos de sus predicciones no sólo no les han restado credibilidad, sino que ésta ha ido creciendo con la abundancia de los recursos que ellos creían en trance de agotarse[28]. Por un lado se les ha hecho demasiado caso, ya que sus predicciones estaban mal fundamentadas teóricamente. Por otro no se les ha hecho suficiente, ya que sus fracasos habrían debido ser tenidos en cuenta para su oprobio[29]. De hecho, ningún fracaso les ha hecho rectificar en lo más mínimo. Dennis Meadows, autor del citado Beyond the limits, escribió en sus páginas que “el problema subyacente no ha cambiado un ápice: es la imposibilidad de un crecimiento físico sostenido en un mundo finito”. Ehrlich aún escribía en 1997 que “puesto que los recursos naturales son finitos, el consumo creciente debe llevar inevitablemente al agotamiento y la escasez”[30], y en una reciente entrevista ha afirmado que en 50 años la Tierra será habitable para un 97% de los que somos si llevamos la vida de grupos dispersos de homo sapiens, pero solo para el 10% de la población actual en caso de mantener el nivel de vida de los estadounidenses de hoy.

Esta visión pesimista de la gestión humana de los recursos fue contestada por el economista Julian Simon[31]. Los datos recopilados por Simon le hicieron ver a él en primer lugar, y a toda una generación de economistas más tarde, que las teorías maltusianas no se sostienen. El convencimiento de Simon era tan alto que ofreció a quien quisiera aceptar una apuesta. Estaba seguro de que cualquier materia prima bajaría de precio si se elige un período suficientemente largo, respondiendo a la tendencia de los recursos a ser más abundantes y no más escasos[32]. Aceptó la apuesta, junto con dos colegas, Paul Ehrlich, quien en 1970 había dicho: “Si fuera un jugador, incluso me apostaría dinero a que Inglaterra no existirá en el año 2000”. El acuerdo se firmó en 1980, y Paul Ehrlich eligió cinco materias primas (cobre, cromo, níquel, aluminio y tungsteno); la evolución de sus precios pasados diez años determinaría el resultado de la apuesta. Se jugaron 10.000 dólares, 2.000 por cada una de las materias primas, y el biólogo Ehrlich declaró que aceptaba “la sorprendente oferta de Simon antes de que salten otras personas codiciosas”, reconociendo que “la seducción del dinero fácil puede ser irresistible”. En las propias palabras de Julian Simon: “En el momento fijado de septiembre de 1990 no sólo la suma de los precios, sino también el precio de cada metal individual, habían caído. Pero esto no es sorprendente. Las opciones estaban en su contra porque los precios de los metales han caído a lo largo de la historia de la humanidad (…) Por supuesto, ofrecí hacer de nuevo la apuesta, en mayores cantidades, pero el grupo de Ehrlich no ha recogido la oferta”. Un posterior estudio realizado por el discípulo de Simon, Stephen Moore, demostraría que el acierto de Simon no se debió a la suerte. Moore observó los precios de las 33 principales materias primas durante el mismo período, y todas, a excepción de dos, bajaron los precios. Once cayeron en más de un 50%[33]. Pero nada impide que las predicciones neo-maltusianas se renueven una y otra vez[34].

Los recursos son cada vez más abundantes

Los datos demuestran, sin lugar a dudas, que las pesimistas visiones de los neo-maltusianos no tienen base alguna. En primer lugar, la situación actual, según algunos estudios, no es en absoluto desesperada. El economista Wilfred Beckerman, basándose en datos del Banco Mundial, ha calculado que los minerales que se hallan en la primera milla de profundidad de la corteza terrestre son suficientes para satisfacer las crecientes necesidades humanas durante cien mil millones de años. Herman Kahn y Asociados han concluido que el 99,9% de la demanda mundial de materias primas es de metales cuya oferta es “claramente” o “probablemente” inextinguible. W. D. Nordhouse ha concluido que, con la tecnología de hoy, “hay recursos para más de 8.000 años al actual nivel de consumo”[35].

Por otro lado, los recursos no solo no son más escasos, sino que son crecientemente abundantes[36]. La producción de petróleo se ha multiplicado casi por cuatro desde 1960, mientras que el precio en dólares constantes del crudo se ha mantenido estable desde 1880, con la excepción de la crisis de los setenta, si bien en términos de oro el precio del crudo ha caído. El de los combustibles, por su parte, ha bajado claramente, ya que han mejorado espectacularmente dos factores fundamentales de su producción, el refino y el transporte, que han caído dramáticamente de coste. En cada momento histórico hay unas reservas conocidas de crudo, que al ritmo de consumo del momento arrojan una determinada cantidad de años de consumo. A medida que ha ido pasando el tiempo los años de consumo no han caído, sino que han aumentado[37]. Entre 1920 y principios de los cuarenta las reservas daban para unos diez años de consumo. Superaron el doble de esa cifra a mediados de esa década, hasta el comienzo de la siguiente, cuando de nuevo aumentaron los años de consumo, hasta alcanzar los 40 a finales de los cincuenta. Las reservas han variado entre los 40 y los 30 años durante las tres décadas siguientes, para luego aumentar de nuevo hasta los 45 años en los noventa y 2000. Todo ello con producciones crecientes a un ritmo muy alto.

El precio del gas natural ha subido desde los cincuenta hasta la actualidad en dólares constantes, con el previsible pico en los setenta. La producción ha aumentado a un ritmo muy vivo, y con ella el número de años de consumo, con las reservas conocidas. En 1975 eran casi 50 los años de consumo que se podía permitir el mundo simplemente con los recursos conocidos y en 2000, con una producción que casi doblaba la de 25 años antes, el número de años de consumo había subido a los 60. El carbón, que tanto había preocupado a William S. Jevons, y que aumentó su producción en gran medida en los 20 primeros años del siglo XX, cayó por su substitución por el petróleo hasta los sesenta, cuando ha recuperado una tendencia al alza. Sus precios en dólares constantes han caído en gran medida a lo largo del siglo XX. El mundo se podría abastecer de este negro mineral desde los setenta por más de 200 años sólo con las reservas probadas. Si comparamos los precios de los combustibles fósiles con los del trabajo, la caída de los primeros se puede calificar de dramática. Con un índice 100 para 1990, los precios respectivos de petróleo y carbón eran en 1900 de 400 y 650, y los del oro negro no alcanzan en este momento los 50 puntos.

La situación de los minerales no energéticos no es distinta. El índice de The Economist de los precios industriales ha caído desde 1845 en un 80%. Un índice de base más extensa elaborado por la OCDE ha mostrado que el precio de las materias primas se ha reducido a un tercio a lo largo del siglo XX. Otro índice, éste elaborado por el FMI desde 1957, muestra una caída de más del 50%. En la actualidad el gasto conjunto en estos materiales supone un 1,1% del PIB mundial. Por otra parte, el número de años de consumo no ha dejado de crecer desde 1950 para los principales metales. De este año hasta 2000 las reservas han pasado de 170 a 275 años para el aluminio, tendencia que se repite en el hierro (de 50 a 300), el cobre (de 40 a 50) o el zinc (de 34 a 60), en todos los casos con producciones crecientes[38]. El peso de las materias primas, energéticas y no energéticas, más la agricultura en el producto nacional bruto estadounidense rondaba el 50% en 1890. En el cambio del siglo había descendido al 32%, y de nuevo al 23% en 1919. En 1957 el porcentaje había caído al 13%, para quedarse en el 3,7% en 1988. Si excluimos la agricultura, ese porcentaje se reduce al 1,6% del PIB.

La teoría de la abundancia sin límites

El violento contraste entre los datos y las predicciones de los neo-maltusianos tiene una explicación. Por un lado tienen una visión estrecha y estática de los recursos[39]. No tienen en cuenta que deseamos esos recursos no por sí mismos, sino por el servicio que nos proporcionan. Una vez entendido eso, gran parte de la dificultad de entender porqué los recursos son potencialmente ilimitados se desvanece. Por otro, se ajustan a las reservas conocidas, que son solo una parte ínfima de las que pueden acabar siendo controladas por el hombre. Finalmente, hay una teoría[40] que explica sin dificultad las razones de porqué los recursos, en lugar de más escasos, son más abundantes, y que predice que la creciente abundancia no es una situación coyuntural, sino esencial en un mundo dominado por los precios de mercado y los libres intercambios.

Supongamos que la sociedad empieza a encontrarse corta de un determinado material. Que durante un período, como ha ocurrido en numerosas ocasiones, parece que las más pesimistas predicciones de los agoreros se hacen realidad. Las disponibilidades se van haciendo más escasas para unas necesidades que van en aumento. ¿Qué podemos esperar que ocurra en una sociedad de mercado?

Un primer efecto es que el consumo se va restringiendo, abandonando los usos menos urgentes para concentrarse en los que lo son más, y en concordancia van aumentando los precios. Es importante darse cuenta de que no se consumiría el recurso sin más, sino que este se iría haciendo más restrictivo, y que el precio, adaptándose a la creciente escasez, permitiría su uso aunque solo para los destinos más urgentes. Si el carbón se hiciera crecientemente escaso acabaría siendo utilizado para joyería y otros usos muy exclusivos[41], por lo que no se agotaría, como en un análisis demasiado rudo afirman los neo-maltusianos. Pero no pararían aquí las consecuencias; con este encarecimiento se disparan los beneficios potenciales asociados a un mejor y más efectivo uso del recurso. Resulta económicamente remunerador invertir en tecnologías que permitan un ahorro en el uso del mismo, o que permitan con la misma cantidad un volumen mayor de servicios. Esto ocurrió en los setenta, cuando el aumento de los precios del petróleo forzó a que se invirtiera en tecnologías que permitieran un uso más efectivo del oro negro. Antes, dados los bajos precios del mismo, no resultaba económico realizar esas inversiones, ya que era demasiado abundante como para que mereciera la pena. Los coches en los Estados Unidos andan hoy con la misma cantidad de combustible un 60% más de kilómetros que en 1973. La eficiencia en la calefacción de los hogares ha mejorado en ese país y en Europa entre un 24% y un 34%[42]. La cantidad de carbón necesaria para mover una tonelada se redujo a menos de la décima parte de 1830 a 1890. Los coches de hoy contienen la mitad de metal que los de los setenta. El valor del producto nacional por unidad de energía no ha cesado de crecer. En los Estados Unidos, con un exajulio (1018 J) se podía producir 19.000 millones de dólares del año 2000 en 1800, mientras que la misma cantidad de energía daba lugar, en el primer año, a 90.000 millones de dólares[43]. Esta tendencia se ha acelerado desde la década de los setenta.

Cuando con una determinada cantidad física de recurso aumentamos los servicios que podemos obtener por unidad del mismo en un 100%, es exactamente igual que si dobláramos la cantidad de materia prima disponible con la antigua tecnología. De este modo, con un aumento en la productividad anual del 5%, por ejemplo, y un aumento en el consumo del 3%, se podría aumentar indefinidamente el consumo acrecentando al mismo tiempo la cantidad de servicios atesorados. La concepción de un mundo finito que necesaria e inevitablemente limita el consumo de los recursos que podemos extraer del suelo se quiebra, así, definitivamente.

Otro aspecto de la tecnología que hace más efectivo el uso de los recursos es el del reciclaje. Aunque hay bienes como los combustibles fósiles que apenas se pueden reciclar, no es el caso de otros materiales no energéticos. Aunque el reciclaje tiene evidentes limitaciones (y otras menos evidentes, como que la combustión de basura exige en muchas ocasiones más energía que la que produce), este aspecto del uso de los recursos se ha incorporado plenamente, y se desarrolla y hace más efectivo a medida que lo permiten la tecnología y los costes, con unos precios dados.

La tecnología no solo aumenta la productividad en el uso de los recursos y permite su reciclaje más efectivo. Incluso crea un recurso donde antes no lo había. El proceso es que la tecnología convierte a un recurso antes inútil en un medio adecuado para las necesidades humanas. De este modo transforma lo que era un elemento inerte del medio en un recurso con valor. Como dice David Osterfeld:

“Los avances tecnológicos de hecho crean recursos al encontrarles usos para materiales previamente inservibles. El uranio es un ejemplo; la energía hidroeléctrica, otro. Pero el petróleo es, quizás, el más dramático. Antes de mediados del siglo XIX el petróleo era una carga, y la tierra de que se supiera que lo contendría porque rezumaba valía muy poco. Solo con el surgimiento de la era de las máquinas devino un recurso” [44].

Otro proceso que se pone en marcha con el aumento del precio del recurso, en nuestro supuesto, es su sustitución por otros bienes que pueden ofrecer los mismos servicios pero que no habían sido utilizados porque con la antigua estructura de precios no resultaba económico hacerlo. Si estos recursos o medios alternativos no son suficientes, los potenciales beneficios de su obtención son tan grandes que los empresarios en seguida destinan recursos para su desarrollo. El proceso de substitución en este campo se ha dado en numerosas ocasiones en la historia. En la Edad Media europea la principal fuente de energía era el carbón vegetal extraído de los árboles. Con el paso de los años y su explotación creciente el precio del carbón vegetal comenzó a subir, dado que se hacía más y más escaso. Entonces se buscaron otros combustibles, y se dio con el carbón mineral, que previamente había sido un recurso sin valor[45]. Lo mismo ocurrió con el propio carbón en la segunda mitad del siglo XIX. Precisamente cuando W. S. Jevons se planteaba la cuestión del carbón se estaba buscando un sustituto, posición que finalmente ocuparía el petróleo.

A mediados del XIX las lámparas se encendían con aceite de ballena. Cada vez su captura se fue haciendo más costosa, y el precio del aceite comenzó a subir de forma notable. Los miedos a un pronto agotamiento de este aceite se ahogaron con el descubrimiento de que se podía extraer aceite del carbón, que podía realizar la misma función. A finales del mismo siglo empezó a escasear el marfil con el que se hacían las bolas de billar. En respuesta al aumento de precio y la creciente escasez se ofreció un premio para quien hallara un material sustitutivo. De este modo se inventó el celuloide, material que utilizamos no solo para las bolas de billar sino para infinidad de productos, en unas cantidades y a unos precios que quien convocó el premio no podría imaginar. Zaire, el principal productor de cobalto del mundo, pasó por un momento de inestabilidad política en los setenta, lo que llevó a que la oferta de este metal se restringiera en 1978 un 30%, con el consiguiente aumento espectacular de los precios. Los imanes que se hacían con aleaciones de cobalto se substituyeron por imanes cerámicos, mientras que las pinturas hechas con una base de cobalto se substituyeron con las que utilizaban en su lugar manganeso[46]. Los ejemplos se multiplican. Precisamente una de las ramas de la tecnología que mayor desarrollo ha tenido en la segunda mitad del siglo XX es la de los nuevos materiales.

En definitiva, aunque puede haber procesos maltusianos a corto plazo, a largo plazo el desarrollo de la tecnología permite mayores productividades, un mejor reciclaje y la sustitución por otros medios, todo esto movido por el mecanismo de los precios y de la empresarialidad, lo que hace que a largo plazo la cantidad de recursos no sea más escasa sino más abundante. Si se permite el libre desarrollo de la sociedad no hay motivo para esperar que la finitud física de los materiales impida un desarrollo potencialmente ilimitado de los bienes. Esto no quiere decir que se llegará a un punto en el que no haya escasez, ya que ésta está ligada al mismo concepto de acción humana. La riqueza está limitada temporalmente por el capital acumulado y el uso que se haga del mismo, pero lo que hay que tener en cuenta es que no lo está por consideraciones físicas, como la finitud de la Tierra[47].

Ni siquiera hay motivos para albergar preocupaciones más que a muy corto plazo. Los recursos conocidos no son más que las reservas que ha merecido la pena encontrar, dados el precio, la demanda previsible del mismo y los costes de explotación. Siempre que se comienzan a hacer escasos salta el mecanismo de búsqueda de nuevos yacimientos. Pero nunca va demasiado lejos, ya que la búsqueda conlleva costes, en que los empresarios no incurrirán a no ser que crean que les reportarán beneficios, en los actuales o previsibles niveles de precios[48]. Por ese motivo siempre hay un nivel de reservas suficiente para varias décadas, pero nunca se aleja demasiado del momento presente. Esta situación puede dar un sentimiento de provisionalidad que ha alimentado las más pesimistas previsiones aunque, como hemos visto, sin fundamento. De este modo, la barrera de los recursos conocidos se va ampliando con el tiempo[49].

En el caso particular del petróleo los datos nos permiten ser especialmente optimistas. El yacimiento de Alberta, que no ha sido todavía explotado, alberga unas tres veces las reservas de Arabia Saudita, el mayor productor de crudo del mundo, mientras que hay un tipo de petróleo viscoso que supondrían, en las reservas del Orinoco, en Venezuela, un billón de barriles y 1,8 billones en el río Athabasca, en Canadá[50]. El petróleo sintético, elaborado a base de alquitrán mineral, podría aumentar la oferta de crudo en más de un 50% a un precio de 30 dólares. Se calcula que en 25 años podría suponer una oferta que doble en cantidad la del petróleo. Y los recursos totales de alquitrán mineral se calculan en 242 veces los de petróleo, lo que supondría más de 5.000 años de consumo a los actuales niveles. Suficiente tiempo como para ofrecer alternativas a los combustibles fósiles. Se ha descubierto la forma de explotar el gas metano que se produce en las minas de carbón. Si se logra incorporar este gas a la oferta mundial puede suponer el impacto de sumar el doble de las reservas de gas natural[51]. Julian Simon comenta la posibilidad de que se produzcan aceites substitutivos a partir de biomasa, en cosechas[52].

No solo se descubren nuevos yacimientos, sino que los que ya se conocen se explotan de forma más intensiva. Si no se habían explotado plenamente es porque la estructura de precios y costes no lo hacía recomendable, o porque la tecnología no lo permitía. Ambas barreras, la económica y la tecnológica[53], no han hecho más que ampliarse en consonancia con las necesidades mundiales. Por otro lado, hay otras fuentes de energía. La era nuclear no ha hecho más que empezar, y hay otras formas de energía que aún no son alternativa a los combustibles fósiles pero que están jugando un creciente papel en la oferta mundial de energía[54]. Además hay otras fuentes que aún no hemos comenzado a explotar, como el movimiento de las mareas o las tormentas, en las que se genera una cantidad de energía de proporciones realmente impresionantes; se descarga más energía en una tormenta que la que consume la humanidad en un año. A ello hay que añadir posibles fuentes de energía que no hemos concebido todavía, como en su momento no se pudo concebir extraer energía de la fusión o fisión de átomos[55].

Hoy, sin embargo, nos encontramos en una situación a la que la humanidad no se ha enfrentado anteriormente, se nos dice. La India, y especialmente China, suponen nuevas amenazas para el mantenimiento de los recursos, ya que en el segundo caso hablamos de una economía de 1.200 millones de personas que ha crecido a un ritmo medio anual del 8% desde que se introdujeron las medidas favorables a la economía de mercado, cada vez menos tímidas. Se lo llevan todo para sustentar un sector industrial de enormes proporciones, que deja la impronta de made in China en un número creciente de productos y pronto reemplazará a los Estados Unidos como primer contaminante mundial. Estas preocupaciones concuerdan con la visión del hombre como “devorador” de recursos. Pero así como es consumidor, el hombre es también productor, y cuando se le permite actuar en libertad, cuando puede aplicar la razón a la gestión económica sin trabas, siempre triunfa el último aspecto. China ejerce una creciente demanda mundial, pero lo hace para utilizar los recursos en nuevas producciones, lo que abaratará los costes y aumentará la riqueza mundial. Con ésta aumentan las posibilidades del hombre de control de los recursos y para encontrar sustitutos si estos se hacen necesarios. Por otro lado, el crecimiento chino permite la aparición de nuevas tecnologías, intensifica el uso racional de los recursos y alienta la obtención de otros nuevos, que en el pasado han quedado intactos porque el opresor sistema chino no ha favorecido su descubrimiento y obtención.

Finalmente, el peso de los recursos en la economía ha ido decreciendo de forma sostenida con el paso de los años. El desarrollo de las tecnologías de la información y la sustitución de la tecnología analógica por la digital son un clara ilustración de que las preocupaciones sobre el agotamiento de las materias primas comienza a ser una discusión cada vez menos importante. Hoy se pueden vender en el mercado programas informáticos por muchos miles de euros sobre el soporte de un CD cuya producción cuesta unos cuantos céntimos. La substitución de la fotografía analógica por la digital está reduciendo la demanda de la plata. La fibra óptica está realizando la labor del cobre con una eficacia muy superior.

El poder creador de la sociedad libre

Con estas palabras titulaba Friedrich A. Hayek el segundo capítulo de su obra Los Fundamentos de la Libertad. Hasta ahora hemos visto que, puesto que no necesitamos los recursos por ellos mismos sino por los servicios que nos prestan, y éstos dependen del uso que hagamos de ellos, el concepto de productividad es esencial para entender la economía de los recursos. Y que de hecho, teóricamente, un continuado aumento de la productividad permite aumentar el consumo de un recurso y al mismo tiempo hacerlo más abundante, en términos de los servicios todavía atesorados en los recursos existentes. Luego hemos visto cómo históricamente se ha dado ese aumento en la productividad, lo que ha hecho que los recursos hayan sido históricamente más y no menos abundantes. Lo que voy a abordar aquí, siquiera brevemente, es porqué en una sociedad libre se produce ese aumento en la productividad. Luego seguirá un apartado sobre de qué manera, cuando el libre desarrollo de la sociedad se limita con intervenciones e interferencias, como sugieren los partidarios del Desarrollo Sostenible, ese aumento de la productividad que hace precisamente sostenible el desarrollo deja de estar asegurada.

La productividad de un recurso depende de la posición que ocupe en el entramado productivo. En una economía robinsoniana la práctica totalidad de los recursos carecen de valor. A medida que crece la división del trabajo una porción mayor de los recursos pasa a formar parte de la estructura productiva, por lo que pasan de no tener valor a adquirirlo. Al mismo tiempo crece el número de usos a que se pueden destinar. El mundo material, así como los deseos de los individuos, son muy variados[56], lo que aumenta las posibilidades de intercambio y las oportunidades de beneficio. Del mismo modo, se amplían las posibilidades para la especialización, confiando en que el mercado provea de los otros bienes necesarios y convenientes, lo que permite incrementar la productividad. Asimismo, la creciente división del trabajo ofrece mayores opciones a la inversión y la acumulación de capital. Ambos factores, división del trabajo o del conocimiento y acumulación del capital, son los dos pilares del crecimiento económico. Con la tecnología y las formas productivas aumenta la productividad de los factores originarios, como son los recursos naturales. Y es que “con la intensificación del intercambio y la mejora de las técnicas de comunicación y transporte se hace posible el desarrollo de nuevos factores de producción y se aumenta la productividad” (Hayek). La creciente especialización permite un trabajo más heterogéneo y complementario, lo que a su vez hace posible retornos crecientes, y no decrecientes[57]. El proceso, no obstante, no es automático y ha de estar movido por la empresarialidad, que descubre las oportunidades y las aprovecha con la espoleta del beneficio y las pérdidas[58].

Un ejemplo histórico de la importancia de la división del conocimiento en la mejora de la vida humana lo tenemos en Tasmania. La isla se separó del continente de Oceanía, y sus moradores perdieron el contacto con otras poblaciones humanas durante 10.000 años; cuando un barco europeo arribó a esas costas en 1642, sus tripulantes pudieron comprobar que los 4.000 habitantes de la isla no sabían iniciar un fuego, no tenían instrumentos hechos con huesos ni herramientas complejas, como una flecha compuesta por una punta unida a una vara, o utensilios de piedra de alguna complejidad. Ni siquiera comían pescado o tenían instrumentos para adquirirlo, pese a que vivían en la costa[59].

Entonces, ¿es imposible que se cumplan las predicciones de los neo-maltusianos?

Los datos recogidos en este artículo permiten ser muy optimistas. Y la teoría económica, que explica el funcionamiento de los precios y el comportamiento de los agentes económicos en función de las circunstancias, nos asegura que en una sociedad libre, basada en el voluntario intercambio de propiedad y en la producción para el mercado, no hay motivo para compartir las preocupaciones de los más agoreros. Pero si cambiamos el sistema social, si introducimos medidas de control estatal y sustituimos la libre formación de precios por el sistema de mando y planificación estatal, muchas de las predicciones neomaltusianas pueden hacerse trágicamente certeras. Una vez suprimimos el mecanismo de los precios, los gestores de los recursos actúan a ciegas, sin saber cuál es el valor de los mismos, cuál es su mejor uso, o si una mayor o menor producción es conveniente. Es el problema del cálculo económico que descubrió Ludwig von Mises[60]. Además, los gestores, al no estar movidos por el beneficio empresarial, tienen incentivos que divergen de la buena gestión de los recursos. Y la búsqueda y adopción de nuevas tecnologías se hace más perezosa y, sobre todo, más arbitraria. Como han escrito José Ignacio del Castillo y Jesús Gómez Ruiz:

“No obstante, la inteligencia y esfuerzo humanos sólo pueden florecer en un ámbito donde exista libertad para producir, intercambiar e investigar nuevas formas más eficaces de satisfacer nuestras necesidades. Y tanto la teoría como la experiencia han demostrado que ese ámbito sólo puede proporcionarlo el capitalismo o economía de mercado, el único sistema que permite armonizar los intereses de todos los individuos y que rompe el maleficio que tanto se complacen en airear los enemigos de la libertad: “El progreso de unos implica el empobrecimiento de otros”. Es precisamente cuando se aplican las medidas de control propuestas por los ecologistas cuando sobreviene la parálisis del crecimiento y las hambrunas[61].

Los ejemplos en el socialismo son innumerables: puesto que bajo este sistema no hay propiedad privada, falta el elemento que liga el esfuerzo individual y la aportación de valor con la remuneración. Ésta, por tanto, ha de basarse en criterios arbitrarios basados en cuotas de producción, que a su vez crean unos incentivos perversos. Por ejemplo, la industria petrolera rusa cumplía con las cuotas no con el criterio de petróleo hallado, sino con el de metros perforados, por lo que los gestores se afanaban más en perforar terrenos que en encontrar petróleo, que acaba siendo una cuestión secundaria. Pravda se quejaba de que había expediciones de varios años que, pese a no obtener nada, se presentaban como éxitos por el ingente volumen de perforaciones. No es el único problema asociado al socialismo. Puesto que los gestores tienen el incentivo de mantener las cuotas, y la introducción de nuevos métodos productivos puede llevar a una reducción a corto plazo de la producción, no se querían introducir nuevos métodos, lo que suponía un freno al crecimiento de la productividad. Para salvar estos problemas se introdujo la valovaia proucksia, o val, que elegía como criterio el incremento del valor del producto en rublos. El resultado era previsible: inflación en lo posible de los costes de producción. El resultado es la ineficiencia, “una ineficiencia que era especialmente aguda en el área de los recursos, donde los incentivos creados por los planes fomentaban el despilfarro (como en el petróleo), mientras que simultáneamente se impedían las innovaciones y la búsqueda de sustitutos y de fuentes adicionales de oferta”[62].

Desarrollo Sostenible

No obstante, ya pocos proponen el socialismo como alternativa a las sociedades libres[63]. Cuando queda claro que el capitalismo trae desarrollo y prosperidad, el ataque pasa por decir que este desarrollo no es sostenible, por los motivos que hemos analizado en el artículo. En consecuencia, lo que tenemos que encontrar es un nuevo desarrollo que no asiente, como supuestamente hace el capitalismo, las bases para su propia destrucción; que sea compatible con el mantenimiento de los recursos y no los agote para las generaciones venideras. Es la idea del desarrollo sostenible, principio que fue expresado por primera vez en el Brundtland Report, conocido como Nuestro Futuro Común, de 1987: “Desarrollo que cumple las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de cumplir sus propias necesidades”. El principio fue luego adoptado por el Tratado de la Unión Europea de 1992, y por la Convención de Río de Janeiro del mismo año. En la actualidad es un principio ampliamente aceptado en la gestión de los recursos. La idea resulta atractiva, y es lo suficientemente sencilla como para asegurar su éxito. Pero cuando más se acerca uno a la idea de Desarrollo Sostenible, especialmente si se le quiere encontrar una aplicación práctica, más se desvanece lo que pudiera tener de interesante.

En realidad, parte de conceptos precientíficos en economía, ya que no encaja con el marginalismo y vuelve al tratamiento que de las necesidades hacían los economistas clásicos. Además, cumplir las necesidades del presente no tiene un sentido concreto. ¿Qué necesidades? ¿Todas? No se pueden cumplir todas las necesidades presentes, porque nos encontramos con la sempiterna escasez. Por otro lado, si dedicáramos todos los recursos que tenemos a cumplir en la medida de lo presente las necesidades de hoy, los agotaríamos con rapidez para el futuro, y la segunda parte del principio no se podría cumplir. Por tanto, lo que necesitamos es un criterio en el que comencemos a renunciar a las necesidades inmediatas ahorrando recursos que sirvan para el futuro. En el libre mercado este criterio está asegurado, ya que las distintas valoraciones que los individuos dan a la urgencia en el cumplimicontrar otros baremos distintos de las valoraciones libremente expresadas en el mercado. Un criterio cierto y aprensible sería el Desarrollo Sostenible estricto o duro, por el que no se podría consumir ningún mineral por encima de su tasa natural de reposición. En el caso concreto del petróleo, esto supondría consumir unos 50.000 barriles al año, o un minuto en los niveles actuales de consumo[65]. En otros casos simplemente no se podrían consumir, a no ser que cayera algún meteorito en la tierra.

Otros intentos menos absurdos apuntan al mantenimiento de la calidad de vida, pero resulta imposible hallar tal baremo con distintas culturas, clases sociales y con gustos y tecnologías cambiantes. Al final, los distintos intentos por perfilar la definición de Desarrollo Sostenible han acabado en un conjunto vago de diversos objetivos. Pero cualquier objetivo tiene su coste, por el principio de escasez, y, como ha señalado Wilfred Beckerman, “aquí el concepto de desarrollo sostenible no tiene nada que añadir. De hecho resta del objetivo de maximización del bienestar humano, porque el eslogan de Desarrollo Sostenible parece dar una justificación general para casi cualquier política designada para promover casi cualquier ingrediente del bienestar humano independientemente de sus costes y, por tanto, independientemente del sacrificio de otros ingredientes de la riqueza”[66].

Estas llamadas al sacrificio económico son absurdas. Siguiendo a Wilfred Beckerman[67], podemos hacer el siguiente ejercicio: En los últimos 40 años la tasa anual de crecimiento ha sido del 2,1%. Si hacemos una previsión de crecimiento absurdamente conservadora para el futuro, por ejemplo del 1,5%, eso implicará que en 2100 (él escribe en 2003) seremos 4,43 veces más ricos que ahora. Con tasas más creíbles esa cifra se podría aumentar a la veintena. ¿Cuánto tenemos que sacrificar el presente para mejorar nuestro futuro, si teniendo en cuenta previsiones muy conservadoras esa mejora será más que sustancial? Pero la absurdidad del planteamiento es doble. Porque el tipo de sacrificios que impone el Desarrollo Sostenible según sus partidarios redundaría en un menor crecimiento, y por tanto en menores disponibilidades para el futuro. La riqueza del futuro se construye a partir de la acumulada previamente, y si la sacrificamos hoy mañana habrá menos con que crear. El principio puede sonar razonable, porque sugiere un ahorro para futuras generaciones, pero no hay que confundir renunciar a la creación de riqueza con renunciar al consumo presente en favor del consumo futuro.

De acuerdo con la Conferencia Económica de las Naciones Unidas para Europa, “para conseguir el Desarrollo Sostenible las políticas han de estar basadas en el Principio de Precaución. Las medidas medioambientales deben anticipar, prevenir y atacar las causas de la degradación medioambiental. Si hay amenazas de daños serios o irreversibles o falta de certidumbre científica total, habrá razones para proponer medidas que prevengan la degradación medioambiental”[68]. Dado que es muy difícil, por no decir imposible, controlar todas las consecuencias de las acciones humanas, el Principio de Precaución llevaría a la inacción total. Para evitarlo se propone que todo movimiento tendría que estar aprobado por un comité científico-ecologista, verdadero objetivo de proclamar el Principio de Precaución. Por otro lado, la humanidad ha realizado enormes avances sin hacer caso de este principio, y cabe esperar que en la medida en que no se cumplan las recomendaciones políticas tras estos eslóganes, y las personas mantengan su libertad de actuación, la racionalidad informada y la empresarialidad aportarán soluciones a los problemas que se pudieran producir. Como señala Wilfred Beckerman, “la alternativa al Principio de Precaución no es la inacción, sino la acción informada”[69].

Pensemos un poco más sobre esto. El desarrollo de las ciudades ha limitado el alcance al que habitualmente ve el ojo humano, lo que se ha hecho más agudo con la extensión de la lectura. Dado que el ojo evolucionó para ver con precisión a largas distancias, el que esté forzado a enfocar a distancias más cortas que las que prevé su diseño genético ha sido la causa de multitud de miopías. Pero, por un lado, no vamos a renunciar a la lectura o a vivir en ciudades por ese efecto, que en su momento no se previó; por otro, el desarrollo de la óptica y, recientemente, las operaciones quirúrgicas han enmendado en gran parte ese problema. Un nuevo ejemplo de cómo una sociedad libre resuelve los problemas no previstos de la aplicación de nuevas tecnologías. El mismo ingenio y el mismo proceso social que ha dado lugar a la solución de un problema sería capaz de superar las consecuencias negativas e imprevistas de esta solución cuando aparecieran. Pero no se puede esperar a que un comité científico dé con todas las posibles consecuencias; primero, porque no sería capaz de cumplir su cometido y, segundo, porque detendría el único proceso capaz de hallar nuevas soluciones a viejos y nuevos problemas: la sociedad libre. Otro efecto negativo añadido es que daría un poder enorme a los citados comités, aunque no es descartable que el Principio de Precaución no sea para algunos más que un pretexto ideológico para situarse en una posición que no les corresponde.

Conclusiones

La riqueza no tiene como última causa los recursos naturales, sino el ingenio humano y el conocimiento. El primero no cambia con el tiempo, pero el segundo aumenta con la población, que por tanto no es un freno sino un acicate para el crecimiento y el aumento de la productividad. Peter Bauer ha destacado que “la disponibilidad de recursos naturales no puede ser un elemento crítico para el logro económico”, lo que se puede observar en “las amplias diferencias en el desempeño económico y la prosperidad entre individuos y grupos que viven en el mismo país y tienen acceso a los mismos recursos naturales”[70]. Un reciente artículo, titulado ‘Wordly Wealth’, concluye que una población de 9.000 millones de personas que tuvieran el estilo de vida de los ricos de hoy sería sostenible y no dañaría el medio ambiente.

Los agoreros han estado cantando el fin de los recursos una y otra vez, con sucesivos y minuciosos fracasos que no han destruido, sino aumentado, el prestigio de sus augurios. El error del que parten es una visión estática de los recursos, y al final una falta de familiaridad con conceptos esenciales de la economía como servicios, productividad, división del trabajo o empresarialidad. La idea esencial es que no queremos los recursos por ellos mismos, sino por los servicios que nos prestan, y la cantidad que podemos obtener de ellos no es fija, sino que aumenta con la productividad, lo que ha ocurrido históricamente. Además, la teoría económica revela las razones de porqué las sociedades libres, en las que el ingenio humano y la empresarialidad están libres para aportar soluciones a los problemas y las necesidades sociales, son testigos de estos aumentos en la productividad que aseguran el crecimiento, sostenible, de los recursos. Las propuestas alternativas a la sociedad libre minan las bases del desarrollo y harían aparecer los problemas que erróneamente le achacan. En definitiva y en última instancia, como dice George Reisman, “la última clave para la disponibilidad económica de los recursos naturales es la inteligencia humana motivada, lo que quiere decir una sociedad capitalista”[71].

 


[1] Cuando me refiero a que los recursos no tienen límite no estoy negando la escasez de los mismos, sino a que el hecho de que físicamente sean limitados no tiene ninguna implicación para la futura disponibilidad de servicios esenciales, como por ejemplo la energía.

 

[2] Sobre la praxeología como fundamento de las ciencias sociales, véase Ludwig von Mises, La acción humana. Tratado de Economía, Madrid, Unión Editorial, 1995 (5ª ed). También se puede consultar en: www.mises.org/humanaction.asp. Ver especialmente la introducción y las dos primeras partes. También se puede consultar Murray N. Rothbard, The logic of action I. Method, money and the Austrian School, Cheltenhalm (Reino Unido), Edward Elgar, 1997, capítulos 1-6. ‘In defense of Extreme Apriorism, ‘The mantle of Science’ y ‘Praxeology: The methodology of the Austrian Economics’.

 

[3] Ludwig von Mises, op. cit., págs. 111-112. En el mismo sentido se manifiesta el también economista Thomas Sowell: “Un recurso natural es algo que se da en la naturaleza y que nosotros sabemos cómo utilizarlo para nuestros propósitos. Nuestro conocimiento es tan integral al concepto de recurso natural como el mismo aspecto físico. Un inventario de los recursos naturales hecho hace dos siglos no hubiera incluido el uranio o la energía hidroeléctrica, porque nadie sabía cómo utilizar esas cosas. Una vez los recursos se ven desde esta luz, no se puede seguir manteniendo que hay menos recursos naturales con el paso del tiempo”. Citado por David Osterfield, ‘The increasing abundance of resources’, The Freeman, junio de 1984.

 

[4] Éste es el origen tanto teórico como ético de la propiedad. La extensión de las acciones humanas sobre las cosas, que de este modo devienen recursos. Pasan de ser meras condiciones externas de la acción a entrar en la corriente de medios que sirven al hombre. Al proyectar su acción sobre partes del universo físico, les da un valor y se apodera de ellos. El lado económico del análisis ha sido elaborado por Carl Menger en Principios de Economía Política, Madrid, Unión Editorial, 2002. El lado ético ha sido elaborado por John Locke y recientemente reformulado por la Escuela Austriaca, especialmente por Israel Kirzner (Creatividad, capitalismo y justicia distributiva, Madrid, Unión Editorial, 1995), así como por Murray Rothbard (La ética de la libertad, Madrid, Unión Editorial).

 

[5] Ludwig von Mises, op. cit., págs. 168-170 (www.mises.org/humanaction/chap7sec4.asp). Hay que resaltar que cuando Mises afirma “quien produce no crea” se está limitando a aludir a la conocida Ley de Lavoisier, según la cual la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Luego este principio se ampliaría a la energía gracias al E = mc2 descubierto por Einstein. Aquí habla desde su conocimiento de la física, y no como economista, ya que más adelante, al hablar del ámbito humano, destaca el carácter creativo de la mente. Otro pasaje del mismo punto, titulado ‘La Producción’, dice: “Por eso es totalmente errónea la idea popular de que la economía tiene por objeto ocuparse de los presupuestos materiales de la vida. La acción humana es una manifestación de la mente. En este sentido la praxeología puede ser denominada ciencia moral (Geisteswissenschaft)”.

 

[6] Sobre la ley de determinación de los precios y su capacidad para adaptarse a la escasez relativa de los bienes, e indicarla, véase Murray N. Rothbard, Man, economy and state with power and market, Auburn (Alabama, EEUU), The Ludwig von Mises Institute, 2004, capítulos 2 y 4. Consideraciones adicionales sobre los precios se pueden encontrar en George Reisman, Capitalism. A complete and integrated understanding of the nature and value of human economic life, California, Jameson Books, Ottawa Ill, 1998, capítulo 6.

Sobre el papel de los precios como mecanismo que recoge información dispersa y la transmite de forma sencilla y efectiva, coordinando de este modo los planes individuales en un entorno abierto y cambiante, véase Friedrich A. Hayek, ‘Economics and knowledge’, en Individualism and Economic Order, Chicago, The University of Chicago Press, 1948-1992, págs. 33-56. Del mismo libro, ‘The use of knowledge in society’, págs. 77-91.

Es especialmente significativo para este artículo ‘Competition as a discovery procedure’, en New Studies in philosophy, politics and economics, Chicago, The University of Chicago Press, 1978, págs. 71-97.

También se puede consultar a Israel Kirzner, The driving force of the market, Londres, Routledge, 2000, capítulos 1 y 7.

 

[7] Julian Simon, The ultimate resource 2, Princeton (Nueva Jersey), Princeton University Press, 1996, pág. 28, y en general la primera parte del libro.

 

[8] Julian Simon, op. cit. El diagrama de su clasificación está en la página 47.

 

[9] Ludwig von Mises, op. cit, capítulo XXII, especialmente las páginas 755-757.

 

[10] Hay minerales que no se han conocido hasta recientemente, por lo que entraban en esa categoría antes de que los hombres los integraran en la corriente de la producción. Es el caso del petróleo, el aluminio, el radio o el uranio.

 

[11] Julian Simon, op. cit., pág. 44. “Los recursos conocidos son una guía totalmente engañosa para los recursos que estarán disponibles en el futuro”.

 

[12] Wilfred Beckerman, Through green coloured glasses. Environmentalism reconsidered, Cato Institute, Washington D.C., 1996, pág. 61.

 

[13] No obstante, la profundidad del análisis de W.S. Jevons supera con creces la mayoría de las posteriores, al tener en cuenta cuestiones esenciales que luego veremos, como la influencia de la escasez en los precios y de éstos en el comportamiento económico. Un antecedente teórico es, por supuesto, el de Thomas Malthus; no en vano se ha llamado a quienes predicen el inevitable agotamiento de los recursos “neomaltusianos”. Pero Malthus se centró en la agricultura y la producción de comida, y se enfrentó al problema de la Ley de los Rendimientos Decrecientes. Si bien su teoría está tan mal fundada como la de los modernos neo-maltusianos y por motivos similares, el artículo se centra en las materias primas y deja a un lado el problema de la producción de comida. Sobre este último problema se puede consultar Julian Simon, op. cit., capítulo 5; Bjorn Lomborg, The skeptical environmentalist. Measuring the real state of the world, Cambridge, Cambridge University Press, 2001, caps. 5 y 9; y Ronald Bailey (ed.), Global warming and other eco-myths. How the environmental movement uses false science to scare us to death, Roseville (California), Competitive Enterprise Institute, Prima Publishing, 2002, capítulo 2.

 

[14] Que fue creado en parte como reacción al miedo de agotamiento de petróleo a finales del siglo XIX. Ver Mark Brandly, ‘Will we run out of energy?’, Mises Daily, 19 de mayo de 2004.

 

[15] Bjorn Lomborg, op. cit., págs. 121-122. Lomborg cita a Frank Notestein, que dijo: “He estado quedándome sin petróleo desde que era un niño”.

 

[16] Beckerman, op. cit., pág. 62.

 

[17] David Osterfield, ‘The Increasing Abundance of Resources’, The Freeman, junio de 1984.

 

[18] Sobre el pico de Hubbert hay que decir que, si bien en ocasiones puede parecer acertado, lo cierto es que nunca se sabe si el último pico de producción será sobrepasado por otro nuevo, o no. El éxito de este modelo es siempre provisional, y consiste en que la curva de la producción no sea siempre ascendiente. Por otro lado, se podría tener una producción decreciente de petróleo con un incremento de servicios gracias al aumento de la productividad. Una caída de la producción, por otro lado, podría producirse no a pesar de que el petróleo sea cada vez más necesario sino precisamente porque se necesite, eventualmente, una menor producción.

 

[19] Julian Simon, op. cit., pág. 48.

 

[20] No sabemos si los autores consideran que el público necesita una nueva dosis de engaños.

 

[21] Beckerman, op. cit., pág. 57.

 

[22] David Osterfield, Prosperity versus planning. How government stifles economic growth, Oxford, Oxford University Press, 1992, pág. 87.

 

[23] Heilbroner resumió su pensamiento en un artículo del mismo año con estas palabras: “Al final, hay un límite absoluto a la capacidad de la tierra de soportar o tolerar el proceso de actividad industrial, y hay motivo para creer que nos estamos moviendo hacia ese límite muy rápidamente”. Ver el artículo de William L. Anderson ‘Unsustainable Predictions’.

 

[24] Beckerman, op. cit., pág. 61.

 

[25] Wilfred Beckerman, A poverty of reason. Sustainable development and economic growth, Oakland (California), The Independent Institute, 2003, págs. 21-22.

 

[26] El biólogo ya había predicho en 1968 que “la batalla por alimentar a la humanidad ha acabado. En los setenta el mundo sufrirá hambrunas y centenares de millones de personas morirán por inanición”. Predicción que sirvió de prólogo a la denominada revolución verde que casi triplicó la oferta mundial de comida. Es un ámbito, el de la comida, más estrictamente maltusiano, en el que no vamos a entrar en este artículo. Véase, no obstante, la nota 13.

 

[27] Ronald Bailey, op. cit., págs. 246-7.

 

[28] Antonio Mascaró Rotger, ‘Grandes controversias de la historia de la Ciencia (II). Humanistas contra ecologistas’, La Ilustración Liberal, nº9 (www.libertaddigital.com:83/ilustración_liberal/articulo.php/160): “En 1990, por haber promovido un ‘mayor entendimiento público de los problemas ambientales’, se concedió el premio de la MacArthur Foundation, valorado en 345.000 dólares, al ‘genio’ Paul Ehrlich. También recibió un premio de 240.000 dólares de la Real Academia Sueca de la Ciencia, la misma que entrega los premios Nobel. Aunque la revista Fortune le incluyó en su lista de los ‘150 pensadores más estimulantes de 1990’, Simon nunca recibió un premio MacArthur. ‘¡MacArthur! -exclamaba con ironía-¡Ni siquiera puedo conseguir un McDonald’s!’”.

 

[29] Ronald Bailey se pregunta, en su artículo ‘We’re doomed again’ (www.opinionjournal.com/la/?id=110005103): “Paul Ehrlich nunca ha acercado. ¿Por qué hay todavía quien le escucha?”.

 

[30] Más predicciones agoreras recientes, en Michael Sanera y Jane S. Shaw, Facts, not fear. Teaching children about the environment, Washington D.C, Regnery Publishing, págs. 45-47.

 

[31] El propio Simon era maltusiano en sus comienzos. Pero sus investigaciones le hicieron ver que la hipótesis maltusiana no se sostenía. Ver Robert L. Bradley, Julian Simon and the triumph of energy sustainability, Competitive Enterprise Institute, capítulo I.

 

[32] Simon lo ha contado en op. cit., págs. 33-36. Todos los detalles de esta apuesta y de la controversia entre ambos autores, en el artículo de Antonio Mascaró Rotger citado más arriba.

 

[33] Beckerman (1996), pág. 61.

 

[34] David Gootein, en su libro Out of gas: The end of the Age of Oil (W.W. Norton & Company, 2004), afirma: “La civilización tal como la conocemos llegará a su final en algún momento de este siglo, a no ser que hallemos un modo de vivir sin combustibles fósiles”. Citado en Mark Brandly, ‘Will We Run Out of Energy?’, donde se muestra la inanidad de estas palabras. Otro ejemplo reciente es el artículo de la revista Time ‘Why U.S. is running out of gas’ (requiere suscripción), adecuadamente criticado por William L. Anderson en ‘Oil and the State: How journalists get it wrong’. National Geographic acaba de publicar un artículo titulado ‘The end of cheap oil’. El caso de National Geographic es llamativo, porque en 1981 había afirmado: “Las estimaciones conservadoras proyectan un precio de 80 dólares por barril (en 1985) incluso si se restablece la paz en el Golfo Pérsico y se mantiene la incierta estabilidad”. Citado en Beckerman (2003), pág. 22. Sobre el estado de la energía en la actualidad, véase el Survey que le dedicó The Economist el 8 de febrero de 2001.

 

[35] David Osterfield, ‘The increasing abundance of resources’, The Freeman, junio de 1984.

 

[36] Los datos que recojo están sacados de los citados libros de Julian Simon y Björn Lomborg.

 

[37] Ver, por ejemplo, los datos recogidos por Wilfred Beckerman (2003), pág. 12.

 

[38] Lomborg, op. cit., capítulo 12.

 

[39] Osterfeld (1992): “La tierra es un lugar físicamente finito. Pero los recursos no son ni fijos ni finitos. El concepto de recurso es dinámico” (pág. 98).

 

[40] Julian Simon, que ha unido definitivamente su nombre con esta teoría, cita sus antecedentes en su último libro, The great breakthrough and its Cause, Michigan, The University of Michigan Press, 2003. El primer autor que habría adoptado esta visión sería Theodore Schultz, en un ensayo de 1951 titulado ‘The declining importance of land’, Economic Journal, nº 61, 725-40. Le siguieron Simon Kuznets, Population redistribution and economic growth: United States 1870-1950, American Philosophical Society, 1957-60; y Friedrich A. Hayek, The constitution of liberty, Chicago, The University of Chicago Press, 1960, capítulo 2. Los tres economistas recibieron el premio Nobel de economía (en 1979, 1971 y 1974, respectivamente). Simon hubiera merecido el mismo reconocimiento. El propio Hayek, en su última obra (citada en la nota 54), ofrece su propia lista de autores (en la página 125). Cita a Julian Simon, Ester Boserup (Population and technological change. A study in long-term tren desarrollo sostenible, Chicago, The University of Chicago Press, 1981), Douglass North (The rise of the Western World, Cambridge, Cambridge UP, 1973;

 

La lección del Día de Acción de Gracias

La costa de Plymouth recibió en 1620 a un puñado de colonos que llegaron del Viejo Continente con la esperanza de dejar atrás no solo las persecuciones religiosas, sino alguna de las instituciones que consideraban más perversas. Firmaron entre ellos el Pacto del Mayflower, por el que se constituyeron en entidad política autónoma e, impulsados por el fervor religioso, se organizaron basándose en un sistema de propiedad comunal. La comida y el resto de los bienes serían producidos y distribuidos en común, con los principios de equidad y necesidad como guías de los líderes de la colonia. Estaba prohibida la producción para el consumo propio y todo el mundo recibiría las mismas raciones. En la confianza de seguir los designios del Señor y de contar con su bendición, se lanzaron a crear una sociedad nueva, que acabaría con las injusticias que habían visto y padecido en Inglaterra.

El resultado de esta política no fue el que esperaban. Casi la mitad de los 101 autodenominados peregrinos perecieron en unos pocos meses. Pese a que en los tres años siguientes llegaron unos cien más, apenas fueron capaces de arrancar de la tierra comida suficiente para alimentarse. El Gobernador de la colonia, William Bradford, explicó en su Of Plymouth Plantation, que los colonos estaban tan desnutridos que tenían que vender sus mantas y sábanas a los indios por un puñado de comida, o se convertían en sus siervos. Otros pasaban directamente al robo. “Al final llegaron a tal miseria, que algunos se murieron de hambre y frío”. El principal inversor en el Mayflower visitó su colonia disfrazado de herrero, para comprobar por sí mismo “la ruina y la disolución de su colonia”.

Tres años de miserias fueron suficientes para que, tras mucho debate, se decidiera dividir la tierra en parcelas y asignarlas a las familias, que cultivarían cada una para su consumo o para la venta en el mercado. En palabras de Bradford, “esto fue un gran éxito, pues hizo todas las manos muy industriosas (…) Las mujeres iban ahora deseosas a los campos, y llevaban a sus pequeños a plantar maíz, cuando antes habrían alegado debilidad e incapacidad”. Entonces, para obligarlas a trabajar “hubiera tenido que ser por medio de una gran tiranía y opresión”. El cambio de actitud hacia el trabajo fue radical y alcanzó, bajo el retomado sistema de propiedad privada, a cada miembro de la colonia. La cosecha fue un éxito y en su conmemoración se celebra el día de Acción de Gracias; por lo que había sido, tras tres años de comunismo, miseria y muertes por inanición, una buena cosecha.

Si alguna enseñanza tienen los acontecimientos que dieron lugar a la celebración de Acción de Gracias, fiesta nacional desde Abraham Lincoln, es el fracaso de los bienes en común, y por el contrario el éxito de la propiedad privada. El principio es muy sencillo. En una comunidad de cien, cada uno recibe de su propio esfuerzo una centésima parte, más el de los demás. Como ninguno tiene incentivos para trabajar y el coste de hacerlo recae por entero en quien lo realiza, el resultado es la inacción, la exigencia a los demás, la ruptura de las relaciones sociales y de fondo la tiranía, único modo de hacer funcionar, aunque nunca bien, ese sistema. Nada de ello le sorprenderá a quien haya leído La Rebelión de Atlas de Ayn Rand, y en concreto el capítulo en el que se explica la ruina de una otrora exitosa fábrica, que pasa a estar regida por el principio de cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades. Éste lleva a la fábrica no solo la ruina económica, sino también la moral, que torna lo que eran las normales relaciones de compañeros en recelos, envidias y enfrentamientos, todo bajo el férreo y tiránico control de los gestores. Una lección que de haberse aprendido a tiempo hubiera evitado, en el Siglo XX, decenas de millones de vidas perdidas.

Vacuna contra el mercado

Un nuevo problema ha irrumpido en plena campaña. Estamos en pleno otoño y hay escasez de vacunas para la gripe en los Estados Unidos por lo que, por ejemplo, muchos colegios han tenido que renunciar a cumplir con los requisitos de inmunización contra el virus. Algo que esperaríamos de un país en vías de desarrollado, se está produciendo en la primera potencia económica mundial. ¿Cómo es eso posible? El de las vacunas, como el mercado farmacéutico en general, es complejo y está sujeto a muchas incertidumbres. La demanda es cambiante, los virus mutan con frecuencia, la producción de las vacunas es compleja, el mercado es relativamente reducido (6.000 millones de dólares dentro de los 340.000 que genera la farmacia en Estados Unidos). Pero ninguna de esas razones explica que más de 30 compañías que se dedicaban a cubrir este mercado se redujera a cuatro, hace años, y más tarde a las dos que sobreviven en la actualidad. Tampoco explica que el invierno pasado, pese a que también se produjo escasez de vacunas se quedaran sin utilizar cuatro millones de dosis, de los 87 millones que produjo la industria. Tiene que haber algún motivo que explique tamaño desajuste.

La respuesta está, como no podía ser de otro modo, en la intervención estatal. Las vacunas son adquiridas por las agencias gubernamentales a precios muy bajos, lo que deja un margen de beneficio muy pequeño a los productores. Gregory A. Poland, director del grupo de investigación de vacunas de la Clinica Mayo reconocía recientemente al New York Times que este problema "no debería sorprender a nadie. De hecho me maravillo de que todavía haya empresas que quieran permanecer en el negocio". Si por un lado el Estado paga poco y mal a las compañías, por otro regula su producción con crecientes exigencias y condiciones. La FDA (agencia estatal para los fármacos) ha obligado a las compañías a una permanente inversión en la adecuación de sus planta a sus normas, que se han hecho más estrictas el los últimos años. De este modo han aumentado los costes. Una de las dos compañías que sobreviven, ha perdido 50 millones de dólares en las tres últimas temporadas. En estas condiciones decenas de compañías han abandonado el mercado y las que quedan no producen lo suficiente como para abastecerlo. Si el encargado de distribuirlas es en gran parte el Gobierno, es lógico que queden necesidades sin atender mientras se almacenan las vacunas sin usar, cuyo coste se adjudica, además, a las compañías. Como si ello no fuera suficiente carga, las compañías se han visto obligadas a indemnizaciones excesivas e injustas.

Los efectos de la regulación van más allá de la escasez del producto, que cada año se hace más acuciantes. Con tan poco margen y tan magras perspectivas de beneficio se ha detenido la inversión en nuevos métodos de producción, como el uso de células humanas o de mono, por lo que se sigue el método tradicional, utilizando huevos de gallina. Por otro lado se sabe que la prevención por medio de las vacunas es menos costosa que el tratamiento de la enfermedad, lo que hace al sistema sanitario más caro e ineficaz. Los demócratas proponen nuevas regulaciones, es decir, nuevos problemas, mientras que George W. Bush ha prometido un aumento del gasto que no haría más eficaz el sistema ni solucionaría sus problemas más graves.

Una sociedad de propietarios

George W. Bush ha demostrado que no tiene la intención, o al menos la fortaleza moral, de reducir el gasto público. De los últimos presidentes desde Nixon es el que más ha aumentado el gasto no destinado a defensa, un 8,2%, a lo que hay que añadir la partida militar. Y sin embargo, a su lado John Kerry parece un partidario del Big Government, del gasto público y la intervención. Un panorama poco alentador, en principio, para muchos votantes liberales y conservadores que no saben si votar al menos malo o no.

De todos modos hay grandes diferencias entre ellos; más de las que en este campo pueda parecer por el record de gasto del republicano en el poder. Ambos representan dos modelos distintos y que pueden tener consecuencias profundas en la sociedad americana. Es el caso de la Seguridad Social, que en Estados Unidos se enfrenta, como en el resto del mundo, a una previsible crisis financiera. A partir de 2008 cumplirán 62 años los primeros miembros de la generación del baby boom, lo que les permitirá acogerse al retiro temprano de la Seguridad Social. Es solo el comienzo de una incorporación masiva al pasivo del sistema que amenaza claramente su situación financiera. Kerry no ha dicho nada de interés al respecto, pero se opone al plan de Bush, que prevé que los americanos retengan una parte de lo que pagan a la Seguridad Social para que lo acumulen en cuentas de inversión con que ahorrar para su futuro. Una privatización parcial que podría sustituir prácticamente al actual sistema con el tiempo, pero que exigiría un endeudamiento por un billón de dólares, cuya financiación no está clara.

En el sistema sanitario las diferencias apenas pueden ser más claras. John Kerry quiere extender el actual sistema público, que no es universal. También quiere que el Estado pague ciertas operaciones muy caras, lo que tendría como consecuencia que muchos seguros privados quedarían sin atractivo, dado que una parte de los beneficios serían pagados desde el Estado. El republicano, por el contrario, propone créditos fiscales para las familias con menos medios para que contraten seguros privados, y la posibilidad de que los ciudadanos se abran cuentas privadas de ahorro libres de impuestos, si se dedican a la salud. Las reformas que prevé son más importantes que eso, porque en la actualidad los dueños de los seguros privados suelen ser las empresas. De este modo es una tercera parte, la empresa, la que carga con los costes médicos, lo que ha llevado al abuso tanto por consumidores como por los profesionales de la sanidad, lo que ha disparado las facturas sanitarias a niveles absurdos. George W. Bush prevé que con las cuentas individuales se restringirá el obsoleto modelo de la tercera parte y el sistema será mucho más racional. Y además prevé crear para los seguros un mercado nacional que curiosamente ahora no existe.

Uno de los objetivos declarados por los republicanos con estas medidas está en la creación de una sociedad de propietarios, en la que todo el mundo tenga un capital ahorrado. Hoy el porcentaje de propietarios sobre su casa es mayor que nunca y se quiere llevar ese principio también a otro tipo de bienes y activos. En una sociedad así los individuos serían más responsables de sus vidas y necesitarían menos del Estado de Bienestar. Luego lo que pretenderían es reducir el gobierno no solo por el lado de la oferta, sino por la demanda del mismo. Como afirma el republicano Grover Norquist, sanidad y pensiones representan un tercio del gasto público y de tener éxito los planes de Bush, la mitad de la población contaría con sistemas asistenciales y de pensiones privados en 20 años. De continuar con el actual sistema, o ampliarlo, como proponen los demócratas, nos encontraríamos en la situación opuesta. Solo el sistema sanitario público Medicare supone en la actualidad el 13% del gasto, pero de seguir así pasaría a representar el 35%.

De modo que nos enfrentamos a unas elecciones decisivas no solo por el papel de Estados Unidos en el mundo tras los atentados de la torres gemelas, sino porque podríamos empezar a ver un modelo alternativo al fracasado e injusto Estado de Bienestar.

Desindustrialización forzosa

El protocolo de Kyoto es un fraude. Tiene una base científica muy débil y pese a ello, propone una serie de medidas que tendrán un impacto económico sobrecogedor y para obtener un retraso en el calentamiento global, ciertamente escaso: 0,19ºC en 50 años . O retrasar el calentamiento previsto para 2100 hasta 2106. Todo ello, dando por buenos los resultados que el propio protocolo espera de su aplicación, lo que es más que dudoso, por el demostrado desdén hacia la ciencia y porque cabría pensar en un sesgo a favor de la obtención de mayores resultados previstos.

Pese a estas consideraciones, ¿A qué nos obligarían las administraciones a renunciar para obtener tan magros e inciertos resultados?

El protocolo prevé alcanzar en 2012 unos determinados niveles de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) con implicaciones dramáticas sobre la marcha de la industria. Tenemos que partir de que la elección del uso actual de los combustibles y otros recursos por parte de la industria está basada en los precios de los servicios a que dan lugar y del coste de los mismos. En un sistema de precios libres, la elección de dichos recursos es la más económica posible dadas las circunstancias. En tal caso, obligar a las industrias a reducir sus emisiones les forzaría a las siguientes opciones: La primera de ellas es el cese o la reducción de la actividad que conlleva una pérdida directa. Pero las posibles consecuencias no se agotan aquí, las empresas tendrían que adoptar otros métodos de producción que resultaran en una menor emisión de GEI. Ello implicaría o bien recurrir a métodos que ahora no se utilizan porque son económicamente ruinosos, o bien invertir en la creación de los mismos; en ambos casos la sociedad acabaría perdiendo. Además la aplicación del tratado implicará un cambios en los precios relativos de los factores de producción, que exigirán a la industria un costoso ajuste. Tanto los costes energéticos como los de transporte u otros se extenderán por el conjunto de la sociedad pero exigirán también realizar onerosos ajustes. No obstante, esto es solo el comienzo del análisis.

Dado que los derechos de emisión se reparten por países, dentro de los mismos se tiene que realizar una asignación por industrias o por empresas. Esto dará lugar a arbitrariedades, pero para evitarlas en alguna medida, los gobiernos se verán obligados a imponer una serie de condiciones para que las empresas puedan acceder a dichos derechos, o a un sistema de licencias. De este modo el esfuerzo empresarial no estará dedicado a servir de la manera más adecuada y barata al mismo tiempo al consumidor final, sino al cumplimiento de los nuevos criterios, en la medida en que aún sean económicamente rentables. Cumplir con los requisitos permite acceder a los derechos de emisión pero puesto que no son necesarios para servir a otras industrias o al consumidor último, suponen un comportamiento antieconómico. Mucho capital y horas de trabajo se destinarán tanto a cumplir con los requisitos gubernamentales o a conseguir las licencias como a introducir los cambios necesarios; un esfuerzo que desde el punto de vista económico, se pierde para los consumidores. Dado que el protocolo concibe medidas de distinto tipo que incentiven la consecución de los objetivos, resulta tentador por parte del sistema político, como de la industria, que de nuevo el dinero de la sociedad se vaya a subvencionar métodos de producción que si bien son económicamente ruinosos, permiten cumplir con las exigencias requeridas. Ese dinero destinado a la producción ruinosa o antieconómica se podría haber destinado de forma provechosa por los ciudadanos.

Dentro de un mismo país, por tanto, se producirán cambios en la estructura de la industria, que quedará afectada tras la adaptación necesaria para cumplir con los requisitos. Los cambios de la transición desde la antigua estructura a las nuevas localizaciones, organizaciones, etc implicarán, asimismo, costes. Pero por lo que se refiere al conjunto de los países la situación también habrá experimentado cambios, porque muchas empresas se verán obligadas a trasladarse a sitios que, si bien económicamente son menos competitivos que los que habían elegido, aún cuentan con derechos de emisión que les permiten continuar con la actividad. Dado que el traslado se haría a zonas menos productivas, la economía también se vería resentida por esta causa. La asignación de derechos de emisión por países bien puede ser inadecuada, especialmente cuando el paso del tiempo cambie la estructura industrial. Unos países crecerán más que otros, y necesitarán más derechos de emisión. Pero su reparto está sometido a criterios políticos, que no tienen porqué coincidir con los económicos.

Hay un elemento muy preocupante. El protocolo carece de base científica sólida y esta misma semana ha recibido lo que puede ser el golpe definitivo. Los informes en que se basaban habían observado la evolución de las temperaturas terráqueas y habían hallado un comportamiento llamado el palo de Hockey, porque la gráfica de dichas temperaturas se mantenía plano hasta una repentina subida en el siglo XX, formando un gráfico que en efecto se parece al stick de ese deporte. Si bien dichos informes han sido crecientemente desacreditados, los últimos análisis, según informa el New York Times, parecen acabar definitivamente con las espurias conclusiones en que se basó el protocolo. Pese a ello, pese a que ya en 1995 el IPCC (el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático) reconoció que la teoría del calentamiento global no contaba con suficiente apoyo, se ha decidido seguir adelante.

Independientemente de los motivos que uno pueda adivinar en tal contumacia, lo cierto es que la decisión de seguir adelante resulta no ya aventurada, sino arbitraria en gran medida. Por su carácter más político que económico, nada detiene al IPCC a la hora de imponer nuevas medidas restrictivas más allá de 2012, ampliar sus atribuciones para asegurarse un mayor cumplimiento de sus objetivos (algo a lo que los organismos oficiales tienen una natural tendencia) o incluso ampliar dichos objetivos, en nombre siempre del medio ambiente, en contra siempre del ciudadano, y con total independencia de los veredictos de la ciencia. Esto tiene también implicaciones económicas, porque tal arbitrariedad lleva a la incertidumbre a los agentes económicos, que abandonarán algunos de sus proyectos que de otro modo serían beneficiosos para la sociedad. Además, dado que frena el desarrollo industrial, hace que se detenga la aparición de nuevas industrias. La empresarialidad, verdadero motor del crecimiento económico, se ve cercenado en esta importante rama de la economía, con penosas consecuencias.

El cálculo de los costes tanto directos como indirectos es muy difícil, pero un somero análisis lleva a conclusiones ciertamente sobrecogedoras. En el caso de los Estados Unidos, un país altamente industrializado, el PIB se podría reducir en un escalofriante 2,3% anual, según se ha calculado . En el caso de España, solo en costes directos y desde supuestos conservadores, un informe de PriceWaterhouseCoopers ha llegado a la nada tranquilizadora cifra de 19.000 millones de euros solo de 2008 a 2012. Y no es sino una pequeña parte de los costes totales impuestos al conjunto de la sociedad y que vienen por los procesos arriba descritos. No se engañe el lector sobre quién saldría más perjudicado de todo ello. En la mente de muchos están los adinerados empresarios como las víctimas más previsibles; pero en realidad serán los más pobres, tanto dentro de cada país como los que viven el las áreas más desfavorecidas del planeta, lo que se llevarán las peores consecuencias.