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Mascarillas: la incontrovertible evidencia (I)

[Para esta serie de artículos se han empleado estudios publicados disponibles en PubMed, publicaciones de prensa referenciadas, documentos de la OMS o el CDC de EEUU, estadísticas oficiales publicadas por New York Times o OneWorldinData, o la información y gráficas del periodista Ian Miller en su obra “Unmasked”, entre otras fuentes]

Desde la primavera de 2020 con la llegada de la pandemia covid, distintas estrategias fueron puestas sobre la mesa, recomendadas y aun impuestas al público. Confinamientos, tests masivos, cierres específicos de negocios, de escuelas… Pero por encima de todas las medidas rápidamente las máscaras aparecieron como un instrumento crítico.

Ni que decir tiene que la humanidad ha sufrido múltiples y aun innumerables epidemias y pandemias. Así pues, los principales organismos de salud pública como la OMS o el CDC (su equivalente estadounidense, el Centro de Control de Enfermedades de EEUU) tenían extensos documentos, guías y análisis para afrontar un escenario como el de 2020. ¿Qué decían dichos documentos y estudios?

1.- La ciencia hasta 2020, guías pandémicas y estudios

· Las guías pandémicas

Es muy importante ver la postura científica del CDC americano puesto que es el organismo de salud pública más influyente en el mundo y como miembro principal de la OMS. El 26 de febrero de 2020, el CDC de Estados Unidos celebró una videoconferencia con sus miembros para establecer una respuesta al covid. Su portavoz Benjamin Haynes abrió y moderó la conferencia tomando como referencia la “Guía de Mitigación Comunitaria para Prevenir una Pandemia de Gripe en EEUU, 2017”, un documento que recopilaba 200 estudios publicados en los anteriores dieciséis años, esto es, toda la mejor evidencia posible y reciente. En aquella reunión, todas las intervenciones no farmacológicas que se recomendaron fueron ‘la cuarentena voluntaria para aquéllos con miembros enfermos en el hogar’. De momento, las máscaras ni siquiera fueron consideradas como opción. Uno podría pensar que al fin y al cabo esto era para la gripe pero el covid sería algo superior, si bien lo cierto es que el CDC para 2019 se había embarcado en no uno sino en 2 ejercicios de respuesta pandémica para afrontar escenarios como el de 2020. Y allí las máscaras seguían de nuevo sin aparecer como una estrategia.

Curiosamente en otoño 2019 la OMS elaboró también un documento de ‘medidas de mitigación de gripes epidémicas y pandémicas’ donde planteaban casos como el que sucedería meses después. En el documento se lee en las conclusiones: “Ha habido un número de ensayos randomizados controlados demostrando que medidas personales como la higiene de manos o las máscaras faciales tienen, en el mejor de los casos, un beneficio pequeño en la transmisión” En el documento la OMS cita como autoridad 10 estudios de alta calidad de la última década. Ninguno de ellos encontró un beneficio apreciable en usar máscaras en epidemias o pandemias de gripe.

Otra de las más influyentes agencias de salud en el mundo, la de Reino Unido, elaboró en 2011 un documento de preparación para gripes pandémicas. En él se dice específicamente sobre las máscaras que, si bien pueden ser útiles para frenar gotas, no lo son para evitar el paso de aerosoles.

· La adherencia y el símbolo de los cirujanos y asiáticos

En verano de 2020, el CDC de EEUU llevó a cabo un estudio sobre contagios de covid y uso de máscaras. El 85% de las personas contagiadas declararon haber estado usando máscara ‘siempre’ o ‘casi siempre’. Comparado con el grupo no contagiado no hubo una diferencia estadística en el riesgo/probablidad de contagio. Un estudio en Europa publicado en abril de 2022 tampoco halló correlación discernible en nuestro continente entre uso de máscaras y contagios ni tampoco mortalidad covid.

Un caso interesante de por qué el público ha adoptado rápidamente la creencia en las máscaras es el de los cirujanos. Si ellos llevan máscaras, es que protegen, ésta es la idea. La realidad no es exactamente la que cree el común de las personas, pues los cirujanos no han llevado nunca máscaras para prevenir el contagio de virus sino para prevenir que gotas de su boca o nariz caigan en heridas de un paciente durante una operación y creen sepsis. Por eso los médicos nunca las han llevado en sus consultas o en las visitas a pacientes en hospitales sino básicamente en operaciones. No hay más que ver cualquier serie de televisión de hospitales. Por eso se llaman precisamente máscaras quirúrgicas, no máscaras para consultas ni de ningún otro modo. Es más, incluso este uso se basa en un beneficio teórico, pues los estudios al respecto no han encontrado beneficio medible del uso de máscaras para evitar infecciones operatorias. Ya en los años 80 un análisis del Colegio de Cirujanos de Inglaterra concluyó que no es apreciable en la vida real el beneficio del uso de máscaras durante las operaciones, se basa en la asunción de un beneficio teórico.

Otra idea simbólica que nos ha hecho asumir acríticamente la efectividad de las máscaras es el caso de los asiáticos que las usan con profusión en comparación con los occidentales. Pero no hay evidencia que respalde la idea de que los japoneses por ejemplo sufran apreciablemente menos la gripe por su uso, el año anterior al covid de hecho sufrieron la propagación de una epidemia de gripe a pesar de su uso casi universal.

2.- Fauci, la autoridad que se negaba a sí misma

“El antídoto del miedo es el conocimiento” Ralph Waldo Emerson, filósofo

Sin duda uno de los personajes y nombres más visibles a nivel mundial en la respuesta al covid fue Anthony Fauci, el responsable de la misma para todo Estados Unidos y la Casa Blanca. En marzo de 2020, Fauci apareció en el popular programa 60 Minutes en el que afirmó: “No hay razón para ir por la calle con máscaras”. Incluso fue más allá y mencionó una ‘falsa sensación de seguridad’ y los potenciales riesgos por estar tocándose la cara. Cuando en junio de 2020 algunos periodistas cuestionaron el viraje en las recomendaciones oficiales, responsables como Fauci y tantos otros en Occidente dijeron que de algún modo quisieron ocultar los beneficios de las máscaras para no interferir con la oferta entonces limitada. Lo cual es aún más extraño, ¿no era que había una nueva evidencia de contagio asintomático? En cualquier caso, ¿qué sentido tiene confiar en quien reconoce no haber no dicho toda la verdad en marzo de 2020?

La idea de ‘no dijimos cuán importantes eran las máscaras para proteger la escasa oferta’ a comienzos de 2020 tiene aún un problema mayor, y está en los emails privados de Anthony Fauci revelados al público gracias a la Freedom Information Act. El 4 de febrero de 2020 Fauci recibió un email de Sylvia Burwell, antigua secretaria de Salud con Obama y le preguntó si debería llevar una máscara en sus viajes para su protección personal. La respuesta de Fauci fue: “las máscaras son realmente para las personas contagiadas, no tanto para proteger a quien no lo está”. Fue incluso más allá dando razones científicas en su respuesta: “La típica máscara que compras en la droguería no evita que pase el virus, podría sólo evitar que expulses gotas cuando tosas o estornudes…no te recomiendo usar una máscara”.

Esto deja en evidencia que la justificación de la falta de oferta para no recomendar máscaras (la gente no puede comprarlas, no las recomendemos) no fue nunca cierta.

De nuevo serían los propios emails privados de Fauci los que desmentirían que hubo una nueva evidencia científica en primavera de 2020. El 31 de marzo de 2020, recibió un email de Andrea Lerner, empleada del Instituto Nacional de Salud de EEUU, donde resumía lo que la comunidad científica sabía. En dicho correo Lerner le adjuntaba a Fauci hasta 9 estudios randomizados (un tipo de estudio de alta calidad donde tienes un grupo de control ciego) donde no se hallaba diferencia entre usar o no usar máscara en un escenario de gripe. Sólo 3 días después el CDC, rechazando toda la evidencia científica disponible y sin una nueva capaz de contradecirla, precipitó una recomendación universal de máscaras. A partir de aquellas fechas, medio mundo se cubrió las bocas y se inició uno de los ensayos poblacionales de salud pública de mayores dimensiones.

Francamente interesante es revisitar aquellas nuevas guías que el CDC en EEUU hizo en abril de 2020 por las palabras empleadas para justificar las máscaras. “Aunque no existe evidencia de que sean efectivas en reducir la transmisión, existe una plausibilidad mecánica para la potencial efectividad de esta medida”. Repitamos y releamos: plausibilidad mecánica para la potencial efectividad. Esto es, la imposición de máscaras se basó en primavera de 2020 en una hipótesis teórica, en un deseo de que funcionara, ello a pesar de que los estudios que durante años habían recopilado las mejores agencias de salud de todo el mundo de las mejores revistas científicas no lo avalaran. Tan distante llegó a ser la ciencia de las medidas que incluso en mayo de 2020 el CDC volvió a publicar otro meta-estudio (recopilación de 14 estudios previos) sobre una gripe pandémica donde de nuevo no había evidencia sobre las máscaras para frenar la propagación.

Para primavera de 2020 no había aún solidez científica para la imposición de máscaras, así que se intentó precipitar una ‘nueva ciencia’.

3.- ¿Una nueva ciencia?

“El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento” Stephen Hawking, físico

A pesar de que durante febrero, marzo y gran parte de abril no se recomendó al público usar máscaras, en algún punto durante la primavera de 2020 la inmensa mayoría de agencias de salud empezaron de la noche a la mañana y al unísono a dar un giro de 180 grados. Con ello, todos los ‘expertos’ empezaron a modificar su discurso para alinearse. Ello teniendo que ignorar toda la enorme evidencia científica opuesta. Y de nuevo de la noche a la mañana, las máscaras pasaron de ser una recomendación a una obligación.

En este momento transicional, en abril de 2020, cuando aún los medios seguían sin problema las evidencias científicas en lugar de ser arrastrados a una nueva narrativa por decreto, el Washington Post publicó un interesante artículo basado en los estudios del historiador John M. Barry sobre cómo durante la gripe española de 1918 usar máscaras faciales fue ‘inútil’, a pesar de su uso masivo entonces en EEUU.

A partir de abril y mayo de 2020, millones de euros y dólares del contribuyente fueron gastados en promocionar el uso de máscaras. Por ejemplo, el estado California gastó 27 millones de dólares y el gobernador de Nueva York Andrew Cuomo desplegó una campaña llamada ‘Enmascarando América’ en colaboración con celebrities. Las expectativas fueron enormes y todos confiaron ciegamente en la ‘plausibilidad mecánica’ de la OMS.

La confianza en la medida fue tan grande que empezaron a ofrecer importantes promesas y resultados. Un artículo de la revista Time llegó a prometer en junio de 2020 una reducción de la transmisión entre un 50% y 85%. El propio Fauci expresamente mencionó en múltiples ocasiones que los estados que siguieran la implantación de máscaras tendrían mejores resultados y que podrían verse diferencias apreciables entre estados o condados según apliquen o no la medida. En julio de 2020 la Universidad de California fue aún más allá siendo de las primeras en prometer que las máscaras no sólo evitaban contagiar sino que evitaban que uno se contagie. No existían evidencias sólidas para ninguna de estas afirmaciones, eran simplemente hipótesis que el público por supuesto esperaba que se cumplieran.

Aparte de la ‘plausibilidad mecánica’, el CDC intentó citar evidencias para respaldar sus recomendaciones de máscaras. Y llama la atención la pobreza de esas evidencias. Por ejemplo, citan una historia anecdótica en una peluquería con 139 clientes durante 8 días, los 2 peluqueros estaban contagiados pero ninguno de 16 clientes cogidos al azar que usaron máscara lo estuvieron. Puede sonar grotesco, pero es cierto que nada menos que el CDC esto lo usó como una evidencia para respaldar una medida de salud pública universal en pleno siglo XXI.

· El contagiador asintomático, ¿realidad o muñeco de paja?

Tras revisarse cientos de estudios publicados, elaborarse extensos documentos y aun realizar ejercicios de preparación para una pandemia como la de 2020, ¿qué cambió en 2020? Entre las posibles y varias motivaciones de los organismos de salud pública para virar y prestar atención a una estrategia antes descartada destaca la idea del ‘contagiador asintomático’ a juzgar por las declaraciones que entonces hacían los reguladores. Pero esta motivación no deja de resultar extraña como supuestamente novedosa puesto que la transmisión asintomática había sido considerada por el CDC en escenarios de gripes epidémicas.

Uno entonces podría pensar que el contagio asintomático era mucho más común en el covid que en la gripe. Sobre esta cuestión en abril de 2021, la revista Emerging Infectious Diseases Journal publicó un análisis sobre un brote en Alemania en 2020, y llegó a esta conclusión: “No observamos transmisión desde pacientes asintomáticos”. Incluso los propios autores afirmaron que su hallazgo no era nada extraño pues “se alineaba con múltiples otros estudios”. Y finalizaban: “Es improbable la contribución de la transmisión asintomática a la propagación del covid”. Los autores del estudio eran del Centro Europeo de Prevención y Control de Enfermedades y la Universidad de Estocolmo. No obstante, aunque fuera totalmente válida la idea del asintomático contagiador y siguiendo abierto el debate científico sobre su alcance exacto, las máscaras seguían enfrentando su problema mayor: los aerosoles.

· Los aerosoles, el quid de la cuestión

Un aspecto fundamental, si no el más fundamental, que explica que las máscaras fallaran en los estudios sobre infecciones víricas que manejaban las agencias de salud es el problema de los aerosoles. La confianza en las mascarillas tenía sentido si se trata de parar las gotas y microgotas, pero el covid tal como se confirmó el virus de la gripe se transmite por aerosoles y las máscaras no pueden hacer prácticamente nada según la evidencia bloqueando los aerosoles. Sin embargo al público se le convenció de lo opuesto con visuales gráficos que o bien eran meramente teóricos o se basaban en microgotas, no realmente aerosoles que atraviesan las máscaras. Ésta es la eficacia -como muestra en este más elaborado vídeo con explicación científica el Dr Ted Noel– en la vida real frente a los aerosoles de llevar una máscara, sin importar que uno lleve 2 o 3 o un respirador equivalente a una N95/FPP2. Esto es, portando cualquier tipo de máscara, una habitación cerrada acaba llenándose de aerosoles por respiración con la misma rapidez e intensidad que no llevando ninguna. Habría que dejar de respirar.

· De Dinamarca a Bangladesh, la ciencia se corrompe

A finales de 2020 tuvo lugar en Dinamarca un estudio de alta calidad randomizado con 6000 participantes para revisar la efectividad del uso de máscaras quirúrgicas frente al contagio en el que fue el mayor estudio controlado hasta la fecha sobre esta cuestión, el DANMASK-19. Los participantes recibieron máscaras quirúrgicas de la más alta calidad y se les instruyó para su correcto uso y recambio. Era el mejor tipo de estudio que cabía concebir para medir dichos beneficios frente al covid. ¿Cuál fue el resultado? Los autores con los datos en la mano fueron incapaces de ver beneficios en el uso de máscaras frente a no usarlas incluso con el mejor uso posible. No sólo los medios ignoraron este estudio, sino que acabaron sucediendo prácticas de corrupción científica, empezando porque el estudio estuvo censurado en redes sociales cuando salieron los resultados. Sencillamente, no querían un estudio tan importante sin la conclusión predeterminada. Este caso lo comenta un artículo del British Medical Journal denunciando esa censura. Thomas Benfield de la Universidad de Copenhague y uno de los principales autores confesó al ex periodista del New York Times Alex Berenson que el estudio se publicaría ‘tan pronto como una revista fuera lo suficiente valiente’. ¡Había que ser valiente en 2020 para publicar lo que durante décadas habían dicho los estudios sobre máscaras! Otro de los autores y jefe médico del hospital New Zealand de Dinamarca, Christian Torp-Pedersen, denunció: “No podemos discutir si éstos son los resultados que a algunos les gustan o no”.

Así que había que encontrar algún estudio que presentar al mundo para apoyar las máscaras. Aquí llegó el famoso estudio de Bangladesh, que la revista Nature lo celebró como un “estudio riguroso”. ¿Cuán riguroso? Bueno, el matemático británico Normal Fenton demostró que usando la metodología del estudio, éste era equivalente a lanzar 34 monedas y tras tener 18 caras y 16 cruces asegurar que las caras son más probables. Es decir, el estudio no demostraba en verdad nada. El investigador científico Steve Kirsch retó al autor principal del estudio de Bangladesh, Jason Abaluck, a defender en un debate su estudio. Abaluck aceptó con tal de que hubiera sólo un debatiente enfrente y el 3 de abril de 2022 tuvo lugar el mismo. Abaluck fue tan incapaz de defender los resultados de su estudio que se negó a volver a debatir el estudio y uno de los expertos espectadores comentó: “este estudio bordea el fraude”. El estadístico Mike Devenich también comentó cómo el estudio de Bangladesh era un sinsentido.

Lamentablemente el esfuerzo por demostrar que las máscaras funcionaban desencadenó una corrupción científica de dimensiones importantes. Si no, prestemos atención a otros estudios que se usaron para sostener que las máscaras eran efectivas:

  • Un estudio norteamericano de mediados de 2020 aseguró hallar que los estados con máscaras tenían menos contagios. Entre lo trágico y lo cómico, los autores tuvieron que retirar este estudio cuando en otoño empezó a pasar lo opuesto: los contagios eran superiores en los estados con más máscaras per capita.
  • En Alemania se publicó un estudio que afirmaba que las máscaras obligatorias en las ciudades germanas se correlacionaban con menos contagios. El problema es que los datos no decían esto. Por ejemplo la ciudad de Jena que combinó durante el estudio máscaras con cuarentena estricta tuvo más contagios.
  • Otro estudio alemán quiso concluir la efectividad de las máscaras N95/FPP2, pero no hubo ningún ensayo sobre la vida real, era un mero modelo matemático.
  • El British Medical Journal aceptó la publicación de un meta-análisis que establecía la efectividad de las máscaras. Sin embargo, posteriormente la propia revista decidió cuestionar este mismo estudio en un editorial con el título ‘la falta de buenas investigaciones es una tragedia pandémica’

Un estudio del CDC que quiso demostrar al público que las máscaras funcionaban debe sin duda mencionarse como claro ejemplo de cómo se puede retorcer la estadística para sacar las conclusiones que uno desea. Por supuesto, publicaron un gráfico que parecía inequívoco. Llevar cualquier tipo de máscara reduciría la probabilidad de contagiarse en un grado muy elevado, aseguraban.

Dicho estudio fue realizado en California y se publicitó para promover su uso en todos los lugares, pero presenta un cúmulo de despropósitos que hacen dichas conclusiones una manipulación enorme.

  • En primer lugar, parte del engaño está admitido en la letra pequeña del gráfico. Especifica que hay ‘diferencias no significativas’ con el uso de máscaras de tela. Por tanto, lleva explícita una admisión de desinformación.
  • En segundo lugar, se basó simplemente en una encuesta telefónica y los entrevistados sabían el propósito del estudio, con lo que se favoreció sesgo en las respuestas.
  • Pero el principal fraude vino de la estadística, y que es algo más complejo de advertir. Se trata de la muestra, pues casi 1800 personas usaron máscara algún tiempo y 44 nunca. Esta distribución les pareció correcta y representativa; menos de 2000 personas en un estado de casi 40 millones de habitantes.
  • Otro error (en realidad es difícil penar que fue un error no premeditado) que sesgó enormemente el resultado desde el principio fue no excluir como debían hacer a personas que vivían en el mismo hogar de alguien contagiado. Imaginen que su pareja, hijo o conviviente se descubre que está contagiado un día X pero obviamente usted como mínimo hasta ese día no ha llevado máscara en su presencia en el hogar. Incluir a estas personas es un modo perfecto de sesgar el resultado hacia más contagios con menos máscaras. Sólo esto habría podido retractar una publicación científica, pero el CDC es lo que usó para convencer al público. Habían conseguido cocinar lo que ellos querían prometer. Para un análisis y refutación estadística más en detalle de este estudio, el periodista Ian Miller lo desmonta aquí.

Un claro ejemplo de cómo se puede retorcer una conclusión usando al gusto la estadística es que cogiendo los propios datos de ese mismo estudio podemos llegar a una conclusión rápidamente: un 93,3% de las personas contagiadas encuestadas llevaban siempre o casi siempre máscara.

· Censura, la ilusión de la integridad científica

Así, el retorcimiento de la máquina científica se hizo en dos sentidos, intentando generar a cualquier precio resultados a favor de las máscaras y por otro lado expurgando todos los bien hechos estudios que mantenían lo mismo que la ciencia del último siglo. Por supuesto, pues, los medios ignoraron en lo posible otro estudio con 8000 participantes a finales de 2020 que concluyó que las máscaras “no parecen ser efectivas contra infecciones respiratorias”, o una revisión de julio de 2020 del prestigioso Cochrane que determinaba que las máscaras no reducen transmisión viral ni en población general ni en trabajadores sanitarios. El Centro para la Medicina basada en la Evidencia de Oxford aseguraba que la imposición de máscaras era una cuestión política, no científica. Literalmente dice: “hay una considerable falta de certeza científica”. Y añade: “En el caso de que las máscaras funcionaran, según los datos de la agencia de salud noruega, harían falta 200.000 personas con máscara para prevenir un solo contagio por semana”. La inexistencia de cualquier evidencia sólida seguía siendo tan patente que en las propias recomendaciones de máscaras del Centro de Control de Enfermedades de la Unión Europea en febrero de 2021, éstas se basaban en un ‘principio de precaución’, esto es, seguía siendo una hipótesis indemostrada.

Volvemos a 2020 y con la llegada del otoño y a pesar del surgimiento de olas o repuntes de contagios sin importar el nivel de adherencia al uso de máscaras en una población dada, los expertos no dejaron de hacer aún mayores sus promesas. El Dr Robert Redfield, nada menos que antiguo director del CDC estadounidense, llegó a afirmar en septiembre de 2020 que usar máscaras era mejor que cualquier posible vacuna y los grandes medios entregaron rápidamente la promesa al público. Y realmente no fue el único experto que hizo tal comparación. Para muchos de éstos, las máscaras no sólo eran una importante, sino incluso la más importante posible de las medidas. Hubo un punto en que las máscaras podían prometer cualquier cosa desconectada de cualquier evidencia, se estaban convirtiendo realmente en una suerte de fe. El uso de máscaras se había acabado desligando de la honestidad y prueba científicas para llegar a ser un auténtico activismo político.

Uno podría pensar que el problema fue la falta de adherencia al uso de máscaras, pero lo cierto es que su uso llegó a ser forzoso y compulsivo en casi todas las regiones occidentales. En concreto, en EEUU el gobierno federal a través de YouGov y su sistema demoscópico ha evaluado la adherencia al uso de máscaras por sus ciudadanos. Todos los aumentos de contagios en noviembre y diciembre de 2020 fueron precedidas de los niveles más altos registrados en el uso de máscaras a nivel nacional, hasta por encima del 80% de media, y su ola mayor en enero 2021 se produjo con el nivel registrado más alto de uso. Tras aquella fecha y en parte debido al levantamiento de mandatos de máscaras en estados conservadores (lo veremos más adelante) la adherencia a nivel nacional empezó a descender, y los expertos en masa encabezados por Fauci o la directora del CDC Rochelle Walensky empezaron a predecir terribles olas para primavera 2021 en el país. Lo que acabó sucediendo es que los casos siguieron descendiendo toda aquella primavera.

Lo ilustraremos mejor más adelante, pero baste adelantar aquí este interesante ejercicio que nos propone el economista norteamericano Tom Woods. Si nos presentaran las gráficas de curvas de contagios covid de países donde se impusieron las máscaras, ¿seríamos capaces de identificar en el gráfico, incluso aproximadamente, cuándo se impusieron? Hagan apuestas.

Hasta 2020, la ciencia era inequívoca sobre que el uso de máscaras. en el mejor de los casos podía tener una utilidad potencial dentro de un mero marco teórico e hipotético. Incluso los estudios controlados hasta la fecha no pudieron nunca de manera sólida corroborar esa posible teoría y por ello en todas las pandemias víricas los más importantes organismos internacionales habían descartado una y otra vez las máscaras como algo de utilidad. A partir de la primavera 2020 surgieron nuevas recomendaciones sobre las que se intentó precipitar una nueva evidencia hasta entonces inexistente. Como hemos visto, se usó todo tipo de manipulación científica para intentar hacer encajar la realidad con el deseo.

Si aún creemos que esos estudios que pretendían defender las máscaras no estaban tan equivocados, no obstante desde 2020 tenemos el mejor banco de pruebas posible: millones de personas en docenas de regiones y países con máscaras obligatorias. ¿Qué datos reales podemos observar en esos países? ¿Qué resultados comparativamente hubo en las regiones, estados o países vecinos donde no se usó máscaras? ¿Se pueden observar efectos en la imposición y en la retirada de máscaras (desde otoño 2020 ya hay ejemplos estudiados de retiradas de las mismas en Occidente)? La verdad última, más allá de los laboratorios y grupos de ensayos vendría de allí, de allí fuera, de la realidad.

El lenguaje económico (XV): Empleo y desempleo

Las cuestiones laborales son del máximo interés político, social, periodístico y económico. Empleo y desempleo son objeto de debate y argumentación. Hoy analizaremos las expresiones más comunes relativas al mercado laboral.

Lo primero que debemos señalar es que el desempleo es un fenómeno institucional, es decir, provocado por la legislación estatal. «En una economía de mercado no interferida el paro es siempre voluntario» (Mises, 2011: 709). O como dice Huerta de Soto (2004: 185): «La causa única y directa del desempleo es la inexistencia de unos mercados laborales flexibles y el hecho de que los salarios son demasiado altos».

Conquistas laborales

Es extendida la creencia de que la regulación laboral —salario mínimo, jornada máxima, días libres, vacaciones, permiso de maternidad y paternidad, subsidio de desempleo, contratación forzosa de discapacitados, prohibición del trabajo infantil, etc.— son «conquistas» realizadas por la lucha sindical y los políticos con «sensibilidad social». Sin embargo, todo privilegio laboral u otra forma de forma de servidumbre empresarial impuesta por la legislación recaerá forzosamente en el trabajador mediante una reducción de su salario. Ha sido la mayor productividad del capitalismo (no los mandatos gubernamentales) la causante de todas esas «conquistas».

Desempleo forzoso

Sucede cuando la legislación prohíbe, restringe o impone servidumbres a los agentes. Cuando el gobierno fija topes máximos al trabajo (jornada, días libres, vacaciones), prohíbe trabajar a los menores o mayores de cierta edad o cuando fija un salario mínimo; está causando descanso o paro forzoso. Esta intervención produce una dupla maligna: por un lado, reduce la oferta de trabajo por parte de los empresarios; por otra (subsidios), reduce la demanda por parte de los trabajadores.

Empleo estable y de calidad

Este es el eslogan favorito de sindicalistas, políticos y demagogos. La vida, en general, y el mercado, en particular, no proporcionan esa quietud, estabilidad y seguridad que todas las utopías anhelan. Actualmente, este empleo ideal (platónico, socialista) lo encontramos en la función pública, pero el Estado sólo puede garantizar a las masas estabilidad en la pobreza. Una mayor calidad en el empleo, especialmente en aquellos oficios más penosos, solo puede darse en una economía capitalista, innovadora, dinámica y competitiva. Por otro lado, en el mercado de bienes de consumo o de factores de producción todas las calidades son bienvenidas.

Empleo garantizado o indefinido

Otra falsa creencia es pensar que un contrato laboral indefinido proporciona seguridad de por vida. De vez en cuando, las quiebras empresariales nos recuerdan que el mercado no puede garantizarnos una completa seguridad. Ni siquiera los funcionarios están a salvo cuando el gobierno destruye el orden social mediante el socialismo, el intervencionismo o la inflación.

Empleo precario

Se dice que un empleo es precario por diversas razones: A) Salarial. Tener un salario precario equivale a decir: «desearía cobrar más». El salario (como cualquier otro precio) se fija por la oferta y demanda de trabajo. El salario depende de la productividad —contribución del empleado al ingreso monetario de la empresa—. Tanto el empresario como el empleado hacen sus propias estimaciones al respecto. Estar «mal pagado» es una apreciación subjetiva: si fuera acertada, el empleado no debe tener problemas para encontrar un empleo mejor remunerado. Esto es así porque los empresarios compiten entre sí por los trabajadores. En caso contrario, cabe suponer que el trabajador se equivoca respecto de su valía o que se conforma con lo presente. Otra razón distinta para afirmar que un salario es precario es porque no cubre adecuadamente las necesidades del empleado. Esta cuestión no es económica, sino ética, moral o política. B) Intermitencia. Encadenar contratos breves o sin estabilidad temporal es otra seña de la precariedad laboral. Sin embargo, la intermitencia de la producción es inerradicable en ciertos sectores: agricultura, pesca, turismo, servicios domésticos, etc. C) Peligrosidad y/o penosidad. Algunos trabajos se realizan en condiciones adversas, siendo la tecnología y las medidas de prevención las que mitigan este factor.

Empleo sumergido, oculto o irregular

Al igual que el desempleo forzoso, es causado por la legislación laboral. Según el análisis económico del derecho, cuando cumplir la ley es más costoso que desobedecerla las personas se desplazan desde la legalidad a la costumbre, informalidad o economía sumergida (Ghersi, 2005). El empleo sumergido es la reacción del mercado frente al intervencionismo y «pone de manifiesto hasta qué punto la coacción institucional está a la larga condenada al fracaso por ir en contra de la más íntima esencia del humano actuar» (Huerta de Soto, 2010: 123). Si el gobierno desea emerger el empleo, en lugar de demonizar el trabajo informal, debería desregular el mercado laboral.

Fomentar el empleo

No está en manos del gobierno hacer que el empleo crezca porque estamos ante un fenómeno mercantil. Cuando el gobierno «crea» empleo en un sitio (previo cobro de impuestos) lo destruye necesariamente en otro. A medida que aumenta el número de funcionarios o de empresas públicas disminuye el número de productores privados. El resultado neto del «fomento» (gubernamental) del empleo es necesariamente negativo. Solo es posible mejorar la situación abrazando una economía laissez faire.

Igual trabajo, igual salario

Esta es una de las falacias más perversas del igualitarismo. El error está en la premisa «igual trabajo». Ya vimos antes que el salario depende de la productividad y no hay en el mundo dos personas que sean igual de productivas. Ni siquiera un mismo individuo tiene el mismo rendimiento a lo largo del tiempo. Paradójicamente, lo genuinamente justo es la desigualdad salarial, tal y como ocurre en el deporte profesional: cada jugador de un equipo percibe un específico salario —ficha— que ha sido fruto de una negociación individualizada. Es cierto que todos los jugadores realizan el «mismo trabajo», pero no pueden cobrar lo mismo porque todos contribuyen desigualmente al ingreso económico del club. Las mujeres deportistas cobran menos que los varones por idéntico motivo: su productividad es menor porque atraen menos público. En definitiva, la discriminación salarial no solo es impecable desde una óptica económica (sistema de precios), sino también justa porque da a cada uno lo suyo.

Proteger el empleo

La quiebra de empresas y su corolario, el desempleo temporal, es una circunstancia propia mercado. Proteger el empleo es una expresión confusa porque una empresa en crisis no está siendo agredida por nadie; es posible que esté mal gestionada o que no haya sabido adaptarse a los cambiantes gustos de los consumidores. No es lícito, por tanto, impedir la quiebra de bancos, astilleros, siderurgias o incluso de pequeños negocios apelando a una falaz «protección» del empleo. Cuando el gobierno acude, cual héroe, al «rescate» está agrediendo a otros negocios y al conjunto de los consumidores.

Racionalizar el horario laboral

Hay quienes opinan que el horario laboral es «irracional». En 2016, la ministra Fátima Báñez tuvo una ocurrencia: pretender, con carácter general, la finalización de la jornada laboral a las 18:00. La organización de la producción (incluido el horario laboral) no es un capricho del empresario, sino la mejor expresión de su racionalidad económica, guiada por el cálculo de beneficios y pérdidas. Son los hábitos del consumidor lo que establece indirectamente el horario laboral. Es cierto que el pequeño comercio, por ejemplo, tiene jornada partida y que los empleados «preferirían» la jornada continua, pero eso no significa que su horario sea irracional. Los ingenieros sociales, en lugar de coaccionar a los empresarios con normas jacobinas, deberían persuadir a los consumidores para que se abstuvieran de dormir la siesta o ver telenovelas después de almorzar. ¿A quién se le ocurre ir de tiendas o al gimnasio después de las 6 de la tarde? Ironías aparte, interferir la libertad comercial es un error y un horror: se reduce la producción, la tasa de capitalización, los salarios y el empleo; pero sobre todo es inmoral pretender regular la vida de los demás.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Ghersi, E. (2005). «El carácter competitivo de las fuentes del Derecho» [Video file]. Recuperado de https://www. tube.com/watch?v=w034GEg8awc

Huerta de Soto, J. (2004). Estudios de Economía Política. Madrid: Unión Editorial.

Huerta de Soto, J. (2010). Socialismo, cálculo económico y función empresarial. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXVIII): Sobre la guerra en Ucrania (II)

En este artículo me gustaría hacer unas pequeñas reflexiones sobre la actual guerra, desde el punto de vista que defendemos en esta sección. En primer lugar, hablaremos un poco sobre el comercio y las sanciones y después abordaremos algunos otros temas, como el fracaso relativo de los ejércitos y una breve mención a la logística militar. 

La lectura del clásico de Edmund Silberner, La guerra en el pensamiento económico, es siempre una lectura muy interesante, especialmente por el tratamiento que hacen los clásicos liberales del comercio entre potencias en guerra entre sí. En su momento me desconcertó mucho el hecho de que algunos de ellos recomendasen no interrumpir el comercio incluso en situación de conflicto. Decían que impedir tal comercio implicaría tener que recurrir a alternativas peores o más caras debilitando el propio esfuerzo de guerra y generando aún más sufrimiento a la población. Esto puede parecer a primera vista extraño, pero una vez visto con calma no deja de tener su lógica y viene muy a cuento en relación al debate que se está manteniendo sobre si se debe o no interrumpir el comercio de las potencias occidentales con Rusia.

Se dice que estamos pagando un cheque a Putin todos los meses a cuenta del gas y petróleo que suministra a la Unión Europea y que sería conveniente imponerle sanciones, que consistirían en el cese de las relaciones comerciales con tal potencia agresora o la exclusión del sistema bancario. Esta afirmación es cierta, pero no lo es menos que Rusia está vendiendo combustible a quien arma a su enemigo y que de no hacerlo los países occidentales también sufrirían, primero por no disponer de carburante para alimentar sus máquinas y sistemas de calefacción y segundo por tener que adquirirlos después mucho más caros en otras localizaciones. De buena gana dejarían de vender, pero tampoco pueden. Si quisieran vender su petróleo en otro sitio tendrían que hacerlo con sustanciales descuentos, como están ahora haciendo con la India, que aprovecha la ocasión para negociar con ventaja sus suministros. Esto es porque como decían los viejos liberales cuando hay un intercambio es porque ambas partes ganan y cualquier otra alternativa es peor, aún en caso de conflicto bélico.

El hecho de que ambos sigan comerciando a regañadientes prueba lo fútil de la guerra y reafirma las teorías de Angell. Además, deja abiertas algunas vías de negociación permitiendo mantener lazos para cuando los rusos derrotados quieran volver al escenario mundial y mitiga algo, aunque por desgracia poco, el encono de los rivales. Es más, obliga a tomar medidas que en otras situaciones no se darían, como el parcial abandono occidental de sus programas de transición energética o la sorprendente vuelta al oro de la economía rusa, a iniciativa de su banquera central. Sé bien que la rabia nos mueve a desear lo peor al enemigo, que en este caso tengo bien claro quién es, pero las duras leyes de la economía ponen a cada uno en su sitio e incluso obligan al cruel Putin a no cesar en sus suministros. Conociendo la lógica de los estados no es de extrañar que una vez terminado el conflicto se volviese a negociar con él y a integrarlo de nuevo en todos esos grupos como el G20 en los que nadie con algo que aportar es excluido. Ya se ve con China y se ha visto antes en otros casos.

También me ha llamado la atención los análisis de numerosos especialistas militares, muchos de ellos militares de alta graduación retirados, en lo que se refiere al desarrollo del conflicto. En un principio parecían desdeñar la capacidad de defensa ucraniana y daban por hecho que el muy superior ejército convencional ruso daría buena cuenta en poco tiempo de los ucranianos. Es normal, porque muchos de hechos han servido en ejércitos estatales convencionales y sólo se centraron en la fuerza relativa de cada uno de ellos. Parecen ignorar la existencia de formas de combate no convencionales y la importancia de la resistencia popular. Simplemente compararon el número de soldados y la cantidad y calidad del armamento de cada uno de los contendientes.

Están acostumbrados a ejércitos estatales burocratizados, con sus rangos y armas bien establecidos y no pueden ni siquiera imaginar el potencial de formas de guerra descentralizadas, en combinación o no con ejércitos regulares. Tampoco la industria militar o el establishment intelectual asociado a las fuerzas armadas estatales parece compartir la necesidad de innovar en armamentos más adecuados o en formas de organización en las cuales los staffs de estado mayor jueguen un papel menor.

Van Creveld, como expusimos en el artículo anterior, expuso hace algunos años la necesidad de adoptar armamentos baratos y versátiles antes que armamentos caros y tecnológicamente desarrollados, algo que no creo que a los complejos militar-industriales de nuestros países les guste mucho. También incidía en la necesidad de involucrar a la población civil en la defensa del territorio, de tal forma que se haga muy difícil y costoso la ocupación del territorio por una potencia enemiga. También parecen compartir cierta admiración por el ejército ruso, que no parece ser más que el viejo ejército soviético, reformado en parte, pero conservando buena parte de sus estructuras y rutinas de funcionamiento. Es normal que así lo hagan pues buena parte de su formación y de su ejercicio profesional se centró, al menos teóricamente, en confrontar tal tipo de fuerza. No podían pensar que todos sus esfuerzos se centraban en resistir y combatir a un tigre de papel, como se está viendo.

Recuerdo, hace años, conversar con un economista austríaco centroeuropeo al respecto, y cómo este me informaba de que el antes temido ejército rojo no tendría la capacidad de librar una guerra convencional contra las desarrolladas democracias occidentales. Aplicando a los ejércitos comunistas el viejo principio de la imposibilidad del cálculo económico en una economía socialista, afirmaba que su falta de coordinación derivada de lo que no dejaba de ser una organización armada planificada centralmente y que por tanto una operación militar de este tipo estaba condenada al fracaso por su propia ineficiencia.

Fue Rothbard quien primero desarrolló la cuestión del cálculo económico dentro de las organizaciones, que después fue desarrollado por otros economistas austríacos como Klein o Foss. Estos economistas advierten que en ausencia de precios de mercado tampoco es posible organizar de forma racional una organización más allá de un determinado tamaño.

Es más, según esta teoría cuanto más grande es la organización peor calcula y además existiría un tope más allá del cual la organización no es viable económicamente. Al ejército ruso le sucede algo semejante. Es una enorme mole de centenares de miles de soldados y miles de oficiales y generales (ahora algunos menos) dirigidos de forma centralizada desde la presidencia de la Federación Rusa.

El presidente Putin y su estado mayor por mucha capacidad que tengan no pueden tener toda la información necesaria para dirigir todas las operaciones, esto es decidir cuantos soldados mandar, de que clase hacerlo (profesionales, reclutas, mercenarios, tropas de élite) y cuál es el número de bajas tolerable para garantizar el adecuado desempeño. Tampoco sabe con exactitud a dónde mandarlos. Esto es, determinar de forma correcta cuáles son los objetivos militares a conseguir y durante cuánto tiempo. Tampoco cuenta con la información precisa del tipo de material que debe ser asignado a cada operación y que coste económico puede ser soportado.

Por último y a diferencia de un sistema socialista de planificación social puro aquí si existe competencia. Digo esto porque supuestamente en un sistema socialista puro los planificadores toman las decisiones y la población y la industria simplemente acata el plan, idealmente sin resistencia, aunque de hecho las haya. La guerra es un juego estratégico en el que la otra parte también juega. Tampoco en un sistema de este tipo contamos con buena información en relación con los recursos del enemigo: su voluntad de resistencia, sin conocimiento de las tácticas y estrategias que estos van a seguir o los recursos que sus aliados le pudiesen suministrar.

Las consecuencias las estamos viendo. Ejércitos sin combustibles ni repuestos y tanques y camiones obsoletos abandonados por no adecuarse al terreno o por un deficiente mantenimiento. Tropas de reemplazo sin experiencia en batalla asignadas a conquistar objetivos bien defendidos y asignados en número insuficiente en unos sitios y excesivo en otros. Excesiva ambición en los objetivos sin tener en cuenta el tipo de oposición que se podrían encontrar en cada uno de ellos.

Todo ello sin contar con que la defensa se está realizando de forma híbrida, combinado ejércitos regulares con partisanos o batallones de choque paramilitares, que conocen mejor el terreno y están más motivados a la lucha que los invasores. La consecuencia es la que me predijo hace años este profesor, la derrota militar por pura incompetencia.

Si a esto se le suma que las guerras modernas se dan también en el marco de la opinión pública y la propaganda no es de extrañar de que también aquí fracasen los ejércitos al estilo del ruso. A pesar de las proclamas de desinformación rusa, que obviamente existen, quien mejor lleva a cabo este tipo de luchas son las sociedades comerciales, acostumbradas al uso eficaz de la publicidad y de darse el caso de la desinformación. RT o la cadena Sputnik son pobres aficionados al lado de nuestros poderosos y capitalistas medios de comunicación de masas, que puestos a la tarea desinforman mucho mejor de lo que pudiera hacerlo la mejor de las emisoras rusas. Por eso creo que fue un error prohibir la difusión de los medios de comunicación del Kremlin. Parece como si hubiese algo que temer en ellos cuando simplemente con dejarlos actuar reforzarían aún más las virtudes de la democracia. Poco pueden hacer los pobres en este terreno.

Por último, quisiera hacer una breve mención a los fallos de logística detectados en el ejército ruso, tanto de munición, y repuestos como de combustible. Las sociedades comerciales están acostumbradas a mover grandes cantidades de bienes a larga distancia. Las grandes empresas de distribución como Inditex o Amazon cuentan con una capacidad logística nunca vista en la historia para desplazar grandes cantidades de mercancías con rapidez y precisión. Pudo verse perfectamente cuando se trató de conseguir mascarillas, pues en cuanto se les dejo cierto margen de actuación estas fluyeron sin problemas a los mercados y a un precio asequible.

Estas capacidades logísticas con el tiempo son compartidas por gran número de empresas que se adaptan y aprenden las nuevas tecnologías de transporte y no es de extrañar que lleguen tarde o temprano a conocimiento de los expertos en logística de los ejércitos. Las sociedades con restos de economía planificada no cuentan aún con estas ventajas y siguen operando con sistemas planificados y centralizados de distribución, tanto en el comercio como en sus ejércitos. Las consecuencias se pueden ver en los desastres en materia de logística del ejército ruso. El viejo Boris Brutkus, contemporáneo de la revolución rusa, cuando describió el fracaso del comunismo de guerra una de las cosas que más le llamaron la atención es la descoordinación en materia de transportes y suministros que sufría la economía soviética. Creo que no han cambiado mucho y de ahí que no les pronostique un buen futuro en el ámbito militar en esta guerra. Pronto lo sabremos.

La oposición está en el GRECO

Hace un par de meses analizaba los decepcionantes logros del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno, cómo organismo supuestamente controlador del gobierno y las administraciones públicas en España, después de su introducción por la Ley 19/2013, de 9 de diciembre, de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno.

Solapado entre otros mecanismos administrativos1, se consolida como un difumino o, incluso, un entorpecedor de la exigencia de responsabilidades políticas y jurídicas de los gobernantes y otros gestores públicos. En efecto, ese Consejo no tiene potestades de coerción ni sancionadoras sobre las autoridades incumplidoras y su elección depende del gobierno de turno, por mucho que se proclame su independencia funcional. Como se repite en otras cuestiones cruciales en la política y economía españolas, la burocracia autóctona al servicio del gobierno muestra una asombrosa maña para incumplir los compromisos del Reino de España por su pertenencia a instituciones como la Unión Europea y el Consejo de Europa, introduciendo impedimentos en la legislación y la práctica internas que los desvirtúan. ¿Se tratará de un fracaso de una parte de la “agenda globalista” frente a la picardía “localista” española?

Para corroborar lo dicho hubo que esperar a finales de marzo. El Grupo de Estados contra la Corrupción (GRECO) del Consejo de Europa publicaba su informe dentro de la quinta ronda de evaluación con respecto a España sobre la “Prevención de la corrupción y promoción de la integridad en los gobiernos centrales (altos cargos ejecutivos) y las fuerzas y cuerpos de seguridad”, aprobado en su reunión plenaria de Estrasburgo de septiembre del año pasado.

No es la primera vez que los informes sobre el cumplimiento de las recomendaciones de dicho grupo han dejado en evidencia la escasa disposición de los sucesivos gobiernos españoles para prevenir y combatir la corrupción. Generalmente nunca discrepan de los consejos que se les ofrecen, sino que reiteran pretextos para no ponerlos en práctica. Particularmente significativas – en consonancia con otras instancias, tanto del Consejo de o la Comisión de la Unión Europea – han sido las llamadas de atención e todos estos sobre las escasas o nulas garantías de actuación imparcial e independiente del Ministerio Fiscal frente a un gobierno que elige a la jefatura de una estructura jerarquizada, o su clamor para que el órgano de gobierno de los jueces (el CGPJ) se componga, al menos, de una mitad de vocales elegidos directamente por los jueces entre ellos mismos para garantizar la independencia judicial y evitar tanto la politización, como el corporativismo en la Administración de Justicia.

En esta ocasión los relatores encargados de evaluar el grado de cumplimiento de las autoridades españolas, Emma Rizzato (Italia) en lo que se refiere a los altos cargos ejecutivos del gobierno, y Michelle Morales (EE.UU) en lo relativo a las fuerzas y cuerpos de seguridad, se despachan con una diáfana contundencia. Aun considerando las alegaciones formuladas por los representantes del gobierno español, las conclusiones finales apuntan a que “España no ha cumplido ni ha tratado de manera satisfactoria ninguna de las diecinueve recomendaciones contenidas en el informe de evaluación de la quinta ronda. De las recomendaciones, siete se han aplicado parcialmente y doce no se han aplicado”.

Sirvan como ejemplo algunas observaciones muy significativas sobre el alcance de la transparencia, a la vista de la insostenible situación de algunos miembros del gabinete de Pedro Sánchez Pérez-Castejón, incluido él mismo2 y su cónyuge3.

En primer lugar, el GRECO recomendó (recomendación 5) proporcionar al Consejo de Transparencia y Buen Gobierno la independencia, la autoridad y los recursos adecuados para desempeñar sus funciones de supervisión de manera eficaz. Sin embargo, en su informe destaca, que las autoridades españolas no han cumplido con la puesta en marcha de esa institución de nuevo cuño.

En segundo lugar, el GRECO ha reiterado sus llamamientos para ampliar el alcance de la información financiera para incluir activos, intereses, empleos complementarios y pasivos, así como acortar los plazos para la presentación y publicación de esos informes, e incluir a los cónyuges y familiares a cargo las personas con altas funciones ejecutivas (Recomendación VIII) así como a los asesores (recomendación 1). Frente a esos requerimientos, el gobierno actual adujo, respecto a los asesores, que había abierto un periodo de consulta pública y que próximas reformas legislativas garantizarían el fortalecimiento de los valores éticos y los mecanismos de integridad de las instituciones públicas. En relación a la solicitud de información financiera sobre cónyuges y familiares a su cargo indicó que lo había descartado (en una de las pocas ocasiones que se plantea una oposición frontal) por restricciones derivadas de “la normativa de protección de datos”.

Nótese la añagaza. Tanto la Constitución española (Art. 18.4) como el Reglamento (UE) 2016/679 de protección de las personas físicas en lo que respecta al tratamiento de datos personales y a la libre circulación de estos4, se justifican por la indefensión que asuela al ciudadano frente al procesamiento de informaciones dispersas que le conciernen por parte del Estado o empresas especializadas. Obviamente el riesgo de vulneración de su derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y de cercenamiento del ejercicio de sus derechos reviste una grado altísimo. Ahora bien, esa protección no puede entenderse como absoluta, por un lado, y menos aún esgrimir por personas que ostentan puestos de gobierno o representación política, por otro. No en vano, en un Estado de Derecho una de las obligaciones de esos cargos consiste, precisamente, en rendir cuentas e informar a la sociedad de aquéllos intereses personales que pudieran entrañar un conflicto con las funciones públicas que desempeñan.

Parecido juego se trae el gobierno con la Ley de Secretos Oficiales de 1968, que le sirve como cajón de sastre leguleyo para negar información incluso a diputados y senadores. Los vuelos en un avión Falcon oficial se programan para trasladar al presidente del gobierno a actos privados. Como por arte de birlibirloque se hacen coincidir con visitas más que dudosamente oficiales. Cuando se le pregunta por el coste, sus esbirros omiten la respuesta obligada, invocando de forma torpe una legislación que no impide en absoluto informar sobre el uso de los bienes públicos y su coste. Más recientemente, preguntas formuladas en sede parlamentaria sobre el coste y detalles del viaje del presidente del gobierno y su esposa, acompañados por un séquito de 45 personas, a Dubai para participar en el Día de España de la Exposición Universal han tenido la misma burlona respuesta. No solamente la transparencia, sino el simple cumplimiento de la legalidad son un sarcasmo en este contexto. Sorprendentemente no se vislumbra ningún tipo de instrucción penal para esclarecer si tal comportamiento constituye un vulgar delito.

El choque de esta práctica gubernamental con la recomendación del GRECO de avanzar en la aplicación de la Ley 19/2013 es evidente. Esa recomendación a todos los estados miembros u observadores del Consejo de Europa implica ratificar el Convenio de Tromsø de acceso a documentos públicos, facilitando los procedimientos de solicitud de información contenida en documentos públicos, estableciendo un plazo razonable para responder a la solicitudes e introduciendo requisitos adecuados para el registro y tratamiento de la información pública proporcionada en formato electrónico, así como sensibilizar al público en general sobre su derecho a acceder a la información. En este punto la actuación del gobierno español ha resultado ser más taimada. Alegó que se iniciarían los trámites para ratificar el Convenio del Consejo de Europa de acceso a documentos públicos. Sin embargo, siete meses después de la elaboración del informe del GRECO, el proyecto de ley necesario todavía no se ha remitido al Congreso de los Diputados.

En conclusión, sirvan esos ejemplos para comprender que las auditorías externas sobre diversas instituciones y los poderes públicos, realizadas por organismos internacionales como el GRECO, constituyen un material muy valioso para diagnosticar la situación que aqueja a España. Frente a un gobierno con tendencias autoritarias tan acusadas como el actual, el GRECO se ha convertido ya en una oposición consistente frente a tanto atropello.

1 De hecho depende del Ministerio de Presidencia

2 https://www.elconfidencial.com/espana/2022-04-22/anticorrupcion-abre-una-investigacion-por-los-contratos-vinculados-a-sanchez-calvino-e-illa_3412811/

3 https://okdiario.com/madrid/complutense-defiende-que-begona-gomez-lidere-catedra-formacion-aunque-no-ni-licenciada-6700029

4 https://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/?uri=CELEX%3A32016R0679

La doctrina de guerra y la guerra de Putin

En su monografíaLa doctrina militar: del pensamiento estratégico a las operaciones militares”, el general de brigada Enrique Silvela Díaz-Criado describe la doctrina de guerra como una ‘teoría de la victoria’:

Un desarrollo escrito de cómo se puede y se debe conseguir. Qué factores son necesarios, qué principios gobiernan la guerra, qué acciones hay que emprender, qué actitudes y procedimientos llevan a la victoria. La victoria que hay que conseguir en cada combate, cada batalla, cada operación, victoria final en la guerra”.

Cada país, cada nación, cada Estado, cada grupo beligerante tiene su doctrina de guerra y, aunque con el tiempo puede variar, hay cierta inercia a mantenerla más o menos estable:

Se fundamenta en la sociedad a la que se pertenece, con su cultura, sus valores, su legislación y su estilo, que son los que han recibido los militares en su educación antes de ingresar en los ejércitos. De forma inconsciente, refleja esa filosofía y el pensamiento predominante en su época”.

Las filosofías políticas que inspiran a Estados, naciones, sociedades y grupos tienen su presencia en estas doctrinas de guerra, de la misma manera que estructuran sus organizaciones e instituciones políticas. Así, en Occidente, el respeto a los individuos, a la propiedad, a los derechos humanos hace que estos factores sean tenidos en cuenta, al menos sobre el papel, frente a sociedades, grupos, Estados o naciones que no tienen tal respeto. Eso no quiere decir que, en algún momento del conflicto, estas restricciones (porque suelen expresarse en forma de restricciones a la extrema violencia) puedan ser transgredidas, temporal o definitivamente, entrando en una fase más dura y cruda del conflicto. Téngase en cuenta que el objetivo de un conflicto bélico es la victoria (sea como sea entendido ese término). No se pelea para empatar, o para perder un poquito, se pelea para vencer, para desactivar al enemigo como amenaza bélica. Cuando, por razones coyunturales, políticas, incluso por razones de carácter humanitario, se para una guerra, no se obtiene necesariamente la paz, sino una tregua en la que las partes enfrentadas se rearman y preparan para un, no pocas veces, recrudecimiento del conflicto, que adquiere tintes incluso más dramáticos. Entiéndase que la paz sólo se consigue cuando las dos partes están dispuestas a ella, no porque alguien ajeno se sienta mal por la muerte y la destrucción generada. Las doctrinas de guerra son los cimientos sobre los que se construyen las estrategias, tácticas, doctrinas operacionales, políticas bélicas y el tipo de ejército que se quiere, incluyendo en él la formación de los soldados y los mandos y la adquisición o desarrollo de las tecnologías adecuadas1.

Las doctrinas de guerra de los sistemas autoritarios tienen poco en cuenta las necesidades de sus propios soldados2. En estas doctrinas, impera la supervivencia del grupo a costa del individuo y, sobre todo, la supervivencia del sistema político que lo sostiene, incluso a costa del propio grupo (la utopía es más valiosa que la realidad). Si nos fijamos en cómo los rusos, chinos, vietnamitas y otros países donde el comunismo ha tenido o tiene asentamiento, se han enfrentado a sus enemigos en el último siglo, vemos que su poder se ha manifestado en forma de grandes masas de soldados, con una formación y un armamento como poco mejorable, lanzadas contra el enemigo al que se enfrentaba. Cuando esta cantidad y esta mejorable calidad eran suficientes, la victoria se alcanzaba a costa de muchas bajas (siempre que fueran asumibles) o se provocaban tantas bajas al contrincante que éste abandonaba el conflicto ante la presión de sus ciudadanos, como sucedió en Vietnam o Corea.

Muchos defensores de la URSS aseguran que fue ésta la que realmente venció a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial y presentan como argumento el gran número de víctimas soviéticas. Sin embargo, buena parte de este número se puede explicar en estas doctrinas en las que no importa sacrificar a millones de soldados y civiles propios. Llegado a este punto, diría que es injusto por mi parte asumir que esta estrategia es únicamente comunista, ya que los mismos rusos, cuando conformaban el imperio zarista, la usaron. Quizá el ejemplo más evidente haya sido la respuesta a la invasión de Napoleón a principios del siglo XIX, cuando se destruyeron los recursos que podían usar los invasores, a costa de entrar en un periodo de hambruna después del conflicto.

Por el contrario, los ejércitos donde se valora al soldado como individuo formado, que está arriesgando su vida por su país, nación, Estado o gobierno (más allá de lo justa o injusta que sea la guerra desde otras perspectivas) tienden a establecer una serie de medidas que protegen a los propios soldados, dándoles una mejor formación de cómo desenvolverse en combate, dotándoles de la mejor tecnología posible para conseguir los objetivos previstos y protegerlos de posibles daños, llegando a diseñar específicamente sus armas para preservar a las tripulaciones, como es el caso del carro israelí Merkava, e incluso apoyándoles con misiones de rescate (con la creación de unidades especiales y específicas para el rescate de aviadores, como el 56º Escuadrón de Rescate Aéreo estadounidense). Se puede llegar a la paradoja de que, en términos de vidas y material destruido, pueda ser contraproducente en el balance final, pero todos los soldados saben que hay una intención positiva de velar por ellos. Además, estos países dan un mejor trato a los soldados capturados y, en la medida de lo posible y según las circunstancias de la contienda, se evitan los daños innecesarios para la población civil del enemigo, evitando la destrucción de infraestructuras. En definitiva, se defiende el grupo defendiendo al individuo y controlando los daños, en la medida de lo posible.

Tampoco quiero ser hipócrita, estamos ante una guerra, una situación límite donde los códigos morales, la ética, tanto social como individual, experimenta cambios drásticos y lo que hasta ese momento nos parece inaceptable se puede volver aceptable en virtud de la victoria. Estados Unidos metió en campos de concentración a los ciudadanos americanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial y, en esta misma guerra, se empezó limitando los bombardeos ingleses en el puerto alemán de Wihelmshaven para no dañar los edificios civiles y matar inocentes, y se terminó lanzando las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

El ejército ruso que ha invadido Ucrania por orden de Vladimir Putin adolece de problemas ligados a su doctrina bélica, que a diferencia de, por ejemplo, la estadounidense, no está diseñada para hacer una operación quirúrgica, rápida y victoriosa. El sueño de Putin entró en conflicto con la realidad de su país, de su ejército y de su tradición y se ha tornado en una pesadilla que, como una sombra siniestra, se extiende por toda Ucrania y amenaza al resto de Europa y el mundo. Cabe pensar que Putin esperaba una victoria rápida, en unos pocos días, que tomaría las principales ciudades del país, ocuparía el territorio y absorbería todo o parte de él, dejando el resto, si esta última hubiera sido la decisión, bajo un gobierno títere de Moscú. Además, habría amedrentado a otros países de integrarse en la OTAN o cualquier otra organización política o militar occidental y habría asegurado, invocando al paneslavismo y la dependencia energética, la influencia política en muchos países de la UE, incluida Alemania; sobre todo, Alemania. Sin embargo, la mala dirección de la empresa bélica y las deficiencias de sus fuerzas armadas han malogrado este sueño, pasando de una guerra relámpago con una victoria decisiva a una guerra de desgaste de final incierto.

Rusia se encontró desde el principio (cuando entró desde cuatro3 frentes distintos que estaban destinados a juntarse en el hipotético final ‘putiniano’ de la guerra) una oposición muy fuerte por parte del ejército ucraniano que, durante un tiempo había estado siendo abastecido y formado por occidentales de una manera no oficial. Esta oposición paró en unos días lo que los medios de comunicación occidentales, al menos los españoles, estaban vendiendo como una guerra corta y apabullante. Las columnas de tanques, vehículos blindados y su bagaje se vieron detenidos, cuando no retrocedieron respecto de sus posiciones más avanzadas. Es cierto que llegaron cerca de Kiev, pero no fue el grueso del ejército, sino algunas avanzadillas que tuvieron que replegarse para realizar un avance más acorde a su naturaleza. El cielo fue rápidamente dominado por los rusos, pero las técnicas de combate ucranianas, meramente defensivas, y la tecnología proporcionada por Occidente más la que ya poseían, produjeron muchas bajas entre los vehículos aéreos rusos, mientras que éstos no podían ser contundentes con los ucranianos de tierra. La frustración de los soldados terminó por cebarse con la población civil con la que entraban en contacto. Las noticias de matanzas de población indefensa, las violaciones masivas a las mujeres ucranianas, la destrucción de edificios, infraestructuras, llegando a arrasar poblaciones enteras, son ejemplos de cómo la guerra se ceba con los no combatientes.

La brutalidad es, como vemos, un arma de guerra, aunque también la podemos achacar a la maldad del humano que la ejerce, pero no podemos olvidar que su uso también es fruto de las circunstancias y éstas pasan por un ejército, el de los rusos, mal preparado y pertrechado y cuya formación no está preparada para este tipo de guerra (como el de los estadounidenses no estaba preparado para la ocupación de Irak o Afganistán, pero sí para una invasión rápida y poco cruenta de estos países), con reclutas poco competentes para este tipo de resistencia y violencia. No hay que olvidar que la propaganda rusa ha vendido, tanto a su población como a sus soldados (y a los que la quieran creer en Occidente), que el esfuerzo bélico ruso pretendía liberar a los rusos que ahí vivían, oprimidos por los ucranianos, que eran poco menos que nazis. Esta situación propicia que la respuesta del ejército ucraniano a la ‘invasión supuestamente salvadora’ de los rusos se entienda como una muestra de desagradecimiento por su esfuerzo y genere una respuesta violenta y criminal. El miedo y la falta de experiencia también invita a una sobrerreacción violenta, aunque sólo sea para evitar riesgos. No es la primera vez que esto ocurre en la historia de las guerras y estos crímenes contra la población civil, incluso otros más brutales, no van a terminar porque sean denunciados desde Occidente, sino que seguirán hasta que la guerra termine. Nada nuevo, si tenemos en cuenta lo sucedido en la batalla de Grozni de 1994-95.

El ejército ruso se ha manifestado como un ejército menos eficiente de lo esperado, al menos en lo que hemos visto. Su soldadesca no está en la línea de los ejércitos profesionales de los países occidentales, que gastan más recursos en formar y adiestrar a los soldados (al menos en los principales países de Occidente). Su tecnología militar permanece lejana a los estándares occidentales y esto se muestra en diferentes aspectos. Uno de ellos sería que los vehículos militares occidentales están mucho más interesados en la protección de las tripulaciones, como el ya comentado caso del carro Merkava israelí, aunque este es sólo un caso extremo; en general, los carros occidentales son más pesados y grandes, al incluir mayor protección frente a los rusos, más pequeños y fáciles de mantener y manejar, pero también más débiles y con diseños que exponen a la tripulación a resultados catastróficos. Y tiene cierta coherencia este ahorro de recursos ruso. Si no se le da valor a la vida del soldado (aunque sólo sea por lo que sabe y puede aportar al esfuerzo bélico) y su formación es limitada, es mucho más rentable formar a otro soldado, aunque sea apresuradamente, y mandarlo al frente, que gastar tiempo y recursos en su protección o, si fuera necesario, en su recuperación en caso de quedar atrapado, que no capturado, en territorio enemigo. Su deficiente blindaje ha dejado un reguero de vehículos destrozados o averiados que ha permitido al enemigo capturarlos y usarlos como repuestos para los suyos o, una vez arreglados, para añadirlos a su ejército. La aviación está preparada para, como ocurrió en Siria, bombardeos masivos e indiscriminados contra objetivos extensos. Sin embargo, este tipo de guerra requiere bombardeos quirúrgicos y limitados contra efectivos concretos, con munición inteligente que permita ataques desde gran altura, a salvo de misiles de corto alcance como los Stinger que poseen los ucranianos. El uso de la llamada munición inteligente ha sido limitada, al carecer de ella, lo que ha provocado demasiadas víctimas y destrozos.

Un evento interesante ha sido el hundimiento del crucero Moskva, alcanzado por dos misiles Neptune, de origen soviético, que impactaron en el buque insignia ruso, lo que provocó un incendio que se extendió por todo el barco y terminó por hundirlo. Esta situación implica deficiencias importantes en los sistemas de contención de daños y eliminación del fuego, que por lo visto no se habían actualizado correctamente desde la época soviética, lo que demuestra un desprecio importante por la vida de la marinería. No es el primer evento en el que se ve este desprecio; por poner un ejemplo relativamente cercano, en el hundimiento del submarino nuclear Kursk, cuya avería fue negada en un principio, no se procedió al rescate de la tripulación y se “vendió” como un acto de heroísmo innecesario para salvar la imagen del régimen. Esto muestra hasta dónde está dispuesto el gobierno ruso a llegar para salvarse a sí mismo, inmolando a sus súbditos. Qué decir, si se confirman las informaciones del rescate de los supervivientes, que corrió a cargo de la marina turca.

Pero quizá el hecho más disparatado del ejército ahora ruso y antes soviético es la manera de convencer a los propios soldados de ir deficientemente preparados a la lucha contra el enemigo. A diferencia de los soldados formados profesionalmente, los reclutas y milicianos son más propensos a desertar por el lógico miedo a resultar muertos, heridos o capturados por el enemigo. En el caso soviético, a lo largo de decenios, diferentes cuerpos especiales se dedicaban a ejecutar a aquellos que huían o lo intentaban (la famosa e infame orden 227 de Stalin), de forma que la única manera posible de sobrevivir era atacar y esperar un ataque de suerte. En el caso de Ucrania, hay indicios de que veteranos de la guerra en Chechenia están ejerciendo este tipo de ejecución, que vulnera cualquier ética, moral o derecho fundamental.

Por último, quiero referirme al ejército ucraniano, a la propia Ucrania. Cada país es soberano de pertenecer a la organización internacional que desee, si ésta lo acepta. Es decir, Ucrania, igual que Letonia, Lituania y Estonia, que pertenecieron a la URSS, tiene el derecho de ingresar en la OTAN o en la UE. Esto no es un acto de agresión a la Federación Rusa, que es una de las razones por las cuales Putin ha ordenado la invasión, sino un acto que debería hacer preguntarse a Rusia por qué sus vecinos (ahora Finlandia y Suecia, adalides en el pasado de la neutralidad y que actualmente han solicitado su entrada en la OTAN) quieren defenderse de una potencia intervencionista, expansionista y violenta. Una posición mucho más pacífica, limitada al comercio y relaciones de buena vecindad sería mucho más beneficiosa para todos.

Ucrania viene de una defensa que sigue la doctrina rusa de guerra4, pero quizá por el desastre de 2014, en el que perdió la península de Crimea y el apoyo de Occidente, en especial de Estados Unidos y Gran Bretaña, ha ido cambiando esta doctrina para acercarse más a las occidentales. Eso no quiere decir que el ejército ucraniano no esté cometiendo actos delictivos y criminales contra los invasores rusos. No hay ninguna guerra en la que los bandos enfrentados no hayan cometido este tipo de crímenes (existen acusaciones de ejecución de soldados rusos por tropas ucranianas), pero, sin justificarlas, no podemos olvidar el contexto, siendo Ucrania la víctima y no la Federación Rusa. Cuando estoy escribiendo estas palabras, Ucrania se prepara para una fase mucho más móvil y no está claro que su ejército esté preparado para ello. Su presidente Volodímir Zelenski, sabedor seguro de tales carencias, ha solicitado a Occidente carros de combate y blindados y no armas ligeras, más propias de una resistencia. Rusia todavía tiene mucho ejército que poder arrojar contra el enemigo y puede ser mucho más brutal de lo que ha sido hasta ahora, incluso planteándose el uso del armamento nuclear táctico. Vladimir Putin ha usado mucho la amenaza nuclear contra Occidente y sus enemigos, quizá porque sabe que funciona y que la OTAN no se va a inmiscuir directamente en la guerra por temor a una tercera guerra mundial. Dadas las carencias de su ejército, quizá es lo único que le queda a Rusia para seguir siendo potencia: el matonismo nuclear.

[*Este artículo ha sido escrito en colaboración con Rafael Illán Oviedo]

1 Como buen ejemplo de todo lo dicho y para el caso concreto alemán, se puede leer el libro del historiador Robert M. Citino “El modo alemán de ver la guerra”. Grosso modo, en los países occidentales donde el valor del individuo sigue pesando, durante las guerras se le cuida, pero en los sistemas colectivistas, sean nacionalistas o internacionalistas, sean fascistas o comunistas, lo que prima es el colectivo y el individuo es prescindible.

2 En un conflicto bélico, las necesidades que se satisfacen en los combatientes o sus apoyos no son para su propia comodidad, sino para que sean más eficientes ejerciendo su labor.

3 Por el norte hacia Kiev, por el noreste hacia Jharkov, por el este en el Dombass y por el sur desde Crimea hacia Kherson.

4 Adolecieron de los mismos problemas que los rusos cuando, en septiembre de 2014, uno de sus contraataques fue aplastado por las fuerzas rebeldes prorrusas.

Israel es culpable

Hablar sin tapujos de este pequeño país situado en la costa Levantina significa meterse en uno de los jardines más laberínticos que puedan imaginarse, y es que, Israel polariza, y mucho. El título incendiario que he escogido ha sido por acordarme de las palabras vociferadas por la joven neonazi, o musa falangista, como la llamó El Español, Isabel Peralta a principios del año pasado. ¿Y qué tendrá que ver el antisemitismo campante y rampante de una joven desnortada pregonando el vetusto libelo de los Sabios de Sion con el tema que nos atañe?1 Su casposo antisemitismo es compartido por sus homólogos en el otro espectro político.

Como he mencionado, este reducido país2 rodeado de una constelación de enemigos es sobre el que recaen las críticas más duras de toda la intelligentsia occidental y buena parte del mainstream ideológico actual3. Quien diría que en una zona donde imperan los emires4, los alatoyás (como la teocracia chií de Irán) o monarquías autoritarias de corte wahabita (como la sunita Arabia Saudita), entre otras formas de gobiernos totalitarios, el blanco de todas las críticas iba a ser hacia la única democracia parlamentaria de carácter liberal. Este pequeño refugio para el pueblo más perseguido de la historia de la humanidad, se ha convertido en la Caja de Pandora de todo lo que ocurre en la región.

Cada vez que hay tensiones políticas, territoriales o religiosas, la maraña de intelectuales que circundan por las facultades y medios de comunicación, no dudan un instante en dictaminar quién es el culpable. Cuando se menciona el “conflicto en Medio Oriente” suele venir a la mente la cuestión israelí-palestina, como si en una zona donde la correlación de fuerzas se dirime por la violencia y la coerción, fuere el único conflicto que ha habido y que hay. Se pasa por alto la guerra civil en Yemen y la confrontación con Arabia Saudita, la guerra civil en Siria que dura desde hace 11 años, u otros históricos como las tensiones del septiembre negro en Jordania (1970), la guerra del Dhofar (1962-1975) en Omán, la situación del pueblo kurdo (localizado entre Turquía, Irán e Irak mayoritariamente), o los catorce siglos de animadversión entre las dos ramas principales del islam (a la que también habría que añadir el jariyismo). Además, a esto hay que sumarle el resurgimiento del Daesh (2014) y todos los grupos terroristas que han aparecido en estos países. Por supuesto que, algunos de ellos, alimentados por la nefasta política exterior que Estados Unidos ha tenido siempre a causa de la rivalidad bipolar con la URSS durante la Guerra Fría, y posteriormente.

Sea como fuere, Israel es el culpable. Da igual que ya desde su independencia, en mayo del 1948, Egipto, Siria, Transjordania, Líbano, el Reino Hachemita de Irak, Arabia Saudita, el Reino de Yemen y la Liga Árabe le declarasen la guerra. A una gente que, vale la pena recordarlo, provenía en muchos casos de los campos de exterminio nazis y que, sin comerlo ni beberlo, tuvieron que enfrentarse a estados y ejércitos muy superiores numérica y armamentísticamente. Todo ello por el restablecimiento del estado judío en el sitio donde estos llevaban habitando, de forma ininterrumpida, desde hacía más de 3 milenios, a pesar de las numerosas guerras y expulsiones ocurridas en la región. Una de las más señaladas fue la I guerra judeo-romana que tuvo lugar en Judea, también conocido como West Bank (1950), y que finalizaron con la entrada de las legiones romanas de Tito y la destrucción de Jerusalén, su capital eterna, lo que conllevó una masiva expulsión judía. Sin embargo, aún quedaron judíos en la región renombrada por Tito bajo el neolatinismo Palaestina.

Delante de todas estas vicisitudes, el retorno de los judíos en masa a su tierra ancestral vino con una respuesta inmediata de repulsa por parte de sus vecinos. El día después de declararse su independencia, uno de sus líderes, Ben-Gurion, sabía que no estaban para celebraciones y que les tocaría defenderse de fuerzas muy superiores a ellos. El 15 de mayo los aviones egipcios surcaban el cielo del nuevo estado y se iniciaba un conato de invasión y bombardeo de Tel Aviv. Se estima que Israel perdió al 1% de su población en dicha guerra, unos 6.000 habitantes (el 6% de su población entre 17-20 años pereció) (Stein, 2009, pág. 66).

Las derrotas del ejército israelí a los ejércitos árabes, en la mayoría de los casos, han sido humillantes, ya desde 1948, pero también en el 1967 con la célebre Guerra de los Seis Días. No es menos cierto que en muchos casos, después de las experiencias y la destacada imposibilidad de hallar paz en dicho conflicto, Israel se ha defendido preventivamente. A mi juicio, el gran problema en la región es de reconocimiento; jamás han aceptado la presencia de dicho estado, cosa que Israel sí hizo y, esto intrínsecamente, significaba la creación de un estado árabe (Resolución 181 de 1947). La situación se fue agravando y ese nulo reconocimiento se hizo más explícito, si cabe, con la Resolución de Jartum (1967), la cual, en su artículo tercero, incluía los célebres “tres no”: no a la paz con Israel, no al reconocimiento de Israel, no a las negociaciones con Israel.

Luego, no importa lo que suceda, tampoco que la Franja de Gaza esté gobernada por un grupo terrorista5 que oprime sistemáticamente a su población y que practica el democidio6, tampoco que Israel se haya mostrado abierto a ceder territorios para lograr la paz (cosa que ha hecho en varias ocasiones), ni que en los países enemigos las mujeres sean meros objetos de sus maridos, que en muchos casos impere la Sharía, y que, para más inri, en una sociedad occidental en donde buena parte de la izquierda arguye y repite ad nauseam que la mujer está sometida por el hombre, se dediquen a atacar y desprestigiar a un país que ya en 1969 tuvo una mujer como primer ministro, Golda Meir (nunca recordada por dichos sectores) y que sin duda, es un ejemplo de tolerancia cívica, religiosa, política, económica y humana.

Los datos no mienten, un 21.1% de su población es árabe (la cual tiene representación en la Knesset), en 2008 un 44.06% de los habitantes habían nacido en Israel, un 26.6% en Europa y la antigua URSS, casi un 15% en África, más de un 10% Asia, y casi un 5% Oceanía7. Además de estas procedencias heterogéneas, los palestinos deben ser la única población en todo el mundo que puede apelar a la Corte Suprema de otro país en caso de necesitarlo, esto sería como si los sirios se pudieran acoger a la corte suprema del Líbano durante la guerra civil. Y a todo lo mencionado es a lo que algunos tildan de país “racista” o incluso, de Apartheid (este argumento lo han repetido hasta la saciedad autores como Ilan Pappé o activistas de primer nivel como Noam Chomsky, el cual, de joven, había estado incluso en los Kibutz israelíes). Más allá de eso, estamos hablando de una zona que tiene ínfimos recursos naturales y que cuando empezaron las Aliot coordinadas (del verbo hebreo subir o ascender, es decir, el retorno judío a su tierra, iniciadas en 1881) era un páramo desértico sin rastro de agua8, y a día de hoy han conseguido que sobre.

Un país líder en Start Ups, de ahí que se le conozca como la Start-up Nation (término popularizado por Dan Senor y Saul Singer), con un mercado interior muy reducido, con un bloqueo sistemático de sus vecinos, con amenazas de bomba constantes, con grupos terroristas asolando sus fronteras como Hezbollah, con una mala prensa que blanquea a las dictaduras de Medio Oriente, con todo esto y mucho más, Israel es un milagro hecho realidad. No solo en términos físicos, sino culturales, el empeño encomiable de supervivencia de dicho pueblo los llevó a recuperar una lengua prácticamente muerta como era el hebreo.

Así pues, sin ánimo de alargarme mucho más, hay una izquierda que vocifera que Israel es culpable, pero que ellos no odian a los judíos a diferencia de la extrema derecha, sino que odian el sionismo9. Dicho concepto es poliédrico y tiene muchas acepciones, eligen escoger la que les interesa: sionismo como sinónimo de racismo. Se parapetan en la Resolución 3379 – no vinculante- de la ONU de 1975, donde se manifestó que se trataba de racismo y, para más inri, se equiparó al régimen sudafricano (casualidades de la vida, cuando se realizaron las votaciones, Sudáfrica se encontraba ausente en el hemiciclo). Todo ello con el aplauso de grandes democracias como: Afganistán, Arabia Saudí, Argelia, Baréin, Catar, Cuba, la URSS, Egipto, entre otras. Finalmente, en 1991, la Resolución 4686, aprobada por 111 miembros, revocaba aquella malintencionada pretensión que buscaba atacar deliberadamente a Israel.

Lo más curioso de todas estas difamaciones es que, en buena medida, no solo provienen del mundo árabe, sino que es una lacra heredada de la Guerra Fría, y especialmente, de la URSS. Esta tuvo un papel decisivo en la creación del estado de Israel, de ahí que el periodista ruso, Leonid Mlečin, pusiera de título para su libro “Por qué Stalin creó Israel”. Esto cambió ya a principios de los 50s y empezó una propaganda acérrima contra el sionismo tachándolo de burgués. Cientos de miles de medios de comunicación soviéticos representaron a los judíos como conspiradores mundiales buscando imponer su dominio global (solo 20 años antes, un tal Adolf Hitler vociferaba lo mismo, pero, los extremos no se tocan, eso lo dicen los cuñados); “Hundreds of articles, in magazines and newspapers all over the Soviet Union, portrayed Zionists (i.e. Jews) and Israeli leaders as engaged in a world-wide conspiracy, along the lines of the old Protocols of Zion” (Johnson, 1988, pág. 575).

El hecho que haya calado tan hondo en el imaginario colectivo que el sionismo es racismo y no un movimiento político que buscaba la creación de un estado para el pueblo judío a finales del s.XIX, es decir, en un contexto de auge de los nacionalismos y de antisemitismo acuciante en Europa, constituye un buen ejemplo de neolengua. Como postuló Goronwy Rees, la asociación internacional del sionismo con el racismo hubiera sido aplaudida con entusiasmo en los mítines nacionalsocialistas en Nuremberg durante los años 30s10.

Así pues, substituyamos “Israel es el culpable” por “el judío es el culpable”, como vemos, el sujeto cambia, pero el trasfondo es el mismo. De los 195 estados que hay en el mundo, resulta que, el más polémico y el que más molesta es el único que es judío. Eso no quiere decir que en las IDF se hayan cometido excesos deplorables, que en una guerra haya habido crímenes, que haya individuos que sobrepasen cualquier código moral (muchos de ellos juzgados en los tribunales israelíes) y que, en definitiva, sea agradable una situación de tensión permanente. Aun así, hay que tener en cuenta que la mayoría de imágenes que nos llegan del conflicto son precisamente de la Franja de Gaza, de la cual, no sale ninguna información sin la autorización del grupo terrorista que la gobierna manu militari. Son doctos en la creación de contenidos audiovisuales y ya se encargan muchos de sus estólidos en darle difusión en occidente, estoy pensando en Mehdi Hasan que, desde Al Jazeera, es decir, de un canal fundado en Catar y financiado por el gobierno catarí, se dedica a predicar sobre la falta de derechos humanos de los palestinos. Ver para creer.

Finalmente, el mito del palestino lanzando piedras hacia tanques israelíes (la propaganda soviética se encargó de popularizarlo11), es precisamente una forma de apelar a los sentimientos occidentales. Si la tónica dominante hubiera sido la de lanzar piedras, no hubiera hecho falta el desarrollo de la Cúpula de Hierro. Si lanzaran piedras y no se inmolaran indiscriminadamente contra población civil, tampoco harían falta los check-points ni los muros de contención (según Claudio Vercelli, estos han reducido en un 90% los atentados terroristas y los actos de violencia12), si Hamas no colocara sus bases de operaciones en hospitales, colegios, residencias o incluso guarderías, se evitarían muchas muertes de inocentes, como también lo haría el hecho de usar los recursos internacionales para cuidar a su población y no para lanzar cohetes a ciudades israelíes y excavar túneles con los que poder atacar al país vecino. Llegados a este punto hay que remarcar que no todo el que critica a Israel es antisemita, pero todo antisemita ataca a Israel.

Bibliografía

Beller, S. (2007). Antisemitism: A Very Short Introduction. Oxford: Oxford University Press.

Johnson, P. (1988). A History of the Jews. New York: Harper & Row .

Korey, W. (1995). Russian Antisemitism, Pamyat, and the Demonology of Zionism. New York: Routledge.

Pla, J. (2002). Israel, 1957. Barcelona: Destino.

Stein, L. (2009). The making of Modern Israel, 1948-1967. Cambridge: Polity Press.

Twain, M. (2007). The innocents abroad. New York: The modern library.

Vercelli, C. (2020). Storia del conflitto israelo-palestinese. Urbino: Editori Laterza.

1 Los protocolos de los sabios de Sion se publicaron en 1902 y buscaban justificar los pogromos recurrentes que se producían en la Rusia Zarista. Este texto sirvió de inspiración al propio Hitler, el cual, en su libro insignia, no solo los citó, sino que en buena medida muchas de sus premisas estaban en consonancia con los mismos. Uno de los postulados del Protocolo era que los judíos iban a usar el capitalismo y el socialismo para enfrentar al mundo y conquistarlo. Antes de la I Guerra Mundial, el libelo sólo estaba enfocado hacia una audiencia rusa, especialmente por el idioma, pero eso no fue problema para Occidente y la Europa Central a la hora de desarrollar sus propios alegatos antisemitas, por ejemplo, el célebre “Victory of Jewry over Germandom” (1879) de Wilhelm Marr, también tenía la misma pretensión de propagar la idea que vivían bajo una conspiración internacional judía (Beller, 2007, págs. 72-73).

2 De 20.770 km2, es el centésimo cuadragésimo noveno estado en superficie de 195.

3 Esto no quiere decir que por las dimensiones de un país no pueda ser criticado por sus acciones.

4 Arabia Saudita, Baréin, Catar, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Irán, Jordania, Kuwait, Líbano, Omán, Siria, Yemen, Turquía y Chipre. El concepto de Oriente Medio es confuso, por ende, hay países como Chipre que podrían estar fuera.

5 Y no es que lo diga yo, o Israel, o Estados Unidos, sino que la Unión Europea lo califica de ese modo. Es decir, no se trata de una burda etiqueta, por el contrario, es la definición exacta de lo que es Hamas. El problema, a mi juicio, es que occidente rara vez tiene en cuenta este hecho. Cuando Israel responde a los ataques de dicha organización, muchos se horrorizan. La vara de medir es exigirle a Israel un trato a sus vecinos como si de un estado europeo se tratara (en el sentido físico y geográfico), es decir, un país que lidiase con democracias como: Luxemburgo, Italia, Francia o Portugal, y no con quien realmente debe lidiar: Hamas, Hezbollah, Daesh, Irán, etc. Como no puede ser de otra forma, cuando hay abusos y crímenes injustificados por parte de las IDF, no solo son condenados por la mayoría de la población israelí, sino que existen procesos legales para poner coto a esos actos que ruborizan a cualquier ser humano.

6 Término desarrollado por R.J. Rummel, el cual se refiere a los asesinatos gubernamentales de opositores políticos y otros crimines de este estilo, siempre intencionados.

7 Datos extraídos del gobierno. Israel in Figures Selected Data From the Statistical Abstract of Israel: https://www.cbs.gov.il/he/publications/DocLib/isr_in_n/sr_in_n21e.pdf

8 En 1869, el escritor norteamericano, Mark Twain describió la zona de Palestina de la siguiente manera; “the further we went the hotter the sun got, and the more rocky and bare, repulsive and dreary the landscape became […]. There was hardly a tree or a shrub any where […], a worthless soil, had almost deserted the country” (Twain 2007, 731-732). Otro tanto sucede con el ilustre periodista palafrugellense, Josep Pla, quien a mitad de los años 50 del siglo pasado se preguntaba lo siguiente, “¿Cómo es posible que puedan vivir dos millones de hombres y mujeres en un espacio de tierra que durante dos mil años -y más- ha sido un desierto? (Pla 2002, 22).

9 Una cuestión que podría incurrir en contradicciones de todo tipo, puesto que es paradójico odiar el derecho del pueblo judío al autogobierno.

10 “There were ghosts haunting the Third Committee that day; the ghosts of Hitler and Goebbels and Julius Streicher, grinning with delight, to hear not only Israel, but Jews as such denounced in language which would have provoked hysterical applause at any Nuremberg rally” (Korey, 1995, pág. 31).

11 Véase, por ejemplo, el cartel de la PLO en el decimotercero World Festival of Youth and Students de julio de 1989 celebrado en Pyongyang, y diseñado por Emad Abdel Wahhab.

12 “L’intento dichiarato era quello de impedire l’ingresso di terroristi nello Stato ebraico, obiettivo raggiunto con una secca riduzione del 90% degli atti di violenza (Vercelli, 2020, pág. 205).

Gasto público y reformas monetarias en el Imperio Romano (I): Siglos I y II

El fenómeno de la devaluación monetaria y sus consecuencias es un proceso que no solo se verifica en la Modernidad, sino que tiene raíces mucho más profundas, que llegan hasta la Antigüedad. Con la descomposición de la República romana en el siglo I a.C. y el ascenso al poder del sobrino-nieto de César, Cayo Octavio, rebautizado como Augusto en el 27 a.C., el nuevo emperador puso en marcha una reforma monetaria de profundo calado al poco de llegar al poder, entre los años 23 y 18 a.C.

El viejo sistema republicano trimetálico de 9 numerales distintos de plata, latón y bronce se convirtió en un nuevo sistema cuatrimetálico de 9 numerales de oro (áureo y quinario áureo), plata (denario y quinario), latón (sestercio y dupondio) y cobre (as, semis y cuadrante). El denarius aureus o nummus aureus era la base estable de todo el sistema: de los 8,175 g. teóricos del áureo cesariano pasó a los 7,785 g. teóricos a partir del año 2 a.C., con un alto contenido de metal precioso del 98%. El denarius argenteus, en cambio, era el eje principal del nuevo sistema monetario imperial: de los 4,54 g. teóricos del denario republicano pasó a los 3,892 g. teóricos con Augusto, también con un alto contenido de metal precioso del 97-98%. El sestercio y el as, por su parte, funcionaron como monedas de uso habitual y como unidades de cuentas: el sestercio pasó de los 1,13 g. de plata en época republicana a los 27 g. de latón en época de Augusto, mientras que el as cambió de los 54,5 g. de bronce durante la República a los 11 g. de cobre en época augustea.

Estas rebajas de peso, de los numerales de oro y plata, y cambios de metal por unos más económicos, en el caso de las denominaciones de latón y cobre, unidos a la conquista de Egipto y a la pacificación de todo el Imperio romano, permitieron a Augusto unos niveles de gasto público “keynesiano” sin precedentes: se reformaron en profundidad la administración, la justicia, las finanzas, los cultos y el ejército imperiales, se llevaron a cabo nuevas y costosas conquistas por todo el orbe romano y se completó un nunca antes visto programa de obras públicas por todo el Imperio, tan ambicioso que Suetonio recuerda que “pudo con justicia jactarse de dejar Roma de mármol, habiéndola recibido de ladrillo” (Suet. Aug. 28.3.2-4). Su presupuesto anual medio ascendió a ca. 440 millones de sestercios, de los cuales ca. 273 millones (62,5%) financiaban al ejército y a los pretorianos, 55 millones (12,1%) iban a parar a la administración imperial, 60 millones (13,6%) a la subvención gratuita mensual de trigo a los romanos más desfavorecidos (annona), y tan sólo ca. 7 millones (1,7%) se destinaban a obras y juegos públicos.

Siguiendo el mismo esquema augusteo de devaluación o bajada de peso de la moneda y posterior inyección de gasto público en el mercado romano, sus sucesores en el trono imperial durante los siglos I y II d.C. llevaron a cabo hasta 12 devaluaciones de la cantidad de plata del denario en diferentes momentos históricos. El primer emperador en devaluar el denario tras Augusto fue Nerón, que lo rebajó a ca. 3,18 g. y 93,5% de plata entre los años 64 y 68 d.C. El excéntrico emperador, amante del arte, los viajes y los conciertos, necesitaba una notable inyección de moneda estatal para sus políticas de empleo público, de redistribución de grano, de celebración de nuevos espectáculos y, sobre todo, para sus faraónicos proyectos en Roma tras el incendio del año 64, que arrasó buena parte del centro de la capital: su más grandioso proyecto fue la Domus Aurea, un complejo palaciego de exacerbado lujo de casi 220 hectáreas en el corazón la Urbs.

En el 70 d.C. nuevamente Vespasiano redujo el denario al 90% de plata, para hacer frente a la crisis financiera que había devastado la economía romana tras la guerra civil del año de los 4 emperadores (69 d.C.). Y Domiciano, tras reestablecer temporalmente la ley del denario hasta el 98% en el 82 d.C., volvió a devaluarlo al 93,5% de plata en el año 85 d.C.: el aumento del stipendium militar, la construcción de la línea defensiva de los agri decumates y, sobre todo, las guerras en Britania y en el Danubio contra germanos y dacios, a los que tuvo que sobornar, vaciaron el erario imperial y le obligaron a volver a devaluar la moneda. Lejos de frenarse, en el siglo II d.C. continuaron las devaluaciones.

En el 107 d.C. el hispano Trajano rebajó nuevamente el denario hasta el 89,5% de plata para costear el aumento de las legiones y las victorias en Dacia y Arabia, entre los años 101 y 107, y para financiar las nuevas campañas en Armenia y Mesopotamia. Ni siquiera los inmensos botines de todas estas campañas consiguieron aliviar los, cada vez más grandes, costes del Estado romano: Trajano, de hecho, estableció ayudas públicas para los más necesitados (alimenta), condonaciones masivas de deuda en el año 102 d.C. y desmesurados nuevos proyectos en el centro de Roma, el más famoso de ellos, el Foro de Trajano, con su famosa columna historiada.

En el 148 d.C. Antonino Pío volvió a devaluar el denario hasta el 83,5% de plata, seguido en el 161 d.C. por Lucio Vero, que lo dejó en el 79% de ley. La paulatina ralentización y disgregación de la economía romana durante el siglo II d.C., comprobable sobre todo en las provincias, y el aumento cada vez más crónico del gasto público, no hicieron más que agravar la situación de las finanzas del Imperio: el presupuesto anual del Estado romano había pasado de 440 millones de sestercios del período augusteo a los 830-900 millones a mediados del siglo II d.C.

El último cuarto del siglo vio como el denarius argenteus cayó hasta casi la mitad de su valor original. Primero Cómodo lo devaluó adicionalmente hasta el 76% de plata en el 180 d.C. y luego, nuevamente hasta el 74% en el 186 d.C.: la caída de los ingresos por las pestilencias del 180 d.C., primero, y del 187-188 d.C., después, se sumaron a las continuas ayudas públicas, a los costes crecientes del ejército y al derroche en las fiestas y juegos públicos del estrafalario emperador, que se identificó a sí mismo como nuevo Hércules.

Estas continuas devaluaciones no fueron suficientes, pues el emperador se enfrascó también en constantes confiscaciones a privados y ventas de los cargos políticos, llegando a nombrar hasta 25 cónsules en el año 189 d.C. Su asesinato en el año 192 d.C. mejoró fugazmente las cosas. Pertinax, hombre de confianza de Marco Aurelio, trató de poner orden en la moneda romana revalorizando el denario hasta el 87% de ley en el 193 d.C., pero su negativa a aumentar el donativo de los pretorianos hizo que éstos lo asesinaran, sólo 87 días después de su nombramiento como emperador, y subastasen su posición entre Flavio Sulpiciano y Didio Juliano, quién ganó finalmente la subasta, volviendo a devaluar el denario hasta el 81,5% de plata.

La guerra civil que sucedió a su brevísimo reinado de 66 días, durante el año de los 5 emperadores (193 d.C.), vio como Septimio Severo, al mando de las legiones danubianas, se alzaba con el poder. Con este emperador comenzó el dominio casi absoluto del ejército romano en las finanzas del Imperio: el emperador africano aumentó el número de las legiones para sus campañas en Mesopotamia y Britania, incrementó la paga de los soldados de 1200 a 1600-2000 sestercios anuales y, sobre todo, instituyó la annona militaris, un impuesto especial para las necesidades del ejército.

Además, en campo social, estableció nuevas distribuciones gratuitas de grano y aceite de oliva en Roma, además de nuevas ayudas por valor de 880 millones de sestercios, entre ellas, medicinas gratuitas para los más necesitados, organizó nuevos y extravagantes juegos públicos, y, por último, emprendió nuevos programas urbanísticos en Roma y provincias: en la capital construyó un nuevo palacio imperial en el Palatino, adornó el extremo oeste del Foro romano con su arco e inició la construcción de un vasto conjunto de termas; en las provincias, por su parte, ejecutó un enorme programa de obras públicas en su ciudad natal, Leptis Magna, y gastó grandes cantidades en la reparación de carreteras, asumiendo también los costes del servicio postal. Para hacer frente a este exorbitado gasto público, devaluó hasta 3 veces seguidas el denario: primero hasta el 78,5% de plata nada más llegar al poder, en el 193 d.C.; después hasta el 64,5% un año después, en el 194 d.C. y, finalmente, hasta el 56,5% de ley en el 196 d.C.

El áureo, por su parte, aguantó mejor las devaluaciones a lo largo de los dos primeros siglos del Imperio: de los 7,8 g. de época augustea pasó a los 7,2 g. con Septimio Severo, con una reducción de la cantidad de oro del 98% hasta el 88-90% a finales del siglo II d.C. Así pues, constatamos como, en el Imperio romano, todas las devaluaciones se enmarcan en contextos de elevado gasto público: por motivos bélicos, por aumentos de las ayudas sociales, por entregas de efectivo a grupos concretos de presión con motivo de adhesiones o aniversarios imperiales, por nuevos proyectos públicos o para diversos tipos de extravagancias, según los caprichos del dirigente en cuestión. Las devaluaciones tendían a ir acompañadas de aumentos considerables de la actividad de la ceca, cuando había presiones por producir más monedas y financiar los diversos proyectos públicos.

Este exceso de liquidez producía un inmediato efecto Cantillon: del mismo modo que la miel de Hayek, los primeros que recibían esta nueva moneda devaluada, generalmente amigos y colegas del emperador, senadores, altos cargos o bien generales de alto rango o pretorianos, eran los más beneficiados en la cadena monetaria, a costa del resto de la población.

El aumento de la masa monetaria total generó inflación, que, si bien durante los dos primeros siglos del Imperio fue moderada, del 0,7% ca. de media anual, a partir de mediados del siglo III se convirtió en hiperinflación. Tales prácticas hicieron aumentar los pagos en especie y produjeron una ralentización y un deterioro crónico de las redes comerciales, que acabarían por desintegrarse totalmente en los siglos venideros.

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico

Todo sistema económico tiene que resolver dos problemas: qué es lo que la gente desea y cuál es la mejor manera de producirlo. Para dar respuesta a estas cuestiones se debe recurrir al proceso de cálculo monetario, que consiste en calcular los ingresos y las pérdidas pasadas y esperadas. Aunque pudiéramos saber qué es lo que la gente quiere, eso solo resuelve parte del problema; nos quedaría saber cómo producirlo.

El hecho de que los bienes de capital—aquellos empleados en la producción de bienes de consumo—sean heterogéneos hace que según su combinación se puedan producir distintos bienes de consumo. Los mismos inputs pueden generar outputs distintos, y un output puede producirse con inputs diferentes, es decir, una combinación de madera, clavos, martillo y barniz puede fabricar una mesa o una silla y una silla puede producirse con madera, clavos, martillo y barniz o con acero, una sierra y un soldador. La esencia de la economía, pues, va más allá de conocer las preferencias de los consumidores porque éstas pueden satisfacerse de distintos modos.

Que el capital sea heterogéneo nos explica por qué hemos de decidir qué tenemos que producir y cómo ya que hay muchas cosas posibles para producir de muchas posibles maneras. Que las economías avanzadas se basen en una división del trabajo y de la información cada vez más profunda, nos plantea el problema de decidir el quién producirá qué y cómo. Si lo que queremos es un sistema económico que sea eficiente, tenemos que ver cuál es el que mejor resuelve ese problema, incluso cuando sepamos qué es lo que la gente quiere. Para eso se requiere comparar procesos de producción alternativo mediante el cálculo económico.

Karl Marx defiende que la anarquía de la producción propia del capitalismo en la que cada agente produce lo que considera como lo considera es un sistema poco eficiente, al incentivar la competencia entre proyectos y al frustrar unos planes por el éxito de otros. A diferencia de lo que se ha creído después, sí que dejó unos pequeños esbozos sobre cómo funcionaria el socialismo, siendo este el primer planteamiento formal de cómo se lograría esto como se puede observar en Marx (1891[1996]). Marx criticaba el sistema capitalista porque había un elemento de orden y otro de caos. Este elemento caótico se debe a que al competir los productores entre ellos algunos recursos sean desperdiciados porque estos solo se den cuenta de sus errores cuando es demasiado tarde, ya han hecho sus inversiones y están sufriendo por minimizar sus pérdidas. Marx (1867[1976], 667) afirmaba que:

“El modo de producción capitalista, aunque impone la economía en de cada empresa individual, también engendra, por su sistema anárquico de competencia, el despilfarro más escandaloso de la fuerza de trabajo y de los medios sociales de producción; por no hablar de la creación de un gran número de funciones actualmente indispensables, pero en pero en sí mismas superfluas”.

El capitalismo, según Marx, no permite que toda la producción social sea racionalmente planeada con antelación porque el capitalismo incluye diseños simultáneos de planes conflictivos de productores distintos. El resultado de este choque anárquico de muchos planes intencionales es un modo de producción social que produce conflicto y despilfarro de recursos. Por tanto, para Marx la idea de la planificación central requiere la unificación de planes sociales en uno único y consistente, una estructura compleja y coherente preparada por las mentes de los arquitectos socialistas antes de ser implementada. Para Marx el socialismo reemplaza estos productores capitalistas con una voluntad única y común de todos los productores. En el capitalismo hay una lucha constante entre los productores por beneficios. Estas relaciones antagonistas eran un desperdicio para la sociedad.

Marx creía que permitir que los propietarios privados de los medios de producción experimenten con alternativas y descubran sólo a posteriori cuáles son las mejores como hace el capitalismo era un despilfarro y que esta mecánica podía mejorarse decidiendo colectivamente antes del acto lo que debía producirse y cómo, y luego simplemente ejecutando ese plan, incluyendo quién debía recibir qué bienes al final. El socialismo, según este, sería más racional y eficiente, además de más justo.

En 1920 Ludwig von Mises publica “El cálculo económico en la comunidad socialista”, artículo en el cual critica la viabilidad de una economía socialista argumentando que, si todos los medios de producción son de propiedad estatal, esa viabilidad es imposible. El motivo es que no hay forma de realizar un cálculo económico objetivo y, por tanto, de asignar los recursos a sus usos más productivos. Mises defendía que reemplazando la propiedad privada por propiedad estatal se elimina el único mecanismo para distinguir entre los planes económicamente viables y los derrochadores, aunque se asumiese información perfecta. Esto es así, aunque se asumiese que no se cumple el dicho soviético de “ellos hacían como que nos pagaban y nosotros hacíamos como que trabajamos” y los trabajadores producirán bajo su máxima eficiencia; aunque se asumiese que Friedrich Hayek estaba equivocado cuando decía que los peores llegaban al poder; y aunque se asumiese que Lord Acton también lo estaba cuando decía que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” y que el planificador central no terminaría corrompiéndose.

El argumento podemos presentarlo en forma de lo que llamo el silogismo miseano del cálculo económico, que afirma que sin propiedad privada de los medios de producción no se realizarán intercambios voluntarios de estos entre agentes y, por tanto, no se formará un mercado de estos. En segundo lugar, sin un mercado no podrán surgir precios que reflejen la escasez relativa de los bienes de capital. Y, por último, sin precios que reflejen la escasez relativa de los medios de producción, el planificador no podrá distribuir los recursos escasos entre los distintos fines. Por lo tanto, en un sistema socialista el cálculo económico racional es imposible.

Por otro lado, un sistema capitalista sí que permite un cálculo económico racional. En primer lugar, en el capitalismo se puede calcular en términos de precios que hacen posible hacer los cálculos según la valoración de todos los participantes en el intercambio. Como los precios reflejan las actividades económicas de todos los participantes, podemos saber si el gasto de dinero de un agente ha sido beneficioso y si la señal de beneficios y pérdidas que emite guía los recursos hacia usos mejor valorados. Un emprendedor que descubre un mejor uso de un recurso que sus rivales tenderá a desplazar recursos hacia usos más valorados. Los beneficios se logran dándose cuenta de lagunas en el sistema de preciso y tendiendo a eliminar estas lagunas con tu actividad empresarial. Aunque las estimaciones futuras de beneficios no garanticen el uso social óptimo de los recursos, esta al menos permite eliminar de la consideración las innumerables posibilidades de procesos tecnológicamente posibles, pero no económicamente rentables. Y, por último, este sistema permite reducir evaluaciones de producción a un común denominador, el dinero. El marxismo rechaza el uso del dinero, por lo que no habría una unidad de cuenta común requerida para los cálculos cuantitativos que requiere la coordinación descentralizada.

Mises inició uno de los debates más importantes del siglo pasado, que continúa hasta nuestros días. Los socialistas del momento tuvieron que modificar sus argumentos para poder contestar al economista austríaco. Los autores principales del lado socialista fueron Oscar Lange (1964), Abba Lerner (1934, 1936, 1944), Henry D. Dickinson (1933), Fred M. Taylor (1964) y Evan Frank Durbin (1936).

Los dos primeros son los principales desarrolladores del llamado socialismo de mercado. Estos concedieron a Mises, aunque fuese implícitamente, la crítica de que los precios eran esenciales para el cálculo racional de una economía por lo que idearon un sistema de planificación central con precios. Estos autores proponen un órgano de planificación central que se ocupase de seguir unas reglas como que tienen que poner los precios al coste marginal y producir bajo los costes medios mínimos. Para Mises y Hayek esto suponía aceptar haber perdido el debate por aceptar la importancia del mercado y un sistema de precios para coordinar la actividad económica y reflejaba la confusión causada por la preocupación entre economistas por estados de equilibrio en vez de por procesos de intercambio y producción que causa la coordinación de la actividad económica.

Varios socialistas de mercado, entre ellos Lange, proponían que la junta central de planificación estipulase un precio—algunos mantenían que el mismo que durante la producción capitalista ya que creían que esta se encontraba bajo una situación de equilibrio general (que, de ser así, ¿qué necesidad había de cambiar de sistema a uno más eficiente si en un equilibrio general ningún factor se puede mejorar?)—y posteriormente, mediante un método de ensayo y error, este precio podía modificarse para determinar la asignación óptima de los bienes de capital. Otros socialistas como Taylor (1964) y Dickinson (1933) proponían hacer estas modificaciones mediante fórmulas matemáticas que podían ir resolviéndose. Resulta curioso ver que, para poder funcionar, el socialismo tiene que asemejarse cada vez más al capitalismo e intentar adoptar algún mecanismo de competencia entre planes de producción, aunque diste mucho del ideal libre mercado.

Hayek continúa con la tarea miseana de demostrar el problema del cálculo económico en un sistema socialista (1948). Para ello, critica los posicionamientos de Lange y Lerner sobre el socialismo de mercado. Al igual que la crítica de Mises se centra en el socialismo puro que plantea Marx, la de Hayek lo hace en la versión adulterada de Lange. Lionel Robbins (1934, 150–54) también realiza una crítica del socialismo de mercado similar a la de Hayek, sólo que al no ser considerado este austríaco y al haber rechazado a la escuela austríaca en sus años más avanzados de carrera, no se ha generado una controversia sobre si sus argumentos son compatibles con los de Mises. Con respecto a Hayek, sí.

Joseph Salerno (1990), Hans-Hermann Hoppe (1996), Murray Rothbard (1991) y Jeffrey Herbener (1991), entre otros, critican los argumentos de Hayek respecto al debate del cálculo económico, por ser erróneos o por ser innecesarios al estar ya incluidos en los de Mises. El austrianismo de Hayek también es un tema debatido. Pero tanto si se le puede considerar como un economista austríaco, a pesar de no serlo (Blasco 2020), como si no, sólo explicaría por qué otros autores austríacos se han centrado en criticarle. Y aunque sus argumentos sí sean austríacos, eso sólo nos diría que Hayek, un economista o no austríaco, usa argumentos austríacos para criticar el socialismo, elemento el cual no es condición suficiente para ser considerado austríaco.

La crítica que se le hace a Hayek en este tema proviene de que Hayek plantea que el socialismo no es imposible de que funcione, sino altamente difícil. Hayek habla de la gran dificultad de obtener, procesar y transformar la información requerida en la creación de los precios por parte de un órgano de planificación central, por lo que concede a los socialistas de mercado que el socialismo no es imposible, o al menos según sus críticos. Pero esto no es del todo cierto. Hayek sí que critica a Mises por haber “utilizado ocasionalmente la afirmación un tanto imprecisa de que el socialismo era ‘imposible’, cuando lo que quería decir era que el socialismo hacía imposible el cálculo racional”. Porque “por supuesto, cualquier curso de acción propuesto es posible en el sentido estricto de la palabra, es decir, puede intentarse” (Hayek 1948, 145–46). Por lo tanto, vemos de sus propias palabras decir a efectos prácticos lo mismo que decía Mises cuando afirmaba que el socialismo era imposible: que el cálculo racional en este sistema lo es.

Hayek aceptaba los argumentos de Mises. El malentendido respecto a sus propios argumentos reside en ver qué contestaba cada uno. Mises (1920[1990], 21) decía que aún con información perfecta, una economía socialista sería imposible producir de una manera eficiente por la ausencia de precios. Los socialistas que le respondieron malinterpretaron el argumento de Mises, al no entender que la imposibilidad del cálculo racional que describía Mises se daba aún si hubiese información perfecta (Lavoie 1985[2015]). Por tanto, fueron varios los socialistas los que pretendieron darle una respuesta al problema planteado por Mises elaborando métodos como la respuesta matemática o la de prueba y error para alcanzar esta información perfecta de las demandas de los consumidores y poder saber así qué producir. Aquí es donde se encuadra la crítica de Hayek.

Este les responde explicando por qué esta información nunca sería perfecta. Es decir, Mises por un lado asume que ni con información perfecta el socialismo podría producir más eficientemente que el socialismo, a lo que Lange y otros le responden con formas de alcanzar un estado de información perfecta para así poder llevar a cabo el cálculo económico. Hayek intenta demostrarles por qué un órgano de planificación central no podría calcular de manera racional ni aún asumiendo información perfecta, como pretendían los socialistas a los que contestaba. Un órgano de planificación central nunca podría hacerse con la información tácita, subjetiva y dinámica que reside en las mentes de los productores y consumidores y procesarla para lograr unos objetivos de producción superiores a los del capitalismo. Hayek asume que Mises tiene razón y que el cálculo racional no sería imposible sin propiedad privada de los bienes de producción ni aún si el órgano de planificación central tuviese toda la información correcta, pero para dar respuesta a los críticos del momento baja al barro y explica por qué esa información nunca puede llegar a ser perfecta.

Hayek critica que se presuma la información como dada y que un órgano de planificación central solo necesitaría instrucciones. Esta información necesita ser generada y para eso se necesita competencia. Tiene que ser real, no puede ser ficticia en un marco donde la gente no puede quebrar realmente ni beneficiarse si triunfan. Los datos para hacer cálculos económicos sobre las propias preferencias de los consumidores y, por extensión, sobre las preferencias de los productores, residen en la mente de todo el mundo, una pequeña parte en cada una. Esta es una información dispersa. Cada persona tiene un orden con los bienes de consumo que puede desear en distintos grados en distintas circunstancias, según surjan distintas necesidades y oportunidades. Según las circunstancias, un bien de consumo puede encabezar nuestra lista y actuamos para adquirirlo. Cuando lo hacemos, surgen los precios. Pero esto son información histórica. Transmiten información valiosa a los empresarios, pero esta es imperfecta, por lo que cada empresario actúa según la misma asumiendo un riesgo.

No obstante, aunque no se le puedan achacar errores teóricos o cesión a Hayek, sí que se le puede criticar por errores estratégicos. Hayek podría haber pensado que se iba a malinterpretar su crítica y que los socialistas la retorcerían para hacer parecer que estaba reconociendo que ciertos postulados de Mises estaban incorrectos y que el socialismo no era imposible sino enormemente difícil. Quizá Hayek tendría que haberse mantenido firme en la postura miseana y no haber entrado a explicar por qué el órgano de planificación central no puede poseer información perfecta sino repetido que aun así el socialismo sería imposible.

Referencias

Blasco, Eduardo. 2020. “Friedrich Hayek Era Un Economista Austríaco En Tanto Que Nació En Viena.” Instituto Juan de Mariana, 2020. https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/friedrich-hayek-era-un-economista-austriaco-en-tanto-que-nacio-en-viena/.

Dickinson, Henry D. 1933. “Price Formation in a Socialist Community.” Economic Journal 43: 237–50.

Durbin, Evan Frank Mottram. 1936. “Ecollomic Calculus in a Planned Economy.” The Economic Journal 46 (184): 676–90.

Hayek, Friedrich A. 1948. Individualism and Economic Order. Chicago, Estados Unidos: The University of Chicago Press.

Herbener, Jeffrey M. 1991. “Ludwig von Mises and the Austrian School of Economics.” Review of Austrian Economics 5 (2): 33–50.

Hoppe, Hans-Hermann. 1996. “Socialism: A Property or Knowledge Problem?” Review of Austrian Economics 9 (1): 143–49.

Lange, Oskar. 1964. “On the Economic Theory of Socialism.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 55–143. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

Lavoie, Don. 1985[2015]. Rivalry and Central Planning. Arlington, Estados Unidos: Mercatus Center.

Lerner, Abba P. 1934. “Economic Theory and Socialist Economy.” Review of Economic Studies 2: 51–61.

———. 1936. “A Note on Socialist Economics.” Review of Economic Studies 4: 72–76.

———. 1944. The Economics of Control: Principles of Welfare Economics. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan Publishers Limited.

Marx, Karl. 1867[1976]. Capital: A Critique of Political Economy, Volume 1. Londres, Reino Unido: Penguin Books.

———. 1891[1996]. “Critique of the Gotha Programme”. En Marx: Later Political Writings de T. Carver (ed.). 208-226.

Mises, Ludwig von. 1920[1990]. Economic Calculation in the Socialist Commonwealth. Auburn, United States: Ludwig von Mises Institute.

Robbins, Lionel. 1934. The Great Depression. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan and Co.

Rothbard, Murray N. 1991. “The End of Socialism and the Calculation Debate Revisited.” Review of Austrian Economics 5 (2): 51–76.

Salerno, Joseph T. 1920[1990]. “Postcript.” En Economic Calculation in the Socialist Commonwealth de Ludwig von Mises, 49–60. Auburn, Estados Unidos: The Ludwig von Mises Institute.

Taylor, Fred M. 1964. “The Guidance of Production in a Socialist State.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 41–54. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

¿Cuál es la verdadera sostenibilidad?

Desde hace un tiempo sabemos que las empresas no se conforman con prestar buenos servicios o vender productos de calidad a precios competitivos, sino que aspiran a bastante más. En efecto, los estatistas de todos los partidos, siempre liderados por los elementos más a la izquierda, han conseguido hacernos creer que la sociedad demanda productos, no solo útiles y a buen precio, que es lo que siempre ha garantizado el mercado, sino también inclusivos, “verdes”, digitales y sostenibles.

De estos adjetivos, los tres primeros no presentan demasiada ambigüedad, aunque su vacío pueda ser tan insondable como el del cuarto. Así, las cosas o empresas inclusivas quizá no añadan demasiado valor, pero por lo menos no enredan al individuo, que sabe con bastante certeza que significa que algo sea inclusivo. Lo mismo ocurre con lo “verde” y lo digital.

Por ello, el adjetivo más preocupante es el cuarto, porque éste sí tiene una connotación económica, que, al entrar en este imaginario social, se difumina y pasa a ser confusa. De esta forma, un economista o inversor que demanda un proyecto sostenible ya no transmite con claridad lo que exigía hace unos años con ese mismo calificativo.

¿Qué se entiende en la actualidad por un producto o proyecto sostenible? Esto es lo que encuentra cualquiera que busque el significado en Google: un proyecto con unas “características del desarrollo que aseguran las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de futuras generaciones.” O sea, sería aquel proyecto que, de alguna forma, consigue reponer los recursos que consume, de forma que estos siguen estando disponibles para el futuro.

Muy cercano está el concepto de economía circular, cuyo nombre es bastante gráfico. Veo esta definición finalista que afirma que su objetivo “es que el valor de los productos, los materiales y los recursos (agua, energía,) se mantenga en la economía durante el mayor tiempo posible, y que se reduzca al mínimo la generación de residuos.”.

¿Pero son realmente sostenibles estos proyectos “sostenibles”? En el contexto económico, o sea, en el praxeológico y de la acción humana, son sostenibles aquellos proyectos o productos que generan más riqueza de la que se necesita invertir para su elaboración. La condición es lógica: dado que cualquier actividad consume recursos, un proyecto solo se podrá sostener en el tiempo si es capaz de generar, al menos, los recursos que ha consumido. En otro caso, se tendrán que ir detrayendo recursos de otras actividades para mantenerla, por lo que su sostenibilidad no estará asegurada.

En las economías modernas (¿las lineales?), cualquier recurso se puede obtener a partir de dinero. El dinero facilita enormemente el proceso de cálculo económico para evaluar la viabilidad o sostenibilidad de un proyecto, al homogeneizar la unidad de cuenta tanto en los recursos requeridos para su implementación, como en los productos obtenidos de la misma. Así, para ver si un proyecto es sostenible basta con ver si los ingresos monetarios que genera son superiores a los gastos monetarios requeridos. En una economía monetizada, ver si se generan más recursos de los que se consumen es tan simple como ver si el proyecto tiene beneficios. O sea, son sostenibles aquellos proyectos que presentan beneficios económicos.

¿Y cuándo se consiguen beneficios económicos? Trivial: cuando el valor de lo producido para los individuos es superior al valor que estos dan a los recursos invertidos en la producción. Se observa, por tanto, una alineación absoluta entre la existencia de beneficios en un proyecto determinado, y las preferencias de los individuos que conforman la sociedad; por supuesto, siempre y cuando las transacciones no estén sujetas a condiciones impuestas. Asu vez, eso implica que la sostenibilidad de un proyecto depende principalmente de las preferencias de los individuos. En suma, son sostenibles aquellos proyectos que satisfacen necesidades los individuos y por los que están dispuestos a pagar una cantidad que supera a los recursos requeridos para llevarlos a cabo.

Como se observa, no tienen por qué ser coincidentes los proyectos sostenibles económicamente, o sea, alineados con las preferencias de los individuos, con los proyectos “sostenibles” que exigen los criterios políticos.

De hecho, la mayor parte de los proyectos “sostenibles” políticamente son deficitarios económicamente, lo que implica un consumo neto de recursos. Como se ha dicho anteriormente, para que estos proyectos sigan en pie es necesario que se les inyecten continuamente recursos procedentes de otras actividades excedentarias (éstas sí, sostenibles por criterios económicos). Y ya sabemos cómo se consigue esto: obligando a los individuos a hacer cosas contra sus preferencias, sea tener tres cubos de basura en casa para poder reciclar so pena de sanción, o cobrándoles impuestos y usando el dinero recaudado para estas cosas.

Así pues, la supuesta “sostenibilidad” de estos proyectos tiene las patas muy cortas: solo durarán en función de la voluntad política del Estado para mantenerlos, y de su capacidad fiscal para hacerse con recursos que pertenecen a la sociedad.

En suma, la pseudo-sostenibilidad que los políticos exigen y venden de cara a los ciudadanos, no es una verdadera sostenibilidad. La única sostenibilidad posible es aquella que refleje las preferencias de los individuos de la sociedad, pues solo el alineamiento con dichas preferencias garantiza la obtención de recursos para el mantenimiento de la actividad. Mientras tanto, se seguirán enterrando recursos en actividades pseudo-sostenibles, además de inclusivas, “verdes” y digitales, que únicamente nos harán más pobres.

Receta para un país próspero

España en pie de guerra; huelga de transportistas, los agricultores en las calles, la inflación disparada, la hostelería arruinada, los autónomos asfixiados, las victimas del terrorismo humilladas, el empleo estancado, la deuda desatada, el mundo rural abandonado, la delincuencia e inseguridad como norma… Con este contexto, todo hace presagiar que los días de este gobierno en el poder muy pronto verán su fin. Ante esto, la alternativa ya se renueva y se prepara. ¿Pero qué hará falta para que se revierta esta desastrosa situación? No hablamos de nombres, pues serán los ciudadanos quienes elijan libremente ese aspecto. Sino las medidas y reformas ineludibles, que puedan conseguir sacar a la nación del agujero en el que se encuentra, en prácticamente todos los aspectos, y que hagan olvidar a este gobierno, tan ruidoso como incompetente.

Lo primero, sería asegurar la propia supervivencia del gobierno y del Estado, que con una deuda del 120% del PIB, un déficit anual del 6% y la ministra de Economía yendo cada semana a Europa a pedir permiso para gastar aún más, no está asegurada. Son necesarios grandes ajustes y urgentes. Estos deberán venir por la vía del gasto, a todas luces disparado, puesto que por la vía de los ingresos hay poco margen. Los ingresos del Estado marcan records año tras año y la gente no puede aportar más. Es el gasto lo que es inasumible y habrá que recortar. Eso no es una mala noticia, por mucho que se empeñen algunos. Cada euro que el Estado deja de gastar, es un euro que no te quita del bolsillo o endeuda a tus hijos. El equilibrio presupuestario debe ser sagrado.

Todo esto se podría acompañar de un plan de atracción de la inversión, para relanzar la economía, mediante la rebaja impositiva, que no tiene por qué afectar negativamente a la recaudación. Véase Andalucía últimamente, bajando impuestos año tras año y recaudando cada vez más.

De todas las reformas, la del sistema público de pensiones será probablemente la más complicada, pero también la más inevitable, por la relevancia que tienen, ya que suponen más de un 37% de todo el gasto público del país. El inmenso déficit estructural que producen a la Seguridad Social, hace imprescindible una reforma hacia un sistema como mínimo mixto, de capitalización, como en Suecia, Chile… Que lo haga viable en el largo plazo.

Mucho más sencillo, al menos un mínimo, se plantea en política exterior. Teniendo en cuenta que somos una democracia occidental, con un sistema económico de mercado, al igual que nuestros aliados, bastará con la expulsión del gobierno, de los defensores del comunismo, para que las relaciones con nuestros socios se normalicen y España vuelva a pintar algo en el panorama internacional.

En materia energética, la única solución viable, es el fin de la desastrosa moratoria nuclear del año 1983, y la entrega de licencias para la construcción de centrales, como anunció Francia hace solo unos meses y que incluso Alemania (histórica antinuclear) se lo está planteando. A esto habría que sumarle la legalización del fracking, para extraer recursos energéticos como nuestro gas, igual que hacen EE.UU. o Francia.

Se acabaron las medias tintas y el hablar. Solo el tiempo y los electores dirán si nuestro próximo ejecutivo tiene un aire gallego. Si bien, está claro que España requiere cuanto antes de un gobierno reformista y cabal que encare la terrible situación en la que se encuentra el país. El socialismo ha fracasado, una vez más.