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Las dos teorías de Marx sobre los beneficios (II): ganancia en el capitalismo industrial (plusvalor relativo y extra)

En el primer artículo de esta serie hemos demostrado que la principal teoría sobre la ganancia de los capitalistas de Marx en El Capital I1 era una propuesta irreal. La teoría de explotación fue creada postulando unas condiciones irreales. Era tan clara la diferencia entre el mundo irreal de Marx y el mundo real, que incluso el propio Marx se vio forzado a admitir la contradicción en la que había incurrido. Es decir, en realidad la ganancia no está relacionada con el capital variante, lo que sería equivalente al capital gastado en mano de obra, sino con el capital invertido. Marx evitó el colapso inminente de su teoría prometiendo engañosamente la solución a este problema en el tercer libro del Capital. Engañosamente, porque sabía de antemano que no había solución ya que el manuscrito – en el que no resuelve el problema – ya había sido escrito entre 1863 y 1865, dos años antes de la publicación de El Capital I. Ahora se entiende por qué Marx no tenía muchos deseos de publicarlo.

Marx también sabía que la teoría de ganancia basada en la plusvalía del trabajo es tan incorrecta que si solo hubiese basado su teoría política, económica y social en esta hipótesis no podría haber dado una explicación al éxito del capitalismo industrial y tendría que haber terminado su obra después de las primeras trescientas paginas del Libro I. El mismo Marx insinúa en algunas frases que su famosa teoría principal sobre la explotación era apta solo en un periodo histórico anterior al capitalismo industrial. Así Marx ya presagiaba la conclusión2 3 que habría de sacar Engels en 1895 como respuesta a las críticas de Böhm-Bawerk en la que decía que la principal teoría de explotación de Marx era válida solo hasta el siglo XV, periodo en que la economía se basaba en el trabajo manual, pero no en el capitalismo industrial. 4

El problema de Marx era que no podría seguir escribiendo El Capital después de llegar a la conclusión de que la ganancia es la consecuencia de la explotación de los trabajadores porque su principal teoría no hubiese podido explicar por qué los capitalistas invierten en máquinas y fábricas. Según dicha teoría la ganancia es proporcional al capital invertido en la mano de obra. Por esta razón, la ganancia debería disminuir si el capitalista incrementa el capital invertido en máquinas reduciendo el capital invertido en mano de obra. Tampoco hubiese podido explicar por qué se empeñan los capitalistas en reducir el coste de mano de obra al hacer cada vez más eficiente la producción. Marx estaba seguro de que los capitalistas eran malevolentes, pero, por supuesto, sabía que no eran tontos y estaba seguro de que, al invertir dinero, no tenían la intención de ganar cada vez menos y menos. ¡Al contrario! El motor de los capitalistas era ganar cada vez más y más. 5 “¡Acumulad! ¡Acumulad!” es el himno de capitalista según Marx, con un toque antisemita,6 y no “¡Empobreced! ¡Empobreced!”

Para poder seguir escribiendo sobre capitalismo industrial, Marx tuvo que introducir una segunda teoría sobre ganancia, una que funcionase en las condiciones reales del capitalismo y no solo en el mundo inexistente, que era la fantasía de Marx.  Esta segunda teoría es la teoría del plusvalor relativo y el plusvalor extra,7 introducida en la cuarta sección de El Capital I. 8 El plusvalor relativo y extra nace cuando un capitalista obtiene beneficio a costa de otros capitalistas abaratando el producto invirtiendo en máquinas más eficientes y organizando mejor la producción. 9

La teoría de plusvalor relativo y extra intenta dar una explicación al aumento de las fábricas y a la inversión creciente en máquinas en el mundo real. En el mundo real nadie puede estar seguro de que está invirtiendo su dinero en una producción cuyo producto final va a poder ser vendido con seguridad al precio previsto, que va a cubrir todos los gastos y que obtendrá una ganancia adecuada.  Este mundo real del capitalismo es opuesta al mundo irreal de los primeros capítulos, donde Marx analizó una economía circular. En la economía circular de Marx el capitalista no tiene que preocuparse de nada, y esta segurísimo de que el producto se podrá vender por el precio previsto y no tiene que preocuparse por si hay otro capitalista en el ámbito económico que en cualquier momento podría inundar el mercado con un producto parecido, pero más barato.

 El nuevo mundo marxista que ya retrata una realidad más cercana al capitalismo es analizado desde la cuarta sección. En estas nuevas condiciones, el capitalista puede ganar plusvalía extra o relativa abaratando el producto respecto a los demás capitalistas gracias a una mejor y más eficiente organización de la producción o mediante la introducción de fábricas mecanizadas. 

El compromiso con la realidad fuerza a Marx a jugar con las palabras para evitar tener que confesar que no solo el trabajo de los trabajadores tiene el poder mágico de producir ganancia. 

El primer problema es que el argumento nuevo de Marx claramente contradice al texto anterior de El Capital. Anteriormente, Marx había sostenido que el único modo de obtener ganancia es la explotación de los trabajadores. Pero, desde el capítulo cuatro explica que un capitalista podría tener ganancia abaratando sus productos en comparación con el resto de los capitalistas. Las dos explicaciones no pueden ser válidas al mismo tiempo. Para un doctor en Filosofía tenía que estar clara esta contradicción de la lógica. Para evitar esta contradicción Marx crea un puente entre la teoría del plusvalor relativo y su principal teoría; con ella, podrá seguir reafirmando la existencia de la explotación de los trabajadores. El nuevo argumento plantea una dualidad en cuanto al sujeto de ganancia. Por una parte, existe un ingreso individual que se adquiere mediante la teoría del plusvalor relativo; por otra parte, según Marx, la clase capitalista obtiene una ganancia colectiva al abaratar los productos necesarios para la supervivencia de los obreros, ya que, de esta manera, en la jornada laboral se incrementaría el tiempo en que los obreros están produciendo beneficios. 10 No obstante, el nuevo argumento de Marx contradice los argumentos de las secciones anteriores de El Capital; anteriormente, Marx analizaba de una manera muy clara cómo un capitalista obtenía beneficios, pero no mencionó nunca la clase capitalista. Evidentemente, esta solución es un juego de palabras por parte de Marx para no admitir que ambas teorías eran contradictorias y excluyentes.

Más adelante el nuevo argumento de Marx fue debilitado por él mismo, cuando admite que la plusvalía extra puede ser ganada incluso por capitalistas que no producen productos comprados por los obreros. 11 Antes su argumento había sido que la clase de los capitalistas obtienen beneficios porque las innovaciones de las capitalistas abaratan la mano de obra al abaratar los productos consumidos por los obreros. Pero, si más tarde acepta que se puede obtener beneficios produciendo productos no consumido por los obreros, ya no puede afirmar que la única fuente de ganancia es el abaratamiento de la mano de obra. Según su nuevo argumento existe otra fuente de ganancia, que es independiente del abaratamiento del mano de obra. 

El próximo campo de minas en los nuevos argumentos de Marx, es el intento de explicación de cómo la instalación de máquinas puede ser una fuente de ganancias. Hasta este momento, confirmaba que las máquinas no pueden ser fuentes de ganancia porque solo trasladan sus valores de cambio, es decir, el precio de venta o construcción.12 En este punto tampoco puede negar directamente su postura anterior. Por eso, para evitar que no se descubra que su teoría anterior es insostenible a la luz de su nueva teoría, tiene que jugar con las palabras. En El Capital I, Marx ofrece tres explicaciones que contradicen su teoría principal. Marx parece haber jugado con las soluciones, pero no se atrevió a teorizar ninguna de las hipótesis, por lo que se trata más bien de un desfile de ideas con el fin de buscar una salida a la trampa que él mismo se había tendido.

El primero intento de dar una explicación al motivo por el que los capitalistas invierten en máquinas lo encontramos en la pagina 472. Marx propone que las máquinas, después de transmitir sus valores de cambio al producto, siguen produciendo valores gratuitamente. “cuanto mayor sea el ámbito de acción productivo de la maquinaria en comparación con el de la herramienta, tanto mayor será la entidad de su servicio gratuito”. Usando las categorías de Marx, el trabajo gratuito de una máquina es el mismo mecanismo que el trabajo gratuito del trabajador. Hubiese sido lógico que Marx aceptara que las máquinas también crean plusvalor produciendo gratuitamente tras trasladar su valor de cambio.  Pero Marx evitó esta conclusión, pues no le convenía, porque admitirlo hubiera minado su postulado según el cual únicamente el esfuerzo laboral tiene la peculiar característica de producir plusvalor. Marx no fue el primero en darse cuenta de que el uso de las máquinas produce más beneficios que su coste. J. B. Say, cincuemta años antes de Marx, ya se había dado cuenta de este fenómeno al explicar que la gratuita producción de las máquinas genera beneficios.  Marx refutó a Say con otro juego de palabras siguiendo las pautas de Ricardo: la gratuita producción de las máquinas hay que tratarla como un regalo de la naturaleza y por eso, no se trata ahora de hablar de ganancias, a pesar de que produzcan más valor que sus valores de cambio y que eso revolucione la economía. Un juego de palabras para evitar el hecho de que se trata del mismo fenómeno de la supuesta explotación del gratuito trabajo de los empleados. 

El segundo intento de Marx para explicar la inversión de los capitalistas en máquinas se halla en pagina 476-9; el uso de la maquinaria abarata el producto siempre y cuando haya costado menos trabajo producir la maquinaria que la cantidad de trabajo desplazado por el empleo de esa máquina. 13 Esta solución abre un espacio a nuevas contradicciones porque si realmente funcionase así, el capitalista tendría que calcular si el empleo de una máquina en concreto es rentable o no. Esto es contradictorio porque anteriormente Marx había presentado al capitalista como un saco de dinero, que no contribuye en nada al proceso de trabajo. Pero en este caso, el capitalista no solo sería un saco de dinero, sino que tendría un papel muy importante: pensar en las posibles innovaciones, calcular los efectos de la inversión y tomar decisiones sobre la inversión. Si calcula bien, estos cálculos podrían ser una fuente de ganancia. En términos de Marx esto significaría que el capitalista tiene un uso de valor: un trabajo que representa una importante contribución al proceso de producción y que puede ser fuente de ganancia. Claro, que Marx no llega a admitir estas conclusiones lógicas, que derribarían su principal teoría de ganancia según la cual solo el trabajo de los trabajadores es la fuente de ganancias que son fruto de una explotación injusta del trabajador sin ninguna contribución productiva por parte del capitalista.

Finalmente, su tercer intento se halla en pagina 495 de El Capital I en donde Marx propone que, mediante la introducción de una nueva maquinaria en el ámbito de producción, se puede otorgar un monopolio temporal al capitalista que primero la emplee.  El capitalista tiene una ganancia excepcional gracias a este monopolio temporal: “La máquina produce plusvalor relativo … porque en su primera introducción esporádica transforma el trabajo empleado por el poseedor de máquinas en trabajo potenciado, eleva el valor social del producto de la máquina por encima de su valor individualDe ahí que las ganancias sean extraordinarias durante este período de transición en que la industria fundada en la maquinaria sigue siendo una especie de monopolio, y el capitalista procura explotar de la manera más concienzuda ese “tiempo primero del amor juvenil” mediante la mayor prolongación posible de la jornada laboral. La magnitud de la ganancia acicatea el hambre canina de más ganancia.” Esta solución de Marx precede a la teoría de Carl Menger según el cual, la ganancia es una motivación de las innovaciones. Las innovaciones aseguran un monopolio temporal para el innovador hasta que la competencia no llegue a emplear la misma innovación o, en el caso, más fructífero a mejorarla. 14 Por parte de Marx, la admisión de que una innovación en forma de una máquina más eficiente pueda ser fuente de ganancia, mina de nuevo su posición teorética de que una máquina no puede dar más valor de uso que su valor de cambio. Esta solución también desacreditaría su posición respecto a la contribución de los capitalistas al proceso de producción.  Llegar a tener un monopolio temporal gracias a la innovación que significa el empleo de una nueva máquina no es un proceso automático. Para poder llegar a este punto de monopolio temporal exitoso es necesario el trabajo del capitalista o emprendedor que tiene la idea innovadora, hace los cálculos y toma la decisión arriesgada de invertir. Finalmente, el capitalista es quien maneja o supervisa la implantación de la innovación, que a menudo es un proceso muy complicado. Esto implica que el verdadero actor crucial es el capitalista o emprendedor y no la máquina. Claro, que Marx otra vez no ha llegado a re-pensar el papel del capitalista/emprendedor, porque una re-evaluación le hubiese forzado a admitir que el capitalista tiene una contribución importante y su esfuerzo puede ser fuente de ganancia. Marx niega categóricamente que los capitalistas trabajen y que sus intervenciones puedan ser fuente de la ganancia.  Para justificar su posición, vuelve a los juegos de palabras. En esta ocasión, habla como si fuera el capital el que actúa, organiza y decide y no el capitalista. 15

Marx escribió El Capital con el fin de demostrar que la fuente de los beneficios de los capitalistas es el trabajo de los trabajadores manuales sin remuneración, y que los capitalistas no tienen ningún papel más que embolsar el dinero ganado por la explotación invisible de los trabajadores al final de la jornada laboral, ignorando la contribución de los capitalistas en el proceso de trabajo. No es de extrañar, que Marx no hable de los emprendedores en el Capital I y siempre use la palabra capitalista.16 Marx siempre ha buscado el lado negro del capitalismo, poniendo especial énfasis en la supuesta explotación y vulnerabilidad de los trabajadores. Por eso su actor es el capitalista, retratado como un simple saco de dinero, que no hace nada, o todavía peor, que está presionando a los trabajadores para abaratar la producción y ganar más. El “capitalista” que nos retrata Marx es una diana fácil de envidia y odio.

Todo esto a pesar de que Marx sabía perfectamente que la vida es diferente y que los primeros emprendedores de la era de la revolución industrial eran obreros o artesanos con rasgos de emprendedor, quienes precisamente por tener ideas innovadoras llegaron a ser fabricantes.17 Ellos se convirtieron en capitalistas al poner en práctica sus ideas de mecanización y sus innovaciones iniciaron el proceso que ahora llamamos revolución industrial. A mi juicio, Marx cerró su mente y no quiso ver el lado positivo del capitalismo, un sistema abierto que abre las puertas a cualquier persona que tenga rasgo de emprendedor, con ideas innovadores para llegar a crear algo con valor y que, finalmente, tiene éxito en el mercado.

Finalmente, Marx no llega a hablar de una tercera posible fuente de la ganancia; los productos en el mercado no tienen el mismo uso de valor que describe Marx, sino que dependen de la demanda que exista ante el producto. Marx nunca hubiese podido explicar basándose en su teoría, el éxito de compañías como Apple, Zara, Microsoft, etc. frente a las marcas que producen productos parecidos. El éxito y las ganancias extraordinarias de estas compañías se debe al valor superior de uso de sus productos en relación con sus cualidades. El capitalismo industrial no solo abarata la producción con una organización de trabajo más eficiente y la mecanización de la producción. Con el capitalismo industrial ha empezado una nueva época en la historia de la humanidad en la que cada vez nuevos y mejores productos aparecen en el mercado día a día. Esta avalancha de productos ha mejorado considerablemente la vida de los obreros. No obstante, El Capital (pág. 193.) es el testigo de que Marx conocía la teoría de valor de Condillac, el celebre pensador francés de la Ilustración. Condillac sostuvo que el valor de las cosas está relacionado con nuestras necesidades. No obstante, Marx puso más energía en refutar a Condillac que en reelaborar su teoría del valor y buscar una solución a las graves contradicciones de su teoría. Fue Menger quien refutó la teoría de valor del trabajo de Smith y Ricardo con la ayuda de las teorías de pensadores franceses como Condillac y Say.  No obstante, el joven Marx, en 1848, cuando escribía el Manifestó Comunista ya sabía que la burguesía era „la que primero ha probado lo que puede realizar la actividad humana: ha creado maravillas muy superiores a las pirámides egipcias, a los acueductos romanos y a las catedrales góticas…”. 18 Pero, Marx cuando escribió El Capital ya no quería hablar del lado positivo del capitalismo para poder pintar su cuento negro basado en explotación y la miseria. Porque el objetivo de Marx era crear un argumento científico que subrayara su profecía política sin usar la lógica o buscar soluciones. Lo que era importante para él era llegar a una teoría creíble que demostrase que la fuente de ganancia de los capitalistas es solo el trabajo de los trabajadores injustamente expropiado y que los capitalistas solo son sacos de dinero y explotadoras sin ningún valor útil.

En la siguiente parte de la serie vamos a evaluar la principal teoría sobre la explotación de Marx en luz de la segunda sobre plusvalor relativo y extra.

1 Vease: Karl Marx: El Capital. Libro Primero. Madrid: Siglo XXI, 2010.

2 La transformación del modo de producción mismo por medio de la subordinación del trabajo al capital, sólo puede acontecer más tarde y es por ello que no habremos de analizarla sino más adelante. „ (pag. 224),

3 „Hasta aquí, a la parte de la jornada laboral que no produce más que un equivalente del valor de la fuerza de trabajo pagado por el capital, la hemos considerado como una magnitud constante, y lo es en efecto bajo determinadas condiciones de producción, en determinado estadio del desarrollo económico de la sociedad.” (pag. 379).

4 Engels, F. (1895). Supplement to Capital Volume Three. Law of Value and Rate of Profit. In Die Neue Zeit. 1895-9.Bd. 1. No.1. edition: Marx and Engels Collected Works. Vol. 37. (Vol. 37, pp. 873–900).

5 Frente al modo de operar de la vieja aristocracia … para la economía burguesa era decisivamente importante poner de relieve que el evangelio de la nueva sociedad, o sea la acumulación del capital” (pag. 726).

6 „¡Acumulad, acumulad! ¡He ahí a Moisés y los profe­tas!” (pag. 735).

7 Marx usa en el titulo de capitulo IV el termino plusvalor relativo, pero en algunas veces en el texto de El Capital usa el termino plusvalor extra con el mismo sentido. Por eso, yo voy a usar los dos términos como términos alternativos representando el mismo fenómeno.

8 Sección cuarta. La producción del plusvalor relativo (pag. 379).

9 „El capitalista que emplea el modo de pro­ducción perfeccionado, pues, anexa al plustrabajo una parte mayor de la jornada laboral que los demás capita­ listas en la misma industria” (pag. 387).

10 “Para abatir el valor de la fuerza de trabajo, el acrecen­tamiento de la fuerza productiva tiene que hacer presa en los ramos industriales cuyos productos determinan el valor de la fuerza de trabajo, y que por tanto pertenecen al ámbito de los medios de subsistencia habituales o pueden sustituirlos.” (pag. 383).

11 „Este incremento del plusvalor se operará para él (para el capitalista – AT), pertenezca ó no su mercancía al ámbito de los medios de subsistencia imprescindibles y, por tanto, forme parte determinante o no en el valor gene­ral de la fuerza de trabajo.” (pag. 385-6).

12 Por ejemplo en pag 471: „La maquinaria, al igual que cualquier otra parte componente del capital constante, no crea ningún valor, sino que transfiere su propio valor al producto para cuya fabricación ella sirve.”

13 „Considerada exclusivamente como medio para el aba­ ratamiento del producto, el límite para el uso de la maquinaria está dado por el hecho de que su propia pro­ ducción cueste menos trabajo que el trabajo sustituido por su empleo.” (pag. 478).

14 Vease: Menger, Carl, Principles de Economics, section 3a. The origin of competition, p. 216. Auburn: Ludwig Von Mises Institute, 2007. https://mises.org/library/principles-economics

15 „Por lo demás, la cooperación entre los asalariados no es nada más que un efecto del capital que los emplea simultáneamente. La conexión entre sus funciones, su unidad como cuerpo produc­tivo global, radican fuera de ellos, en el capital, que los reúne y los mantiene cohesionados.” (pag. 403).

16 El termino emprendedor aparece una vez en versión español de La Capital, en una nota, cuando Marx habla de los vendedores de opio (pag. 486).

17 „relojero Watt hubo inventado la má­quina de vapor, el barbero Arkwright el telar continuo, y el orfebre Fulton el barco de vapor” (pag, 595).

18 Carlos Marx y Federico Engels: Manifiesto Comunista, Ediciones elaleph.com, 2000. pag.30.

El lenguaje económico (XIII): Política

Políticos, economistas y periodistas, entre otros, emplean ciertos términos —rey, imperio, soberanía, democracia, poder— para referirse a cuestiones económicas; sin embargo, como veremos: «El empleo de conceptos de tipo político resulta inadecuado para el estudio de los problemas económicos» (Mises, 2011: 950).

Reyes e imperios

A menudo, los multimillonarios y magnates son apodados «reyes» y sus corporaciones, «imperios». Sin embargo, el imperio de Gengis Kan en nada se parece al de Henry Ford o Amancio Ortega. Los conquistadores forjaron sus imperios asesinando, robando y sometiendo a los supervivientes. Los imperios industriales y comerciales se forjan satisfaciendo las necesidades de millones de consumidores. La diferencia es notable. Los empresarios de éxito, a diferencia de los reyes y emperadores, no ejercen poder alguno sobre los consumidores, no pueden obligarles a adquirir sus productos y servicios. En otras palabras: No hay tal cosa como «poder económico» o «poder de mercado». La política y la economía de mercado son instituciones de naturaleza distinta: La primera se sustenta en el poder y la fuerza; la segunda, «presupone la cooperación pacífica» (Mises, 2011: 969). Un imperio político se forja con la espada y un imperio económico, sirviendo cumplidamente los deseos de los consumidores. No obstante, hubo excepciones: la Compañía Británica de las Indias Orientales (1600 – 1874) ejercía poder con sus ejércitos privados.

Soberanía

Se trata de un concepto político, definido en 1576 por Juan Bodino (1997: 47): «Soberanía es el poder absoluto y perpetuo de una república». Decimos que un Estado es soberano cuando su poder —ejecutivo, legislativo y judicial— es la más alta instancia frente a los ciudadanos. No hay poder superior al soberano. La soberanía no emana de un mítico «pueblo» ni de una constitución. «La fuerza y la violencia han dado principio y origen a las repúblicas» (Bodino, 1997: 35). En la actualidad, los Estados ejercen su soberanía combinando «la coacción, el dinero y la propaganda» (Rallo, 2017). Los hablantes, sin embargo, hablan de soberanía y la adjetivan para referirse a cuestiones económicas.

Soberanía energética

Expresión utilizada por ecologistas, nacionalistas y otros enemigos de la «dependencia exterior», cuyo significado correcto sería «autosuficiencia» o «autarquía». Los actuales ecologistas estarían orgullosos de Franco: Entre 1940 y 1945, el General restringió el uso de carburantes líquidos y nació, en Barcelona, la empresa Vehículos Eléctricos Autarquía, S.A.; dedicada a la fabricación de camiones, furgonetas y autobuses eléctricos. La autarquía (como era de esperar), entre 1939 y 1959, provocó la miseria de los españoles. El progreso económico necesita la división (internacional) del trabajo y el libre comercio, sin embargo, se persiste en el error de la autosuficiencia: Véase el mito de convertir El Hierro en una isla 100% sostenible. El proyecto de Gorona del Viento ha costado 100 millones de euros (10.000€ por habitante). La nueva energía hidroeólica resulta cuatro veces más cara que la producida en la central térmica, cuya turbina diésel, por cierto, sigue encendida para evitar un cero energético. Nadie, en su sano juicio, costearía de su bolsillo semejante suma para presumir de ecologismo. Por su parte, el Cabildo de La Palma (Canarias) se ha embarcado en un proyecto similar —Manifiesto del Electrón—, cuyo «nuevo modelo energético» convertirá (supuestamente) a La Palma en un paraíso 100% sostenible. Nada de petróleo y gas. La isla del volcán debe ser autosuficiente con sus propias fuentes renovables: hidroeléctrica, termosolar, eólica, hidrógeno y geotérmica. Los políticos palmeros, que desean superar a sus vecinos, pretenden que incluso el transporte interior sea 100% ecológico. Todo ello se conseguirá con prohibiciones, restricciones, subsidios, nuevos impuestos (aduana, arbitrios), etc.; que empobrecerá aún más a los palmeros. Autarquía significa involución económica, descivilización y la vuelta al estado tribal; en efecto, las tribus pueden presumir de ser «sostenibles». La mal llamada «soberanía energética» no sólo es inmoral, sino detrimental.

Soberanía alimentaria

Como en el caso anterior, estamos ante la mezcla de dos siniestras ideologías: nacionalismo y ecologismo. Por el primero, se pretende fomentar la producción local de alimentos para combatir el fantasma de la «dependencia exterior». Es preciso impedir la entrada de alimentos foráneos para «proteger» a los agricultores nacionales, regionales o locales (según el discurso). Por el segundo, hay que evitar el transporte de alimentos para reducir las emisiones de CO2. Los apóstoles del «kilómetro cero» pretenden salvar el planeta fomentando la producción y consumo locales. Sobre todo, desean evitar la importación, sin reparar que, abolida ésta, la exportación también cesa. ¿Y qué sucedería si lleváramos el «km. 0» al sector servicios? El turismo, tal y como lo conocemos, desaparecería. Podríamos ver el mundo a pie o a lomos de semovientes, como hizo Camilo J. Cela (1948) en su Viaje a la Alcarria. Ejemplo de este nefasto Nacional Ecologismo es la moratoria turística: Según sus promotores, hay «demasiados» hoteles, habitantes o coches; como si la cantidad óptima les hubiera sido misteriosamente revelada. Y para sustentar sus tesis usan metáforas biológicas: Los hoteles «devoran» el territorio. Toda ensoñación autárquica acaba forzosamente en un régimen autoritario. Franco buscó la autarquía mediante el aislamiento comercial y Hitler mediante el Lebensraum: la apropiación de materias primas mediante la conquista militar de otros países.

Soberanía de consumidores y productores

Otra acepción de «soberanía» es la referida a la autonomía personal. Así, se dice que un consumidor es soberano cuando es libre de adquirir bienes o abstenerse de hacerlo. La «soberanía del consumidor» en modo alguno significa que el empresario deba plegarse a sus deseos porque «nadie es soberano respecto de los actos o intercambio de cualquier otro» (Rothbard, 2013: 130). Recientemente, se ha acusado injustamente a los bancos de «maltratar a las personas mayores». Analicemos la polémica. Los bancos abaratan costes cuando los clientes realizan, por sí mismos, operaciones rutinarias (pagos, retiradas de efectivo); por su parte, las personas mayores, sea por incapacidad, seguridad o comodidad; solicitan una atención personal. ¿Acaso es maltrato cobrar por algo que los clientes no pueden o no quieren hacer? Cobrar comisiones por determinados servicios personales es legítimo, además observable en otros negocios —despachos profesionales, seguros, gasolineras, restauración, servicios low cost y que operan por Internet, etc.— Todos ellos reducen costes y precios cuando trasladan ciertas tareas a sus clientes. Incluso los ayuntamientos ofrecen descuentos en los tributos para desincentivar los pagos en ventanilla.

El sindicalismo cae en el mismo error al pensar que gremios y corporaciones pueden ordenar la producción de forma soberana, tal y como decía el matrimonio británico Webb: «El derecho de autodeterminación para cada profesión» (Mises, 2011: 965). En el mercado, todas las decisiones relativas a una industria —tipo de bien, cantidades, calidades, salarios, duración de la jornada, turnos, etc.— vienen condicionadas por las preferencias de los consumidores y no es posible desatenderlas sin sufrir la sanción del mercado.

Democracia

Con frecuencia, se emplea (incorrectamente) el verbo «democratizar» en lugar de «popularizar»; por ejemplo, democratizar la ópera o el caviar significa hacerlos accesibles al gran público. ¿Es esto posible? En un mercado no interferido, las innovaciones tecnológicas pueden aumentar la oferta de ciertos bienes; por ejemplo, la ópera puede disfrutarse sin límite a través de TV o Internet; y la cría del esturión en viveros aumenta la producción de caviar. Los sucedáneos, por otro lado, palían la inevitable escasez de ciertos bienes, como la bisutería respecto de las piedras preciosas.

Lamentablemente, en ocasiones, la «democratización» de un bien es ideológica —igualitarismo— y su abaratamiento se produce mediante la confiscación y los subsidios. Paradójicamente, si el gobierno subsidia la ópera, el caviar o cualquier artículo de lujo, las clases bajas y medias financian fiscalmente el consumo de las élites, pues la mayoría de consumidores sigue prefiriendo ir al fútbol y comer pizza. El gobierno no puede aumentar la oferta de un bien sin reducir concomitantemente la del resto de bienes, que son más deseados por los consumidores. Esta transferencia coactiva del capital beneficia a unos pocos a expensas del resto de la sociedad. Si el gobierno desea popularizar el consumo de bienes exclusivos lo mejor que puede hacer es eliminar el impuesto de lujo.

También se oye decir que el mercado es una «democracia de consumidores», pero los consumidores no votan para decidir lo que luego deben consumir todos forzosamente. El mercado, en todo caso, es una acracia: una anarquía de productores y consumidores donde cada cuál produce y consume lo que cree mejor para alcanzar sus fines.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Bodino, J. (1997) [1576]. Los Seis Libros de la República. Madrid: Tecnos.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Rallo, J. R. (2017): «Cómo Rajoy pretende someter al independentismo». Recuperado de https://blogs.elconfidencial.com/economia/laissez-faire/2017-10-23/

Rothbard, M. (2013). El Hombre, la Economía y el Estado (vol. II). Madrid: Unión Editorial.

Economías planificadas IV: el caso soviético. Parte I

Este artículo constituye una pequeña muestra de una de mis pasiones personales, la cual ha eclipsado buena parte de mi biblioteca particular desde que entré en la universidad. Primero como adulador, después como crítico empecinado e implacable. Este cambio de aproximación se debió en buena medida a mi paso por la Università di Pisa, en la cual, tuve el placer de realizar un curso entero dedicado al tema. De la mano del historiador Antonello Venturi y con varias lecturas y manuales, la idealización soviética se desvaneció. Ya por esas fechas mis suspicacias y convicciones izquierdistas se habían ido difuminando, en buena medida por mi acercamiento genuino a otra disciplina de la cual soy deudor; la economía.

Puesto que no soy muy dado a la síntesis, este será el primer artículo dividido en tres partes. La primera, se abordará la URSS antes de la NEP aproximadamente, la segunda estará pensada para englobar hasta los 80’ (veremos si no será necesario incluir otra parte), y la tercera estará enfocada en las reformas y el colapso del sistema comunista. Como ven, yo también planifico, esperemos si es con mejor fortuna que los burócratas soviéticos.

Antes de entrar en materia stricto sensu, hay que mencionar que en Occidente hemos visto a intelectuales de la talla de Sartre, Marleau-Ponty[1], Hobsbawm, etc, blanqueando sistemáticamente los gulags soviéticos. El caso del historiador de origen egipcio es un flagrante ejemplo de que formar parte del establishment cultural británico, no está reñido con la idealización del comunismo, del PCI de Togliatti (un furibundo estalinista) o incluso la RDA. Como postuló Judt de forma un tanto sarcástica, respecto a Hobsbawm y su adulación por la Alemania que había erigido un muro para separar a sus conciudadanos, “supongo que tiende a confundir el mezquino autoritarismo de la RDA con los encantos que él recordaba del Berlín de Weimar” (Judt, 2016, pág. 127).

Podríamos estar mencionando ejemplos, ad infinitum, de intelectuales occidentales que fueron hechizados por los gélidos aromas que provenían de las orillas del Río Moskvá. Estos cantos de sirena encandilaron a las mentes más brillantes (y aterradoras) que colmaron el s.XX. Russel, por ejemplo, nos legó un testimonio único mediante su relato sobre la Rusia de 1920, en ese momento, aún no era la URSS. El breve ensayo constituye una magnífica síntesis de lo que suponía el bolchevismo; una nueva religión. En palabras del autor, “promete cosas gloriosas: un final de la injusticia del rico y el pobre, un final de la esclavitud económica, un final de las guerras” (Russell, 1949, pág. 19). La historia demostró que estaba profundamente errado.

Esta fascinación por parte de los intelectuales para con el comunismo la retomaré en otro artículo, puesto que se trata de unos de los temas que más me interesan. El homme de lettres suele vivir en su alcázar de entelequias y utopías, quizás sea esta miopía la que le impida ver que todos, absolutamente todos los países socialistas fracasaron. Las recetas de planificación centralizada no cuajaron en el largo plazo en ninguna región. Sólo para mencionar algunos ejemplos: la Albania de Hoxha y Alia, la Angola de Neto y Dos Santos (tratada en otro artículo), la RDA de Pieck, Ulbricht y Honecker, la Camboya de Pot (uno de los casos más sangrientos que hay en toda la historia, después de los Jemeres Rojos aun continuaron con partidos revolucionarios de corte marxista), la Vietnam del Norte de Ho Chi Minh o la Yugoslavia de Tito. De ejemplos hay más, especialmente de estados socialistas no marxistas.

El denominador común de todos ellos era la más absoluta obcecación con la propiedad privada, el ínfimo respeto hacia la vida y la persecución ideológica más atroz que uno se pueda imaginar. Siempre procuro tener cuidado a la hora de sentenciar categóricamente mediante algunas aseveraciones respecto a los hechos históricos, pero, a mi juicio, dicha represión no es equiparable a ninguna otra. Recuerdo que, discutiendo sobre el tema con algún profesor de la universidad, me había dicho que el Macartismo era el gulag occidental.

Durante ese período de la historia de los EUA, se persiguieron políticamente a personas que estaban en organizaciones subversivas muy concretas como la Joint Anti-Fascist Refugee Committee (JAFRC). Contados personajes públicos, 205 miembros del Departamento de Estado (que resultaron ser muchos menos) y algunos actores de Hollywood estuvieron en las llamadas “listas negras”, aunque ello no conllevara ninguna consecuencia judicial, política o económica. A pesar de eso, como pone de relieve Deery “Many of the civil liberties jeopardized by McCarthyism were notably absent in the Soviet Union” (Deery, 2014, pág. 161).

También hubo una persecución hacia los libros de Hemingway y los autores considerados filocomunistas. Fontana, el renombrado historiador marxista, en su magnus opus[2], intenta hacer un burdo paralelismo entre Alemania nazi y la quema de libros, con el Macartismo. Lo pone al mismo nivel (o al menos, se intenta una analogía poco refinada) y llega a sentenciar lo siguiente sobre las malas praxis del mismo “[los libros que] años antes habían arrojado a la hoguera los nazis”. Además, cuando habla sobre McCarthy insinúa constantemente que se trataba de poco menos que un nazi:

La aparición de un demagogo como Joseph McCarthy, un oscuro senador republicano por Wisconsin, a quien los corresponsales de prensa habían elegido como el peor miembro del Senado, que había recibido dinero ilegal de diversas empresas y que tenía en su carrera episodios tan oscuros como su intervención en defensa de los nazis que habían cometido la matanza de Malmédy (Fontana, 2011, pág. 85).

Es reveladora la vehemencia de “oscuro”, “dinero ilegal” o el tildarlo de “demagogo” (¿conocen algún político que no lo sea?). Hobsbawm se sumaba a la fiesta aduciendo sobre McCarthy que era «un auténtico príncipe de las tinieblas» (Fontana, 2011, pág. 86). Las críticas hacia él son constantes “un McCarthy medio borracho”. Por pura curiosidad, después de un rastreo sistemático del libro del historiador catalán y las más de 170 veces donde aparece el nombre de Stalin, en ninguna se encuentran los adjetivos decalificativos que usa para referirse a McCarthy. Sin querer alargarme mucho más, pongo en el pie de página lo qué dijo sobre Reagan, les ruego que no se lo pierdan[3]. En USA se hacían listas negras de unos pocos[4], en la URSS se tenía a la población coaccionada, existían campos de concentración y reeducación y el asesinato político estaba a la orden del día: empate.

La moraleja de nuestra intelligentsia es que los EUA perseguían a los disidentes durante ese lapso de tiempo de apenas cinco años (sólo el matrimonio Rosenberg fue condenado a pena capital, después de un juicio en el que se dictaminó que eran espías soviéticos), pero obvian la inexistencia de separación de poderes en la URSS, los Gulags, las Dekulakizaciones, la Gran Purga, el Holodomor (¡en 1.365 páginas del libro de Fontana no se menciona ni una sola vez! Tampoco hay ni rastro en el libro de Hobsbawm The Age of Extremes o en el de Carlos Taibo, Historia de la Unión Soviética), los millones de desplazados hacia otros territorios y, en definitiva, la censura más opaca que se haya visto jamás, solo comparable a la que actualmente reina en países como China[5]. Para Fontana, “la causa fundamental de estas purgas fue(se) la demencia de un Stalin en plena decadencia física y mental (Fontana, 2011, pág. 99)”. ¿De verdad alguien va siquiera osar comparar a Occidente con dicha tiranía?

Sea como fuere, la cuestión de la planificación económica es la que me está llevando a desarrollar una síntesis de casos paradigmáticos de la misma. Pero, me parece importante poner de relieve cómo los máximos exponentes de mi disciplina han obviado e incluso banalizado los crímenes del comunismo. ¿Es mejor matar en nombre del proletariado que en nombre de la raza? ¿Quién tiene potestad para determinar quién es proletario o quién es comunista? ¿No lo eran Bujarin, Trotsky, Zinóviev, Kámenev, Sokolnikov (fallecido en prisión después de una pena de 10 años) o Búbnov? Todos ellos habían estado en el Politburó durante la época de Lenin, y acabaron purgados y devorados por su propia revolución. Hay que añadirle a esto que Stalin también firmó sentencias de asesinatos masivos “we find Stalin’s signature on documents authorizing mass executions” (Archibald Getty & Naumov, 1999, pág. 25).

Metiéndonos en cuestiones de historia económica, el punto más fascinante de toda la experiencia soviética es el Comunismo de Guerra. Se trató de un experimento económico fugaz que se produjo 8 meses después de la toma del poder y que se prolongó hasta mediados de 1921. El gobierno de Rusia en aquel momento era el llamado “Soviet de Comisarios del Pueblo” y el contexto fue determinante, estaban envueltos en una Guerra Civil[6], con el orgullo por los suelos por el Tratado de Brest-Litovsk (abril 1918), sumado al enfrentamiento contra Polonia en 1920. El descontrol y el descrédito del nuevo gobierno fue reconocido por el propio Lenin, el cual dejó escrito lo siguiente, “Such is the sad state of our decrees; they are signed and then we ourselves forget about them and fail to carry them out” (Nove, 1993, pág. 40).

El período se caracterizó por la prohibición del comercio privado de alimentos y la racionalización de los mismos, ambas posturas se consideraron válidas y buenas por sí mismas más allá de las acuciantes circunstancias que tenían. Es decir, el contexto bélico las propició, pero en un entorno de paz también se aplicarían. Alguien podría pensar que esto se debía a las condiciones materiales, pero como postula Nove, en estos hechos había una gran preeminencia de ideología e idees fixes de los bolcheviques (Nove, 1993, pág. 41).

Los comités locales y los soviets fueron los encargados de supervisar el reparto de las tierras, las cuales, fueron nacionalizadas con el propósito de entregarlas a los campesinos. La idea era que nadie tuviera más que la tierra que él mismo pudiera cultivar, puesto que contratar a otras personas estaba terminantemente prohibido. Esto generó confusión entre burócratas y campesinos. ¿cuál era la parte exacta que debían cultivar? Se propiciaron así problemas agrícolas que constituyeron el talón de Aquiles de la economía soviética hasta su desaparición. La confiscación de tierras vino acompañada de mucha violencia[7]  y provocó la reacción campesina.

El 27 de noviembre de 1917 se hizo efectivo un decreto “workers’ control”, por el cual, los propietarios de las empresas debían permitir el acceso y el control de las mismas por parte de órganos de trabajadores. Así pues, también se abolió el secreto comercial y en general, las consecuencias fueron nefastas, “the degree of control was sufficient to inhibit the management from effective action, and divided responsibility meant irresponsibility; indiscipline, and even violence towards technical staff, made work virtually impossible” (Nove, 1993, pág. 43).

En esencia, el comunismo de guerra constituyó un intento de prohibición de las manufacturas privadas, de nacionalización absoluta de la industria, tuvo el propósito de asignar los stocks materiales como si de un deus ex machina se tratase, y por supuesto, con el estado quedándose el escaso output que restaba. La prohibición de los intercambios privados nunca pudo ser efectiva al 100%, aunque a nivel legislativo se instauró a todas luces. Más adelante se expondrán las idiosincrasias de los variados mercados negros que significaban buena parte de la economía sumergida de la URSS.

Otra característica destacable era la requisa forzosa de cualquier plusvalía campesina que descubrieran los burócratas y los comisarios de turno (Prodrazvyorstka, literalmente en ruso significa “reparto de alimentos”). Fue una campaña de confiscas forzosas de productos agrícolas, especialmente el grano a los campesinos. Se establecían una serie de precios nominales asignados mediante procesos políticos. Sin duda, uno de los puntos culmines fue la eliminación parcial del dinero como consecuencia de la imposibilidad de estabilizar la propia moneda. La idea que pululaba por el ambiente (especialmente en la prensa de la época), era que el sistema completo de propiedad estatal y abolición del mercado significaba la llegada al socialismo como habían ideado Marx y Engels. Entonces, lo que se deducía de ahí era que el dinero constituía una especie de anacronismo. Estas dosis de ideología confluyeron con las realidades materiales de una inflación cabalgante que propiciaba la abolición del dinero.

Había llegado el momento de establecer un sistema económico sin moneda. Los problemas de una economía de ese estilo empezaron a brotar por doquier. Especialmente se hacía palpable en los presupuestos estatales y en los bienes de consumo/capital, puesto que se necesitaba algún denominador común para expresar su valía. Esto fue especialmente discutido, pero el comunismo de guerra finalizó antes que se llegarán a articular ideas prácticas para solventar el caos de una eliminación parcial del dinero (Nove, 1993, págs. 52-77).

Lenin en el Programa del Partido Comunista de 1919 explicitó que lucharían para llevar a cabo una de las medidas más radicales de su esquema: la abolición del dinero. Las consecuencias de esta planificación fueron, en términos de productividad, enormes: véase la comparativa entre 1913-1921.

Toda la combinación de factores mencionados venían acompañados del terror, la arbitrariedad, las expropiaciones, las requisas, tribunales militares, etc. El objeto de persecución fueron incluso las empresas con más de cinco trabajadores, las cuales, también fueron nacionalizadas. El papel del Ejército Rojo fue crucial para este proceso de centralización, y la aparición de elementos represores como la Cheka (ideada por Dzerzhinski), hicieron que la implementación de estas medidas fuese más factible. El caso fue generalizado, y el intento de reemplazar el mercado fue en vano.

En definitiva, los problemáticos repartos de tierras y las diferencias entre raciones de comida, fueron las que impulsaron enfrentamientos entre los ciudadanos y el nuevo gobierno. Fueron necesarios esfuerzos bélicos para sofocar algunos encontronazos, como por ejemplo en Tambov con Antopov (1920). Lo que pondrá fin al comunismo de guerra y será el catapultador hacia el nuevo modelo económico será la rebelión en la base naval de Kronstadt en 1921. Los marineros se rebelaron contra las miserables condiciones de vida y su furia se dirigió contra el Partido Comunista (Nove, 1993, pág. 72). Los que diezmaron a los trabajadores del puerto fueron Trostky y Kamenev, los cuales, incluso habían aprobado la guerra química mediante proyectiles de gas si la resistencia en Kronstadt continuaba:

Trotsky and S. S. Kamenev, his commander in chief, sanctioned the use of chemical warfare against the insurgents, and if Kronstadt had resisted much longer, a plan to launch a gas attack with shells and balloons, devised by cadets of the Higher Military Chemical School, would have been carried out  (Avrich, 1970, págs. 211-212).

Para concluir esta parte, hay que mencionar el terrible peso de la utopía ideológica en todas las atrocidades llevadas a cabo. Estas políticas de requisas y demás, están asociadas a la muerte directa e indirecta de millones de personas. Para más inri, Lenin tuvo que volver a una especie de sistema de capitalismo de estado con la Nueva Política Económica para intentar mejorar los paupérrimos resultados que habían acarreado las recetas económicas marxianas.

La idea de la planificación económica como forma de control racional de la producción y de la economía, se percibía como un ente diferenciado respecto del mercado y las leyes de oferta y demanda. Para algunos contemporáneos como Béraud, la experiencia comunista finalizó en Rusia ya en noviembre de 1919 y especialmente se hacía cruces con el nuevo sistema de monocracia que venía a substituir a la anterior (el autor tildó de fascista al modelo soviético). En general, muchos contemporáneos interpretaron que la NEP era una victoria de la pequeña burguesía. Como señala Flores, “il fanatismo bolscevico, sempre più simile ad una religione, sembrava abbandonare i suoi stessi ideali” (Flores, 2017, pág. 33). La religión secular se idealizó en Occidente y se sufrió en el Este.

Bibliografía

Archibald Getty , J., & Naumov, O. (1999). The Road to Terror: Stalin and the Self-Destruction of the Bolsheviks, 1932-1939. New Haven: Yale University Press.

Avrich, P. (1970). Kronstadt, 1921. Princeton: Princeton University Press.

Bornstein, M. (2019). The Soviet Economy. Continuity and Change. New York: Routledge.

Deery, P. (2014). Red Apple: Communism and McCarthyism in Cold War New York. New York: Fordham University Press.

Denton, E. (1979). Soviet Consumer Policy: Trens and Prospects. Joint Economic Committee, 759-789.

Flores, M. (2017). L’immagine della Russia Sovietica. L’Occidente e l’URSS di Lenin e Stalin (1917-1956). Italia: goWare.

Fontana, J. (2011). Por el Bien del Imperio . Barcelona: Pasado y Presente.

Heiss, H., Lenz, A., & Brougher , J. (1979). U.S.-Soviet Commercial Relations since 1972. Joint Economic Committee, 189-207.

Judt, T. (2016). Sobre el olvidado siglo XX. Madrid: Taurus.

Nove, A. (1993). An Economic History of the USSR. London: Penguin Group .

Russell, B. (1949). Teoría y práctica del Bolchevismo. Barcelona: Ariel.


[1] La justificación de este puede encontrarse en su trabajo Humanism and Terror de 1946.

[2] Se trata de “Por el Bien del Imperio” (2011).

[3] “Reagan llegó a la Casa Blanca con un pobre bagaje cultural”, “Su carrera cinematográfica fue decayendo y su primera esposa, Jane Wyman, que lo consideraba «tan bueno en la cama como en la pantalla», se divorció de él“ (Fontana, 2011, pág. 510). Imagínense, sin venir a cuento y sin estar haciendo historia de la sexualidad, que un historiador se convierta en poco menos que en un paparazzi y crea que para hablar de la figura política e histórica de Reagan sea necesario recurrir a su primera mujer y la opinión que esta le merecía de él en la cama. Sigamos, “Se casó en segundas nupcias en 1952 con Nancy Davis […], una joven actriz de poco talento e ideas ultraconservadoras, que se convirtió en la única persona con quien llegaría realmente a intimar este hombre contradictorio, de amable apariencia, pero extraño y distante incluso para sus hijos” (misma página). Curioso que de Stalin, por ejemplo, que dejó morir a su hijo en manos de los nazis, no se le refiera como un padre “extraño y distante incluso para sus hijos”. Aún hay más “Del nivel intelectual del matrimonio, en el que Nancy, a quien el presidente llamaba «Mommy», tenía un papel dominante, puede dar buena idea el hecho de que se guiaban en su vida por el calendario de días favorables y desfavorables que le elaboraba a Nancy su astróloga Joan Quigley. Aparte de que el propio Reagan no solo creía en los «platillos volantes», sino que juraba haberlos visto”. Los marxistas guían su vida en función de teorías falaces que han llevado al exterminio de millones de personas, pero la soberbia intelectual que gastan es estremecedora. ¿De verdad se creen en condiciones para dar lecciones a alguien? En resumidas cuentas: Reagan follaba mal, era tonto y supersticioso.

[4] El mismo Fontana reconoce lo siguiente, “Es verdad que en los Estados Unidos tan solo fueron ejecutados los Rosenberg, lo que contrasta con las sangrientas purgas de Stalin en la Europa del este, pero el daño causado por la caza de brujas en Norteamérica fue mayor de lo que se suele creer. En 1953 el FBI había investigado a 6 millones de norteamericanos, valiéndose de 5000 informantes pagados, y había establecido una lista de 26 000 personas que debían ser detenidas si ocurría una emergencia” (Fontana, 2011, pág. 86). Asesinatos en masa vs listas negras. ¡Empate!

[5] Curiosamente, es un modelo político comunista, y capitalista en lo económico.

[6] Ya tendrán la excusa perfecta para argüir por qué fracasó.

[7] “Despite efforts to prevent it, the land seizures were accompanied by many acts of senseless violence: the landlords’ cattle were sometimes slaughtered, the landlords’ houses, barns or stables destroyed” (Nove, 1993, pág. 42).

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXVI): Sobre la defensa del Estado (III)

Nunca se cambian las cosas luchando contra la realidad existente. Si quieres cambiar algo, construye un modelo nuevo que haga obsoleto el actual”

Buckminster Fuller

Los defensores del anarcocapitalismo son muchas veces acusados, con cierto grado de razón, de no tener los pies en la tierra. Esta acusación la reitera en su escrito el autor Ramón Audet. Veamos pues si dicha acusación se sostiene y por lo tanto dedicaré este artículo a exponer mis impresiones sobre esas consideraciones que, repito, no van desencaminadas, pero no por ello son a mi modesto entender correctas. Depende de en qué plano estemos hablando.

En primer lugar, tal y como yo entiendo el anarcocapitalismo no es tanto un programa de acción política como una herramienta intelectual para descubrir los fallos en las organizaciones estatales e imaginar o buscar en el pasado posibles respuestas a los problemas que plantea el estatismo. Esta aproximación busca, en efecto, la consistencia intelectual más que la factibilidad de las propuestas, pero no por ello deja de elaborar ideas y proyectos que sirvieron o pueden servir en el futuro para organizar la vida en común. Entendemos pues que el ser humano es un ser social, que no es lo mismo que un ser político, pues también defendemos la especie de que vivir en sociedad no implica necesariamente estar sometido forzosamente a los designios de otras personas. Lo que se trata es pues de intentar diseñar formas de convivencia eliminando la coerción en la medida que sea posible.

Una de las aportaciones principales del anarcocapitalismo es la de recuperar el interés en el estudio del Estado dentro de las ciencias sociales, que había sido abandonado casi por completo, salvo alguna rara excepción. En este ámbito de estudio la necesidad de la intervención se daba por supuesta y no existía ningún debate al respecto. Oculto bajo eufemismos como el legislador o el regulador este aparecía como una suerte de ente benevolente que tomaba decisiones sobre cada vez más aspectos de la vida social y lo único que se discutía era si el tipo de intervención era o no la adecuada. Otros, algo más realistas, acostumbraban a ser más pesimistas, como los teóricos de la elección pública, quienes veían a los actores gubernamentales como actores que buscaban su propio provecho en la misma línea que los actores empresariales y se dedicaban al diseño de mecanismos constitucionales para limitar los males que el Estado podía provocar con su actuación. Autores como James Buchanan, Robert Nozick o Yoram Barzel escribieron libros muy sofisticados con todo tipo de propuestas para “atar las manos al Estado”. Pesos y contrapesos, contratos sociales, constituciones fiscales o incluso la contratación de “podestas” fueron algunas de sus imaginativas ideas para controlar al Leviatán, pensando que estas podrían limitar su poder.

No tuvieron en cuenta que los que debían hacer cumplir las limitaciones son los mismos que están “atados” por las mismas y que a medio plazo aprendieron a burlarlas. Poco realista es suponer, por ejemplo, que jueces nombrados por los políticos van a limitar a quienes los pusieron en el cargo. Los norteamericanos tienen buena experiencia de como funcionaron estos pesos y contrapesos, pues su leviatán particular no ha dejado de crecer desde sus inicios. Reconozcámsoles, eso sí, que lo ha hecho a un ritmo algo menor que el de otros Estados. Pero la propuesta de limitar a los Estados con leyes y normas no parece ser muy realista.

Como poco realista es suponer que dichos Estados tienen sus orígenes en una suerte de pacto idílico entre la ciudadanía para construirlos. La idea beatífica de un pacto o contrato social no sólo no se sostiene de acuerdo con la ciencia o la arqueología (esta como bien apuntan Stanislav Andreski o Henri Frankfort lo que muestra son cabezas aplastadas por mazas en las localizaciones donde se estima que surgieron los primeros poderes políticos) sino que no se sostiene jurídicamente siguiendo la teoría del contrato que se quiera, como bien argumentó Lysnader Spooner en su Sin traición. Estoy seguro de que ninguno de los lectores de esta página ha firmado tal contrato y de hacerlo no me pueden indicar a quien reclamar en caso de incumplimiento, salvo al propio Estado. Extraño contrato es ese.

Cierto es que muchas de nuestras propuestas son más que utópicas irrealistas. No son utópicas porque se puede rastrear su existencia en el pasado o en presente. El viejo Schumpeter afirmó en un célebre artículo, “La crisis del Estado fiscal”, que si bien cualquier actividad hoy prestada por el mercado fue estatal en algún sitio o en alguna época a la inversa también es cierto. Es decir, cualquier actividad hoy estatal fue prestada por el sector privado o la sociedad civil en algún lugar, sea en otro o en nuestro tiempo. Pero si son irrealistas porque no es legado aún el tiempo de reformas tan radicales. Primero hay que pensarlas y luego ensayarlas a pequeña escala, y de ser buenas no cabe duda de que con el tiempo serán imitadas, como aconteció con el propio desarrollo de la economía capitalista. Y de no serlo se abandonarán o se buscará ver que se fracasó.

Pero dicho esto cabría discutir cuales son los logros del liberalismo actual, por lo menos en nuestro entorno cultural. Supuestamente tienen los pies en la tierra y sus propuestas son políticamente más razonables. Es más, con muchas de ellas estamos de acuerdo y no se puede alegar que no simpaticemos con ellas. Desde luego los últimos cien años no son para echar cohetes. El señor Audet cita entre otras la despenalización de las drogas. Hace más o menos cien años aún eran legales todas ellas en nuestro país, incluidas drogas duras como los opiáceos o la cocaína (con anuncios de marcas y calidades en la prensa de la época).

Hoy en día se lucha con grandes esfuerzos por despenalizar parcialmente el cannabis. Los impuestos y las regulaciones son mucho más altos que hace cien años y sin visos de que se reduzcan. Si bien hubo ocasiones  en la que se produjeron pequeñas reducciones, la tendencia histórica es a su incremento. Se usan incluso justificaciones a la intervención de nuevo cuño, adaptadas a los tiempos modernos,  como las que se refieren al medio ambiente, que afectan cada vez más a nuestra vida particular, desde el transporte a la alimentación.

Veo que en España el salario mínimo no sólo no se elimina sino que no deja de crecer y las reformas laborales no  sólo no son liberalizadoras sino que estos días pudimos ver como se retocan a la contra. La libertad de expresión tampoco vive  su mejor momento ni la política exterior sigue los principios liberales que marcaba un Von Mises. Sólo en el ámbito de la identidad sexual y de costumbres se puede notar algún vestigio de liberalismo, y aún así me temo que este tipo de libertades es usado a veces de forma torticera, con el fin de reforzar el poder del Estado que se convierte en  ocasiones en el promotor de las mismas por razones ajenas al del mero incremento de la libertad. Esto por supuesto no quiere decir que algún territorio, la Comunidad autónoma de Madrid por ejemplo, no se hayan ensayado ciertas medidas liberales, que por comparación la hacen parecer como una suerte de paraíso fiscal. Pero la tendencia general por lo menos en nuestro entorno es a una congelación o a un leve retroceso en las libertades. Los índices de libertad económica así parecen reflejarlo.

Muchas de las propuestas liberales a pesar de ser moderadas y aparentemente razonables tienen la misma posibilidad a corto y medio plazo de ser ejecutadas que las nuestras, esto es ninguna. Pero con el agravante de que siguen reconociendo que el actual modelo estatista puede ser reformado desde dentro. Bastarían, según ellos, unos cuantos políticos imbuidos de buenos principios y decididos a llevar a cabo programas liberales razonables para que estas se llevasen a cabo y lentamente avanzar hacia una sociedad liberal.

A lo que conduce esto, casi sin excepción, es a decepciones sin fin. Observan complacidos gobernantes usan de retóricas liberales de tomar el poder y que al poco de llegar al poder olvidan, en el mejor de los casos, lo prometido y dejan todo más o menos como estaba. En el peor de los casos, y casi siempre por desgracia los más frecuentes, incrementan aún más el intervencionismo o los impuestos. No es necesario poner ejemplos, pues todos los que me puedan leer seguro que saben poner ejemplos.

Por supuesto lo hacen por necesidades objetivas o por mejorar la maltrecha salud del Estado, causada por los gobiernos anteriores. Porque esta es otra, los liberales no sólo no erosionan la legitimidad del Estado, que es una de las mejores maneras de limitar su intervención, sino que la refuerzan con su retórica del Estado limitado o del constitucionalismo y la división de poderes. La consecuencia es que los liberales no sólo no avanzan, sino que en el mejor de los casos luchan por mantener las cosas como están, lo que es muy mala manera de llevar a cabo un programa.

Nosotros está claro que no tenemos lo pies en la tierra, pero ¿los tienen los liberales con su estrategia? ¿Cuáles fueron sus éxitos en nuestro entorno? Me gustaría también saber cuál ha sido su éxito en la difusión de su ideario ya que a nivel de políticas públicas no parecen tener mucho de lo que presumir. Dado que son tan razonables y moderados no cabe duda de que tanto la intelectualidad como las masas deben a estas alturas sino ser dominantes si contar con una nutrida representación, que yo no veo por ninguna parte, a pesar de que ellos si están legitimados según el señor Audet para poder expresar sus opiniones en universidades y centros de estudio. Sólo hay que ver programas y libros de texto en institutos y facultades para percatarse de que muy poco se ha logrado en este ámbito.

Dicho esto, no quisiese que este texto pasase por un ataque al liberalismo o quienes lo defienden en nuestro país. No tengo más que respeto y consideración por ellos y con muchos me une buena amistad. Intentan hacer lo que pueden dentro de este marco y abren debates que antes no se producían. Por ejemplo, no recuerdo nunca que se haya abierto un debate del salario mínimo como el que ahora se está dando. Antes era aceptado de forma acrítica incluso por sectores conservadores y ahora no. incluso en prensa y medios de comunicación mainstream se cuestiona de forma cada vez más abierta. Otra cosa es que hayan conseguido frenarlo, pues como antes se ha apuntado esto es algo muy difícil de conseguir, no solo porque otros actores poderosos como jueces o sindicatos y patronales parecen preferir el actual marco. Muchos liberales tampoco tienen los pies en la tierra y piensan que por explicarle a determinados líderes políticos el contenido de La economía en una lección de Hazlitt estos se darán cuenta de su error y revertirán sus políticas. También es bueno hacer notar a veces el poco realismo de sus propuestas.

El ‘negocio’ de la salud

Uno de los slogans populistas clásicos de la extrema izquierda, tanto en Portugal como en España, es que “la salud no puede ser un negocio”. Ahora bien, el término “negocio” tiene dos significados relativamente sencillos en economía: por un lado, puede significar un acuerdo voluntario entre dos individuos o entidades para el intercambio de bienes o servicios; por otro lado, puede representar una empresa o compañía a través de la cual se buscan ingresos mediante dichos intercambios de bienes y servicios (entendiendo el dinero como un bien).

Comencemos por interpretar este último significado. Imaginemos un oftalmólogo o un ortopedista que tiene su propia clínica. ¿Quieren los socialistas decir que los ingresos de este médico son injustos, mientras que los de un médico de la misma especialidad en un hospital público ya son razonables?

O imaginemos el caso de los dentistas. Aunque la comparación con los hospitales públicos es difícil de hacer, ¿alguien puede decir sin reírse que la existencia y proliferación de clínicas dentales privadas representa una pérdida y un escándalo para la salud dental de los portugueses? ¿Es realmente tan perjudicial “estar en manos del sector privado” en el caso de la salud dental, como parecen temer incluso los socialdemócratas?

Se puede incluso levar la analogía a otros sectores. ¿Dispone el Estado de un servicio público de suministro de verduras y cereales? ¿Dispone de una red de panaderías públicas? Si la salud es un asunto serio, ¡también lo es la alimentación! Imaginemos cómo sería si, en un escenario en el que existiera un Sistema Nacional de Panadería (SNP), alguien propusiera dejar al sector privado el suministro de pan a los ciudadanos y utilizar al Estado sólo como financiador de subvenciones para los que no tienen dinero para comer. ¡Ay! “¡La alimentación no puede ser un negocio!”, exclamaría el líder del Bloco de Esquerda o de su hermano español Podemos; “tenemos que asegurarnos de no quedar en manos del sector privado cuando se trata del pan”, diría el líder socialdemócrata.

Es importante aclarar que todos los ciudadanos son privados. Algunos trabajan en un marco estatal y otros en un marco de mercado, pero todos – unos más, otros menos – ven su profesión como su negocio. Si los costes de ir a trabajar a un hospital público, incluyendo el transporte, el estrés físico y emocional y el coste de oportunidad de rechazar ofertas privadas son mayores que el salario y la eventual realización personal que un médico obtiene al trabajar allí, ese médico rechazará el trabajo público. ¿Alguien cree que esto es injusto? Aparte de los admiradores del régimen cubano, ¿alguien cree que tienen derecho a obligar a un médico a trabajar en un régimen público cuando él prefiere trabajar en un régimen privado? Me gustaría creer que no.

Anticipo la respuesta de los marxistas: con su mohosa teoría de que sólo el trabajo debe ser remunerado, me dirán que no tienen nada en contra de los médicos que trabajan en el sector privado, sino de sus empleadores, y que es a éstos a quienes hay que negarles el derecho a obtener una remuneración, a hacer un “negocio” con la salud de la gente. Ahora bien, se trata de la mil veces refutada idea marxista de que los capitalistas y los empresarios no aportan un valor relevante a las empresas poniendo en riesgo su capital; asumiendo la responsabilidad de predecir cuáles serán los deseos de los consumidores; tomando decisiones sobre la mejor manera de dirigir su negocio; o incluso simplemente absteniéndose de consumir para que sus ahorros paguen los salarios de los trabajadores (una tarea que incluso Marx admitió que era necesaria en el socialismo).

Yo sé que en El Estado y la Revolución (1917), Lenin proclamó que toda la economía podría ser fácilmente dirigida como una gigantesca oficina de contabilidad – y aparentemente eso es lo que creen el Bloco de Esquerda y Podemos. Pero si vamos a hablar de libros centenarios, los lectores de hoy harían mucho mejor en conocer el clásico Riesgo, Incertidumbre y Beneficio (1921) del influyente economista estadounidense Frank H. Knight, o el gran tratado Socialismo (1922) de Ludwig von Mises.

En un entorno de incertidumbre y “desequilibrio”, es la competencia entre empresarios la que generará la innovación y el descubrimiento de precios de mercado compatibles con la satisfacción de los deseos más urgentes de los consumidores (o usuarios), sin las tremendas colas que siempre aquejan a los países socialistas en general y a nuestro SNS en particular. El Estado puede servir de financiador subsidiario a quienes no tienen ingresos para tratarse, pero sólo el “negocio” de la sanidad conseguirá que todos sean atendidos sin tener que pagar el alto precio de una dolorosa – y a veces letal – espera.

En la salud, como en todo en la vida, el tiempo suele ser el precio más caro que nos pueden hacer pagar. Si un hospital privado puede hacer el mismo servicio por un precio menor en dinero y tiempo, entonces está siendo productivo y merece una remuneración por ello, algo difícil de entender para un marxista, que no comprende que la función empresarial en un entorno de incertidumbre, competencia e innovación pueda merecer una remuneración. Para los marxistas, no debe haber ni incertidumbre, ni competencia ni, por tanto, innovación: estaríamos en el eterno retorno de la dictadura burocrática del proletariado, y Catarina Martins o Ione Belarra serían las grandes visionarias de esta “sociedad sin empresas”, si para entonces no sucumbieran a una de las “purgas” del Partido.

Para concluir, vuelvo a la primera definición de “negocio” que presenté inicialmente: un acuerdo voluntario entre dos individuos o entidades para el intercambio de bienes o servicios. Es precisamente este concepto de acuerdo voluntario el que falta en el “extremo” más importante del SNS: el extremos de su relación con el usuario/contribuyente. El SNS es un negocio para sus proveedores y trabajadores, que tienen la alternativa de negarse a prestar el servicio; pero no es un negocio para los usuarios/pagadores: al contribuyente no se le pregunta si y cuánto quiere pagar por acceder al servicio. El pago se impone a los contribuyentes y el servicio público se encuentra en un estado de escasez permanente, como explicaba el difunto economista húngaro Janos Kornai, lo que hace que la institución sea burocrática, rígida e ineficiente, al no estar sometida al proceso estimulante de la competencia empresarial y a la última palabra de los usuarios y contribuyentes.

El carácter “no lucrativo” del SNS puede ser su característica más admirada por los marxistas e incluso por los socialdemócratas, pero en realidad es la razón esencial de su ineficacia para prestar asistencia sanitaria a los portugueses y a los españoles. Y si bien esos partidos dicen querer proteger a los más pobres, se niegan a darles acceso a los mismos servicios que los más ricos (¿y sus miembros?) eligen libremente. ¿O acaso los más “ricos” y “codiciosos” de nuestra sociedad necesitan el consejo de los socialistas para no ser engañados por los “negocios” privados?

No es país para autónomos

Las ballenas, los linces, los osos polares… Colman multitud de portadas y documentales por su condición de criaturas en peligro de extinción, debido a la acción humana. Si bien, National Geographic se ha olvidado de otra criatura cada vez más amenazada, que se desvive por sobrevivir, ante los continuos ataques, no tanto del hombre propiamente dicho, sino de los gobiernos. Hablamos del autónomo.

España cuenta con 3,1 millones de autónomos, contando todos los inscritos al RETA (Régimen Especial de Trabajadores Autónomos), sin embargo autónomos propiamente dichos, quitando los que pertenecen a sociedades mercantiles, son menos de 1,9 millones. En el año 2008 la cifra de autónomos totales superaba los 3,3 millones. Es decir, en 12 años, no es que no se haya ganado ni uno solo, sino que se han perdido más de 200.000. Por ponerlo en contexto, este es el año con más funcionarios de la historia de España.

La última subida de la cuota de autónomos, que tanto debate ha generado, no es sino otro ataque indiscriminado más. Otro de los muchísimos, que ha llevado a cabo el gobierno, hacia a este grupo de trabajadores, en los últimos años. Con la única intención de hacer menguar su número, por motivos puramente ideológicos.

¿Por qué?, se preguntarán ¿Qué gana el gobierno con ello? La respuesta como hemos comentado es más bien ideológica. La misma existencia de los autónomos es un ataque frontal a la línea de flotación del gobierno. Puesto que este, lo que busca y ansia, es que los ciudadanos de una manera u otra dependan de él. De ahí que se sienta cómodo con los funcionarios, que cobran de él, con los parados, que dependen de la prestación de desempleo, o con los jubilados, que necesitan su pensión. Incluso los trabajadores del sector privado por cuenta ajena, que no son precisamente sus favoritos, depende de empresas, que en muchísimos casos de manera directa o indirecta acaban dependiendo o sufriendo influencias del Estado.

Por el contrario, el autónomo, es la fiel imagen de la libertad. No depende de nadie, no necesita al Estado, ni vive de él. Su éxito o fracaso solo lo determina su inteligencia y su trabajo. Sin subsidios, sin depender de un burócrata, sin cadenas. Cada persona que abandona el camino establecido por el gobierno, para convertirse en autónomo, es, parafraseando a Nino bravo en su famosa canción, “Libre! Como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar”. De ahí que los autónomos se hayan convertido en la diana favorita del gobierno.

Por otra parte, hay que verlo desde el mundo de vista electoral. Atacar a los autónomos suele salir bastante barato en las urnas. Puesto que a diferencia de otros grupos poblacionales, más homogéneos y grandes, que actúan electoralmente como lobbies, como podrían ser los jubilados (8,8 millones), los autónomos son un grupo bastante heterogéneo y tampoco demasiado grande. De ahí que se les exprima constantemente, para alimentar las demandas de otros grupos, mucho más agradecidos en este sentido.

En definitiva, asistimos a una lucha por la supervivencia, entre David (autónomos) y Goliat (el gobierno). Si el lector de este artículo es un autónomo, como autor, solo desearle toda la suerte y el apoyo del mundo. Cada día que abre la persiana, es un triunfo. Una victoria, que evita el control total del gobierno sobre economía y por tanto sobre nuestras vidas.

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico

En este año 2022 se cumplen cien años de la publicación del famoso libro de Mises (2012) Socialismo: un análisis económico y sociológico (1922). Esta obra tuvo una gran influencia en muchos economistas, como es el caso de F. A. Hayek, quien abandonó el socialismo fabiano tras leer a Mises. Originalmente, este trabajo fue un desarrollo de la crítica al socialismo y la planificación centralizada que Mises (1935) había delineado previamente, dos años antes, en un extenso artículo titulado El cálculo económico en la comunidad socialista (1920). A su vez, este mismo artículo fue escrito en respuesta a la propuesta que Otto Neurath realizó en 1919 en favor de la planificación central en especie (Neurath 1973). Este primer choque de posiciones entre Neurath y Mises es lo que dio lugar al famoso debate sobre el cálculo económico socialista.

A Neurath y Mises se unieron numerosos autores que prosiguieron con el debate durante parte de la primera mitad del siglo XX. Por un lado, economistas austriacos como F.A. Hayek y Lionel Robbins se sumaron a Mises en la crítica a la planificación central. Los argumentos se referían a la imposibilidad del cálculo económico racional bajo un sistema de planificación central (Mises) y a problemas de conocimiento e impracticabilidad del socialismo (Hayek y Robbins). Por otro lado, partiendo del esquema de equilibrio general, Frederic Taylor, Frank Knight, H.D. Dickinson, Abba Lerner y, de manera más relevante Oskar Lange, defendieron la idea de que la planificación central era posible de acuerdo a la teoría económica. El Estado solo tenía que resolver las mismas ecuaciones simultaneas que ya resolvía el mercado, se demostraba una similitud formal entre el sistema socialista y el capitalista.

La primera interpretación del debate por pate de la economía estándar concluía que los socialistas neoclásicos habían conseguido demostrar la viabilidad de la planificación central, declarando la victoria de los socialistas de mercado sobre los austriacos (Bergson 1948; Samuelson 1948; Schumpeter 2006). Sin embargo, años más tarde, Don Lavoie (1981; 1985) realizó una reinterpretación del debate argumentando que los economistas neoclásicos no lograron entender la posición austriaca. En realidad, los austriacos no negaron la posibilidad de que dada la información necesaria, bajo condiciones estáticas, el cálculo económico fuera posible mediante la planificación central. Esto podía resolverse como un ejercicio de optimización. Alternativamente, señalaban que dichos supuestos de información dada o condiciones estáticas no se correspondían con la realidad y, por ello, propusieron un enfoque dinámico. De esta forma, la posición austriaca dice que el cálculo económico no puede realizarse por un comité central en una economía dinámica donde la información no está dada, porque precisamente se va creando mediante un proceso empresarial descentralizado, bajo el contexto de instituciones como el dinero y la propiedad privada. Así, este análisis austriaco, de la mano del florecimiento de la ideología liberal con gobiernos como el de Reagan o Thatcher y la caída de la URSS, pareció quedar como conclusión final del debate sobre el cálculo económico. Al menos, para los austriacos.

No obstante, pocos años después de la obra de Lavoie, algunos autores socialistas identificaron este hueco, señalando que existía una “respuesta ausente” a este nuevo desafío dinámico austriaco. Entre estos autores destacaron Allin Cottrell y Paul Cockshott, que a finales de los 80 y principios de los 90 empezaron a trabajar en una nueva propuesta socialista, que sería presentada de forma más estructurada en 1992 con un libro llamado Towards a New Socialism (1992). Con el paso del tiempo, este nuevo enfoque ha pasado a conocerse como ciber-comunismo, y es que, una de las principales tesis de esta nueva perspectiva es que el avance tecnológico y la mayor capacidad de computación permiten la planificación central. Dicho así, parece no diferir demasiado de la propuesta de Oskar Lange sobre el uso de computadoras para hacer la planificación central (Lange 1967). Sin embargo, se puede encontrar una notable diferencia con respecto a este último enfoque por el hecho de que Cottrell y Cockshott rechazan el paradigma walrasiano y la teoría del valor subjetivo, abogando por el uso de la teoría del valor trabajo y la complejidad computacional. En consecuencia, esta nueva posición inaugura una nueva ronda del cálculo económico socialista.

La alternativa ciber-comunista no es la única en esta nueva ronda. Podemos encontrar otras visiones como la conocida planificación participativa (participatory planning, en inglés), en la que Adaman y Devine (1996; 2002) reconocen la importancia del conocimiento descentralizado y tácito, en línea con lo que planteó Hayek (1945; 1952), pero a su vez mantienen que el socialismo podría realizarse de manera descentralizada y participativa, aprovechando así el conocimiento descentralizado. En un artículo recientemente publicado, Emilio Carnevali y André P. Ystehede (2022) hacen una recopilación del estado actual del concepto de “socialismo” en economía en cinco puntos: (1) el socialismo como un esfuerzo voluntario y su ética; (2) el socialismo como proceso de democratización; (3) el socialismo, la eficiencia y la maximización del beneficio; (4) el nuevo debate del cálculo económico; y (5) el socialismo como un medio o un fin.

La novedad en esta nueva ronda del debate del cálculo económico socialista es que el bando socialista ha aprendido de los errores y ha mejorado considerablemente su teoría, tomando como referencia las críticas austriacas. De esta manera, por ejemplo, Cottrell y Cockshott (2007) consideran inválido el famoso “problema del conocimiento” hayekiano como imposibilidad para el cálculo socialista, dado que la información relevante y necesaria para llevar a cabo el plan central es objetiva y articulable en forma de, por precisar, coeficientes técnicos de producción (suponiendo que se usan tablas Input-Output como método para la planificación). Estos autores sostienen que no habría problema de información alguno en que empresas propiedad del Estado transmitieran continuamente información sobre demanda de consumidores y coeficientes técnicos de producción. Además, justifican la racionalidad del uso del valor trabajo en vez del valor subjetivo en base a teoría de Mises , solventando dos problemas que Mises identifica en el uso del valor trabajo: la no homogeneidad del trabajo y la imputación de valor de bienes no reproducibles. El partitipatory planning de Adaman y Devine es otro ejemplo de adaptación del argumento socialista a las criticas austriacas. Es decir, en el nuevo debate del cálculo económico es necesario que el bando austriaco repiense y refine sus argumentos si quieren verse involucrados de nuevo en el debate. Ya sea mejorando argumentos anteriores o ideando algunos nuevos, la cuestión fundamental es que no se puede tomar este debate como algo ya cerrado o sobre el que no hay que volver a pensar argumentos nuevos. Por el momento, los austriacos apenas han participado en esta nueva ronda, solo hay algunos artículos al respecto (Bylund and Manish 2017; Moreno-Casas, Espinosa, and Wang 2022). Es más, como he escuchado decir al propio Paul Cockshott, pareciera que los austriacos no hayan leído nada acerca de estas nuevas propuestas socialistas desde la obra de Lavoie. Por tanto, es imprescindible conocer todas las propuestas socialistas hechas desde Lavoie hasta hoy, si es que los economistas austriacos quieren tomarse en serio esta crucial y contemporánea ronda del debate.

El artículo citado previamente de Carnevali y Ystehede puede ser un buen punto de referencia para conocer el estado actual de los distintos desarrollos teóricos que tienen que ver con el socialismo. De ahí se puede partir, adentrarse en la literatura más reciente e intentar analizarla y/o criticarla. Sirva este artículo como una llamada a la acción: se necesitan economistas austriacos participando en este debate, con conocimiento sobre las posturas contrarias y con argumentos refinados y frescos. De otra manera, estaremos ante el riesgo de perder el histórico debate y que el socialismo triunfe, al menos, en el plano teórico-económico.

Referencias

Adaman, Fikret, and Pat Devine. 1996. “The Economic Calculation Debate: Lessons for Socialists.” Cambridge Journal of Economics 20 (5): 523–37. https://doi.org/10.1093/oxfordjournals.cje.a013632.

———. 2002. “A Reconsideration of the Theory of Entrepreneurship: A Participatory Approach.” Review of Political Economy 14 (3): 329–55. https://doi.org/10.1080/09538250220147877.

Bergson, Abram. 1948. “Socialist Economics.” In A Survery of Contemporary Economics, edited by Howard S. Ellis, Vol. 1, 412–48. Homewood, Ill: Richard D. Irwin.

Bylund, Per L., and G.P. Manish. 2017. “Private Property and Economic Calculation: A Reply to Andy Denis.” Review of Political Economy 29 (3): 414–31. https://doi.org/10.1080/09538259.2017.1352193.

Carnevali, Emilio, and André Pedersen Ystehede. 2022. “Is Socialism Back? A Review of Contemporary Economic Literature.” Journal of Economic Surveys, 1–32. https://doi.org/10.1111/JOES.12488.

Cockshott, Paul, and Allin Cottrell. 1992. Towards a New Socialism. Nottingham: Bertrand Russell Press.

Cottrell, Allin, and Paul Cockshott. 2007. “Against Hayek.” MPRA Paper No. 6062.

Hayek, Friedrich August. 1945. “The Use of Knowledge in Society.” The American Economic Review 35 (4): 519–30.

———. 1952. The Sensory Order: An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology. Chicago: The University of Chicago Press.

Lange, Oskar. 1967. “The Computer and the Market.” In Socialism, Capitalism and Economic Growth: Essays Presented to M. Dobb, edited by Charles Feinstein. Cambridge: Cambridge University Press.

Lavoie, Don. 1981. “A Critique of the Standard Account of the Socialist Calculation Debate.” The Journal of Libertarian Studies V (1): 41–87.

———. 1985. Rivarly and Central Planning: The Socialist Calculation Debate Reconsidered. Cambridge: Cambridge University Press.

Mises, Ludwig von. 1935. “Economic Calculation in the Socialist Commonwealth.” In Collectivist Economic Planning, edited by Friedrich A. Hayek, 87–130. London: Routledge & Kegan Paul.

———. 2012. Socialism: An Economic and Sociological Analysis. Socialism: An Economic and Sociological Analysis. Indianapolis: Liberty Fund. https://doi.org/10.2307/2548660.

Moreno-Casas, Vicente, Victor I. Espinosa, and William H. Wang. 2022. “The Political Economy of Complexity: The Case of Cyber-Communism.” https://papers.ssrn.com/abstract=4012265.

Neurath, Otto. 1973. “Through War Economy to Economy in Kind.” In Empiricism and Sociology, 123–57. Dordrecht: Springer Netherlands. https://doi.org/10.1007/978-94-010-2525-6_5.

Samuelson, Paul A. 1948. Economics. 1st ed. New York: McGraw-Hill.

Schumpeter, Joseph A. 2006. History of Economic Analysis. New York: Routledge.

Anomalías democráticas (I)

En las sociedades democráticas sanas, Montesquieu nos enseñó que deberían regirse por un principio de separación de poderes. Así, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial deben retroalimentarse y vigilarse los unos a los otros. Los ciudadanos, a través de elecciones libres y democráticas, son los que, en última instancia, controlan los poderes. Ninguno de ellos debe sobreponerse al resto. Todos se controlan y deben rendirse cuentas entre sí, siempre con el ordenamiento jurídico por encima de todos.

Ahora bien, esto es la teoría. La práctica es que todos los gobiernos intentan sobreponerse al resto de poderes, invadiendo sus legítimas competencias. Es frecuente ver cómo los gobiernos pierden en los tribunales por intentar invadir competencias que otros gobiernos, regionales o autonómicos, así como del resto de poderes, tienen asignados. Por no hablar de las declaraciones, más o menos veladas, acusando a los otros de poderes de algún tipo de confabulación contra el pueblo, ya que el gobierno, al haber sido elegido en las urnas, cuenta con algún tipo de transustanciación que le hace inmune a cualquier tipo de ordenamiento jurídico.

Sin embargo, el propio proceso democrático ha desarrollado un nuevo actor que, en circunstancias normales, debería controlar todos los poderes, especialmente al ejecutivo. Hablamos de la prensa, entendida en sentido amplio. El cuarto poder en las sociedades democráticos debe ostentarse a través de un periodismo independiente que busque las miserias del poder y las ponga en evidencia ante la opinión pública.

De nuevo, esta sería la teoría. Los gobiernos intentan, a semejanza del ejemplo anterior, moldear la opinión pública a través de la prensa con incentivos perversos. El primero de ellos es la existencia de televisiones, radios, agencias de noticias y, en ocasiones, periódicos estatales. Resulta inadmisible que el propio gobierno controle algún tipo de medio de comunicación directamente. No es posible conseguir la cuadratura del círculo: los puestos de dirección de dichos medios dependerán del favor político del momento, por lo que pedir independencia a personas cuyos puestos dependen de los vientos políticos no es de recibo.

Pero no sólo eso. El gobierno puede intervenir, además, sobre los medios privados a través de la publicidad institucional. Que el Estado, con todas sus administraciones, se haya convertido en el mayor anunciante en nuestro país es un síntoma de baja calidad democrática. Urge realizar los cambios normativos necesarios para evitar que cualquier administración tenga la posibilidad de anunciarse en los medios de comunicación privados, ya que éstos se han convertido en los mayores sostenedores de redes clientelares periodísticas.

Bien es cierto que, evolutiva y consuetudinariamente, algunos periodistas que honran la profesión han abandonado, o están abandonando, la posibilidad de la publicidad institucional. Para ello, el propio proceso de mercado ha desarrollado algunas herramientas que permiten desgajarse del chantaje de la publicidad institucional. Entre ellas, el crowfounding o la financiación a través de donaciones privadas y voluntarias destacan por su respuesta por parte de unos consumidores de contenidos comprometidos con las ideas expresadas en dichos espacios informativos.

Pero no sólo esto. Aparte de estas dos intervenciones, los Estados han entrado de lleno en el control de la prensa a través de organismos que, entre otras funciones son los encargados de otorgar las licencias de emisión. Por ejemplo, en España se necesita una licencia por parte del gobierno para emitir en un canal de televisión o emisora de radio. Con la excusa del “interés general”, los gobiernos tienen capacidad para decidir quiénes emiten en abierto y quién se queda fuera del reparto.

Pero, lo que es más novedoso es que la tecnología ha permitido saltarse estas restricciones. La función empresarial al servicio de la libertad ha encontrado formas de emitir programas, a través de podcast, por ejemplo, que ya superan en audiencia durante varias horas a las televisiones estatales. De hecho, se podría hablar de una creciente brecha generacional en este sentido: mientras los adultos siguen consumiendo los cada vez más en entredicho canales generalistas, las nuevas generaciones viran su consumo hacia plataformas sin control estatal. De ahí que la nueva vuelta de tuerca de los gobiernos pase por el control de las comunicaciones que quedan fuera de su alcance. Para ello, el concurso de las grandes tecnológicas resulta indispensable. De ahí que el siguiente campo de batalla sea este matrimonio de conveniencia entre las tecnológicas y los gobiernos. De nuevo, volvemos al punto de partida.

Endeudarse, ¿cuánto? Una mirada a la ‘trampa de la liquidez’

La deuda pública es la acumulación de los déficits públicos. La financiación de tales déficits, excesos de gastos públicos sobre ingresos públicos, exige para pagar los gastos no cubiertos que se recurra al endeudamiento. El comprador de la deuda, sector privado, sector exterior o sector financiero, bancos y BCE, acude a la compra de la deuda en función de su atractivo y rendimiento, tipo de interés. Esto es, praxeológicamente, un intercambio voluntario. Hay quienes apelan a las condonaciones de deudas por criterios de referencia diferentes, desde “la injusticia” hasta “la confiscación” o simplemente por el deseo siempre del que deba pagar o quiera pagar algo menos. Pero si el intercambio es voluntario veo acuerdo para beneficiarse entre compradores de deuda y oferente (gobierno). No creo justo ni correcto que se tache al comprador de deuda de connivencia con la injusticia ni se pueda amparar la confiscación mediante el poder de intervención de los oferentes (gobiernos). El punto está y lo resalto en la responsabilidad de los gobiernos en la generación permanente del recurso al endeudamiento por sostener ‘sine die’ conductas deficitarias. Esa es la eventual causa de la inmoralidad por las consecuencias de esta posible y más que probable laxitud presupuestaria. No pueden los gobiernos actuar con déficit permanente y menos aún crecientes apelando a crecimientos de la fiscalidad (sobre terceros, que son también segundos, los compradores de deuda también pagan los respectivos impuestos).

Apelo al sentido común, a las buenas prácticas financieras cuando se recurre al endeudamiento, esto es al crédito. Permítanme, para visualizarlo y ponderarlo mejor, una pregunta: ¿es mucho endeudarse un año en el mismo importe de lo que se gana en ese año? Yo creo que no. En absoluto.  Una persona que gane 65.000 € y ha tomado decisión de endeudamiento de 300.00€, que lo compromete durante ciertos años, puede hacerlo, lo que no puede hacer es mantener vivo todos los años, permanentemente, el endeudamiento. “Se reventaría”. A nivel privado yo colocaría el servicio de la deuda en un 30% de los ingresos. La regla de endeudamiento público, en cambio, establecida como referencia hasta ahora, al menos, para el ámbito en la UME es del 60% del PIB. Referencia ya laxa y más cuando se contrasta con las magnitudes de endeudamiento reales, y actualmente, con fruición, desde el Ecofín, su nuevo presidente, el ministro de economía francés Bruno Le Marie, apunta hacia mayor laxitud en la regla mediante una reforma del Pacto de Estabilidad y Crecimiento1.

El PIB nominal español normal hasta 2019 (antes de la pandemia COVID 19) estaba en 1’1 billones de €, lo que producimos, nuestra renta anual. Ya en 2021 la magnitud de la deuda pública se ha situado en el 123% del PIB. Desde el año 2003 no se atisbaba inflación sorprendentemente, aunque algo apuntaba a su eventual aparición ya en septiembre de 2021 cifrada en el 3,2% poniendo nerviosos ya a muchos y, más aún, con la cifra confirmada del 6,7% al cierre de 2021. Sorprendiendo la inacción del BCE que ha seguido comprando deuda soberana2 cuando se debiera centrar en el control de la inflación y el mantenimiento del valor del €3.

Si los gobiernos se disciplinaran en sus políticas presupuestarias, como cualquier particular, ajustando el endeudamiento de forma que la amortización vía pagos se corresponda con el 30-60 % de sus ingresos anuales entonces podría justificar su endeudamiento sin que se menoscabe a esta generación y siguientes, y siempre que no aumenten la presión fiscal desincentivando.

Me parecerían así sostenibles los endeudamientos tanto públicos como los privados. Estos se han ido disciplinando notablemente reduciéndose considerablemente tras haber llegado al 170% del PIB de entre los endeudamiento público y privado. Endeudarse no es por definición malo, tampoco inmoral, si se hace correctamente, sin dilapidar los incentivos de los agentes económicos para activarse, producir, ahorrar e invertir generando crecimiento y empleo. Obligar a los agentes económicos públicos y privados a ajustarse cada año a sus respectivos ingresos es una restricción excesiva. Esto no es condición necesaria de cumplir para el sostenimiento financiero. El apalancamiento o leverage es tradición constatada y contrastada. Pero la restricción que inexorablemente debe cumplirse es que los excesos de gastos sobre ingresos (endeudamientos) de unos cuenten con los ahorros de otros, excesos de ingresos sobre gastos. Sin estos ahorros aquellos endeudamientos serían imposibles. Lo que vaya más allá de esto es fuente de inflación y desconfianza.

El dilema de la política monetaria, la política fiscal y la Macroeconomía

Las tentaciones siempre nos acompañan en “la acción humana”. La tentación de la expansión de la oferta monetaria por parte de los Bancos Centrales, creando circulación dinero fiduciario, vía “maquinita” o comprando deudas públicas (operaciones de mercado abierto) aumentando el pasivo de la autoridad monetaria, la base monetaria, y mediante la reserva fraccionaria, está muy asentada durante ya muchos años sorprendentemente. Porque tal práctica, la expansión de la oferta monetaria, generaba inflación y lo coherente era el control de la liquidez. Pero por lo visto desde ha mucho tiempo se está cómodo desde los ámbitos financieros y públicos asentados en esta patología, “la trampa de la liquidez”, detectada por los bajísimos tipos de interés, llegando “el precio del dinero” prestado por el Banco Central a los Bancos o ser negativos, ¡tipos de interés negativos! ¡qué cosas! La banca pide un crédito de 100 al BCE y al cabo devuelven 98, 2€ es ganancia, no para el prestamista, sino para el prestatario. Sin “despeinarse”, sin coste, con ganancia por su pasivo y, además, con la ganancia correspondiente al canalizarlo la banca a crédito (activo) por el que cobra interés, aunque bajito por la intervención monetaria.  

¿Cuánto tardará la aparición de inflación? ¿Por qué no ha aflorado durante tanto tiempo? Porque los tipos de interés están intervenidos vía expansión de la oferta monetaria. La demanda de dinero se ajusta con inmediatez a la oferta dineraria porque a tan bajos tipos de interés opera “la preferencia por la liquidez” de los particulares al carecer de atractivo la rentabilidad de los bonos. Este es el punto, en que son el BCE, por un lado, el que comprando deuda pública y, los gobiernos, por otro lado, acumulando déficits, endeudamiento, los que propician el sostenimiento de los bajos tipos de interés, “la preferencia por la liquidez” y “la trampa de la liquidez”. Patología añeja y rara que siempre hemos estudiado en macroeconomía y que por lo visto, se ha tornado deseada mientras la política monetaria sea infectiva para expandir la demanda agregada, por estar entrampada. ¡Qué cosas! ¡Qué dilema! ¡Algo que siempre ha sido considerado una extraña anomalía, una patología, la “trampa de la liquidez”, pues generaba la ineficacia de la política monetaria por la existencia de “la preferencia por la liquidez”, esto es: por la hipersensibilidad de los demandantes de dinero a los tipos de interés (cuando están muy bajos) resulta que se ha tornado en cauce normal para absorber endeudamientos públicos y mantener bajos los tipos de interés artificialmente ‘interviniendo’! ¡Qué cosas!, brotan muchas preguntas: ¿La teoría cuantitativa del dinero en entredicho? ¿La inflación no se atisbaba? ¿No aparece? Ya apuntamos que parece que sí, es más ya está aquí al cierre de 2021 con un 6,5% en España. ¿No inquieta tanta ‘calma’? ¿No inquieta este intervencionismo monetario? ¿no inquietan las tensiones contradictorias entre objetivos de los Bancos Centrales para dar verosimilitud y confianza al papel del sistema financiero? ¿Es la patología, la trampa de la liquidez, la que origina la ineficacia de la política monetaria? ¿O es al revés? ¿Es la política monetaria expansiva la que origina la patología y en esta se está bien mientras no se atisbara inflación? ¿Y también cuando ya la inflación está presente? No sé. Me inquieta. ¿Cómo responderá el sector real? ¿Vía sector privado, vía sector público o vía mixta? ¿La vía del sector público mediante expansión del gasto y del endeudamiento? Escaso margen hay salvo mantenimiento de connivencias con la autoridad monetaria, el BCE.  ¿Cómo responderá el consumo y el ahorro privado, la acumulación del capital, la inversión productiva? ¿Cómo responderán las exportaciones netas? Desde luego, mientras no se atisbe inflación, si el acceso al crédito es barato sería buen momento para el apalancamiento financiero del sector empresarial privado invirtiendo (FBK) en nuevos negocios o ampliando, expandiéndose los stocks de capital, y así, tanto la oferta como la demanda agregadas, con ello las ventas, la producción, el empleo, la productividad, los salarios, la competitividad y las exportaciones netas. Todo ello si no se atisbara inflación. Pero si tal expectativa quiebra, la subida de precios, de tipos de interés y de tipo de cambio afectará negativamente a las ventas internas y externas.

Ante todas estas preguntas estamos con gran inquietud el sector privado y el sector público, tanto en nuestro país como en el resto de los países. Reflejo de ello ha sido la vigencia de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, también la tensión en la Unión Europea recibiendo las críticas por parte de Trump, en su día, y así mismo las críticas al Banco Central Europeo por su política monetaria ignorando, o al margen de, la estabilidad de precios. Por último, resaltar que al presente sobrevuelan nuevas incertidumbres, además de la pandemia por el Covid 19, que afectan los niveles de confianza, mutuamente requeridos, derivadas de la tensión internacional entre USA y Rusia, con el difuso o débil papel de la UE y la OTAN, en Ucrania. Ante esto todos y cada uno de forma libre, interdependiente y sensata (racional) tienen, tenemos, que operar en la toma de decisiones. 

Conclusiones:

  • La cuestión central presentada es: ¿hay trampa de la liquidez porque los tipos de interés son bajos y la preferencia por la liquidez opera? o, en cambio ¿los tipos de interés son artificialmente bajos propiciados por tal connivencia entre la Autoridad Monetaria, BCE, responsable de las políticas monetarias expandiendo Base Monetaria comprando deudas soberanas, y los Estados irresponsables en sus políticas crónicas, fiscales y presupuestaria, con recurrente vicio adictivo al endeudamiento?
  • El verdadero peligro reside en que haya connivencia entre gobiernos intervencionistas que expanden los gastos y déficits públicos recurriendo a endeudamientos financiados por la compra del BCE de activos financieros y deudas soberanas a tipos de interés bajísimos por “trampa de liquidez”.
  • Situación patológica, estudiada por el análisis económico, convertida en crónica y hasta deseada por los Estados, ¿mientras no se atisbe inflación en el horizonte?
  • Estos bajos tipos de interés disuaden el ahorro, de ahí su peligro.
  • Ante todas estas preguntas estamos con gran inquietud el sector privado y el sector público, tanto en nuestro país como en el resto de los países. Dilemas que afectan los niveles de confianza, mutuamente requeridos.

1 Véase Mark Bassets (2022), 17.1.

2 Véase Daniel Rodríguez Asensio (2021) “Los dos errores del golpe de timón del Banco Central Europeo”. Libre Mercado. “Era cuestión de tiempo que el Banco Central Europeo moviera ficha. Lo hizo la Reserva Federal hace unas semanas y Europa no se podía quedar atrás. Porque para quienes viven del intervencionismo monetario sólo habrá una solución para los problemas sea cual sea su naturaleza: intervenir. El movimiento del BCE es claro. Ha hecho el primer cambio en la estrategia de política monetaria desde 2003 para no tener que recurrir a algo impopular y que cada vez se hace más peligroso: retirar los estímulos. Concretamente, ha cambiado su objetivo fundamental (mantener la inflación en niveles cercanos, aunque por debajo¸ del 2%), y ha establecido el objetivo del 2%, permitiendo fluctuaciones al alza o a la baja transitorias. O, dicho de otra manera, ante el más que previsible repunte en la inflación durante este año (el consenso de analistas ya está en el 3% y subiendo), el BCE se asegura la capacidad de seguir manteniendo los programas de compra de activos y la capacidad de no tener que subir los tipos de interés”.

https://www.libremercado.com/2021-07-11/daniel-rodriguez-asensio-errores-banco-central-europeo-inflacion–6799510/

3 Estos objetivos tradicionalmente asignados a los Bancos Centrales como parte fundamental del sistema crediticio ampliado (Autoridad Monetaria, Bancos y Cajas), en su papel como determinantes de la Oferta Monetaria, en la circulación de dinero, parecen que se desdibujan o se intentan conciliar con otros objetivos extraños o al menos sorprendentes que ya se anuncian, véase Pardo P. (2022) donde se resalta que de los 31 bancos centrales más importantes 18 tienen como mandato más importante la estabilidad de precios, algunos, además, deben velar por la estabilidad de la divisa, otros como la Reserva Federal (FED) y el BC de Nueva Zelanda también deben buscar el pleno empleo. Llegando a proponerse una nueva función extra: “ser woke” Esto es, favorecer la transición energética (el BCE y el Banco de Inglaterra analizan cómo apoyar la descarbonización de la economía), la lucha contra la desigualdad de ingresos, la justicia racial y de género y combatir el cambio climático (Jay Powell, Pdte de la FED y los aspirantes al Consejo de la FED Lisa Cook y Sara Bloom). Objetivos complejos y muchas veces contradictorios sumados a las funciones de regulación financiera de custodia y control de buenas prácticas bancarias.

Referencias:

https://www.facebook.com/JuanRamonRallo/videos/404703997493613/ Sobre la condonación de deuda pública.

https://economipedia.com/definiciones/trampa-de-liquidez.html Sobre trampa de la liquidez.

https://www.expansion.com/economia/2020/02/16/5e4910b1468aebae218b45d1.html Sobre endeudamiento privado.

https://economipedia.com/definiciones/trampa-de-liquidez.html Sobre trampa de la liquidez.

González Pérez J. M. (2005). Economía política, participación e interdependencia. Ed. GEU, Granada.

González Pérez J.M. (2021a), ¿Tipos de interés presos, efectivo sentenciado, confianza obligada de particulares?. Análisis diarios Instituto Juan de Mariana (IJM) 6.8.2021. https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/tipos-de-interes-presos-efectivo-sentenciado-confianza-ciega-de-los-particulares/

González Pérez J.M.(2021b), ¿Endeudarse cuánto? El dilema en la visión macroeconómica.  ¿Padecemos o provocamos la trampa de la liquidez? Artículo presentado se presentó en las XIII Jornadas de Docencia en Economía, celebrado en la Universidad de Alicante el 17 y 18 de septiembre de 2021, en tales jornadas fue presentado al Premio e-publica.

Rodríguez Asencio D. (2021) https://www.libremercado.com/2021-07-11/daniel-rodriguez-asensio-errores-banco-central-europeo-inflacion–6799510/

Ugarte E., León J. y Gilberto G.(2017) LA TRAMPA DE LIQUIDEZ, HISTORIA Y TENDENCIAS DE INVESTIGACIÓN: UN ANÁLISIS BIBLIOMÉTRICO.    

https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0301703617300329 donde presentan el siguiente anexo:  

Anexo 1. Los 12 artículos más citados sobre la trampa de liquidez

Autor(es)TítuloAñoCitas
Krugman, P.R.It’s baaack: Japan’s Slump and The Return of the Liquidity Trap.1998354
Christiano, L., Eichenbaum, M. & Rebelo, S.When is The Government spending Multiplier Large?2011208
Gertler, M. & Karadi, P.A Model of Unconventional Monetary Policy.2011205
Benhabib, J., Schmitt-Grohé, S. & Uribe, M.The Perils of Taylor Rules.2001168
Eggertsson, G.B. & Krugman, P.Debt, deleveraging, and The Liquidity Trap: A Fisher-Minsky-Koo Approach.2012138
Woodford, M.Simple Analytics of The Government Expenditure Multiplier.2011134
Svensson, L.E.O.Escaping from A Liquidity Trap and Deflation: The Foolproof Way and Others.2003109
Benhabib J., Schmitt-Grohé S. & Uribe M.Avoiding Liquidity Traps.200294
Hamilton, J.D. & Wu, J.C.The Effectiveness of Alternative Monetary Policy Tools in a Zero Lower Bound Environment.201274
Adam, K. & Billi, R.M.Optimal Monetary Policy under Commitment with A Zero Bound on Nominal Interest Rates.200668
Orphanides, A. & Wieland, V.Efficient Monetary Policy Design near Price Stability.200065
Cúrdia, V. & Woodford, M.The Central-bank Balance Sheet As An Instrument of Monetary Policy.201157

Fuente: elaboración propia con información de Scopus (fecha de actualización: 19 de octubre de 2016).

Imposible salir de Matrix

A muchos de los que tienen dudas sobre la eficacia de las llamadas vacunas Covid les ha sorprendido la forma en la que la mayoría de sus conocidos ha acogido la intervención del profesor Laporte en el Congreso, básicamente por el desprecio que han manifestado -hacia él y su intervención-, aun cuando muchos de ellos ni siquiera se han dignado escucharla por entero (“otro loco antivacunas”, “menuda colección de bulos”, “no dice más que barbaridades”). Y todo ello a pesar de que, al menos sobre el papel, la formación del ponente es infinitamente superior, en el tema objeto de la intervención, a la de la mayoría de los médicos de este país (centrados en otras especialidades), y, no digamos, a la de los periodistas y resto de gentes del común. En contra de lo que unos y otros creen, ni los de enfrente son simples locos -vacunólatras o antivacunas, me da igual­­-, ni por muy “listos que sean para otras cosas” va a ser tan fácil convencerles con una exposición de media hora. Y ello porque, como hemos comentado en otras ocasiones, el cerebro tiene una forma muy particular de funcionar, siendo muchos los condicionantes que intervienen o determinan las conclusiones aparentemente racionales de nuestro diario discurrir.

En efecto, el funcionamiento de la mente no es tan lineal y “sencillo” como, hasta décadas recientes, la generalidad de los filósofos y pensadores habían creído. Tal y como explica, entre otros, Daniel Kahneman, la vida mental se puede explicar a través de una metáfora de dos agentes, apodados Sistema 1 y Sistema 2, que producen respectivamente pensamiento rápido-intuitivo y pensamiento lento-deliberado. Así, el intuitivo Sistema 1 es más influyente de lo que nuestra experiencia nos dice, y es el secreto autor de muchas elecciones y juicios que hacemos. Naturalmente, el sistema 2 tiene la oportunidad de rechazar esta respuesta intuitiva, o de modificarla incorporando otra información, pero tiene una pega, y es que es un sistema -el 2- muy perezoso, que renuncia a invertir más esfuerzo del estrictamente necesario y que prefiere seguir la senda del mínimo esfuerzo y tiende a aprobar respuestas heurísticas sin pararse a considerar si son o no en verdad apropiadas. En consecuencia, los pensamientos y las acciones que el Sistema 2 cree que ha elegido son a menudo guiados por la figura central de la historia, que es el Sistema 1. Así, aunque no seamos conscientes de ello, la mente es una complicadísima serie de procesos paralelos, siendo la mente una suerte de ecosistema, una “red asociativa fabulosamente compleja de activaciones, patrones, reacciones y sensaciones que se comunican con, y responden a, distintas partes del cerebro, a la vez que compiten por un poco de control sobre el organismo”, tal y como señala Brooks. De hecho, es cierto que hay tareas vitales que sólo el sistema 2 puede realizar, y que requieren esfuerzo y actos de autocontrol en los que las intuiciones y los impulsos del Sistema 1 sean dominados, pero también es verdad que cuando adquirimos habilidad para esas tareas inicialmente tan costosas -generalmente a través de la repetición- la demanda de energía disminuye.

Por eso es tan difícil convencer a la gente, estén en uno u otro bando: la realidad la percibimos a través de un conjunto más o menos estructurado de conceptos, es decir, de simplificaciones esquemáticas de la realidad que aceptamos como verdaderas y que ayudan en el proceso de pensar, simplificando la realidad y facilitando la toma de decisiones por ambos sistemas -sobre todo por el 1- con el menor consumo posible de energía. Y junto con esos conceptos, tenemos atrincherados en nuestra mente infinidad de prejuicios (en el sentido estricto de “juicios previos”) la mayor parte de las veces inconscientes, sobre la realidad a la que nos enfrentamos a diario. ¿Qué ocurre cuando a nuestro cerebro llega información radicalmente contradictoria con el esquema mental que tenemos? Que el cerebro tiende, naturalmente, a rechazarla, buscando la explicación más sencilla: lo que nos cuentan es mentira, el de enfrente es un loco, o lo que dice es una soberana estupidez. Y es que, si ya de por sí pensar utilizando el Sistema 2 es muy costoso y nada placentero (las tareas que requieren esfuerzo no suelen serlo), si esa utilización exige, además, demoler, en todo o en parte, la estructura mental ya instalada (y construir otra que la sustituya), el esfuerzo requerido es todavía mayor, además del vértigo que implica no sólo renunciar a las herramientas con las que, hasta la fecha, nos hemos enfrentado a la realidad sino también aceptar -ay, el orgullo- que hasta entonces habíamos estado equivocados o, peor, que nos habían engañado.

Tendemos a trabajar con sistemas mentales cerrados, que dan por hecho una realidad lineal e inalterable; en muchas ocasiones, y mientras las circunstancias no cambian de manera radical, es la forma más eficiente de operar. Pero la realidad a la que nos enfrentamos es infinitamente más compleja, abierta, dinámica y con miles de millones de variables que, además, se retroalimentan, condicionándose unas a otras. Por eso es tan difícil aprehenderla, y se requiere muchísimo tiempo (hoy queremos todo para ayer), colaboración a través del debate abierto y un brutal derroche de energía para tener el mayor tiempo posible activado el sistema 2 (energía de la que no disponemos: la poca que tenemos la dedicamos a otros menesteres)… Eso, y una apertura de miras y capacidad de admiración -humildad, al fin y al cabo- que también hemos perdido desde que nos empezamos a creer dioses.