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El lenguaje económico (XI): El comercio

El comercio tiene luces y sombras. Desde una óptica praxeológica, se trata de una actividad útil pues, axiomáticamente, beneficia a todos cuantos participan en los intercambios. El comercio es ético, pues se trata de una actividad libre, pacífica y consentida; sin embargo, los comerciantes no son seres angelicales y a menudo son vistos con suspicacia. El fraude comercial y su corolario, el enriquecimiento ilícito, han sido causantes de la condena moral del comercio. Recordemos el pasaje bíblico: «Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas» (Mateo, 21: 12). Según Antonio Escohotado (2015) este episodio constituyó un ataque injusto, pues tanto el cambio de moneda como la venta de animales tenía por finalidad la ofrenda de sacrificios a Yahvé. De igual modo, hoy veríamos injusto el destrozo de las tiendas que hay dentro de las iglesias donde se venden libros y souvenirs. La condena generalizada al comercio no solo está injustificada, sino que supone un freno al desarrollo económico. Esta secular animadversión al comercio es el origen de múltiples expresiones que hoy analizaremos.

El dogma Montaigne

Posiblemente, el error más funesto y persistente contra el comercio proviene del filósofo y humanista francés Michel de Montaigne (1533-1588), cuyo ensayo Nº 21 se titula: «El beneficio de unos es perjuicio de otros». Es muy extendida la creencia de que la riqueza es una cantidad fija, por tanto, alguien solo puede ser rico a expensas de los pobres. La estadística es utilizada para abundar en este error de «suma cero», por ejemplo, se afirma que el «1% de los ricos del mundo acumula el 82% de la riqueza global», pero nunca se dice que ese 1% enriquece al 99% restante mediante inversiones que aumentan la productividad del trabajo y los salarios reales. Los igualitaristas parecen ignorar que en un mercado no interferido el aumento de la riqueza de unos pocos se produce necesariamente aumentando la riqueza de las masas.

Comercio justo 

Todas las iniciativas denominadas comercio «justo» reconocen implícitamente que el libre comercio no lo es, por ejemplo, frecuentemente se dice que existe una inequidad de ingresos entre productores y comercializadores. Supuestamente estos últimos obtienen beneficios «excesivos» a expensas de los primeros. En esta nueva versión de la teoría de la explotación es el comerciante el que abusa del agricultor o ganadero. Pero si la utilidad es subjetiva, ¿cómo saber si un intercambio es o no equitativo? ¿Y quien será el juez de tan espinosa cuestión? Los promotores del comercio justo apelan a la justicia global, los derechos humanos o el medioambiente para alcanzar sus objetivos igualitaristas, pero el comercio afortunadamente es inmune a prejuicios y pseudoderechos. Los defensores del comercio justo, en lugar de demonizar al comerciante, podrían pedir a los gobiernos la eliminación de aranceles a la importación de productos.

El problema del comercio justo es que sus promotores desean eliminar o acotar el ánimo de lucro, sin darse cuenta de la importante función social que desempeña. En un mercado no interferido quien más se lucra es aquél que ha sido capaz de servir más cumplidamente las necesidades de los consumidores. La riqueza se obtiene enriqueciendo a los demás. No hay conflicto de intereses entre compradores y vendedores. 

El salario «digno»

La relación laboral es un intercambio económico. El empresario compra el trabajo que el empleado vende. La formación del salario, como precio del trabajo, obedece a las mismas leyes económicas que cuando se compran materias primas, maquinaria o bienes de consumo. Los salarios no se forman atendiendo a la dignidad del empleado ni a sus necesidades personales o familiares, sino a su productividad. Frecuentemente se apela a la «dignidad» para exigir una remuneración superior a la que el libre mercado concede a cada trabajador. Salario «digno», condiciones laborales «dignas», vivienda «digna», etc. son consignas que se utilizan para alcanzar unas condiciones económicas y laborales distintas de las que una persona obtiene con su propio trabajo. En lugar de exigir «dignidad, quién desee mejorar su salario deberá trabajar más horas, cambiar de ocupación o de lugar de residencia, mejorar su cualificación, etc. Pero mientras no lo consiga, deberá admitir que su actual empleador es la persona que más lo valora. 

Beneficio comercial «excesivo»

Otras veces se afirma que el beneficio (nunca las pérdidas) comercial es «excesivo» o que la ganancia debería ser «razonable». Por ejemplo, la usura es un caso particular donde se considera que el precio del préstamo —el interés— es excesivo. ¿Pero cómo saber si un precio es razonable o excesivo? Puesto que el valor es subjetivo, el único juez capaz de dirimir esta cuestión es el cliente. Si éste considera que el precio es «excesivo» no habrá intercambio, pero si lo hubiera, asumimos que el comprador lo da por bueno, por elevado que sea éste. Por otro lado, considerar «excesivo» el beneficio comercial no deja de ser una suposición, pues solo el empresario conoce en detalle los costes soportados. Que el beneficio comercial sea elevado no es malo ni censurable, todo lo contrario, es la mejor prueba de que el empresario satisface a sus clientes de un modo superior a sus competidores. Para rizar el rizo, también se critica al comerciante por vender «demasiado» barato, es decir, la denominada «venta a pérdida» o dumping. Haga lo que haga, el comerciante está condenado. Si el precio es muy alto, es avaricioso; si el precio es similar al resto es que hay colusión de precios (cártel) y si el precio es muy bajo, es que hace dumping.

Comercio exterior y balanza de pagos

La distinción entre comercio interior o exterior es únicamente producto de la existencia de Estados, cuyas legislaciones restringen la movilidad transfronteriza de las mercancías y de los factores de producción. «La verdad es que los individuos, al actuar, al proceder ya sea como productores o como consumidores, como vendedores o como compradores, jamás diferencian el mercado interior del exterior» (Mises, 2011: 392). Los errores del mercantilismo siguen instalados en la mente de muchos, por ejemplo, creyendo que que es mejor exportar que importar. La balanza de pagos es un mito porque todo incremento o decremento de los saldos en efectivo siempre es favorable para quienes realizan intercambios comerciales. Exportación e importación son cara y cruz de una misma moneda y ambas tienden a igualarse. Por ejemplo, los euros que salen de España al comprar vehículos Audi o BMW vuelven con los turistas alemanes. Las metáforas de corte nacionalista —soberanía alimentaria o energética— o incluso las campañas de «consumo local» y «kilómetro cero» reproducen el mismo error: creer que la autarquía rinde mejores frutos que el libre comercio.

Bibliografía

Escohotado, A. (2015). Los enemigos del comercio (I). Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=sgl9ZvTjiGE

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Montaigne, M. (1580). Ensayos. Edición digital basada en la de Paris, Casa Editorial Garnier Hermanos, [s.a.]. http://www.cervantesvirtual.com

Serie ‘El lenguaje económico’

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

El final de la esclavitud. La irrupción de una nueva moralidad y la importancia del libre mercado

En ocasiones somos testigos en el mundo occidental, del derrocamiento de estatuas como la de Ulysses Grant o Thomas Jefferson por parte de quienes los consideran hombres responsables de fenómenos como la colonización o la esclavitud; es el símbolo de la rebelión contra la cultura occidental.

Es verdad que la historia se ha desarrollado de manera que el nacimiento del capitalismo y la democracia liberal se han entrelazado inextricablemente con la conquista del mundo por el hombre blanco, lo que llevaba consigo la explotación inhumana y despiadada de esclavos deportados de África a las plantaciones del Nuevo Mundo.

Pero si observamos la historia desde una perspectiva más amplia que incluya los tiempos anteriores al siglo XVI, cuando Europa empezó la colonización del mundo, se puede concluir que la historia de la humanidad siempre ha estado entrelazada con la violencia, independientemente del color de piel, el sistema económico o la religión. Los grupos de cazadores-recolectores lucharon entre ellos sin piedad por el control de un pedazo de tierra. Según los estudios, por lo menos una quinta parte de los hombres de estos grupos moría como consecuencia de la violencia y de la lucha con miembros de otro grupo. La esclavitud y la servidumbre ha acompañado al hombre desde tiempos pretéritos, desde las primeras civilizaciones en la antigua Sumeria. 

La esclavitud y otras variadas formas de servidumbre nacieron cuando el resultado del trabajo de un hombre rendía más que el valor del producto necesario para sobrevivir. Adquirir con fuerza la parte del producto del trabajo de los demás permitía vivir una vida más prospera a las elites guerreras, que se convirtieron en los dueños del trabajador a través de la esclavitud. Fue entonces, aproximadamente hace 6.000 años, cuando surgió la elite guerrera y aristócrata, que redujo a los productores de su propia sociedad y a otros pueblos extranjeros a diversas formas de servidumbre mediante el uso de la violencia física. Para esta elite, la única forma de vida digna era luchar y ser despiadado, puesto que se consideraba el trabajo como algo indigno. Por el contrario, a los esclavos les queda el trabajo duro y una vida miserable inimaginable para nosotros. La elite teocrático-sacerdotal se unió a la elite militar y dio legitimidad a un sistema que había nacido del deseo de dominar a los demás y del ejercicio de la violencia física.

Por supuesto, la sociedad antigua basada en el poder militar, era un juego de suma cero, en el que uno solo podía enriquecerse a costa de los demás. No es un milagro que en la Biblia y en algunos autores clásicos quede claro que la relación entre pobres y ricos está basada en que la riqueza de las elites corre a cargo de la pobreza de los trabajadores.

A lo largo de miles de años, el mundo funcionaba según la misma lógica: nacían y morían imperios, pero la distancia entre las elites libres y las capas trabajadoras permanecía inalterada; las fuerzas militares, que trazaban los imperios, solo podían aumentar su poder y riqueza mediante el control y la explotación de más pueblos extranjeros. 

Por tanto, no es nada especial lo que ocurrió entre los siglos XV y XVIII. Las élites de las potencias europeas emergentes utilizaron su creciente poder militar para aumentar su riqueza personal y sus recursos mediante la colonización, sometiendo a la esclavitud a los pueblos conquistados con cruel violencia. Para solucionar el acuciante problema de escasez de obra de mano en las colonias, se importaron esclavos desde África. La historia se repite. El más fuerte explota al débil robándole los frutos de su trabajo y tratándolo como una herramienta útil, obligándolo a trabajar como esclavo para producir riqueza para las elites.

Lo que es prácticamente una paradoja y una novedad en la historia del mundo es que Occidente aboliera la esclavitud y la servidumbre como consecuencia de su propia evolución interna durante del siglos XVII y XVIII, no solo en las zonas que estaban bajo su dominio, sino también en otras partes del mundo, obligando a otras civilizaciones que usaban esclavos, a liberarlos haciendo todo lo posible por poner fin a esta explotación inhumana, que se basaba en la consideración del hombre como una mera herramienta.

¿Por qué se produjo este cambio realmente revolucionario en Occidente, que abolió la esclavitud y la servidumbre cambiando el rumbo del mundo?

Básicamente, se debe a la interacción de muchos factores, entre los que destacan la imagen cristiana del ser humano y la expansión de la economía de libre mercado y la burguesía con valores pacíficos e igualatorios, frente a los valores jerárquicos de las elites militares y los oligarcas aristocráticos.

Los frailes dominicos españoles fueron los primeros en protestar contra el trato cruel de los indígenas en América. Conducido por la visión del hombre cristiano se asustaron ante la crueldad de sus compatriotas y defendieron que, según la imagen bíblica del hombre, no se puede tratar a otro ser humano como a un animal. Fray Bartolomé de Las Casas en su obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias, denunció las atrocidades de los conquistadores españoles. La obra tuvo un gran impacto: Carlos V promulgó las primeras leyes que limitaban la crueldad al trato de los indios y escritores europeos como Montaigne, Ronsard y Voltaire, formaron opinión pública gracias a su influencia.

En el mundo anglosajón, las iglesias protestantes inconformistas, incluidos los cuáqueros y los metodistas, jugaron un papel particularmente importante en el siglo XVIII al condenar la esclavitud; poco a poco, reconfiguraron el pensamiento en los países protestantes y formaron una opinión pública contraria a la esclavitud. Gracias a las acciones de estas órdenes, las iglesias cristianas y el propio clero, la trata cruel de los esclavos y más tarde la esclavitud misma en el Occidente, se volvió moralmente inaceptable.  

Este giro en la percepción inmoral de la esclavitud gracias a la imagen cristiana se vio reforzado con la difusión del libre comercio y por la creciente aceptación de los valores burgueses; quizás no sea casualidad que el propio fray Bartolomé procediera de una familia de comerciantes.

Francois Guizot, a mediados del siglo XIX, descubrió que la peculiaridad más importante en el desarrollo de occidente, fue que en la Edad Media las ciudades pudieron mantener sus libertades internas y por tanto, los habitantes de las urbes eran independes y libres, lo que suponía un contrapeso y una alternativa al mundo de las elites militares y aristócratas cuyo poder se basaba en la relación de vasallaje y servidumbre. Las ciudades conservaron el espíritu de libertad greco-romano y el concepto de libertad personal. El aire liberador de la ciudad no solo era un dicho sino una realidad: los que huían de la servidumbre podían encontrar refugio en las ciudades. El crecimiento del comercio y la industria y, con esto, la importancia de las ciudades y la burguesía, hizo universal el principio de libertad civil en occidente. Este principio de libertad unido al cambio en la percepción moral de la esclavitud que promulgó el hombre cristiano obligó a abolir todas las formas de servidumbre y la esclavitud.

El concepto de libertad personal que incluye también a los esclavos como derecho básico del hombre, fue declarado por primera vez en 1760 por George Wallace, un abogado escocés en cuyo libro sobre los principios de la ley escocesa afirmaba que el hombre no puede ser una mercancía comercial. Wallace sostenía que un esclavo tiene derecho a declararse hombre libre a sí mismo ya que ningún ser humano puede perder su libertad. Si un esclavo entra en suelo escocés, tiene derecho a la libertad. La posición de Wallace influyó en la formación de la posición antiesclavista y el artículo de la Enciclopedia francesa sobre la esclavitud.

El mismo principio también fue consagrado en la ley inglesa en 1765, cuando fue aceptado que, si un esclavo entra en la tierra de Inglaterra, se convierte inmediatamente en una persona libre. Este principio se puso en práctica mediante una decisión judicial de 1772 que concedía a un esclavo la libertad contra su antiguo señor.

La idea de libertad apareció por primera vez como un derecho general en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776, cuyo texto no solo influyó en la evolución de los Estados Unidos, sino que también inspiró la Declaración de Derechos Humanos y Civiles, el primer y quizás más significativo documento de la Revolución Francesa. Aunque ninguna de las declaraciones proclamó la abolición inmediata de la esclavitud, estas ideas proporcionaron una base moral en los años siguientes para que los estados occidentales la suprimieran definitivamente.

Los pensadores de la Ilustración escocesa, especialmente el eminente Adam Smith, se pronunciaron contra la esclavitud y la colonización, y abogaron por un nuevo mundo basado en el libre comercio y en la gente libre. En el caso de Smith no solo fue importante su posición moral, sino también su descubrimiento de que la clave de la riqueza de las naciones está en la energía creativa del hombre libre que encuentra soluciones cada vez más eficientes en el curso de su trabajo, produciendo así un volumen cada vez mayor de productos gracias a lo que la gran mayoría de la sociedad no tendría que vivir en la miseria como en tiempos anteriores. Smith argumentó que la conquista y protección de las colonias solo aporta dinero a quienes está en el poder, a la elite militar, a los funcionarios coloniales y a una clase reducida de empresarios colocados en una posición monopolística por el estado.

En la misma época, el auge del libre mercado había cambiado las sociedades occidentales especialmente, en Inglaterra. En el mercado tienen éxito aquellos que poseen la energía suficiente y ponen en marcha ideas innovadoras, incluso a pesar de sus condiciones humildes. La clave del éxito en el mercado es que el producto coincida con los deseos de los compradores y así será apto para satisfacer las necesidades de los consumidores. El juego de suma cero se ha transformado en el juego ganar ganar: los productores obtienen dinero si producen cosas que capten la atención de los consumidores, mientras que los consumidores podrán satisfacer sus necesidades.  

Así, fue el libre mercado el motivo que desató la capacidad creativa del hombre hasta entonces sofocada por la esclavitud o la servidumbre feudal. La expansión de la libertad y la economía de libre mercado elevó la importancia de los recursos humanos personales como la destreza del trabajo, los conocimientos, la capacidad de pensar e innovar y convirtió el trabajo en una actividad humana digna. La esclavitud y la servidumbre como factores de producción se tornaron antiguas costumbres bárbaras e ineficientes. 

La legitimización de la libertad y el principio de orgullo nacional basado en la libertad individual eran incompatibles con la existencia de la esclavitud en las colonias. A medida que crecía el círculo de quienes eran libres y apreciaban sus libertades, también crecían las voces de aquellos que temían el poder de la elite rica; en particular, los partidos republicanos radicales vislumbraban un orden democrático basado en ciudadanos libres y autónomos. 

El mismo tiempo, la expansión de la idea de libertad estaba acompañada de un fortalecimiento de la idea de afectividad y solidaridad humanitaria contraria a la aceptación gratuita de la violencia y la crueldad. La tortura judicial fue abolida en Inglaterra en 1640, y la Declaración de Derechos de 1689 terminó con la tortura como castigo. La legislación continental fue especialmente influenciada por Cesare Beccaria que, en su libro De los delitos y las penas, publicado en 1765, argumentaba contra el castigo cruel. Los gobernantes absolutistas ilustrados también cayeron bajo el influjo de un nuevo estado de ánimo público, y se promulgaron leyes para restringir los procedimientos crueles.

A finales del siglo XVIII, la prensa local, los folletos políticos y los documentos de debate, las disertaciones, los libros, las novelas y poemas sentimentales y humanistas se volvieron cada vez más importantes en la formación de la opinión pública y argumentaban contra la esclavitud.  En particular, la prensa de las emergentes ciudades industriales inglesas, como Manchester, Leeds, Leicester y Birmingham se manifestaron fuertemente contra la esclavitud. 

La protesta contra la esclavitud fue también uno de los primeros temas donde surgió el argumento por la igualdad de las mujeres. Catherine Macaulay, Mary Wollstonecraft, Hannah More y Harriet Martineau hablaron en contra de la esclavitud y hablaban de relaciones más igualitarias entre hombres y mujeres.

Gracias a esta diversidad de pensamientos con múltiples velos que confluyen en una misma idea, la de erradicar la trata de esclavos y abolir la esclavitud, nace entre 1770 y 1780, el primer y real movimiento de masas en el Occidente burgués.  En Inglaterra, este movimiento de masas creció a pesar de que, en el proceso de colonización inglesa intervinieron un número significativo de comerciantes, fabricantes y trabajadores de las ciudades portuarias e industriales que ganaron una suma considerable con la esclavitud. Sin embargo, el movimiento de masas que defendía una nueva moralidad finalmente prevaleció, e incluso políticos prominentes como Edmund Burke se opusieron a la esclavitud. 

En Estados Unidos, la postura contra la esclavitud fue dominante en los estados del norte. Vermont prohibió la esclavitud por primera vez en 1777 y luego, Pensilvania decidió en 1780 que un niño nacido esclavo sería liberado al llegar a la edad adulta. Como sabemos, se necesitó una sangrienta guerra civil en Estados Unidos para romper la resistencia de los estados esclavistas de las plantaciones.

El hecho de que la esclavitud sea reconocida en la actualidad como una acción bárbara y moralmente deplorable, es la consecuencia de la transformación cívica del pensamiento en el Occidente entre los siglos XVI y XVIII. 

Parece una paradoja del ser humano que, mientras que en América e Inglaterra se derriban estatuas consideradas símbolos de la opresión occidental, en lugares como Alemania se erija un monumento a Lenin, el feroz enemigo del modelo occidental. Quienes quieren destruir las estatuas del pasado con la promesa de una utopía de igualdad aún mayor, podrían llevarnos de nuevo,  a un mundo de esclavitud.

Los Estados nación y la homogeneización

Uno de los desarrollos tecnológicos durante la Revolución Industrial fue el de la estandarización de muchos herramientas y partes componentes de maquinaria. Se buscó, dentro de cada clase de bienes (por ejemplo, los tornillos), eliminar el carácter individual de modo que se ajustaran a un patrón uniforme en el que cada uno de ellos resultara completamente intercambiable con otro y fuera, así, más fácilmente manipulable. Durante el proceso de ascenso de los Estados-nación, éstos también aplicarán esta idea de homogeneización e intentarán hacer que sus “tornillos” y “partes componentes” sean uniformes e intercambiables.

Según Malcolm Anderson, el objetivo de los Estados fue el de crear una identidad nacional homogénea englobada por sus fronteras (1). Como explica Charles Tilly, desde la perspectiva del gobernante, una población lingüística, religiosa e ideológicamente homogénea tenía muchas ventajas: era más probable que se identificara con sus autoridades, las comunicaciones podían efectuarse con mayor eficiencia y una innovación administrativa que funcionaba en un determinado sector tenía posibilidades de funcionar también en otros. Había, además, mayores probabilidades de que la gente que percibía un origen común se uniera contra el peligro exterior. España, Francia y otros grandes Estados homogeneizaron repetidamente a la población, ofreciendo a las minorías religiosas la elección entre conversión y expulsión, como sucedió, por ejemplo, en España en 1492 con los judíos y musulmanes (2).

El objetivo de la homogeneidad fue uno de los principales esfuerzos de las monarquías absolutistas. Benedict Anderson destaca que: “El impulso interior del absolutismo era la creación de un aparato de poder unificado, controlado directamente por el gobernante – y leal a él – contra una nobleza feudal particularista y descentralizada” (3).

Por ejemplo, en Francia, durante los reinados de Luis XIII (1601-1643) y Luis XIV, las políticas de Mazarino (1602-1661) y de Richelieu estuvieron encaminadas a sustituir a la nobleza de sangre por la nobleza de oficio, promoviendo a plebeyos a costa de los aristócratas. Bertrand de Jouvenel explica los resultados que se esperaban obtener con estas políticas: “El progreso del absolutismo, que somete la diversidad de las costumbres a la uniformidad de las leyes, que combate los sentimientos locales para ganarse la fidelidad al Estado, que apaga todos los fuegos de la vida para encender uno solo, y que finalmente sustituye el ascendente personal de los notables por el gobierno mecánico de una administración, es por naturaleza destructor de las tradiciones en que se basa el orgullo de las aristocracias y del patronato que le da su fuerza. Son ellas, las aristocracias, las únicas que pueden ofrecer resistencia” (4).

Se intentaba eliminar los rasgos específicos e identificadores de la aristocracia y reducirlos a la condición uniforme de servicio al Estado, porque la aristocracia era un contrapoder. Jouvenel define un contrapoder como un poder social con un interés parcial constituido. Ejemplos de contrapoderes serían la nobleza, el clero, las asambleas de los estados en las provincias francesas, las corporaciones, etc. La monarquía, por tradición, se inclinaba a aplastar esos focos sociales, especialmente a aquellos que se mostraran como los más vigorosos. Ello demuestra que, ya durante el Antiguo Régimen: “Estaba en marcha el genio autoritario y centralizador que triunfaría con la Revolución” (5).

Alexis de Tocqueville estudió el proceso centralizador del absolutismo previo a la Revolución Francesa. En su opinión, la centralización es un producto del Antiguo Régimen, el único elemento de su organización política que sobrevivió a la Revolución porque se acomodaba perfectamente al Estado social creado por ella (6). Según Tocqueville, bajo el Antiguo Régimen: “No había ciudad, burgo, villorrio ni aldea en Francia, hospital, fábrica, convento ni colegio, que pudiera hacer su voluntad en sus asuntos particulares, ni administrar sus propios bienes a gusto […] La administración tenía, pues, a todos los franceses bajo tutela” (7).

En el Antiguo Régimen ya se realiza el proceso por el que existe un cuerpo único, colocado en el centro del reino, que reglamenta la administración pública en todo el país; el ministro dirige por sí mismo casi todos los asuntos interiores; en cada provincia hay un agente único que se encarga de los pormenores; no existen cuerpos secundarios u órganos que puedan actuar sin que previamente se les autorice a moverse; tribunales excepcionales juzgan los asuntos en que está interesada la administración y amparan a todos sus agentes. Este tipo de instituciones, desarrolladas en Francia, fueron después imitadas en todas partes.

Según Tocqueville, esta fue una obra de paciencia. En la época de la Revolución aún no se había destruido el viejo edificio, lo que se había hecho era construir otro bajo sus cimientos. Nada indica que para llevar a cabo este difícil trabajo el gobierno del Antiguo Régimen siguiera un plan profundamente meditado de antemano; únicamente se había guiado por el instinto que lleva a todo gobierno a dirigir por sí solo todos los asuntos (8).

Por medio de la centralización, el Antiguo Régimen había contribuido a acabar con la vida particular de las provincias y a eliminar las diferencias particulares entre todos los franceses. A medida que avanza el siglo XVIII se ve aumentar el número de edictos, declaraciones del rey y resoluciones del consejo que aplican las mismas normas, de la misma manera y en todas las partes del imperio. No sólo los gobernantes sino también los gobernados conciben la idea de una legislación general y uniforme, igual en todas partes y la misma para todos. Dos siglos antes no hubiera sido posible tal idea (9).

Poco a poco, la educación, proveniente del único foco de París “acababa dando a todos los espíritus una misma forma y un mismo ritmo” (10). Todos los hombres situados por encima del pueblo (nobleza y burguesía) tenían las mismas ideas, los mismos hábitos, los mismos gustos, se entregaban a los mismos placeres, leían los mismos libros, hablaban el mismo lenguaje. Ya sólo se diferenciaban entre sí por los derechos. Pero, a pesar de esa similitud, estaban más aislados y desconectados unos de otros de lo que habían estado nunca (11).

Según Tocqueville: “Fue el deseo de impedir que la nación a la que se le pedía su dinero reclamase su libertad, lo que impulsó al gobierno a procurar que las clases se mantuvieran apartadas unas de otras, a fin de que no pudieran acercarse y confluir en una resistencia común, y así el gobierno no tuviera que enfrentarse a la vez más que con un pequeño número de hombres” (12).

Del gobierno monárquico salieron y se introdujeron en el espíritu del pueblo muchas de las ideas que, después, se han llamado revolucionarias. Por ejemplo, Luis XIV había enseñado públicamente en sus edictos la teoría de que todas las tierras del reino habían sido concedidas originariamente bajo condición por el Estado, que era el verdadero propietario. Esta importante idea, madre del socialismo moderno, se desarrolló en el despotismo real (13).

Así pues, el ideal homogeneizador ya estaba presente en el absolutismo. Norman Hampson afirma que: “El ritmo de aplicación y la capacidad de supervivencia de las reformas implican que el terreno se hallaba ya bien preparado antes de que la Asamblea se reuniera” (14).

Tras la Revolución Francesa el impulso centralizador y homogeneizador se acelera. Según Odilon Barrot: “La monarquía francesa […] había empleado siglos en disolver todas las fuerzas resistentes de la sociedad […] Había dejado, sin embargo, subsistir aún algunos restos de las instituciones de la Edad Media. Pues bien, la Asamblea constituyente hizo tabla rasa de estos últimos obstáculos: independencia del clero, tradición de la nobleza, cuerpos sociales urbanos, estados provinciales, corporaciones, parlamentos, oficios hereditarios, todo desapareció un día, no para ser reformado en un sentido de libertad, sino para enriquecer con sus despojos y acrecentar aún más el poder central” (15).

Y Royer-Collard decía: “Es cierto que estas instituciones, estas magistraturas, no compartían la soberanía; pero por todas partes le oponían unos límites que el honor defendía con obstinación. Ninguna ha sobrevivido, y ninguna otra ha surgido en su lugar. La Revolución no ha dejado en pie más que a los individuos […] De la sociedad pulverizada ha salido la centralización” (16).

Los mapas fueron utilizados en este proceso de pulverización de la sociedad. Las prácticas cartográficas tenían como objetivo mostrar un espacio uniforme en línea con la administración uniforme de la ley. Los nuevos mapas nacionales reprimieron las diferencias regionales para despersonalizar el antiguo orden jerárquicamente ordenado. La utilización de los mapas para la creación de un orden uniforme, iniciado en el absolutismo, continuó en los regímenes republicanos. En la Asamblea Constituyente, Francia fue dividida en ochenta y tres departamentos, cada uno de ellos con un área territorial aproximadamente igual, adecuada para constituir una unidad administrativa. Las antiguas provincias fueron abolidas (17). Esta reorganización se mantuvo en lo esencial hasta nuestros días (18).

Los Estados utilizaron los mapas como ayuda porque creyeron necesario producir culturas nacionales homogéneas, no sólo para legitimar sus características nacionales “esenciales” sino también para movilizar a sus poblaciones para el trabajo y el servicio militar. En esta tarea se utilizó también, entre otros instrumentos, el desarrollo de programas artísticos nacionales, como las iniciativas de teatro nacional en Inglaterra y Francia (19). El nuevo ideal del siglo XIX sería el Estado étnicamente uniforme. Un Estado étnicamente uniforme se encuentra en mayor armonía con la militarización y el desarrollo de instituciones parlamentarias que los Estados mixtos. El multilingüismo crea enormes dificultades, tanto en un parlamento como en un ejército. De ahí la hostilidad de la Revolución Francesa hacia el uso de lenguas no francesas en la República (20).

Según Benedict Anderson, la unificación significaba el intercambio de hombres y documentos para facilitar la administración de los asuntos. Para ello, se procedió al reclutamiento de homines novi que no tenían un poder propio independiente y que podían servir como emanaciones de los deseos de sus amos. La posibilidad del intercambio documental se veía alentada por el desarrollo de una lengua oficial de Estado. Cualquier lengua escrita, en principio, podía desempeñar esa función siempre que le otorgaran derechos monopólicos (21). Por ejemplo, José II, el absolutista ilustrado de Austria-Hungría decidió a principios del decenio de 1780 cambiar la lengua de Estado del latín al alemán. Le parecía imperiosa la necesidad de una lengua unificadora que conectara todas las partes de su imperio. Este tipo medidas, al menos hasta el siglo XIX, no estaban dictadas por el nacionalismo, sino por una intención pragmática de unificación y universalización (22).

A mediados del siglo XIX todos los dinastas estaban utilizando alguna lengua vernácula como lengua de Estado y, en virtud del prestigio creciente de la idea nacional en Europa, las monarquías tendieron a virar hacia una identificación nacional (23). Esta “naturalización” de las dinastías de Europa llevó a los “nacionalismos oficiales”, que pueden entenderse como un procedimiento para combinar la naturalización con la retención del poder dinástico, en particular sobre los enormes dominios políglotos acumulados desde la Edad Media o, en  palabras de Anderson: “Para estirar la piel de la nación, escasa y estrecha, sobre el cuerpo gigantesco del imperio” (24).

Así se procedió, por ejemplo, a la rusificación de la población heterogénea de los súbditos del zar. Hay una diferencia, pues, entre la homogeneización lingüística entre antes y después del siglo XIX. Antes se debía fundamentalmente a un pragmatismo cotidiano. Después, a un programa consciente impulsado por la idea de nación” (25).

Uno de los mayores impulsos homogeneizadores provino de la guerra. Félix Somary creía que la guerra de masas “uniforma las metas y condiciones de vida” (26). Charles Tilly, que se muestra de acuerdo, destaca la búsqueda de la homogeneidad por parte de los Estados: “En uno de sus más deliberados intentos por levantar el poder del Estado, los gobernantes procuraron a menudo homogeneizar a la población en el transcurso de instituir el gobierno directo” (27).

Señala, a ese respecto, el papel de la guerra, del ejército y del gobierno directo en la homogeneización de la sociedad. La nacionalización del poder militar produjo un amplio movimiento desde el gobierno indirecto hacia el directo. A partir de 1750, los Estados empezaron a avanzar agresivamente desde un sistema de gobierno indirecto hacia un nuevo sistema de gobierno directo: la intervención no mediatizada en las vidas de las comunidades locales, las familias y las empresas. Al pasar los gobernantes de la contratación de mercenarios al reclutamiento de soldados ente sus propias poblaciones nacionales y al incrementar los impuestos para mantener las grandes fuerzas militares de las guerras del siglo XVIII, los Estados negociaron el acceso directo a comunidades, casas y empresas, eliminando con ello a una serie de intermediarios autónomos (28).

Cualquier sistema de gobierno indirecto fijaba serios límites a la cantidad de recursos que los gobernantes podían extraer de la economía circundante. Por encima de dichos límites los intermediarios en los que se apoyaba el gobierno indirecto (los nobles, especialmente) adquirirían cierto interés en impedir la extracción de recursos, e incluso en aliarse a la resistencia del pueblo llano a las exigencias del Estado. Por ello, surgió el interés de los gobernantes en minar el poder autónomo de los intermediarios y acordar coaliciones con importantes segmentos de la población subordinada. Este interés se acrecentaba al exigir la guerra mayores recursos. Así pues, los ejércitos nacionales permanentes, los Estados nacionales y el gobierno directo fueron origen unos de los otros (29).

La Reforma protestante ofreció a los gobernantes de Estados menores una espléndida oportunidad para definir la idiosincrasia y homogeneidad de su nación frente a los grandes imperios, así como la oportunidad para cooptar al clero y su aparato administrativo en servicio de los fines regios. Un solo clero y una fe común unidos al soberano eran un poderoso instrumento de gobierno (30).

La Revolución Francesa y el Imperio, el periodo entre 1789 y 1815, promovieron la transición general en Europa del gobierno indirecto al directo, o bien suministrando un modelo de gobierno centralizado que imitar o bien imponiendo dicho modelo dondequiera que Francia conquistaba (31). 

A partir de 1850, la organización militar de los Estados se trasladó desde un segmento dominante y parcialmente autónomo de la estructura del Estado a una posición más subordinada, como el mayor de diversos departamentos diferenciados, bajo autoridad de una administración predominantemente civil. La nacionalización de las fuerzas militares durante el siglo anterior había ya impulsado a la mayor parte de los Estados europeos a negociar con su población la entrega de reclutas, materiales de guerra e impuestos; los gigantescos ejércitos de ciudadanos implicaban una invasión sin precedentes en las relaciones sociales cotidianas por parte del Estado.

Con el paso a un gobierno directo los Estados pasaron de una represión reactiva a una proactiva. Hasta el siglo XVIII los estados reaccionaban a las rebeliones o sediciones pero no establecían una vigilancia continua sobre posibles rebeldes. Con la instauración del sistema de gobierno directo vino la creación de sistemas de vigilancia e información. Las fuentes policiales nacionales penetraron en las comunidades locales. La policía política y criminal hizo causa común en la elaboración de expedientes, puestos de escucha, informes rutinarios e inspecciones periódicas.

Del mismo modo, se empezó a “inspeccionar los conflictos laborales y las condiciones de trabajo, a constituir y regular sistemas nacionales de educación, a organizar la asistencia a pobres e incapacitados, a construir y mantener líneas de comunicación, a imponer aranceles en beneficio de las industrias nacionales y otras mil actividades que los europeos dan hoy por sentadas como atributos de la autoridad del Estado” (32).

La vida se homogeneizó en el interior de los Estados y se heterogeneizó entre distintos Estados. Cristalizaron los símbolos nacionales, se unificaron los idiomas nacionales, se organizaron los mercados de trabajo nacionales. La guerra misma se convirtió en una experiencia homogeneizadora cuando soldados y marinos representaron a la totalidad de la nación, y la población civil soportó privaciones y responsabilidades comunes (33).

El control de las actividades económicas fue otro factor, al mismo tiempo facilitado por y promotor de la homogeneización. A este respecto hay que señalar la importancia del mercantilismo. El mercantilismo, como explica Eli Hecksher, aspiraba a poner la vida económica al servicio del Estado. El punto de vista de los mercantilistas era el de utilizar la política económica al servicio del poder como un fin en sí mismo (34). El bienestar de los súbditos tenía únicamente como finalidad sentar una base sólida y necesaria para el poder del Estado (35). La labor de unificación del mercantilismo buscaba, en el interior, asegurar el poder del Estado frente a otros organismos de carácter particular; y, en el exterior, buscaba asegurar el poder frente a otros Estados (36). Para afirmarse contra rivales en la búsqueda de territorio y poder, el Estado nacional moderno tenía que estar internamente consolidado y ser fuerte. Alcanzar esa unidad fue uno de los principales objetivos del arte del gobierno del período mercantilista (37). 

En la búsqueda de unificación y control de la vida económica, el Estado promovió la búsqueda de la instauración de un régimen aduanero único. En Inglaterra se observa, ya entre 1275 y 1350, el desarrollo de un sistema aduanero nacional, absolutamente independiente de los tributos aduaneros de las ciudades y colocado íntegramente en manos del Estado (38). La unificación aduanera se enmarcaba dentro del fenómeno más amplio de la homogeneización legal y administrativa, encaminada al control de las actividades económicas. Por ejemplo, en una memoria dirigida a Luis XIV en 1665, Colbert hablaba de un gran proyecto “encaminado a poner todo el Reino de Vuestra Majestad bajo la misma ley y el mismo sistema de pesos y medidas” (39). En 1676, Sir William Petty afirmaba que uno de los obstáculos que se oponían  a la grandeza de Inglaterra era la falta de unidad en la administración del reino inglés (40). Al reunirse los Estados Generales de Francia en 1789 se exteriorizó la aspiración de lograr la unidad en materia de legislación y de administración de justicia, afirmándose que “parece natural que Francia sólo tenga un rey común y que no se considere necesaria más que una ley”. Esta aspiración contribuyó a la recepción del derecho romano en aquellos países, como Inglaterra, en que no se había desarrollado un derecho uniforme sobre bases nacionales (41).

En conclusión, el ideal de la homogeneización fue uno de los principales instrumentos por los que el Estado desarrolló un poder sin precedentes. Por medio de la homogeneización de la población, la religión, el idioma, la cultura, la administración, el territorio, la ley, las actividades económicas, los impuestos, los pesos y medidas, etc., los hombres se convirtieron en piezas individuales homogéneas e intercambiables cuyo principal punto en común era el sometimiento al servicio del Estado.

(1) Malcolm Anderson, Frontiers. Territory and State Formation in the Modern World (Cambridge: Polity Press, 1966), p. 5.

(2) Charles Tilly, Coerción, capital y los estados europeos (Madrid: Alianza Editorial, 1990), p. 164.

(3) Benedict Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo (México: Colección popular, 1993), pp. 87-88

(4)  Bertrand de Jouvenel, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento (Madrid: Unión Editorial, 1994), p. 259

(5) Jouvenel, Sobre el poder, p. 379.

(6) Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución (Madrid: Alianza Editorial, 1989), p. 77.

(7) Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, p. 91.

(8) Tocqueville El Antiguo Régimen y la Revolución, p. 95-96.

(9) Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, p. 110.

(10) Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, p. 112.

(11) Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, pp. 112-113.

(12)  Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, p. 131.

(13) Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, p. 192.

(14) Norman Hampson, Historia de la Revolución Francesa (Madrid: Alianza Editorial, 1984), p. 124

(15) Citado por Jouvenel, Sobre el poder, p. 381.

(16) Citado por Jouvenel, Sobre el poder, p. 382.

(17) Hampson, Historia de la Revolución Francesa, p. 127.

(18) Hampson, Historia de la Revolución Francesa, p. 130.

(19) Michael J. Shapiro, “Nation-states”, pp. 271-288 en A Companion to Political Geography, ed. John Agnew, Katharyne Mitchell y Gerard Toal (Malden: Blackwell Publishing, 2003). p. 279.

(20) Erik Ritter von Kuehnelt-Leddihn, “Monarchy and War”, Journal of Libertarian Studies, vol. 15, no. 1 (Otoño 2000): 1-41

(21) Anderson, Comunidades imaginadas, pp. 88-89.

(22) Anderson, Comunidades imaginadas, pp. 124-125.

(23) Anderson, Comunidades imaginadas, p. 125.

(24) Anderson, Comunidades imaginadas, p. 127.

(25) Anderson, Comunidades imaginadas, pp. 130-132.

(26) Felix Somary, Crisis y Futuro de la Democracia (Madrid: Unión Editorial, 1972), p. 47

(27) Tilly, Coerción, capital y los estados europeos, p. 164.

(28) Tilly, Coerción, capital y los estados europeos, p. 160.

(29) Tilly, Coerción, capital y los estados europeos, p. 161.

(30) Tilly, Coerción, capital y los estados europeos, pp. 164-165.

(31) Tilly, Coerción, capital y los estados europeos, p. 165.

(32) Tilly, Coerción, capital y los estados europeos, p. 176.

(33) Tilly, Coerción, capital y los estados europeos, p. 177.

(34) Eli F. Heckscher, La época mercantilista (México: Fondo de Cultura Económica, 1983), p. 463.

(35) Heckscher, La época mercantilista, p. 466.

(36) Heckscher, La época mercantilista, p. 461.

(37) Michael A. Heilperin, Studies in Economic Nationalism (Ginebra y París: Droz, Minard, 1960), p. 73.

(38) Heckscher, La época mercantilista, p. 36.

(39) Heckscher, La época mercantilista, p. 96.

(40) Heckscher, La época mercantilista, p. 37.

(41) Heckscher, La época mercantilista, pp. 95-96.

Contra el pasaporte VIH

Recientemente, hemos vivido la apertura de un nuevo debate dentro del espacio público. Se trata de la implantación por parte de varios gobiernos autonómicos de la obligación de presentar un pasaporte para acceder al interior de ciertos establecimientos. Sin embargo, no se trata de un pasaporte en el sentido al que estamos acostumbrados, es decir, para pasar la frontera entre dos Estados soberanos. Nada de eso. Se trata de un certificado que dice que estamos vacunados contra el virus de inmunodeficiencia humana, es decir, el VIH.

Como saben, este virus se transmite a través del contacto sanguíneo (madres embarazadas a sus hijos, por ejemplo) o sexual. El Tribunal Supremo avaló la implantación de este pasaporte VIH bajo ciertos supuestos. Sin embargo, los tribunales superiores de justicia de Galicia y País Vasco ya se han pronunciado en contra, alegando que se restringen derechos fundamentales, como el de reunión, en base a un incierto riesgo.

En la opinión pública, si observamos los informativos generalistas, la sensación es que la sociedad demanda de la implantación de dicho pasaporte. El principal alegato es la seguridad. “Tengo derecho a saber si el que está al lado se ha vacunado”, señalaba una señora por televisión entrevistada en la calle, como si estar vacunado impidiera la transmisión del mismo. El derecho a la intimidad, en este caso sanitaria, parece que choca de frente con el derecho a la seguridad de otros. Imaginemos que una persona contagiada accede a los lavabos de un local de ocio o de una empresa sin tener presentar una prueba fehaciente de que se ha vacunado contra dicho virus. Es cierto que podría seguir transmitiendo el virus y que las vacunas contra el mismo se han desarrollado mucho, pero la sensación de seguridad está ahí.

La mayoría de la población no alcanza a entender que el acceso a los datos médicos es algo totalmente vedado. Normalmente, estamos acostumbrados a ver películas o series con la discriminación en base al sexo o a la raza como argumentos. Ahora bien, la discriminación alcanza igualmente otras causas, como puede ser la sanitaria. Discriminar a personas por la falsa sensación de seguridad en base al contagio de un virus en concreto presenta dos problemas. El primero, como ya hemos dicho, es el acceso a datos personales. Una vez abierta esta puerta, se asentaría un peligroso precedente. ¿Por qué no implantar un pasaporte heroína para las entrevistas de trabajo? Porque, claro, si vamos a contratar a alguien, a nadie le interesará un empleado que tome sustancias adictivas en su tiempo libre. El segundo es la arbitrariedad de elegir un virus y no otro. Existen multitud de virus en el mundo, con mayor o menor transmisibilidad. ¿Por qué quedarnos únicamente en el VIH? ¿Por qué no ofrecer la totalidad de los datos médicos para acceder a cualquier lugar? Imaginen que entra un cliente en mi negocio de hostelería siendo un adicto a alguna sustancia psicotrópica. ¿Tengo el derecho a saber lo que esa persona consume?

Por otro lado, este pasaporte VIH ofrece una cuestión sobre protección de datos en la que pocos han reparado. Estamos enseñando nuestros datos médicos, por ejemplo, a un portero de discoteca. Si nuestro médico observa nuestro historial, sabemos que tiene la obligación legal, bajo pena de expulsión de la profesión, fuerte multa y hasta pena de prisión, de mantener la más estricta confidencialidad sobre los datos ahí reseñados. Ahora bien, ¿esto es extensible a un empleado de la hostelería? Los médicos reciben formación sobre protección de datos y el secreto profesional que deben guardar para con sus pacientes. Exactamente lo mismo que los abogados, por citar otro ejemplo. Las personas que observan nuestro pasaporte VIH no tienen ese tipo de formación.

Además, cuando mostramos datos personales a cualquier empresa, la Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales, es muy estricta en este sentido. Las empresas, por ejemplo, tiene obligación de custodiar los datos personales y mantener la salvaguarda de estos, bajo amenaza de fuertes multas. No sabemos si el pasaporte VIH, que ya constituye una intromisión sobre los datos personales de los ciudadanos, va a regirse por esta misma ley o por otra distinta. ¿Habrá que exhibir el pasaporte cada vez que se acceda al local? ¿Podrán las empresas crear un registro de personas que lo hayan mostrado anteriormente y, así, no tener que enseñarlo cada vez?

Por último, este pasaporte suscita otra pregunta que no ha sido respondida por los gobiernos autonómicos, pero que ha servido como uno de los argumentos por parte de los tribunales superiores autonómicos para rechazar la propuesta. Hablamos de la situación en la que se deja a los trabajadores de los establecimientos donde sea obligatorio presentarlo. ¿Podría tener la empresa acceso a los datos personales de sus trabajadores, como es su historial médico? La cuestión no es en absoluto menor. Mientras que los profesores, por ejemplo, no pueden ni tener acceso al expediente de sus alumnos por tratarse de datos confidenciales, las empresas podrían tener acceso a los historiales de sus empleados. Esta flagrante contradicción ha sido esgrimida, como decimos, por los tribunales para no aceptar dicho pasaporte. Además, los menores de cierta edad ni siquiera tienen la posibilidad de vacunarse. Por tanto, se crearía una discriminación arbitraria hacia los mayores de cierta de la que quedarían excluidos los menores. Vemos que la implantación del certificado VIH ofrece más dudas que soluciones. Además, está el hecho de que la obtención del pasaporte significa haberse vacunado, no la imposibilidad absoluta de transmitir el virus. Pese a vacunarse, la posibilidad, y el riesgo, seguirán estando ahí. Ahora bien, siempre contamos con la solución liberal en este sentido: que cada uno establezca las medidas que considere oportunas. Puede abstenerse de acudir a reuniones, actos sociales o cualquier otra aglomeración que crea le constituye un peligro inasumible. Puede administrarse las dosis permitidas para desarrollar anticuerpos con mayor rapidez. Puede, en definitiva, ser el que controle el riesgo al que se expone, dentro de unos límites insuperables. Suponer que el gobierno, a través del acceso a nuestra privacidad, puede llevar a la desaparición del riesgo es, por un lado, no entender cómo funciona un virus y, lo peor de todo, no comprender cómo funcionan los gobiernos.

El impuesto indirecto, ¿quién lo paga?

Teorema: “Todo impuesto indirecto, si existe y es cobrado,  lo paga quienes no les queda más remedio, entre los que venden y los que compran, de forma complementaria en función de las elasticidades de demanda y de oferta, cubriendo la totalidad del impuesto, con independencia de quién sea el sujeto pasivo indicado por ley tributaria”.

Es oportuno recordar el teorema porque deja en evidencia que la voluntad política y el intervencionismo público, del poder ejecutivo, del legislativo y, en su caso, también del poder judicial puede fallar en sus lecturas, pugnas por deseo de dominio y hasta en el correcto ejercicio de sus respectivas independencias en cuanto a la división de poderes, cuando pretendan saltarse la racionalidad y sensibilidad de las personas libres que  reaccionan ante cualquier acción o política (Principio de Acción y Reacción, aplicado a lo social). Esto es palpable por doquier pero resalto que lo es especialmente en todo el follón suscitado, no sé cómo ni por qué, pues siempre hay un porqué, un trasfondo, en el fallo del TS en relación al IAJD de las hipotecas y en el Decreto anunciado y redactado por el gobierno.

Sobre el fallo del TS en relación a IAJD de las hipotecas. Esta discusión tan mediática es económicamente espuria.  Es verdad que lo que “vende” en los medios, lo que otorga protagonismo, es la voluntad política, el mundo de los deseos, el del político anhelando el bolso ·sin fondo· de “Mery Poppins”. En este asunto las arcas públicas se nutren, bien por la fuente privada de los hipotecados, o bien, por la fuente de los bancos, también privadas. La ventana recaudatoria está siempre abierta, esperando al correspondiente ‘sujeto pasivo’. Los unos o los otros.  

¿Si hubiera fallado el tribunal que fueran los bancos quienes pagaran el impuesto hubiera sido diferente en sus consecuencias económicas a si hubiera fallado que fueran los hipotecados? Yo creo poder afirmar que no. No resultará económicamente diferente. La ventana de Hacienda cobrará el impuesto seguro pero quién paga realmente este impuesto no depende de quién sea legalmente el sujeto pasivo fijado por la voluntad política del legislativo en su ley tributaria. El papel es muy humilde, soporta todo, formalmente y físicamente será el sujeto pasivo correspondiente el que lo lleve a la correspondiente ventana, pero pagarlo, quien realmente acaba pagando el importe de la recaudación, quien acaba poniendo el dinero en la alforja que iría rumbo a la ventana de Hacienda es quien no le quede más remedio y ¿quién sería este? Pues ello no depende de lo que diga la ley correspondiente. Dependerá del grado de competencia que haya en el mercado de crédito hipotecario, cuanto más elástica sea la demanda menos posibilidades tendrán los bancos de repercutir este impuesto a los demandantes y cuanto más inelásticas será más fácil repercutirlo.

De hecho, la actual recaudación ha sido cubierta parcial y complementariamente por ambos, clientes y bancos, en tanto la demanda de crédito no es perfectamente elástica, ni totalmente rígida.  Es verdad que hasta la fecha del fallo los clientes como sujetos pasivos aparentemente pagaban el impuesto pero la competencia crediticia en la banca les beneficia en el menor precio del crédito.

Por todo ello, creo poder afirmar que las consecuencias económicas de cualquier fallo judicial en este asunto serían las mismas, pues la cuestión económica de quién y cuánto acaban pagando cada una de las partes demandantes y oferentes de crédito hipotecario dependerá de las correspondientes elasticidades de oferta y demanda crediticia, lo cual no es otra cosa que las propias sensibilidades de los clientes y los bancos ante variaciones porcentuales del precio de los créditos, medidos en tipos de interés real o nominal. Así pues, puedo también decir sin voluntarismo alguno que lo mejor que pudo hacer el correspondiente tribunal es dejar las cosas como estaban, mejor no ‘meneallo’. Aunque si me preguntaran yo quitaría este impuesto. Pero no, no me lo han preguntado. Tal cuestión quitar el impuesto nunca se ha abordado, ni se aborda ni se abordará con este gobierno socialista y sus apoyos autodenominados nuevas fuerzas del cambio. Los últimos movimientos del gobierno, poder ejecutivo, promoviendo un decreto señalando a la banca nuevamente como sujeto pasivo frente al fallo contrario del TS, poder judicial, revela el pulso de dos poderes que dan la espalda a los considerandos de la realidad económica amparados en la humildad del papel, que soporta todo lo que le escriban al dictado de lo que consideran voluntad política aunque sea insostenible o espuria.  

¿Las caceroladas en España? ¿Detrás de qué y de quién se propugnan caceroladas en España? Estuve en el 2001 en una en Caracas, creo fue en la Plaza de Altamira o de Miranda, no sé. Eran siempre contra el populismo, contra Chávez. En España los fallos judiciales en el TS han originado gran follón, embrollo, descontentos y contentos en el ámbito privado. Entre otros muchos, explícitamente como promotores aparece “La Plataforma de afectados por la hipoteca” que supongo allí estarán los que vieron la posibilidad de un “caramelo fiscal” y ante esta posibilidad lógico es que surjan y broten en todo sitio. Véase cartel y el link adjunto, entre los muchos que hay.

Pero no se escapa que aquí, en España, detrás, también las apoyan y promueven las autodenominadas “nuevas fuerzas del cambio”, con el vetusto y nuevo PSOE, Podemos, PNV e independentistas,  ¿con qué ánimo?, ¿catalizar el descontento?, ¿canalizar el escepticismo?, ¿corregir los errores ajenos?, ¿proponerse para un cambio esperanzador? ¿potenciar la confianza y la interdependencia mutua? ¿el fortalecimiento de las instituciones? ¿Desde los parlamentos o apropiándose de las calles y plazas y de la representación de toda la ciudadanía, aunque no piense como ellos? ¿Desde la Constitución o no? ¿Desde los Estatutos o no? ¿Desde el ordenamiento jurídico vigente o no?  ¿Desde el ruido y la bronca? ¿Por qué? ¿Porqué realmente a las autodenominadas fuerzas del cambio les interesa que el sujeto pasivo del impuesto (IAJD) de las hipotecas no lo pague el hipotecado sino el banco? No. En absoluto, a estas fuerzas, legítimas, les mueven otros intereses, a unos la necesidad de apoyos para permanecer en el poder y a otros les mueve la desestabilización y la bronca en pos del poder ejecutivo local, autonómico y nacional y lo hacen pugnando con el poder judicial, por vía de decretos o por vía callejera aplaudiendo iniciativas con caceroladas importadas o manifestaciones populares que en otros lares han sido un llanto por el daño social del populismo y del colectivismo. Y que aquí, por ahora, en cambio, las presentan como movilizaciones hacia logros redistributivos y justos.

No, en absoluto es eso lo que ofrecen. Germen de una gran desconfianza mutua, espanto de la riqueza, espanto de las garantías jurídicas, espanto del ahorro, de la acumulación de capital, espanto del crédito, espanto de la inversión, espanto del empleo y regazo inmenso del parasitismo, del clientelismo y de una tremenda dependencia del sector privado, familias y empresas, al sector público, ¿regazo del desempleo y de la pobreza? No ¿del parado y del pobre? No. Paro y pobreza es lo que repartirán y distribuirán ocupando calles, plazas y conquistando ayuntamientos y parlamentos. Sólo esto. Lo disfrazan y seducen, pero lo que plantean desde una perspectiva económica es insostenible. Una pugna permanente entre el sector público, donde el político “reparte” los dineros no suyos, sino recaudados, y un sector privado (familias y empresas, también están aquí los bancos y el sistema financiero). El listón recaudador lo pretenden colocar siempre en un plus más alto, un listón fiscal corredizo al alza que languidece ahorros, gastos corrientes y bolsillos privados y un apelar al endeudamiento permanente que demográficamente apaga las expectativas de esta generación y siguientes y que políticamente languidece los recursos disponibles de las siguientes legislaturas por servidumbres del endeudamiento contraído. ¡Cuidémonos!, animo y a servir. 

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo LXIV: Sobre la defensa del Estado (I)

Leí en está página con mucha atención la defensa heterodoxa del Estado que ha elaborado D. Ramón Audet. Me gustan las críticas que defensas que parten desde postulados próximos a los nuestros porque obligan a reflexionar y a cuestionar las propias posturas. Nuestro mundo no debe ser una suerte de secta dogmática en la que nos regodeemos en  nuestros propios argumentos y no atendamos ni escuchemos las atinadas críticas que nos puedan hacer. El texto que se nos ofrece toca varios puntos y me gustaría comentarlos, pero siempre partiendo del respeto que me merecen sus posturas y lo elaborado de las mismas.  La verdad es que abre muchas e interesantes discusiones. Comenzaré por el final, pues me parece que la custión que allí plantea es la que requiere una explicación más detallada, e intentaré luego explicar cuál es mi postura en el resto de los puntos que merecen aclaración desde una perspectiva anarcocapitalista. Necesitaré dos artículos para hacerlo pero lo haré con mucho gusto dado la ambilidad que ha tenido al enviármelo.

Como bien sabrá Ramón Audet, comprender los fenómenos históricos implica entender todos los factores y variables que ha influido en su discurrir. En efecto, el Estado (en sentido amplio) ha formado parte de nuestra historia desde hace dos o tres mil años y es lógico que no podamos entender nuestra actual forma de vida sin este. Lo que hay que determinar y discutir es si dicha situación ha sido afectada positiva o negativamente por la existencia de dicha institución. El hecho de que vivamos relativamente bien hoy es posterior a la existencia del Estado pero para no caer en la vieja falacia del  post hoc ergo procter hoc hay que estudiar si su influencia fue positiva o negativa.

De hecho otros eventos precedieron a nuestra actual forma de vida. Por ejemplo, la esclavitud, el infanticidio o las numerosas guerras y epidemias que azotaron a nuestros antepasados podrían ser vistas también desde un lado positivo si aplicamos el análisis de Audet. Gracias a la esclavitud se favoreció la democracia al facilitar que los amos se reuniesen a deliberar en Atenas. También sería funcional según este análisis para poblar nuevas tierras o roturar y minar tierras antes improductivas. Además, según los defensores de la peculiar institución, los esclavos disfrutarían de alimento y salud garantizados (sobre la ideología proesclavista puede verse el libro de Genovese: The slaveholders’ dilemma)

Las guerras también tendrían su lado bueno al favorecer la innovación, y el infanticidio al limitar la población, diría un hipotético defensor de sus virtudes, al estilo de Teddy Roosevelt. Las epidemias, como la peste negra del siglo XIV, subieron los salarios y libertaron a los siervos en muchas zonas de Europa (en otras volvieron a la esclavitud). Siguiendo el razonamiento podríamos decir que todas estos fenómenos son los causantes del actual bienestar. No es mi intención aquí comparar a los Estados con esos fenómenos, sino resaltar que de una forma u otra han influido en el mundo actual.

El problema es que, al igual que con los Estados, muchos pueblos de la tierra han experimentado estos y otros fenómenos sin que hayan disfrutado de un desarrollo o un bienestar palpable. Si los Estados causasen desarrollo todos los pueblos con dicha institución serían prósperos y por lo que se ve no parece ser así. Es más, parece darse una relación inversa, por lo menos en las primeras etapas de desarrollo económico. Pues, como es normal, los grupos de personas que dirigen los Estados están interesados en conservar el statu quo y por lógica desconocían tanto los principios que rigen el capitalismo como sus posibles consecuencias en el futuro. Pueden y deben existir otros factores más relevantes que lo expliquen. Yo creo que el capitalismo es uno de ellos; casi con seguridad el más relevante. Pero como antes apunté, habría que estudiarlo y discutirlo.

Y de ahí la relevancia de la Edad Media. Desde luego, no parece una era ideal vista desde nuestros parámetros y son ciertos los datos que apunta. Pero creo que debería apuntarse cuáles eran las condiciones de vida en tiempos del absolutismo y si estas mejoraron a respecto de tan tenebrosos y oscuros tiempos. A lo mejor la vuelta del comercio del esclavos o las guerras que azotaron Europa a gran escala, sobre todo en Alemania, y con muertes y destrucciones por esta causa nunca vista desde los tiempos del Imperio Romano, son ejemplos de esa mejora. Curioso que coincidan con el inicio del Estado moderno. Pero deben ser casualidades históricas. Los Estados no podrían haber hecho eso pues están ahí para defender la paz, la propiedad y los derechos humanos. Deben ser otros los culpables, eso sí me gustaría saber cuales son.

La Edad Media no nos gusta por sus condiciones de vida o por sus logros artísticos y culturales, que fueron muchos, sino porque sienta las bases de lo que va ser la moderna civilización industrial, e impide que sus enemigos puedan impedirla. Me explicaré. En tan tenebrosa época, la mayoría de lo que hoy conocemos como bienes públicos se prestaba de forma privada y de no haberlo impedido los absolutistas se habrían desarrollado de una forma muy distinta a la actual. Jacques Heers, en su libro sobre la Edad Media, nos relata cómo, por ejemplo, puentes y carreteras eran suministrados de forma privada, a traves de peajes y pontazgos. Y al ser un negocio privado, estaban bien conservados y eran relativamente seguros por la cuenta que les traía a sus propietarios.

Heers afirma que los Estados absolutos se hacen cargo de ellos y suprimen los peajes pero a cambio suben los impuestos. La consecuencia fue que el monto de los impuestos a pagar superaba el coste de las antiguas tarifas, y además la calidad de las infraestructuras y la seguridad de las mismas descendió apreciablemente. La causa es que los modernos reyes se desentendieron de ellas, y destinaron los fondos a otros fines más interesantes para ellos.

No se puede hacer historia ficción, pero es de presumir que muchas de las prestaciones que hoy ofrecen los Estados podrían haber evolucionado de otra forma y ser suministradas sin tener que recurrir a impuestos o inflación (son más o menos lo mismo) para financiarlas. Ese desarrollo fue truncado con el tiempo por la propia consolidación de los Estados que se apropiaron de elementos como la educación o la atención a los necesitados, que eran prestados por las órdenes religiosas o por las guildas, retrasando mucho su evolución y desarrollo. Pueden comprobarlo quienes no se fíen de mi aquí.

Pero hay otro aspecto de la Edad Media que no es tan estudiado y al que me gustaría hacer mención. El espacio político medieval estaba fragmentado, muy fragmentado, con cientos de unidades políticas en sus mejores tiempos como nos recuerda Charles Tilly en su magistral Capital, coerción y los Estados europeos. Esta fragmentación tuvo resultados muy positivos, porque paradojicamente la fragmentación une y la centralización disgrega. En la Edad Media la moneda, por ejemplo, era universal. Oro y plata, en el sentido de que se usaban distintas monedas y de distintas calidades, cambiándose de acuerdo con su peso y su ley pero aceptadas en todas partes. Los principios de derecho romano imperaban en buan parte del espacio europeo y existía en occidente una única lengua de cultura, el latín, que permitía al estudioso leer y ser leido por toda la comunidad académica occidental, pues no es casual que sea en esta época cunado nacen las universidades. Cierto es que existían guerras pero a una escala mucho menor que las del siglo pasado dadas las escasas dimensiones de los combatientes.

Pero aparte de todo esto, la fragmentación tiene otra consecuencia muy positiva. Si existe algún tipo de innovación, social o económica, esta es muy difícil de impedir en un entorno tan fragmentado. Se cuenta la leyenda de que un inventor ofreció un novedoso tipo de cristal irrompible al emperador Tiberio, y que éste, al ver sus potencialidades, mandó ejecutarlo para no destruir el empleo de los cristaleros romanos. Probablemente la leyenda no sea cierta, pero ilustra el hecho de que un emperador podía sin gran problema impedir un invento o una industria y sus órdenes acatadas en todo el imperio.

Algo semejante acontecía en China cuyos emperadores en una época se cerraron sobre si mismos e impidieron las incipientes exploraciones comerciales chinas. También ahí era posible, pero no en Europa. Un príncipe o rey que hiciese algo semejante sólo podía dificultar la innovación en un pequeño territorio, sin poder impedir que la innovación se ensayase en algún otro. Leonardo da Vinci, por ejemplo, fue perseguido en muchos principados pero siempre tuvo algún sitio a donde ir y ensayar sus innovaciones.

Esto dificultó mucho también la censura política o religiosa en el espacio europeo. También, por consiguiente, las libertades económicas se beneficiaron de dicha situación y lentamente se comenzaron a poner las bases de la revolución industrial y del capitalismo. Se podía dificultar en algún sitio pero no impedir que el reino vecino las adoptase situándose entonces en situación ventajosa y obligando al reticente a adoptarla, tarde o temprano. Las pequeñas ciudades medievales italianas o las de la hansa alemana son buenas pruebas del florecimiento de este espíritu mercantil, que con el tiempo devendría en el capitalismo industrial, a pesar de las dificultades a que lo sometieron los modernos Estados absolutos (como el español o el francés) que lograron retrasarlo en su países.

Al no existir un Estado unificado europeo, (que supongo será el sueño de muchos estatistas pues elimina la anarquía política) no se pudo ahogar de todo el espíritu de libertad y de ahí que afirmemos que el capitalismo nace a pesar de las trabas del Estado, no gracias a él como dicen Karl Polanyi y otros defensores del intervencionismo. Quien quiera estudiar el tema puede leer el magnífico Escape from Rome  del historiador Walter Scheidel. Una magnífica lectura de navidad.

Bo Natal a todos.

Las maniobras de Lukashenko

Solapada por la más vistosa e impactante maniobra de transportar a su frontera  miles de emigrantes del Oriente Medio para que irrumpan por las bravas en los países vecinos de la Unión Europea (Letonia, Lituania y Polonia) la represión contra miles de disidentes del  régimen de Aleksander Lukashenko ha quedado bastante silenciada.

El todopoderoso tirano detenta el poder en Bielorrusia desde las elecciones presidenciales de 1994 en un proceso de sucesión de dictaduras que asimila el país a otros países asiáticos dominados por regímenes comunistas, incluido el gigante ruso. Dentro de aquella cultura y experiencia políticas se crió. Ya en el año 2013, el periodista bielorruso de la minoría polaca Andrzej Poczobut(1) publicó “El sistema bielorruso” (System Białoruś, en el original polaco) en el que repasaba las argucias empleadas por tan pintoresco personaje para encaramarse en la cima del poder. Previamente, con el desmembramiento de la Unión Soviética el entonces joven director del Sovjós (granja estatal) Haradziec en la región de Shklov, al Este de Bielorrusia, fue esgrimiendo sucesivos banderines de enganche para atraerse el voto de una mayoría de bielorrusos conmocionados por el hundimiento del sistema. Aunque ahora parezca irrisorio; entre ellos adoptó un nacionalismo bielorruso acorde a las fuerzas centrífugas del momento y una arrebatada pose de luchador contra la corrupción. Sin embargo, los modos autoritarios aprendidos no cambiaron en absoluto. Desde el momento que se alzó con la presidencia del país, no cejó de acrecentar sus poderes despóticos, hasta edificar una dictadura implacable, basada en la adhesión a su persona.

El libro ofrece, además, jugosos detalles sobre su obsesión por obtener información comprometedora, tanto de sus rivales, como de sus detractores, a través de los espías del KGB heredado del soviético. De cómo, con notable osadía por su falta de capacitación, el entonces novato director de una granja estatal aprovechó su conocimiento del ecosistema bielorruso para forjarse la imagen popular adecuada. Conseguido el primer objetivo de llegar a la presidencia, apuntaló un régimen postcomunista con algunas formas democráticas. 

No obstante, las elecciones presidenciales de agosto de 2020, en las que la candidata independiente – y esposa del disidente encarcelado, Serguéi Tijanovski – Svietlana Tijanovska(2) denunció el fraude de los comicios y proclamó su victoria, marcaron el endurecimiento del régimen dando término a todas las apariencias. Ya durante la campaña electoral, el financiero de la oposición, Viktor Babariko, había sido detenido por la policía al servicio de Lukashenko. Recientemente el Tribunal Supremo le ha condenado a catorce años de prisión. Tijanovska y Veronika Tsepkalo, otra destacada colaboradora del Consejo bielorruso de coordinación de la oposición, huyeron del país. Peor suerte han corrido Maria Kolesnikowa, quién fue detenida ilegalmente por fuerzas parapoliciales durante el transcurso de las protestas callejeras pacíficas posteriores a las elecciones fraudulentas. Este otoño fue condenada por un tribunal de Minsk – junto a su abogado Maksim Znak – a una pena de prisión de 11 años por los vaporosos cargos de “cometer acciones contra la seguridad nacional, crear y encabezar una organización extremista y conspirar para tomar el poder de manera inconstitucional”. Asimismo, Serguei Tijanovsky y otros opositores han sido condenados este mes a penas de prisión de más de catorce años, de manera que, según organizaciones humanitarias, las cárceles bielorrusas albergan 912 presos políticos y decenas de miles de personas viven el exilio. 

La persecución de los disidentes políticos se amplió a los mensajeros, aduciendo cargos peregrinos o, simplemente, convirtiéndoles en chivos expiatorios. Así, en marzo de este año que termina, fue detenido, junto a otras personas, el mencionado Poczobut, corresponsal de Gazeta Wyborcza y miembro del consejo de la Asociación de polacos en Bielorrusia. Desde su privilegiada posición para comunicarse con los medios polacos, informó profusamente sobre la represión de los opositores y las vulneraciones de los derechos humanos cometidos por el régimen de Lukashenko. Tras más seis meses de detención arbitraria, y de ofrecerle un indulto a cambio de desmentir la existencia de presos políticos en Bielorrusia, también en septiembre se le informó de la acusación de “incitación al odio nacional y religioso”, tipificado en el artículo 130 del Código Penal por organizar distintas actividades como miembro de la asociación de polacos en Bielorrusia, que lleva aparejada la pena de privación de libertad entre 5 y 12 años Nótese como el descabezamiento de la oposición ha corrido parejo a las maniobras de atracción de emigrantes aspirantes a refugiados en la Unión Europea. Aunque la alianza con el régimen autoritario de Vladimir Putin, puede permitir a Lukashenko sobrevivir cierto tiempo, esperemos que las sucesivas sanciones adoptadas por la Unión Europea surtan el efecto deseado y contribuyan a la caída de su larga dictadura.

(1) La minoría polaca en Bielorrusia constituye una parte significativa de la población, especialmente en la frontera con Polonia. Ha de tenerse en cuenta que, como consecuencia de los acuerdos de Teherán (1943) y Yalta (1945) las fronteras polacas se desplazaron hacia el Oeste después de la Segunda Guerra Mundial, a costa de Alemania. No obstante, también perdió una franja de terreno de unos 200 kilómetros a favor de las repúblicas soviéticas de Lituania, Bielorrusia y Ucrania.

(2) El parlamento europeo concedió el premio Sajarov del 2020 a todas estas opositoras.

Ya no hay pandemia, ¡déjennos vivir!

“Consiente que el gobierno se salte la ley con la excusa de una crisis, y que se invente una nueva cada semana.” Esta frase popular, que parece un poco conspiranoica, responde a lo que llevamos viviendo desde hace muchos meses. Asistimos pasmados a una campaña de los gobiernos, los medios de comunicación y determinados sectores sociales y profesionales, por mantenernos en un estado de alarma constante como en el 2020. Y la situación ha cambiado totalmente.

¿Pero por qué? Se preguntarán, ¿A quién le puede venir bien esto? A los primeros de todos, los gobiernos, sin importar mucho la ideología, como se ha visto. La izquierda en España, la derecha en Austria…Y es que los distintos gobiernos se han acostumbrado durante la pandemia a poseer poderes extraordinarios, a no dar explicaciones a nadie, a saltarse los derechos fundamentales de los ciudadanos y hasta pasar de la norma más básica del país, la constitución, sin rendir cuentas. El gobierno de España, por ejemplo, ha sido condenado más de una vez por el tribunal constitucional, algo que en otro tiempo hubiese supuesto un escándalo sin igual, pero en esta situación no ha habido ni una sola dimisión. 

Por otra parte, la gran mayoría de medios de comunicación, convertidos en terroristas informativos, imponen una sensación social de alarma injustificada. Y es que son totalmente dependientes de las subvenciones gubernamentales y están encantados de haber visto incrementada su influencia, ya que, en momentos de crisis, la información es primordial. A todo esto, hay que sumarle distintas profesiones de orden público y asistencia sanitaria que han visto fuertemente aumentado su estatus e importancia en nuestra sociedad. Todos estos protagonistas, forman un bloque compacto que se niega a perder lo ganado, no quieren volver a la situación prepandemia.

Y aquí es donde llegamos al meollo de la cuestión y hay que ser tajantes. Ya no hay pandemia. Con el porcentaje de vacunación que tenemos, la pandemia de COVID ha terminado. Negar esto es darles la razón a los negacionistas de las vacunas. Si nos hemos vacunado y seguimos estando en pandemia, ¿Para qué nos hemos vacunado? La vacuna funciona. No evita contagiarse; pero logra que el virus, potencialmente letal, sea un simple resfriado. Esa es la clave, ese es el éxito. De ahí que sea ridículo desde que tenemos vacunas, mirar la situación de la pandemia por la tasa de contagios. Lo que no paran de hacer los medios, para alarmarnos. Pero es terrorismo informativo. 

¿La tasa de contagios esta disparada? ¿Y qué? Si la de muertes y ocupación en UCIs (verdaderas referencias ahora mismo) están a la baja. De hecho, es lo esperado. Todas las variantes que han surgido, de todos los virus, a lo largo de la historia, siempre son mucho más contagiosas y mucho menos letales. La normalidad y más con las vacunas, será que nos infectemos casi todos, porque la vacuna no previene esto, pero la mortalidad será minúscula.

He aquí otra de las claves que hay que aceptar. Las muertes nunca van a ser 0, es ridículo pensar eso, otras enfermedades como la gripe común tienen mortalidad en determinados casos. Pretender que sea 0 es reconocer que jamás volveremos a la normalidad. Hay que aceptar que existe la muerte y que en todo lo que hacemos en esta vida, desde conducir a ducharnos, implica una pequeña tasa de muerte, pequeña sí, pero existente. Es lo bonito de la vida, es efímera y en cualquier momento se puede acabar.

Esto no pretende ser una oda a la muerte. En el año 2020 esa tasa, hoy aceptable, era enorme y no era aceptable, pero los datos actuales sí que lo son. Algo que nunca se menciona, es que, en un año normal, sin COVID, como el 2018, en España murieron cerca de 1400 personas al día, por múltiples causas, normales en la vida. En noviembre del 2021, han muerto por COVID 474 personas, es decir 16 muertes al día. El COVID ha pasado a ser simplemente una causa más. Los medios se empeñarán en que veamos que son 16 familias hundidas… Y es verdad, pero hay que aceptar que, en un país de 47 millones de personas, 16 muertes es un dato normal, la gente muere y no se puede parar el país por eso. 

Matar a la gente en vida, con restricciones, como se ha hecho hasta ahora, es insostenible. La tasa de suicidios está disparada, hasta casi los 11 suicidios diarios. Imagínense, casi está pillando a las muertes por COVID. Nuestra pandemia actual es de tristeza y aburrimiento. Toda restricción, todo lo que no sea la libertad del 2018, es un acto injustificado de quitarnos la libertad y con ello la vida.

¿Cuánta vida más nos va a costar vivir? ¿Durante cuánto tiempo más, nos van a tener muertos en vida para no morir?

Realismo y teorías económicas II

En el pasado artículo tratamos la cuestión del realismo en economía. Hicimos referencia a la habitual crítica que recibe la economía neoclásica por mantener supuestos irrealistas. También introdujimos el argumento de Friedman (1953) sobre la inevitabilidad de la abstracción, que automáticamente hacía del realismo una cuestión no relevante para la elaboración de teorías y modelos. En esta línea, citamos a Long (2006) para añadir una importante distinción entre dos tipos de abstracción: la precisa y la no precisa.  La precisa era aquella en las que características reales del fenómeno sobre el que se teoriza se encuentran especificadas como ausentes.

Por el contrario, la abstracción no precisa era aquella en donde determinadas características reales están ausentes de especificación. De esta manera, argumentamos que, dependiendo del tipo de abstracción que hayamos realizado, un modelo o teoría económica puede ser criticado de irrealista en función de determinados supuestos. Poníamos como ejemplo de teoría irrealista el modelo de competencia perfecta neoclásico. En este, el tipo de abstracción que se realiza, asumiendo información perfecta en los agentes, implica la especificación de la no existencia de error empresarial. Esto, como es evidente, es falso e irreal.

Después de publicado, el artículo suscitó algunas preguntas interesantes sobre la cuestión del realismo. Francisco Capella lanzaba una serie de interrogantes para la reflexión en Twitter. Como no fueron pocas y me parecieron dignas de un comentario más extenso que lo que permite un “tweet”, me he animado a copiar las que considero más importantes para poder discutirlas en este artículo. Dicho lo cual, procedamos a las preguntas.

¿Cómo sabes que un modelo no es realista? ¿Ya conoces la realidad y sabes que no es así? ¿Si ya conoces la realidad, qué es real y qué no, para qué sigues investigando?

A mi modo de ver, podemos afirmar que conocemos la realidad hasta cierto punto. Es decir, podemos tener ciertas certezas sobre la realidad. Probablemente, estas certezas son muy pocas en comparación a todo el conocimiento que entrañaría saber más o mucho más sobre la realidad. Sin embargo, sí podemos decir que conocemos parte de la realidad.

La certeza sobre parte del conocimiento que tenemos es garantizada por el hecho de que no podríamos pensar o entender el mundo de otra manera que no fuera esa, es decir, no podemos establecer un contrafactual. Tomemos como ejemplo algunas leyes fundamentales del pensamiento como la ley de la identidad, la contradicción o el principio del tercero excluido (Russell 1912). Estos principios son autoevidentes y ciertos en sí mismos, puesto que no podríamos imaginar una realidad que contradijese alguno de estos principios. Esto mismo ocurre con cualquier proposición autoevidente que pueda establecerse en economía, como es el caso del axioma de la acción humana y sus implicaciones.

En este sentido, si una teoría o modelo niega una ley fundamental, autoevidente, o algunas implicaciones lógicas de esta, se podrá argumentar que esa teoría es irreal, que está haciendo una abstracción precisa que niega proposiciones autoevidentes.

Es más, me atrevería a decir que incluso se puede determinar la realidad de ciertos supuestos aún sin referirnos a conocimiento autoevidente o necesario. Lo que se considera real, en este caso, podría determinarse por convención, mediante un acuerdo intersubjetivo. De hecho, la mayoría de conocimiento es convención, resultado de un proceso evolutivo que permite a grupos cada vez más grandes manejar conocimiento intersubjetivo para entenderse y coordinarse. Si no fuéramos capaces de detectar ciertas regularidades a nivel intersubjetivo, que no son autoevidentes, nos sería imposible establecer interacciones coordinadas.

Dicho esto, la respuesta a la pregunta podría quedar de la siguiente manera. Podemos saber si un modelo no es realista si este contradice una ley fundamental o autoevidente, o incluso, si contradice una ley o idea que es ampliamente asumida como cierta por convención. Es cierto que esta última forma no garantiza certeza, pero sí permite concretar o, al menos, aproximarse a lo que se podría llamar realidad. Por último, dado que lo que sabemos ciertamente es muy poco, la investigación sigue teniendo sentido, precisamente, para poder tener más certezas y poder determinar qué modelos o teorías pueden explicar el mundo y cuáles no.

¿Estás seguro de que las simplificaciones son excesivas, o quizás te parecen excesivas? ¿Cómo saber qué simplificaciones son excesivas si no se ponen a prueba?

La respuesta a estas preguntas puede estar en la pregunta anterior. Es decir, podemos saber si una simplificación es excesiva, en el sentido de no suficientemente real, si contradice una ley fundamental. También podemos saberlo si el modelo no es capaz de capturar muchos procesos que, precisamente, se aspira a explicar. Más aún, las simplificaciones de una teoría se debilitan en gran medida en cuanto existe una explicación alternativa a lo que se estudia. Si estas explicaciones alternativas son capaces proveer mejor entendimiento de lo que ocurre, los supuestos o simplificaciones podrán demostrarse como no suficientemente reales en comparación a una explicación alternativa mejor.

Es decir, las simplificaciones se ponen a prueba cuando se demuestran contradictorias o insuficientes de cara a una explicación alternativa.

¿Las simplificaciones pueden ser una primera (¿buena?) aproximación?

Sí, pueden serlo. De hecho, son necesarias, puesto que no podemos entender el mundo en toda su complejidad. Esto, como dice Friedman, es lo que inevitablemente nos lleva a la abstracción, a la simplificación. Pero, de nuevo, dependerá de qué y cómo hagamos la simplificación.

¿Quieres un modelo con menos simplificaciones? ¿Cuánto estás dispuesto a pagar para hacerlo más complejo, en construcción y uso?

La cuestión no es tanto tener un modelo sin simplificaciones, sino con simplificaciones correctas. Todo lo que sea añadir más variables al modelo para hacerlo más complejo y real, relajando las cláusulas ceteris paribus, podrá decirnos más sobre la realidad. No obstante, y como bien apunta Francisco Capella, esta mayor complejidad de los modelos acarrea un coste. Este coste no solo es el propio de crear y procesar un modelo con menos simplificaciones, sino también, la menor capacidad de aplicabilidad que tendrá el modelo. Con ello, parece establecerse un trade-off entre mayor complejidad-realismo y simplicidad. Este trade-off ha de ser evaluado en el caso concreto de cada teoría, aunque esta idea plantea un verdadero reto para futuras investigaciones metodológicas.

¿Los modelos que predicen bien, lo hacen por casualidad? ¿Tal vez han captado lo esencial de algo, y detalles que parecen importantes no lo son?

Los modelos que predicen bien son, en efecto, aquellos que son capaces de capturar los procesos esenciales que el investigador pretende entender. En esta línea, me gusta hacer referencia a la idea de supuestos críticos de Rodrik (2015). Precisamente, cuando este autor discute sobre realismo y simplicidad, afirma que ambos son necesarios. Y que, una buena combinación de ambos se da cuando los modelos simplifican y abstraen todas las variables, procurando respetar el realismo de los supuestos críticos, es decir, lo esencial, lo que de ser alterado transforma completamente los resultados del modelo.
Siendo esto así, ¿cómo podemos pretender entender la competencia si asumimos un concepto que nada tiene que ver con elementos competitivos? Por ejemplo, el ideal de competencia perfecta entiende que la oferta no puede alterar el precio y el producto es homogéneo, por lo que no existe diferenciación por motivos de calidad. Precisamente, estos dos son elementos que se entienden (convención) fundamentales a la hora de competir. Negarlos mediante una abstracción específica supone alejarse de la realidad y, por tanto, perder poder de explicación o predicción.

Referencias
Friedman, Milton. 1953. “The Methodology of Positive Economics.” In Essays in Positive Economics, 3–46. Chicago: University of Chicago Press.
Long, Roderick T. 2006. “Realism and Abstraction in Economics: Aristotle and Mises versus Friedman.” Quarterly Journal of Austrian Economics 9 (3): 3–23.
Rodrik, Dani. 2015. Economics Rules: The Rights and Wrongs of The Dismal Science. New York: W.W. Norton.
Russell, Bertrand. 1912. The Problems of Philosophy. New York: Henry Holt and Company.