Ir al contenido principal

Por un 8 de marzo liberal

“Somos antimilitaristas y estamos en contra de las guerras, que son producto y extensión del patriarcado y del capitalismo” se podía leer en el manifiesto oficial del trágico 8 de marzo de 2020. En el de 2019 nos decían “son muchos los motivos para apoyar la huelga: […] Para construir una economía sostenible, justa y solidaria que gestione los recursos naturales de forma pública y comunitaria, que esté en función de las necesidades humanas y no del beneficio capitalista […] Somos un movimiento internacional diverso que planta cara al orden patriarcal, racista, colonizador, capitalista y depredador con el medio ambiente”. Y en el de 2018: “Somos las que reproducen la vida. El trabajo doméstico y de cuidados que hacemos las mujeres es imprescindible para el sostenimiento de la vida. Que mayoritariamente sea gratuito o esté devaluado es una trampa en el desarrollo del capitalismo […] Llamamos a la rebeldía y a la lucha ante la alianza entre el patriarcado y el capitalismo que nos quiere dóciles, sumisas y calladas.”

El feminismo hegemónico que ha movilizado a varios miles de mujeres en España durante los últimos años, y quizá a millones alrededor de las democracias occidentales; se muestra contrario a un modelo económico y político que ha conseguido que desde el año 1990 al año 2015 se haya reducido la pobreza extrema del 36% de la población mundial (1.900 millones de personas) a tan solo el 10 % (734 millones).

Por eso no se puede permitir que el 8 de marzo sea liderado por personas, pero sobre todo por ideas, que promueven la colectivización de los recursos naturales y los medios de producción. Sería revertir un modelo económico y político de éxito que está permitiendo tener un proyecto vital a millones de personas, muchas de ellas mujeres.

Es más, ceder la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres a un comunismo disfrazado de feminismo es condenar al individuo, y muy en concreto a las mujeres, a un sistema y unas ideas que lo que realmente quieren es hacernos víctimas, e ironías de la vida, dóciles, “sumises” y “callades”.
El falso feminismo que lidera el 8 de marzo, realmente es un caballo de troya postmarxista que, a través de movimientos sociales, como los que abanderan la causa feminista o la ecologista, quieren devolvernos a la historia de Fukuyama. Es un feminismo fake y victimista que transmite a las mujeres falsos mensajes como: el sistema no te permite emprender y abrir una startup, el sistema te condena a elegir carreras de letras o vinculadas a la salud y los cuidados, el sistema no te empodera, el sistema te hace ama de casa, el sistema, el sistema… el sistema te condena y solo un masplaning colectivizador, paternalista y comunista te permitirá ser una buena mujer empoderada.

La crítica colectivista es falsa. Es cierto que aún hay muchas barreras sociales, culturales y económicas que nos protegen a los hombres, cual arancel a las exportaciones, que tenemos que remover; como dirían John Stuart Mill y Harriet Taylor. Pero el mensaje del feminismo hegemónico, ese que clama en sus manifiestos que las mujeres están “siendo victimizadas”, solo transmite la idea de: no lo hagas, no quieras ser nada porque vives en un mundo heteropatrialcal y cruel que te lo va a impedir todo. Quédate en casa esperando la mesiánica salvación morada.

Nada más alejado de la realidad. Con este sistema, el 48,4% de las personas que emprendieron en 2019 en España fueron mujeres. Sin un sistema de cuotas obligatorias, en una década, hemos pasado de un 10,56% de presencia femenina en los consejos de administración de las empresas del IBEX a un 31,17%. Con este sistema, el 54% de los miembros del Poder Judicial en España son mujeres. Además, hemos tenido las primeras presidentas de Comunidades Autónomas, alcaldesas en ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia, ministras de defensa o vicepresidentas (con un poder muy real) del gobierno de la nación.

Por eso los líderes, pero sobre todo las lideresas, que, dentro del Partido Popular, Ciudadanos o Vox se definen y creen en los principios del liberalismo (es una utopía pensar que alguno de los tres partidos lo es); tienen que plantear una alternativa liberal al 8 de marzo. Una alternativa que promueva el principio de la igualdad perfeta, sin admitir ningún poder o privilegio. Que vuelva a sus orígenes. Que beba de Mary Wollstonecraft cuando clamaba que “cuanta más igualdad haya entre los hombres, y, por tanto, menos poder de los hombres sobre los hombres, más virtud y felicidad reinarán en la sociedad”.

Y si no se promueve una alternativa desde la política, tenemos que proponerla desde la sociedad civil. Lo contrario sería caer en la trampa y el marco mental morado de quédate en casa esperando la salvación mesiánica. Las mujeres tenéis que salir y emprender, porque el sistema os lo permite y cada día sois más. Las mujeres podéis ser, si es lo que queréis, consejeras del IBEX, porque cada día sois más. Las mujeres si queréis podéis ser jueces, porque de hecho ya son la mayoría en el Poder Judicial.

Eso es lo que tiene que ser el 8 de marzo. Una vindicación de que las mujeres podéis ser y sois lo que queráis. No necesitáis un paternalismo colectivizador que os defienda. Como tampoco lo necesitamos los hombres. Todo proyecto que no pase por la democracia liberal y la economía de mercado nos condenará a los hombres y, muy especialmente, a las mujeres a la esclavitud.

El feminismo hegemónico esconde el progreso de la mujer

Madrid, a 8 de marzo de 2021.-

https://ijmpre2.katarsisdigital.com/wp-content/uploads/2021/03/NdP_Informe_HRosling.docx.pdf

La huelga feminista del 8 de marzo con motivo del Día de la Mujer Trabajadora es una ocasión propicia para mostrar cuál es la realidad de las mujeres en el mundo y en España. Por eso, el Instituto Juan de Mariana ha publicado un informe titulado Hans Rosling y los sesgos del feminismo hegemónico. En el informe, Irune Ariño, politóloga y subdirectora del Instituto Juan de Mariana, y Santiago Calvo, economista y doctorando por la Universidad Santiago de Compostela, aplican las ideas del médico sueco al estudio de la situación de las mujeres. Rosling denunció en su última obra Factfulness los sesgos con los que se manipulan diversos aspectos de la realidad. El informe muestra cómo esos sesgos, utilizados por el feminismo hegemónico, se utilizan para mostrar una imagen de la mujer que no se corresponde con la realidad. 

Los autores comienzan señalando cómo desde el feminismo hegemónico se falsea la imagen de la sociedad por medio del instinto de separación: la tentación de separar dos grupos como si fueran diferenciados, e incluso contradictorios. En este caso, “los representantes del feminismo hegemónico se empeñan en presentar gráficos o tablas que separan a los hombres de las mujeres en cuestiones como la distribución salarial, el número de mujeres en política o en puestos de alto mando de grandes empresas, mostrando y señalando una división casi irreconciliable entre estos dos grupos”. Sin embargo, con sólo representar los datos se puede comprobar que “la mayoría de mujeres presentan resultados parecidos a los de la mayoría de hombres”, aunque en conjunto haya diferencias. 

El instinto de negatividad, como explicó el médico sueco, “tiende a notar más lo malo que lo bueno”. Pero, dentro del ámbito de la violencia de género, “cuando atendemos a los datos nos damos cuenta que España tiene una de las tasas anuales más bajas de homicidios de mujeres de toda Europa (UNODC, 2018) y la segunda más baja de la Unión Europea (Eurostat, 2018)”. Además, la situación de la mujer no ha dejado de mejorar en nuestro país en aspectos importantes, como el acceso a los estudios universitarios o el empleo, entre otros indicadores de la calidad de vida. El instinto de urgencia crea la sensación de vivir en un mundo en llamas, y conmina a adoptar medidas, en ocasiones drásticas, y sin la necesaria reflexión.

Esto está relacionado con el instinto del miedo, que también menciona Rosling: la costumbre de los medios de comunicación, aprovechada por grupos de interés, de mostrar peligros que, aunque sean muy reales para ciertas personas, dependen de una combinación de factores que no se da de forma generalizada. De este modo, aunque la violencia doméstica es un grave problema, no sólo es bajo en comparación con otros países europeos, sino que su incidencia por 100.000 habitantes remite con el tiempo. 

El miedo está relacionado con el instinto de la perspectiva única: las explicaciones sencillas son muy atractivas, pero no necesariamente acertadas. El informe señala que “Para gran parte del feminismo hegemónico la culpa de la situación de las mujeres es el sistema patriarcal y el machismo que se desprende de este. La frase “nos matan por ser mujeres” es un claro ejemplo de ello. Parece que casi cualquier agresión que sufre una mujer a manos de un hombre tiene que ser motivada por la discriminación de género. Sin embargo, lo que la evidencia nos dice es que la violencia es de todo menos unicausal y unidireccional”. El instinto de culpa, por su parte, busca también causantes únicos de todo mal. Y esto, señala el informe, “bloquea nuestro aprendizaje” y dejan de lado “aquellas cuestiones que deben hacernos ver la realidad de forma más positiva”.

El autor alertó sobre el instinto del destino: la peligrosa idea de que ciertas características marcan el destino de las personas. El caso de la mujer no es una excepción. Así, el informe muestra que “hay diversos aspectos que han contribuido a la emancipación de las mujeres y que es importante mencionar. Uno de ellos es el acceso de la mujer al mercado laboral. Esto, junto con la posibilidad de que estas pudieran gestionar sus propias finanzas sin necesidad de autorización paterna o del marido, les permitió conseguir su independencia económica y supuso un incremento de su capacidad de decisión. La legalización de la píldora anticonceptiva les permitió tomar control sobre su capacidad reproductiva”.

Los autores concluyen que “los sesgos que describe Rosling en su libro, algunos de los cuales hemos resumido en este artículo, están distorsionando la percepción que tenemos del mundo, y en especial del progreso económico, educativo, sanitario y social que se ha producido en las últimas décadas y que ha afectado todos los individuos, pero en especial a las mujeres”.

El Instituto Juan de Mariana presentó hace dos años el informe Mitos y realidades del feminismo.

__________________________

Recursos adicionales:

  • Descargar informe completo aquí.

Hans Rosling y los sesgos del feminismo hegemónico

Los sesgos que describe Rosling en su libro, algunos de los cuales hemos resumido en este artículo, están distorsionando la percepción que tenemos del mundo, y en especial del progreso económico, educativo, sanitario y social que se ha producido en las últimas décadas y que ha afectado todos los individuos, pero en especial a las mujeres. Prestamos demasiada atención a cuestiones que, una vez relativizadas, no la merecen. Dividimos a los sociedad. Somos pesimistas cuando deberíamos tener una visión más optimista. Y buscamos falsos culpables.

https://www.youtube.com/watch?v=quXahjiRG9k&ab_channel=InstitutoJuandeMariana

Descargar aquí

En Argentina no basta con el equilibrio fiscal

Desde que el gasto público de la Nación y las Provincias se incrementó 20 puntos del PIB (desde el 25% al 45%), entre 2003 y 2015, los medios de financiamiento tan tenido que llegar a un límite peligroso. 

Los nuevos impuestos, y la consecuente presión tributaria récord en la región, ahogan a las empresas y les impiden tener retornos aceptables para invertir y generar producción y empleo. La deuda interna y externa se amplifica llevándonos a nuevos defaults, nuevas reestructuraciones de deuda o re-perfilamientos, lo que deja a las empresas sin crédito para apalancarse y crecer. La monetización del consecuente desequilibrio fiscal nos llevó a nuevos procesos inflacionarios y a una acumulación de pasivos en el Banco Central (Lebac primero y Leliq hoy) que ponen a la Argentina contra la pared, con nuevos riesgos hiperinflacionarios. Podríamos agregar otros desequilibrios indirectos (como el cepo cambiario) que, al dificultar o impedir la importación de insumos, traban el desarrollo de las empresas y anulan las posibilidades de crecimiento del país.

Es cierto, claro, que si en 2021 aprovecháramos el viento de cola y recuperáramos la actividad económica y la recaudación, podríamos reducir el déficit fiscal, variable que llegó en 2020 a 8,5 % del PBI. Pero aun alcanzando el equilibrio fiscal, algo que se ve lejano, Argentina estará impedida de enfrentar los nuevos compromisos de deuda que la reestructuración de Guzmán generó para 2023 en adelante. Se requiere un superávit fiscal primario récord para pagar esos vencimientos, y aun así será insuficiente.

Argentina debe avanzar en la corrección de un problema estructural mayor, que es el tamaño del gasto público, que el kirchnerismo dejó y el macrismo apenas pudo reducir en unos pocos puntos. Se requiere una reforma integral del estado que devuelva el gasto público a aquel 25% del PBI, pues este nivel es lo máximo que nuestra tan golpeada estructura económica podría financiar sin los desequilibrios ya conocidos y sus costos sociales consecuentes.

Sólo entonces podrá evaluarse y concretarse una reforma tributaria que reduzca a la mitad la mochila de impuestos que hoy hunde a las empresas, poniéndola en línea con nuestros vecinos latinoamericanos; sólo entonces podrá la Argentina resolver el problema de la deuda y recuperar líneas de crédito; sólo entonces dejará de monetizar desequilibrios monetarios y recuperaremos la estabilidad monetaria. En ese marco podrán plantearse caminos de apertura económica y será posible volver a atraer capitales, tanto de argentinos como de foráneos, que puedan darle al país el crecimiento ausente.

Quizás la licuación de gasto público que observamos en 2018, 2019 y sobre todo 2020 contribuya a corregir ese problema estructural. Pero se requiere un cambio de mentalidad en el gobierno para recuperar un crecimiento genuino que está ausente desde hace décadas.

El emprendedor es en la economía del siglo XXI, y lo ha sido siempre, el motor del crecimiento. El emprendedor argentino, y cualquiera que se atreva a la odisea de invertir en la Argentina, sabe que enfrentará los impuestos más altos de la región, que no tendrá acceso al crédito local, que convivirá con una de las tasas de inflación más altas del mundo, además de las restricciones que implica el cepo cambiario, la amenaza de un nuevo salto inflacionario y la consecuente inestabilidad cambiaria. Podríamos agregar un problema previsional mayúsculo, una legislación laboral sumamente negativa para los intereses del emprendedor y un aislamiento internacional propio de países bolivarianos.

En resumen, Argentina requiere un cambio urgente que devuelva sensatez a la economía. En concreto, se requieran reformas fiscal, previsional, tributaria y laboral, reformas de mercado en serio que sólo pueden ser parte de un plan económico integral hoy ausente.

Entretanto, sí, la Argentina podrá mostrar una tasa de crecimiento positiva algún año, como parte de la recuperación parcial de una anterior destrucción de capital, pero esto no implica crecer.

Lamentablemente, sólo cabe ser pesimista al analizar los desequilibrios macroeconómicos existentes y la ausencia de un plan económico para enfrentarlos. No alcanza el equilibrio fiscal, ni tampoco un acuerdo con el FMI o alguna reforma previsional o tributaria menor. Se requiere un cambio estructural e integral para que la Argentina pueda recuperar el crecimiento real.

El lenguaje económico (I): Dinero, precio y valor

En la mayoría de los tratados de economía (Samuelson y Nordhaus, 2006; Mankiw, 2007) se atribuye al dinero tres funciones: a) Medio de intercambio; b) Unidad de cuenta; y c) Depósito de valor. Hoy intentaremos justificar que la única función del dinero es la primera, a la vez que clarificaremos algunas confusiones conceptuales relativas al dinero, el precio y el valor.

Medio de intercambio

Según Mises (2011: 483):


Es dinero aquello que con carácter generalizado se ofrece y acepta como medio de intercambio. He aquí la única función del dinero. Cualesquiera otras funciones generalmente atribuidas al mismo no son más que aspectos particulares de esa fundamental y única función, la de ser medio de intercambio.

Unidad de cuenta

A excepción del trueque (donde el precio de cada producto es su contraparte en el intercambio), el dinero sirve a la fijación precios. Siendo esto verdad, es frecuente observar un deslizamiento discursivo que conduce al error. Esto dice Mankiw (2007: 444): «Cuando queremos medir y registrar el valor económico, utilizamos el dinero como unidad de cuenta». Sin embargo, medir y contar son dos cosas distintas. Por ejemplo, si el dueño de una empresa desea hacer un balance, confeccionará una lista de sus activos: «contará» las cantidades de diversos bienes heterogéneos —máquinas, herramientas, productos en stock—; posteriormente, utilizará el dinero para «estimar» su precio de mercado y así llevar a cifras su patrimonio neto (activo menos pasivo).

Pero contar y estimar precios monetarios, stricto sensu, no es medir. Para medir una categoría —espacio, tiempo, superficie, volumen, tensión eléctrica, temperatura— necesitamos una unidad de medida que sea constante —metro, segundo, área, litro, voltio, grado Kelvin—, pero en economía «no hay parámetros: todos son variables» (Huerta de Soto, 2014: 17). El dinero no puede medir porque su capacidad adquisitiva está en continua fluctuación, el dinero es como una vara de medir inconstante; a pesar de ello, cumple cabalmente su función para el cálculo económico que practican los empresarios, siempre y cuando su capacidad adquisitiva no sea distorsionada institucionalmente (i.e. inflación).

Otro error frecuente es confundir precio y valor. Cuando decimos: «La vivienda A está valorada (o tasada) en 100.000 €» solemos pensar que aquella «vale» objetivamente 100.000 €; pero el valor siempre es subjetivo. Una tasación no determina el «valor» de un bien, sino que estima su «precio de mercado». Aún así todo tasador aplica un método inválido: suma y resta cualidades heterogéneas (ubicación, antigüedad, estado de conservación) de un mismo bien, como tampoco es posible sumar y restar bienes heterogéneos (i.e. peras y manzanas).

El precio no mide el valor de un bien, tan solo nos indica la existencia de una escala ordinal de valores. Valorar es sinónimo de preferir. Para el vendedor el precio significa: «prefiero 100.000 € que mi casa» y para el comprador: «prefiero tu casa que mis 100.000 €». Por tanto, el precio es una información: ex ante, es una «cierta cantidad de dinero» (Mises, 2011: 263) que se propone para realizar un intercambio; ex post, es un dato histórico relativo a un intercambio consumado. Tampoco es cierta la frase: «Precio es lo que se paga y valor lo que se recibe». Lo único que se entrega y recibe son bienes concretos, a saber: 100.000 € y una vivienda. En conclusión, el valor es inconmensurable y la función del dinero como «unidad de cuenta» es sólo aproximada.

Depósito de valor

Siguiendo con nuestra crítica, la expresión «depósito de valor» o «reserva de valor» es incorrecta por la sencilla razón de que el valor no se puede depositar, ni reservar, ni almacenar, ni ahorrar. Según Menger (2013): «Valor es la significación que unos concretos bienes o cantidades parciales de bienes adquieren para nosotros, cuando somos conscientes de que dependemos de ellos para la satisfacción de nuestras necesidades». El valor es subjetivo y la valoración es un acto cognitivo, cambiante en el tiempo, que no reside en las cualidades físicas del bien valorado. Por ejemplo, el oro, como sustancia, tiene una determinada masa atómica, densidad, color, etc., pero el valor que un individuo atribuye a una onza de oro es extrínseco pues procede de su apreciación subjetiva.[1] No hay tal cosa como «valor intrínseco» porque el valor siempre es «extrínseco». Solamente el dinero tangible (y ahora también el electrónico) puede acumularse con la finalidad de ser empleado en el futuro. Un depósito de combustible no es una reserva de «energía»; un silo de trigo no es una reserva de «alimentación» y un banco[2] de sangre no es una reserva de «salud». Análogamente, cuando acumulamos oro, plata, dólares o bitcoins para conservar nuestra capacidad adquisitiva no estamos «reservando valor», sino específicas cantidades de numerario. En definitiva, cuando decimos que el dinero es «depósito de valor» tan solo constatamos una obviedad: que podemos ahorrarlo para su empleo futuro.

Bibliografía

Huerta de Soto, J. (2014). Lecturas de Economía Política (I). Madrid: Unión Editorial.

Mankiw, G. (2007). Principios de Economía. Madrid: Thomson

Menger, C. (2013) [1871]: Principios de Economía Política. [Kindle]. Amazon.

Mises, L. (2011). La Acción Humana. Madrid: Unión Editorial.

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006). Economía. Méjico: McGraw-Hill

(18ª edición).


[1] La paradoja del valor que confundía a los economistas clásicos solo se resolvió al entender que los individuos nunca intercambian bienes «en general», sino específicas cantidades y calidades de bienes concretos.

[2] Tampoco es un «banco» como sinónimo de entidad financiera.

De Mayo del 68 a febrero de 2021: revueltas y revoltijos

No hay revuelta que no roce el surrealismo, en palabras del propio Buñuel sobre el Mayo francés, ni que no consiga propósitos contrapuestos a los que perseguía con su nacimiento. Los soixante-huitards querían acabar con el capitalismo pero lo modernizaron y fortalecieron, dándole su aspecto actual. De la misma forma, la crisis de 2008 y la recesión económica en la que desembocó, posiblemente, liquidaron esa herencia, engendrando indignados y nuevos revolucionarios quizás más peligrosos, con menos valores y con motivos aún más difusos que los de sus predecesores, ya muy heterogéneos. Llegando, poco más de una década después, a quemar furgones policiales con agentes dentro y saquear tiendas como acción subversiva para luchar por la supuesta libertad de expresión de un delincuente reincidente, siendo la performance perfecta que excita a estos jóvenes violentos de hoy. Son hijos de los que ayer tiraban adoquines desde sus barricadas en el Barrio Latino y gritaban eslóganes cursis de Breton: “¡La belleza será convulsiva o no será!”. Misma violencia y mismo absurdo, pero estos de ahora, a diferencia de aquéllos del 68, no aspiran a ir contra la autoridad o el poder, sino que están ya felizmente en él, corroyendo las Instituciones desde dentro.

Vaya por delante que Mayo del 68 nace como un movimiento comunista maoísta contra las jerarquías, de repulsa a la guerra de Vietnam, pero también de especulación y cuestionamiento de lo que sucedía al otro lado del idealizado Telón de Acero, sobre todo, tras el duro aplastamiento de la Primavera de Praga por parte de la URSS. Ahí muchos empezaron a ver que habían estado ciegos, y a darse cuenta de que estaban gobernados por totalitarios, que no fueron liberados sino conquistados.

El Mayo francés tuvo un mensaje hedonista y subversivo, de mojigatería de la sociedad contemporánea y de ingenuidad post-marxista, y provocó un movimiento en contra de repulsa a la ruptura que jaleaban los soixante-huitards. Ese movimiento no se quedó en la mera represión de la revuelta, como nos han hecho creer, sino que abogaba por la asunción de avanzar cambio a cambio y sobre la base en la máxima de protección de las Instituciones; pues lleva mucho construir lo que se destruye en unos minutos. A él se sumaron artistas, políticos e intelectuales liberales y conservadores como un joven Sir Roger Scruton, a quien el Mayo francés le pilló en París en pleno Barrio Latino, lo vivió de cerca y hablaba de ellos como “una multitud ingobernable de hooligans de clase media” y “un centón de perezosos tópicos marxistas”. Y ahí sintió indignación política por lo que estaban destruyendo. Este sentimiento está muy vigente hoy en muchos de nosotros que vemos cada noche arder Barcelona. La indignación de Scruton derivó en un ideal que persiguió durante toda su vida, la búsqueda del camino de regreso a la defensa de la sociedad occidental.

Lo mismo sucedió con el cineasta y poeta Pasolini, reconocido comunista, que en pleno movimiento estudiantil en Italia, escribió un poema donde declaraba que, en las violentas revueltas, él apoyaba a los policías, por ser estos precisamente parte de la clase obrera, y tener que soportar la locura de los violentos de causa difusa. Los estudiantes no eran justamente los más desfavorecidos, tal como sucede hoy en nuestras altercadas calles españolas.

“La violencia nunca es el camino”, invocan ya muchos de los trabajadores, empresarios saqueados, intelectuales, políticos de diferente signo, periodistas que se manifiestan contra estos actos vandálicos y contra la sección del Gobierno que los alienta. El sentimiento de rechazo social es amplio. Y sus consecuencias sólo hacen que acrecentar la nefasta crisis producida por la pandemia y su gestión. Antes inspirados en Foucault, ahora tenemos a Echenique alentando desde su poltrona de Unidas Podemos, bien asentados en el Gobierno. Pero cuidado, también hay tentación de nostalgia de autoridad alrededor del mundo con las líneas de Erdoğan, Putin, Orbán, Le Pen y, en España, sus aliados ideológicos voxistas. Figuras absolutas que tratan al ciudadano desde la perspectiva jerárquica y lo despojan de la mayoría de edad.

Vivimos hoy, por tanto, en una tentación autoritaria, la tentación de una sociedad cada vez más dogmatizada, sectaria y radicalizada. Una cosa es cuestionar la autoridad y apelar a la libertad de expresión, y otra, actuar contra el orden y los acuerdos democráticos y libertades comunes que nos hemos dado para la normal convivencia en un Estado de Derecho.

Creo que debiéramos meditar, como colofón de este paralelismo con las revueltas del 68, en que al origen del liberalismo moderno se alzó como respuesta razonada y constructiva a la demanda de mayores libertades, principalmente individuales, que reclamaba la sociedad frente al conservadurismo, encarnado en Francia por de De Gaulle, pero sin atender a la vía rupturista de los subversivos. Hoy, en pleno año 2021, los disturbios incesantes de Cataluña y diferentes puntos de España, sumados a los hechos que se están sucediendo en el resto del mundo como los movimientos antifascistas nacidos en EEUU, el Black Lives Matter, el auge de los colectivismos y los crecientes nacionalismos identitarios periféricos y patrióticos, son justo esos dos extremos, los totalitarios violentos de confusas luchas aborrecidas y condenadas ya por la propia sociedad, y la ideología más conservadora creciente a lo largo del globo.

Y así como el Mayo del 68 se amortizó, entre otros, con el origen del liberalismo moderno, debemos mantenernos firmes y esperanzados en que toda esta grave coyuntura podrá desembocar en el resurgimiento de la razón y el fortalecimiento de las democracias liberales, como única vía de salvación.

Los efectos económicos de la pandemia

A pesar de los gobiernos y bancos centrales, dentro de pocos años, la pandemia de la COVID-19 será simplemente un triste recuerdo histórico que pronto será olvidado por las generaciones futuras. Saldremos adelante como resultado de nuestro esfuerzo individual y colectivo, tratando de sacar adelante con creatividad nuestros proyectos vitales en los resquicios de libertad de empresa y mercado no intervenido que, a pesar de todo, sigan abiertos. 


Descargar aquí

La libertad en tiempos de pandemia

Hace un año la crisis del coronavirus llegó a la puerta de nuestros hogares y trastocó nuestras vidas en niveles y formas que no imaginábamos. Viendo hacia atrás, me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones acerca del momento histórico que, para bien o para mal, nos ha tocado vivir. 

Esta crisis ha puesto a prueba nuestra inventiva, nuestra resiliencia, nuestra coherencia y, sobre todo, nuestros valores. Las lecciones de esta experiencia disruptiva son múltiples y profundas, y cada una de las lecciones individuales aprendidas marcará indirectamente el rumbo de nuestra sociedad en las próximas décadas. Este tiempo pasará a la historia como la época de la prevención distanciadora, de contactos sociales virtualizados, de crisis económica y de incertidumbre extrema. Para muchas familias el impacto habrá sido profundo e irreparable. Todos, sin excepción, hemos  tenido  que  improvisar nuevas formas de hacer las cosas, desde la conducción de las relaciones sociales hasta la forma de continuar aprendiendo y educando.

Algunos gobernantes usaron la pandemia para imponer sus sueños intervencionistas más salvajes, desde la prohibición a la sanidad privada de tratar pacientes contagiados o realizar pruebas de la COVID-19, hasta los controles de precios o los cierres empresariales forzosos. La mentalidad intervencionista y autoritaria encontró en el virus la excusa perfecta para dirigir la vida de millones de ciudadanos.

Y las consecuencias, en forma de desabastecimiento, caos y crisis económica, no se hicieron esperar. La globalización se detuvo y todos conocimos de primera mano que impedir la libertad de intercambios a nivel mundial trae consigo empobrecimiento y miseria. Al mismo tiempo, millones de personas decidieron superarse ante la adversidad y dar lo mejor de sí mismos. Son episodios como este los que han marcado los grandes cambios en el devenir de la historia.

¿Qué vamos a hacer? ¿Aceptaremos que nos impongan una única solución desde arriba o exploraremos múltiples opciones entre todos? ¿Delegaremos la búsqueda de la verdad en los supuestos expertos o nos responsabilizaremos personalmente de hacerlo? ¿Permitiremos que nos pastoréen como un rebaño de ovejas o asumiremos cada uno los retos que cada nueva crisis nos presente? 

El progreso de la humanidad ha sido posible gracias a personas que desde toda posición se han atrevido a retar el statu quo, las convenciones y lo que era políticamente correcto, para, así, hacer avanzar la libertad y la prosperidad de todos. El futuro de nuestra sociedad está en manos de quienes se atreven a defender la libertad en los momentos en los que es más cuestionada. Aún quedan por superar muchos de los retos que nos ha dejado esta crisis, y necesitaremos nuestra creatividad y empresarialidad para hacerlo. Los meses que vienen por delante nos dan la oportunidad de volver a una normalidad en la que la libertad, y no la coerción, sea la que rija nuestras vidas. 

Desde la Universidad Francisco Marroquín seguiremos cultivando el estudio y la discusión de la importancia que la libertad y la responsabilidad individual tienen en el acontecer de la civilización. Esa es nuestra misión. Además, este año lo haremos con mucho entusiasmo y renovada energía en el marco de nuestro cincuenta aniversario. Les invito a celebrar medio siglo de trabajo por la libertad de todos, convencidos de que, como dijo Manuel F. Ayau en su discurso inaugural, “solo  las  personas  responsables pueden crear civilizaciones prósperas y pacíficas, y donde no hay libertad,  no florece la responsabilidad”.

Un abrazo, desde la Casa de la Libertad. 

Publicado en El Periódico

Algunas cuestiones disputadas sobre anarcocapitalismo (LIV): Vacunas en una sociedad sin Estado

Aunque esta sea una sección de comentarios de actualidad, yo acostumbro a hacer reflexiones más o menos teóricas sobre la anarquía de mercado. Pero el debate sobre el suministro de vacunas me ha interesado tanto que he hecho una excepción. Es un ejemplo magnífico de cómo la centralización en las negociaciones fracasa y cómo muchos estados pequeños han estado más ágiles a la hora de adquirir y suministrar el medicamento a sus ciudadanos.

Al tiempo también puede servir como elemento de debate a la hora de describir cómo podría darse el suministro de un bien de este tipo en una sociedad sin estado y si lo podría hacer mejor que la gestión estatal de los suministros. Lo cierto es que el tema es interesantísimo y se podría debatir desde la propia eficacia de la Unión Europea a criterios de justicia a la hora de hacer los repartos de un bien tan básico como  es este.

El proceso de vacunación de una población comienza obviamente por el descubrimiento de una o varias vacunas efectivas para la enfermedad.  Esto ya en sí ya es complejo, pero la dificultad se acrecienta cuando se hace necesaria una gran producción de las mismas para poder literalmente vacunar a toda la tierra.  El problema es que aún disponiendo de una buena infraestructura productiva, la cadencia de fabricación de las vacunas no permite más que una producción limitada cada día que no permite satisfacer las demandas de todos los posibles usuarios. Esto es, producir vacunas para todas implica un lapso temporal de meses.

A esto hay que sumarle los plazos de distribución de la misma hasta los distintos países y luego administrar las vacunas a toda la población. Es decir, hay que priorizar tanto las entregas de las vacunas entre países como dentro del mismo país entre los colectivos que se determinen como más necesitados. Sería interesante discutir si puede o debe existir algún criterio de justicia a la hora de hacer este tipo de repartos y de existir cuál debería ser.  Se trataría también de ver cómo podría darse suministro en una hipotética sociedad sin estado.

En una economía de mercado sin interferencias, el proceso normal de suministro de vacunas consta de varias etapas sucesivas. La primera obviamente es la de la síntesis de la vacuna que corresponde a científicos y técnicos. La segunda sería la de la producción masiva de la misma, que requiere de bienes de capital en forma de fábricas especializadas y personal cualificado. La tercera sería la de la logística y transporte de las vacunas producidas a los centros de distribución. La última sería la del inoculado de las mismas a las pacientes siguiendo algún tipo de orden, dado que éstas irán llegando de acuerdo con algún tipo de cadencia.

Las cuatro etapas son imprescindibles. En una economía de mercado sin interferencia la asignación se haría mediante un mecanismo de precios y siguiendo un orden idealmente  inverso al explicado. Esto es, los empresarios involucrados valorarán la demanda potencial del bien, las formas posibles de distribuirlo (si existe o no logistica de frio industrial o el tipo de infraestructura sanitaria existente por ejemplo) y luego calcularía una gama de precios a los que podría obtener beneficios. Una vez realizados los cálculos, los productores decidirían cuántos científicos y técnicos  y cuáles se movilizarían; primero para el descubrimiento y síntesis de la vacuna y segundo para su producción y distribución industrial.

Como es de suponer, la empresa farmacéutica se enfrentaría a la posible competencia de otras empresas, y a la posibilidad de que todos sus esfuerzos se encuentren sin recompensa. Podría perfectamente no descubrirse vacuna alguna, o bien de descubrirse hacerlo tarde en relación a la competencia, o a un precio no competitivo.

No difiere en esencia de cualquier otro proceso industrial, salvo en el hecho de que tratamos con cuestiones de vida o muerte y por tanto el ajuste de los precios es al principio algo diferente de otros bienes. Se asemeja  (guardando las distancias) a los mercados de espectáculos, que o se  adquieren en el momento o después no valen de nada. Al igual que en ellos se da un fenómeno muy peculiar: si no se ajustan bien los precios se producen fenómenos de “reventa” que benefician a intermediarios pero que no redundan en beneficio de los artistas (o de los fabricantes) y por lo tanto esos fondos no revierten en la mejora del espectáculo o evento deportivo (o en el caso de las vacunas en la mejora de los procesos de investigación o producción).

Por lo tanto, en la producción de vacunas nuevas como en cualquier otro proceso de producción innovador se suele cargar con precios más altos a los primeros consumidores para que de esta forma contribuyan a financiar los incrementos futuros de producción, y colaboren por tanto en abaratamientos ulteriores del producto y permitan su generalización. Pasó con los automóviles, los televisores o más recientemente con los teléfonos inteligentes de alta gama.

En el ámbito español tenemos un buen ejemplo con la penicilina. Al principio era carísima y se llegó al caso de vender una casa para comprar una dosis  que salvase una vida ( dosis que había que traer de contrabando de Portugal al no poderse adquirir legalmente en la España de Franco). Pero con el tiempo se abarató muchísimo, al tiempo que se perfeccionaba como producto hasta el punto de que hoy es un medicamento de lo más accesible y abundante. El único problema era que parte del beneficio iba al contrabandista y no a la empresa productora y no contribuía a mejorar la producción.

El problema, hoy al igual que entonces, es que mientras no se abarate y distribuya masivamente habrá personas que no puedan adquirirlo y que por desgracia pueden fallecer existiendo una solución disponible. El problema que se plantea es pues de corte ético y consiste en si debe existir o no algún criterio de reparto extraeconómico para asignar las vacunas escasas mientras estas  no se generalicen. 

En una hipotética sociedad sin estado, las vacunas serían asignados a quienes muestren más capacidad de pago, bien por poseer una gran capacidad económica bien porque sacrifican otros consumos por acceder a este, como vimos en el caso antes citado de la venta de la casa. Pero esta forma de asignación no implica necesariamente que sólo los ricos van a obtener vacunas, pues estas podrían perfectamente ser adquiridas por aseguradoras para sus clientes, y éstas cubrir perfectamente a la totalidad o casi totalidad de la población, dado que en un sistema social de este tipo no estarían previstos sistemas estatales de previsión o de sanidad. Serían entonces estas aseguradoras quienes estableciesen protocolos de vacunación y priorizasen a los enfermos que entendiesen prioritarios. Obviamente estos protocolos serían conocidos por los usuarios a la hora de firmar el contrato de seguro, pudiendo el  tomador del seguro aceptar el pequeño sobrecoste o no.

Quiere con esto decirse que es perfectamente factible conciliar la asignación de un bien muy escaso y vital en ausencia de Estados con criterios redistributivos que atiendan a los más débiles, al tiempo que no se distorsionen los sistemas de mercado. También habría que tener en cuenta a la hora de ponderar la justicia de una asignación de mercado que si este se revela como más productivo y más barato a la hora de producir y suministrar el bien a medio plazo, este sistema habrá salvado más vidas que sus alternativas estatales y esto habrá que ponderarlo también a la hora de juzgar entre sistemas político-económicos alternativos. 

Pero aún así no cabe duda de que en este sistema se priorizaría la capacidad de pago sobre cualquier otro principio y esto sin duda es una cuestión ética peliaguda que merece ser discutida. Veamos entonces cómo es la ética de reparto en un sistema en el que los estados  sean los  encargados  de la producción o provisión de las vacunas.

Para ello veremos cómo se gestiona este proceso en nuestro entorno. En primer lugar se ha optado por una compra centralizada de vacunas a nivel de la Unión Europea, que se ha revelado no muy efectiva, quizás por falta de experiencia de esta administración al hora de contratar este tipo de bienes. El problema es que un fallo en estas negociaciones no se circunscribe al ámbito de un Estado o una comunidad autónoma, sino que afecta al conjunto de la Unión. Un fallo de unas pocas personas en una decisión centralizada afecta, como podemos observar, a centenares de millones de personas.

Podemos ver en cambio cómo países pequeños como Islandia o algunos emiratos árabes o relativamente pequeños como Israel han mostrado una mejor capacidad de afrontar tanto el proceso de compra como el de vacunación. Desde luego la magnitud de la unidad política (a igualdad de renta) no parece afectar positivamente a la gestión. Esta compra centralizada nos aporta un elemento más de discusión que podríamos enlazar con la teoría austríaca del cálculo económico.

El viejo Boris Brutzkus, en su relato de los fallos de la incipiente economía soviética, nos alertaba de los fallos de coordinación. Los soviets tenían buenos barcos de pesca pero carecían de redes y anzuelos, o flamantes tractores sin una adecuada distribución de combustible o repuestos. Algo semejante aconteció en la distribución de vacunas (afortunadamente a mucho menor escala y con una menor duración en el tiempo), pues si bien se produjeron vacunas, las primeras requerían de una sofisticada logística de frío de la que no se disponía aún en todas partes. También se dió, durante un breve lapso de tiempo, la carencia de jeringuillas especiales que permitiesen un óptimo aprovechamiento de los viales, lo que permitiría incrementar cerca de un veinte por ciento las dosis disponibles.

Por último viene el problema de la priorización de colectivos a la hora de proceder a la vacunación. Partamos de una base, la asignación por el Estado no es tampoco igualitaria. Primero, porque la diferencia a la hora de asignar el recurso será entre Estados ricos y estado pobres. Es decir, al igual que en el caso anterior, la capacidad de compra será decisiva a la hora de adquirir el bien, y los ricos tendrán preferencia sobre los pobres, Ello no supone una mejor situación ética, pues sólo se cambiaría la escala y la forma del reparto, pero no su desigualdad intrínseca. Y no parece que sea políticamente factible una situación en la que un Estado se desprenda generosamente de parte de su stcock para cedérselo a otro menos favorecido, sin haber vacunado aún al completo de su población. Se dará la paradoja de vacunar antes a jóvenes sanos de los países ricos que a personas de riesgo en países pobres. El modelo aquí no es muy diferente en esencia del caso anterior.

En segundo lugar, tampoco es igualitario el reparto dentro del propio país, si bien aquí la supuesta injusticia es de menor gravedad.  Básicamente, porque el gobierno a la hora de asignar las vacunas escasas determina quiénes deben ser los grupos que primero deben recibirlas, y también un orden de prelación entre ellos. Entiendo que los criterios que se han seguido no son en principio irracionales, y tienen mucha lógica. Pero ello no obsta para que sigan siendo desigualitarios en el sentido de que son los gobernantes quienes deciden qué vidas valen más y cuáles deben esperar. Y que por tanto haya personas que los reciban antes, y por tanto eliminen el riesgo, mientras que otras por desgracia siguen siendo infectadas y a veces mueren simplemente porque no fueron catalogadas como prioritarias.

Al ser una asignación de tipo político, siempre será posible una suerte de “mercado negro” en la asignación, según la cual aquellos más próximos al poder pudiesen tener la tentación de priorizarse a sí mismos en la asignación de las mismas. La escala en que esto suceda dependerá como cualquier otra forma de corrupción moral de la calidad ética de las clases dirigentes. Pero de ser estas poco morales es probable que se reproduzca el fenómeno apuntado más arriba de la aparición de intermediarios o de privilegiados, pero con la consecuencia de que no aportarán tampoco nada al proceso productivo. También habría que comparar su eficacia relativa en relación a la asignación de mercado y tener en cuenta las vidas potenciales perdidas a la hora de valorar cuál de los dos sistemas debería ser el preferido.

China, John Stuart Mill y las tierras raras

Si me preguntaran qué ejemplo actual representa mejor la teoría de la demanda recíproca del comercio internacional enunciada por el inglés John Stuart Mill, el del comercio de los elementos químico que componen las llamadas ‘tierras raras’ sería mi elección.

Saltan las alarmas, de nuevo. Llevan haciéndolo cada cierto tiempo desde hace décadas: China es el mayor productor de estos metales que son imprescindibles para el desarrollo de las nuevas tecnologías.

Es cierto que es ahora cuando estamos viviendo, también de nuevo, un duelo arancelario, en esta ocasión entre China y el mundo occidental. Así que, es normal que las alarmas que suenan sean atronadoras. Porque, detrás de ese nombre tan extraño, nos encontramos con los elementos químicos gracias a los cuales se trata el cáncer de pulmón, se aterriza en Marte, o millones de personas se comunican a través de un smartphoneSon la materia prima de los bienes más demandados del mundo, el soporte de las industrias que generan más valor añadido, la madre del cordero de la economía mundial del siglo XXI.

En la Grecia clásica fue el trigo, el el siglo XVI fue el oro, en el siglo XX el petróleo, y después el uranio, y ahora son las tierras raras. Si miramos a nuestra historia económica, la tensión por la obtención de recursos ha generado guerras como las del Peloponeso y crisis como las de 1973 y 1978. Lo que tenemos encima son solamente gestos que muestran el poderío por parte de China y de Estados Unidos, pero lo que puede venir es muy serio.

Por suerte, la historia es generosa y siempre hay una lección que aprender de los pensadores que nos precedieron.  En el siglo XIX se desarrolló la explicación de las ventajas del libre comercio internacional más famosa: la teoría de la ventaja comparativa.

Esta teoría la enunció David Ricardo, a partir de las ideas de Adam Smith, y fue refinada por otro grande, John Stuart Mill. Ricardo había centrado su intento de determinar la tasa de intercambio entre dos países en la oferta.

Mill dio un giro a la perspectiva y se dio cuenta de que mi oferta de bienes, no es otra cosa que la demanda que un país tiene de esos bienes que yo produzco. Y esta lógica le llevó a considerar la importancia de la elasticidad de esa demanda recíproca en mi balanza comercial.

De esta forma, lo ideal es que yo exporte bienes imprescindibles para el resto de los países e importe bienes con muchos sustitutivos. En una época de crisis, mis exportaciones apenas se verían afectadas y mis importaciones podrían ser financiadas.

Esa es la razón por la que España tiene cierta dificultad en mantener un saldo comercial favorable. Por desgracia, estamos viviendo hasta qué punto es prescindible el turismo, y lo dependientes que somos de muchos bienes innecesarios para mantener nuestra producción.

El caso del poder comercial chino encaja en el análisis propuesto por Mill. Supongamos que somos Chen Deming, ministro de Comercio de la República Popular China desde hace 14 años. ¿Cuál sería la estrategia cuando asumió su cargo en el año 2007? Teniendo la mayor reserva del mundo de tierras raras en el yacimiento de Bayan Obo en Mongolia interior, y dada la proyección a futuro de estos elementos, sin duda, una de las prioridades sería el control del comercio internacional. Dicho y hecho.

En el año 2019, el 80% de las importaciones de tierras raras de Estados Unidos, principal potencia mundial, procedía de China. Cuando en mayo de ese año, el Gobierno chino emitía un comunicado amenazando con subir los aranceles a las tierras raras y afirmaba “no digáis que no os lo advertimos”, iban en serio. Dos años después y ya sin Trump, la situación no ha mejorado. ¿Qué podemos hacer?

La “rareza” de estos elementos consiste en que no se encuentran en estado puro y, una vez extraídos, hay que procesarlos. Es un proceso ineficiente en el que se pierde más de la mitad de lo extraído. Es sucio, porque una de las impurezas que genera es un elemento radiactivo como el torio. Su proceso de obtención es agresivo con el medioambiente, y, por supuesto, es caro. 

No podemos multiplicar como por arte de magia las reservas de tierras raras en función de los intereses geopolíticos. Pero podemos investigar cómo extraer y purificar estos elementos de manera más eficiente y barata, para ser menos dependientes de China. Esto significaría que nuestra demanda sería menos rígida.

Ya hay científicos dedicados a esto. Y ahora viene la puñalada en la espalda. El geólogo que lidera uno de los grupos de investigación más exitoso es español. Asturiano, para más señas. Juan Diego Rodríguez Blanco, doctor en Geoquímica por la Universidad de Oviedo, lleva años investigando en el Trinity College de Dublín, cómo extraer y procesar estas tierras raras.

Por desgracia, el método de extracción depende de cómo se formaron los depósitos, así que sus logros son una gran noticia, pero necesitamos más investigadores que se dediquen a ello. En España, además de sol y playa, tenemos talento científico que emigra para poder desarrollarlo. Tal vez a alguien le parecerá falta de patriotismo.

Cómo es posible que no esté “devolviendo” a su lugar de nacimiento la educación, el uso de las carreteras, y de todos los servicios y bienes públicos empleados. Ese punto de vista es uno de los muros que nos separan del progreso económico y social. Mi perspectiva es la opuesta, es la de Mill: ¿qué tendríamos que haberle ofrecido al doctor Rodríguez Blanco para que eligiera investigar en España? Para él habría sido un logro enorme en su carrera, como el que está teniendo, por sus méritos. Para el país implicaría dejar de depender del turismo y ofrecer un servicio cuya demanda recíproca es muy alta.

Mientras tanto, nuestros gobernantes jalean la violencia y aplauden la desestabilización. La miopía política de elegidos y electores nos va a dejar en el vagón de cola por muchos años.