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La educación y el empleo deben ir de la mano

Ayer, lunes, se inauguró la cumbre empresarial que durará hasta el día 25 de junio y que, con el título de Empresas españolas liderando el futuro, se ha convertido en un acontecimiento económico y empresarial sin parangón en nuestra historia. Las principales empresas de todos los tamaños y sectores estarán presentes para analizar el rol que desempeñan en la reconstrucción del tejido empresarial dañado por el cierre de nuestra economía, poner en común los principales escollos a los que están haciendo frente y los que se vislumbran en el horizonte, y, de paso, hacer oír su voz ante los gobernantes.

La primera de las diez jornadas  ha sido protagonizada por el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, junto con el presidente de Inditex, Pablo Isla, la presidenta del Banco Santander, Ana Botín y el presidente de Mercadona, Juan Roig. El mensaje de todos ellos se resume en un lema: crear empleo.

A ninguno se les escapa la sangría que las medidas de confinamiento están suponiendo para las empresas españolas. También son conscientes de lo difícil que es salir de una situación de “pinza mortal”, en la que hay crisis de demanda y crisis de oferta, especialmente con un Gobierno bicéfalo, en permanente campaña electoral, que a menudo se limita a lanzar consignas populistas.

Piden los empresarios que las medidas aplicadas ahora para flexibilizar el mercado laboral no se eliminen cuando pase esta circunstancia tan desgraciada. Piden trabajar en un consenso para generar certidumbre y seguridad jurídica, de forma que España sea un objetivo atractivo para inversores. De esta manera, no se destruirá el tejido empresarial sino que se creará empleo.

Estudiar el mercado de trabajo es harto complicado. Son muchas las variables que influyen en el buen funcionamiento del mismo. Una de ellas es la estructura del sistema productivo. Por un lado, se trata de comprobar si dicha estructura es intensiva o no en mano de obra, de manera que genere muchos puestos de trabajo. Por otro lado, es importante que haya empresas intensivas en capital que sean el motor del crecimiento económico.

También cuenta si nuestro país es importador de bienes intermedios o finales y la dependencia energética. Trayendo al siglo XXI la teoría de la demanda recíproca de John Stuart Mill, si hay un problema en el comercio internacional, lo ideal es que nuestros bienes y servicios se vean lo menos afectados posible. Eso implicará un menor daño en el empleo de la nación. No es el caso de España, por desgracia.

Otro punto muy relevante en la salud de nuestro mercado laboral es, por supuesto, la Educación.

En este aspecto, como en tantos otros, es muy fácil dejarse llevar por los datos cualitativos. ¿Cuánto gastamos en Educación? ¿Más o menos que el año anterior? Y se asume que, si un Gobierno de un color gasta más, es porque le importan los niños, pero si gasta menos, entonces es lo peor y le da igual el futuro de España. El impacto del gasto no parece contar.

La estructura de nuestro sistema educativo es muy rígida. Y va a más. La búsqueda de la calidad de la educación y de la homologación, que son dos objetivos muy loables, se han interpretado tan mal que se han transformado en un potro de tortura para docentes y alumnos. Pero no es eso en lo que quiero detenerme, sino en la asignación de recursos.

Una correcta asignación del trabajo implica que cada puesto laboral está cubierto por una persona preparada para desempeñar sus funciones de la mejor manera posible. La mala asignación del trabajo sería como poner al portero de fútbol de delantero. Cada cuál se especializa en aquello que se le da mejor. Fue muy sonada la entrevista de aquel astrofísico español que se quejaba porque se había tenido que ir de su región para ejercer su profesión. Normal. Es como intentar ejercer la carrera de Ciencias del Mar en Toledo.

Si el sistema educativo, en general, y el universitario, en particular, no van de la mano, nos encontramos con una generación altamente preparada que ha de emigrar para poder trabajar eficientemente. Eso implica un coste económico y emocional, que hay que sumar al de su educación, desde los 6 años hasta que sale al mercado de trabajo. Es una inversión muy alta.

Los que se quedan y trabajan en lo que pueden, pasan a engrosar las listas del subempleo, junto con quienes desearían trabajar a jornada completa, pero han de conformarse con empleos de media jornada, porque es lo que hay. España es uno de los países con mayores tasas de subempleo. Es decir, además de tener un desempleo estructural muy alto, que significa que nuestras empresas no pueden ofrecer puestos de trabajo para todos, también ganamos en mala asignación de recursos.

No se trata de elaborar un plan nacional de forma que se asegure que van a salir tantos estudiantes de tal especialidad, que es lo que necesitan las empresas. Pero creo que es necesario que nos demos cuenta de que hay algo que estamos haciendo fatal. Y nuestra universidad y nuestras empresas, aunque hay cada vez más convenios y colaboraciones, no encajan como deberían.

Por eso, tal vez, esta cumbre debería ir acompañada, además, de una reflexión acerca de qué estudiantes universitarios les estamos presentando a estas empresas. ¿Tienen la cualificación que se necesita? ¿Por qué se promocionan, por ejemplo, los estudios de género en lugar de la ingeniería informática, la ciencia de datos, la robótica o la transformación digital?

¿Nos hemos intoxicado con el Espacio Europeo de Educación Superior y nos lo hemos tomado demasiado a la tremenda? ¿Respetará la política, alguna vez, la Educación como garantía de nuestro futuro, y dejará de utilizarla como arma arrojadiza? Ojalá la cumbre y la pandemia nos empujen a repensar, también, la Educación.

CHAZ, a un paso de la barbarie

“You are leaving the U.S.A.”. Un cartel improvisado advierte al transeúnte de que, lo que hasta ayer era Seattle, la ciudad más importante del Estado de Washington de los Estados Unidos, hoy es CHAZ, el acrónimo de Capitol Hill Autonomous Zone. Son seis bloques tomados por unas fuerzas anarquistas que han logrado echar a la policía local.

La ciudad llegó a esta situación tras una de las incontables manifestaciones pacíficas que se repiten por todo el país, ciudad tras ciudad. El pacifismo, claro, lo ponen los titulares. Porque los líderes locales del movimiento Black Lives Matter se presentaron en el ayuntamiento de Seattle, una de las ciudades más izquierdistas de todo los Estados Unidos, advirtiéndole a la alcaldesa que o retiraba de forma inmediata los fondos a la Policía local o se hacían con el control de una parte de la ciudad. Y eso hicieron. Entraron en el Ayuntamiento porque les abrió la puerta la concejal socialista de Seattle Kshama Sawant.

El lunes, 8 de junio, en un movimiento sorprendente, la alcaldesa de la ciudad retiró la Policía de Capitol Hill. Ante la retirada de la primera línea de defensa del Estado de Derecho, se ha creado allí un área gestionada por los impulsores de Black Lives Matter. “La primera noche de la llamada Capitol Hill Autonomous Zone que se creó tras el levantamiento del asedio de una semana de la Policía del departamento Este fue lluviosa y pacífica, y se llenó de discursos pronunciados por activistas, agitadores, poetas y concejales socialistas”, relata un blog.

Uno de los organizadores del movimiento, autodenominado Magik, dice altavoz en mano: “Espero que lo que cojones que estemos haciendo sea efectivo”. Imagino que por eso eligió su sobrenombre. A la mañana siguiente, los organizadores crearon una barricada en zig zag para evitar el paso de vehículos por las calles que pasaban por CHAZ. Sobre alguno de ellos está pintado Kill the police.

El mismo 9 de junio que decayó la Policía de Seattle, el rapero Raz Simone creó un cuerpo propio, una fuerza que responde sólo ante sí, y que ejecuta los juicios sumarísmos que ella misma hace. Por ejemplo, en un vídeo se puede ver cómo el rapero-policía golpeaba a un súbdito de CHAZ, por haber rociado con spray un graffiti. Para saldar la recién creada deuda con la sociedad de CHAZ, Raz le requisó su teléfono móvil.

Pero no es la única actividad que ha realizado la policía anarquista de CHAZ en este tiempo. Según recogen varios informes de la todavía Policía de Seattle, con información aportada por las víctimas, Raz se dedica a ir negocio tras negocio vendiendo protección contra su propia violencia. Como Don Fanucci en El Padrino II.

Mientras, la concejal socialista Sawant suelta una arenga a quienes le rodean en el cruce de la avenida 12 con la calle Pine, donde está la comisaría de Policía, ya abandonada. Se queja de que otros concejales, “de color, como yo”, no votasen de acuerdo con los criterios raciales.

Kshama Sawant llama a sus compañeros “concejales de empresa” y “vendidos”, y dice que, si bien se sienta a su lado en las juntas del ayuntamiento, “ellos no son mi gente. Vosotros sois mi gente”. En otro discurso, pronunciado al día siguiente, dice que su objetivo es imponer un gravamen a Amazon, la empresa informática y de distribución. “No puedes tener cero policía y eliminar el racismo y la opresión sobre una base capitalista”, advierte al público. Todavía el día 10, la activista Nikkita Oliver advierte: “No podemos tener un movimiento pacífico”.

Pero hay cuestiones urgentes que tratar en CHAZ. La organización de la celebración del día del orgullo, por ejemplo. Egan Orion, director ejecutivo de SeattlePrideFest, ha pospuesto la celebración de la fiesta: “Nuestro anuncio se ha retrasado porque ahora nos solidarizamos con los manifestantes, por lo que no queremos pisar ninguna de las protestas y de las acciones que están teniendo lugar”.

Sawant hace carrera política en Seattle, pero no es ella quien ha creado el movimiento. El grupo anónimo que lo dirige ha creado un documento en el que exponen una lista de 30 exigencias. Es un documento importante, porque refleja algunas de las ideas que animan las protestas que estallan por todo el país bajo el falsario lema “Black lives matter”. El primero es el más significativo de todos: “El Departamento de Policía de Seattle y su correspondiente sistema judicial son irreformables. No pedimos su reforma; exigimos su abolición”. Acabar con la Policía incluye dejar sin fondos el sistema de pensiones de los agentes, afirman. Exigen una investigación sobre la brutalidad policial realizada desde el Gobierno federal. Y exigen que todas las personas de color salgan de la cárcel y vuelvan a ser juzgadas por “sus pares en su comunidad”.

Sus exigencias alcanzan también la reforma social. Quieren acabar con la gentrificación de Seattle. Es ese proceso por el que los centros de las ciudades, degradados durante mucho tiempo, se ocupan por una parte activa de la sociedad, lo que hace que se eleven los alquileres. Para lograr ese proceso, exigen la imposición de una renta máxima; un instrumento ideal para degradar la ciudad y evitar su gentrificación, ciertamente.

En el ámbito estrictamente racista, exigen que Seattle contrate médicos y enfermeras negros para atender a la población negra de la ciudad. Y quieren imponer un certificado de pureza ideológica (anti-bias) para poder ejercer el magisterio, la medicina o el periodismo.

De hecho, la organización ha mutado, y ahora exige que se le llame por otro acrónimo: CHOP; Capitol Hill Organized Protest. El término inglés “chop” se traduce por talar, cortar, o trocear, pero sus intenciones parecen ser otras. Las expresa Maurice Cola con estas palabras: “No estamos intentando secesionarnos de los Estados Unidos”. Sería incongruente hacerlo y exigir, al mismo tiempo, que el Gobierno Federal investigue a la Policía de Seattle.

Este cambio se produjo el viernes pasado, con un importante cambio de estrategia: Hay que implicar a la gente “blanca y rica” de la ciudad en los cambios para favorecer a la población negra. El activista Jason Beverly dice: “La rica gente blanca está en una posición en la que puede actuar. Podéis hablar con los consejos de accionistas, podéis pedir fondos o donaciones, podéis actuar en favor de las comunidades afroamericanas”. Pero añade: “Todavía no ha habido una respuesta”, sin que el propio Beverly pueda sospechar los motivos.

Dejemos a Jason Beverly absorto ante la timidez de los ricosblancos ante un movimiento que quiere acabar con la Policía y el sistema judicial, y vayamos a la alcaldesa de la ciudad, Jenny Durkan. ¿Cuál es su visión de la toma de control de una parte de la ciudad por un conjunto de activistas, más la banda de Raz Simone? “Capitol Hill Autonomous Zone #CHAZ no es un páramo sin ley (ocupado por) una insurrección anarquista. Es una expresión pacífica de la pena colectiva de nuestra comunidad y de su deseo de construir un mundo mejor”.

En mi anterior artículo decía que esta revuelta iba contra la Policía como primera línea de defensa de nuestra sociedad. Derrumbada la Policía, la revolución iría contra todo lo demás. “El capitalismo, la moral, las leyes, todo lo que nos permite vivir en común, todo eso debe ir a la hoguera. Con todos nosotros, todos, en ella”. La hoguera aviva su fuego, que se alimenta de nuestra cobardía, y devora el entramado social. A pesar de todos los logros de la civilización, estamos a sólo  aun paso de la barbarie. Hoy, esa barbarie se presenta ante nuestros ojos como si fuese nuestra última esperanza.

España, del centro del mundo a un rinconcito (y ni nos hemos enterado)

Buscando datos para otro tema, me encontré con este artículo del World Economic Forum (WEF): “En 2020, el PIB de las economías asiáticas será superior a la suma del PIB del resto del mundo”. Dice el autor que será la primera vez que esto ocurra desde el siglo XIX. Y sí, es cierto que es PIB en paridad de poder adquisitivo (en términos nominales probablemente todavía falten unos cuantos años para alcanzar ese hito); y también es verdad que Asia tiene al 60% de la población mundial, así que es normal que concentre más de la mitad del PIB (o, al menos, no debería ser extraño).

Con todo y con eso, es uno de esos datos que le hacen a uno levantar las cejas. Esto quiere decir que ya estamos en esa situación en la que el mapamundi real del mundo ha dejado de ser el que todos tenemos en la cabeza, uno en el que el Meridiano de Greenwich está en el centro y divide en dos mitades el planeta. A los españoles nos encanta, porque nos pone a nosotros, también, en el centro de todas las miradas. España, Reino Unido y Francia estamos en el mapa en el mejor lugar posible: el estante premium, justo a la altura de los ojos, ése al que todos los consumidores miran cuando pasan con su carrito y que las marcas se pelean por ocupar.

Y sí, nuestra posición está muy bien, pero ya no es real. Tenemos que acostumbrarnos: ahora mismo el mapamundi de verdad, el que refleja lo que está pasando y lo que pasará en las próximas décadas, sería uno con el centro situado más o menos en el primer huso horario, dividendo el Pacífico por la mitad, con China, Japón, Australia a la izquierda de ese centro y la Costa Oeste de EEUU justo a la derecha. ¿Y nosotros, los europeos? Pues sí, en un rinconcito de la izquierda, pequeños y cada vez más irrelevantes.

Cuando pensamos en Asia y crecimiento económico, lo primero que nos viene a la cabeza es China. Y es cierto que es el factor con más peso en la ecuación. Pero también desvirtúa mucho la conversación: por el sistema político, por los límites a ese crecimiento, por la fiabilidad de las estadísticas o por las diferencias regionales dentro del país. Pero Asia no es sólo China: entre las cinco economías más grandes del mundo, ya hay otras dos asiáticas (Japón e India). Los emergentes asiáticos (Filipinas, Indonesia, Malasia, Vietnam) llevan creciendo entre el 5 y el 6% desde hace dos décadas (lo que supone duplicar el PIB cada 12-14 años) y son más de 500 millones de personas. Y podemos encontrar cifras similares en otros países de la región. Hasta los más ricos, como Singapur o Corea (ni siquiera Japón está tan mal como a veces pensamos si descontamos el efecto del envejecimiento) mantienen tasas de crecimiento que en Europa suenan a ciencia ficción. La previsión del WEF (previa al Coronavirus, eso es cierto) es que el PIB de estos países se duplique en la década 2014-2024.

De PISA a la jubilación

En cualquier caso, ya les digo que yo estaba a lo mío. Que en este caso era buscar cifras sobre jubilaciones, sistemas de pensiones y demás. Lo del WEF y el PIB agregado fue una casualidad. Me llamó la atención porque no lo había visto publicado en ningún sitio siendo una cifra tan curiosa y tan significativa (si alguien lo ha sacado antes, pido perdón: yo no lo encontré).

Lo que ocurre es que, en lo mío, me fui encontrando datos que también me golpeaban el cerebro:

Como uno está a mil cosas, también en estos días tuve que repasar estadísticas en EEUU. En principio, lo que quería era echar un vistazo a las diferencias de ingresos y empleos entre blancos-negros-hispanos; por si salía algún dato interesante ahora que estos temas están de actualidad. Pero, de nuevo, se me iban los ojos a los asiáticos: ya son el colectivo con ingresos más elevados del país, por encima de los blancos. El ingreso anual mediano (el que deja al 50% de la población por arriba y al 50% por debajo) entre los asiáticos era de 51.288 dólares en 2016; para los blancos estaba en 47,958 dólares, mientras que para los negros era de 31.082 dólares y de 30.400 para los hispanos.

Y sí, es cierto que hay mucho ingeniero chino, taiwanés y japonés que desvirtúa hacia arriba las estadísticas; pero también hay inmigrantes recién llegados de Filipinas, Vietnam o Bangladesh con ingresos muy bajos. Lo miremos como lo miremos, son el grupo de población que más crece (en población y en ingresos) y con más movilidad social del país. En muchas estadísticas ya han dejado de tratarles como minoría y los agregan a los blancos, a los que en realidad superan en casi todas las métricas. Sus hijos tienen muchísimas más posibilidades de alcanzar la universidad y, todavía más importante, obtener una licenciatura que los del resto de colectivos. Y hablamos de comunidades y familias que dejaron sus países a miles de kilómetros de distancia, sin ningún anclaje en su país de acogida y con enormes carencias idiomáticas (incluso en 2015, según datos del Pew Center, 3 de cada 10 asiáticos residentes en EEUU tenían dificultades con el inglés).

En las universidades de élite norteamericanas, el problema de los asiáticos no es que sean muy pocos y necesiten un empujón… el problema es que son demasiados y sienten que les están castigando por ello. Como lo oyen: Harvard ha tenido que ir a juicio por un sistema de admisión más que cuestionable (por ahora va ganando la universidad, pero con matices, porque el juez que emitió la sentencia favorable admitía que su sistema era muy mejorable; y todo apunta a que el caso que terminará en el Supremo y no está nada claro cuál será el resultado final). Los demandantes acusaban a esta universidad (y podrían haber hecho algo parecido con otros grandes nombres del país) por un sistema de selección que parece diseñado para evitar que haya demasiados asiáticos. En Harvard, por ejemplo, los asiáticos ya suman el 25% de los estudiantes, muy por encima de su peso en la población norteamericana, del 5,9%. Pero en la mayoría de los centros de élite, los niveles de admisión de asiáticos, aun siendo altos, se han estancado desde hace un par de décadas, a pesar del creciente número de solicitudes de ingreso por parte de este colectivo y de sus espectaculares notas. De hecho, lo que denuncian las asociaciones que han demandado a Harvard es que, si durante el proceso de admisión sólo se tuvieran en cuenta las notas del instituto y otros logros académicos, esa cifra se dispararía por encima del 40%. Por eso, cada vez más grupos de asio-americanos denuncian que las grandes universidades han diseñado procesos que les perjudican y que están dirigidos a limitar esa cuota de asiáticos (en los que la opinión subjetiva del examinador acerca de las habilidades extracurriculares del alumno tiene cada vez más peso). Ya hay casos de estudiantes que se cambian los apellidos y ocultan su procedencia para intentar que nos les afecte lo que casi podría denominarse como discriminación a la excelencia.

La pregunta del milenio

Salto a otro de mis temas favoritos. La pregunta del milenio: ¿por qué Europa? Sí, ahora nos parece evidente, pero en el año 1000-1200 no estaba nada claro que fuera aquí donde se fuera a iniciar el despegue económico. Nuestro continente era más pobre, atrasado, con estructuras estatales más débiles y una economía menos sofisticada que sus competidores. El libro de las maravillas lo escribió Marco Polo para explicar lo que se encontró en sus viajes por la Ruta de la Seda y en sus años viviendo en la corte de Kublai Kan; un viajero chino que se hubiera adentrado en la Europa medieval no se habría maravillado demasiado. Y sin embargo, apenas doscientos años después, los que surcaban los mares de medio mundo eran los descendientes de los Polo, no del Kan. Aunque, en realidad, la propia existencia del libro ya era un indicio de lo que se estaba gestando.

Las explicaciones a lo que ha ocurrido en los últimos siglos son muy variadas. Está la obvia, la institucional, que popularizaron Daron Acemoglu y James A. Robinson en Por qué fracasan los países: el libro está bien, pero siempre me pareció que se quedaba varios pasos cortos. Para explicar por qué Corea del Sur es mucho más rica que Corea del Norte no hacían falta 600 páginas. Está claro que no es un problema de raza o historia, sino de instituciones, leyes e incentivos.

Pero quedarse ahí es casi como no decir nada. Hay muchas preguntas, empezando por cómo las sociedades van conformando esas instituciones; cuánto de suerte hay en el desarrollo de normas que al principio estaban destinadas para un objetivo y al final terminan sirviendo para otro muy distinto (para bien o para mal); por qué en algunos ambientes tienden a consolidarse esas instituciones que impulsan el desarrollo de una sociedad mientras que en otros los brotes verdes son cortados de raíz… Y una pregunta todavía más peliaguda: por qué en entornos institucionales similares, grupos de población diferentes terminan obteniendo resultados opuestos. Lo de los asiáticos en las últimas décadas en EEUU (o Europa, que aquí el fenómeno es más reciente pero terminará con cifras similares).

En esto yo estoy cada día más con la tesis moral-cultural: esas “virtudes burguesas” de las que habla Deirdre McCloskey en sus libros. Esa idea de que fueron los valores predominantes en las sociedades occidentales los que les dieron la ventaja y el impulso que les permitió desarrollarse, crecer e inventar como nunca antes se había pensado que fuera posible.

Miren lo que decía McCloskey hace un par de años, en un coloquio en el Instituto Juan de Mariana:

Adam Smith ha hecho la gran pregunta de la economía. ¿Qué es lo que nos ha traído la riqueza de las naciones? Tenemos que estudiar todo tipo de teorías y pensar sobre las causas del progreso. ¿Son los ahorros [y el capital] la base de la riqueza, como afirma la derecha? ¿Se explica por el esfuerzo de los trabajadores, como dice la izquierda? ¿Se trata, entonces, de las instituciones, una tesis muy recurrente en las últimas décadas? No, la clave es otra, son las ideas que surgen en un contexto de libertad.

En dos siglos, la riqueza de un ciudadano medio se ha multiplicado por treinta. ¡Por treinta! Es un salto espectacular, un avance histórico en términos de desarrollo socioeconómico. Lo vemos en España, que ha cambiado de forma increíble, pero también en toda Europa, en Estados Unidos y, poco a poco, en el resto del mundo. ¿Explica el capitalismo ese salto adelante? En absoluto: el retorno del capital depende de la innovación. Aunque tengamos más capital, necesitamos también la innovación, la aparición de nuevas ideas en las que invertir ese capital.

Innovación, nuevas ideas, desarrollo tecnológico… Todo esto está muy bien y yo estoy básicamente de acuerdo con McCloskey: esto es lo que nos ha traído hasta aquí. Aunque ahora la pregunta es “por qué en Europa” fue donde los innovadores encontraron el terreno fértil, un lugar en el que eran respetados y valorados, no mirados con suspicacia. Respuesta políticamente incorrecta (ésta es mía, no de McCloskey): por esa ética judeo-cristiana (sí, también con raíces en Grecia y Roma) que valoraba al individuo (creado a imagen y semejanza de Dios y que respondía ante Él por sus actos); protegía a las familias y las pequeñas comunidades (y las asociaciones voluntarias); separaba el poder civil y el religioso (y no sólo para evitar que éste último se involucrase en los asuntos terrenales, como a veces se cree, sino también para que sirviera de límite al primero); y ponía la mirada en un horizonte de progreso, en el que el hombre era el centro de la Creación y estaba destinado a perfeccionarla.

Pero hay otra derivada: todo esto de la innovación nos gusta a todos y queda muy bien en los power points, pero luego hay que traducirlo y llevarlo a la práctica en el día a día. Y esa traducción es ahorro, trabajo duro y disposición a enfrentarse al riesgo y a la novedad. Con la innovación no es suficiente, para agarrar los peces de las buenas ideas hay que mojarse el trasero. Eso era Marco Polo: un tipo que, buscando nuevos mercados, se la jugaba y que estaba muchos años fuera de su hogar, currándoselo en busca de un futuro mejor para los suyos. Él no lo sabía, pero en su actitud (y en la de los funcionarios que rodeaban a Kublai Kan, encantados de haberse conocido) estaba la semilla de un futuro que en aquel momento les habría hecho carcajearse a todos (a los de un lado y otro de Eurasia).

Los mejores

Y todo esto qué tiene que ver con los asiáticos en las universidades americanas, con el nuevo mapamundi o con las empresas tecnológicas coreanas. Pues todo. Llevamos décadas mirándonos el ombligo y despreciando lo que nos trajo hasta aquí. Las “virtudes burguesas” son, en nuestras series, libros o programas de televisión, una rémora, una tacha, un defecto. No son algo de lo que enorgullecerse, sino que nos avergonzamos de ellas. El empresario es alguien que tiene que hacerse perdonar, explicar su éxito, justificar sus logros. Incluso, ser muy trabajador ya no está claro si es un elogio o una acusación. Cómo reaccionamos ante cualquier novedad (de Uber a Amazon): lo primero que pensamos es cómo protegernos, no cómo aprovecharla.

El otro día hablábamos de Tyler Cowen y su tesis acerca de “la complacencia” en la que se sumergido EEUU en las últimas décadas. Lo compara con el espíritu que percibe en sus viajes al este asiático y la foto no le gusta nada. Probablemente es cierto, pero incluso así, intuyo que en EEUU (eso sí, cada vez más fuera de sus universidades) todavía queda algo del espíritu innovador, optimista y luchador que les hizo grandes. En Europa, nos domina el miedo y, lo que es todavía más peligroso, el conformismo. Si uno mira un listado de empresas tecnológicas por continentes, no le queda otra que echarse a llorar. Nos hemos resignado a ser la sede de Roland Garros, el Museo del Prado o el Concierto de Año Nuevo.

Dos imágenes: piensen en cualquier ciudad europea ahora e imagínensela hace 30 años. ¿Muchos cambios? Nos hemos quedado petrificados. Si París hubiera tenido en 1850 las ordenanzas urbanísticas de la actualidad, nada de lo que ahora visitamos existiría (empezando por la Torre Eiffel). Ahora piensen en Singapur o en Seúl.

Mientras tanto, ¿quiénes ejemplifican en 2020 esas pequeñas comunidades de recién llegados que dieron forma al siglo XIX en EEUU? Hablamos de inmigrantes que iban creciendo alrededor de familias fuertes, redes de apoyo mutuo, trabajo duro, inconformismo, ambición y riesgo. Nos están adelantando por la derecha, con nuestras propias armas, y les miramos embobados por la ventanilla. Unos les insultan por hacer las cosas mejor y más barato. Los otros buscan excusas absurdas sobre los males del capitalismo o la globalización. Yo, en cambio, les admiro (y, en buena parte, les envidio).

No me resisto a terminar sin mi cita económica favorita (creo que es la que más he usado en mi vida). Es la frase con la que Carlo M. Cipolla cerraba su prólogo al primer volumen de la Historia Económica de Europa que coordinó (en España, la publicó Ariel). En estos días de ingresos mínimos vitales, grandes planes de reconstrucción post-Covid controlados por el Gobierno (siempre con anexos sobre impacto de género y climático, por supuesto), estatuas ultrajadas y escuelas cerradas me ha venido varias veces a la cabeza:

Para comprender la historia de Europa Occidental desde el siglo XII hasta la Segunda Revolución Industrial podemos, si queremos, calcular rendimientos, relaciones capital-producto, productividades… pero en el meollo de la cuestión encontraremos el factor cultural de aquellas compactas sociedades de ciudadanos que se sentían tan orgullosos de lo que hacían y que creían ser ‘los mejores’ precisamente por hacer lo que hacían.

Pues eso.

La trampa de la “reconstrucción”

“Why do you build me up buttercup, baby just to let me down and mess me around?” Mike D’Abo

En solo una semana, el INE, el Banco de España y la OCDE nos han recordado la extrema debilidad de la economía española, el fracaso del mando único y el efecto devastador del cierre forzoso de la economía por decreto y sin coordinación.

Según la OCDE, la economía española lideraría el desplome económico mundial. En el escenario más adverso la economía española caería en 2020 un 14,4%, la mayor de los países industrializados, y en el escenario base un 11,1%. El Banco de España empeoraba sus previsiones con caídas del PIB de entre un 9% y un 15,1%. Lo más preocupante es el lento y difícil camino a la recuperación del empleo, con un paro del 18,1% al 23,6% en 2020 y, además, en todos sus escenarios la tasa de paro superaría en 2022 el 17,1% en el escenario más benigno y un 22,2% en el más negativo.

La recuperación del nivel previo a la crisis se retrasaría hasta el 2023 en los peores escenarios. Aunque los datos de mayo reflejan un rebote -como no podía ser de otra manera- no podemos ignorar que el efecto base tras un desplome como el de abril suele enmascarar una mejora que simplemente es insuficiente.

España no tiene peores empresarios ni peor talento o potencial que otras economías. ¿Por qué caemos mucho más y nos recuperamos mucho peor? La excusa del turismo no es del todo válida. Países como Grecia o Portugal, donde el turismo es clave para la economía, caerán menos y se recuperarían antes. Además, si hay algo que el maravilloso sector del turismo español ha demostrado es que se adapta a situaciones de crisis y entornos difíciles de manera admirable.

España se enfrenta a las crisis con mayores dificultades porque tenemos empresas más pequeñas que la media de nuestro entorno, más paro y una alta economía sumergida.

Todos estos factores tienen un tronco común: una fiscalidad normativa que se sitúa entre las menos competitivas de la Unión Europea y la OCDE y una batería de escollos burocráticos y administrativos a la inversión y el empleo que son difíciles de encontrar en países similares.

El coste y problemáticas a la hora de contratar se añade una administración que trata a los agentes económicos como cajeros automáticos, una burocracia a la que le parece normal que se tarden dos años en recibir una licencia para operar, que le parece normal que el empresario y emprendedor español pase más tiempo cumplimentando trámites burocráticos que la media de nuestro entorno, según PWC y EY, y además que encima le digan los políticos que pagan pocos impuestos con el subterfugio de que recaudamos “poco”.

España recauda ópticamente menos que la media de la Eurozona porque tiene más paro, empresas más pequeñas y más economía sumergida. En vez de atacar esos problemas, los políticos siempre se lanzan a aumentar el esfuerzo fiscal de los que sobreviven al expolio.

Ahora, los mismos que exigen economía de guerra a los creadores de empleo y familias mientras mantienen subvenciones y administración política de bonanza, nos dicen que ellos -ellos- van a liderar la reconstrucción. Un grupo de personas que jamás ha creado un puesto de trabajo va a ser responsable de la reconstrucción. ¿De verdad? ¿Reconstrucción?

Primero, ignoran los riesgos de la epidemia, luego gestionan mal lo que se supone que es su competencia estelar -la sanidad- y posteriormente imponen el cierre forzoso de la economía más imprudente y descoordinado de las economías de nuestro entorno. Después, ponen escollos a la inversión y la atracción de capital que pueda ayudar a fortalecer la recuperación con leyes intervencionistas y amenazas constantes. Y entonces, con esa generosidad con el dinero de los demás que solo un burócrata puede tener, se presentan como la solución.

España podría recuperar el empleo rápidamente si eliminasen la brutal subida de los impuestos al trabajo escondida bajo el subterfugio del SMI, pero no. España podría recuperar rápidamente la capitalización y fortalecimiento de las empresas en dificultades si redujesen los enormes impuestos y escollos a la inversión, pero no. Las empresas españolas podrían adaptarse al entorno incierto, como lo hacen cada día en tantos países, si tuvieran protocolos claros y serios, pero no.

España no necesita un comité de reconstrucción y mucho menos uno liderado por políticos dirigistas que jamás han creado una empresa. No hay nada que “reconstruir”.

El tejido industrial, el talento, la capacidad inversora y la tecnología están intactas. No hace falta que nadie dirija la reconstrucción. Las empresas españolas saben perfectamente gestionar entornos complejos cuando no se les ponen todavía más escollos y trabas.

No es un problema de incertidumbre, sino de certidumbre. Las empresas invierten todos los días en un entorno de incertidumbre y lo incorporan a sus análisis de riesgo. Unas triunfan y otras fallan. Eso es el progreso. El problema de España es que a la sana incertidumbre económica y riesgo empresarial se añade la certidumbre de las políticas extractivas que nos quieren imponer y la inseguridad jurídica que quieren implantar.

España no necesita un comité de reconstrucción. Necesita que los miembros de ese comité se vayan de vacaciones, dejen de poner la zancadilla a la iniciativa creadora de empleo y que el gobierno permita a los agentes económicos creadores de riqueza fortalecer el país. España necesita más administración privada y menos intervención política. Solo así saldremos de esta crisis.