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Sobre el anarcocapitalismo (VII): lecturas para el verano de 2025

Como siempre por estas fechas, no me resisto a recomendar algunos buenos libros para disfrutar del tiempo de ocio del que se acostumbra a disponer en estas fechas, y que seguro los lectores de estas páginas, acostumbrados a no conocer la palabra ocio, no desaprovecharán.

Primero, me gustaría comenzar por un libro editado hace años, cuando Unión Editorial estaba en sus comienzos, y que descubrí por casualidad en una librería de viejo. Se trata de Jean Saint-Geours, ¡Viva la sociedad de consumo! (Unión Editorial, Madrid, 1974). El autor fue un alto funcionario francés, con interés en la futurología científica y miembro del Club de Roma, y autor de libros sobre la alta función pública francesa.

En principio, su currículum no parece muy libertario, ni el título del libro muy atractivo para un crítico del consumismo como quien esto escribe, pero en este libro, muy criticado en su momento por autores como Alain de Benoist, se hace un elogio de algunos de los objetos materiales que han mejorado nuestra vida desde que el mundo occidental adoptó una economía capitalista de mercado. El cine, el automóvil o el ordenador se cuentan entre ellos y, sin duda, han mejorado la vida de muchos de nosotros, por lo que tampoco está de más dedicarles un homenaje, que rara vez se ha hecho. He afirmado en alguna ocasión que el verdadero materialismo, esto es, apreciar las cosas que nos rodean y nos facilitan la existencia, es el verdadero antídoto del consumismo. Este libro nos lo demuestra.

En la misma línea, si se quiere futurista, se encuentra el libro de Peter Drucker, La sociedad poscapitalista (Apóstrofe, Barcelona, 1993). Peter Drucker, a pesar de venir de un entorno cultural vienés, pues conoció de joven a Schumpeter, Mises o Hayek, que frecuentaban la casa de sus padres, no es muy citado entre nosotros, sino que es considerado una especie de experto en administración de empresas, que por supuesto también lo es.

Craso error, pues Drucker ha escrito con frecuencia sobre temas sociales y económicos en los que deja traslucir cuáles fueron sus influencias. Este es uno de esos libros, y espero en el futuro hacer referencia a algún otro más. Destaco dos puntos del futuro poscapitalista que predijo hace treinta años. El primero es el fracaso relativo de los grandes estados a la hora de cumplir los objetivos que prometen, y segundo, una deriva hacia la fragmentación política, que era menos visible hace treinta años que hoy, y hacia las pequeñas unidades políticas como entidades prestadoras de servicios. El libro, a pesar del tiempo, resiste bastante bien la lectura y, como todo lo que escribe, se puede aprovechar para mejorar nuestros conocimientos de la realidad social.

Henry Hazlitt es un gran desconocido, excepto por su libro La economía en una lección, a pesar de contar con grandes obras escritas con su estilo inconfundible. Muchas de ellas fueron editadas hace mucho y eran casi inencontrables, pero gracias a Unión Editorial, se están reeditando poco a poco, incluso traduciéndose algunas a mayores. Hace unos años, en 2019, se volvió a editar en esta editorial El tiempo volverá atrás, que se tradujo en la Fundación Ignacio Larramendi como El gran descubrimiento, y que es una exploración del autor en el terreno de la narrativa, mitad novela, mitad ensayo económico. En ella se aborda de una forma muy didáctica el problema del socialismo y el cálculo económico, y de las virtudes de la economía liberal. Volver a ella me recordó los días de juventud, cuando empezaba a interesarme por el tema del socialismo desde un punto de vista austríaco. Espero que el lector, joven o más mayor, la disfrute tanto como lo hice yo en su momento.

Estuvo muy de moda en nuestros círculos El manual del dictador, de Bruce Bueno de Mesquita, porque es un libro que describía la lógica del funcionamiento político, y no solo entre dictadores. Muchas prácticas que podemos comprobar a diario en el juego político, y que podemos considerar indignas o abominables, no solo son un ingrediente necesario de la política, sino que son necesarias para que la maquinaria del estado pueda operar.

Este tipo de libros tiene sus antecesores en la China imperial, muy especialmente entre los filósofos de la llamada Escuela de la Ley, que fue una escuela de pensamiento caracterizada por colocar el poder del estado en primer término, valiendo todo para conseguir tal fin. Dado que no conocían el cristianismo, ni siquiera tenían que disimular o fingir tener alguna virtud o compasión. Su tratamiento del poder es frío y descarnado.

Cómo actuaban lo cuenta el sinólogo francés Jean Levi en un poco conocido libro, Los funcionarios divinos (Alianza, Madrid, 1991) o en su novela El sueño de Confucio, en la misma editorial y año de publicación. A quien le guste estudiar la política sin romanticismos, creo que en estos libros encontrará numerosos ejemplos de cómo se las gastaba la gente antigua.

Uno de mis intereses no académicos es el tema del apocalipsis y del anticristo. Nada que ver con lo que habitualmente se toca aquí y no tendría más interés que la mera erudición si no hubiese descubierto que en algunos de los libros sobre el tema se aborda la cuestión de cómo se presentaría tal figura a día de hoy y qué discurso político tendría.

Asombra el paralelismo entre lo que afirman algunos libros de cuál debería ser el programa que debería ofrecer y lo que se está proponiendo desde el globalismo con sus agendas ecuménicas y buenistas. Puede parecer conspiranoico, pero alguno de estos libros fue escrito hace más de un siglo. Si quieren comprobarlo, les recomiendo dos novelas, una de hace tiempo y otra reciente.

La antigua es la de un converso a la religión católica, el cardenal Hugh Benson en su libro, traducido hace algunos años, Señor del mundo (Editorial San Román, Madrid, 2011). Advierte de muchos de los problemas que hoy se padecen, como la sustitución de la religión por ideologías laicas de corte socialista, y sobre la creación de gobiernos globales buenistas, que al final buscan subyugar el mundo.

El otro es más reciente, de un autor católico canadiense, Michael D. O’Brien, El padre Elías. Un apocalipsis, inspirado en el anterior pero mejor adaptado a nuestros tiempos, aunque situado en un futuro próximo. Las similitudes del pensamiento del anticristo de la novela y el pensamiento progresista son extraordinarias. Cualquiera diría que es más que una coincidencia. Léanlo aunque no les guste el tema, pues es una novela excepcional y poco conocida, pero que se ha convertido en un libro de culto entre los interesados en el tema.

Jane Jacobs es una urbanista libertaria que, sin embargo, es relativamente poco conocida en nuestros círculos, y sus argumentos son mejor aprovechados en los medios de izquierdas que entre los defensores del capitalismo de libre mercado, quienes no dudan en reeditar su obra. Entre sus mejores libros está Muerte y vida de las grandes ciudades (Capitán Swing, Madrid).

En este libro se critica la planificación urbana, en especial la aplicación de principios marxistas o intervencionistas al diseño de las grandes ciudades, que pueden llevar a su muerte o decadencia. Reclama ciudades vivas, con espacios compartidos entre comercio y residencia, frente a la división de espacios propia del planificador. Ciudades espontáneas frente a la planificación comprensiva, que tan bien criticó el anarquista James Scott en otro gran libro contra la planificación: Lo que ve el estado. Una autora para recuperar y para aprender de ella, pues no tiene una obra escasa y buena parte de ella sin traducir.

A veces me preguntan por libros sobre la propiedad privada y su evolución. Hay muchos y muy buenos, pero si me piden uno solo, siempre recomiendo sin dudar el de Richard Pipes, Propiedad y libertad (Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002). Pipes fue un historiador especializado en la Revolución rusa y el régimen soviético, pero en este libro genial se aparta de su tema de estudio principal y pasa a estudiar el origen de la propiedad a lo largo de la historia, haciendo uso incluso de la zoología, pues analiza incluso la propiedad entre los animales. No solo la estudia, sino que la pone en relación con la libertad, en la mejor tradición liberal-libertaria, aunque aparentemente no sea su intención. Un auténtico clásico que no debe ser olvidado. Por suerte, no deja de reeditarse y es fácilmente disponible.

Por último, quisiera rendir homenaje al recientemente difunto Dalmacio Negro Pavón, premio del Instituto Juan de Mariana, recomendando uno de sus libros. No es fácil escoger, pues son muchos los que merecen ser destacados, pero me voy a quedar con El mito del hombre nuevo (Editorial Encuentro, Madrid).

En él se nos describen los intentos de moldear la naturaleza humana de acuerdo con los postulados de cada sistema ideológico, desde el hombre nuevo socialista al socialdemócrata sueco. Una vez abandonados los principios religiosos que definían la naturaleza humana de forma objetiva, cada sistema político-ideológico pretende diseñar al hombre desde cero, partiendo de sus propios planteamientos. Si la naturaleza humana es un constructo cultural definido en cada momento por el poder, la tentación de cada nuevo poder, fundado en alguna ideología secular, será crear el suyo propio, a su imagen y semejanza.

El libro narra la historia de estos procesos de creación de una nueva naturaleza humana y sus consiguientes fracasos, porque parece que esta no se deja moldear tan fácilmente como los ideólogos pretenden. Un libro sin duda fascinante, y para mí uno de los mejores del gran profesor Negro.

Serie de lecturas veraniegas con el profesor Bastos
Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’

Los miles de millones esfumados de la economía española

Por Mark Nayler. El artículo Los miles de millones esfumados de la economía española fue publicado originalmente por FEE.

A finales de 2021, el presidente del Gobierno socialista de España, Pedro Sánchez, presentó con gran fanfarria el presupuesto del año siguiente. El más grande en la historia de España, ascendía a casi 200 mil millones de euros, de los cuales 27 mil millones procedían de un nuevo esquema de financiación europeo llamado NextGenerationEU (NGEU). Supuestamente diseñado para ayudar a los Estados miembros a recuperarse de los efectos ruinosos del confinamiento, el principal instrumento del NGEU es el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (MRR), a través del cual se pidieron prestados un total de 650 mil millones de euros en los mercados globales y se distribuyeron entre los 27 Estados miembros de la UE. La parte de España fue de 163 mil millones de euros, una cantidad que la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, afirmó que sería suficiente para asegurar que la “recuperación llegue a todos”.

Casi cuatro años después, la economía española está en auge, pero no debido al despliegue efectivo de los fondos del MRR. Recientemente se supo que España ha solicitado solo 47.96 mil millones de euros, o el 30%, de su dinero asignado del NGEU, apenas suficiente para cumplir las promesas hechas en el histórico presupuesto de 2022. En contraste, Italia, que recibió la mayor parte de los fondos de la UE, ya ha recibido el 72% de sus 196 mil millones de euros. La cifra más baja de España se debe en parte a sus limitadas solicitudes de préstamos —340 millones de euros, en comparación con los 76 mil millones de euros de Italia—; en su lugar, ha optado principalmente por subvenciones que a menudo se describen engañosamente como “no reembolsables”. Pero los fallos del propio esquema, junto con problemas políticos específicos de España, también han impedido que los fondos tengan el impacto que Sánchez prometió.

Cohesión Social y Territorial: Una Prioridad Cuestionable

La única parte del plan NGEU que parece diseñada explícitamente para “mitigar el impacto social de la crisis” es su componente de “Cohesión Social y Territorial”. En esta área, España ha desbloqueado 8.76 mil millones de euros al alcanzar el 27% de sus objetivos asignados, justo por debajo del promedio de cumplimiento de la UE del 29%. Aparte de eso, el MRR parece más un instrumento para avanzar en la agenda medioambiental de la UE que un fondo para la recuperación pospandémica (Bruselas, por supuesto, afirma que lo segundo se logra mejor persiguiendo lo primero, pero la conexión está lejos de ser obvia).

Para recibir pagos del esquema, los miembros de la UE deben asignar el 37% de sus fondos del MRR a la transición verde y el 20% a las reformas digitales. Los pagos solo se desbloquean con el cumplimiento de docenas de hitos, todos los cuales son impuestos por Bruselas. La incapacidad de Sánchez para aprobar una subida del impuesto al diésel exigida por la UE está actualmente bloqueando el acceso de España a una quinta partida de fondos por valor de 24 mil millones de euros. Mientras tanto, Bruselas está presionando a Madrid para que presente sus solicitudes restantes del MRR antes de la fecha límite de agosto de 2026, pero la situación no cambiará. Sánchez carece de mayoría parlamentaria y no ha podido aprobar un presupuesto desde 2023, lo que en sí mismo ha contribuido al despliegue ineficaz de los fondos de la UE en España. Un informe publicado el pasado julio por el Tribunal de Cuentas Europeo (TCE), el organismo de control fiscal del bloque, identificó a España como el país que menos eficazmente gasta el dinero de Bruselas y le instó a devolver los fondos mal utilizados o no gastados.

Preocupaciones del Tribunal de Cuentas Europeo y Falta de Transparencia

Lejos de señalar únicamente a España, el TCE ha sido muy crítico con el esquema NGEU. En otro informe publicado este mayo, afirmó que el MRR está operando con un “enfoque limitado en los resultados [y] sin información sobre los costos reales”, añadiendo: “No está claro qué obtuvimos por el dinero”. El TCE también ha expresado su preocupación por la “ausencia de una fuente dedicada de financiación de la UE” para respaldar los bonos de deuda de la UE, emitidos en los mercados globales para financiar el NGEU y que vencerán entre 2028 y 2058. Aunque los Estados miembros reembolsan a Bruselas sus préstamos individuales, las subvenciones “no reembolsables” se absorberán en futuros presupuestos de la UE, es decir, se devolverán mediante contribuciones de los Estados miembros, proporcionalmente basadas en su renta nacional bruta. En otras palabras, los países del norte, más ricos, pagarán la cuenta de los miles de millones entregados a los países del sur, más pobres.

Como señaló el TCE, la falta de transparencia ha sido un problema recurrente dentro del esquema NGEU, especialmente en España. El sistema informático diseñado para registrar los desembolsos de fondos del MRR por parte de Madrid a entidades privadas y gobiernos regionales debía estar operativo a finales de 2021. Un año después, todavía no estaba listo, lo que sin querer puso de manifiesto la necesidad de una reforma digital en un país donde aún se requieren montones de papel para la mayoría de los procedimientos burocráticos. A finales de 2022, el FMI informó que “la falta de información sistemática y completa sobre la ejecución, incluso en términos de contabilidad nacional, dificulta la evaluación del grado en que [los fondos del NGEU] están llegando a la economía [española]”.

La preocupación del FMI fue compartida por Monika Hohlmeier, presidenta de la Comisión de Control Presupuestario del Parlamento de la UE. A principios de 2023, Hohlmeier declaró al diario español ABC que estaba “muy preocupada” por la opacidad en torno a la gestión de los pagos del NGEU por parte de España. En febrero (con el sistema informático aún inoperativo), Hohlmeier viajó a Madrid para investigar: “Iremos a España”, dijo, “porque el gobierno no nos dice dónde están los fondos de recuperación [Next Gen]”. Eva Poptcheva, entonces representante de España en la UE por el ahora desaparecido partido Ciudadanos y parte de la delegación, dijo que no se les informó “cuánto dinero ha fluido a la economía”, pero “tuvieron acceso a informes independientes que hablan de cifras más bajas que las dadas por el gobierno”. (Ella no especificó fuentes ni estadísticas).

El Caso Koldo y el Futuro de los Fondos

España también está bajo el escrutinio de la Fiscalía Europea por el llamado caso Koldo de corrupción, que lleva el nombre de Koldo García Izaguirre, exasesor del exministro de Transportes socialista José Luis Ábalos. Ambos son sospechosos de recibir sobornos en contratos de mascarillas. A finales de junio, Santos Cerdán León, exsecretario de organización del partido socialista y aliado cercano de Sánchez, fue arrestado después de que un juez encontrara “pruebas firmes” de su implicación en tales esquemas. Sánchez pidió disculpas a la nación por haber confiado en Cerdán León, pero hasta ahora ha resistido las peticiones de la oposición de unas elecciones anticipadas.

España no fue la única en creer en su momento que el programa NGEU podría transformar la sociedad: dinero mágico disponible, con el poder de revertir el estancamiento de la era de la pandemia. Pero la realidad no ha estado a la altura de la bonanza sin condiciones que muchos gobiernos imaginaron. Obstaculizados por la opacidad y la burocracia, y vinculados a la agenda verde de la UE, los fondos han tenido un impacto económico limitado. En el caso de España, su eficacia también se ha visto disminuida por un gobierno incapaz de aprobar presupuestos y supuestamente inmerso en la corrupción. Queda por ver cuál será su legado para la próxima generación, además de una carga financiera que tardará 30 años en descargarse.

Refutando los sofismas económicos

Por David Lewis Schaefer. El artículo Refutando los sofismas económicos fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Si bien los estadounidenses suelen ser diligentes en la protección de su libertad política y religiosa, los economistas Phil Gramm y Donald Boudreaux observan en The Triumph of Economic Freedom que a menudo muestran menos preocupación por defender su libertad económica —”el control sobre sus propios medios de vida”— a pesar de su papel esencial para asegurar sus otros derechos. Esto se debe, sostienen los autores, a que “la entienden menos”. La falta de apreciación de cómo funciona el sistema de libre mercado deja a los ciudadanos vulnerables a las afirmaciones engañosas de políticos, grupos de interés e intelectuales ambiciosos que los inducen a aceptar restricciones a la libertad económica que son perjudiciales para su bienestar.

Gramm (quien fue autor del primer presupuesto de Ronald Reagan y más tarde presidió el Comité Bancario del Senado) y Boudreaux (quien enseña en la Universidad George Mason) desmienten siete “mitos” sobre la historia económica estadounidense que se han utilizado para respaldar esas afirmaciones falsas. Estos incluyen, sucesivamente, los mitos de que la Revolución Industrial empobreció a los trabajadores; que el crecimiento de las grandes corporaciones generó la necesidad de regulaciones de la Era Progresista; que la Gran Depresión fue causada por “un fracaso del capitalismo”; que el libre comercio internacional “vació” la manufactura estadounidense; que la crisis financiera de 2008 fue causada por la desregulación; y que el sistema de libre mercado de Estados Unidos causa tanto pobreza como una desigualdad de ingresos excesiva.

Los autores comienzan exponiendo el carácter mítico de la afirmación, esbozada por primera vez por socialistas como Friedrich Engels (seguido por una multitud de historiadores del siglo XX, pero hecha de manera más memorable por autores literarios como Charles Dickens) de que la revolución industrial tuvo consecuencias “catastróficas” para la gente trabajadora. Si bien las condiciones de trabajo en las fábricas a mediados del siglo XIX indudablemente parecían desagradables, la ironía del argumento antiindustrial es que se presentó al comienzo de “una edad de oro de bienestar material, especialmente para los trabajadores”. Lo que la historiadora económica Deirdre McCloskey llamó “el Gran Enriquecimiento”, que comenzó hace poco más de dos siglos, finalmente elevó los niveles de vida en los países industrializados, incluidos Gran Bretaña, Japón y EE. UU., en cualquier lugar, del 3.000 al 10.000 por ciento. Aquellos que lamentan la sustitución del trabajo fabril por la supuestamente más agradable vida de los agricultores, carecen de conciencia de lo empobrecida que era realmente la vida humana, en términos de esperanza de vida, vivienda, nutrición y salud, en el campo. (Fueron precisamente los ingresos más altos que ofrecían las fábricas los que atrajeron a los trabajadores del campo).

En Estados Unidos, como señalan los autores, en solo tres décadas, de 1870 a 1900, “el producto nacional bruto ajustado a la inflación se triplicó, la producción agrícola se duplicó con creces, y la producción minera y manufacturera creció ocho y seis veces, respectivamente, tasas de crecimiento económico nunca antes experimentadas en la historia registrada”. Pero los llamados Progresistas, que surgieron durante este período, objetaron que el crecimiento se logró mediante grandes corporaciones o “trusts” cuyos propietarios retuvieron la mayoría de las ganancias mientras “explotaban” a los trabajadores. La consecuencia fue la legislación antimonopolio destinada a desmantelar los trusts, al tiempo que se iniciaba un amplio sistema regulatorio nacional.

Pero si bien los principales libros de texto de historia todavía propagan el mito progresista de que los trusts usaban su poder de monopolio para restringir la producción y así generar precios más altos, el finales del siglo XIX fue en realidad una era de deflación de precios, debido al aumento de la producción, particularmente en las industrias dominadas por grandes corporaciones, gracias a las economías de escala de las que disfrutaban y los incentivos que poseían para introducir tecnología innovadora. Tampoco los trusts pudieron usar su poder para sofocar la competencia: como observó el historiador Gabriel Kolko, la distribución del poder económico se alteraba constantemente gracias a la introducción de nuevos productos, métodos de producción, mercados y fuentes de suministro. La intervención gubernamental no promovió la competencia, sino que la impidió, sirviendo a los intereses de las empresas políticamente influyentes. Notablemente, cuando el socialista Upton Sinclair publicó afirmaciones falsas sobre prácticas insalubres en los mataderos de Chicago, los progresistas en el Congreso aprobaron la Ley de Empaquetado de Carne de 1906, que las grandes empresas cárnicas apoyaron porque podían afrontar el costo de la inspección gubernamental más fácilmente que sus rivales más pequeños. La competencia se sofocó de manera similar por los aranceles gubernamentales sobre el azúcar y por las regulaciones de la Comisión de Comercio Interestatal que fijaban precios en el transporte ferroviario, por camión y marítimo.

No fue hasta la década de 1970, bajo la administración Carter, cuando este sistema regulatorio fue parcialmente desmantelado, con el abandono de la fijación de precios federal anticonsumidor y la adopción de una nueva política antimonopolio basada en el “bienestar del consumidor”. Sin embargo, cuarenta años después, la administración Biden buscó reimponer políticas progresistas a través de órdenes ejecutivas y el nombramiento de reguladores hostiles al sistema de libre mercado.

Los autores también abordan los mitos persistentes sobre las causas de la Gran Depresión. Según la “sabiduría convencional”, fue el resultado de la “codicia” del mercado de valores que culminó en el Crack de 1929, combinado con un supuesto problema de “subconsumo” que Franklin Roosevelt se esforzó en remediar a través del “New Deal”. Este mito comienza con afirmaciones demostrablemente falsas sobre la prosperidad de la década de 1920, en el sentido de que sus beneficios (como sostuvo el hagiógrafo de Roosevelt, Arthur Schlesinger Jr.) se distribuyeron de manera desigual, debido a políticas fiscales que favorecían a los millonarios, mientras que los empresarios se negaban a compartir las ganancias con sus trabajadores, lo que llevó a un “declive relativo del poder adquisitivo masivo”.

En realidad, sin embargo, la década de 1920 fue testigo de una ganancia sin precedentes en el nivel de vida promedio. (En su libro Modern Times, el historiador Paul Johnson enumera el aumento generalizado de los bienes que la gente común de repente pudo disfrutar, desde automóviles y radios hasta pólizas de seguro de vida). Tampoco el crack de 1929 tuvo que producir nada parecido a la prolongada depresión que siguió: fue precedido por lo que el economista James Grant llama la “depresión olvidada” de 1920-21, que duró solo unos 18 meses y terminó sin ninguna aplicación de las políticas de gasto gubernamental adoptadas por Herbert Hoover y FDR a partir de 1929.

Como observan Gramm y Boudreaux, Roosevelt y sus asesores progresistas utilizaron las acusaciones de subconsumo y mala distribución para justificar políticas que habían favorecido mucho antes de la crisis económica: mayor gasto gubernamental y un aumento de impuestos más progresivos. Las políticas de Roosevelt tampoco hicieron nada para frenar la Depresión; en 1939, su secretario del Tesoro, Henry Morgenthau, admitió que la administración “nunca había cumplido” sus promesas, con el desempleo tan alto como había estado seis años antes, incluso incurriendo en “una enorme deuda”.

Gramm y Boudreaux se unen a los economistas monetaristas Milton Friedman y Anna Schwartz para culpar de los orígenes de la Depresión a los “errores” de la Reserva Federal, que alimentó un “frenesí” en el mercado a finales de la década de 1920 al mantener las tasas de interés demasiado bajas, y luego “compensó en exceso” subiéndolas demasiado, “dificultando que los empresarios pidieran préstamos e invirtieran” y así contrataran empleados. Pero Roosevelt prolongó entonces la Depresión, primero emulando las políticas de su predecesor de impuestos aumentados (y más progresivos), incurriendo en grandes déficits presupuestarios e intentando evitar que los precios y los salarios bajaran; luego creando un entorno empresarial hostil, alardeando de la enemistad que sus políticas le habían ganado; subiendo aún más los impuestos, y adoptando planes extravagantes como pagar a los agricultores para que mataran y enterraran a sus animales, en un momento en que las ciudades estaban llenas de colas del pan.

Contrariamente a la creencia de que la Depresión terminó solo gracias a la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial (lo que resolvió el problema del desempleo), lo que llevó a economistas líderes como Paul Samuelson a instar a la restauración inmediata de “déficits astronómicos” una vez que regresó la paz (consejo que afortunadamente fue ignorado), Gramm y Boudreaux atribuyen el largo auge de posguerra del país a “la restauración de un mercado en gran medida libre y el fin de la extrema incertidumbre con respecto a la santidad de la propiedad y los derechos contractuales” que las políticas de FDR habían engendrado. Aunque Harry Truman favoreció políticas como el seguro médico nacional y se opuso a las limitaciones de la Ley Taft-Hartley sobre el poder sindical, las encuestas mostraron que los empresarios y profesionales “se sentían mucho menos amenazados” por él de lo que lo habían estado por FDR.

De relevancia más inmediata, dado el “amor” declarado de nuestro actual presidente por los aranceles, es que los autores también abordan el mito de que el comercio internacional “vacía” la manufactura estadounidense. Ese mito se basa en un anhelo (compartido por presidentes de ambos partidos) de restaurar la “edad de oro” de las tres décadas posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos mantuvo un superávit comercial constante, el desempleo se mantuvo bajo y el crecimiento salarial fue alto. Pero el superávit comercial fue producto de la posición económica superior con la que Estados Unidos salió de la guerra, una posición que estaba destinada a terminar a medida que Europa y Japón se reconstruían y otros países como Taiwán y Corea del Sur se industrializaban. Sin embargo, los autores señalan que el fin del superávit no implicó ningún estancamiento en los ingresos de los trabajadores estadounidenses: “En dólares de poder adquisitivo real, el 66.3 por ciento de todos los hogares estadounidenses tienen actualmente ingresos que los habrían colocado en el 20 por ciento superior de los receptores de ingresos en 1967”. Tampoco ha disminuido la producción manufacturera estadounidense, incluso cuando su participación en la manufactura global disminuyó. Pero la reciente desaceleración en el crecimiento de la capacidad industrial es un fenómeno mundial, que “coincidió con el auge de la industria tecnológica”, generando una mayor productividad laboral.

Contrario al presidente Trump, los autores señalan que no es cierto que cuando “los extranjeros son inversores netos” en los Estados Unidos, lo que nos lleva a tener un déficit comercial, estén agotando nuestra “sangre vital”. Estados Unidos “tuvo superávits comerciales”, señalan, “en 102 de los 120 meses de la década de 1930”, la era de la Depresión que comenzó con los prohibitivos aranceles Smoot-Hawley que devastaron el comercio global. Por el contrario, la América de posguerra “ha sido un imán para el talento y el capital”, impulsando la creación de empleo y el aumento de la riqueza de los hogares. Elevar los aranceles solo puede dañar nuestra prosperidad, incluso si favorece a ciertos grupos limitados. Un ejemplo reciente: los aranceles que Trump impuso al acero y al aluminio en su primer mandato “crearon” 1.000 y 1.200 empleos, respectivamente, mientras que costaron 75.000 empleos manufactureros en total debido a los precios más altos que las empresas tuvieron que pagar por los metales, y los aranceles de represalia impuestos por otros países causaron a los agricultores estadounidenses $22 mil millones en ventas perdidas.

Los autores continúan refutando el mito, sostenido por todos, desde Barack Obama hasta la revista Time, de que la recesión de 2008-09 fue causada por la desregulación de los banqueros hipotecarios, quienes “inventaron préstamos hipotecarios complejos… para engañar a los compradores de viviendas desprevenidos” para que pidieran prestado más de lo que podían pagar. En realidad, fue la presión de la administración Clinton sobre los bancos, bajo la Ley de Reinversión Comunitaria de 1977, lo que los obligó a bajar constantemente sus estándares de préstamo, en nombre de la promoción de “viviendas asequibles”, mientras pretendían que los valores respaldados por hipotecas de alto riesgo eran “tan solventes como la deuda del gobierno de EE. UU.”, lo que llevó al colapso del mercado. (El aliado de Clinton, Barney Frank, entonces presidente del Comité Bancario de la Cámara, profesó abiertamente su deseo de “jugársela” con el mercado inmobiliario. Cumplió su deseo, pero el país perdió su apuesta).

Dirigiendo su atención a la desigualdad económica, Gramm y Boudreaux refutan los mitos relacionados, sostenidos por todos, desde el Papa Francisco hasta el economista socialista francés Thomas Piketty y la heredera de Disney, Abigail Disney, de que la desigualdad económica en Estados Unidos está creciendo constantemente, lo que causa el empobrecimiento de millones. El mayor defecto de estos argumentos (elaborados en el libro anterior de Gramm, coescrito, “The Myth of American Inequality”) es su dependencia de las cifras de la Oficina del Censo que omiten dos tercios de todos los pagos de transferencia (por ejemplo, cupones de alimentos, Medicaid, “créditos fiscales”) de la definición de “ingreso”, al tiempo que no ajustan los ingresos de los hogares por la cantidad de impuestos pagados. Cuando se realizan los ajustes necesarios, la afirmación de la Oficina de que los miembros del quintil de ingresos más alto reciben en promedio 16.7 veces más que los miembros del quintil más bajo se reemplaza por una relación de 4 a 1. Además, la distribución de ingresos ajustada entre los tres quintiles inferiores de cinco es tan plana que en 2017, aquellos en el quintil inferior recibieron un promedio de $49,613, en comparación con $53,924 para el segundo quintil y $65,631 para el medio. Y después de ajustar por el tamaño del hogar, resulta que “los individuos que viven en el 60 por ciento inferior de los hogares estadounidenses tienen aproximadamente el mismo nivel de ingresos… aunque solo el 36 por ciento de las personas en edad de trabajar en el quintil inferior realmente trabajan, en comparación con el 85 por ciento en el segundo quintil y el 92 por ciento en el quintil medio”. En resumen, la combinación actual de impuestos y transferencias sirve para desincentivar el trabajo para muchos, lo que lleva a los problemas sociales y morales documentados por el economista del AEI Nicholas Eberstadt en su monografía Men Without Work.

Aunque citan pruebas de una considerable movilidad económica (es decir, aumentos de ingresos con el tiempo) entre los nacidos en el quintil más bajo, los autores reprenden apropiadamente a colectivistas como Piketty por describir los ingresos de los que más ganan como “lo que ‘toman’, ‘reclaman’ o ‘absorben’” de otros en lugar de “lo que ganan o crean”. Mientras que Bill Gates, por ejemplo, “posee el 0.53 por ciento de Microsoft”, escriben, “sus productos enriquecen nuestras vidas, creó cientos de miles de empleos, y nuestros fondos de pensiones son más valiosos porque poseemos muchas más acciones de Microsoft que él”.

Si bien Gramm y Boudreaux concluyen que, después de los ajustes adecuados a los ingresos, la tasa de pobreza real en Estados Unidos es de solo el 2.5 por ciento, añaden que, lejos de que esa pobreza sea causada por el “capitalismo”, “la pobreza y la dependencia” son más bien “los grandes fracasos” de las políticas federales, específicamente la “Guerra contra la Pobreza” iniciada por Lyndon Johnson, junto con el fracaso de las escuelas públicas estadounidenses. Por lo tanto, instan a una reforma de los programas de bienestar para incluir “incentivos laborales y requisitos de trabajo obligatorios para adultos en edad de trabajar y con capacidad física”, junto con la reforma de nuestro sistema educativo, que podría incluir la adición de escuelas charter, la elección de escuela y —añado— romper el poder de los sindicatos de maestros para bloquear las mejoras.

Como nos recuerdan Gramm y Boudreaux, aunque “en los países más ricos de la era más próspera de la historia, es la pobreza, no la opulencia, lo que parece antinatural”, la prosperidad no es natural, sino que debe ser “producida continuamente” por el trabajo, la innovación y la inversión. Sin embargo, actualmente, “el crecimiento explosivo del gasto social de asistencia social… absorbe el 57.4 por ciento de los ingresos generales en EE. UU.”, lo que pone en riesgo no solo la solidez fiscal de Estados Unidos, sino también servicios vitales como la defensa, junto con una inversión de capital adecuada en el futuro de la nación.

Desearía que cada profesor de política, economía e historia de las universidades y escuelas secundarias estadounidenses pudiera ser persuadido para leer este valioso libro y compartir sus lecciones con sus alumnos.

La economía a través del tiempo (XXIX): los límites de la riqueza de Hesíodo

Tras ver la importancia que los antiguos griegos daban al trabajo, pues en Hesíodo (2006, 81) es la causa de la riqueza, se puede dar un paso más y comprobar cuáles son las conclusiones a las que llevan estos razonamientos. Así, si la holgazanería se percibe como algo abominable y la laboriosidad como lo honroso, el producto de ambos comportamientos acaba encontrándose en una consideración similar. No hacer nada lleva a no tener nada y trabajar, a poseer el resultado del trabajo.

Es decir, existe en este autor ya cierta tendencia a considerar que lo que tiene cada uno es lo que se merece, dependiendo del grado de esfuerzo que haya llevado a cabo. Por tanto, el robo y la envidia se muestran como un desorden. Lo deja claro Hesíodo (2006, 81): “Para tu suerte, según te fue, es mejor trabajar, si olvidado de haciendas ajenas vuelves al trabajo tu voluble espíritu y te preocupas del sustento según mis recomendaciones”.

El griego pinta claramente la envidia, la fijación por las propiedades ajenas, como algo negativo. Robar, por tanto, es aún peor:

Las riquezas no deben robarse; las que dan los dioses son mucho mejores; pues si alguien con sus propias manos quita a la fuerza una gran fortuna o la roba con su lengua como a menudo sucede –cuando el deseo de lucro hace perder la cabeza a los hombres y la falta de escrúpulos oprime la honradez–, rápidamente le debilitan los dioses y arruinan la casa de un hombre semejante, de modo que por poco tiempo le dura la dicha (81).

En este texto aparece otra cuestión relevante. Aparte de la condena al robo, el autor esgrime una condena a la ambición desordenada, dejando ver que existen una serie de principios éticos que se sitúan por encima del deseo de lucro. Unos valores o virtudes que todo hombre de bien debe cumplir y no sobrepasar para que le vaya bien. Es decir, no vale simplemente con trabajar y tener riquezas, sino que todo el proceso debe de llevarse a cabo siguiendo directrices, siendo honrado: “No te hagas rico por malos medios; las malas ganancias son como calamidades (82)”

Hesíodo pone algunos ejemplos de comportamientos reprobables, como maltratar al que pide limosna o a un huésped, o el que insulta a su padre cuando es anciano, a los que les vaticina graves daños a causa de los dioses. Y, aunque pueda sorprender o parecer demasiado específico, el griego insiste en la necesidad de agasajar a los que viven cerca, pues “cuenta con un tesoro, quien cuenta con buen vecino”.

Así, como se ha mencionado, el respeto a la propiedad privada del otro es también uno de los puntos éticos esenciales para esa honorabilidad. El robo se plantea como una de esas condenaciones ante la divinidad:

El regalo es bueno, pero la rapiña es mala y dispensadora de muerte; pues el hombre que de buen grado, aunque sea mucho, da, disfruta con su regalo y se alegra en su corazón; pero el que roba a su antojo obedeciendo a su falta de escrúpulos, lo robado, aunque sea poco, le amarga el corazón; pues si añades poco sobre poco y haces esto con frecuencia, lo poco al punto se convertirá en mucho (83).

Por tanto, para los antiguos helenos es preferible regalar que robar. Un principio que sentencia con insistencia Hesíodo (2006, 83): “(…) es mejor tener dentro de casa; pues lo de fuera es dañino. Bueno es coger de lo que se tiene y un tormento para el alma necesitar de lo que no se tiene. Te recomiendo que medites estas advertencias”. Un respeto a la propiedad de tal envergadura que se lleva al extremo de considerar “dañino” a “lo de fuera”.

Bibliografía:

Hesíodo (2006). Teogonía. Biblioteca Gredos.

Serie La economía a través del tiempo

El precio de la libertad es la eterna vigilancia, que no se nos olvide

Hace cuarenta y cinco años en España sólo había dos canales de televisión, y ambos eran públicos (TV1 y TV2), el número de diarios de papel conocidos en España se contaban con los dedos de una mano (en total, incluyendo nacionales, regionales y locales, el número no superaba la cuarentena), y lo mismo ocurría con el número de cadenas de radio. Eso, con los rumores, eran los medios de que disponía la gente para informarse. Y toda esa información no estaba almacenada en un mismo sitio, acceder a ella era costoso y requería mucho tiempo.

A cualquiera que le preguntes te dirá que la situación, hoy, es infinitamente mejor en lo que al derecho de información (y su otra cara de la moneda: libertad de expresión) se refiere: cualquiera puede hoy escribir, o grabar, casi con cualquier otro aparato, fácil de adquirir, y barato, en cualquier momento y sin dificultad (todo un sueño hasta para los James Bond de hace sólo un par de décadas); ese escrito o grabación se puede subir a la red en segundos, también  de manera gratuita y sin apenas dificultad, y con ello hacerlo accesible a miles de millones de personas, pudiendo, de hecho, monetizar las visitas y hacer de esas publicaciones un medio de vida.

Así, son millones las webs a las que uno puede acceder con un click desde su casa, o el número de canales que hay en las principales plataformas de vídeo, y miles de millones el número de publicaciones, de todo tipo, recientes y no tan recientes, almacenadas pero disponibles. El problema, dicen, no es ya la dificultad y el coste de acceder a la información, sino las dificultades de discriminar ante tanto dato a nuestro alcance.

Pero la cosa no es tan maravillosa como parece y existen nubes en el horizonte del derecho a la información que no deberíamos obviar. Y no sólo por las amenazas del poder político (estas últimas semanas hemos visto cómo se tramita una reforma del Reglamento del Congreso de los Diputados para crear un Consejo Consultivo de Comunicación Parlamentaria que regule la concesión y renovación de las credenciales de  periodistas, fijando los requisitos y las sanciones que a los mismos puedan imponerse). También por otras circunstancias de las que también hemos tenido, estos días, ejemplos curiosos.

El analista político InfoVlogger, por ejemplo, con cientos de miles de seguidores, ha sido expulsado del Programa para Partners de Youtube (propiedad de Google), lo que le impide seguir monetizando sus vídeos en dicha plataforma, unos vídeos muy críticos con los partidos mayoritarios y con los medios de comunicación de masas; el blog Missa in Latino, uno de los sitios más influyentes del mundo en el ámbito del pensamiento católico tradicional, ha sido bloqueado por la plataforma Blogger, propiedad también de Google, a pesar de haberse destacado por algo tan aparentemente inocuo como defender la liturgia católica tradicional, reprobar decisiones vaticanas y ser crítico con los obispos. Dos “publicadores” muy distintos, dedicados a materias muy diversas, con estilos diferentes…

Se me dirá que las empresas privadas deben ser libres, que cada uno en su casa debe poder hacer lo que quiera, que son dos anécdotas descontextualizadas y de las que no doy más datos, etc… y se me dirá, seguramente, bien.

Decíamos al principio del artículo que a principio de los años 80 sólo había dos canales de televisión, un puñado de periódicos y otro puñado de cadenas de radio. Hoy la situación es infinitamente mejor, pero ¿cuántas son las principales empresas -con cuota de mercado significativas- que ofrecen servicios “en la nube”, ya sea infraestructura como servicio (IaaS), plataforma como servicio (PaaS), o software como servicio (SaaS)? O, aterrizando esos conceptos -y siglas- tan abstrusos: ¿cuántos son los motores de búsqueda que utiliza el grueso de los usuarios de internet? ¿Cuántas son las plataformas utilizadas masivamente para subir, ver y compartir vídeos, o alojar blogs? ¿Cuántas son las aplicaciones de mensajería instantánea realmente utilizadas por la mayoría? ¿Y de redes sociales?

El efecto red, los fuertes requisitos de capital, las economías de escala, el apalancamiento operativo etc. ayudan a que se hayan creado esos gigantes -de capital privado, no digo que no-, un puñado de los cuales son líderes en varias de las líneas de negocio señaladas en el párrafo anterior…  Pero también contribuye nuestro deseo de no complicarnos la vida. Nos hemos echado una soga al cuello que no es nuestra y sobre la que no tenemos ningún control; hasta ahora no nos han apretado demasiado, al menos, que nos hayamos dado cuenta; muy posiblemente nunca lo hagan, ojalá, pero si en algún momento les da por hacerlo, tendremos un problema.

Estamos mejor que hace cuarenta años, es evidente, pero no tan bien como para poder estar tranquilos; y, a pesar de ello, quizás por el contraste, nos sentimos totalmente seguros. Qué ocurriría si a los mandamases de las seis o siete grandes tecnológicas les da por considerar -ya sea motu proprio, ya sea por “recomendación” de los políticos, o por ensoñaciones de una noche de verano- a los liberales gente que incita al odio -contra los políticos, por ejemplo-, y “bloquean” las búsquedas, las webs, los blogs, los canales, en definitiva, de nuestros referentes… y quien dice a los liberales, dice a cualquier otro colectivo; lo han hecho hasta con un blog dedicado a defender la liturgia tradicional católica, precisamente porque promovía “discurso de odio”, y quizás lo has promovido, puede ser, todo depende, y dependerá, de la sensibilidad y criterio de quien tenga que juzgar lo que es “odio”.

Algunos dirán: “no lo pueden hacer, sería antieconómico”. Y seguramente lo sería; pero también es antieconómico el socialismo, y ahí estamos. Por eso deberíamos mantener abiertas alternativas, aunque sea más caro y menos eficiente… aunque sólo sea por “si acaso”.

Decían los Padres Fundadores de EE.UU. que “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”. Pues eso.

Torre-Pacheco y la inmigración

Tras los últimos acontecimientos, esta población de Murcia se encuentra en el ojo del huracán mediático, ya que se ha convertido en un auténtico polvorín. El 30% de la población de la ciudad es extranjera, la mayoría de ella marroquí, hasta el punto de que la ciudad es conocida en los alrededores como “Torre Marruecos”.

Los sucesos comenzaron cuando un grupo de magrebíes apalearon brutalmente a un anciano local, lo que trajo consigo represalias por parte de los españoles hacia la población marroquí. Muchos hemos venido avisando de la situación tan complicada de la inmigración y la población extranjera. Puede que estos conflictos étnicos sean una novedad en nuestro país, pero desde luego no lo son en otros países europeos, como el Reino Unido o Francia, alumnos aventajados de la inmigración descontrolada. Es imposible pensar que grupos de poblaciones completamente antagónicas se vayan a integrar a la perfección, muchos de ellos no es que tengan otro idioma, religión y modo de vida, sino que son personas con antecedentes o delitos que no aceptan ni en las cárceles de sus países.

La inmigración restrictiva que algunos apoyamos sirve, en gran medida, para evitar problemas como el que tenemos ahora, que es enorme. El problema es enorme por muchos motivos. En primer lugar, está claro que, mientras siga este gobierno, va a continuar la entrada masiva de inmigrantes sin ningún tipo de control, cada uno de ellos es un voto, y los incentivos democráticos son enormes. La destrucción a largo plazo del país les da igual a nuestros políticos, a largo plazo, todos muertos. En segundo lugar, es una inmigración de un perfil muy concreto, hombres jóvenes, que en muchas ocasiones no quieren trabajar. Sus países de origen tienen costumbres muy diferentes a las nuestras, muchos de ellos utilizan la violencia como método de resolución de conflictos, y cuando llegan aquí quieren replicar lo que conocen, no adaptarse a la civilización.

A todo ello hay que sumarle que la mayoría profesan una religión que, en muchas ocasiones, considera a la mujer un mero objeto para satisfacción o disfrute, o un ser con carácter únicamente reproductivo. Esto ha provocado el aumento de las violaciones individuales y en manadas en nuestro país. Y esto ha provocado que en países como en Francia se violen 80 mujeres de media al día.

La izquierda patria vendrá ahora a decir que la violencia ultraderechista se abre paso por las calles, y que malvados nazis están yendo a cazar inmigrantes. No niego que si la situación se descontrola habrá grupos que aprovecharán para cometer barbaridades, pero las protestas que están teniendo lugar no tienen matiz racista, tienen matiz de supervivencia. Los nacionales no están apaleando a extranjeros por ser extranjeros. No he visto ninguna tienda o restaurante chino siendo atacado, tampoco he visto ningún ataque a ningún eslavo. Los habitantes de Torre-Pacheco están defendiéndose de un grupo determinado de inmigrantes que les está haciendo la vida imposible.

¿Vamos también a criticar que algunos españoles se levanten contra aquellos que apalean, roban y violan? ¿Vamos a tener que desenvainar el sable para defender que el pasto es verde?

Otro de los grandes problemas es el de la deportación. Vox es el partido que más ha tratado este tema. Pero esto lleva muchos problemas, muchos de ellos no tienen papeles, no sabemos de dónde vienen, y no los vas a dejar en el mar. Esto es un problema para el que VOX no ha traído una solución clara. Igual que anteriormente, el problema de las deportaciones se hubiera evitado limitando la entrada desde un principio, pero ya es demasiado tarde para eso. El problema de la deportación también trae otro aparejado, y es el de la nacionalidad. La alegría con la que se da la nacionalidad en este país es pasmosa.

Muchos de los inmigrantes que están cometiendo crímenes ya tienen la nacionalidad española, ya que son de segunda o tercera generación, como ocurre en Francia. Es cierto que cambiando las leyes se puede revocar la nacionalidad, pero entramos en un terreno tremendamente peligroso. ¿Qué criterio utilizamos para dar la nacionalidad? ¿Y para revocarla? ¿El comportamiento, la sangre, la raza, la religión, la antigüedad? Todos pueden ser igualmente válidos, pero igualmente problemáticos.

Europa se ha tapado los ojos durante mucho tiempo con este tema, las batallas entre nacionales e inmigrantes crecerán, esto es sólo el principio, unos no quieren integrarse, y los otros quieren vivir como antes lo hacían, con tranquilidad y seguridad. Es posible que el problema ya no tenga solución, lo que sería terrorífico, pero creo que ya hemos llegado a un punto en el que cualquier solución va a ser traumática y muy dura, y posiblemente ninguno de nosotros estemos preparados.

Mentira de hacienda #357: la planificación fiscal agresiva

A toda acción le corresponde una reacción igual y opuesta, expresa la tercera ley de Isaac Newton. No es metodológicamente correcto aplicar o hacer análogas las leyes del mundo de la física (ciencias naturales) a la Economía, porque se trata de ciencias diferentes que requieren métodos científicos distintos. Pero, efectuando esta importante salvedad, podríamos reconocer que, al menos metafóricamente, algunas ideas son útiles porque nos resultan más cotidianas y tangibles.

El segundo elemento que se debe mencionar -en pos de seguir la línea de este artículo- es que como bien inicia Carl Menger su obra Principios de Economía Política, “Todas las cosas se hallan sujetas a la ley de causa y efecto. Este supremo principio no tiene excepciones”.

En las ciencias sociales (la economía, desde luego) no existen las relaciones constantes. Existen las relaciones genético-causales, o mejor dicho Teleológicas, como expresaría el profesor Benegas Lynch (h.) y, en este sentido, al tratarse de la acción humana, a toda acción no le corresponde igual reacción, o lo que es igual decir, no toda causa tiene un igual efecto. Aunque si un sentido cronológico, una dirección y un orden concatenado. Hay un momento cero, un momento uno, dos, y así sucesivamente. Comprender esto último, por más simple que parezca, es de suma importancia.

Un error común en Economía es confundir -o invertir- la causas con la consecuencia y, por lo tanto, perder de vista la realidad de los fenómenos sociales (con la gravedad que ello implica). De esto se trata el presente artículo.

¿Por qué es importante entender esto en materia de tributación?

Porque la tributación es violencia sistemática en su estado más puro. El Derecho Tributario (por mucho que se quiera esconder u omitir este asunto) es el derivado histórico del Derecho de Guerra. No se trata de un primo o familiar lejano, sino directamente su primogénito. Tributos pagaban los derrotados como precio para no ser aniquilados.

Fue Murray Rothbard, quien, apoyado en las ideas bien entendidas de John Locke (Siglo XVII) desarrolla correctamente el Principio de No Agresión (PNA). Principio que esencialmente significa que ninguna persona o grupo (el estado no es más que un grupito de personas) tiene derecho a iniciar el uso de la fuerza física contra otra o su propiedad.

Es decir, todos venimos al mundo de igual manera y sin saber bien por qué (el misterio de la vida) y los Derechos Naturales del ser humano, que nos corresponden por nuestra condición humana per se -y que no derivan de ningún gobierno o estado- son a la Vida, la Propiedad y la Libertad. En resumen y al propósito: cada persona con su propia vida, y en uso de su Libertad, efectúa trabajos con sus manos o mente y el producido es absolutamente suyo. Es de su propiedad privada.

(El tratamiento del hecho de vivir en sociedad -la siguiente cuestión lógica en la que estriban los estatistas- por cuestiones de espacio físico y para no alejarme del tema central del artículo, será profundizado en otra publicación, el supuesto Contrato Social, y su inexistente firma)

No existe la planificación fiscal agresiva. En todo caso, será planificación fiscal defensiva

La OCDE, siempre la OCDE. Para dotar de algún prestigio, no es que esto lo diga algún estado, o administración tributaria (desprestigiadas), sino que lo dice la OCDE. Organismo en teoría técnico, supranacional, apartidario. Pero, por sobre todo, bien intencionado (permítase siempre dudar).

Todo ello en su Acción BEPS N° 12. (BEPS por sus siglas en inglés, Base Erosion and Profit Shifting – Acciones que buscan combatir la erosión de la base imponible y traslado de beneficios, por parte de las insolidarias y perversas empresas y personas).

La Acción N° 12 específicamente reza: “Exigir a los contribuyentes que revelen sus mecanismos de planificación fiscal agresiva” (La traducción a la verdad sería: si vas a defenderte te exijo (so pena de más golpes) que me lo digas ahora).

Otra cuestión, que también sería motivo de risas -si no fuese cierta- es que esta misma Planificación Fiscal Defensiva, de lo que los estatistas se quejan, surge simplemente de aplicación inteligente de las mismas normas… ¡que los mismos estatistas imponen! Ellos imponen las reglas de juego, y luego ellos mismos dan berrinches cuando pierden.

Es decir, esto evidencia que en última instancia se quejan de su propia ineptitud. Por supuesto, en cuestiones de estado, la violencia se resuelve con más violencia. Luego se excusan en las dificultades que presenta la fiscalidad internacional, y por lo tanto buscan cartelizarse y demonizar la competencia fiscal (sobre competencia fiscal me remito a la serie de mi autoría sobre este tema).

Ya me he expresado en otras publicaciones acerca de la manipulación del lenguaje y su importancia. Joseph Goebbels ministro de propaganda del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (nazi), bien consciente de esta cuestión, manipulaba el lenguaje y creaba relatos cuasi fantásticos para mantener adormecida a la población o para movilizarla a su antojo.

Volviendo a la Planificación Fiscal Agresiva, según se pretende que creamos esto como cierto. Sería como equivalente a decir que el niño acosador (Bully) golpea todas las semanas al niño acosado, y cuando este último se defiende, el acosador da pataletas y lo regaña por defenderse, acusándolo de ser agresivo. De la misma forma que un ladrón de casas se queje porque los propietarios ponen candados cada vez más grandes y seguros en las puertas de sus casas. El hecho de defenderse no implica agresión. Justamente, es defensa.

Es absurdo el planteo de la OCDE. Por eso, es menester insistir, en que se debe conocer el origen -causa última- y ser conscientes de la dirección correcta y sentido cronológico de los acontecimientos humanos. No podemos etiquetar de agresor, a quien defiende su propiedad privada. De la misma manera que no se puede decir que existe planificación fiscal agresiva, cuando es el estado (que es el robo organizado con apariencia de legitimidad) quien primero realiza el ataque a la las personas y su propiedad privada.

Corresponde desnaturalizar los impuestos. Comprender la importancia y carácter absoluto de la propiedad privada. Entender la esencia violenta de los tributos. Y una vez bajo este paradigma, dejar al orden espontáneo social que, guiado por la innata creatividad de las personas, encuentre nuevas formas de cooperación social, libre de toda violencia. Hasta tanto, el progreso no será el que podría ser.

Reflexiones sobre la profesión del tributarista y la Economía

Finalmente, cabe decir que los profesionales de la rama no perciben esto último. Muchos no son verdaderos estudiosos, son excelentes adoctrinados. A veces, no porque no quieran, sino porque no pueden. Carecen del cuerpo teorético necesario para hacerlo porque solo han estudiado la biblioteca del estado. Entonces, en terminología hayekiana, si no hay una correcta capacidad clasificatoria (derivada del conocimiento profundo y total de la ciencia) lo observable o la realidad en cuestión no es más que información sin sentido. Que luego deriva en conclusiones descabelladas sin conexión con la realidad. Así, es suma y socialmente nocivo considerarse tributarista, siendo lego en Economía.

¿Cómo puede estudiarse la naturaleza del objeto del estudio, supongamos, el tributo, sin comprender a fondo el ambiente y metaestructura donde este opera? Más aún, ¿cómo puede comprenderse la inmoralidad y su ineficiencia, si no se comprende el orden espontáneo de mercado? Es decir, la economía tal como es, en su estado puro de naturaleza y sin injerencia gubernamental.

En síntesis, ¿Cómo puede pretenderse resolver el problema, sin llegar a entender que el objeto de estudio en cuestión es la causa del problema?

Por eso los dislates que observamos en ciertos círculos o foros fiscales. Planteos a veces nauseabundos. La Acción N° 12 sería chistosa si no fuese cierta. La pretensión de diseñar un impuesto a los super ricos es otra. Podríamos trazar infinitos límites para definir al rico del “super” rico. O, el (IPE) Impuesto al Patrimonio Excedente, ¿excedente de qué?

En definitiva, los tributaristas (por cierto, no todos, pero en su gran mayoría los que pertenecen al estado) parecen jugar intentando garabatear dibujos y fantasías en el aire, sin ningún anclaje en la realidad. Es triste y peligroso al mismo tiempo. No alcanzan a ver la realidad, porque se especializan, cada vez más, en los mismos programas de estudios y cursos, que el mismo estado directa o indirectamente provee.

En resumen, el tributarista que se especializa en estudiar los impuestos, sin entender Economía, no es muy diferente de decirse conocedor al extremo de los reglamentos del juego de mesa Monopoly, o algún otro. No sirve de nada. Solo hace daño. Es convertirse en experto de la forma, el derecho positivo -la legislación en constante cambio- sin comprender la cuestión de fondo, la Economía y fundamentalmente el orden espontáneo.

Para cerrar, vale repetir una y mil veces: No existe el impuesto neutro, mucho menos el impuesto justo. Lo único justo sería la inexistencia del impuesto.

Cómo abrazó el libre comercio la izquierda mexicana

Por Marcos Falcone. El artículo Cómo abrazó el libre comercio la izquierda mexicana fue publicado originalmente en FEE.

A principios de este año, la presidenta mexicana de izquierda Claudia Sheinbaum organizó un mitin en el centro de la Ciudad de México para celebrar el retraso de un mes de Donald Trump en la imposición de aranceles del 25% a su país.1 Para los observadores latinoamericanos, esto fue desconcertante y no solo porque la victoria fue insignificante, sino porque ¿desde cuándo la izquierda abraza el libre comercio? Sin embargo, la postura de Sheinbaum desde entonces, junto con comentarios previos de su predecesor Andrés Manuel López Obrador (AMLO), demuestran que hay una manera de comprometer a la izquierda latinoamericana con el libre comercio: abrazándolo en primer lugar.

Durante el siglo XX, México comenzó a liberalizar su comercio internacional a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), un acuerdo con Estados Unidos y Canadá propuesto originalmente por Ronald Reagan. Pero, crucialmente, México se unió al TLCAN y cosechó sus beneficios bajo administraciones no izquierdistas. El país firmó el acuerdo durante los años del Partido Revolucionario Institucional (PRI), un partido comodín que dominó la política del país en su era predemocrática. Después de que el país finalmente hiciera la transición a la democracia en 2000, tanto el PRI como el Partido de Acción Nacional (PAN) de centro-derecha surgieron como los partidos más grandes de México.

No sería hasta 2018 que la izquierda mexicana finalmente ganó el poder a través del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Para entonces, había muy poco espacio para hacer una campaña activa contra el libre comercio. Dado el comportamiento de la izquierda en toda América Latina, esto podría haber sido esperado, particularmente porque todos los principales partidos de izquierda se habían opuesto al establecimiento propuesto por Estados Unidos de una zona de libre comercio en las Américas en 2005. Pero eso no sucedió. Menos pobreza, aumento de los niveles de ingresos, nuevos empleos y más exportaciones: los beneficios de un comercio más libre eran tan obvios en México que eran imposibles de negar.

El TLCAN y su sucesor, el T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá), han tenido efectos positivos en la economía mexicana.2 Estos acuerdos dieron como resultado una mayor inversión extranjera, particularmente de EE. UU. y Canadá, junto con exportaciones significativamente más altas. Las importaciones también aumentaron, lo que redujo los precios. Con muchas opciones nuevas de consumo, la vida diaria cambió. El excanciller mexicano Jorge Castañeda incluso argumentó: “Si México se ha convertido en una sociedad de clase media… se debe en gran parte a esta transformación”.

Es importante destacar que muchos empresarios y trabajadores ahora interactúan directamente con socios estadounidenses y canadienses y son conscientes de los beneficios del libre comercio. Para el público en general, los efectos negativos más amplios de las guerras comerciales de Trump tardan en notarse, pero para estas personas, el costo de los aranceles se siente de inmediato. Entre los principales países latinoamericanos, México es el más abierto al comercio internacional, según el Informe de Libertad Económica del Mundo del Fraser Institute.3 Su puntuación en Libertad para el Comercio Internacional subió de 6,93 en 1970 a 8,10 en 2022 en una escala de 10.

Además, al integrar la economía mexicana en la de EE. UU., estos acuerdos han protegido a México de influencias autoritarias extranjeras como las de China, que han causado preocupación en toda la región. De hecho, no solo México exporta la mayoría de sus productos a EE. UU., sino que también México compra a EE. UU. más que a cualquier otro país. Aunque la relación entre China y México ha ganado fuerza en los últimos años, si no fuera por México, China ya se habría convertido en el mayor socio comercial de América Latina.

Bajo la presidencia de Trump, sin embargo, Estados Unidos no parece considerar el T-MEC como estratégico. La administración ha seguido imponiendo aranceles después de las reacciones globales iniciales en marzo. A su vez, México ha continuado trabajando para obtener exenciones, y hasta ahora lo ha logrado.

La importancia del comercio con EE. UU. y Canadá ha impulsado a los presidentes de Morena López Obrador y Sheinbaum a defender repetidamente el T-MEC. En una entrevista en El Cato Podcast, Roberto Salinas León, investigador principal para América Latina de Atlas Network, calificó estos acontecimientos de “surreales”, pero explicó que el libre comercio está ahora arraigado en la mente de los mexicanos de manera similar a como lo está la dolarización en Ecuador. La vida en México sería impensable sin él.

Quizás sin saberlo, AMLO y Sheinbaum siguen a socialistas de finales del siglo XIX y principios del XX que también apoyaron el libre comercio debido a cómo beneficiaba a los trabajadores a través de una mayor competencia y precios más bajos. El economista Carlos Rodríguez Braun ha estudiado extensamente el caso de Juan B. Justo, una figura fundamental del socialismo latinoamericano que se opuso a los aranceles en nombre de los trabajadores.

Por supuesto, nada de esto implica que el libre comercio sea todo lo que se necesita para que México supere la pobreza. (Tampoco significa que el TLCAN y el T-MEC hayan tenido únicamente efectos positivos en la economía mexicana, ya que ciertamente ha habido perdedores). De hecho, los acuerdos de libre comercio no han podido superar otras debilidades en la economía mexicana, que sigue estancada en comparación con las de otros países. La baja productividad, la mala infraestructura, la alta corrupción y un Estado de derecho débil son algunos de los muchos desafíos estructurales que sufre México. De hecho, algunos de estos problemas están alimentando la guerra comercial de Trump, particularmente el hecho de que el crimen organizado en México parece imparable. El PIB de México solo creció un 0,2% en el primer trimestre de 2025.4

Más recientemente, las políticas de izquierda han causado preocupación entre los inversores, contribuyendo probablemente a la desaceleración de las entradas de capital. Las nacionalizaciones de AMLO en el sector energético fueron un golpe significativo para el Estado de derecho, lo que indica que los derechos de propiedad ahora dependen del partido gobernante. Más recientemente, la reforma judicial propuesta por AMLO ha entrado en pleno vigor durante la administración de Sheinbaum con las recientes e inéditas elecciones judiciales. Solo el 13% de los mexicanos acudieron a las urnas, sin embargo, la mayoría de los jueces ahora serán partidistas por naturaleza (y pro-Morena al principio), en una medida que socava aún más el Estado de derecho.

El libre comercio no es ciertamente una panacea, pero es necesario para que los países prosperen. Como dijo Milton Friedman, “lo mejor del mundo sería que todos los países se dedicaran al libre comercio”. Entonces, ¿cómo podemos avanzar en el libre comercio en América Latina? El muy curioso caso de México puede ofrecer una lección a otros países: si se involucran en el libre comercio el tiempo suficiente, incluso la izquierda podría salir en su defensa cuando este esté en peligro.

Hacia un patriotismo liberal

Por Samuel Gregg. El artículo Hacia un patriotismo liberal fue publicado originalmente en Law & Liberty.

De todas las fracturas que dividen a América y otras naciones occidentales hoy en día, pocas son tan marcadas como la que existe entre el liberalismo y el nacionalismo. Las palabras significan cosas diferentes para personas diferentes. Pero como medio para categorizar las divisiones sobre temas que van desde los mercados hasta la cohesión social, el comercio, las relaciones internacionales y el papel del gobierno, la dicotomía liberal versus nacionalista sigue siendo útil para resumir los desacuerdos críticos que ahora se encuentran en el centro de la política occidental.

Si bien existen muchas variantes de liberalismo y nacionalismo, no es difícil identificar las principales líneas de falla entre ambos conjuntos de ideas. Mientras que el liberalismo clásico enfatiza la libertad, los derechos individuales y el Estado de derecho como valores universales, el enfoque del nacionalismo se centra en la soberanía popular y la priorización de la identidad nacional, a menudo definida por la etnia, las tradiciones, la cultura y el idioma compartidos. Económicamente, la división liberal-nacionalista generalmente se desglosa entre el libre comercio y el proteccionismo. En cuanto al estado, los liberales clásicos tienen un compromiso de principios con el gobierno limitado, mientras que los nacionalistas son menos inhibidos a la hora de utilizar el poder estatal para intervenir en la economía y la sociedad con el fin de asegurar objetivos específicos considerados de importancia nacional.

Ciertamente, se puede encontrar una superposición en las opiniones de muchos liberales y nacionalistas. No faltan liberales clásicos estadounidenses que son tan escépticos como el nacionalista promedio de Europa Occidental ante las sensiblerías woke o los proyectos supranacionales como la Unión Europea.

No obstante, la distinción liberal-nacionalista ayuda a clarificar algunas de las marcadas disparidades entre los principios, prioridades y políticas que distinguen, por ejemplo, la marca de conservadurismo de J. D. Vance de la de aquellos conservadores estadounidenses que siguen comprometidos con las ideas liberales clásicas sobre los mercados libres y el gobierno limitado. Además, muchos nacionalistas han especificado que uno de sus objetivos principales son los liberales clásicos y su supuesta influencia desmedida en la política pública desde la década de 1980. Tampoco es difícil encontrar liberales que insisten en que los nacionalistas son una amenaza tan grande para la libertad como la izquierda radical “amiga de los disturbios”.

Sin embargo, en esta discusión falta atención a las formas en que el liberalismo y el nacionalismo han interactuado en el pasado. A mediados del siglo XIX, las ideas que hoy reconoceríamos como encarnando principios liberales o nacionalistas ya se habían establecido como fuerzas políticas significativas en Europa. La historia posterior de Europa no puede comprenderse adecuadamente sin apreciar los puntos en común, los compromisos y las tensiones que marcaron la relación entre estos dos movimientos a lo largo de este período. La apreciación de ese trasfondo también arroja luz sobre nuestra situación actual y cómo aquellos que se llaman a sí mismos liberales clásicos y conservadores de gobierno limitado podrían abordarla.

Orígenes comunes

Como movimientos de ideas, pensadores y activistas, el liberalismo y el nacionalismo comenzaron a tomar una forma más distinta tras la Revolución Francesa. La restauración después del Congreso de Viena de 1815 de sistemas políticos que conservaban rastros del ancien régime no terminó con la influencia de las ideas liberales en toda Europa. Tampoco hubo disipación del patriotismo pangermánico que dio fuerza popular al esfuerzo por expulsar a Napoleón de Europa Central. Si acaso, las aspiraciones de los habitantes de la península italiana por una Italia unida, o el deseo de los polacos de derrocar las tres particiones de su país en el siglo XVIII por Rusia, Prusia y Austria, comenzaron a magnificarse en la década de 1820.

En este período, las ideas liberales y los sentimientos patrióticos a menudo iban de la mano. Aquellos que insistían en desplazar el centro de la estatalidad de la lealtad a una dinastía real hacia pueblos con una identidad etnolingüística compartida se identificaban fácilmente con las ideas liberales. Aquellos que agitaban por la unificación política de todos los hablantes de alemán, o una mayor autonomía para la nación húngara dentro del Imperio de los Habsburgo, estaban ampliamente comprometidos con el constitucionalismo, el Estado de derecho y la liberalización económica. Los grupos estudiantiles de toda Europa, estrechamente vigilados por la policía durante las décadas de 1820, 1830 y 1840, combinaban regularmente las aspiraciones reformistas, liberales y patrióticas. Para ellos, el objetivo de establecer la soberanía popular centrada en la nación iba de la mano con el énfasis en la realización de la libertad para el individuo y el fin del absolutismo monárquico.

Durante estas décadas, liberales y nacionalistas estuvieron ampliamente de acuerdo en lo que se oponían. Rechazaron, por ejemplo, la afirmación de que los regímenes derivaban su autoridad de Dios y no del pueblo, y disputaron cualquier priorización de la lealtad a la dinastía sobre la nación. Cualesquiera que fueran sus políticas, muchos europeos daban por sentado que una Italia unida o una Alemania unida serían una Italia liberal o una Alemania liberal. Una razón por la que muchos gobernantes europeos veían con malos ojos los sentimientos nacionalistas era su reconocimiento de que el triunfo de los patriotas conduciría a una limitación significativa de los poderes reales mediante la instalación de instituciones liberales.

Año de Revoluciones

Esta simbiosis entre liberalismo y nacionalismo alcanzó una especie de apoteosis cuando estallaron revoluciones en todo el continente europeo en 1848. Ya sea en Berlín, París, Roma, Viena, Nápoles, Fráncfort, Copenhague o Budapest, las revoluciones de 1848 fueron inicialmente asuntos urbanos, patrióticos y mayoritariamente liderados por liberales. Y el objetivo era la emancipación: de los individuos de gobiernos reaccionarios y arreglos económicos anticuados, y de las naciones del dominio de otras naciones o del absolutismo de príncipes nacionales y extranjeros. La libertad cívica, la autodeterminación nacional, la libertad individual y la soberanía popular parecían fusionarse.

Irónicamente, a menudo fueron los oponentes de la revolución quienes mejor comprendieron que las ideas liberales y patrióticas eran difíciles de desvincular. Tras violentos enfrentamientos entre el ejército y los manifestantes en Berlín en marzo de 1848, el rey Federico Guillermo IV de Prusia retiró a sus soldados de la ciudad y, para aplacar a los berlineses, cabalgó por las calles con la bandera negra, roja y dorada de los revolucionarios ondeando ante él. Como él y todos los demás germanohablantes entendían en ese momento, la bandera simbolizaba tanto la unidad de la nación alemana como la demanda de formas de gobierno constitucionales liberales.

Para comprender esta confluencia, debemos recordar que expresiones como liberalismo y nacionalismo estaban menos definidas de lo que lo están hoy. Como ilustra el historiador de Cambridge Sir Christopher Clark en su exhaustiva historia de las Revoluciones de 1848, Revolutionary Spring, estos términos “apenas estaban entrando en circulación y no habían adquirido significados estables; designaban constelaciones de argumentos y afirmaciones difusas y no siempre lógicamente coherentes”. No está claro, por ejemplo, si la mayoría de los liberales en 1848 habrían hecho todas las distinciones que hoy hacemos entre patriotismo y nacionalismo.

En estas condiciones, fue fácil para los liberales de clase media pasar por alto o minimizar las posibles tensiones que podrían surgir entre los principios liberales y los compromisos nacionalistas. Pero las consideraciones prácticas también jugaron un papel en el mantenimiento del gigante liberal-nacionalista. El aumento de los sentimientos patrióticos dio más fuerza a las fuerzas que desafiaban los arreglos políticos anteriores a 1848 de lo que los liberales de clase media hubieran podido reunir. Por el contrario, aquellos principalmente enfocados en consolidar grupos étnicos en estados-nación modernos encontraron que las ideas políticas y económicas liberales ayudaron a dar respuestas a quienes se preguntaban qué forma y estructura tomaría la unidad nacional una vez lograda.

Cooptación y tensiones

La relación entre liberalismo y nacionalismo en toda Europa en las décadas siguientes fue menos feliz. En algunos casos, los conservadores —especialmente Otto von Bismarck de Prusia— demostraron ser expertos en cooptar sentimientos patrióticos, lo que tuvo el efecto de debilitar el liberalismo como fuerza en la política europea.

Al lograr la unificación alemana a través de guerras exitosas contra Dinamarca, Austria y Francia, Bismarck no solo logró vincular las ideas alemanas de nacionalidad con su agenda conservadora, sino que también logró lo que los liberales alemanes no habían conseguido. Al hacerlo, Bismarck efectivamente encajó a los liberales alemanes en un apoyo implícito a sus métodos para lograr la unificación que los liberales habían deseado durante mucho tiempo y debilitó su capacidad para oponerse a sus ideas sobre los arreglos constitucionales de la Alemania unida. De ahí que, aunque la Alemania guillermina reflejara algunas características del orden liberal, sus estructuras constitucionales estaban muy alejadas de los ideales liberales de 1848. Un considerable poder ejecutivo se concentraba en la monarquía, siendo los ministros y el ejército responsables ante el emperador en lugar de ante el Reichstag.

Otro conjunto de problemas para los liberales surgió en entornos multiétnicos como el Imperio de los Habsburgo y las zonas fronterizas de Europa Central y Oriental. Desde finales de la década de 1860 hasta finales de la de 1870, los liberales de habla alemana controlaron el parlamento en Viena y ocuparon ministerios influyentes en el gobierno. Durante este período, los ministros liberales implementaron muchas políticas de liberalización política y económica.

Sin embargo, los liberales del gobierno austriaco demostraron ser incapaces de manejar las amargas disputas lingüísticas que estallaron entre, por ejemplo, los hablantes de checo y los de alemán en Bohemia, o los polacos, ucranianos, alemanes y judíos en Galitzia. Estos fracasos produjeron graves impasses políticos y, combinados con una brutal recesión en la década de 1870, disminuyeron la posición de los partidos liberales. Se vieron constantemente abandonados por los votantes de todo el Imperio, que se inclinaron hacia movimientos socialistas, radicales y nacionalistas.

En otros casos, la consolidación de la unidad nacional tuvo prioridad sobre la solidificación de las instituciones liberales. Algunos de los progenitores más importantes de la unificación italiana, como el primer ministro del Piamonte, Camillo Cavour, eran liberales sin complejos en sus ideas económicas y políticas. Sin embargo, el deseo de establecer un verdadero estado-nación italiano en un nuevo país dividido por fuertes lazos regionales e incluso considerables diferencias lingüísticas significó que los sucesivos gobiernos tardaron en implementar medidas liberales o las abandonaron por completo.

La creciente distancia entre liberales y nacionalistas se disimuló ocasionalmente por una hostilidad compartida hacia otros grupos. El políticamente poderoso partido Nacional Liberal, por ejemplo, apoyó las leyes antisocialistas de Bismarck, así como su Kulturkampf contra la Iglesia Católica. Las medidas de Bismarck reflejaban su convicción de que los socialistas alemanes y los católicos alemanes tenían doble lealtad en el nuevo pero aún frágil Imperio. Los nacional-liberales se opusieron al socialismo por motivos económicos y compartieron el sentimiento anticatólico que caracterizaba a grandes sectores del liberalismo de Europa continental.

Pero ensombreciendo estas alianzas intermitentes estaba la constante deriva de la opinión patriótica hacia movimientos conservadores, reaccionarios y, en algunos casos, de orientación racial. El patriotismo comenzó a transformarse en la dirección de sentimientos nacionalistas altamente excluyentes y agresivos que adquirieron un matiz claramente antiliberal en muchos países europeos en el período previo a la Primera Guerra Mundial. Para 1914, los partidos liberales en países como Alemania, el Imperio Austrohúngaro y Europa Central y Oriental eran una sombra de sí mismos. Eso sumó un mundo político vastamente diferente al de la década de 1840.

Patriotismo liberal

A primera vista, uno podría preguntarse si esta historia tiene mucho que enseñarnos. Después de todo, el liberalismo actual es más definitivo sobre sus principios fundamentales que los liberales de 1848, y muchos de esos compromisos están directamente en desacuerdo con la opción preferencial del nacionalismo contemporáneo por un estado activista, y no solo en la economía. Tampoco los principios liberales encajan bien con el reflejo de algunos nacionalistas de la mentalidad de voluntad de poder de la izquierda progresista, el agresivo empuje de los límites constitucionales y los coqueteos con propuestas extraconstitucionales.

Sin embargo, a pesar de las disparidades entre el ahora y entonces, se pueden extraer dos lecciones significativas para los liberales de hoy de las experiencias de sus predecesores del siglo XIX. En pocas palabras, no se dejen cooptar por los nacionalistas y no permitan que los nacionalistas sean los únicos patriotas visibles.

La necesidad de construir alianzas políticas es un hecho de la vida en las sociedades democráticas. Si quieres impulsar un cambio, debes estar dispuesto a hacer compromisos. Pero hay un mundo de diferencia entre, por un lado, apoyar lo que puedes y elegir tus batallas y, por otro, abandonar algunos de tus principios fundamentales a cambio de un asiento en la mesa. Demasiados liberales europeos del siglo XIX se dejaron arrastrar a compromisos que contribuyeron a su eventual marginación de la política. La falta de distanciamiento de Bismarck, por ejemplo, contribuyó significativamente al colapso constante de los nacional-liberales y a su reducción a un estatus minoritario en la política alemana.

Quienes defienden los mercados, el gobierno limitado y el Estado de derecho también deben asegurarse de que el terreno del patriotismo no esté dominado por los nacionalistas, en particular la variedad populista. Y una forma de disputar las afirmaciones nacionalistas es enfatizar que el patriotismo no tiene por qué implicar abrazar el populismo. Los liberales deben enfatizar que ser un verdadero patriota implica recordar a los ciudadanos que el populismo nacionalista, ya sea de derecha o de izquierda, invariablemente termina causando daños a largo plazo a las instituciones políticas, económicas y legales que ayudan a promover el bienestar general de la nación. En muchos países occidentales, especialmente en las naciones anglófonas, también pueden enfatizar que el compromiso con los principios e instituciones liberales ha sido durante mucho tiempo parte de lo que significa ser, por ejemplo, estadounidense, británico o australiano.

En resumen, el patriotismo liberal no tiene por qué ser un oxímoron. El fracaso de la mayoría de los liberales europeos del siglo XIX para mantener firmemente vinculados el liberalismo y el patriotismo en la mente de la población en general tuvo graves consecuencias que deben ser tenidas en cuenta por los liberales clásicos y los conservadores de gobierno limitado de hoy. Más que nunca, deben enfatizar que es precisamente porque aman a su país que se oponen a la lógica de amigos contra enemigos del nacionalismo contemporáneo, a su retórica beligerante y a sus terribles ideas económicas. Porque, sin la reiteración y la renovación de la simbiosis entre liberalismo y patriotismo, la marginación política de los verdaderos amigos de la libertad seguramente continuará.

Europa: desregulando con una mano, regulando con la otra

El coordinador de estudios del Instituto Juan de Mariana (IJM), Diego Sánchez de la Cruz, ha publicado el informe “Europe’s TechReg Paradox: Deregulating with One Hand, Re-regulating with the Other” en EPICENTER, el European Policy Information Center. 

El documento analiza cómo, pese a las promesas de simplificación normativa, la Unión Europea ha aprobado casi un centenar de leyes tecnológicas y cuenta con 270 entes reguladores en activo dedicados a esta cuestión, lo que termina asfixiando la innovación, especialmente en startups, y dejando a Europa rezagada frente a EEUU y Asia en sectores clave como la inteligencia artificial o las tecnologías emergentes.

EPICENTER es una red de doce think tanks europeos de orientación liberal, dedicada a informar el debate político europeo y promover los principios de una sociedad libre. Desde Bruselas, publica análisis y estudios para influir en la agenda comunitaria, defendiendo reformas que reduzcan trabas burocráticas y fomenten el crecimiento económico.

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