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Premio Juan de Mariana 2025

Finalizados los fastos por motivo de la visita del presidente Milei para recoger el Premio Juan de Mariana 2024, la barra libre sirvió como punto de partida para debatir el premio del año siguiente. Entre los candidatos, no podemos descartar a personas que han hecho hincar la rodilla a la Hacienda pública española. Por ejemplo, Xabi Alonso ha conseguido derrotar en tres ocasiones a Hacienda por tres delitos fiscales. La razón era, como hacen muchos futbolistas, cantantes o actores, la cesión de sus derechos de imagen a una sociedad radicada en el extranjero, obviamente con el fin de tributar menos. No se trata de facturar los servicios del futbolista o artista, ya que eso es más complicado tributarlo fuera. Sin embargo, los derechos de imagen son ya otra cosa.

Otro buen candidato, siguiendo con el madridismo, sería Raúl González, actual entrenador del Real Madrid Castilla (equipo filial). Derrotó a Hacienda por dos ejercicios consecutivos. En este caso, los años en litigio eran 2009 y 2010. Entonces, el futbolista se fue al Schalke 04 alemán a jugar las dos últimas temporadas de su carrera. El primer año fue descartado porque Hacienda, que apenas tiene funcionarios ni presupuesto, no inició a tiempo las diligencias oportunas. En cuanto al segundo, la razón es muy parecida a la posterior victoria de Xabi Alonso.

Iniesta y Pedrosa

Para que no nos acuse de parciales, en la terna podríamos incluir a Andrés Iniesta, el jugador que nos dio la gloria con su gol en la prórroga frente a Países Bajos en la final de la Copa del Mundo de 2010. En este caso, Iniesta derrotó a Hacienda por dos delitos fiscales relativos a los ejercicios de 2014 y 2015. De nuevo, los derechos de imagen y el pago a su agente (Hacienda no lo consideraba un gasto deducible) le valieron un pleito del que salió victorioso.

En el mundo del motor, otro buen candidato podría ser Dani Pedrosa. En este caso, el piloto catalán hace tiempo que se exilió fiscalmente en Andorra, como muchos youtubers. Aquí el tomate está en que Pedrosa. Al ganar los juicios a Hacienda, ha conseguido que la Agencia Tributaria le tenga que indemnizar con 2,5 millones de euros por los adelantos que tuvo que hacer en su día. Al llevar la razón, ahora Hacienda le tiene que devolver con intereses de demora. Por cierto, esos intereses de demora tributan como rendimientos del capital mobiliario, aunque esta situación está recurrida en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

Azagra-Buffet

Pero nada comparado con lo que se va conociendo respecto a David Sánchez Pérez-Castejón. Es hermano del presidente del gobierno, y trabajador estrella de la Diputación de Badajoz, que no pisó ni para preguntar por dónde se salía. Para empezar, se trata de todo un nómada fiscal, con domicilio en Portugal o Tailandia. Por cierto, en Portugal fijó su residencia fiscal en una casa en absoluto estado de ruina. Sin embargo, eso no fue óbice para llevar a cabo una gestión patrimonial digna de Warren Buffet. Con unos sueldos totales de 260.000 euros de la Diputación de Badajoz desde 2017, consiguió aumentar su patrimonio 1,6 millones de euros.

Para ello, no dudó en invertir en fondos de inversión, acciones o criptomonedas. Vamos, el anticristo capitalista. Vamos a tener que convencerlo para que imparta algunos cursos sobre finanzas personales en el IJM porque un talento así no puede desaprovecharse. Bueno, esto lo dejamos un poco pausado, ya que la UCO investiga si la Diputación de Badajoz destruyó pruebas (léase correos electrónicos) previamente al registro ordenado por la juez de que instruye la causa.

En definitiva, vemos que la carrera para conseguir el premio al liberal más destacado del año resulta apasionante. Tenemos hasta febrero para que los candidatos sigan acumulando puntos. Suerte a todos.

Ver también

Hacienda son ellos. (José Antonio Baonza Díaz).

¿Por qué Hacienda trató a ‘El Rubius’ como si fuera un delincuente? (Domingo Soriano).

Doctores tiene Hacienda. (Carlos Rodríguez Braun).

Inspectores de Hacienda, esos héroes. (Fernando Parrilla).

Violencia política: bajando la temperatura

Por John G. Grove. El artículo Violencia política: bajando la temperatura fue publicado originalmente por Law & Liberty.

La escena fue impactante, sin duda. Pero, por desgracia, no fue sorprendente.

De hecho, uno podría ser perdonado por preguntarse por qué no han volado más balas en los mítines políticos. No hay que buscar mucho en las redes sociales para encontrar a gente que saliva ante la perspectiva de una política de enemistad y sangre. Y no se trata de simples chiflados ocasionales a los que nadie escucha, sino a menudo de personas con decenas o cientos de miles de seguidores y a veces con mucho dinero detrás.

La enemistad sólo se disimula ligeramente entre las clases más «respetables», que siguen presentando la política en términos existenciales, dejando simplemente el «destruir a nuestros enemigos» como una implicación tácita. Esta es una de las razones por las que el atentado contra Donald Trump es tan inquietante. A la conmoción inherente a un intento de asesinato se añade el hecho de que parece una extensión natural del tipo de política que vemos a nuestro alrededor todo el tiempo. Para confirmarlo, basta con echar un vistazo a las numerosas y desquiciadas reacciones en línea al tiroteo.

Aparte del creciente número de extremistas ávidos de escalada, el nombre del juego parece ser ahora la moderación, al menos durante unos días. Los políticos publican comunicados de prensa sobre cómo debemos buscar la «unidad» y «bajar la temperatura» de la política.

No es un fenómeno superficial

Pero, como observó Peggy Noonan en el Wall Street Journal, todo parece ¡tan pro forma! Puede que haya ruedas de prensa conjuntas, una foto en la escalinata del Capitolio o un breve periodo de respiro de los discursos «fascistas». Pero, ¿tendremos algo que vaya más allá de lo superficial? Para analizar la metáfora, no existe un termostato de pared que simplemente «baje la temperatura». Los llamamientos a la distensión son positivos, pero casi todos se centran en lo epifenoménico: el problema no es la retórica en sí. El problema es de dónde viene la retórica. Esa retórica no es más que parte de un sistema de complejas estructuras de incentivos que envenenan sistemáticamente el discurso, las ideas y la acción políticos.

Una característica de la enfermedad actual de la mente pública es que parece estar impulsada específicamente por nuestra vida política, no por las condiciones sociales subyacentes. La sociedad estadounidense no es una sociedad que, sobre el papel, debería estar hirviendo de odio. La tensión en la vida pública no está impulsada por una subclase reprimida que gime contra la opresión. No existe una gran enemistad religiosa sectaria. A nivel personal y local, las relaciones raciales nunca han sido mejores.

Violencia animada por la narrativa política

La religión, la clase, la raza y muchos otros elementos, por supuesto, ocupan un lugar destacado en la cacofonía que es el debate público, pero sólo después de haber sido encajados en una narrativa política nacional más amplia. A la mayoría de los estadounidenses, incluso a los agitadores partidistas extremos, sinceramente parece importarles cada vez menos si alguien es blanco o negro, cristiano activo o ateo, de la élite de la Costa Este o granjero del Medio Oeste, tanto como qué tipo de estadounidense eres, como dice el meme de Internet. Les importa la «comunidad» política de la que formas parte y qué marcadores de identidad adoptas.

La política vitriólica que practicamos no se alimenta de las tensiones sociales ya existentes. Crea estas identidades y «comunidades», la mayoría de las cuales no se cohesionarían por sí solas. En lugar de gestionar y mitigar las tensiones que surgen de forma natural en cualquier sociedad, nuestro proceso político genera activamente otras nuevas y apela a lo peor de la naturaleza humana para reforzarlas. Si se quiere hacer un esfuerzo serio para que este momento sea un punto de inflexión -para domar la política existencial, «por todos los medios necesarios»- se necesitaría algo más que comunicados de prensa o llamamientos a una unidad fabricada. Requeriría una reflexión seria sobre nuestras prácticas políticas y sobre cómo podrían cambiar.

Puede que sea imposible decir de antemano qué implicaría ese tipo de reflexión. Pero tendría que ir más allá de «dar un paso atrás» o de otros tópicos y, en su lugar, considerar algunas cualidades profundamente arraigadas de nuestra vida pública que incentivan el vitriolo.

Ver la política en términos existenciales

Tendría que considerar por qué tanta gente parece haberse entregado por completo a la política. ¿Por qué tantos encuentran en ella una realización casi espiritual, de tal modo que sólo pueden verla en términos verdaderamente existenciales? Este tipo de persona es constitutivamente incapaz de «bajar la temperatura».

Eso puede llevar a considerar la decadencia y cooptación de tantas otras fuentes de comunidad y autoridad al margen de la lucha por el poder político nacional. Hoy en día, la política nacional intenta arrastrarlo todo a su vórtice. Los campus universitarios son plataformas de protestas violentas. La política de baños y las colecciones de las bibliotecas de las escuelas primarias son objeto de debate nacional. Las iglesias se identifican a menudo tanto por sus etiquetas políticas como por las religiosas. La vida empresarial y económica está impregnada de símbolos y posturas políticas; se han incendiado comunidades locales para hacer valer un argumento político nacional.

Incluso el individuo se entiende cada vez más en términos de marcadores de «identidad» que se han forjado en el fuego del debate partidista. Dada esta realidad, ¿es tan sorprendente que la gente empiece a sentir que todo lo que ama está en juego en los conflictos políticos nacionales?

El poder

Luego está la desconfianza en las instituciones. Los estadounidenses no confían en su Constitución, sus leyes y sus instituciones políticas, ni para desempeñar la función específica que tradicionalmente cumplen, ni para formar y contener adecuadamente a los individuos que operan en ellas. Y no se puede entender la desconfianza en nuestras instituciones políticas sin darse cuenta de que es bien merecida: Los poderes del Congreso, los tribunales y, más obviamente, la presidencia y su gigantesca administración ejecutiva han sido rutinariamente mal utilizados para recompensar a los amigos y castigar a los enemigos, traicionando su propósito central y erosionando cualquier límite. No es de extrañar que tanta gente deposite esperanzas irracionales en partidos, movimientos y personas de cualquier marca ideológica que prometan purificar las cosas desde la base.

Esto, a su vez, nos remite a la increíble cantidad de poder concentrado en manos de nuestro gobierno nacional, que inevitablemente se aglutina en el poder ejecutivo. Poca gente pestañea cuando alguien se refiere al trabajo del presidente como «dirigir el país» (una frase que han utilizado nuestros dos últimos presidentes). Un hombre, con un simple movimiento de bolígrafo, puede lanzar bombas sobre cualquier parte del mundo; cancelar deuda privada; decidir no aplicar las leyes que los representantes del pueblo han instituido; sobornar a las instituciones de la sociedad civil para que ajusten sus políticas a un modelo ideológico; desatar enjambres de agentes de las masivas agencias federales de aplicación de la ley o reguladoras para acosar a cualquier hombre, mujer, niño, empresa u organización del país.

Ese tipo de poder está en juego cada cuatro años; puede oscilar drásticamente de una dirección a otra en una fresca mañana de enero, a través de un proceso en el que el ciudadano medio sólo tiene una participación simbólica. En estas circunstancias, un simple llamamiento a la «unidad» cae en saco roto, ya que es fácilmente absorbido por el ciclo del miedo y el resentimiento: ¿Unidad bajo qué condiciones? ¿Unidad bajo los auspicios de quién?

Reducir la violencia exige algo más que retórica

Los conspiranoicos paranoicos se equivocan al sugerir que todos los aspectos de la vida están siendo controlados y dominados por tal o cual grupo nefasto. Pero el poder en juego y la mentalidad correspondiente de los funcionarios públicos dan a estos avivadores de la discordia más que suficiente molienda para su molino. No vivimos en una distopía reprimida. Conservamos muchas libertades tan valiosas que se dan por sentadas. Y nuestra Constitución y nuestras tradiciones nos proporcionan recursos extraordinarios para revitalizar una forma saludable de vida civil.

Sin embargo, cada vez más parece que nos encontramos en medio de un giro cada vez más amplio puesto en marcha específicamente por nuestra forma de práctica política. Para bajar la «temperatura», haría falta algo más que retórica. Haría falta una forma diferente de pensar y de relacionarse con los ciudadanos, una forma en la que la gente no sienta que todos los aspectos de su vida, incluso su propia identidad personal, están en juego cada cuatro años en una batalla en la que el ganador se lo lleva todo. Requeriría una ciudadanía abierta -quizá por cansancio- a la moderación. Y se necesitaría un estadista sabio y con visión de futuro que no parece estar a la vista.

Todo eso podría significar que es imposible. Pero si realmente queremos una cultura cívica más sana, será necesario un cambio que vaya más allá de las palabras.

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Javier Milei lucha contra el peor impuesto de todos: la inflación

Por Marcos Falcone. El artículo Javier Milei lucha contra el peor impuesto de todos: la inflación fue publicado originalmente en FEE.

Cuando Javier Milei subió al poder en diciembre del año pasado, Argentina sufría una tasa de inflación anual superior al 211%. Estaba sólo por detrás de Venezuela y Líbano. Con una subida constante desde hacía más de dos décadas, la combinación de unos presupuestos perpetuamente desequilibrados y la desconfianza de los inversores hacían casi inevitable la creación de dinero (y, por tanto, la inflación).

En ese contexto, la primera promesa de Javier Milei en su discurso de investidura fue evitar la hiperinflación. Para ello, su máxima prioridad era equilibrar el presupuesto para dejar de monetizar el déficit. Y, efectivamente, al cabo de sólo un mes, el Gobierno anunció en enero que Argentina lograba su primer superávit financiero en 16 años. En los meses sucesivos, el presupuesto se ha mantenido equilibrado.

La rapidez de las medidas parece estar produciendo efectos rápidos. De hecho, la inflación se ha desplomado del 25% intermensual en diciembre al 4% previsto para julio. Esto ocurre en un contexto de reajuste de precios. Hay bajadas de precios como el alquiler (después de que el gobierno derogara las leyes de control de alquileres) y subidas de los precios de la energía y el transporte (ya que el gobierno está recortando las subvenciones). Incluso el FMI ha admitido que la inflación está bajando más rápido de lo previsto. De hecho, la inflación está bajando tan rápido que los bancos han empezado a ofrecer hipotecas por primera vez en siete años. Esto indica que el mercado espera que la inflación siga bajando.

Inflación y alcoholismo

Milei dijo a los argentinos que el proceso de derrotar a la inflación dolería, y así ha sido. El lado negativo del plan económico del Gobierno es que el país ha entrado en una recesión que probablemente durará al menos hasta finales de año. En medio de algunos despidos, la producción industrial del país está disminuyendo. Los recortes del gasto que permitieron al país equilibrar el presupuesto se han traducido en menos ingresos para las provincias y grupos específicos, como los jubilados.

En cierto modo, parece que Argentina está siguiendo la parte final de la trayectoria de las economías inflacionistas descritas por Milton Friedman en los años setenta:

La inflación es muy parecida al consumo de alcohol. Cuando te vas de juerga, los efectos buenos vienen primero, los malos llegan a la mañana siguiente, cuando tienes resaca. Lo mismo ocurre con la inflación. Cuando un país empieza una borrachera inflacionista parece que a todo el mundo le va bien. La demanda de productos aumenta, la producción y el empleo aumentan.

Pero cuando la gente se da cuenta de lo que está pasando, cuando los precios empiezan a subir, llega la resaca. En el proceso de curarse del alcoholismo la situación se invierte: los efectos malos vienen primero y los buenos después. Con la inflación ocurre exactamente lo mismo. Si ralentizas el ritmo de crecimiento de la cantidad de dinero, el efecto inicial es ralentizar el ritmo de crecimiento de la economía, lo que conduce al desempleo. Sólo cuando el efecto de sus medidas se haga sentir en la economía, los precios empezarán a desacelerarse, la inflación disminuirá y la producción crecerá de forma sana y no inflacionista.

Milton Friedman. Inflation: Is it an incurable desease?

Depresión y popularidad

Para muchos, pues, los dolorosos efectos de esta estrategia para acabar con la inflación no son ninguna sorpresa. Pero, ¿es sostenible el proceso? Algunos dudan de que el presupuesto pueda mantenerse equilibrado a medida que se extiendan los efectos negativos de los recortes del gasto y que el gobierno empiece a enfrentarse a una mayor presión pública para gastar más. A otros les preocupa que la moneda del país se esté apreciando demasiado, lo que podría perjudicar a muchas industrias. Hasta ahora, la popularidad de Milei no ha disminuido ni siquiera con la recesión.

Entonces, ¿es esto? ¿Qué ha pasado con la dolarización? La actual estrategia para frenar la inflación parece ir en detrimento de esta promesa electoral de Milei. Aunque algunos miembros de la administración Milei, incluido el propio Ministro de Economía, señalan ocasionalmente que la dolarización sigue siendo el objetivo final. Otros, como el Jefe de Gabinete, dicen que no. El propio presidente parece dudar de la dolarización y ahora habla de «competencia de divisas» como objetivo final. Partidarios de la dolarización como Emilio Ocampo argumentan que la eliminación del peso podría evitar las consecuencias negativas de domar la inflación por medios recesivos.

En cualquier caso, la lucha contra la inflación en Argentina no ha terminado. Reconocido como el peor impuesto por el propio Milei por tratarse de ingresos públicos «ocultos» y por afectar más a la clase baja, parece decidido a frenarlo. De momento, va ganando. Pero nadie quiere cantar victoria demasiado pronto.

Ver también

La economía a través del tiempo (XVII): Grecia, Escuela Austriaca y el buen conflicto

Antes de entrar en pensadores concretos, puede resultar interesante detenerse en la interpretación austriaca del pensamiento económico griego. Para ello, Huerta de Soto (2022) -uno de los mayores exponentes de la Escuela Austriaca- dedicó un extenso artículo en el que se posiciona sobre diferentes autores. En términos generales, el profesor considera que los antiguos griegos “fracasaron en su intento a la hora de comprender los principios esenciales del orden espontáneo del mercado y del proceso dinámico de cooperación social que les rodeaba” (p.4).

Así, Huerta considera que los helenos consiguieron realizar numerosos avances en todas las disciplinas humanísticas, pero fallaron a la hora de definir con exactitud esos procesos de mercado. Es más, el catedrático plantea que existió cierta simbiosis entre gobernantes y economía, siendo esta una herramienta para el poder en vez de pararse a analizar los fenómenos concretos que se daban en la realidad.

Desde la Escuela austríaca

El profesor analiza varios autores, pero este artículo va a detenerse en el análisis de Hesíodo, aunque este escritor será analizado en posteriores capítulos. En concreto, se verá el concepto buen conflicto, mencionado por Rothbard y por Huerta de Soto. Esta idea es importante pues, para ambos austriacos, vendría a representar un primitivo ímpetu empresarial, un espíritu de competencia leal.

Huerta de Soto (2022, 6) dice lo siguiente: “Hesíodo se refiere a la competencia por emulación, que él denomina buen conflicto, como una fuerza vital de tipo empresarial que hace posible superar en muchas circunstancias los grandes problemas que plantea la escasez de recursos”.

Por su parte, Rothbard (2006) afirma: “Para Hesíodo, la emulación conduce al sano desarrollo de un espíritu de competencia, que él llama buen conflicto, una fuerza vital para aliviar el problema básico de la escasez”.

Ambos se están refiriendo a los dos tipos de Eris (discordia o conflicto) que aparecen en el Los Trabajos y Los Días (Hesíodo, 2006). El verso exacto donde Hesíodo empieza a hablar sobre las dos Eris es el verso 11.

Los trabajos y los días

Hesíodo explica la diferencia entre la Eris mala, que fomenta la guerra y la discordia destructiva, y la Eris buena, que incita a la competencia saludable y al esfuerzo productivo. Esta distinción muestra que el conflicto puede tener un aspecto positivo cuando lleva a la mejora y al progreso:

No era en realidad una sola la especie de las Érides, sino que existen dos sobre la tierra. A una, todo aquel que logre comprenderla la bendecirá; la otra, en cambio, sólo merece reproches. Son de índole distinta; pues ésta favorece la guerra funesta y las pendencias, la muy cruel. Ningún mortal la quiere, sino que a la fuerza, por voluntad de los inmortales, veneran a la Eris amarga. A la otra la parió primera la Noche tenebrosa y la puso el Crónida de alto trono que habita en el éter, dentro de las raíces de la tierra y es mucho más útil para los hombres: ella estimula al trabajo incluso al holgazán; pues todo el que ve rico a otro que se desvive en arar o plantar y procurarse una buena casa, está ansioso por el trabajo.

El vecino envidia al vecino que se apresura a la riqueza -buena es esta Eris para los mortales-, el alfarero tiene inquina del alfarero y el artesano del artesano, el pobre está celoso del pobre y el aedo del aedo. ¡Oh Perses!, grábate tú esto en el corazón y que la Eris gustosa del mal no aparte tu voluntad del trabajo, preocupado por acechar los pleitos del ágora; pues poco le dura el interés por los litigios y las reuniones públicas a aquel en cuya casa no se encuentra en abundancia el sazonado sustento, el grano de Deméter, que la tierra produce. Cuando te hayas provisto bien de él, entonces sí que puedes suscitar querellas y pleitos sobre haciendas ajenas (pp. 62-63).

El espíritu creativo asociado a la competencia

En estas palabras, los austriacos ven ese espíritu creativo fomentado por el ejemplo a través de la competencia, la imitación conducida por la envidia sana. Sin embargo, otros autores han interpretado esto, más bien, como el nacimiento de una dialéctica primitiva (de Oliveira Mendonça, 89-90). Así, la sobreposición de Eris vendría a ser una “lógica dialógica” en la que la oposición genera algo nuevo, mayor que las partes de forma individual. Una especie de antesala de la tesis, antítesis y síntesis que muestra cómo emerge lo nuevo de las contradicciones.

La interpretación de Eris como el inicio de la dialéctica es una perspectiva interesante. La dialéctica, en términos filosóficos, es el proceso de argumentación que busca la verdad a través del diálogo y la resolución de contradicciones. La Eris buena fomenta la competencia y el esfuerzo constructivo, lo que a su vez puede llevar a un proceso de mejora continua y avance a través de la resolución de conflictos, algo muy parecido a lo que se conoce actualmente como dialéctica.

Eris

La Eris buena incita a las personas a esforzarse y competir de manera saludable, lo cual puede ser visto como un tipo de diálogo en el sentido de que las personas se superan mutuamente y buscan la excelencia a través de la emulación y la competencia. Este proceso de superación y mejora continua tiene elementos en común con la dialéctica, donde las ideas se confrontan y refinan hasta alcanzar un mayor entendimiento o verdad.

Aunque no se puede afirmar que Hesíodo introdujo la dialéctica en el sentido filosófico que desarrollaron posteriormente pensadores como Sócrates, Platón y Aristóteles, la idea de un conflicto constructivo que lleva al progreso puede considerarse un antecedente conceptual.

La Eris buena representa un reconocimiento temprano de que el conflicto no siempre es destructivo, sino que puede ser una fuerza motriz para el crecimiento y la mejora, un principio que subyace en la dialéctica filosófica. Para Huerta de Soto (2022, 6), sin embargo, esto no es así, sino que el buen conflicto es algo cercano a la “correcta concepción del orden espontáneo del mercado”, algo de lo que podría presumir también Demócrito.

Bibliografía

Hesíodo (2006) Teogonía. Gredos

Huerta de Soto, J. (2022). El pensamiento económico en la Antigua Grecia. Cuadernos Para el Avance la Libertad, 11.

Rothbard, M. N. (2006). Todo comenzó, como es usual, con los griegos. Mises Institute. https://mises.org/es/mises-daily/todo-comenzo-como-es-usual-con-los-griegos

de Oliveira Mendonça, A. L. (2016) Tributo à Éris: A Dialética Como a Luta Essencial da Condição Humana. Intervozes–trabalho, saúde, cultura, 87

Serie La economía a través del tiempo

El valor del intercambio

Las ideas más evidentes a veces se nos muestran como las más difíciles de alcanzar. Decía Aristóteles en el libro II de la Metafísica que

Lo mismo que a los ojos de los murciélagos ciega la luz del día, a la inteligencia de nuestra alma ciegan las cosas que tienen en sí mismas la más brillante evidencia.

eso es lo que sucede también con el valor del intercambio.

Manuel Polavieja —uno de los pensadores más finos sobre economía que conozco— enunciaba una frase simple pero que entraña mucha verdad: el intercambio nos hace más ricos, por lo que aquello que facilita el intercambio es valioso.

Las implicaciones de esa afirmación recorren buena parte de la historia de la economía: desde la teoría del valor subjetivo, pasando por la comprensión de la naturaleza de la empresa y el descubrimiento de los costes de transacción de Ronald Coase, la incomprensión del valor que aportan los intermediarios en las transacciones económicas y a la sobrevaloración de los productores en la economía, hasta al valor de Bitcoin.

Una vez entendida la profundidad y alcance de esa afirmación, se podrá ver la inmensa riqueza que aportará la posibilidad abrir al intercambio el territorio político.

El intercambio como generador de valor

Decía Carl Menger:

Lo anteriormente dicho nos revela también cuál es la fuente de la que extraen sus ganancias los miles de personas a través de las cuales se hace el intercambio, aunque no contribuyan de modo directo a la multiplicación física de los bienes, razón por la cual no raras veces se califica su actividad de improductiva.

El intercambio económico contribuye, como hemos visto, a la mejor satisfacción de las necesidades humanas y al aumento de las posesiones de los contratantes, tanto como pueda hacerlo el mismo aumento físico de los bienes económicos.

Por consiguiente, todas las personas por cuyo medio se llevan a cabo estos intercambios son —siempre bajo el supuesto de unas operaciones de intercambio económicas— tan productivas como los agricultores y los fabricantes, porque la meta de toda economía no es la multiplicación física de los bienes, sino la satisfacción más plena posible de las necesidades humanas y, para alcanzar esta meta, la contribución de los comerciantes no es menos importante que la de aquellas personas a las que hasta ahora se ha considerado, desde un punto de vista excesivamente unilateral, como las únicas productoras.

Carl Menger. Principios de Economía Política. Capítulo IV – 2.

El intercambio es un proceso que genera valor. Cuando dos partes realizan un intercambio voluntario, ambos obtienen un beneficio, ya que cada uno valora más lo que recibe que lo que entrega. El intercambio permite que cada uno obtenga algo que valora más, creando así valor para ambas partes.

La naturaleza de la empresa y los costes de transacción

A mi juicio, una de las mayores aportaciones de la historia de la economía es el descubrimiento de los costes de transacción por parte de Ronald Coase, presentado en su artículo La naturaleza de la empresa (1937).

¿Por qué existen las empresas en una economía de mercado si, teóricamente, el mecanismo de precios debería coordinar eficientemente la producción? La respuesta está en que acceder al mecanismo de precios que es el mercado tiene costes, y las empresas son organizaciones que reducen los costes de transacción para acceder y operar en el mercado.

Los costes de transacción, por tanto, son aquellos costes en los que se incurre al utilizar el mecanismo de mercado y que normalmente son difíciles de cuantificar. Van más allá del precio del bien o servicio e incluyen todos los recursos (tiempo, esfuerzo, dinero) necesarios para llevar a cabo una transacción. Coase los categorizó en tres tipos principales:

1/ Costes de búsqueda e información: el tiempo y recursos necesarios para encontrar el mejor proveedor o comprador.

2/ Costes de negociación: el esfuerzo requerido para llegar a un acuerdo aceptable con la otra parte.

3/ Costes de garantía: asegurar que la otra parte cumpla con los términos del contrato.

Coase argumenta que las empresas surgen como una alternativa al mecanismo de precios del mercado cuando es más eficiente organizar las transacciones internamente que a través del mercado. El intercambio, aunque beneficioso, no está exento de costes. Y el mecanismo de precios en muchas ocasiones es más costoso que una estructura jerárquica como las empresas que permiten minimizar los costes de transacción y maximizar el valor del intercambio.

El valor del intercambio de territorio político

Una vez visto cómo el intercambio genera valor, cómo el mecanismo de precios que es el mercado no es suficiente para facilitar los intercambios y que requiere de las empresas porque reducen los costes de transacción, se puede empezar a vislumbrar que hay un elemento que no se ha incorporado al mercado por los elevados costes de transacción que tiene, pero cuyo intercambio nos haría inmensamente prósperos: el territorio político.

¿Qué generaría más riqueza que la proliferación de jurisdicciones personalizadas en todo el mundo? El territorio político es muy abundante, y la demanda de libertad política y jurisdicciones a medida también. ¿Por qué el mercado no ha conseguido desarrollar la oferta para ello? Por los elevados costes de transacción.

Los costes de búsqueda y negociación con un Estado que esté dispuesto a comerciar con su territorio político son enormes. Sin embargo, Internet facilita muchísimo la búsqueda para conectar la oferta y la demanda, como veremos a continuación. Por otra parte, los costes de garantía también son enormes, porque quién es capaz de hacer a un ente soberano como un Estado cumplir lo pactado, no salir impune del incumplimiento de sus contratos.

Tres elementos

Pues bien, el primer elemento para resolver los costes de búsqueda y negociación es ser capaz de agregar la demanda de estas potenciales nuevas comunidades políticas. Para ello, el camino más lógico, es que se lleve a través de los sujetos que he denominado autoridades carismáticas, aquellas personas que son capaces de agrupar en torno a sí a un número muy significativo de personas (políticos, empresarios, deportistas de élite, influencers, etc.). Estas personas ya tienen a su alcance comunidades enormes que podrían estar interesadas en formar parte de una nueva comunidad política, incluso de financiar el proceso de búsqueda, negociación y acuerdo sobre el territorio.

Una vez agregada la demanda, será suficiente con hacer un anuncio de búsqueda de un territorio político por una cantidad lo suficientemente grande de dinero como para que a varios Estados les interese entrar en el proceso de negociación. Gracias a Internet podemos agregar la demanda y hacer una oferta personalizada para esa demanda.

El tercer paso será llegar a un acuerdo con ese Estado para regular las relaciones entre la jurisdicción personalizada y el Estado, un nuevo Contrato Social que daría paso a una comunidad política postestatal y que regularía las relaciones entre ambos. Pero, ¿qué impediría al Estado saltarse ese contrato? Es aquí donde entra en juego Bitcoin.

Bitcoin es un registro de la propiedad global, descentralizado, que otorga la posibilidad de tener una propiedad absoluta, fuera del control de los Estados. En este registro se pueden hacer smart contracts que regulen la propiedad sobre el activo subyacente. El más sencillo de todos, una multifirma, permitiría desarrollar el sistema de garantías para el cumplimiento de esos contratos entre un Estado y una nueva jurisdicción.

Un contrato inteligente

El funcionamiento es similar al de una cuenta escrow, pero en este caso los tenedores de las firmas serán los que actúen como depositarios, sin intermediarios que puedan actuar como punto único de fallo. Para el cumplimiento de este contrato social se podría generar una multifirma 2/3 donde ambas partes depositan una garantía por si hay un incumplimiento del contrato, una firma la tiene el Estado, otra el representante de la nueva comunidad política y otra se deja a una corte de arbitraje internacional (se podría añadir la complejidad que fuese necesaria). En caso de que alguna de las partes incumpla su parte del contrato, la ejecución de la garantía se puede hacer directamente por la parte afectada más el árbitro. Esta es la forma más eficaz de imponer elevados costes al incumplimiento de los Estados.

Gracias a Internet y a Bitcoin se podría incorporar el territorio político al mecanismo del mercado al reducir enormemente los costes de transacción, que como veíamos son los de búsqueda, negociación y garantía. Se restauraría así la libertad política, la posibilidad de fundar nuevas comunidades políticas. Veamos cómo podría ser en un ejemplo:

Javier Milei y Elon Musk

Imaginemos que Javier Milei y Elon Musk se reúnen de nuevo tras leer este artículo y deciden llevar a cabo una Micrópolis (que es como he denominado a estas jurisdicciones personalizadas o comunidades políticas postestatales) en Argentina. Elon Musk podría hacer una oferta publica en X (Twitter) de compra de 500km² de territorio político por cien mil millones de dólares. Al mismo tiempo, podría publicar otra oferta pública en la que las primeras 100.000 personas en donar 1 millón de dólares (podría hacerse en Bitcoin para evitar la censura) se convertirán en ciudadanos fundadores de su Micrópolis.

Alguien como Milei podría aceptar esta oferta y arreglar la situación económica de su país por el 0,02% de su territorio. Para cerrar el acuerdo sería suficiente con el desarrollo de ese Contrato Social entre ambas partes (podrían pactar tributos anuales, actuaciones ilegales por parte de ambos, salida al mar, importaciones/exportaciones, defensa, etc.; lo que consideren.) y el depósito de una garantía significativa en una multifirma por si al finalizar su mandato Milei el siguiente gobernante quisiese acabar con esa ciudad libre.

Si el intercambio nos hace más prósperos, cuando el territorio político se incorpore al mercado viviremos el mayor periodo de prosperidad de la historia, al introducir la competencia entre jurisdicciones y restaurar la libertad política.

Por lo que a nosotros concierne, estamos totalmente convencidos de que un día se establecerán asociaciones para reclamar la libertad de gobierno como han sido establecidas para reclamar la libertad de comercio

La producción de seguridad, Gustave de Molinari.

Ver también

El espacio de una comunidad anarcocapitalista. (Miguel Anxo Bastos)

Sobre la utilidad del anarcocapitalismo. (Miguel Anxo Bastos)

Bolivia: no fue un golpe, fue un fraude

No es una novedad que la democracia boliviana viva episodios como el del miércoles 26 de junio con la intentona burda de golpe de Estado protagonizada por el exgeneral de las Fuerzas Armadas, Juan José Zúñiga, que duró apenas unas horas. Este hecho provocado por el propio entorno del presidente Luis Arce demuestra el grave estado de la democracia en Bolivia y su sistema institucional, y pone en seria evidencia la situación de las Fuerzas Armadas, una de las instituciones más importantes del Estado sobre las que se soporta su seguridad y defensa: éstas carecen de cohesión de cuerpo, están profundamente divididas y no tienen un liderazgo claro.

Este, sin duda, es un efecto del autoritarismo que experimenta Bolivia desde el 2006, cuando Evo Morales asumió la primera magistratura del Estado. Desde entonces el Ejecutivo liderado por el Movimiento al Socialismo (MAS) ha intentado por todos los medios hacerse con la totalidad de las instituciones públicas, interrumpiendo los mecanismos de pesos y contrapesos, comprando voluntades y reduciendo a una relación prebendal las instituciones del Estado.

Después de manifestar que su pretensión era “restablecer la democracia”, denostando a la clase política y a la élite boliviana, para “liberar a todos los presos políticos”, Juan José Zúñiga confesó que todo fue una tramoya montada por el presidente Luis Arce y su entorno. Más allá de si estas declaraciones se asimilan como una ‘verdad a medias’, lo cierto es que el presidente pretendía aprovechar este movimiento para elevar su popularidad en medio de la crisis de dólares, de precios y de desabastecimiento de combustible que experimenta Bolivia desde hace varios meses.

Desorden, improvisación, desesperación

Para los bolivianos esta maniobra demuestra la falta de estrategia de un presidente que ha perdido la brújula y el sentido de gobernanza cara a las elecciones presidenciales de 2025, incapaz de transmitir credibilidad y certidumbre. Su desesperación le ha llevado a tomar una decisión que ha puesto a Bolivia a los ojos de la comunidad internacional sólo para ratificar la incompetencia y los límites tan elementales de un gobierno autoritario que viene arrastrando visibles falencias, como la desinstitucionalización generalizada que arrastra graves riesgos de acabar definitivamente con la democracia.

Desorden, improvisación y desesperación son los calificativos con los que se puede definir esta intentona errática en medio de una disputa electoral entre dos caudillos del mismo corte. Evo Morales fue uno de los primeros en expresar sus sospechas por los movimientos militares previos al falso golpe, pretendiendo victimizarse ante la duda de si el presidente Luis Arce decide impulsar más acciones en su contra o arrestarlo a su pesar para fracturar aún más el país.

El origen de fondo de la tramoya es incierto. El presidente Arce ha conseguido por breves instantes saborear el respaldo internacional en favor de la virtud de la democracia que le ha puesto a él sobre el sillón presidencial, pero las motivaciones pérfidas y mal planificadas acaban en otra cosa. La lucha interna que vive el MAS le provoca a tomar decisiones desatinadas y con graves consecuencias, la pérdida cada vez más notoria de poder lo pone en evidencia y su incapacidad para proveer de soluciones a los bolivianos le ha introducido en un aprieto insalvable que lo desprestigia, incluso, entre sus propias bases.

División entre evistas y arcistas

Las acusaciones y descalificativos entre los dos bandos, evistas y arcistas, no ha cesado y se intensificará conforme se vaya acercando la fecha electoral (septiembre 2025), arrastrando a toda la sociedad boliviana a un juego maniqueo entre dos caudillos que, por ambición o interés de supervivencia, pretenden preservar el poder para continuar con su lógica rupturista del Estado de derecho.

Evo Morales ha precisado su convencimiento de que Arce y Zúñiga tramaron algo parecido a un “autogolpe” a través de confidencias de “militares patriotas” y de las quejas que llegan desde el calabozo donde está detenido el excomandante de las Fuerzas Armadas.

Por su parte, el gobierno argentino emitió un comunicado repudiando la “falsa denuncia de golpe de Estado realizada por el gobierno de Bolivia y confirmada como fraudulenta”, alineando el mensaje oficial respecto a lo que el escenario social interno en Bolivia demostraba.

La oposición democrática

La oposición boliviana no ha entrado en esta pugna fratricida, lo cual estratégicamente se entiende, no vaya a ser que salga salpicada de los golpes entre unos y otros. Después del autogolpe, con una crisis económica que se agudiza y con Evo Morales inhabilitado para las elecciones de 2025, la oposición democrática puede estar más cerca de arrebatarle el poder al masismo, si consigue asimilar un proyecto de unidad basándose en propuestas atractivas para esa parte de la sociedad (votante del MAS) que tiene serias dudas de apostar por la continuidad de un gobierno infructuoso, decadente y autoritario, pero que tampoco se siente identificada por la alternativa.

En los videos que el 26 de junio pasado se compartieron por las redes tras la noticia, se escuchaban gritos de fondo de ciudadanos indignados frente al hecho bajo el vituperio de ‘¡golpista!’, lo cual, inevitablemente, retrotrae a los hechos acaecidos en 2019. Son los mismos masistas que se acusan, esta vez entre unos y otros, de golpismo. Mientras, otros miramos de fondo con sorpresa reconociendo, por segunda vez, el fraude del MAS.

Ver también

Bolivia: la construcción de un proyecto político. (Mateo Rosales).

El camino autoritario de Bolivia. (Mateo Rosales).

En Bolivia no hubo un golpe de Estado (2019). (Mateo Rosales).

Buscando la cohesión social

Hace unos días pudimos ver cómo, en pleno mitin político, el candidato republicano a la Casa Blanca, Donald Trump, estuvo a punto de ser abatido por un francotirador que sólo consiguió arrancarle a Trump la oreja, pero que mató e hirió a varios asistentes al evento. Desde luego no es el primer intento de magnicidio en la democracia americana (Lincoln, asesinado en 1865 y Garfield en 1881; Theodore Roosevelt sufrió un atentado en 1912, como Franklin D. Roosevelt en 1933 o Harry Truman en 1950; Kennedy fue asesinado en 1963; mientras que Ford o Reagan también sufrieron atentados en 1975 y 1981, respectivamente).

Y aunque cada caso es diferente y se produjo en un contexto y con unas circunstancias específicas si nos da pie a reflexionar sobre una cuestión más general: la de la cohesión social -en cuanto que integración de los distintos individuos de una comunidad políticosocial- y los fuertes enfrentamientos que se dan entre distintos grupos sociales, altamente politizados, tanto en Estados Unidos como en Europa y, en concreto, en España.

Entre los pensadores liberales clásicos, ya Locke, aunque sin hablar directamente de la “cohesión social”, señalaba que la sociedad civil se forma cuando los individuos acuerdan renunciar a algunas de sus libertades naturales a cambio de la protección de sus derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad, alcanzando así un supuesto acuerdo que crea la base para la cooperación y la cohesión social.

Adam Smith, J. S. Mill, Tocqueville, Hayek

Adam Smith destacaba, en su Teoría de los sentimientos morales, la tendencia natural de la gente a simpatizar con los demás. Ello fomenta, según este autor, la cooperación y el bienestar colectivo, siendo para él el mercado libre, precisamente, una forma de organizar la sociedad de manera que las acciones individuales, motivadas por el interés propio, beneficiasen a la sociedad en su conjunto. Esto contribuye a lo que hoy en día conocemos como cohesión social.

Stuart Mill, en su Sobre la Libertad, destacaba, como requisito para que existiese una convivencia armoniosa, la importancia de ciertos límites a la libertad para mantener la cohesión social; y es que, para él, la libertad de uno termina donde comienza el daño a los demás, lo que implica un equilibrio entre la libertad individual y el orden social, necesario para esa armoniosa convivencia.

Alexis de Tocqueville, en su obra La Democracia en América, examina cómo las instituciones democráticas y las asociaciones civiles contribuyen a la cohesión social en Estados Unidos y resalta que, en su opinión, la participación en la vida cívica y las asociaciones voluntarias fomentan la cooperación y el sentido de comunidad, elementos esenciales para una sana convivencia en una sociedad democrática y liberal.

Friedrich Hayek argumenta que un orden social espontáneo, basado en la libertad individual y el respeto por las normas de conducta generadas a través de la evolución cultural, puede generar un orden social más robusto que un orden impuesto centralmente. Para Hayek, el orden social adecuado se logra cuando las personas actúan de acuerdo con reglas de justicia abstractas y generales, que permiten la coordinación voluntaria y la cooperación.

La cohesión social

Así, la cohesión social, como fuerza de atracción que mantiene unida una comunidad, es un concepto fundamental para el desarrollo de una sociedad armónica y estable en la que todos los individuos puedan prosperar. Desde la perspectiva liberal, la cohesión social se entiende como fundamentada en los principios de libertad individual, igualdad de oportunidades y en un marco institucional que permita la cooperación voluntaria, en el que cada individuo debe tener la autonomía para tomar decisiones sobre su propia vida, siempre que no interfiera con los derechos de los demás, siendo la libertad de expresión, la libertad de asociación y la libertad económica fundamentales para el desarrollo personal y colectivo y construyéndose la cohesión social sobre la base del respeto mutuo y la tolerancia hacia la diversidad de opiniones y estilos de vida. 

Dentro de ese planteamiento, las instituciones y el marco legal son componentes cruciales para la cohesión social en una sociedad liberal. Un Estado de derecho sólido, donde las leyes se aplican de manera equitativa y justa, es fundamental para garantizar la confianza de los ciudadanos en el sistema. Así, son las instituciones democráticas las que permiten la participación activa de los ciudadanos en la toma de decisiones, lo que fortalece el sentido de comunidad y pertenencia.

El problema que se plantea, sin embargo, es si la simple existencia de instituciones democráticas fortalece, por sí misma, ese sentido de comunidad y pertenencia y, en definitiva, esa cohesión. En primer lugar, porque es necesaria cierta cohesión previa para alcanzar unas instituciones democráticas sólidas y, segundo, porque el haber alcanzado dichas instituciones no garantiza que las mismas se vayan a mantener en el tiempo.

Émile Durkheim

Y es que, en mi opinión, más que un marco institucional formal democrático, la cohesión depende de unos valores y, sobre todo, de unos objetivos compartidos por los miembros de la comunidad. Ya a finales del siglo XIX, autores como Émile Durkheim (“La división del trabajo social”, 1893), empezó a poner el acento, como elementos esenciales para el funcionamiento y la estabilidad de la sociedad, además de en la importancia de las normas, en la existencia de unos los valores compartidos como requisitos necesarios para el mantenimiento del orden social.

Así, Durkheim distinguía dos tipos de cohesión: la solidaridad mecánica, característica de sociedades preindustriales, donde la cohesión se basa en similitudes entre individuos y una conciencia colectiva fuerte; y la solidaridad orgánica, característica de sociedades modernas, donde la cohesión se basa en la interdependencia y la especialización de roles debido a una división del trabajo más compleja.

Pero es cincuenta años después cuando Talcott Parsons, en su El sistema social (1951), explicaba cómo, para él, la cohesión social dependía de la integración de cuatro subsistemas: la capacidad de una sociedad para actuar y relacionarse con su entorno (adaptación); el establecimiento y logro de metas colectivas (objetivo); la coordinación y armonización de las partes de la sociedad (integración) y el mantenimiento de motivaciones y patrones culturales (latencia).

El poder unificador de un enemigo común

El problema, de nuevo, es cómo alcanzar unos objetivos y motivaciones comunes, esas metas colectivas a las que la mayoría de los miembros de una comunidad aspiran y que garantizan que todos quieran remar en la misma dirección. Algunos, como hemos visto, consideran que el simple deseo de prosperar de los individuos les llevará a abrazar un sistema democrático y de libre mercado que garantice la igualdad de oportunidades y esa posibilidad de prosperar. Otros, siguiendo a Habermas (“Teoría de la acción comunicativa”, 1981), dirán que la forma de lograrlo será a través de la comunicación racional y el consenso que se alcanza a través de ese diálogo y del entendimiento mutuo.

Pero otro grupo, sin embargo, considera que para conseguir esa cohesión es más efectiva la existencia -real o ficticia- de un enemigo común que sirva para galvanizar las distintas voluntades en una misma dirección. Esta última es la receta que han venido adoptando los totalitarismos, sobre todo del XX, y tenemos que tener cuidado porque puede ser la receta que estén utilizando también determinados líderes en nuestras sociedades dizque democráticas.

Ver también

Cohesión social: guerra, ayuda y parasitismo. (Francisco Capella).

La amistad y el Estado. (Antonio Gimeno).

Historia de Aragón (VI): Pedro I y Alfonso I

Tras la muerte de Sancho Ramírez en las murallas de Huesca, Pedro I se convirtió en el nuevo rey de Aragón. Recompondrá la estructura militar del reino para volver a asediar Huesca, que finalmente será conquistada en 1096 tras la batalla de Alcoraz, momento donde comienza la leyenda de San Jorge.

Poco después, en 1100, conquista Barbastro, estas dos conquistas suponen un mundo nuevo de posibilidades para Aragón. Hasta ese momento Aragón había sido un reino pirenaico con una agricultura de subsistencia muy limitada, la expansión territorial aumentará enormemente la capacidad agrícola del reino. Entre 1001 y 1004 Pedro I conquistará ciudades tan relevantes como Salou, Peñíscola, Castellón, Vinaroz y Oropesa. Pero aún quedaba la conquista más importante, Zaragoza. Para preparar el asedio, se reforzaron los castillos próximos a la ciudad, Castillar y Juslibol. Pedro no podrá culminar esa conquista, ya que fallecerá en el Valle de Arán en 1004, dejando el reino en manos de Alfonso I.

El problema sucesorio

Alfonso ya era un personaje importante en la corte, siempre estuvo presente en las campañas militares de su padre, incluso llegó a liderar la carga de caballería de la batalla de Alcoraz con tan solo 22 o 23 años. La idea de Sancho Ramírez fue enviarlo a San Pedro de Siresa para que se educara en la carrera eclesiástica, pero Alfonso no estaba hecho para aquello, su padre lo sacó del monasterio y lo envío a un pequeño señorío feudal en las Cinco Villas, el señorío de Biel, en la frontera con los musulmanes.

El preceptor de Alfonso era Esteban de Huesca. Era un personaje muy culto, pero un salvaje a nivel militar. Las disciplinas que le enseñaba a los reyes eran la equitación y la esgrima. Alfonso se convirtió en rey con 31 o 32 años. Por aquel entonces no estaba casado, y las crónicas relatan que lo más posible es que fuera homosexual. Esto planteaba un problema sucesorio para el reino, Alfonso no tenía descendencia, y el sucesor era el tercero de los hermanos, Ramiro. Pero había un problema: era sacerdote, por lo que no podía gobernar legalmente. Los nobles de Aragón empezaron a presionar a Alfonso para que se case.

Por aquel entonces, Alfonso VI de León tenía una heredera llamada Urraca. En Castilla las mujeres sí podían gobernar, por lo que Alfonso VI le otorgó la mano de su hija a Alfonso I de Aragón. Fue una boda muy mal vista por parte de las crónicas leonesas, ya que hablan de maltrato por parte de Alfonso, finalmente el matrimonio se anuló en 1114 y ambos reyes volvieron a sus respectivos reinos. Cuatro años más tarde, Alfonso conseguiría la gran gesta de conquistar Zaragoza, y posteriormente Tudela y Tarazona, además de fundar Soria.

El batallador

No se le apodó el Batallador por azar. Tras sus conquistas intentó asaltar Valencia, Murcia y Granada, pero sin éxito. En las playas de Almuñécar realizó un acto simbólico, dicen las crónicas que metió a su caballo en el agua y ordenó a unos musulmanes que estaban pescando que le dieran un pez. Hacia el 1150 aparece el nombre de un personaje que no se había nombrado hasta ahora, que es Anfortas, un personaje legendario que es el propietario de un castillo en las montañas del norte de España, donde se conserva el Santo Grial.

Lo curioso es que en las acuñaciones de moneda de Alfonso I se podía leer Anfus Rex, en las leyendas del rey Arturo, Anfortas es el rey del grial y tiene el sobrenombre del rey pescador, en el cáliz del capital de San Juan de la Peña podremos observar un pez en un plato. Es posible que todo sea una enorme coincidencia, pero desde luego es apasionante.

En el próximo artículo hablaremos del problema sucesorio que supuso la muerte de Alfonso I.

Serie ‘Historia de Aragón’

La economía social de mercado de Wilhelm Röpke

Wilhelm Röpke (1899-1966), economista e historiador alemán, es un prominente liberal conservador y uno de los fundadores de la economía social de mercado europea. Sus ideas fueron fundamentales para el “milagro económico alemán” de la posguerra. Su obra principal, La crisis social de nuestro tiempo (1950), analiza los factores históricos, económicos y sociales que desencadenaron la crisis del período de entreguerras y defiende una economía basada en los pilares de la libertad individual, la propiedad privada y el mercado.

Al mismo tiempo, no se limita a una apología superficial a la libertad económica, destacando la importancia de los aspectos morales y espirituales en la economía y criticando la mercantilización, el materialismo y la sociedad de masas. Su obra principal, La crisis social de nuestro tiempo (1950), describe y analiza los factores históricos, económicos y sociales que desencadenaron la crisis de la economía liberal del periodo de entreguerras y posguerra de la primera mitad del siglo XX.

La crisis social de nuestro tiempo

Röpke, siendo un economista de base liberal clásica, destaca en esta obra el papel del sistema capitalista como un importante mecanismo social de promoción de la prosperidad económica, definiéndolo como centrado en tres pilares: la libertad individual, la propiedad privada y el mercado. Wilhelm Röpke valoraba la importancia de la economía liberal de mercado en la promoción de la soberanía del consumidor y la despolitización del proceso de producción. También se posicionaba como defensor del orden liberal internacional, así como del espíritu emprendedor, valorando su papel en el descubrimiento de nuevas tecnologías.

Debe destacarse, sin embargo, que los argumentos de Röpke en esta obra no se limitan únicamente a las apologías típicas del liberalismo económico al mercado. Su gran mérito como economista está en saber tratar también cuestiones y problemas sociales que trascienden la mera cuestión de la racionalidad individual maximizadora de recursos y oferta y demanda, oponiéndose al reduccionismo de la sociedad al mercado. Si bien el mercado debe operar libremente según sus propias leyes y dentro de su propia esfera, las otras esferas de la sociedad (familia, comunidad, sociedad civil) no pueden mercantilizarse.

La función comunitaria del mercado

¿Qué es el mercado, según Wilhelm Röpke? Más que una institución mantenedora de la competencia económica a nivel interindividual, mientras promueve la coordinación de precios libres en un marco de propiedad privada y seguridad jurídica, también posee una función comunitaria más amplia, siendo responsabilidad de la comunidad local la regulación de sus límites. El mercado es una institución que busca un fin y cumple una función en la sociedad: promover la autorrealización personal y proteger el poder individual y comunitario local contra la dependencia y tutela de grandes poderes centrales.

La dimensión moral y espiritual de la economía de mercado es enfatizada en La crisis social de nuestro tiempo, siendo Röpke un crítico del materialismo y de la tesis de que la felicidad deriva de la comodidad. Resalta que también hay necesidades espirituales implicadas en la vida humana, lo que coloca las necesidades humanas más allá de la mera satisfacción del consumo. Siendo un crítico de la sociedad de masas, Röpke define que la masificación consiste precisamente en la baja calidad moral en términos de preferencias de consumo y producción.

Economía natural

Wilhelm Röpke hace, por lo tanto, una defensa no utilitarista del libre mercado. El gran objetivo de la economía de mercado no consiste en elevar los estándares de vida en términos puramente materiales cuantitativos y monetarios, sino en buscar promover una mejora cualitativa de la vida humana en el campo de la ética, educación, artes y cultura. Una educación basada en valores de realización espiritual y ética humana, no utilitaria, se contrapone a la típica visión de enseñanza propugnada por los liberales, con énfasis en el éxito profesional y económico, y orientada únicamente según la técnica.

Crítico de la economía socialista, Röpke define el enfrentamiento entre sociedad capitalista y socialista en el siglo XX como más que un enfrentamiento económico, sino como una batalla entre dos sistemas espirituales. Röpke prefiere emplear el término “economía natural” en lugar de capitalismo, un concepto de origen marxista. La visión de la economía natural de Röpke consiste en la idea de una economía de mercado basada en intercambios comerciales y división del trabajo, balanceada por contrapesos morales. La división del trabajo, según Röpke, puede convertirse en fuente de conflictos si no hay una referencia moral comunitaria. Los conflictos de la división del trabajo pueden potencializarse en la falta de contrapesos morales. De este modo, Röpke se muestra bastante crítico a las tesis del liberalismo histórico, de que el mercado tendría un papel moralizador por sí solo, generador de solidaridad social.

Crítica a la sociedad de masas

Una de las ideas más importantes en La crisis social de nuestro tiempo es su análisis sobre la sociedad de masas. Un análisis que implica recurrir a explicaciones que van más allá de la oferta y la demanda. Sus análisis sobre la masificación social y la atomización de individuos lo acercan a los análisis de otros pensadores de su época, como Ortega y Gasset.

Es de la sociedad de masas que se desarrolla el colectivismo, y su forma más extrema, el socialismo. El socialismo es un mal según Röpke, no solamente por ser una ruina material, sino también moral. Un argumento similar al de Hayek refuerza esta idea, de que, en un estado centralizado, los peores individuos en términos de moral primaria y carácter ascienden más fácilmente a puestos de mando. Röpke extiende esta idea del gobierno de los peores no solamente a los estados, sino a cualquier otra estructura centralizada, como grandes empresas y corporaciones.

La sociedad urbana de masas es vista por Röpke como un culto a lo colosal cuantitativo, a los grandes números. Es la sociedad de las grandes metrópolis, del engrandecimiento y la magnificación de todo lo que es mayor. Es también la era del retorno del culto a los Césares.

Los monopolios y la sociedad de masas para Röpke, en contraste, no son consustanciales al capitalismo liberal, sino productos de una perversión de este, el capitalismo de estado. El capitalismo de estado es definido por Röpke como presentando restos de instituciones mercantilistas, basadas en la visión feudal de la política y sociedad como un juego de conquista y guerra.

Defensa del localismo económico

El Antiguo Régimen para Röpke era visto de manera negativa, caracterizado por las elevadas desigualdades en la posesión de tierra concentrada en manos de pocos propietarios, así como las sociedades esclavistas antiguas. Un cuadro social que mucho distaba para este del capitalismo liberal legítimo, basado en la posesión generalizada de propiedades.

En contraste con esa sociedad de masas controlada por organismos centralizados, estados y grandes corporaciones, Röpke establece el localismo comunitario como sociedad natural y moralmente saludable. Aquella basada en los vecinos, cerca de donde se vive.

Crítico de la sociedad urbana industrializada de masas dominada por grandes industrias, Röpke veía el crecimiento del poder y la centralización del Estado como una consecuencia de la destrucción de comunidades locales orgánicas intermedias mantenedoras de las virtudes comunitarias locales y de la pequeña propiedad. Röpke, al hacer esta crítica a la sociedad estatal moderna, tenía en mente su contraste con la sociedad suiza en la que vivió, basada en el federalismo descentralizado, pequeña propiedad y autorregulación de comunidades locales.

Crítica a los monopolios empresariales

Debe destacarse que Röpke posee una visión negativa de las grandes empresas, por su elemento centralizador. Surge de ahí una discusión importante sobre la presencia de los monopolios en el capitalismo liberal, y se levantan algunas cuestiones. ¿Todo monopolio empresarial es producto de una artificialidad intervencionista del estado sobre el mercado, o es posible que existan monopolios naturales? ¿Cuándo el mercado excede sus límites naturales?

Sabemos que, actualmente, la organización económica está marcada por la fuerte presencia de sociedades anónimas y limitadas, compuestas por monopolios y oligopolios muchas veces derivados de intervenciones y regulaciones estatales de mercado, como los derechos de patentes en la Big Pharma. También se debe reflexionar hasta qué punto predomina de hecho una armonía cooperativa de intereses entre agentes de una economía de mercado. Tendencias a cartelizaciones y formación de grupos de presión, lobbies, son ejemplos de tendencias de monopolización que parten internamente dentro del propio mercado, a partir de la iniciativa espontánea de agentes.

Defensa de la pequeña propiedad

Röpke hace una gran apología a la sociedad de pequeños propietarios. De cierta forma, hay una crítica y rechazo a la idea de proletarización social, una crítica compartida por Chesterton. La propiedad privada, decía Wilhelm Röpke debe ser generalizada socialmente, no solo por su función de fuente de subsistencia material, sino también por poseer una función espiritual, como la de garantizar seguridad individual y previsibilidad con el futuro. Se levanta entonces una importante cuestión respecto al papel moral de la propiedad como un medio de perfeccionamiento de las virtudes humanas.

Además, Wilhelm Röpke veía el régimen de competencia como una práctica entre personas propietarias virtuosas. Sin embargo, para Röpke, la gran dificultad y desafío de la economía de mercado reside en el mantenimiento de la propiedad privada en medio del continuo proceso de concentración de propiedades originado por la competencia. La libre competencia debe ser protegida, surgiendo la necesidad de consolidar un derecho mercantil contra la práctica de carteles y dumping.

Crítica al estado de bienestar social

Es sobre esta visión económica centrada en la pequeña propiedad, descentralización y función social del mercado que se asienta la crítica de Röpke al estado de bienestar social moderno. Una crítica basada no solo en aspectos económicos, sino también morales.

El nacimiento del estado de bienestar social en Europa a mediados del siglo XX se correlaciona con la pérdida de seguridad económica derivada de la inestabilidad monetaria y la inflación crónica. La inflación, según Röpke, es un gran problema económico y social de su época, fuente de desestabilización y destrucción del tejido social. A su expansión se asocia el avance paralelo del populismo y de políticos demagógicos. Políticos sin escrúpulos y principios éticos, que explotan ideas de igualdad basadas en el sentimiento instintivo de envidia humana, lo que se convierte en un peligro en una sociedad sin contrapesos institucionales y morales.

En opinión de Wilhelm Röpke, la política de “pan y circo”, fomentada por políticas populistas, va en contra del modelo de sociedad sostenible, basada en comunidades reales, como asociaciones y grupos de apoyo mutuo. En este sentido, el estado de bienestar social, así como la inflación, son grandes amenazas a los valores de autonomía e independencia de las comunidades locales. Las políticas keynesianas adoptadas por países en la posguerra tienden a generar una ilusión inmediata de mejoras de vida a través del consumo exagerado, pero al final no resultan más que en un ciclo perverso de endeudamiento y estancamiento de familias y grupos locales a mediano y largo plazo.

Un mecanismo de destrucción

Para Röpke, el estado de bienestar social implica, por tanto, la destrucción de comunidades autosuficientes. Siguiendo la misma línea de Hayek, Röpke resalta la naturaleza continuamente expansiva del estado de bienestar social. Siendo un fenómeno indirectamente relacionado con la inflación y tributación como fuente de financiamiento, su avance agrava la inseguridad y corrosión del patrimonio y propiedad de las familias, destruyendo contrapesos para resistir a su expansión y dependencia. Este fenómeno se confirma en la história económica, observándose cómo las políticas de bienestar social europeas, originadas a principios del siglo XX como emergencias temporales, se convirtieron en permanentes y siguen creciendo cada vez más.

Para Wilhelm Röpke, el estado de bienestar social, por lo tanto, destruye la dignidad burguesa y crea dependencia del individuo al poder estatal. Se trata, para Röpke, de fomentar un estado paternalista basado en la tutela de un estado centralizado, que termina por generar desintegración y corrupción moral. El clima moral traído por la tutela paternalista destruye la ética burguesa del esfuerzo. Esta idea remite a la actual noción económica de riesgo moral (moral hazard), que impide la internalización de riesgos y la toma de decisiones responsables por parte de los agentes individuales.

En resumen, aunque Röpke valoraba la dimensión social de la vida económica, se muestra fuertemente crítico a las ideas centralistas de un estado social proveedor que comenzaba a expandirse en su tiempo. Pues uno de los pilares de la dignidad humana es la independencia frente a la autoridad, y esta dignidad se ve corroída por un estado de bienestar social paternalista.

La concepción de dignidad humana en Röpke

El liberalismo económico, tal como se defendía, para Röpke, redujo la noción de dignidad humana al nivel material de vida. Pero la verdadera dignidad presupone algo más que eso, abarcando el respeto intrínseco a la persona humana, a su identidad (quién soy) y raíces (de dónde vengo), y requiriendo ser dotada de medios para el desarrollo de sus capacidades, la propiedad. La propiedad, en ese sentido, es una condición y medio necesario para la realización de la dignidad.

En líneas generales y filosóficas, ¿qué sería la dignidad y cuál es el papel del crecimiento material en ella? Diversas corrientes han intentado buscar una respuesta a esa cuestión. La dignidad puede ser entendida en dos sentidos: i) como un valor inherente a la naturaleza humana y presente universalmente en los seres humanos, igualmente dignos desde el nacimiento. ii) como una búsqueda de reconocimiento y algo a ser conquistado y probado a lo largo de la vida, y depende del mérito.

La dignidad

Mientras que el primer sentido, siguiendo la línea liberal contractualista del iluminismo, asume la dignidad como un valor innato, universal e independiente de las condiciones y orígenes de los individuos, implicando en la noción de igualdad de derechos, el segundo la asume como un esfuerzo y mérito, un volverse digno. La dignidad en este segundo aspecto se coloca más como una búsqueda de reconocimiento social exterior, adquirido y no innato. A esta corriente se vincula el pensamiento de Deirdre McCloskey, que estableció en su trilogía de obras Las Virtudes Burguesas la idea de dignidad liberal vinculada al ascenso de la ética burguesa de prudencia y esfuerzo, que comenzó a ser valorada en Europa a partir de los siglos XVI y XVII y promovió la prosperidad económica.

Wilhelm Röpke, de este modo, colocaría la dignidad en aspectos tanto alineados con el primer sentido inatista mencionado como con el segundo sentido, adquirista. En el primer sentido, sigue a los liberales contractualistas del siglo XVIII respecto a su valor intrínseco al ser humano, al atacar al estado socialista soviético y al estado socialdemócrata europeo como violadores de esta dignidad fundamental. En cuanto al segundo sentido, convergiendo con McCloskey, también observa la necesidad de que esta se afirme y sea reconocida exteriormente, a través de la adquisición y práctica de virtudes. Un proceso de perfeccionamiento, (o en la terminología inglesa “flourishing”) que requiere la mediación de la posesión diseminada de propiedades para el ejercicio y práctica de virtudes.

Paralelos entre Hayek y Chesterton

Convergente con Hayek, Wilhelm Röpke establece una crítica al centralismo burocrático estatal y al socialismo, enfatizando una economía descentralizada, de base voluntaria, espontánea y regulada por leyes de mercado. No limitándose, sin embargo, a la cosmovisión individualista liberal, también tiene puntos convergentes con el distributismo de Chesterton en cuanto a el énfasis en una economía basada en la pequeña propiedad y en intercambios locales. Al compartir con este último una visión conservadora, organicista y comunitaria de la sociedad, Röpke considera como fundamentales para su mantenimiento no solo las virtudes éticas individuales del trabajo y la prudencia, sino también las virtudes sociales que unen y vinculan a los individuos en lazos familiares, comunitarios, corporativos y grupales. Las sociedades necesitan nutrirse de estas virtudes sociales para sostenerse, y la destrucción de valores comunitarios implica en la desnutrición social.

Sin embargo, Röpke difiere de un conservadurismo convencional al ver aspectos positivos y negativos de la Revolución Francesa. No destaca su “igualitarismo” como un gran mal. También ve aspectos positivos y negativos del liberalismo clásico del siglo XIX. Si de un lado Röpke veía el liberalismo como hijo de la razón ilustrada, de un racionalismo que buscaba comprender el mundo según el intelecto, por otro lado, critica su reduccionismo utilitarista, considerado por él como un racionalismo de peor especie y su tergiversación.

El ambivalente siglo XIX

Röpke también se mostraba crítico al matematicismo y logicismo ilustrado, oriundos del mecanicismo y de la física de Newton. Fue del pensamiento mecanicista que se desdoblaría la creencia revolucionaria en la capacidad humana de manipular e interferir en el curso de la historia.

Wilhelm Röpke veía el siglo XIX y sus revoluciones como una ruptura del pensamiento dominante del siglo XVIII anterior, marcado por el irracionalismo y esteticismo y disminución en la confianza en el intelecto humano, con el avance de ideologías nacionalistas y socialistas. Por otro lado, veía como positivo el período como un “tiempo de paz” y asociado a la prosperidad económica.

El comunitarismo orgánico defendido por Röpke en ciertos aspectos puede verse como una concepción antiindividualista de la sociedad. Por otro lado, esta idea no asume consecuencias colectivistas y totalitarias que nieguen el espacio de la autonomía del individuo. En realidad, aunque Röpke afirma la superioridad de las virtudes sociales sobre las individuales, reconoce el debido espacio del individuo dentro de una comunidad, al observar que la relación entre individuo y comunidad nunca fue armónica, sino marcada por el antagonismo conflictivo entre instintos sociales y antisociales. Basándose en la idea de Kant, Röpke define la naturaleza humana por su paradójica “sociabilidad antisocial”, por la simultaneidad del deseo por unidad social y del deseo por segregación individual.

Conclusión

La crisis social de nuestro tiempo es una obra importante para comprender la sociedad moderna del siglo XX y XXI, siendo un rico análisis de aspectos históricos, económicos y sociológicos que llevaron al contexto de crisis europea experimentada por Röpke en la posguerra. Su crítica liberal-conservadora al centralismo estatal y valorización de la pequeña propiedad, del federalismo y libre mercado con función social, inspirada en la sociedad suiza, fue una de las bases contribuyentes para el establecimiento de la economía social de mercado europea, promovida por gobiernos demócratas cristianos en la posguerra.

Wilhelm Röpke es un economista con una gran erudición y diálogo interdisciplinario, como historia, derecho y sociología. Sus investigaciones son una referencia y modelo para la ciencia económica, una ciencia muy empobrecida en las últimas décadas por paradigmas mecanicistas y matematizantes, tan atacadas por Röpke ya en su época.

Ver también

Cuando un liberal clásico se enfrentó al terror nazi. (Samuel Gregg).

70 años de la Mont Pèlerin Society. (José Carlos Rodríguez).

Por qué Gran Bretaña no debería estar orgullosa del NHS

Por Kristian Niemietz. El artículo Por qué Gran Bretaña no debería estar orgullosa del NHS fue publicado originalmente en el IEA.

En cualquier encuesta en la que se pregunte a la gente qué es lo que más les enorgullece de ser británicos, el NHS (Servicio Sanitario Nacional) siempre sale en cabeza, y por bastante margen. En realidad, no tengo una opinión sobre lo que debe o no debe enorgullecer a la gente, y menos cuando se trata de nociones más abstractas como el “orgullo nacional”, que son obviamente muy subjetivas y personales. Pero si miramos la lista completa de respuestas a la encuesta, nos daremos cuenta de que el SNS es la gran excepción.

Estas respuestas no son aleatorias. Hay un patrón muy coherente: se trata de una lista de cosas reconocibles internacionalmente, a la vez que claramente británicas. Ya se trate de cultura popular (Harry Potter, James Bond), lugares emblemáticos (Tower Bridge, Stonehenge), comida y bebida (cerveza, asados, frituras, pubs de verdad), son marcas icónicas y globales. No hace falta que a uno le gusten personalmente para ver por qué merecen estar en esa lista.

El NHS no es ni remotamente parecido. Nadie fuera de Gran Bretaña que no sea un friki de la sanidad sabe lo que es el NHS. Tampoco tiene nada de específicamente británico: ha habido muchos ejemplos de sistemas sanitarios estatales, aunque la mayoría al otro lado del Telón de Acero. Entonces, ¿por qué está el NHS en esa lista? ¿Qué hace que la gente se sienta “orgullosa” de él?

Declaraciones de David Tennent

Hace poco me encontré con una cita sobre este mismo tema del actor David Tennent, que recibió muchos aplausos en las redes sociales por decir:

El Servicio Nacional de Salud me salvó la vida cuando tenía 10 años y me reventó el apéndice. Salvó la vida de mi hija cuando sólo tenía unas semanas […]. El NHS es probablemente lo que más me enorgullece de ser británico. Orgulloso porque es una bondad nacional […] Es una generosidad nacional. El hecho de que exista el NHS nos hace a todos mejores personas.

Aquí hay mucho que desentrañar. En primer lugar, imaginemos lo extraño que sonaría si alguien hablara así de cualquier otra institución o ámbito político. Por ejemplo, el sistema escolar. O del sistema de pensiones.

Nuestro sistema escolar cambió mi vida cuando tenía 10 años y me enseñó a leer y escribir. Ahora mismo está cambiando la vida de mi hija, que está aprendiendo a leer y escribir. Nuestro sistema escolar es probablemente lo que más me enorgullece de ser británico. Orgulloso porque es una bondad nacional. Es un desinterés nacional. El hecho de que exista nuestro sistema escolar nos hace a todos mejores personas.

La alternativa no es el vacío

Suena extraño, ¿no? Culto. Un lavado de cerebro. Pero, ¿cuál es la diferencia? ¿Por qué no hablaríamos así del sistema escolar o del sistema de pensiones. Porque, en primer lugar, nos damos cuenta de que es bastante normal que un país desarrollado tenga un sistema escolar, o un sistema de pensiones, de algún tipo. No es un logro especial del que debamos estar orgullosos o agradecidos.

A partir de ahí, también está claro que si no tuviéramos el sistema escolar o de pensiones que tenemos actualmente, la alternativa no sería no tener nada. La alternativa no sería que nadie aprendiera a leer y escribir, o que nadie tuviera ningún apoyo en la vejez. No: la alternativa sería tener otro sistema. Un sistema organizado de otra manera. Financiado de otra manera. Tal vez mejor, tal vez peor, pero evidentemente algo habría.

Por eso, en esos ámbitos, no somos especialmente sentimentales con los acuerdos actuales, ni los protegemos. Comparamos los acuerdos actuales con alternativas realistas, y cuando se quedan cortos, lo decimos. La izquierda política, por cierto, hace esto más a menudo que la derecha. Muchos de los argumentos de la izquierda consisten en comparar desfavorablemente las instituciones y los acuerdos británicos con, por ejemplo, los de Escandinavia o las democracias sociales de Europa continental. Uno casi puede ver eso como una plantilla para un tipo estándar de artículo del Guardian: ser lírico sobre, por ejemplo, el sistema escolar finlandés, y presentarlo como muy superior al británico.

Sus logros son los de otros sistemas

¿Y por qué no? ¿Por qué no? Claro, tal vez son demasiado optimistas sobre otros sistemas, pueden estar proyectando sus propios valores en ellos, o tal vez tienen un sesgo de “la hierba siempre es más verde en el otro lado”. Pero no hay nada malo en el principio de comparar los sistemas y disposiciones actuales con posibles alternativas. Nadie les acusaría de ser “antipatriotas” por hacerlo. Nadie diría que si se critica el sistema escolar británico se está “atacando a los profesores”, o que si se critica el sistema de asistencia social británico se está atacando a los trabajadores sociales. Porque, obviamente, eso sería absurdo.

Cuando se trata del NHS, las reglas son de repente muy diferentes. Eso no se debe a ningún logro especial del NHS. Porque no los tiene. No hay nada que el NHS haya conseguido que no hayan conseguido casi todos los demás sistemas sanitarios del mundo desarrollado. Sí, el NHS es un sistema universal. También lo son todos los sistemas de Europa Occidental, la mayoría de los de Europa del Este y los de Canadá, Australia, Japón y Corea del Sur, entre otros. En realidad, el único sistema atípico es el estadounidense.

Los resultados del NHS

Sin embargo, en términos de resultados sanitarios, el NHS está rezagado. Justo antes de la pandemia, el sistema sanitario del Reino Unido registraba 71 muertes tratables evitables por cada 100.000 personas al año. Es el segundo nivel más alto de Europa Occidental después de Grecia, donde es de 78/100.000. Es de 66 en Alemania, 59 en Austria, 57 en Bélgica, 51 en Francia, 50 en los Países Bajos y 40 en Suiza.

En el índice de Acceso y Calidad de la Asistencia Sanitaria (HAQ) de The Lancet, el Reino Unido, Portugal y Grecia son los únicos países de Europa Occidental que no se encuentran en el primer decil mundial. La clasificación y la puntuación del Reino Unido en ese índice no son terribles según los estándares mundiales, pero si se comparan con una referencia realista, no son impresionantes. Incluso en la clasificación del Fondo de la Commonwealth, que, de todas las clasificaciones internacionales de sistemas sanitarios, es la más halagüeña para el NHS, el Reino Unido ocupa el 9º puesto de 11 en la categoría “Resultados de la atención sanitaria”.

Ya sé que alguien dirá: “¡Pero eso es porque el NHS está infrafinanciado! Financiadlo adecuadamente y obtendréis mejores resultados”. Excepto que ya estamos entre los 10 primeros del mundo en gasto sanitario. Ya gastamos el 11,3% del PIB en sanidad, más o menos lo mismo que Bélgica y Austria. ¿Por qué nos quedamos atrás?

Nunca fue falta de fondos

Además: el argumento anterior presupone que hubo una época dorada, antes de la austeridad, antes de la “desfinanciación”, antes del “desmantelamiento” del SNS, en la que el SNS era un sistema brillante. Y no fue así. Esta edad de oro nunca existió. Ninguna de las medidas que he mencionado fue mejor en años anteriores. El sistema sanitario del Reino Unido siempre ha tenido más muertes evitables por cada 100.000 habitantes que la mayoría de sus homólogos del mundo desarrollado, desde que tenemos datos. El Reino Unido también ha estado por detrás en ediciones anteriores del índice HAQ y en la categoría de resultados de ediciones anteriores de la clasificación del Fondo de la Commonwealth. Nada de esto es nuevo. Siempre ha sido así.

La única medida que realmente ha empeorado con el tiempo son los tiempos de espera. Los tiempos de espera disminuyeron de forma constante en la década de 2000, cuando el gasto sanitario aumentó a un ritmo sin precedentes, y luego volvieron a subir en la década de 2010, cuando se produjo una ralentización en el aumento del gasto.

¿No demuestra esto que el SNS puede, al menos en algunos aspectos, ser mejor, si cuenta con el apoyo político adecuado? ¿No sugiere esto que, cuando las cosas van mal, deberíamos culpar al Gobierno y no al SNS? Sí y no. Es evidente que la política sanitaria puede influir. Pero una mala política sanitaria no es una restricción externa, de la que el NHS esté totalmente libre de culpa.

¿Como la monarquía?

Un sistema totalmente nacionalizado siempre va a estar, hasta cierto punto, politizado, y en un sistema politizado hay que aceptar que a veces los vientos políticos no soplarán a tu favor. Es una característica de ese tipo de sistema. Si quieres ese tipo de sistema, no tienes derecho a quejarte. Yo preferiría un sistema lo suficientemente alejado de la política como para que, dentro de lo normal, no importe mucho quién gobierne.

Un último punto. Aunque el culto al SNS me parece sectario e irracional, en general creo que es bueno que las sociedades tengan instituciones unificadoras en torno a las cuales todos puedan unirse. Por eso, por ejemplo, aunque no soy monárquico, tengo una opinión bastante positiva de la monarquía. Los críticos de la monarquía a menudo se equivocan al pensar en ella en términos puramente funcionales, preguntando: “¿Qué hace el Rey que un presidente electo no podría hacer también, y tal vez mejor?”. Pero esa es la pregunta equivocada. No se trata de lo que hace o deja de hacer el Rey. El hecho es que mucha gente siente un apego emocional y romántico por la familia real que nunca sentiría por un presidente electo. Entonces, ¿por qué jugar con eso?

Uno podría preguntarse: ¿no es el NHS un poco como la monarquía? ¿Una institución que mucha gente ama profundamente y por la que siente un gran afecto, independientemente de que sea racional o no?

Una institución muy divisiva

Si es así, entonces no estaría entendiendo nada -del mismo modo que los críticos de la monarquía no entienden nada- cuando pregunto: “¿Qué hace el NHS que los sistemas sanitarios francés, holandés, alemán, japonés o australiano no puedan hacer también, y mejor?”. Porque entonces la respuesta sería: no se trata de lo que haga o deje de hacer.

El hecho es que ni los franceses, ni los holandeses, ni los alemanes, ni los japoneses, ni los australianos “aman” sus sistemas sanitarios. Todos ellos pueden pensar que sus respectivos sistemas son bastante buenos. Puede que los aprecien. Pero no los “aman”. ¿Acaso ese afecto por el SNS no vale algo, aunque nos parezca extraño a quienes no lo compartimos?

Por desgracia, este amor por el SNS también tiene un lado oscuro. Lleva a una actitud defensiva histérica, que necesita enemigos y, cuando no los hay, se los inventa. Durante al menos 44 años, ha habido teorías conspirativas sobre planes secretos para destruir el NHS. Esa es una gran diferencia entre el culto al NHS, y el apego romántico a la monarquía. La mayoría de los partidarios de la monarquía se sienten bastante cómodos con el hecho de que haya algunos republicanos en Gran Bretaña. No los denuncian histéricamente. No fantasean con planes secretos para asesinar al Rey y vender sus castillos a Donald Trump.

Así que ni siquiera el argumento comunitarista a favor del NHS se sostiene. El NHS no es una institución “unificadora”. Puede ser muy divisiva. Puede ser fuente de conflictos. Se habrán dado cuenta de que hoy he evitado hablar de una alternativa concreta. Es un tema para otro día. No espero ningún cambio fundamental a corto plazo. Para bien o para mal, por ahora estamos atascados con el sistema que tenemos. Pero, al menos, dejemos de engañarnos con esta tontería de la “envidia del mundo”. No es “la envidia del mundo”, nunca lo ha sido y no va a empezar a serlo ahora.

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