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¿Se puede seguir invirtiendo a largo plazo?

Una de las máximas de Warren Buffett es que uno debe invertir siempre a largo plazo, de forma que “si no te planteas mantener una acción 10 años, ni te plantees tenerla 10 minutos”. Llevo un tiempo largo dándole vueltas a la frasecita y no hace más que causarme problemas.

Empecemos por una industria cualquiera, la industria automovilística, por ejemplo: Si el coche autónomo sigue desarrollándose y se vuelve más fiable (y todo parece indicar que así será), muy posiblemente se reducirán el número de coches por familia (un mismo coche podrá llevar primero a uno de sus miembros al trabajo, y volver después a por el otro, o a por el primo o el vecino, para llevarlo también a trabajar), la industria de transporte de personas (taxis, autobuses, metro, etc.) se verá profundamente alterada, se reducirán los problemas de aparcamiento, como también  las multas por velocidad o los accidentes; muy posiblemente, tener un coche deje de ser una necesidad salvo para los “coleccionistas” y los actuales fabricantes de coches se conviertan en meros prestadores de servicios que ponen a tu disposición un automóvil de distinto tamaño y/o prestaciones, según el momento y/o la necesidad, a cambio de una cuota mensual. Todo ello hará que cambie por completo el negocio de estas compañías automovilísticas, como también el de los parkings, el de los talleres de reparación (mejores mantenimientos y menos accidentes, aunque más horas de uso medio por coche), el de los fabricantes de piezas y recambios, el de las compañías de seguros o el de quienes se ofrecen a recurrir las multas. También cambiarán por completo la configuración de las ciudades, y la logística y la distribución… ¿Cómo saber qué empresas de dichos sectores van a ser las mejor posicionadas dentro de 10 años, cuando “podamos” vender las acciones de ellas que compremos ahora?

Pero el mismo ejercicio se puede hacer con otras industrias y/o sectores: si las impresoras en 3D siguen desarrollándose y se vuelven más eficientes, versátiles y baratas (y todo parece indicar que así será), en unos años no necesitaremos ir a comprar un par de zapatos, unos pantalones o un jersey. Tampoco la mesa o la silla en la que me siento, los juguetes que les han traído a mis sobrinos los Reyes Magos o el tabique con el que quiero dividir el salón de mi casa para tener dos habitaciones en lugar de una. Dichos cambios afectarán a muchísimos fabricantes, constructoras y, de nuevo, a las empresas de logística y distribución. ¿Serán las expectativas empresariales de Inditex tan buenas cuando me pueda fabricar un jersey (o doscientos) en casa con una de esas impresoras y por poco dinero?

… Si la investigación con células madre sigue desarrollándose (y todo parece indicar que así será), en unos años (no demasiados) será habitual que nos comamos una hamburguesa sin haber tenido que matar a la vaca (como ya ha ocurrido) o un plato de espinacas sin haberlas cultivado. Ello supondrá un cambio radical en la ganadería, la agricultura, el procesamiento de alimentos, el transporte o la distribución… cambiando el lugar de residencia de mucha gente…

… Si la investigación en medicina y genética se sigue desarrollando (y todo parece indicar que así será), todos podremos disponer de nuestro mapa genético por poco dinero, y dispondremos de sistemas de monitorización permanente de nuestra situación física. Ello permitirá prevenir gran número de enfermedades, y facilitará su tratamiento cuando aparezca, lo que supondrá profundos cambios en el sector médico: hospitales, sociedades médicas, farmacéuticas o compañías de seguros… ¿quiénes serán las que mejor se adapten a un cambio que parece inevitable y radical?

… Si la sociedad de la información se sigue desarrollando (y todo parece indicar que así será), no sólo el sector periodístico habrá cambiado radicalmente en unos pocos años (más de lo que lo ha hecho hasta la fecha), sino también el mundo editorial, el educativo o el del entretenimiento (como ya está ocurriendo). ¿Qué empresas tiene la mayor probabilidad de estar a la cabeza en dichos sectores dentro de diez años?

…  Si la inteligencia artificial y el análisis de datos se sigue desarrollando (y todo parece indicar que así será), un gran número de sectores, y profesiones, se verán profundamente afectados: ¿serán necesarios tantos ingenieros, o arquitectos, o contables, o abogados…? Las empresas de ingeniería, consultoría, auditoría, servicios económicos o jurídicos sufrirán cambios radicales. ¿Hasta qué punto el talento humano del que disponen esas empresas ahora será relevante en el futuro?

… Si los sistemas de “cadenas de bloques” (o “blockchain”) siguen desarrollándose y perfeccionándose en el futuro (y todo parece indicar que así será), no sólo cambiará la configuración de la banca, sino también la de sectores como el de la abogados, o los notarios, o los registradores… y otros grupos de consumidores relevantes…  jueces…  funcionarios…

No digo que todos los sectores mencionados vayan a desaparecer o que todos se tengan que reinventar de igual manera, pero sí que se van a producir profundos cambios en todos ellos. Inevitablemente, gran parte de las ventajas competitivas de que disfrutan las empresas líderes actuales se habrán visto alteradas de manera radical a finales de los años 20 (sobre todo en los sectores “tradicionales”), y, con ellas, sus expectativas de negocio (para el lustro siguiente), lo que afectará a su valoración… ¿En qué empresas podemos invertir ahora teniendo cierta seguridad de que sus expectativas empresariales en 10 años van a ser iguales o mejores que hoy?

Ser un Warren Buffett de la vida era ya difícil hace diez, quince, veinte años; pero serlo ahora parece imposible: ser capaz de descubrir empresas con ventajas competitivas relevantes y sostenibles en un período en el que cambiará -lo queramos o no- la configuración del mundo y la vida del hombre en sociedad… en el que cambiaremos la forma de movernos, la forma de comer, de vestirnos o de disfrutar de nuestro ocio, en el que se desarrollará hasta límites no imaginados la “conexión” o “internet de las cosas”, en el que tendrán un papel muy relevante tanto la gestión de gran cantidad de información como los avances y logros de la inteligencia artificial…  

Quizás por ello nuestro amigo Buffett haya empezado a invertir en empresas como IBM… sólo quizás.

Preparen, apunten, ¡Brexit!

Después de seis meses mareando la perdiz (también es cierto que se trataba de una perdiz muy grande), Theresa May parece decidida a enfrentar el toro del Brexit. No le quedaba otra. Un primer ministro de recambio que ni siquiera ha salido de las urnas está ahí para eso y para ninguna otra cosa más. Luego, si esto le sale bien, podría optar al cargo en las siguientes elecciones, que se celebrarán en 2020 cuando todo esto haya concluido, esperemos que de la mejor manera posible.

Pues bien, May ha puesto fecha a la ruptura y lo acompaña de un manual de instrucciones para que el proceso se culmine con éxito. La fecha será a partir del mes de marzo de este año y el manual se condensa en doce puntos. Si todo le sale como está previsto, es decir, si los negociadores de Bruselas decidiesen darlo todo por bueno, el Reino Unido pasaría a vivir en el mejor de los mundos. Para lo bueno serían un país de la Unión Europea, para lo malo serían extracomunitarios. Precisamente por eso es complicado que estos doce puntos terminen convirtiéndose en doce realidades, al menos tal y como han sido concebidas en el 10 de Downing Street.

El primero de los puntos es el relativo a la certidumbre, la certainty. Es decir, que no hará locuras, ni se dejará llevar por las pasiones, ni improvisará sobre la marcha. Tiene lógica, cada vez que se presenta su otra cara, la uncertainty, se cae la libra esterlina y arrecian las amenazas de abandonar la City por parte de los bancos.

El segundo punto tiene que ver con la Justicia. May quiere desde el principio desconectarse judicialmente de la Unión. Por judicialmente hay que entender el abandono unilateral del Tribunal de Justicia europeo. Eso, que dicho así parece fácil, en la práctica puede transformarse en una pesadilla. Este tribunal tiene muchas más competencias de las que solemos pensar. Aparte de velar para que el derecho de los diferentes países miembros se aplique en todos ellos por igual, es el supervisor de una miríada de agencias de las que el Reino Unido se vale para infinidad de cosas. El Sistema de Información Schengen, por ejemplo, o el intercambio de datos penales entre países miembros de la UE, ambos extremadamente útiles en los tiempos que corren. La desconexión judicial podría ocasionarle más de un quebradero de cabeza porque, como en casi todo, Bruselas tiene la sartén por el mango.

El tercer punto va dirigido a los independentistas escoceses. La primera ministra quiere unidad, esto es, que no se la líen mientras desviste al muñeco. Para ello ha prometido consultar cada uno de los pasos con los escoceses, pero también con los galeses y los irlandeses del norte. Si el patio se le desmanda todo se irá al garete. El problema es que es bastante factible que se le desmande, especialmente la parte septentrional del patio. Los del Partido Nacional Escocés llevan meses agitando al personal con un segundo plebiscito, que esta vez ellos creen que ganarían de calle.

El cuarto punto es para sus vecinos de Irlanda (la república no la del norte). Irlanda es el único país que tiene frontera terrestre con el Reino Unido. Una frontera, por cierto, muy larga, de casi 500 kilómetros. Es también el país con el que más relaciones comerciales y humanas mantiene, aunque solo sea por la cercanía geográfica y por el hecho de que hablan la misma lengua. Su idea es que las fronteras con Irlanda sigan abiertas a todos los efectos. Los irlandeses, digo yo, estarán encantados porque a nadie le gusta tener que atravesar una garita fronteriza. Pero eso crearía un problema. Irlanda se convertiría en un coladero. No habría más que volar a Dublín desde cualquier punto de la Unión Europea y desde allí tomar el tren a Belfast. Todo sin necesidad de atravesar control ninguno. Todo el tinglado fronterizo construido a cuenta del Brexit se vendría abajo. Eso o integrar a Irlanda en el Reino Unido a efectos aduaneros. Algo así como lo que sucede cuando se viaja a Canadá desde fuera, que se entra también en los Estados Unidos. Es una posibilidad, pero no se yo si eso será posible dentro de la UE.

Y esto nos lleva directos al quinto punto, el que tiene que ver con la nueva política fronteriza con el resto de la UE. May quiere acabar con la libre circulación de personas, pero no con todas. Los “mejores y más brillantes” podrán seguir acudiendo a Gran Bretaña y allí serán bien recibidos. Para poner esto sobre el papel solo se me ocurre la creación de un programa como los que tienen en Australia y Nueva Zelanda para atraer inmigrantes cualificados de Europa y Norteamérica. Es un sistema bueno, pero Gran Bretaña no está en el otro lado del mundo, a dos océanos de distancia, está donde está, a 30 kilómetros del campamento de refugiados de Calais.

Aquí se nos presentaría otro problema. En el caso de que May cerrase a cal y canto las fronteras no puede ignorar que dentro de ellas ya hay tres millones de ciudadanos de la UE residiendo legalmente. Puede expulsarles, pero no sería serio y además, violaría el primero de los puntos, el de la certidumbre. Sacar tres millones de personas de un país de un golpe sería, además, un drama humano de consecuencias imprevisibles, un tremendo varapalo a la economía británica, porque esos tres millones no están tocándose las narices y trincando subsidios del Gobierno. La gran mayoría viven honradamente de su trabajo, crean riqueza y pagan religiosamente sus impuestos. Una medida así tendría como corolario la expulsión de todos los británicos en la UE, y no son pocos precisamente. En la Unión residen un millón doscientos mil británicos, un tercio de los cuales están en España. Este sería el sexto punto.

¿Qué hacer con los cuatro millones y pico de personas entre británicos y comunitarios que viven a un lado y al otro del canal? Lo más realista sería reconocerlo como un hecho consumado y conceder automáticamente a todos la residencia permanente. Solo haría falta poner una fecha. Por ejemplo, todos los europeos que residían en el Reino Unido el 26 de junio de 2016 (día del referéndum) pasan a ser residentes permanentes. Y lo mismo con los británicos que viven en la Costa del Sol o en las Canarias.

El séptimo punto tiene que ver con los derechos laborales ya que algunos de los que disfrutan hoy los trabajadores británicos no están reconocidos por su legislación, sino por la europea. Valga como ilustrativo ejemplo el de las vacaciones pagadas, que fueron una imposición comunitaria. En este caso May se las tendrá que ver con los laboristas locales y no con Bruselas, porque es probable que los tories aprovechen la circunstancia para hacer limpieza en la regulación laboral, parte de la cual han ido importando desde el continente durante los años de pertenencia a la UE.

El octavo punto es uno de los más polémicos. May aspira a alcanzar un gran tratado comercial con la Unión que incluya la libre circulación de bienes y servicios. Esto es así porque el Brexit duro implica el abandono del Mercado Único, de modo que habría que buscar algo parecido. Pero eso no depende solo de ella. Bruselas puede ponérselo más difícil o menos, puede, incluso dilatar sine die la cuestión a modo de castigo. Aproximadamente la mitad del comercio británico es con los países de la UE. Con esto creo que ya está dicho todo.

El noveno punto estaría enlazado con el octavo. Si el Reino Unido deseuropeiza su comercio tendrá que abrirse más y mejor al resto del mundo. Londres tendría que ir concertando acuerdos comerciales con otros países al margen de la UE, tendría también que establecer su propia política arancelaria y ajustar la regulación a su gusto. Esto está muy bien pero choca frontalmente con la voluntad de permanecer de facto en el mercado único. Noruega, por ejemplo, no está en la UE pero a efectos comerciales es como si lo estuviese ya que tiene que cumplir buena parte de la legislación y las normativas europeas. Es el precio que paga por acceder al mercado único.

El planteamiento de Theresa May sería algo así como estar dentro para lo bueno pero fuera para lo malo. De conseguirlo el Reino Unido se convertiría en puente obligado de paso para introducir bienes en la UE saltándose su barrera arancelaria y regulatoria. Un exportador de cualquier otro lugar del mundo colocaría sus mercaderías en Southampton, liquidaría el arancel británico (más bajo que el europeo) y expediría la mercancía al continente sin necesidad de pasar ninguna aduana más. Muy bonito sí, pero imposible. En Bruselas son malos, pero no tontos.

El décimo punto es más vaporoso, tiene que ver con la colaboración en materia de investigación científica y tecnológica. Las universidades británicas son punteras en estos temas y actualmente se benefician de las redes universitarias paneuropeas. El problema es que, en muchos casos, estas redes están bien lubricadas con fondos de la UE. Aquí Bruselas podría decir que no, que los dineros del contribuyente europeo solo van a universidades europeas. Y quien paga manda.

El decimoprimer punto es gemelo del anterior pero en lo relativo a seguridad. Aquí entiendo que no habrá ningún problema por la cuenta que les trae a ambos aunque, eso sí, si se desconectan del Tribunal de Justicia lo harán también del sistema de Información Schengen y la policía británica quedaría al albur de lo que sus colegas continentales quieran compartir con ellos.

El duodécimo y último punto es sobre los plazos. May quiere que no se demore más de dos años y que se haga de un modo suavemente ordenado, lo que nos llevaría de cabeza al primero de los puntos, la certidumbre. Dos años debería ser tiempo más que suficiente si hay voluntad por ambas partes.

Como puede verse, el programa es ambicioso, demasiado a mi juicio. Puede estancarse en cualquiera de sus puntos o terminar rompiéndose, pero Theresa May al menos tiene un plan, cosa que no se puede decir lo mismo de los señoritos de Bruselas, que llevan meses esperando con la daga entre los dientes para devolver el ultraje al que fueron sometidos en público a principios del verano pasado.

Hasta nunca, Obama

No se recuerda semejante escandalera desde que los norteamericanos eligen democráticamente a su presidente, y de eso hace ya más de doscientos años. La llegada contra todo pronóstico de Donald Trump a la Casa Blanca pasará a los anales de la historia política de los Estados Unidos. Y lo peor es que ese diablo con tupé que nos pinta la prensa todavía no ha empezado a gobernar. Lo hará esta semana con la tradicional inauguration en la explanada que se abre frente al Capitolio. Allí se escenificará la coda del obamismo al compás de una marcha fúnebre que los medios llevan dos meses y pico retransmitiendo a todas horas.

Los norteamericanos tienen motivos para celebrar el final de una época marcada por una crisis cerrada en falso y en la que han resucitado fantasmas familiares que se creían enterrados desde hace décadas. Los Estados Unidos no hacen hoy honor a su nombre. No están unidos. El país se quebró en algún momento durante el segundo mandato de Obama. Una división profunda que cristalizó durante las pasadas elecciones en forma de dos candidaturas pésimas que no gustaban a casi nadie, pero que eran la expresión viva del abracadabrante legado que Barack Obama deja a su país.

Los americanos son hoy más pobres que hace ocho años, están más endeudados y dependen en mayor medida de las dádivas del Estado. Las denostadas élites financieras, por su parte, han prosperado como nunca antes. El Dow Jones está hoy muy por encima de los años más calientes de la burbuja inmobiliaria. Los lobos de Wall Street, el 1% que quitaba el sueño a los niños de aquella acampada frente a la Bolsa de Nueva York, nunca habían ganado tanto dinero como con Obama.

Las deportaciones de emigrantes han alcanzado un récord histórico. En estos ocho años se ha expulsado del país a 2,5 millones de personas. Con razón los críticos le llaman el “deportador en jefe”. Trump tendrá complicado superar el listón, y no solo ahí, también en todo lo relativo a la seguridad de la frontera sur. Bajo la presidencia de Obama la verja con México ha seguido creciendo, especialmente en sofisticación, sistemas de videovigilancia, sensores de movimiento y nuevas dotaciones para las patrullas fronterizas. Si Trump se decide finalmente a construir el célebre muro simplemente estará completando la obra de su antecesor en el cargo.

Entretanto Guantánamo sigue abierto y operativo al ciento por cien. Su nueva política en Medio Oriente, la que iba a traer la paz y la concordia a la región tras los funestos años de Bush, se ha sustanciado en una sangrienta e inacabable guerra civil en Siria e Irak. Estados Unidos ha perdido peso específico en el mundo. Rusia, un país cuyo PIB es similar al de España, le torea y condiciona hasta las mismas elecciones. Su economía se ha convertido en adicta a las emisiones de deuda del Tesoro y muchos norteamericanos de todo el espectro ideológico están asqueados de serlo. La tierra de los libres y hogar de los valientes nunca había criado tantos complejos de culpa como en el último y malhadado octenio. Para un presidente que decía traer la esperanza y el cambio para la gente común no parece desde luego el mejor de los registros.

Los años del obamato ni siquiera han conseguido que el país mejore su popularidad más allá de sus fronteras. El antiamericanismo sigue gozando de idéntica buena salud que en los tiempos de Bush, Clinton o Reagan. Ha crecido incluso en algunas regiones como Oriente Medio, China o ciertas partes de Europa del este. El mundo, por añadidura, es un lugar más inestable, más incierto y menos seguro de lo que lo era en 2008. A Estados Unidos le costó medio siglo convertirse en la cabeza del mundo libre. Si siguen por este camino en menos de medio siglo habrán dejado de serlo.

Pero el verdadero daño no es ese. La política exterior se puede revertir con mano izquierda, unas cuantas firmas y voluntad de prevalecer. La economía se arregla aplicando reformas sencillas que no tardan en surtir efecto. Ahí tenemos los reaganomics de los ochenta como evidencia empírica. Pero lo otro no. Cuando una sociedad cae enferma de resentimiento y se engolfa en interminables querellas mutuas el tratamiento es más complejo y la cura se demora en el tiempo. El obamismo ha cabalgado furioso sobre causas como la raza, el género, el ecologismo y el pacifismo de boquilla, ensayadas todas a modo de tanteo durante la última etapa de la era Clinton pero que felizmente naufragaron juntas el 11 de septiembre de 2001.

Lo ha hecho impregnándolo todo de una nauseabunda corrección política que, como el cáncer, se ha infiltrado en todos los tejidos de una sociedad antaño sana, confiada, vitalista y risueña. Los frutos de esta división premeditada de la sociedad entre buenos y malos, blancos y negros, mujeres y hombres, ángeles demócratas y demonios republicanos, presuntas víctimas y supuestos verdugos, los tenemos a la vista. Trump es la resulta final de estos ocho años de pose buenista atiborrada de ideas caducas y, además, letales para una sociedad de personas libres. No se le echará de menos. Ni ellos ni nosotros.

De pies secos y mojados

Uno de los últimos actos de gobierno del presidente Barack Obama ha sido legitimar la repatriación a Cuba de los pies secos. Era una medida solicitada insistentemente por la dictadura de Raúl Castro. Obama volvió a complacerlo sin exigirle nada a cambio.

Los pies secos son los cubanos que llegan a territorio norteamericano sin visa, ya sea por tierra, casi siempre en los puestos fronterizos mexicanos; por mar, en balsas o pequeñas embarcaciones; o por aire, en aeropuertos en los que aterrizan en tránsito, supuestamente, hacia otros países.

Los pies mojados –los cubanos interceptados por los guardacostas en el mar– ya eran deportados desde que Bill Clinton lo decretó a mediados de los años noventa y pactó con Fidel Castro que los aceptara, a cambio de otorgar a Cuba 20.000 visas todos los años.

Por otra parte, continúa vigente, mientras el Congreso no la derogue, la Ley de Ajuste de 1966. Cualquier cubano que ingrese legalmente en Estados Unidos, al año y un día de haber entrado en el país puede solicitar la residencia.

Como la existencia de la Ley de Ajuste se debió a que Cuba se negaba a aceptar la repatriación de sus ciudadanos, y algo había que hacer con ellos para regularizar su situación, es probable que el Congreso de Estados Unidos eventualmente elimine esa legislación, en vista de que Raúl Castro ya los admite de regreso.

En todo caso, devolver a los cubanos que huyen de Cuba, dado que emigran por razones materiales y no porque son perseguidos políticos, es ignorar que la situación económica de la Isla es la consecuencia de un sistema profundamente injusto e improductivo impuesto a sangre y fuego a esa sociedad. En Cuba, menos los perseguidores, todos son perseguidos políticos.

Además, miles de cubanos que habían emprendido la caminata hacia la tierra prometida han quedado varados en las selvas de varios países latinoamericanos, ya sin esperanzas de arribar algún día a Estados Unidos. Se encuentran hoy a merced de mafias y coyotes. Muchos de ellos morirán irremediablemente.

También se anunció el fin del programa de acogida preferencial de los médicos internacionalistas cubanos que solicitaran la protección acogiéndose a una medida dictada por George W. Bush. La mayor parte se refugió en Colombia a la espera de que la embajada de Estados Unidos les entregase las visas, como Washington había prometido.

Estos médicos son esclavos de bata blanca alquilados por Cuba a otras naciones como Venezuela, Brasil, Angola o Argelia, lo que le ha ganado al régimen de la Isla el sobrenombre de “Gobierno proxeneta”. La Habana se reservaba entre el 80 y el 90% de los salarios de sus esclavos, abonados por las naciones donde prestaban los servicios. Hasta ahora, unos ocho mil han escogido la libertad.

Desde la perspectiva del régimen cubano, estos profesionales tenían tres funciones: procurar grandes cantidades de divisas (una de las mayores fuentes de ingreso del Estado), servir de propaganda sobre la solidaridad de la revolución y –algunos de ellos, los policías– contribuir a labores de inteligencia.

El Gobierno de George W. Bush creó el programa para contrarrestar los tres objetivos: privar de recursos a un país enemigo, neutralizar la propaganda internacionalista con las constantes deserciones y saber exactamente lo que sucedía en las filas de la revolución, dado que los médicos que escapaban eran una fuente inagotable de información.

¿Qué hará Donald Trump a partir del 20 de enero? Probablemente –nunca se sabe con este contradictorio personaje–, no intentará restituir el privilegio de los pies secos cubanos, porque sería incongruente con su rechazo a los inmigrantes ilegales, pero tal vez restaure el programa de acogida a los médicos, basado en el reconocimiento implícito de que Cuba es un Estado enemigo, algo que George W. Bush y los presidentes que lo precedieron en el cargo, republicanos y demócratas, tenían muy claro.

Para los asesores de Trump, los generales y los civiles, es obvio que la Cuba de Raúl Castro es un adversario tenaz dedicado a perjudicar los intereses de Estados Unidos y como a tal lo van a tratar.

Saben que el aparato cubano de inteligencia y propaganda es el principal sostén de la Venezuela chavista y de los países del Socialismo del Siglo XXI. Tampoco ignoran que los hábiles operadores de la Dirección General de Inteligencia (DGI) cubana han franqueado las puertas de América Latina a Irán y a los terroristas islámicos, y no olvidan los recientes envíos clandestinos de pertrechos de guerra a Norcorea o a los narcoguerrilleros de las FARC y el ELN, descubiertos en un puerto colombiano.

¿Le queda alguna concesión por hacer a Barack Obama? Por lo menos una. Cuba le ha pedido encarecidamente que antes de abandonar la presidencia libere a la espía estadounidense Ana Belén Montes, cuyas delaciones costaron la vida a algunos agentes norteamericanos. Obama se lo está pensando.

Pensador ultrajado

Leí hace un tiempo a Antonio Muñoz Molina en El País, indignado con lo que llamaba la privatización del metro:

Cada vez que oigo por los altavoces el nuevo nombre de la línea 2 o la estación de Sol me siento ultrajado en mi ciudadanía. Los nombres son tan públicos como los lugares que designan. Privatizar el nombre de una línea de metro llamándole Vodafone es una usurpación de algo tan colectivo y público por naturaleza como el aire de la calle, como las palabras del idioma. Da escalofrío pensar que una ciudad como Madrid, tan rica de texturas, tan resistente a tantos infortunios, lleve tantos años en manos de una derecha oscurantista, analfabeta, entregada a todos los especuladores, capaz de permitir que la Gran Vía se convierta en un zafio shopping mall de franquicias.

Aquí tenemos varias ideas de interés. La primera y más importante es que el escritor y académico puede haberse confundido con la idea de privatización. Se llama privado a lo que es pagado plena y voluntariamente por los ciudadanos que libremente lo demandan. Una tienda de Zara es privada: usted va, elige un producto concreto, si quiere, y sólo si quiere se lo lleva, después de pagarlo. Amancio Ortega no puede, bajo pena de cárcel, obligar a ningún cliente a que compre nada, y mucho menos puede forzar a sus clientes a que compren lo que no quieren. Tampoco puede, bajo pena severa de prisión, obligar a unos clientes a que le paguen a usted su camisa, o parte de ella. Por eso Zara es privada, y funciona en lo que llamamos el mercado, o el capitalismo, o la sociedad civil, el ámbito de la propiedad privada y los contratos voluntarios.

El metro no es así, don Antonio: el metro no es privado. Por eso los usuarios del metro no pagan nunca el coste real del servicio, que es financiado en parte mediante impuestos, que pagan millones de ciudadanos que no usan el metro. Así funcionan las Administraciones Públicas: emplean la fuerza de la ley para obligar a los ciudadanos a que paguen bienes y servicios, sea que los consuman o no. Curiosamente, a muchos esto les parece justo.

Lo que ha hecho Metro de Madrid con Vodafone y otras empresas es permitir que utilicen sus infraestructuras como anuncios publicitarios, algo que, por cierto, hacen muchas empresas públicas en todo el mundo. Ello le reporta a Metro unos ingresos, cuyo destino será decidido por políticos y burócratas, y no por los propietarios del Metro, que, al ser público, se dice que somos “todos”, cuando obviamente no es así, salvo en un sentido peculiar: nos obligan a todos a pagarlo.

Por lo tanto, señor Muñoz Molina, podríamos reflexionar sobre por qué a usted le parece un ultraje la publicidad de Vodafone, pero no le ofende la coacción sobre millones de personas que pagan el metro y no lo usan.

Finalmente, observemos el peor escenario para don Antonio, el más ultrajante resultado de la “derecha oscurantista, analfabeta, entregada a todos los especuladores”. Ese espanto son las tiendas de la Gran Vía, que para el escritor es “un zafio shopping mall de franquicias”. Es decir, le parece zafio aquello que la gente hace libremente, que procura empleo y bienestar a numerosas personas, y lo hace para colmo sin quebrantar los salarios y demás ingresos de otros ciudadanos.