Juan Ramón Rallo – Las funciones irreemplazables del capitalista
Juan Ramón Rallo nos presenta cuáles son “Las funciones irremplazables del capitalista”.
Juan Ramón Rallo nos presenta cuáles son “Las funciones irremplazables del capitalista”.
Martín Krause aborda los aspectos económicos y filosóficos de los derechos de propiedad.
Raquel Merino analiza cómo el capitalismo y la innovación son las dos caras de una misma realidad.
Levantémonos pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta y nos dice: “Ya es hora de despertarnos del sueño”. Regla de San Benito, prefacio #9.
El pasado 11 de julio se celebraba el aniversario de San Benito que es patrón de Europa desde que Juan Pablo II, en el año 1980 así lo nombrara, aprovechando el XV aniversario de su nacimiento. Famoso por su lema “Ora et labora” (reza y trabaja) fue fundador y autor de la Regla benedictina, a la cual pertenece el consejo mencionado. En el prefacio de la Regla de San Benito aparece la frase con la que se abre el artículo y creo que no puede ser mejor referencia para la Europa de esta semana que vive unos momentos terribles.
La Europa de los perdedores
Por describirlo brevemente, estamos viviendo un juego en el que todos pierden. Pierde el pueblo griego, como es bastante evidente. Pierde el dúo Varoufakis/Tsipras, que se han pasado de listos y se les ha ido de las manos. Más en detalle, desde mi punto de vista, pierde más Tsipras, que está haciendo el cangrejo ante los atónitos ojos de quienes, por dos veces en menos de un año, le han otorgado el mandato de representarles, prometiéndoles hacer lo opuesto a lo que está haciendo. Varoufakis tiene dos libros en el mercado y apunta como “gran” conferenciante junto a otros gurús exprés como Piketty o Stiglitz y Krugman.
Pierden las instituciones europeas, cuestionadas hasta vislumbrar, más o menos en la lejanía, el posible final de sus días, o al menos, de su manera de gestionar tal y como la conocemos. Pierden los ciudadanos europeos que, pase lo que pase, van a pagar los excesos de esta fiesta. Pierde todo el mundo.
Conviene recordar que fue en el año 2009 cuando el gobierno socialista recién elegido reconocía que sus cuentas estaban falseadas y que su déficit no era un 3,7% sino un 12,5% sobre el PIB
No vale de nada señalar con el dedo al pueblo griego y denunciar si defraudaron más los políticos griegos o se aprovecharon más los ciudadanos griegos. Pero sí conviene recordar que fue en el año 2009 cuando el gobierno socialista recién elegido reconocía que sus cuentas estaban falseadas y que su déficit no era un 3,7% sino un 12,5% sobre el PIB. En plena crisis financiera, los países de la zona euro decidieron no hacer nada drástico, no fuera ser que se agravara la situación financiera en Europa. Recordemos que por aquel entonces, Zapatero ya había rescatado cinco cajas de ahorros y nacionalizado tres más, y nuestra situación era terrible, como la de otros países. En mayo del 2010 se arbitró el primer rescate, en febrero del 2012 el segundo rescate, y nos encaminamos hacia el tercer rescate. Ya entonces, Papandreu consideraba humillante gestionar de frente el problema de Grecia y presionaba para que las instituciones europeas les trataran como al resto de los miembros socios, como España, Portugal, Italia o Irlanda, que fueron rescatados bien totalmente o bien solamente el sector bancario, como en nuestro país.
La humillación frente a tus pares
Y aquí seguimos, con otro primer ministro heleno de izquierda radical y miles de Tsipras-fans acusando a los acreedores de humillar al pueblo griego. Aquí seguimos mucho más empobrecidos. Unos países estamos devolviendo lo acordado en tiempo y forma y Grecia no. Pero no importa: les humillamos. Imagino a un samurái japonés mirando a la cara a su acreedor y espetándole en la cara: “No reconozco tu deuda ni a ti como acreedor y, además, te sitúo en un laberinto en el que pierdes si me echas y pierdes si me quedo”. El sentido del honor oriental llevaría a este señor y a toda su familia a quitarse la vida ante semejante humillación. Según esta percepción de la dignidad, el pueblo griego debería avergonzarse de Tsipras y de Varoufakis, en vez de otorgarles su representación mayoritaria.
¿Qué falla? ¿Falla Grecia? Realmente el sistema de rescate europeo, apresurado, demasiado apresurado, porque no estaba previsto, tenía agujeros que todos veíamos pero nos negábamos a reconocer. Y cuando alguien decía “Si un socio no cumple, nos vamos todos al hoyo”, la respuesta era: “Bueno, pero eso no va a pasar”. Y pasó. De la misma forma que en su momento se debió pensar que nunca habría un conflicto armado a escala mundial en el siglo XX y vivimos dos, o que nunca iba a acabar el patrón oro, o que nunca caería el precio de la vivienda…
La Unión Europea es una institución que pone parches aumentando el peso de su burocracia, su presupuesto y, lógicamente, su ineficiencia. Las soluciones que oigo y leo a mi alrededor hacen descansar el éxito de las mismas en la seriedad de banqueros centrales, de políticos y de gestores que han mostrado excelsamente cuán proclives son a caer en tentaciones deshonrosas.
¿No será el momento de despertar del sueño europeo y caminar hacia una Europa más libre?
Varoufakis se creyó un jugador más hábil de lo que realmente es: su estrategia desde el comienzo fue amenazar a Alemania, y al conjunto de la Unión Europea, con el órdago de hacer estallar el euro. El ex ministro de Finanzas estaba convencido de que Merkel y sus pares terminarían cediendo antes de experimentar un desmembramiento de la moneda única. Tal como declaraba hoy mismo: “Mi punto de vista —y así se lo trasladé al gobierno— es que si ellos se atrevían a cerrar nuestros bancos, nosotros debíamos responder con una agresividad similar aun sin llegar al punto de no retorno: debíamos emitir nuestra propia divisa, o al menos amenazar con hacerlo; debíamos aplicar quitas a los bonos griegos en manos del BCE, o anunciar que lo íbamos a hacer; y debíamos recuperar el control del Banco central de Grecia”.
Pero la Eurozona no cedió sino que se mostró dispuesta a que el Gobierno griego se ahorcara con su propia soga. Y ahí fue cuando toda la estrategia griega se desmoronó: Tsipras reveló que iba de farol, que el referéndum había sido simplemente un paripé negociador y que su deseo no era la de salir del euro. En el juego del gallina, Tsipras fue el primer cobarde en salirse del carril. Fue ahí cuando tuvo que recular y ceder en prácticamente todo: la estrategia de Varoufakis lo había colocado en una ratonera y Tsipras no quiso morir matando, de modo que tuvo que capitular con deshonores.
Así, en menos de una semana después del dignísimo referéndum, la Troika ha conseguido que Tsipras no sólo le entregue la cabeza de Varoufakis y que se comprometa a implementar en 72 horas un acuerdo mucho más duro del inicialmente propuesto antes del referéndum, sino que además lo ha empujado a que aporte como garantía de la nueva deuda un conjunto de activos estatales valorados en 50.000 millones de euros. Alta condicionalidad (cese de Varoufakis, subida del IVA, recorte de las pensiones, automatización de las reducciones del gasto, privatización de la red eléctrica o reversión de la contratación de empleados públicos) y elevadas garantías para avalar la financiación lograda.
La derrota de Syriza ha sido absoluta, por mucho de que sus partidarios se agarren al desesperado asidero de que Tsipras jure haber logrado un compromiso de reestructuración de la deuda griega. Pero recordemos que semejante compromiso por parte del Eurogrupo siempre estuvo encima de la mesa, condicionado —como ahora— a que Grecia fuera cumpliendo sus compromisos. Lean, si no, el mensaje publicado por el Eurogrupo el 27 de noviembre de 2011, meses después de acordado el segundo rescate: “Los países de la Eurozona están dispuestos a tomar las siguiente medidas: rebajar en 100 puntos básicos el tipo de interés pagado por los préstamos recibidos por Grecia (…); alargamiento de los plazos de los préstamos en 15 años y un retraso en el pago de intereses de 10 años (…). Sin embargo, el Eurogrupo recalca que la deuda griega sólo se beneficiará de estas reformas de manera gradual y condicionada a una completa implementación de las reformas que el país ha suscrito”. Tsipras, por tanto, no ha logrado nada nuevo a lo que había: si cumples, las condiciones financieras mejorarán; si no, se quedarán tal cual.
Mas si la pésima estrategia negociadora diseñada por Varoufakis no ha logrado ninguno de los objetivos ambicionados —más bien al contrario: ha terminado abocando a Grecia a aceptar condiciones más duras de las iniciales—, sí ha implicado unos brutales costes para el país. En primer lugar, la economía griega llega medio año paralizada como consecuencia de la incertidumbre sobre su futuro generada por Syriza. Segundo, la credibilidad y la confianza del Gobierno griego, y de buena parte de sus ciudadanos, frente al resto de Europa ha saltado por los aires y tardará mucho tiempo en reconstruirse. Tercero, probablemente la coalición gobernante esté herida de muerte toda vez que ha padecido una humillación innecesaria en caso de haber cedido a tiempo, dejando en consecuencia un Ejecutivo debilitado e inestable. Y, por último, el corralito bancario provocado por Syriza ha supuesto la puntilla para la economía y para la propia banca griega: las transacciones se han paralizado —y van a seguir paralizadas— durante semanas, las compañías se han descapitalizado, las importaciones se han congelado suspendiendo las operaciones de muchas empresas helenas y la propia banca ha experimentado unas pérdidas extraordinarias que le han abierto un agujero de 25.000 millones de euros.
En definitiva, la estrategia negociadora de Syriza desde que llegó al poder ha sido un arrogante disparate, propia de iluminados vanidosos que se creyeron los embustes con los que estaban engañando a sus ciudadanos. Un elevadísimo coste político, social y económico del populismo para terminar consiguiendo un acuerdo mucho peor al que tuvieron desde un comienzo a su disposición. “Dignidad”, lo llamaban.
Una política exterior liberal se pone a debate durante la presentación del prof. Bastos en la Universidad de Verano de 2015.
Eduardo Fernández Luiña analiza el fenómeno del populismo con una interpretación politológica.
Álvaro Vargas Llosa analiza la importancia del mito y el relato en las ideologías, y concretamente su importancia en el populismo.
Francisco Capella nos apunta en esta participativa presentación “De la razón a la aberración: una autocrítica de errores liberales” algunos errores lógicos de autores liberales.
Un dirigente de Podemos, en un debate en la Complutense, desdeñó el liberalismo como “ideología”. Reprodujo la vieja patraña marxista según la cual las ideas de los comunistas son ideas, teorías o incluso, pásmese usted, ciencia, pero las ideas de los demás son ideología, que es una combinación de error y de intereses espurios e inconfesables. Se comprende que las dictaduras socialistas hayan reprimido a tantas personas sólo por su forma de pensar.
Lo recordé al leer una declaración de doña Laura D’Andrea Tyson, expresidenta del Consejo de Asesores Económicos del Presidente de EEUU y profesora en la Universidad de California en Berkeley, que rechazó la antinomia entre Estado y mercado por ser una “cuestión ideológica” que pone el énfasis en la oposición entre política y libertad, y añadió:
La pregunta equivocada es: ¿cuán grande debe ser el Estado? La pregunta correcta es: ¿[hay que] desarrollar programas públicos eficientes para ofrecer bienes y servicios públicos que ni el sector sin ánimo de lucro ni el mercado pueden suministrar?
Se podría argumentar que la teoría de los fallos del mercado, sustento de semejante fantasía, es insatisfactoria, como se han ocupado de destacar Ronald Coase y otros, que refutaron el supuesto aval científico de quienes aseguran saber lo que el mercado puede hacer o no.
Sin embargo, lo más escalofriante es que para doña Laura Tyson, y para tantos intoxicados por la fatal arrogancia neoclásica, el tamaño del Estado no importa, es decir, la libertad de los ciudadanos no importa, y podrá ser quebrantada sin un límite preciso, porque en realidad es sólo un problema técnico. Así, se juntarán los expertos más avezados, como por ejemplo ella misma, que no por nada es doctora en Economía por el MIT, nada menos, y determinarán en qué grado vamos ser libres.
Para que no queden dudas, añadió que el Estado debe convertirse en “inversor de capital riesgo” y, sobre todo, dedicarse a la propaganda, dado que, asombrosamente, hay muchas personas que están hasta las narices de la opresión fiscal, económica, política y legislativa que padecen a manos de los gobernantes. Esto es algo peligroso, advierte alarmadísima la doctora Tyson, que hay que remediar mediante las convenientes campañas de propaganda que ayuden a “restablecer la confianza del público en el propio Estado”.