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Por qué temen a Nicolás Maduro

Poco importa que en Venezuela se detenga y encarcele a un político incómodo, que se haga lo propio con un alcalde opositor, que se silencie a la prensa no adicta al régimen o que la policía abra fuego contra los manifestantes, al final nadie más allá de los infelices que menudeamos por las redes sociales y de unos cuantos –no muchos– periódicos occidentales dirá esta boca es mía. La impunidad de la que goza el Gobierno de Nicolás Maduro es tan absoluta que bien podría mañana cerrar a cal y canto las fronteras –algo así ha hecho ya con el cepo cambiario–, poniendo a la Armada a patrullar la costa para que nadie escape y no pasaría nada. Reconozcámoslo, es así, pase lo que pase en Venezuela, y ya ha pasado mucho, ningún Gobierno de ninguna parte del mundo va a dar gemido alguno.

Los mandarines de Caracas saben que algo muy superior a ellos mismos y a su triste miseria de ladrones de tres manos les protege de la crítica. Han sabido situarse en el lado bueno, el mismo en el que moraron los sátrapas soviéticos, el mismo en que felizmente sestea su apoderado habanero desde hace más de medio siglo, el mismo en el que terminan parando todos los bribones que aspiran a perpetuarse en el poder. Basta con colocarse a la izquierda de la izquierda, hacer continuos alardes revolucionarios y añadir a todo lo anterior la violenta verborrea que es tan cara a toda esta gentuza para blindarse de por vida. La sacrosanta soberanía, ya sabe. El mundo debe respetar al Gobierno cubano y sus desmanes pero, al tiempo, ha de indignarse y armar el cristo cuando los franceses, los austriacos o los holandeses votan a quien no debiesen de votar.

El totalitarismo siempre ha ejercido una inexplicable fascinación en los líderes del mundo libre. Sucedió en el periodo de entreguerras, cuando nazis, fascistas y bolcheviques chuleaban a Occidente, que permanecía callado y agachaba la cabeza por no se sabe bien que complejo de culpa. Con estos antecedentes es normal que Maduro y su gente se lo tomen con tanta tranquilidad. Estados Unidos y España guardan un espeso silencio con algún que otro quejido aislado al que inevitablemente le sucede una arenga televisiva del déspota y la llamada a consultas de los embajadores en Washington y Madrid.

El Gobierno de Obama trata de extremar la suavidad. Primero por el petróleo, y ahora que están cerca de la autosuficiencia porque algún geoestratega del departamento de Estado ha persuadido al presidente de que el animal de bellota ese de la boina roja tiene los días contados, que es todo cosa de sentarse y esperar a que caiga por su propio peso. En España la idea viene a ser la misma. Durante los años dorados de Chávez, que coincidieron con el zapaterato, la simpatía que inspiraba el experimento bolivariano entre algunos miembros del Gobierno –al ministro Moratinos me remito– desembocó en una pequeña luna de miel entre socialistas españoles y venezolanos. En el delirio aquel de la Alianza de Civilizaciones la Venezuela de Chávez, que lleva años a partir un piñón con el Irán de los ayatolás, era un complemento exótico y caribeño que vestía mucho en las cumbres mundiales.

Hoy ya no existe esa sintonía. Rajoy es un desastre, pero al menos carece de las devociones altermundistas y bananeras que tanto excitaban la imaginación de Zapatero y sus pajinas. Lo que temen en Moncloa es que Maduro tome represalias si se le incomoda. Temen que se líe la manta a la cabeza y se ponga a expropiar empresas españolas a diestro y siniestro. Así de lamentable. Esos empresarios sabían donde se metían y debieron descontarlo antes de invertir un solo euro en un país en el que su presidente, alegre y jaranero, expropia empresas por televisión. La revolución bolivariana no es cosa de ayer, los “rojos rojitos” llevan más de quince años enredando a su antojo y pasándose por el arco del triunfo la seguridad jurídica más elemental. Una parte considerable de las inversiones españolas en Venezuela se han hecho a sabiendas de lo que había allí. Si temen a una más que posible confiscación de sus activos en el país ya saben lo que tienen que hacer: desinvertir y largarse. Una vez se haya consumado el saqueo el Gobierno español que tome las medidas oportunas y denuncie el robo ante el tribunal internacional que corresponda.  

La cobardía es general. Los países hispanos están callados como tumbas y, por lo que se ve, tienen intención de perseverar en su silencio cómplice. Y para uno que salió valiente, Panamá hace un año, se quedó solo y tuvo que recular al cabo de pocos meses tras la ruptura de relaciones diplomáticas por parte de Caracas. Los palmeros de Maduro –Ecuador, Bolivia y Nicaragua– ejercen toda la presión posible en los órganos de la región sin que nadie se les plante. Que tres republiquillas de chichinabo dobleguen a gigantes como México o Colombia y les marquen la agenda es para replantearse desde cero para qué demonios sirven todos esos foros latinoamericanos, que ni son foros ni son latinoamericanos ni son nada más que reuniones de politicastros hipnotizados por la charlatanería y el alboroto de los nietos de Fidel Castro.

Cuando todo esto termine, que terminará más pronto que tarde porque el desbarajuste en Venezuela es absoluto, habrá que empezar a pedir explicaciones. ¿Por qué se dejó hacer a esta horda de bárbaros? ¿Por qué aceptamos como mal menor en Venezuela lo que nos parecería inaceptable para nosotros mismos? Tal vez los venezolanos tengan lo que se merecen, pero eso no quita para que los que creemos en una América próspera y libre deseemos que merezcan algo mejor. 

El debate sobre el estado del politicastrerío

¿Por qué lo llaman debate sobre el estado de la Nación cuando solo se habla del Estado? Lo ignoro, pero un año más la opinión publicada dedica ríos de tinta -o de bits, que ya estamos en el siglo XXI- en analizar la previa, retransmitir en directo -pobres redactores que tienen que escuchar a los políticos en vivo y picar sus citas en tiempo real- o escudriñar el resultado con todas sus claves, curiosidades y ganadores. Se vive estupendamente al calorcito de la declaración de político y dos días de monólogos en el Congreso de los diputados dan para llenar muchas tertulias. El trabajo del tertuliano es uno de los más duros que se conocen, por la mañana hay que ejercer de politólogo, por la tarde experto en moda que analiza las bufandas de Varoufakis y al siguiente de sismólogo. Y todos los días aderezarlo con comentarios sobre economía, aunque uno confunda deuda y déficit.

Pero dejemos a los periodistas y volvamos a los políticos. Para entender estos debates hay que tener en cuenta que todos los que se suben al púlpito sufragado con los impuestos de los contribuyentes quieren ser Mariano Rajoy. No asistimos a un debate sobre la Nación sino un escaparate más en el que el político se pavonea con la mirada puesta en las próximas elecciones para conseguir nuestro voto y así poder seguir exprimiendo al contribuyente, siempre por su bien. La mente del político es cortoplacista, infantil, su horizonte temporal es de cuatro años. Como mucho. Todo cuanto hacen y dicen tiene como objetivo conseguir, urnas mediante, el poder sobre nuestras vidas que otorga el BOE. Las ideologías, programas, medidas, subvenciones, imputados o pactos son lo de menos, lo importante es apuntalar ese estilo de vida parasitario a costa de los contribuyentes.

Habrán notado que este año el debate sobre el estado del politicastrerío ha subido de tono. No es para menos, el pastel no es más grande pero cada vez son más los aspirantes a quedarse con una tajada. Hemos visto a un Rajoy que, aupado sobre los hombros de un "ciclo expansivo", salió a por todas contra un PSOE que parece dar por amortizado. Tal vez, con la esperanza de que ese voto repartido entre UPyD, Ciudadanos y Podemos le permita -sistema electoral mediante- seguir disponiendo del BOE cuatro años más. Su base electoral parece más sólida y les ha robado el carrito de los helados asumiendo algunas de sus propuestas como la ley de segunda oportunidad. Desde luego, si yo fuera socialdemócrata -si creyera en la ficción estatal- votaría a Rajoy. Para repartir el botín del Estado primero hay que hacerlo viable. El PSOE ya lo ha arruinado en varias ocasiones, la experiencia de los asesores de Venezuela de Podemos no es halagüeña y los debutantes de colores -magenta y naranja- no tienen ninguna hoja de servicios que les avale (para lo bueno y para lo malo). La corrupción nunca es determinante en las elecciones, los votantes la entienden como un peaje merecido que se lleva el politicastrerío por redistribuir las rentas, ¡qué menos que un tres por ciento por semejante labor social!

Una vez que se cae en la trampa democrática, los votos se compran a través de beneficios otorgados por la política con el dinero de los contribuyentes y todos los políticos se disputan el puesto al mejor socialdemócrata, al mejor y más eficaz redistribuidor de rentas. Por eso, apenas hay diferencias entre los grandes partidos y por eso llegados al poder todos terminan haciendo, más o menos, la misma política. De espaldas al contribuyente y de cara al receptor de rentas, pagamos impuestos pensando que son otros los que nos financian con sus impuestos los servicios estatales que disfrutamos "gratuitamente". Gracias a esta ficción nos embobamos con el debate sobre el estado del politicastrerío. Solo prosperaremos cuando dejemos de prestarles atención y nos centremos en lo importante, en nuestras propias vidas sin preocuparnos por lo que hace el vecino en su jardín. ¿Acaso es otra cosa el liberalismo?

Una de Óscares, reivindicaciones y mujeres

La ceremonia de los Óscar de 2015 ha consagrado unos tostones de películas para mayor gloria de sus autocomplacientes directores y guionistas, con unas propuestas cinematográficas arriesgadas que han hecho las delicias de los críticos (algunos), pero no del público. Sólo la película El francotirador, de Clint Eastwood, que tampoco se caracteriza por perseguir éxitos comerciales, sino meramente por contar historias sin experimentos ni florituras narrativas o visuales, y por presentarnos personajes con aristas que se enfrentan a complejas luchas internas, ha recaudado en un mes más que las tres más renombradas juntas.

Que haya empleado jerga y expresiones absurdas y onanistas propias del ramo (sin demasiado éxito por mi parte) me conduce, eso sí, a una primera reflexión. Cada sector, para blindarse a la competencia y a la libertad –de los demás, se entiende- tiene que inventarse un lenguaje propio identitario: pasa con el nacionalismo, sí, pero también con los economistas, los Profesores, los intelectuales, qué decir de la clase política, así como con periodistas, culturetas y toda la ralea petulante de similar condición corporativista. El corporativismo sirve para creernos más y mejores, unos elegidos, pero también, y sobre todo, para ponerle el pie encima del cuello a cualquiera que ose hacernos sombra desde fuera… Si los odios son cainitas dentro del grupo, en entornos de juegos de suma cero en que hay que competir por algún favor gubernamental (subvención o cualquier otra clase de privilegio) y donde el café para todos no es posible, con los de fuera se es implacable. Las colusiones (acuerdos) entre todas las partes internas, pésimamente avenidas cuando no hay enemigo (común) a las puertas, son el pan de cada día. Las quejas por el “intrusismo profesional”, por no disponer de unas costosas licencias o no haber superado unas duras pruebas para aterrizar en ese sector se extienden airadamente. Como si al consumidor, al accionista o a la sociedad les interesara el titulito o los galones que cada uno exhibe. Les interesa a ellos (y a sus entusiastas familias), pues es a ellos a quienes confiere una situación monopolista y aniquiladora del mercado.

Dicho esto, cuanto más cine, documentales, piezas audiovisuales se hagan desde fuera, tanto mejor para la libertad individual y sin duda para la sociedad. Mucho mejor por la variedad de ofertas, mucho mejor por meter el dedo en el ojo a esta gente. Véanse los ejemplos de Uber o Airbnb para competir con taxistas y hoteleros.

Ya lo dijo el humorista Ricky Gervais en la entrega de un galardón en los Globos de Oro de este mismo año. Este personaje había sido maestro de ceremonias de Globos de Oro en 2011, granjeándose las enemistades y rencores de medio Hollywood por sus hirientes comentarios contra la vieja guardia, desempolvando los chismes que pululan en los tabloides y lanzando dardos envenenados contra quien por allí asomaba. El tipo, para mí, no es que tenga demasiada gracia, pero al menos suelta mandobles a diestro y siniestro, y eso es de agradecer en los tiempos que corren. Parece que le abrieron un hueco en los Globos de Oro de este año e hizo gala de su habitual mala leche en la entrega del premio a la mejor actriz de comedia o musical:

Nadie quiere verme insultar a ninguno de vosotros, celebridades ricas, guapas, superprivilegiadas. La gente común en sus casas no quiere escuchar que… vosotros sois mejores que la gente común… Y vosotros lo sabéis y ellos lo saben en su fuero interno (…) pero si hemos aprendido una cosa es que las personas famosas están por encima de la ley…, como debería ser…

Porque más daño que el envite del externo, el extranjero, el enemigo, lo hace la disidencia interna. Eso sí que es imperdonable. La unidad de discurso es sagrada y se yergue como protección frente al enemigo externo. Y el que se mueva no sale en la foto, ya se sabe. En muchos casos, porque tras ese movimiento o disensión, su única forma de aparecer en fotos futuras es previa invocación de su atribulado espíritu. Que se lo pregunten a Andreu Nin.

Y llegamos al meollo. Las mujeres. Si algo he de admitir, es que este asunto no ocupa ni dos segundos de mis preocupaciones al día. Seguramente porque sea introvertida y, en mi ensimismamiento, las categorías humanas a veces me estorban o, mejor dicho, me aportan información válida y útil para simplificar mis procesos de pensamiento, pero no les doy mayor relevancia. Soy yo y los demás, y tan sólo busco que esa interrelación sea lo más cordial, respetuosa, cooperativa y fructífera posible.

Pero las categorías, mal que nos pese, existen, y si un grupo de personas prefiere unirse en torno a elementos comunes que comparten (en lugar de cultivar su individualidad y romper viejos moldes) para arrasar a cualquiera que se ponga en su camino, mal vamos. Ese peligro tampoco debe perderse de vista, se sea introvertido o individualista. Aquellos seres que huyen de los colectivismos seguramente tengan dos salidas cuando estos peligros emergen: una mejor y otra peor. Que la cosa se pone realmente fea, lo más probable es que las facciones grupales luchen entre sí ferozmente en los primeros embates y el outlier pase desapercibido durante un tiempo, el suficiente para salir por piernas. Que la cosa es más sibilina, como nos explica el public choice, las clases medias desorganizadas son de las primeras en ser golpeadas y esquilmadas.

Patricia Arquette, quien se llevó un Óscar a la mejor actriz de reparto por Boyhood, película que todavía no he acabado de ver como largo culebrón que es en el que la falta de cualquier ritmo e interés me impiden perseverar, saltó al escenario del Teatro Kodak a ofrecer una arenga encendida en favor de los derechos de la mujer: “Luchamos mucho por nuestros derechos. Es el momento de que tengamos igualdad salarial e igualdad en los derechos de la mujer en Estados Unidos”. Estos saraos se han convertido en púlpitos para hacer reivindicaciones de lo más variopintas. En lugar de acudir a escenarios como el Speaker’s corner de Londres, allá que se destapan para concienciar mentes, mas exigiendo cambios legislativos, no olvidemos.

El tema de la mujer es complejo, como el de las razas o la condición sexual. Todos estos asuntos, por cierto, se pusieron de una forma u otra sobre el tapete durante los Óscar, dándole un entretenimiento que nunca tuvo por causas propias. Cualquier persona tiene derecho a hablar de estos temas en libertad, se nos dice, pero cuando se abre la boca para decir algo que no gusta a determinados estamentos, la maquinaria de represión verbal y a veces física se pone en marcha sin descanso. Esta estrategia, por cierto, la ha adoptado también el nacionalismo en España. Al final, ellos pueden hablar con plena libertad para hacer avanzar su discurso (feministas). Si tú no eres del grupo, cállate porque nada tienes que decir (hombre). Si eres del grupo y eres un disidente (mujer), reza, que serás silenciado de una forma u otra… A esto se suma la extensión del discurso de lucha de clases a la de sexos, de razas y lo que se tercie.

El problema es el que es. No voy a insistir en por qué las mujeres, en promedio, ganan menos. Sólo hacerlo basándose en grandes cifras ya elimina los matices de cada situación particular. Mucho se ha dicho al respecto de manera acertada por quienes abogan por las decisiones empresariales libres. No es cuestión de productividad presente, sino de costes laborales y desincentivos que impone la legislación laboral, y que hace descontar a la baja al empresario su productividad futura, aun cuando no llegue nunca a manifestarse esa menor productividad. De hecho, cuanto más se “protege a la mujer”, más daño se está haciendo a su contratación y a su remuneración. Más tiene que protegerse el empresario de eventualidades futuras o, directamente, dejar de contratar. Si una mujer ha tenido un hijo, el empresario no puede prescindir de sus servicios en 9 meses tras su reincorporación, aunque esta persona solicite jornada reducida (que se ha de conceder). Imagínese lo que esto favorece la contratación y desarrollo de la mujer en el ámbito laboral. Al no hacerse un tratamiento individualizado y tener que descontar todos los costes laborales y jurídicos adicionales así como los riesgos legales, acaban pagando todas las mujeres. Si no todas las mujeres desean tener el mismo número de hijos o dedicarles el mismo cuidado ni son igual de productivas, por qué hay que colectivizar los sueldos a la baja de todas.

Pero lo más preocupante para mí es la peligrosa mezcla entre reivindicaciones de la sociedad civil (siempre las habrá) y el esfuerzo deliberado de estos grupos para que esas visiones particulares se impongan y se generalicen mediante la ley, en lugar de intentar persuadir con la palabra sobre la bondad de su estilo de vida.

Lo grave, pues, es que el sistema democrático haya confundido un sistema de elección de gobierno que se dice más incruento con que todos los asuntos humanos hayan de debatirse y acordarse de manera consensuada y colectiva. Así, en el momento que una visión se impone a la otra y sale victoriosa del juego democrático, se genera automáticamente una restricción de las libertades, de opciones y alternativas en la sociedad, limitando consecuentemente la diversidad y la experimentación. El Estado ha ido absorbiendo ámbitos de decisión privados, desde la seguridad a la caridad, la protección social, la provisión de servicios culturales y sociales como la educación y la sanidad (¡o los Goya!), la regulación de sectores productivos como los energéticos o las telecomunicaciones (y a veces también su provisión) o el manejo de la política monetaria. Lo que hay detrás son políticas redistributivas que persiguen, de inicio al menos, algún ideal igualitario. Pero este trasiego de confabulaciones entre estos grupos y los partidos políticos se lleva por delante cualquier destello de libertad y de variedad.

Que todo se dirima en la arena política emponzoña las relaciones humanas, las vicia, crea víctimas y verdugos, enemigos irreconciliables. Y esto es casi lo más repugnante del sistema político en que vivimos. Que la limitación del ámbito decisión y actuación nos enfrente continuamente a unos y a otros. La gente ya no se ocupa de sus asuntos y sí de los de los demás. La gente acaba decidiendo en común, acotando el espectro de posibilidades, en torno a cuestiones como nuestra forma de vida, aquello que enseñamos a nuestros hijos o a quién es conveniente contratar y por cuánto. Y al final de esta confrontación sólo puede salir victoriosa una única visión, que se impone a los demás, creándose un tremendo resquemor y odio por parte de los perdedores en la refriega, en lugar de que cada uno, libremente, experimente y desarrolle distintos planos de su vida conforme a sus intereses sin generar ningún tipo de escasez: todos buscando sus propios fines sin interferir por ello en los ajenos. Pueden ganar todos y no forzar a que unos ganen (los que ayudan a los demagogos a mantener el poder) y otros pierdan. Esto, señores y señoras, que no se limite por fuerza ninguna opción legítima y que, además, los individuos puedan buscar sus metas de forma armoniosa y respetuosa con otras visiones en un juego de suma positiva, es lo que algunos califican como el malvado mercado.

Por las mismas, la restricción de opciones es el caldo de cultivo para el corporativismo (lobismo) que denunciaba más arriba. Estos entornos inmovilistas cerrados a la competencia y al cambio se atrincheran porque la tarta del reparto es limitada y porque, fuera de su zona de confort, se sienten impotentes e inseguros ante los cambios que lluevan desde el exterior. Serán uno más de entre muchos en un páramo incierto. Se les acaba la certidumbre. Se les acaba el chollo.

Se traza la alianza perfecta: Hago avanzar mi ideario. Genero escasez de forma deliberada, de manera que las contrataciones, los pesos relativos de hombres y mujeres (cuotas) o de otros grupos sociales en sitios clave de la sociedad se cuestionan desde la política y el sistema de decisión colectivo, alcanzándose un resultado inamovible del que nadie puede escapar. Opciones restringidas. Ipso facto. Quien ose salirse de esas reglas del juego (“que nos hemos dado todos”, que dicen por ahí para amargor de quienes nos vemos obligados a escucharlo) se topará con el aparato represor del Estado y de la opinión pública. Y, de paso, que me caigan unas cuantas prebendas y subvenciones por el camino, que suele ser un motivo bien poderoso que da sentido y vida a los grupos de presión…

Triste pero cierto. No me interesa el tema de la “mujer”. No me interesa si a otras mujeres les interesa. Ese es su ámbito particular de pensamiento, decisión y acción, y es muy respetable. Lo que no es libre ni respetable es que tomen algún tipo de decisión en mi nombre, que cualquiera de esas decisiones pueda desviarme de mis propios intereses y deseos, y que se haga lo mismo con las metas de cualquier otra persona, haya tenido la suerte o la desgracia de nacer con el sexo políticamente inconveniente.

Syriza se arrodilla ante la Troika

Tras varias semanas de postureo por ambas partes, el nuevo gobierno de Syriza ha parido finalmente la ratonil lista de reformas a cambio de la cual se prorroga la extensión del plan de rescate de la Troika (perdón, de "las instituciones"). Pese a toda la retórica antiausteridad con la que Syriza se encaramó al poder, al final la radical izquierda helénica se ha quedado en un servil propio de Bruselas (hasta el punto de que, al parecer, la lista de reformas fue redactada por un eurócrata de la Comisión Europea).

A continuación les adjunto un resumen de las más llamativas:

  • Subida efectiva del IVA: Syriza acepta "racionalizar" los gravámenes del IVA para "maximizar los ingresos" por la vía de "limitar exenciones y descuentos no razonables". Por tanto, probablemente no veremos subidas en los tipos, pero sí reclasificación de productos (en línea con lo que también ha hecho Rajoy en España).
  • Subida del IRPF: Nuevamente, se habla de "modernizar el impuesto sobre la renta" y de "eliminar exenciones". No habrá probablemente subidas de tipos nominales pero sí efectivos: como cuando Rajoy eliminó la deducción por compra de vivienda habitual o limitó la de aportaciones a planes de pensiones.
  • Lucha enérgica contra el fraude fiscal: Aunque a los adalides de la supremacía estatal todo lo que suene a "combatir el fraude fiscal" les encanta, reparemos por un momento que el fraude en materia de IVA suele concentrarse en las rentas bajas y, sobre todo, que el fraude en el impuesto sobre la renta y sobre la Seguridad Social se concentra en Grecia entre los trabajadores autónomos (el 50% de ellos ni siquiera cotiza). Por tanto, una efectiva lucha contra el fraude significará unabrutal subida de impuestos, especialmente para los más desfavorecidos. Así debe ser como Syriza lucha contra la "crisis humanitaria": sableando a las clases medias y bajas cual déspota montoril.
  • Rebaja de las pensiones: Evidentemente, la carta no lo expresa de este modo, pero su significado es obvio. Syriza se compromete a "establecer una mayor relación entre las contribuciones a la Seguridad Social y la renta". Como se ha hecho en España, se alargará el período de cómputo de la base reguladora y se reducirá el porcentaje aplicable a la base reguladora. Resultado: menores pensiones per cápita.
  • Alargar la edad de jubilación: Como es obvio, tampoco se expresa de manera clara en la carta (la transparencia ante el pueblo no es el fuerte de Syriza), pero no otra cosa significa "eliminar las lagunas y los incentivos que dan lugar a una excesiva tasa de jubilaciones anticipadas por toda la economía". De nuevo, calcado a lo que ha hecho Rajoy: trabajar más y cobrar menos.
  • Consolidar los planes privados de pensiones como forma de reducir los gastos de la Seguridad Social: Sí, ha leído bien, Syriza promoverá el uso de los planes privados de pensiones para evitar que los gastos en la Seguridad Social sigan creciendo. Supongo que a esto se referirán muchos cuando hablan de "desmantelar y privatizar por la puerta de atrás el Estado de Bienestar para promover el negociete de los bancos". Bueno, si es así, en Grecia disponen de todo un referente al respecto.
  • No readmisión de los funcionarios despedidos por los anteriores gobiernos: Syriza se compromete a no bajar los sueldos de los funcionarios pero tampoco tiene permitido incrementar el gasto total en salarios públicos. O dicho de otra forma, ni subidas salariales ni nuevas contrataciones (salvo para reponer la plaza de algunos de los funcionarios que se vayan jubilando). Como Rajoy, vaya.
  • Recortes en educación, sanidad y asistencia social: Syriza se compromete a "revisar y controlar el gasto en todas las áreas de la administración (educación, defensa, transporte, ayuntamientos y beneficios sociales)". Asimismo, también habla de "controlar el gasto sanitario y mejora la provisión de servicios de calidad, asegurando el acceso universal". El lenguaje típicamente troikiano (idéntico al utilizado por Rajoy para aprobar sus propios recortes) apunta, como poco, a que los recortes anteriores se mantendrán cuando no ahondarán. No habrá más gasto en servicios sociales, de modo que es de suponer que la "crisis humanitaria" provocada por el austericidio en materia de política social seguirá tal cual.
  • Mantener todos los compromisos de privatizaciones de activos públicos: Las privatizaciones ya acordadas se mantendrán en las condiciones aprobadas por los anteriores gobiernos (¿Syriza ratifica el reparto caprichoso de "lo público" acometido por la "cleptocracia anterior?). Los proyectos de privatización no se cancelarán, si bien podrán revisarse las condiciones preliminarmente acordadas.
  • La Troika decidirá cuándo se sube el salario mínimo: Aquí sí son bastante claros cuando dicen que "la magnitud y el momento de cambiar el salario mínimo se consultará con los socios europeos y las instituciones internacionales, incluyendo la OIT, así como de una nueva autoridad independiente que evaluará si los cambios en los salarios van en línea con la mejora de la productividad y de la competitividad". Primero aumento de la productividad, luego aumento de los salarios mínimos. Lo mismo que hemos venido escuchando en España desde hace años.
  • Se mantendrán los desahucios: Aunque la carta habla de que "se colaborará con la dirección de los bancos y con las instituciones [Troika] para evitar ejecuciones de la vivienda principal por debajo de un umbral de renta" (umbral no especificado) y de que "se tomarán medidas para apoyar a las familias más vulnerables que no pueden pagar sus deudas", ambas actuaciones están restringidas a no perjudicar la capitalización de los bancos ni el déficit público (nada distinto, por cierto, a lo que ya viene sucediendo en España con el código de buenas prácticas bancarias aprobado por el PP). En materia de desahucios, de lo que se trata es de repartir un agujero entre familias, bancos y gobierno: si nos dicen ni bancos ni gobierno se van a comer ese agujero, ¿quién cree que lo seguirá asumiendo? Obvio: las familias. No en vano, la misma carta enfatiza la necesidad de "promover una intensa cultura del pago de las deudas familiares". No habrá simpa, sino mucho compa.
  • Lucha contra la crisis humanitaria sólo sobre el papel: El último de los epígrafes contenidos en la carta recalca el compromiso del gobierno griego de luchar contra la crisis humanitaria que asuela al país. Es una loable declaración de intenciones que, sin embargo, tiene un problema: no va acompañada de dotación presupuestaria. A la postre, la condición que ha aceptado Grecia para implantar este programa es "garantizar que la lucha contra la crisis humanitaria no tendrá efectos fiscales negativos". Vamos, que nada nada de déficit para financiar la medida estrella de su campaña electoral.

Súmenle, además, a esta lista de reformas el "compromiso inequívoco" que asumió la propia Syriza en el Eurogrupo del pasado viernes sobre la necesidad de "cumplir con todas las obligaciones financieras plenamente y en el momento acordado".

A la vista de todo ello, Syriza queda irreconocible: una mera calcomanía del Pasok y de Nueva Democracia salvo acaso porque para muchos Tsipras sea más simpático y empático que Papandreu o Samarás. Pero, en última instancia, ni aumento del gasto social, ni rebaja de los impuestos, ni readmisión de funcionarios, ni "desprivatizaciones", ni reestructuración de la deuda. Nada. Tan sólo han quitado a unos de la poltrona para ponerse ellos. Casta y neocasta.

Eso sí, recuerden siempre que estamos hablando de un gobierno griego: nadie se sorprenda si Syriza, como ya hicieran el Pasok y Nueva Democracia, no cumple ni uno solo de sus compromisos. El papel lo aguanta todo.

Luis de Molina y las consecuencias no queridas

Como hacía tiempo que no les escribo sobre nuestros Doctores de Salamanca, voy a resumirles aquí un pequeño artículo, a propósito de Hugo Grocio y los maestros escolásticos, que hace poco llevé a un Congreso en la universitaria ciudad del Henares. Estudiaba sus citas en el libro De iure belli ac pacis (1625), donde Grocio recoge los textos de más de veinte doctores, entre ellos Luis de Molina.

De este ilustre jesuita (autor de un famoso De iustitia et iure, 1602-1603), encontramos quince referencias en la obra de Grotius. La mayoría tratan sobre la guerra, sus causas y consecuencias, tratados, reparaciones, castigos, represalias, etc. También aparece citado a propósito de los derechos de propiedad o de la sucesión de los príncipes al trono.

Pero, sobre todo, quiero destacar ahora la referencia a Molina en unas interesantes consideraciones que escribe Grocio respecto a lo que hoy denominamos como las "consecuencias no queridas de una acción", que nuestro jurista holandés explica de esta manera: "En tercer lugar hase de observar que al derecho de obra siguen muchas cosas indirectamente y fuera del propósito del agente, a lo cual de suyo no habría derecho". La verdad es que la vieja traducción española de 1925 es un poco deficiente, por lo que la completo con la expresión de Grocio (escrita al margen) en la edición inglesa: "Some things may by consequence be acted without any injustice, which would be no ways lawful had they been purposely and originally designed".

Y a continuación, explica mejor esta idea:

Así una nave llena de piratas y una casa llena de ladrones puede ser acometida a cañonazos, aun cuando dentro de la nave o de la casa haya algunos niños, mujeres u otros inocentes a quienes se ponga en peligro.

Y nos remite a la disputatio CXXI de Luis de Molina:

… porque si es lícito matar accidentalmente a los inocentes, esto es, con la intención de perjudicar, no a ellos, sino a los enemigos, cuando así lo exijan las circunstancias de la guerra y se juzgue conveniente a la obtención de la victoria… con mucha mayor razón se podrá hacer todo lo que dijimos cuando lo exija el estado de guerra y ello sea necesario para obtener la victoria".

Esta referencia a Molina y la "ley de las consecuencias no queridas" me permite recordarles el interés que despertaron nuestros doctores escolásticos entre los miembros de la Escuela Austríaca. Particularmente, Hayek habla de ellos en su obra Derecho, Legislación y Libertad, a propósito de una idea parecida: el estudio de las "actividades que son el resultado de la acción humana, pero no del designio humano". Para los austríacos, esta sutil diferencia es fundamental en su comprensión de la ciencia económica, un tipo de saberes que no sigue las leyes inexorables de la física o las matemáticas; sino que precisamente está sujeta a los procesos de libertad, toma de decisión, acierto o error que tienen todos los actos humanos. Como gran inspirador de esas ideas en la época moderna, Hayek se refiere al filósofo escocés Adam Ferguson, quien escribió sobre estas mismas cuestiones en su obra An Essay on the History of Civil Society (1767). Sin embargo, Hayek señala que los primeros antecedentes sobre ellas se encuentran en Luis de Molina y en su explicación sobre cómo se forman los precios en el mercado (siguiendo la expresión escolástica de la "communis aestimatio").

Éste sería un ejemplo perfecto de ese tipo de fenómenos que son "el resultado de la acción humana, pero no del designio humano": efectivamente, el ajuste del precio en un sistema abierto de competencia no puede "planificarse" desde ninguna mente rectora u organismo omnicomprensivo… Se produce por la actuación libre de compradores y vendedores (siempre que no haya dolo o engaño) y, por ello, tanto desde un punto de vista moral como técnico, es un precio justo.

Pues bien, para justificar esta afirmación, el economista austríaco nos remite a otra de las disputationes de Molina en su De iustitia et iure, en este caso la número CCCXLVII, que por su interés voy a copiar en extenso:

Para conocer si la compra-venta es justa o injusta se atiende, fundamentalmente, al precio. Por esta razón, examinaremos en esta disputa las clases de precio que existen y, en la siguiente, aquellos elementos que nos ayudarán a juzgar más fácilmente si el precio es o no injusto.

Las cosas tienen un precio justo, que viene fijado por la autoridad pública mediante ley o decreto público… La generalidad de los doctores, juntamente con Aristóteles (5 Ethic. c. 7), llama legal o legítimo a esta clase de precio, significando que se trata de un precio puesto por la ley. Ciertamente el precio legal es indivisible, de forma que si a cambio de la mercancía que se vende se recibiera más de dicho precio, la venta sería injusta y debería restituirse el exceso. Lo que acabamos de decir debe entenderse de cuando la ley que estableció el precio legal fue una ley justa, lo que veremos más adelante.

Otro precio es el que las cosas tienen por sí mismas, independientemente de cualquier ley humana o decreto público. Aristóteles, en el lugar citado, y muchos otros autores llaman a éste precio natural. Le llaman así no porque no dependa en gran medida de la estima con que los hombres suelen apreciar unas cosas más que otras, como sucede con ciertas piedras preciosas, que a veces se estiman en más de veinte mil monedas de oro y más que muchas otras cosas que, por su naturaleza, son mucho mejores y más útiles; ni tampoco le llaman así porque dicho precio no fluctúe y cambie, puesto que es evidente que cambia; sino que lo llaman natural porque nace de las mismas cosas, independientemente de cualquier ley humana o decreto público, pero dependiendo de muchas circunstancias con las cuales varía, y del afecto o estima que los hombres tienen a las cosas según los diversos usos para los que sirven. Debido a que este precio no solo obedece a la naturaleza de las cosas, sino que también depende de múltiples circunstancias con las que varía y, más importante aún, del libre afecto y estima de los hombres hacia las cosas, se caracteriza por no ser indivisible y presentar un cierto margen dentro del cual se cumple con la justicia, incluso cuando se consideran todas las circunstancias que concurren en el mercado".

La valentía y la libre iniciativa

En disciplinas vinculadas a las ciencias sociales, cuesta encontrar emprendedores. Las razones son variadas. Que no exista un público susceptible de demandar el producto final suena a excusa fácil. En otras ocasiones, porque el libro, cinta cinematográfica u obra teatral, puede resultar incómoda políticamente hablando, lo que limita significativamente su difusión.

Rechazando de forma deliberada las dos justificaciones anteriores, el periodista catalán Sergio Fidalgo se ha lanzado a publicar un libro con un título contundente: Me gusta Catalunya. Me gusta España. Además, lo ha hecho pagando la edición de su propio bolsillo. Loable iniciativa tanto por la brillantez del resultado como por el contenido de la obra, en la cual parte de una premisa innegociable: Cataluña y España son conceptos complementarios, nunca antagónicos o excluyentes.

Asimismo, los motivos por los que merece destacarse este trabajo tienen que ver con su desenvoltura. En efecto, Fidalgo es valiente y da voz, a través de la técnica de la entrevista, a personalidades importantes que no están por la secesión obligatoria. Al respecto, periodistas, académicos, políticos y profesionales liberales desfilan a lo largo de casi 400 páginas. Todo ellos apuestan por una España con Cataluña y desmontan las trampas con las que el nacionalismo catalán ha conquistado numerosos corazones.

Por este motivo, una buena labor de patriotismo sería fomentar la presentación de esta obra en aquellas comunidades autónomas para las que la unidad de España es un hecho incuestionable. En este sentido, uno de los puntos en que coinciden los entrevistados por Fidalgo radica en la necesidad de lograr apoyo moral del resto de españoles porque la acometida separatista supone el reto más importante en el corto plazo. Dicho con otras palabras: las intenciones nacionalistas se verán fortalecidas si el resto de la Nación opta por el hastío o el hartazgo.

Así, la Asamblea Nacional de Cataluña o el Omnuim Cultural parecen haber perdido el frente internacional. Aún con ello, su discurso no ha variado un ápice, si bien el principal aliento procede desde las filas de los equidistantes o de quienes por acomplejamiento han legitimado el victimismo del nacionalismo catalán.

Igualmente, mientras el proselitismo oficialista abanderado por CIU y ERC (propagado a través de entidades públicas y privadas que manejan ingentes cantidades dinero) apuesta por la división y la fractura, el proyecto de Fidalgo persigue sumar y respetar. Para ello, emplea el lenguaje como arma para facilitar la convivencia: ni lo adultera ni lo pervierte. De esta tesis es buen ejemplo el título, en el que aparece la palabra España, bien proscrita en Cataluña, bien suplida por vocablos abstractos ("Estado español"), bien empleada sólo como sujeto de la oración (mantra) "España nos roba".

Por tanto, pude afirmarse que el camino iniciado por Sociedad Civil Catalana tiene su continuación con este libro. Aquélla viene realizando una labor ímproba y en los próximos días será premiada por el Parlamento Europeo. Su eslogan "juntos y mejor" simboliza los anhelos de la Cataluña real. Se trata de una estrategia constante, sin bandazos y sin caer en el fácil recurso de sacar conejos de la chistera.

En esto último se ha convertido en un especialista Artur Mas; su penúltimo truco ha sido la convocatoria de elecciones para el 27 de septiembre, las terceras en cinco años, todo un récord en la España autonómica. La obligatoria pregunta es ¿qué sucederá si no logra una "mayoría excepcional" en dichos comicios? La dinámica de los últimos tiempos incita pensar que se producirá nueva llamada a las urnas. ¿Haría algo parecido si la respuesta fuese NO en un hipotético referendo independentista?

En definitiva, a través de la obra de Sergio Fidalgo hallamos una excelente radiografía de lo que ocurre en Cataluña. Asimismo, este trabajo ilustra a las claras que la valentía es el mejor instrumento para defender y garantizar la libertad. Tomemos nota.

El capitalismo samaritano de Falciani y Monedero

Uno de los nombres de los últimos días, que seguro que nos acompañará en los próximos es Falciani, el hombre a una lista pegado. La polémica suscitada por el comportamiento del banco suizo HSBC, su ingreso en prisión y su liberación, las circunstancias que le rodean y los rumores que él mismo se ha ocupado de difundir, hacen de este ingeniero en sistemas informáticos, un héroe de nuestro tiempo.

El otro es el de Monedero, que el viernes dio explicaciones acerca de las acusaciones vertidas sobre él dignas de un héroe, en una polémica rueda de prensa.

La heroicidad necesaria

No hay historia de un país, de un pueblo o de una época, sin héroe que se precie. Esta figura, que recibe culto sin ser divino y vive entre mortales sin ser simplemente humano, porque encarna las virtudes de la sociedad y acrisola lo mejor de cada casa, tiene como misión realizar actos dignos de sí mismo: heroicidades. Estos actos heroicos en la Grecia antigua podían ser crueles, sangrientos, pero siempre eran ejemplares y necesarios.

Y así es Falciani. Contratado por el banco HSBC para afianzar la seguridad de su sistema informático, robó datos de su empresa para denunciar lo que él creía que era incentivar el fraude fiscal. No defiendo al banco si sus prácticas no eran las correctas, eso ante todo. Pero Falciani cometió un delito claro. ¿Importa? No, peor es defraudar aunque no se trate de tu país (él es monegasco). Todo el mundo sabe que el fraude es un mal social y que los delitos cometidos por su causa, como transgredir la propiedad privada de otros (en este caso la empresa en la que trabajaba), el incumplimiento del contrato, etc. son un mal menor y necesario en aras de un bien mayor. ¿Trató de lucrarse? No, no… bueno, igual un poquito, pero no importa, sigue siendo un héroe al que Estados Unidos, cual previsora Atenea, advirtió para que se quedara en España porque su vida corría peligro.

Lo de ir a Beirut como punto de partida a montar una empresa que vendiera los datos robados por amor a la humanidad, con un alias y encima no lograrlo, es un detalle mínimo, sin importancia, que va implícito en el carácter del héroe, del nuevo samaritano capitalista. Como si no fuera a sacar partido de su asociación con los poderes gubernamentales. De momento ya ha sido contratado (por un precio) por Podemos.

Las necesidades del héroe

Porque los héroes tienen sus necesidades. Y si Falciani necesitaba viajar al Líbano con su amante para vender sus datos, Monedero dejó muy claro dos cosas en su rueda de prensa: está consternado y necesitaba una empresa para funcionar.

No deja de ser conmovedor que un héroe de hoy, capaz de repetir dos veces en la misma frase lo humilde que es, que habla de sí mismo en tercera persona, que recalca su destino mesiánico cuando afirma que le encantaría estar menos expuesto pero que no depende de él, se sienta tan bloqueado, golpeado personalmente, en aquello que a un profesor le duele más: las dudas acerca de su currículo. Ni una frase sobre qué le parece que Leopoldo López siga en la cárcel o que hayan apresado a otro alcalde venezolano hoy. No, eso no es relevante. Es importante que mis expertos son los fiables y los tuyos no. Eso, y que soy experto y me pagan por eso. Y me pagan a precio de mercado, no me vaya a echar la culpa a mí. Eso sí, cuando un insidioso periodista le pregunta si le parece bien el precio de mercado el héroe contesta: la gente sufre, es el precio que imponen los mercados a los pobres y desgraciados. Y se sale del tema loando al Banco del Alba, ético a fuer de bolivariano, con la misma languidez que Luis Eduardo Aute pero con menos años y más estudios.

Y suma y sigue. En este país donde los políticos tienen las mismas miras y la misma consistencia en sus propuestas que una candidata a Miss Universo (“Si gano el concurso me dedicaré a difundir la paz en el mundo”), el cambio encarnado en Monedero llega una hora tarde a su propia rueda de prensa, sin ser nadie, como muy bien ha dicho el propio Monedero, y contrata al ladrón Falciani, que por no tener habilidad empresarial ha sido encumbrado por gobiernos que rapiñan dinero para seguir comprando votos.  Un panorama esperanzador.

La última lección de Oliver Sacks

Oliver Sacks publicó un artículo extraordinario en The New York Times sobre su muerte próxima. Tiene cáncer en el hígado, irreversible e imparable, como consecuencia de un melanoma en un ojo que hizo metástasis. Tiene 81 años y goza de una personalidad mucho más grata que su menguada salud.

Lo sorprendente del artículo es el tono sereno con que el autor reflexiona sobre su inminente desaparición. La muerte es un tema de mal gusto en Estados Unidos. La palabra cáncer suele ser sustituida por el absurdo circunloquio "una larga y penosa enfermedad". La gente "pasa a otra vida", se “va”. Vale la pena leer el clásico de Philippe Ariès, Historia de la muerte en Occidente, para entender cómo un hecho tan absolutamente natural como morirse, esa "costumbre que suele tener la gente" –dice la milonga argentina–, se ha convertido en un tema tabú.

Sacks es un médico neurólogo, nacido en Inglaterra, profesor de su especialidad en la Universidad de Nueva York. Hace tres décadas publicó un libro que de inmediato se transformó en un best sellerEl hombre que confundió a su mujer con un sombreroEn un lenguaje sencillo, propio de los sabios, contó 20 historias de personas que padecían otros tantos problemas neurológicos en el que abundaban las alucinaciones visuales y auditivas. 

Quienes disfrutan de las célebres conferencias TED pueden verlo y escucharlo. Por él descubrí que muchas personas normales tienen (padecen no es el verbo adecuado) alucinaciones que se diferencian de las que sufren los dementes. Las alucinaciones benignas son silentes y la persona no se siente amenazada. Las malignas, que afectan, por ejemplo, a los esquizofrénicos, son terribles porque las visiones y las voces interpelan agresivamente a quienes las experimentan.

Al final de la charla, el propio Sacks reveló que su cerebro, de vez en cuando, fabrica autónomamente figuras geométricas que se instalan en su imaginación sin consecuencias posteriores. Parece que se deben a los problemas de la vista que lo aquejan. El melanoma lo privó de la visión de un ojo y ve con gran dificultad por el otro. Los ciegos o casi ciegos son quienes con mayor frecuencia perciben estas alucinaciones benignas elaboradas por el cerebro.  

En todo caso, la existencia de este hombre ha sido extraordinaria, así que no me sorprende que se despida de ella de la misma manera. En lugar de llorar o rasgarse las vestiduras de dolor, hace un breve recuento de la dicha de haber vivido muchos años de apasionante creación, lucha y, a ratos, felicidad.

Inmediatamente, nos dice cómo va a emplear el tiempo que le queda y revela el cambio sustancial de sus prioridades. Lo que la víspera del fatal diagnóstico le parecía importante, súbitamente queda relegado a un segundo plano.

Creo que de las muchas lecciones que ha dado este excelente profesor, la mejor es esta última: enseñarnos a morir sin aspavientos, felices por haber sido criaturas inteligentes y sentientes (la palabra la acuñó el filósofo Xavier Zubiri) que hemos podido gozar de lo que ninguna otra especie ha percibido nunca: entre otras maravillas, la belleza, el humor, la ironía, el amor, el conocimiento del pasado o la anticipación del futuro.

Es muy curioso (y lamentable) que en Occidente interpretemos la muerte como una especie de desgracia o maldición evitable y no como lo que realmente es: el cierre de un ciclo por el que hemos tenido la inmensa suerte de pasar, pese a las escasas posibilidades que teníamos de nacer y convertirnos en seres humanos.

Nadie nos enseña nunca todo lo que es genuinamente importante: cómo vivir en pareja, cómo criar una familia, cómo cuidar y tratar a los hijos o a los ancianos de nuestro entorno, cómo ayudarlos a morir, cómo afrontar la soledad cuando esto sucede. Por último, cómo enfrentar las enfermedades y la muerte con naturalidad. Todo eso debemos descubrirlo por nuestra cuenta, a lo largo de la vida, cuando hubiera sido mucho más sencillo que nos lo enseñaran.

Como ha hecho Oliver Sacks, por ejemplo.

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