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La última lección de Oliver Sacks

Oliver Sacks publicó un artículo extraordinario en The New York Times sobre su muerte próxima. Tiene cáncer en el hígado, irreversible e imparable, como consecuencia de un melanoma en un ojo que hizo metástasis. Tiene 81 años y goza de una personalidad mucho más grata que su menguada salud.

Lo sorprendente del artículo es el tono sereno con que el autor reflexiona sobre su inminente desaparición. La muerte es un tema de mal gusto en Estados Unidos. La palabra cáncer suele ser sustituida por el absurdo circunloquio "una larga y penosa enfermedad". La gente "pasa a otra vida", se “va”. Vale la pena leer el clásico de Philippe Ariès, Historia de la muerte en Occidente, para entender cómo un hecho tan absolutamente natural como morirse, esa "costumbre que suele tener la gente" –dice la milonga argentina–, se ha convertido en un tema tabú.

Sacks es un médico neurólogo, nacido en Inglaterra, profesor de su especialidad en la Universidad de Nueva York. Hace tres décadas publicó un libro que de inmediato se transformó en un best sellerEl hombre que confundió a su mujer con un sombreroEn un lenguaje sencillo, propio de los sabios, contó 20 historias de personas que padecían otros tantos problemas neurológicos en el que abundaban las alucinaciones visuales y auditivas. 

Quienes disfrutan de las célebres conferencias TED pueden verlo y escucharlo. Por él descubrí que muchas personas normales tienen (padecen no es el verbo adecuado) alucinaciones que se diferencian de las que sufren los dementes. Las alucinaciones benignas son silentes y la persona no se siente amenazada. Las malignas, que afectan, por ejemplo, a los esquizofrénicos, son terribles porque las visiones y las voces interpelan agresivamente a quienes las experimentan.

Al final de la charla, el propio Sacks reveló que su cerebro, de vez en cuando, fabrica autónomamente figuras geométricas que se instalan en su imaginación sin consecuencias posteriores. Parece que se deben a los problemas de la vista que lo aquejan. El melanoma lo privó de la visión de un ojo y ve con gran dificultad por el otro. Los ciegos o casi ciegos son quienes con mayor frecuencia perciben estas alucinaciones benignas elaboradas por el cerebro.  

En todo caso, la existencia de este hombre ha sido extraordinaria, así que no me sorprende que se despida de ella de la misma manera. En lugar de llorar o rasgarse las vestiduras de dolor, hace un breve recuento de la dicha de haber vivido muchos años de apasionante creación, lucha y, a ratos, felicidad.

Inmediatamente, nos dice cómo va a emplear el tiempo que le queda y revela el cambio sustancial de sus prioridades. Lo que la víspera del fatal diagnóstico le parecía importante, súbitamente queda relegado a un segundo plano.

Creo que de las muchas lecciones que ha dado este excelente profesor, la mejor es esta última: enseñarnos a morir sin aspavientos, felices por haber sido criaturas inteligentes y sentientes (la palabra la acuñó el filósofo Xavier Zubiri) que hemos podido gozar de lo que ninguna otra especie ha percibido nunca: entre otras maravillas, la belleza, el humor, la ironía, el amor, el conocimiento del pasado o la anticipación del futuro.

Es muy curioso (y lamentable) que en Occidente interpretemos la muerte como una especie de desgracia o maldición evitable y no como lo que realmente es: el cierre de un ciclo por el que hemos tenido la inmensa suerte de pasar, pese a las escasas posibilidades que teníamos de nacer y convertirnos en seres humanos.

Nadie nos enseña nunca todo lo que es genuinamente importante: cómo vivir en pareja, cómo criar una familia, cómo cuidar y tratar a los hijos o a los ancianos de nuestro entorno, cómo ayudarlos a morir, cómo afrontar la soledad cuando esto sucede. Por último, cómo enfrentar las enfermedades y la muerte con naturalidad. Todo eso debemos descubrirlo por nuestra cuenta, a lo largo de la vida, cuando hubiera sido mucho más sencillo que nos lo enseñaran.

Como ha hecho Oliver Sacks, por ejemplo.

elblogdemontaner.com

Victoria Camps

La profesora Victoria Campsdarling del pensamiento único, no está en contra del capitalismo, menos mal, pero comparte la ficción de que no puede ser libre porque las personas somos indiferentes al interés general:

Una economía que fomenta el egoísmo, la competitividad y los beneficios materiales hace personas muy individualistas. Hay que ir a un capitalismo que priorice el bien común.

Esta extendida muestra de corrección política da por supuesto que el "bien común" es una cosa que no cabe alcanzar dejando a la gente en paz. Es evidente que, cuando la doctora Camps dice "hay que ir", no está formulando una recomendación a las personas libres, que éstas puedan seguir o no, sino a que los políticos la impongan sobre las personas libres. Es decir, está suponiendo que el bien común es algo que resulta propiciado si las personas son menos libres, lo que resulta muy difícil de demostrar, y de hecho doña Victoria no se atreve ni a confesarlo abiertamente.

En vez de ello, elípticamente proporciona unas supuestas informaciones que avalarían el diagnóstico implícito: no se nos puede dejar en paz. Por ejemplo, un disparate clásico: "Los más ricos cada vez son menos y acumulan más riqueza y el resto cada vez se empobrece más", lo que es doblemente cuestionable, porque no es malo que los ricos se enriquezcan, por un lado, y por otro no es cierto que en el mundo los pobres sean cada vez más y cada vez más pobres. 

Otro bulo del pensamiento convencional es la suma cero, y la profesora se apunta con alacridad. Por ejemplo: "No hay trabajo para todos", como si el trabajo fuera una tarta y no una creación de riqueza por parte de los ciudadanos, que sólo obstaculizan los políticos, precisamente con las medidas intervencionistas que propugnan los bleeding hearts como doña Victoria.

Y el clásico "unos ganan mucho más y los demás perdemos", como si no hubiera forma de prosperar sin dañar al prójimo.

Ferran Adriá y el valor de la vanguardia

Hace unas semanas tuve ocasión de visitar la exposición dedica al Bulli, que tiene lugar en el Espacio Telefónica de la Gran Vía madrileña. Además, lo hice de la mano de un guía excepcional: el mismísimo Ferran Adriá.

Confieso que no me atrae especialmente la gastronomía, ni mucho menos la nouvelle cuisine o los platos raros, como los que al parecer se ofrecían en El Bulli. Sin embargo, no hace falta entusiasmo especial, basta un mínimo interés, para disfrutar de la inmersión en áreas de conocimiento hasta ahora inexploradas, como era para mí el mundo del Bulli.

Mucha gente considera estas líneas de actividad vanguardistas como un desperdicio de los recursos de la sociedad. No solo en el ámbito de la gastronomía, sino en otros muchos: nos cuesta apreciar el valor artístico de la escultura y de la pintura moderna; no hay quien aguante determinadas películas de cine, y no digamos ya si se trata de una obra de teatro o algo que se haga llamar así.

Pero lo cierto es que sigue habiendo vanguardia, sigue habiendo emprendedores dispuestos a dejarse la piel por hacer algo nuevo, algo nunca visto, para los que el reto diario es precisamente la novedad. Entre ellos, el cocinero al que va dedicado este comentario.

Si la vanguardia fuera un desperdicio de recursos y no creara riqueza (o sea, la destruyera), entonces estaría empobreciendo a la sociedad. Si esto fuera así, ¿cómo sería posible que siguiera habiendo actividades de vanguardia? Me explico: que la actividad de vanguardia no cree riqueza implica que no hay nadie dispuesto a pagar por ella algo más que el coste de los recursos necesarios para llevarla a cabo. Por tanto, cada vez que el emprendedor vanguardista realizara la actividad lo haría consumiendo sus recursos sin esperanza de recuperarlos, y su viabilidad tendría un límite claro. La vanguardia sería poco más que una heroicidad y una locura (¿alguna vez no lo ha sido?).

¿Es (o fue) El Bulli un desperdicio de recursos? No hay demasiadas dudas. La teoría económica nos enseña que cualquier transacción libre crea riqueza, por lo menos a priori. Así pues, cada vez que alguien comía en El Bulli y pagaba cantidades astronómicas por esa comida extraña y vanguardista que muchos no entendemos, se creaba riqueza para la sociedad.

Los platos que se servían en El Bulli exigían para su producción procesos completamente nuevos, que a su vez demandaban nuevas herramientas, nuevos componentes alimenticios y nuevas formas de hacer las cosas, que llegaban a afectar a la disposición de las cocinas o a la gestión de los equipos de diseño y producción: cada plato era un nuevo reto que exigía múltiples innovaciones.

La exposición del Espacio Telefónica detalla muchas de estas innovaciones. Por ejemplo, se ideó un sistema de símbolos para clasificar los alimentos que facilitara su localización. Asimismo, para garantizar la adecuada proporción de cada componente en una receta (y evitar constantes broncas, según el propio Adriá) se utilizaban sencillas formas de plastilina de forma que el aspecto del plato real debía resultar similar al confeccionado con las figuritas.

En muchas ocasiones, la elaboración del plato exigía la fabricación de nuevos instrumentos nunca antes vistos en las cocinas. Por ejemplo, para acelerar el trazo de líneas de salsa y conseguir que fueran más delgadas se empezó a utilizar el típico bote sifón para el kétchup de los perritos calientes, algo hasta ese momento impensable en la alta cocina, que para tan delicada actividad solo consideraba a la cucharilla instrumento digno.

Otras veces, la innovación estaba en la forma de presentar el plato. Al parecer, fue en el Bulli donde se empezaron a usar bandejas de pizarra para el emplatado de carnes, algo que ahora está generalmente extendido.

La gran mayoría de sus innovaciones posiblemente no hayan tenido recorrido más allá de las cocinas del Bulli. Pero unas cuantas sí que han abierto brecha, como se ha explicado en los párrafos anteriores, y han contribuido a democratizar los procesos culinarios al hacerlos más eficaces y, por tanto, baratos. Además, las propias recetas han pasado al acervo social, pues era política de este restaurante poner a disposición de todo el mundo las nuevas recetas una vez terminada la temporada, en parte para obligarse a nuevas innovaciones de cara a la siguiente. Ferran afirma esto muy gráficamente cuando dice que cada seis meses abrían un nuevo Bulli.

Así pues, comprobamos que, efectivamente, la vanguardia es capaz de generar riqueza para la sociedad. Y también constatamos que esta riqueza puede ser brutal: la riqueza generada por tan solo una de los cientos de innovaciones creadas en el Bulli tal vez supere los recursos "desperdiciados" en experimentar con todas las demás.

Pero ¿siempre es así? Vienen a la mente esos cuadros, esas esculturas, esos edificios, esas películas u obras de teatro que nadie entiende. Es muy difícil imaginar de qué forma han creado riqueza muchas de estas actividades. ¿De qué depende que la vanguardia sea o no un desperdicio de recursos?

El Bulli tiene una vez más la respuesta: allí la gente iba a comer voluntariamente, luego la vanguardia era sostenida por las decisiones libres de los clientes del Bulli. Si luego el señor Adriá los desperdiciaba en base a innovaciones absurdas, era problema del señor Adría, no de la sociedad. Y si el señor Adriá desperdiciaba más recursos de los que obtenía del restaurante, entonces éste tendría los días contados. Ferran Adriá tenía todos los incentivos para que sus innovaciones de vanguardia fueran exitosas, aunque lo fueran en un porcentaje muy pequeño, porque en caso contrario no podría sostener su actividad de vanguardia.

Cuando el 30 de julio de 2011 cerró el Bulli con una versión libre del Peach Melba, el plato número 1846 allí servido, lo que significaba era que ni siquiera el alto precio pagado por cada menú era capaz de compensar los costes de la vanguardia. A quien sorprenda esta afirmación, que recuerde que los costes son subjetivos y de oportunidad, no son los precios pagados por los alimentos. Dicho de otra forma, llegó un momento en que el famoso cocinero se hartó de pegarse palizas en la cocina (¿quizá ya no era un reto para él conseguir cosas nuevas en la gastronomía?) y prefirió dedicar su tiempo a otros menesteres más rentables para él.

Mire ahora el lector interesado si esas obras citadas más atrás y que nos parecen absurdas han sido financiadas por la gente voluntariamente, o más bien lo han hecho con sus impuestos, y encontrará cómo diferenciar la vanguardia creadora de riqueza de la que la consume. Pocas dudas hay, tanto a priori por ser libres las transacciones de los comensales del Bulli, como a posteriori por las innovaciones trasladadas a la sociedad, de que la del Bulli y Ferran Adriá fue una vanguardia del primer tipo. Y constituyen el mejor ejemplo de que cuando la vanguardia es sostenida libremente, genera una riqueza inmensa para la sociedad.

¿Qué esperamos de Ciudadanos?

Si lo de Ciudadanos va en serio –que no las tengo yo todas conmigo– podríamos, esta vez sí, empezar a hablar del fin del bipartidismo. Lo de Podemos, por más que se empeñen sus entusiastas seguidores, no es más que una mutación perrofláutico-bolivariana de la izquierda estadoespañolí de toda la vida. A nadie se le oculta que tres o cuatro horas después de concluido el escrutinio Pablo Iglesias y los que manden en el PSOE e IU –más la ensalada habitual de partidillos nacionalistas– llegarían a un acuerdo “de progreso” para repartirse el pastel en una nueva edición del tradicional partido anti PP que tan buenos réditos dio al socialismo zapaterino en el pasado. ¿Se acuerdan de lo del cordón sanitario aquel? Pues eso mismo.

Ahora bien, si por el centro-derecha entra con fuerza un segundo partido la cosa cambiaría significativamente. Los votantes de derechas, que en España hay un montón por más que El País insista –confundiendo como siempre los deseos con la realidad– en que el nuestro es un país de izquierda, tendrían, por primera vez en veintitantos años, dos opciones a elegir. Sería en cierto modo la vuelta a los años ochenta, cuando Adolfo Suárez y su CDS, aquel inventillo personalista que se sacó de la manga después de ser desalojado de la Moncloa de malas maneras, se apoderó del centro. El gran mérito del primer Aznar fue, de hecho, neutralizar la barquichuela suarista hasta hacerla naufragar en las municipales del 91. 

De eso muchos en el PP ya no se acuerdan. Llevan tantos años de alpaca, pisando moqueta, amorrados a la jugosa ubre del Estado que se les antoja imposible que un niñato advenedizo y para colmo catalán pueda meterse en sus predios y desgraciarles medio huerto. Aznar era bien consciente de que la derecha es un concepto muy vaporoso unido más por la negación que por cualquier otra cosa. Ser de derechas consiste esencialmente en no considerarse socialista. Así de simple. Por eso UCD fue siempre una jaula de grillos en la que unos barones que se creían propietarios de una marca determinada –conservadores, democratacristianos, liberales, tradicionalistas, etc– se disputaban el presupuesto a correazo limpio. 

Suárez, a diferencia de Aznar, fue incapaz de crear un partido propiamente dicho, por eso duró menos en la poltrona que un rollo de Scottex en un supermercado de Caracas. El acierto aznarista fue botar un navío que de los últimos veinte años ha gobernado doce, constituyéndose además en fuerza hegemónica e imbatible en regiones principales como Madrid o Valencia incluidas, naturalmente, sus capitales. Aznar apostó por convertir al PP en un partido conservador modernito, en la línea de lo que entonces era la derecha europea de Thatcher o Helmut Kohl. Una derecha más o menos liberal que recogía los vientos de cambio que soplaron con fuerza tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS.

Aznar, en definitiva, consiguió crear un marco ideológico propio para la derecha española. Un marco que Rajoy, esa calamidad absoluta puesta ahí a dedo por el propio Aznar, ha desmantelado poco a poco con concienzudo empeño. Hoy el PP no es más que una marca vacía, unas siglas que no representan nada pero que muchos siguen comprando porque no se ofrece otra cosa en las estanterías. Eso, claro, podría cambiar este mismo año. Y es ahí donde entra Ciudadanos, un partido nuevo, tanto o más inmaculado que su contraparte podemita, que, aunque nació para otra cosa, ha terminado encarnando el deseo de cambio de una parte del electorado de centro-derecha. Pero la España de hoy no es la de los años noventa. En el mercado electoral la demanda se ha movido hacia el socialismo boborrón del subgénero clientelar. Esto es un hecho que refrendan las encuestas. En un país de cuarentones estériles que van de jovencitos, criados en la cultura de satisfacer lo inmediato y convencidos de que responder de los propios actos es una fascistada, no podía suceder otra cosa. Los españoles desconfían del capitalismo, de la libre empresa y, en su mayoría, esperan que el Estado provea, no se sabe bien de donde, pero que provea. Al final la cultura de “los derechos” ha terminado por permear a toda la sociedad por más que muchos liberales se nieguen a verlo.

El reto de Ciudadanos no debería ser incardinarse en un orden que no es el suyo, un orden formado durante los años de Zapatero en el que cualquiera que no ofrezca la Luna siempre va a estar en inferioridad de condiciones. Albert Rivera y los suyos deben aspirar a crear un campo de juego, un relato que diría Monedero, en el que se sientan cómodos tanto ellos como sus votantes. En este punto es donde el liberalismo clásico entra en juego. El único antídoto válido para la epidemia socialista que padecemos es una generosa dosis de mercado, bajos impuestos, poca y buena regulación y Estado de Derecho genuino con los poderes bien delimitados. Los principios liberales, ladrillos con los que se han construido los países más libres y prósperos del planeta, son los únicos anticuerpos efectivos contra la tiranía a la que nos veremos abocados si ese frente amplio de izquierda filochavista y reaccionaria hasta la nausea se hiciese con el poder absoluto. En su mano está ser una segunda edición corregida del PP sorayo-rajoyano o erigirse como alternativa real al exquisito cadáver de la calle Génova. Solo tienen una bala, que no la desperdicien. 

¿Ciudadanos liberales?

España no es un país poblado por liberales. Al igual que en el resto de Europa, la mayoría de la población se ubica cómodamente en el consenso socialdemócrata: el auténtico pensamiento único, el que de verdad marca el terreno de juego político, es el Estado de Bienestar paternalista e hiperregulador. Por consiguiente, cualquier partido político que presentara un programa apreciablemente liberal estaría condenado a ser minoritario: acaso se trate de una tarea necesaria para el largo plazo, pero a buen seguro también ingrata en el corto.

Ciudadanos ha presentado esta misma semana los fundamentos de su próximo programa económico. Siendo Podemos la alternativa política socialista al establishment, muchos esperaban ver en Ciudadanos la alternativa política liberal al establishment. Error de base: en la actualidad, o eres alternativa política o eres liberal. Las dos cosas, por desgracia, no pueden ser a la vez.

El programa económico de una socialdemocracia moderna

Luis Garicano y Manuel Conthe expusieron el pasado martes las líneas maestras de sus propuestas económicas, organizadas en torno a seis ejes: la lucha contra el paro y el endeudamiento familiar, la promoción de la inversión y la innovación empresarial, el nuevo sistema fiscal, la reforma de la educación, la lucha contra la corrupción y la limitación del clientelismo corporativista. Todos ellos problemas que cualquier liberal reconoce como tales y para los que promueve cambios profundos: liberalizar el mercado de trabajo, permitir la libre entrada y ejercicio de la función empresarial, bajar impuestos y gasto público, aceptar la libertad de elección en educación, minimizar el poder discrecional en manos de políticos y burócratas, y suprimir subvenciones y privilegios regulatorios.

Si bien esta semana Ciudadanos únicamente presentó sus propuestas con respecto al primero de esos ejes —la lucha contra el paro y el endeudamiento familiar—, la base de sus reformas se limitan a pulir de incentivos perversos el marco estatista actualmente existente: contrato único con indemnización creciente para no desincentivar el trabajo indefinido, mochila austriaca para no sobreconcentrar los despidos en los recién llegados, créditos fiscales para complementar las rentas salariales de los trabajadores con bajos sueldos, bonificaciones empresariales en las cotizaciones a la Seguridad Social para premiar la estabilidad de las plantillas, cheques formativos para que el parado escoja dónde recibir formación y en qué materias obtenerla y una ley de segunda oportunidad que facilite la renegociación de sus pasivos a los deudores de buena fe.

Todas ellas medidas razonables dentro del marco político socialdemócrata pero alejadas de las que propondrían los liberales: contrato laboral librelibertad de pacto de la indemnización por despido, reducciones de impuestos y de cotizaciones a la Seguridad Social (especialmente las referidas al desempleo y a la formación) y libertad contractual para determinar la extensión de la responsabilidad personal en el repago de las deudas. El contraste es más que evidente, no sólo por el alcance, sino por el enfoque: no se trata de que Ciudadanos se quede a medio camino por cuanto contemporice con un electorado insuficientemente liberal, sino que toma una dirección distinta de aquella recomendada por el liberalismo; es decir, no más libertad y autonomía personal (salvo acaso en el cheque formativo), sino más diseño paternalistamente centralizado de los arreglos contractuales buscando minimizar las ineficiencias y los incentivos perversos generados por la regulación estatal.

Más que en la radicalidad de las medidas hay que fijarse en la ideología subyacente a las mismas: el liberalismo promueve la libertad y la responsabilidad individual; la socialdemocracia, el intervencionismo estatal so pretexto de proteger al individuo y a la sociedad de sí mismos. ¿A qué marco ideológico se adscriben las medidas propugnadas por Ciudadanos? Diría que resulta obvio.

Contra cleptocracias y populismos

Que Ciudadanos no haya optado por un programa liberal no es sorprendente: si aspira a tener opciones de gobierno, no puede hacerlo. Y, a la vista del panorama política circundante, necesitamos partidos políticos con voluntad de gobierno que muestren ideas no suicidas y que actúen como freno frente al exbipartidismo cleptocrático y al neopartidismo populista. Ciudadanos tal vez pueda jugar ese papel y, si así fuera, constituiría una buena noticia para los liberales en el corto plazo: no porque su programa (al menos el conocido hasta la fecha) despierte entusiasmos proliberales, sino porque al menos supone una amenaza —y una alternativa— a la degeneración antiliberal promovida por la casta y por la neocasta.

Lo prioritario ahora mismo es parar los golpes que unos no nos han dejado de propinar durante más de 35 años y otros aspiran a pasar a hacerlo con igual contumacia. Por desgracia, con una de las ciudadanías más antiliberales de Europa, el liberalismo no es ahora mismo una alternativa de gobierno verosímil para España: probablemente podamos darnos con un canto en los dientes si de momento evitamos mayores recortes a nuestras libertades.

El imprescindible papel reivindicativo del liberalismo

¿Mas acaso lo anterior no implicaría caer en la trampa de un pragmatismo político que enterraría cualquier cambio institucional de fondo en el largo plazo? ¿Acaso apostar por el mal menor y no por el bien mayor no nos condena a atascarnos en el statu quo y a renunciar a los ideales liberales? No: justamente porque el liberalismo tiene una identidad propia que merece ser reivindicada como un proyecto ideológico y político independiente, hay que ser meridianamente claros —y críticos— a la hora de reivindicar las reformas liberales frente a las no liberales. Ahora bien, lo anterior no debería cegarnos a la hora de analizar la realidad tal cual es, reconociendo cuáles de los distintos escenarios futuros posibles son peores, malos y menos malos. El idealismo coloca la mirada en el horizonte y uno no puede distinguir los obstáculos de su alrededor manteniendo los ojos fijos en el horizonte.

Que el liberalismo no sea probable en la actualidad no debería llevarnos ni al desánimo ni al sectarismo: ni a tirar la toalla para abrazar los principios aliberales de aquellas formaciones con opciones de gobierno, ni a obcecarnos con que todas las alternativas aliberales son igual de nefastas. El contexto nos impone su agenda: y, precisamente, la misión de los liberales debe ser la de intentar cambiar el contexto para que otros no nos impongan su agenda. Pero esa crucial batalla de las ideas no debería llevarnos a ser absolutamente indiferentes con el resultado de las refriegas políticas que nos rodean siempre que, en particular, existas opciones aliberales menos negativas que otras.

Los excesos, cuanto antes se purgan menos traumáticos resultan

La pasada -y tristemente aún presente- crisis económica acaecida en España es un fantástico ejemplo ilustrativo de lo importante que es tener un marco institucional sólido que garantice seguridad jurídica y respete los derechos de propiedad y los contratos voluntarios, así como unos mercados flexibles y dinámicos que permitan una rápida y poco traumática transición del modelo productivo cuando este sea manifiestamente insostenible. Son muchos los ejemplos que podemos encontrar de que la economía española adolece de esas características tan necesarias para la prosperidad económica pero puede que el mercado de la vivienda sea probablemente uno de los mejores ejemplos para ilustrarlo.

Como muchos saben, el precio de la vivienda en España subió de forma vertiginosa desde finales de los años 90 hasta el año 2007, llegando incluso algunos años a subir a tasas de doble dígito. La caída, inevitablemente, iba a ser muy significativa. Hoy mismo podemos leer que el precio de la vivienda de segunda mano por fin parece que ha tocado suelo y ha mostrado signos de un ligero alza. Desde el 2007 el valor medio del metro cuadrado acumula una caída acumulada de un 58%. Las viviendas de segunda mano se han revalorizado en tasa interanual por primera vez desde el ejercicio 2010. Por tanto, podemos hablar del fin en la caída del precio de la vivienda. Y, ¿cuántos años ha tardado la vivienda en ajustar su precio? Pues unos interminables 8 años, casi una década. Por poner en contexto esta cifra, en Estados Unidos se produjo en el estado de Florida una caída del precio de la vivienda cercano al 50% en apenas 12 meses desde el pinchazo de la crisis subprime.

¿Por qué lo que en Estados Unidos apenas tarda un año en ajustarse aquí tarda cerca de 8? La diferencia es gigantesca y además es algo fundamental. El problema fundamental que ha sufrido la economía española para que este ajuste sea tan lento (y por ello más costoso si cabe) es la negativa de la banca de afrontar la cruda realidad económica. Sin el rol de la banca en su intento de contener el precio de la vivienda, el precio se habría ajustado de forma mucho más acelerada. Han sido los bancos los que, por interés, se han negado a reconocer que el valor de mercado de las viviendas que formaban parte de sus balances no valían lo que decían sus libros. Han sido los bancos los que, de manera coordinada, han evitado un ajuste rápido que diese salida al inmenso stock de vivienda que se había acumulado en sus balances. Daba igual que eso significase no vender apenas pisos. Todo con tal de ganar tiempo. Pero, ¿para qué querían ganar tiempo los bancos españoles? Como dicen los anglosajones, esta es la estrategia de “extend and pretend” o alargar y pretender. Patada hacía delante pero de arreglar el problema, nada. Lógicamente, la nada competitiva banca comercial española (con las ya extintas Cajas de Ahorro) no existiría en una economía de libre mercado.

Cuanto más libres son las economías, más flexibles son a la hora de reajustar el valor de los activos. El proceso de ajuste de activos, desapalancamiento financiero, es una sana y muy necesaria vuelta a la realidad tras los ciclos económicos que provoca el intervencionismo estatal en materia monetaria y bancaria. Cuanto menor es el tiempo en que se produce ese ajuste, menor es el sufrimiento de los agentes económicos. No saber quién es solvente y quién no y cuál será el ajuste final de ciertos activos es fundamental. Los españoles hemos necesitado 8 años para saber que la vivienda estaba sobrevalorada en más de un 50%. De haberlo sabido en un año, los bancos habrían hecho el doloroso ejercicio de reconocer la realidad rápido, sus balances habrían mostrado su insostenible realidad a todos los agentes y, aunque pueda parecer contraintuitivo, permitiría estar hoy en día en una situación mejor. Pero sucedió justo lo contrario. Los bancos, por el fortísimo interés que tenían en no reconocer su situación de insolvencia y necesidades de recapitalización demoraron a sabiendas el ajuste del precio de la vivienda y retrasaron -parcialmente- la recuperación económica de nuestra economía. Ojalá en la próxima crisis -que con el sistema actual la habrá- tengamos unos mercados más libres que permitan que los agentes se ajusten con rapidez y no nos encontremos con zombis insolventes con ningún interés en que la cruda realidad esté a la vista de todos.