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Venezuela: la tragedia de los recursos naturales

Los problemas que está atravesando Venezuela son notorios. Las cifras de su economía son más difíciles de refinar que su crudo (de baja calidad por su alto contenido de azufre): problemas extremos de liquidez, acumulación de vencimientos, desabastecimiento galopante del 55%, PIB per cápita cayendo, pobreza del 27,3% y aumentando, inflación que ya supera el 63%, importaciones notables y crecientes, devaluaciones de moneda (el mercado ya la está repudiando), escasez de divisas y expropiaciones. Es actualmente uno de los países con menos libertad económica del mundo y el segundo país más violento del mundo con casi 70 homicidios por día en 2014.

Ciertamente, Venezuela sufre la "maldición de los recursos naturales". Hay países que en un momento dado descubren un recurso natural que resulta ser muy valorado por los seres humanos, en este caso fuentes de recursos no renovables como el petróleo.

[Recordemos que el valor de los bienes económicos es subjetivo y no intrínseco, en el sentido de que depende de la abundancia de ese determinado bien y principalmente de la valoración que los seres humanos tengan del mismo. El petróleo era denominado "la maldición de Texas" hasta descubrirse su importante utilidad para satisfacer necesidades humanas].

Estos recursos se suelen presentar y considerar como una increíble oportunidad a nivel económico. Y, sin embargo, en infinidad de casos esto ha significado el empobrecimiento y deterioro de las condiciones materiales y sociales de los países.

Sin ir más lejos, en el caso de Venezuela ha llevado a la descomposición institucional y a la descomposición social.

Descomposición institucional porque el gobierno ha utilizado el recurso para subvencionar y comprar a la población y, de esta manera, perpetuarse en el poder sine die. De forma oportunista, los gobiernos han sometido al país al petróleo, haciendo de éste la principal actividad económica del país y concentrándolo en sus manos.

El privilegio a este sector ha supuesto la progresiva destrucción del resto de sectores productivos de la economía venezolana, hasta el punto de ser prácticamente inexistentes. Los ingresos del gobierno venezolano provienen en un 96% del petróleo, por lo que podemos decir que el país es un petro-estado.

No hay tejido ni vida empresarial por lo que el destino del país está ligado exclusivamente al petróleo. Esta tragedia se aplaza parcialmente en el tiempo si el precio del barril se sitúa a precios muy elevados que permitan gastar de forma desmesurada para llevar a cabo sus políticas populistas. Venezuela ha disfrutado de precios de hasta 140-150$ barril, lo que ha permitido enmascarar sus políticas bolivarianas empobrecedoras y derrochadoras.

¿Pero qué sucede cuando el barril disminuye hasta 50$ barril o menos? Pues básicamente que es imposible cubrir ese gigantesco déficit y descomunal desequilibrio de las cuentas nacionales. Se estima que Venezuela necesita que el barril se sitúe en más 120$ para cubrir sus gastos. Lo que significa que el país está en la más absoluta bancarrota.

Ligada a la descomposición institucional está la descomposición social. Deriva de que el gobierno bolivariano es dueño absoluto de facto de la economía del país. Sin tejido productivo y actividad económica los ciudadanos sólo tienen incentivos de aproximarse al poder y ganarse su favor. Es la única forma posible de prosperar y sobrevivir. Aumenta la corrupción, el clientelismo, los favores, las subvenciones y la compra de votos.

La política ha sustituido a la economía. El rent-seeking es lo único viable y rentable. Lo que hace que el gobierno sea cada vez más totalitario y represor, alcanzando cotas inasumibles.

Qué duda cabe que existen países que han convertido los recursos naturales en oportunidad para incrementar su crecimiento y bienestar, véase Estados Unidos, Australia o Canadá entre otros. Estados Unidos ha desarrollado la técnica del fracking y ya es independiente energéticamente, lo que ha hecho que combata la crisis mejor y más rápido que el resto de zonas de mundo. Asimismo, hay países muy prósperos que no poseen recursos naturales, véase Suiza.

Y es que la riqueza de las naciones no depende de sus recursos naturales, sino de establecer marcos institucionales que permitan el crecimiento y progreso económico. Pero Venezuela escogió otro camino: el de dilapidar toda la riqueza proveniente del oro negro. Ha destruido las instituciones y la actividad productiva del país. Una vez los ingresos del petróleo se han mostrado insuficientes, Venezuela tiene un serio problema. Venezuela lo tiene crudo.

@jmorillobentue

La economía brasileña pasa de la esperanza a la desesperación

¿Recuerdan las loas y aplausos al "modelo económico" brasileño? Durante años, el gigante sudamericano fue uno de los mercados de moda entre los inversores europeos y estadounidenses. Raro era el informe de perspectivas económicas que no incluía a Brasil entre los países más prometedores del globo.

Sin embargo, el paso del tiempo ha sacado a la superficie las importantes carencias de la economía brasileña. Hay tres datos que certifican el enfriamiento del desarrollo:

  • En primer lugar, el déficit por cuenta corriente ya supera el 11% del PIB. Para un país emergente que hasta hace poco basó su "modelo económico" en un fuerte aumento de las exportaciones, estos niveles son escandalosamente elevados.
  • En segundo lugar, la inflación para 2015 rondará el 7%. En una economía que está saliendo del subdesarrollo, este ritmo de aumento de los precios se comporta como un factor de empobrecimiento entre las clases más humildes, actuando también contra la acumulación de capital vía ahorro o inversión.
  • En tercer lugar, la deuda pública ya se acerca al 65% del PIB. Solamente entre 2013 y 2014 este indicador saltó del 57% al 63% del PIB, al hilo de un creciente déficit fiscal que ya llega al 6,7% del PIB.

El cuadro fiscal brasileño es aún peor si nos atenemos a las estimaciones que ha publicado Moody’s. La agencia de calificación ha estudiado el balance de las empresas públicas y los programas de pensiones del Estado, llegando a la conclusión de que la "deuda oculta" del país elevaría las obligaciones totales de las Administraciones brasileñas a niveles del 100% del PIB.

2014 y 2015: crecimiento cero

El ministro de Finanzas brasileño, Joaquim Levy, admitió en el Foro Económico Mundial 2015 que la economía brasileña "apenas crecerá en 2015". De hecho, el Ejecutivo de Dilma Rousseff ha señalado que este deterioro obligará a asumir nuevas medidas fiscales, basadas en aumentar la presión fiscal y reducir el gasto público.

De acuerdo con los estudios publicados por el Banco Central de Brasil, el PIB apenas aumentará un 0,5% a lo largo del presente ejercicio. Conviene recordar que en 2014 apenas se dio una expansión del 0,15%, por lo que Brasil encadena ya dos años sin apenas crecimiento justo ahora que la tasa de inflación se enquista en el 7%.

Rousseff, a la desesperada

El deterioro que está experimentando la economía del gigante sudamericano es tan pronunciado que el Ejecutivo de Dilma Rousseff ha aprobado medidas de urgencia en diferentes campos. Por ejemplo, ha revisado al alza los impuestos especiales aplicados a la gasolina o a los productos de cosmética. Los ajustes anunciados por el gobierno también llegan a las pensiones y el subsidio de desempleo. En ambos casos, las prestaciones van a ser rebajadas con la esperanza de que las cuentas públicas empiecen a corregir las desviaciones de los últimos años.

El agujero fiscal no es el único problema al que se va a enfrentar Rousseff. Brasil también está lidiando con una crisis energética, especialmente tras los apagones que sufrió buena parte del país en la jornada del lunes 2 de febrero. Levy ya explicó en Davos que el país está estudiado medidas de "racionalización del consumo eléctrico".

El petróleo, otro dolor de cabeza

Hay más. Brasil también está lidiando con la caída en los precios del petróleo, otra fuente de incertidumbre para la economía brasileña. Este complejo ajuste viene acompañado del escándalo que rodea a Petrobras, el gigantesco conglomerado petrolero estatal. Al hilo de esta crisis institucional, toda la cúpula directiva de la empresa dimitió el pasado miércoles 4 de febrero.

¿Qué es y qué efectos tiene un Quantitative Easing?

El Banco Central Europeo acaba de anunciar una "flexibilización cuantitativa" (Quantitative Easing) por importe de 1,1 billones de euros: algo más que todo el Producto Interior Bruto de España. Al entender de muchos, esta "inyección de dinero" en la economía es la clave de nuestra recuperación, pero para evaluar realmente sus efectos conviene conocer tanto su naturaleza como sus atribuidas consecuencias.

¿En qué consiste exactamente?

El Quantitative Easing no es más que la compra de ciertos activos bancarios por parte del banco central. Imagine que el BBVA adquirió hace unos meses un bono del Tesoro español por un importe de diez millones de euros y con un plazo de vencimiento a diez años; imagine, además, que el BBVA se arrepiente de haberlo comprado o simplemente está necesitado de mejorar su liquidez. En tal caso, y dado que todavía falta una década para que el Estado español le devuelva el dinero que previamente le ha prestado, el BBVA tenía hasta ahora dos opciones: la primera, pedir un crédito al BCE aportando como garantía ese título de deuda pública (como quien pide una hipoteca garantizándola con su casa); la segunda, vender la deuda pública a otros inversores privados.

El problema de la primera vía para mejorar la liquidez del BBVA es que se trata de una mejora temporal que conlleva, además, un coste financiero: el crédito que el Banco Central Europeo le concede al BBVA vencerá en un plazo breve de tiempo (un mes, un trimestre o, en el mejor de los casos, tres años) y, además, obliga al BBVA a pagarle un interés periódico al BCE. Es decir, en el fondo el BBVA no está mejorando estructuralmente su liquidez: su saldo de tesorería aumenta sólo de manera temporal y al coste de soportar un cierto coste financiero.

La segunda vía es, en principio, más interesante para el BBVA: vende el bono de deuda pública a otro banco (por ejemplo, Bankia), de modo que se deshace definitivamente de él y, por tanto, se mejora de forma estructural su liquidez sin necesidad de abonarle continuamente intereses a Bankia. Ahora bien, desde un punto de vista macroeconómico, esta transacción tiene un defecto: sí, el BBVA mejora su liquidez… pero lo hace a costa de que Bankia empeore la suya (Bankia tiene que reducir sus disponibilidades de efectivo para comprarle la deuda pública a BBVA). ¿Qué hacer, pues, si nuestro objetivo es que algunos agentes económicos puedan mejorar su liquidez sin que nadie empeore la suya? Aquí entran los Quantitative Easing.

Mediante las flexibilizaciones cuantitativas, es el banco central quien compra la deuda pública (u otra deuda privada) en manos de los bancos privados. ¿Y cómo la compra? Imprimiendo nuevos billetes de euro expresamente para ello (en realidad, incrementa el saldo de la cuenta corriente que los bancos tienen en el BCE, pero el efecto es exactamente el mismo que imprimir nuevos billetes). Por consiguiente, y siguiendo con nuestro ejemplo anterior, el BBVA puede mejorar estructuralmente su liquidez sin que nadie la empeore porque el banco central crea nueva liquidez con la que sanear su balance.

¿Qué efectos supuestamente tiene?

Según se nos dice, los Quantitative Easing poseen varios efectos que redundan en beneficio del conjunto de la economía y que permitirían reanimarla.

Para empezar, contribuyen a reducir los tipos de interés: si el banco central aumenta la demanda de determinados títulos de deuda, el tipo de interés de esos títulos de deuda cae (por simplificar: comprar un título de deuda es equivalente a prestar al deudor de ese título de deuda, y a mayor oferta de préstamos, menores tipos de interés). En sí mismo, esto ya constituye un estímulo para aquellas entidades cuyos títulos de deuda adquiere el banco central: los menores tipos de interés abaratan su coste de financiación (paradigmáticamente, el Tesoro público podrá endeudarse de manera más asequible, liberando recursos para otras partidas del gasto).

Segundo, la situación financiera de los bancos privados mejora: sus inversiones ya no están tan "atascadas" o "comprometidas" en créditos a largo plazo, sino que son reemplazadas por efectivo recién impreso por el banco central.

Tercero, la combinación de menores tipos de interés y del manguerazo de liquidez a los bancos debería incrementar la concesión de nuevos créditos a la economía productiva. Por un lado, el balance de los bancos es más sólido tras la flexibilización cuantitativa y, por tanto, disponen de mayor capacidad para extender nuevo crédito. Por otro, los bajos tipos de interés de cierta clase de deuda (por ejemplo, de la deuda pública) constituyen un incentivo para que la banca busque nuevos caladeros donde invertir su dinero: si la cómoda y segura compra de deuda pública ya no es un negocio (porque las flexibilizaciones cuantitativas del BCE han anulado su rentabilidad), a los bancos no les quedará otro remedio que asumir mayores riesgos y prestar a familias y empresas el nuevo dinero que han recibido del banco central. Además, dado que habrá un torrente de bancos deseosos de prestar a familias y empresas, los tipos de interés del crédito privado caerán, con lo que más gente querrá endeudarse.

Cuarto, el aumento del crédito al sector privado permitirá incrementar el consumo y la inversión con base a la deuda. Mayor gasto privado tenderá a reavivar la economía y, de este modo, no sólo a reanimar la "actividad" sino también a elevar los precios, ahuyentando así el terrible fantasma de la deflación.

Quinto, parte de ese gasto a crédito se filtrará hacia el exterior y, para ello, habrá que vender euros y comprar dólares, libras o yenes, con lo que estas últimas divisas se apreciarán frente al euro (es decir, el euro se depreciará). Y, además, como todo el mundo anticipará esta depreciación del euro, los especuladores tenderán a acelerarla, liquidando sus posiciones en euros o incluso adoptando posiciones cortas en la moneda europea.

Y sexto, la mayor disponibilidad de crédito barato, el mayor gasto interno, las subidas de precios, la depreciación de la moneda y la expectativa de que estas condiciones de laxitud y bonanza se mantendrán tanto tiempo como sea necesario para relanzar el crecimiento económico constituirán un marco macroeconómico en el que los agentes se sentirán cómodos para volver a endeudarse, a invertir, a consumir, a expertos y a contratar a más trabajadores. Todo un éxito.

¿Cuáles son sus contraindicaciones?

Como debería resultar evidente, si los Quantitative Easings fueran tan maravillosos, no habría gobierno alguno en el mundo (ni siquiera los más sádicos con su población) que dejaran de aprovecharse de ellos. Pero claramente éste no es el caso: los Quantitative Easings son la excepción, y no la norma, de la política monetaria de un país. En tiempos normales, el motivo es claro: cuando la economía está creciendo merced al impulso de unos bancos que prestan y de unas familias y empresas que se endeudan, echar más leña al fuego sólo contribuye a recalentar excesivamente la economía y a que suban los precios más de lo deseado.

Sucede que actualmente no estamos en ese escenario: los bancos no prestan, familias y empresas no piden prestado, los precios caen y nadie gasta. Por tanto, actualmente el Quantitative Easing parece constituir un necesario impulso a una economía estancada que no va acompañado de efectos adversos. Pero no tan rápido: aunque el Quantitative Easing no vaya a provocar a medio plazo nada parecido a una elevada inflación (no hablemos ya de hiperinflación), eso no significa que no pueda tener otras consecuencias perjudiciales.

El primer efecto es que el banco central pierde margen de maniobra a la hora de gestionar su moneda: el valor del euro se determina diariamente en los mercados en función de su demanda y de su oferta. Con los Quantitative Easings, el banco central no sólo incrementa la oferta de euros en un momento en el que muchos inversores prefieren tener euros en efectivo a deuda a largo plazo denominada en euros, sino que se esclerotiza a la hora de regular esa oferta en el futuro: si dentro de unos años el público rechazare mantener sus saldos en efectivo y comenzare a gastarlos en bienes de consumo o de inversión, sí podría desatarse una alta inflación en los bienes de consumo o en los activos que el banco central no podría frenar salvo disparando exageradamente los tipos de interés.

O dicho de otra manera, el Quantitative Easing esteriliza los instrumentos tradicionales con los que cuenta el banco central para administrar su provisión de financiación al sistema financiero. Como reconocen los propios ex jerarcas de la Fed, la estrategia de entrada en el Quantitative Easing está muy clara; la estrategia de salida está de momento en pañales. Como la pasta de dientes, sacarla del tubo es muy fácil; volverla a meter, puede ser muy complicado.

El segundo efecto es que los bajos tipos de interés no tienen por qué estimular un nuevo ciclo de endeudamiento que relance la economía, salvo acaso entre las Administraciones Públicas. Estas últimas sí siguen plenamente interesadas en mantener unos déficits públicos desbocados cuyo coste trasladan impunemente a las generaciones futuras: menores tipos de interés de la deuda pública a buen seguro facilitarán su indisciplina a costa del contribuyente. Distinto es el caso de familias y empresas: si éstas siguen altamente endeudadas con respecto a su capacidad futura de generar riqueza, facilitarles de forma artificial el endeudamiento no las llevará normalmente a redoblar sus pasivos, por lo que el efectivo inyectado por el banco central a la banca privada permanecerá en las cajas fuertes de esta última. Se puede llevar el caballo al río (facilitar el endeudamiento), pero no se le puede obligar a beber (a endeudarse).

Ahora bien, lo anterior no significa que la reducción de tipos de interés del Quantitative Easing carezca de efectos adicionales: los tipos de interés no sólo influyen a la hora de determinar el volumen de nueva deuda, sino también a la hora de determinar el precio de los activos y el ritmo al que se amortiza la deuda pasada. Instituir un clima de tipos de interés bajos puede que no relance el nuevo crédito, pero a buen seguro sí ralentizará la velocidad a la que familias y empresas reducen anticipadamente su deuda pasada (la deuda a tipo de interés fijo será mucho más cara de recomprar en el mercado; la deuda a tipos variables dejará de pagar intereses, por lo que no interesará amortizarla) y fomentará un incremento del precio de los activos financieros vía aumento del múltiplo sobre sus beneficios presentes (como en parte ya ha sucedido en la bolsa estadounidense).

Es decir, la reducción de tipos de interés de la flexibilización cuantitativa consolidará un contexto económico de alto endeudamiento y de activos sobrevalorados: lejos de facilitar el reajuste económico —consistente en minorar nuestra deuda y en asignar el capital hacia los proyectos verdaderamente más valiosos— lo dificultará.

En tercer lugar, si los menores tipos de interés de la flexibilización cuantitativa sí estimularen una mayor concesión de nuevo crédito (tal como desean sus impulsores), fijémonos en que lo harían empujando a los bancos a que asumieran mayores riesgos de los que ahora mismo creen prudente asumir. La idea, como ya hemos explicado, es que el Quantitative Easing mate la rentabilidad de los activos seguros para que así los inversores se lancen de cabeza hacia las relativamente más rentables pero inseguras inversiones. Más deuda y más riesgo. Por ende, mucha mayor fragilidad financiera: justo la receta que nos condujo al desastre de la crisis actual y por lo cual muchos de los que ahora defienden las flexibilizaciones cuantitativas se han cansado de exigir una mayor regulación del sistema financiero.

En cuarto término, y ligando los dos puntos anteriores, si el Quantitative Easing estimula una mayor concesión de créditos a tipos de interés más bajos, todos aquellos empresarios que se hayan financiado previamente a tipos de interés más altos verán su deuda como una desventaja competitiva. Si tus rivales se han financiado al 2% mientras tú has de seguir pagando durante años el 6%, es obvio quién tiene las de ganar (y no: justamente porque las flexibilizaciones cuantitativas elevan el valor de mercado de las deudas, quien se ha financiado al 6% no puede refinanciarse al 2% salvo trasladándole a su acreedor las pérdidas derivadas de esa quita de intereses). Por tanto, no sólo se financian proyectos empresariales más inseguros, sino que se concede una artificial ventaja competitiva a los proyectos más inseguros frente a los más seguros.

Y, por último, tampoco la depreciación del tipo de cambio, especialmente con la magnitud que está adoptando la del euro, tiene por qué ser positiva. Desde hace años el mundo está sumergido en una silenciosa guerra monetaria (China contra EEUU, EEUU contra Europa, Japón contra EEUU y China, Europa contra todos…) que en algún momento nos ha perjudicado a todos. Ahora parece que le toca el turno a Europa: hundir el euro para vender más allende los mares y para estimular el gasto interior a costa de las importaciones. El problema de este tipo de depreciaciones es que impiden la construcción de una división internacional del trabajo verdaderamente duradera: la especialización de cada región del planeta no se determina por su ventaja competitiva estructural frente al resto, sino por la transitoria manipulación monetaria que se imprima. Ciego hoy tú, ciego mañana yo.

En suma, las flexibilizaciones cuantitativas son un chute de liquidez que el banco central introduce dentro del sistema bancario. Los sujetos claramente beneficiados por ese chute de liquidez son los propios bancos, las Administraciones Públicas, los antiguos inversores en activos financieros, los exportadores nacionales y acaso los deudores marginalmente menos solventes; los perjudicados, en cambio, son los tenedores de moneda, los contribuyentes, los nuevos ahorradores, los importadores nacionales y acaso los deudores marginalmente más solventes. Se premia la deuda y el riesgo; se castiga el ahorro y la seguridad: la recuperación no busca asentar sobre nuevas y buenas oportunidades de negocio, sino sobre viejas y malas prácticas arriesgadas. Lejos de impulsar el reajuste sano de la economía basándolo en libertad de mercado y ahorro interno, se intenta exprimir todo el potencial de un sistema fallido huyendo hacia delante.

El fracaso de las políticas monetarias (de quién)

Ayer lunes, el ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, ha criticado a la autoridad de la troika, institución compuesta por el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Respondía a la aseveración de Michael Fuchs, diputado socialdemócrata del partido de Merkel. Fuchs, que representa a millones de votantes alemanes en el Parlamento, aseguraba que la cosa es simple: las obligaciones adquiridas ante la troika por Grecia como contraprestación al rescate hay que cumplirlas. No hay camino de vuelta. Hay un pacto escrito en un papel y firmado.

¿Estamos en un Titanic monetario? 

Ante estas declaraciones, Varoufakis ha denunciado que al Banco Central Europeo se le ha ido de las manos la política monetaria. Y por ello reclama que se disuelva la troika.

No debería estar muy alegre el griego ante tal panorama. ¿Quién va a sacarle las castañas del fuego a la economía griega? Con una moneda europea con problemas ya al nacer, cuestionada seriamente desde que estalló la crisis, la necesidad de cada país de tirar hacia su lado en estos momentos tan difíciles explica que manejar la política monetaria de todos los países de la eurozona a la vez sea una tarea titánica y que ese “irse de las manos” sea lo mínimo que puede pasar.

Cuando es malo devaluar para unos es lo más conveniente para otros. Todos piden, todos se resisten a aportar más y quienes más tienen que callar son quienes señalan con el dedo. Y, con todo y con eso, tal vez haya cierta verdad en las palabras de Varoufakis. Eso sí, cuando los euro escépticos planteábamos esta posibilidad antes de la crisis, se nos tachaba de antieuropeos (como si realmente eso fuera un defecto), reaccionarios, retrógrados y otros desagradables epítetos.

Ahora es diferente. Varoufakis, henchido de orgullo, sabiéndose protagonista, David frente a Goliat, asegura que se les ha ido de las manos… como estaba anunciado. No es precisamente la persona ni es éste el momento para bravuconas. Cuando Grecia estaba siendo rescatada ¿dónde estaba Varoufakis?

La alternativa: susto o muerte

Mientras quien propone una solución franquista a una situación muy delicada (eso de los bonos perpetuos tiene un antecedente en la Dictadura) se permite el lujo de criticar la política monetaria de la troika, yo me pregunto cuáles son las alternativas hoy por hoy.

La marcha atr
ás que nos llevara a devolver la soberanía monetaria a cada país seguramente pondría a cada cual en su lugar y, en concreto a los españoles, nos iba a tirar por el desfiladero. La razón es que la fiabilidad de las instituciones que gestionan la política económica en nuestro país, antes y ahora, es muy baja. La politización, el lema de “pan para hoy y hambre para mañana” (y para pasado mañana) seguramente debilitarían la moneda española (la nueva peseta). Pero no solamente eso. Esta situación dejaría mucho más en evidencia a los países mal gestionados, no solamente a España, y los mercados no iban a obviar esa información.

Lo paradójico es que la gente aplaude como quien monta una fiesta antes del día del fin del mundo.

Viva Varoufakis que se ha atrevido a plantar cara a la troika. Viva el final de la troika. Viva la vuelta a las monedas nacionales. Y, sobre todo: viva el coste que nos va a suponer la chulería de Varoufakis.

Parecen olvidar el ministro griego y sus palmeros, que todo eso se monta sobre los hombros de los ciudadanos europeos (españoles también), que llevan sobre los hombros, como si fuera un paso de Semana Santa, la “dolorosa” de la deuda, el coste de monitorización y el coste de transacción de firmar este nuevo tratado con Grecia y la búsqueda de una solución. Lo que me escuece es oír a Varoufakis hablar de una solución “aceptable para todos”. No es aceptable que los ciudadanos portugueses, españoles, belgas y holandeses aguanten el rifirrafe entre Grecia y las instituciones europeas.

Para Varoufakis solo queda desear que tenga que pactar con Putin, en lugar de la troika, a ver si mantiene la misma actitud.

El lobby de los Goya

La Gala de los Goya siguió el guion cinematopolítico y terminó convirtiéndose en un acto de resistencia fiscal contra el Gobierno, representado por el ministro Wert. El auditorio se constituyó en un clamor unánime contra las subidas de impuestos o, mejor dicho, contra la subida de impuestos. Porque al parecer, y atendiendo al discurso oficialista de los Goya, desde que el nefasto Ejecutivo del PP llegó al poder sólo se ha producido un sangrante incremento fiscal: el del IVA cultural.

"Ya va siendo hora de que nos bajen el maldito IVA"exclamó el presidente de la Academia de Cine, Enrique González Macho. Nótese el complemento indirecto de la oración: nos. Porque de eso se trata justamente: el IVA cultural es un impuesto malo porque les afecta directamente a ellos, a su negociado; todos las demás brutales subidas de impuestos impulsadas por Montoro durante esta legislatura –más de cincuenta padecidas por los españoles de todas las condiciones– o no merecen consideración alguna o, incluso, son subidas buenas, en tanto castiguen a los más ricos.

Ciertamente, no pretendo que la Academia de Cine se instituya en el representante de los intereses del pueblo español (aun cuando muchas veces se haya arrogado ese papel, convirtiéndose en "el mundo de la cultura", "los intelectuales" "o la conciencia crítica" de los españoles): lo lógico es que concentre sus esfuerzos en defender sus propios intereses, y sus propios intereses pasan en este caso por reclamar legítimamente una reducción del IVA cultural. Que nos bajen el maldito IVA. Ahora bien, precisamente por ello jamás deberíamos haber perdido de vista que la Academia de Cine es un lobby: un grupo de presión constituido para orientar la acción del Gobierno hacia la defensa de sus intereses privativos, al margen de cuáles sean los intereses del conjunto de los españoles.

Desde luego, no estoy afirmando que la Academia de Cine sea el lobby: son un lobby más –unos cazadores de rentas más–, y no particularmente poderoso frente a otros grupos de presión con muchos más recursos y mejores conexiones. Pero sí son un lobby que convendría que la ciudadanía española comenzara a percibir como tal, para así filtrar sus bondadosas palabras. A la postre, el propio González Macho recalcó durante los Goya que había que convertir el cine en un "tema de Estado"; entiéndase, pues, el mensaje que verdaderamente estaba emitiendo como director de este lobby patrio:

Nuestros intereses particulares merecen una mayor consideración que los intereses particulares de cualquier españolito de a pie, y por eso estamos legitimados para que el Estado instrumente su coacción contra los españoles y a nuestro favor.

Puede que ni siquiera los propios integrantes de este lobby patrio se reconozcan en ese mensaje –la fuerza del autoengaño es muy poderosa–, pero ése es su discurso de fondo: reivindicamos simultáneamente la necesidad de maximizar las subvenciones al cine y de minimizar los impuestos que soporta el cine; esto es, reivindicamos recibir las máximas transferencias del Estado y hacernos cargo de las mínimas transferencias al Estado. Puedo entender, aunque no compartir, el discurso de aquellas personas que reclaman un mayor gasto público aceptando que tendrán que contribuir a financiarlo con mayores impuestos; también puedo entender y compartir posiciones con aquellos otros que abogan por unos menores impuestos siendo conscientes de que ello acarreará un menor gasto público. Lo que no puedo ni entender ni compartir –salvo desde la sectaria óptica del lobby– es que uno reivindique un mayor gasto público sin estar dispuesto a contribuir a financiarlo fiscalmente: las mieles para mí, las hieles para los demás.

Ojalá la ciudadanía española vaya tomando conciencia de que el comportamiento habitual de la inmensa mayoría de actores en la esfera público-estatal no es más que una permanente impostura para lograr instrumentar la coacción estatal en su privativo interés. La Academia de Cine es sólo una anécdota dentro de una categoría, por desgracia, infinitamente más amplia. Si de verdad queremos librarnos de la lacra de los lobbies de todas las corrientes y orientaciones, nada mejor que minimizar el intervencionismo estatal: sin BOE, no hay lobbies que valgan.

El Papa y el beneficio

La carta que Su Santidad el Papa Francisco escribió hace poco al director general de la FAO contiene unas piezas admirables por su incorrección política, como el reconocimiento de que la situación alimentaria mejora en muchos países o la defensa de la familia, la institución que atacan los mismos que aplauden al Papa por su supuesto progresismo. Francisco afirmó que la familia "favorece el diálogo entre diversas generaciones y pone las bases para una verdadera integración social", la familia, no el Estado. Y añade, con acierto:

¿Quién se preocupa más que la familia rural por preservar la naturaleza para las próximas generaciones? ¿Y a quién le interesa más que a ella la cohesión entre las personas y los grupos sociales?

Dos ideas económicas, sin embargo, no son acertadas. La primera se refiere a "la enorme cantidad de alimentos que se desperdician, los productos que se destruyen, la especulación con los precios en nombre del dios beneficio". Y la segunda es esta pregunta:

¿Hasta cuándo se seguirán defendiendo sistemas de producción y de consumo que excluyen a la mayor parte de la población mundial, incluso de las migajas que caen de las mesas de los ricos?

La primera idea es bastante popular pero cuestionable. Supongamos unos desalmados que sólo atiendan al "dios beneficio". Incluso si tales personas existieran, lo que no harían nunca en condiciones de competencia es destruir la producción. Como es lógico, si buscan el beneficio lo que deben hacer es venderla. Otra cosa muy distinta es cuando hay intervención política en los precios: entonces sí, al separarse la necesidad del consumidor del beneficio del productor, entonces el "dios beneficio" puede llevar a producir mucho más de lo que se necesita, y a destruir por consiguiente lo producido. Pero eso nunca sucede en el mercado. En cambio, sucede a menudo en el Estado, como sabemos muy bien en la Unión Europea, cuya delirante Política Agraria Común ha producido los famosos lagos de leche y otros desperdicios masivos. Esos casos de intervención no tienen nada que ver con el mercado ni con el legítimo beneficio del empresario en competencia. Que hay empresarios que se lucran con la intervención es indudable, y ha sido condenado por el liberalismo desde Adam Smith, pero eso guarda relación con la política y no con el mercado.

Lo de la "especulación con los precios" es otra imagen popular, y equivocada, en la medida en que transmite la idea de que alguien controla los precios en los mercados, lo que es imposible, salvo que, otra vez, no se trate de mercados sino de acciones políticas, legislativas o burocráticas, otra vez, alejadas de lo que habitualmente entienden los moralistas por "el dios beneficio", aunque, como es sabido, están lejos de ser desinteresadas. (Sobre el poder real de los supuestos especuladores en los mercados escribí hace unos veinte años en El País "Esos jóvenes en mangas de camisa", que puede verse aquí.)

La segunda idea del Pontífice, vinculada con la anterior, es también extraña, porque parece que hay unos villanos que pretenden aprovecharse excluyendo de la producción y del consumo a la mayor parte de la población mundial, nada menos. Esto es extraño: las grandes rentabilidades que buscarían lógicamente los adoradores del "dios beneficio" se consiguen haciendo exactamente lo contrario, es decir, incluyendo a cuantas más personas, mejor. ¿Hay que explicar que Henry Ford se hizo muy rico vendiéndoles coches a millones de obreros, mientras que los Rolls-Royce no dan ni para beneficiar a unos pocos miles de personas?

Posiblemente la explicación estribe en que el Papa no ha prestado atención a cómo funcionan la producción y el consumo, y por eso habla de pobres privados hasta de las migajas de los ricos, como si los pobres se enriquecieran con donaciones de los ricos que vayan más allá de las migajas. Este argumento es incorrecto porque los pobres se enriquecen con su trabajo y su comercio, si les dejan. Y los que les dejan, o no, nunca son "los ricos" sino los gobernantes.