María Blanco – Presentación de “Las tribus Liberales”
María Blanco explica en su primera obra, Las tribus liberales, el origen del liberalismo y cuáles son sus grandes familias en conferencia en la sede del IJM el 17/01/2015.
María Blanco explica en su primera obra, Las tribus liberales, el origen del liberalismo y cuáles son sus grandes familias en conferencia en la sede del IJM el 17/01/2015.
María Blanco analiza el 17-01-2015 el origen del liberalismo y cuáles son sus grandes familias a través del repaso de las tribus liberales: libertarios, anarcocapitalistas, austriacos, minarquistas, socioliberales…
María Blanco analiza el 17-01-2015 el origen del liberalismo y cuáles son sus grandes familias a través del repaso de las grandes tribus liberales: libertarios, anarcocapitalistas, austriacos, minarquistas, socioliberales…
Aunque ha pasado ya más de una semana, toda Europa sigue conmocionada por el atentado en la redacción de Charlie Hebdo. Los crímenes de los islamistas siempre concitan gran trompetería mediática y un sinnúmero de golpes en el pecho, condenas grandilocuentes y apelaciones compungidas a las libertades que aquí, en Occidente, disfrutamos pero que podríamos dejar de disfrutar en breve si estos bárbaros terminan prevaleciendo. En el caso del semanario francés no iba a ser diferente, y más habida cuenta del brutal desenlace dos días después en el supermercado judío y en aquella imprenta de las afueras de París.
Esta vez han cambiado los actores pero la cantinela ha sido la misma que en ocasiones anteriores. Los unos con el cuento de que la inmigración –la musulmana y, ya metidos en harina, toda la demás– es la culpable de que sucedan estas cosas. Para acabar con el problema piden poco menos que cerrar las fronteras y llenar las garitas aduaneras con efectivos de las fuerzas especiales. Los otros posan su dedo acusador sobre los sospechosos habituales, a saber: el capitalismo y Estados Unidos (por este orden), causantes en primera y última instancia del desastre general en el que habita el mundo árabe y que, según ellos, es la madre nutricia de todos los radicalismos. La solución que ofrecen estos oscila entre el buenismo al uso zapaterino y la revolución bolchevique. La gran ventaja de los marxistas es que utilizan la mismo cubierto para todo: para la sopa, para el bistec y para pelar la fruta. En su mundo simplón y maniqueo los buenos son buenísimos y los malos malísimos. Por eso cualquier ganapán es capaz de hacer sesudos análisis salteados por una verborrea inconfundiblemente espesa al estilo de la que Íñigo Errejón emplea en los debates televisivos para pasmo de una audiencia que no está habituada a tantas subordinadas juntas.
La despreocupada y envejecida Europa necesita respuestas rápidas y soluciones mágicas que hagan desaparecer el mal de un golpe. La gente las compra precisamente por esa razón. El problema es que son recursos tan manidos que hasta refutarlos cansa. La inmigración, por muy flamencos que se pongan los de Pegida y afines, no es la causante del atentado de París. Esto es un hecho. Los autores de la matanza de Charlie Hebdo, los hermanos Kouachi, no habían emigrado de ningún sitio, ya eran franceses, nacidos ambos en el mismo París, criados en un banlieu del extrarradio y educados en el sistema escolar estatal. Lo mismo puede decirse de Amedy Coulibaly, el terrorista que se atrincheró en el supermercado y que acabó con la vida de cuatro rehenes. Al parecer Coulibaly y los Kouachi se habían conocido en prisión años antes, cuando los tres cumplían condena por atraco a mano armada. En aquel entonces ni los unos ni el otro tenían la más mínima veleidad islamista. Eran quinquis sin más apellidos que los consignados en la ficha policial.
El hecho es que los delincuentes ya estaban ahí y ejercían de tales. También estaba ahí el que les metió esas ideas en la cabeza, que probablemente fue un imán echado al monte de los que tanto proliferan por las comunidades musulmanas de toda Europa occidental. Quizá lo único que vino de fuera fueron los fondos que financian esos centros de adoctrinamiento intensivo para jóvenes marginales que tienen como proyecto de fin de carrera un viaje iniciático a Irak, a Siria o a Libia en el que los doctorandos se ejercitan en vivo con las armas y los explosivos. Visto así, Europa más que importar terroristas islámicos los exporta, y en cantidades crecientes. De un tiempo a esta parte es muy habitual leer entre las noticias del día que tal o cual español está en las milicias del ISIS pegando tiros en nombre de Alá. Y quien dice español dice francés, alemán, británico o belga.
Los Gobiernos europeos saben que esto es así. La policía sigue la pista a todos los que están metidos en el ajo, como en los años setenta sabía qué jóvenes del barrio militaban en aquellas bandas terroristas de extrema izquierda que la URSS financiaba generosamente con vistas a desestabilizar al enemigo. De ahí que sorprenda ver a todo el politiquerío tirándose de los pelos como si esto fuese una agresión externa. Algo inconcebible, inesperado, que se solucionará tan pronto como puedan husmear legalmente en nuestro Whatsapp y hacernos colonoscopias en los aeropuertos. Por su seguridad, ya sabe. El miedo es el arma más poderosa que existe. Los políticos saben emplearla mejor que nadie. De esto va la cosa, y no de la inmigración. Apúnteselo bien para que la próxima vez –que la habrá– no vuelvan a dárselas con queso.
Entre muchas otras cosas, el filósofo estadounidense John Rawls es famoso por haber distinguido entre concepciones integrales y concepciones políticas de la justicia. Las primeras pretenden fundamentar un determinado orden jurídico apelando a su particular concepción del bien en aspectos mucho más amplios que la estructura política básica de una sociedad: es decir, son concepciones de la justicia basadas en imponer mi visión del bien común a los demás. Las segundas, en cambio, son concepciones de la justicia que únicamente se refieren a la estructura política básica de la comunidad y que, además, aspiran a poder ser defendidas desde concepciones integrales de justicia muy distintas: es decir, son concepciones de justicia que buscan respetar el pluralismo filosófico de las sociedades modernas y que únicamente tratan de averiguar cuáles son los mimbres esenciales que garantizan una convivencia social mínima y que, a su vez, pueden defendidos desde visiones razonables del bien común muy divergentes.
El liberalismo, como marco filosófico que busca establecer o refrendar un orden jurídico, también posee un concepto de justicia integral y un concepto de justicia político. El liberalismo integral es aquel que aspira a que todas las personas (o una amplia mayoría) suscriban los valores morales propios del liberalismo: el valor de la autonomía personal, el valor de la diversidad, el valor de la pluralidad, el valor de la ayuda mutua, el valor de la racionalidad, el valor del progreso científico, el valor de la honestidad intelectual, el valor del escepticismo, el valor del coraje empresarial o el valor de la tolerancia. Son los valores morales sobre los que el liberalismo pretendía edificar el progreso social (lo que la economista Deirdre McCloskey ha denominado “virtudes burguesas”).
El objetivo del liberalismo político
Por otro lado, el liberalismo político es aquel que busca construir un marco jurídico mínimo dentro del que todos los ciudadanos puedan convivir: vive y dejar vivir. Poco más. Los valores básicos del liberalismo político apenas son el respeto a la libertad, a la propiedad y a los contratos, esto es, los pilares esenciales de la cooperación pacífica dentro de una sociedad. Dentro de ese marco jurídico mínimo, cualquier ciudadano puede desplegar su particular concepción del bien común sin tratar de imponérsela coactivamente a nadie. Robert Nozick calificó al liberalismo político como “el marco para las utopías”: un contexto institucional donde cualquier utopía resultaba realizable a través del acuerdo mutuo de las partes implicadas. Acaso por ello podamos decir que la tolerancia sea el metavalor verdaderamente central del liberalismo político: la tolerancia hacia la autonomía de las personas para poder desarrollar sus propios planes vitales (autonomía que se alcanza respetando la libertad, la propiedad y los contratos de cada persona por separado).
Una persona no puede calificarse a sí misma de liberal sin ser liberal en lo político, pues esto constituye el mínimo indispensable para poder reconocerse como tal. Sí puede, en cambio, reconocerse como liberal sin ser liberal integral. Por eso en España encontramos liberales conservadores, liberales progresistas, liberales católicos, liberales ateos, liberales altruistas, liberales egoístas, liberales anti-islam, liberales pro-islam, liberales pro-Israel, liberales anti-Israel, liberales unionistas, liberales secesionistas, etc. El liberalismo político solo busca, como digo, un consenso de mínimos en torno a la estructura básica de la sociedad, no alrededor de todas las demás características y valores que caracterizan la buena vida social. De hecho, según Rawls, la verdadera grandeza del liberalismo político consiste en que resulta razonable defenderlo, también, desde posiciones no liberales: la tolerancia hacia las ideas, hacia las distintas y heterogéneas visiones de bien común puede convertirse en la piedra angular de cualquier concepción de justicia que repute a la sociedad como un marco de cooperación y convivencia mutuamente beneficioso.
Es más, uno incluso podría imaginarse formas en las que el liberalismo integral se comportara de maneras peligrosamente antiliberales: no han sido pocos los liberales que históricamente han considerado los valores máximos del liberalismo —las virtudes burguesas— tan superiores a todos los demás que han caído en la paradójica tentación de querer imponérselos al resto de sus conciudadanos mediante el Estado. Conocido es el caso, por ejemplo, de la tolerancia: si la tolerancia es tan importante, no ya en lo relativo a la estructura política básica de una sociedad sino también en lo relativo a las plurales concepciones de buena vida, ¿por qué no perseguir a los intolerantes? ¿Por qué no obligar a todo el mundo a ser tolerantes? Pero la tolerancia del liberalismo político se extiende también hacia los intolerantes que no pretendan canalizar semejante intolerancia a través del uso de la violencia (o de llamamientos a la violencia). Un orden social liberal ha de dar cabida a todas aquellas manifestaciones de intolerancia que no atenten contra la libertad de los demás (contra la estructura política básica): ya sean blasfemias contra una religión, ya sean ofensas directas o indirectas hacia las víctimas del terrorismo, ya sean manifestaciones culturales de un grupo humano que consideremos arcaicas y contrarias a la modernidad.
El objetivo del liberalismo integral
Ahora bien, que el liberalismo político deba tolerar la intolerancia no significa que el liberalismo integral deba abrazarla de manera relativista y acrítica. Una cosa es que el liberalismo integral deba evitar imponer sus valores a través del Estado; otra que deba renunciar a difundirlos dentro de la sociedad. Quienes nos consideramos liberales —no sólo en lo que se refiere a la estructura política básica sino también en nuestros valores personales— no podemos más que promover la tolerancia como una virtud ciudadana clave en la gestación un orden social cordial y estable en el tiempo: si puedes comprender al prójimo, compréndelo; si no puedes comprenderlo pero crees que puedes aceptar su comportamiento, acéptalo; si no puedes aceptar su comportamiento y necesitas criticarlo, intenta hacerlo generando la menor ofensa posible. Y si otra persona se salta todas estas reglas elementales, respeta su libertad para saltérselas pero intenta mostrarle pacíficamente por qué su actitud frentista no es buena.
Ser tolerante a la hora de no querer imponer coactivamente concepciones integrales sobre la moral no es lo mismo que ser indiferente con respecto a cualquier conjunto de valores que profesen tus conciudadanos; y no ser indiferente hacia cualesquiera valores ajenos, tampoco implica que estemos legitimados a limitar la expresión pacífica de tales valores disfuncionales o a adoctrinar a la gente con otro conjunto de valores. El liberalismo integral sí posee una visión de la buena sociedad, pero, en plena coherencia con el liberalismo político sobre el que inexorablemente descansa, no es una visión de la buena sociedad que deba imponerse de arriba abajo, sino que debe defenderse, promoverse y difundirse de abajo arriba. La batalla de las ideas y de los valores.
Si entendiéramos que “permitido” no es igual a “bueno” y que “malo” tampoco es igual a “no permitido”; si entendiéramos que uno debería ser tolerante en lo político con los intolerantes no violentos y, al mismo tiempo, crítico en lo moral con las posiciones intolerantes y crispantes dentro de la sociedad, entonces es muy probable que muchos de los tristes debates sobre los límites de la libertad de expresión o de la libertad migratoria que hemos presenciado en la última semana jamás se hubiesen producido. La tolerancia debe ser el metavalor de la estructura política básica de una sociedad (aceptar a cada persona como un agente autónomo con legitimidad para impulsar sus planes de acción), pero también deberíamos aspirar a que fuera el valor moral que impregnara las relaciones sociales voluntarias (la virtud deseable en los tratos personales de todo buen ciudadano, amigo o familiar).
Quizás sea oportuno destacar en estos días la obra del filósofo más relevante del siglo XX en América Latina, máxime en los tiempos tan convulsos que está atravesando (y que atravesará) el mundo occidental en el siglo XXI, debido a la pérdida de los valores tradicionales, fundamentalmente en Europa y América, por el intervencionismo político, la ingeniería "social" y el suicido demográfico.
Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) es un autor independiente, contradictorio, inclasificable y, quizás, excesivamente aristocrático en su forma de entender la vida pero que, desde mi punto de vista, es muy recomendable porque sus aforismos provocan la reflexión profunda del lector avisado. Nacido en Bogotá, su privilegiada posición económica y social le permitió sumergirse entre los libros de su amplia biblioteca desde el año 1949, enclaustrarse voluntariamente y realizar una destilación del pensamiento de la sociedad de Occidente que se apoya en frases cortas y elípticas, maduradas durante años, analizando las grandes preguntas de la filosofía, de la religión y de la política.
Su obra principal es Escolios a un texto implícito, que está formada por un amplio conjunto de aforismos que se presentan como las notas al margen de un sistema filosófico que prefirió no explicitar formalmente, sino desplegarlo por medio de las ideas, que alambicaba y destilaba con pequeñas gotas de sabiduría, del mismo modo que hacían los escolásticos en los escolios.
Los "escolios" eran los comentarios que los escolásticos anotaban en los márgenes de los manuscritos antiguos y de los incunables en las bibliotecas de los monasterios para explicar los pasajes de una obra desde un punto de vista gramatical, estilístico, explicativo o interpretativo. Esta referencia a la escolástica, no es una mera casualidad en la obra de Gómez Dávila. Los escolios eran una referencia importante en su estudio de la tradición de las obras antiguas que eran leídas y cuidadas por los autores escolásticos, pasando de generación en generación a lo largo de los siglos. Sin duda, Gómez Dávila les daba una importancia máxima, dado que los inscribe directamente en el título, empleándolos también como fuente de inspiración para preparar y redactar su obra académica del mismo modo que hicieron los autores escolásticos, con un trabajo lento y pausado, durante años de lectura y reflexión sobre los autores clásicos.
Quizás sea preciso recordar que, desde la publicación de la obra The School of Salamanca (1952) de Marjorie Grice-Hutchinson (1909-2003), se ha demostrado cómo los escolásticos españoles identificaron muchos de los principios del crecimiento económico y, también, las instituciones morales responsables del arraigo de una sociedad civilizada:
Posteriormente, se produjo un desarrollo prometedor en la discusión de estas cuestiones por obra de los escolásticos medievales al advertir la existencia de esa categoría intermedia de fenómenos que son «resultado de la acción humana pero no de la intención humana»… En efecto, en el tratamiento de los problemas sociales por parte de los escolásticos tardíos, los jesuitas españoles del siglo XVI, el término naturalis se convirtió en un término técnico empleado para designar aquellos fenómenos que no son producto de la creación deliberada por la voluntad humana.
Hayek, 2006, pp. 98-99.
Friedrich Hayek (1889-1992) destacaba la importancia de las obras de los autores escolásticos y del cristianismo como "guardián de la tradición" por transmitir entre múltiples generaciones de ciudadanos los patrones de conducta, fundamentos o instituciones morales que generan (y son generados por) una sociedad civilizada.
Por su parte, Nicolás Gómez Dávila, si bien era crítico con el comportamiento (progresista) de parte de la curia eclesiástica, daba importancia máxima a la tradición cristiana, observando como base de su filosofía las ideas que identificaron y comentaron los escolásticos. A modo de ejemplo, a continuación, cito tres escolios que se refieren a la tradición, la Iglesia y la necesidad de reconstruir el "ethos occidental" conforme a la tradición cristiana:
— Cuando el respeto a la tradición perece, la sociedad, en su incesante afán por renovarse, se consume a sí misma. (Gómez Dávila, 2001), p. 108
— La Iglesia evitó su esclerosis en secta exigiéndole al cristiano que se exigiese perfección a sí mismo, no que se la exigiese al vecino. (Gómez Dávila, 2001), p. 316
— Hoy el individuo tiene que ir reconstruyendo por dentro de sí mismo el universo civilizado que va desapareciendo en torno suyo. (Gómez Dávila, 2001), p. 332
Se autodefinía como un "reaccionario" en el sentido de ser un individualista, posicionado en contra de las ideas que consideraba no merecen la pena ser conservadas y que entendía deben ser refutadas desde la aristocrática soledad de la inteligencia. Creía en la necesidad de una clase dirigente preparada y consciente de la importancia de los valores morales vinculados a la religión cristiana, con capacidad para entender el proceso histórico y sus responsabilidades. Sirvan como ejemplo, estos cinco escolios que expresan sus pensamientos frente al estatus quo imperante en los órdenes moral, jurídico, científico y político:
— Reformar la sociedad por medio de leyes es el sueño del ciudadano incauto y el preámbulo discreto de toda tiranía. La ley es forma jurídica de la costumbre o atropello a la libertad. (Gómez Dávila, 2001), p. 79
— Varias civilizaciones fueron saqueadas porque la libertad le abrió impensadamente la puerta al enemigo. (Gómez Dávila, 2001), p. 241
— En las elecciones democráticas se decide a quiénes es lícito oprimir legalmente. (Gómez Dávila, 2001), p. 315
— No parece que las ciencias humanas, a diferencia de las naturales, lleguen a un estado de madurez donde las necedades automáticamente sean obvias. (Gómez Dávila, 2001), p. 316
— Salvo el reaccionario, hoy solo encontramos candidatos a administradores de la sociedad moderna. (Gómez Dávila, 2001), p. 332
Sin embargo, la obra de Nicolás Gómez Dávila es ante todo reaccionaria por argumentar en contra de las ideologías sobre las cuales la modernidad ha construido una religión antropoteista, que se manifiesta en las diversas formas confesionales o «actos de fe laicos» que defienden los políticos intervencionistas y aquellos ciudadanos que los eligen como, entre otros, los cultos al Estado Minotauro, a la democracia asamblearia, a la lucha de clases, al progresismo, al ecologismo, al materialismo, al ateismo, al populismo… que guían hacia la «colectivización» de la sociedad. Creo es interesante finalizar con más frases del autor, indicando cinco escolios adicionales, como ejemplo, de algunas de sus críticas:
— El Estado moderno es la transformación del aparato que la sociedad elaboró para su defensa en un organismo autónomo que la explota" (Gómez Dávila, 2001), p. 256
— Las ideologías son ficticias cartas de marear, pero de ellas depende finalmente contra cuales escollos se naufraga. Si los intereses nos mueven, las estupideces nos guían. (Gómez Dávila, 2001), p. 315
— El progresista sueña con la estabulación científica de la humanidad. (Gómez Dávila, 2001), p. 317
— La inflación económica de este final de siglo es fenómeno moral. Resultado, y a la vez castigo, de la codicia igualitaria. (Gómez Dávila, 2001), p. 373
— Los hombres se dividen en muchos altruistas, ocupados en corregir a los demás, y pocos egoístas, ocupados en adecentarse a sí mismos. (Gómez Dávila, 2001), p. 393
En definitiva, sus escolios condensan pensamientos sobre densos debates intelectuales como, por ejemplo, la necesidad de las instituciones morales para sostener una sociedad civilizada, el vacío existencial en una modernidad sin Dios que condujo hacia una posmodernidad sin valores morales, la opresión de los ciudadanos por un Estado que invade todos los ámbitos de decisión de las personas, la alienación de los derechos individuales del hombre a la vida, la libertad, la propiedad y la igualdad de trato ante la Ley o, también, la tergiversación deotras instituciones morales como el cumplimiento de los contratos, la familia, el lenguaje, la función empresarial, el libre comercio, la banca, el dinero…
Ha desaparecido el régimen de la renta antigua de los locales comerciales desde el 1 de enero de 2015 y, con ello, el inmoral y antisocial privilegio de muchos comercios. Se habla de unos 70.000 comercios (TINSA) que tendrán que renegociar el alquiler.
Los arrendatarios no podrán seguir disfrutando de los "contratos" impuestos hace más de 30 años y los inmuebles comerciales volverán al mercado libre.
Esto significa que los arrendadores podrán volver a negociar el alquiler de sus inmuebles a precios de mercado, cosa que hasta ahora les era imposible por impedimento legal. Podrán volver a cobrar rentas a precios de mercado.
Hasta ahora los afortunados inquilinos estaban pagando de 5 a 10 veces menos de lo que hubieran tenido que pagar (sobre todo en zonas céntricas de grandes ciudades). No es de extrañar que hayan puesto el grito en el cielo tratando de salvaguardar sus privilegios.
Ciertamente regresar al mercado libre les puede doler. Tener que pagar precios de mercado puede ser odioso. Pero más odioso debe ser para el propietario, que es consciente de estar perdiendo una importante cantidad de dinero (miles de euros cada mes en muchos casos) por leyes inmorales y liberticidas impuestas coactivamente por el Estado.
Pero el libre mercado es inseparable de la justicia y el derecho, es decir, es inseparable de la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos. El inmueble es propiedad privada del arrendador, y resulta totalmente inmoral e injusto que éste no puede negociar libremente a qué precio alquila sus propiedades.
Muchos de los privilegiados comerciantes se han hecho las víctimas argumentando que deberán cerrar su negocio por la subida de los alquileres.
Sin embargo, esta actitud sólo puede ser tildada de caradura y antisocial. Por un lado hay que dejar meridianamente claro que el propietario también tiene un negocio: el alquiler de su inmueble. Un inmueble que, como hemos dicho, es de su propiedad y que por tanto debe poder controlar sin interferencias de terceros. Ya es hora que los propietarios dejen de subvencionar a los arrendatarios.
Cuando los comerciantes afectados se reúnen en lobby y piden al Estado que prorrogue la Ley 29/1994 de Arrendamientos Urbanos, lo que están pidiendo es que se beneficie su negocio a costa del negocio del propietario. Piden que se privilegie a unos negocios frente a otros. Piden que se pisotee la propiedad privada de los demás. Piden una sociedad más injusta e inmoral. Piden la ley de la selva. Piden una sociedad regida por comportamientos mafiosos y no por un estado de derecho. Piden una sociedad desigual y parasitaria.
Todo sin olvidar que han tenido más de 30 años para ir actualizando progresivamente la renta que pagaban a lo que deberían pagar realmente en un mercado sin intervenir. Muchos de ellos se han negado por mucho que el propietario lógicamente insistiese. Una muestra más de su comportamiento injusto e antisocial.
Pero el beneficio no sólo es para los arrendatarios. La sociedad en su conjunto es la gran beneficiada del fin de las rentas antiguas.
Por un lado, al subir los alquileres a precios de mercado se pondrán de manifiesto qué negocios eran viables y cuáles no lo eran. Se eliminarán los negocios que no crean suficiente valor para los ciudadanos. Serán sustituidos por otros que sí sean capaces de ofrecer productos y servicios que los ciudadanos deseen, y por tanto crear más riqueza y más empleo.
De perdurar las rentas antiguas se estaría haciendo sobrevivir artificialmente a unos negocios ineficientes a expensas de otros que sí son eficientes. Las rentas antiguas significan discriminación y trato desigual entre negocios. Significan injusticia, asimetría y desigualdad. Son, por definición, antisociales. Todos los negocios y personas tienen derecho a existir y ser tratados de forma justa e igual.
Por otro lado, se reactivará el mercado de alquiler de locales comerciales. El fin de las rentas antiguas introducirá en el mercado todos estos locales que hasta ahora estaban fuera de mercado. Incluso es posible que el incremento de la oferta de alquiler haga que los precios de los locales bajen en según qué zonas más afectadas por las rentas antiguas. Algo realmente necesario para salir y sobrevivir a la crisis económica que sufrimos. Quizás si esto se hubiera solucionado hace tres décadas posiblemente existiría más equilibrio entre la oferta y la demanda en el mercado inmobiliario.
Por todo ello, y por mucho que los lobistas insistan, su causa no es la del interés general. No es la causa de todos. Mentira. Su causa es estrictamente personal, individual y discriminatoria. Los grandes afectados de esta historia han sido los propietarios, que no han podido ejercer su legítimo derecho a la propiedad privada del inmueble teniendo unas pérdidas de rentas inaceptables en una sociedad que aspira a ser próspera, justa y libre.
La ética de la libertad se basa en los equivalentes o complementarios derecho de propiedad y principio de no agresión: uno es libre de hacer lo que quiera (nada está prohibido ni es obligatorio) en el ámbito de su propiedad sin interferir violentamente con lo ajeno, sin agredir o coaccionar a otros. Está prohibido hacer el mal (dañar a otros), y no es obligatorio hacer el bien (ayudar a otros). El propietario manda sobre su propiedad y no tiene ningún derecho sobre lo que es de otros. Este es el único sistema normativo con carácter universal y simétrico que es además funcional: sirve para evitar, minimizar o resolver conflictos, y fomenta el desarrollo humano y la convivencia pacífica y armoniosa. Es posible modificar esta norma básica universal mediante contratos o acuerdos voluntarios entre las partes involucradas: así se intercambia la propiedad sobre los bienes y se generan prohibiciones, obligaciones y derechos positivos particulares que sólo afectan a las partes contratantes.
La ética de la libertad puede modularse, modificarse o precisarse según qué se entienda como agresión o daño. Agresiones típicas y claras son el asesinato, los daños físicos contra la persona o los bienes ajenos, la violación, el secuestro y el robo. Los actos de habla o expresiones lingüísticas (verbales, escritos, dibujados, cantados, expresados corporalmente o mediante otros actos simbólicos) no constituyen violencia física ni robo de bienes materiales, y por lo tanto, según la visión más restringida o estricta de lo que constituye una agresión, cada individuo es en principio libre de decir o escribir lo que quiera siempre que no obligue a otros a escuchar o leer ni les exija proporcionarle los medios necesarios para producir y transmitir su mensaje. Nadie tiene derecho a censurar a otros o impedirles expresarse libremente.
Sin embargo algunos conflictos sociales se deben a interacciones lingüísticas: mediante el habla es posible causar daños que pueden ser percibidos subjetivamente como graves; los intercambios verbales pueden subir de tono y propiciar agresiones físicas.
El lenguaje es una herramienta que puede utilizarse tanto para la cooperación (permite la coordinación social entre los agentes) como para la competencia: transmitir datos, información o conocimiento; compartir opiniones, expresar deseos, preferencias, valoraciones; influir sobre los demás, emocionarlos y manipularlos; dar consejos o recomendaciones; crear, mantener o romper relaciones; mostrar aprecio o desprecio, declarar amor u odio, aprobación o rechazo; desear el bien o el mal; infundir miedo, transmitir advertencias o amenazas; realizar promesas; señalar lealtad y compromiso; hablar bien o mal de algunos, cotillear, chismorrear, esparcir rumores; alabar o humillar; mentir, engañar, estafar; mostrar respeto o falta de respeto; demostrar sumisión o superioridad; insultar, burlarse, mofarse, reírse de otros; injuriar, difamar; criticar de forma constructiva o destructiva; atacar a unos y defender a otros.
El lenguaje funciona entre individuos a través de sus relaciones pero también los une y separa en grupos a distintos niveles de agregación. Los cooperadores tienden a hablar bien unos de otros, se muestran respeto y se ríen juntos; los competidores tienden a insultar u ofender, hablan mal y se ríen o burlan unos de otros (de forma más o menos explícita o intensa).
Al decir algo (y al callar) los individuos no sólo hablan acerca de otros sino que también transmiten información sobre sí mismos: qué tipo de persona se es, de qué cosas se habla y de cuáles no, cómo se habla. Por prudencia la gente no suele decir todo lo que piensa y limita voluntariamente su libertad de expresión usando su propio juicio para decidir qué decir y qué callar. Es posible callar para no herir al otro o para evitar daños contra uno mismo por la reacción del otro. Es peligroso decir que el emperador está desnudo o denunciar las corruptelas, mentiras, trampas, incompetencia o abusos de los poderosos.
Las críticas a otros pueden intentar ser constructivas y respetuosas, pero también son posibles los ataques ofensivos que pretenden causar daño, provocar, avergonzar, humillar, ridiculizar: sátira, humillación, infamias, injurias, escarnio, calumnias, libelo, difamación. Además de incluir algún argumento estos ataques pueden referirse a diversos defectos, prácticas o creencias: estulticia, fealdad o rasgos desagradables en general (olores), atributos o prácticas sexuales; falta de éxito (recordar alguna derrota, fracaso o humillación), honor, coraje; indignidad; pueden utilizarse obscenidades, referencias degradantes a excrementos y desechos corporales, y realizar comparaciones con animales detestables.
Los seres humanos son animales hipersociales preocupados por su estatus, reputación, prestigio, fama, dignidad u honor. Quieren ser percibidos como buenos cooperadores o amigos (leales, fiables, honestos, comprometidos, competentes, eficientes), y como temibles competidores o enemigos (para evitar la posibilidad de ser atacados o consolidar una posición de superioridad y dominio sobre otros). Les importa mucho lo que los demás piensan y dicen de ellos: lo que piensan, porque en eso consiste la reputación, y lo que dicen, porque mediante el lenguaje los individuos influyen sobre lo que piensan los demás (la gente suele creerse lo que le dicen, la actitud racional crítica y escéptica es difícil y el sesgo de confirmación está generalizado).
Es muy difícil comprobar y controlar plenamente lo que la gente piensa, pero es más factible y práctico influir sobre lo que se dice, especialmente cuando se hace en público: es más fácil de comprobar y se trata de actos lingüísticos mucho más importantes por su impacto más generalizado sobre los receptores de los mensajes (no sólo porque son más, sino porque además cada oyente o lector sabe que no es el único, que hay otros receptores que comparten el mensaje, lo cual puede permitir su coordinación); es posible prohibir ciertas expresiones (críticas, disenso), y obligar a realizar otras (muestras de sumisión, de compromiso, de conformidad).
La cultura (costumbres, tradiciones, vestidos, gastronomía, expresiones artísticas, música, danzas, leyendas, mitos, idiomas, acentos) y muy especialmente las creencias (sobre todo las religiosas pero también las políticas) pueden utilizarse para delimitar y cohesionar grupos (especialmente si son extensos y no pueden gestionarse mediante relaciones personales entre conocidos), para saber quién es miembro y quién no, para fomentar la uniformidad y la conformidad y para comprobar el compromiso y la lealtad del individuo con el colectivo.
El ámbito religioso suele ser especialmente problemático para la libertad de expresión. Ciertos líderes (profetas, héroes, mártires, santos, semidioses, dioses) pueden servir como representantes o puntos de referencia de un grupo, y atacarlos verbalmente a ellos equivale a atacar a todo el grupo. Ciertas creencias arbitrarias o absurdas pero consideradas sagradas (tabús intocables, dogmas irrenunciables) pueden servir como señal honesta costosa para probar la lealtad o respeto al grupo: el miembro fiel renuncia a la racionalidad crítica y a la expresión abierta de dudas, no se queja o protesta, participa activamente en los rituales y repite regularmente el credo común; el hereje, disconforme o impertinente muestra que es individualista y no conformista, que le interesa más la verdad que la solidaridad con el colectivo expresada a través de los autoengaños compartidos; el apóstata es un traidor desleal; los enemigos muestran su hostilidad mediante la burla blasfema y la demonización del adversario.
El hecho de que ciertas creencias o prácticas sean intelectualmente débiles y fácilmente ridiculizables puede no ser un error sino un rasgo de diseño: son sensores de respeto, sirven para detectar al problemático o al enemigo y para incitar a los miembros a que demuestren su lealtad al sentirse ofendidos por los ataques o críticas. Las creencias religiosas (y frecuentemente las políticas) suelen implicar autoengaño y cierto grado de fanatismo (tienen que importar o afectar al individuo de forma íntima para incitarle a actuar). Indignarse de forma pasional y resentida ante los ataques críticos es la forma de advertir que estos no se toleran y que provocarán alguna represalia. Algunas civilizaciones, culturas o etnias dan mucha importancia, incluso obsesiva, al honor, no sólo individual sino también familiar. No todas las religiones (ni todos los creyentes) son iguales en su tolerancia o intolerancia con los blasfemos, herejes, apóstatas o creyentes de otras fes, y su actitud puede cambiar según las circunstancias históricas.
Permitir una crítica o burla o no reaccionar agresivamente ante ella puede indicar debilidad o fortaleza: el inferior no responde por miedo; el superior desdeña, desprecia al no atender; el indiferente no se ve afectado, o se contiene o no querer entrar en el combate verbal o físico. Las burlas o humillaciones pueden utilizarse por los poderosos contra los débiles o por los débiles contra los poderosos: los opresores pueden estigmatizar o deshumanizar a los oprimidos; los débiles pueden reírse de la solemnidad de los mandatarios y criticar sus abusos.
Las limitaciones legales de la libertad de expresión pueden proceder de diversas fuentes o tener distintas motivaciones: los gobernantes quieren evitar conflictos, o que se denigre o discrimine a determinados colectivos; aquellos individuos o grupos que pueden verse afectados negativamente por ciertas cosas que otros digan promueven leyes que defiendan su honorabilidad o dignidad; los poderosos opresores evitan ser criticados e impiden que los oprimidos se organicen para oponerse a ellos; los tramposos, delincuentes o criminales no quieren ser denunciados; algunos creyentes religiosos de frágil sensibilidad no aspiran al martirio y pueden exigir que las leyes protejan de forma especial sus convicciones.
Si algunos actos verbales se consideran agresivos, tal vez la respuesta legítima proporcional no sea usar la fuerza contra las palabras sino defenderse mediante otros actos verbales críticos: si uno puede decir lo que quiera sobre cualquier cosa, otros pueden igualmente criticar esas expresiones como deseen. Es posible practicar el repudio social o el boicoteo contra quienes sean considerados ofensivos, o ignorarlos y no alimentar su deseo de atención. Para madurar como individuos y sociedades conviene practicar el escepticismo y no ser hipersensibles o fácilmente irritables. Quienes quieren que otros no se burlen de ellos podrían no hacer cosas de las cuales sea fácil reírse en lugar de exigir la prohibición de esas burlas. Aquellos que lo deseen pueden pactar normas contractuales que limiten su libertad de expresión, pero no pueden exigirles lo mismo a quienes no estén interesados.
Defender el derecho a expresar cualquier idea no es equivalente a defender o estar de acuerdo con esas mismas ideas ni implica tener que participar en su difusión: es posible defender el derecho a expresar cosas que se califican como estupideces, o ideas erróneas o nocivas.
Tolerancia no es solamente permitir aquello con lo que no estamos de acuerdo: es no prohibir lo que nos disgusta, asquea o repugna, lo que resulta repulsivo y puede herir los sentimientos, especialmente si tiene algún contenido moral.
Libertad total de expresión puede significar que mediante el lenguaje se mienta, se acuse falsamente de delitos, se defiendan las violaciones de la libertad, la violencia o la incitación a la misma, se coordinen agresiones, o se produzcan humillaciones y vejaciones contra individuos o colectivos oprimidos o estigmatizados. Pero aquellos que se expresan así pueden atraer la atención de otros y ser rechazados de forma masiva, o si se considera que realizan amenazas efectivas de agresión física puede actuarse de forma defensiva contra ellos.
La no existencia de críticas o lenguaje ofensivo en una sociedad puede facilitar la convivencia al evitar conflictos, pero también puede implicar que las conductas o ideas erróneas no se corrigen, que los delitos o crímenes no se denuncian, que la opresión se mantiene, que el conocimiento no avanza, que la cultura se estanca por falta de movimientos rompedores, o que la gente no sabe qué es lo que realmente piensan los demás. El prohibir las críticas y las ofensas puede llevar a que se realicen a escondidas o de forma anónima.
Es común distinguir entre la crítica a las ideas y la crítica a las personas que las expresan o defienden: se insiste en respetar a las personas al criticar las ideas, tal vez porque las ideas no se enfadan, no sufren, no se sienten humilladas, no les importa nada. Son los individuos quienes tienen, asumen y comunican ideas, y a través de las ideas se critica a las personas que las tienen; las ideas no son agentes, por sí solas no hacen nada, deben estar en la mente de alguien que actúe para ser peligrosas.
En estos difíciles momentos, cuando el olor de la pólvora y la sangre del aberrante atentado de París no se han disipado del todo, resulta indispensable hallar una respuesta enérgica ante la brutalidad de este crimen, así como aliviar las repercusiones que este nefasto hecho tendrá en occidente.
Sostengo que es posible evaluar con realismo la magnitud de estos homicidios si consideramos a la libertad como el bien político más elevado, y explicar debidamente su significación en los términos de su expresión intelectual más acabada, el liberalismo. De esta manera, los periodistas y caricaturistas asesinados en Francia han muerto en nombre de una libertad insustituible, que nos interpela siempre a quienes habitamos en las sociedades generadas y nutridas por ella: la de creer lo que mejor les parezca, realizando sus proyectos de vida en torno a esas creencias y pareceres particulares, y que se proyectan en los demás en torno a un marco institucional que, respetando y haciendo respetar al prójimo y sus derechos, no contempla el crimen como respuesta si tales creencias y su expresión resultan blasfemas a otros.
Así explicado, se intuiría a primera vista que esa visión no entraña ningún peligro. Pero este acto barbárico nos ha sacado de nuestra zona de confort. Cual un alarido que no cesa, nos grita de forma rotunda que la libertad y su solo ejercicio es peligrosa para muchos, que hay millones de seres humanos convencidos de ello y por ende prefieren –sin dudarlo un instante– la devota sumisión como la agradecida esclavitud, que no surge naturalmente, que es resultado de un delicado y paciente trabajo de filigrana, que en cada momento es posible perderla sin recuperarla o lográndolo a un altísimo costo y que está permanentemente a merced de quienes, saturados como están de sus ímpetus autoritarios, van a terminar de una vez y para siempre con ella mediante una revolución, un golpe de Estado, una corrupción sin freno ni límite, o, según este caso, ejerciendo el terrorismo como antesala para imponer un totalitarismo religioso de fervorosos feligreses en lo que alguna vez fuera una república democrática de ciudadanos libres.
En cuanto es un disparo a sangre fría al corazón de nuestra libertad, rechazar enérgicamente este acto vesánico es el primero de muchos pasos para garantizar la supervivencia del estado de derecho y el régimen democrático en nuestros países. Y no sólo los deben dar los gobiernos que garantizan nuestra vida y seguridad, persiguiendo, enjuiciando y encarcelando con el máximo rigor a quienes, como los terroristas de París, tienen como propósito de vida destruirnos si no comulgamos con su proyecto teocrático. También, las empresas, los medios de comunicación, los líderes y organizaciones sociales y culturales, entre otros, que no deben ser presas del pánico y autocensurarse por temor a la violencia islamista: se volverían rehenes de estos extremistas, acabarían con la libertad de expresión que tanto costó en occidente, y que millares han respaldado en calles y plazas estos días, pero sobre todo deshonrarían el legado de los redactores y caricaturistas de Charlie Hebdo, quienes cumplieron cabalmente con la frase que Cervantes le hace decir al Quijote: "por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres".
Finalmente, este atentado debe constituir el parte aguas definitivo para los musulmanes de Francia y del mundo que seguramente ansían la paz y vivir según el modo de vida occidental, de rechazar este crimen y distinguirse de una vez de los grupos terroristas que merecen toda la severidad penal y militar que corresponda. Su cada vez más peligroso silencio incrementa los temores del resto de la sociedad civilizada, alimenta los votos y los argumentos de los nacionalistas europeos y de otras latitudes que harán lo indecible para expulsarlos de sus países, y justifica, en particular, la desconfianza de que el Islam inicie un proceso de secularización como lo han hecho otras religiones. Así, para poder convivir civilizadamente, católicos, musulmanes, ateos, todos, como en el poema de Eluard, debemos escribir tu nombre, libertad, para realizarla y ejercerla. Ojalá así sea.
El otro día fui a ver la película The imitation game donde relatan la vida de Alan Turing, y cómo pasó de ser un héroe por su decisiva contribución a descifrar las comunicaciones alemanas en la segunda guerra mundial a ser un delincuente cuando fue descubierto que mantenía relaciones sexuales con otro hombre a cambio de dinero.
Es un buen ejemplo de las miles y miles de personas que han tenido que pasar por situaciones similares, y mucho peores, a lo largo de la historia simplemente por tener una orientación sexual distinta a la de la mayoría. Y lo peor es que en muchos lugares del mundo sigue ocurriendo.
Por eso, precisamente porque la persecución de los homosexuales se ha realizado en base a una mayoría que persigue a una minoría, es por lo que los comentarios, bromas y opiniones injuriosas contra los homosexuales deben ser repudiados, consiguiendo así que sus autores sean conscientes de que en estos tiempos ellos son la minoría, y que no podrán imponer más leyes absurdas sobre este ámbito.
En cambio no se puede caer en algo que sería mucho peor: aplicar el rodillo de la mayoría a quienes tienen opiniones minoritarias, por muy absurdas y repugnantes que éstas sean.
Si algo se puede aprender del caso de Turing es que las leyes, y las condenas que conlleva incumplirlas, son un tema muy serio que puede marcar la vida de muchas personas de forma injusta. Es el último recurso a utilizar en casos donde el comportamiento de una persona perjudique de forma clara y objetiva a los derechos fundamentales de otras personas.
Y aunque mucha gente crea lo contrario, las opiniones no pueden ser un delito. Y no necesitan ser un delito para ser penalizadas socialmente.
Para mí es mucho más trágico que en España se siga implicando a la justicia para perseguir bromas sin gracia y de pésimo gusto, que en Francia dos extremistas hayan tenido la capacidad para matar a dibujantes que ofendían su religión. No podemos controlar que no sucedan más casos como el de Charlie Hebdo, pero sí podemos concienciar a la sociedad para que el Estado respete la libertad de expresión en todos los casos dentro de nuestras fronteras.
De nada sirve ponernos una caricatura de los dibujantes asesinados en nuestras redes sociales si luego miramos para otro lado cuando imputan a la persona que nos ofende. No, no nos convierte en asesinos, ni mucho menos, pero en el Estado Británico también pensaban que eran muy civilizados cuando en 1951 condenaron a Alan Turing a una terapia de hormonas en vez meterle en la cárcel. Más de 60 años después miles de espectadores salen del cine avergonzándose de dicho pensamiento. Intentemos que dentro de otros 60 años nadie se avergüence de los nuestros.