Ir al contenido principal

10 mitos sobre Murray Rothbard

"Al escribir sobre él parece que estás hablando sobre cuatro o cinco de las más grandes mentes que jamás hayas conocido, con la única salvedad que se trata de una sola persona". Así definía David Gordon a una de las mentes más preclaras de las ciencias sociales: Murray Rothbard. No en vano, la polémica que suscitaba no le iba a la zaga de su relevancia. Y, con ello, muchas acusaciones infundadas. Valgan estos 10 mitos sobre Murray Rothbard condensados de su biografía The Enemy of the State, de Justin Raimondo, una apología sobre este gigante intelectual.

1- Rothbard no fue original.

Él nunca fue completamente original. Su teoría económica proviene de Menger y Ludwig von Mises, su visión ética de la tradición tomista-jeffersoniana, su política exterior de la Vieja Derecha americana y su anarquismo de la tradición americana individualista de Benjamin Tucker y de Albert Nock. Lo que Rothbard hizo fue obtener a partir de todas estas corrientes una construcción intelectual completamente nueva, sistemática y coherente para una integrada teoría de la libertad y los derechos de propiedad. Puede que Rothbard se subestimara a sí mismo.

2- Su left-libertarianism le convirtió en un izquierdista en los años 60.

Rothbard nunca fue izquierdista ni cambió sus puntos de vista fundamentales. Su período de ‘acercamiento’ a la Nueva Izquierda fue para conseguir reclutar personas a la causa libertaria contra el Estado policial, el sentimiento contra la guerra y la conscripción, y por la desobediencia civil. En general, no tuvo demasiado éxito en este empeño.

3- Rothbard abandonó el libertarismo por la Derecha Cristiana.

Rothbard escribió en publicaciones conservadores cristianas en los primeros 50 y llegó a ver el Cristianismo como una devoción por la ley alejada de un origen estatal. En escritos suyos podemos observar su querencia por el catolicismo como proclive a un anarquismo universal frente al protestantismo nacionalista-estatista. Intentó demostrar que las demandas de la Derecha cristiana tenían en gran parte un componente libertario: mantener al Gobierno fuera de nuestras familias, nuestras escuelas, nuestras iglesias…

4- Rothbard partió el libertarismo durante su época paleo-conservadora.

Rothbard nunca fue libertario de izquierdas. Abandonó el Libertarian Party en 1989. Por ejemplo, en la convención del Libertarian Party de aquel año la gente llegó a abuchearle por defender a un candidato burgués de clase media-alta, a pesar de su radicalismo político.

5- En sus últimos años combatió a la Derecha.

Esta idea está basada en los ataques del mainstream neoconservador americano a favor del Estado de Bienestar y guerra. Hay que entender que la política exterior tenía una importancia fundamental para Rothbard. Es más, tras la Guerra Fría asistió a la asunción por parte de toda la izquierda americana del "humanitarismo bélico", mientras en los 90 muchos derechistas se vieron atraídos por el pensamiento aislacionista en política exterior que Rothbard intentó avivar.

6- Rothbard no tuvo una influencia duradera.

Su influencia se extendió a todo el liberalismo clásico. Fundó el Center for Libertarian Studies, fue editor fundador del Journal of Libertarian Studies, creó la primera revista sobre economía de la Escuela Austriaca, inspiró la creación del Mises Institute, lideró divisiones en la organización conservadora juvenil más importante de EEUU, la Young Americans for Freedom, e incluso fue quien sugirió el nombre para el famoso Cato Institute.

7- Le encataba Khrushchev y fue objetivamente pro comunista.

Este mito circuló durante los 60 y fue avivado por el conservador William Buckley, quien escribió "Rothbard aplaudió al paso de la limusina de Khrushchev a su paso". Esta campaña difamatoria de la revista conservadora National Review se debió a que Rothbard se opuso al deseo de la revista de boicotear e impedir la visita del mandatario soviético a EEUU. Rothbard no podía sino combatir el deseo de Buckley de "una burocracia totalitaria en nuestro país" para luchar en la Guerra Fría.

8- Rothbard rompió con antiguos amigos.

Famosas son las rupturas y discrepancias que tuvo con Ayn Rand, el Libertarian Party, la Derecha de Buckley o Cato Institute. Básicamente hubo dos causas de rupturas: las que se debieron a simple envidia por el éxito intelectual de Rothbard y las traiciones personales.

9- Rothbard abandonó el libertarismo radical a partir de los 70.

Absurdo puesto que en 1978 publicó "Society without a State", "Ética de la Libertad" en 1982 o uno de sus escritos más radicales, "World War I as Fulfillment" en 1989. Además durante los 80 criticó severamente la política exterior de Reagan y su política económica.

10- Rothbard fue simplemente un ideólogo.

Rothbard escribió volúmenes y volúmenes de teoría económica e histórica que nada tenían que ver con la estrategia política. Sus críticos dicen que se convirtió a la Escuela Austriaca porque no sabía matemáticas, lo cual es absurdo teniendo en cuenta su título superior en matemáticas con los más altos honores por la Universidad de Columbia.

Nunca será suficientemente vindicado Murray Newton Rothbard, como nunca lo es ni será la libertad.

@AdolfoDLozano

 

Desde Rusia, pero sin amor

El 31 de diciembre de 1991, después de 70 años de existencia, la URSS dejaba de existir y su puesto en el mundo era ocupado por una combinación de repúblicas que habían formado parte de esa unión y que no tenían ninguna experiencia previa de gobierno bajo criterios de respeto a la libertad y los derechos, incluido el de propiedad, de sus ciudadanos, ni a una elección pública abierta y libre para sus cargos. Al menos, ninguna tan larga como para que estos principios hubieran arraigado con fuerza en la tradición política y social de cada una de ellas.

De entre todas, la Federación Rusa, la más grande y poderosa, es la que terminó heredando todos los compromisos internacionales de la URSS, así como el control de casi todo el ejército, incluyendo en algunos casos el de otras Repúblicas que si bien tenían asignado su porcentaje de potencia militar, las necesidades logísticas y estratégicas de Rusia hacían imposible que ésta no controlara o intentara controlar de alguna manera este poder.

La caída de la URSS fue tan espectacular, por inesperada para muchos, que algunos vaticinaron el fin del enfrentamiento entre bloques y una nueva era de colaboración, más o menos sana, entre antiguos enemigos, además de una senda hacia la democracia, entendiendo como tal la que impera en Occidente, sentando las bases de un nuevo panorama global.

En los años 90, el entendimiento entre Boris Yeltsin y Bill Clinton pareció trabajar en ese sentido, pero en el ámbito interno el presidente ruso no supo dar estabilidad a su país[1] y un sinfín de personas del antiguo régimen soviético buscaron, desde el poder, acomodo bien en el sector público, en distintos partidos y facciones, o en el privado, o mejor dicho, en el semiprivado, el que surgió de los monopolios ligados a los grandes recursos y servicios de la antigua URSS.

La Federación Rusa en ningún momento supo ni quiso adoptar una estructura económica ligada a la libertad. La liberalización de la economía, que lógicamente y en términos relativos ha existido, nunca se acercó demasiado al mercado libre, ni siquiera con los criterios de los países más intervencionistas de Occidente. No es sólo que los monopolios públicos se convirtieran en oligopolios semiprivados, sino que estos se enfrentaron entre sí usando técnicas más propias de mafias que de empresas. Este enfrentamiento también existió con facciones del gobierno, lo que provocó el proceso y encarcelamiento de alguno de estos nuevos ricos, y la huida al extranjero de otros.

En la libertad política tampoco se puede decir que los avances hayan sido aceptables. La crisis financiera de 1998 terminó por aupar al poder presidencial a Vladimir Putin, un oscuro funcionario soviético del KGB que había terminado siendo primer ministro de Yeltsin, y al que dejó su cargo en el año 2000, tras su dimisión. Putin fue elegido presidente ese mismo año, de nuevo en 2004 y, tras un mandato en el que por imperativo legal no podía ser reelegido para un tercero consecutivo y lo fue su “marioneta” Dmitri Medvédev (mientras Putin ocupaba el cargo de primer ministro), en el 2012.

Durante este periodo, Putin ha ido orquestando un régimen autoritario, donde la oposición y, sobre todo, la prensa libre han sido perseguidas y acosadas cuando se han opuesto a las grandes líneas de su gobierno o se han acercado demasiado a delicados asuntos. Se ha asesinado a periodistas sin rubor, se ha hecho desaparecer opositores y, todo hay que decirlo, estos asuntos no han parecido desagradar demasiado a los rusos ya que, pese a todo, sigue ganando las elecciones sin que, como en Venezuela, el fraude electoral sea tan evidente y descarado, ni que las intromisiones en la moralidad pública hayan escandalizado demasiado. De todos es sabido, por ejemplo, que los homosexuales no son bien vistos por el régimen y que han sufrido más de una persecución y agresión.

Desde mi punto de vista, Vladimir Putin es más heredero del zarismo que del régimen soviético[2], de hecho las plataformas electorales desde las que ha conseguido el poder no están ligadas a los partidos de izquierda o extrema izquierda, como el chavismo, sino a fuerzas más conservadoras, teniendo una especial conexión con el Frente Nacional francés de Marine Le Pen, pero manteniendo a la vez una relación aceptable con China, su vecino y aliado frente a Occidente, haciendo bueno esos dos refranes que dicen que el enemigo de tu enemigo (Occidente) es tu amigo (China), pero también, mantén cerca a tus amigos y más cerca aún a tus enemigos (China). Y es que los intereses de uno y otro no siempre son compatibles. Además, ha sabido mantener muy buenas relaciones con instituciones directamente heredadas del régimen soviético como el ejército o los servicios de seguridad, de los que procede, que poco o nada han cambiado desde la desaparición de la URSS.

Tras la crisis de finales del siglo XX, la economía que ha propiciado el régimen se ha centrado en negocios ligados al petróleo y la venta de armas “baratas” o de los restos del antiguo Ejército Rojo. Mientras que uno se ha mantenido en precios relativamente altos y la segunda no ha tenido rivales, la situación se ha mantenido estable, pero en cuanto que los precios del petróleo se han desplomado y los chinos han empezado a vender sus armas baratas[3], los defectos de una economía muy intervenida y poco diversificada se han hecho evidentes y han obligado a Putin a desempolvar viejos fantasmas de enfrentamiento propios de la Guerra Fría. Resulta llamativo que la industria del fracking y la decisión de la OPEP de mantener la producción de petróleo, que ayuda a mantener los precios bajos, haya sido vista por algunos sectores rusos, y no pocos analistas occidentales, como una “conspiración” contra Rusia.

La situación que gobierna Vladimir Putin es complicada y para entenderla habría que analizarla desde tres puntos de vista. El primero de ellos bebe de la tradición rusa de cierto victimismo ligado al honor. Rusia, en su versión zarista, soviética o la más actual republicana, ha alentado el victimismo para justificarse. Siempre ha estado buscando un lugar bajo el sol que aparentemente otros le han negado, el comunismo como ideología le sirvió, en el contexto de la Guerra Fría, para implicarse en muchos lugares del mundo, pero su época de potencia global ha terminado y vuelve a usar ese victimismo para denunciar y anunciar que se le debe “respeto”, a la vez que recuerda un pasado glorioso, real o ficticio. El honor es uno de las razones más importantes que esgrime un estado para justificarse, incluso para ir a la guerra.

El segundo punto sería el imperialismo que Rusia tiene en su ADN histórico. Desde la época de Pedro el Grande, los rusos han buscado expandirse para proteger su centro histórico-administrativo y lo han hecho extendiendo sus fronteras hasta conseguir el país más grande del mundo y cuando no han conseguido administrar un territorio, han buscado crear un estado vasallo, un régimen títere de Moscú que baile según le dicte el Kremlin. Algunas veces lo ha conseguido y otras veces no y en esos intentos han entrado en conflicto con otras potencias o con algunas sociedades que viven dentro de sus imperiales fronteras.

Las guerras en Chechenia, territorio administrativamente ruso, la intervención casi por sorpresa en las guerras yugoslavas en los años 90, cuando se desmembró el país, la más recientes intervenciones en Georgia y Ucrania, incluso su influencia en Moldavia, y su presencia, menos conocida pero de gran magnitud, en repúblicas de Asia Central como Tayikistán donde mantiene una amplia presencia militar con la excusa de controlar las fronteras con Afganistán, vienen a confirmar que Vladimir Putin y los dirigentes rusos aún piensan en términos imperiales, de esfera de influencia, de espacio vital, de recuperación de lo que alguna vez fue controlado desde Moscú. Todo ello choca con grandes potencias como Estados Unidos o China, pero también con la Unión Europea y la OTAN, que no dejan de quitar influencia a Rusia en lugares como las Repúblicas Bálticas, Moldavia, que aspiraría a reunificarse con Rumanía, o Ucrania, donde la mitad del país en guerra mira hacia Europa, en concreto hacia Alemania.

El tercer punto es el del miedo. Que Estados Unidos y Rusia son las dos únicas superpotencias nucleares es un hecho sabido. China tiene también bastantes misiles de este tipo, pero su número es mucho más limitado, es una potencia nuclear, como lo son Francia o Gran Bretaña, pero las capacidades de estos países, por sí solos es mucho más limitada. Rusia y EEUU aún pueden resucitar la amenaza de la destrucción mutua asegurada[4].

A mediados de julio de 2014, en pleno conflicto en Ucrania, una encuesta de la Fundación para la Opinión Pública recogía que la mayoría de los encuestados, un 64%, temía una guerra nuclear, siendo Estados Unidos la mayor amenaza para el 52% de los encuestados, seguido de Corea del Norte, con el 12% y Pakistán con el 9%. Grigori Dobromelov, director del Instituto de Estudios Políticos, explicaba que este miedo a la guerra nuclear se debía a las interpretaciones que los medios de comunicación hacían de la situación política del momento. Por otra parte, Piotr Topichkanov, experto en temas de no proliferación nuclear en el Centro Carnegie de Moscú, consideraba “típicos” estos miedos ciudadanos: “Las relaciones entre Rusia y EE UU son conflictivas y ahora los ciudadanos se dan cuenta de que el mundo, tal y como se lo pintaban a principios de los 90, nunca ha existido; ahora, las armas nucleares ya no son algo que no se vaya a usar nunca”.

En definitiva, el miedo a la guerra es algo que existe en la sociedad rusa y, en parte, explica que se vote y se consienta un dirigente autoritario, casi paternal, como Vladimir Putin, alguien que aparentemente sepa hacer frente a la situación, con fuerza, incluso con violencia si la situación lo requiere. El problema que se ha añadido actualmente es que hasta la caída del precio del petróleo había para pagar sus intervenciones y excesos, aunque la población no estuviera especialmente contenta con su situación, pero como en el caso de Venezuela, se acabó lo que se daba. La Rusia actual es otro ejemplo de lo dañino que puede ser un Estado inflado, lleno de poder, donde los miedos de los dirigentes se convierten en los miedos del país. Desde Rusia, pero sin amor.



[1] En octubre de 1993, Boris Yeltsin ordenó una acción bélica contra el Parlamento ruso para poner fin al conflicto que tenía con el poder legislativo. Después, hizo que se votara en referéndum una constitución donde los poderes presidenciales-ejecutivos estaban sobredimensionados, y que por otra parte, es la legitimación del actual poder de Vladimir Putin.

[2] El régimen ruso recuerda mucho a la Alemania de Guillermo II donde el parlamento era una institución con muy poco poder comparado con el que ejercía el Emperador y su Canciller. En este caso, el emperador sería el Presidente, el Canciller, su primer ministro y el Reichstag, la Duma.

[3] China está incrementando su peso en la venta de armas pero aún está lejos de las cifras de Rusia que suele utilizar esta venta para justificar los gastos en defensa y cubrir su exagerado porcentaje en este apartado. Sigue siendo una de sus principales exportaciones y últimamente Latinoamérica es uno de sus mercados favoritos porque demandan más cantidad que calidad, por ejemplo, les permite dotarse de aviones modernos a bajo precio aunque la calidad sea cuestionable.

[4] China, Francia y Gran Bretaña, junto a Israel, tienen una política de disuasión nuclear basada en que una parte de su arsenal siempre esté oculta, generalmente en submarinos, y que en caso de ataque la respuesta podría ser tan grave que provocaría daños no asumibles por la potencia atacante.

Primera regla económica: no empujen, por favor

Una de las razones que la mayoría de los economistas bienintencionados aceptan para justificar la intervención estatal es el impulso de una actividad "adecuada". Por ejemplo, tras los buenos datos de empleo de la economía española, son varios los profesionales que aconsejan que el Estado apoye, no a las actividades responsables de estos resultados positivos (consumo y turismo), ya que están demostrando su fortalecimiento, sino, dicen, actividades industriales creadoras de empleo, pero de un empleo más sólido, no tan dependiente de la coyuntura como el turismo o el consumo navideño.

Tiene su lógica. Pero una vuelta de tuerca mental más basta para desvelar la perversión de este razonamiento tan bienintencionado que, como muchos de los errores que acarrean las buenas intenciones, mezcla verdades con falsedades.

Es cierto que el nuevo empleo creado se centra en actividades que dependen demasiado de la coyuntura económica del momento y, en el caso del turismo, de la situación económica de otros países. Es cierto que sería ideal que España desarrollara un sector productivo basado en actividades más sólidas, como las industriales. Es cierto que el apoyo del gobierno debería mirar a los empresarios más que a lobbies que aseguren la victoria electoral. Es cierto que el apoyo a los empresarios y la creación de empleo es la mejor política social, porque permite que los trabajadores recuperen su renta, su modo de vida y sus expectativas frente a la vida.

Pero ¿de qué apoyo hablamos? ¿Se trata de subvencionar actividades?

El error del razonamiento de partida consiste en la idea del empujoncito amistoso por parte del gobierno a los empresarios de esas actividades industriales que, supuestamente van a crear empleos más sólidos. Ese "pellizco" con el dinero de todos, permitirá supuestamente, atraer a inversores que verán una oportunidad de beneficio. Y luego ya se eliminarán las ayudas cuando la cosa marche.

Pero ¿quién decide de antemano qué actividades son esas? ¿quiénes sino los propios inversores pueden olfatear las expectativas de beneficio? Si el Estado pervierte las señales los inversores pueden equivocar sus decisiones de manera que, como en la profecía autocumplida, la propia intervención facilitará el resultado previamente sugerido y que sirvió de base para esa intervención. La historia reciente nos proporciona muchos ejemplos, como el supuesto éxito de algunas energías alternativas, o del sector agrícola, que son rentables con subvención, pero un desastre sin ella.

Con todo y con eso, aún hay un panorama peor. Y es el caso en el que incluso con subvención, la actividad sigue sufriendo pérdidas. El ejemplo perfecto es la minería del carbón en España que, tras muchos años de dinero de todos los españoles invertido en ella, ha resultado un pozo sin fondo y sus defensores, se han visto obligados a dejar de considerarlo un problema económico para apelar a la solidaridad. No deja de ser curioso dada la ingente cantidad de dinero malgastado en ello que no muestren los mineros la misma solidaridad que reclaman.

¿Cómo puede, pues, el Estado ayudar a la creación de empleos más consolidados? Pues simplemente retirando las piedras del camino de inversores y empresarios. Retirando las cargas que pesan sobre sus hombros. No más. Es, por descontado, un camino que reporta menos votos, más lentos, pero también sin duda, más seguro porque no pervierte la percepción del estado de las cosas de quienes tienen como misión descubrir las oportunidades de éxito empresarial y apostar por ellas.

Y luego está la otra solución. La más intuitiva. ¿Y por qué no afianzar esos sectores en los que ya sabemos que somos buenos? ¿Por qué no fortalecer el turismo y las empresas productoras de bienes tanto de consumo interno como para exportación? Y, de nuevo, no se trata de subvenciones sino de permitir la innovación, la diversidad y facilitar la inversión.

Todos los argumentos que me encuentro de frente se refieren al horror en el que nos vamos a convertir si resultamos ser la California europea, y suelen ser defendidos por personas que nunca han estado en California.

Si el Estado se limitara simplemente a no empujar a los empresarios y a eliminar trabas para que las inversiones fluyan allá donde hay rentabilidad, tal vez nuestros gobernantes no serían aclamados a corto plazo, pero sí se aliviaría el problema del desempleo, y esa sería la medida más social de todas las medidas económicas.

Los ocho gráficos que emplea Moncloa para vender la recuperación

La Moncloa lo tiene claro: España ha recuperado el crecimiento y afronta 2015 con las mejores perspectivas económicas en años. Así lo explica el Ejecutivo con un nuevo documento estratégico que reúne diferentes indicadores con ánimo de reforzar la tesis de la mejoría económica.

El primer dato al que apunta el Gobierno de Mariano Rajoy es el crecimiento. Son ya cinco trimestres consecutivos en positivo tras veinte en negativo, y nuestro país ya se ha colocado a la cabeza de la Eurozona en lo tocante al aumento del PIB. Ese rebote viene reflejado en la gráfica siguiente.

Crecimiento del PIB

El segundo factor tiene que ver con la financiación de la deuda pública. Tras años en los que la evolución de la prima de riesgo era un tema recurrente en cualquier conversación, los ejercicios 2013 y 2014 han venido marcados por un abaratamiento de los bonos del Tesoro.

En las emisiones de deuda a diez años, el pico se alcanzó en julio de 2012, cuando los intereses que pagaba el Estado llegaban al 7,63%; hoy, esos mismos bonos se están financiando a tipos que tienden al 1,5%.

Coste de la deuda pública

Por otro lado, Moncloa también maneja datos del Banco de España que apuntan a un fuerte repunte del nuevo crédito concedido a las empresas.

Fijándonos únicamente en operaciones por menos de un millón de euros, vemos que las Pymes experimentan una subida del 14% entre 2013 y 2014. Este dato vendría desmintiendo el mantra de que "el crédito no fluye", algo que también ocurre en el crédito nuevo para la adquisición de vivienda, que subió un 19,4% entre enero y octubre de 2014 tras siete años en negativo.

Concesión de nuevo crédito

Otro factor que anima al optimismo es la evolución del IPC. España suma catorce meses consecutivos de diferencial negativo frente a los datos de inflación de la Eurozona.

Entre 2004 y 2013, el IPC registrado en nuestro país estaba por encima de los países del euro en 0,7 puntos porcentuales; a lo largo del último año, este mismo indicador se coloca 0,6 puntos por debajo del promedio de la Eurozona.

Evolución de precios

Otro brote verde que convence a los economistas de la Administración Rajoy es el de las exportaciones. A lo largo de la legislatura, el número de empresas que vende al extranjero ha experimentado un aumento del 19,6%, después de un trienio de caídas entre 2009 y 2011. Hoy, ateniéndonos a los datos de los nueve primeros meses de 2014, el total de compañías españolas que exporta al extranjero ha subido a 44.564.

Empresas exportadoras

Este boom exportador ha llevado las ventas al extranjero al 34% del PIB.En comparación, Reino Unido e Italia se mueven en cotas del 31% y del 30%, respectivamente, con Francia ligeramente por detrás, en el 27% del PIB. Entre 2011 y 2013, la subida de las exportaciones rozó el 9%, mientras que entre 2013 y 2014 el aumento ha sido más moderado, pero ha seguido arrojando un crecimiento del 2,1%.

Aumento de las exportaciones

Esta reactivación del tejido empresarial se aprecia también en el índice PMI, que mide la evolución de la industria y de los servicios. Este indicador sintético de actividad se movió en 2014 en niveles superiores a los 50 puntos, mientras que a comienzos de la legislatura se situaba en la barrera de los 40 puntos.

Índice PMI

La Oficina Económica de La Moncloa también se ha fijado en otros indicadores para reforzar la tesis de la recuperación:

  • La inversión extranjera directa ha subido un 32,3% entre 2012 y 2013, llevando al país al noveno país del ranking internacional. Para 2014 se esperan datos que consoliden esta subida.
  • El número de empresas constituidas ha subido en 2012, 2013 y 2014, reflejando un crecimiento del 9,9% hasta ubicarse en 71.500. En términos netos, la subida es del 10% respecto a 2011.
  • Según los datos de la EPA, en el segundo y tercer trimestre de 2014 se crearon 550.000 empleos. La afiliación a la Seguridad Social subió en casi 420.000 personas en 2014.
  • El paro registrado bajó en cerca de 254.000 personas el pasado año, frente a los fuertes aumentos que se dieron a comienzos de la legislatura o los picos superiores al 80% que se observaron entre 2008 y 2009.

Por último, la evolución del consumo de las familias españolas ha experimentado una subida interanual del 2,7%, un dato que no se veía desde hace seis años.

 

Inmigración (XVIII): El sueño urbano en China

"Debido a que el estatus del "hukou" es hereditario por ley, la situación de subclase se traspasa de generación en generación. Este sistema parecido al de las castas es lo que ha hecho la historia del urbanismo en China tan compleja". Kam Wing Chan.

"Está la cuestión de cómo proteger lo que muchos consideran un derecho laboral básico del ciudadano: el de moverse y vivir donde el trabajo pueda encontrarse sin ser penalizado por el gobierno". Wang Su.

"Los trabajadores emigrantes se convertirán en residentes urbanos permanentes de una manera ordenada". Wen Jiabao.

"Si el gusto de la gente por la homogeneidad cultural justifica límites a la inmigración desde el extranjero, ¿podría ese mismo gusto por la homogeneidad cultural justificar también el bloqueo de ciertos tipos de migración interna hacia un barrio o ciudad que tenga a juicio de sus residentes actuales un nivel agradable de homogeneidad cultural?". Michael A. Clemens.

Según la ley fundamental de las migraciones, la corriente demográfica va de los territorios menos productivos a los más productivos. Por eso, las migraciones internas espontáneas casi siempre aparecen vinculadas a las ciudades (del campo a la ciudad o de la pequeña ciudad a la gran urbe). Tienen grandes semejanzas con las migraciones exteriores o interestatales.

El mundo está experimentando la mayor ola de crecimiento urbano de su historia. Hasta hace bien poco la población mundial vivía mayoritariamente en el campo o en poblaciones pequeñas. Esta tendencia empezó a cambiar a partir de la década de los 50. Desde 2012, por primera vez en su historia, más de la mitad de la humanidad está viviendo en ciudades (actualmente el porcentaje promedio es del 51%). Las ciudades generan más empleos e ingresos. Proporcionan agua y saneamiento fácilmente a sus habitantes debido a su proximidad. Pueden ofrecer educación, salud y muchos otros servicios de manera más eficiente que en zonas de menor densidad simplemente debido a sus ventajas de escala. Las urbes ofrecen un entorno más favorable que las áreas rurales para la resolución de problemas sociales, jurídicos o económicos y de hecho alivian la presión sobre los hábitats naturales.

Uno de los primeros supuestos que el economista Walter Bagehot expuso en sus Postulados de Economía política inglesa fue que el factor trabajo (junto al capital) circula, siempre que no haya trabas, de un empleo con menor retribución a otro con mayor retribución dentro de los límites de una nación. Por tanto, un indicador fiable del desarrollo de un país es el porcentaje de población que tiene viviendo en sus áreas urbanas. China tiene precisamente el mismo porcentaje que el promedio mundial (51%).

Los países bajo regímenes tiránicos en mayor o menor medida se caracterizan (hoy y ayer) por restringir tanto la emigración interna como la externa. Todo el aparato organizativo del Estado controla el movimiento de su población, en cualquiera de sus facetas. Esto es opresivo. Sólo la antigua Yugoslavia, un poco más abierta, permitía tímidamente viajes al exterior, aun así sus jerarcas achacaban al emigrante una presumible falta de sentido del socialismo.

En China el paralizante sistema hukou fue empleado desde, por lo menos, la dinastía Han como medio de control poblacional para el pago de impuestos y para impedir los libres flujos migratorios internos.

En 1958 el líder comunista Mao Zedong reintrodujo en la República Popular China de forma radical un sistema de registro familiar muy parecido al hukou tradicional por el que cada persona quedaba fijada como un clavo en su lugar de nacimiento. El movimiento de la gente trabajadora entre las zonas rurales y urbanas se sometía a férreo control administrativo. A partir de entonces, si una persona deseaba prosperar e irse a una ciudad, debía contar ineludiblemente con una muy restrictiva autorización gubernamental para poder residir en dicha urbe. Mao obligó a los campesinos a permanecer en sus lugares de residencia y le molestaba que la gente "deambulara por ahí de forma descontrolada". Si Stalin hizo lo mismo sólo con los ucranianos en los años treinta, el Gran Timonel chino lo hizo con toda su población.

Hasta 1976 la policía china blindó las ciudades y sus caminos e hizo redadas periódicas en las urbes para detectar a los "sin papeles" para ingresarlos en centros de detención y "repatriarlos" posteriormente a sus localidades de residencia permanente. Esto fue especialmente lacerante en los primeros años de aplicación del sistema hukou ya que tener el status de "rural" o "urbano" significaba ni más ni menos la diferencia entre vivir o morir durante las hambrunas masivas fruto del aberrante Gran Salto hacia Adelante en la que los campesinos fueron encajonados en granjas comunales y en las que se colectivizó incluso los utensilios privados de cocina. Se estima que más del 95% de los 36 millones de muertos por inanición durante los cuatro espantosos años que duró la gran hambruna derivada del desquiciado programa político eran portadores del hukou rural.

Tras las reformas económicas de 1978, China mutó de un socialismo de Estado a un capitalismo de Estado a lo largo del último tercio del siglo XX. Ante las fortísimas presiones migratorias que fueron surgiendo del interior hacia las ciudades costeras del este, se introdujeron tímidos cambios en las restricciones migratorias a la movilidad laboral en el interior del país. Sin embargo, dicho sistema hukou permanece hasta el día de hoy esencialmente intacto. En la práctica, hoy dichas restricciones a la movilidad laboral son repetidamente incumplidas y muchas personas obtienen extraoficialmente un trabajo en las ciudades sin el permiso válido de residencia urbana. Aquellos que emigran con el correspondiente permiso de trabajo y residencia son considerados población flotante (you min). Sin embargo, a lo largo de los años se ha ido formando una masa imponente de trabajadores ilegales en torno a las ciudades chinas. De los 700 millones de personas que habitan las ciudades se calcula que un tercio carecen de permiso. Son considerados de manera despectiva waidi ren (gente de fuera) o liu min (vagabundos).

Estos waidi ren o gente "foránea", discriminados por el mero lugar de nacimiento, tienen limitado su acceso al trabajo y a las diversas prestaciones sociales (educación primaria, acceso a las universidades, cobertura sanitaria o vivienda). Unos 230 millones de personas se han convertido en inmigrantes ilegales dentro de su propio país. Son los parias explotados por empresarios que se aprovechan de su vulnerabilidad tal y como sucede con la inmigración ilegal en otros países. Esta inmensa fuerza laboral china clandestina sin permiso de residencia en ciudades ha suministrado a la economía global ingentes cantidades de mercancías a muy bajos precios y ha permitido el despegue económico de China en los últimos treinta años. Sin el sistema hukou no existiría la China que hoy conocemos. Algunos afirman que es el arma más potente, secreta y sucia que poseen los gobernantes de dicho país.

Los "ciudadanos urbanos" (los equivalentes a los "nativos" de otros países) suelen señalar a los trabajadores indocumentados procedentes del campo como responsables del aumento de la criminalidad, del desempleo o de la contención de los salarios, por lo que suelen estar estigmatizados. Son partidarios de que el sistema restrictivo se mantenga porque temen que haya una avalancha de campesinos y que las infraestructuras y servicios ofrecidos por las urbes sufran tensiones insoportables. Todos estos temores son los mismos que los nativistas de otros lugares y les son familiares a los liberales contrarios a las fuertes restricciones a la inmigración que vulneran el derecho básico a la movilidad laboral de las personas.

Pese al conocido crecimiento poblacional en China, el sistema de registro hukou puede acabar jugando una mala pasada a las autoridades chinas: hay que tener en cuenta que existen ya evidencias de que la sociedad china envejece muy rápidamente y su crecimiento demográfico se estancará a partir de 2020. China va camino de convertirse en una paradoja inaudita para los demógrafos: un país con población mayoritariamente anciana antes de ser un país rico.

Es perentorio rebajar con anticipación y determinación los controles migratorios en el interior del país, así como suprimir la totalitaria política de hijo único en las ciudades. Sin embargo, debido a que el aparato del partido único y su inmensa burocracia tienen sus propios tiempos e inercias es difícil prever por el momento avances significativos al respecto.

Las actuaciones de los gobiernos chinos tienden a priorizar la llegada de trabajadores cualificados a las ciudades y a potenciar el flujo de los mismos hacia las ciudades del oeste, menos industrializadas. Este modelo de desarrollo cortoplacista no está dando sus frutos ni tampoco atajando en serio los graves problemas económicos y sociales que el paralizante sistema hukou genera en la sociedad china.

Según un estudio de Chan y Buckingham (2008), pese a que dicho sistema de restricción a la emigración laboral interna ha sufrido diversas reformas acumulativas desde los años 80, no han significado ni mucho menos su supresión sino más bien el traspaso de la responsabilidad de su gestión del gobierno central del país a las autoridades locales, lo que en muchos casos ha supuesto en realidad endurecer aún más las posibilidades de la migración de los campesinos a la ciudad. Según sus dirigentes locales, la fuerte demanda de servicios públicos para hacerse cargo de los nuevos llegados que supondría la liberalización de las reglas del hukou sería demasiado costosa para sus ciudades.

El registro hukou chino actual sigue siendo un importante impedimento al desarrollo económico del país. Es necesario flexibilizar mucho más dicho sistema y que las autoridades locales vendan a aquellos que deseen acceder a ellas permisos de residencia urbana temporal (no creo que haya ningún otro método más racional para poner orden al caos) sin arbitrariedades o discriminaciones por razón del origen, la cualificación del trabajador o cualquier otro criterio que pueda parir la mente de un político.

Estas reformas liberalizadoras serían una bendición para la sociedad china en su conjunto pero traerían no pocos sobresaltos para el desarrollo "armonioso" de tipo confuciano -tan caro a los planes de los jerarcas chinos- por lo que es de suponer que el cumplimiento del sueño urbano de muchos campesinos chinos tendrá aún que esperar.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIIIIXXXIXIIXIIIXIVXVXVI y XVII.

Calidad y decencia

Gracias al distinguido periodista canario Antonio Salazar tuve conocimiento de unas declaraciones de la socióloga y politóloga venezolana Elizabeth Tinoco, directora regional de la OIT para América Latina y Caribe, que recogió ABC.

Abogó por "políticas activas del mercado de trabajo, las políticas salariales que incrementan la capacidad de consumo, y eso repercute en la recuperación y los incentivos para promover el emprendedurismo juvenil". Rechazó los minijobs y la precariedad laboral: "No vale generar cualquier trabajo", sino "crear empleo decente para todos (…) empleo de calidad (…) empleo que garantiza la protección social, que tiene un salario adecuado". Y apostó por la intervención pública también en los servicios de empleo "que sirvan de enlace a los jóvenes para conseguir un empleo que se ajuste a ellos”.

Dirá usted: ¿y qué? ¿Quién se opondrá a un empleo decente y de calidad? ¿No es eso lo que desea cualquiera? El problema, claro está, es que la señora Tinoco no está a favor de la libre contratación entre trabajadores y empresarios, en cuyo caso habría abogado por ella, sino por una contratación intervenida por el poder. De ahí que, en realidad, sus declaraciones susciten dudas. 

Empezando por el principio, es más que dudoso que el consumo promueva la recuperación económica, porque si así fuera la economía no habría entrado en crisis nunca, puesto que el consumo era muy elevado antes de la crisis. Los emprendedores jóvenes, y de cualquier edad, asimismo, no son promovidos por la intervención pública sino por su ausencia, en la medida en que reduce los costes de su actividad.

Dicha intervención, del mismo modo, tiende a producir paro, lo que resulta contradictorio con el empleo protegido, decente y de calidad. Otro tanto sucede cuando el salario adecuado no es establecido voluntariamente entre las partes sino forzado por el poder y las burocracias políticas, empresariales y sindicales.

Por último, que la señora Elizabeth Tinoco confíe en la intervención para lograr más empleo para los jóvenes, cuando es esa misma intervención la que provoca un paro juvenil superior al 50%, representa, como diría Oscar Wilde sobre el matrimonio, el triunfo de la esperanza sobre la experiencia.

El futuro era exactamente esto

Hace casi quince años la dirección de la Inteligencia Central de Estados Unidos, dependiente de la Casa Blanca, publicó un informe sobre tendencias globales para el entonces lejano año 2015 (el informe puede leerse aquí). Los expertos estuvieron muy acertados en las predicciones. Preveían, por ejemplo, tensiones migratorias crecientes en la frontera con México, problemas demográficos en Oriente Medio que devendrían en descontento social y extremismo religioso, el surgimiento de China como gigante económico o continuos ciberataques que podrían al mundo entero en jaque. Para otras cosas no atinaron, pero, claro, ¿quién iba a imaginar algo tan inimaginable como el 11-S  tan solo un día antes? 

Quince años no es demasiado tiempo. Con buena información, sentido común y conocimientos de historia pueden hacerse pronósticos bastante fiables para 2030 e incluso para 2050. Muchos de los eventos actuales no son más que parte de tendencias globales que se desarrollan durante años. Simplemente hay que detectarlas y a partir de ahí seguirles el curso. Hay, de hecho, gente que se dedica a eso y cobra por ello. Bastante bien, por cierto. 

Llegados a este punto cabría preguntarse lo siguiente: ¿hace tres lustros hubiésemos visto con claridad la España actual, que, aunque comenzó el siglo con una euforia desmedida, ahora se encuentra presa de la frustración y el desánimo?Probablemente no… o quizá sí, pero sólo si el augur se hubiese preocupado de mirar por debajo de la siempre finísima epidermis de las vacas gordas.

Ninguno de los males que afligen a la patria es nuevo. Ninguno. La crisis económica, sin irnos muy lejos, se larvó precisamente durante esos años de lujo y fantasía en los que el crédito fácil y las recaudaciones fiscales extraordinarias inflaron varias burbujas que son en primera y última instancia las causantes de nuestras calamidades de hoy. Fue en el año 2001 cuando al gobernador del BCE le dio por bajar los tipos de interés hasta niveles ridículamente bajos. De aquellos polvos, esas promociones en la costa y aquellas urbanizaciones en el extrarradio, esos créditos consumo sin garantías y aquellos préstamos ruinosos a empresas con ideas todavía más ruinosas.

El crecimiento desmesurado del Leviatán estatal en sus distintos escalones administrativos también procede de la misma época. El Gobierno central, los autonómicos y las corporaciones locales dispararon el gasto al calorcito de la expansión crediticia y la sensación de sempiterna bonanza. No nos engañemos, la España de aquel entonces era lo más parecido al país de nunca jamás, tal vez por eso la guerra de Irak o el calentamiento global dieron tanto que hablar. En estos momentos con la que está cayendo asuntillos tan banales seguramente los hubiésemos ignorado. 

Los excesos crediticios e inmobiliarios se han ido digiriendo mediante un ajuste de caballo que ha puesto a seis millones de personas en la calle, al tiempo que ha consumido la carrera profesional de una generación de españoles y las esperanzas de encontrar un empleo de otra. En cambio, los excesos en los que hocicaba –y sigue hocicando– el politiquerío y su recrecida cohorte funcionarial se han dado por buenos e inevitables. El futuro era este, convendría un fino observador desde el pasado. El futuro era que una menguante minoría pagase los impuestos de Alemania del este para mantener a una mayoría que no hace sino acrecentarse. Desconozco hasta donde aguantará la cuerda sin romperse. Lo que sí sé es que todo apunta a que lo que tenemos nos parece poco. Queremos más, más políticos, más funcionarios, más Gobierno, más Estado, más miseria, más atraso. Que no se diga en 2030 que no lo hemos visto venir.

Grecia: un desastre del gasto público, no de la usura

Pocos cuestionan que la necesidad de cumplir con la palabra dada: si uno se endeuda, la buena fe obliga a devolver el dinero prestado. El gobierno griego tampoco debería constituir una excepción al respecto (a menos que uno abogue por la libertaria alternativa de abolir el Estado y repudiar todos sus compromisos adquiridos) y, de nuevo, parece que la buena fe para con sus acreedores obliga a que el Estado griego amortice sus obligaciones financieras.

Sucede que, al entender de muchos, el Estado griego ha sido víctima de unas condiciones de financiación usurarias que justificarían por sí solas un repudio legítimo de la deuda. Una cosa es defender que se honre la palabra dada y otra muy distinta que se honre bajo inaceptables condiciones de usura: tipos de interés del 10%, del 20% o del 40% resultan absolutamente injustificables y, por tanto, Grecia haría bien en impagarlos.

¿Usura contra Grecia?

Dejando de lado lo problemático que resulta trazar una frontera entre intereses usuarios y no usurarios incluso para quienes defienden semejante distinción (ser un deudor de alto riesgo es lo que tiene: que nadie se fía de ti y apenas tienes prestamistas que quieran financiarte), el argumento anterior presenta una dificultad que suele soslayarse con frecuencia: los tipos de interés que se han estado pagando entre 2010 y 2014 por la deuda pública griega en el mercado secundario han sido del todo irrelevantes para configurar su actual situación presupuestaria. Básicamente porque Grecia lleva desde 2010 fuera de los mercados (salvo por un par de emisiones menores en 2014): los altos tipos de interés (del 10%, 20% o 40%) que se han llegado a pagar en el mercado secundario por la deuda griega sólo reflejaban el precio de altísimo riesgo al que se intercambiaban la deuda griega quienes ya tenían deuda griega, no el precio al que se financiaba el gobierno griego.

Para conocer el tipo de interés medio que ha soportado el Estado griego durante los últimos años hemos de poner en relación los pagos anuales de intereses del Estado griego con el stock total de su deuda pública. Si lo hacemos, descubriremos que desde 2006 no ha habido ningún año en el que Grecia haya pagado por su deuda más de un 4,5% de intereses, lo que difícilmente podremos calificar como usura (sobre todo teniendo en cuenta que la inflación media desde 2006 ha sido en Grecia del 2%, de modo que el Estado griego no ha pagado nunca desde ese año tipos de interés reales superiores al 2,5%). De hecho, en el año 2013, Grecia pagó sobre su deuda pública unos tipos de interés nominales inferiores a los de Alemania: en concreto, el 2,28% frente al 2,62% de sus vecinos del norte.

Fuente: Eurostat

No sólo eso: en 2013 Grecia fue el cuarto país de la Eurozona que abonó menores intereses sobre su deuda pública:

Fuente: Eurostat

En realidad, y pese al bombardeo propagandístico sobre la deudocracia usuraria contra Grecia, a nadie deberían sorprenderle tales resultados: en 2012, la Troika aprobó un segundo plan de rescate para Grecia, por el cual el Estado griego obtuvo unas condiciones de financiación extremadamente beneficiosas.

Así, de los 355.000 millones de euros en deuda que mantenía Grecia a finales de 2011, 205.000 millones estaban en manos privadas y 150.000 en manos públicas (55.000 millones en posesión del BCE y unos 100.000 millones en manos de la Troika, fruto del primer rescate). Los 150.000 millones en manos públicas fueron refinanciados a Euribor+1,5%, mientras que los 205.000 millones en manos privadas fueron reestructurados del siguiente modo: primero se aplicó una quita del 53,5% a los acreedores privados, reduciéndola a poco más de 95.000 millones de euros; de esa suma, 30.000 millones fueron recomprados por la Troika (a través del EFSF) y al resto se les rebajaron los intereses al 3,65%. Además, la Troika le extendió una línea de crédito adicional de 100.000 millones de euros para que no tuviera necesidad de financiar sus déficits emitiendo deuda en el mercado (línea de crédito también a Euribor+1,5%): así, desde comienzos de 2012 Grecia ha emitido cerca de 70.000 millones de euros adicionales (en buena medida para recapitalizar a la banca griega, a la que quebró, como a la chipriota, la quita del 53,5% sobre la deuda pública griega), elevando su deuda pública total desde los 250.000 millones en que la dejó este segundo plan de rescate hasta 320.000 millones a finales de 2013. De esos 320.000 millones, el 80% se halla en manos de la Troika, esto es, del Banco Central Europeo, del FMI y de la Comisión Europea.

Difícilmente podrán tildarse estas condiciones de usurarias: más bien, como hemos visto, han logrado para Grecia un tipo de interés medio por debajo del de casi cualquier otro país de la Eurozona y, por supuesto, de cualquier otro deudor privado europeo. Pero, entonces, ¿a qué se debe que la situación financiera del Estado griego sea tan horrorosa? Pues no a los inexistentes altos tipos de interés, sino a la muy existente y muy gigantesca deuda pública griega.

El principal culpable: el desbocado gasto público

El volumen total de deuda pública griega se situaba, ya antes de la crisis, por encima del 250% de los ingresos públicos, frente al 150% que representaba en Alemania. Pero después de la crisis rebasó el 350% y llegó a superar el 400% en el año 2011 (nótese que el rescate y las medidas de “austeridad” se comienzan a imponer a Grecia en el año 2010, y en 2009 ya tenía un volumen de deuda pública completamente desbocado).

 

Fuente: Eurostat 

Como consecuencia de este enorme volumen de deuda pública (y no como consecuencia del alto interés medio pagado), su factura anual de intereses superó, hasta el segundo rescate a Grecia, el 12% de los ingresos públicos (en 2011, antes del rescate alcanzó, el 17%). Compárenlo con Alemania, cuya factura de intereses se ha mantenido estable en el 6% de todos los ingresos públicos.

Fuente: Eurostat

Por tanto, insisto, el problema no es el tipo de interés medio que abona Grecia por su deuda pública, sino el altísimo volumen de esta deuda pública. Matemáticas básicas: el 50% de 10 euros son 5 euros y el 1% de mil millones de euros son 10 millones; que el tipo de interés sea bajo no garantiza que tu factura en intereses sea baja si debes muchísimo dinero.

En este sentido, la responsabilidad de la situación financiera griega les corresponde a quienes gestaron su elevadísimo volumen de deuda: es decir, a los políticos griegos y a todos aquellos que aplaudían con las orejas las políticas de endeudamiento público (antes y después de la crisis). El grueso de la deuda pública griega se emitió antes de que Grecia fuera rescatada por la Troika: en concreto, el 90% de la deuda pública griega del año 2010 había sido emitida antes de 2010. Ni siquiera es posible inculpar a las políticas de presunta austeridad del deterioro de la solvencia de Grecia por haber provocado un hundimiento de la actividad económica y de los ingresos públicos: aun cuando el Estado griego hubiese conseguido mantener el nivel de ingresos públicos del año 2007 (objetivo complicado en medio de una crisis económica como la actual), el peso de la deuda pública en 2011 habría sido equivalente al 391% de los ingresos (frente al 403% que realmente fue y frente al 180% de Alemania) y el peso de los intereses en estos ingresos habría sido del 15,8% (frente al 17,1% que realmente fue y al 5,8% de Alemania).

No: Grecia no quebró por la Troika y Grecia no está financieramente contra las cuerdas por la Troika. Grecia estaba financieramente contra las cuerdas por esto:

Fuente: Eurostat

Si bien Alemania estabilizó el gasto real por habitante (esto es, descontando la inflación) entre 1996 y 2007, Grecia lo disparó más de un 60%, sufragando gran parte de esa brutal expansión del gasto público en la emisión de deuda. Desde 2010, los recortes en los desembolsos públicos han logrado corregir semejante megalomanía estatal y regresarla a una senda sostenible (de hecho, Grecia alcanzará superávit primario en 2014 y, si no nos mienten más en sus estadísticas, el déficit no superará el 3%); pero por desgracia todo apunta que los próximos gobiernos griegos (ya sean de la oligarquía oficialista de Nueva Democracia o del aspirante a nueva oligarquía de Syriza) tratarán de incrementar nuevamente el gasto público regresándolo a la senda de insostenibilidad.

Por eso, el Estado griego jamás debió ser rescatado por los contribuyentes europeos: no sólo se ha trasladado ilícitamente una gran cantidad de riesgo a los hombros del ciudadano medio europeo, sino que además se ha terminado protegiendo a la oligarquía (y neo-oligarquía) griega de las consecuencias de su propia irresponsabilidad proestatista y liberticida. Lejos de aprender la lección, han conseguido endosar las culpas del desastre que ellos engendraron a la Troika: la solución a sus problemas, nos dicen ahora, no es la austeridad de la Troika, sino volver a incrementar masivamente el gasto público. Es obvio, pues, que no han entendido nada y que están deseosos por volver a las andadas: sólo por eso, repito, jamás debieron ser rescatados con el dinero de todos los contribuyentes europeos.

Por otra década de libertad

En 2015, el Instituto Juan de Mariana cumple 10 años. Una década de continuada, comprometida e independiente defensa de la libertad frente a todos aquellos que han pretendido cercenarla, ya sea para meterse en nuestra cama o para arrebatarnos nuestra cartera. Frente a las comunas socialistas y a las comunas distributistas, el liberalismo promueve el ideal de una sociedad abierta donde convivan en recíproca tolerancia concepciones de la vida plurales y heterogéneas: vive y deja vivir (libertad), haz el amor y no la guerra (paz y ausencia de coacción), mi casa es mi castillo (propiedad).

Atendiendo, sin embargo, al estado de nuestra sociedad, parecería que en diez años hemos avanzado más bien poco o que, incluso, hemos retrocedido. Reaccionarios de izquierda y de derechas se han instalado en el gobierno o aspiran a hacerlo a corto plazo, garantizando una sostenida merma en nuestras libertades. ¿Acaso han caído en saco roto los millares de artículos, los centenares de conferencias o las decenas de intervenciones televisivas y radiofónicas de los miembros del Instituto Juan de Mariana a lo largo de estos últimos diez años? Sinceramente no lo creo: si el precio de la libertad es la vigilancia permanente, no nos queda otra que continuar vigilantes aun en medio de un continuado retroceso de nuestras libertades. Acaso en mayor medida cuando la coyuntura es especialmente adversa.

Por eso en 2015 seguiremos desplegando las actividades que han venido caracterizando al Instituto durante su primera década de existencia: nuestras charlas semanales, nuestros artículos diarios, nuestros seminarios de formación intensiva, nuestra Universidad de Verano, nuestra Cena de la Libertad, nuestro Congreso de Economía Austriaca, nuestra Feria de Libros liberales o nuestros informes de investigación. Continuaremos haciendo aquello por lo que nos hemos caracterizado durante una década y, en la medida de nuestras posibilidades, trataremos de hacerlo mejor.

Pero tras diez años de actividad probablemente no baste con un “más de lo mismo aunque mejor”. Los nuevos retos para nuestras libertades representan nuevas demandas que atender y el desarrollo de las nuevas tecnologías proporciona nuevas modalidades de oferta con las que atenderlas. Ya lo alertó Mises cuando nos exhortó a no ceder jamás ante el mal y a combatirlo con mayor audacia: audacia, astucia y perseverancia. Así, 2015 será un año de cambios y de novedades para el Instituto: cambios y novedades que esperamos sean de vuestro agrado y, sobre todo, que os proporcionen nuevas herramientas para librar la muy esencial batalla de las ideas, en particular durante esta etapa crepuscular para las libertades.

Mas, justamente por ello, este 2015 también necesitaremos de vuestro más activo y entusiasta apoyo. Pese a ser regados con decenas de millones de euros por las omnipotentes oligarquías globales e intergalácticas, el Instituto es un centro de pensamiento humilde y austero que sobrevive merced a las microaportaciones de sus varios centenares de comprometidos miembros. A todos ellos: muchas gracias por habernos permitido nacer y crecer durante estos diez años; sin vosotros no existiríamos. A todos los demás: gracias por visitarnos, por nutrirnos con vuestros comentarios y con vuestras críticas; ojalá este 2015, a la luz de las novedades que os presentaremos próximamente, os decidáis a ayudarnos para así contribuir a sostener y amplificar el escaso número de altavoces con los que hoy cuenta el liberalismo en nuestro país.

De ahí que, a pesar de las más que evidentes amenazas que se ciernen sobre nuestras sociedades, me gustaría brindar por un esperanzador 2015: brindemos por esta conclusa década de vida del Instituto en defensa de la libertad y brindemos, también, por esta incipiente nueva década de lucha infatigable por la libertad. Por todos vosotros: gracias por estar ahí durante estos diez años. Os emplazamos a que nos sigáis acompañando en los próximos diez. 

Obama en La Habana

"Al presidente Obama seguramente le gustaría pasar a la Historia como el político que derribó una de las más largas y penosas dictaduras de nuestro tiempo… Pero: ¿será capaz de hacerlo?".

Estos días se habla y se leen todo tipo de comentarios en torno a las declaraciones de Obama y Raúl Castro sobre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre sus respectivos países. Para algunos, es ya casi un hecho que se van a abrir las embajadas en La Habana y Washington; otros piensan que todo es una trampa más de la dictadura cubana, que ha engañado incluso al Papa Francisco; los más se alegran de que se abran procesos de diálogo, aunque lo miran con cautela… Yo me incluiría en este último grupo, reconociendo que apenas tengo otra información que la de la prensa y la radio (habría que bucear por todo ese fascinante mundo de la resistencia cubana en la Red, para escribir con verdadero conocimiento de causa). Así que reconozco acogerme a ese aforismo de que, en realidad, creemos que va a pasar lo que nos gustaría que ocurriese… pero nada más. Bueno: el tiempo dirá quién estuvo más acertado en sus análisis y predicciones.

Con todo, hay una cosa que me gustaría compartir con Uds. en torno a esta noticia: lo de un posible viaje de Barack Obama a la isla caribeña. No soy capaz de imaginarme al Presidente de los EEUU con una guayabera y dándoles un abrazo a los Castro… Pero sí pensaba que al señor Obama le gustaría pasar a la Historia como el político que derribó una de las más largas y penosas dictaduras marxistas. Escribía hace poco sobre el Muro de Berlín y los protagonistas de su caída: Kennedy ("Ich bin ein Berliner") y Reagan ("Tear down this Wall")… ¿oiremos una frase parecida sobre Cuba? De momento, me temo que no; aunque también es cierto que estos días le hemos escuchado al Presidente alguna respuesta más valerosa de lo normal a los desaires de esa otra insoportable dictadura de Corea del Norte.

¿Qué puedo escribir del embargo y su levantamiento? Desde luego, que es un asunto complicado que divide a los propios norteamericanos y a los cubanos en el Exilio. Se habla de esas dos generaciones (¡medio siglo de comunismo!) que ven las cosas de forma diferente. Además, detrás de esta decisión se esconden otras intenciones ocultas de tipo electoral: seguro que Obama no ha dejado de pensar en la forma de recoger votos para su partido. También se ha generado ese mismo debate en Europa: ahora discutimos sobre la "posición común" que logró imponer Aznar en Bruselas; ¿sigue vigente? En el propio Partido Popular español no tengo claro que tampoco haya unanimidades… (luego escribo algo sobre Rajoy).

Los partidarios de levantar el embargo sostienen que los mayores perjudicados son la gran mayoría del pueblo que malvive en Cuba. Aquí tienen razón: podemos estar seguros de que no afectaba a toda esa nomenklatura de gerifaltes y delatores al estilo soviético (y chino) que viven a lo grande en un hipócrita paraíso del proletariado… Ni parece que tampoco a los empresarios extranjeros, que hacen su agosto a costa de un turismo barato de sol y playa (a veces, también de sexo, algo de lo que por cierto se habla muy poco).

Por otra parte, copio lo que les escribía en esta web hace pocos días mi compañero de columna Pablo Martínez Bernal:

"Tras 54 años de embargo, era hora de probar algo distinto. Comentaba el director del Instituto, Juan Ramón Rallo, que "la libertad de movimientos de personas, mercancías y capitales enriquece a los pueblos. Por eso el embargo sobre Cuba es un error". Lo que está potencialmente encima de la mesa es poner fin al embargo, que no bloqueo, de Estados Unidos contra Cuba. Eso son muy buenas noticias para los cubanos".

Efectivamente, sabemos que la libertad de comercio suele ayudar a mejorar la situación de los derechos humanos y a que los pueblos progresen económicamente. Nada hay peor que un país opaco (para los de dentro, y para los de fuera). Sin embargo, a veces nos dejamos llevar por ese buenismo de lo que nos gustaría que pasara… Y olvidamos que hay gobiernos autoritarios y gobernantes corruptos, frente a los que solo cabe una respuesta enérgica y unánime. Sobre este punto sí tengo una opinión formada de algunas sugerencias: establecer un riguroso embargo sobre las cuentas bancarias de los gobernantes y funcionarios cubanos en los paraísos fiscales; ayudar siempre a los disidentes, cuando se viaje a Cuba o a Miami; controlar también a los empresarios extranjeros que hacen su agosto en la Isla gracias a concesiones gubernamentales; sostener económicamente la ayuda humanitaria de las iglesias y ONG no sospechosas de connivencia con el régimen (en general, lo mejor sería evitar cualquier ayuda económica que pase por las manos de sus gobernantes); impedir la presencia del castrismo en organismos internacionales; y siempre, denunciar cualquier atentado contra los derechos humanos: (¿es cierto que estos días la guarda costera cubana hundía una embarcación que trataba de huir del paraíso castrista?).

Les anunciaba un último párrafo sobre unas declaraciones de Mariano Rajoy; me acordaba de ellas al escribir ahora sobre la volatilidad de las posturas del PP en lo referente a Cuba. Y aunque no tienen demasiado que ver con este asunto, me permiten este pequeño desahogo contra la falta de determinación: eran a propósito de las medidas contra la corrupción que aprobaba el Gobierno el mes pasado. Me parece que fue entonces cuando escuché al Presidente quejarse de que, ciertamente, la posibilidad de equivocarnos y actuar mal forma parte de nuestra condición humana. Pero lo decía con muy poca esperanza: no se puede hacer nada… Yo pienso que sí: no sé si hacen falta más o menos Leyes; pero basta con que se cumplan; se persiga a los corruptos y no se tolere su presencia en los partidos (en este punto, la postura de la oposición es todavía más lamentable que la del gobierno). Y algo muy importante: creer en la educación. Es posible una regeneración moral de nuestra sociedad, si creemos que se puede educar a las personas en valores y virtudes. Cualquier opinión no es igual de válida: hemos pasado demasiados años renunciando a defender posturas firmes, porque suena mal. Así nos ha ido, por ejemplo, con el fiasco de la enseñanza en manos de los gobiernos nacionalistas: va a costar mucho esfuerzo recuperar esos valores de solidaridad nacional que han desaparecido de las escuelas.