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La muerte de Botín: reacciones y reflexiones

El miércoles de la semana pasada amanecíamos con la noticia de la muerte de Emilio Botín, presidente del Banco Santander desde 1986. Emilio Botín fue una figura clave en el desarrollo del Banco Santander. Heredando de su padre un banco mediano regional, logró convertirlo en el banco más grande de la zona euro y el XX más grande del mundo. Prácticamente al instante, internet en general y las redes sociales en particular, comenzaban a llenarse de múltiples comentarios y valoraciones sobre su fallecimiento, algunas favorables y una peligrosa mayoría desfavorables (en algunos casos de bastante mal gusto y poca humanidad).

Antes de analizar las reacciones que surgieron al conocerse la muerte de Botín, es conveniente hacer un ejercicio de transparencia y decir abiertamente todo lo que (en mi humilde opinión) Botín hizo bien y todo lo que hizo mal. Como banquero, Botín destacó notablemente y supo convertir un banco regional que ni siquiera era líder en nuestro país, primero en el banco más importante de España y, años más tarde, en el de mayor tamaño de la zona euro y uno de los más importantes por el tamaño de sus activos. Llegar hasta tan lejos no fue nada fácil y sin la visión y astucia de Botín, es muy poco probable que hubiese logrado tal éxito. Botín supo ver que debía de romper el cártel bancario que existía en España tras la Transición. Con productos estrella como la Supercuenta, captó mucha cuota de mercado y fue sobrepasando a otros bancos rivales, como si del mismísimo Fernando Alonso se tratara en una carrera de Fórmula 1. Más tarde, supo ver que debía ganar tamaño y, gracias a las compras de Banesto primero en 1994 –en donde descubrió al que sería una figura clave de banco años más tarde, Alfredo Sáenz- y a la fusión con el Central Hispano en 1999, se convirtió en el líder nacional.

La siguiente etapa en la hoja de ruta trazada por Botín era la expansión internacional. La estrategia del Santander fue siempre muy similar: comprar bancos con cuotas del entorno del 10% y hacerlos crecer importando la marca Santander en la gestión, que consistía en centrarse en hacer banca tradicional sin grandes pretensiones y perseguir siempre un liderazgo tecnológico que le permitiese diferenciarse de los demás y, sobre todo, lograr colocar más productos por clientes gracias a esa ventaja competitiva. La estrategia fue un éxito –con algún tropiezo, todo sea dicho- allá donde Botín invirtió. Gracias a su visión y a su dedicación y entrega al Banco Santander, logró su sueño: llevar al banco a lo más alto. A veces las personas sienten auténtica pasión no por jugar al golf (afición con la que Botín disfrutaba mucho) o viajar por todo el mundo, sino con algo mucho más productivo como dirigir una empresa. Esta clase de empresarios hace bien en dedicar su energía a aquello que más les gusta puesto que con eso (siempre y cuando no cuenten con ningún tipo de privilegio o prebenda estatal) logran servir a la sociedad de la mejor manera posible: creando valor a través de sus empresas.

Hasta aquí lo que en mi opinión han sido los aciertos empresariales de Botín. Ahora toca hablar de las sombras. En primer lugar, pese al aparente éxito empresarial del Banco Santander, conviene no perder de vista que la creación de valor para el accionista del Banco Santander fruto de la gestión de Emilio Botín y Alfredo Sáenz deja bastante que desear. En los últimos quince años -que se dice pronto-, la rentabilidad anualizada por acción ha sido de un paupérrimo 4%, dividendos incluidos. Las constantes ampliaciones de capital y la venta de múltiples activos valiosos han sido, en parte, responsables de esa pésima rentabilidad. La banca puede que sea un negocio enormemente lucrativo, pero una mala gestión del capital puede suponer una destrucción de valor muy importante para los accionistas. Como segunda crítica hacia la gestión de Botín, destacaría el hecho de que, siendo accionistas de un porcentaje tan pequeño del Banco (del 3% antes de la crisis han pasado a menos de un 1% del capital social en la actualidad), la familia Botín haya gestionado el banco a sus anchas, como si de un Amancio Ortega (controla cerca del 60% de Inditex) o de un Warren Buffett (controla cerca del 25% del capital de Berkshire Hathaway) se tratara. Este último, a diferencia de lo que hacía Botín, vive por y para sus accionistas, a los que considera sus socios y a los que trata como tales. Su única obsesión es lograr que obtengan la mejor rentabilidad de su patrimonio con el menor riesgo posible, poniendo en un segundo término cualquier otra cuestión o interés personal. La tercera y última crítica que hago de Botín son sus múltiples problemas judiciales. Varios han sido los encontronazos de Botín con la justicia y en diversas ocasiones ha tenido que pisar los juzgados. El caso de las cesiones de crédito y las multimillonarias pensiones a Amusátegui y Corcóstegui a cuenta de los accionistas del banco son dos casos que empañan la gestión de Botín al frente del Santander. Los estándares éticos a los que los empresarios más importantes deben aspirar –precisamente por la notoriedad pública que tienen- deben de ser los más altos posibles. En este aspecto, Botín estuvo lejos de destacar por su ética. El escándalo de la condena y la posterior petición de indulto para Alfredo Sáenz –que ZP en su último consejo de Gobierno gentilmente firmó- fue la guinda del pastel. Para que luego digan los banqueros que no les mima papá Estado.

Analizando las reacciones de la muerte de Botín, uno leía numerosas críticas hacia su persona, pero ninguna de ellas eran las mencionadas previamente. Algunos de los argumentos que la gente le ha echado en cara a Botín (como recopilaba Juan Ramón Rallo) han sido cosas tan estúpidas como el simple hecho de ser rico, el simple hecho de ser banquero, el simple hecho de dejar una herencia, que el Santander ya cuente hoy mismo con un nuevo presidente, las preferentes que emitieron las cajas de ahorros, el rescate estatal a las cajas de ahorros o los desahucios a quienes solicitaron un préstamo con garantía hipotecaria. Ninguno de estos puntos son críticas que puedan reprocharse a Botín. La única en la que parcialmente se puede argumentar un reproche es en la cuestión de ser banquero. La sociedad hace bien en repudiar el rescate con dinero público de los bancos y cajas de ahorros con problemas. Muchos se niegan a entender (o no les interesa comprender) que el capitalismo no consiste en la privatización de beneficios y la socialización de pérdidas. El Instituto Juan de Mariana y su director defendieron la postura del bail-in cuando el Gobierno español estaba todavía a tiempo de no endosarnos a todos los ciudadanos el rescate de Bankia, CAM y otras ruinas varias de la gestión pública de las cajas de ahorro. La banca opera en la actualidad con multitud de privilegios estatales que les confieren un poder económico sin parangón en cualquier economía desarrollada. Precisamente gracias a esos privilegios, los bancos, dirigidos magistralmente por la batuta de los bancos centrales, son los responsables de las recurrentes y virulentas crisis económicas que los ciudadanos sufrimos regularmente. Eliminar esos privilegios a la banca sería un sanísimo ejercicio que haría nuestras economías más capitalistas y prósperas, para lamento de toda la casta bancaria. Dicho todo esto, sería de ilusos pensar que Botín, teniendo privilegios estatales tan poderosos, no los aprovechase en su propio beneficio. Sería como dispararse en una pierna. Así que criticar a Botín por ser banquero es culpar a quien no tiene la culpa, sino al que disfruta de esa actividad. El responsable último de los privilegios que goza la banca es el Estado.

Pasemos por último a analizar las reacciones que surgieron tras la muerte de Botín. Algunas de esas reacciones las podemos releer en recopilaciones como éstaMaría Blanco precisamente dedicó un artículo a las perlas que la religiosa Sor Lucía Caram profirió contra Botín poco tiempo después de trascender la noticia.

La primera reacción que me sugieren semejantes comentarios es la de pena. Pena por comprobar la poca humanidad que muestran todos aquellos que se alegran de la muerte de una persona. Siempre hay excepciones. Entiendo que la noticia de la muerte de personas tan dañinas para la convivencia pacífica de los pueblos como la de Osama Bin Laden o -tiempo atrás- la de Adolf Hitler puedan ser la excepción que confirme la regla: no hay que alegrarse de la muerte de nadie. Emilio Botín, como hemos analizado previamente, cometió algunos errores (empresariales fundamentalmente). Meterle en el mismo saco que crueles y viles asesinos no parece un ejercicio muy lógico e intelectualmente honesto.

La segunda reacción que tengo es la de pensar la mala prensa que tiene en nuestro país todo el que sea empresario. Como algunos liberales han dicho en más de una ocasión: dime como tratas a tus empresarios y te diré en qué país vives. Si España es como es, en parte se debe a lo mal que la sociedad trata a los empresarios, la mala imagen colectiva que se tiene de ellos. Los tratos de favor que los banqueros han recibido, por poner un ejemplo relacionado con Botín, no ayudan a que esa imagen mejore. Creo que es bueno que surja en nuestra sociedad un debate acerca de por qué un empresario es para muchos, algo malo de base. Los empresarios, con su dedicación y los riesgos que corren al invertir sus ahorros en sus proyectos, están tratando de servir mejor a la sociedad y quieren, gracias a ese esfuerzo y a esa apuesta, obtener una -más que merecida- plusvalía. Deberíamos alegrarnos de que más ciudadanos quieran ser empresarios y no funcionarios, deberíamos tener claro que hay que ponerles facilidades y no trabas para montar una empresa, para contratar, para despedir, para acceder a financiación (bancaria o no bancaria), y deberíamos no sustraerle una parte tan grande de sus beneficios mediante impuestos.

Si hiciésemos todo eso, quizás dentro de unas cuantas décadas, el hecho de que muriese alguien muy rico no despertaría tanto odio, incomprensión y envidia. El motivo sería que una gran parte de la sociedad española sería inmensamente rica, gracias a haber abandono mentalidades estatistas y anticapitalistas tan dañinas para la libertad y el progreso del ser humano.

La deuda autonómica alcanza los 4.860 euros por habitante

El endeudamiento de las comunidades autónomas creció en más de 3.200 millones de euros en el segundo trimestre de 2014, según los datos ofrecidos por el Banco de España, situando la deuda autonómica global en 228.234 millones de euros, el 22,3% del Producto Interior Bruto español.

De esta manera, durante la crisis económica las autonomías han aumentado su deuda pública en 167.138 millones de euros, una realidad que cuestiona la presunta austeridad de las Administraciones Públicas, especialmente en el ámbito autonómico.


En el siguiente listado se desglosa la deuda por comunidades autónomas, así como la ratio de deuda por habitante de cada autonomía. La media de la deuda autonómica por habitante se sitúa en 4.860 euros. Por encima de la media están las comunidades de Cataluña, la más endeudada de todas con un reparto de más de 8.000 euros por cada catalán, seguida de Baleares, Valencia, Castilla la Mancha y Navarra.

El resto de comunidades autónomas se sitúan por debajo de la media española, con Canarias cerrando la tabla a razón de 2.578 euros de deuda por habitante.

Asturias, Canarias, Castilla y León, Extremadura, Galicia y Navarra son las únicas comunidades que han reducido su endeudamiento en este segundo trimestre de 2014. En el extremo contrario vuelve a destacar el ejemplo de Cataluña, la autonomía que más ha incrementado su deuda en los últimos tres meses contabilizados, con un aumento de 1.029 millones de euros.

Krugman se retrata: “Las burbujas económicas no son necesariamente malas”

En el año 2012, durante su visita a España, Paul Krugman declaró a Libre Mercado que "bromeaba cuando pidió que se crease una burbuja inmobiliaria en Estados Unidos".

La hemeroteca parecía apuntar lo contrario, como vemos en sus artículos para el New York Times y otros medios de comunicación. Sin embargo, Krugman negó la mayor y declaró que esta polémica informativa reflejaba "el bajo nivel intelectual del debate económico actual".

Dos años después, Krugman vuelve a las andadas. Más concretamente, ha hecho las siguientes declaraciones a la revista de la Universidad de Princeton:

Las burbujas son malas en una economía que roza el pleno empleo, pues llevan a un mal uso de los recursos y alimentan la inestabilidad financiera. Sin embargo, en una economía en depresión, hasta un gasto poco calculado puede ayudar a crear empleo. Por eso, las burbujas no son necesariamente malas.

Krugman fue más allá y apuntó lo siguiente:

Hay razones para pensar que estamos viviendo en una era de persistente flaqueza económica. Esto significa que solamente sentiremos la prosperidad en periodos de burbujas.

La entrevista también deja algunas reflexiones llamativas. Así, en opinión del economista estadounidense, "aunque en los 90 existía un consenso en torno a la conveniencia de mantener la inflación en niveles del 2%, hoy yo defiendo que se sitúe en el umbral del 4%".

En este sentido, apuntó además que los tipos de interés "no están en niveles artificialmente bajos" y, de hecho, señaló que "ya que no hay pleno empleo, podríamos decir que los tipos son demasiado altos", algo curioso en un contexto cercano al 0%.

Duplicar el salario mínimo

Krugman también ha afirmado recientemente que "duplicar el salario mínimo, pasando de $8 a $15 dólares por hora, no tendría un efecto negativo en términos de empleo". En este sentido, llama la atención que allá por 1998, el Premio Nobel de Economía afirmaba tajante lo siguiente:

Cualquier estudiante de Primero de Economía sabe que subir los sueldos reduce la demanda de trabajadores, por lo que esto conlleva un aumento del desempleo. Es curioso que mucha gente de izquierdas lo ignora y pide grandes aumentos del salario mínimo.

Parece obvio que estos activistas quieren creer que el precio del trabajo puede fijarse según consideraciones de justicia y no de oferta y demanda. Ignoran los efectos secundarios que tienen estas recetas.

Thomas Piketty y la cruzada contra la riqueza

El economista de moda, el francés Thomas Piketty, ha revolucionado el mercado editorial con su obra Capital en el Siglo XXI,un libro académico de 700 páginas, rico en datos, series históricas y teoría económica. Un ladrillo, vamos. ¿Cómo es posible que un libro tan poco apetecible, cuya lectura probablemente sea lo último que haríamos en nuestro escaso tiempo libre, haya llegado al número uno en la prestigiosa lista de bestsellers publicada por The New York Times?

Ambas cosas son compatibles. Que un libro sea muy vendido no quiere decir que sea muy leído. Jordan Ellenberg, un profesor de matemáticas de la Universidad de Wisconsin, ha publicado en The Wall Street Journal un método, muy inexacto y para andar por casa, de medir cuáles son los libros que una vez se empiezan, antes se dejan de leer. En tiempo récord, el libro de Piketty ha reemplazado al que históricamente había sido el libro más “no leído” de todos los tiempos: Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking. En concreto, los cinco subrayados más populares de Capital en el Siglo XXI, según recoge Amazon, no pasan de la página 26. Según Ellenberg, quien empieza el libro de Piketty rara vez supera el capítulo introductorio.

Esto es perfectamente lógico, pues es libro está concebido para que así sea. Y es que Capital en el Siglo XXI no está para ser leído, sino para que cualquier anticapitalista lo use como arma arrojadiza en caso de necesidad; para que se esgrima como argumento fácil en cualquier discusión o debate; y para se referencie como demostración empírica y teórica de que el capitalismo es el mal, y que sólo un Estado omnipotente puede rescatarnos de sus pérfidas garras.

En el artículo anterior, primera parte de esta serie de dos artículos dedicados a Piketty, nos metíamos a desmenuzar la tesis central de Capital en el Siglo XXI. Según el economista francés el capitalismo tiene una ‘gran contradicción interna’: que el capital acumulado crece más rápido que las rentas y los salarios. Esto, según Piketty, hace que la sociedad tenga una tendencia automática hacia la desigualdad. Por un lado, el capital se va acumulando progresivamente en pocas manos y se transmite de generación en generación vía herencias. Y por otro, las rentas de ese capital cada vez más concentrado crecen más rápido que las rentas del trabajo.

Vimos en el artículo anterior que el problema de la atractiva tesis central de Piketty es, simple y llanamente, que es falsa. Y lo es en dos sentidos. En primer lugar, el propio estudio histórico de Piketty revela que lo que ha sucedido hasta ahora ha sido, de hecho, lo contrario: las rentas del capital son hoy menos importantes que las del trabajo que hace un siglo, y los más ricos acumulan en proporción menos capital que entonces. En segundo lugar, y en vista de que los datos del propio Piketty no apoyan su propia tesis, la teoría que el autor ha elaborado para explicar por qué su tesis sí será válida para el siglo XXI, como vimos, tampoco se sostiene.

Después de tres cuartas partes del libro tratando, en vano, de demostrar su tesis, Piketty abandona la sección económica del libro y pasa a la sección puramente política. En ella propone unas medidas estatales para solucionar, o al menos paliar, este supuesto mecanismo implacable de generación de desigualdad que está en la esencia del capitalismo. Pero antes de entrar en ello, es preciso señalar algo que pudiera parecer obvio, pero que sorprendentemente muchos defensores del libro confunden: lo que a Piketty le preocupa, estudia y pretende resolver es la desigualdad, no la pobreza. Cuando Piketty dice que la desigualdad aumenta, se refiere a que los más ricos tienen un porcentaje creciente de la renta y del capital total del país. Pero en su estudio considera irrelevante si en términos absolutos la sociedad se vuelve más rica o más pobre. No entra a analizar si el capitalismo hace que las clases medias o los más pobres vean aumentar su renta, su riqueza y su nivel de vida. Lógico, porque el capitalismo reduce la pobreza.

Que a Piketty le preocupe la desigualdad y no la pobreza es totalmente legítimo. Es, al fin y al cabo, una preferencia ideológica que comparte con una parte muy importante de la población. Y no es una preferencia arbitraria, pues la desigualdad toca fibras muy primarias del ser humano, nos despierta fuertes emociones. Hemos vivido y evolucionado durante millones de años en pequeñas tribus en las que el igualitarismo era importante. Aunque ahora vivimos en sociedades muy distintas, extensas e hipercomplejas, nuestras innatas emociones no cambian tan rápido. En definitiva, para entender las propuestas de Piketty es importante tener presente que lo que le preocupa es que los ricos se vuelvan más ricos que los pobres, pero que no presta ninguna atención a si los pobres se están haciendo más pobres o más ricos.

¿Qué propone Piketty para solucionar el supuesto problema de la generación inexorable de desigualdad? Si diéramos por buena su teoría de que el capital crece de forma automática más rápido que la renta nacional, la propuesta política más inmediata sería la de que todo el mundo pase del actual sistema de pensiones de reparto a uno de capitalización. Es decir, dejemos que toda la población se sume a ese facilón proceso de acumulación de riqueza. Pero Piketty, que dedica una sección del libro a valorar esta posibilidad, va y concluye… ¡que no, que esto es tan “irracional como apostarlo todo a una tirada de dados” porque el retorno del capital es “extremadamente volátil y arriesgado”! Es decir, que después de 700 páginas criticando el chollo de los ricos, que sólo tienen que sentarse sobre su capital y esperar a que se autorreproduzca de manera automática, resulta que al final dice que esto no es así. Que el retorno del capital, después de todo, es arriesgado, y no está tan claro que crezca de forma automática. Desde luego es curioso que una de las mejores refutaciones contra la teoría de Piketty la haya formulado él mismo, sin darse cuenta, en su propio libro.

Pero corramos un tupido velo y pasemos a lo que el economista francés realmente propone. Piketty explica que el tipo de Estado que considera idóneo, al menos hoy por hoy, es el mismo que tenemos en la actualidad en Occidente. Piketty reconoce que el actual peso del Estado, de alrededor de un 50% de la renta nacional, no puede crecer mucho más si no queremos pasar a un modelo de socialismo real, cosa que no contempla. También dice que cuando el tamaño del Estado es del orden de la mitad de la renta nacional, no es realista pretender que los ricos contribuyan proporcionalmente mucho más que las clases medias y bajas, pues la recaudación progresiva sólo es viable para tamaños de Estado mucho menores. Sólo puede mantenerse el tamaño actual del Estado si todos, ricos, clases medias y pobres, aportan tanto como estén dispuestos a soportar sin irse masivamente del país. Lo que viene a significar una recaudación alta y más o menos lineal, del orden de la que tienen los países occidentales en la actualidad.

Ahora bien, la primera propuesta de Piketty es fijar un impuesto sobre la renta para los más ricos del orden del 80%. Pero ¿no decíamos que según el francés no se puede recaudar mucho más de los ricos? En efecto. Pero el objeto de este impuesto sobre la renta, similar al que ya ha sido adoptado en la Francia de Hollande por consejo de Piketty, no es recaudar más para transferir esa renta a las clases pobres. Piketty admite que este impuesto “no aumentaría la recaudación, porque cumpliría rápidamente su objetivo: reducir drásticamente las remuneraciones a este nivel”. La medida, como reconoce el autor, es equivalente a prohibir las rentas altas. La meta no es recaudar, sino eliminar a los ricos. La desigualdad se reduciría cortando por arriba, quedando los pobres y clases medias, en el mejor de los casos, igual que estaban.

Tal vez la propuesta de Capital en el Siglo XXI que más ha trascendido ha sido la implantación de un impuesto progresivo mundial sobre el capital, con tipos impositivos prohibitivos sobre el valor del capital (“del 10% o más”) para los más ricos. Esto equivale a obligar a los ricos a pagar cada año un impuesto mayor que su renta anual. O, por decirlo con otras palabras, el objetivo fundamental de Piketty no es una mayor recaudación: en el corto plazo consiste en obligar a los estas personas a liquidar forzosamente su capital; en el largo plazo, la idea es desincentivar que la formación de capital tenga lugar. 

Huelga decir que lo que diferencia a una sociedad próspera de una sociedad pobre es, precisamente, el capital acumulado. Estados Unidos o Suiza pueden producir más bienes y servicios que países pobres, y por tanto consumir más, precisamente por la cantidad de capital acumulado que tienen: maquinaria, herramientas, instalaciones, infraestructura, empresas. Obligar a liquidar la estructura del capital y desincentivar la formación de la misma, tal vez sirva para reducir la desigualdad que tanto preocupa a Piketty, pero desde luego fuerza a toda la sociedad a ser más pobre. Como escribía el economista Murray Rothbard en su libro Power and Market, “el impuesto sobre la riqueza impone una pesada penalización sobre la riqueza acumulada y por tanto el efecto del impuesto es el de reducir el capital acumulado. No se puede encontrar camino más rápido para promover el consumo de capital y el empobrecimiento general que penalizar la acumulación de capital. Es sólo nuestro capital acumulado lo que diferencia nuestra civilización y nivel de vida respecto de la de los hombres primitivos, y un impuesto sobre la riqueza empezaría rápidamente a eliminar esa diferencia”.

El principal problema que Piketty le ve a este impuesto, sin embargo, no es que empobrezca masivamente a toda la población. Lo que le preocupa es que si no lo adoptaran todos los países al mismo tiempo, el capital empezaría a huir de los países que lo adopten hacia los que no lo hayan adoptado, empobreciendo a los primeros y enriqueciendo a los segundos. ¿Qué solución propone Piketty para solucionar este problema? Intentar que todos los Estados del mundo lo adopten. Es decir, que los Estados no compitan fiscalmente y que se cartelicen. Pero ¿qué hacemos con los países que no quieran adoptar este empobrecedor impuesto global? ¿Bloquearlos, amenazarlos, invadirlos? Este semillero de conflictos a escala global no es más que otra de las consecuencias de las felices propuestas del alabado y aspirante a premio Nobel Thomas Piketty.

Existen otras propuestas igualmente disparatadas en la sección política de Capital en el Siglo XXI. Pero en resumen, todas van en la misma dirección: buscan terminar con la desigualdad cortando por arriba. Lo que sorprenderá a muchos de los seguidores de Piketty que no hayan leído el libro es que en ningún momento pretende que el Estado aumente la recaudación de los ricos para redistribuir a los pobres con la intención de acabar con la desigualdad. El propio Piketty admite que esto es inviable. Lo que propone es impedir que la gente se enriquezca, aunque sea a costa de que toda la sociedad, en todos sus estratos, se empobrezca. Piketty plantea una cruzada, ideológica y emocional, contra la riqueza.

La importancia (liberal) de crear valor para los demás

En el duro mes de septiembre cerramos etapa vacacional e iniciamos nuevo curso. Algunos estudiantes, además, empiezan su andadura universitaria. Otros se estrenan en la vida profesional. Es tiempo, por tanto, de consejos sobre cómo enfocar, o reenfocar, nuestra vida futura. El típico, el más recomendado, tal vez sea aquél de "dedícate a lo que te apasione". Elige un trabajo que te guste, dijo Confucio, y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida. El filósofo británico-americano Alan Watts aconsejaba a sus alumnos dedicarse a aquello que harían "si el dinero no importara". Pero ¿es éste un buen consejo?

Según Marc Andreessen, un popular empresario de Silicon Valley, "el consejo de seguir tus pasiones es una terrible idea". Esta idea, a menudo recomendada por personas que han tenido mucho éxito haciendo lo que les gusta, olvida a todas esas personas que siguieron sus pasiones y fracasaron. Es lo que se denomina sesgo del superviviente o survivorship bias. Pensemos en los cientos de miles de jóvenes que salen cada año de facultades y escuelas, deseosos de empezar su vida laboral, pero que pronto se ven frustrados, sin trabajo o con sueldos bajos, por especializarse en aquello que la sociedad no está demandando.

¿Cuál es el consejo que da Andreessen, entonces? Precisamente algo tan sencillo como esto: dedícate a lo que genere valor para los demás en lugar de para ti mismo. Haz aquello que aporte a la sociedad. Tal vez, apunta Andreessen, este consejo no encaje muy bien en la "actual cultura de narcisismo endémico", ya que requiere prestar más atención a los demás que a uno mismo. Pero, según afirma, las personas que más contribuyen a la sociedad no sólo suelen tener mayores remuneraciones, sino que a menudo también, a la larga, están más satisfechas con lo que hacen.

Está claro que no todo es blanco o negro. No podemos tampoco despreocuparnos de nuestros propios gustos. Si vamos a dedicar una parte muy significativa de nuestro tiempo a una actividad, más vale que nos guste si no queremos sentirnos miserables. Pero también es importante recalcar esa segunda pata que apunta Andreessen, ese segundo componente de la ecuación. Sobre todo porque a menudo se olvida. Para tener éxito en la vida profesional no sólo es recomendable hacer algo que nos guste, sino también algo que aporte valor a la sociedad.

La razón de esto no tiene ningún misterio. Es famosa la cita de Adam Smith en la que afirma que "no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés". Hemos de especializarnos en producir cosas que los demás quieran consumir, para así poder consumir lo que los demás producen. Y ha de estar en nuestro interés el tratar de satisfacer de la mejor manera posible las demandas de la sociedad. No es recomendable actuar al margen de la misma.

Se podrá decir que esto funciona así, sobre todo, en sociedades liberales, en sistemas económicos en los que impere el libre intercambio. Y es cierto. En la actualidad, en la gran mayoría de países de Occidente, vivimos en economías mixtas, en las que el mercado libre se ve altamente intervenido por la mano visible y férrea del Estado. Es verdad que en estas circunstancias, cuanto menos liberal y más estatista es una sociedad, más posibilidades existen de medrar sin satisfacer a los consumidores. Más incentivos para capturar privilegios, subvenciones o rentas procedentes del aparato estatal. Prebendas éstas que nunca son maná caído del cielo, sino que siempre son a costa del esfuerzo de los demás.

El estatismo, por tanto, es un sistema que fomenta el egoísmo, el parasitismo y el conflicto social, y desincentiva la cooperación voluntaria y pacífica. Incita a cada uno a mirar sólo por sí mismo y a no prestar atención a lo que los demás demandan. Por el contrario, el liberalismo incentiva justo a lo contrario: a procurar satisfacer, de la mejor manera posible, al resto de la sociedad. Es por ello que, aunque aún se pueda medrar a costa de los demás, el mejor consejo para quienes empiezan su andadura universitaria o buscan enfocar su futuro profesional tal vez sea no concentrarse tanto en uno mismo y buscar la mejor forma de crear valor para los demás. No sólo porque aún sigue siendo una buena receta para el éxito, sino porque además es una manera mucho más ética de alcanzarlo.

Una singladura apasionante: leer a D. José Barea Tejeiro

A raíz del reciente fallecimiento de Don José Barea Tejeiro, mi hijo Javier Pérez Bódalo me propuso dejar en negro sobre blanco mis impresiones sobre este insigne estudioso de lo público que tuve la suerte de conocer. No me considero digno de presentar a D. Jose (Málaga, 1923-Madrid, 2014), ni de intentar acometer su rica y vasta biografía. Ha pertenecido y pertenece a la aristocracia de la inteligencia, y solo me atreveré con un aspecto muy concreto de su ingente labor intelectual (Hacienda Pública, Economía y Seguridad Social -pensiones, asistencia sanitaria y servicios sociales-). Estamos ante una de las grandes mentes de la economía española del s. XX, un pensador que demostró a lo largo de toda su vida profesional un abnegado servicio a España, ayudando a todos los Gobiernos que se lo pidieron, fuese cual fuese el partido gobernante.

En el curso de las IV Jornadas Técnicas de Seguridad Social, que organizó en 2007 la Asociación Profesional del Cuerpo Superior de Técnicos de la Seguridad Social en el Hotel BALI de Benidorm (Alicante), Don José Barea Tejeiro dictó una interesante ponencia sobre LOS ASPECTOS ORGANIZATIVOS Y FINANCIEROS DE LA SEGURIDAD SOCIAL DEL FUTURO, precisamente. Como presidente que fui de dicha Asociación durante unos diez años y organizador de las cinco Jornadas Técnicas celebradas (Castellón, Madrid, La Manga del Mar Menor, Benidorm y Toledo), tuve la suerte y el honor de conocer y charlar con dicho sabio en varias ocasiones. Esa calificación como sabio es el principio del comienzo.

Empieza su ponencia –presentada como un artículo, que es de “los que hay que leer“-, aludiendo a los dos informes que, tanto el Ministro de Trabajo de UCD (Alberto Oliart) como Enrique Fuentes Quintana, le pidieron sobre la Reforma de la Seguridad Social. En ambos casos, el Gobierno no los aceptó, por “falta de capital político” –del mismo Gobierno-, según arguyeron.

No es el primer sabio español dotado con una mente superior que ha sido víctima de varias gélidas Kristallnacht (“noche de los cristales rotos”) intelectuales y morales que precedieron a otra realidad, como es el falsario Club de los Poetas Muertos (para no pocos, una película insustancial). Cuando ya no puedan hablar, ni siquiera sonreír, una vez fallecidas dichas personas, que son mentes que destacan donde sea y en lo que sea, y con muchas más razones si son mentes superiores, suele tributárseles homenajes sin cuento (algunos auspiciados por quienes los torturaron en vida, o sus descendientes ideológicos, que además no han leído ni entendido nada de sus magníficas aportaciones). Supongo que resulta evidente que es otra de las costumbres que irritan a muchos, entre los que me encuentro.

Volvamos al genio. Me impresionaron muchas circunstancias, como su bonhomía, sencillez y una extraordinaria claridad de ideas, pero me fijé particularmente en uno de los pilares o muros maestros de su extraordinario y sólido mobiliario mental. Era algo tan aparentemente ajeno como es la Contabilidad Nacional. Su profunda visión contable, conocida y dominada por el prof. Barea de una manera ciertamente inimaginable, no dejaba indiferente a nadie. Más concretamente, era tal su conocimiento pormenorizado del Plan Nacional Contable que siempre me pareció que había sido su verdadero creador. Lo conocía como un padre, mejor, una madre, a sus hijos. Así, consideraba con total naturalidad las finanzas y los principios inspiradores del Sistema español de Seguridad Social a la luz de algo tan aséptico como es la Contabilidad Nacional. Como consecuencia, recorría caminos, inexplorados por casi todos, para deducir sin ambages muchas circunstancias, postulados y contradicciones, perpetuadas todas ellas en el tiempo. No son pocos los que pretenden sin éxito lo mismo y recurren irreflexivamente a diversos atajos tramposos.

De particular interés son sus reflexiones, tras multitud de ideas brillantes contenidas en las páginas anteriores, recogidas en el último tercio de su Ponencia, donde aborda diferentes propuestas para hacer viable la Seguridad Social del futuro. Examina, en primer lugar, el paso directo desde el actual sistema de reparto al sistema de capitalización y, a continuación, el paso a un sistema mixto reparto-capitalización, gestionado el de capitalización por el sector privado. En cada caso, expone pormenorizadamente las razones por las que las anteriores propuestas, que parecen las panaceas tal como están planteadas, son a su juicio inviables. Pero a continuación aporta la solución para pasar del sistema de reparto al de capitalización sin incidir en el déficit, en la deuda y en la presión fiscal. Una razón de peso más para leerlo.

Se trata de una singladura apasionante, que ha de arrostrarse sin miedo, dispuestos, eso sí, a reconocer en secreto nuestras carencias frente a una mente tan superior e inalcanzable y también dispuestos a leerlo las veces que cada uno necesite sin necesidad de decirlo ni de reconocérselo a nadie.

En esta ponencia dejó claro a todos los que tuvimos la suerte de escucharle que el futuro de nuestro sistema de pensiones pasa por un cambio muy importante de mentalidad y de expectativas. Algo que hoy, siete años después, vemos cada vez más claro, pero nada se mueve a causa de la insoportable levedad del ser de unos, del imperturbable dolce far nientede otros y de la pesada opresión de los intervencionistas. España ha perdido a uno de sus grandes economistas. Quizás sea hora de que tomemos su ejemplo. No solo su ejemplo, sino dar a conocer su ingente obra.



José Eduardo Pérez Madrid es Doctor en Ciencias de la Información (Universidad de Navarra, 1990); Licenciado en Derecho (UCLM, 2007); Cuerpo Superior de Técnicos de Seguridad Social (1983, en activo)

Para disfrutar con LOS ASPECTOS ORGANIZATIVOS Y FINANCIEROS DE LA SEGURIDAD SOCIAL DEL FUTURO, PULSE AQUÍ (http://www.foross.org/author/barea-tejeiro/). Esta Ponencia se publicó en el número 18/19 de FORO DE LA SEGURIDAD SOCIAL (2007)

El verdadero país del Quijote

No sé si es porque llevo desde la mitad de agosto yendo semanalmente a ver a Rafael Álvarez “El Brujo” representando sus cosas: Juanito, Julieta, Rosalinda, Francisco, Jesús… y me he dejado seducir por ese torrente de la tremenda realidad histórica que es siempre el teatro, ese reflejo que el Brujo nos devuelve de nuestra propia grandeza y miseria humanas. Con un 21% de I.V.A. y sin la mitificación del cine, ahí, a pelo. Y me queda de nuevo Juanito (solamente los que hayan ido a ver La luz oscura de la fe saben de quién hablo) donde nombra las andanzas del Quijote. Porque yo soy de esas que cuando algo me gusta, me embadurno. Y son varias las representaciones de Rafael a las que he ido dos veces por puro disfrute.

No sé si es por la conversación con un amigo que está en tránsito interno, como yo. Mi amigo, decepcionado, cansado de luchar contra esos locos que tienen un tesón a prueba de bomba, y acaban aburriendo a las ovejas con sus ataques zafios, personales, irracionales, errados, populistas y muy dañinos, necesita un descanso.

No sé si será porque mi amigo Giancarlo Ibarguen admira a Alonso Quijano, el hombre y al Quijote, el mito, el ejemplo, el botón de muestra de un talante sin molde, irrepetible. Y Giancarlo pone frases, referencias en Facebook, de manera que le sigo la pista, compartimos sentimientos y añoranza de ese espíritu quijotesco, él en Guatemala y yo en Madrid. Benditas redes.

La realidad de Alonso Quijano es nuestra España

Lo cierto es que hace días no paro de darle vueltas a la idea de que tenemos lo que merecemos. Somos esa sociedad que se reía de Alonso cuando iba por tierras manchegas, por Sierra Morena, por Zaragoza y le seguía la corriente para que permaneciera en sus alucinaciones, aunque el hombre sufriera. ¡Qué crueles!

Somos los mismos que lloramos y le compadecimos cuando en su lecho de muerte desmentía el espíritu de las novelas de caballería. Somos los extras en la vida del Quijote que no le entendimos jamás y le tratamos de loco.

Los mismos que nos sentimos hoy en día tan orgullosos de ser de la tierra del Quijote, los que hemos montado una parafernalia increíble vendiendo souvenirs, ganando dinero a cuenta del mito que no leemos, excepto si es un requerimiento del programa exigido por el Acuerdo de Bolonia y así lo prescribe la ley. Es decir, lo leemos por fuerza y sin amor.

No somos Quijotes o Sanchos. Somos los demás, la figuración. Así de triste es la cosa. Por eso nos venden cualquier burra, nos cuelan cualquier opción, nos identificamos con todo tipo de modas, opiniones, si son de fuera mejor, mientras despreciamos tradiciones sin siquiera reconocerlas porque no nos han enseñado cuáles son.

Tradición no es solamente el Toro de la Vega o hacer el cocido con la receta de la abuela. Amar la tradición no es irse de turismo rural, o tener un mini huerto urbano. No es una costumbre. Es otra cosa mucho más complicada que de niño se aprende a respetar, se ama porque te hace ser quien eres y no se ignora, al revés, se mantiene con respeto. Aunque tú sigas tu vida con tus normas del siglo XXI. 

Por eso no respetamos al Quijote. Ni le entendemos. Por eso somos figurantes de nuestra sociedad. Y por eso tenemos lo que nos merecemos.

Tenemos el Podemos que nos merecemos

Me refiero a ese Podemos que abarca y pretende representar el hastío de la manera más cutre, burda y de patio de vecinos que uno imagine. Tenemos partidos sin un proyecto real que ofrecer a los ciudadanos, más allá de la siguiente votación. Tenemos un socialismo que te mira a la cara y te suelta “Si me votas bajo los impuestos” aunque en su ideario primigenio las cosas sean de diferente manera. Tenemos una derecha que quiere ser progre, unos libertarios que quieren un Estado fuerte frente al extranjero y unos defensores de la libertad de expresión que redefinen el honor, la dignidad y lo que haga falta para poder censurar al que tiene una opinión diferente y convence más que él.

Y en medio, me encuentro con gente que no para de alardear de su preparación, gente muy leída, que proclama que va a votar a Podemos y su lenguaje no verbal te cuenta que quieren seguir siendo los “enfant terrible” de la clase, que no han terminado de crecer y que votar la rebeldía pautada es para ellos muy auténtico.

Con todo lo que ya sabemos de Monedero e Iglesias (qué apellidos tan paradójicos para la opción que representan), votar a Podemos como signo de rebeldía es, recordando lo que decía Rafael Álvarez acerca de los homenajes al Quijote, como tallar una imagen de Alonso Quijano con su Sancho y su Rocinante en la cabeza de un alfiler. Una proeza. Pero de leer el Quijote nada.

Mujica

Juan José Millás entrevistó al presidente uruguayo José Mujica, y ambos describieron las consignas y contradicciones del pensamiento único.

Uno de los aspectos más reveladores de la progresía europea con respecto a América Latina es su paternalismo selectivo. Así, si alguien quiere cambiar el mundo a tiros en Europa nos parece intolerable, lo llamamos terrorista y pensamos que lo mejor es que esté en la cárcel. Si algún día sale, y se presenta a las elecciones, seguimos sospechando de él. En cambio, si es latinoamericano, nos parece todo estupendo. El Che Guevara es un héroe, cuando nada de lo que hizo sería admitido en España. En América Latina, sí. Ya se sabe, es que somos tan pintorescos allí… ¿verdad?

Naturalmente, la violencia que es condenable es siempre la que es hostil a la izquierda. Así, Guevara es un santo, pero Pinochet un demonio. Y, en fin, si no hay libertad de prensa en Cuba… pues, que se aguanten, porque no son europeos… ¿verdad? Y, naturalmente, si hay violaciones de los derechos humanos, siempre son en Chile, nunca en Cuba. Si hay desaparecidos, siempre son en la Argentina, jamás en ningún país comunista. Si hay opresión, explotación, mentira y contaminación, siempre es en países capitalistas y la culpa es de los malvados empresarios. Y así siguiendo.

Y así sigue Millás, según el cual Mujica fue un "guerrillero". Qué romántico, ¿verdad? No dice ni una sola palabra sobre lo que hicieron de hecho los famosos guerrilleros en América Latina. Jamás nadie dice ni una sola palabra sobre eso. Hubo unas pérfidas dictaduras que se impusieron sólo por la maldad inherente de unos criminales, de derechas, claro está, mientras que la izquierda nunca hizo nada malo, los guerrilleros nunca violaron los derechos humanos de nadie, etc. etc.

Esto es repugnante, pero habitual. Lo que no es tan habitual es la expresión abierta de la contradicción económica. Proclama el presidente uruguayo, dramáticamente, que los que mandan son… tachán, tachán… "los grandes poderes financieros". A continuación, y sin que él mismo ni por supuesto el señor Millás detecten contradicción alguna, don José aclara quién manda en realidad: "Más del 50 % del movimiento bancario está en manos del Estado. La banca privada es débil". Todo en la misma entrevista.

Y en la misma entrevista donde se habla del gran poder de las fuerzas capitalistas el propio Millás, sin apuntar que igual hay un problema entre lo que dice en un momento y un minuto después, va y dice:"Todos los sectores estratégicos de Uruguay están nacionalizados".

Las gansadas son torrenciales, con frases del estilo de Smiley como "O gobernamos la globalización o la globalización nos gobernará a nosotros", o que el malvado "neoliberalismo" hostiga los "derechos", y lo que usted quiera sobre el cambio climático, o incluso que la monarquía española cuesta “un disparate”. Pero una y otra vez se repite una cosa y la contraria a propósito del supuesto gran poder de las finanzas. Por ejemplo, “se ha descuidado la economía productiva, subordinándola al engranaje financiero”. Poderoso engranaje, ¿verdad? Pues al mismo tiempo el presidente asevera: “Los bancos de fuera, como el Santander, son una plaga en Uruguay, pero no pueden hacer nada, los tenemos agarrados del pescuezo”, y nos enteramos de que los bancos más fuertes son… ¡del Estado!

Las secesiones expansivas no existen

“There’ll soon be more pandas than financial institutions left in Scotland" citado por Faisal Islam (Sky).

A cierre de este artículo, el referéndum sobre la posible independencia de Escocia está causando más de un dolor de cabeza en el Reino Unido, donde vivo. La última encuesta de YouGov da un 50% al ‘No’ y un 45% al ‘Sí’, pero otras hablan de empate. Un error garrafal de estrategia de un gobierno conservador que veía una oportunidad de hundir al laborismo con el referéndum (el resto de Reino Unido vota fundamentalmente conservador; Escocia es feudo laborista) y ahora se encuentra con un grave problema económico si sale un ‘Sí’ que casi todo el mundo ignoraba antes del verano.

La libra esterlina se desplomaba un 16% anualizado desde que las encuestas empezaron a mostrar el avance del independentismo. A su vez, las empresas más expuestas a Escocia o el Mar del Norte perdían más de 4.000 millones de libras de capitalización bursátil –sin contar el impacto en las empresas europeas con intereses en Escocia–.

Hay que reconocer que la falta de preocupación por la secesión de Escocia me sorprendía desde hace meses. Existía una combinación de arrogancia e ignorancia en los mercados, tal vez embelesados por la magia ‘impresora’ del Banco Central Europeo (BCE) o del Banco de Inglaterra.

Los impactos son importantes:

  • Caída del crecimiento: Todos los análisis relativamente conservadores indican una reducción de las estimaciones de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) del 20%, un estancamiento o caída de hasta el 30% de las inversiones –sobre todo en energía– y el riesgo de crear dos países altamente deficitarios (What Would Happen After a Yes, Citigroup).
  • Aumento del déficit: Sí, porque la separación empeora al incluirse todas las administraciones, cargas y gastos de duplicar nuevos organismos. Dos estados, Escocia y el resto del Reino Unido, que pasarían a ser de los mayores déficits fiscales y comerciales de la OCDE. Escocia por aumentar sus gastos administrativos y Reino Unido al perder en su balanza comercial parte de los ingresos del petróleo del Mar del Norte. Escocia, además, pretende replicar todos los organismos reguladores y estatales. Y eso significa más gasto en una zona que supone el 9,3% de los gastos del Reino Unido, pero solo un 9% de los ingresos [1].
  • Fuga de capitales: Royal Bank of Scotland (RBS)Lloyds y algunos de los mayores fondos de inversión de Edimburgo anunciaban que abandonarían Escocia. Credit Suisse lo mencionaba en un informe del 11 de septiembre: “Cuando la viabilidad de un nuevo país se cuestiona, los flujos financieros y de capital son el mayor elemento de incertidumbre. El problema no es mantener el país dentro de la moneda, sino mantener el dinero en el país (“the problem is keeping the currency in the country, not keeping the country in the currency”).” Las estimaciones sobre pérdida de capitales se mueven entre 20.000 y 100.000 millones de libras [2]. Con un sector financiero en Escocia que supone más del 1.200% del PIB, la pérdida de una parte es un enorme impacto en su crecimiento, empleo e ingresos fiscales.

  • Caída de inversiones en petróleo y renovables: Más de 23.000 millones de libras en proyectos renovables se pararían ante la incertidumbre de saber cómo y quién pagaría las primas. Las grandes empresas como Scottish & SouthernInfinis o Scottish Power (participada de Iberdrola) ya han comentado el riesgo de ese estancamiento. Incluso los analistas estiman grandes pérdidas de empleo, ya que casi todo el plan de inversiones es de crecimiento 2015-2018. En petróleo es peor, porque tanto los independentistas como los unionistas cuentan con unos ingresos más que optimistas. Los ingresos de Escocia por el petróleo se han movido entre los 11.600 y los 5.600 millones de libras, como mucho un 21% de los ingresos fiscales. Con unos impuestos confiscatorios (60%), la producción del Mar del Norte ha caído de manera relevante por la falta de inversión exploratoria. Empresas como EnquestCentricaBG Premier simplemente no invierten para perder dinero y temen una subida de impuestos ante una independencia para intentar tapar el agujero de déficit antes comentado. 
  • Caída de las exportaciones: Es malo para el resto del Reino Unido porque Escocia sería el equivalente a un 4% de sus exportaciones, y una caída de las mismas afecta a la economía de la isla.
  • Una nueva moneda: Los independentistas ya han dicho que no van a usar la libra. Unirse al euro es entregarse a la política franco-alemana que se critica día a día en la TV. Una enorme devaluación es un problema financiero en una economía ultra-endeudada en libras y dólares, ya que se hunde la capacidad de pago.
  • Reino Unido se sale de la UE: Si gana el independentismo, el resto del Reino Unido es en su mayoría conservador del ala anti-UE. No tardaría en decidir salir de una Unión Europea de la que es contribuyente neto positivo, dejando Europa con mayores dificultades para financiarse y sufriendo todos -la isla y la Eurozona- de la caída inevitable del comercio.

IMPACTO EN LAS EMPRESAS ESPAÑOLAS

Nuestro país ha invertido de manera muy importante en Reino Unido, con un total cercano a los 88.000 millones de euros desde 2004 en los sectores de telecomunicaciones, energía, financiero e infraestructuras. España fue entre 2006 y 2007 el segundo mayor inversor en el país tras EEUU. Estas empresas tienen una media de un 16% de sus resultados en el país. Una caída de la libra, una reducción del crecimiento en toda la isla y un posible cambio de moneda son los mayores riesgos a considerar. La banca tiene unos 8.500 millones de euros de préstamos sólo en Escocia, que podrían sufrir si se produce un estancamiento o una devaluación.

EL CUENTO DE LAS SECESIONES EXPANSIVAS

Me contaban un chiste en Edimburgo en el que un feligrés sale de misa y le dice al cura “tengo dudas con mi fe, la iglesia promete que Dios me va a dar el paraíso pero también lo promete Salmond” (el líder independentista). Y es que el sueño socialista de una Escocia independiente se vende como una especie de enorme regalo social en el que se van a aumentar los puestos públicos, los salarios, las pensiones y la seguridad social a costa de unos ingresos inventados. No solo asumen unos precios del petróleo muy superiores a los actuales, sino que la producción se dispararía mágicamente y no se produciría ninguna fuga de capitales. Por supuesto, no asumen aumentos de primas de riesgo, ni menor acceso a los mercados. Unicornios.

Y la realidad es que no existen secesiones expansivas. Lo más que se puede esperar es una evolución en forma de V, es decir, que los años de recesión y recortes se recuperen después. La media de recuperación a ‘cero’ son siete años. No ha habido ni un sólo caso en el pasado en el que la independencia no haya venido acompañada de una caída inicial enorme de actividad y de las prestaciones sociales.

En España ya hemos visto el efecto contagio, aunque aún sea moderado. Como explicaba El Confidencial, las primas de riesgo, tras meses de tranquilidad, se disparaban. La rentabilidad del bono a 10 años subía un 15%, y en los bonos a dos años, el 80%. La prima de riesgo de los bonos de Cataluña –el diferencial con el bono alemán– es ya, incluyendo Fondos de Liquidez Autonómica (FLA) y el BCE apoyando, el doble que la del estado español. Como comentaba en 2012 en “Independencia: desastre para Cataluña y el resto de España”, seguimos creyendo que la separación es expansiva, cuando las partes separadas siempre son menos que el todo.

La independencia de una región o un país podrá defenderse por razones personales o emocionales, pero no económicas. No se trata de decir si es viable como país independiente, que lo sería, pero a muy largo plazo y tras una factura difícil de asumir cuando lo que prometen es “más estado de bienestar”, ya que sería menor. Se trata de qué coste estamos dispuestos a asumir por esa independencia

Ya saben ustedes que detrás de cada bandera hay un burócrata dispuesto a  crear un comité… con los impuestos de los demás. 

[1] Economic Aspects of Scottish Independence. LHOC

[2] Todas las estimaciones vienen cortesía de Credit Suisse, HSBC, Citigroup y UBS

De vivir en la calle a ser mil millonario

Se ha llamado “sueño americano” a la posibilidad, ofrecida potencialmente a todos, de prosperar hasta lo más alto desde lo más bajo. En nuestra sociedad se condena tanto el esfuerzo por lograrlo como la empresarialidad, como el resultado si llega. La sociedad buena, según la ideología predominante, estaría formada por una masa sin extremos, en la que nadie va a menos económicamente, ni progresa demasiado. La movilidad social, que ha sido una de las consecuencias más destacadas, y mejores, del capitalismo, está mal vista. Sin llegar a proponer una sociedad estamental, que estaría en contra del objetivo de una sociedad igualitaria, se rescata de aquélla la falta de movilidad como ideal.

Un claro ejemplo de ese “sueño americano” es John Paul DeJoria. Su historia es aleccionadora en varios sentidos. Sus padres, que eran inmigrantes (italiano y griega), se divorciaron cuando él tenía dos años. Él y su hermano tuvieron que vivir en casas de acogida durante algún tiempo. Sus orígenes no son los más prometedores. Sin embargo, su comportamiento desde niño explica en gran parte su estatus actual. En la lista de Forbes de las personas más ricas ocupa el puesto 569, con una fortuna personal de 3.100 millones de dólares. The Richest le calcula una fortuna de 4.200 millones.

Su primer trabajo lo obtuvo a los 9 años, y ha pasado por cualquier tipo de empleo que estuviera a su alcance y le pudiera dar unos dólares. Él cuenta cómo, en una ocasión, trabajando en un establecimiento, su jefe se tuvo que quedar más tiempo del habitual. Y entonces se dio cuenta de que DeJoria hacía todo lo que era necesario, incluso cuando nadie le estaba mirando. “El éxito es lo bien que haces lo que estás haciendo cuando nadie mira”, dice en una entrevista. También dice que “las personas que tienen éxito hacen todo lo que las personas que no lo tienen no quieren hacer”.

Como trabajador, como empresario, DeJoria ha seguido el principio de que debe creer en sí mismo y en el producto, o el servicio, que ofrece. “Hay que crearlo de tal manera que el cliente acuda a él otra vez, o se lo recomiende a sus amigos”, dice en otra entrevista. También dice que es importante “que te guste lo que haces, con quién lo haces, y para quién lo haces”. Y, por último, “asegúrate de que la gente conoce lo que haces, porque si no se va a quedar ahí. Haz lo que tengas que hacer. Trabaja los siete días de la semana. Ve puerta a puerta. Y presta mucha atención a tus primeros clientes”.

En dos ocasiones se ha quedado viviendo en la calle. “Me sentía muy mal conmigo mismo. Pero pensaba: ‘(esta actitud) no va a ayudar a nadie. Tengo que salir ahí fuera y hacer algo’. Y cuando sales fuera y haces algo, algo te vuelve a ti”. Es como funciona la economía libre: Das algo, y recibes algo a cambio. Y en ese intercambio se crea valor.

En 1980, John Paul DeJoria y su hijo vivían en el coche porque estaban de nuevo en la calle. Logró que le prestasen 700 dólares, y puso en macha, con ese capital y John Mitchell como socio, la compañía John Paul Mitchell Systems de productos de peluquería. Fiel a su estilo, los fue vendiendo de puerta en puerta, sin conocer el horario o la semana inglesa.

Sus palabras nos hablan de varias claves. Por un lado, el valor del trabajo. Por otro, aunque no se haga mención expresa, dentro de ese ánimo constante por mejorar está también la actitud de estar alerta ante las oportunidades de beneficio, encontrar los huecos no cubiertos de entre las cambiantes necesidades. También se ve que es una persona que quiere vivir por sí mismo. Quizás su situación personal le haya impreso a fuego en su ánimo desde pequeño que tiene que hacer lo que sea para salir adelante. Ese espíritu de independencia, en un momento en el que el Estado de Bienestar, que es un Estado de Dependencia, está desarrollado, también es clave. 

Los condicionamientos institucionales son fundamentales, y a largo plazo es lo que cuenta. Pero las actitudes personales también lo son, como demuestran casos como el de John Paul DeJoria. También es cierto que los valores de una sociedad están condicionados por esas instituciones; especialmente cuando han sido creadas desde una ideología concreta sobre el hombre y su papel en la sociedad.