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Sánchez = Gónzalez + Zapatero

España tiene un problema de oferta, no de demanda. Nuestra crisis no viene de que gastemos poco, sino de que producimos mal. Y producimos mal no por haber gastado poco, sino porque durante años nos emborrachamos en una orgía de gasto financiada por el hiperendeudamiento. La prueba más evidente de que no estamos ante un problema de demanda sino de oferta es que, tan pronto como ha vuelto a aumentar el gasto interno, las importaciones se han disparado: como no producimos en casa lo que necesitamos, hemos de traerlo de fuera.

Así las cosas, la solución a nuestras dificultades no pasa por regresar a la economía del pelotazo y de la burbuja, sino por cambiar nuestro modelo productivo: menos ladrillo y menos bancos a cambio de más servicios profesionales, más industria, más manufacturas, más tecnología de la información, más turismo o incluso más agricultura. Dejar de gastar lo que no producimos y pasar a producir lo que queremos gastar.

Claro que las políticas de oferta suelen requerir de una actitud más pasiva del Gobierno: sabiendo como ya sabemos que el modelo productivo no lo crean los políticos sino que lo descubren los empresarios en un entorno de libre competencia, la actitud de un Ejecutivo que aplicara políticas de oferta debería limitarse a liberalizar la economía y a estabilizar las finanzas públicas bajando impuestos. Demasiado para el cuerpo de quienes aspiran a regresar a la España del burbujón a golpe de talonario. De ahí que el nuevo PSOE de Pedro Sánchez no haya podido contenerse a la hora de proponer, dentro de un decálogo de supuestos remedios para la crisis, dos medidas novedosas y de probada eficacia: depreciar el euro y un plan de estímulo europeo para los países del Sur. 

Ideas frescas consistentes en rescatar los planes de choque anticrisis de Felipe González (depreciar la peseta) y de José Luis Rodríguez Zapatero (Plan E). Es decir, tratar de sostener el agrietado modelo productivo del burbujón mediante el estímulo pauperizador del gasto: abaratar indiscriminadamente producción, activos y mano de obra interna para que algún extranjero tenga a bien comprar (depreciación), o sustituir la extinta demanda burbujística privada por una incipiente demanda burbujística pública (plan de estímulo). Dopar la demanda para intentar conservar la misma oferta deficiente.

Depreciar la moneda es un error, ya que hace pagar a justos por pecadores. Todos los precios de venta al exterior se ajustan a la baja en la misma medida; todos los precios de compra desde el exterior se ajustan al alza en la misma medida. Las empresas competitivas con excelentes modelos de negocio pueden entrar en pérdidas y las empresas no competitivas con pésimos modelos de negocio pueden volverse rentables: revigorizar el ladrillo (no importa sus factores productivos) a costa de empobrecer a las Apple Stores (sí importan sus mercancías). Tres cuartos de lo mismo sucede con los salarios: la depreciación rebaja las remuneraciones a los trabajadores ocupados para intentar (con escaso éxito) que los parados encuentren empleo sin tener que minorar sus salarios nominales. La medida, como decíamos, ya la puso en práctica Felipe González a lo largo de los 80 y comienzos de los 90: desde 1982 la peseta se depreció un 50% frente al marco y su éxito fue tan atronador que el paro no bajó ni un solo año del 16% (y durante la mitad del felipato estuvo por encima del 20%). Tampoco cosechamos ni un solo superávit exterior desde 1987: señal de la portentosa competitividad que logró nuestra economía merced a las sucesivas rondas de depreciaciones.

Aprobar planes de estímulo es otro error, pues equivale a rescatar a los sectores económicos que destruyen valor a costa de los que lo crean. Endeudar y subir los impuestos a Inditex para salvar a las constructoras a través de obra pública. La medida ya la puso en marcha Zapatero en 2009, con los magníficos resultados por todos conocidos: el paro aumentó en 1,5 millones de personas en apenas un año y el déficit público se disparó por encima del 11% del PIB, por lo que se vio forzado a aprobar, apenas doce meses después, el famoso tijeretazo.

Sí, sé que me pondrán como ejemplo de plan de estímulo exitoso las experiencias de EEUU y el Reino Unido, pero tengan presente un detalle a propósito de sus modelos productivos: en 2007 la construcción pesaba el 5,5% del PIB en EEUU, el 7% en el Reino Unido y el 12,5% en España. Desde entonces, la construcción en EEUU ha caído al 4,5%, en el Reino Unido al 6% y en España al 7%. ¿Entienden quién necesita un cambio de modelo productivo? ¿Quién necesita reemplazar intensamente sectores enteros de sus economías? Sólo si nuestro objetivo fuera que la construcción regresara al 12,5% del PIB tendría sentido tirar de la demanda sin cambiar el modelo productivo.

Justo ésa ha sido la pauperizadora estrategia que ha seguido Japón desde el colapso de su economía a principios de los 90: los distintos gobiernos nipones recurrieron a intensos y recurrentes déficits públicos que elevaron la deuda pública desde el 70 al 240% del PIB, con el maravilloso resultado de que su renta per cápita apenas ha crecido de media un 0,6% al año (en EEUU, a más del doble de velocidad) y sus salarios reales han caído más de un 10% (sí, Japón tiene pleno empleo a costa de dos décadas de deflación salarial).

España no necesita perseverar con las políticas de demanda sino dar una oportunidad a las políticas de oferta: menos impuestos, menos gasto público y más libertad económica. Pedro Sánchez sólo nos propone resucitar a Felipe González y a José Luis Rodríguez Zapatero para rescatar un modelo productivo mortecino socializando sus pérdidas entre todos los españoles. Éxito asegurado.

El capital riesgo comienza a revivir en España

El cambio de modelo económico no es sólo una cantinela cacareada por nuestro políticos, también es un camino por la que debería transcurrir la economía española si quiere prescindir del ladrillo como "crecimiento" burbujístico.

La elevada bancarización de la economía española no es la respuesta para la necesaria creación de nuevas industrias y sectores. Se requieren inversiones que creen nueva actividad y, por tanto, que asuman un riesgo elevado que no debería ser asumido por los bancos, sino por el ahorro y la inversión privada.

Es el papel que debería asumir, en parte, el Capital Riesgo, pero sus volúmenes de inversión son todavía reducidos y muy lejos de los años previos a la crisis (especialmente en las primeras etapas de los proyectos empresariales). 

Parece que 2014 será un mejor año para este sector, tanto en volúmenes de inversión como en captación de nuevos fondos. Sin embargo, parte de esta mejoría proviene de las inyecciones de capital del Gobierno, que, aunque no es la peor política económica, sí supone distorsionar este importante sector y alejarlo de su versión más desarrollada de países como Reino Unido, Irlanda o Suiza (con mucha menor intervención) y desincentivar una dinámica sana.

Lenta mejoría

En 2013, el capital riesgo tocó fondo. El volumen de inversión proveniente de este tipo de capital supuso apenas la mitad de lo invertido en 2005 (donde se alcanzó el máximo), según las cifras de ASCRI y Capital Riesgo. Cierto es que el 80% de esta cifra se consiguió en el segundo semestre del año, hecho que explica no sólo la fuerte caída en el primer semestre sino la mejoría en 2014.

Así, en el primer semestre de 2014 el volumen de inversión ha crecido un 132%. El 90% fueron inversiones de menos de cinco millones de euros, y más del 70% de menos de un millón. Pese a ello, el importante papel de este sector como motor de cambio del modelo económico español apenas alcanza el 0,2% del PIB (unos 2.300 millones de euros en 2013, aunque será muy superior en 2014 si se confirma la tendencia).

Esto supuso, el 3,5% del total de la inversión de Capital Riesgo de Europa en 2013, muy lejos de Reino Unido, Alemania y Suiza (32,9%, 18,8% 10,6%) e incluso menos de la mitad que un país mucho más pequeño como Países Bajos (8,2%). Estamos tres países por debajo de la media europea.

Fuente: Asociación Europea de Capital Riesgo o EVCA.

Inversión por fases

Tradicionalmente, el capital riesgo se ha hecho más presente en las compras o buyouts de empresas, que, desde 2010, tienen un fuerte peso, en torno al 60% por volumen de inversión.

Pero durante la crisis la inversión en etapas de crecimiento se ha hecho un hueco importante (sobre todo en 2008-2009) y todo apunta a que en el primer semestre de 2014 el volumen de inversión en estas fases se ha incrementado un 45%, hasta alcanzar el 41% de la inversión total, acaparando casi un 60% de las operaciones realizadas.

En cualquier caso, la inversión en las primeras etapas o venture capital (semilla, startup y últimas fases de emprendimiento) están lejos de los dos dígitos que se alcanzaron en 2008 y 2009.

Estas no son inversiones grandes por su propia naturaleza, pero su importe total está muy lejos de los países ya mencionados o incluso de Austria, Irlanda o Finlandia, situándose en el pelotón de cola. Además, parece que durante el primer semestre está experimentando cierta caída, hasta el 2,4% del volumen total de inversión. Quizá el sector se esté centrando en impulsar el crecimiento de inversiones pasadas.

Por sectores, Informática, Productos y Servicios Industriales, Productos de Consumo o Biotecnología son los que tanto el año pasado como la primera mitad del actual están acaparando el mayor número de operaciones (destacando notablemente el primero). Por volumen de inversión, este año se está centrando más en Productos de Consumo, Hostelería y Ocio, frente a Productos y Servicios Industriales o Servicios Financieros en 2013.

Captación de fondos

Tras una crisis en la que se estaban agotando los recursos levantados con anterioridad, la captación de fondos para invertir (fundraisingha crecido un 315% en el primer semestre, superando los 2.134 millones de euros (en 2013 creció sólo un 11%). Algo más de la mitad fueron captados por operadores nacionales privados, el 41% extranjeros, y el 5% por operadores nacionales públicos.

Estas son buenas noticias si tenemos en cuenta que, durante la crisis, los países del Sur de Europa siguen estando a la cola en la captación de capital riesgo, muy al contrario que Reino Unido e Irlanda

Y, aunque es cierto que el interés internacional ha vuelto, el notable cambio de tendencia se explica en buena parte por el papel del Fond-ICO Global, que tiene intención de inyectar al Capital Riesgo español 1.200 millones de euros entre 2014 y 2017 en cerca de 40 gestoras (de momento se estima que ha repartido casi 500 millones entre 14 entidades).

La intervención del Gobierno, también en esta industria, es común en el Sur de Europa (que suele rondar un 30%), en donde se prefiere desviar fondos públicos en lugar de liberalizar la economía.

En España, la intervención estatal se ha hecho notar durante la crisis, especialmente en 2009, que pasó de un 2% a un 14%, y entre 2012 y 2013, donde rondó el 27%. Es un modelo totalmente diferente al seguido por los países con el Capital Riesgo más desarrollado (Reino Unido, Irlanda, Alemania o Suiza).

Por otra parte, el segundo tipo de inversor con mayor peso en 2013 en levantar capital fueron los particulares, con un 15%, recuperando e incluso sobrepasando el nivel de 2007. Los bancos ocupan el tercer lugar tras descender de forma intensa su participación durante la crisis: de un 44% en 2009 a un 13% en 2013. Los inmediatos seguidores son los fondos de pensiones, de inversión y family offices.

En cuanto a las desinversiones, una parte fundamental para recuperar el capital (más ganancias) que permitirá reiniciar el ciclo, el primer semestre registró el doble de volumen que en el mismo periodo de 2013. La mitad de las operaciones fueron "Venta a tercero", un tercio "Venta en Bolsa" y casi un 10% "Venta a otra entidad de Capital Riesgo".

Llamando a la rebelión

Llamando a la rebelión, pero no a la de las masas, sino todo lo contrario: la rebelión de las minorías.

Estos días tan propicios para ver cine relajadamente en casa me han conducido a una película titulada Hannah Arendt, en honor a la filósofa judío alemana que emigró a EEUU en 1941 huyendo del régimen nazi. En la película, se relata el seguimiento que ella mismo dio para el New Yorker del proceso de Israel al coronel de las SS Adolf Eichmann, sus conclusiones y las enemistades que se creó con la comunidad judía.

Con independencia de su juicio personal alrededor de la responsabilidad última de Eichmann en la solución final, esta autora mantuvo un interés máximo en entender el origen de la maldad. Contraponía el “mal radical” (Kant) con lo que ella observó durante el juicio a Eichmann como “banalidad” o “trivialidad” del mal. El “no pensamiento”, es decir, el inexistente juicio crítico del (podríamos denominarlo así siguiendo a Ortega) “hombre masa” conduciría en el caso judío no tanto a un “genocidio” como a un “asesinato en masa administrativo”. Un burócrata, señor complaciente (algo encorvado ante tan continuada genuflexión) al que le llegan unas directrices desde arriba, unas cifras de resultados esperados, un formulario que con gran diligencia rellena, firma y mueve hacia el siguiente eslabón de la cadena de mando.

Un esquema moral, político y social en el que la individualidad no existe, en que se es parte de una maquinaria superior a la voluntad de uno, donde la responsabilidad se torna ambigua porque no existe la autonomía, donde las categorías del bien y el mal se desdibujan opacadas por una toma de decisiones que se realiza de manera absolutamente jerárquica y centralizada. Un marco en el que el éxito de uno deriva de servir a esa maquinaria sin compasión; porque, o estás dentro, o estás fuera, literalmente. Un sistema en el que “el otro” es exterminable así, administrativamente, por no encajar en ese engranaje atroz que cosifica al hombre. El hombre convertido en medio, cuando no en prescindible chivo expiatorio, para la consecución de algún “bien común” destinado a los que sí han sido elegidos.

Muchas películas, entre la ciencia ficción y la crítica política contra los totalitarismos, han reflejado bien estos mundos que demandan a gritos grandes dosis de subversión. Pero, ojo, esto es solo un caso, el de la drástica y dramática solución final. Hoy día nos acechan otros como los del Estado Islámico de Siria e Iraq, de similar cariz. Pero la demagogia, exuberante en democracia si se delega también la lucha por la libertad, no es otra cosa que esto: a menor escala, quizás como caldo de cultivo de algo más drástico que esté por venir… Quién sabe. En esas estamos por estos lares patrios y eso es lo que nos jugamos en los próximos meses y años…

Frente a esto, frente a la tiranía del hombre masa, frente al imperio del “no pensar”, frente al dirigismo político e intelectual, igualitario, centralizador y que niega “al otro”, al distinto, debemos saber que hay alternativas. Y la alternativa no es otra que la libertad.

La libertad (no coacción) se esgrime desde el ámbito económico, entre los liberales, una y otra vez. Pero entiéndase que como requisito previo a ésta debe existir algo realmente complicado de lograr: el respeto al otro. La libertad será la consecuencia de tolerar al otro, de no laminarlo, de no esquilmarle, de no violarle. Y con eso no se nace, aun cuando ciertamente hay gente más respetuosa y empática que otra. Se trata de un marco social que hay que alcanzar a través del proceso de civilización.

También es un proceso, por supuesto, previo a la democracia. Pretender que, quitando a un tirano de Iraq e “implantando un proceso democrático”, la gente se va a respetar de manera automática es exudar un voluntarismo e ingenuidad extremos.

A través de vernos en el espejo de los demás, de considerarlos “un igual”, de entender que no son cosas, que también tienen sus fines, sus afinidades, sus miedos, sus preocupaciones, sus alegrías, su dolor, sus intereses, sus pensamientos, podremos alcanzar la ansiada libertad.

Y no es nada fácil porque la horda tira mucho, porque la protección del grupo cerrado y el miedo al extraño los tenemos impresos en nuestros quebrantables huesos. Porque huimos de la competencia como de la peste al ser los recursos escasos, o, mejor dicho, nuestro conocimiento sobre ellos. No querer competidores, no querer población creciente, no querer elementos que alteren el estado de cosas de la tribu debería ser “lo normal”. Porque lo normal, seguramente, sea no pensar. Hacer las cosas como siempre se han hecho y como las hemos aprendido. Buscar estabilidad, certidumbre. Y eso nos hace ser asimismo envidiosos con los que tienen éxito, con los “no iguales”, con los que se atreven y compiten, con los que sí piensan.

Por eso es tan complicado en sociedades más modernas y numerosas frenar el avance de la demagogia, evitar que élites políticas e intelectuales se agrupen para, apoyados por las mayorías, machacar a las minorías intelectuales, comerciales o sociales. Envidia e inacción (no pensar, que todo siga igual), y la detestable sed de poder y control de las élites políticas e intelectuales, juntas hacia un mismo fin. 

Pero hay grandes esperanzas también. La superación de esos miedos y atavismos contra los otros, a mi juicio, se consigue cuando la gente entiende que respetando y observando el comportamiento de ellos obtiene alguna gratificación personal (o grupal). Ya sea una conversación, una forma de hacer las cosas que nos sorprende, un producto que no disfrutábamos antes de toparnos con ese otro ser. El comercio, ya se sabe, es de lo más pacificador y civilizador.

Así, empezamos a disfrutar de la diferencia, de los matices personales, de la información y conocimiento que adquirimos con el intercambio de cualquier clase. Y no sólo emulamos ya el archimanido funcionamiento de la tribu, sino que emulamos y extrapolamos tras observar lo diferente: nos atrevemos, innovamos, adoptamos nuevas formas de hacer las cosas en lo personal o en la comunidad gracias al contacto con el exterior. Tomamos conciencia, seguramente, de nuestra individualidad a través del espejo del otro. Nos cargamos de una energía vital que impulsa nuevos y apasionantes retos. Empezamos a querer tomar las riendas de nuestra propia vida.

Una vida que, conforme crece la división del conocimiento, dependerá cada vez más del otro y del intercambio libre y pacífico con él. Del otro como proveedor, como colaborador, como adquirente de mi conocimiento. Y ya no será suficiente con respetarnos y garantizar libertad. Si queremos más, necesitaremos ir un paso más allá: tendremos que fiarnos, que concedernos tiempo, que dar nuestra palabra, que cooperar. Nos la tenemos que seguir jugando, ya no solo a corto, sino a medio y largo plazo. 

Del autocontrol y el respeto, de la individualidad y creatividad, y de la observación, emulación, cooperación y la confianza, no sólo obtendremos la ansiada libertad. Alcanzaremos más. Pues libre también es quien no hace nada por modificar su entorno y mejorar su vida, y libre también es ese mismo ser que al mismo tiempo se muestra crítico y agresivo, en lugar de agradecido, contra todo lo que le garantiza su libertad y prosperidad, movido por el desconocimiento, la solitaria apatía, la inseguridad y la envidia. No, con los elementos anteriores, habremos pasado del “hombre masa” sin criterio y acomodado al “hombre minoría”, el hombre que actúa, el hombre que se exige, el hombre que piensa, el hombre que se atreve, el hombre que coopera, el hombre con una misión de más largo plazo. El hombre que, con sus acciones y las de otros muchos hombres, se pone retos a sí mismo y a los demás. A los demás porque, de las acciones de los distintos grupos humanos buscando sus variados fines de manera no centralizada (negando una uniformidad o igualdad indeseables), sólo pueden surgir sorpresas, informaciones crecientes y variadas, nuevo conocimiento, que, gratuitamente, antes o después, llegará a sus congéneres para ser empleado en nuevos fines.

Sólo lo diferente y diverso puede generar sorpresas y crecientes oportunidades y riqueza. Lo “igual” es vacío interior, frustración y resentimiento. Pero socialmente también es inanición, es hacer las cosas siempre igual, es la economía de crecimiento cero, es condenarse a no disfrutar de mejores condiciones de vida, es población menguante, es el triunfo del mal fario maltusiano, es la guerra por los recursos. No es condición suficiente, pero sí necesaria para la paz, libertad y prosperidad la aceptación y el triunfo de lo diverso.

Es la hora de la rebelión de las minorías.

Mitos sobre las exportaciones españolas

"There are only three spending components that matter to monetary policy: consumer spending, business investments and exports and trade", Evan Davies

Uno de los rasgos más curiosos del análisis económico español es el presidencialismo. Le damos una especie de cualidad mágica a los gobiernos, como si fueran los Reyes Magos, y le echamos la culpa -o el mérito- al Presidente. Es ese estatismo que espera milagros de la Administración. El caso más entretenido es el de las exportaciones. Las analizamos como si el que exportase fuese el Jefe del Ejecutivo y como si el resto del mundo no existiera. Rajoy o Zapatero no exportan: exportan las empresas. Parece obvio, pero a más de uno se le olvida.

He leído muchos análisis catastrofistas, pero creo que merece la pena resaltar que el esfuerzo exportador de las empresas españolas sigue siendo modélico.

El propio director general de la Organización Mundial del Comercio, Roberto Azevêdo, analizaba hace poco en Londres un contexto global de desaceleración del comercio mundial, y es en ese entorno en el que debemos valorar el cambio de modelo nacional, con sus positivos y negativos:

  • Mito 1: No estamos cambiando a un modelo exportador. Las exportaciones de bienes y servicios pesan ya un 34,1% del PIB de España. Un aumento del 10,7% en tres años y del 30% sobre el nivel de 2004.
  • Mito 2: Los otros países lo hacen mejor. Hemos aumentado cuota de mercado global de 1,6% a 1,68% de las exportaciones globales (según la OMC) y nos situamos en el puesto 18 del mundo, y en el puesto número siete en exportaciones de servicios. Alemania, Japón, Italia o Francia bajan cuota desde 2010. EEUU la mantiene similar.
  • Mito 3: Las importaciones se disparan. Con los datos publicados acumulados hasta junio de 2014, no existe en la serie histórica –desde 1995- un nivel mayor de cobertura de importaciones con exportaciones que los registrados en 2012 (85,5%), 2013 (95,3%) y 2014 (91%). Para que se hagan una idea, entre 2000 y 2011 la media era del 75%, y entre 2006 y 2009 menos del 67% (ver gráfico).

  • Mito 4: Las exportaciones van mal. Muchos análisis hablan sólo del “crecimiento” de las exportaciones y no del hecho de que sigan a máximos. Y eso que la serie histórica pone de manifiesto que no todos los años se registraron récords absolutos de exportaciones. Sin embargo, a partir de 2010, sí que los ha habido.
  • Mito 5: Las empresas exportadoras no son relevantes. El número de empresas exportadoras ha crecido de una media de 100.000 entre 2001 y 2007 a más de 150.000. Contamos con 570 empresas que suponen el 63% de las exportaciones, una cifra de concentración similar a la de Francia o Reino Unido y normal cuando tenemos –menos mal– grandes multinacionales. Hay que seguir aumentando en número y diluyendo la concentración.

LAS EXPORTACIONES DEBEN ANALIZARSE EN TRES TÉRMINOS:

  • El crecimiento mundial del comercio se ralentiza.  No se puede exportar al aire. Si el comercio global aumenta menos de lo esperado, las exportaciones crecen menos. La OCDE lleva comentando la caída de las exportaciones desde mayo, y en marzo ya explicaba yo en ¿Peligra el modelo exportador español?  y en mi web que los datos de comercio mundial estaban revisándose a la baja, y con las sanciones entre la UE y Rusia es probable que siga desacelerándose. En ese contexto, que España siga registrando cifras récord en junio y sus exportaciones crezcan un 0,5% en los primeros seis meses es positivo, sobre todo cuando nuestro principal socio, Francia, se encuentra estancado. En Reino Unido las exportaciones han caído un 19,9% en junio (-14,7% en los primeros seis meses) y en Francia, que tanto nos gusta a algunos como ejemplo, un 1,8%.
  • Balanza Comercial. La diferencia entre lo que exportamos e importamos. A efectos del PIB y del crecimiento, lo importante es que la aportación exterior sea positiva, si no estaremos agrandando el agujero. Si exportamos “mucho” como en 2009, y tenemos un destrozo de 94.000 millones de euros en la balanza comercial, no sólo no sirve para nada, sino que además es un enorme problema. Pero claro, en aquella época al déficit comercial se justificaba con la excusa de “estimular la demanda interna” y hoy, con un déficit comercial diez veces menor, escucho, alucinado, que está “disparado”. Fíjense en la ironía…

Por ello, hablar de las exportaciones de Japón, por ejemplo, cuando registran un déficit comercial record, es olvidar una cara importantísima de la moneda. Además, ese déficit comercial es fundamentalmente gasto corriente –por la subida del precio del gas, petróleo y carbón en yenes depreciados “gracias” a Abenomics-.  Devaluar no es motor de exportaciones. Si no hay valor añadido y producto de calidad, lo que vendes se disipa con el aumento de precio de lo que compras.

El déficit comercial español hay que vigilarlo, ya que, como alerta Juan Rallo y otros expertos, siempre ha sido la antesala de una crisis. Sin embargo, de enero a junio 2014, el 24% de las importaciones fue de bienes de consumo, el 7% de bienes de capital y el 70% de bienes intermedios.

Es decir, el 77% de las importaciones fue destinado a la inversión o a la producción, y sólo el 23% fue al consumo, una relación casi inversa comparada con los países de la expansión monetaria, Reino Unido o Japón.  Aun así, es un dato a vigilar, ya que tenemos la tendencia de caer en la trampa de “estimular la demanda interna” con deuda y lanzarnos a otra crisis.

Es la diferencia entre el circulo vicioso de hundir la balanza comercial “estimulando”, y el circulo virtuoso de exportar y controlar que el déficit sea bajo, o haya superávit. No es una fórmula mágica ni nueva, es la de los países líderes en exportaciones sostenibles.

  • Cuota de mercado global. ​Si el comercio se expande o se ralentiza depende de multitud de factores globales, como es normal. No podemos pensar que los problemas geopolíticos con Rusia (1,1% de nuestras exportaciones) o las dificultades para crecer de Francia, Portugal o Italia, algunos de nuestros mayores socios comerciales, no van a afectar, pero también se reducen las importaciones (Rusia es un 2,6% del total). Mientras mantengamos o aumentemos la cuota de mercado globalmencionada antes y controlemos el déficit comercial, la aportación al crecimiento del sector exterior será, como debe ser, positiva, y el cambio de modelo será más sostenible.

Los datos de junio son buenos, aunque no sean fantásticos. Pero ninguna de las cifras, lo miremos como lo miremos, nos sitúa ni de lejos en la situación dramática de agujero deficitario del periodo de 2007 a 2010.

Los presidentes, como decía al principio, no exportan, pero sí pueden apoyar al sector exterior. Los grandes escollos siguen siendo los mismos:

  • Unas trabas burocráticas y administrativas desproporcionadas, que hacen que los procesos sean lentos, caros y duplicados.
  • Una fiscalidad restrictiva. Las empresas exportadoras siguen sufriendo de una fiscalidad nacional, local y regional depredadora y en numerosas encuestas preferirían ver incentivos fiscales y desgravaciones a grandes planes publicitarios de uno u otro ministerio.

El domingo pasado volvía a Londres desde España, tras diez días de vacaciones, y coincidí en el aeropuerto con el equipo directivo de una empresa que, hasta el año 2012, vendía el 89% de sus productos en España. “Vamos a firmar un acuerdo con una empresa británica a cinco años”.

Sus ventas en 2014, me comentaban, crecerán un 7% y de ellas, un 50% ya son al exterior. Sin pedir subvenciones, sin sentarse a esperar. Esas son las empresas que están cambiando –poco a poco, en silencio, sin vallas publicitarias de Plan E– el mapa empresarial español. Esa es la marca país.

Vigilemos muy de cerca el déficit comercial y las tentaciones de tirar de la chequera en blanco para “”estimular” –que ya sabemos cómo termina eso– y dejemos que las empresas sigan esa labor de cambiar nuestro modelo. No porque lo decida un Comité o un Consejo de Ministros, sino porque compiten. Si les dejan.

Un poco de luz al debate del ahorro

España tiene un problema de ahorro. Y es un problema grave que se incrementa al acompañarlo de, digamos, la demografía o el apalancamiento operativo que ha demostrado nuestra economía con el desarrollo de industrias excesivamente intensivas en mano de obra. Pero por sí solo es un serio problema. En perspectiva, España tiene una tasa de ahorro del consumidor de 8% frente a la tasa media de ahorro de 13% de los países de la zona euro. De hecho, si nos comparamos con aquellas economías cuyas tasas de ahorro pasadas permitieron un gran crecimiento, nos encontramos con que la tasa de ahorro media en Japón entre 1980 y 2000 fue superior al 15% y la de Suiza, China o Singapur ascienden todas hoy por encima del 17%.

Frente al dato objetivo de la baja tasa de ahorro, la escasa riqueza financiera de las familias y empresas del país en comparación con otras economías a las que deberíamos querer parecernos, el análisis difiere en las consecuencias. Así, para algunos la menor tasa en España implica un mayor consumo actual y una expansión de la demanda agregada. Para otros, indica simplemente que no aparecen proyectos que encajen en la preferencia temporal del ciudadano medio. Así, los primeros ven con buenos ojos el sacrificio de cierta riqueza futura por la creación de algunos empleos en el presente mientras que los segundos aceptan cierta deflación en el presente por mayores tasas de crecimiento en el futuro.

No obstante, si bien sobre las consecuencias sobre la falta de ahorro en España se ha escrito suficiente, no ha sido así sobre lo que está causando esa carencia de ahorro. O, más bien, no se ha escrito de manera sintética comentando cada uno de las variables que influyen en la industria del ahorro. Pues tal vez lo primero que haya que aclarar es que estamos ante una industria, una industria gigantesca, la industria del ahorro. Que al igual que la del consumo tiene sus sectores, sus jugadores, sus incentivos y sus palancas de crecimiento. Que tiene su oferta, su demanda, sus nichos, su regulación, su cadena de valor y sus propios sectores auxiliares.

El análisis de toda la industria del ahorro, así entendida, no puede abarcarse en un artículo. Pero tal vez, simplificando sobremanera, sí podemos reflexionar sobre el consumidor de productos de ahorro, el oferente y la cadena de valor de la industria. Tal vez así sí podamos brindar algo de luz y abrir el camino a futuras reflexiones sobre el problema del ahorro en España.

Así las cosas, comencemos con los oferentes. Y me gustaría, en concreto, fijarme en aquellos que mueven mayor volumen de ahorro. Pues son los que cuentan con un cliente más genérico, con una tasa de penetración mucho más alta y, tal vez, tienen un carácter más cíclico que otros oferentes (si bien esto es más discutible). Estamos hablando de los 121.143.694.000 M€ que gestionaban los nueve mayores gestores de fondos de España en abril de 2014 (retiramos a Bestinver del ranking de top 10 al no ser comparable ni por tipo de producto ni por tipo de cliente). Esto supone no sólo cerca del 12% del PIB si no, también, el 71,21% del total de patrimonio gestionado en fondos de inversión en España. Hablamos, asimismo, de los 78.365.351.000 M€ que gestionaban las diez mayores gestoras de fondos de pensiones en España a marzo de 2014, lo que supone el ~8% del PIB y el 83% del total.

Estos oferentes son generalistas. Esto es, su negocio no es la gestión de fondos de pensiones o la gestión de fondos de inversión. Estamos hablando de BBVA, Santander, Invercaixa, Sabadell, Kutxa… No son jugadores cuyo negocio esencial sea la gestión de activos (como sí lo podrían ser, verbigracia, Bestinver, BPA, GVC Gaesco, Banco Madrid, Intermoney, ATL y Metagestión, entre otros). Y aunque puedan tener un potentísimo departamento de Asset Management – como así tienen el BBVA y el Santander – el nivel de recursos que destinan al mismo y el know-how que desarrollan en el mismo no es comparable al de un especialista. Sí, probablemente tengan más escalabilidad, pero es un tema de volumen. Probablemente puedan establecer comisiones superiores al 1% del patrimonio gestionado con una estructura de costes más plana, y como negocio ser francamente rentables, pero sólo gracias al volumen al estar muy apalancados operativamente.

Esto provoca que, desde la central de estas entidades, se le haya prestado poca atención al área de gestión de activos. Sobre todo teniendo en cuenta que si este top 9 en abril de 2014 ascendía a 121 MM€, en diciembre de 2007 era 120 MM€ y llegó a ser 80 MM€ en diciembre de 2012 (el peor momento de la industria en la crisis). Estos vaivenes lastraron las TIRs internas del sector y provocaron el desapego de las centrales. Al final, el mayor valor añadido que tiene, digamos, la gestora del Banco Popular para un inversor que apueste al volumen y que quiera toda la gestora es una red de oficinas comerciales enorme con alta penetración en España, con una amplia red de empleados en toda la Península y el compromiso del departamento de la distribución de tu producto por toda su red.

Si a esto le añadimos que muchas gestoras quieren colocar sus productos a través de una red comercial, tenemos esquemas de arquitectura libre en los que un solo banco distribuye productos de muy diferentes gestoras. A parte de los propios. Al final, el que tiene que colocar el producto financiero tanto al agricultor manchego como al pescador asturiano o al taxista madrileño no tienen el suficiente conocimiento de la multitud de productos que distribuye como para recomendar al cliente cuál le conviene. Pero es que tampoco está incentivado, pues estos esquemas generan tan poca plusvalía para el comercializador que la captación de patrimonio para gestión por parte del agente de oficina casi no amplía el bonus del empleado.

Al final, los grandes crecimientos en patrimonio bajo gestión que se han visto en la industria (como el del Sabadell los últimos meses, el del Popular o el de Banco Madrid) se han producido tras el cierre de acuerdos a largo plazo de distribución de productos de un solo gestor por parte de toda una red comercial con incentivos al empleado adecuados. No obstante, sin estos incentivos el empleado no distribuye.

Y, ¿por qué sólo con este paraguas de acuerdos a largo plazo se han establecido incentivos correctos para la distribución? Fundamentalmente porque estos acuerdos permiten que el banco declare una plusvalía por el valor del contrato el primer año más posibles earn-outs durante los años de duración del contrato por superar objetivos. Además del ahorro del IVA en el contrato si se arma una óptima estructura fiscal. Entonces, la central del banco se fija de nuevo en el área de gestión de activos y comienza a captar ahorro y a fomentarlo.

Sin embargo, si de la oferta no provienen las ganas por captar ahorro por problema de incentivos y de rentabilidad bajo el esquema de arquitectura libre que predomina en España, tal vez pudieran provenir de la demanda, que tirase de la oferta para que ella sola desarrollase unas plataformas rentables.

Tal vez sobre este punto sí se ha escrito en España con cierta profundidad. En primer lugar, se ha profundizado en cómo está estructurado el IRPF (en los tramos del ahorro), así como la fiscalidad de los rendimientos de ciertos instrumentos de ahorro (planes de pensiones y PIAS).

Es cierto que el régimen fiscal del ahorro en España (sobre todo en función del vehículo de inversión elegido) puede acabar esquilmando buena parte del capital ahorrado. Pero no es éste el único ni el principal problema al que el cliente presta atención a la hora de adquirir un producto financiero.

El primer ingrediente, como es de esperar, es la rentabilidad ofrecida, después las garantías y, finalmente, la disponibilidad del capital. Habitualmente el cliente de productos de ahorro se fijaba en esas tres variables. Sin embargo, los últimos informes del sector apuntan a que el cliente cada vez demanda mayor información sobre el producto: en qué está invertido, por qué, durante cuánto tiempo, bajo qué estrategia de inversión, etc

Preguntas que, sin duda, en un esquema de arquitectura abierta es casi imposible que sean respondidas por el director de la sucursal del barrio y que, incluso cuando una entidad distribuye sólo tres productos, generan un problema enorme de asimetría de información entre el distribuidor y el consumidor. Problema que debiera solucionar la regulación según nuestras normas, pero que la experiencia vivida con ciertos productos financieros en el pasado nos ha enseñado que la regulación no evita el problema.

Así las cosas, tenemos un cliente tipo que demanda productos muy concretos, gran cantidad de información, rentabilidad, disponibilidad y que se preocupa por la fiscalidad y un distribuidor en la sucursal que tiene un abanico enorme de productos que ofrecer pero que no tiene ni información ni incentivos para obtenerla de todos ellos. Lo que acaba llevando la negociación entre distribuidor y consumidor al mismo punto: renta fija o depósitos a plazo, dos productos con los que el distribuidor se siente cómodo y que el consumidor conoce. Pero dos productos cuyas rentabilidades son tan bajas y que no permiten beneficiarse al ahorrador del carácter exponencial del interés compuesto, lo que no facilita que con estos dos productos se capte tanto ahorro como el que se podría captar con fondos de inversión o planes de pensiones.

Si a todo ello le añadimos que la regulación ha complicado sobremanera la cadena de valor de la industria (el negocio de custodia y de depositaría institucional ha visto cómo sus costes regulatorios y de personal aumentan drásticamente en los últimos 5 años, obligando a los bancos a externalizar estas áreas a grandes jugadores como la CECA en España o BNP a nivel internacional), ralentizando las sinergias verticales y todo ello ante unos años que no han sido fáciles para la gestión de activos (ni para la gestión de fondos ni de pensiones, como se ha visto en la evolución de patrimonio de prácticamente todos los jugadores, desde BBVA hasta PYMCO), nos encontramos ante una industria repleta de problemas operativos que poco a poco va solucionando y que, a su vez, está fuertemente condicionada por las políticas fiscales impulsadas desde cada Estado en aras de fomentar o castigar el ahorro y de fomentar o castigar a la industria del ahorro.

Y en España, con una nueva normativa fiscal que dificulta el camino de vehículos de inversión alternativos (los que surgen tras un LBO, por ejemplo), con un manto protector bancario que impide el crecimiento de la banca en la sombra (pues mientras un unitrancher exige para un high-yield un interés del E+10% un banco sindicado puede bajar debajo del E+6%) y con un consumidor acostumbrado a que no importa el riesgo que asuma en la inversión pues acude a la sucursal con la mentalidad de que le garantizan todo el patrimonio (incentivo perverso que contagia al consumidor: la idea de que como el depósito está garantizado no me preocupo ni por el depósito ni por todo lo demás). Al final, un camino empedrado que hace imposible que la industria del ahorro florezca con grandes patrimonios gestionados en nuestro país. Con una gran diversificación y con un potente know-how.

Apéndice

Muy distinto es el caso de los grandes ahorradores o de los ahorradores con gran cultura financiera. En estos casos, si bien no ha lugar ahora a la explicación, la industria del ahorro tiene sus nichos y satisface bastante bien la demanda de sus clientes. Y recientemente leíamos cómo la financiación no bancaria de empresas del IBEX había alcanzado su récord. Eso sí, suculento negocio que los bancos poco a poco están perdiendo (y clientes que poco a poco están perdiendo) y que todo esfuerzo de lobby será poco para recuperarlo.

O renta básica universal o libertad migratoria

Podemos defiende dos reformas políticas difícilmente compatibles: la renta básica universal y la libertad migratoria. Yo, como liberal, rechazo la primera y suscribo la segunda. Imagino que algún conservador nacionalista podrá promover la primera y oponerse a la segunda. Pero lo que se me antoja verdaderamente complicado es defender, a la vez, ambas proposiciones. El gran teórico de la renta básica, Philippe Van Parijs, ha reconocido con amargura que esta incompatibilidad entre la libertad migratoria y la renta básica universal “expone en toda su crudeza el cruel dilema entre la generosidad sostenible hacia nuestros conciudadanos más pobres y la altruista solidaridad hacia cualquiera que desee entrar. Este dilema es el más doloroso reto que afronta ahora mismo la izquierda en el mundo desarrollado”.

No queda claro cómo Podemos pretende resolver este dilema. No en vano, hasta la fecha ni siquiera ha ofrecido un memorándum sobre cómo financiar la renta básica universal para los actuales residentes en España. ¡Cómo esperar que nos explique cómo extender ese derecho a potencialmente todo el mundo! Mas, con Podemos o sin Podemos, la generalización de la renta básica universal sí constituye, como decimos, un conflicto interno de primer orden para la izquierda con vocación cosmopolita.

¿Existe alguna forma de compatibilizar la libertad de movimientos de personas y la renta básica universal? A priori, parece que existen dos posibilidades.

Renta básica para todos

La primera opción es tan simple como inverosímil: implantar la libertad migratoria y reconocer a todo aquel que se establezca en suelo español una renta de 6.000 euros por adulto o de 8.000 por jubilado. A estas cifras, habría que añadir la “gratuidad” de la educación y de la sanidad, equivalentes actualmente a una renta en especie de unos 2.200 euros per cápita. Es decir, estamos hablando de reconocer a cada residente el derecho a recibir directamente del Estado entre 8.200 y 10.200 euros anuales (dejo fuera la estimación de otras prestaciones estatales “gratuitas” como las infraestructuras, la seguridad o la justicia).

Atendiendo a la literalidad del programa de Podemos, ésta parece ser su opción preferida (“Libre circulación y elección de país residencia y regularización y garantía de plenos derechos para todas las personas residentes en suelo europeo, sin distinción de nacionalidad, etnia o religión, con o “sin papeles”), si bien tiene escasos visos de prosperar. Dado que actualmente la renta per cápita mundial ronda los 7.800 euros, la magnitud absolutamente desproporcionada del efecto llamada que supondría prometer una renta entre 8.200 y 10.200 euros anuales debería resultar más que evidente. En África, de hecho, la renta per cápita ni siquiera supera los 2.000 euros y el 36% de sus más de 1.100 millones de habitantes malviven con menos de un dólar diario.

En este sentido, consideremos una hipótesis extremadamente conservadora: España decreta la libertad migratoria y se instalan 100 millones de personas provenientes del resto del mundo. A un coste medio de 8.200 euros por persona (renta básica más la correspondiente habilitación de colegios y hospitales) necesitaríamos una recaudación adicional de 820.000 millones de euros: cerca del 80% del PIB español. Dado que ahora mismo el Estado ya copa más del 40% del PIB (no digamos si, para más inri, implantamos la renta básica universal para los españoles), el proyecto sería absolutamente infinanciable incluso implantando la república soviética española: desde Jesucristo, nadie ha conseguido multiplicar los panes y los peces, esto es, recaudar en impuestos el 120% del PIB de un país.

No parece una opción demasiado realista y Podemos se terminará viendo forzado a reconocerlo y a rectificar. La cuestión es cómo rectificarán: si abandonando el proyecto de renta básica universal, si abandonando el proyecto de libertad migratoria o tratando de combinarlos de otro modo. Entramos así a analizar la segunda opción de convivencia entre renta básica y libertad migratoria.

Renta básica sólo para los ciudadanos

La renta básica universal suele caracterizarse como un derecho político: es un derecho derivado de ser sujeto político de una comunidad. En este sentido, una comunidad podría distinguir entre, por un lado, ciudadanos con plenos derechos políticos y, por otro, residentes sin derechos políticos. Un caso similar lo encontramos con el derecho de voto: la Constitución española ya restringe enormemente el derecho de voto a los extranjeros (limitándolo a las elecciones municipales y siempre que exista reciprocidad con su país de origen). ¿Por qué no hacer lo mismo con la renta básica universal, esto es, que el derecho a percibirla se adquiera con la ciudadanía?

Esta vía alternativa ciertamente permitiría compatibilizar libertad migratoria con renta básica universal: cualquiera es libre de residir en España pero sólo los ciudadanos españoles perciben la renta básica. Ahora bien, para que esta combinación sea funcional resulta obviamente necesario que los criterios de atribución de la ciudadanía sea muy estrictos: en caso de que se adquiera la ciudadanía cumpliendo unas condiciones muy laxas, el escenario será asimilable al de una renta básica para cualquier residente.

Actualmente, en España se le reconoce la ciudadanía a cualquier persona que encadene diez años de residencia legal: dado que cualquier residencia sería legal en un contexto de libertad migratoria, las condiciones de acceso a la ciudadanía no parecen demasiado estrictas. En apenas una década nos toparíamos con problemas análogos a los arriba descritos: a la postre, prometer renta básica a quien resida diez años en España equivale a otorgarles el derecho a acceder dentro de 10 años a un activo financiero con un valor presente de unos 60.000 euros. ¿Es un patrimonio de 60.000 euros lo suficientemente atractivo como para actuar de reclamo? Diría que sí, sobre todo combinado con el derecho irrestricto a la educación o a la sanidad pública, reconocidas actualmente a los residentes legales (y no sólo a los ciudadanos).

Por consiguiente, para compatibilizar la libertad migratoria con la renta básica universal sería necesario endurecer mucho los criterios de acceso a la ciudadanía. Un modelo podría ser el de Liechtenstein: 30 años de residencia legal a menos que antes lo aprueben por votación el resto de ciudadanos. Las condiciones podrían incluso radicalizarse más y limitar la ciudadanía española a los hijos de ciudadanos españoles salvo naturalización por votación democrática.

En cualquiera de ambas opciones, con todo, fijémonos al tipo de sociedad hacia la que nos conduciría la renta básica universal: una parte de la población (los no ciudadanos) pagaría impuestos por residir en el territorio sin recibir como contrapartida prestaciones estatales, mientras que la otra parte (los ciudadanos) cobrarían una renta básica universal del Estado aun cuando no trabajaran (y no pagaran impuestos). La imparable tendencia a alcanzar un equilibrio comunitario de castas sociales es más que patente: los ciudadanos de pata negra podrían vivir de extraerles las rentas a los residentes no ciudadanos. Cuanto más se restringiera el acceso a la ciudadanía, mayor sería la explotación de unos sobre otros y más se consolidaría el sistema de castas. Tal como reconoce Van Parijs: “[Semejante distinción entre ciudadanos y no ciudadanos] acarrearía una enorme distorsión dentro del mercado laboral: algunas serían capaces de rechazar trabajos pésimos gracias a su derecho incondicional a recibir la renta básica mientras que otros ciudadanos se verían forzados a aceptarlos precisamente por carecer de un derecho a este sustento”. ¿Tiene sentido que quienes promueven la renta básica universal como vía para escapar de las penurias y la explotación laboral impongan luego esas penurias y esa explotación a los extranjeros que acudan a España? ¿En qué se diferenciaría esa situación de ese otro escenario tan denunciado por la izquierda, a saber, que las pérfidas megacorporaciones privadas pagan salarios de miseria en el Tercer Mundo y luego distribuyen cuantiosos dividendos a sus accionistas del Primer Mundo?

La tensión, pues, es evidente: criterios de adquisición de la ciudadanía muy laxos vuelven inviable la convivencia entre renta básica y libertad migratoria; criterios muy estrictos generarían un sistema de castas donde una parte de la población explotaría y rapiñaría a la otra mediante la coacción estatal. El problema, pues, se antoja irresoluble dentro del marco de los Estados-nación actuales (tampoco queda muy claro cómo podría articularse una gigantesca redistribución de la renta global a través de un Estado mundial: ¿aceptaríamos los españoles enormes recortes en sanidad y en educación a cambio de mejorar marginalmente la educación y la sanidad de los nigerianos?).

Conclusión

La renta básica universal es incompatible con la libertad migratoria, salvo que uno esté dispuesto a implantar coercitivamente un sistema de castas. Van Parijs lo tiene claro: “El objetivo final es la justicia distributiva global. Pero la manera más cierta de lograrla no es permitir que la libertad migratoria destruya los actuales sistemas redistributivos. Los sistemas de solidaridad comparativamente generosos necesitan protegerse del insostenible efecto llamada de potenciales beneficiarios. El objetivo ha de ser que esos sistemas redistributivos se extiendan junto con la globalización. Así, para garantizar una generosa redistribución, no sólo debemos protegernos de las entradas no deseadas (la inmigración de los potenciales beneficiarios) sino también contra las salidas indeseadas (la emigración de los contribuyentes actuales)”.

Entre la redistribución coactiva de la renta y la libertad, Van Parijs opta por restringir la libertad en aras de mantener la redistribución coactiva de la renta. Podemos tendrá eventualmente que decidir entre ambas y todo hace prever que antepondrá la redistribución coactiva de la renta a la libertad de movimientos de personas y capitales (la duda es si limitará no ya la libertad de inmigrar sino también la de emigrar). Es la perversa lógica del Estado: primero el gasto público, luego —si acaso— la libertad.

Sólo el pensamiento liberal ofrece una respuesta plenamente coherente a esta problemática: combinar la sociedad de bienestar—basada en la propiedad privada y en la cooperación pacífica de las personas— con la libertad de movimientos de personas y capitales.Cooperación global basada en la voluntariedad, no en la coacción estatal. Una sociedad liberal no necesita prohibir la entrada o la salida de nadie: su objetivo no es repartir ningún botín y, por tanto, no hay que limitar ni la huida de contribuyentes (menos recaudación) ni la entrada de beneficiarios (menos gasto per cápita). La pelota, pues, está en el tejado de quienes defienden objetivos irreconciliables y enfrentados: o renta básica universal o libertad migratoria.

Mira que está lejos Japón

Posiblemente han visto ustedes la película protagonizada por Bill Murray y Scarlett JohanssonLost in Translation (2003). Éxito de crítica y de taquilla, el segundo film dirigido por Sofia Coppola narra las tribulaciones de Bob Harris (Murray), un actor en su crisis de los 50 que ha viajado a Tokio a rodar un anuncio publicitario; y de Charlotte (Johansson), joven esposa de un fotógrafo más interesado en las modelos que retrata que en su mujer.

Si la han visto, quizás recuerden la escena del rodaje del spot en la que el director japonés imparte con pasión detalladas instrucciones que son traducidas por una lacónica intérprete de forma muy incompleta. Pues bien, algo parecido ocurre con muchos economistas “perdidos en la traducción” cuando, aterrados por la deflación, tratan de asimilar el caso de España al de Japón, y pierden una gran cantidad de matices.

La tentación de simplificar la riqueza de datos sobre ambas economías, muy diferentes en historia, estructura y cultura, para inferir un mismo destino –deflación y estancamiento económico– a partir de un suceso parecido –burbuja inmobiliaria y crisis del sistema financiero–, es poderosa.

Sin embargo, víctimas del sesgo confirmatorio, muchos insisten en esta errónea equiparación cada vez que se publican cifras negativas del IPC. Les sugiero que cuando los tintadictos aludan a Japón y a sus “dos décadas perdidas” para atemorizarles y reclamar ese robo en pequeñas dosis que es la inflación, consideren (i) si es la referencia adecuada para comparar y (ii) si los ciudadanos nipones realmente han perdido los últimos veinticinco años por culpa de la deflación.

Seguramente no sea necesario haber vivido largas temporadas en Japón –aunque quien haya tenido esa suerte podrá confirmarlo– para poder afirmar, sin temor a equivocarse, que la distancia, no sólo geográfica, sino cultural y económica con nuestro país, es enorme. Basta echar un vistazo a las principales magnitudes para corroborar que cuantitativamente no nos parecemos demasiado al país del sol naciente.

Destaca especialmente el altísimo porcentaje de la deuda pública nipona en manos de residentes (>90%) respecto al caso español (endeudarse cerca de dos veces y media el PIB a tipos de interés prácticamente gratis (0,5%).

Tampoco cualitativamente puede sostenerse la tesis del parecido razonable. Por ejemplo, entre las empresas del Fortune 500, España sólo cuenta con ocho compañías frente a las 57 de esa lista que tienen su sede en Japón. Y, por desgracia, es conocida por todos ustedes la incapacidad de nuestro sistema de educación universitaria para colocar a siquiera uno de sus centros entre las 100 mejores universidades del mundo, mientras en ese mismo ranking aparecen cinco japonesas. Por no hablar de la posición en otras clasificaciones como la de transparencia (40º de España frente al 18º de Japón), competitividad (35º contra 9º) o facilidad para hacer negocios, Doing Business, (52º frente a 27º).

Merece, pues, la pena, ser cautos a la hora de establecer comparaciones entre una y otra economía y extrapolar conclusiones a partir de un solo dato como es el del IPC. Además, realizadas las aclaraciones anteriores, cabe considerar si realmente puede simplificarse la historia reciente de Japón en la pérdida de más de dos décadas por culpa de la deflación. Pues, como en el caso de la escena mencionada de Lost in Translation, es probable que se nos estén escapando detalles importantes en la traducción.

Les propongo dejar para más adelante la evolución reciente de la economía japonesa en los últimos 3-4 años y les sugiero que se fijen en las dos famosas décadas desde que estallara la burbuja japonesa a principios de los años 90. Comprobarán que en ese periodo, pese al tan aireado estancamiento secular, el superávit por cuenta corriente nipón se multiplicó por un factor de más de cinco, mientras que el yen, en ese mismo lapso de tiempo, se apreció frente al dólar un 65%.

Dos simples datos que, estarán de acuerdo, se pegan con la leyenda del terrible daño que ha hecho la deflación a la economía del Japón. Y, por cierto, una invitación a la reflexión a aquellos que sostienen que para ser competitivos hay que devaluar la propia moneda.

Como advirtió el año pasado en un discurso el antiguo viceministro de finanzas japonés Eisuke Sakakibara, apodado Mr. Yen, a pesar de dos décadas sin crecimiento nominal, la japonesa es una sociedad bien acomodada y cuyos ciudadanos han prosperado económicamente durante estos años. Fíjense, si no, en la evolución de la renta per cápita de Japón en su historia reciente, y pregúntense si no es verdad que, a pesar de la imagen de desastre económico dibujada en la prensa, el país nipón ha venido produciendo un crecimiento robusto para sus habitantes en términos reales. Avance económico, por cierto, que se ha realizado en la misma proporción que países tan poco sospechosos como Alemania o Francia (ver gráfico).


Sin ánimo de elevar la anécdota a rango de categoría y sin pretender venderles una película de Hollywood como prueba empírica, sino sólo a título ilustrativo, les invito a recordar las escenas de la película mencionada al inicio –si se la perdieron, pueden echar un vistazo al tráiler oficial–. Rodada a mediados de las dos décadas, las imágenes mostradas no parecen reflejar las de una sociedad estancada, ¿no es verdad? Tampoco parecen compatibles con una economía languideciente el incremento de conexiones a internet por fibra óptica –de cero a más de 20 millones–, el aumento de la esperanza de vida en casi cinco años, o la construcción en Tokio de 80 rascacielos de más de 150 metros –frente a 64 en Nueva York– durante las dos décadas “perdidas”.

No parece, pues, que la deflación haya tenido efectos tan terribles en la economía de los hogares japoneses, ¿no creen? Sin embargo, el culto al crecimiento nominal del PIB y la estrecha visión que del progreso económico tienen la mayoría de los economistas, vinculándolo casi exclusivamente al consumo, hacen que se “pierdan en la traducción” cuando miran al caso japonés. Y la más dramática de las consecuencias la están sufriendo los propios nipones, al hallarse en el mismo error conceptual sus propios gobernantes –léase Shinzo Abe y Haruiko Kuroda– en los últimos años. El riesgo es dar al traste con el progreso económico real por su obcecación en las medidas keynesianas de estímulo de la demanda agregada, vía gasto público e inflación.

En el último post "El peligroso juego de la ‘indeflación‘", un amable lector me preguntó en el foro acerca de la relación de la indeflación con lo ocurrido en Japón en los últimos 25 años. En parte, este artículo está motivado por esa pregunta y la respuesta es que tiene todo que ver. En aquel juego de la soga, las fuerzas deflacionistas han venido ganando la batalla en esos veinte años y parece que a los japoneses no les ha ido del todo mal, como hemos visto. Sin embargo, en los últimos años, el esfuerzo de los políticos está siendo de tal magnitud y la intervención tan masiva que empiezan a dominar las fuerzas opuestas­, con un final mucho más incierto.

Muestra de la espiral suicida en la que la Abenomics está metiendo a Japón, pueden verla en las últimas cifras publicadas, que arrojan una contracción anualizada del 6,8% de su PIB mientras que los precios al consumo crecieron en junio un 3,3% interanual. Es decir, una caída en términos reales de más de un 10%. Y todo ello tras meter a la antigua potencia exportadora en un importante déficit comercial –un -2,4% del PIB en 2013– y debilitar profundamente al yen –que perdió en 2013 un 21% de su valor frente al dólar–. Un fracaso en toda regla que debería hacer pensar a todos aquellos que creen que a un país le va mejor con moneda propia y con libertad para imprimir y devaluar.

Permítanme que cierre el artículo con una pregunta. ¿En qué Japón preferirían vivir ustedes? ¿En el de las dos décadas perdidas o en el actual de la Abenomics?

La simpleza de la teoría económica

La teoría económica es la ciencia que explica los fenómenos económicos. De la misma forma que Newton observó que una manzana caía de un árbol y buscó una explicación a dicho fenómeno que le terminó llevando a la ley de la Gravedad, otros pensadores observaron la existencia del precios para dicha manzana (o de la usura para los préstamos), y buscaron las explicaciones a dichos fenómenos. Así se fue conformando y se conforma hoy en día la teoría económica.

A diferencia de la caída de la manzana y de los demás fenómenos naturales, los fenómenos económicos tienen su origen en el ser humano y en su acción. En ausencia del ser humano, la manzana sigue cayendo al suelo. Sin embargo, en ausencia del ser humano, no hay precio para la manzana. No tiene sentido la teoría económica si no hay ser humano.

Por ello, la metodología de la teoría económica toma (o ha de tomar) como punto de partida al ser humano y su acción. Dicha metodología se llama praxeología, y modela al ser humano como un sujeto que actúa. Quizá el principal pivote sobre el que se sustenta la praxeología es el siguiente axioma: el hombre actúa cuando cree que la situación a la que va a llegar es mejor para él que la situación inicial. O, dicho de otra forma, cuando los "ingresos" que espera obtener de la acción superan a los "costes" en que espera incurrir.

A partir de esta axioma, indemostrable pero irrebatible, se podrían construir las teorías que explican los distintos fenómenos sociales (no solo económicos) que observamos a nuestro alrededor.

Aunque el axioma de partida pueda parecer sencillo e intuitivo, lo cierto es que su aplicación en la práctica es extremadamente problemática.

En primer lugar, los costes e ingresos a que se refiere, son costes e ingresos subjetivos. Solo el individuo que está actuando conoce (o cree conocer) los costes que lo supondrá la acción que está estudiando realizar, y los ingresos que de ella puede obtener. Pero es que estos costes e ingresos no son necesariamente económicos. Las motivaciones de la mayor parte de los individuos, e incluso de todos en la mayoría de las ocasiones, no tienen que ver con conseguir más dinero o gastar menos.

Son motivaciones que obedecen a nuestra religión, nuestra educación, el entorno, las costumbres…., todo lo que conforma nuestra escala de valores. Así pues, el científico social se enfrenta a que las magnitudes esenciales para comprender la acción del individuo le son completamente inaprehensibles. Ante una misma situación, dos individuos actúan de forma muy distinta, sin poderse prever de qué forma lo harán en ningún caso, y ello es porque perciben ingresos y costes completamente diferentes.

En segundo lugar, cuando el hombre actúa, lo hace creyendo que (subjetivamente) va a acabar en mejor situación que su punto de partida. Pero todos sabemos que los individuos nos equivocamos constantemente, por lo que puede perfectamente pasar que al final del acto el individuo esté peor, incluso desde su propio punto de vista subjetivo.

Finalmente, cualquier acción del individuo (esa estimación de ingresos y costes que la explica) depende de la información de que disponga y de su interpretación (una vez más subjetiva) de la misma. Con mayor información, cabe pensar que habrá más posibilidad de que su acción desemboque de la forma que él esperaba. A su vez, la decisión de obtener una mayor información es una acción sujeta también a la comparación entre ingresos y costes que se espere.

Como se observa, se trata de limitaciones muy grandes, incluso insalvables, a las que se enfrenta el científico social cuando trata de explicar los distintos fenómenos sociales que observamos: ¿Por qué triunfó el cristianismo? ¿Por qué la gente se casa? ¿Por qué hay guerras? ¿Por qué no hay sociedades anárquicas en la actualidad? ¿Por qué ha crecido tanto Podemos?

Son todas observaciones empíricas de la realidad social a las que el uso de la praxeología debería poder dar respuesta. Y, sin embargo, es muy difícil. Hay muchas opiniones al respecto de cada cuestión, pero resulta prácticamente imposible llegar a una explicación de base científica.

Afortunadamente para el científico económico, cuando se trata de explicar fenómenos de esta índole podemos hacer simplificaciones en el modelo de acción del ser humano que nos permiten llegar a teorías de una forma bastante fiable.

La primera simplificación que podemos razonablemente hacer está relacionada con los costes e ingresos. Si estamos analizando fenómenos económicos, se pueden descartar de la ecuación todos aquellos costes e ingresos que no sean en términos de bienes, sean tangibles o intangibles, monetarios o de otro tipo. Por supuesto, sigue habiendo la posibilidad de error, y sigue habiendo muchos individuos que tomarán sus decisiones considerando otro tipo de costes e ingresos (los llamados por Rothbard, "psicológicos").

Pero al ser estos costes e ingresos tan variados, el teórico económico puede asumir que no tendrán suficiente fuerza para cambiar las tendencias generales forzadas por una mayoría de individuos solo pendientes de costes e ingresos puramente económicos, subyacentes en todo caso también en las decisiones de los individuos que incluyen otro tipo de costes.

Por tanto, a efectos de teoría económica, el individuo actúa cuando cree que va a obtener un beneficio económico de su acción, que los ingresos van a superar a los costes de la misma. El individuo sigue pudiendo equivocarse, el individuo sigue siendo el único que puede percibir sus costes e ingresos, el individuo sigue interpretando la información de forma subjetiva. Pero esa simplificación es decisiva para poder avanzar en el ámbito científico de la economía.

Gracias a esa simplificación, podemos explicar las acciones económicas del individuo en términos de los precios que observa en el mercado, y tiene sentido el cálculo económico como mecanismo de decisión. Y a partir de la teoría del precio, a su vez montada sobre la teoría del valor, se van construyendo las teorías que explican los distintos fenómenos económicos.

Otras simplificaciones subsiguientes también facilitan enormemente el desarrollo de la teoría económica con la praxeología. Por ejemplo, la asunción de que existe un bien generalmente aceptado en los intercambios (el dinero) facilita enormemente la realización de cálculo económico (a su vez, otra acción con sus costes y beneficios) hasta el punto de que se puede asumir que su uso para la toma de decisiones es generalizado (aunque, una vez más, haya gente que no lo use).

Dado que la mayor parte de las transacciones en nuestra sociedad son con dinero, la simplificación anterior no debería separar los resultados del análisis de lo que ocurre en la realidad. Sí, puede haber transacciones no monetarias, pero no alterarán significativamente las teorías desarrolladas con la asunción de que no existen.

También es de gran importancia la consideración del empresario, pues éste sí es una figura en la que se puede simplificar la comparativa de costes e ingresos reduciéndolos exclusivamente a los monetarios. Gracias a ello podemos desarrollar, por ejemplo, la teoría del control de precios.

Se acusa muchas veces a los economistas de utilizar modelos demasiado irreales del individuo, que lógicamente dan lugar a teorías absurdas. En este artículo se pone de manifiesto que eso no ocurre con la praxeología. Aquí el punto de partida es el individuo con toda la riqueza de matices que supone su acción: ingresos y costes psicológicos, posibilidad de error, subjetividad de las apreciaciones. La simplificación para el economista no procede de olvidar dichos aspectos, sino de considerar como primera aproximación que, dado que cada una de esas componentes va a ser muy específica en cada individuo, no podrán cambiar el sentido general marcado por la interacción de los precios.

En suma, podríamos decir que las teorías económicas desarrolladas mediante praxeología tienen cierto "ruido", que se puede corregir añadiendo el consabido "ceteris paribus" al enunciado del teorema. Pero este parece un precio bajo a pagar a cambio de la simplificación (la "simpleza") que hace posible el desarrollo de la ciencia económica.

Willy Toledo, la revolución armada y la transparencia de Podemos

Se ha hecho viral un pequeño vídeo de una reciente intervención del actor y activista político Willy Toledo en un acto del partido político Podemos. En dicho acto, Willy Toledo explica con bastante transparencia por qué ha decidido, después de años sin respaldar a ninguna formación política, dar su apoyo al partido liderado por Pablo Iglesias. Puesto que sus explicaciones difícilmente pueden dejar a nadie indiferente, nada mejor que leer una transcripción de las partes más jugosas de su intervención:

Tenemos la opción de la revolución armada, cosa que creo no estamos en absoluto organizados y preparados para ello. Y, además, cada día tiene menos salida esta opción porque ya los instrumentos de represión y los policías, los guardias civiles, los mossos d’esquadra, las ertzaintzas, el ejército español de la ‘una, grande e indivisible’ tienen la capacidad suficiente para acabar con nosotros en cinco minutos. […] Tenemos la otra opción, que es asaltar las instituciones. […] La única opción que yo creo es posible a día de hoy es presentarse a unas elecciones. […] Esto no es ninguna crisis, es una estafa perfectamente planificada para someter al pueblo de Europa bajo un yugo y una flecha y tenernos absolutamente esclavizados.

Es de agradecer la transparencia de Podemos en general y de Willy Toledo en particular a la hora de explicar cómo piensan y cuál es su estrategia. Lo preocupante evidentemente es precisamente comprobar que rechazan la revolución armada no por oponerse a la violencia sino por simple estrategia militar. Toledo explica que el presentarse a unas elecciones es la opción elegida básicamente por descarte de otras, en particular la de la revolución armada. Creo que nunca había escuchado en democracia a integrantes de una formación política hablar abiertamente de esa estrategia como una opción legítima. No es de extrañar que Willy Toledo se haya exiliado en Cuba, país donde triunfó una revolución armada y en donde se instauró una dictadura comunista que hoy sigue privando a todos sus ciudadanos -exceptuando a la casta cubana- de libertades básicas como las de opinión, asociación y cooperación voluntaria, todas ellas garantizadas en los países más capitalistas que Willy Toledo tanto critica.

 

No es la primera vez que se agradece la transparencia ideológica de Podemos. Tanto su programa electoral, como multitud de vídeos de su líder, Pablo Iglesias, alabando la figura de Hugo Chávez son pruebas inequívocas de las intenciones de Podemos si llegara a alcanzar el poder: cambiar el sistema de organización político actual por un régimen liberticida en donde ellos eliminen a la casta actual e instauren una casta mucho más represiva y numerosa. De la lectura de su programa electoral se deduce que el control estatal de la economía sería tal que haría falta un ejército de burócratas con un poder inmenso para llevarlo a cabo. Creer que en un país tan estatalizado la corrupción sería menor que en la actualidad es cuando menos de ilusos.

Debemos utilizar esta transparencia ideológica de Podemos como nuestra mejor arma para combatir a esta formación y evitar que lleguen al poder. De lograr acaparar el poder, tan sólo tendríamos tres opciones: huir por tierra, mar o aire de España. De analizar el daño que su programa electoral provocaría en nuestro país en caso de implantarse ya escribió aquí nuestro director, Juan Ramón Rallo. El cambio de sistema que propone Podemos ya se ha aplicado con bastante “éxito” en países como Venezuela. Por más que los dirigentes de Podemos quieran tergiversar la realidad sobre Venezuela, las dramáticas tasas de homicidio, el altísimo nivel de corrupción, la hiperinflación, la escasez de productos de primera necesidad y la represión contra los que no apoyan al régimen de Maduro son pruebas inequívocas de lo que la implantación del socialismo puro genera en un país. El común denominador de Podemos, Willy Toledo y el régimen de Venezuela o de Cuba es su odio más visceral al capitalismo. No es de extañar, por tanto, que cuanto mayor es la inquina de un grupo de personas contra el capitalismo, mayor suele ser la virulencia con la que la libertad individual de los ciudadanos acaba siendo pisoteada.

El bálsamo de Fierabrás del PP

Cuando el emperador Balán y su hijo Fierabrás conquistaron Roma, robaron dos barriles con el líquido en el que se había embalsamado el cuerpo de Jesucristo. El mismísimo don Quijote de La Mancha le contaba al fiel Sancho cuáles eran los ingredientes del bálsamo y comprobaba en sus enjutas carnes los beneficiosos efectos del mejunje. A partir de esa leyenda, el término "bálsamo de Fierabrás" se aplica a aquella solución milagrosa que todo lo cura. Los partidos políticos son expertos en inventarse cada uno el suyo. Podemos tiene el reparto. El PP sacar pecho cuando tiene miedo. En un caso y en otro, no cuela. Pero mientras que Podemos responde a una situación angustiosa y la gente ve lo que quiere ver por pura desesperación en los planes irrealizables del partido de Pablo Iglesias, la "sacada de pecho" del Partido Popular resulta patética y delatora, como quien sin disimulo, se pinta con rotulador marrón la incipiente calva en la coronilla.

Los salvapatrias: el Fierabrás español

Si algo nos gusta en este país es un líder carismático. Que atraiga. Que seduzca. Aunque no diga nada sensato, aunque sus palabras sean más falsas que una moneda de tres euros… pero que le oigas y te enganche. Nos encanta. En realidad, esos salvapatrias se llaman cantamañanas, y hemos tenido varios. Todo empezó con Suárez y su aspecto de galán de mirada intensa. A mi abuela le encantaba Felipe González porque era atractivo: "Lo que dice me da lo mismo. ¿Dice algo?". Aznar era el líder sin carisma y empezó a desbarrar cuando alguien le susurró al oído "Nene, tú vales mucho" y se lo creyó. En vez de seguir su estilo de tecnócrata eficiente, empezó a creerse una figura y perdió su estilo.

Nuestro último salvapatrias es Pablo Iglesias.  Es un poco el antihéroe, como esa hornada de actores bajitos y feos que sucedió a la generación de Paul Newman y Robert Redford. Coleta, camisa violeta o de cuadros, pantalones vaqueros, cuidado aspecto de anti-sistema de libro, podría ser la obra de la mente de Fernando Díaz Villanueva. Pero es real. Y su éxito lo obtiene del malestar, de la desgracia, de la miseria, del enorme hartazgo político de nuestro país. Dudoso honor subir a costa de todo eso.

Y ¿qué pasa mientras el tándem Iglesias/Monedero dice bobadas que tantos y tantos compran y siguen en su supuesto ascenso popular? Pues que los dos partidos principales, el PP y el PSOE, se palpan el cuerpo y no se hallan. Están desubicados. Así que, o bien se centran en la construcción de un liderazgo para las municipales de septiembre del 2015, como el PSOE y sin mucho éxito, de momento, o bien tratan de minimizar el bofetón moral.

Porque, una cosa es que un rival de los grandes te dé una paliza y otra cosa es que unos tipos que proponen unicornios para todos, ejércitos sin jerarquías y cosas así te saque tres cabezas. Porque eso es lo que dicen las encuestas. Una humillación moral en toda regla.

Mucha pluma y poca chicha

Y lo que hace el Partido Popular, esta vez encarnado en el portavoz adjunto del Congreso, Rafael Hernando en una entrevista publicada en este periódico, es sacar pecho y tratar de minimizar la cosa. Nada… resulta que Podemos forma parte del auge de estos salvapatrias que se han puesto de moda en Europa como Syriza en Grecia o Grillo en Italia. Una moda molesta pero pasajera, como los pantalones campana de los 70 o las terribles hombreras de los años 80. Que es tanto como decir: "Nos ha salido ese grano en la nariz sin que tengamos nada que ver". Cualquier cosa menos asumir que los dos grandes partidos políticos han estafado a muchos de sus votantes, que han mentido, manipulado la opinión y defraudado las expectativas de populares y socialistas. Es decir, lo que sea menos decir la verdad.

El PP saca pecho inflando el plumaje, más que desarrollando músculo, porque no da para más. Esa es la medida de la mediocridad del sistema, en el que el PSOE desde luego, no se queda atrás. Y, mientras unos presentan un líder de paja y otros hacen el pavo real, ambos partidos se izquierdizan, tratando de rescatar el voto enfadado que ha apostado por el de la coleta que sale tanto en la tele, y que abarca a jóvenes, maduros, empresarios y amas de casa, muy cansados de siempre lo mismo.

En una realidad paralela, en una galaxia remota, posiblemente PP y PSOE estarían haciendo una revisión profunda de los do y los don’t, de lo que no hay que repetir, de cómo recuperar la ilusión del votante. O estarían asumiendo culpas y dejando paso a otros. Pero eso es una realidad paralela.