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Cómo vencer a Batman

“You’ve got to be honest; if you can fake that, you’ve got it made”. George Burns

Esta semana se ha generado una enorme polémica en España por el informe de Gotham City Research, usando el nombre de la ciudad de Batman, sobre la empresa Let’s Gowex.

A la espera de la respuesta detallada de la empresa, a mí me interesa el caso desde el punto de vista de comunicación corporativa y por el posible impacto negativo sobre la imagen de las empresas del mercado alternativo bursátil, que es una pata esencial en la mejora del acceso a capital de nuestra economía, su modernización y atracción de inversores internacionales.

Yo trabajé durante ocho años en comunicación corporativa y me gustaría explicar cómo se rebaten estos informes… cuando son incorrectos.

¿Qué es un Zero Hunter?

Existen cientos de ellos en Wall Street y Reino UnidoEs una casa de análisis que busca por todo el mundo compañías cuyos resultados puedan estar falseados, artificialmente inflados o que sean directamente fraudulentos. Existen muchas, como Muddy Waters, la propia Gotham City o casos como el del inversor Bill Ackman con Herbalife. Ejemplos famosos de zero hunters o zero busters incluyen el de Kingsford Capital desmontando Afinsa, el famoso esquema piramidal detrás de Forum Filatelico. No atacan países, ni sectores, ni empresas. Probablemente, no vuelvan a escuchar hablar de ellos en años porque estén estudiando empresas chinas, indias o americanas -como se puede ver en su web-.  Pero existen.

Expresan su opinión… Y esto es lo más importante: si es falsa, es fácilmente rebatible con una comunicación potente y una gestión de crisis profesional.

Por supuesto, y es perfectamente legal, estas empresas zero hunters suelen tomar posiciones bajistas (shorts) en los valores que consideran fraudulentos, pero ello no implica forrarse, ni mucho menos garantizar el resultado. Si se equivocan, pierden enormes cantidades de dinero. El público no entiende que una posición corta, mal llamada bajista, supone un riesgo asimétrico. Una acción puede subir un 200%, pero no puede caer más de un 100%. Si una empresa tiene un porcentaje de cortos de un 2%, no cae un 30% o un 50% por su ataque. Se lo aseguro.

Igual que un inversor expresa sus opiniones -negativas o positivas- sobre un valor en la CNBC o en la CNN, estas empresas hacen lo mismo, pero escriben unos informes muy detallados.

Curiosamente, nadie se queja si un inversor avispado recomienda comprar en todos los medios que pueda a una empresa chicharro para que suba exponencialmente. Eso no nos indigna. Lo explico en mi libro “Nosotros, los Mercados”: al alza todos nos consideramos inversores, a la baja, los demás son malvados especuladores. Tengan razón o no.

Estas casas de análisis, como Gotham City, saben que les van a criticar desde el primer día con acusaciones de falsedad o teorías conspiratorias y hasta anti-patrióticas, por eso suelen crear informes demoledores muy detallados.

La acusación central en estos casos suele ser de una enorme magnitud y, por esa misma razón, extremadamente fácil de desmontar si es falsa. Suele venir de afirmar que uno o dos de los mayores clientes de la empresa, generadores de supuestas ventas y márgenes millonarios, son en realidad empresas-fantasma creadas por los propios dueños o ejecutivos de la empresa.

Al contraataque… inmediato

Es curioso que salten soflamas patrióticas y la indignación pública se centre sobre el analista, en vez de desmontarlo o probar los errores de su análisis. Cuando debatíamos entre directores de comunicación con inversores en la AERI (Asociación Española de Relación con Inversores) nos planteábamos así los informes negativos o recomendaciones de venta. Un reto. La transparencia y la acción inmediata son claves.

¿Quién mejor que la propia empresa, que tiene muchos más datos sobre su actividad que nadie, para hundir de manera incuestionable esas dudas en dos minutos? La empresa debe percibir estos informes como fantásticas oportunidades para hundir a los escépticos, reforzar su transparencia y credibilidad y, con ello, llevarse por delante a los cortos, que tendrán que cubrir más caro.

En cualquier empresa bien auditada y con las cuentas claras, esa acusación tan grave se desmonta en dos horas, un día máximo, con la presentación de un análisis de flujos de caja, una carta firmada por los grandes clientes confirmando las cifras de compras realizadas y un estado detallado bancario. Dichos grandes clientes, de ser legítimos, estarán encantados de limpiar su nombre y el de su suministrador.

Yo trabajaba en comunicación corporativa en 2001 cuando saltó la crisis argentina. Se publicaron varios informes con “precio objetivo cero”, asumiendo que la empresa no podría pagar los bonos a vencimiento porque el gobierno argentino le habría confiscado las cuentas en el corralito. Pues bien, en tres horas la empresa podía demostrar a inversores y analistas, a través de un comunicado de sus bancos, que la liquidez era suficiente para atender todos sus compromisos holgadamente.

La mejor defensa es un buen ataque

Gotham City Research se hizo muy famosa en Reino Unido por el escándalo de Quindell, una empresa del índice AIM (equivalente a las pequeñas y medianas empresas), dedicada a vender participaciones en clubs exclusivos (country clubs). La empresa tardó tres días en responder al informe de Gotham City con enorme detalle… pero poco convincente. Desde entonces, ha caído otro 21,7%.

En Reino Unido no se organizó una especie de indignación colectiva por dicho informe, ni se realizaron acusaciones de ataque anti-patriótico. Se agradeció enormemente en los medios especializados que se aclarasen las dudas con transparencia. La empresa sigue cotizando, aunque ya ha quedado claro que sus magníficos resultados y sorprendentes márgenes eran, digamos, optimistas.

El MAB y la comunicación profesional

Por lo tanto, la defensa, aunque sea profesional, puede no convencer. Eso es cuestión de si se han rebatido correctamente los datos. Datos incuestionables, por supuesto.

Pero lo que no se puede permitir una empresa recién nacida es descuidar su comunicación corporativa, que es mucho más que hacer anuncios, dar entrevistas sonriendo y gastar en eventos.

Uno de los problemas de muchas de las pequeñas y medianas empresas es que gastan millones en publicidad y en contratar directivos y luego dejan la labor de relación con inversores como una mera telefonista de lujo. Cuando saltan los problemas, el responsable del área, que suele ser un chico o chica joven y con poca experiencia, suele verse desbordado e incapaz de responder efectiva y rápidamente a las preguntas, legítimas, de inversores con décadas de experiencia.

En cualquier empresa bien auditada y con las cuentas claras, esa acusación tan grave se desmonta en dos horas, un día máximo, con la presentación de un análisis de flujos de caja, una carta firmada por los grandes clientes confirmando las cifras de compras realizadas y un estado detallado bancario

En España, donde tenemos algunos de los mejores equipos de comunicación con accionistas e inversores del mundo en el Ibex 35, una mayoría de compañías sigue relegando la actividad a personas con funciones no directivas, que no tienen acceso real al consejo, la dirección, la estrategia y las cifras. Y aún peor, la comunicación está tan jerarquizada que la empresa es incapaz de reaccionar si no habla el presidente o consejero delegado.  Y éste suele guiarse por lo que le dicta su intuición o lo que le dicen los banqueros de inversión, no los expertos en comunicación con accionistas. Muchas son corporaciones modernas y avanzadas, entre lo mejor del mundo en su negocio, y sin embargo se comportan como pymes de Padre Patrón en su comunicación.

Este enorme error se obvia cuando todo va bien y los ejecutivos se dan palmadas en la espalda por lo mucho que sube la acción gracias a su “carisma”; y cuando saltan los problemas, no saben cómo reaccionar, o lo hacen mal, tarde, incluso de manera arrogante (“¡Cómo se atreven!”) y terminan acudiendo a las tres frases más socorridas: “El mercado se equivoca”, “Son ataques bajistas” y “A largo plazo todo se arregla”. Y a vivir.

Las empresas deben prepararse para lo bueno y para lo malo. Igual que contratan los mejores para cuidar de la seguridad, calidad y gestión, deben contar con expertos de primera en lidiar una crisis de comunicación.

  • Preparar contingentes de crisis bursátil. Procedimientos inmediatos de respuesta.  La empresa puede solicitar ella misma al regulador que se suspenda su cotización cuando envía un “hecho relevante tipo” que informe de cuándo y cómo se va a responder, seguido de una videoconferencia o teleconferencia pública y disponible para todos los inversores.
  • Debe contar con un detallado documento de “preguntas y respuestas” que se actualice constantemente con las dudas más frecuentes de inversores y las respuestas que toda la empresa debe conocer.  Y cuando salte una crisis, los datos, claros, inmediatos y a disposición de todos, en la web.
  • Poner inmediatamente en medios de comunicación a los responsables para aclarar lo que haga falta desde el minuto uno.

Por supuesto esto son sólo cuestiones básicas. Es un trabajo mucho más complicado que no se debe ignorar.

Una buena empresa que salta al ruedo de los mercados no puede tener un producto, instalaciones, gestores y resultados de primera fila y una política de comunicación y departamento de relaciones con inversores de tercera división. Es como si decidiera ahorrarse dinero en el departamento legal contratando recién licenciados sin acceso a los datos y gestión de la empresa. E igualmente letal.

Cuando saltaron casos similares al de esta semana hace años, yo pensaba que era una gran oportunidad para que las empresas despertasen de su política de comunicación de Rey Feudal y avanzasen a las mejores prácticas del mundo financiero. Desafortunadamente, y salvo honrosas excepciones, seguimos cometiendo los mismos errores. 

Una buena comunicación no es un bálsamo mágico que lo soluciona todo, ni arregla un problema de datos falsos, sea en Brasil -recuerden el caso de OGX y Batista-, Reino Unido, Estados Unidos -Enron, Worldcom- o Italia -Parmalat-. Pero es esencial cuando las acusaciones son falsas.

A Batman sólo le gana Superman, no el Joker. Para las buenas empresas, sean del MAB, del Ibex o del Mercado Continuo, no tener un equipo gestor de comunicación con inversores profesional y experimentado porque “de eso se ocupa el jefe” es mucho peor que irresponsable. Puede ser mortal.

Nota: Daniel Lacalle no tienen posición alguna en ninguna de las empresas mencionadas ni recomienda comprar ni vender, sus opiniones son personales y estrictamente orientadas a la gestión de comunicación. 

La verdad incómoda sobre las masacres en EEUU

En mayo de 2008, el adolescente de 15 años Kip Kindel asesinó a sus padres mientras dormían y después fue a su escuela donde mató a dos compañeros de clase e hirió a otros 25 para acabar disparando indiscriminadamente hasta la cafetería de la escuela.

En marzo de 2005, el joven de 16 años Jeef Weise asesinó a disparos a 9 personas incluyendo 5 estudiantes del Red Lake Senior High School de Minnesota antes de suicidarse con el arma.

En diciembre de 2000, Michael McDermott entró disparando en su lugar de trabajo matando a 7 de sus compañeros.

En 1997, Luke Woodham asesinó a su madre y dos estudiantes.

Rod Mathews con sólo 14 años golpeó hasta la muerte con un bate a un compañero de clase.

Podría seguir hasta escribir varios artículos sólo con casos que pudieran demostrar lo que pretendo. Sin duda, parece tratarse de una verdad incómoda que no veremos en los grandes medios. Una verdad incómoda que no le interesa que sepamos a los gobernantes y burócratas ni a los poderes fácticos. Así pues, esta verdad parece tanto más sorprendente cuanto oculta permanece y la mantienen de cara a la opinión pública. Pero ¿a qué me estoy refiriendo? Corramos la cortina sobre las masacres que a modo de ejemplo he mencionado y veamos qué se esconde.

En la investigación acerca de la masacre de Kip Kindel se descubrió que éste estaba tomando el antidepresivo Prozac desde el verano anterior. McDermott llevaba tiempo consumiendo Prozac, pero unos quince días antes de su masacre aumentó por tres su dosis diaria de este fármaco. Jeff Wise también estaba consumiendo Prozac en el momento de sus asesinatos. Luke Woodham, otro tanto. Rod Mathews hacía lo propio con Ritalin, una medicación psiquiátrica para la hiperactividad infantil.

Como he afirmado, la lista de jóvenes vueltos asesinos en masa bajo fármacos psiquiátricos en general, y muy frecuentemente antidepresivos en particular, sería realmente larga. Michael Carneal, Andrew Golden, TJ Solomon, Elisabeth Bush, James Wilson, Jason Hoffman, Kevin Rider, Alex Kim… fueron otros entre muchos otros tantos que dispararon incluso a quemarropa a compañeros, amigos o familiares bajo los efectos de Prozac, Paxil, Ritalin o Zoloft, que, aunque no son todos, sí son el cuarteto de oro de armas de destrucción masiva que fabrica la industria farmacéutica y que pone el Gobierno de mano de sus adiestrados médicos en boca de cada vez más adolescentes y jóvenes. Universidades dirigidas o controladas por el Gobierno producen médicos adiestrados por el Gobierno que prescriben las sustancias que aprueban las agencias del Gobierno según los deseos de éste para mantener satisfechas las demandas de sus lobbies favoritos.

Sus fabricantes, la industria farmacéutica, se cuidan mucho de ocultar tan terribles efectos secundarios y cuando se refiere a ellos lo hace como "anecdótica" o incluso "casual". Sin embargo, que muchos fármacos psiquiátricos producen sobre todo en personas jóvenes pensamientos y aun comportamientos violentos y suicidas es algo que la ciencia reconoce. En 2010, un estudio halló que 484 fármacos tenían relación con casos de comportamientos violentos. De estos 484, sólo 31 tenían relación con el 79% de casos violentos. Una tercera parte de ellos, en concreto 11, eran antidepresivos.

Intentar sacar esto a la luz en los grandes medios estadounidenses puede resultar una tarea arriesgada. John Noveske era el propietario de una de las más conocidas páginas web de venta legal de armas en EEUU. Tras el debate encendido contra las armas después de una masacre decidió elaborar el caso apuntando a los fármacos, y no a las armas, como las culpables de estos hechos e hizo circular por redes sociales su tesis. Noveske era joven y estaba perfectamente sano. No bebía ni lo hizo aquel día. Su coche estaba en perfecto estado y también la carretera, que tampoco era peligrosa. Sin embargo, una semana después Noveske moría en un extraño accidente de coche.

Las historias en los medios sobre las masacres normalmente se condensan en los días inmediatos tras el suceso. Lo habitual es que la atención de los medios sea mucho más baja cuando tiempo después una investigación halla que el asesino estaba bajo un antidepresivo u otro fármaco. Y cuando esto se descubre y revela, los medios lo consideran algo anecdótico, casi irrelevante como para mencionarlo. ¿Es esto casualidad? ¿Es normal que sea ‘irrelevante’ para un periodista que estos hallazgos sean tan constantes en casos de masacres?

Uno de los últimos casos más recordados en esta trágica lista fue la matanza en julio de 2012 perpetrada en una sala de cine de Colorado durante la exhibición en el fin de semana de estreno de la película "El Caballero Oscuro". James Holmes, ataviado con el disfraz de Batman, entró a la sala en medio de la proyección donde, tras rociar gas lacrimógeno, disparó dos armas de fuego. Meses después, la investigación determinó que Holmes estaba en aquellos momentos consumiendo una versión genérica de Zoloft, un hito de ventas de la industria farmacéutica contra la depresión, junto con una benzodiacepina ansiolítica que ya en 1982 había demostrado peligrosos efectos secundarios como alucinaciones y cambios de la personalidad. Sumemos a todo esto que el apartamento de Holmes estaba lleno de alcohol, el cual aumenta los efectos negativos de estos fármacos. Bien, tenemos dos fármacos con fuertes efectos secundarios que se multiplican en combinación y acompañados por la potencia del alcohol. Y a lo que se culpa es al arma de fuego que podría haber sido un hacha, un cuchillo o gasolina y una cerilla.

Aquel 2012 fue un año, al menos mediáticamente, fatídico para los estadounidenses. Pocos meses después, en diciembre de 2012, dio la vuelta al mundo la masacre de la escuela de Sandy Hook en Connecticut perpetrada por Adam Lanza con 20 años. 28 personas, incluyendo su propia madre, dejaron allí su vida. Y espero que ya no te sorprenda: todo apunta a que Adam Lanza, al tener problemas de comportamiento (Síndrome Asperger del espectro autista), estaba bajo fármacos psiquiátricos. Lo más turbio del asunto es que el Estado de Connecticut se negó a revelar cualquier detalle del historial médico y farmacológico de Lanza.

Las armas de destrucción masiva de nuestros días las guardamos en nuestras mesillas de noche y botiquines. Y es que cerca de 100.000 estadounidenses mueren cada año por causa directa de los fármacos. Lo cual equivale a 10 masacres como la de Sandy Hook cada día. ¿Es casualidad que la sociedad más medicalizada sea la más célebre por sus trágicas masacres?

El Titanic no se hundió porque hubiera un iceberg, sino porque el navío, construido además en hierro para abaratar costes, navegaba a una velocidad excesiva en aquellas aguas por la noche. Busquemos las causas reales y olvidémonos de los icebergs visibles y los chivos expiatorios.

La verdad está ahí fuera. Fuera y lejos del Gobierno, sus lobbies y sus voceros.

@AdolfoDLozano/www.juventudybelleza.com

Rajoy creó Podemos

El cuerpo electoral cambia continuamente: se nos van muriendo los más mayores y cumplen los dieciocho cada vez menos jóvenes. Para analizar hacia dónde vamos hay que examinar qué piensan y por dónde tiran esos nuevos electores. Es cierto que el tiempo nos hace cambiar, y que generalmente hace cambiar más hacia la derecha que hacia la izquierda, pero eso es un proceso lento que tampoco es precisamente universal. También es verdad que es mucho más frecuente ser de izquierdas entre los jóvenes.

Sin embargo, esa supuesta rojez universal de la juventud no se da siempre. A mediados de los 90, incluso en las universidades eran mayoría quienes apoyaban a Aznar y al PP. Porque, como explicaba Milton Friedman en esa cita tergiversada hasta la saciedad por Naomi Klein, en épocas de dificultad y cambio nos aferramos a las ideas que hay en ese momento en el ambiente. La crisis de aquellos años, después de más de una década de Gobierno de Felipe González, y el enorme paro juvenil que padecíamos podría haber llevado a la juventud a la extrema izquierda, como está sucediendo ahora. Y aunque en parte lo hizo, el PP logró en general evitarlo. Porque en aquel momento tenía ideas y las promovía y publicitaba con los medios que tenía a su disposición.

Veinte años después, el panorama ha cambiado mucho. A la izquierda tradicional se la han llevado por delante el huracán del buenismo y su responsabilidad ante la crisis. Y por la derecha… Por la derecha han arrasado Rajoy y los sorayos. Que sí, que mucho abogado del Estado y mucho manejo magistral de los tiempos, pero la última vez que oyeron hablar de una idea maniobraron en la sombra para que se cerrara el medio donde a algún despistado se le ocurrió proferirla. O se echara al director. Lo que fuere, con tal de que la derecha se transformara en un páramo intelectual en el que sólo de vez en cuando pasara rodando un matojo. Y a fe que lo han conseguido. Los pocos que resistimos lo hacemos muy a su pesar. 

Arrasar con las ideas liberal-conservadoras tiene sus cosas útiles, no se crean. Permite reducir un poco el descontento de los tuyos cuando les apuñalas por la espalda en repetidas ocasiones, porque no se enteran de la mitad de las cosas horrendas que haces. Pero tiene el pequeño problema de que en el momento en que no logras sacar el país de la sima donde lo dejó Zapatero, cosa inevitable cuando apuestas por políticas socialdemócratas y no liberales, la juventud no tiene ante sí ninguna idea decente a la que aferrarse. Las únicas que hay en el ambiente son las de la extrema izquierda, los indignados. Ideas que cuando se llevan a la práctica, en el mejor de los casos, destruyen un país.

España nunca ha sido capaz de llegar a los extremos de prosperidad y aburrimiento de los que disfrutan en naciones como Suiza, pero sí es cierto que ha recorrido, siquiera brevemente, un camino que nos permitió alcanzar cierta prosperidad y algunas libertades. El temor, siempre presente, es que nos abalanzáramos con entusiasmo por la vía argentina hacia la ruina. Ahora, gracias a Rajoy, se ha abierto incluso la posibilidad de que nos convirtamos en un país bolivariano. Gracias, majete.

La interpretación del BIS de la crisis económica

La crisis que ha estallado en 2007 y que aún sufrimos encaja en lo que a grandes rasgos podemos llamar teoría austríaca del ciclo. La interpretación que hace de la misma el Banco de Pagos Internacionales o Bank of International Settlements (BIS) se acerca a la visión austríaca, en ocasiones hasta detalles sorprendentes.

El BIS ha tomado nota de la política laxa del crédito, y se remonta en su informe anual de 2007 a sus orígenes en 1997, con la crisis financiera asiática, 1998, con la crisis de Long-Term Capital Management, y la “repentina caída en los mercados de acciones en 2001”. Esa política acomodaticia, con la explosión consiguiente en los niveles de deuda. Una vez ha estallado esa burbuja financiera, el pinchazo “revela asignaciones erróneas de los recursos y deficiencias estructurales que han sido enmascaradas temporalmente por el boom”. El BIS, quizás por la atención a su función de coordinador de los bancos centrales, no se detiene a detallar en qué consisten esta asignación errónea de los recursos. Sí menciona en varias ocasiones que hay proyectos de inversión que parecían rentables con la abundancia artificial del crédito, y que ahora se muestran como erróneos. Pero no explica los procesos por los que pasa la estructura productiva, que es lo característico del ciclo económico austríaco.

La respuesta a la crisis, es decir, al estallido de la burbuja, ha sido profundizar en la política monetaria laxa. “Primero, rebajaron la política de tipos de interés a, esencialmente, cero”. Y, en una segunda fase, “esos bancos centrales comenzaron a expandir sus balances, que en conjunto son ahora el triple que al comienzo de la crisis, y subiendo”, dice en el informe anual de 2013. Pero esa respuesta tiene varios problemas. Uno de ellos, dice en el mismo año, es que “el dinero barato hace más fácil endeudarse que ahorrar, hace más fácil gastar que gravar, y hace más fácil quedarse quieto que cambiar las cosas”. Es decir, que el ajuste en la economía privada es más lento, y ocurre lo mismo en el ámbito de la política.

El otro, como señala en el informe de 2014, es que “el riesgo es que, con el tiempo, la política monetaria pierde tracción, mientras que sus efectos secundarios proliferan”. Ya dijo en 2012 que “Cualquier efecto positivo de los esfuerzos de los bancos centrales puede estar estrechándose, mientras que los efectos negativos están creciendo”. Pero “deberían aprovechar cualquier oportunidad para elevar la presión sobre el desapalancamiento y el ajuste estructural por otros medios”. En 2011 también había señalado que “la persistencia de tipos de interés muy bajos en las principales economías avanzadas retrasa el necesario ajuste en las balanzas de los hogares y las instituciones financieras”, y “está magnificando el riesgo de que las distorsiones que aparecieron antes de la crisis, vuelvan. Si deseamos construir un futuro sostenible, nuestros intentos de amortiguar el golpe de la última crisis no debe mostrar las semillas de la siguiente crisis”.

La creciente ineficacia de la política monetaria ha sido descrita, entre otros, por Ludwig von Mises. Pero hay una idea en el último informe que es uno de los hallazgos analíticos de Friedrich A. Hayek y que el BIS reconoce como esencialmente cierto: “Ahora se reconoce que la estabilidad de precios no garantiza la estabilidad financiera”. Hayek describió en Precios y producción que una política monetaria podría favorecer la creación de créditos sin respaldo y dar lugar al ciclo económico, y ser compatible con una estabilidad de precios. Por lo que, sensu contrario, la búsqueda de la estabilidad de precios, como reconoce ahora el BIS, no asegura una protección contra los desequilibrios financieros.

Las ideas que muestra el BIS hacen referencia a la salud financiera de la economía, y sólo cuando habla a largo plazo hace menciones no muy detalladas a los efectos de la política monetaria sobre la estructura de la producción. Pero su análisis puramente financiero es compatible con la teoría austríaca del ciclo, y sus informes ofrecen un análisis limitado, pero bien encaminado.

Inmigración (XII): ¿amenaza terrorista?

“Hay entre 9 y 11 millones de extranjeros ilegales viviendo entre nosotros a los que nunca se les ha comprobado su historial criminal y a los que nunca se les ha filtrado contra bases de datos de terroristas”. Tom Tancredo.

“Vivir en libertad, en cierta medida, significa vivir peligrosamente”. Chandran Kukathas.

“No veo cómo se puede tener una buena política de seguridad sin un buen programa de trabajadores-huéspedes”. Tom Ridge, ex secretario del DHS.

Los atentados del 11-S han intensificado los sentimientos nativistas. Desde entonces, la mezcla de la inmigración ilegal con el terrorismo ha sido frecuente en muchas personas, especialmente en los EE UU. Dicha lógica es difícil de entender.

Ha habido un cambio de percepción de la inmigración en los EE UU. El hecho de que ésta fuese inicialmente competencia del Departamento de Trabajo para luego pasar al de Justicia y, finalmente, al de Seguridad Nacional es todo un síntoma.

Se alega que los incesantes aumentos de los recursos para el control de la inmigración en los EE UU están justificados por motivos de seguridad nacional (siendo el terrorismo una de sus prioridades, supuestamente). No obstante, la mayor parte de dichos recursos en infraestructuras y personal de patrulla va dirigido hacia la frontera con México, cuando se sabe que en ese país no existe terrorismo organizado (islamista o de otro tipo como sucede en Colombia). En todo caso, puede haber alguna mayor probabilidad de haberlo en Canadá, frontera muchísimo menos vigilada. Por tanto, los motivos aducidos para gastar más en controlar la llegada de la inmigración nada tienen que ver con la lucha anti-terrorista.

¿Limitar el turismo y la llegada de estudiantes tras el 11-S? 

Todos los integrantes terroristas de los atentados del 11-S entraron con sus visados legales correspondientes por la frontera de los aeropuertos de los EE UU en calidad de turistas, estudiantes u hombres de negocio; ninguno lo hizo como inmigrante. Los padres de los dos hermanos terroristas del atentado del maratón de Boston entraron también como turistas y luego pidieron asilo para ellos y sus hijos. Sin embargo, casi nadie propone por ello restringir severamente el turismo, las visitas de hombres de negocio, las concesiones de asilo o la estancia de estudiantes tal y como sucede con la inmigración en nuestros días.

Debemos recordar que el número de inmigrantes es una exigua fracción de extranjeros que acceden cada año a un país cualquiera. Por ejemplo, anualmente se estima que entran en los EE UU unos 800.000 inmigrantes –entre legales e ilegales- pero son más de 65 millones de foráneos los que traspasan sus fronteras cada año. La mayoría de ellos entran con visados de turismo o por motivos de negocios. Por su parte, entran al año en Norteamérica unos 750.000 extranjeros jóvenes en calidad de estudiantes o por intercambios de visitas según el ICE.

Para que nos hagamos una idea del tamaño de lo que entra en juego, dicho país cuenta con 216 aeropuertos internacionales, 143 puertos (con la recepción de casi 9 millones de contenedores al año) y 115 instalaciones terrestres adicionales que pueden servir de puertos de entrada o paso de camiones.

Son desproporcionadamente muchos más los que se mueven de un país a otro como turistas o visitantes ocasionales que como inmigrantes. Los visados de turismo o por motivos de negocio se conceden generalmente con suma facilidad y con mínimas restricciones. No tiene mucho sentido venir de fuera a trabajar –con toda la dificultad o gestiones burocráticas que ello entraña- para servir de coartada a la comisión de atentados posteriores.

Si desde el punto de vista de la seguridad nacional una persona es considerada segura para concederle un visado de turismo, de negocios o de estudiante, no se entiende muy bien por qué razón puede denegárselo a un inmigrante sobre la misma premisa. Esto es inconsecuente.

Lo que va a impedir que los cónsules nacionales emitan visas a los terroristas procedentes del exterior no es una política inmigratoria restrictiva y severa sino una adecuada política antiterrorista complementada con una labor de inteligencia (tanto en el interior como en el exterior del país).

Incrementar la vigilancia en casos excepcionales 

Pueden darse ocasionalmente situaciones de mayor peligro de lo normal para un país, por lo que sería justificable tomar medidas excepcionales de incremento de control fronterizo para todos los que pretendan traspasarlo (la amenaza de guerra o actos de terrorismo continuados como sucede en Israel serían razones más que suficientes).

Estas medidas de mayor vigilancia debieran, no obstante, aplicarse de forma temporal. Es bueno que exista siempre entre la población una sana desconfianza ante las mismas o manifestar rechazo abierto en caso de que persistan cuando el peligro se haya extinguido. En este sentido Chandran Kukathas nos previene sobre el riesgo a que tales medidas atípicas del gobierno se prolonguen más de lo necesario tal y como sucedió en Malasia con la Ley de Seguridad Interior que permitía arrestar y detener sin juicio a sospechosos de insurgencia comunista en los años 60. Dicha ley permaneció en vigor unos 25 años, muchos años después de que dicha amenaza se desvaneciera.

Pretender erradicar por completo los actos terroristas es algo imposible. Por tanto, los miembros de las democracias liberales debieran estar siempre vigilantes a los controles estatales excepcionales en nombre de la seguridad nacional porque implican necesariamente merma para la libertad de todos (incluidos los propios nacionales). Otorgar demasiado poder a los representantes del Estado en nombre de la seguridad nacional a fin de cuentas acaba dañando y socavando los principios conformadores de la propia sociedad libre y abierta (el objetivo que persiguen todos los terroristas). Así de compleja y de delicada es la denominada lucha anti-terrorista.

Opinión de los que saben en los EE UU 

Dado que los recursos son limitados, proteger todas las entradas posibles con la misma intensidad es completamente inviable. Se debe cribar. En el caso de los EE UU hay que priorizar. Consumir enormes recursos en la frontera mexicana con la excusa de la seguridad nacional es derrochar dinero público. Janson Riley escribe en su libro Let Them In que militarizar la frontera sur con la excusa de parar al próximo Mohamed Atta es como tomar un laxante para tratar la psoriasis. Un sinsentido, además, costoso.

El problema no es la escasez de patrullas sino cómo están siendo utilizadas las mismas. Michael Chertoff, ex secretario también del Departamento del Homeland Security (DHS), lo tiene muy claro; cuando se tiene a buena parte del personal de seguridad dedicado todo el día a vigilar, transportar, registrar o deportar a inmigrantes por motivos económicos es una distracción de lo que debería ser la prioridad número uno de su organismo: vigilar y perseguir a los miembros de los narcos o de cuadrillas de criminales. Lo mismo sucede con la policía estatal y local que tienen cosas mucho más importantes que llevar a cabo que vigilar a inmigrantes que carecen de documentos.

Por otra parte, se sabe que los departamentos policiales de las grandes ciudades de los EE UU muestran reservas, cuando no enojo, al tener que aplicar las leyes federales de inmigración porque ello les hace ser menos efectivos en su trabajo diario. Además de desviar personal y tiempo hacia donde no ven peligros graves para la sociedad, alegan que si los inmigrantes perciben a la policía local como un cuerpo de control inmigratorio y, por tanto, como agentes de deportación, acaban siendo más reacios a colaborar con la misma en la denuncia de delitos o en las investigaciones que llevan a cabo, lo que hace a fin de cuentas menos segura la ciudad.

Tratar a los inmigrantes como amenaza terrorista es errar el tiro y un verdadero despilfarro al dejar de emplear recursos en donde más falta hace: en combatir y prevenir en la medida de lo posible crímenes y verdaderos actos terroristas.

Su predecesor en el cargo de la DHS, Tom Ridge, después de muchos años empleados en vigilar las fronteras de los EE UU, ha llegado a una reveladora conclusión: con la globalización y las mayores interrelaciones entre países lo mejor es combinar una postura defensiva en las fronteras, una labor de inteligencia y unos mecanismos de coordinación entre policías y justicia de países vecinos que detecten las amenazas reales junto con un ambicioso programa de trabajadores-huéspedes para poder legalizar fácilmente a todos aquellos que quieren venir a trabajar. Con ello se estaría trabajando eficientemente a favor de la seguridad del país.

La inmigración no es un delito. Debería incluirse en la agenda de los representantes del Estado como política de trabajo y de desarrollo, no como política de seguridad. Son deducciones sensatas de un hombre cargado de experiencia que quiere lo mejor para su país. Tal y como apunta, esas medidas conjuntas son “en nuestro interés económico, en nuestro interés por la seguridad y por nuestros intereses globales”.

Los políticos y legisladores harían bien en escuchar a los que saben y no se guían por meros temores irracionales o falsas intuiciones cognitivas.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIIIIXX y XI.

¿Renunciaría usted al petróleo?

¿Está usted de acuerdo con las prospecciones de petróleo autorizadas a la multinacional Repsol frente a las costas de nuestras Islas?». Esta es la pregunta que quiere realizar el presidente canario a los isleños con la intención de convertir al archipiélago en el primer lugar del mundo que renuncia a explotar al máximo sus recursos energéticos. Dos son los argumentos principales que esgrimen los nacionalistas, socialistas y ecologistas contra la búsqueda de tan preciada fuente energética: no generará riqueza y un accidente podría provocar una catástrofe ambiental y económica para unas Islas que se sustentan principalmente del turismo.

Afirmar que el petróleo, en el caso de que existiera, no dejará riqueza es sospechoso. Puede que no deje nada para el bolsillo de los políticos y activistas que están en contra de su uso, pero los estudios más conservadores dicen que se crearían en torno a 5.000 empleos, cosa que en una región con un paro de más del 30% no viene nada mal. Además, el valor final de mercado estaría en torno a 3.000 millones anuales, el 10% del consumo de petróleo de nuestro país, lo que previsiblemente llevaría a una bajada en el recibo de la luz. Pero es que, incluso, si el presidente del Gobierno de Canarias empleara el tiempo que dedica a entorpecer la búsqueda de riqueza en conseguir un royalty sobre la explotación para los canarios, las consecuencias serían aún mejores.

Por otro lado, asustar con un accidente que sería una catástrofe para nuestro medio ambiente y turismo es paranoico. El riesgo cero no existe y pretenderlo llevaría al colapso económico, pues precisamente nos pasamos el día asumiendo riesgos para intentar mejorar nuestra calidad de vida; pero es que la posibilidad de accidente según los expertos del Ministerio de Medio Ambiente y Energía es del 0,003%. Por ello, es mínima o insignificante, y en el caso de producirse los daños serían reversibles. Pero es que, además, el modelo de turismo de calidad y explotación petrolífera convive en multitud de lugares. En Sicilia y el Adriático existen más de 100 plataformas; Noruega es uno de los principales destinos turísticos por su riqueza natural y a su vez es el mayor proveedor de petróleo y gas de Europa; y las paradisíacas playas californianas y caribeñas están repletas de plataformas petrolíferas. Por ello, si el presidente de Canarias hiciera bien su trabajo, la consulta debería ser: ¿Está usted dispuesto a renunciar a un royalty anual y a los beneficios que tendríamos los canarios asumiendo un riesgo mínimo si la multinacional Repsol, jugándose su propio dinero, encontrara petróleo en nuestras Islas? Apuesto a que la mayoría de canarios votarían que no.

Por qué no soy monárquico, tampoco demócrata y, menos aún, republicano

Estos días anda la ciudadanía a vueltas con el asunto de la monarquía y la república. El rey de España ha abdicado, y sus detractores aprovechan para pedir la cabeza de su heredero. Yo no me postulo a favor de ninguno de esos dos sistemas. Algunos me han dicho que esto es una imposibilidad ontológica. Si no defiendes la república –me dicen- tienes que creer en la monarquía, no existen grises. Pues bien, como esto es falso, voy a intentar explicar en un pequeño artículo cuál es en realidad mi postura.

La razón de que no sea monárquico es bien sencilla. Es la misma que me lleva a renegar de la democracia. Y también es la que hace que me aparte del discurso alambicado que excretan los republicanos cada vez que hablan para una audiencia. Yo solo creo en una verdad absoluta: la libertad individual, el respeto a las decisiones del individuo. Esta égida formidable es incompatible con cualquier sistema de gobierno que asuma la necesidad de disponer de una mayoría del electorado para determinar la forma de la sociedad.

El conservadurismo y la monarquía alientan la idea de que las leyes son mejores en tanto en cuanto lleven más tiempo existiendo en el mundo, y se atengan a las tradiciones y las convenciones sociales. Pero esto no es un pensamiento racional digno de ser resaltado. Existen ideas buenas y malas, que han perdurado más o menos tiempo. En consecuencia, no tiene sentido alegar el tiempo para justificar las bondades de un gobierno monárquico, toda vez que la mayoría de las veces la putrefacción del gobierno solo es una cuestión de tiempo.

Sin embargo, muchos de los que rechazan la monarquía, también dan por hecho que la única vía de escape que nos alejaría de ese sistema arcaico es la república democrática. Pues bien, también aquí niego la mayor. Yo tampoco soy demócrata, ni republicano. Igual que no creo que las tradiciones deban gobernar nuestras vidas, tampoco creo que lo deba hacer la mayoría ciudadana. Insisto, yo defiendo la libertad individual, defiendo la capacidad individual del ser humano, defiendo la libertad con letras mayúsculas. Y una democracia corrompe completamente este marco de libertad. La esencia de la democracia, díganselo a Platón, es la tiranía de la mayoría, la disolución de las minorías en el ácido corrosivo del colectivo, y la merma absoluta de los valores que hacen al individuo tal y como es. Yo defiendo el derecho a que las minorías sean libres y no estén atadas y coaccionadas por las mayorías. Sobre todo defiendo a esa minoría que es la más esencial de todas: el individuo. Los demócratas, y sus hermanos mayores, los democraticistas modernos, solo conciben la vida si existe una cantidad dada de personas que continuamente está convocando referéndums y tomando decisiones en el lugar de otros. Esta obsesión por el referéndum es una enfermedad psicológica grave. En realidad es una nueva forma de colectivismo, que a su vez es la esencia del totalitarismo. 

La monarquía puede ser mala o buena. Si es buena, puede ser mejor que la democracia. Si la monarquía implica la defensa absoluta e intergeneracional (hereditaria) de unos derechos y unas leyes correctas, esta institución será superior a aquella que viene determinada por un régimen democrático cortoplacista, que se tambalea cada vez que cambia el gobierno, y que se mueve al ritmo de los pruritos del pueblo, de los votantes, o de los compromisarios del partido. En ese sentido, y solo en ese, se puede decir que la monarquía es un sistema más estable, capaz de representar una unidad y una lealtad a las ideas que tengan como referencia la libertad inquebrantable del individuo. Por supuesto, esta característica positiva está condicionada por el tipo de monarquía. La monarquía no es por definición algo bueno. Con eso y con todo, el sistema monárquico supone una ventaja con respecto a la democracia partidista. No es un sistema veleta, no depende de los aires que expulse el trasero obsceno de la mayoría, henchida de resentimiento y de ignorancias.

No soy monárquico. No creo en los privilegios de una familia. Yo no adoro a las personas. Adoro a las ideas. Ahora bien, dicho lo cual, he de aclarar que tampoco soy antimonárquico, en el sentido de que no defiendo la abolición de la monarquía porque quiera cortar la cabeza a los reyes y establecer una republica democrática. Es más, ante determinadas circunstancias podría llegar a defender la monarquía como mal menor, sobre todo teniendo en cuenta la catadura moral de todos los que se preparan para hacer de la capa del rey un sayo, los democraticistas republicanos, la mayoría de ellos socialistoides incurables y estatistas empedernidos. Repito: yo adoro las ideas, la razón que está detrás del concepto de libertad individual, el derecho a que ninguna masa enfebrecida quiera decirme lo que tengo que hacer, ya sea utilizando flechas y espadas, o por medio del voto electoral.

Lo repetiré por tercera vez: yo no soy monárquico. Ahora bien, esto no me impide ver que la democracia puede ser un sistema mucho peor. ¿Y por qué esto es así? ¿Por qué la democracia puede ser peor que la monarquía, o la monarquía peor que la democracia? Pues por la misma razón que vengo aduciendo todo el rato. La única verdad absoluta es aquella que defiende la libertad del individuo. Si no se defiende de manera absoluta esta libertad, se acaba cayendo en un relativismo ideológico que puede convertir la sociedad en un sistema mejor o peor, según lo quiera el monarca de turno o el populacho que represente la mayoría en ese momento.

El principal problema, y el drama que acucia el desmembramiento y el cainismo de las sociedades de todas las épocas, reside en el hecho de que la gente siempre ha creído de forma ferviente en el Estado y en el político, ya sea éste un representante del pueblo, o haya sido fruto de un golpe de mano dirigido militarmente. Da igual. Todos creen que es imprescindible que exista un gobierno consolidado y robusto, que dictamine las normas que deben seguir todos los ciudadanos de un país. Es por ello que, no bien depuesto un sistema, ya surgen voceros y personajes mesiánicos que arengan al pueblo para sustituir éste por otro equivalente, que ellos piensan que será mucho mejor. Pero, como quiera que no existe un gobierno mejor que otro, porque todos son igual de malos, al final el problema se repite y se agrava, y siempre vuelve a caer otro gobierno y a alzarse uno más. La historia está jalonada de este tipo de sustituciones. El motivo de ello está bastante claro. La gente piensa que el político desempeña un papel imprescindible, que la sociedad debe guiarse desde la democracia socialista, que hace falta intervenir constantemente la economía de los ciudadanos, que es preciso cambiar las cosas, combatir la injusticia. Esta excusa les sirve a los totalitarios para camuflarse y para pasar desapercibidos, para aparentar respeto, y para cubrirse con todo tipo de artificios y mascaras de attrezzo. Todos afirman que son demócratas, que son ellos los que dejan que la gente se exprese en las urnas, y que respetan las votaciones y la voluntad de los demás. Sin embargo, el verdadero respeto no reside en dejar que las personas elijan al próximo déspota y al siguiente gobierno, sino en dejar de decidir por ellos, en dejar de votar a políticos, en dejar de convocar referéndums, en dejar de votar, en dejar hacer. El verdadero voto, el más libre de todos, es el que echamos todos los días cada vez que actuamos y decidimos de manera particular, cada uno de nosotros. Ese voto no es preciso impugnarlo, ni hace falta estimularlo con panfletos y propaganda. Ocurre de forma natural, si no existiesen electores de otro tipo. En cambio, el voto de la mayoría solo busca imponer una determinada idea, que siempre será necesario consensuar en las urnas.

Los que antes se vestían de camaradas y elevaban la voz para gritar consignas nazis o leninistas, ahora salen a la calle para aclamar a la república y a la democracia. Una vez que el comunismo y el totalitarismo han terminado por matar a millones de personas, y se hace casi imposible su defensa, aquellos que en otra época sí los habrían defendido, ahora se visten de demócratas, porque eso les permite seguir apoyando el totalitarismo, a través de la coacción que ejerce la mayoría representativa sobre la minoría, en el parlamento y en las instituciones, sobre los mecanismos de producción. Ahora ya no se agrede sistemáticamente contra la vida, pero sí se utiliza una agresión sistemática e institucionalizada sobre la renta de todos los ciudadanos. Hoy en día el Estado nos roba en impuestos la mitad de lo que ganamos en un año de trabajo, y en cierto modo, también nos está robando la mitad de nuestra vida. Es preciso que detengamos esta sangría, de una vez por todas. Hay que encontrar al genocida. Ahora bien, en un régimen democrático el Estado es un mero reflejo de lo que quiere y vota la mayoría. Por tanto, el asesino no es un sujeto en particular. ¿Quién tiene entonces las manos manchadas de sangre? Existen muchos culpables, todos los que creen en estas socialdemocracias hiperinfladas, y reclaman cada vez más poder popular, más estado, más republica, y más sediciones. 

El infierno de las buenas intenciones del Gobierno

Las buenas intenciones del Gobierno de Mariano Rajoy deben tener una sala especial en el infierno, una  estancia bien grande. Porque cada semana somos obsequiados, sea por un miembro del gobierno, sea por el propio presidente, con una lindeza que señala un camino de baldosas amarillas brillantes por donde llegar a Oz, como Dorothy, el Espantapájaros, el León y el Hombre de Hojalata, para ver al famoso Mago. Detrás de las buenas intenciones de Mariano y de cualquier político actual, se esconde una sofisticada versión de tramposo de toda la vida, a quien tanto le debe la especie humana.

El tramposo troglodita en versión 4.0

Ya cuando éramos cazadores-recolectores, la aparición del llamado free-rider (o gorrón) que disfrutaba de los resultados obtenidos con el esfuerzo colectivo pero que no colaboraba, dio lugar a una habilidad especial para reconocer quién estaba aprovechándose de la comunidad. Al principio, el criterio se centraba estrictamente en el que no colaborase. Pero el ser humano se fue sofisticando y entendimos que alguien podía no colaborar por error o ignorancia. Y ahí surgió el análisis de las intenciones ajenas. ¿Querías aplacar tu hambre comiendo mamut cuando te has escondido detrás de un árbol para no tener que cazar? ¡Te han pillado! No hay carne de mamut para ti.  Aunque parezca simple, los seres humanos hemos desarrollado poco a poco un conjunto muy prolijo de habilidades para detectar al tramposo: el reconocimiento de los rasgos de nuestra familia, porque los extraños eran menos confiables, los ritos de iniciación de los clubs cuya pertenencia era una garantía de fiabilidad, los juramentos, los contratos, la penalización de la mentira…

Pero las cosas han cambiado. Y resulta que el gorrón es admitido siempre que cumpla determinados requisitos: a) cuando pone por delante una causa que mueve las emociones del respetable, b) cuando es político, cuyo servicio a la patria nadie tiene derecho a cuestionar, y c) cuando se trata de engañar a un mentiroso. Los demás casos son tan mal vistos como siempre, pero estos tres se han integrado en el sistema como parte del ADN de Occidente. Si yo defiendo a los pobres, los niños, las viudas, los enfermos o los exiliados políticos, por ejemplo, pidiendo subvenciones al Estado, puedo vivir de los demás. Todo el mundo me considerará alguien generoso. Si defiendo exactamente la misma causa y lo hago buscando financiación privada para lucrarme y poder alimentar a mi prole, nadie lo va a entender y me van a acusar de vivir del mal ajeno.

El despreciable es el segundo caso, porque el primero, aunque también vive de lo que saca de las arcas del Gobierno, como el dinero procede de tu bolsillo pero te lo quitan sin darte cuenta vía impuestos, no se nota. Si soy un político, como estoy al servicio de la ciudadanía (sobre el papel) nadie puede desconfiar de mí, incluso si todos sabemos que buscan votos, preferimos pensar que lo que reclama el político, que su lucha por el poder, esconde una gran sensibilidad ante la necesidad ajena y un profundo respeto por los más débiles. Si soy un ciudadano y engaño a alguien que engaña a su vez, se puede hacer la vista gorda. ¿Y eso cómo se ve en la vida real?

El caso del aforamiento irreal

Este lunes, el presidente Rajoy anunció ante el Comité Ejecutivo del PP la intención de estudiar una posible reducción del número de aforados que hay en España.  Hay casi diez mil entre los propios miembros del Gobierno, diputados, senadores, parlamentarios autonómicos, jueces y magistrados. Todos ellos, duermen tranquilos pensando en esa intención de estudiar la posibilidad. Y aún lo harían si se designara una Comisión al efecto.

Como político, Rajoy tiene derecho a mentir. La complejidad de la vida humana en el siglo XXI explica que en nuestros cerebros etiquetemos las mentiras de los políticos de diferentes maneras: anuncios (como el caso que estudiamos), promesas electorales, requisitos exigidos por  instituciones supranacionales, etc.  Normalmente están relacionadas. Por ejemplo, puede suceder que un anuncio termine convirtiéndose en una promesa electoral. El precio que los ciudadanos de a pie ponemos a este consentimiento, a sabiendas de que abusan de nosotros, es la apatía. Es una mala venganza porque a los políticos les da igual que les dediquemos miradas vacunas impertérritas mientras nos cuentan sandeces como lo que Rajoy ha contado a los suyos, pero en alto para que lo oigamos todos. Habrá pensado: “Y si eso ya tal” y se habrá quedado tan ancho.

Y  lo que nosotros, pueblo sometido voluntariamente, población de leones cobardes, robots sin corazón, hombres de paja descerebrados y niñas irresponsables y cursis, debemos tener siempre en mente para estar a salvo de estos charlatanes (los de todos los partidos) es una sola cosa. Al final del camino de baldosas está la ciudad de Oz, cuyo Mago, capaz de satisfacer las necesidades de todos…. es solamente un viejo loco.

Castas viejas y castas nuevas

Podemos ha construido inteligentemente su discurso en torno a un término que despierta un natural y sano rechazo entre la ciudadanía: casta. Según se nos repite con insistencia, son los miembros de la casta quienes han desvalijado los bolsillos de los españoles y quienes se empecinan por mantenernos en las miserias de la crisis. Bajo estas coordenadas, oponerse al discurso presuntamente regenerador de Podemos se ha convertido en equivalente a defender los intereses de la casta. Y no.

En España ciertamente existe una casta parasitaria. Algunos, de hecho, la hemos venido denunciando desde que tenemos conciencia política. Quizá no tildándola de casta, pero sí de oligarquíaplutocracia ocleptocracia desde las tribunas periodísticas que nos han brindado. A la postre, casta son PP y PSOE; casta son los empresarios subvencionados, privilegiados, concesionados o rescatados por el Estado a costa de los contribuyentes y de sus competidores; casta son los verticalizados sindicatos y patronales que pastan en el BOE; y casta son los burócratas que deciden unilateralmente sobre nuestras vidas. Contra todos ellos llevamos años bregando.

Pero entonces, ¿cómo es posible que Podemos –un partido genuinamente anticasta– despierte tanto recelo, o incluso abierta oposición, entre quienes llevamos años criticando y denunciando a la casta? Pues por una razón muy simple: las políticas que promueve Podemos no contribuyen a erradicar la casta, sino a reemplazar la casta de PP y PSOE por la casta de Podemos e IU.

A la postre, "la casta" no es más que un conjunto de oligarcas con capacidad para robar a los ciudadanos merced al uso y abuso del hipertrofiado aparato estatal. ¿Y qué propone Podemos? ¡Incrementar todavía más los poderes de ese aparato estatal! La diferencia, nos dicen, es que en la actualidad la democracia se halla secuestrada por la casta y cuando ellos gobiernen la soberanía última volverá a residir en el pueblo y el pueblo podrá usar en su propio interés la coacción del Estado.

Mas ¿acaso pensamos que "el pueblo" –como si fuera una entidad única con intereses homogéneos– va a votar o fiscalizar los millones de decisiones administrativas que diariamente adopta hoy un cuerpo de tres millones de empleados públicos? Evidentemente no: si en la actualidad ya sería del todo inmanejable que el cuerpo electoral sustituyera a la megaburocracia gobernante, ¿qué decir de un Estado con todavía más competencias, como el que ambiciona Podemos?

La idea de que el pueblo gobernará es falaz: el pueblo forzosamente delegará la práctica totalidad de los poderes del Estado en una jerarquía de burócratas, y esa jerarquía de burócratas –con sus propias agendas políticas, económicas e ideológicas– constituirá la nueva casta. Ellos… y los grupos de presión que los rodeen o los corrompan con el ánimo de imponer sus intereses sobre el conjunto de la sociedad valiéndose de los nuevos resortes intervencionistas con que contará el Estado. En la Unión Soviética a esa nueva casta se la conocía como nomenklatura; en Venezuela, como boliburguesía. En estos países socialistas las castas no fueron destruidas, sólo reemplazadas.

El problema de fondo es claro: siempre que padezcamos un monopolio de la violencia que se inmiscuya en todas las áreas de la vida de las personas se hará imprescindible la existencia de un gigantesco y omnipotente aparato de burócratas que administre por delegación los amplísimos poderes que detenta el Estado sobre nuestras vidas. Por ese motivo, resultará altamente lucrativo corromper o capturar a parte de los burócratas para lograr sus favores: incluso los propios burócratas tendrán fuertes incentivos para extraer la mayor cantidad posible de rentas a los ciudadanos por la vía de maximizar sus prebendas y de minimizar sus obligaciones. Podemos podrá ondear la bandera de la regeneración y la participación democrática, pero su proyecto político –más poder para el Estado– conduce necesariamente a la constitución de una nueva casta oligárquica.

En suma, la solución a los problemas de España no pasa por sustituir al carcelero, sino por escaparnos de la prisión. No más impuestos, más gasto público, más políticos, más regulaciones o más privilegios, sino más sociedad civil, más contratos voluntarios, más imperio de la ley y más libertad. No maximizar la burocracia, sino minimizarla. Sé que resulta difícil de comprender, pero algunos no aspiramos a colonizar la casta conlos nuestros, sino a que la casta, simple y llanamente, deje de existir.

El misterioso caso de los comunistas incapaces de aprender

Jorge Giordani es un viejo comunista que hasta hace pocas fechas fue el ministro de Planificación y Finanzas del chavismo, primero con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro. Tiene fama de haber sido un funcionario honrado en un Gobierno en el que abundan los rateros.

Nadie, sin embargo, ha acusado a Giordani de ser competente. Sería una peligrosa temeridad. No se metía la plata de los demás en el bolsillo. Lo que hacía era destruirla en esa trituradora implacable de riqueza que es la ideología marxista. Es uno de los responsables del hundimiento económico del país. Cuando llegó al poder había seis millones y medio de pobres. Cuando lo dejó, hace unos días, la cifra había aumentado a más de nueve.

Giordani se despidió del cargo con una larga carta en la que culpa a los demás del desastre económico venezolano. Sus culpables son el irresponsable gasto público, la corrupción, PDVSA y el pobre Nicolás Maduro, quien supuestamente ha traicionado al socialismo y al legado inmarcesible de Hugo Chávez. (Inmarcesible, Nicolás, quiere decir que no se marchita. Y marchita no es una marcha pequeña de estudiantes indignados, sino un verbo que procede del latín). 

El ingeniero Giordani no es capaz de advertir que el error intelectual está en el presupuesto ideológico. Cuando se debilitan los derechos de propiedad y las decisiones económicas las toman los funcionarios; cuando se potencia la aparición del Estado-empresario y se estatiza el aparato productivo; cuando se eliminan las principales libertades porque la crítica se convierte en traición a la patria, inevitablemente surge la escasez, se deteriora progresivamente el entorno físico por falta de mantenimiento y comienza un acelerado proceso de empobrecimiento colectivo que no tiene fin ni alivio. Mañana siempre será peor que hoy.

Mientras los venezolanos leían la carta de Giordani, los cubanos, asombrados, repasaban otra misiva escrita por el comunista, escritor y exembajador Rolando López del Amo, jubilado en La Habana tras haber ocupado diversos cargos de primer rango en la diplomacia castrista. El texto puede localizarse en internet, donde circula profusamente.

El señor López del Amo tiene una explicación parcialmente diferente a la de Giordani. Supone que el responsable del desastre cubano es el burocratismo, ese enmarañado ejército de funcionarios indolentes que no deja que el país avance. Como es una persona seria, no culpa al embargo norteamericano, ni a la sequía ni a los ciclones, porque el país no padece hace tiempo estos fenómenos naturales. Cree que el mal está en otra parte: es la malvada gente que entorpece la marcha gloriosa del socialismo.

Termina su carta con un conmovedor llamado a sus camaradas:

Estamos en el año 56 de nuestra experiencia revolucionaria y no podemos continuar cometiendo los mismos errores ni ofreciendo las mismas justificaciones. Se impone un cambio de mentalidad, de actitud, de estructuras y de personas para lograr el sueño colectivo de un socialismo próspero y sostenible.

¡Madre mía! Estamos ante un comunista inasequible al desaliento. ¡Qué gente más dura de mollera! Cincuenta y seis años de fracasos continuados y barbarie, de "oprobio y bobería", como Borges decía del peronismo, no le han bastado para entender que el sistema no sirve para nada en ninguna latitud. Ni con los laboriosos alemanes o norcoreanos ni con los muy serios checos y húngaros, y mucho menos con los caribeños de Cuba o Venezuela.

Es posible, sin embargo, que Raúl Castro, finalmente, haya comprendido esta dolorosa verdad. Lo triste es que la educación del hermano de Fidel ha durado más de medio siglo y costado miles de vidas y la ruina completa de una nación. (Fidel, en cambio, es indiferente a la realidad y morirá defendiendo las mismas tonterías de siempre). En todo caso, mientras el embajador López del Amo escribía su carta, el zar de la economía cubana, un excoronel llamado Marino Murillo, anunciaba que todos los restaurantes del país serían privatizados.

Es el principio del fin del loco proyecto marxista del colectivismo, pero no de la dictadura. Ahora, poco a poco, sin prisa, pero sin tregua, como le gusta repetir a Raúl Castro, quieren desmantelar el socialismo y gobernar con mano férrea un país pseudocapitalista. Ya no son marxistas. Son, simplemente, una banda autoritaria de gente decidida a mandar a palos. Puros matones.

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