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Foreign aid: La tecnocracia como parte del problema.

Tecnocracia: idealismo enmascarado

En un artículo anterior sobre esta materia, presenté el marco del debate actual en el contexto de la economía del desarrollo respecto del papel de la ayuda internacional en la lucha contra la pobreza global extrema. Una de las figuras centrales de este debate es la de Jeffrey Sachs, director del Earth Institute (Columbia University) quien aboga fervientemente por el aumento del volumen de la ayuda internacional como instrumento para viabilizar las innovaciones tecnológicas mejorarían el nivel de vida de los menos favorecidos. Luego de la publicación de su trabajo de referencia The End of Poverty (2005) que constituía un llamado a la acción para los líderes globales, Sachs canalizó sus ideas a través del proyecto de las "Villas del Milenio", para el que obtuvo apoyo de las Naciones Unidas, de distintos agentes gubernamentales así como el apoyo de un amplio conjunto de donantes privados (entre ellos se puede mencionar a George Soros que donó inicialmente 50 millones de dólares al proyecto).

En noviembre de 2006, la periodista Nina Munk, redactora colaboradora de Vanity Fair, fue enviada por la revista para cubrir la andadura inicial del proyecto de las Villas del Milenio. Nunk había quedado conmovida ante la retórica comprometida de Sachs: "o bien dejas a la gente morir o te decides a hacer algo". Ella quiso hacer algo. El proyecto pretendía desplegar una serie de acciones en 79 villas extendidas por todo el continente africano, particularmente en la zona del África subsahariana. El proyecto preveía un lapso de cinco años para "solucionar" el problema. Las cosas se dilataron un poco y no salieron como se esperaba.

En septiembre de 2013 Munk publicó The Idealist: Jeffrey Sachs and the Quest to End Poverty, luego de haber estado casi siete años recorriendo los sitios vinculados a las Villas del Milenio. El libro recorre la biografía de Jeffrey Sachs y de su proyecto, desde Derty, en Kenia a Ruhiira en Uganda. La obra de Munk intenta mantenerse alejada de juicios de valor personales; sin embargo, a medida que se avanza en su lectura se puede comprobar su transición desde la ilusión y entusiasmo inicial al desaliento y desesperanza posteriores. No se trata de que la autora se desalentara ante los distintos fracasos y contratiempos que iba sufriendo el proyecto –y que son narrados con gran detalle–, su desilusión se debió particularmente al proceso de negación en el que se sumieron las distintas autoridades involucradas en el proyecto.

En cierta medida, el libro de Munk no pasaría de ser una mera anécdota si no fuera porque, de hecho, es la punta del iceberg de una serie de duras críticas que viene recibiendo el proyecto de Sachs a distintos niveles y desde varios ámbitos. En junio del año 2013, Paul Starobin publicó una extensa investigación en la revista Foreign Policy en la que, al hilo del análisis del las Villas del Milenio, compilaba los comentarios negativos de importantes investigadores y publicaciones científicas sobre distintos aspectos del trabajo de Sachs. Staborin destaca un editorial de la prestigiosa revista Nature, del 10 de mayo de 2012 ("With Transparency comes True") –que se hace eco de la opinión mayoritaria entre expertos en economía del desarrollo (Anhijit Banerjee, Esther Duflo, Paul Collier, Niall Ferguson, Edward Miguel, etc.)–, en el que se señala que los resultados que exponen Sachs y sus colegas no son fiables dado el alto nivel de opacidad que poseen. El editorial señala un problema metodológico crucial: el hecho de que al no compartir las bases de datos, lo resultados de los informes surgidos de las Villas del Milenio no pueden ser contrastados ni replicados por otros investigadores. El editorial sentencia que "si bien el proyecto tiene potencial, no se puede tener certeza de su verdadero impacto".

Obviamente, Sachs y los expertos de las MVP ("Villas del Milenio" por sus siglas en inglés) contestaron ambos artículos, el de Staborin (ver "It Takes a Village", publicado en FP el septiembre 3, 2013) en FP y el editorial de Nature (ver "Errors in a paper on the Millennium Villages project", publicado en The Lancet, en Mayo 26 de 2012). Sin embargo, en la respuesta al editorial de Nature se vieron forzados admitir que habían cometido un error estadístico básico en un paper académico en el que se pretendía demostrar la efectividad de las MVP.

Todas estas lagunas en el trabajo de Sachs y la virtual certeza de que, aunque el proyecto de las MVP tenga potencial está muy lejos de alcanzar el ambicioso (¿y arrogante?) objetivo que se había planteado de erradicar la pobreza, llevaron a William Easterly a publicar una reseña del nuevo libro de Munk titulada "El gran debate sobre la ayuda ha terminado" (en la Reason, 4 de octubre de 2013). Sin embargo, Easterly no se siente vencedor de un debate en el que, además, se encontró casi forzadamente ubicado como si su perspectiva fuera la antítesis de la que impulsa Sachs. Además, Easterly desliza el eje de lo que tal vez constituya el nuevo eje del debate en los años venideros: La relación entre el nivel macro (instituciones, marco jurídico, economía política, etc.) y el nivel micro (experiencias concretas de ayuda, análisis de datos y contraste de estas acciones micro en la lucha contra la pobreza, implementación de acciones bottom-up, etc.) en el análisis de la economía del desarrollo. Aquí es donde la advertencia del peligro que reviste la fatal arrogancia –desgraciadamente tan extendida entre burócratas, tecnócratas y expertos– señalada por Hayek hace años, tiene rigurosa actualidad. Pero esto ya es parte de otro debate. Es de esperar que las nuevas aproximaciones más humildes y de nivel micro en los temas vinculados a la lucha contra la pobreza no olviden alentar el espíritu emprendedor y la importancia de la perspectiva en primera persona, para que las personas menos favorecidas comprendan la importancia radical de sus propios deseos, anhelos, decisiones y acciones, a la hora de mejorar su nivel de vida. En esta línea, el proyecto Poverty Cure, con relativa independencia del marco de valores que uno profese, brinda mucha luz sobre la importancia de no adoptar una actitud paternalista y tecnocrática frente a los pobres. Sin duda, todo esto será parte del argumento central del próximo libro de Easterly: "The Tyranny of Experts: Economists, Dictators, and the Forgotten Rights of the Poor" (de publicación prevista para marzo de 2014).

La mano mutante y la mano invisible

Una de las metáforas más conocidas y no siempre comprendidas de la teoría económica del pasado es la de la "mano invisible" enunciada por el filósofo moral Adam Smith a finales del siglo XVIII. Detrás de esa idea está lo que después denominaría Hayek "orden espontáneo". Smith creía que cuando se respeta el "sistema de libertad natural", es decir, los instintos naturales que llevan al ser humano a luchar por su supervivencia y la de los suyos (el propio interés) y a intercambiar, entonces los objetivos de la comunidad y los del individuo se armonizarían. Así, buscando cada cual su propio interés, se alcanzarían también los fines sociales, como si una mano invisible actuara. Este ajuste espontáneo ha sido malinterpretado por economistas y políticos con muy buenas intenciones. Y, sin embargo, su opción, la de fijar y planificar desde arriba la consecución de los fines sociales como si no estuvieran alineados con los fines individuales, ha conducido nuestras sociedades: la tiranía de la mano mutante del Estado.

¿Por qué ha de mutar la Mano Visible?

Si, siguiendo respetuosamente los pasos del maestro escocés, consideramos que los intereses públicos y privados han de ser armonizados de manera activa por una instancia estatal, y simultáneamente analizamos qué hace desde su origen esta "mano visible" confrontada al orden espontáneo de los mercados, observaremos un sorprendente proceso. La intervención estatal sobre las decisiones empresariales, han cambiado en fondo y forma, de ahí el apelativo de "mano mutante".

Si en un principio el Estado era el encargado de asegurar que las normas del juego del mercado se respetaban, poco a poco se atribuyó la misión de diseñar esas reglas para que fueran justas. Y, en relativamente poco tiempo, si hablamos en términos de tiempo histórico, esa mano visible es la que decide qué significa regla justa, beneficio justo, actividad legal y legítima, etc. primando siempre una interpretación concreta de los términos "legal", "legítimo" o justo". En otras palabras, favoreciendo con sus decisiones a aquellos grupos de presión (incluidos determinados empresarios) que aseguran el engorde del mismo Estado y la permanencia en escaños y sillones presidenciales de los políticos del gobierno y de las demás instituciones que componen dicha estructura estatal (jueces, funcionarios, etc.).

Ningún miembro serio de la oposición estará interesado en desmontar la trama porque cuentan con llegar al poder más pronto que tarde, y los partidos bisagra harán lo necesario para lograr sus objetivos localistas y saciar la sed de Estado de los incautos votantes.

En esta situación, dado que los favores se financian con dinero del contribuyente, los gestores políticos han de reinventar la actividad de esa mano visible que no hace otra cosa más que fijar normas para que todos paguemos más impuestos y poder seguir comprando el poder. Y, por esa razón, los mismo que baja un impuesto, suben un parámetro de otro sin que te des cuenta y al final te toca pagar más.

Los grilletes de la egoísta Mano Invisible

Pero la mejor estrategia de quienes activan por control remoto a golpe de ley esa Mano Visible Mutante es la intelectual. Han convencido a aquellos cuyos intereses particulares llevan a una mayor prosperidad de todos, y también a aquellos que disfrutaban de esa mayor prosperidad, de que si no hay una mente superior, al estilo del Mago de Oz, que, primero, fije los objetivos individuales y, segundo, decida el camino que ha de seguirse para conseguirlos, el mundo sería un caos en el que reinaría el mal, el egoísmo (tan propio del individuo) y la gente moriría por las calles, con excepción de los tres capitalistas recalcitrantes e imbatibles.

Por el contrario, lo que nos cuenta la realidad es otra cosa bien distinta. Y un buen ejemplo de ello es la política anti empresarial del Gobierno socialista de derechas de Mariano Rajoy. Desde que subió al poder, los pequeños empresarios y autónomos, savia de la economía real española, han comenzado la dolorosa subida al Gólgota donde, al parecer, han de ser crucificados hasta que se vayan del país a cualquier otro lugar.

La semana pasada se anunció la "regulación" (comillas adrede) de la financiación mediante microcréditos, o donaciones voluntarias de pequeñas cantidades a proyectos específicos. Quien inventó esa idea y la puso en práctica, siguiendo su propio interés (porque no salió de la cabeza de ningún San Francisco de Asís) benefició a muchos parados decididos a hacer algo, a muchos pequeños empresarios con ideas buenas, tan buenas como para que cualquiera estuviera dispuesto a apostar por ellas. Así saltarían por encima de las restricciones financieras de los bancos. Eso es, en esencia, la mano invisible de Smith.

Por supuesto no pasó mucho tiempo antes de que nuestra mano visible, en su mutación de "salvador tuyo por tu propio bien" apareciera en escena y destrozara, vía ley de "protección" al empresario, esa posibilidad.

¿No se sienten más seguros ahora que nos protegen hasta estrangularnos?

Por qué perdió Rafael Correa

Volvió a suceder. La derrota del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, en las elecciones municipales del 23 de febrero no es un caso aislado. Es posible que el socialismo del siglo XXI, sus vecinos ideológicos, y el circuito del ALBA estén de capa caída.

Hay una cierta fatiga con el lenguaje tontiloco del chavismo. El péndulo se mueve en la otra dirección. El espectáculo venezolano, con los sangrientos atropellos de Maduro contra estudiantes desarmados, es demasiado repugnante.

Antes le sucedió a Cristina Fernández en Argentina, a Manuel Zelaya en Honduras (quien sacrificó a su mujer, Xiomara Castro, en las elecciones), a José María Villalta en Costa Rica, a López Obrador en México y a Aníbal Carrillo en Paraguay. Ese polvoriento discurso estatista, hecho de quejas y confrontaciones, ya no suele convencer, aunque todavía conserva su atractivo en algunos parajes indiferentes ante la experiencia. 

Son síntomas típicos de las sociedades con tendencias autodestructivas que practican alegremente la extraña costumbre de hacerse el harakiri. Es muy probable, por ejemplo, que una variante extrema del chavismo triunfe en El Salvador, donde el comunista Salvador Sánchez Cerén, exguerrillero de línea dura, encabeza las encuestas para los comicios del próximo día 9, lo que augura una época de conflictos, turbulencias y retroceso económico en el país más pequeño de América Latina.

En todo caso, Correa, el gobernante que más tiempo ha ocupado la casa presidencial de manera continuada en la historia de Ecuador, y el que más ha hecho crecer el gasto público aprovechándose de la bonanza petrolera, perdió 9 de las 10 ciudades más pobladas del país y la mayor parte de las prefecturas, como allá se llama a las provincias. Entre las ciudades están Quito, la capital; Guayaquil, el corazón económico, y Cuenca, la tercera gran urbe del país. Eso es un mazazo electoral.

¿Por qué Correa perdió esas elecciones, al margen de la tendencia latinoamericana actual a desplazar al chavismo de las casas de gobierno? Casi todo el mundo le reconoce que ha hecho infraestructuras importantes, que se ha esforzado por mejorar la educación, y que ha tenido el coraje de enfrentarse al sindicato de maestros, a los ambientalistas y a los indigenistas cuando le ha tocado defender el interés general de los ecuatorianos. Eso no lo discuten.

El problema es su carácter autoritario, su incapacidad para encajar las críticas, su trato áspero con quienes le contradicen, incluida una joven periodista que le hizo una pregunta incómoda en una rueda de prensa y la humilló públicamente llamándola "gordita horrorosa". ¿Qué manera es ésa de tratar a una dama?

Correa debe tener unos niveles estratosféricos de cortisol, la hormona del berrinche, del mal genio. (¿Por qué no le examinan las suprarrenales a ese hombre? A lo mejor es una cuestión sencilla de botica). Como Salvador Dalí, que todos los días se levantaba muy feliz de ser Salvador Dalí, Rafael Correa amanece tremendamente satisfecho de ser quien es, y no puede admitir que un caricaturista le gaste una broma o un articulista, con razón o sin ella, lo critique.

En lugar de comportarse como un servidor público, seleccionado para cumplir y hacer cumplir las leyes, como corresponde a un ordenamiento republicano, Correa se jacta públicamente de desobedecer las reglas del Consejo Electoral y del Parlamento, porque le parecen "obsoletas". ¿Por qué el ciudadano de a pie tiene que someterse a las leyes y el presidente está exento de esa obligación?

Ya Correa explicó que, como había sido elegido presidente, era, al mismo tiempo, el jefe del Poder Judicial y del Legislativo, de toda la nación. O sea, el déspota ilustrado, dueño de las instituciones, el tirano benévolo de la razón y el orden que impone su buen juicio en beneficio del pueblo, como aquellos monarcas del antiguo régimen felizmente desplazados por la democracia liberal tras las revoluciones del siglo XIX.

Correa terminará su mandato en el 2017. Si no rectifica acabará siendo tremendamente impopular. Ya se le ve la oreja al lobo. Sería una pena.

elblogdemontaner.com

Falacias tributarias, inversión y donación

"I’m saying it bluntly, that this administration is the greatest wet blanket to business, progress and job creation in my lifetime” Steve Wynn (Julio 2011)

Me preocupa mucho la deriva populista de algunos grupos políticos, que se ha intensificado con el debate sobre el estado de la Nación. No debería extrañarme, cuando en un país en el que se ha disparado el gasto público en 180.000 millones desde 2003 se escuchan cosas tan alarmantes como “usted y yo estamos de acuerdo, no tenemos un problema de gastos sino de ingresos” sin que se revolucione el congreso. 

Por supuesto, es falso. España jamás ha ingresado más de 413.000 millones de euros en el pico de la burbuja inmobiliaria y de obra civil, a pesar de la mayor expansión de crédito después de China y Taiwán. Sin embargo, gastamos más de 60.000 millones por encima de esos ingresos fiscales burbujerosEl gasto se adaptó rápidamente a la fiesta, pero luego los gobiernos se niegan a reducirlo cuando el ciclo cambia. Y hay que recaudar.

Nuestros representantes se lanzan a la represión fiscal sin reconocer el más mínimo error en la gestión ni en el gasto. Cada vez que se comentaba en el debate el agujero dejado por el despilfarro y las facturas sin pagar por las administraciones públicas –total, entre 20.000 y 30.000 millones de euros- que han costado la ruina a miles de empresarios y centenares de miles de empleos, el silencio se tornaba en excusa y se sacaba el nuevo cuento, la demonización de las grandes empresas.

La primera falacia es el mantra de que “España es un paraíso fiscal para las grandes empresas”. En mi libro “Viaje a la Libertad Económica” lo rebato, y Diego Sánchez de la Cruz lo comenta también aquí. Basta con analizar los datos comunicados por las empresas del Ibex 35 para determinar que su tipo efectivo en el Impuesto de Sociedades asciende al 20% de las ganancias anuales. Pero además, en el caso de las grandes compañías industriales, la factura en impuestos alcanza hasta el 50% del beneficio neto generado en España y más de la mitad de los impuestos que pagan en todo el mundo, a pesar de contar con más ingresos fuera que en nuestro país.

Las empresas que registran beneficios en España, de hecho, se encuentran con una importante cantidad de impuestos que se deducen tanto a nivel nacional como local y regional, desde gravámenes sobre la actividad económica, verdes, sociales, de bienes inmuebles,etc. Esos factores, en el caso de las diez grandes empresas industriales, son casi equivalentes a su factura por impuesto de sociedades.

Si analizamos la totalidad de obligaciones tributarias que enfrentan las compañías españolas, el tipo es mucho mayor. De hecho, usando datos del informe Paying Taxes de Price Waterhouse Cooper, la presión fiscal total sobre los beneficios empresariales es del 59% en España frente al 41% de Europa.

Sin embargo queremos más, sin entender que es menos, a pesar de la evidencia. Demonizar a InditexMercadona o cualquiera de los grandes grupos es hambre para hoy y hambruna para mañana. Necesitamos muchos más de ellos, no atacarlos para confiscar unos euros más.

En vez de enorgullecernos de que nuestro país haya creado multinacionales con capacidad de superar la crisis del euro, la latinoamericana y seguir creando empleo y creciendo, las tratamos como el Sheriff de Nottingham en Robin Hood. Cállese y acepte, que puede ser peor. Hasta que se vayan, una a una, y recaudemos en cromos de Pocoyó

Imagínense por un segundo lo que hubiera ocurrido con las grandes empresas españolas si no hubieran podido deducir el fondo de comercio de su inversión internacional y cambiar su estructura a multinacional. Tendríamos un 12% del Ibex en quiebra por su exposición a construcción, concesiones en España y cambios regulatorios.

No nos importa la quiebra de mañana si ayer se recaudaron un par de miles de millones para pagar mayor gasto político. Además de confiscar y mantener la política del avestruz, queremos que se inviertan miles de millones en nuestro país. Donación.

Imagínense mi sorpresa estos días cuando leo unas declaraciones de Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, comentando su decisión de invertir menos en España ante la inseguridad jurídica creada por los eternos cambios regulatorios, similar a otras declaraciones de ejecutivos nacionales, y se genera una polémica casi de caza de brujas.

En Estados Unidos y Reino Unido he escuchado en multitud de ocasiones a los presidentes de las grandes empresas, energéticas, reguladas o de cualquier sector, criticar al gobierno abiertamente y tomar las decisiones que mejor defienden, en su criterio, a los accionistas. Recuerden a Rex Tillerson (Exxon) decir “no, thanks” a las sugerencias de Obama.

En el sector energético europeo, empresas alemanas como RWE E.On, incluso empresas semi-estatales como EnelGDF-Suez EDF, han tomado enormes decisiones de recorte de inversiones ante actuaciones gubernamentales que destruían valor, y han criticado abiertamente decisiones como el mal llamado impuesto de Robin Hood en Italia, los cambios en política nuclear en Alemania, o la congelación de tarifas en Francia. Pero solo en España he visto un revuelo y demonización mediática como el percibido esta semana con empresas privadas –y ojo, no privatizadas- como Iberdrola.

Tras sufrir un zarpazo regulatorio de 2.000 millones de euros en dos años, decidir no invertir más no solo es prudente, es imperativo.

Cuando España tiene una capacidad instalada de 104.000 megawatios para una demanda en punta de capacidad de 40.000 megawatios, pensar que deben invertir más no sólo es delirante, sino innecesario. Y no olvidemos que las inversiones reguladas eran obligatorias y dictadas por la planificación del estado, como comentaba en mi artículo “Oligopolios o planificación de burbuja”.

Cuando después de invertir 20.000 millones de euros en España se genera el mismo beneficio en 2013 que en 2002 en el territorio nacional debido a los constantes recortes, no invertir más en España es normal. Para los que dicen que las eléctricas “se forran”: tienen la peor rentabilidad sobre el capital empleado de todo el sector eléctrico europeo.  Aun así, el 15% de su plan de inversiones a 2016 se concentra en el territorio nacional en actividades reguladas y distribución.

Cuando sobra capacidad y las inversiones en distribución están limitadas ¡por ley!, invertir más en España es algo que ni el Estado quiere, como han dicho en muchas ocasiones tanto ministros como secretarios de estado. Amenazar con expropiar o cambiar a los gestores de empresas privadas es cuando menos intolerable.

Otras grandes empresas del sector, como Acciona, han tenido que hacer provisiones por pérdidas relacionadas con los cambios regulatorios de 2.200 millones de euros, equivalentes al 65% de su capitalización bursátil y se concentran en reforzar su crecimiento internacional y reestructurar sus actividades. Fuera de España, RWE anunciaba 3.300 millones de provisiones y E.On, tras tres años de ajustes, anunciaba en sus resultados que el 80% de su crecimiento sería fuera de Europa. La propia GDF-Suez, semi-estatal, llevaba a cabo 15.000 millones de euros de provisiones por pérdidas  y anunciaba que el 70% de sus inversiones hasta 2016 se centrarían fuera de Europa y un porcentaje mínimo, el 15%, en Francia.

El ataque a las empresas no es una casualidad, ni es nuevo. La tentación de pensar que confiscando e interviniendo nos vamos a forrar todos y no pasa nada viene desde hace siglos. Y siempre falla. Pero se lleva a cabo desde el conocimiento de que es un mensaje que vende muy bien en un país donde no parece interesarnos crear empresas y riqueza, sino sacar el último euro de las que sobrevivan al intervencionismo e ir juntos, como el coro de Nabucco, a la igualdad en la miseria. Y cuando las empresas a las que confiscamos “por el pueblo” caen, le echamos la culpa a los socorridos mercados o a Merkel y a correr.

Esperemos que los españoles despierten, porque convertirnos en “Argentina sin petróleo” puede parecer un objetivo muy goloso para algunos, pero es muy doloroso para todos. 

Se duplica el número de herencias que se queda el Estado

La elevada carga fiscal que soportan las herencias en España dispara el número de casos en los que este patrimonio se queda en manos del Estado. Según el Centro de Información Estadística del Consejo General del Notariado, los procesos de renuncia han crecido un 110% entre 2007 y 2012.

Esta tendencia se ha acelerado en el último año estudiado (2012). Concretamente, se produjo un aumento interanual del 20%. Sin embargo, como muestra el siguiente mapa, el comportamiento es diferente dependiendo de la región que analicemos.

Renuncia de herencias

A la cabeza de la tabla está La Rioja, donde el aumento es del 197%. Los datos del Consejo General del Notariado apuntan también que el crecimiento de las renuncias a herencias entre 2007 y 2012 es especialmente alto en la Región de Murcia, las Islas Baleares, Andalucía, Cataluña, Galicia y la Comunidad Valenciana. El aumento observado llega al 178% en el caso murciano y al 147% en las Baleares. Para las otras regiones mencionadas, el crecimiento es superior al 130%. 

A continuación, encontramos a las Islas Canarias y a Castilla y León, donde el aumento de las renuncias ha sido del 111% y del 101%. Los datos son algo mejores en Cantabria, Extremadura, Aragón o Asturias, que registran aumentos del 96%, 84% y 80%, respectivamente. Las Comunidades con mejores resultados son Madrid (71%), Castilla-La Mancha (65%), País Vasco (47%) y Navarra (44%).

Los datos del Consejo General del Notariado no muestran el peso relativo de las renuncias sobre el total de herencias registradas en cada uno de los territorios autonómicos. A falta de esos datos, se puede hacer una primera aproximación comparando las renuncias totales con la población de cada región. De acuerdo con esta variable, los niveles registrados en Madrid son la mitad que en Cataluña (0,04% vs 0,08%).

La fiscalidad de las herencias fue revisada a la baja en los años previos a la crisis. Así, Canarias, Cantabria, Castilla-La Mancha, Cataluña, La Rioja y Madrid aprobaron bonificaciones superiores al 99% en el Impuesto de Sucesiones. Sin embargo, el estallido de la Gran Recesión ha llevado a muchos gobiernos regionales a aplicar una fiscalidad más alta para las herencias. Un ejemplo es el de Cataluña, que aprobó esta medida en octubre de 2013 de cara a los presupuestos autonómicos de 2014.

Las diferencias en la presión fiscal a las herencias son notables entre ciertas autonomías. Por ejemplo, una herencia de 400.000 euros (quizás un piso) pagaría 80.000 euros al Fisco andaluz pero apenas tributaría en la Comunidad de Madrid.

Luis Garicano propone abolir este impuesto

El profesor de la London School of Economics ha sugerido "eliminar el Impuesto de Sucesiones y Donaciones a aquellas personas que se muden a España. El coste de esta medida sería trivial, ya que este gravamen recauda apenas unas décimas del PIB".

Garicano ha complementado esta propuesta hablando de "eliminar la imposición directa a los mayores de 65 años: que ni siquiera tengan que hacer la declaración de la renta una vez acrediten su edad. La medida se aplicaría a todos, españoles o extranjeros. ¿Cómo lo aprobamos? Muy fácil: reducimos las pensiones brutas que paga la Seguridad Social de forma proporcional y dejamos constante la pensión neta".

¿Qué pasa con el Impuesto de Donaciones?

El Impuesto de Donaciones tiende a mantener estructuras fiscales similares al de Sucesiones. En este caso, Madrid vuelve a llamar la atención por su bonificación del 99%, vigente desde los años de gobierno de Esperanza Aguirre. Esta desfiscalización casi plena del tributo de Donaciones no se ha traducido en una pérdida de recaudación, de acuerdo con los datos oficiales.

Así, tal y como confirmó José María Rotellar en 2012, este impuesto recaudó más en 2012 que en 2004, año en que dicho gravamen se aplicaba plenamente. Incluso comparando con 2007, año previo al estallido de la crisis, la recaudación actual es prácticamente la misma. Además, la tendencia es ascendente, ya que los ingresos crecieron casi un 50% entre 2011 y 2012.

En suma, el número de contribuyentes que pagan este gravamen ha crecido de 5.000 a 30.000 entre 2004 y 2012, facilitando este efecto "lafferiano" en la recaudación. No es de extrañar que Madrid experimente este fenómeno: para un padre andaluz, donar 180.000 euros a su hijo implica un pago fiscal de casi 30.000 euros, mientras que en Madrid no llega a los 300 euros, cien veces menos.

Pueden seguir a Diego Sánchez de la Cruz en su página web, su blog de Libre Mercado, su cuenta de Twitter y su página de Facebook. El 5 de marzo se publica su libro Sin Medias Tintas (Unión Editorial).

Hayek y Juan Pablo II

Desde hace algunos años asistimos a un estimulante debate alrededor de la Doctrina Social de la Iglesia Católica y su mayor o menor entendimiento con el liberalismo económico. Creo haberles ya mencionado aquí ese interesante libro de los profesores Rodríguez Braun y Rallo (El liberalismo no es pecado), que juega con el título de otro famoso acerca ciertas incomprensiones sobre cuál deba ser el ámbito de la libertad de opinión de un cristiano respecto a las actividades económicas, políticas, etc. (al que añado Liberalismo, catolicismo y ley natural, de Francisco José Contreras). Del mismo modo que también es conveniente explicar a ciertos académicos particularmente laicistas qué significa el Magisterio de la Iglesia y cómo se entiende la diferencia entre las cuestiones de fe y la libertad de las conciencias en el día a día de los creyentes.

La Encíclica Caritas in Veritate (2009) de Benedicto XVI volvió a despertar estas discusiones, que más recientemente han vuelto a suscitarse con la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (2013) del Papa Francisco, escrita en un sentido bien distinto de los académicos documentos de su antecesor. Hace apenas un mes tenía lugar un concurridísimo seminario de AEDOS en torno a EG, donde se ponían bien de manifiesto las diferentes posturas sobre el tema; que pueden completar con la abultada documentación que les ofrece la web del Centro Diego de Covarrubias apoyándose muchas veces en la mayor experiencia del Instituto Acton Argentina y otros thinktanks anglosajones.

Evidentemente, no voy a resolver este complejo asunto en unas pocas líneas (ni siquiera creo que haya una única solución para ese debate). Al revés, me permitirán que confunda un poco más los ánimos refiriéndome a un tercer Papa, Juan Pablo II (que la Iglesia elevará a los altares el próximo mes de abril). Juan Ramón Rallo lo citaba aquí ya el año 2005, a propósito de varias encíclicas sobre cuestiones económicas, que marcaron un giro muy interesante en la Doctrina Social de la Iglesia. Es famosa, por ejemplo, esta valiente y bastante incomprendida apuesta por el modelo capitalista "si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía" (Centesimus Annus, 1991).

Pues bien, en torno a la redacción de esta Encíclica (y, en general, al conocimiento de la Economía que tuvo ese Papa), pueden encontrarse en la web varias referencias a una supuesta entrevista de Juan Pablo II con Friedrich Hayek y la posible influencia del premio Nobel sobre el pensamiento económico del Papa Wojtyla. En España, lo ha repetido varias veces Jesús Huerta de Soto, a partir de su semblanza sobre Hayek publicada en La Ilustración Liberal el año 1999: "en 1992, el pensador católico Michael Novak sorprendió al mundo intelectual cuando hizo pública la extensa conversación personal que el Papa Juan Pablo II y Hayek mantuvieron antes del fallecimiento de éste, de manera que existen signos inequívocos de la gran influencia que el pensamiento de Hayek tuvo en la encíclica Centesimus annus y en particular en sus capítulos 31 y 32, todos ellos llenos de importantes aportaciones hayekianas". Esta misma referencia la volvió a utilizar el profesor Huerta de Soto en su artículo sobre Hayek para la página web liberalismo.org.

Por curiosidad, he seguido la pista sobre esta afirmación (animado por el catedrático Victoriano Martín, al que dedico este pequeño rastreo anticipándome a su Iubilatio), y puedo añadir los siguientes datos: por una parte, el propio Huerta de Soto precisa mejor la cita de Novak en su libro Nuevos estudios de Economía Política (2002), concretamente en el capítulo VIII al hablar de "La doctrina social de la Iglesia Católica y la Escuela Austríaca de Economía". Aquí nos indica la fuente empleada, un párrafo de Michael Novak publicado en Economic Affairs que les copio: "During the last months of his life, Hayek had the opportunity for a long conversation with Pope John Paul II. There are signs of Hayek’s influence in certain portions of the Pope’s encyclical Centesimus Annus. In sections 31 and 32 in particular Centesimus Annus employs unmistakably Hayekian insights". Michael Novak, "Two Moral Ideas for Business (The Hayek Memorial Lecture, 22 June 1992, London, England)", Economic Affairs, septiembre-octubre 1993, p. 7. Y un poco más adelante refuerza este argumento con la referencia a otra posible influencia del pensamiento de Israel Kirzner, conocido economista austríaco, sobre Juan Pablo II al señalar "el gran paralelismo existente entre la concepción de la acción humana creativa desarrollada por el Papa en su tesis doctoral titulada Persona y acción, y la concepción de la función empresarial que debemos a Kirzner (Michael Novak, The Catholic Ethic and the Spirit of Capitalism, The Free Press, Macmillan International, Nueva York, 1993)".

Finalmente, quiero añadir una última pista sobre esa hipotética conversación de Hayek con Juan Pablo II, en este caso a partir del artículo sobre Hayek en la Wikipedia: "In 1980, Hayek, a non-practicing Roman Catholic, was one of twelve Nobel laureates to meet with Pope John Paul II, to dialogue, discuss views in their fields, communicate regarding the relationship between Catholicism and science, and bring to the Pontiff’s attention the problems which the Nobel Prize Winners, in their respective fields of study, consider to be the most urgent for contemporary man". Para lo que cita un documento PDF del Cato Institute (se trata de la transcripción de una entrevista con Lanny Ebenstein en una especie de Book Forum) que no he podido localizar. Sin embargo, sí ofrece otra referencia que puede resultarle de interés al lector curioso que haya perseverado hasta aquí: el libro del personaje entrevistado, Alan O. Ebenstein, Friedrich Hayek: A biography (2003), páginas 301 y 305. Ya me dirán si les ha convencido o no este argumentario.

Vida y milagros de Méndez y Toxo

Las visitas frecuentes a los restaurantes más acreditados y los viajes en los cruceros más exclusivos ya no son patrimonio de los potentados. Los principales defensores de la clase obrera son también rostros habituales en estos ambientes de lujo, con la salvedad de que ellos lo hacen con cargo al bolsillo del contribuyente, para orgullo de todos los que financiamos el espléndido tren de vida de tanto benefactor. Y es que los dos sindicatos mayoritarios en España, autotitulados "de clase" (alta), sólo conservan de sus principios fundadores la verborrea marxistoide que interpreta las interacciones sociales bajo el esquema decimonónico de la lucha de clases. Hoy en día, la Unión General de Trabajadores y las Comisiones Obreras son emporios empresariales cobijados al abrigo del presupuesto público, dedicados fundamentalmente a mantener el tinglado que permite a sus dirigentes disfrutar de todos los vicios pequeñoburgueses que las organizaciones de izquierdas siempre han condenado.

Horcajo y Algarra, Xavier y Javier respectivamente, son periodistas bien conocidos por su participación en los programas más exitosos de la cadena Intereconomía. Ambos han dado a la imprenta el libro Sindicatos, S. A., subtitulado "Toxo y Méndez, los mandarines del capitalismo obrero", que esmalta precisamente el éxito de los dos dirigentes sindicales en su empeño de convertir a unas organizaciones creadas para defender los derechos del trabajador en dos auténticos imperios financieros.

El rosario de escándalos del sindicalismo español, en el que la UGT ostenta un merecido protagonismo, distrae la atención del ciudadano de la causa principal que permite tanto latrocinio, que no es otra que la liberalidad con que estas organizaciones utilizan el dinero público. Tras dos capítulos en los que se relata la llegada al poder de Méndez y Fernández Toxo, imprescindibles para fijar el perfil biográfico de ambos mandarines, Horcajo y Algarra explican con detalle la manera en que las dos organizaciones han llevado a cabo todo un programa expansivo para rentabilizar el intenso caudal de fondos públicos que reciben cada año, sin que se sepa, hasta el momento, cuál es el beneficio tangible que los trabajadores españoles reciben a cambio. Los grandes escándalos de la UGT, desde la estafa de la cooperativa de viviendas PSV hasta el fondo de reptiles de la Junta de Andalucía, ocupan por derecho propio un lugar de deshonor en este libro, imprescindible para hacerse una idea cabal de los verdaderos intereses de estas organizaciones.

El anexo que se incluye como propina, con el nutrido listado de empresas vinculadas a UGT y CCOO, justifica sobradamente el título que Horcajo y Algarra han elegido para esta obra. Pocas empresas del IBEX 35 pueden exhibir un ramaje corporativo tan frondoso como el que ofrecen estas dos corporaciones sindicales gestionadas por Méndez y Toxo. Dos empresarios de postín, cuyo ventajismo la clase política en pleno se negará siempre a suprimir.

No son meros plazos lo que se descalza

Dentro del análisis de la teoría del ciclo económico que pergeña la nueva escuela de economía austríaca, destaca, como es sabido, el análisis de incentivos financieros para descalzar plazos y riesgos. A saber, como el coste financiero de los recursos a muy corto plazo es bajo y el retorno de los flujos generados por inversiones a largo es alto, resulta rentable financiarse a corto e invertir a largo. Esto, que de por sí no es perjudicial, comienza a contaminar la estructura financiera si los activos en los que se invierte a largo plazo pierden calidad, por ende, pierden demanda y se vuelven más ilíquidos.

Sin embargo, este análisis resulta a mi entender algo incompleto. O mejor, cuando se realiza el análisis de estas premisas, se suele hablar de financiación de deuda a largo plazo garantizada por algún tipo de activo. No en vano, la presente crisis económica se ha caracterizado por el uso de financiación mediante repos de compraventa de deuda hipotecaria – con garantía jurídico-real – luego uno puede pensar: "los bancos, cuyo modelo de negocio se basa en captar ahorro y canalizarlo a la inversión, se han equivocado en sus inversiones en deuda, se han vuelvo más ilíquidos y de ahí que se haya fraguado nuestra presente situación actual". Empero, no es sólo deuda y plazos lo que han estado arbitrando los bancos durante este tiempo, también se ha cocido en sus backoffice dos problemas que antes no existían, (i) la gestión de una ingente cantidad de activos ajenos al core business del banco, y (ii) desenvolverse en múltiples modelos de negocio para los que los bancos carecían completamente de know-how. Así, los bancos han pasado de canalizar ahorro a inversión a realizar todo tipo de actividades, desde gestionar empresas de la industria del envasado, de canalización de aguas o de la alimentación, hasta gestiones que pudieran parecernos mucho más relacionadas con su negocio principal (como podría ser la gestión de clientes morosos) pero que, como pasaremos a explicar después, pueden incrementar de manera importante los costes operativos internos del banco. Y eso por no hablar del "negocio estrella" que han tenido que realizar los bancos los últimos años en todo el mundo (y particularmente en España): la gestión de una gran plataforma inmobiliaria.

Comencemos primero por la gestión de activos ajenos al modelo de negocio. El peso de la cartera industrial en el balance de los bancos siempre ha sido muy significativa, aunque la industria mayoritaria haya ido rotando. Así, en la primera década del siglo presente la composición de la cartera era mayoritariamente inmobiliaria (y relacionados) y durante los primeros años de esta década la industria energética ha tenido gran presencia en los balances de los bancos. Uno pudiera pensar que son simples operaciones especulativas, en la que los bancos compran un puñado de acciones que guardan en una caja unos años hasta que se revalorizan y venden, mientras van cobrando un dividendo. Sin embargo, los bancos realmente gestionan estas entidades. Diseñan sus planes de negocio, eligen las estrategias a futuro, participan en las negociaciones de inversiones y desinversiones y en los procesos de expansión. Sientan consejeros en los órganos de administración de las entidades que poseen en cartera. Y mientras tanto, el banco debe controlar junto a su modelo de negocio que estas entidades están siendo realmente bien gestionadas.

Como observamos, esto va mucho más allá de lo que habíamos definido al principio como principal objeto de la banca comercial. ¿Qué incentivo impulsa a las entidades a no limitarse a financiar si no tomar parte de la gestión? Bueno, en primer lugar la sensación de que tienen una importante cantidad de recursos ociosos que pueden emplear a estas tareas. Ya sea capital humano, flujos para emplearlo y financiación para sufragarlo a menor coste que el retorno que va a devolver. En segundo lugar, el convencimiento de que la entidad va a obtener una rentabilidad superior a la que otro obtendría, cierto ego irracional que nos encaja con las premisas keynesianas del que preside la fase expansiva del ciclo económico.

Pero es que, además, estas entidades no tienen un grado de complejidad elevado en el momento en que la banca comercial entra en ellas. ¿Por qué? Pues porque cuando compras sector inmobiliario totalmente inflado cuando aún le queda recorrido antes de explotar estás ante un negocio en el que sólo hay que esperar para recoger la rentabilidad. Y lo mismo ocurría con el sector renovable español mientras ha estado tan sumamente subvencionado y protegido. El problema aparece, obviamente, cuando aparecen mal dadas. Y es cuando el modelo de negocio en el que participa el banco es ilíquido, por un lado y, por otro, muy difícil de gestionar. El banco se encuentra atrapado con empresas en cartera de las cuales no es su dueño natural de las que se tiene que desprender y no hay mercado líquido para ellos. Y aunque, seguramente, para el banco la empresa valga mucho menos que para un socio industrial que pueda utilizar la empresa para generar sinergias de costes y alguna sinergia de ingresos, el contexto cíclico en el que se produce la desinversión impide que incluso alguien para quien la empresa vale más pague suficiente por ella. Y si volvemos al problema inicial (inversiones ilíquidas que, al liquidarlas, generan retorno insuficiente para cubrir la financiación a corto empleada) observamos como esto se nos agrava sin haber ni tan siquiera participado del mercado de deuda con esta operativa.

Cuestión pareja surge con ciertas gestiones que va acumulando el banco en época de bonanza y que no tiene ningún sentido que continúe realizando, como puede ser la ya mencionada gestión de morosos, la gestión de plataforma inmobiliaria, gestión de activos (fondos de inversión, fondos de pensiones, SICAVs…), seguros, etc. Una larga lista de actividades que todos los bancos hoy en día (o casi todos) continúan prestando a día de hoy (para muestra, el botón del Banco Santander o BBVA, no podríamos decir lo mismo ya del Popular o de Bankia). Cuando la morosidad, por motivos cíclicos, es baja, la gestión de clientes morosos no es un gran incordio para la institución financiera. Lo mismo ocurre cuando las ejecuciones hipotecarias son escasas y el banco cuenta con un gran mercado en el que liquidar los activos inmobiliarios que pasan a formar parte del balance del banco. Sin embargo, vuelven a ser negocios ajenos al knowhow principal del banco. Los bancos no son aseguradoras, no son compañías de recobro ni agencias inmobiliarias. Ni tienen los recursos para ello ni el conocimiento, y mucho menos los tienen en épocas de crisis. No es buena idea que detraigan recursos de su actividad principal para centrarlo en estas áreas. Y uno podría pensar que los bancos sí son los indicados para gestionar activos a través de fondos de inversión, pero simplemente comparando rentabilidades de gestoras independientes con las de los bancos uno se percata que no son los mejores, puesto que sigue sin ser su negocio esencial.

Como comentábamos al comienzo, las razones que pueden impulsar a los bancos a realizar este tipo de actividades son similares a las que les impulsan a descalzar plazos, de hecho, el incentivo perverso es idéntico. La consecuencia difiere (nos pasamos de la deuda a, por un lado, la gestión de empresas y, por otro, el aumento de gestiones a realizar por el backoffice de la institución financiera) pero no la consecuencia última, que es el aumento de la iliquidez del banco a nivel particular y del sistema económico a nivel general.

Al final, el verdadero valor puede maximizarse cuanto mayor sea la especialización en la tarea que uno ejecuta, sea a través de una gran entidad o incluso una persona a nivel individual. Esta misma regla se aplica a los bancos que, sumidos en la irracionalidad del aumento crediticio van ampliando su cartera y su operativa muy por encima de lo que son capaces de gestionar. Y, por ello, ahora en la industria financiera nos estamos dedicando a desguazar bancos, esto es, a limpiarlos de todo negocio ajeno a su actividad principal y devolverlos a su esencia. Puesto que podrán encontrar agentes que les saquen más valor, podrán limpiar sus balances, reestructurar sus costes internos y, encima, vender a buen precio a los verdaderos especialistas en estas gestiones.

¿Quién teme a la deflación?

Seguramente les han contado de pequeños el cuento anónimo de los tres cerditos, en el que cada uno de los hermanos se hace una casa empleando paja, ramas y ladrillos para protegerse de la amenaza persistente del hambriento lobo feroz. Los dos primeros terminan antes y pueden jugar y divertirse, mofándose del tercero, que tiene que seguir trabajando duro para terminar su casa de ladrillo. Sin embargo, la endeblez de los materiales empleados se vuelve en su contra, ya que no resisten los soplidos del lobo. Pues bien, que me perdonen las autoridades monetarias por identificarlas con un animal tan ibérico, pero la actuación en la crisis de la Reserva Federal (Fed), el Banco de Japón (BoJ) y el Banco Central Europeo (BCE), y las críticas a este último, recuerdan a los tres cerditos del popular cuento de hadas.

Y es que no son pocas las críticas vertidas contra la política de Mario Draghi, que se resiste, afortunadamente para los ciudadanos europeos, a aflojar el grifo de la creación de dinero para impulsar un falso crecimiento. Políticos, economistas e incluso desde el Fondo Monetario Internacional (FMI), le afean a la autoridad monetaria europea su renuencia a atajar el camino de la recuperación por la vía fácil de la impresión de billetes –entiéndase en sentido figurado y no literal–. Y lo hacen acusándole de arriesgar el meter a la economía del Viejo Continente en una espiral deflacionaria. Como en la fábula, nos dicen, “miren a Estados Unidos y a Japón, que gracias a sus políticas monetarias agresivamente expansivas ya están creciendo”. Pero obvian el hecho de que el cuento aún no ha terminado.

Es cierto que gracias a una postura, siquiera marginalmente, más responsable del BCE frente a sus pares americanos o japoneses, son más visibles las tensiones deflacionistas en la economía europea. En efecto, las fuerzas espontáneas del mercado que presionan a la baja los precios en general no están siendo hoy contrarrestadas en Europa por una política monetaria tan agresiva como en Estados Unidos o Japón. No obstante, y como tuve ocasión de comentar en el debate en El Confidencial con Víctor Alvargonzález, no tengan duda de que el BCE, que no deja de ser una institución política, abandonará la senda de responsabilidad en cuanto el IPC comunitario baje de cero en algún trimestre. De ahí que la deflación en Europa no sea una amenaza real.

La liquidación de las malas inversiones –incluyendo el reconocimiento de las insolvencias–, el desendeudamiento paulatino de familias y empresas y la restricción del crédito bancario son el resultado natural del proceso de depuración de los excesos cometidos durante la fiesta del crédito anterior. Por ello, no es una novedad que se constate una cierta presión a la baja del nivel general de precios. En realidad, esta ha estado presente desde el principio de la crisis y forma parte de la propia recuperación. Sin embargo, hasta ahora, debido a la fobia a la deflación la Fed, el BoJ y, en menor medida, el BCE han inflado durante los últimos años un enorme globo de liquidez que, aun a costa de distorsionar la economía, ha contrarrestado esta tendencia natural.

No en vano, a finales del 2013, entre billetes y monedas y depósitos a la vista –verdadera medida del dinero real en circulación–, la oferta monetaria asciende a 5,4 billones de euros, creciendo a un ritmo superior al 6% anual, muy por encima del crecimiento del IPC, y un billón y medio más que al inicio de la crisis. Si todo ese dinero que se ha creado de la nada no se ha traducido en un incremento de los precios de los productos monitorizados por el IPC, es porque se ha canalizado en buena medida hacia activos financieros que no forman parte del cálculo de ese indicador.

Pero ¿por qué hemos de abortar ese proceso con intervenciones que, aparte de inútiles, son contraproducentes, ya que generan el riesgo de meternos en otra burbuja, como parece estar ocurriendo en los mercados de renta fija y bolsa? ¿De verdad hay que temer tanto a la deflación?

Para responder esta pregunta, deben distinguirse antes tres tipos de deflación –aunque podríamos incluir la desinflación brusca–, con diferentes orígenes y consecuencias. (1) La primera de ellas es la que induce el Gobierno o la autoridad monetaria al restringir de forma severa y abrupta la oferta de dinero y crédito. Es poco frecuente, pero se ha dado alguna vez en la historia, quizás la más reciente fue el plan de Collor de Mello en Brasil en 1990 para combatir la hiperinflación que asolaba el país. Este tipo de intervención es tan perniciosa como innecesaria, como bien saben los brasileños, que vieron congelados, para nada, el 80% de sus ahorros. Este es el tipo de deflación a evitar.

El segundo tipo corresponde a (2) la deflación de precios que se produce por un incremento de la producción gracias al ahorro y la inversión previa–. Es la forma más sana de crecimiento y, por tanto, más beneficiosa para los hogares, que ven incrementada su capacidad adquisitiva sin que se produzcan tasas elevadas de desempleo. El caso más destacable es el de la época dorada de Estados Unidos a finales del siglo XIX y hasta que se creó la Fed, donde se experimentaron cotas de crecimiento de más del 7% con caídas de precios del 5% anual. Este es un tipo de deflación deseable y del que disfrutaríamos en un contexto de libertad monetaria y avances tecnológicos.

Finalmente, tenemos (3) la deflación –o desinflación si se quiere–, que es consecuencia de los procesos de ajuste posteriores al pinchazo de una burbuja, donde se combinan factores beneficiosos para los hogares, que ven incrementada su capacidad adquisitiva en una época de dificultades, con otros elementos más perjudiciales, como son el desempleo o la reducción de salarios. Este es el escenario en el que, como saben, nos desenvolvemos y un tipo de deflación que no deberíamos tratar de evitar.

La liquidación de las malas inversiones –incluyendo el reconocimiento de las insolvencias–, el desendeudamiento paulatino de familias y empresas y la restricción del crédito bancario son el resultado natural del proceso de depuración de los excesos cometidos durante la fiesta del crédito anterior

En este tercer escenario, el argumento más frecuente a favor de combatir la deflación es el que aduce el riesgo de entrada en un círculo vicioso: caen los precios, luego cae el beneficio de las empresas, luego despiden trabajadores, luego cae la demanda agregada, luego caen los precios y vuelta empezar. Sin embargo, tengan en cuenta que la deflación no produce efectos acumulativos, siendo posible para las empresas obtener beneficios aun en un entorno de caída de precios si reducen los costes sustituyendo mano de obra por equipo capital, lo cual genera empleo en los sectores productores de maquinaria, más alejados del consumo.

Todo proceso de ajuste es, desde luego, duro –y, además, hemos optado por hacerlo de forma lenta, alargando innecesariamente un proceso que, por definición ha de ser doloroso pero necesario–. Piensen que veníamos de una estructura productiva absolutamente dislocada y que ha de reordenarse como, en efecto, está ocurriendo en España y ya empezamos a ver, poco a poco, sus frutos. Todo ello gracias al esfuerzo privado de trabajadores y empresarios y teniendo enfrente a un Gobierno empeñado en poner palos fiscales en las ruedas de la recuperación –y luego colgarse la medalla–, con sus excesos recaudatorios, como lo fue la última perla de la subida de las cotizaciones con nocturnidad de la pasada Navidad.

Piensen que el crecimiento actual, por exiguo e insuficiente que les parezca, es mucho más sano que el que experimentábamos en la época de alegrías y, desde luego, que la falsa ilusión de prosperidad que viviríamos con políticas monetarias más expansivas. Valoren si no la efectividad de las primeras medidas de estímulo fiscal y monetario tomadas al inicio de la crisis hace ya más de cinco años. ¿Cuáles de los tres cerditos creen que es más sensato, el de la casa de ladrillo o los de la casa de paja y de madera?

No teman pues a la deflación, y sí al lobo disfrazado de cordero del Gobierno y los bancos centrales, cuyos arsenales de intervenciones rebosan de medidas inflacionistas y generadoras de deuda que no sólo retrasan la recuperación, sino que crean, además, nuevos riesgos macroeconómicos.