Entrevista a Brecht Arnaert – The intellectual Business Cycle
Conferencia del 22/02/2014 en el Instituto Juan de Mariana a Brecht Arnaert.
Conferencia del 22/02/2014 en el Instituto Juan de Mariana a Brecht Arnaert.
"Those who believe in Abenomics are suffering from Amnesia. This is nothing new" Yasunari Ueno (Mitzuho)
Hace unos meses comentaba en esta columna que la política que ha implementado Japón para combatir la deflación no es ninguna novedad, y como tal no iba a cumplir las expectativas milagrosas que el consenso de la amnesia histórica otorga a las supuestas soluciones mágicas. Y así ha sido. En mi post “Japón y el manga monetario” explicaba que el país nipón ha llevado a cabo enormes estímulos desde mediados de los 90 y políticas expansivas desde 2001 sin salir del estancamiento.
Es curioso que se defienda la política monetarista como social y redistributiva, hasta el punto de inventar cifras de creación de empleo, en Estados Unidos por ejemplo, que ni la oficina de relaciones públicas del partido demócrata se atrevería a pronunciar. Sin embargo, de social no tiene nada. Marc Faber lo explicaba claramente: “Imprimir dinero no beneficia más que a los que tienen acceso a esos fondos, es decir, al sector financiero, al gobierno endeudado y a las clases altas, nunca a los trabajadores”.
Ahora tras un año de Abenomics -la política del gobierno japonés de multiplicar la masa monetaria y volver a estimular la economía-, se pueden comprobar las falacias que se usan para justificar estas medidas:

“Japón va a crecer al 4%” decían los economistas de consenso. Pues no. Alguien debería pedir perdón por equivocarse sólo en un 70% en sus estimaciones. El gráfico superior, cortesía de Juan Rallo, muestra el impacto casi nulo de la política expansiva.
Y conviene resaltar los decepcionantes datos publicados. La economía japonesa crecía un 1% anualizado en el cuarto trimestre, frente al 2,8% esperado, y no alcanzaba a compensar la desaceleración del tercer trimestre. Japón crece al mismo ritmo que… España.
En 2014 el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima un crecimiento de la economía nipona del 1,7%, mientras que espera un 1,1% para la Eurozona. Es decir, con el Banco de Japón aumentando la masa monetaria a máximos –lo que vulgarmente se llama imprimiendo dinero, vean el gráfico inferior –, se espera un crecimiento muy modesto, mientras que en Europa se genera un crecimiento similar a la vez que el Banco Central Europeo (BCE) reduce su balance un 20%.

Aumentando la masa monetaria más que Estados Unidos, la deuda pública de Japón alcanzó el volumen récord histórico de 1.018 billones (trillones americanos) de yenes a finales de diciembre de 2013. Quince ceros de deuda. Unos 7,3 billones de euros, más de siete veces el Producto Interior Bruto (PIB) de España, después de seis planes de estímulo desde los 90.
La cantidad supera los 1.011 billones de yenes de septiembre y es más del doble que su PIB nominal. No sólo crece la deuda en términos absolutos, sino también en relación a dicho PIB. Y ustedes me podrán decir que “hay que darle tiempo”, total solo son 25 años de experimento keynesiano de “no se hizo suficiente”. Pues bien, el Ministerio de Finanzas estima que el volumen de deuda alcanzará 1.039 billones de yenes en marzo.

La deuda japonesa la compran… los japoneses. Un 85%. Diligentemente, y probablemente no conscientemente, metida en sus planes de pensiones. A pesar de pagar un 0,6% de interés por sus bonos a diez años, Japón gasta un 22% de su presupuesto anual en pagar intereses de deuda. Un dato a recordarles a los economistas como Stiglitz, que dicen que no importa el volumen, sino que el coste sea bajo. Krugman tiene la desfachatez de decir en su columna que “ese 22% incluye repago de principal”…. ¡Cuando solo aumentan las necesidades netas de financiación! Es decir, no se repaga, se refinancia y emite más.
No sólo aumenta la deuda, sino que el déficit comercial –la diferencia entre lo que exportan e importan- se ha disparado hasta alcanzar un nivel inaceptable.
Algunos intentan justificarlo por el efecto del accidente de Fukushima y el coste de reconstruir Tohoku tras el terremoto. Pero es la típica excusa keynesiana cuando algo no funciona. Tohoku es un coste anual de 1 billón de yenes (2013) y el déficit comercial supera los 11,4 billones de yenes, el agujero más grande desde 1979. Fukushima y el cierre de las plantas nucleares es un evento de marzo de 2011, y hasta que se implementó Abenomics el déficit comercial era asumible. Desde entonces, se ha triplicado. Devaluar hace que el coste de las importaciones se dispare más que el efecto placebo de exportar más.

Imprimir moneda combate la deflación
Aquí viene el truco de agregar. Los que defienden crear inflación se ponen muy contentos porque ha llegado al 1,6% y va camino del objetivo del gobierno del 2%. Ya saben ustedes que “inflation is taxation without legislation” (“la inflación es un impuesto sin pasar una ley”, Milton Friedman). El impuesto silencioso. Sólo que tiene un truco.
La inflación en Japón sube por los costes energéticos y de los bienes importados, no porque crezcan los salarios o mejoren de manera relevante los otros conceptos. De hecho, la inflación, excluyendo alimentación y energía, es muy baja, casi nula. El mantra “si se genera inflación, los japoneses consumirán más” no ocurre. No se incentiva al consumo ni acelera la actividad económica… Porque se cercena la renta disponible y los salarios. Sólo se saca dinero del ahorrador.
Ante un impuesto sobre las ventas esperado en 2014, lo que ocurre es que la renta disponible y el poder de compra de los ciudadanos se resiente enormemente. Los salarios reales en Japón han caído al nivel más bajo de los últimos veinte años.
El dinero se va, como en los QE americano y británico, a los activos financieros de riesgo. Y encima, que suba la bolsa es irrelevante para la riqueza de los japoneses, que tienen menos de un 8,5% de sus activos financieros en renta variable, comparado con un 32,7% en Estados Unidos.
Japón siempre ha tenido un desempleo bajísimo, y ese efecto placebo del índice de desempleo maquillado de Estados Unidos que comentábamos en el post “Empleo Zombi” es relativamente similar en Japón.

El desempleo del 3,7%, una cifra envidiable para nosotros, no es por las políticas monetarias, es por un tejido empresarial espectacular, activos en todo el mundo y una cultura del trabajo y sacrificio mundialmente reconocida. Y un efecto demográfico importante. Desde máximos de 2007, con 128 millones de habitantes, la población ha caído a razón de casi un millón anual. En 2013, otras 244.000 personas. Esto ha creado un déficit de trabajo… Y un superávit brutal de pensionistas (el 23% de la población tiene más de 65 años) con un coste para el estado que hasta el gobierno japonés considera “inasumible”.
Imprimir moneda no crea empleo. Si no, los países que lo hacen tendrían pleno empleo desde hace años. Pero aun así merece la pena resaltar que el índice de participación laboral en Japón también se ha desplomado, repuntando ligeramente cuando han bajado los salarios reales –en especial los de las mujeres- a niveles de 1994.
Japón, al contrario que Estados Unidos, tiene un déficit de trabajadores por el efecto de la baja natalidad (1,4 hijos por cada mujer) y el envejecimiento de la población. Y a pesar de todo, quitado el efecto pensionistas, casi 17 millones de personas en edad de trabajar están “fuera de las listas” del paro.
En fin, aunque nos lo quieran vender como un triunfo, no sé de qué, un año de Abenomics no puede haber arrojado un resultado peor y, sobre todo, más lejos de sus promesas. Atroz.
Eso sí, no lo duden ustedes: cuando Abenomics o su equivalente número 35 siga generando crecimiento pedestre, deuda y más agujeros en los bolsillos de los ciudadanos, nos dirán aquello de “hubiera sido peor”, “no se hizo suficiente” y “hay que repetir”. Y los errores se justificarán con un velo social que ni usted ni los ciudadanos japoneses verán. Pero les repetirán “hay que tener paciencia, el año que viene mejora”, mientras sienten una mano en su bolsillo escarbando un poco más.
PD: Descanse en paz David Taguas. Un buen amigo y un gran economista.
Y algo parecido ocurre con los empleos a tiempo parcial. Más del 60% de los españoles en esa situación querrían trabajar ocho horas al día, pero no pueden. De nuevo, la comparación con Austria es dolorosa. En aquel país, este porcentaje cae al 10% (ver aquí, gráficos 6 y 8).
Todos estos datos apuntan en la misma dirección. El problema de España no reside sólo en sus casi seis millones de parados, un 26% de la población activa. Es que además, muchos de los ocupados tienen un trabajo que no les gusta, pero que no pueden dejar, fundamentalmente por miedo al desempleo.
Desde el punto de vista de los nuevos trabajadores, esos jóvenes con más de un 55% de tasa de paro, se dibuja un panorama desolador. Salvo que tengan mucha fortuna o una excelente formación, al entrar en el mercado laboral saben que les espera como mínimo una década de contratos temporales y paro. Y en muchos casos la proporción de cada uno de estos ingredientes dependerá más del sector o la empresa que de su propia valía. Con este panorama, las probabilidades de labrarse un buen currículo, consolidar su carrera o lograr unos ingresos razonables en un período corto de tiempo son mínimas.
Por todo ello, no sorprende que exista esa obsesión por el contrato fijo. El objetivo deja de ser cumplir una vocación, emprender nuevos retos o incluso mejorar salarialmente. La meta es tener un contrato indefinido. El sistema ha consolidado un modelo dual, con un grueso de trabajadores en teoría muy protegidos (los fijos) y otro grupo con mínimas opciones de subirse al tren en marcha. Sus defensores hablan de un régimen "garantista" y desde la perspectiva de un indefinido podría parecer que una cosa compensa la otra.
Pues bien, según la misma encuesta de Randstad, el 91% de los españoles no cree que viva en un país con "seguridad laboral". Incluso los fijos, que deberían sentirse seguros con su situación, tienen tanto miedo a las consecuencias de quedarse en el paro (básicamente, un reingreso costosísimo al mercado) que ni siquiera ellos están contentos con la situación.
El caso Coca-Cola
Hasta aquí, las cifras hablan desde el punto de vista del trabajador. Tampoco las empresas parecen mucho más felices. En los últimos días, el conflicto que más comentarios ha generado ha sido el que ha enfrentado a la embotelladora de Coca-Cola en España con sus empleados por el plan de cierre de cuatro de sus plantas. La secuencia de los hechos es la siguiente (una explicación más precisa en el excelente artículo de S. McCoy del viernes en El Confidencial):
Ni siquiera con estas cifras es seguro que se alcance un acuerdo. El viernes, los sindicatos se negaban a aceptar incluso este tipo de condiciones.
Pero supongamos que al final se llega a un pacto. Si es así, se saludará con alboroto en medios de comunicación y partidos políticos. Hay un acuerdo, se preservan los empleos y no hay despidos, sino bajas voluntarias. ¿Todos contentos? Aparentemente sí, pero a medio plazo, las consecuencias quizás no sean tan positivas. Podría decirse que se lanza un triple mensaje:
Cuando tengas que despedir -por una caída en la facturación, la reestrucutración de una planta o cualquier otra causa- despide a los temporales, o lo que es lo mismo, no les renueves. Incluso aunque alguno de ellos sea más productivos que alguno de los indefinidos que se quedan en la planta. Te saldrá más barato y no te buscas problemas.
Miedo
Para la empresa, un temporal con estas condiciones es un trabajador al que sólo se pueden confiar tareas de poco valor añadido y en el que no merece la pena gastarse dinero en formación. Para el empleado temporal, la empresa es sólo un medio de ganarse la vida durante unos meses; no le importa su futuro, ni sus beneficios, ni cómo funciona por dentro y los incentivos para aprender son mínimos. No puede haber una relación laboral fundada en peores términos.
¿Cuáles son las consecuencias? Pues que España tiene empresas temerosas de contratar y aún más de hacerlo con contrato indefinido; empleados fijos temerosos de cambiar de trabajo, incluso aunque estén asqueados del que ahora tienen; jóvenes temerosos de no encontrar nunca un trabajo; y temporales temerosos de no alcanzar nunca un puesto fijo. Todo el mundo tiene miedo.
Dicen que sólo dos personas conocen la fórmula de la Coca-Cola y que no se les permite viajar juntos. Quizás es sólo una leyenda urbana, pero en cierto sentido sería lógico que fuera así. La compañía norteamericana teme perder la clave de su prosperidad. La fórmula del 26% de paro es mucho más conocida. Está delante de todos, en la legislación laboral vigente. Y hay decenas de propuestas bien encaminadas para su solución: contrato único, mochila austriaca, descentralización de la negociación colectiva, reducción de las cotizaciones,… ¿Por qué no se hace nada? Probablemente por la misma razón que guía la actuación, en el día a día, de empresas y trabajadores (y de Coca-Cola): miedo.
Nos hemos dado cuenta desde hace ya algún tiempo que el mejor amigo del hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio (R. Braun). Y esto es especialmente cierto en el caso de los gobiernos ineficientes con ramalazos totalitarios que intentan enmascarar su nefasta gestión. Estos gobiernos, vitoreados por todos aquellos agentes que buscan favores e influencia política, han intentado descargar la culpa de la crisis en cualquier ente (real o no) que no sean ellos mismos.
En este y próximos artículos comentaremos algunos de los principales chivos expiatorios de esta crisis. Empezaremos por un chivo expiatorio estrella: las agencias de calificación o de rating.
Veamos. Las agencias de calificación son empresas cuya especialidad es el análisis de riesgos financieros. Los clientes de estas empresas son emisores de deuda y valores en general, como por ejemplo, países, regiones, comunidades autónomas, empresas e inversores institucionales. El rating es la calificación que se otorga a los emisores en función de su calidad crediticia.
De esta manera, una calificación baja significa que la emisión es de mayor riesgo, es decir, que se imputa al emisor un mayor riesgo de impago (por ejemplo los high yield o bonos de alta rentabilidad). Las más conocidas son Moody´s, Standard & Poor´s y Fitch. Estas empresas son las autoras de las calificaciones crediticias o ratings que tanto se emplean en los mercados de capitales.
Pues bien, cada vez que las agencias de rating rebajan el rating soberano de algún Estado se enfrentan a numerosas acusaciones. La principal es la de destruir el Estado del Bienestar y demás derechos sociales. El razonamiento es el siguiente: la mala calificación de la deuda soberana genera volatilidad y desconfianza en los mercados, lo que perjudica a las cuentas y finanzas públicas (encareciendo la deuda pública), y deriva irremediablemente en recortes y ajustes de prestaciones y derechos sociales. Incluso una docena de abogados amenazaba hace algún tiempo con presentar una querella criminal por este motivo contra la agencias de rating…
Ciertamente las principales agencias de rating (Moody’s, Standard and Poor’s y Fitch) han destacado en esta crisis por sus desacertadas calificaciones de diversos activos financieros, por ejemplo, las hipotecas subprime y derivados financieros (como los CDO). Sobrevaloraron activos para luego degradarlos notablemente cuando los impagos irrumpieron con fuerza. Esto es debido a no tener una buena comprensión de la teoría de los ciclos económicos, lo que les hizo no prever el escenario de crisis y el comportamiento y evolución de los activos valorados en ese escenario. Asimismo, creyeron que los bajos tipos de interés y la abundante liquidez durarían de forma indefinida, con lo que obviaron la posibilidad de un incremento generalizado en los defaults. Recordemos que Lehman quebró con calificación A…
Dicho esto, los gobiernos no pueden quejarse del tratamiento de las agencias de calificación. En lo que respecta al sector público, las calificaciones han sido muy favorables, inflando vergonzosamente las deudas soberanas. La teoría conspiranoica de las agencias crediticias contra Europa y el euro no se sostiene en absoluto. Solamente hace falta comparar el rating que daba Moody´s (por ejemplo hace varios años en 2011) a los bonos soberanos de España y Portugal en comparación con el rating que le daba el mercado (CDS y Bond Implied-Ratings). En ocasiones hasta 7 u 8 escalones por encima del mercado (Aa2 frente a Baa3 en el caso de España).
Algo perfectamente comprensible si tenemos en cuenta que estas tres agencias suponen un cartel aislado del resto de posibles competidores debido a privilegios estatales: desde los años 70 Estados Unidos exigió indirectamente que todas las emisiones se evaluasen por agencias que contasen con licencia de la SEC, es decir, exclusivamente por estas tres agencias. Basilea II también ratificó este privilegio. A partir de ese momento se entra en un círculo vicioso en el que el cliente de las empresas de rating es el propio regulador. Las agencias de rating se cuidarán mucho de no morder a la mano que les da de comer, perdiendo de esta manera su independencia. Es un sector de escasa competencia y eso se observa en la similitud de las valoraciones y calificaciones.
Sin duda, en un mercado no intervenido existirían numerosas empresas de calificación de todo tipo de activos, títulos y emisiones. Éstas expresarían libremente su opinión y análisis, haciendo uso de su libertad de empresa, información y expresión. Los ingresos de las agencias provendrían de los suscriptores de sus publicaciones y, por supuesto, de las entidades emisoras que abonasen los derechos de calificación.
Mediante procesos de mercado se distinguirían las evaluaciones expertas, válidas y útiles de las que no lo son. Aquellas que aciertan en sus calificaciones y pronósticos gozarían de mayor prestigio y popularidad. Aquellas que yerran continuamente y no aportan valor en el mercado serían dejadas de lado por los inversores y clientes.
Este proceso evolutivo se desvirtúa si existe un cliente (el Estado) que pretende ser a la vez cliente (deseando que evalúen sus emisiones) y regulador (dando las licencias que considera). Esto hace que se creen barreras de entrada artificialmente y que además las calificaciones estén fuertemente condicionadas.
Las agencias de rating han sido y son cabezas de turco por excelencia de los gobiernos. Incluso yendo muy por detrás de los mercados, sus calificaciones han puesto de manifiesto la cruda realidad que los gobiernos quieren ocultar: han estado descuadrando sus cuentas, se han endeudado masivamente y no han hecho reformas estructurales consistentes. Y todo ello ha hecho que se sitúen al borde del default.
@jmorillobentue
Gabriel Calzada – Energías renovables, ¿una solución?, conferencia pronunciada en las Jornadas “¿Hay vida más allá de la crisis?” del Consejo Económico y Social de la Comunidad de Madrid celebradas el 27 de mayo de 2010.
Defensa de la Tesis “Una aplicación de la teoría del ciclo económico desde la perspectiva de la Escuela Austriaca a la Gran Recesión” – Madrid, 9 de marzo de 2011
Participantes: Francisco Capella, Juan Ramón Rallo, José Ignacio del Castillo y Miguel Anxo Bastos Modera: Martín Krause Instituto Juan de Mariana – VII Universidad de Verano – Lanzarote 16-21 de julio de 2012
Instituto Juan de Mariana – VII Universidad de Verano – Lanzarote 16-21 de julio de 2012
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