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Por la libertad de los venezolanos

La escalada represiva desatada por el gobierno venezolano contra las protestas extendidas por el país para reclamar la dimisión del presidente Nicolás Maduro ha puesto de manifiesto de forma cruenta la degradación en la que se halla sumida Venezuela, después del experimento del “socialismo del siglo XXI”, iniciado por el difunto Hugo Chávez y su movimiento en las postrimerías del siglo pasado.

Hordas parapoliciales motorizadas al servicio del gobierno dispararon el pasado 12 de febrero contra los manifestantes reunidos a las puertas de la Fiscalía general en Caracas para entregar a su titular una petición de liberación de los detenidos en distintas protestas a lo largo del occidente del país. Según las cifras oficiales, el balance de los incidentes ascendió a tres muertos, sesenta heridos graves y sesenta y nueve detenidos. Además, otras fuentes citadas por El Universal de Caracas apuntan a 125 jóvenes detenidos e incomunicados en todo el país y dan cuenta del sufrimiento de torturas de aquéllos que se han puesto a disposición judicial. Entre los fallecidos se cuenta al estudiante opositor Bassil Dacosta –asesinado de un disparo en la cabeza- así como Juan Montoya, al parecer un miembro importante de los comités revolucionarios que apoyan al gobierno.

En contra de toda evidencia, los portavoces del régimen bolivariano se apresuraron a culpabilizar de estas muertes a los opositores, lanzando una orden de búsqueda y captura contra el líder de Voluntad Popular, Leocadio López, quien se ha entregado ya a la Guardia Nacional en un gesto valiente que le convierte en el símbolo de la resistencia a la dictadura. La televisión oficial no ofrece información sobre estos incidentes, y al mismo tiempo se ha cortado la señal del canal de televisión colombiano NTN24 que había apostado a sus corresponsales para informar in situ, bajo la insólita acusación de instigar la violencia. Asimismo, el régimen intenta bloquear la difusión de Twitter en Venezuela. No resulta tampoco casual que desde hace semanas los diarios de ese país anunciaran su cierre por la negativa del Estado a facilitarles las divisas para poder adquirir papel de prensa.

Mas allá de las últimas noticias, sin embargo, nos quedaríamos en la superficie si no recordáramos las enseñanzas de quienes auguraron hace dieciséis años lo que depararía la victoria de un teniente coronel golpista llamado Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de diciembre de 1998. En efecto, ya en esas fechas Carlos Alberto Montaner –ganador del premio Juan de Mariana 2010– advertía del cúmulo de desgracias que aguardaba a los venezolanos debido a la elección de un caudillo que había proclamado su intención de acabar con la democracia que le permitía alcanzar el poder político, del mismo modo que Hitler y Mussolini hicieron en sus respectivos países a principios del siglo XX. La muerte del primer caudillo relativamente joven y la imposibilidad de predecir un calendario de acontecimientos no empecen en absoluto el acierto de su pronóstico general sobre las alternativas que se abrían ante ese abismo.

“En un país que se muere de estatismo, Chávez aumentará el perímetro del Estado. En una sociedad agredida durante décadas por absurdos controles económicos, Chávez multiplicará los cerrojos y limitará aún más las libertades políticas. En una nación en la que el Estado de Derecho es casi una ficción, este presidente carapintada sustituirá cualquier vestigio de constitucionalismo que quede en pie por su omnímoda voluntad”(…) A propósito de la estremecedora experiencia de un amigo venezolano, amenazado telefónicamente por difundir artículos donde se denunciaba el carácter totalitario del golpista, Montaner reflexiona sobre los mecanismos que permiten el triunfo del totalitarismo: “No es el triunfo de una ideología sobre otra, sino el avasallamiento total de un sector de la sociedad por otro que tiene el monopolio de la fuerza y lo utiliza sin ningún freno. El objetivo es sembrar el miedo y el instrumento para ello es la intimidación física más burda. Todo está previsto en un crescendo cruel: amenazas veladas, turbas organizadas, insultos, golpes, prisiones, torturas y -por último- la muerte”.

Su conocimiento de la historia y de las tragedias de los países latinoamericanos le permitió diagnosticar que no vencía un solo hombre, sino la superstición de que la riqueza está en los bolsillos de unos pocos, y que basta que un Caudillo se apodere de ella para repartirla entre las masas hambrientas. Ilusiones que habían sembrado Acción Democrática (miembro de la Internacional Socialista) y COPEI (demócrata cristiano), los partidos mayoritarios del anterior sistema que el movimiento de Chávez venía a sustituir.

Pues bien, ejecutado gran parte el programa revolucionario socialista para alcanzar progresivamente el poder total, utilizando los ingresos derivados del petróleo para financiar la compra de voluntades de sectores de la sociedad venezolana (y de otros turiferarios en el exterior) se confirman gran parte de las previsiones del escritor cubano, aunque, tal vez, el régimen ha llegado al fin de su recorrido por la profundización de los problemas creados. La imposición de rígidos controles de cambio y la fijación de precios por ley han provocado hiperinflación y el desabastecimiento de productos básicos. Los índices de criminalidad desbordan la imaginación más calenturienta. Cuando los comercios subían los precios de sus mercancías para adaptarlos a la depreciación del bolívar frente a las demás divisas, el régimen comenzó a perseguirlos acusándolos de “usura” y de “robo al pueblo”. Quienes no se atenían a los precios dictados por el gobierno sufrían la incautación de sus productos para distribuirlos “a precios justos” -y por poco tiempo- entre sectores de la población alentados a participar en el pillaje. El pasado mes de noviembre se confiscaron los artículos de una conocida cadena de electrodomésticos para satisfacer la voracidad de infelices a quienes previamente se había privado de un bien remotamente parecido al dinero. En un entorno de inseguridad jurídica tan absoluto, como vaticinaba Montaner en 1998, la huida de personas y capitales ha sido constante.

Como hemos visto, ya desde el ascenso al poder de Chávez y la estrepitosa caída de los partidos tradicionales se institucionalizó la intimidación y la coacción de los opositores, motejados de fascistas por los impulsores de un régimen que guarda tantas semejanzas con los totalitarismos de entreguerras. El régimen chavista ha tenido tiempo de sobra para reformar la constitución venezolana sometiendo a los que han permanecido en Venezuela a un estado de tensión permanente y haciendo irreversibles formalmente los golpes a toda noción de Estado de Derecho. Pocas veces se ha retransmitido en directo a un jefe de estado pisotear los derechos de los ciudadanos de una forma tan descarada como en aquellas tristemente célebres imágenes en las que el fantoche ordenaba la confiscación de empresas. Aquella máxima de los teóricos del derecho nazi que proclamaba que “nuestra constitución es la voluntad del Führer”alcanzaba plena vigencia, tal como, asimismo, nos había anticipado Montaner.

A pesar de todas las derrotas infringidas por el régimen -obviamente respaldado por una parte muy importante de la población- a quienes se resisten a emigrar y a someterese a una dictadura, el caos en el que se halla inmerso el país ha propiciado las protestas contra el actual presidente, que protagonizan los líderes de la oposición y multitud de estudiantes. El curso de los acontecimientos resulta díficilmente predecible, pues el caso de Venezuela presenta diferencias sustanciales con respecto a su modelo de la isla cárcel. No resulta menor el hecho de que, para desgracia de los cubanos, el régimen de los Castro, aparte de la resuelta determinación de unos revolucionarios sanguinarios y sin escrúpulos, se consolidó merced a la ayuda económica y militar que le prestó la Unión Soviética. En el momento en que ésta se derrumbó, la dictadura castrista ya había eliminado o forzado el exilio de millones de cubanos molestos. Dieciseis años después de su ascenso al poder de Hugo Chávez, la relación de fuerzas entre gobierno y oposición, a pesar de las coacciones, dista mucho de ser equiparable a la que se produjo en Cuba. La oposición mantiene como baluartes de contrapoder la alcaldía de Caracas, dirigida por Antonio Ledezma, y al gobernador del estado de Miranda, Henrique Capriles Radonski, candidato de la oposición que perdió las elecciones frente a Nicolás Maduro por tan solo 200.000 votos, según los recuentos oficiales.

Por último, si bien las potencias regionales con más capacidad de influir se han mostrado muy tibias hasta el momento, resultan llamativas las recomendaciones norteamericanas a Maduro de dialogar con la oposición y suelta de los detenidos, así como la advertencia de que el arresto de Leopoldo López podría causar consecuencias negativas con ramificaciones internacionales. La reacción del régimen ha consistido en la fulminante expulsión de tres funcionarios consulares, acusados de “conspirar en las universidades”. Si se hojean los diarios peruanos y colombianos, por ejemplo, además de una amplia información sobre los acontecimientos, se palpa una corriente de simpatía hacia los manifestantes contra Maduro.

La salida ideal ante tanto desastre no está escrita. Probablemente, la resistencia interior desplegada por los partidos de la oposición, los cuales parecen tener ideas claras al respecto pese a sus disensiones, combinada con las presiones de los países democráticos latinoamericanos sobre el régimen chavista en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA) al amparo de la Carta democrática Interamericana -suscrita también por Venezuela el 11 de septiembre de 2001-, puedan reconducir el dilema ante el que se enfrentan los venezolanos que anhelan la libertad: Tanto la guerra civil como el sometimiento a la dictadura no son opciones plausibles.

Estatalizando seríamos ricos

Hace unos días, el actor Carlos Bardem publicó un tuit que, por su sencillez, hizo las delicias de muchos socialistas patrios: "Imaginad si los beneficios de Telefónica, eléctricas, gas, etc. en vez de ir a accionistas privados fueran al Estado: seriamos ricos". La lógica es sencilla: Telefónica, Endesa, Iberdrola, Gas Natural o Repsol obtienen en la actualidad gigantescos beneficios anuales, de modo que, si no se hubieran privatizado en su momento, hoy los españoles seríamos todos multimillonarios. Desde luego suena bien. Maravillosamente bien, vaya. ¿No convendría acaso dar marcha atrás en las privatizaciones y regresar a ese Edén que nos fue arrebatado por el neoliberalismo salvaje? Bueno, echemos unas cuentas.

¿De verdad seríamos ricos?

Voy a limitarme al estudio de las cinco compañías antes mentadas para el año 2012 (dado que no tenemos todavía todos los resultados de 2013). Aunque no son, evidentemente, la totalidad de las empresas privatizadas hasta la fecha, sí son las más rentables y representativas. Pues bien, ¿cuáles fueron los beneficios totales de Telefónica, Endesa, Iberdrola, Gas Natural y Repsol en 2012? Telefónica ganó 3.928 millones de euros; Endesa, 2.034 millones; Iberdrola, 2.840 millones; Gas Natural, 1.441 millones; y Repsol, 2.060 millones: en total, 12.303 millones de euros.

Si añadiéramos los beneficios de otras antiguas ‘joyas de la corona’ como Altadis (por Tabacalera), BBVA (por Argentaria) e IAG (por Iberia), nos iríamos en torno a los 14.000 millones de resultado consolidado en 2012, pero dado que se trata de compañías fusionadas con otras donde es imposible aislar qué porción de las ganancias actuales se corresponde con los activos de las anteriores empresas estatales (y dado que la diferencia entre 12.303 millones y 14.000 no es muy abultada), vamos a omitirlas.

Así pues, 12.303 millones de euros que las arcas españolas podrían haberse embolsado de no haberse privatizado Telefónica, Endesa, Iberdrola, Gas Natural y Repsol. No está mal, pero pongamos la cifra en perspectiva: si esos 12.303 millones de euros en beneficios se repartieran entre los 46.163.000 ciudadanos españoles… tocaríamos a 266,5 euros por español. Hombre, es un buen pico, mas no creo que Carlos Bardem se atreva a calificar de ‘rica’ a una persona que perciba una renta adicional de 22,2 euros mensuales. Dicho de otro modo, yo —y quiero pensar que Bardem tampoco— no tildaría de multimillonario a un jubilado que cobre la pensión mínima de 633 euros, pese a que 633 euros son casi 30 veces más de lo que le tocaría de socializar los beneficios de las cinco anteriores empresas.

Acaso, sin embargo, el actor se estuviera refiriendo a que esos más de 12.000 millones de euros no deberían repartirse entre la población, sino que debería ser Montoro quien los gestionara directamente para prestar mejores servicios públicos a la población. En tal caso, también tengo malas noticias: los 12.303 millones de euros en beneficios de estas cinco grandes compañías apenas representan el 3,2% de los ingresos fiscales que manejó el Estado español en 2012. ¡El 3,2%! Si esos 12.303 millones de beneficios les parecen muchísimo dinero, imagínense cuánto más nos está arrebatando a todos los ciudadanos la voraz maquinaria del Estado, ésa que día tras día se queja de carestía de insuficientes ingresos.

Pero no nos desviemos del tema. Sucede que ni siquiera la cifra de 12.303 millones de euros resulta demasiado realista. A la postre, la mayor parte del negocio de estas empresas españolas se ubica fuera de España, y supongo que Bardem no pretenderá que estas compañías sean públicas y, al mismo tiempo, se lucren invirtiendo fuera de España: dentro del imaginario socialista de las nacionalizaciones, parece lógico que de la telefonía argentina se ocupe una empresa estatal de Argentina, de la electricidad boliviana, una empresa estatal de Bolivia y del gas brasileño, una empresa estatal de Brasil. ¿Qué sucedería, pues, con los beneficios de estas cinco multinacionales españolas si elimináramos las ganancias que obtienen allende nuestras fronteras? Aunque la mayoría de ellas no ofrece resultados netos específicos para España, sí podemos aproximarlos a partir de su volumen de actividad en nuestro país: serían unos 5.500 millones de euros en 2012.

Por consiguiente, la brutal riqueza que obtendríamos los españoles en caso de que estas cinco compañías siguieran siendo públicas sería de… 10 euros al mes por español. Y eso suponiendo que, por un lado, la gestión pública de estas empresas arrojara los mismos beneficios que la gestión privada; y, por otro lado, suponiendo también que el Estado optara por repartir el 100% de sus ganancias anuales, cosa poco habitual y recomendable, ya que parte de esos beneficios deben reinvertirse en ampliar la calidad del propio servicio o la red de abastecimiento. Por ejemplo, el porcentaje de dividendos que suelen repartir las compañías anteriores oscila entre el 50% y el 60% del total de beneficios, de manera que, al final, apenas tocaríamos a 6 euros al mes por español. Opulentos pequeñoburgueses, cáspita.

¿Y por qué deberían ser estatales?

Pese a las poco favorables cifras, tal vez pueda dársele una interpretación más generosa al tuit de Bardem. La cuestión de fondo a plantearse debería ser la siguiente: si todos estos antiguos monopolios eran propiedad del conjunto de los españoles, ¿por qué hubo que regalarlos a inversores privados? Bueno, de entrada el verbo regalar no es el más acertado: del conjunto de privatizaciones acometidas durante los gobiernos de PSOE y PP se obtuvieron unos 30.000 millones de euros de la época, que equivaldrían a unos 50.000 millones de euros actuales. Una donación desinteresada desde luego no fue: el Estado llenó sus arcas durante esos años. Que luego el Gobierno dilapidara todo ese dineral en lugar de seguir rentabilizándolo hasta el día de hoy ya es otra cantar (cantar que debería hacernos llevarnos a pensar por qué, en cambio, el Estado no dilapidaría hoy los beneficios de esas empresas públicas). Mas la cuestión de fondo sigue en pie: ¿por qué empresas privadas en lugar de estatales?

Al respecto, planteémonos simplemente dos cuestiones. Primera: ¿qué es preferible: que los propietarios de una empresa puedan vender su participación en la misma o que no puedan hacerlo? Yo diría que, claramente, es mejor que puedan hacerlo: si yo tengo un piso o un paquete de acciones y no puedo venderlos en cuanto tenga necesidad o crea que se hallan a buen precio, estaré en desventaja frente a un escenario en que sí pueda hacerlo. Segundo: ¿qué es preferible: que una compañía ostente un monopolio sectorial o que otras empresas puedan competir contra ella? De nuevo, diría que claramente el segundo escenario es superior, a saber, es preferible un sector en el que pueda entrar cualquier empresario con una buena idea para ofrecer un mejor o más barato servicio a los consumidores.

Por consiguiente, hemos llegado a la conclusión de que un sector con libertad de entrada y libre transmisibilidad de la propiedad sobre las empresas es mejor que un sector monopolístico y donde los accionistas están atrapados en su título de propiedad. El segundo tipo de organización sectorial —monopolio e imposibilidad de transferir la propiedad— es el típico de los monopolios estatales que parece defender Bardem: todos somos copropietarios de las empresas públicas pero nadie puede vender a un tercero su derecho de copropiedad. El primer tipo de organización —libre competencia y libre transmisibilidad de la propiedad— es el propio de los mercados libres a la que se opone Bardem y que los liberales defendemos.

Fijémonos que al segundo tipo organización —a los mercados libres— podemos llegar aun partiendo de empresas estatales. Gran parte de las privatizaciones en las antiguas repúblicas socialistas del este de Europa se efectuaron reconociéndoles a los ciudadanos derechos de propiedad sobre las compañías estatales y autorizándoles a vender esos derechos de propiedad. Por supuesto, toda privatización debe ir acompañada de su correspondiente liberalización (es decir, el Estado no debe privilegiar a ninguna empresa privada), que es lo que no ha sucedido en España. Pero, al margen de que nuestro país sea un ejemplo de liberticida corporativismo y no de libre mercado, sí ha de quedar claro que quien se opone por principio a los mercados libres no es que esté a favor de que todo sea de todos: es que está a favor de prohibir o que cualquier ciudadano pueda competir con las compañías ya asentadas ofreciendo un mejor servicio a los clientes, o de que los ciudadanos, en su calidad de copropietarios, puedan desprenderse de estos títulos de copropiedad. Represión por un lado o represión por el otro.

Al final, pues, con la ocurrencia de Bardem ni seríamos ricos ni seríamos libres. No es de extrañar: las sociedades y los mercados abiertos son el camino más seguro hacia la prosperidad y la libertad colectiva; el socialismo, en cambio, es el agujero negro hacia la pobreza y la explotación.

¿Quién es el corrupto?

Además de la corrupción que persiguen las leyes, hay otra corrupción, institucionalizada, que vertebra y hace viable el sistema estatal.

Más allá de los robos y trapicheos, el Estado promueve una corrupción de todos con todos. Bajo la ilusión de que lo público es gratis, la gente espera recibir servicios públicos pagados por otros, “los ricos”. Y siempre hay otros que son considerados más ricos, que son los que se espera que paguen esos servicios.

Gracias al entramado de subvenciones y ayudas que riegan todos los sectores y llegan hasta el último rincón, los individuos pasan a ser estatodependientes. No importa la cuantía o el motivo, pero no podemos encontrar actividad económica o profesional que dentro del Estado no dependa de una concesión, publicidad institucional, concurso público o, directamente, subvención. Los grupos organizados más poderosos son quienes obtienen más beneficios estatales mientras que los más miserables deben conformarse con las migajas, y aun así agradecerlas.

Durante la crisis algunas de estas subvenciones y ayudas se han visto recortadas, limadas en porcentajes irrisorios teniendo en cuenta el montante total, pero rápidamente estos sectores subvencionados han clamado contra un austericidio inexistente. Semejante indignación siempre ha ido encaminada a exigir más Estado, más sistema. Suelen autodenominarse antisistema pero si se examinan sus propuestas se verá que son conservadores en su peor acepción, en el mejor de los casos pretenden mantener sus privilegios y subvenciones y en el peor, aumentarlos.

La compra de favores no es algo nuevo en la humanidad y una democracia sin controles puede degenerar fácilmente en la compra de votos a través de rentas aseguradas por los presupuestos generales del Estado. Un sistema así generalizado garantiza la estabilidad y perpetuación del sistema de rapiña del emprendedor. Nada cambiará pese a que lleguen al poder partidos de otros colores mientras su alternativa siga hacer viable el Bienestar del Estado o aquellos que quieran aumentar el establo de unicornios de los “derechos sociales” sin tener en cuenta cómo alimentarlos. Nada cambiará porque en el fondo todo el mundo sabe que de una forma u otra depende del Estado. Así que sólo cabe preguntarse quién es el corrupto.

Venezuela y la sangrienta octava estrella

Lo que ocurre los últimos días en Venezuela tiene un sentido mucho más profundo que el de unas meras manifestaciones convocadas por la oposición frente a un Gobierno. Lo que estamos viendo es a miles de ciudadanos que salen a la calle en un intento de frenar el proceso de castro-cubanización absoluta de un país al que Hugo Chávez dotó de una ideología socialista de Estado al convertirlo en “República Bolivariana”.

El objetivo último de Chávez, y ahora de Maduro, es convertir a Venezuela en la nueva Cuba castrista. Puede resultar absurdo querer emular un modelo fracasado, pero en este caso tiene su lógica. Desde el punto de vista del socialismo del Siglo XXI, el comunismo cubano dista de ser un fracaso. Para los sistemas socialistas el éxito o el fracaso no se mide en términos de bienestar real de la población. Un sistema de este tipo no es más o menos exitoso en función de que los ciudadanos estén bien alimentados, dispongan de papel higiénico o puedan permitirse disfrutar de las vacaciones en un lugar agradable. Ni tan siquiera, propaganda a un lado, por la calidad de la sanidad y la educación. Si se tiene en cuenta todo eso, el régimen de Fidel y Raúl Castro es un absoluto desastre.

Un sistema socialista es exitoso cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos tiene unas condiciones de vida similares, aunque estas sean míseras, y no pueden oír voces contrarias a quienes detentan el poder. Y, en todo eso, el castrismo ha sido un gran éxito. Casi toda la población cubana vive en una igualitaria pobreza extrema y, aunque hay decenas o cientos de valientes opositores, la actitud más frecuente en la isla es callar ante el Partido Comunista, sus fuerzas represivas y la ommipresente propaganda gubernamental. ¿Cuántos se creen esta última? Realmente es difícil de saber.

Décadas de aislamiento y ausencia de información y opinión libres pueden mantener engañados a miles o millones de personas, pero la hipocresía necesaria para poder sobrevivir en un régimen totalitario (decir lo que uno piensa de verdad puede llegar a costar la cárcel o algo peor) impide que se sepa el grado real de aceptación o rechazo del sistema socialista. En cualquier caso, el castrismo en este aspecto ha triunfado con creces. No puede decir lo mismo el chavismo.

En Venezuela quedan restos de periodismo no oficial, aunque se hayan cerrado bastantes medios de comunicación privados, se hayan sometido al poder político a otros, y unos cuantos más sean reprimidos con creciente dureza. Existe un internet todavía aceptablemente libre (aunque en esto también se está retrocediendo bajo el régimen chavista). Por estos y otros factores, quedan miles de venezolanos que todavía no han sucumbido a la sumisión por convicción o a la práctica del fingimiento al régimen socialista para sobrevivir. Son los que han salido a calle y están siendo reprimidos con dureza por las fuerzas de seguridad y los grupos armados castro-chavistas.

Lo que no se ha conseguido con la propaganda, el chavismo lo está intendo imponer con la fuerza bruta. Maduro ha advertido con dar un “carácter armado” –como si no lo hubiera tenido hasta ahora– a la “revolución” si hay un intento de golpe de Estado. Según demuestra la experiencia comunista, los regímenes socialistas consideran como golpe de Estado toda protesta de los ciudadanos contra ellos, con lo que es de esperar que la represión vaya a crecer.

En las calles de Venezuela se muestran estos días dos variantes de la bandera del país. Muchos opositores lucen la tradicional, con siete estrellas. El chavismo muestra la oficial, con una estrella más, añadida por Chávez en 1999.

Esa octava octava estrella es necesariamente sangrienta, pues sangriento es el socialismo. El chavismo ya ha segado la vida de personas que reclamaban libertad, y el riesgo de que la represión vaya a más es muy real. No parece que Maduro vaya a poner freno por voluntad propia ni por presiones internas. Por eso es tan importante que desde el resto del mundo los medios de comunicación informen de lo que ocurre, y que los ciudadanos estén atentos y denuncien en la medida de sus posibilidades por cualquier vía.

También resultaría muy valioso que los Gobiernos democráticos denunciaran la represión y amenazaran a Maduro y sus aliados con convertirles en apestados en la arena internacional. Pero, nos tememos, eso es mucho pedir. Al menos con Ejecutivos como el de Mariano Rajoy y otros gobernantes europeos.

“Montoro fue comunista”

"¿Sabías que Montoro fue comunista?". De este modo tan rotundo se expresaba recientemente uno de los antiguos profesores universitarios del hoy ministro de Hacienda. Esto no significa que militase en el antiguo PC –como se ha llegado a afirmar– o que perteneciese a alguno de los dos grandes sindicatos (UGT y CCOO), puesto que ambos extremos han sido desmentidos por sus allegados, pero sí, al menos, que "simpatizó" durante su juventud con dicha ideología. Montoro fue uno de los primeros licenciados en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid, que, por entonces -primera mitad de los 70-, era uno de los principales referentes antifranquistas del país. En aquella época, y bajo la fuerte influencia que había dejado tras de sí el mayo del 68 en la vecina Francia, el comunismo campaba a sus anchas en el movimiento estudiantil español, sin necesidad de blandir carnet, especialmente en la Autónoma.

Desde este punto de vista, se podría decir, por tanto, que el joven Montoro no se diferenciaba en exceso del resto de su quinta, ya que casi todos los universitarios de dicho centro profesaban ideas de izquierda, y ésta, en la España de entonces, se identificaba, básicamente, con el comunismo. No en vano, el socialismo brillaba por su ausencia como movimiento organizado durante la dictadura. De hecho, cabe recordar que, una vez iniciada la Transición, el PSOE no renunció al marxismo como ideología oficial del partido hasta la celebración del congreso extraordinario de 1979.

Uno de sus compañeros de promoción ya señalaba en su día que Montoro era un estudiante "inquieto socialmente, rebelde ante todo", además de ser "crítico con la dictadura", pero sin protagonizar un "activismo llamativo". “Lo suyo era el estudio, la lectura, los planteamientos teóricos”. Es decir, comulgaba con dichas ideas, pero desde la trinchera, sin necesidad de sufrir las molestias y apuros propios de la lucha obrera en las calles, corriendo delante de los grises. Casualmente, su primera mujer, funcionaria del Estado, destacaba por profesar una profunda militancia de izquierdas. Hecho que, sin embargo, no le impidió aceptar el cargo de subidrectora general de Gestión Económica y Financiera del Ministerio de Justicia bajo el Gobierno de José María Aznar, del que formaba parte su marido. 

Mucho se ha hablado de los precedentes falangistas de destacados miembros de la izquierda española, pero no tanto de los antecedentes ideológicos de la actual cúpula del PP. En este sentido, el pasado izquierdista del hoy ministro de Hacienda no deja de ser una mera anécdota, salvo por el hecho de que su particular evolución política arroja, al menos, algo de luz sobre la sorprendente, y aún más dañina, estrategia fiscal desarrollada en los dos últimos años. Y es que, a diferencia de otros muchos excomunistas reconocidos, Montoro nunca superó la infección colectivista inoculada en sus tiempos de juventud, ya que transitó de cabeza hacia la socialdemocracia. Y ahí se quedó, para desgracia de los sufridos contribuyentes españoles. Rectificar es de sabios, pero perseverar en el error, aunque sea parcialmente, es síntoma de necedad.

Así, años más tarde congenió con el partido socialdemócrata que fundó Francisco Fernández Ordóñez, poco antes de unirse a la UCD de Adolfo Suárez. Hasta el propio Montoro admite en privado que fue un "rojo desteñido" en los tiempos de la Transición. "Desteñido", quizás, pero "rojo" al fin y al cabo. Por ello, su pensamiento político se caracteriza, sobre todo, por tener una "deriva social de primer orden", según señala su círculo más cercano. Montoro considera que “lo social ni es ni puede ser patrimonio exclusivo de los partidos de izquierda”. ¡Y tanto! Basta observar su desempeño al frente de Hacienda para percatarse de que el PP, gracias a él y a la inefable dirección de Rajoy, ha logrado adelantar por la izquierda tanto al PSOE como, incluso, a IU. Ni en sus sueños más húmedos habrían ideado los progres una confiscación tributaria como la orquestada por el ministro.

Así, mientras que el Gobierno del PSOE elevó la presión fiscal en 20.000 millones en 2010 y 2011, el PP la ha disparado en 31.000 millones entre 2012 y 2014. También ha sido el PP, no el PSOE, el que ha castigado a las empresas españolas con la mayor subida de impuestos de Europa; y a los trabajadores con el mayor aumento fiscal de la OCDE, hasta el punto de que los mileuristas españoles pagan ya más IRPF que alemanes y franceses; y a los autónomos los ha machacado con un histórico incremento del 20% en sus cuotas a la Seguridad Social. Por no hablar de los aberrantes abusos y la elevada inseguridad jurídica que ha propiciado Montoro en su guerra abierta contra el fraude fiscal. Su único objetivo al respecto ha sido recaudar lo máximo posible, al coste que sea necesario, sin importar el brutal daño infligido a familias y empresas. Todo con tal de mantener el sobredimensionado e insostenible aparato estatal en pie.

De ahí, precisamente, su rotundo fracaso a la hora de equilibrar las cuentas públicas. En esto, el PP tampoco se ha diferenciado un ápice del PSOE. España sigue registrando un déficit próximo al 7% del PIB, el mayor descuadre fiscal de la Zona Euro, mientras que la deuda pública ya supera el 94%, su nivel más alto desde 1909, y avanza sin remedio hacia el umbral del 100%. ¿Recortes? ¿Contención? ¿Ahorro?… ¿Dónde? Si el capital extranjero ha rebajado la tensión sobre el mercado de deuda española no ha sido gracias al ridículo plan de ajuste del Gobierno popular sino a la promesa lanzada por el presidente del BCE, Mario Draghi, a mediados de 2012, con su ya célebre "haré lo que sea necesario" para salvar el euro. Traducción: compraré toda la deuda española e italiana que haga falta para evitar la quiebra de ambos países.

Ahora, a la vista de su evolución ideológica, se entiende mucho mejor el antes y después de Montoro en materia de impuestos tras ser nombrado ministro de Hacienda. El auténtico Montoro, el de verdad, es el actual. El otro, el que defendía bajar impuestos y reducir gasto público para impulsar la recuperación, hablaba por boca del político obediente que asume a pies juntillas y sin rechistar el postulado que en cada momento convenga electoralmente a su partido. "Montoro, creo que te has convertido en un socialdemócrata", advertía Esperanza Aguirre para expresar su total rechazo a las numerosas y constantes subidas de impuestos aprobadas por el ministro. Se equivocaba usted, doña Esperanza: Montoro nunca ha dejado de ser un rojo descafeinado… o no tanto.

Oligarquía de élites destructivas

Existe una ley universal que aplica a la organización de las sociedades humanas, que se denomina ley de hierro de las oligarquías. En cualquier colectivo humano, surge un grupo de personas que lidera la toma de decisiones, lo que se puede comprobar tanto al observar grupos de amigos, equipos deportivos, asociaciones o empresas como al estudiar antropológicamente aldeas, tribus, pueblos, ciudades, regiones o naciones históricas. 

1. Oligarquía de élites inclusivas

Una oligarquía de élites "inclusivas" se constituye cuando las autoridades dotan de triple seguridad (exterior, interior y jurídica) a un territorio y coexisten con un marco institucional que permite un Estado de Derecho, digno de tal nombre, porque protege los derechos individuales de los ciudadanos a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad de trato ante la Ley.

Obviamente, una oligarquía de élites "inclusivas" coexiste siempre con la dispersión pluralista del poder, que se puede alcanzar por medio de elecciones libres y directas, siempre que no sean meramente testimoniales y eternicen en los cargos a los mismo personajes, sino que renueven periódicamente las instituciones y, especialmente, los poderes ejecutivo [1], legislativo [2] y judicial [3][4], que es lo que ayuda a que la democracia (o poder del pueblo) no quede secuestrada por una oligarquía liberticida.

De hecho, sólo si arraigan la separación "real" de poderes y la independencia de jueces y tribunales, como características institucionales de una sociedad abierta,se puede realizar una defensa eficiente de los derechos y libertades de los ciudadanos.

Una oligarquía de élites "inclusivas" se identifica fácilmente en un país, cuando el Estado es mínimo o limitado en su tamaño y sus actuaciones y, por tanto, cuando el ejercicio del Gobierno queda sujeto al control de la población e impera un Estado de Derecho. 

2. Oligarquía de élites extractivas

Cuando el tamaño del Estado aumenta, también crece el poder de las oligarquías y se incrementan las restricciones del orden político sobre el orden de mercado, por lo que se extiende la solución estatista hacia más parcelas privadas de la vida.

La oligarquía de élites "extractivas" emerge con el aumento del tamaño del Estado por medio de legislación liberticida, impuestos y endeudamientos crecientes, y alteración del valor del dinero, ampliando sus propios privilegios y prebendas.

La oligarquía de élites "extractivas" se constituye como una casta cerrada de grupos y círculos de poder, vedados al resto de la población, desde donde se legislan todos los aspectos de la vida de los ciudadanos y se redistribuye la riqueza privada hacia grupos organizados de redes clientelares (partidos políticos, fundaciones, asociaciones, sindicatos, patronales y lobbies empresariales).

La oligarquía de élites "extractivas" expolia el presupuesto público con excusas ideológicas que permiten la depredación de los fondos públicos mediante eslóganes y consignas como el interés general, el bienestar común, la justicia social, la lucha contra la pobreza, la lucha contra el cambio climático, el derecho a decidir, la lucha contra el enemigo interior o exterior…

Una oligarquía de élites "extractivas" queda plenamente identificada, cuando se observa un Estado Minotauro con untamaño de Estado cercano o superior al 50% del PIB y, también, cuando el ejercicio del Gobierno no queda sujeto al estricto cumplimiento de una Ley respetuosa con derechos civiles.

Entonces, el atropello de los derechos individuales, la prevaricación, el cohecho, la malversación de caudales públicos y la corrupción se generalizan y quedan impunes los delitos políticos y económicos.

A los ciudadanos se les aplican las leyes y normas de manera implacable. Sin embargo, los gobernantes y los grupos de medradores cercanos al poder (partidos políticos, fundaciones, sindicatos, patronales y grandes empresas) evaden el cumplimiento de la Ley y la acción de la Justicia. Los delitos políticos no se investigan y se dejan prescribir. Las condenas se reducen e incluso se liberan asesinos y terroristas por supuestas "razones de Estado". 

3. Oligarquía de élites destructivas

Cuando se generalizan el incumplimiento de la Ley, el relativismo y la ausencia de moral, las oligarquías de élites extractivas se convierten también en destructoras del orden político vigente.

Entonces podemos hablar de oligarquías de élites "destructivas" que surgen con la transformación del Estado Minotauro en un Estado Hidra, formado por la acción de múltiples administraciones intervencionistas; actuando al servicio de diferentes clanes políticos que se enfrentan y acuerdan el reparto del poder político.

Por analogía con la mitología griega, el Estado Hidra es guardián del inframundo en donde no se respetan los derechos individuales de los ciudadanos. El Estado Hidra es un monstruo con un tamaño cercano o superior al 50% del PIB pero, a diferencia del Estado Minotauro, con un número variable de cabezas o Estados-Administración que van desde tres, cinco o nueve hasta cien.

Una oligarquía de élites "destructivas" queda identificada, cuando deja de cumplirse la Ley en las regiones dentro del territorio que abarca el Estado Hidra y, por ejemplo, se producen intentos de separación política por asunción de competencias sin límites en 17 mini-Estados (o Reinos de Taifa o Autonomías), como ocurre en España.

Las oligarquías de élites "destructivas" intentan fragmentar aún más el territorio para repartirse políticamente los recursos del Estado Hidra mediante la creación de una nueva patria, una nueva nación o, como preferían los nacionalsocialistas en la Alemania nazi, un nuevo "Lebensraum", donde seguir medrando económica y políticamente con mayor grado de impunidad, empleando el Estado-Administración como maquinaria legal y técnica para el ejercicio absoluto del poder.

La casta política extractiva utiliza los sentimientos colectivos para crear un tiempo nuevo, construir una nueva legalidad, donde prevalezca la inmoralidad del "Zeitgeist" (o espíritu del tiempo), anulando los derechos individuales de los ciudadanos y defendiendo tan sólo sus propios intereses y utopías como oligarquía.

La población civil queda indefensa ante la acción liberticida de los políticos, y sometida por una maquinaria burocrática y legislativa al servicio de la casta política que controla la administración local o regional del Estado Hidra, porque existe el miedo a la libertad [1] [2] ante la violencia ejercida por el poder político.

Sin embargo, una nación histórica no es una institución baladí, dado que es la esencia que permite la configuración de un orden político estable en un territorio entorno a las diferentes formas de configuración del poder político en las ciudades, los reinos, el imperio o el moderno Estado-nación.

Generación tras generación, se configura una nación histórica con un "ethos" colectivo formado por usos, costumbres y valores, con una forma de sentir la vida y de entender las relaciones sociales y con un carácter propio que se configura a lo largo de la historia. Su influencia es determinante tanto en el orden de mercado como en el orden político (u oligárquico) que gobierna un país.

Inicialmente, una nación histórica o patria está por encima de cualquier oligarquía de élites destructivas, porque aglutina el "ethos" colectivo en relación con: la forma de entender la vida, la familia, la libertad, la propiedad, el comercio, el dinero, la justicia…

Las oligarquías de élites "destructivas" intentan cambiar esas instituciones morales por medio de la legislación positiva, los subsidios y ayudas públicas, y los medios de comunicación que promueven su ingeniería social pero, sin embargo, desatan conflictos sociales a largo plazo que: o bien suponen su endiosamiento y la imposición de una sociedad más cerrada o bien su propio derrocamiento y el arraigo de una sociedad más abierta.

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El marketing y la política, gana Venezuela

Desde hace cuatro días los estudiantes venezolanos se han tirado a la calle a protestar por la situación económica, la falta de libertades y la nefasta gestión del presidente Maduro. Seguir los acontecimientos en las redes sociales, que se anticipan a los medios tradicionales, me ha permitido reflexionar acerca del tema desde muchos puntos de vista. Por ejemplo desde el marketing.

La peligrosísima libertad

Y fue en una red social en la que conocí a Gaby Castellanos, residente en España, venezolana de sangre y corazón y una de las mujeres más premiadas en el mundo del marketing, la publicidad y la comunicación. Para los chavistas, tal y como dejaron bien claro en el medio La Iguana TV, Gaby es un bicho peligroso al servicio del mal. En un artículo publicado el 16 de febrero titulado “Desde Miami y Madrid: Conozca a quienes manejan la guerra mediática en Venezuela” se señala, entre otras personas, a Gaby Castellanos como una mentirosa al servicio de los opositores políticos, una periodista con poca ética, que incita a la violencia desde las redes sociales. Es cierto que Gaby afirmaba, ya en el 2011, que en Venezuela no hay libertad de expresión. Pero eso es un hecho que quienes viven el día a día, sin privilegios, en Caracas, por ejemplo, lo saben bien. Nicolás Maduro ha comprado el silencio de los medios amenazando con retirar las licencias televisivas si no guardaban el debido silencio respecto a sus errores. Así comenzó el presente bloqueo informativo que ha llegado hasta la censura en las redes tratando de evitar que se subieran imágenes a Twitter, etc.

Los defensores de la libertad, entre los cuales conozco alguno que me honra con su amistad, son “apercibidos”, por decirlo de alguna manera, en forma de arrestos, aparentemente sin relación con un acto o declaración política, pero que les deja claro que es mejor ser prudente y elegir dónde se habla y con quién.

Que una persona ajena a la política, con innumerables reconocimientos por su labor en el mundo de la publicidad y el marketing, no solamente en su país sino a nivel internacional, afirme que no hay libertad de expresión en Venezuela, representa una diana en la línea de flotación del mandato de Maduro. En sus tweets denuncia: “No hay papel de baño. No hay leche, ni para los bebés ni de ninguna clase. Si te asaltan y te pegan un balazo no hay con qué curarte en los hospitales, no hay algodón ni bisturí. No puedes salir a la calle con el teléfono en la mano, te matan, ni ir en el coche con la ventanilla bajada, te matan. No hay que tener dinero para que te secuestren, te secuestran a cambio de tarjetas para recargar el teléfono, pero aprovechan y te violan, la vida no vale nada, cero. Y eso es así para cualquier clase social. El gobierno armó a la gente macarra y sacó gente de la cárcel”. No obstante, ofrece una solución, las redes sociales como Twitter, que permiten zafarse de los grilletes estatales: “Recordad que cada uno de vosotros es un medio de comunicación, vuestro celular/móvil, ojos, voz, no lo olvidéis”.

El marketing político venezolano

Pero, además de las llamadas de alerta los mensajes informativos, o de apoyo, o la replicación de mensajes de otros venezolanos desde la calle, Gaby ha propuesto un análisis de marketing político que me ha hecho reflexionar. En su opinión todo es un proceso de cambio comunicacional, social y político en el mundo. De repente, Venezuela, los venezolanos, cayeron en la cuenta de que son el consumidor y reclamaron su soberanía. La marca Maduro, en muy poco tiempo, ha traído pobreza, hambre, falta de libertad, y el pueblo, que creía que estaba al servicio de la marca, al servicio de los Chávez, los Maduro, los Castro o cualquiera que pretenda que el pueblo trabaje para ellos, para su mayor gloria y riqueza, ha descubierto que puede exigir. ¿Qué? Pues al menos que le devuelvan su libertad de expresión, de buscarse la vida honestamente y de vivir en paz.

Para Gaby, el que todo haya estallado ahora tiene que ver con la carencia de liderazgo comunicacional y carisma de Maduro frente a Chávez en términos de marketing y comunicación. Y, le pese a quien le pese, es cierto. Chávez, haciendo las mismas barbaridades, tenía otra entidad, otro carisma y, o era admirado o temido. Pero Maduro no tiene ni eso. Así que un día los estudiantes dijeron “¡Basta!” y los demás venezolanos decidieron apoyarles. Lo que podía haber quedado en una algarada sirvió de palanca para que germine una oportunidad para Venezuela. Otra cosa es qué resulte de todo esto.

Y llevando el análisis de la experta a nuestro país y, por qué no, a los demás países occidentales, me pregunto si el deterioro en términos de marca, comunicación y persuasión, de nuestros políticos, va a ser también aquí, el detonante de un cambio, esperemos que a mejor, de aquellos en cuyas manos, de manera irresponsable desde mi punto de vista, hemos puesto nuestro futuro.

Parasitar a Google es más fácil que readaptarse

Los hubo –y, aún peor, los sigue habiendo– que a la desesperada buscaron justificar el sesgo marcadamente antiliberal de este gobierno apelando a las urgencias de la crisis: sí, el PP nos machaca a impuestos mientras mantiene unos niveles hipertrofiados de gasto público, pero lo hace para estabilizar la economía al tiempo que restablece la credibilidad exterior de España. Desde luego, como nos recordara Esopo en su fábula del lobo y el corderoquien busca hacer el mal siempre encuentra algún motivo: y el PP es experto en encontrarlos, por ridículos que puedan parecer.

El último ha venido de la mano de la nueva Ley de Propiedad Intelectual, la cual obligará a los agregadores de contenidos en internet a pasar por la infame caja de las entidades de gestión de derechos –tipo Cedro o Sgae– para repartir la mordida entre los generadores de contenidos. O por expresarlo de un modo más clarificador: el gobierno, valiéndose de un lobista grupo de publicanos privatizados, esquilmará a Google por tener éxito para así sanear a los deficitarios medios de comunicación tradicionales por no tenerlo.

De entrada, el mismo concepto de propiedad intelectual resulta harto discutible. La propiedad surge sobre aquellos recursos que son escasos y sobre los que, por tanto, no caben usos rivales; es decir, la propiedad privada es una norma dirigida a resolver los conflictos que naturalmente emergerían cuando dos o más individuos pretendieran emplear de maneras divergentes un mismo objeto ("el propietario del objeto lo puede usar y el resto de personas no, salvo que el propietario lo consienta"). Sobre las ideas caben multitud de usos simultáneos no excluyentes, de manera que emplear el sintagma propiedad intelectual no parece muy adecuado: más bien deberíamos respetar su naturaleza y sus orígenes históricos hablando de monopolio intelectual otorgado por el Estado (y cuya justificación pivota sobre el empíricamente inexistente incentivo que supone para la creación de nuevas ideas).

Mas no se trata de reflexionar aquí sobre la legitimidad y conveniencia de la mal llamada "propiedad intelectual". Al contrario, se trata de poner de manifiesto que, aun aceptando la validez de este constructo, la nueva legislación gubernamental supone todo un ataque contra las libertades individuales. A la postre, si uno fuera verdaderamente propietario de los contenidos que genera, lo único que tendría que hacer cuando aprecia una ilícita reproducción de los mismos por parte de Google News es negociar con Google (con o sin tribunales de por medio): si uno deseara que este muy visitado agregador de contenidos no multiplicara el tráfico de visitas de su información, tan sólo necesitaría solicitar a la compañía estadounidense que dejara de enlazarle.

Pero hete aquí que los medios de comunicación tradicionales no pretenden bajo ningún concepto que Google News deje de enlazarlos (al contrario, cuanto más destacados aparezcan sus enlaces, mejor): quieren que Google los enlace y que además les pague un canon por hacerlo. Es decir, no sólo desean parasitar a Google News aprovechándose del tráfico que éste les proporciona, sino que además desean cobrarle por ese valiosísimo servicio que gratuitamente les presta. ¿Se imaginan a un escritor exigiéndole una regalía al New York Times después de que su obra apareciera en la lista de libros más vendidos? Ridículo. Pues esto, justamente, es lo que venían reclamando desde hace tiempo los generadores de contenidos en España.

Y finalmente lo han conseguido de las manos de este liberticida gobierno: la nueva Ley de Propiedad Intelectual, lejos de permitir que Google News simplemente deje de enlazar aquellos contenidos que se sientan injustamente explotados por la multinacional americana, obliga a Google a pagar por ellos a las entidades de gestión. Aun cuando el propietario intelectual de alguno de esos contenidos deseara regalárselo a Google, no podría hacerlo. Maravillosa propiedad ésa sobre la que no puedo disponer.

Sucede que disponer de la propiedad intelectual no es el auténtico objetivo de la ley, sino asegurar el sangrado de Google en privativo beneficio de aquellos medios que no han sido capaces de adaptarse a los nuevos tiempos. Los medios de comunicación tradicionales provienen de una época donde la generación de información era una actividad de enorme valor añadido: había pocos productores y, por tanto, esos pocos se repartían cómodamente la tarta de los consumidores de información; tiempos felices donde las estructuras de costes disparatadas (por ejemplo, altas remuneraciones a ciertos periodistas y cuadros intermedios) eran respaldadas por los grandes beneficios que eran capaces de generar.

Pero internet ha comoditizado la información: los generadores de la misma han dejado de ser un restringido sanedrín alfabetizado para abarcar a casi toda la sociedad, de modo que los servicios que se han revalorizado en los últimos años son aquellos que se encargan de clasificar las variadísimas fuentes de información, esto es, los agregadores como Google News. Los agregadores ponen orden a la marabunta informativa de internet y permiten centralizar con flexibilidad –esto es, sin costosas estructuras contractuales y jerárquicas– todo el conocimiento que se produce dispersamente en la red. Gracias a ello, el periodista independiente no se halla en desventaja frente al periodista inserto en una redacción, pues de facto los agregadores permiten que el lector se componga dinámicamente sus propias redacciones de generadores de información (para el periodismo, Twitter es justamente eso).

En ese nuevo contexto, son obvias las dos cuestiones que deberían haberse planteado los medios de comunicación tradicionales: primera, ¿cuál es mi valor diferencial –mi ventaja competitiva– frente al resto de generadores de información?; segunda, ese valor diferencial, ¿es lo suficientemente grande como para compensar mi gigantesco diferencial en la estructura de costes? Y la respuesta en el caso de los medios españoles tradicionales siempre fue un gigantesco no. Reacios a readaptarse como sí han sabido hacer muchos digitales –ajustando costes y mejorando su calidad diferencial–, han preferido parasitar a la innovación disruptiva que supuso su puntilla: el agregador de Google News.

Los grupos organizados –los lobbies– vuelven a derrotar a los grupos desorganizados: los que han dejado de generar valor para el consumidor se apropiarán de parte de las rentas de aquellos que sí han sabido seguir generándolo. Una victoria de la coacción sobre la libertad, de la mediocridad sobre la excelencia, que habría resultado imposible sin el respaldo de un gobierno que jamás ha creído en el libre mercado y que siempre ha preferido chapotear en las corruptibles aguas del corporativismo pleistocénico. Google no será perseguido porque viole derecho de propiedad alguno de los generadores de información, sino simplemente porque, resumiendo la filosofía de todo atracador a lo Willie Sutton, "ahí es donde está el dinero"; el dinero que los inadaptados medios tradicionales necesitan para mantenerse en pie a costa del resto de la sociedad.

El dóberman y la Casa Blanca

Barack Obama quiere modificar la política de Estados Unidos hacia Cuba. No es una prioridad, así que no le dedicará demasiado esfuerzo, pero algo intentará hacer si no encuentra demasiada resistencia en el camino.

¿Qué se propone? Tal vez inaugurar un periodo de benigna negligencia. Ignorar lo que sucede en Cuba, incluidas las quejas de las víctimas, y cancelar toda muestra de hostilidad anticastrista. Al fin y al cabo, Obama ni siquiera había nacido cuando comenzó este disparate.

¿Persistirá Obama en el empeño? Probablemente descubrirá que no vale la pena. Los atropellos ocurren muy cerca de Estados Unidos para poder mirar en otra dirección. Antes lo intentaron Gerald Ford, Jimmy Carter y Bill Clinton, pero sin éxito. La conducta de la dictadura siempre acaba por impedirlo. La Habana no puede evitarlo. Es como los dóberman. Morder está en su naturaleza.

Ahora mismo, hay una feroz ola represiva que puede verse en YouTube gracias a los teléfonos celulares y a las denuncias de personas como Yoani Sánchez. Golpean salvajemente a los demócratas de la oposición que protestan, sean hombres, mujeres o niños. El legendario Jorge Luis García (Antúnez) ha recibido su enésima paliza y ha comenzado su enésima huelga de hambre. Al músico Gorki, que es valiente como las Pussy Riots, sin una Madonna que lo defienda, han vuelto a encarcelarlo por sus canciones irreverentes.

¿Cuáles son las medidas de gobierno que Obama quiere eliminar o modificar?

La política norteamericana hacia Cuba tiene tres pilares desde hace medio siglo: propaganda anticastrista, restricciones económicas (el embargo) y aislamiento diplomático. A partir de Lyndon B. Johnson la intención ya no era matar al dóberman, sino sujetarlo y ponerle un bozal.

Pero la URSS desapareció y el comunismo se desacreditó como forma de gobierno, aunque Cuba, Corea del Norte y otros enclaves indiferentes a la realidad se mantuvieron tercamente aferrados al error y al poder gracias a la autoridad ilimitada que ejercían sus caudillos.

En Cuba siguen las mismas caras, los mismos policías y los mismos calabozos. Sin embargo, la contención ante la Isla fue perdiendo fuelle poco a poco. Desde la perspectiva de Washington, el régimen de La Habana era un borroso anacronismo. Una reliquia absurda de la Guerra Fría que se iría desmoronando en la medida en que pasara el tiempo.

Desde la perspectiva cubana, la visión era otra. Para Raúl, la reliquia no era su régimen arcaico, sino la política norteamericana que lo adversaba. Quienes tenían que cambiar eran los norteamericanos, no ellos. Sólo que, para lograr modificar la conducta de Washington, era indispensable aparentar que el régimen se transformaba.

¿Cómo lo hicieron? Montaron una ofensiva en el mundillo académico y periodístico auxiliados por sus amigos de The Nation. Con la punta de lanza de Mariela Castro (la risueña hija sexóloga del dictador) y una hábil campaña a favor de los derechos de la comunidad LGBT (pese a la larga y cruel historia homofóbica de los Castro y su régimen), lograron forjar una alianza entre intereses económicos de la derecha, el sector más radical del partido demócrata y algunos thinktanks y departamentos universitarios de estudios latinoamericanos de esa cuerda. Todo fue secretamente orquestado por el aparato de inteligencia cubano y su departamento de medidas activas. Son grandes e incansables operadores políticos.

Simultáneamente, Raúl Castro anunció a bombo y platillo una serie de reformas que daban la falsa sensación de que la Isla se movía en dirección de la libertad. No era cierto. Raúl no quiere cambiar nada fundamental. Sólo trata de modificar el modo de producción para hacerlo menos irracional. Su propósito es mantener el mismo sistema de opresión. Es el mismo dóberman con distinto collar.

Más grave aún, mientras Raúl ensaya su expresión más inocente de reformista, sin dejar de apalear y encarcelar a la oposición, vende y exporta su modelo represivo a países como Venezuela, Bolivia y (en menor grado) Ecuador. La tutoría dictatorial para mantenerse en el poder indefinidamente es la única mercancía que le queda en sus tristes anaqueles al socialismo real cubano.

¿Logrará esta vez la dictadura cubana desarmar a Washington sin hacer concesiones? No lo creo.

Los tres senadores cubanoamericanos (el demócrata Bob Menéndez y los republicanos Marco Rubio y Ted Cruz) están de acuerdo en mantener las sanciones mientras la dictadura no respete los derechos humanos. Los cuatro congresistas de esa etnia coinciden (los republicanos Ileana Ros-Lehtinen y Mario Díaz Balart y los demócratas Joe García y Albio Sires).

Es difícil saltarse a un caucus bipartidista dotado de ese peso específico. Obama tirará la toalla.

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