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Sigamos defendiendo la libertad en 2014

Suele decirse que el fin de año es un buen momento para hacer balance de lo acontecido en los doce meses precedentes con el sano propósito de corregir errores y de reforzar aciertos ante la entrada de la nueva docena.

Desde luego, no ha sido un mal año para el Instituto Juan de Mariana: en nuestra Cena de la Libertad tuvimos la enorme alegría de premiar a uno de los más reconocidos exponentes del liberalismo español, D. Carlos Rodríguez Braun; celebramos nuestro sexto Congreso de Economía Austriaca cuyas ponencias, por primera vez, aparecerán próximamente editadas en forma de revista digital; la asistencia a nuestra octava Universidad de Verano en Lanzarote desbordó incluso los muy notables récords del año pasado; organizamos en nuestra sede más de 35 conferencias (prácticamente una cada sábado) que en su mayoría fueron retransmitidas vía streaming y grabadas para la posteridad; contamos con cuatro conferencias magistrales de primer nivel, de la mano de David Friedman, Hans-Hermann Hoppe, Anthony de Jasay y George Selgin; participamos en la organización de las VIII Jornadas de Pensamiento Económico con la Universidad Católica de Ávila; celebramos dos seminarios intensivos de formación –uno sobre teoría monetaria con Antal Fekete, el otro sobre los fundamentos físicos, biológicos y evolutivos de las ciencias humanas, gracias a Francisco Capella; publicamos centenares de artículos en casi todos los medios de comunicación nacionales y acudimos al King’s College de Madrid para ofrecer a sus alumnos una jornada de formación en las ideas liberales. Y no olvidemos que nada más comenzar este nuevo año disfrutaremos de un prometedor seminario intensivo con Jörg Guido Hülsmann en Benidorm.

El catálogo de actividades no ha sido ciertamente escaso gracias al entusiasta trabajo del equipo que integra el Instituto y al invaluable apoyo que nos brindan nuestros colaboradores, miembros y benefactores. Sin embargo, cuando uno echa una mirada, siquiera de soslayo, a nuestra sociedad, comprende que es necesario hacer más, mucho más. Las libertades, no sólo las económicas, no están avanzando, sino más bien retrocediendo en nuestro país: el populismo estatista de unos ha envalentonado la radicalidad liberticida de otros y las amenazas, consumadas o amagadas, no dejan de extenderse. Atendiendo al panorama, uno pensaría que el liberalismo está perdiendo la batalla ideológica en España y que todo el trabajo anterior está cayendo en saco roto. Mas, a mi entender, éste sería un juicio demasiado tremendista.

Por un lado, es evidente que los liberales seguimos siendo fundamentalmente irrelevantes dentro del panorama español, a pesar de que la hinchada intervencionista afirme creerse a pies juntillas que manejamos el mundo a través de una enmarañada red secreta de sociedades pantalla que controlan gobiernos, multinacionales, logias y religiones varias. Pero, por otro, la defensa de la libertad es, en el fondo, una inversión que proporciona sus frutos en el muy largo plazo: lo que el liberalismo tiene de revolucionario no es la acción política directa y devastadora, sino la diseminación social de unas ideas y de unos valores que reemplacen gradualmente la coacción por la voluntariedad como núcleo de las relaciones humanas. Son, pues, esas ideas y esos valores verdaderamente revolucionarios los que, conforme van calando dentro de una comunidad, terminan socavando el lucrativo y complaciente statu quo del establishment extractivo e imponiendo límites institucionales a la coerción estatal.

Esa es justo la tarea a la que el Instituto Juan de Mariana se ha dedicado desde el primer momento de su creación, hace ya ocho años. La tarea a la que nos vamos a seguir dedicando con todas nuestras energías en 2014 y para la que esperamos continuar contando con vuestro indispensable apoyo. Porque si aspiramos a que España tenga un futuro mejor no dentro de unos meses, ni siquiera dentro de unos años, sino al cabo de varias décadas, es ahora cuando debemos plantar con energía y determinación las subversivas semillas de la libertad.

Brindemos, pues, por un 2014 cargado de oportunidades para seguir defendiendo sin pausa, sin cortapisas y sin ambigüedades los principios sobre los que se asientan las sociedades libres y prósperas. Esos principios tan violentados en la España actual.

Sobre la paradoja del valor

¿Por qué los alimentos o el agua, siendo vitales para el ser humano, valen menos que los diamantes o el oro? Se trata de una cuestión clásica que se ha denominado "la paradoja del valor".

En efecto, la paradoja del valor (o paradoja de los diamantes y el agua) es una paradoja dentro de la economía clásica que expresa que, aunque el agua es más vital para el ser humano que los diamantes, éstos tienen un precio mucho más alto en el mercado. Adam Smith menciona la paradoja en La riqueza de las Naciones. De todas formas, Adam Smith no fue el primero en notar la paradoja. Nicolás Copérnico, John Locke, John Law y otros habían intentado explicar la disparidad en el valor entre el agua y los diamantes. Esta paradoja fue solucionada por Carl Menger (padre de la escuela austríaca), Jevons y Walras casi simultáneamente.

Veamos. El valor de un bien (utilidad) es la apreciación subjetiva más o menos intensa que el actor da al medio que piensa que servirá para satisfacer un fin. Conforme el fin tenga más importancia, el valor del medio será más alto. El hombre al actuar decide entre las diversas posibilidades ofrecidas a su elección. La discriminación es inherente a la acción humana porque los medios son escasos. Habrá, por tanto, un proceso de elección, ya que el actor preferirá una opción a las demás dependiendo de su escala valorativa. Decía Mises que cuando el hombre actúa se representa mentalmente una escala de necesidades o valoraciones con arreglo a la cual ordena su proceder. 

El valor de los bienes en esta escala valorativa no depende de su valor vital, sino de la utilidad de una determinada cantidad de bien. El ser humano no toma decisiones en términos generales/globales (toda el agua frente a todos los diamantes), sino que según el contexto de acción en que se encuentre, las decisiones se efectúan en base a unidades relevantes de bien perfectamente intercambiables para ese contexto en el que se esté implicado. No suele ser común que la unidad relevante sea toda el agua o todos los diamantes del mundo. 

Pongamos un ejemplo. Imaginamos a una persona que está en un desierto a punto de morir de sed y de insolación. Su escala valorativa sería la siguiente: 

(1) 1º vaso de agua (para sobrevivir)

(2) sombrero (evitar la insolación)

(3) 1º racimo de dátiles

(4) 2º vaso de agua

(5) 2º racimo de dátiles

(6) 3º vaso de agua

En este contexto, la unidad relevante es un vaso de agua, no toda el agua del mundo. Y toma decisiones enfrentando un vaso de agua más o menos frente a un racimo de dátiles más o menos y un sombrero.

Pues bien, el criterio por el que se asigna valor a un bien concreto está determinado por la importancia que tienen las necesidades de más baja prioridad que ese bien puede satisfacer con la cantidad disponible. Es decir, el valor de un bien será el valor de la menos importante de las necesidades que asegura ese bien. Dicho de otra manera, el valor de cada una de las unidades relevantes perfectamente intercambiables vendrá determinado por el valor que tenga la última unidad relevante de bien en la escala valorativa. A esta utilidad se la denomina utilidad marginal, porque está "en el margen" de la escala valorativa. Es a este nivel de importancia que la persona valora la disponibilidad de un bien, aunque ese mismo bien pueda satisfacer necesidades de mayor importancia. Es de esta manera que Menger solucionó la paradoja del valor al introducir la utilidad marginal.

En el ejemplo anterior, cada vaso de agua tiene la importancia del tercer vaso de agua. Es el tercer vaso de agua el que determina el valor de todos los demás, y no el primero. Si pierde un vaso de agua habrá perdido el 6º fin/satisfacción, no el primero (no morir de sed). Por tanto, si tiene que elegir entre perder un vaso de agua o los dátiles, preferirá perder el vaso de agua, porque es el último fin dentro de su escala valorativa. Sólo decidirá no perder el agua si el dilema es quedarse con toda el agua y con todos los dátiles.

Vemos que cuanto mayor sea la cantidad de que dispongamos de un bien tanto menor será el placer que nos produzca cada unidad y tanto más bajo será también el lugar que ocupe dicho bien en nuestra escala de valores. El valor de la unidad marginal es cada vez menor, debido a que se asigna a un fin que también se valora cada vez menos. La ley de la utilidad marginal es decreciente.

Además, la caída o descenso de la utilidad marginal es más pronunciada cuanto más vital y urgente es un bien. La necesidad de estos bienes (agua y comida) es muy poco elástica, llegando relativamente rápido a la saturación.

Resumiendo. El valor que otorgamos al agua no está determinado por la utilidad de un vaso de agua que nos salvaría la vida (utilidad infinitamente grande como es lógico), sino por la utilidad del agua que empleamos para bañarnos, por ejemplo. Por eso valoramos más el oro y los diamantes que el agua, porque existe tal cantidad de agua que podemos satisfacer necesidades de muy escaso valor para nuestro bienestar, como regar las flores o tirarnos globos de agua.

Montoro celebra los dos años del rejonazo fiscal

Reconoce Montoro algo que, a estas alturas de esta terrorífica película, no debería sorprender a nadie: la próxima reforma fiscal no irá dirigida a bajar impuestos sino a subirlos. En contra de lo que nos prometieron cuando nos propinaron una profunda estocada fiscal que dejó, en aquel momento, a Cayo Lara a la altura de un izquierdista moderado, Montoro no tiene el menor propósito de suprimir ese socialdemócrata "recargo extraordinario de solidaridad" que llevó los tipos sobre la renta españoles a los niveles más altos del mundo. Al revés: su objetivo declarado es camuflarlo para consolidarlo; convertir la anormalidad fiscal en un imperceptible saqueo penumbroso.

"Me permitirán que trate de recaudar más", sentencia el ministro de Hacienda que más ha hecho por ahogar fiscalmente a los españoles. Todavía más, debería haber añadido. Eso sí, amablemente nos aclara que su ilimitada voracidad tributaria responde a un sano propósito: reducir el déficit público para consolidar la recuperación. Lo dice al mismo tiempo que declara finiquitada la austeridad verdaderamente sana (la consistente en reducir gastos) y el mismo día en que la Intervención General de la Administración del Estado ha retratado sus auténticos planes: hasta noviembre de 2013, la recaudación del Gobierno central había crecido casi un 7% con respecto a 2012, mientras que el déficit se expandía en más de un 8%. ¿La razón? El gasto público que recae bajo el control directo de Montoro se ha disparado por encima de los niveles alcanzados en 2012 e incluso en el zapateril 2011.

He ahí, pues, el auténtico motivo por el que Montoro ambiciona más recaudación: para poder gastar más. Toda vez que el PP renunció a pinchar la burbuja estatal, la única alternativa para costear nuestro Estado sobredimensionado pasaba por instituir un infierno fiscal; tarea a la que el titular de Hacienda se ha dedicado en cuerpo y alma, aun cuando ello implique incurrir en flagrantes y desvergonzadas contradicciones.

Comparen, si no, estas dos declaraciones del ministro de Hacienda, separadas apenas por unos meses. En materia fiscal, insiste en que la crisis hace inexorable la subida de impuestos: "Estamos en crisis y los ciudadanos y contribuyentes de más capacidad económica y las empresas con más capacidad económica van a contribuir comparativamente más. Eso, vaya por delante, que estamos en crisis. Que quede claro, porque si no, esto no encaja". En materia propagandística, pregona la conclusión de la crisis: "Este año [2013] será el último de crisis económica". ¿Seguimos en crisis para continuar incrementando los impuestos pero ya hemos salido de ella cuando se trata de entrar en precampaña electoral? Broteverdismo asimétrico.

El descaro de Montoro no termina aquí. Tratando de hacer un guiño al público liberal, al que debe de reputar como hondamente iletrado, el titular de Hacienda proclama: "Milton Friedman, antes de ser el gran monetarista y liberal de nuestro tiempo, fue la persona que reformó el impuesto sobre la renta norteamericano para introducir un impuesto progresivo. Por tanto, hasta Friedman promovió un sistema más recaudatorio a través de la progresividad fiscal. Y a mí, que soy mucho más modesto, también me permitirán que trate de recaudar más, porque si no, este país nunca saldrá de la crisis".

Como suele suceder con Montoro, resulta difícil deslindar la ignorancia del embuste, pero lo intentaremos.

Primero, el impuesto sobre la renta estadounidense ya nació siendo progresivo en 1913, momento en el que Friedman contaba con un añazo de edad. Segundo, Friedman defendió en Capitalismo y Libertad (1962) un impuesto de tipo único sobre la renta: "La estructura ideal del impuesto sobre la renta parece ser la de un tipo único a partir de un mínimo exento". Tercero, lo que Friedman sí contribuyó a implantar durante la II Guerra Mundial fueron las retenciones sobre la renta (supongo que un catedrático de Hacienda como Montoro sabrá distinguir entre retenciones y progresividad), una calamidad estatista por la que, por cierto, terminó pidiendo perdón: "[Cuando ayudé a crear las retenciones sobre la renta] nunca se me ocurrió que estuviera ayudando a construir una maquinaria que haría viable un Gobierno como el que tantas veces he criticado: demasiado grande, demasiado intrusivo, demasiado destructivo de la libertad. Pero eso era precisamente lo que estaba haciendo". Y, por último, se me antoja complicado que el responsable de que se hayan subido más de 30 veces los impuestos en España se intente acercar mínimamente a un liberal que, si bien cometió muchos fallos a lo largo de su vida, al menos tenía los principios tributarios bastante claros: "Estoy a favor de recortar impuestos bajo todas las circunstancias y por cualquier razón imaginable, porque creo que el problema no es la falta de tributación: el gran problema es el excesivo gasto". Calcado a Montoro, vaya.

En definitiva, el ministro de Hacienda ha querido celebrar el segundo aniversario de aquel infausto Consejo de Ministros del 30 de diciembre de 2011 –el del solidario rejonazo fiscal– recuperando su esencia espiritual: anunciar nuevas subidas de impuestos envueltas en el engaño sistemático.

2014, ¿recuperación o estancamiento?

En su particular balance del ejercicio que está a punto de concluir, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, afirmó el pasado viernes que si 2012 fue el año de los ajustes y 2013 el de las reformas, 2014 marcará el inicio de la recuperación económica. Por desgracia, ninguno de estos tres postulados se sustenta sobre bases sólidas. Frente a la tan manida austeridad que insiste en pregonar el PP y, por desgracia, pretende condenar el conjunto de la oposición, lo cierto es que el Estado gastará el próximo año casi 355.000 millones de euros -sin contar la refinanciación de deuda-, unos 63.000 millones más que en 2007, cuando España experimentaba los últimos coletazos del espejismo económico derivado de la burbuja crediticia. Es decir, los famosos recortes, en realidad, se han traducido en un aumento del gasto estatal próximo al 22% durante la crisis, muy similar al incremento presupuestario que han registrado las comunidades autónomas.

En cuanto a las reformas, es cierto que el Gobierno ha aprobado un ingente número de nuevas normas y enrevesadas regulaciones durante los dos últimos años, pero, una vez más, este intenso esfuerzo legislativo no se ha traducido en grandes cambios, capaces de convertir España en un lugar idóneo para atraer capital foráneo y desarrollar una fructífera actividad empresarial, factores clave para impulsar un crecimiento sólido con el que reducir de forma rápida la insostenible tasa de paro actual. La reforma laboral de 2012 supuso un indudable avance con respecto al rígido marco previo, auténtico culpable de la histórica destrucción de empleo padecida durante la crisis, pero sigue siendo insuficiente para solventar el drama del paro; la reforma financiera ha apuntalado parcialmente la solvencia de las cajas de ahorros, pero a costa del bolsillo de los contribuyentes, convirtiendo deuda privada incobrable en más deuda pública; la reforma energética ha sido una chapuza, cuya factura seguirá reflejándose en una luz cada vez más cara, con la consiguiente pérdida de competitividad económica; o qué decir de la tan cacareada reforma de las Administraciones Públicas, convertida en papel mojado antes incluso de empezar a aplicarse, por poner tan sólo algunos ejemplos. El dato más relevante en esta materia es que España, lejos de registrar una mayor libertad económica, se ha desplomado seis puestos en el último ranking mundial de facilidad para hacer negocios, hasta la posición 52, a la altura de Túnez y México. De hecho, es uno de los países de la OCDE que ha sufrido un mayor deterioro en su clima empresarial en el último año, debido, sobre todo, a la confiscatoria política fiscal desarrollada por el PP, ya que en materia de impuestos España cae de golpe 34 puestos.

Así pues, ni austeridad ni reformas. Tampoco recuperación. La economía nacional ha salido de la recesión, al igual que sucedió en 2010, pero ello no significa que vuelva a crecer a un ritmo lo suficientemente fuerte y estable como para regresar al nivel previo a la crisis a corto o medio plazo, ni mucho menos. Es posible que el PIB avance un 1% en 2014, incluso que el sector privado comience a crear empleo neto, pero aun así España afronta la recuperación más lenta y frágil del mundo desarrollado. Todo apunta a que registrará un crecimiento muy exiguo y una marginal creación de empleo durante los próximos años, y eso, siempre y cuando no se reproduzca la crisis del euro, con la consiguiente inestabilidad financiera que implicaría, lo cual no se puede descartar en ningún caso. De este modo, más que de recuperación se debería hablar de estancamiento, lo cual es muy distinto.

La razón no es otra que los dos factores citados anteriormente. Por un lado, España sigue contando con un sector público totalmente sobredimensionado, propio de una burbuja económica ya desaparecida, lo cual se traduce en un déficit y una deuda públicos de los mayores del mundo desarrollado, al tiempo que los españoles soportan el mayor esfuerzo fiscal de la Zona Euro. Y, por otro, la libertad económica, clave para poder crecer, sigue siendo una quimera. Con estos mimbres, el cesto, simplemente, no resistirá. No por casualidad, muy pocos reparan en que, si bien la mayoría de empresarios, expertos independientes y organismos internacionales coinciden en que la recuperación avanza en mayor o menor grado, todos ellos insisten de inmediato en que aún queda mucho por hacer. El Gobierno se esfuerza en destacar tan sólo la primera parte del mensaje, pero la que realmente importa es la segunda, ya que si no se acomete lo mucho que queda por hacer, la recuperación acabará esfumándose tarde o temprano.

Prometeo o Epimeteo, la elección primordial de España

Dice la mitología griega que, cuando llegó la hora de la creación de los mortales, los dioses encargaron a dos titanes hermanos, Prometeo y Epimeteo, tal labor. Epimeteo, el que piensa después de actuar, comenzó a distribuir talentos, fortaleza, rapidez, agilidad… entre los animales pero, por su falta de previsión, al llegar a la creación del hombre no habían cualidades para conformarlo. Cuando acudió para supervisar la tarea de su hermano, Prometeo, el que piensa antes de actuar, se dio cuenta del desastre que había provocado Epimeteo y decidió ofrecer al hombre, débil y desvalido, la luz del fuego divino.

El resto de la historia es bien conocida. Prometeo es acusado de robo, condenado y finalmente perdonado por Zeus, quien regaló a los hombres a Pandora, la primera de las mujeres. No es una casualidad que fuera, precisamente, Epimeteo quien aceptara a Pandora y se casara con ella.

La política europea, en general, y la española, en particular, consiste, en el fondo, en una elección entre uno de los dos modelos: Prometeo y Epimeteo, entre actuar y después pensar o, por el contrario, pensar y después actuar

La distribución buenista de Epimeteo

No tenía que ser fácil decidir cuál debía ser la distribución de los dones entre los animales, entre los que está incluido el hombre. De hecho, al parecer, Epimeteo trató de ser justo y al débil le dotó de habilidades para escapar, o de alas, y a los más fuertes les proporcionó un cuerpo grande y robusto que les sirviera, a la vez, de protección. Pero, además de ese buenismo, era necesario tener algo de lo que él más carecía: visión.

De la misma forma, el político, el gestor de dineros ajenos, de cargas y subvenciones, no puede dedicarse a tratar de repartir, con las mejores intenciones, lo que se supone que unos y otros merecen. Porque, si dejamos de lado los casos de individuos más embrutecidos, ¿quién no merece todo? Puestos a decidir, ¿no merecemos todos un cobijo?, ¿un trabajo?, ¿pan en la mesa?, ¿o algo más que pan, una dieta saludable?, ¿educación primaria, secundaria, la que haga falta?, ¿sanidad?, ¿ayuda psicológica?

En tanto que todos somos personas, todos lo merecemos. La cuestión es que la mitología es eso: una leyenda que no existe y que sirve para entender al ser humano, mediante el uso de arquetipos y fantasías.

La cruda realidad es que los dones de los que hablo no son repartidos por los dioses, son financiados gracias al trabajo y el esfuerzo de la población. Así que, antes de actuar sin pensar, como Epimeteo, estaría bien que nuestros gobernantes se plantearan si realmente son ellos los mejores distribuidores. Porque con su buenismo no se ha solucionado mucho en este año pasado.

Que sí, que podemos cantar la oda de los brotes verdes. Ya lo hizo el gobierno anterior. Pero los millones de parados siguen mirando a la cara a quienes deberían estar procurando que se generaran esos puestos de trabajo. No es que el Gobierno deba crearlos, pero sí asegurar un marco adecuado, quitar piedras del camino de los empleadores, piedras que fueron puestas por los mismo gobernantes que, jugando a ser dioses, se pillaron los dedos o, mejor dicho, pillaron el cuello, más que los dedos, de quienes crean riqueza: los empresarios.

El fuego insuficiente de Prometeo

En la historia mitológica, fue Prometeo, el que piensa antes de actuar, a quien se le ocurre hacerse con el fuego y las artes de los dioses, con el objeto de que el hombre, desnudo y desvalido, pudiera sobrevivir. Y así fue. El hombre pudo conseguir alimento, desarrolló las artes y salió adelante. Sin embargo, aquello no fue suficiente. La razón es que los hombres vivían aislados, cualquier intento de vida en comunidad acababa en fracaso, ya que terminaban injuriándose y matándose entre ellos.

Al no ser capaces de vivir juntos, los hombres eran devorados por las bestias, que estaban mejor dotadas que ellos. Por eso Zeus envió a Hermes para que le diera a los hombres los dones del pudor y la justicia, y así hubiera armonía en las ciudades y amistad entre los hombres. Y le ordenó que la distribuyera a todos y que se impusiera esta ley: que todo aquel incapaz de respetar la justicia y el pudor fuera repudiado, como una peste, por la sociedad.

Y esta es la principal lacra de nuestro Occidente tan evolucionado y moderno: falta respeto a la justicia, no hay verdadera rendición de cuentas por aquellos que pervierten las instituciones de justicia y actúan sin pudor (y vergüenza torera).

Nótese que, también en este caso, no es algo que vaya a manar del cielo, nos lo tenemos que ganar a pulso todos, cada uno en su puesto, en su pequeño entorno, repudiando al corrupto, y también frente al poder, denostando a los políticos que se burlan del más preciado don de la civilización.

Impuestos y burocracia, escollos a la recuperación

“The real goal should be reduced government spending, rather than balanced budgets achieved by ever rising tax rates to cover ever rising spending”. Thomas Sowell

Leía esta semana una serie de informes analizando el crecimiento potencial de España y las oportunidades a corto plazo. Me entristecía comprobar que, de todos los países de la OCDE, España es el que muestra una mayor divergencia entre el crecimiento esperado para 2014 (+0,7%) y el potencial (+3% según BBVA, Goldman Sachs y Merrill Lynch). Es el coste de oportunidad de aferrarnos como un clavo ardiendo al modelo de 2004, y esperar que vuelva la orgía de deuda.

Yo estimo un crecimiento para 2014 del 1%, y creación neta de empleo, pero aún muy lejos de dicho potencial. Solamente poniendo la alfombra roja a la creación e implantación de empresas como se hizo en Reino Unido, atraeríamos inversión financiera directa por 50.000 millones y crearíamos muchos más puestos de trabajo netos nuevos. Bajando impuestos a empresas y autónomos, en Reino Unido no solo aumentaron la recaudación en 24.000 millones de libras, sino que se ha reducido el desempleo al 7%… incluso como receptor neto de inmigración. La formula: “Business Is Great” y bajos impuestos. Mientras tanto, en España seguimos intentando cazar unicornios de “recuperar ingresos fiscales” y contarnos que “no tenemos un problema de gastos”.

En el pico absoluto de la burbuja, el país jamás ingresó más de 412.900 millones; sin embargo, gasta unos 70.000 millones más que esa cifra histórica de ingresos que nunca volverán, 30.000 millones incluso sin contar el efecto del coste de la deuda y del rescate bancario.

Lo comento en Viaje a la Libertad Económica. En España, la recaudación tributaria no se ha desplomado por el fraude y la economía sumergida, se ha desplomado por la enorme dependencia del ladrillo, de la burbuja inmobiliaria y de obra civil que suponía casi el 20 % del PIB incluyendo ramificaciones de gasto en telefonía, servicios y energía, con enormes redes y capacidad de generación instalada para una demanda que nunca llegó. Sobrecapacidad de burbuja para sostener el PIB.

Y ese PIB que se ha aumentado artificialmente a base de “estimular la demanda interna” (y fíjense en las consecuencias, 300% de deuda sobre ese PIB “soufflé”), es el mismo que se utiliza para contarnos el cuento de que recaudamos menos que uno u otro país. Hacer ratios sobre un PIB inflado para justificar gastos de burbuja e impuestos confiscatorios. Es el subterfugio de venderme a mí mismo algo que no necesito ni me puedo permitir, por tanto me endeudo, y decir que mi cifra de negocio sube, justificando así unos gastos inaceptables. Y luego decir que esos gastos son “moderados”.

Los Presupuestos Generales de 2014 no corrigen todavía ese problema de gastos que siguen por encima de 2007 mientras la renta disponible de familias y la actividad económica ha caído a niveles de 2004, siendo optimistas. La aristocracia del gasto publico. Y seguimos negando la mayor. Luego le echaremos la culpa a cualquiera de nuestros unicornios favoritos, los mercados, Merkel o quien sea.

Usando datos de los presupuestos generales, seguiremos gastando 10.000 millones en subvenciones; 23.000 millones en “coordinación y relaciones financieras con los entes territoriales”; 690 millones en acción del estado en el exterior; 497 millones en cooperación para el desarrollo (nosotros los ricos, podemos); 131 millones en “difusión cultural en el exterior”; en “administración periférica del estado” 275 millones; en “cobertura informativa”, 55 millones; otros 83 millones en “meteorología” (lo juro); actuaciones para la “prevención del cambio climático”, 42 millones; el gasto en coches oficiales sube un 1,6% hasta 240 millones de nada; la “asistencia sanitaria mutualista de la administración”, paralela a la sanidad publica, otros 2.060 millones. No hay margen.  

Pero el problema es que seguimos sin poner solución a los dos problemas que ponen la zancadilla de la recuperación económica:

– Una fiscalidad del “Sheriff de Nottingham” que se preocupa más por rascar la última moneda disponible del que genere caja para sostener a toda costa unos gastos que ya eran insostenibles en la época de la burbuja, en vez de crear condiciones para que la economía crezca y con ella se generen más ingresos fiscales. Cuando ustedes lean “reforma”, “aumentar las bases imponibles”, “reducir deducciones” lean “subir impuestos". España es el país donde más ha aumentado el esfuerzo fiscal desde 1965 después de Turquía. Cortar las deducciones y demonizar a las grandes empresas es una locura. Hunde la inversión a futuro y pone la zancadilla a esas empresas, que han sostenido empleo y se han convertido en multinacionales en muy poco tiempo y con éxito, generando riqueza para todo el pais. Pero además es un argumento cuestionable que se demonice a las grandes empresas, cuando a la vez defendemos con uñas y dientes el tratamiento de capital de los beneficios fiscales de los bancos ante la Unión europea. Ah, me había olvidado que son los bancos los que se atiborran de deuda soberana.

– Percepción de inseguridad jurídica. Si el entorno impositivo y legal no es claro y predecible, va a ser muy difícil atraer la inversión financiera directa que necesitamos para crear empleo y poner capital en la economía productiva a largo plazo. No para comprar bonos y acciones, sino para invertir en los sectores que nos pueden hacer recuperar el crecimiento real, no inflado con ladrillo. Servicios financieros, sanidad, turismo, tecnología y seguridad, por ejemplo.

– El gasto inútil sostiene una burocracia de “capataz” cuyo objetivo es autojustificarse con trabas y procedimientos ridículos. Les recomiendo leerse las “competencias adicionales” que se les han “concedido” a las diputaciones, por ejemplo. O las subvenciones improductivas. No facilitar y competir para atraer más capital y más empresas. Luego leo cosas como “si el PIB no hubiese caído no tendríamos déficit” o “si no fuera por la crisis”. Como si la crisis fuera un OVNI que cayó del cielo. Entre 2008 y 2011, en el conjunto de la zona euro el gasto público ha crecido casi un 7%, hasta situarse en 4,65 billones de euros. En los países del sur, teóricamente los más afectados por la mal llamada “austeridad”, la evolución es similar: desde 2008, el gasto público en Francia ha crecido un 8,6%; en España, un 4%; en Italia, un 3%; en Portugal, un 7,8%.

Sin embargo, la actividad económica y la renta disponible sí han caído a niveles de 2004. En vez de considerar, como es lógico, que el gasto debe adecuarse al ingreso y que los ciclos económicos de prosperidad siempre han venido desde el ahorro, nos lanzamos a pensar que el problema del gasto excesivo se va a solucionar con más gasto.

Y es que sí, es un problema de gasto cuando los estados consumen entre un 10% y un 25% más de lo que ingresan. Porque incluso si se «confiscase» toda la riqueza generada en un año por las clases altas y empresas, no se cubriría el déficit del país o de la Unión Europea. Y encima sería un efecto de sólo un año. Luego, además de crear fuga de capital y destrucción de inversión, seguirían gastando.

Para el gasto siempre hay margen, y se crea la Renta de Posición. Una vez que se ha creado ese ente burocrático, ese gasto, es mas fácil mantenerlo y justificarlo que cercenarlo. Miren el ejemplo de las empresas públicas deficitarias. Se han cerrado cuatro de las mas de 4.000 que tenemos.

Para bajar impuestos e impulsar la economía, no hay margen nunca. No existe nada más permanente que una subida de impuestos “temporal”. Luego, cuando se entra en depresión, proponen más gasto público para «salir de la crisis» que ha creado el gasto excesivo. Primero ponen la zancadilla y después dicen que sin ellos usted no puede levantarse y andar.

Muchos economistas de “consenso estatista” llaman a copiar a Estados Unidos en política económica… Excepto en libertad económica, apertura y bajos impuestos. En eso preferimos copiar a Francia. Y Francia va del estancamiento a la recesión.

Todo el mundo ve el enorme potencial de España. Crecer un 1% está bien. Dormirse en los laureles pensando que es suficiente y que no hay que reducir más gastos superfluos es peligroso.

El año que viene va a ser mucho mejor que el 2013. No lo duden. Y puede ser muchísimo mejor. Hay potencial de sobra y si queremos, lo sobrepasaremos.

Participaciones preferentes: ¿culpa del Estado o del libre mercado?

Tras más de tres años desde que saltase a la palestra el escándalo de las participaciones preferentes, el tema sigue copando titulares de prensa, especialmente desde que se han hecho públicos correos de Miguel Blesa -ex presidente de Caja Madrid- en los que hace alusión a las mismas. En concreto, Blesa reconocía inicialmente tener miedo de "los excesos de celo de la red (comercial)" para más tarde afirmar con sorpresa ante el éxito en la colocación "¡Qué bárbaro! Y eso que habíamos engañado a los clientes". Prácticamente para toda la opinión pública la culpa de la supuesta comercialización fraudulenta de estos productos financieros recae en la banca. Tanto es así que, ADICAE, la principal asociación que agrupa a los damnificados por las preferentes, ha reconocido públicamente su deseo de crear una banca pública como solución a futuro del problema. Conviene por tanto analizar de forma detallada si la responsabilidad de este problema es del libre mercado o del Estado.

Antes de nada, repasemos brevemente cuál es el origen de las emisiones masivas de participaciones preferentes. En el año 2008, con la burbuja inmobiliaria pinchando de forma virulenta, los bancos empezaron a sufrir en sus balances las consecuencias de la peligrosísima política de concesión de préstamos que habían desarrollado en los años previos. Fruto de las políticas monetarias ultraexpansivas de las Reserva Federal y el Banco Central Europeo, el tipo de interés medio de las hipotecas cayó en España desde el 6,5% en 2001 al 3% entre 2003 y 2005. Como era de esperar, con unos tipos de interés tan bajos, el sector privado se endeudó de forma masiva para sufragar consumo y multitud de proyectos empresariales, siendo muchos de ellos bastante arriesgados. Como recoge Juan Ramón Rallo en su libro "Una alternativa liberal para salir de la crisis" en el año 2007, "más del 60% de todos los préstamos que nuestras entidades financieras tenían concedidos a familias y empresas guardaba una vinculación directa con el ladrillo (55% en el caso de los bancos y 70% en el caso de las cajas)". Tras el estallido de la crisis subprime en EEUU (alentada también por la Fed), el mercado interbancario sufrió severamente y se produjo una congelación temporal de préstamos interbancarios. La progresiva caída en el precio de la vivienda junto con la incapacidad de múltiples acreedores de la banca de hacer frente a los préstamos hizo saltar las alarmas. Aunque había algunos -como era el caso de Zapatero- que veían en la banca española al "sistema financiero más sólido de la comunidad internacional, lo cierto es que la realidad no podía ser más diferente. Los balances de los bancos empezaban poco a poco a mostrar el lado amargo y oculto de la realidad burbujil: decenas de miles de millones de préstamos -la mayoría relacionados con el ladrillo- con una alta probabilidad de ser impagados y unas casas altamente sobrevaloradas como garantía hipotecaria de los mismos. Esa peligrosa combinación hizo que las necesidades de recapitalización de la banca fuesen gigantescas. Y es aquí donde entran las participaciones preferentes.

Hasta el año 2009, las preferentes se habían comercializado sin mayor problema. Como producto complejo que es, su comercialización se había limitado al cliente institucional. Su carácter perpetuo, su negociación en un mercado con una negociabilidad reducida y el ser un híbrido entre la renta fija y las acciones no las hacían idóneas para el público minorista. Tanto es así que Manuel Conthe, el presidente de la CNMV entre el 2004 y el 2007 logró que se paralizasen varias emisiones con una advertencia a las entidades emisoras acerca de lo inadecuado de su comercialización. Fue en 2009 cuando ocurrió todo cuando los bancos optaron por captar pasivos a través de las participaciones preferentes. Tan solo en el año 2009, las entidades financieras españolas captaron cerca de 13.000 millones de euros. La antigua Caja Madrid, por poner un ejemplo, colocó en su primer día de comercialización de participaciones preferentes -el viernes 22 de mayo de 2009- cerca de 1.300 millones de euros. Las participaciones preferentes, comercializadas como depósitos bancarios tradicionales, prometían la devolución del principal además de una rentabilidad adicional considerable que podía ser de incluso dos dígitos. Todas las entidades bancarias comercializaron este complejo producto entre sus clientes a gran escala, siendo para entidades como Caja Madrid el mayor éxito de su historia en el lanzamiento de un producto. Como los intereses que daban esas participaciones preferentes estaban supeditados a que las entidades diesen beneficios, fue determinante que la banca española empezase a sufrir pérdidas en los años siguientes. A partir de ese momento comenzó la concienciación de los inversores en preferentes de la magnitud del problema y la movilización social y agrupación jurídica que intentase velar por sus intereses.

Hasta aquí la historia resumida de las preferentes y su relación con las necesidades urgentes de recapitalización del sistema bancario español fruto de la burbuja inmobiliaria. La mayoría de damnificados por las preferentes critica a banca y Gobierno como únicos responsables de este desastre nacional que, para más de uno, ha supuesto trágicamente la muerte. Muchos de estos perjudicados han reclamado públicamente la creación de una banca pública como solución para evitar en el futuro una situación similar. Sugieren así que, la culpa ha sido principalmente del libre mercado. ¿Podemos hacer semejante afirmación? ¿Es la creación de una banca pública, tal y como reclama ADICAE, la solución al problema? Intentaré contestar a estas respuestas pues es de vital importancia aclarar responsabilidades en este asunto para que, en la medida de lo posible, no vuelva a repetirse.

Para simplificar el análisis, empecemos por resumir quién puede ser culpable total o parcialmente del asunto de las participaciones preferentes. Por un lado, la banca puede ser culpable. En segundo lugar -sin ningún orden concreto-, el Gobierno puede ser también señalado como responsable y por dos motivos: como legislador y como supervisor. Y por último, la responsabilidad también puede ser total o parcialmente de los inversores (o ahorradores como erróneamente se quieren hacer llamar). Aunque pudiera parecer que en el primer caso y en el tercero la culpa sería del libre mercado, lo cierto es que en esos casos la culpa puede ser tanto del libre mercado como del Estado. Empecemos por lo obvio: en el segundo caso (la culpa es del Gobierno) no se puede culpar al libre mercado. Como mencionaba, la responsabilidad del Estado puede ser doble. Como legislador que es, podemos llegar a la conclusión de que unas inadecuadas leyes han facilitado que las entidades financieras puedan comercializar un producto manifiestamente inadecuado para el cliente minorista dentro de la absoluta legalidad. Creo honestamente que algo de responsabilidad se le puede atribuir al Estado a este respecto. Como supervisor también podemos culpar al Gobierno en la comercialización de participaciones preferentes. La CNMV tiene como uno de sus objetivos básicos la protección de los inversores. Conthe sí supo velar por los inversores por encima de cualquier otra cuestión, incluida una subjetiva interpretación de las leyes. Y digo esto porque, como él mismo comentó a Jordi Évole en el programa de Salvados titulado "Desmontando las preferentes", no tenía ninguna autoridad para prohibir su comercialización entre el público minorista pero sí logró con una advertencia frenarlas. No ocurrió lo mismo en el mandato de su predecesor, Julio Segura. Segura dirigió el organismo regulador entre 2007 y 2012, los años de la inmensa mayoría de las emisiones de participaciones preferentes. La emisión de trípticos -de limitada difusión- en 2010 y 2011 en los que se explicaban los riesgos de este tipo de emisiones parece que no es suficiente como para eliminar las serias sospechas sobre el organismo supervisor. Si uno de los objetivos principales de la CNMV era la protección de los inversores, está claro que los cerca de 30.000 millones de euros que inversores minoristas han colocado en preferentes demuestran el fracaso en la consecución de ese objetivo. Por tanto, el Gobierno ha tenido una responsabilidad directa e importante en este asunto.

Ahora falta analizar la responsabilidad de la banca y de los inversores y determinar en cada caso si es el libre mercado o el Estado el responsable último. Pasemos a analizar a la banca en primer lugar. Según el artículo 248 del código penal, "Cometen estafa los que, con ánimo de lucro, utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno." Si bien es cierto que puede que haya habido numerosos casos en los que los inversores supieran del riesgo del producto y fueran correctamente informados, por muchos motivos podemos afirmar con la Ley en la mano de que en la inmensa mayoría de casos estamos ante una estafa. En primer lugar, parece un tanto ilógico pensar los inversores en participaciones preferentes, que tradicionalmente habían contratado tradicionalmente depósitos bancarios, decidieran todos al unísono cambiar en un mismo año (2009) su perfil de riesgo por completo, pasando de tremendamente conservadores a especuladores. Personalmente me cuesta creer que en 2009 una especie de virus de especulación contagiase a todo inversor tradicional de depósitos bancarios y le hiciera asumir muchísimos más riesgos que los que hasta la fecha estaba dispuesto a asumir. En segundo lugar, una mayoría de afectados ha manifestado que la entidad bancaria ya había rellenado por los clientes los conocidos cuestionarios de conveniencia. Sólo este hecho supone ya un delito, ya que el objetivo de que los clientes rellenasen esos test de conveniencia era precisamente garantizar que el producto era conveniente para los inversores dados sus conocimientos sobre el producto y los riesgos asociados al mismo. Hay casos en los que directamente se contrató por teléfono y también se han dado casos de enfermos de Alzheimer que firmaron y rellenaron esos cuestionarios. Al comercializar un producto como las participaciones preferentes haciéndolo pasar por simples depósitos bancarios no queda más opción que asumir que la banca ha intentado inducir a mediante el engaño a realizar un acto claramente en perjuicio propio. Parece evidente que, en el caso de la banca, el libre mercado es el responsable. Pero conviene recordar que el sector bancario de una economía es el más intervenido y privilegiado de todos y España no es ninguna excepción en este sentido. Me cuesta creer que en una economía libre y desregulada, en donde exista una fuerte competencia, os bancos se comporten de la forma en la que lo han hecho durante esta crisis. Además, el arriesgado descalce de plazos y riesgos en el que ha incurrido la banca no se daría ni por asomo en la magnitud en la que se ha dado. Esto significa que, si bien la banca se ha comportado mal, en una economía libre no tendría la necesidad de hacerlo ya que no se vería recurrentemente abocada a unas necesidades de refinanciación tan importantes. Por tanto, podemos resumir que la responsabilidad de la banca recae en el libre mercado por un lado y en el Estado por otro.

Finalmente, el caso de los inversores también arroja una doble posibilidad. Por un lado, es evidente que los inversores han cometido múltiples errores. En los casos que procedan, resulta obvio que no leer el contrato con detenimiento y firmar sin haber comprendido en detalle el mismo es una temeridad. Todo ciudadano tiene la responsabilidad de cumplir con aquello a lo que se compromete y es su responsabilidad saber a qué se ha comprometido al firmar un contrato. Son muchos los que con el dramático tema de los desahucios pide con carácter retroactivo la dación en pago y todos cometen un error al solicitar semejante petición. También son responsables los ciudadanos de tener en términos generales una total y absoluta incultura financiera. España es un país que ha manifestado en multitud de ocasiones la magnitud de esta incultura a través de casos tan flagrantes como Forum y Afinsa, Gescartera, Terra, etc. Fruto de esa incultura financiera, los inversores han creído siempre y siguen creyendo que existen los productos financieros libres de riesgo. Nada más lejos de la realidad: ni tan siquiera la deuda pública está libre de riesgos. No deberíamos olvidar que el reino de España ha impagado su deuda en los últimos 200 años cerca de trece veces su deuda. El activo libre de riesgo sencillamente no existe. Hasta los fondos de inversión monetarios sufrieron pérdidas tras la caída de Lehman Brothers. Los afectados por las preferentes insisten en llamarse ahorradores y no inversores, como si los segundos fuesen unos fanáticos del riesgo y los primeros no. Ahorrador es el que ahorra según la Real Academia de la Lengua. Pero lo que hace una persona cuando contrata un depósito bancario es prestarle a la entidad financiera esa cantidad con la promesa de que le devolverá el principal más los intereses. A eso se le llama invertir, puesto que estamos colocando nuestro dinero con el objetivo de que nos rente. Toda inversión o préstamo lleva implícito siempre un grado de riesgo, nos guste o no. Otro error garrafal atribuible a los ciudadanos en este asunto y que guarda relación con la incultura financiera es la imagen que tenían de los comerciales de banca. No han sabido ver ni el enorme conflicto de intereses que tienen los trabajadores, ni los limitados conocimientos financieros que tienen estos empleados ni que el supuesto asesoramiento gratuito acaba siendo muy caro. Fiarse a ciegas de alguien que gana si te vende algo debería de hacer saltar nuestras señales de alerta. Como dice Warren Buffett, "No le preguntes al barbero si necesitas un corte de pelo." Estas obviedades también han pasado inadvertidas para muchas personas. Cierto es que muchas de ellas son personas mayores y sin apenas formación. Algunas incluso son analfabetas. Pero si muchas de esas personas dedicaran la décima parte de lo que le pueden dedicar a la toma de la decisión de la compra de un coche, por poner un ejemplo, habría sido más que suficiente para leer los contratos antes de firmarlos o solicitar asesoramiento externo al banco en caso de necesitarlo. Por todos estos motivos se puede esgrimir de nuevo que, el libre mercado y no el Estado tienen la culpa en el caso de los inversores. Pero hay motivos que pueden responsabilizar al Estado. La sobreprotección y la supervisión a la que tiene a los ciudadanos acostumbrados el Estado tiene un muy perjudicial efecto sedante sobre la responsabilidad individual, algo imprescindible para la construcción de las auténticas sociedades libres. Mientras el Estado no abandone esa actitud paternalista y no empiece a fomentar la responsabilidad individual de los ciudadanos, será difícil que ante casos como el de las preferentes la mayoría de las personas tengan los suficientes recursos intelectuales como para no tomar una decisión precipitada.

Vemos pues, tras este análisis, que el principal responsable de las participaciones preferentes es el Estado. El Estado, con sus privilegios a la banca, con su nefasta legislación y posterior supervisión y con una perjudicial actitud paternalista, ha hecho posible este engaño masivo. Por este motivo, la solución que evite en el futuro más casos de este tipo no es más intervención estatal, como propone ADICAE, sino menos. Mucha menos. Si nadie lo remedia, las futuras generaciones seguirán siendo sumamente ignorantes en materia financiera y serán presa fácil de engaños. La solución es que cada uno intente, en la medida de sus posibilidades, responsabilizarse por entender todo lo que firma y, llegado el caso, no firmar nada si no se entiende. Con esta simple norma más de uno se habría evitado un calvario.

Dos preguntas, múltiples liberticidios

Ha costado más de un año pero, por fin, el actual bipartito catalán ha cumplido la promesa principal con la que concurrió a las elecciones autonómicas de 2012. Habrá consulta, lo que no implica que ésta sea legal. Aun así, conociendo la ambigüedad deliberada de CIU (y la influencia de los sondeos) es más correcto afirmar que hay preguntas preparadas; que finalmente se vote, está por ver.

En efecto, la historia, y en particular la más reciente, de los convergentes está plagada de pasos atrás, de planes supuestamente grandilocuentes para sus seguidores (no para todos los catalanes) que luego, por factores externos, nunca se ejecutan. Tras ello, el victimismo aparece con expresiones del tipo "expolio fiscal", versión más culta del "España nos roba".

No obstante, en toda esta deriva independentista y de búsqueda del enfrentamiento permanente con el gobierno de España, el nacionalismo catalán no ha estado solo. Al contrario, partidos como el PSC han colaborado por activa (demanda de un nuevo Estatuto que no estaba entre las prioridades de la ciudadanía catalana pero que sirvió para estigmatizar al PP y a Ciudadanos) y por pasiva (su equidistancia, producto de los complejos y de la asunción de dogmas nacionalistas, se ha traducido en la pérdida sucesiva de escaños). También ICV ha participado y también lo ha hecho a través de conceptos de difícil asimilación como el de España plurinacional, sobre el que "sentó cátedra" Rodríguez Zapatero. Finalmente, se sumaron las CUP, partido nuevo que de manera oportunista ha utilizado la crisis económica para lanzar un mensaje independentista de corte radical. Ver para creer, CIU de la mano de una formación anti-establishment

Como puede comprobarse, salvo el afán de ruptura poco más une a los partidarios del que se convertirá en mantra top para el próximo curso ("derecho a decidir"). En el resto escenarios poco tienen que ver los unos con los otros. Por ejemplo, el filocastrismo caracterizador de CUP o ERC no empatiza con los tintes moderados de Convergencia (y menos de Unió).

Asimismo, los sondeos de opinión muestran una convergencia cada vez más menguada y una Esquerra en alza. Dicho con otras palabras: el órdago de Mas no está dando los resultados apetecidos (algo que, por otro lado, ya anticiparon las autonómicas de 2012).

Este es el escenario. Mientras desde la Generalidad se ataca una y otra vez a la Nación, mientras se prohíbe la educación en castellano o directamente se margina a los castellano-parlantes, se destinan generosas partidas presupuestarias de dinero público para fomentar la simbología y el componente identitario.

Uno de los resultados tangibles es que la libertad de prensa, siendo benévolos en el diagnóstico, no atraviesa por sus mejores momentos en Cataluña, con unos medios públicos que repiten de manera acrítica el mensaje-discurso único que sale de fuentes gubernamentales.

En este sentido, las entrevistas que concede Mas a la prensa catalana no reciben por parte de la progresía (española) las mismas dosis de virulencia en su respuesta, como cuando aquélla analiza las relaciones de Rajoy con los medios de comunicación. Dicha progresía mira cobardemente para otro lado cuando el CAC publica listas negras de periodistas y diputados autonómicos. Nada nuevo, de todos modos. Es el funcionamiento habitual de esa izquierda retrógrada, reaccionaria, que siempre se presenta como moralmente superior y para la que los liberticidios nacionalistas son la respuesta a supuestas provocaciones (generalmente de la derecha extrema, pedante expresión que se hizo hueco a partir de 2004).

Finalmente, diferentes personalidades más buenistas que con buena intención, piden "diálogo" a las partes, orientado en última instancia a dar reconocimiento a la "singularidad catalana", concepto polisémico donde los haya.

Sin embargo, el diálogo, vocablo de fácil alusión, difícilmente se puede llevar a la práctica cuando una de las partes ha optado por imponer una solución unilateral a la otra e insiste en que no va a conformarse con simples prebendas. 

En el centenario de Diego de Covarrubias

Hace casi tres años les escribía en estos Comentarios sobre el Centro Diego de Covarrubias, un joven think tank español dedicado a realizar estudios sobre economía, religión y libertad que toma su nombre del que fuera Obispo de Segovia en el siglo XVI. Vuelvo ahora a hablarles de Covarrubias por un homenaje celebrado en la catedral de esta ciudad el pasado mes de noviembre, recordando los quinientos años de su nacimiento.

Gracias al entusiasmo del Director del CDC, Vicente Boceta, y a la eficacia gestora del profesor Huerta de Soto, nos reunimos en la Sala Capitular de dicha catedral un buen número de personas, junto al Obispo y su cabildo. Les voy a resumir el Acto, siguiendo la crónica de Guillermo Herrero en El Adelantado de Segovia, que comenzó con una breve presentación de Vicente Boceta: explicaba cómo el CDC defiende un sistema económico de mercado; un sistema político democrático; y un sistema moral y cultural pluralista basado en los principios éticos y culturales de la civilización judeo-cristiana y grecorromana. Entre sus objetivos destaca la correcta comprensión de un liberalismo económico cristiano, que encuentra su inspiración en la Escolástica española, uno de cuyos principales representantes fue precisamente Diego de Covarrubias.

A continuación, el teólogo José Carlos Martín de la Hoz presentó una semblanza del homenajeado, recordando su primera etapa -nacimiento en Toledo y posterior marcha a la Universidad de Salamanca en 1527- para centrarse después en su obra, en especial en el papel que jugó en el Concilio de Trento, donde tuvo una decena de intervenciones de gran calado. Fue concretamente él quien se encargó de redactar los "Cánones de reforma" del Concilio. Nombrado obispo de Segovia en 1564, ejerció su magisterio en la diócesis durante casi 13 años, cargo que compaginó desde 1571 con el de Presidente del Consejo de Castilla hasta su fallecimiento en 1577. Martín de la Hoz insistió en que Diego de Covarrubias buscó unir el derecho, la teología y la economía, agregando que se convirtió en una figura clave en la reforma del pensamiento, tanto en España como en el resto del mundo.

Precisamente sobre esta última idea giró la conferencia del que suscribe, centrándome en la influencia de Diego de Covarrubias en el pensador holandés Hugo Grocio, a partir del estudio de las citas del Obispo segoviano en el Mare Liberum de Grocio (1609).

El tercer ponente fue Jesús Huerta de Soto. Expresaba la "profunda crisis" que atraviesa hoy la ciencia económica, asegurando a continuación que "si se hubieran tenido en cuenta los principios de los escolásticos del Siglo de Oro español nos hubiésemos ahorrado la recesión que estamos sufriendo". A Diego de Covarrubias le alabó por ser el primero que habló de la ‘teoría subjetiva del valor’. De igual forma, indicó que la paternidad de la ‘teoría del orden espontáneo del mercado’ o la defensa de comportamientos éticos en ejercicio de la banca es de los escolásticos. Huerta de Soto finalizó deseando que la crisis de la ciencia económica permita que las ideas de la que él denomina ‘Escuela Española’ sean las dominantes en el futuro. Debo añadir que trabaja en ello con gran tesón desde el Máster en Economía Austríaca que dirige en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y del que asistieron muchos alumnos al Acto que les relato.

Pero no termina aquí mi crónica sobre el Centenario de Covarrubias, porque justo el día anterior tuvo lugar la entrega del I Premio de Ensayo Diego de Covarrubias convocada por el ya citado CDC en la sede de la Fundación Villar Mir de Madrid. Después de un difícil escrutinio, como señalaba Vicente Boceta en la presentación del Acto, resultó elegido ganador el texto del catedrático de Filosofía del Derecho en Sevilla, Francisco José Contreras: "¿Son compatibles el catolicismo y el liberalismo económico?" (si bien los miembros del Jurado propusieron otorgar un accésit a Juan Ramón Rallo, Director de nuestro Instituto, por su artículo "La economía del empobrecimiento común").

En su discurso de aceptación, el profesor Contreras explicaba el sentido de su trabajo porque "el mundo actual está muy necesitado de ambas cosas. El mundo necesita libertad económica porque, allí donde es aplicada con un mínimo de coherencia, genera siempre crecimiento material y ampliación de horizontes… Pero el mundo está también muy necesitado del cristianismo… porque llena la congénita necesidad de esperanza que define al ser humano".

También señaló que "el leitmotiv del ensayo premiado es la reivindicación de la compatibilidad y el vínculo genético entre cristianismo y liberalismo… Pero distingo entre liberalismo político y liberalismo económico porque se trata de evaluar las relaciones entre la Iglesia católica y el liberalismo, y creo que la actitud de la Iglesia frente a uno y otro aspecto del liberalismo no es la misma" (Contreras desarrolla también estas ideas en su reciente libro: Liberalismo, catolicismo y ley natural).

El catedrático sevillano expuso con detalle cómo "el proceso de reconciliación de la Iglesia con el liberalismo político (que duró un siglo: el que va desde las tremendas condenas antiliberales del Syllabus [1864] a la declaración Dignitatis Humanae sobre libertad religiosa [1965] y otros documentos del Vaticano II sobre derechos humanos) está completo en lo esencial". Por ello, continuaba, "una de las tesis que contiene mi trabajo es la idea según la cual la Iglesia está recorriendo un camino de aceptación de la libertad económica que quizás guarda un paralelismo con su proceso de aceptación de la libertad política, pero que va rezagado históricamente respecto a éste" Por eso concluye que "no debe sorprendernos que su reconciliación con la libertad económica esté resultando también laboriosa".

Tarea ésta en la que sin duda está comprometido el Centro que toma el nombre del obispo Diego de Covarrubias, al que recordábamos en su centenario. Quiero terminar anunciándoles que a raíz de esta conmemoración se van a preparar una serie de actos similares en memoria de otros ilustres escolásticos como Martín de Azpilcueta o Juan de Mariana. Sobre lo que ya les avisaremos convenientemente.

Las familias empresarias y la educación económica

Reseña-resumen de La Educación Económica de las Empresas Familiares, con subtítulo "desde la perspectiva de la Escuela Austríaca de Economía", Fernando Nogales Lozano coordinador, Unión Editorial, 2013.


Unión Editorial prosigue su recién inagurada colección "Empresa Familiar" con la publicación de La Educación Económica de las Empresas Familiares, un conjunto de ensayos en torno al tema coordinados por Fernando Nogales y escritos por los mejores especialistas en teoría económica en lengua hispana: María Blanco, Alejandro Gómez, César Martínez Meseguer, Martín Krause, Adrián Ravier, Juan Ramón Rallo, Miguel Ángel Alonso Neira, Raquel Merino y Miguel Anxo Bastos Boubeta.

El prólogo del profesor Jesús Huerta de Soto, resaltando la –sorprendente- novedad del tema tratado, nos ofrece el mejor resumen de los diez capítulos de esta obra. Nos muestra cómo, por su mentalidad, la empresa familiar tiende en sus relaciones tanto familiares como empresariales a buscar modelos espontáneos de cooperación alejados de intervencionismos públicos, utilizar los recursos propios, respetar los contratos y cumplir la palabra dada. "Soportan" y resisten mucho mejor las crisis económicas, pues están menos endeudadas, y sus reestructuraciones de personal son mínimas comparadas con las empresas no familiares.

Todo lo indicado está en las antípodas de lo que se enseña en la mayoría de las Facultades de Ciencias Empresariales y Económicas actuales, inmersas en un mainstream mayoritariamente neoclásico y keynesiano. Esto, unido a la estigmatización ideológica de la figura del empresario transmitida desde la infancia en la educación pública, lleva a una fortísima caída del espíritu empresarial, altas tasas de paro, aumento imparable de los impuestos, elevados índices de deuda tanto privada como pública, permanentes reglamentaciones abusivas y no pocas veces contradictorias, y ciclos económicos auge-recesión cada vez más frecuentes e intensos.

Y apunta que necesitamos las suficientes condiciones de libertad y de calidad institucional para que emerjan la creatividad y los deseos de cooperación e intercambio que todo ser humano llevamos dentro, recuperando el protagonismo directamente las personas que actúan, que son las que mejor conocimiento tienen de sus necesidades reales, y quieren sentirse libres en el proceso continuo de búsqueda de soluciones. Y anima a las familias empresarias, que llevan muchas décadas nadando contracorriente, a sentirse orgullosas de su proceder.

Fernando Nogales, asesor de empresas familiares, introduce la obra subrayando que resulta vital saber anticipar las consecuencias negativas futuras de las políticas crediticias y monetarias impuestas por los gobiernos y sus Bancos Centrales, pues no es fácil entender cómo ocurre que "los mismos bancos y gobernantes que con anterioridad les ofrecían créditos a bajísimo interés y sin necesidad de aval, ahora ni le prestan dinero y además les suben los impuestos".

Adrián Ravier, en el capítulo titulado "Coordinación social y formación de capital", en doce páginas hace un muy buen resumen de la teoría económica (austríaca). En tres pasos, de menor a mayor, analiza primero al individuo y su acción, para luego considerar el intercambio, y sólo más tarde, el marco social (el proceso de mercado y la coordinación).

El elemento esencial para esa coordinación es el cálculo económico, pues gracias a la existencia de dinero, los intercambios generan precios monetarios (ratios históricos entre los bienes económicos efectivamente intercambiados), que sirven de orientación para la creatividad humana en busca de oportunidades de negocio. Esto no es otra cosa que la soberanía del consumidor, es decir, que los dueños de los factores de producción deben producir aquello que la gente demanda. Pero las expectativas del vendedor no siempre se encuentran con las de un consumidor, y el capital utilizado para producirlo queda congelado hasta que éste se vende (lo que impide que sea utilizado en otros fines).

Los procesos de mercado generan un incremento en el nivel de vida de todos sus miembros, característico de una sociedad abierta, descentralizada, en la cual, bajo el respeto por la propiedad privada y la libertad individual, se realizan acuerdos voluntarios. Esto sucede cuando existe "igualdad ante la ley" (ésta se aplica a todos por igual, sin tener en cuenta circunstancia particular alguna). Visto de otra manera, si entendemos el problema económico como uno de conocimiento, cuando esto ocurre cada miembro de la sociedad, con sus propias valoraciones y preferencias, es el protagonista, aportando el conocimiento de sus circunstancias de tiempo y lugar.

Por el contrario, bajo el socialismo (o estatismo) la coordinación social se intenta imponer desde arriba, asumiendo que el fin de todos los individuos es único. El protagonista es el gobernante y los funcionarios, con vínculos de tipo hegemónico, unos mandan y otros obedecen.

César Martínez Meseguer analiza "Las instituciones sociales evolutivas: la familia, el mercado, el dinero, etc., como base del progreso humano". Subraya su origen no intencionado, y que no persiguen fines predeterminados. Son regularidades o repeticiones pautadas de determinadas conductas, hábitos, o costumbres, surgidas (a través de procesos descentralizados de ensayo, prueba y error, y aprendizaje) de los intentos de adaptación de los individuos a las circunstancias que les afectan en cada momento y lugar, marcando los límites más adecuados que deban ser respetados en las interacciones. Consiguen con ello un máximo aprovechamiento de la información que cada miembro del grupo posee. Además, señala el contraste que existe entre éstas y los órdenes creados deliberadamente u "organizaciones" (que persiguen fines preestablecidos).

Cuando el proceso evolutivo y espontáneo se ve adulterado y manipulado por el intervencionismo de los poderes políticos (que carecen de la información y el conocimiento para hacerlo), los riesgos para el buen funcionamiento de la sociedad son incalculables, interrumpiendo el proceso natural de evolución, cercenando la libertad de los individuos y la propiedad privada, generando tanto inseguridad jurídica como la formación de burbujas económicas y ciclos económicos.

Martín Krause (capítulo "Calidad institucional y progreso") nos muestra su "Índice de Calidad Institucional" (ICI), y cómo lo calcula, junto con los resultados obtenidos para los distintos países desde 2007 hasta la actualidad. Busca evaluar las posiciones relativas de cada país en términos de calidad institucional como base para una verificación empírica de distintas teorías. Los países que aparecen en las últimas posiciones del ICI (Myanmar, Somalia, Corea del Norte, y en América Latina Haití, Venezuela y Cuba), cuentan o bien con gobiernos que se han puesto como objetivo la igualdad (de oportunidades) o bien no parecen contar con un marco institucional en absoluto, y los individuos están sometidos a los abusos de grupos organizados para utilizar el poder en beneficio de "sus" propias oportunidades.

Destaca una especial preocupación por la trayectoria específica de los países Latinoamericanos, siendo el Estado de Derecho una materia pendiente para toda la región. Dos caminos dividen la región entre aquellos países que han consolidado sus instituciones económicas para un mejor funcionamiento de los mercados (Chile, Panamá, Perú, Colombia) y aquellos que las han deteriorado (Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina). Se trata, dice el autor, de aprender de aquellos que han alcanzado buenos niveles de calidad institucional.

Miguel Ángel Alonso Neira y Juan Ramón Rallo analizan "El impacto de los procesos de expansión monetaria y crediticia sobre la estructura productiva española durante el período 1998-2011". Sus resultados muestran el crecimiento del volumen de crédito (sin respaldo previo de ahorro real; y que tuvo como destino principal los países de la periferia europea y sus bancos, y en España, el sector de la construcción); su desagregación; y la variación en la tendencia de cambio de los datos trimestrales de distintos índices de producción (sector de la construcción, bienes de equipo, bienes de consumo duradero, no duradero, más el índice de producción industrial), resultando el perfil temporal de las series consistente con la secuencia que se esperaría según la teoría del ciclo monetario endógeno (contraste empírico). En las circunstancias del ciclo histórico reportado el sector de la construcción actuó como un indicador adelantado del ciclo, mostrando un patrón de auge y recesión más acentuado que el del resto de las variables.

Juan Ramón Rallo nos ilustra con algunas interesantes particularidades que nos ayudan a entender el desarrollo del proceso que desencadena los ciclos económicos, y sus causas. El título de este capítulo "Dinero, crédito bancario y políticas monetarias" parafrasea el del quizás más destacado libro del profesor Huerta de Soto, remarcando el origen de "los ciclos económicos" en las "políticas monetarias". Como nada es perfecto, ciertos detalles de su controvertida "teoría de la liquidez", no acaban de convencernos.

Raquel Merino nos orienta sobre la importante cuestión de "La gestión de patrimonios e inversiones familiares". Subraya la importancia de dotar o inculcar a los sucesores también del capital no financiero del fundador (entendemos que por tal se refiere al "conjunto de rasgos" de éste, su pundonor, entusiasmo y convicción, y la visión o misión de transcendencia y perdurabilidad, y su conocimiento práctico). Recomienda que las familias tengan bien diferenciado el patrimonio "de uso" personal, del patrimonio vinculado a la empresa familiar, y del patrimonio en forma de otros activos. Y concluye exponiendo las nociones fundamentales del arte del "asset allocation", teniendo en cuenta las necesidades vitales o perfiles de inversor, y los distintos entornos económicos y fases del ciclo secular.

Miguel Anxo Bastos Boubeta, en un perfecto colofón al libro ("La empresa familiar: lecciones para un austríaco"), comienza por señalar la naturaleza subjetiva del valor, recordándonos que en un intercambio de mercado ambas partes tienen que ganar, pues de no ser así no habría tal intercambio. La ganancia pecuniaria o psicológica sólo la conoce cada una de las partes, no pudiendo ser medida o comparada con ninguna medida objetiva (sólo podemos hacer cábalas, partiendo siempre de nuestros propios prejuicios y escalas de valores).

Por el contrario, la visión dominante tanto en el ámbito académico como en la política pública, o en el discurso de los medios de comunicación, está plagada de lugares comunes basados todos ellos en valoraciones objetivas y supuestamente neutrales de los actos económicos. Ideas como que el comerciante es siempre el beneficiado en un acto de intercambio o la especie, que impregna toda la legislación laboral, de que el trabajador es siempre necesariamente la parte débil en la relación laboral y que una legislación específica debería corregir tal asimetría. Es muy difícil entender lo contrario de forma intuitiva, salvo que se haya vivido lo contrario en el entorno de una empresa familiar.

También se aprende en el ambiente de la empresa familiar el valor del crédito en sus dos acepciones, la del crédito mercantil y la del crédito personal, el que se refiere al cumplimiento estricto de la palabra dada, y cómo no se puede tener uno sin el otro. O la importancia de la preferencia temporal, el grado en que la persona es capaz de diferir consumo presente para satisfacer necesidades en el futuro. Las personas con alta preferencia temporal tenderían a descapitalizar tanto a ellos mismos como a la sociedad en su conjunto mientras que las que la tienen baja tenderán a capitalizar ambas. La empresa familiar enseña a pensar a largo plazo, a sacrificarse hoy para seguir teniendo mañana y a acostumbrarse a vivir siempre por debajo de tus posibilidades (enseñanza útil en todos los órdenes de la vida). 

En buena medida alcanzamos lo que somos gracias al temor a que la competencia nos supere. Nuestros depredadores son otros y habitan en su mayor parte en el reino de la política. No basta con ser un trabajador serio y honrado, no con tener dotes empresariales ni con ofrecer un buen producto o servicio a los clientes. Hay que tener, además, conocimientos y habilidades políticas para poder sobrevivir, habilidades que se rigen por principios muy diferentes de las que se requieren para la gestión empresarial, y que por desgracia por no tenerlas muchos sucumben. 

"Y la última lección que se aprende es que a pesar de todo esto, si uno es capaz de vencer todas estas adversidades y se alcanza un moderado éxito económico, nadie o casi nadie te lo va a agradecer. Dada la mentalidad anti-empresarial extendida en los medios de comunicación, en la escuela y en el ambiente social en general, lo más corriente es ser visto con sospecha de las supuestamente inmoderadas ganancias obtenidas y ser acusado de explotador y de aprovecharse del esfuerzo ajeno…". Casi no hay novelas o películas que loen al empresario, y más si éste es un pequeño empresario, y solo excepcionalmente encontraremos en los libros de historia [1] sus nombres. Sea éste un homenaje o alabanza a quien hemos visto trabajar y dar trabajo, a todos aquellos quienes día a día mantienen funcionando nuestra sociedad.



[1] Precisamente María Blanco nos ofrece en su capítulo una perspectiva histórica de cómo los filósofos y teóricos han visto la figura del empresario. Y Alejandro Gómez lo propone en el suyo como el auténtico agente promotor de civilización (un proceso de creación continuo, que no encontramos dado, siendo el ser humano el único susceptible de crearla). Y apunta que una perspectiva histórica nos ayudará a comprender la dificultad de explicar tal figura, y a comparar cómo impactaron las políticas económicas y las instituciones en la evolución de las empresas.