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Las autonomías aumentarán el gasto público un 4,11% en 2014

Las Comunidades Autónomas están tramitando en la actualidad sus presupuestos para el año próximo, la mayoría de los cuales están en estos momentos pendientes de aprobación en los respectivos parlamentos regionales.

Del análisis de los diecisiete presupuestos se desprende que las comunidades gastarán en conjunto el próximo año casi 6.700 millones más que en el presente ejercicio, lo que representa un incremento de gasto del 4,11%.

Destaca el caso de la Comunidad Valenciana, con una subida del 25% respecto al presente ejercicio, si bien eso se debe, como el propio gobierno de la Generalidad explica en el borrador de Ley de Presupuestos, a su decisión de imputar en 2014 todas las emisiones de deuda pública en lugar de hacerlo solamente con los vencimientos de dicho ejercicio, una medida que, justifican, va destinada a mejorar su imagen ante los mercados financieros.

El País Vasco y Galicia le siguen a continuación, con incrementos superiores al nueve por ciento, mientras que la autonomía más austera el año próximo será Canarias, con una reducción de casi el siete por ciento respecto al presente ejercicio. Junto a ella, las únicas autonomías que reducirán en 2014 su gasto serán Andalucía, Cataluña y Navarra.

Hay que insistir en que los datos utilizados corresponden a los proyectos de presupuesto elaborados por los ejecutivos autonómicos y que, por tanto, son susceptibles de experimentar importantes variaciones tras su paso por los parlamentos regionales.

Con esa salvedad metodológica, en el siguiente listado se detallan todos estos datos, discriminados por las partidas que corresponden al gasto corriente (sueldos, servicios generales, gastos financieros y subvenciones) y el total presupuestado, así como la comparación de ambas magnitudes con las cifras del año en curso.

La ignorancia eléctrica al servicio del Gobierno

"La ignorancia es la madre de todos los crímenes". Esta frase, atribuida a Honoré de Balzac, expresa en pocas palabras el fenomenal barullo que vivimos en torno a la subida de la factura de la luz. Que los medios de comunicación se vean obligados a explicar con infografías, esquemas, especiales y todos los recursos a su alcance, cómo se fija el precio de la energía eléctrica apunta a  uno de los principales factores responsables. Un ciudadano que paga su factura no sabe qué está pagando realmente y a quién. 

Para colmo de males, cuando se anuncia una subida de escándalo y el gobierno se ve forzado a retroceder para calmar el enfado general de la sociedad, a nuestros gestores no se les ocurre otra cosa que señalar con el dedo el sistema de subastas como poco claro y directamente acusan de manipulación del precio determinado mediante ese sistema a los participantes en la misma. 

La claridad brilla por su ausencia 

Pero lo cierto es que lo más turbio de todo esto es la política energética de los diferentes gobiernos y a qué intereses sirven. La defensa del medio ambiente que encubría subvenciones a intereses creados por empresas que arrimaron el ascua a su sardina y votos verdes para Zapatero no estaba a la vista de todos. Aún recuerdo los titulares de los periódicos "afectos al régimen" del pasado gobierno socialista loando esa política energética verde que supuestamente resonaba en Europa y que hasta era mencionada por el mismísimo presidente Obama, gurú de la demagogia mundial. Pero ninguno mostraba los entresijos de esa política oscurantista que sembró las futuras subidas de nuestra factura eléctrica.

También recuerdo las acusaciones a los expertos que denunciaban esos intereses creados tintados de verde, quienes eran tachados, poco más o menos, de querer que se acabara la vida en la Tierra, que todos nos muriéramos contaminados y que nos arrasara un asteroide. Pero eran los únicos, y siguen siendo, que nos decían la verdad.

No fue clara la privatización de las eléctricas ni de casi ninguna de las empresas procedentes del monstruoso INI, hijo de la autarquía franquista, que acabaron "casualmente" en manos de amigos. Nada raro en un país con la tradición empresarial mercantilista como el nuestro.

Y ahora, nuestro gobierno, el que venía a redimirnos de la terrible etapa zapateril, retoma esa actitud todopoderosa y entona un "A ver qué podemos hacer". 

Lo que se puede hacer 

Y hacer, se pueden hacer muchas cosas. Pero la primera, sin duda, es informar a los ciudadanos acerca de a dónde va cada euro de la factura de la luz. Para que sepamos lo que nos cuesta ser tan verdes, para ver hasta qué punto, en medio de la crisis y lo mal que lo está pasando tantos empresarios y tanta gente, estamos dispuestos a subvencionar una energía que, hoy por hoy sigue siendo muy cara.

También se podría reducir el peso de la electricidad precisamente en la parte que el gobierno puede hacerlo, por aquello que siempre comenta Soraya Sáenz de Santamaría, la ayuda a la creación de empleo, una ayuda que brilla por su ausencia y que en este caso podría ser real recortando los costes energéticos de nuestras pymes.

Y, por último, estaría bien no usar el nombre de la subasta en vano. Una subasta es el paradigma del mercado en el que los precios se fijan en función de la convergencia de la oferta y la demanda. ¿Que son pocas las empresas eléctricas y se puede considerar un oligopolio? Cierto. Tan cierto como que es la situación del sector en la mayoría de los países en los que el precio es más claro y más libre. ¿Puede haber un comportamiento colusorio en una subasta cuando los oferentes son pocos? También puede suceder, pero el número de participantes era amplio. En los países con oligopolios similares el precio de la luz no es tan alto, algo es diferente aquí. Y, puestos a sospechar, sospecho del comportamiento del Gobierno, que levanta el teléfono, y anula una subasta a través del todopoderoso mega regulador, la Comisión Nacional de Mercados y Competencia. 

Lo que desde luego no se puede hacer es echar fango a los demás para ocultar unos intereses creados, dar el puñetazo en la mesa para evitar el escándalo popular y no actuar en donde puedes sino en donde se supone que no debes meter la mano.

Los empresarios y los ciudadanos lo agradeceríamos. Hágase la luz.

Reserva Federal: la criatura de Jekyll Island cumple cien años

Imaginen la siguiente escena, propia de una película en blanco y negro de misterio. Una noche fría y oscura de noviembre de 1913, una estación poco concurrida a esas horas, un tren en la vía a punto de salir y, lejos de miradas indiscretas, un lujoso vagón privado aparcado junto a los topes de la estación, que permanece separado hasta que este cierra las puertas y se pone en movimiento, parando y retrocediendo para enganchar secretamente el vagón antes de reanudar su marcha. Justo antes, en el último minuto y sin llamar la atención, se ha subido un misterioso grupo de pasajeros al coche, propiedad de un senador de los Estados Unidos.

Entre los miembros del grupo, que han recibido instrucciones de llegar por separado a la estación y, una vez dentro del coche, dirigirse únicamente por el nombre de pila para que el personal de servicio no pueda conocer sus identidades, se encuentran el senador propietario del vagón, un alto cargo del Gobierno y cinco banqueros que representan los intereses de los conglomerados financieros más importantes del momento. El secretismo se mantiene durante todo el trayecto, desacoplando y cambiando el vagón de tren antes de cada estación y simulando, al llegar al destino, que son un grupo de amigos de la alta sociedad neoyorquina en un inofensivo viaje para cazar patos.

Pues bien, esta escena, que podría haber sido tomada del cine clásico, sucedió en la realidad. El dueño del vagón no era otro que Nelson W. Aldrich, senador de los Estados Unidos y conocido hombre de negocios, relacionado con la elite financiera –estaba asociado con J. P. Morgan y era suegro de John D. Rockefeller, Jr.– y  sus acompañantes representaban al Tesoro de los EEUU y a las fuerzas vivas de Wall Street a principios del siglo pasado: J.P. Morgan, Rockefeller, Kuhn, Loeb & CompanyWarburg, y Rothschild. ¿Saben ustedes a dónde se dirigían con tanto secretismo? A la isla de Jekyll, a redactar la ley de creación de la Reserva Federal, firmada por el presidente Woodrow Wilson, la víspera de Nochebuena hace ahora cien años.

Y es que la estructura y los objetivos que dieron lugar a la creación de la Reserva Federal, la misma a la que los amantes del intervencionismo monetario fían la recuperación de la crisis, fueron los característicos de un cártel privado, es decir, un “convenio entre varias empresas similares para evitar la mutua competencia y regular la producción, venta y precios en determinado campo industrial”. Porque, en efecto, en los albores del siglo XX la competencia en el sector financiero se había intensificado. No en vano, el número de bancos en los Estados Unidos se había doblado en la última década, especialmente en el sur y el oeste, captando depósitos y reduciendo la cuota de mercado de los bancos de Nueva York.

Además, los clientes de los bancos tenían la desagradable costumbre de entrar en modo pánico siempre que surgían dudas sobre la solvencia de una entidad, y corrían en masa a retirar sus depósitos, acelerando la quiebra de la misma –acuérdense de aquella escena de la película Mary Poppins o de aquella otra de la navideña Qué bello es vivir–. Otra causa que podía dar lugar a la liquidación de un banco antes de la existencia de los bancos centrales estaba asociada a los movimientos de efectivo entre los bancos como consecuencia de los pagos de sus clientes. Si el cliente del banco A emitía un cheque a favor de un cliente del banco B, y este lo ingresaba, el banco B podía reclamar inmediatamente los fondos al banco A, que se veía en apuros si no disponía de liquidez.

Tales fueron los motivos de las crisis financieras de 1873, 1884, 1893 o 1907, que generaron el clamor entre las familias financieras de la época de contar con un banco central como los de Europa. La gota que colmó el vaso de la paciencia de los banqueros fue la de 1907, en la que el mismo J.P. Morgan tuvo que poner dinero de su propio bolsillo y convencer al resto de banqueros de Nueva York para que le imitaran y evitar un contagio que acabara con todo el sistema. Y es que esta posibilidad de quiebra establecía implícitamente un límite para incrementar el crédito y seguir multiplicando la creación de dinero de la nada mediante la reserva fraccionaria.

De alguna forma, necesitaban un banco central que, en palabras de Huerta de Soto, actuara “dirigiendo, orquestando y organizando la expansión crediticia, vigilando que los bancos expandan más o menos al unísono y que ninguno de ellos se desmarque mucho del ritmo establecido”. Y, llegado el caso, que actuara como prestamista de última instancia, rescatando a los bancos en dificultades con cargo a los contribuyentes.

De ahí que se forzara la creación del banco central. Aunque sus artífices expresamente evitaron utilizar dicho nombre para sortear las reticencias que el pueblo americano mostraba ante cualquier iniciativa contraria a la libre competencia de las empresas. Es decir, tanto el nombre de Sistema de la Reserva Federal, como la estructura de varias Reservas Federales no eran sino una operación de marketing político para hacer más digerible el concepto de banco central al electorado americano.

Para conocer un resumen del resto de la historia, les recomiendo que lean el excelente artículo que firmaba ayer Pedro Calvo en El Confidencial, así como su acompañamiento sobre los cuatro presidentes que más han marcado su actuación. Y para complementar las referencias bibliográficas, permítanme que les recomiende The Case Against the Fed de Murray N. Rothbard (*) donde, aparte de la historia de la creación del banco central, podrán leer acerca del origen del dinero, los efectos de la reserva fraccionaria y el papel de la Fed en la generación de inflación y la ocurrencia de los ciclos económicos.

Por tanto, es un mito que la Fed se creó para estabilizar la economía. Y si así lo fuera, podría decirse que la criatura de Jekyll Island, como la llamara G. Edward Griffin(**), ha fracasado en el supuesto objetivo de estabilización, como corroboran las crisis y recesiones ocurridas en los cien años transcurridos desde su creación: crisis financiera de 1921, crack de 1929, Gran Depresión de 1929-39, recesiones de 1953, 57, 69, 75 y 81, Black Monday de 1987, recesión 1990-91, burbuja dotcom del 2001 y, por supuesto, la Gran Recesión de 2008-?.

Como han podido constatar, los objetivos fueron otros. La Fed fue el resultado de un encuentro secreto de gente poderosa representando al Estado y a la Banca para acordar los mecanismos que les permitieran: (1) detener la creciente influencia de los pequeños bancos locales y mantener el control financiero; (2) hacer más elástica la oferta monetaria vía creación de crédito para contrarrestar la tendencia que favorecía el capital frente a la deuda; (3) mutualizar las reservas individuales de los bancos en un gran fondo central que impulsara a todos los bancos a expandir el crédito a la vez y con los mismos coeficientes de reserva fraccionaria; y (4) trasladar las pérdidas a los contribuyentes en caso de colapso total.

En este sentido, y a la luz de los objetivos no explícitos, podría decirse que la Fed los está cumpliendo con creces. Aunque ello no sea motivo de celebración para los ciudadanos. 

(*) Murray. N. Rothbard, The Case Against the Fed, Mises Institute (disponible online)

(**) G. Edward Griffin, The Creature from Jekyll Island : A Second Look at the Federal Reserve, Amer Media

El Papa, Bachelet y el mercado

El papa Francisco ha dado su versión del mercado. Es muy negativa. La tituló Evangelii Gaudium o Alegría del Evangelio. Llega a decir que el capitalismo mata, cuando es evidente que, en los últimos dos siglos, las libertades políticas, la economía de mercado y la empresa privada, combinadas, han sido los factores que han mejorado y alargado sustancialmente la existencia de las personas. Antes de la revolución industrial la vida de los hombres, sentenciaba Hobbes, era "solitaria, pobre, sucia, brutal y corta". Gracias a la democracia liberal y al empuje de los empresarios dejó de serlo.

Francisco, incluso, cita a San Juan Crisóstomo, un pico de oro del siglo IV d. C. que fue el peor de los antisemitas del antiguo mundo cristiano, y hace suya una frase de juzgado de guardia: "No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son los nuestros, los bienes que poseemos; son los suyos". Como se pregunta el economista argentino Alberto Benegas Lynch: ¿estará incitando a los italianos pobres a que asalten los tesoros del Vaticano con ese alegato contra los derechos de propiedad?

Dice Francisco:

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común.

Curiosamente, sin referirse a ella, Francisco niega, implícitamente, la encíclica Centesimus Annus promulgada por Juan Pablo II en 1991 tras el colapso del comunismo. El polaco fue un decidido apologista del mercado, tal vez porque había vivido la experiencia del colectivismo marxista, o acaso porque estaba bajo la poderosa influencia intelectual de su asesor Michael Novak, autor de ese libro extraordinario que sigue siendo El espíritu del capitalismo democrático.

Como todo el mundo es hijo de su circunstancia, el argentino es un detractor del mercado. Creció en medio de la jerigonza peronista en materia económica (aunque los peronistas no lo quieren demasiado y algunos, injustamente, lo acusan de contubernio con la dictadura militar). En todo caso, es muy difícil haber alcanzado la edad adulta en medio del ruido y la furia del populismo y que no hayan quedado cicatrices y deformaciones.

En definitiva: ¿con cuál de los dos papas se queda uno? Allá los católicos con ese dilema. Yo, gracias a Dios, soy agnóstico.

Michelle Bachelet, que también es agnóstica, sin embargo, no anda muy lejos del papa Francisco en su rechazo al mercado. Coinciden en la sospecha de que esa maligna forma de asignar bienes y recursos es culpable de los bolsones de pobreza que hay en el mundo y, especialmente, de la desigualdad que se observa en Chile. Ella va a redistribuir la riqueza, porque no cree, como le sucede a Francisco, que el crecimiento de la economía revierta espontáneamente en una disminución de la distancia que se observa entre ricos y pobres.

Aceptémoslo con cierta melancolía: América Latina es mayoritariamente populista. En conjunto, la sociedad latinoamericana está más cerca del criterio del papa Francisco y de Michelle Bachelet que de quienes pensamos que el mercado y no los funcionarios públicos o los comisarios políticos es el resorte económico que disminuye la pobreza y crea y redistribuye la riqueza de una forma menos imperfecta y más ajustada a la moral.

Chile, precisamente, es un caso que lo demuestra. Al menos, eso piensa el socialista experto noruego Erik Solheim, presidente del Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE, quien propone a este país como un ejemplo de disminución de la pobreza en América Latina. En 25 años los chilenos pasaron de un 46% de pobres al 14% y se colocaron a la cabeza de toda la región en nivel de desarrollo.

Es verdad que Chile, de acuerdo con el índice Gini, es un país muy desigual en el que el 10% más rico recibe 35 veces más ingresos que el 10% más pobre, pero ese dato no revela toda la complejidad de la desigualdad.

El país menos desigual del mundo es Azerbaiyán. Jamaica y Sierra Leona tienen mejores índices de desigualdad que Estados Unidos y Chile. ¿Y qué? El igualitarismo es una quimera perversa que conduce a la miseria colectiva. Que se lo pregunten, si no, a los chinos de la terrible era maoísta o a los cubanos. Incluso, que se lo pregunten a Raúl Castro.

elblogdemontaner.com

Sube la luz, baja el crédito

Bureaucracy gives birth to itself and then expects maternity benefits – Dale Dauten

Llega el 2014. Sube la luz, baja el crédito. ¿Les suena?

Después de más de una década de riesgo regulatorio e intervención en energía y banca, decretos leyes, “reforma” tras “reforma” y decenas de miles de páginas de normas, los resultados son tan desastrosos que la solución que nos ofrecen es: más regulación y más intervención. Y es que ya lo comentaba yo hace años, cuando leo las palabras "sector estratégico” me echo a temblar. Porque sé que detrás de esas palabras vienen miles de millones en pérdidas. Y gobiernos que regulan, meten la pata y… regulan más. Y los errores de la intervención anterior se los achacan a “los mercados” y a una inexistente liberalización. A menos que llamemos “liberalización” a privatizar, seguir metiendo mano en todos los sectores y cuando sale mal, echarle la culpa a los extranjeros. Es decir, liberalización a la ‘argentina’.

Muchos de los villanos de las películas de James Bond suelen tener un modus operandi similar. Crean un enorme riesgo, una amenaza mundial, con el objetivo de vender después “la solución” a un coste desorbitado o controlar el mundo.

España ha pasado de tener unos precios de la electricidad que estaban entre los más baratos de la Unión Europea a ser de los más caros, solo superados por Chipre Malta. Las razones las he explicado, en muchas ocasiones, en mi post explicando cómo hemos llegado a este despropósito de Déficit de tarifa y cómo miramos a otro lado hablando de oligopolios en vez de Planificación de burbuja.

Por qué sube la luz de repente un 11% ¿Manipulación? ¿De quién?

Deben ustedes saber que el 57% del precio final que pagan en la electricidad son costes fijos regulados, primas, impuestos y subvenciones. Esto hace, como con las gasolinas y gasóleos, que ustedes no se beneficien cuando bajen las materias primas, porque los costes fijos lo fagocitan.

De la factura de la luz menos de la mitad es lo que se llama el componente de la energía, es decir, el efecto del precio de mercado. Y éste ha subido un 26% en diciembre. Las razones:

– Se cierra una planta nuclear (Garoña) y se mantiene en parada técnica con innumerables nuevas regulaciones a Vandellós y Almaraz. Sacamos del sistema a través de regulaciones confiscatorias y burocráticas a la energía barata y poco volátil de alta disponibilidad.

– Cae un 40% la producción eólica, que es extremadamente volátil. Encima… tras los cambios regulatorios retroactivos recientes… caída del 40%.

– Menor producción hidráulica (-7%). Llueve menos y la energía más barata de todas es sustituida por… carbón, caro y subvencionado.

– Esto ocurre a la vez que la demanda crece un 1% en diciembre comparado con 2012.

La combinación de estos factores lleva a que el componente energético se haya disparado un 26%. Pero es una combinación desafortunada, extrema, y no replicable. ¿Manipulado por las grandes eléctricas? Ya lo dudo, cuando por ejemplo, Endesa no participó en la subasta (solo comprador) e Iberdrola solo un 4%.

La mayor manipulación que ha sufrido el mercado mayorista de electricidad ha sido la imposición de un mix energético volátil y caro, donde en picos de demanda extremos el carbón ineficiente o el gas más caro disparan el precio y en épocas de baja demanda los costes fijos, primas y regulados siempre suben. Es decir, es una anomalía que, como en otras ocasiones viene de muchos años de hundir al sector, pagando ustedes.

Mientras tanto, el otro componente, el fijo, el de las subvenciones, impuestos y alegrías, sube todos los años. Así, cuando bajan las materias primas usted no ve bajar su factura, y cuando suben, usted paga.

En abril de 2013 la subasta de la electricidad arrojó una bajada del 17%. Otra anomalía por circunstancias muy específicas. Nadie se mesaba los cabellos.

Mirar el componente energético mes a mes es algo que solo pasa en España. En AlemaniaItaliaReino Unido o Finlandia, todos sistemas marginalistas, nadie se escandaliza por una subida puntual del 27% del coste energético… ni de una caída similar posterior. ¿Por qué? Porque en esos países nadie fija la tarifa a principio de año con la bola de cristal y luego tiene que lidiar con las diferencias de haber estimado mal… Y acumular déficit de tarifa.

Otra cosa que ocurre en esos países es que el precio de la energía no lo dicta en picos de demanda la tecnología más obsoleta y cara, porque se preocupan de que el mix energético cumpla dos condiciones: que sea poco volátil y que sea barato. Sustituir energía de ‘base’ barata (hidráulica y nuclear) por energía cara y volátil solo lo hacemos ‘los ricos’.

No es una casualidad que los dos sistemas peor y más intervenidos, Italia y España, tengan los precios de electricidad mayorista más caros.

"Pero qué locuras dice, señor Lacalle, lo que necesitamos es más intervención y más regulación", me dirán. No se preocupen, estamos en camino. Luego, cuando ni bajen los precios y además tengamos que rescatar a los sistemas intervenidos, como ha pasado en Francia, dirán que es culpa de los mercados.

Baja el crédito

¿Quieren regulación? Tomen dos tazas. Si pensaban que iba a ‘fluir el crédito’, tras el análisis de transparencia y los acuerdos de la temible Unión Bancaria, pueden dudarlo.

Les dejo este magnífico grafico cortesía del Financial Times sobre lo ‘acordado’ sobre el mecanismo de control para poner en marcha el proceso de cierre y liquidación de bancos con problemas. Kafkiano. ¿Y aun piensan que la Unión Bancaria va a acelerar y mejorar el mecanismo de transmisión de crédito, agilizar el motor del sistema financiero y evitar los rescates con dinero público? De hecho esta extremada complejidad esconde la obsesión de varios países de que se deje abierta esa posibilidad, la de intervención con fondos públicos para “mantener vivos a los nuestros”… con el dinero de los otros.

Del análisis de transparencia de la EBA (European banking Authority) me quedo con varios elementos importantes que siguen poniendo sobre la mesa que la Unión Bancaria no es la panacea ni el cimiento, sino el tejado, y que queda mucho, pero mucho que hacer a nivel nacional antes de plantearlo.

Pero sobre todo, la avalancha regulatoria que viene, con incertidumbres sobre morosidad, capital con o sin riesgo soberano, hace imposible que la banca lleve a cabo el ejercicio de reducir deuda, mejorar capital y prestar más. Es soplar y sorber a la vez.

– El ratio de capitalización de los bancos ha mejorado poco, del 10 al 12%.

– La exposición a deuda soberana sigue siendo enorme (vean el gráfico).

– La morosidad en el crédito sigue siendo muy alta. 191.000 millones de créditos de difícil cobro en España (13% ex SAREB). Va a fluir el crédito cuando se reúnan los Beatles.

Hasta que estos dos gráficos (exposición a deuda soberana y capitalización) no se aplanen (es decir, que el riesgo asumido por bancos sea similar en proporción) y se acelere la capitalización y limpieza interna de los bancos con más problemas, es imposible hablar de Unión Bancaria sin olerse que los errores de los peores los acabaran pagando otros países.

Porque lo que al ciudadano medio se le escapa es que el problema bancario, esa correa de transmisión de la expansión eterna, aún está lejos de solucionarse. Que el 2007 y la orgia de deuda no puede volver aunque quisiéramos.

La banca ha mejorado, pero debemos ser conscientes de la fragilidad de esas cifras de capitalización. En un sistema bancario tan endeudado y enorme (320% del PIB de la eurozona) donde la cobertura de riesgo por impagos es aún solo del 50% y se cuenta como capital de ‘calidad’ a activos que han sufrido enormes volatilidades, ese capital desaparece rápidamente.

Por eso cuando leo “hemos puestos miles de millones para arreglar la banca y solucionar el crédito y no fluye”, me temo que sobreestimamos lo que se ha hecho como “solución”. Se decidió no dejar quebrar a nadie, mantener a todos y se ha retrasado la limpieza del sistema siete años. Unos mejor que otros, pero el sistema aun frágil.

Mientras siga el incentivo perverso de que los estados enchufen deuda soberana en los bancos, y estos de acumularla como “activo sin riesgo” -menuda broma- seguirá ocurriendo lo que comentaba en mi post No esperen que vuelva el credito. 

Pero como en todos los "sectores estratégicos”, tras decenas de miles de papeles de regulación desde la creación de la Unión Europea, mientras a los estados las empresas les sirvan como instrumentos de gestión de planificaciones burbujeras, seguridades sociales encubiertas y alfombras para esconder deuda, nos pasaremos años diciendo que no entendemos que la economía no crezca, por qué cae la demanda y que lo que hay que hacer es…. intervenir más. Hasta la derrota final.

Canto en favor de los modelos matemáticos

Entre los comentarios a mi anterior artículo sobre banca de inversión surgieron sendas críticas al uso que se le da a las matemáticas en la ciencia económica. Debate que siempre inquieta a todo simpatizante o lector de la escuela austríaca que no termina de entender hasta qué punto el subjetivismo mengeriano, la praxeología miseana o, incluso, los problemas de propiedad e información del socialismo que resaltaron Mises, Rothbard y Huerta de Soto pueden ser compatibles con el uso de las matemáticas de manera efectiva que redunde en un bienestar generalizado de la sociedad. Este pequeño comentario está dirigido a tratar de arrojar cierta luz sobre este debate, si bien la confrontación reciente entre Juan Ramón Rallo, Adrián Ravier y José Luis Ferreira ya nos han otorgado algunas pinceladas al respecto.

Por lo que a mí respecta, no voy a realizar un análisis histórico y sosegado sobre la postura de la escuela austríaca al respecto de la matematización de los eventos de la acción humana, puesto que del mismo se han ocupado los ya citados Ravier y Rallo. Más bien quiero defender el uso de esta poderosa herramienta, explicar por qué no es asimilable el problema del cálculo del Estado y de grandes corporaciones (con el manido ejemplo de la caída de IBM) y diferenciar la tesis mengeriana-feketiana de la tesis más mainstream en la escuela austríaca que sería la comprendida en Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial.

La matematización de la acción humana: los límites subjetivos

Los axiomas praxeológicos son, en su gran mayoría, matematizables. El ciclo causa-efecto que describe Mises entre los capítulos 1 y 5 (sobre todo) de La Acción Humana no presenta, salvo notables excepciones que pasaremos a analizar después, problemas a estos efectos. Sirvan los precios de ejemplo.

Podríamos definir como precio el resultado de una serie histórica de intercambios entre agentes en el mercado conformado por una infinidad de variables. Dicha serie histórica puede mostrar valiosísimos patrones para conformar nuestro comportamiento como agentes dentro de la economía de libre mercado. Baste con pensar en el consumo de la luz. Este suministro responde a picos de demanda de manera bastante regular en función de la estación del año. Ahora bien, presenta volatilidades salvables por las propias matemáticas y, al cabo, modelables dentro de un modelo predictor. Es un análisis sencillo sobre una realidad recurrente. ¿Certeza cartesiana? Difícilmente. Pero las matemáticas no tratan de buscar certezas cartesianas sobre realidades sociales, simplemente tratan de servir a estas realidades como herramienta útil para comprender su funcionamiento en entornos mayoritariamente estáticos. ¿Qué es si no la primera ley de la termodinámica? Cuando la bajamos a la realidad, dirán, se cumple siempre. Algo que no ocurrirá con el modelo sobre el consumo eléctrico.

Por ello, ¿negamos la validez de la matemática como herramienta de acercamiento a la realidad? Más bien al contrario, cuanto más pueda contribuir en nuestro conocimiento sobre la acción humana mayor potencial puede brindar para el individuo – tanto individual como colectivamente – aunque no ofrezca certezas inamovibles sobre un entorno dinámico y cambiante.

Y bien, ¿por qué no ofrece esta posibilidad de conocimiento absoluto? No quiero entrar aquí en lo que explica Huerta de Soto en Nuevos Estudios de Economía Política cuando valora la utilización del método positivista en la economía (tildándolo de perjudicial y erróneo). Es un método válido, pero con limitaciones. Las limitaciones surgen del aspecto subjetivo de la acción humana y de la realidad dinámica y cambiante que la rodea. Esto es, podemos construir nuestro modelo casuístico y creer que es un modelo completo que contempla todas las posibilidades existentes de uso de un determinado bien. ¿Todas? Desde luego que no, la realidad social siempre ofrecerá nuevas posibilidades ajenas completamente a nuestro modelo. Esto no debe servir de pretexto para rechazar que nos acerquemos a la acción humana a través de dicho modelo, simplemente tenemos que asumir que puede fallar. Que probablemente fallará. Y nuestro deber como estudiosos de la economía y agentes integrantes del mercado es saber por qué.

Fallará, principalmente, porque no podremos incluir a priori en el modelo todos los deseos que anhela el individuo.

 

El Estado y las grandes corporaciones: el análisis de escenarios

Es aquí cuando surge el análisis de escenarios como herramienta matemática para tratar de solventar estos problemas. Imaginemos el siguiente ciclo productivo simplificado, considerando distintas maneras de tomar decisiones:

Este pequeño ciclo nos muestra cómo se van acumulando distintos costes sobre la materia prima y nos permite intuir cómo en cada fase del proceso surgen nuevas e imprevisibles contingencias que no están contempladas: ¿Qué ocurre si durante la extracción de la materia prima se produce un repunte de los gastos financieros?, ¿y si en la transformación acontece un gasto extraordinario?, ¿Si mientras la estamos almacenando encontramos un uso distinto y mucho más lucrativo que su posterior venta?, ¿Cómo afrontamos la insatisfacción del consumidor final que no adquiere el producto? Cuando el productor comienza a producir tal vez no ha tenido en cuenta estas variables en su modelo, que ha configurado como una ecuación lineal en la que los costes se distribuyen en 0.1x, 0.3x, 0.15x y 0.45x. A lo que añade el margen que estima conveniente para determinar el precio final. Pero si una de estas variable se altera el margen sufrirá un menoscabo. Imagínense una prima de 1.1x sobre el coste total, en cuanto la extracción de la materia prima aumentase en un mísero 10% y la transformación en un 30% la prima que pensaba obtener el productor queda eliminada. ¿Cómo puede el productor evitar esto? Calculando su prima sobre un modelo que contemple estas posibilidades asignándole las estadísticas que crea convenientes. Si la prima ahora no es fijada mediante la primera ecuación si no como media ponderada entre una serie de contingencias posibles que pueden suceder durante el ciclo productivo es menos probable que la prima desaparezca. ¿Imposible? Veámoslo con dos ejemplos contrapuestos.

El primer ejemplo ya había sido adelantado con el caso IBM. IBM, entidad todopoderosa que vio reducido su negocio al consumidor. Muchos austríacos asemejaron esto, incluso, a la caída de al Unión Soviética. Alegaban que a IBM le había faltado información para fijar su posición en el mercado. En primer lugar, matizar que a IBM no le había faltado información, simplemente se despreocupó a la hora de obtenerla e incluirla en su modelo. Pero si así fuera el caso, y visto que nada le hubiera impedido procesarla e internalizar sus efectos en su ciclo productivo, ¿habría tenido la misma consecuencia? Es algo que nos es imposible conocer, pero si estudiamos la acción humana no debería importarnos. La conclusión que se extrae aquí es que IBM perdió, pero ¿perdió también el consumidor?

Y es aquí donde pasamos a ver lo que acontece cuando este problema lo sufre el Estado. Imaginemos ahora que contamos con una industria tecnológica cuyos medios de producción están totalmente nacionalizados. El Estado, imaginemos que un Estado idealizado leninista previsor de todas las contingencias, sí ha incluido en su modelo las posibles variaciones de preferencias del consumidor asignándolas una determinada probabilidad. Pongamos que ha supuesto que hay un 20% de probabilidades de que se el coste de almacenaje sea 2x y un 80% de que sea el estimado. Ello nos conduce a que el precio final debiera aumentar en 0.03x. Si se produce la contingencia estimada, el margen estatal de 1.1x se disipa (pues habríamos pasado de unos costes de 1.03 y un precio de 1.133 al mismo precio pero con un coste de 1.15). ¿Qué puede hacer nuestro previsor Estado ante esta disyuntiva? Puede organizar otro sistema en el sector que cubra la misma satisfacción previendo esta contingencia. ¿Problema? Si la contingencia no se da el contribuyente verá retraídos recursos propios para algo que no le aporta satisfacción y si se da, verá que parte de sus recursos retraídos han destruido valor.

El libre mercado esto lo soluciona puesto que es el capital privado el que soporta este problema fruto del dinamismo del mercado. Si otra empresa sí prevé esta contingencia y se organiza para afrontarla puede tener suerte y que suceda, satisfaciendo al consumidor. Si no, el consumidor seguirá estando satisfecho con la empresa original, aunque el capitalista de la empresa alternativa se arruine. La satisfacción del consumidor aumenta, no se ve recortada como en el caso estatal. 

Conclusión 

¿Entonces fallan? En efecto, ya lo anticipábamos supra. Pero fallan cuando no se las complementa de mecanismos que llenen sus vacíos. ¿Qué mecanismos son estos? Pues, ¡las propias matemáticas utilizadas por otra mente distinta! El modelo, en su conjunto, es autocorrector con los debidos incentivos: libertad y propiedad. Y ello es, desde luego, un canto a favor del uso de las matemáticas para aproximarnos a la realidad desde que pueden servir (y, de hecho, sirven) para aumentar la satisfacción de la sociedad en el marco de la acción humana.

La factura de la luz bajaría hasta un 65% eliminando los ‘costes políticos’

En los últimos días, el precio de la luz ha levantado una intensa polvareda a nivel político y social, generando con ello una mayor confusión entre la opinión pública sobre una materia que ya de por sí es muy compleja. En primer lugar, el Gobierno incumplió su promesa de cubrir el déficit de tarifa generado en 2013 -unos 3.600 millones de euros- mediante los Presupuestos Generales del Estado para evitar desviarse del objetivo de déficit público fijado por Bruselas.

Como consecuencia de esta decisión, el Ministerio de Industria anunció que elevaría los peajes de acceso (la parte regulada del recibo que fija el Gobierno), lo cual se traducirá en una subida de la luz de entre un 1% y un 2% para el consumidor final, pese a que el responsable de este departamento, José Manuel Soriaafirmó lo contrario pocos días antes.

Pero este particular revuelo alcanzó su cénit el jueves, cuando la subasta eléctrica (la parte del recibo que depende del mercado) se zanjó con una subida de casi el 30%, lo cual, trasladado al recibo final, supondría para familias y empresas un encarecimiento superior al 10% a partir de enero, causando con ello un considerable alarmismo social y mediático.

El mensaje del Gobierno

La reacción del Gobierno no se hizo esperar. La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), regulador controlado por el poder político, decidió en la madrugada de este viernes invalidar el resultado de la subasta, empleando como argumento la "concurrencia de circunstancias atípicas" que, hoy por hoy, todavía no ha precisado.

Cabe recordar que nada más conocerse la subasta, Gobierno, PP y la inmensa mayoría de partidos políticos apuntaron a una supuesta manipulación orquestada por las eléctricas para elevar de forma artificial el precio de la luz. Empresas y expertos del sector, por el contrario, han negado de forma rotunda tal acusación. Pero, más allá de quién tenga o no razón, la cuestión es que Industria ya ha anulado la polémica subida y ahora trabaja en la elaboración de un nuevo mecanismo "alternativo" al de la subasta para determinar el precio de la energía en el mercado mayorista.

Así pues, la posición del Gobierno -y del poder político, en general- es evidente: el brusco encarecimiento que pretende imponer el mercado es "inaceptable" y, por tanto, el Estado debe intervenir para poner orden. Pero lo que no dice el Ejecutivo es que los españoles soportan hoy una de las facturas eléctricas más caras de la UE debido, precisamente, a ese mismo intervencionismo público.

El propio Ministerio de Industria admite que se ha disparado algo más de un 80% desde 2004. Sin embargo, este aumento no se debe a los precios del mercado sino a los costes regulados, cuya evolución depende del Gobierno. La factura de la luz -excluyendo impuestos- se divide en dos grandes bloques:

  • Precio libre (coste de la energía): lo que le cuesta la electricidad a la empresa que nos la vende (subastas en el mercado mayorista).
  • Precio regulado (peaje de acceso): refleja el coste de acceder a las redes, y su precio lo fija arbitrariamente el Gobierno de turno. Aquí se debería incluir el coste total que supone transportar y distribuir la energía (actividades reguladas por el Estado), pero también abarca el coste de la moratoria nuclear de Felipe González, los planes de eficiencia y ahorro energéticos, los sobrecostes de la electricidad en Canarias y Baleares, las primas para el carbón nacional, las primas a las energías renovables y la cogeneración, así como la financiación del déficit de tarifa de años previos.

La subasta refleja poco más del 40% del coste

La polémica subasta del jueves se encuadra en el precio libre, y pesa algo más de un 40% en la factura, siempre y cuando se excluyan impuestos. En concreto, este mecanismo, llamado CESUR, refleja el coste de la energía que tienen que pagar los clientes acogidos a la tarifa de último recurso (TUR), unos 18 millones de consumidores en España (familias y pymes) y se celebra cada tres meses.

El mercado mayorista fijó un precio de 6,18 céntimos de euro por KWhpara el período que va de enero a marzo, casi un 30% más que el presente trimestre, pero como este coste supone poco más del 40% de la factura, una vez realizados los ajustes pertinentes, se traduciría en un encarecimiento del 10,5% para el consumidor final.

¿Mucho o poco? Mucho si se compara con el precio vigente este trimestre, pero poco si se amplía la perspectiva temporal. Lo cierto es que el precio libre de la energía, es decir, el que depende directamente del mercado, se ha mantenido más o menos estable a lo largo de la última década. El precio libre de la energía es prácticamente el mismo que en 2004. De hecho, tal y como recuerda Juan Ramón Rallo, el precio de la polémica subasta es un 15% inferior en términos nominales (casi 25% en términos reales si se descuanta la inflación) al que se alcanzó en el tercer trimestre de 2008, y hasta un 7% inferior en términos reales al precio medio del mercado diario de generación eléctrica de todo 2005. Dicho de otro modo, el precio libre no ha subido en los últimos años.

Por tanto, la subida de la factura ha de buscarse en la parte que depende del Gobierno, los costes regulados, cuya peso en la factura -sin impuestos- es algo inferior al 60%. Su evolución no deja lugar a dudas: los costes eléctricos que dependen del Gobierno se han triplicado desde 2004, hasta rondar los 21.000 millones de euros en 2012.

Pese a ello, los políticos se han negado a trasladar todos estos costes al recibo que pagan los consumidores, ya que subir la luz es impopular -resta votos-. Así, mientras dichos costes se triplicaban, los peajes de acceso (la parte del recibo que fija el Gobierno) también subían, pero en menor medida -casi se han duplicado desde 2004-.

La diferencia entre costes regulados y peajes de acceso es lo que se conoce como déficit de tarifa, cuya cuantía no ha dejado de crecer en la última década -rondará los 30.000 millones de euros al cierre de 2013-. Es decir, los españoles pagan uno de los recibos más caros de la UE y, aún así, no cubre el coste real de producir electricidad en España.

Así pues, el encarecimiento del recibo final de la luz se debe a la parte regulada -dependiente del Gobierno, no del mercado-. Y, más concretamente, a la burbuja de las renovables, tal y como refleja el siguiente cuadro -las subvenciones a la cogeneración y energías renovables han crecido un 600%-.

Y a todo ello hay que sumarle los correspondientes impuestos. El siguiente gráfico resume cómo se desglosa la factura eléctrica final en España, incluyendo impuestos: el coste de la energía en el mercado -eliminando primas y subvenciones- asciende a cerca del 35% de la factura total (subastas CESUR); casi el 22% corresponde a primas verdes y subvenciones; el 20% a impuestos (IVA y tasas eléctricas); el 12,8% a distribución (llevar la energía a los consumidores); 3,7%, al transporte (líneas de alta tensión que conducen la electricidad desde las centrales hasta el entorno de las poblaciones); y el 6,6% restante a otras cargas (costes extrapeninsulares, servicio de interrumpibilidad, etc.).

Es decir, el 35% de la factura total es la que depende directamente del mercado, y el 65% restante del poder político -si se suman también los impuestos-. De este modo, eliminando tales costes políticos, la factura bajaría hasta un 65%. Pese a ello, cabe recordar que dentro de la parte regulada también se incluye la distribución y el transporte que, siendo actividades ligadas al mercado de la electricidad, están bajo el control directo del Estado, en cuanto a su desarrollo y su retribución. Aún en el caso de incluirlos como actividades asociadas al mercado, dando por válidos sus actuales costes intervenidos, el precio de producir electricidad apenas ascendería al 52% del recibo total o, lo que es lo mismo, eliminando todo atisbo de intervención pública la luz que pagan familias y empresas bajaría, como mínimo, un 50%.

Por último, cabe destacar que el precio libre de la energía no sólo se ha mantenido estable en la última década sino que, además, su peso en la factura eléctrica ha ido descendiendo de forma progresiva, conforme aumentaban la cuantía de los costes regulados, pasando del 54% al 35% en la última década.

Análisis económico básico del Bitcoin (I)

Aunque pensaba que lo había hecho, al final no he podido evitar que mi atención se escape hacia la “moneda” de moda, por lo que las siguientes constituyen mi humilde aportación al análisis del Bitcoin como moneda.

Mi análisis se va a centrar, como digo, en ver qué posibilidades tiene Bitcoin de ser utilizado como dinero, y no en analizar si es una buena oportunidad de forrarse o no. Estoy seguro de que muchos avezados emprendedores ganarán cantidad de dinero mientras dure la discusión académica: de hecho, Bitcoin se incardina en el sector de Internet, particularmente proclive a la generación de burbujas más o menos llenas de aire.

Antes de nada, procede tratar de explicar qué es Bitcoin, lo que no es tan fácil como debería ser. El lector interesado puede encontrar aquí[1] todo el material para hacerse una idea. Sus creadores definen Bitcoin como “una red innovadora de pago y un nuevo tipo de dinero“. En la práctica, la posesión de BTCs[2]se refleja en una clave que permite transferir la BTC entre “monederos” virtuales. Las BTCs se generan por los ordenadores que están colaborando en el proceso de cifrado que necesita el sistema para funcionar, que al parecer es mucho. Así, las BTCs recompensan esa dedicación de capacidad, pero lo hacen en proporción a la capacidad total de proceso de la red Bitcoin. La creación de BTCs está limitada a un cierto número, a partir del cual se supone que los ordenadores dedicados al cifrado encontrarán su recompensa en comisiones de pago. La recompensa antes referida es aleatoria, y todo este proceso de cifrado es lo que se conoce como minería. Insisto: cuantos más ordenadores hay trabajando, más difícil es que a uno concreto le toque una BTC, y llegará un momento en que ya no se encuentren BTCs.

Tras esta precaria definición, comencemos el análisis, para lo que acudiré a los conceptos económicos básicos: al valor, al intercambio directo, al precio, al intercambio indirecto y al dinero. Como es bien conocido, el valor de un bien depende de la utilidad que pueda proporcionar. Esta utilidad es subjetiva, en el sentido de que cada individuo es el único que conoce la utilidad que para él puede tener un determinado bien, por lo que el valor del bien es igualmente subjetivo.

En el origen de la sociedad y el mercado como lo conocemos hoy, cabe pensar que se produjeran intercambios de bienes (trueques) entre los individuos. Obsérvese que la existencia del trueque es una verdad empírica, y no previsible por la teoría económica. Lo que sí puede hacer la teoría económica es explicar por qué se produce y deducir consecuencias.

El intercambio se produce porque cada uno de los individuos involucrados considera que el bien que va a recibir le es más valioso que el que va a ceder, sea porque le es más útil o porque del cedido dispone de más unidades.

Cabe pensar que el primer tipo de intercambio fuera el llamado directo, en el que se intercambian bienes con usos diferentes, con la finalidad última de utilizar directamente el obtenido. Por ello, solo se intercambiaban bienes que tienen uso directo. Por definición, en el intercambio directo lo único que cuenta es el valor de uso del bien, no el valor de intercambio, pues éste solo aparece con el intercambio indirecto, como ahora se explicará.

Así pues, en el mundo del intercambio directo, la contraparte que estuviera dispuesta a aceptar BTCs se plantearía qué puede hacer con ellos, pregunta que abro al lector: ¿Qué se puede hacer con una secuencia de bits que representa un código aceptado por una mayoría de ordenadores? ¿Se pueden utilizar para una imagen, una película o un programa de software que nos proporcione utilidad? Parece difícil que alguien aceptara BTCs en un escenario de intercambio directo.

Prosigamos el análisis teórico. Las limitaciones del intercambio directo son patentes: para que se produzca es necesario un encaje de utilidades que lo dificulta enormemente. Necesitamos algún individuo que tenga algo que nosotros queremos, y que a su vez, quiera algo que nosotros poseemos. No solo eso, sino que además deben ser de valores comparables: por mucho que un albañil necesite fresas, no va a construir una casa a cambio de una tonelada de fresas.

Por ello, en algún momento los individuos empezaron a utilizar alguno de los bienes intercambiados como dinero, esto es, como bien intermedio para facilitar los intercambios. De esta forma, el albañil del ejemplo podía cambiar la casa por este tercer bien, del que dedicar parte a la compra de fresas. Por supuesto, este tercer bien, el dinero, resolvía el problema del encaje de utilidades, ya que a su valor de uso individual superponía ahora el de intercambio, siendo así válido para una mayoría de individuos en la comunidad.

De nuevo, es necesario recordar que la existencia de dinero es una verdad empírica, no es algo que se puede deducir mediante la praxeología. La teoría económica nos permite explicar la existencia del dinero, pero no prever su existencia. Por ello mismo, los atributos del dinero no se pueden determinar teóricamente, sino que se han de estudiar empíricamente, con la observación de las características del dinero usado por los individuos a lo largo de la historia.

¿Qué es lo que parecen haber en tenido en común todas las mercancías usadas (libremente) como dinero a lo largo de la historia del ser humano? Todas tenían un valor de uso inicial; todas se intercambiaban por su valor de uso con otras mercancías, lo que permitió una transición natural en el momento en que se generalizó su uso como medio indirecto de intercambio. Evidentemente, el nuevo uso de esa mercancía le confirió un valor adicional, haciendo que se multiplicara el valor del bien, lo que a su vez debió de desencadenar procesos de producción adicionales a los existentes para competir por el nuevo valor generado.

Como dinero se ha utilizado la sal, la pimienta, el ganado, la cebada, las conchas cauris e incluso megalitos; se ha utilizado el oro y la plata, e incluso los cigarrillos. Todas eran mercancías que, para aquellas sociedades y en aquel entonces, tenían valor de uso, y la mayoría de ellas lo siguen teniendo[3].

Sin embargo, no ocurre lo mismo con Bitcoin. Las BTCs se nos plantean desde el principio como una mercancía sin valor de uso directo, cuyo valor reside por tanto íntegramente en su valor de intercambio. Exactamente igual, por tanto, que el dinero fiduciario que domina el intercambio indirecto en la actualidad. La diferencia estriba en que el dinero fiduciario tiene un origen vinculado a un material con valor de uso (el oro), mientras que Bitcoin nace referenciado a un bien que únicamente tiene valor de intercambio, el propio dinero fiduciario.

Habida cuenta de la ausencia de valor de uso directo, lo que preocupa a los creadores de Bitcoin es remedar lo que constituyen buenas cualidades empíricas del dinero. Pero, ¿es esto suficiente para conseguir un dinero libremente aceptado? Trataré de seguir indagando en el tema en el próximo comentario, pero ya anticipo que la respuesta final solo se puede obtener en el libre mercado.

Lo otro que procede anticipar en estas señaladas fechas es mis felicitaciones navideñas y de Año Nuevo a todos los lectores y seguidores del Instituto Juan de Mariana. ¡Feliz Navidad!  



[1] http://www.bitcoin.org. Lo más esclarecedor me parece http://bitcoin.org/en/faq, en concreto las partes referentes a economía y mining.

[2] Se suele llamar Bitcoin al sistema, y BTC a cada una de las monedas creadas.

[3] Sobre el dinero fiduciario creo que se ha escrito lo suficiente como para que sea necesario referirme a él. Baste decir aquí que el uso del dinero fiat está impuesto en la actualidad como moneda por los Estados. Es una cuestión empírica interesante saber qué hubiera pasado con el dinero fiat en ausencia de monopolio estatal del dinero. Posiblemente el futuro de Bitcoin pueda dar una pista.

Los efectos de nuestro no-mercado eléctrico

El coste de generación de electricidad, determinado por la subasta CESUR, se ha fijado en 6,18 céntimos de euro el KWh y, como consecuencia de ello, el recibo de la luz aumentará en el próximo trimestre más de un 10% con respecto a unos niveles que ya rozan los máximos históricos. Sólo hay un problema: pese a este disparatadísimo precio, es un 15% inferior en términos nominales (casi 25% en términos reales) al que se alcanzó en el tercer trimestre de 2008; o, si vamos más atrás, es un 7% inferior, en términos reales, al precio medio del mercado diario de generación eléctrica de todo 2005. ¿Cómo puede ser, por consiguiente, que el precio de la electricidad se esté encareciendo cuando su coste de generación ha ido cayendo?

En el año 2003, los españoles consumíamos 237.000 GWh en electricidad; una década después, esa demanda se había incrementado hasta 267.000 GWh. El coste de cada GWh consumido, sin embargo, se había más que duplicado entre medias: desde los 6,3 céntimos por KWh a los 13,1 céntimos. Ciertamente, no es imposible que un aumento de la demanda del 12% origine un alza de costes del 108% –si la oferta es muy inelástica y la demanda también lo es, el resultado es ése: aumentos explosivos de precios–, pero debería sonar extraño teniendo en cuenta que paralelamente se ha cuasi duplicado la potencia instalada (desde los 65.000 MW a los casi 107.000). Es decir, en el sistema eléctrico español no hay ninguna rigidez a la hora de aumentar la producción conforme crece la demanda (ésta crece un 12% y la capacidad para producir un 90%), de modo que el alza de los costes cabrá imputarla o un muy sustancial incremento del precio de sus inputs o a un cambio en la estructura de costes de la producción eléctrica desde 2003 a esta parte.

La primera posibilidad podemos descartarla en gran medida: el coste de la hidráulica y de la nuclear no han variado y el del gas está a un nivel similar al de 2003. Sólo el del carbón ha aumentado, pero el peso de las térmicas intensivas en carbón se ha ido reduciendo dentro de nuestro sistema eléctrico: es decir, dado que el nivel de los costes no ha variado sustancialmente, los problemas provendrán de un cambio en la estructura de esos costes (sobreponderando los costes más elevados e infraponderando los más reducidos).

La mutación del mix energético

Primero, todo el incremento de 42.000 MW en la potencia instalada desde el año 2003 se ha concentrado en dos campos: centrales de régimen especial (25.000 MW) y centrales de ciclo combinado (22.000 MW), habiéndose reducido la potencia instalada del resto de fuentes (especialmente en fuel-gas) en 6.000 MW. Dentro de las centrales de régimen especial, el mayor incremento ha sucedido entre las eólicas (17.000 MW), seguido de las fotovoltaicas y termosolares (5600 MW). Hay que tener en cuenta que el aumento de la potencia instalada en las renovables y en las de ciclo combinado está fuertemente interrelacionado: pasar a depender de fuentes de energía intermitentes requiere de la instalación complementaria de centrales fiables que puedan proporcionar electricidad de manera inmediata.

Segundo, el cambio no sólo se ha materializado en la potencia instalada, sino en el modo de cubrir la demanda: en 2003, un 17,7% de la demanda se atendía a través de las energías de régimen especial (y la mitad de ese 17,7% era cubierto por fuentes de régimen especial no renovables); en 2012, el 38% de la demanda era cubierto por energías del régimen especial (y sólo un tercio de ese 38% procedía de energías no renovables). A su vez, las centrales de ciclo combinado han pasado de atender al 6,6% del total de la demanda a hacerlo al 15%.

Es evidente, por tanto, que el cambio estructural que se ha producido dentro de nuestro sistema eléctrico ha sido el estallido de las centrales renovables a partir de 2004 (y de las de ciclo combinado asociadas a las mismas), que no sólo han pasado a atender casi el 25% de la demanda, sino que además lo hacen de manera preferente sobre el resto de centrales. El problema es que el coste medio de estas centrales instaladas hasta 2011 es verdaderamente disparatado, sobre todo en el caso de la fotovoltaica, que roza los 45 céntimos por KWh (el coste medio de la eólica es algo inferior a 8 céntimos por KWh). Para que nos hagamos una idea, si el 100% de la demanda eléctrica de España fuera cubierta por el tipo de fotovoltaicas instaladas en España hasta 2011, el precio del KWh ascendería hasta los 52 céntimos, de modo que la luz se encarecería un 300% con respecto a los niveles actuales.

La retribución a las energías renovables se articula políticamente a través del sistema de primas al régimen especial, cuyo importe se ha disparado desde los 2.000 millones de euros en el año 2003 a los 8.600 en el año 2012, hasta el punto de representar una cuarta parte de todos los costes del sistema eléctrico. Sus defensores sostienen que las renovables rebajan el coste de la generación eléctrica, ya que éste se fija por el coste marginal de la subasta CESUR y las renovables entran a esta subasta a coste cero. No es un mal argumento, pero es obvio que introducir dentro del mix eléctrico tecnologías remuneradas a un precio entre dos y diez veces superior al coste medio del resto de tecnologías no contribuye a abaratar la electricidad: al contrario, tiende a encarecerlo de manera muy notable cuando una cuarta parte de nuestra provisión eléctrica procede de tales fuentes. No en vano, si las renovables hubiesen sido en su momento más baratas que el resto de tecnologías, no habrían necesitado ser primadas políticamente para que cundiera la inversión en ellas. Sólo en el caso de que los costes del resto de centrales se encarecieran muy notablemente tendría sentido decir que las renovables instaladas contribuyen a abaratar la factura (sobre todo, en el supuesto de las eólicas: las fotovoltaicas instaladas hasta 2011 jamás la abaratarán).

El verdadero origen del problema

En todo caso, el problema último de nuestro sistema eléctrico no es que se haya invertido mucho en renovables o muy poco en nuclear: el problema es que las decisiones que se han tomado en un sentido o en otro han partido de consideraciones políticas y no económicas. En algunos contextos, la instalación de renovables puede ser realmente la mejor opción (especialmente, tras las mejoras tecnológicas experimentadas en las fotovoltaicas de nueva generación), pero en otros puede ser una locura antieconómica; precisamente por eso existe un mix energético: porque no hay una fuente que sea universalmente óptima para cualquier contexto.

Sucede que, en España, han sido los incentivos y las hiperregulaciones estatales, en lugar de los incentivos y la experimentación descentralizada, las que han determinado el mix energético del que se abastecen los españoles: se ha sustituido la racionalidad económica por los intereses políticos y de grupos de presión aledaños. Un problema por el lado de la oferta que, para más inri, se ha visto agravado por el de la demanda merced a un artificial abaratamiento político del precio de la electricidad (que no ha cubierto el coste real desde 2004), lo que ha contribuido a cebar el consumo eléctrico en lugar de disciplinarlo (incentivando su transición hacia procesos productivos más eficientes desde un punto de vista energético).

Justamente, lo peor que puede decirse del sistema eléctrico español es que no es un mercado. Puede que la titularidad de sus operadores se haya privatizado, pero no existe competencia alguna en el sentido en que resulta realmente valiosa: no en que haya un número ingente de operadores, sino que los operadores que haya (sean cuantos sean) dispongan de libertad para componer planes empresariales originales y diferenciadores. Evidentemente, si todos producen electricidad del mismo modo, el precio final que podrá ofrecer cada uno de ellos no variará mucho del resto, sean éstos uno o veintiuno: y, en España, todos han terminado produciendo electricidad de un modo muy parecido porque quien realmente ha planificado nuestro sistema ha sido el Estado a través de sus regulaciones e intervenciones.

Lo que necesitamos no es una renacionalización de las eléctricas –cuya consecuencia sólo sería la de acentuar el mismo control político sobre la electricidad que nos ha abocado al desastre actual a menos que optara por impagar las primas adeudadas a los productores renovables– sino una auténtica liberalización que permita no sólo a las eléctricas competir entre sí innovando, sino a los ciudadanos competir contra las eléctricas a través del autoconsumo. Sin primas y sin subvenciones, sin restricciones y sin privilegios regulatorios. Un libre mercado eléctrico donde el Estado no desempeñe ningún papel y donde, por tanto, colocar a un político en el Consejo de Administración de una eléctrica sea una de las peores inversiones que cualquier eléctrica pueda realizar. Liberalismo como alternativa al corporativismo actual y al socialismo que no constituye alternativa real alguna.