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¿Destruyen riqueza los regalos de Navidad?

Según el economista Joel Waldfogel, de la Universidad de Minnesota, cada Navidad se provoca en todo Occidente una “orgía de destrucción de riqueza”. El motivo, dice, es la tradición de hacerse regalos. Expuso por primera vez por qué sucede tal cosa en el artículo The Deadweight Loss of Christmas, publicado en 2003. En 2009 amplió sobre el asunto en un libro titulado Scroogenomics: Why You Shouldn’t Buy Presents for the Holidays. ¿Cuál es el motivo por el que, desde su punto de vista, no deberíamos hacernos regalos por Navidad?

El argumento central de Waldfogel es el siguiente. Cuando nos compramos algo para nosotros mismos lo hacemos porque valoramos más ese producto que el dinero que damos a cambio. Si decidimos comprarnos, por ejemplo, un Kindle, es porque damos más valor a dicho lector electrónico que a lo que podríamos hacer con los 80 euros que nos cuesta. Si el valor que le damos fuera inferior al precio, el intercambio no tendría lugar. Con los regalos, sin embargo, esto no sucede. Pongamos que un ser querido, con toda su buena intención, nos regala una colonia que cuesta 80 euros. Puede que ese producto nos venga bien, que le demos algún valor. Pero ¿habríamos estado dispuestos a pagar ese precio por la colonia? Es probable que no. Lo típico es que los productos que recibimos como regalo tengan para nosotros un menor valor que el precio que se ha pagado por ellos. Esta diferencia negativa es lo que Waldfogel presenta como irreparable destrucción de riqueza.

Waldfogel, de hecho, se dedicó a recopilar datos y a realizar entrevistas para tratar de medir dicha pérdida de riqueza. Concluyó que en promedio la gente valoraba los productos que le regalaban en torno a un 20% menos que el dinero gastado en ellos. Es decir, que si en Estados Unidos se gastan en torno a 65.000 millones de dólares cada temporada navideña, esto se traduce en una destrucción de valor de unos 13.000 millones. ¿Cómo se puede evitar esto, según el autor? Regale dinero. O, en todo caso, una tarjeta regalo. Aunque como el autor de Scroogenomics realmente se quedaría tranquilo es si la tradición de hacernos regalos por Navidad quedara abolida.

A estas alturas es probable que el lector ya se imagine a Waldfogel como un ser frío y amargado, algo así como la encarnación del propio Ebenezer Scrooge, el antinavideño protagonista del Cuento de Navidad de Dickens. Algo nos rechina y va en contra de nuestras intuiciones. Es evidente que algo no cuadra en esta teoría. Al fin y al cabo si esta masiva tradición es tan ineficiente y dañina, ¿cómo es posible que cada año vuelva a repetirse? ¿Tan tontos somos?

Es típico entre los economistas mainstream que cuando la realidad lleva la contraria a sus teorías consideren que la que falla no es la teoría, sino la realidad. El problema de Waldfogel es creer que lo único que cuenta es el valor material de los regalos. Pero si pensamos un poco en nuestra propia experiencia al abrir el regalo que nos hace un ser querido, caemos en la cuenta de que el producto físico que recibimos es, en el fondo, lo de menos. Está claro que es mejor que el regalo sea algo práctico, algo que nos guste. Pero la magia de los regalos está en la propia experiencia, en la sorpresa, en la originalidad, en la ilusión que nos hace. No sólo valoramos el bien en sí, sino también el esfuerzo que ha hecho el otro, el tiempo que ha empleado en pensarlo y en prepararlo. Es por ese motivo por el que la gente se hace regalos. Porque valoramos, en definitiva, no sólo el hecho de que el regalo nos sea más o menos útil, sino toda nuestra experiencia desde un punto de vista subjetivo. En general el conjunto sí que nos compensa.

El filósofo Michael Sandel, de la Universidad de Harvard, publicó What Money Can´t Buy, un polémico libro en el que lamenta que estemos pasando “de tener una economía de mercado a convertirnos en una sociedad de mercado”. El libro está repleto de argumentos discutibles, sobre todo desde una perspectiva liberal, pero entre sus aciertos se encuentra la crítica a la teoría antinavideña de Waldfogel. Sandel señala que regalar dinero a un amigo, novia o esposa en vez de hacerle un regalo cuidadosamente escogido es manifestar una desconsiderada indiferencia. Es como salir del paso sin prestar la atención debida. Por supuesto, hay gente que no experimenta lo mismo con esta tradición y que valora menos la ilusión navideña. También es normal que haya circunstancias en las que aun así se prefiere dinero, o regalos fáciles de monetizar, como suele pasar con los regalos de boda. Pero no es lo habitual. Queremos que se impliquen y que nos sorprendan. Los millones de personas que en estas fechas salen a la calle y combaten el frío en busca de un buen regalo para sus seres queridos no son irracionales. Es cierto que hay cosas que el dinero no puede comprar.

Bitcoin: democracia monetaria o cuento chino

Bitcoin is the beginning of something great: a currency without a government, something necessary and imperative – Nassim Taleb

I don’t understand Bitcoin, but I don’t understand women either and I am married – US trader

Durante las intensas semanas de promoción de mi libro Viaje a la Libertad Económica me han preguntado en varias ocasiones mi opinión sobre Bitcoin, la mal llamada “moneda virtual” que ha  saltado a los medios de comunicación por haber aumentado de precio más de 100 veces en once meses.

Como introducción a lo que es Bitcoin, hace unos días nuestro amigo McCoy escribió éste gran artículo que merece leerse.

Mi opinión es muy sencilla. Bitcoin no es una realidad, es una expectativa, y por tanto su evolución depende de ir consiguiendo implantarse globalmente y aclarar las dudas sobre su valor como refugio.

Bitcoin es un startup de moneda. El atractivo inicial es indudable. Un medio de pago donde los estados no pueden interferir en la masa monetaria, donde no se puede crear dinero falso no respaldado por el ahorro, y donde se puede ‘huir’ y refugiarse del asalto al ahorrador que es la represión financiera creciente impuesta por los gobiernos y bancos centrales. Bien, pero las dudas me llegan cuando el ‘refugio’ es virtual, y por tanto, siempre sujeto a ataques informáticos. Además, la historia me hace temer la reacción confiscatoria de los estados cuando alcance –si lo hace- una implementación “peligrosamente alta”.

De momento, Bitcoin no es una moneda, es una red de intercambio. Un activo financiero parecido a un futuro o un derivado. Al contrario que el dinero de curso legal, nadie está obligado a aceptarlo como medio de pago. Si quieren, algo parecido al trueque. Usted acepta como pago de sus bienes y servicios algo que considera valioso, un reloj, un coche o Bitcoin, y para ello valora su escasez, demanda futura y su calidad para ante la posibilidad de intercambiarlo por otras monedas, bienes o servicios en el futuro.

Como activo de ‘almacenamiento de valor’, es relativamente parecido al oro, pero virtual. Está por tanto sujeto a una volatilidad extrema y a una oferta y demanda potencial difícil de estimar.

Pero no se puede equiparar al oro físico, por no tener historia de transacciones en época de crisis extrema. Es decir, todo el mundo sabe que ante una catástrofe global se ha podido intercambiar oro por bienes y servicios. Nadie sabe aún cómo se ‘almacena valor’ virtual.

Para que sea una moneda tiene que recorrer mucho terreno de implantación, sea de curso legal y que se acepte a nivel global para transacciones comerciales de gran calado. 

¿Es Bitcoin una burbuja especulativa? ¿Una estafa piramidal, un esquema Ponzi?

Por fin he recibido un buen informe de análisis detallado con una aproximación a su valoración (Bitcoin, A First Assessment de Bank of America Merrill Lynch) que busca profundizar en los riesgos y oportunidades de este fenómeno virtual.

Según Merrill Lynch, si asumimos que Bitcoin se convierte en un medio de pago generalizado en transferencias y comercio electrónico, una aproximación a su valoración podría llegar de sumar:

– La capitalización media de medios establecidos como Western Union, MoneyGram y Euronet, unos 4.500 millones de dólares.

– La expectativa de acaparar un 10% del comercio electrónico mundial, que puede fluctuar agresivamente, y que el banco de inversión norteamericano estima en un máximo de 5.000 millones de dólares.

En total, unos 9.500 millones de capitalización, es decir, inferior al nivel de mercado, de más de 13.000 millones de dólares.

La primera parte del análisis de valoración parece adecuada en un escenario conservador, aunque alguien pueda decir que Bitcoin, por contar con el beneficio de una oferta restringida, debería capitalizar por encima de Western Union.

Pero es en la segunda parte de la suma donde es más complejo analizar. Para llegar a 5.000 millones de dólares, Merrill Lynch asume que Bitcoin llegaría a acumular un 10% de las ventas on-line residenciales en Estados Unidos, y lo extrapola al resto del mundo. En EEUU el comercio electrónico total es un mercado de 224.000 millones de dólares en el que el sector doméstico (familias) supone alrededor de 10.000 millones, de los cuales un 10% irían potencialmente a Bitcoin. Si asumimos que EEUU es cercano al 20% del PIB mundial y un grado similar de penetración tanto de comercio on-line como de Bitcoin en el resto del mundo, los analistas llegan a la cifra de 5.000 millones de dólares de capitalización. Sin embargo, según mi propio análisis, esa cantidad puede ser muy superior si incluimos a empresas que empiecen a utilizar de manera agresiva Bitcoin. Pasaría a multiplicarse por 10, hasta 50.000 millones, asumiendo una penetración similar a otros medios de pago electrónico.

Una valoración nos indicaría que Bitcoin ha subido casi un 30% por encima de sus fundamentales, y la otra que está infravalorado en un porcentaje superior al 420%.

Ese es el dilema de analizar Bitcoin, entender la capacidad de penetrar en mercados que hoy en día son enormes y donde puede generarse un espacio para este medio de pago sin caer en los riesgos de:

– Suponer una amenaza a los estados y su control sobre la moneda y la masa monetaria. En un mundo donde los bancos centrales y gobiernos han asumido la represión financiera como último recurso para sostener estructuras de gasto y endeudamientos excesivos, el uso de la legislación para atacar a cualquier medio que amenace su principal arma de política económica no debe infravalorarse. Bitcoin, incluso en la parte media del rango de valoración, estaría muy lejos de llegar a ser un ‘problema’ de ese tipo.

– Confiscación de activos al estilo intervencionista de Roosevelt con el oro, y otros paradigmas de acciones gubernamentales para quedarse con los ahorros de inversores en ‘valores refugio’ ante la crisis, la devaluación constante de la moneda estatal o la manipulación de los tipos de interés a la baja. El hecho de ser un activo virtual dificulta enormemente la confiscación, pero no es imposible, desafortunadamente.

Para que fuera una burbuja, el comercio electrónico mundial al que puede aspirar  debería ser muy inferior a la capitalización máxima actual, es decir, que la percepción de demanda no fuera plausible en un análisis medianamente conservador. Ese riesgo no se da en cuanto se analizan las tendencias de ventas on-line globales.

Además, para que fuera una burbuja, debería cumplir el requisito de contar con un suministro creciente y acelerado por encima de la demanda. La oferta de Bitcoin está limitada, como muestra el gráfico inferior.

Para ser un esquema Ponzi debería cumplir:

Que la rentabilidad otorgada a los tenedores de Bitcoin sea ‘garantizada’ y se saque de las participaciones adicionales compradas por los nuevos inversores, es decir, de hacer que la base de ‘nuevos inversores’ solo crezca. Y no es así, el valor de Bitcoin lo fija una demanda y una oferta generada por multitud de compradores y vendedores.

Que la dinámica de precio sea uniforme, opaca, controlada por un solo gestor y de sensación falsa de ‘seguridad’, es decir, que solo ‘suba’ hasta que dejen de caer incautos en el esquema piramidal y explote. El Bitcoin ha sufrido enormes caídas y grandes subidas, se comporta más como un activo en el que se está comprobando cada día la demanda potencial a una oferta muy específica.

Por lo tanto, tampoco parece un esquema Ponzi.

Bitcoin es en realidad, a efectos de valoración, un startup tecnológico. Su valor solo se va a demostrar cuando se empiecen a disipar las dudas sobre su implementación como combinación de medio de pago y valor refugio.

Para alcanzar el potencial y la penetración necesaria para justificar valoraciones muy superiores, hay dos cosas que analizar:

– Precisamente la enorme volatilidad, con subidas del 30-40% y caídas similares en un solo día hacen difícil que las grandes empresas y consumidores acepten masivamente, o rápidamente, este Bitcoin. Es decir, la propia volatilidad impide su penetración en el mercado masivo. Para ser un medio de pago universalmente aceptado se deben dar niveles de volatilidad similares a las monedas establecidas. Por eso digo que aún no es una moneda, sino un activo financiero volátil.

 La lentitud y calidad del intercambio. Bitcoin tiene una ventaja muy relevante, la oferta está limitada y para evitar manipulaciones por un banco o estado, no existe un sistema centralizado de validación (clearing), por ello se analizan y retrasan las transacciones, para evitar contabilizar dos veces una compra-venta. Pues bien, para ello se necesita esperar cincuenta minutos hasta que un pago se confirma, lo que limita enormemente la implementación masiva en empresas y comercio. Por otro lado, varios de los servidores de cambio de Bitcoins han sido ‘hackeados’. Uno de esos bancos de cambio, Bitcoinica, perdió 18,547 bitcoins tras un ataque informático. BIPS en Europa perdió 1.195 tras un problema de seguridad. 

En el momento en el que las transacciones sean inmediatas, seguras y no sujetas a enormes volatilidades, la valoración del Bitcoin podría empezar a tener sentido.

Aún quedan muchísimas dudas por despejar, y si les es difícil entender el fenómeno, es mejor evitarlo, no subirse a una ola que depende de variables con enormes fluctuaciones. Un servidor no posee Bitcoins. Siempre he pensado que si algo tiene un tropecientos por ciento de potencial, le dejo el primer 100% a los que acepten el riesgo que se da desde ‘experimento’ hasta ‘implementación sólida’.

Lo que me resulta interesante de Bitcoin es que haya cada vez más gente consciente y buscando formas de salir del círculo vicioso de represión financiera y devaluación de las monedas. La competencia de cualquier medio de pago libre solo puede ser positiva. Y además, como en cualquier entorno libre, puede llevar a que la cordura se reestablezca en la carrera de destrucción de monedas que nos quieren vender como social y que no es más que la transferencia masiva de rentas de los ahorradores a los acaparadores de endeudamiento. 

Demos gracias al capitalismo

"Defendemos el Capitalismo porque es el único sistema acorde con la vida de un ser racional".

Ayn Rand

El último jueves de noviembre es, tradicionalmente, un día de celebración en Estados Unidos. Es el popular Día de Acción de Gracias que se remonta al siglo XVII y que nació como celebración del fin de las cosechas y, como su nombre indica, agradecimiento por las mismas. Con orígenes religiosos, hoy es una fiesta secular. En la Edad Moderna en la que se gestó, la economía y prosperidad por ende estaban enormemente basadas en la agricultura. Hoy, siglos después, podríamos dar las gracias por infinidad de cosas que han dado a estadounidenses en particular y humanos en general ingente prosperidad: luz eléctrica, ferrocarriles, aviones y coches, electrodomésticos, computadoras, avances médicos o la producción en escala de alimentos y ropa, por citar sólo algunas.

Hoy, en suma, no hay Acción de Gracias que pueda concebir mejor que aquélla que se orienta a la causa mayor de nuestra prosperidad: el Capitalismo. Los liberales y libertarios citamos típicamente, defendiéndolas, la libertad y el mercado libre. Sin embargo, vindicamos insuficientemente el sistema económico que en una sola palabra condensa nuestros ideales de progreso: ¡el Capitalismo!

Si corremos a un lado las cortinas de los prejuicios y sofismas, descubriremos que todos los días deberíamos dar las gracias al Capitalismo.

Demos las gracias al Capitalismo por el progreso de los trabajadores.

Al contrario de lo que postulaba Marx -y Adam Smith, quien con tal imperdonable error teórico dio alas al marxismo-, el Capitalismo no creó los beneficios como resta de los salarios de los obreros. Justo al contrario, antes del Capitalismo lo que imperaban eran los beneficios puros, no los salarios. Fue el Capitalismo quien trajo consigo los salarios –adelantados hoy-, que se restan del beneficio –obtenido mañana cuando la producción se venda-.

Aunque la mayoría de economistas está en contra del control de precios, muchos acaban claudicando con un precio: los salarios. Así, defienden los salarios mínimos que condenan al paro a los trabajadores más humildes y menos cualificados. Es común ver sostener la bizarra creencia de que, en ausencia de tales salarios mínimos, el salario caería hasta cero. Entre muchas cosas ignoradas, no consideran que en una economía sana y libre, las reducciones generalizadas y constantes de salarios tienden a movimientos de deflación: a caídas de los precios de los bienes y servicios. ¿Cuál es entonces el problema?

En última instancia, el Capitalismo es el mejor protector de los intereses de los trabajadores y sus salarios reales: gracias a la mayor competencia entre empresarios por la mano de obra y a los niveles de capitalización de una sociedad. Un mismo obrero no tiene mayor capacidad adquisitiva en Los Ángeles que en Burundi porque en el primer lugar sean más generosos los empresarios ni tengan leyes que garanticen esto. Simplemente, Los Ángeles tiene una economía más capitalizada que Burundi, así como más empresarios que compiten por contratar trabajadores.

Demos gracias al Capitalismo por luchar contra la pobreza.

Es realmente curioso, por no decir paranoico, que tanta gente pueda siquiera dudar sobre si la pobreza es menor hoy que hace 50, 100 o 200 años. Pero, ¿por qué combatimos hoy la pobreza? A decir verdad, hace 200 o 300 años no existían ONG para combatir la pobreza, ni grandes campañas, ni concienciación alguna. Hoy sufrimos por ver a niños morir de hambre en partes del mundo o por no tener acceso a agua potable y medicamentos básicos. Eso era la humanidad entera hasta hace no tantísimas décadas. Es gracias al Capitalismo y la popularización de la riqueza y la prosperidad que hoy vemos la pobreza como algo que combatir e incluso erradicable. Y eso es algo fabuloso. En las eras precapitalistas esto no existía porque la miseria era lo común, lo cotidiano. La nobleza y realeza de antaño –que vivían mucho peor que una persona de clase modesta actual bajo el Capitalismo-, eran una parte ínfima de la sociedad.

Suele decirse que el socialismo ama tanto a los pobres que los multiplica como los panes y los peces allá por donde pasa. Y por eso precisamente odia a los ricos. El socialismo es el sistema del visceral odio al ingenioso, al capaz, al hábil, al productor, al inventor, genio y emprendedor que destaca y sobresale. El socialismo es el paredón de fusilamiento de todos los Leonardo da Vinci, Einstein, Miguel Ángel y Steve Jobs de este mundo.

Demos gracias al Capitalismo por ser el sistema más social.

Los enemigos de la libertad tienen una especialización sin igual: la de la propaganda. Llamar "socialismo" a un sistema donde el Estado canibaliza y subsume a la sociedad no deja de ser un monumento a las figuras lingüísticas: quizás ironía, quizás antítesis, quizás oxímoron. En cualquiera de los casos, es una infame bofetada al sentido común. En su obra La Fatal Arrogancia –Los errores del socialismo-, Hayek dedica un capítulo íntegro a denunciar la corrupción lingüística del campo semántico de "social".

Víctimas de nuevo de la propaganda liberticida, acabamos viendo con desdén palabras como competencia; pero el capitalismo no se basa en ninguna competencia como la de animales salvajes. Muy al contrario, en la selva no existen las reglas y normas que sustentan el Capitalismo. Se trata de una competencia pacífica para determinar en cada momento quién es mejor haciendo qué para servir los intereses de las personas que conforman la sociedad. Si existe algo así como el "bien común", es el Capitalismo su mejor productor.

El socialismo supone el fracaso absoluto de la sociedad y la cooperación pacíficas. Es el odio al ser humano común con sus deseos y gustos, que ha de someterse a aprobación del mandatario de turno. Sea el deporte, la gastronomía, leer a Dostoievski o la pornografía homosexual, el Capitalismo no juzga nuestros intereses siempre que no invadan la libertad de los otros.

Y cuanto mejor sirva usted los intereses de los otros, más será recompensado en el Capitalismo, con independencia de su origen, su raza, sus creencias personales o su orientación sexual.

Demos gracias al Capitalismo por la seguridad jurídica.

La esfera de la propiedad privada de donde emerge el Capitalismo es imprescindible para expurgar la agresión entre humanos. Las reglas y normas del mercado libre, su seguridad jurídica, hace que los humanos ahorren y tengan previsión: con ello adelantan el futuro embarcándose en proyectos con alargadas estructuras de capital en el tiempo. Al revés de esto, en el socialismo prima el cortoplacismo: la inseguridad jurídica inhibe a las personas de invertir y ahorrar para poder crear así mañana aviones supersónicos o curas para las enfermedades. Debido a la expropiación en el socialismo (vía directa, o indirecta con la inflación), nadie proyecta por inseguridad sus recursos hacia el futuro.

Nunca entendí el anhelo de tantas personas por épocas como las de los castillos medievales o conquistas romanas, el romanticismo decimonónico, la era de los descubrimientos en el s. XVI o quizás el París de 1900. Son épocas de pestes, hambre generalizada, sin electricidad ni agua potable corriente y condiciones casi infrahumanas comparadas con nuestra Europa actual. La masoquista melancolía del "todo tiempo pasado fue mejor" nutre las filas de todos los socialismos que idealizan la vida que en realidad supone sobrevivir harapientos en una jungla como miserables. El socialismo es, por excelencia, el sistema del hombre del pasado. El Capitalismo es el sistema del hombre del mañana. 

Demos gracias al Capitalismo por la paz.

El Capitalismo, al basarse en la cooperación voluntaria y no agresión, es el adalid de la paz. La guerra tiene típicamente todos los ingredientes del socialismo: un Estado grande que imprime dinero de la nada (inflación) para financiar sus guerras, militares reclutados por la fuerza de ese Estado y feroz agresión de propiedades de inocentes (empezando por sus cuerpos). El gran liberal Bastiat decía que donde no cruzaran las mercancías lo harían los soldados. El comercio libre y abierto es el gran disolvente del entendimiento por la fuerza bruta.

Los Padres Fundadores de EEUU, que crearon el primer país abanderado del Capitalismo, verían hoy su nación como un engendro socialista en política exterior. "Todas las guerras son estúpidas, muy caras y perjudiciales", decía Benjamin Franklin. "La guerra acaba castigando tanto a quien la lleva a cabo como a quien la sufre" o "aborrezco la guerra y la veo como el mayor azote para la humanidad" sentenciaba Thomas Jefferson. James Madison, por su parte, consideraba que "ningún país que está en guerras constantes puede preservar sus libertades" o que "de todas las amenazas para las libertades, la guerra es la que debe ser más temida". El imperialismo es, como tal, un sistema netamente anticapitalista.

El Capitalismo en definitiva nos libera de la trampa de la pobreza, de la homogeneidad por decreto, la discriminación por ley y de la fuerza bruta y la imposición. Los liberales y libertarios no debemos cejar en nuestra revolución. La de liberar de las cadenas a los seres humanos del mismo modo que en su día lo hicieron Thomas Jefferson para los estadounidenses, Luther King o Rosa Park para los negros o Harvey Milk para los homosexuales.

Hagamos de cada día el día de la libertad. Hagamos de cada día el Día del Capitalismo.

Poder y prensa

Paradójicamente, a Tirpitz no le entusiasmaba el mar y solía pasar sus periodos de descanso en la Selva Negra. Alfred Von Tirpitz ingresó en una obsoleta y pequeña marina prusiana, porque ofrecía más posibilidades de promoción que el ejército, y no se equivocó. Su particular visión de lo que debía ser la marina alemana, de una Alemania recién constituida que buscaba su lugar bajo el sol, atrajo la atención del inseguro e inestable Guillermo II, un káiser que tenía mucho más poder político del que tenía su abuela, la emperatriz británica Victoria, o del que tuvo su tío Eduardo VII a la muerte de ésta.

De todas las circunstancias y factores que desencadenaron la Gran Guerra, la creación de la flota alemana en contraposición a la Armada británica fue uno de los más decisivos. Tirpitz estaba en China buscando un puerto adecuado para las pretensiones coloniales alemanas cuando fue nombrado Ministro de la Marina. Guillermo había mantenido una conversación en Kiel en 1891 que le había dejado huella. Después de ser nombrado Jefe de Estado Mayor naval, desarrolló este planteamiento ofensivo basado en grandes buques de línea que pudieran hacer frente a la todopoderosa flota británica, incluso derrotarla en una batalla decisiva (teoría que había sido compilada y desarrollada por el estadounidense Alfred T. Mahan). Tirpitz, el Káiser y su, entonces, Ministro de Asuntos Exteriores, Bernhard Von Büllow, querían su flota.

Como la mayoría de los políticos y hombres de Estado, Tirpitz fue incapaz de prever las consecuencias graves de sus políticas y, obviando o desconociendo sus carencias y fallos, se centró en sus objetivos, apoyado por la política imperial. Y tal incapacidad y tales obviedades no habrían sido más relevantes si no fuera por el poder que acumulaban él y cuantos le respaldaban.

Tirpitz era, de alguna manera, consciente de que la gran flota tenía que venderse no sólo al Gobierno alemán, sino también a la población e incluso a la de otros países. De esta manera, nada más llegar al poder creó una sección de noticias y asuntos generales parlamentarios que conectó muy bien con la opinión pública. Tirpitz y sus colaboradores organizaron diversos eventos, donde mostraron las posibilidades de estos acorazados y buques de guerra en distintas maniobras, innumerables delegados del Ministerio recorrieron el país contactando con los formadores de opinión, así como con personajes importantes del mundo empresarial y universitario. Los periodistas pudieron recorrer los navíos, recabando información sobre las nuevas armas, y en las escuelas públicas se realizaron diversos actos de propaganda dirigidos a crear una visión favorable en las nuevas generaciones. Además, varios periódicos, incluyendo algunos extranjeros, fueron subvencionados para que contaran sus pacíficas intenciones y la grandiosidad de sus fuerzas armadas.

Diversas instituciones de la sociedad civil colaboraron con el Gobierno, como la sociedad colonial o la liga pangermánica, distribuyendo miles de panfletos. Este apoyo empresarial y social no se explica única y exclusivamente por una manipulación desde el poder político, que existió, sino porque también hay que ser conscientes del apoyo popular que recibieron ésta y otras iniciativas gubernamentales. La fuerte ideología nacionalista de la sociedad germana, un tanto darwinista (en el sentido que adopta el darwinismo social), ayudó mucho en este sentido tanto en los hechos que desencadenaron la Primera como la Segunda Guerra Mundial. Si a eso unimos el victimismo que por distintas razones también asumió un grupo importante de alemanes, muchos de ellos con poder, podemos entender en cierta medida los hechos posteriores.

La importancia de la comunicación en política fue, es y presumo que seguirá siendo cada vez más esencial para los intereses del Gobierno. Los políticos alemanes de esta época no necesitaron sólo el apoyo de empresarios o financieros, sino que buscaron que el Cuarto Poder se pusiera de su parte, mientras que la Educación Pública hacía su labor más lenta, pero no menos transcendental para los intereses del Estado. No es descartable que muchos de esos niños "educados" combatieran con ímpetu en los frentes y ayudaran a sostener el esfuerzo de guerra voluntariamente.

Pero volviendo al periodismo, ¿es el "Cuarto Poder" un término afortunado? Incluso en los regímenes democráticos más libres, los poderes legislativo y ejecutivo tienden a confundirse bajo la "dictadura" de los partidos, y el judicial suele ser una extensión de los otros dos, al menos en lo que se refiere a sus órganos de gobierno y en los tribunales más altos. Medidas como las resoluciones que están soltando etarras y otros delincuentes en España abundan en este sentido.

Cabe preguntarse si este mal llamado Cuarto Poder no actúa algunas veces como los otros tres y se convierte en una extensión del que lo ejerce en ese momento o de alguna de las instituciones que forman parte del Estado. En España no es difícil ver medios alineados, sí o sí, con uno u otro partido, o protegiendo a una facción de uno de ellos, atacando al resto, sin importar caer en incoherencias, defendiendo lo que ayer atacaban o atacando lo que hace unos días defendían, y sin el menor asomo de vergüenza.

En muchos casos, esta particular lealtad se debe a que el medio de comunicación, o el periodista que trabaja para él, es de carácter público con unos intereses muy concretos; en otras, porque siendo privados, sus licencias de radio o televisión dependen de una decisión administrativa y no pueden arriesgarse a perder lo que ya tienen. Por último, en otros casos, las relaciones personales y profesionales entre políticos y periodistas o empresarios del sector son más intensas y complejas de lo que somos capaces de entrever, con lo que se confunden intereses y favores.

Todos podemos identificar a periodistas y medios de relumbrón alineados con populares, socialistas, nacionalistas e incluso con partidos menos relevantes desde el punto de vista parlamentario, o sindicatos e instituciones que dependen del presupuesto o de favores del poder. Todos estos periodistas y empresas de comunicación, públicas y privadas, realizan un papel muy similar al que hicieron los periodistas alemanes que ayudaron a Tirpitz y al Káiser a promocionar su juguete bélico. Sus particulares "flotas" tienen sus propios voceros dentro de la prensa y lo más indignante es que se supone que la prensa es infinitamente más libre que lo que podía ser en la Alemania previa a la Gran Guerra.

No pretendo decir con esto que cada medio, cada profesional de la comunicación no tenga su particular visión de los hechos que está presenciando y contando y que informe según ésta, su ideología política o su propia visión ética y moral de la vida, sino que el sector periodístico que tenemos es mayoritariamente acrítico consigo mismo, que como otros hacen, colabora con intensidad con el poder y, algunas veces, se desangra en guerras particulares que no favorecen a ninguna de las partes, pero que por honor, por interés o por miedo, terminan afectando al propio proyecto empresarial. Si el periodismo tiene un enemigo que amenace su esencia es el poder político, que lo "necesita", para sus propios objetivos, posicionado en elementos clave y que por ello lo quiere mantener cerca a través de artificios regulatorios.

Afortunadamente, esta independencia, complicada antaño, no depende ya tanto de la buena voluntad del político. Herramientas como Internet y procesos como la globalización nos permiten a los últimos usuarios acceder a fuentes que antes nos estaban vetadas. La rapidez con la que se transmiten las informaciones a través de la red hace cada vez más dificultosa su manipulación por parte del poder a través de la censura o de la ocultación de hechos, lo que invita a usar otros medios. Ahora es más fácil volcar información a la red, de modo que se puede tapar un hecho relevante con toneladas de noticias irrelevantes. La creación de curiosas conspiraciones también ayuda, alimentando las paranoias. Las denuncias contra la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos demuestran cómo de importante se ha vuelto para los gobiernos este aspecto y cómo la libertad se está viendo amenazada de nuevas maneras. Puede que a estas alturas del siglo necesitemos, además de poder acceder una noticia importante, saber despejarla de otras que no lo resulten tanto, y más que un periodista, un contador de hechos o un opinador, necesitemos un buen analista.

El gran manipulador del Euribor es el BCE

La manipulación del Libor y del Euribor por parte de los bancos europeos se ha convertido en uno de los arietes preferidos para cargar contra los mercados libres. Debe ser que eso de vincular sector privado con fraude, manipulación y engaño ablanda el servilismo ciudadano para aceptar dosis crecientes de coacción estatal: como si el sector público, y nuestros políticos, no se caracterizaran precisamente por un continuado fraude, manipulación y engaño sobre los ciudadanos.

Pero recapitulemos brevemente los hechos: al menos desde 2005, los bancos europeos han estado manipulando el Libor o el Euribor declarando que se estaban financiando a un tipo de interés distinto a aquel al que realmente lo estaban haciendo. En el caso del Libor, cada mañana hasta 16 bancos remiten a Thomson Reuters los tipos a los que se estaban financiando, éste descarta aquellos tipos que se encuentran entre el 25% más altos y los que figuran entre el 25% más bajos, y saca una media con el resto (y ése era el Libor de ese día para cada vencimiento); con el Euribor sucede lo mismo, salvo porque la selección de bancos son 44 y se descartan el 15% que ofrece tipos más altos y el 15% que ofrece tipos más bajos. Claramente, pues, cabía la posibilidad de que el panel de bancos se coordinara para mover los tipos en la dirección interesada (o que, incluso cada banca sin coordinarse, consiguiera influir en el tipo final).

La reciente sanción sobre los bancos europeos acusados de manipular el Euribor ha reavivado la demagoga anticapitalista: estamos en manos de las corporaciones y necesitamos más regulaciones estatales que nos protejan del malvado capital. No tan rápido.

Libre mercado no es corporativismo

Un primer y muy extendido error es sostener que los defensores del mercado libre piensan que los empresarios son seres angelicales y benévolos que siempre tratarán de cumplir las normas beneficiando a los demás. No: los liberales somos conscientes de que el ser humano –y el empresario es un ser humano– es muy proclive a engañar al prójimo siempre que crea que puede salir beneficiado, de ahí que el fraude –al igual que el robo– deba ser perseguido por medios judiciales.

Es más, los liberales somos muy conscientes de que una parte del sector privado tenderá a coaligarse y cartelizarse con tal de cabildear al Estado para obtener regulaciones y privilegios en su favor y a costa del resto de ciudadanos. Por eso, justamente, defendemos un Estado tan pequeño que no pueda prebendar a nadie. Liberalismo no es corporativismo: los privilegios estatales concedidos a unos agentes privados machacan y perjudican a otros agentes privados, esto es, atentan contra el mercado libre y competitivo que propugnan los liberales. La respuesta ingenua es pensar que semejante problema se arregla con más omnipotencia gubernamental cuando fue, desde un inicio, esa omnipotencia lo que permitió amparar semejantes fraudes y conceder semejantes privilegios.

El interbancario, un mercado antinatural

El caso del mercado interbancario es harto relevante. Aunque nos hemos habituado a convivir con un mercado en el que los bancos van renovando continuamente sus posiciones deudoras a muy corto plazo, lo cierto es que semejante mercado es una completa anormalidad. ¿Se imaginan una empresa hiperapalancada que cada día o cada semana tuviera que salir a los mercados de capitales para refinanciar una parte muy cuantiosa de su pasivo so pena de suspensión de pagos?

Resulta inconcebible, pero eso es lo que sucede con los bancos y el mercado interbancario. El gigantesco descalce de plazos que exhiben las entidades financieras (endeudarse a corto plazo y prestar a largo plazo) las aboca a tener que refinanciar recurrentemente aquellos pasivos vencidos con cobro exigido para las que carezcan de suficientes entradas de efectivo. Son esos persistentes créditos entre bancos (desde aquellos con saldos acreedores netos a aquellos con saldos deudores netos) lo que engendra una serie de tipos de interés medios a muy distintos plazos que se conocen como Euribor. De ahí que muchos bancos cubran el riesgo de interés de sus créditos hipotecarios referenciándolos al Euribor: así se aseguran de que el hipotecado abonará en todo momento el tipo de interés que a ellos les cueste como media refinanciarse.

Mas, conviene insistir en ello, que muchos créditos bancarios a largo plazo estén referenciados al Euribor sólo es el síntoma de una profunda anomalía de fondo: que esos créditos a largo plazo se están financiando con deuda a corto. Un mercado libre y no privilegiado, donde los bancos se vieran empujados a tener cerrada su financiación a largo plazo para extender crédito a largo plazo, sería un mercado con tipos de interés fijos, no variables. Un mercado donde, por consiguiente, la manipulación del Euribor (derivada de unos bancos que deban refinanciar continuamente su posición pasiva) ni siquiera podría haber tenido lugar. Pero, ¿cuál es el motivo de que la banca haya desarrollado prácticas tan antinaturales? Pues los privilegios estatales con los que se la ha revestido.

El gran manipulador del interbancario: los bancos centrales

Si los bancos privados pueden descalzar masivamente sus plazos de inversión y de financiación es principalmente porque existe una red de seguridad detrás que los blinda frente al riesgo de suspensión de pagos: los bancos centrales. Son ellos quienes, a través de su “política monetaria”, mayor influencia ejercen sobre el interbancario, manipulándolo a su antojo desde hace décadas según quisieran que los agentes económicos se endeudaran en mayor o menor medida (la última vez, hace apenas unas semanas). A su lado, las modestas manipulaciones de los bancos privados –de apenas unos cuantos puntos básicos– se antojan casi irrelevantes para el público general: no ha sido la fraudulenta composición del Euribor o del Libor lo que ha incentivado los ciclos de sobreendeudamiento, sino el inflacionismo crediticio de un perverso sistema financiero en cuya cúspide se halla el banco central.

Acaso se pretenda contraargumentar que los bancos centrales han podido tener mucha más influencia que los bancos privados sobre el interbancario, pero que ellos, a diferencia de sus pares capitalistas, lo hicieron con el benemérito propósito de rebajar el tipo de interés del interbancario con tal de aliviar la precaria situación de los deudores a tipo variable. Sucede, sin embargo, que eso mismo hicieron los bancos privados: a partir de 2007, sus manipulaciones del Libor y del Euribor tendieron sistemáticamente a reducirlo de manera artificial –ya fuera para no señalizar su situación de debilidad en medio de la crisis o para obtener pingües ganancias mediante su exposición a los swaps de intereses–, lo que terminó redundando en beneficio de los deudores a tipo variable.

No fueron, pues, los deudores sino los ahorradores quienes salieron fuertemente perjudicados a causa de la manipulación del interbancario por parte de la banca privada (obteniendo rentabilidades menores a las que deberían haber obtenido). Pero, ¿cómo limitarse a señalar con el dedo acusador a la privilegiada banca privada olvidándose, en paralelo, de los bancos centrales, esto es, de la institución que, durante los últimos años, más ha hecho por hundir los tipos de interés y, por tanto el retorno, de los inversores en renta fija?

El gran manipulador del mercado financiero es el banco central, siendo la banca privada una (lucrativa) correa de transmisión hacia la sociedad de la “política monetaria” decretada por el monopolio de la emisión de moneda. Es razonable que uno se rasgue las vestiduras por el fraude cometido por un sector privado cartelizado y privilegiado (fraude que, en el fondo, sólo ha sido posible por esa privilegiada cartelización), pero no lo es que deje fuera de la ecuación al principal director de todo este nada liberal sistema financiero: la banca central. ¿Cómo poner a la zorra a cuidar del gallinero? ¿Cómo esperar que entregándole todo el poder a los burócratas de Frankfurt (o peor: de Madrid) las manipulaciones del Libor y del Euribor habrían sido menos frecuentes cuando, precisamente, la banca central buscaba que el Libor y el Euribor fueran lo menores posible? No: lo que necesitamos es una banca libre y desprivilegiada sometida a la implacable competencia y a una sana desconfianza por parte de la ciudadanía.

Privacidad o libertad económica

 Dice Vinton Cerf que la privacidad es una anomalía, una exigencia de los tiempos recientes y que hace unas décadas, no digamos ya siglos, no estaba garantizada. Es decir, se tenía o no se tenía, pero no era objeto de reclamación jurídica. La idea del individuo protegido de las miradas de otros se gestó al albur de la sociedad de masas con la industrialización. Es la tecnología la que posibilita nuestra privacidad. Pero es una evidencia que la tecnología es también quien nos la quita. Por un lado expande las posibilidades de acción del individuo y por otro elimina la posibilidad de ocultar esa misma acción.

La declaración de Cerf no es inocente, por supuesto, al margen de su valor de verdad sociológica, pues coincide con la polémica sobre el uso de la tecnología de internet con fines de espionaje. Defiende el invento en que colaboró y, de paso, presenta una visión realista sobre algo que fue idealizado durante mucho tiempo. Como toda tecnología, internet expande y, a la vez, constriñe.

No olvidemos que Cerf empezó sus proyectos para el ejército, cuestión que desataría todo un interminable debate acerca de las posibilidades tecnológicas de una utópica sociedad basada en el dogma de la no agresión y exclusivamente autodefensiva. Y eso es así, cuando, paradójicamente, se señala a internet como un dilatador del comercio libre y las conexiones voluntarias. Lo es, pero también presenta otras caras menos felices.

Posar la mirada exclusivamente sobre el espionaje de los gobiernos como invasores de lo íntimo es lo más recurrido, pero quizá sea lo menos frecuente. Lo cierto es que la pérdida de privacidad en la red no se produce todo ni tanto por parte de ellos como por parte de las empresas. Cuando navegamos por la red, incluso sin realizar compras, vamos dejando rastros que son utilizados por empresas para detectar las visitas que realizamos y, con ellos, mucha información de la que no somos conscientes. La pugna por proteger el moderno derecho a la reserva pasa por saber y limitar el tiempo en que las IPs de los ordenadores es retenida, las recomendaciones para limitar las cookies, si estas deben ser permitidas previo aviso o eliminadas por decisión improbable del usuario, etc.

Las posibilidades comerciales de internet son la amenaza más potente que sufre la recientemente concebida privacidad porque en esto ocurre lo mismo que en el caso de la relación de los depredadores del presupuesto público respecto de los contribuyentes: son menos y su incentivo individual es mayor; por tanto, la energía empleada en captarlo vence las resistencias. Una especie de ley 20/80 que relaciona el número de agentes y la intensidad de su esfuerzo de manera inversa para cada actor en lucha.

Los internautas se hallan por ello ante varios dilemas. Las posibilidades de crecimiento de las empresas pasan por invadir la intimidad de los internautas y esto es verdad al margen de si esas empresas operan en mercados más libres o más regulados. La concepción de la publicidad como práctica honesta y necesaria en una economía de mercado se convierte, por este proceso, en una pérdida de control del internauta sobre qué se quiere que se sepa y qué no.

Por la ley 20/80 les resulta imposible, por sí mismos y mediante mecanismos asociativos exclusivamente, forzar a las empresas a restringir sus invasiones porque siempre irán por detrás de los poderosos incentivos las empresas. Es necesario, pues, acudir al Estado. Pero, a su vez, el Estado puede regular las restricciones si la presión de los grupos pro privacidad es mayor que la de los lobbies comerciales por lograr lo contrario. La batalla por la privacidad se antoja, por tanto imposible e, incluso cuando parezca que el usuario recibe buen trato y se le pregunta cuántas cookies permite en su ordenador, ya hay otra innovación tecnológica que le ha radiografiado. En cualquier caso, el papel del Estado como árbitro es inevitable 100%.

La situación excluye la posibilidad de resolverlo con análisis simplistas tan del gusto de algunos y requiere aceptar los límites de la libertad económica para imponer reglas. Pero esto es, en sí, bastante simplista también si consideramos la cadena de intereses que siempre son mayores del lado de las empresas.

Podemos dar, pues, por no ganada la guerra a favor de la privacidad, por no idealizada la libre empresa y por no banalizado el papel del Estado. Ningún factor aislado produce buenos resultados automáticamente.

Inmigración (V): Más acosos al “último recurso”

  "El mayor acto de misericordia que puede practicar una familia numerosa hacia un recién nacido es matarlo" Margaret Sanger

 "La sociedad debe considerar el plasma genético como perteneciente a la sociedad y no únicamente al individuo que lo porta" Harry H. Laughlin

"Ha llegado la hora de que cada país requiera una política nacional que determine qué tamaño poblacional es el más idóneo… Más adelante llegará el tiempo en que la comunidad en su conjunto deba prestar atención a la cualidad innata y no al mero número de sus miembros futuros." John M. Keynes

"Debe haber una relativamente indolora erradicación antes de nacer o bien una más dolorosa eliminación de individuos tras el nacimiento" Garrett Hardin

"La batalla para alimentar la humanidad se ha perdido" Paul Ehrlich

"Algunas de las ideas en que se basan tales políticas tendentes a limitar la población son realmente indignantes" Friedrich Hayek

"Si la población no hubiera crecido más allá de los cuatro millones de personas que poblaban la tierra hace diez mil años, probablemente no tendríamos ni luz eléctrica, ni calefacción de gas, ni automóviles, ni penicilina, ni habríamos viajado a la luna. Los seres humanos se convierten entonces en el último recurso" Julian L. Simon

El historiador norteamericano John Higham define el nativismo en su obra seminal, Stangers in the Land, como un estado mental cargado de emociones que se manifiesta en una oposición intensa contra una minoría étnica, religiosa o cultural bajo la premisa de sus conexiones extranjeras. Las antipatías culturales y los juicios etnocéntricos constituyen las características más evidentes de los nativistas.

Los nativistas y sus temores, pese a no ser generalmente conscientes de ello, se dan la mano con un nutrido elenco de primos hermanos ideológicos de muy diversa procedencia: los contrarios al aumento poblacional, los defensores del límite al crecimiento, los eugenistas, los supremacistas, xenófobos, los proteccionistas y antiglobalizadores, los nacionalistas exacerbados y los ecologistas o ambientalistas.

Los que se sienten amenazados por el "excesivo" crecimiento económico son legión. Suelen ser partidarios del llamado crecimiento cero y de la conservación del planeta tal cual lo conocemos. Entienden la economía como un proceso estático de suma cero y bastante destructivo para los recursos del planeta. Ven a los seres humanos como meros o exclusivos consumidores y no como proveedores también de bienes y servicios. Son favorables a la intervención de los gobiernos para ordenar mejor la sociedad.

Hayek denunció en su obra final, Fatal Arrogancia, el ideal constructivista de control de la sociedad en general atacando los fundamentos epistemológicos de la posibilidad de tal control, demostrando la imposibilidad de predecir las respuestas a los cambios en los sistemas económicos y sociales. Los órdenes complejos de tipo evolutivo (i.e. el social) no pueden ser mejorados mediante la intervención humana o decisión premeditada y dirigida a un/os fin/es concreto/s.

Los restriccionistas de la inmigración, al promover de alguna forma el control poblacional, tienen también elementos ideológicos comunes con eugenistas, partidarios de la esterilización forzosa, la planificación familiar, la promoción y subsidio público del aborto y del control de la natalidad. Lo que late en el fondo es un gran temor hacia el "descontrolado" aumento poblacional del planeta y el requerimiento al Estado para ejercer cierto control poblacional sobre los habitantes patrios respectivos.

Tal y como evidenció agudamente el teólogo Romano Guardini, la voluntad de los constructivistas/ humanitaristas de querer eliminar a toda costa el sufrimiento humano mediante mecanismos estatales de ordenación social puede transformarse en la voluntad de eliminar a los hombres que sufren, y cuyo sufrimiento ya no puede vencerse. En nombre del bienestar del pueblo o del provecho de la comunidad se puede llegar (si bien no necesariamente) al terrible lema de que "Es justo lo que es útil a la nación" o, en otras palabras, "Pueden vivir quienes sirven a la nación". Esta aberración no es ni mucho menos coto exclusivo del nazismo; existen evidentes paralelismos con los que históricamente desde el Estado moderno han declarado la guerra al débil o al diferente con respecto al estándar social percibido como deseable (Harry Laughlin, Margaret Sanger y otros planificadores). Afortunadamente buena parte de estas ideologías están hoy bastante desacreditadas.

Aunque no se quiera reconocer tampoco, los partidarios de restringir la inmigración participan también de planteamientos xenófobos, racistas y/o supremacistas, sean éstos blancos o no. La muy lamentable retórica anti-inmigración es una de las últimas y pocas formas de racismo socialmente aceptada. Ciertos políticos y sus voceros mediáticos se permiten con la inmigración ciertas opiniones y prejuicios dirigidos a un grupo despersonalizado bajo el título de "inmigrantes" que jamás se atreverían a dirigirlos a una raza en particular. El abogar por una homogeneización de la población lleva consigo, guste o no, un sentimiento de repudio hacia el foráneo (alien, en inglés) y la "amenazante" diversidad. Implícitamente se está queriendo decir que la convivencia con otras razas o culturas contaminaría la esencia autóctona.

Asimismo al acusar que los inmigrantes ejercen una presión hacia el medioambiente del país de acogida y de sus recursos nacionales comulgan también con los planteamientos de los alarmistas ecologistas, conservacionistas y demás ambientalistas que quieren imponer límites al crecimiento económico y poblacional (y a la entrada de nueva gente al país). Curiosamente defienden una diversidad biológica en la naturaleza a costa de mermar el progreso económico pero suelen rechazar en su fuero interno la diversidad racial y cultural que pueda afectar a su barrio. Lo que pareciera ser beneficioso al orden natural no lo sería para el orden o entramado social del ser humano.

Por último, los restriccionistas de la inmigración utilizan parecidos argumentos a los proteccionistas y su defensa preferencial del comercio nacional amenazado por la invasión de productos más baratos procedentes del exterior y de la maldita globalización.

Todas estas obtusas ideologías se dan de bruces con el liberalismo y con todo lo que representan las sociedades abiertas.

Julian Simon denunció que todo lo anterior son nociones fundamentalmente erradas y, como tal, deben ser combatidas en el terreno de las ideas. El crecimiento de la población no obstaculiza el desarrollo económico, tal y como defiende la teoría malthusiana, sino que aumenta los estándares de vida a largo plazo. Los ingenieros y técnicos agrónomos saben que la población del mundo está mucho mejor alimentada desde los años 50. Los demógrafos tienen registrado que la esperanza de vida casi se ha triplicado en los países ricos en los dos últimos siglos. Los mismos ecologistas reconocen que la calidad del agua y del aire de los países desarrollados ha mejorado en las últimas décadas. Asimismo cualquier especialista en commodities o energía admite que la disponibilidad de los recursos naturales ha aumentado, al tiempo que disminuyen sus precios con respecto a décadas o centurias pasadas.

No existe, pues, una correlación estadística negativa entre el crecimiento económico y el aumento de población. Más bien todo lo contrario: si se tratan de sociedades desarrolladas, no hay ninguna razón que nos haga pensar que no continúe la tendencia positiva de mejora en la calidad de vida, al mismo ritmo que crece la población, tanto si es a través de nuevos nacimientos de autóctonos como si es a través de la (bienvenida) inmigración. Hayek se sorprendía de que aunque la extensión del mercado y el aumento de la población puedan conseguirse enteramente por medios pacíficos, no dejase de haber gentes informadas y sensatas que se negaran a admitir la existencia de vinculación alguna entre el incremento de la población y la favorable evolución del orden civilizado.

Julian Simon lo tuvo meridianamente claro: la inmigración no es ninguna amenaza para los EE UU sino un apoyo para su desarrollo. Según este profesor de administración de empresas en la Universidad de Maryland, el beneficio más importante que se deriva del aumento de la población en sociedades que dispongan de instituciones que permitan la libertad económica y la protección de la propiedad privada y sus contratos es el "incremento del conocimiento útil". Cuanta más gente haya o engrose las poblaciones del mundo desarrollado, mayor será el progreso material y cultural de nuestra civilización.

No importa que el aspecto de la población cambie con motivo de un aumento de la inmigración de personas extranjeras,lo verdaderamente importante es que las instituciones de los países de acogida reconozcan y protejan la libertad, ofrezcan seguridad jurídica y que el sistema político-económico permita a las personas superar las dificultades y la búsqueda de soluciones ante la escasez. Es decir, lo relevante no es la "identidad" nacional sino la subsistencia de instituciones pautadas en el seno de la sociedad anfitriona que permita cierto grado de libertad en el desarrollo económico, independientemente del origen de las personas que vivan en ella en un momento dado. Así ha sucedido en los EE UU, Canadá, Australia y Europa a lo largo de su historia, pese a sus reticentes y angustiados nativistas y demás acompañantes ideólogos en su seno, y no tiene por qué ser diferente en el futuro.

El principal recurso para mejorar las condiciones de vida es sin ningún género de dudas el ser humano libre, creativo, tenaz y emprendedor (sea éste autóctono o venido de otros lugares del planeta). Es obvio, por tanto, afirmar que los inmigrantes forman parte también del inestimable "último recurso" de las naciones prósperas al que hacían referencia Julian Simon y Friedrich Hayek.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIII y IV.

Sindicatos contra trabajadores

Este sábado publicaba el que fuera hasta hace muy poco secretario de Comunicación del PSC-PSOE, Rafael Álvarez Gil, un artículo en el que afirma que «es indiscutible el acoso que cerciora al sindicalismo y sus valores; en suma, es la punta de lanza del neoliberalismo, que detesta la representación y negociación colectiva y pugna porque se descentralice precisamente al ámbito exclusivo de la empresa, donde la posición de los trabajadores es más frágil y desigual».

Es difícil desbarrar tanto en tan pocas palabras, seguramente porque su posicionamiento antiliberal le impide ver más allá de la tierra prometida por el ideario socialista. No se puede comprender que alguien, hoy, hable de acoso al sindicalismo cuando más del 85% de los trabajadores ni se afilian ni pagan voluntariamente a los sindicatos, sino que se ven forzados a pagarlos por la vía impositiva. Por ello, el único acoso del que se puede hablar es del de los sindicalistas, apoyados por los partidos políticos, al bolsillo de los trabajadores.

Don Rafael también confunde el neoliberalismo con el liberalismo. El liberalismo defiende la extensión de las libertades y la reducción de la coacción política y legislativa, basándose en la defensa de los derechos de propiedad y los contratos libres y voluntarios.

Es por ello que el liberalismo jamás estaría contra una representación o negociación individual o colectiva, siempre que se haga de forma libre, voluntaria y respetando los derechos de propiedad y los contratos que se hayan establecido entre las partes.

Los que sí odian la negociación son los sindicatos, que no suelen permitir que las partes se pongan de acuerdo libremente y prefieren imponer de forma coercitiva salarios, impuestos y multitud de regulaciones. Por esta razón, el neoliberalismo del que habla Álvarez Gil más bien podría ser identificado perfectamente con el socialismo y sus vertientes.

Tampoco es cierto que el liberalismo busque que las negociaciones se descentralicen al ámbito exclusivo de la empresa, sino del individuo, al igual que tampoco lo es que los trabajadores tengan una posición más frágil y desigual en las empresas si se respetan los derechos de propiedad y los contratos voluntarios.

La realidad es que los trabajadores de nuestro país han elegido libremente dejar de sufragar a estas organizaciones, al entender que no les representan y no les defienden. Además, por lo general perjudican tanto a los ya contratados como a los que están buscando trabajo, pues ponen en peligro los empleos existentes e impiden que las empresas creen nuevos puestos, al elevar los costes, lo que en muchos casos deriva en el cese de la actividad. No obstante, estas cosas ni se enseñan en los cursos de formación ni en las mariscadas consiguientes.

Justicia asimétrica, Estados fallidos

Esta mañana se ha sabido de la ayuda de la Hacienda española gestionada por Montoro a la infanta Cristina y a su marido, Iñaki Urdangarín. Se dan por buenas las facturas falsas, se considera a Aizoon, la empresa del yerno del rey, como una sociedad instrumental y mediante trucos de magia legales, se consigue que el peso recaiga sobre Urdangarín y se descargue a la pequeña de los Borbón. Es uno de los diversos empujones poco disimulados que el gobierno de nuestra nación le da cariñosamente a la Corona para que salga de la sima en la que se encuentra su popularidad. Y es la enésima patada que los gobiernos españoles le propinan a la justicia desde hace unos años.

No sé si todo empezó con el caso RUMASA, antes o después. Pero es notorio que en los últimos años, la falta de respeto a la justicia es tan habitual que apenas nos escandaliza. Una herida que se ha ido agrandando y profundizando de la mano del mal diseño de la doctrina Parot, las consecuencias de dicho error, el uso político de dicha doctrina, pero también el reparto de los puestos en los máximos órganos de justicia de nuestro país.

Pero creo que hay algo más: el doble mensaje de los políticos acaba por paralizar la capacidad de reacción de la gente.

Quienes reclaman que rindan cuentas ante la justicia los políticos corruptos, son políticos en cuyos partidos también se cuecen habas, y muchas. Los políticos que reclaman respeto a la sentencia del Tribunal de Estrasburgo son los mismos que pactaban con ETA por debajo de cuerda y que se reparten desde hace años los puestos en el Consejo General del Poder Judicial y manipulan a su antojo el Tribunal Constitucional. Y los españoles, que padecen el engaño, votan a esos mismos políticos. Son los que hay.

El deterioro económico, siendo como es tan grave, no es tan peligroso como el de la justicia. Porque es la justicia lo que asegura que los ciudadanos tengamos confianza en todas las demás instituciones y cuando desaparece esa confianza, las consecuencias son de largo alcance. Las causas por las que los españoles prestamos tan poca atención a las cuestiones de gran calado jurídico, a la limpieza y transparencia de las instituciones fundamentales de nuestra justicia radica, en parte, a nuestra historia.

Estamos acostumbrados al privilegio, que se instaló entre nosotros desde la época preindustrial y que no fuimos capaces de superar en el siglo XIX, cuando era el momento. El cambio en el siglo XX apuntaba, solamente, a quiénes eran los receptores de esos privilegios. La corrupción en democracia se ha democratizado y la asimetría en la justicia también. No se trata solamente de la familia real, hay grupos de presión, encabezados por los políticos, sindicatos y sus aliados, que disfrutan de un trato judicial diferente al del resto de la población.

Eso sí, en este país, cuestionar las leyes es razón suficiente para que te acusen de loca o de anti demócrata, por ser suave. Nadie se plantea hasta qué punto esas leyes son meros mandatos al servicio de estos nuevos "poderosos", padres de los privilegios, amparados por un mal llamado "estado de derecho", y por una democracia que se ha convertido en un paraguas para el reparto de desigualdades ante la ley.

El complejo de la población española nos lleva a temer que cuestionar la limpieza de nuestra democracia signifique defender la vuelta a una dictadura. Un miedo sabiamente alimentado por quienes viven de la explotación ajena.

Y el pueblo, víctima de lo que los psicólogos llaman disonancia cognitiva, no reacciona. Esta disonancia cognitiva consiste en la distorsión que se produce cuando se da una situación contradictoria que confunde y que requeriría admitir lo inadmisible. En este caso, si los españoles admitimos los males de nuestra justicia, tendríamos que aceptar que hemos votado a quienes han bombardeado esas instituciones, tendríamos que mirarnos al espejo y reconocernos como consentidores de nuestro propio perjuicio y, lo que es peor, tendríamos que estar dispuestos a hacer algo. Y ahí está la causa última de nuestra pasividad. ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo recuperar el estado de derecho?

Y, de la misma forma que el paisano que se sienta a mi lado en el metro afirma "Pues si falta dinero, no hay más que crearlo y se acaban los problemas", sin ser consciente de las consecuencias de esa medida, muchos españoles se limitan a decir "Pues todos a la cárcel", como si fuera tan fácil arreglar el desaguisado. No sabemos y esa sensación de impotencia nos paraliza.

La consecuencia de una justicia asimétrica y de unas instituciones podridas, como por desgracia nos muestran algunos países de Latinoamérica, es un Estado fallido, una quiebra que implica la aparición de instituciones paralelas, no siempre ideales, que se alejan del sistema democrático que parecen querer los españoles. 

Honduras o el fin del chavismo

Las mejores encuestas lo advirtieron una semana antes. Juan Orlando Hernández, al frente del Partido Nacional, le sacaría entre 5 y 6 puntos de ventaja a Xiomara Castro, la mujer de Mel Zelaya, cabeza nominal del partido Libre. Y así fue: votó un 60% del censo electoral y JOH obtuvo el 35% de los sufragios. Xiomara Castro, como testaferro de su marido, recibió el 29%.

Los gritos de Mel son inútiles. Puede armar una permanente protesta pública, como Andrés Manuel López Obrador en México, pero el joven abogado Juan Orlando Hernández es ya el presidente electo de Honduras. Lo certificó el Tribunal Superior Electoral y le dieron el visto bueno la OEA, el Parlamento Europeo y el Centro Carter. Lo inteligente sería que Zelaya admitiera su derrota.

¿Por qué no lo hace? Afirman que Mel, electo diputado por su Olancho natal, está tratando de cambiar su pacífica aceptación de los comicios por la presidencia del Congreso. Si es cierto, no creo que lo logre. De los 128 diputados de la cámara –no hay senado– el partido oficial (Nacional) cuenta con 47, los zelayistas (Libre) 39, los liberales 26, Salvador Nasralla (PAC) 13 y otras 3 formaciones uno per cápita.

El pacto "natural" en el Congreso pudiera ser entre los nacionalistas de Juan Orlando Hernández y los liberales de Mauricio Villeda. Al fin y al cabo, esas dos formaciones, acompañadas por el Poder Judicial, acordaron desalojar del poder a Zelaya en junio del 2009, cuando Mel trató, torpemente, de llevar su país al bando chavista. Entonces, 111 de los 128 diputados –liberales y nacionalistas– votaron su destitución. Acaso vuelvan a coincidir.

Estas elecciones son mucho más importantes de lo que parecen. Finalmente, las preferencias políticas de los hondureños han podido contarse sin tapujos y se demostró que el chavismo, liderado por Zelaya, nunca alcanzó el 30% de respaldo popular. Era una loca y temeraria imposición tratar de arrastrar a los hondureños a un modelo político y económico rechazado por el 70% de la sociedad.

Como ahora se ha visto, la destitución de Zelaya no sólo respondió al ordenamiento constitucional. También expresaba la voluntad de una mayoría que no quería participar en la fallida aventura autoritaria del Socialismo del Siglo XXI.

Los hondureños, de algún modo, se adelantaron a su tiempo. El escandaloso mundillo del ALBA está de capa caída tras la muerte de Hugo Chávez y el inocultable desastre venezolano. Resultó muy significativo que Daniel Ortega fuera una de las primeras voces que reconocieron el triunfo de Juan Orlando Hernández.

Por otra parte, Nicolás Maduro, Evo Morales, Rafael Correa y Raúl Castro se han mantenido en silencio, lo mismo que el chavismo vegetariano de la periferia democrática: Cristina Fernández de Kirchner, Dilma Rousseff y José Mujica. No han tenido la cortesía de felicitar pública y vivamente a JOH, pero tampoco se han sumado al coro de los deslegitimadores. Eso es moral de derrota.

Probablemente, el resultado de las elecciones hondureñas sea un ensayo general de lo que sucederá en Venezuela en la consulta del 8 de diciembre próximo. No son comicios presidenciales, sino municipales. Supuestamente, lo que está en juego son 335 alcaldías con sus aproximadamente dos mil quinientos concejales, pero, en verdad, se trata de una prueba del liderazgo y respaldo que posee Nicolás Maduro.

Si los venezolanos logran impedir las trampas, votan masivamente y consiguen que el gobierno no vulnere la voluntad popular –tres condiciones esenciales–, ocurrirá lo que anticipa el encuestador Alfredo Keller: el chavismo perderá por una decena de puntos y en casi todas las ciudades importantes se instalará la oposición.

Esa situación multiplicará sustancialmente la debilidad de Nicolás Maduro, un personaje nada respetado y poco querido por la sociedad, incluidos los chavistas cansados de un patético señor que habla con los pájaros, duerme junto a los restos de Chávez y no deja de hacer y decir tonterías. Pero la oposición, si obtiene la victoria, no puede dejar arrebatársela. Sería el fin de cualquier esperanza de salir de esa pesadilla pacíficamente.

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