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La trampa saducea del conmigo o contra todos

La crisis económica ha golpeado especialmente a la industria española. Y para su recuperación, no solo de la industria sino de la economía en la que está inserta, es imprescindible su orientación al exterior y, por ello, su competitividad.

Desgraciadamente, nos queda un largo camino por recorrer, puesto que contamos con una industria, en comparación con la europea, con una baja productividad, con muchas micropymes, con elevados costes energéticos, y una menor inversión en I+D y en bienes de capital. Algunos informes hablan de que la mejora en la competitividad de la industria española podría generar un incremento de entre el 2% y el 3% del PIB.

Escasa productividad

El coste salarial en España se sitúa por debajo de la media de la UE, especialmente en la industria química y equipo eléctrico y óptico. La industria farmacéutica y material de transporte es donde menores diferencias existen.

La remuneración por asalariado en el sector industrial español ha crecido a tasas medias del 3% entre 2000 y 2011, de acuerdo con los datos suministrados por el Ministerio de Industria. Para el periodo 2010-2011 (últimos años con datos), la tendencia sigue siendo mayoritariamente positiva (6,5% en la metalurgia, por ejemplo) y tan sólo en 5 de los 21 sectores considerados se han reducido: cuero (-2,4%), bebidas (-1,1%), química y farmacéutica (-0,9%) y material ferroviario y tabaco (ambos -0,7%).

La productividad ha crecido desde el año 2000 en todos los sectores, especialmente en material ferroviario, alimentación, calzado y construcción naval. No obstante, entre 2010 y 2011, se deterioró en casi la mitad de los sectores industriales considerados. Decreció en construcción naval (-25,3%), la electrónica y TIC (-6,6%) y maquinaria eléctrica (-14,8%). Y creció, especialmente, en construcción aeronáutica (+19,4%), vehículos de motor (+5,1%) y alimentación (+4,5%).

Con todo, estamos un 34,1% por debajo de la UE15 (excluyendo construcción), sobre todo en la industria farmacéutica (una de las más importantes en nuestro país). La industria química, la farmacéutica (la que más) y el equipo electrónico y óptico (sectores en los que España es poco competitiva) es donde hay mayor déficit de productividad respecto a la UE15. Únicamente somos algo más productivos en la industria de material ferroviario.

Costes energéticos muy superiores

Los costes energéticos españoles son elevados y superiores a la media de la UE15, especialmente en madera y corcho, caucho y materias plásticas y bebidas y tabaco. Tan solo metalurgia, textil, confección y calzado disfrutan de costes menores.

En general, los costes energéticos no es la principal partida de gasto en la cuenta de resultados industrial. Sin embargo, su coste es tan elevado que las empresas tienen que buscar fuentes de energía más baratas, invertir para la mejora de procesos y renovación de maquinaria y equipos para mejorar la eficiencia energética, y ajustar sus patrones de consumo para hacerlos coincidir con los momentos de menores precios energéticos. Algo que, en ocasiones, también se considera un coste asociado que malgasta recursos que no se hubieran empleado de no ser la energía tan cara o que, como mínimo, distorsiona el normal desarrollo de la actividad.

Menor inversión en I+D

Donde más se invierte es en el sector farmacéutico y en el de material de transporte (superan el 4% del valor de producción), seguido de equipo eléctrico/electrónico/óptico (casi el 2%). En el que menos, el sector de papel y artes gráficas, madera y corcho y bebidas y tabaco.

Sin embargo, la industria española, en general, realiza una inversión en I+D del 0,84% del valor de producción, frente a casi el doble de la media UE15 (1,5%). Únicamente el sector de material de transporte, donde la industria española presenta mejores indicadores, es donde este tipo de inversión es superior al promedio europeo. En todos los demás, el porcentaje es menor, especialmente en el poco competitivo sector de equipo eléctrico/electrónico/óptico (con una diferencia de hasta 3 puntos porcentuales).

Es decir, que en los sectores donde más se invierte todavía debería invertirse más (de acuerdo a los niveles mostrados por nuestros pares europeos), especialmente en el de equipo eléctrico y óptico, mientras que en los que menos se invierte, no hay mucha diferencia.

Inversión en capital decreciente

Entre 2000 y 2011, la inversión en capital como porcentaje del valor añadido se ha mantenido igual o ha decrecido en los sectores industriales españoles. Tomando el porcentaje de inversión respecto al valor de la producción, en la mayoría de sectores considerados se invierte menos que en las industrias de la UE15. Tan sólo en la industria farmacéutica, material de transporte, alimentación, bebidas, tabaco, papel y artes gráficas se invierte más.

Aunque, en términos generales, el nivel tecnológico de las plantas españolas son modernas y eficientes, la escasa inversión a medio o largo plazo podrían determinar lo contrario. Sobre todo, en el caso de las Pymes (por su peor acceso al crédito), pero también para las empresas exportadoras o filiales de las multinacionales, cuyos proveedores suelen ser las propias Pymes.

Acceso a la materia prima ¿’comoditizada’?

El poder adquirir la materia prima como commodities en mercados internacionales supone evitar que este coste sea muy diferente al de los competidores europeos. Esto es clave porque las materias primas son el principal coste de la cuenta de resultados de la industria. En sectores como el alimentario o el del metal, sin embargo, su aprovisionamiento se produce a nivel local, por lo que son sus suministradores los determinantes de que las empresas sean o no competitivas.

El aprovechamiento de las materias primas también es clave para ganar competitividad. Y para esto es necesaria una maquinaria adecuada (y moderna), lo mismo que para reciclar parte de los productos terminados, algo que abarataría este importante coste.

El pequeño tamaño de la empresa española

Somos un país de microempresas, y ello conlleva numerosos problemas de competitividad, como la insuficiente capacidad productiva y operativa para soportar una inversión en bienes de capital elevada o el aprovechamiento de las economías de escala, el acceso al crédito, las actividades I+D, etc.

La mayor diferencia de tamaño se da, paradójicamente, en donde las empresas españolas son más grandes -farmacéutica, química y metalurgia- y algo menos en la alimentación y vehículos a motor. Es decir, que nuestras empresas más grandes (en términos de empleados) todavía deberían serlo más si tomamos como parámetro a sus pares europeos de la UE15.

La solución podría pasar por la internacionalización, sobre todo en las empresas más medianas que tienen un cierto nivel de consolidación de su negocio en el país. Pero, concretando en nuestros sectores industriales más importantes, observamos que a nuestra menor productividad hay que añadirle, además, que las empresas son mucho más pequeñas en comparación con la UE15 (en términos de empleados). Es decir, que nuestras empresas, en nuestros sectores más importantes, tienen muchos menos empleados y, además, son menos productivas.

Los cuatro grandes problemas de la industria española

De la misma forma que, hace unos años, se empezó a movilizar entre los grandes entre grandes, ya fueran empresas, bancos o gobiernos, la fórmula “too big to fail” (demasiado grande para caer), empieza a asomar por encima de la tapia de la política las orejas de otra actitud arquetípica. A saber: o conmigo o contra el cosmos.

El debate en Estados Unidos

El mejor ejemplo, por  todos conocido, es el de Obama. Resulta que quiere subir el techo de deuda y los republicanos han dicho que de eso nada. No se aprueban los presupuestos, no hay trato, empiezan a cerrar determinadas instituciones públicas porque no se les paga, empezando por los museos, la Estatua de la Libertad, etc.Una burrada de dinero dicen que ha perdido la economía estadounidense. El otro día tuve ocasión de ver el show del demócrata Bill MaherReal Time, en el que había invitado a Jim Glassman del George W. Bush Institute (republicano, por supuesto), Chris Matthews, el polémico periodista demócrata, y Carol Roth, periodista independiente, para hablar del shutdown de la Administración.

Se aprende mucho cuando se pone en perspectiva el modo de discutir en otros lugares. En este caso, los gritos de las tardes de Telecinco son naderías en comparación con la manera de interrumpirse; la prepotencia del conductor del programa, que quitaba sin miramientos la palabra a los contertulios para hablar él y dar su opinión, nada neutral; los insultos directos de Chris Matthews a Jim Glassman, aunque después riendo pidiera perdón mientras el director, asentía entre carcajadas y el público le aplaudía con fervor, como se aplaude a los vendedores de crecepelo.

Por otro lado, también es gratificante aprender cuáles son los argumentos de verdad, más allá de las interpretaciones sesgadas de algunos medios de comunicación españoles. Porque el tema nos afecta. Ya hemos aprendido que la globalización también tiene reverso: tu tos de hoy es mi catarro de mañana.

El error de los republicanos, según el propio tertuliano republicano, ha sido sacar el Obamacare como ariete. Porque el tema era el techo de deuda, y los estadounidenses sí entienden que no se puede manejar esas cifras de deuda. Hasta el propio Bill Maher afirmó varias veces “Ahí estamos de acuerdo, es inmanejable, pero ¿en que se deja de gastar?”. Bueno, es un paso. En este país tenemos a el 90% del periodismo español titulando las cabeceras de las portadas con el original término “el mantra de la austeridad”. No, hombre, la austeridad es otra cosa, es sobriedad, evitar alardes y excesos. Y cuando uno tiene el déficit más alto de Europa en el año 2012, no se puede decir que uno es exactamente austero.

La parálisis permanente americana 

Pero el argumento del debate era que, como Obama no estaba dispuesto bajo ningún concepto a mover un céntimo de gasto para mantener (no ya bajar, mantener) el techo presupuestario, porque para sacar adelante el Obamacare el gasto iba a aumentar, pues cualquier protesta republicana implicaba la parálisis permanente de la estructura estatal. Es decir, o te tragas este sapo o de lo contrario eres el enemigo del pueblo. Hombre, yo soy Obama y aprovecho para bajar el presupuesto militar que tanto le repele, que tantas críticas despierta y tantos votantes acerca. Sin embargo, Barack estuvo cada día y cada noche señalando a los republicanos como directos responsables de cada dólar perdido. Lo reconozco, es una estrategia perfecta y este hombre es un auténtico mago de la política. Un mago de los que detrás de la purpurina hay un truco como una catedral.

En diferentes entrevistas a los medios, los representantes republicanos conceden que han levantado el dedo de la llaga, pero solamente hasta enero. Después volverán a poner sobre el tapete el debate sobre el techo de deuda. Esperemos que, en esta ocasión, los republicanos no se dejen ganar el saque y aporten algún argumento sólido.

Pero si nos detenemos a mirar entre bambalinas las tripas del truco de Obama nos encontramos que realmente, no son los republicanos los responsables de las pérdidas. Los demócratas tampoco cedieron ni un centímetro y se apresuraron a señalar con el dedo (eso tan feo que me corregía mi madre de pequeña). Y eso, a pesar del desgaste para el sistema político estadounidense. Porque, como sabemos tan bien últimamente en España, un gobierno sin una oposición tiene los mismos efectos que soltar a Godzilla en una tienda de porcelanas chinas.

Por supuesto, los demócratas ya entonan la segunda estrofa, en la que el mago Obama aparece revestido de la túnica de víctima: el pobre mago no va a poder gobernar porque los republicanos le van a frenar cualquier iniciativa. De hecho, en el show de Bill Maher, ese era uno de los argumentos del director. Allí donde las cosas no funcionan hay un republicano en el poder boicoteando las políticas angelicales del presidente. El escapismo de Obama solamente es comparable al de Houdini.

Obama es un gran farolero

El presidente de EEUU está de enhorabuena. Obama ha derrotado a los republicanos en la particular partida de póker político jugada en las dos últimas semanas, con la consiguiente alegría y alborozo de los amantes de la ingeniería social y el intervencionismo estatal. La rendición del Partido Republicano se materializó el pasado jueves tras acordar un plan con los demócratas para elevar temporalmente el techo de deuda pública y poner fin al cierre parcial del Gobierno federal. De este modo, Washington contará con un nuevo balón de oxígeno para seguir gastando a placer el valioso dinero de los contribuyentes, al menos hasta el próximo mes de febrero, cuando se tendrá que volver a discutir la espinosa cuestión del límite de endeudamiento.

Así pues, los republicanos –que no el Tea Party, auténtico impulsor de este pulso a la Casa Blanca– han fracasado estrepitosamente en su intento por frenar o retrasar la polémica reforma sanitaria de Obama, el proyecto estrella del presidente. El ala más liberal del partido supo aprovechar, muy certeramente, los excesos presupuestarios del Gobierno para plantear un inesperado órdago con el que tratar de tumbar el nefasto Obamacare. El plan, en principio, era muy sencillo: si Washington no daba marcha atrás a su reforma, los republicanos –que ostentan la mayoría en el Congreso– forzarían el cierre estatal (shutdown) y rechazarían elevar el límite de deuda. La idea, por tanto, consistía en colocar a Obama entre la espada y la pared, ya que éste se vería obligado a aplicar grandes recortes si no se plegaba a dichas demandas. Esta estrategia ha sido calificada por muchos como un auténtico chantaje, lo cual no deja de sorprender si se tiene en cuenta que los mecanismos de presión blandidos por la oposición no sólo son plenamente legales y legítimos sino que forman parte del ADN democrático de Estado Unidos, caracterizado por la existencia de contrapesos institucionales con el fin de limitar, con más o menos éxito, el siempre peligroso poder del Estado.

El gran error de la rama más conservadora de los republicanos, sin embargo, fue minusvalorar la capacidad de comunicación de Obama para ganar la batalla de los medios y, por tanto, de la opinión pública acusando a los republicanos de poner en riesgo la estabilidad económica no sólo de EEUU sino del mundo entero. El presidente no se arrugó, mantuvo intacto su proyecto sanitario y orientó todos sus esfuerzos a anunciar la quiebra del país más rico del planeta en caso de que los republicanos no dieran su brazo a torcer. Así pues, el póker republicano fue contestado con un repóker de ases por parte del demócrata. En términos de mus, lo de Obama ha sido un auténtico órdago a la grande. Se jugó la partida a todo o nada. De ahí, precisamente, sus veladas amenazas y sus apocalípticos augurios en caso de que no se alcanzara un acuerdo para aumentar la deuda… ¿Su mensaje? Estoy dispuesto a todo, incluso a declarar unilateralmente la bancarrota del país, con tal de no ceder un ápice en mi reforma sanitaria.

Simplemente, demencial. Deténgase un momento en la idea anterior y reflexione sobre sus implicaciones. Que el presidente de EEUU, muy posiblemente el hombre más poderoso del planeta, amenace, directamente, con impagar a los acreedores del Gobierno federal, entre ellos China –su mayor prestamista–, para no suavizar su ley estrella es un síntoma inequívoco de necedad y desvergüenza difícilmente comparable. Según sus palabras, Obama estaba dispuesto a todo, incluso a implosionar la economía global, desatando con ello la tercera guerra mundial a nivel económico, con tal de mantener intacta una reforma sanitaria. Visto desde este prisma, ¿quién era realmente el chantajista?, ¿el irresponsable político capaz de semejante barbaridad?, ¿los demócratas o los republicanos?, ¿Obama o el Tea Party?

La respuesta es evidente. La clave, sin embargo, es si tal diatriba era o no realmente creíble. ¿Hablaba en serio o iba de farol? ¿De verdad es posible que Obama declarara la suspensión de pagos de EEUU en caso de que no se hubiera elevado el techo de deuda? La respuesta es no. Una irresponsabilidad de tal calibre es, por pura lógica, muy improbable, ya que provocaría un colosal caos económico de consecuencias imprevisibles, además del suicidio político del presidente. El líder demócrata logró, sin duda, vender su mensaje al mundo (EEUU suspenderá pagos si los republicanos no ceden), demostrando así su habilidad para colar faroles, pero lo que resulta incomprensible es la ingenuidad mostrada por la mayoría republicana, a excepción de algunos miembros del Tea Party, para tragarse semejante falacia.

En realidad, más que ingenuos, los conservadores han demostrado ser unos cobardesEEUU nunca estuvo en riesgo real de default. El mercado jamás contempló tal escenario, los inversores sabían que Obama iba de farol, ya que no elevar la deuda no implicaba en ningún caso la temida quiebra soberana. Por el contrario, tal situación (no elevar el citado límite) hubiera sido todo un éxito tanto para los republicanos como para el conjunto de los estadounidenses, ya que el Gobierno federal se habría visto obligado a recortar de forma drástica el gasto público o, como mínimo, frenar el pernicioso Obamacare.

Si los republicanos hubieran mantenido el pulso, Obama habría levantado sus cartas, descubriendo así que su anunciado repóker era, en realidad, una farolada. EEUU no suspendería pagos, el presidente habría renunciado a su dañina reforma y, por tanto, los republicanos habrían salido victoriosos e incluso reforzados de cara a las próximas elecciones. El fallo, pues, no estuvo en el Tea Party, cuya posición fue sólida y consecuente en todo momento debido a unas férreas convicciones ideológicas, sino en la cobardía de los neocon, tanto o más estatistas que los demócratas. El Partido Republicano ha hecho el ridículo y, como consecuencia, se ha abierto un profundo cisma cuya deriva, por el momento, es desconocida. Ahora sólo cabe confiar en que esta clamorosa derrota fortalezca la posición de los liberales, pues sería positivo tanto para el Partido Republicano como para el propio futuro de EEUU.

Para educar a Maquiavelo

Supongamos que unos científicos italianos descubren muestras del ADN de Nicolás Maquiavelo y deciden clonarlo. Esperan de él que aconseje sabiamente a los políticos, pero hay que educarlo en los secretos del siglo XXI.

Nicolás Maquiavelo no era un canalla inmoral, sino un brillante florentino, a caballo entre los siglos XV y XVI, que intentaba establecer ciertos límites a la autoridad para lograr la estabilidad de la República y la felicidad de los súbditos. Maquiavelo escribía, claro, para la atribulada sociedad de su tiempo, turbulenta y antidemocrática.

¿Cómo formar a Maquiavelo? Como no hay tiempo para florituras, deciden educarlo por medio de los índices más serios y acreditados. No perderán un minuto en las chácharas marxistas y otras boberías vecinas al colectivismo estatista, como la Teoría de la Dependencia. Son gente seria. Eligen seis índices importantes y le explican cómo localizarlos en internet.

El primero será el Índice de Desarrollo Humano que publica la ONU. Ahí encontrará una lista de las naciones del planeta organizadas de acuerdo con ciertas variables relacionadas con la longevidad, la salud y la educación. Como Maquiavelo es una persona sagaz, inmediatamente advertirá que las 25 naciones más prósperas y progresistas del mundo, ésas que atraen a enormes muchedumbres de inmigrantes indocumentados, son democracias en las que el aparato productivo está en manos de la sociedad civil. Funcionan de acuerdo con las normas económicas del mercado y se sujetan a las reglas que imponen Estados razonables.

Esas 25 naciones cuentan con un tejido empresarial denso y tecnológicamente avanzado. Maquiavelo no tarda en descubrir que nada es posible si previamente no se crea la riqueza, y ésta sólo germina en las empresas.

¿Cómo lograron prosperar? En ese punto lee el segundo índice, Doing Business, del Banco Mundial. Clasifica las facilidades o dificultades de 185 países para crear empresas y hacer negocios de acuerdo con diez variables que incluyen desde el costo de la energía hasta el peso de los impuestos o el tiempo que toma iniciar la actividad.

Maquiavelo se da cuenta de que los mejor colocados son los 25 sospechosos de siempre. Los mismos.

Pero ¿cómo compiten esas empresas en el mercado? La pregunta se la responde The Global Competitiveness Report, preparado por el World Economic Forum. La competitividad descansa en 11 pilares: las instituciones, la infraestructura –que incluye el transporte y las comunicaciones–, la estabilidad macroeconómica, la salud y la educación infantil, la educación superior y el adiestramiento de la clase trabajadora, la flexibilidad del mercado laboral, el desarrollo financiero y el acceso al crédito, la predisposición por la tecnología, el tamaño del mercado, el refinamiento empresarial y la innovación.

A Maquiavelo le despierta la curiosidad la innovación. ¿Por qué todos esos países son, simultáneamente, los más avanzados? Se lo explica el Innovation Capacity Index dirigido por el chileno Augusto López-Claros, uno de los mejores economistas de hoy. Para compilarlo tienen en cuenta cinco variables: el capital humano (la educación), la gobernanza y la corrupción, el manejo macroeconómico, la calidad de las regulaciones y la equidad de género o la incorporación de la mujer al trabajo.

Le llaman la atención las palabras gobernanza y corrupción. Busca en la red el Rule of Law Index, publicado por The World Justice Project. Este estudio anual pondera 10 factores y 49 subfactores para establecer la calidad del Estado de Derecho. Son tres elementos básicos: rendición de cuentas por parte del Gobierno; leyes claras y estables, con protección real de los derechos individuales, promulgadas por un poder legislativo competente, y acceso a jueces justos, bien instruidos y honorables. Sin justicia ni siquiera hay desarrollo sostenible.

¿Y la corrupción? Esa es la termita que poco a poco devasta los fundamentos de la convivencia. Para conocerla, Maquiavelo examina el Índice de Corrupción que publica Transparency International. Es el menos objetivo porque se basa en percepciones. La corrupción es opaca por su propia naturaleza. Quienes la practican tratan de borrar sus huellas.

Cuando ha terminado, Maquiavelo conversa con los genetistas que le devolvieron la vida. No va a escribir otro tratado. ¿Para qué? El mero examen de estos índices explica cómo y por qué hay países estables que se desarrollan y prosperan mientras otros se hunden en la desdicha, en medio de grandes convulsiones. "Ya todo está claro", dice el florentino. Hay cierta melancolía en sus palabras.

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La nueva amenaza para el euro se llama Marine Le Pen

La presidenta del Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, está cosechando un apoyo histórico en las encuestas de opinión de Francia. Su formación ya se sitúa como la más votada en las elecciones europeas de la próxima primavera, según un reciente sondeo publicado por el semanario Le Nouvel Observateur. Su partido podría obtener el 24% de los votos, según un sondeo de Ifop, multiplicando por cuatro el resultado obtenido en las europeas de 2009, y superando en dos puntos a los conservadores (UMP) y en cinco puntos a los socialistas.

Asimismo, el instituto LH2 también avanza que uno de cada cuatro franceses estaría dispuesto a votar al FN en las municipales que también se celebran en primavera. Por el momento, ya ha logrado vencer en unas elecciones cantonales celebradas a principios de mes en Brignoles, al sur de Francia. Por otro lado, Le Pen se sitúa entre los personajes más populares del país galo, con un 33% de opiniones favorables, tan sólo superada por François Fillon y Alain Juppé (ex primeros ministros) y Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), según una encuesta del semanario Le Figaro Magazine. El auge del populismo en Francia contrasta con la histórica debacle en los sondeos que está sufriendo el presidente socialista, François Hollande.

La razón estriba en que el FN está logrando un inesperado éxito entre la clase obrera, el tradicional campo de votos del Partido Socialista, como consecuencia del deterioro económico y fiscal que sufre el país. Sin embargo, el ascenso de Le Pen, que quedó relegada al tercer puesto en las últimas presidenciales, celebradas en 2012, tiene unas implicaciones que podrían ir mucho más allá de las fronteras galas.

Basta observar su programa político para percatarse de la trascendencia de dicho fenómeno. El FN defiende la salida de Francia del euro y carga abiertamente contra la UE. Según reza su ideario, los resultados de la UE son "bien conocidos": "apertura de fronteras, desempleo, dictadura de los mercados, destrucción de los servicios públicos, inseguridad, pobreza, emigración masiva", etc. Tacha el proyecto comunitario de "globalista" y "ultraliberal", al servicio del "sector financiero", y afirma que el euro "esclaviza" a los franceses. Por ello, el FN ve la actual crisis como una "oportunidad" para disolver la Unión Monetaria y dinamitar la UE.

"Diez años después de su introducción en la vida cotidiana de los franceses, el euro está demostrando ser un fracaso total a pesar de la ceguera de los defensores de la Europa de Bruselas y de Frankfurt, que se niegan a rendirse a la evidencia […] el euro va a desaparecer porque el coste de su mantenimiento se hace cada día más insoportable para las naciones […] El euro es una aberración económica […] Desde la introducción del euro, Alemania es el único país que he mejorado su balanza exterior", en detrimento de lo que sucede en Francia o Italia, advierte su programa. Además, según el partido de Le Pen, "Francia está siendo penalizada por la apertura total de las fronteras", ya que llegan muchos inmigrantes atraídos por su generoso Estado del Bienestar.

¿Su particular propuesta?: abandonar el euro y regresar al proteccionismo comercial bajo la promesa de garantizar los servicios públicos galos y la producción nacional. "Francia debe elaborar, con sus socios europeos, un plan para regresar a las monedas nacionales", afirma. De este modo, el FN defiende el retorno al franco para, posteriormente, devaluar su moneda con el fin de mejorar la competitividad gala. Y ello, al tiempo que se renegocian los tratados comunitarios para recuperar la "soberanía nacional" de Francia en todas las materias y competencias cedidas a Bruselas.

Este tipo de soflamas está teniendo una buena acogida entre muchos franceses debido, sobre todo, al rechazo explícito de Le Pen a las políticas de austeridad que pretende imponer Alemania y Bruselas a los países en dificultades, como es, qué duda cabe, el caso de Francia. El FN carga abiertamente contra la "austeridad" ya que, según alega, tan sólo sirve para preservar el euro a costa de castigar a la "clase media y trabajadora, jubilados, empleados públicos y pymes". El programa económico de Le Pen se inspira en el diagnóstico y recetas del economista galo de izquierdas Jacques Sapir, un fervoroso defensor de la desglobalización y la disolución ordenada del euro.

Le Pen lo tiene muy claro: si fuera elegida presidenta de Francia, lo primero que haría sería convocar un referéndum sobre la permanencia gala en la UE y el euro, sumándose así a la ola de populismo que ya ha logrado relevantes éxitos electorales en Grecia (con los comunistas de Syriza y los nazis de Amanecer Dorado) o Italia (Movimiento 5 Estrellas). Todo ello demuestra, en primer lugar, que el neofascismo que representa el Frente Nacional es, en el fondo, otra forma de socialismo, ya que su programa económico en poco o nada se diferencia del de los comunistas griegos de Syriza, los españoles de Izquierda Unida o el particular 15M italiano, culpando al euro, la austeridad y el libre mercado de todos los males y abogando por más Estado; y, en segundo término, que el auge del populismo en Europa es, sin duda, una de las grandes amenazas, si no la mayor, para la supervivencia de la moneda única a medio plazo.

Llueve dinero en España ¿o no?

Reality is that which, when you stop believing in it, doesn’t go away – Philip K. Dick

Esta semana se ha generado mucha polémica por las palabras de Emilio Botín en Nueva York afirmando que "es un momento fantástico para España, llega dinero de todas partes". Y eso que el Sr. Botín tiene razón. Una cosa es que el país siga con un enorme problema de paro y bajo crecimiento y otro que la liquidez global esté beneficiando de manera muy importante a los activos de riesgo, que es lo que está ocurriendo en toda Europa. 

Hasta septiembre en España se han visto 17.500 millones de euros de entradas totales netas en el sector de fondos de inversión y hemos visto emisiones de bonos, ampliaciones de capital y ventas de activos que hace un año nos parecerían imposibles de creer. Mediaset, esta misma semana, emitía con enorme éxito un bono a cinco años al 5,25% con demanda de más de 3.300 millones de euros.

Hay dinero, y mucha liquidez creada por la política de fiesta de expandir la base monetaria de JapónEstados Unidos Reino Unido, entre otros. Pero lo importante de ese dinero es que se mueva hacia la inversión productiva. Pues bien, tanto en los grandes países de la OCDE como en España, dista mucho de ser así. El dinero se queda en activos financieros, por eso la inversión productiva se sitúa a niveles de hace más de dos décadas en los grandes países de nuestro entorno.

Las empresas recompran acciones, pagan dividendos, pero no invierten a largo plazo. Algunos culpan a la estructura de remuneración de los directivos –muy dependiente del precio de la acción en bolsa- y al cortoplacismo anglosajón, pero esa acusación simplemente no se sostiene. En Europa o Japón la compensación de directivos es cuando menos ‘generosa’ y ‘permisiva’ con la destrucción de valor (un billón de euros tirado en destruir valor en una década solo en el sector energético, según The Economist, más de 1,5 billones en todos los sectores), y tampoco se está invirtiendo.

La explicación es mucho más simple. No hay confianza real para llevar a cabo inversiones productivas a largo plazo y el entorno de incertidumbre impositiva penaliza la toma de riesgo a más de dos-cuatro años. Y la verdadera recuperación, junto a la mejora del empleo, vendrá solo cuando los fondos se orienten a dicho tipo de inversión. Con represión financiera y aumentos de impuestos, no va a ser fácil que ocurra.

En el caso español, la inversión neta total en el primer semestre de 2013 fue de 6.629 millones frente a los -11.550 millones del primer semestre de 2012. Pero, como explica el propio INE en su nota de prensa, “la inversión extranjera en este período…  opta por formas de inversión más seguras como son las ampliaciones de capital y las adquisiciones de empresas existentes (en conjunto, un 87,7%) en lugar de nuevas constituciones”.

¿Cuál es el problema? Ninguno. Pero no podemos lanzar cohetes cuando el 87,7% de la inversión internacional se centra en reciclar capital.

A ello debemos añadir un entorno de préstamos de difícil cobro (non-performing loans) que continúa siendo preocupante. En España ha llegado al 12,12% y, como comentábamos en España, tocando fondo, probablemente alcanzará el 13%. En los países de nuestro entorno continúa alrededor del 6%. Obviamente es parte del proceso de reconocer los problemas del pasado, las dificultades de las empresas constructoras e inmobiliarias –que suponen gran parte de esa cifra de 180.000 millones de euros- y aumentar la transparencia, pero una cifra tan alta también hace que se haga más complicado que mejore la inversión productiva, mientras se lleva a cabo la limpieza de esos préstamos de difícil cobro.

Es por eso que debemos prestar máxima atención a las fases de recuperación. 

Ahora estamos en la fase ‘coste de capital’. Bajan las primas de riesgo de los países con dificultades por exceso de liquidez y la lucha por buscar algo de rentabilidad de los fondos de renta fija, mientras las dudas sobre el euro desaparecen.

Eso hace que el coste de capital medio de toda la economía baje, y se genere la segunda fase, que es enviar fondos a los activos de riesgo, bolsa en particular. Aunque las estimaciones de resultados del Ibex hayan caído un 12%, se ven entradas en renta variable, animadas por esa percepción de menor riesgo.

La difícil es la tercera, que se genere confianza real a largo plazo y un entorno inversor atractivo para que los fondos se dediquen a inversiones en maquinaria, nuevas empresas y creación de empleo.

Y es que la razón por la que la inversión productiva ha caído a niveles no vistos en muchos años en los países de la OCDE es que el entorno de tipos bajos, expansión monetaria y represión financiera simplemente no genera confianza. Por eso se desploma la velocidad del dinero –que mide la actividad económica-.

Veamos. El emprendedor medio pide prestado por dos razones:

1.- Invertir en capital: expandir un negocio, abrir una planta, contratar gente, etcétera.

2. Ingeniería financiera: basado en unos ingresos esperados, descontados por el coste de la financiación —el coste del dinero—, el emprendedor compra un negocio ya existente.

Desafortunadamente, la segunda opción no aumenta el capital, sólo cambia de manos, y aumenta la cantidad de deuda, aumentando la fragilidad del sistema ante cualquier shock. Los períodos de tipos artificialmente bajos mueven el capital de manera desproporcionada al segundo tipo de inversión, fuera de ‘la economía real’. Porque muy pocos inversores ven confianza para invertir a largo plazo ante un entorno impositivo confiscatorio, y una señal de precio –el coste del dinero, los tipos de interés- manipulada artificialmente.

Así, el dinero fácil lleva a una caída de la productividad y del crecimiento estructural de la economía.

Suponer que esa decisión de inversión se revertirá hacia lo que llamamos la ‘economía real’ si persistimos manipulando el precio y cantidad del dinero es, cuando menos, iluso. Y pensar que subiendo impuestos ese capital se transferirá al Estado, que puede llevar a cabo dichas inversiones sin criterios ‘estrictamente económicos’, es suicida. Charlie Munger, mano derecha de Warren Buffett, siempre lo dice: "Muéstrame los incentivos y te muestro los resultados".

Hace poco más de un año muchos políticos y comentaristas acusaban a los “especuladores” de “atacarnos”. Ahora que las bolsas y activos de riesgo se aprecian de manera exponencial nadie los llama “especuladores”. Ahora son inversores de fino olfato atisbando la inminente recuperación, y las bajadas de prima de riesgo y subidas de bolsa nos las apropiamos como éxito propio.

Seamos conscientes de que las rotaciones de activos financieros pueden ser un espejismo a corto plazo. Pero ahora que ese capital está invertido en Europa y en España, merece la pena trabajar para que los que ven oportunidades para invertir en activos financieros las vean también para poner capital a largo plazo en el país. 

Assange, un traidor al servicio del castrismo

Cuando saltó el escándalo de los cables diplomáticos hechos públicos por Wikileaks, hubo quien sostuvo que Julian Assange debía ser juzgado y condenado por traidor. Otros consideramos que esta postura es incorrecta, puesto que la documentación confidencial que desvelaba la citada web era material sensible estadounidense y Assange no tiene dicha nacionalidad. Sin embargo, lo que no se puede negar es que su alianza con Rafael Correa dejaba en entredicho su discurso a favor de la libertad de expresión, dado que se cobijó bajo el amparo del segundo mayor represor de este derecho en el continente americano, tan sólo superado por los hermanos Castro.

Recientemente, el fundador de Wikileaks ha dado un paso más que ahora sí le deja en evidencia como un traidor. No a ningún país, sino a los principios que proclama defender y a todos aquellos que creyeron en su proyecto como una manera de hacer más libre el mundo. Julian Assange participó mediante videoconferencia en una charla de una hora de duración con periodistas –tal vez sea mejor decir propagandistas– y blogueros oficialistas –los encargados del agitprop online castrista– cubanos.

Al discurso del australiano no le faltó ningún elemento de propaganda castrista. Habló del bloqueo –en realidad embargo, puesto que Cuba puede comerciar con cualquier país del mundo menos EEUU, y con este país puede hacerlo cada vez en más sectores–. El supuesto enemigo del espionaje elogió a los cinco espías cubanos encarcelados en EEUU, de los que dijo sin rigor alguno que luchaban contra el terrorismo (en realidad espiaban a la oposición en el exilio) y puso a la ‘Revolución’ (en realidad dictadura totalitaria) como ejemplo para Wikileaks.

Cargó contra los medios de comunicación privados, a los que acusó de manipular, y añadió:

El éxito y el poder de Wikileaks representa esa posibilidad y para Cuba representan la posibilidad de contar su propia historia a todos los que estén dispuestos a escucharla. Todavía tenemos una gran lucha en nuestras manos, Internet le permite a casi todo el mundo decir lo que piensa; pero hay algunas corporaciones gigantescas que están manipulando esta información y a veces se resisten a darle un sentido a esta verdad, solo tratan de enterrarla totalmente.

Es cierto que internet permite a casi todo el mundo decir lo que piensa. Pero hay una ínsula del Caribe donde no es así. En Cuba el acceso a Internet sigue estando muy restringido y la red está sometida a una férrea censura oficial. La represión llega hasta el punto de que el estadounidense Alan Gross lleva preso desde diciembre de 2009 por haber viajado a la isla para ayudar a las comunidades judías cubanas a conectarse a la red sorteando la censura del régimen. Assange silencia esto y prefiere hablar de supuestas corporaciones gigantescas que manipulan la información (aunque tengan nulo poder censor). Gross, y no el fundador de Wikileaks, es un auténtico héroe por la libertad en internet.

Y los crímenes contra la libertad del régimen del que ahora se ha hecho cómplice el famoso australiano van mucho más allá. Los demócratas que se oponen a la dictadura sufren arrestos arbitrarios, e incluso llegan a pasar muchos años en prisión, o son sometidos a palizas y actos de repudios. Hay casos de presos políticos que fallecen en huelga de hambre, como Orlando Zapata Tamayo, y disidentes que mueren en circustancias sin aclarar, como la dama de blanco Laura Pollán o el líder del MCL, Oswaldo Payá.

Por supuesto, no hay ningún tipo de espacio para la crítica al Gobierno ni para cualquier actividad política que pase por la disciplina del Partido Comunista. Todo lo anterior por no hablar de los cientos de fusilados en el pasado y terribles estragos causados por décadas de una política económica tan centralizada como demencial.

Julian Assange ahora es cómplice voluntario de todo eso, al aceptar convertirse en propagandista del castrismo. No debe ser llevado ante los tribunales por ello, pues la libertad de expresión ampara hasta a los defensores de este tipo de aberraciones. Merece, eso sí, la condena moral de todos aquellos que defienden la libertad.

Feijóo y el nuevo populismo fiscal del PP

Anunciaba el presidente de la Xunta de Galicia una medida que, en apariencia, debería congratular a todos los liberales: en los Presupuestos de la región de 2014, se contemplará una rebaja de medio punto porcentual –del 12% al 11,5%– en el tramo autonómico del IRPF para aquellas rentas con una base liquidable inferior a 17.700 euros. Toda reducción de las exacciones fiscales debería ser tan bienvenida como denostado todo incremento en las mismas; y siendo así, todos deberíamos aplaudir a Feijóo por su compromiso. Pero como ya sucediera con la farsa tributaria de Monago, la rebajita del gallego no deja de ser una cortina de humo para consolidar propagandísticamente un régimen fiscal confiscatorio.

La rebaja en su contexto

Aunque Feijóo afirme que su minoración fiscal afectará al 70% de los gallegos, lo cierto es que lo hará de un modo marginal y cicatero. Si la base liquidable máxima sobre la que se aplicará la rebaja fiscal es de 17.700, eso significa que el ahorro máximo será de medio punto porcentual sobre esos 17.700 euros, es decir, 88,5 euros anuales, o menos de 7,5 euros mensuales. En realidad, sin embargo, la minoración será todavía menor, ya que el cálculo del mínimo personal (que reduce el importe final de la cuota líquida a pagar) también se calcula a partir de ese mismo tipo marginal mínimo que Feijóo ha rebajado, de manera que el importe efectivo de éste caerá en unos 25,5 euros (el 0,5% del mínimo personal de 5.151 euros): es decir, el impacto máximo de la rebaja fiscal de Feijóo será de menos de 63 euros anuales, unos 5 euros al mes. Para rentas con una base liquidable de 12.000, el efecto no llegaría ni a los 35 euros anuales, ó 2,8 euros mensuales.

El coste total de la medida para las arcas gallegas se ha estimado por debajo de los 60 millones de euros, es decir, alrededor del 3,2% de los ingresos por IRPF de la Xunta en 2013 o, atención, menos del 0,75% de sus ingresos totales. Una reducción verdaderamente raquítica que ilustra una vez más qué entienden nuestros políticos por bajar impuestos: repartir un vergonzante aguinaldo a un año de las elecciones. Feijóo en ningún momento se ha planteado perder competencias a favor no del Gobierno central, sino de la sociedad civil: cerrar departamentos enteros de su Ejecutivo y devolverles esas sumas de dinero a los ciudadanos para que sean ellos quienes las gestionen del mejor modo que sepan. No: apenas se ha dignado a repartir las puntas ociosas de tesorería que no le pongan en ningún aprieto financiero.

Con todo, la estampa que nos lega Feijóo es todavía más deprimente que la ilustrada en los párrafos anteriores. No se trata sólo de que su prometida minoración tributaria haya quedado en agua de borrajas, sino que ni siquiera merece recibir tal nombre: al tiempo que, por un lado, reducía exiguamente el IRPF, por otro Feijóo decidió incrementar el mal llamado ‘céntimo sanitario’ que grava los hidrocarburos. En concreto, el recargo sobre la gasolina se incrementó en 2,4 céntimos por litro y en 3,6 céntimos el de gasoil. Dicho de otro modo, cada vez que un gallego llene su depósito estará pagando de media un euro más por el combustible. Al final, casi lo comido por lo servido.

Populismo fiscal con las quejas catalanas de fondo

Pese a la nimiedad del movimiento tributario de Feijóo (o previamente de Monago), existe un problema más de fondo que refleja a la perfección la absurda naturaleza de nuestro sistema de financiación autonómico. Mientras los ciudadanos de algunas autonomías –Madrid, Cataluña, Comunidad Valenciana o Islas Baleares, fundamentalmente– están padeciendo elevadísimos y crecientes impuestos para financiar coactivamente la disparatada “solidaridad interterritorial”, los gobiernos de aquellos otros territorios que son receptores netos de tales fondos –en el caso que estamos tratando, Galicia y Extremadura– se dedican a bajarlos, al menos sobre el papel. Dicho de otra manera, el mensaje que nuestros torpes políticos están transmitiendo a la ciudadanía es que madrileños, catalanes y valencianos estamos pagando cada vez más impuestos para que gallegos y extremeños puedan pagar cada vez menos. Como vemos, ni siquiera esto es del todo cierto, ya que al final los impuestos tampoco terminan bajando (o lo hacen de un modo casi inapreciable) en las comunidades que son receptoras netas de la redistribución interna de ingresos, pero no hay duda de que estos gestos propagandísticos han de generar una sensación de hastío entre los ciudadanos residentes en las comunidades que son pagadoras netas.

No en vano, la capacidad tributaria de Galicia en 2011 fue de 4.987 millones de euros y, pese a ello, recibió 6.929 millones de euros del sistema de financiación autonómico; una ganancia muy en línea con el saldo positivo de su balanza fiscal en 2005, tasado por el Ministerio de Hacienda en 3.338 millones de euros (según el enfoque carga-beneficio). Mientras tanto, y según esas mismas balanzas fiscales, los catalanes estarían perdiendo más de 11.000 millones anuales y los madrileños más de 14.000.  

No parece que éste sea el momento más inteligente para seguir tensando la cuerda fiscal entre los españoles, máxime cuando una parte del país, Cataluña, ya se ha dado cuenta del atraco que supone esta exagerada redistribución interna de la renta –hasta el punto de amenazar con independizarse del resto de España– y la otra –con los madrileños a la cabeza– sería deseable que no tardara demasiado en descubrirlo. Rebajas de impuestos sí –sobre todo, entre las regiones más pobres–, pero una vez se haya puesto fin a la “solidaridad interterritorial”; o, si ésta se mantiene en cierta medida, rebajas de impuestos sí, pero a costa de bajar el gasto público propio, no a costa de subir los impuestos al resto de españoles.

Consolidando el régimen vampírico de Montoro

Por último, el movimiento de Feijóo (como antes el de Monago) tiene indudables implicaciones sobre la estrategia fiscal del PP en 2014. Como es sabido, el año que viene Montoro debe anunciar la reversión de las sangrantes subidas de impuestos que él mismo aprobó nada más llegar al poder. El ministro de Hacienda ha jurado en numerosas ocasiones que sufre horrores cada vez que habilita a sus funcionarios a que nos metan la mano más hondo en nuestros bolsillos, pero lo cierto es que existen dudas más que razonables de que tal contrición sea sincera: Montoro, y todo el PP, adoran ante todo el ‘hiperEstado’ del que han vivido y mamado durante toda su vida. ¿Cómo erradicar, pues, la onerosísima losa fiscal que han colocado sobre las espaldas de los españoles si ésta sigue siendo imprescindible para sufragar su particular becerro de hojalata?

Sea como fuere, pronto descubriremos si dicen la verdad: la reforma fiscal que aprobará el Gobierno en unos meses será la auténtica prueba del algodón. Si bajan los impuestos con intensidad, probablemente haya sido cierto que los subieron con compungimiento; si los mantienen, constataremos que su misión desde el Gobierno era la de consolidar durante esta legislatura un régimen fiscal cainita. El test parece bastante claro… ¿o tal vez no?

Mi apuesta personal es que Montoro seguirá el camino trazado por Feijóo y Monago: bajar mínimamente los impuestos a las rentas más bajas (la pérdida de recaudación por tal rúbrica es ínfima) para vender a la opinión pública que “el 90% de los españoles se ha beneficiado de una rebaja fiscal” y así apuntalar la rapiña fiscal en los tramos medios del IRPF y en el resto de figuras tributarias. Visto desde esta perspectiva, el movimiento de Feijóo no sería una cicatera pero bien orientada apuesta ideológica por empezar a rebajar los impuestos, sino un campo de pruebas más para la gran mascarada vampírica a la que asistiremos el año que viene. Dicho de otro modo: mientras Feijóo se coloca la piel de cordero al anunciar menores impuestos, Montoro sigue afilando sus colmillos entre las sombras. 

Orden espontáneo e instituciones sociales

Lamentablemente, está extendida la idea de que la sociedad es un orden que puede construirse intencionalmente. Los socialistas de todos los partidos (y todo el sistema en general) nos bombardean continuamente con esta idea. Es el típico pensamiento antiliberal de que la gente dejada “a su aire” puede provocar resultados no deseados. ¿Qué es lo que hay que hacer entonces? Dirigirla. Obvio.

¿Qué significa dirigir la sociedad? Pues básicamente tutelarla, es decir, marcar los fines de los individuos. O lo que es lo mismo: identificar los fines sociales que ellos determinan con los fines del individuo. La coordinación social debe, por tanto, ser impuesta.

Esto supone no entender nada del proceso social, ya que la sociedad es un complejísimo proceso espontáneo de interacciones humanas, movidas todas ellas por el deseo de alcanzar sus propios fines.

Una palabra clave aquí es espontáneo. Una gran aportación de Carl Menger consiste en haber desarrollado la teoría del surgimiento espontáneo y evolutivo de las instituciones a partir de la concepción subjetiva de la acción humana. Como manifestara Menger: “el problema más importante de las ciencias sociales es explicar cómo las instituciones que sirven al bienestar común y que son extremadamente importantes para su desarrollo llegaron a existir sin una voluntad común dirigida a establecerlas”.

Hayek señala entre otras instituciones que son el resultado de la acción espontánea evolutiva nada menos que al lenguaje, la moneda, el derecho de propiedad, el comercio, la lex mercatoria que rige los intercambios internacionales y la misma Common Law. Las instituciones sociales son el resultado de conductas regulares no planificadas por los individuos para hacer frente a los problemas que enfrentan. Se forman inintencionadamente, es decir, sin una programación previa.

Vemos en el orden social un vínculo interno producido endógenamente, lo que equivale a concebir la sociedad como un orden espontáneo. Esta es la naturaleza interna del vínculo social.

La teoría social comienza con el descubrimiento de que existen estructuras ordenadas que son producto de la acción de muchos hombres, pero que no son resultado de una planificación humana. Es ese permanente fluir de iniciativas individuales, que son de tal modo seleccionadas y agregadas a un nivel de conocimiento que ninguna mente humana particular es capaz de alcanzar.

La idea de que la sociedad puede construirse intencionadamente debe ser rechazada. Deberíamos confiarnos a ese gran mecanismo productivo que es el proceso social abierto a la cooperación de todos, ya que sólo de esta manera es posible el desarrollo económico y el aumento de conocimiento.

Y, sin embargo, los enemigos de la libertad siguen queriendo tutelar al individuo y sus opciones innovadoras. Quieren dirigir el mundo, cuando lo mejor sería que nos dejasen relacionarnos en paz.