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El mito de la Sanidad Pública

En términos generales, las personas son más honradas en los asuntos privados que en los públicos.

David Hume, Essays Moral, Political and Literacy

La sanidad y el sistema sanitario se ha convertido, casi sin dudas, en uno de los temas de nuestro tiempo. Y en uno con el que hacer incesante campaña en defensa de los poderes del Gobierno o Estado frente a la sociedad civil. El elogio y bastión por la llamada "sanidad pública" de modo inequívoco ha llegado a ser uno de los grandes mantras allende los mares. Hasta cuando la derecha conservadora introduce cambios para controlar la demanda (el mal llamado copago que no es sino repago), o controlar los costes (modelos de gestión privada), afirma que lo hace para defender la "sanidad pública". Con todo y con esto, cuestionar la Sanidad pública parecería semejante a querer hacer lo propio con los derechos humanos fundamentales o la Ley de la Gravedad de Newton: algo bárbaro y atroz tanto moral como intelectualmente.

Decía el novelista Mark Twain que cuando te encuentres del lado de la mayoría es hora de hacer una pausa y reflexionar. Intentemos pues reflexionar. Si lo pensamos bien, es común la idea de que la relación del Gobierno respecto a la sociedad civil es comparable a la que Santo Tomás de Aquino formuló para demostrar a Dios con sus famosas "cinco vías". Creemos que la sociedad está diseñada, ergo se precisa un diseñador (quinta vía), que la movilidad que implica la sociedad necesita de un motor primero (primera vía), que la sociedad es consecuencia de una causa anterior (segunda vía), y hasta incluso que la sociedad es un evento contigente o fortuito que precisa de otro necesario (tercera vía), el cual poco menos conlleva el grado de la perfección (cuarta vía). Así, el Gobierno sería necesario, origen del orden y causa de donde emana la sociedad.

En el fondo, en esta idea sin ambages se basó Platón y es la ineludible base filosófica de donde emergió una ideología: el socialismo en todas sus variantes y formas. Así, si tenemos educación, sanidad, carreteras y semáforos, complejos urbanos o incluso leyes es, y no podría ser de otra forma según tal concepción, gracias a que hay alguien que está a cargo de ello, un ordenador y director de orquesta: el Gobierno.

El orden, tal como presume ese modo de pensar, necesita de un generador central. Por ello es popular que el mercado es la selva: en ambos no habría Gobierno.

Sin embargo, cuando uno visita un supermercado difícilmente puede decir que eso es comparable a una selva. Los lineales están perfectamente apilados, los productos etiquetados, referenciados, ordenados, categorizados e incluso diariamente repuestos. Es más, la variedad de formatos, precios y calidades es poco menos que asombrosa. Con o sin azúcar, con o sin lactosa o sal, en tamaño pequeño o grande, congelado, fresco, de importación o nacional, ecológico… Además, existen múltiples redes distintas de supermercados con diversas selecciones de precios, productos, tipo de atención al cliente, ofertas y ventajas. Resulta harto curioso que demandemos un ordenador y director de orquesta (Gobierno) para que ciertas cosas se hagan, se hagan bien y cubran necesidades fundamentales de los ciudadanos (sanidad, educación…), cuando cosas tan fundamentales y vitales como la alimentación (sin la cual morimos en días) se hacen y se hacen tan bien al alcance popular de los ciudadanos sin apenas presencia de aquel director de orquesta. El error reside en creer que el orden necesita un generador central; el orden autogenerado no es magia: simplemente se llama sociedad libre.

Así, la idea de orden dirigido y controlado cuyo epítome es el Ejército tan bien regido, jerarquizado y organizado por el Gobierno la pretendemos trasladar al resto de ámbitos de la vida y la sociedad. "Si la sanidad no es pública y en manos del Gobierno, será caótica y cara", protestan las hordas que comen barato gracias al libre mercado alimentario.

¿Por qué en 1840 nadie reclamaba la necesidad de una sanidad para cuantas más personas posibles? No podemos decir que fue la ausencia de democracia, pues en aquel entonces ya existían Gobiernos elegidos por sufragio. Si hoy demandamos cosas que hace no tantas décadas no exigíamos es porque el Capitalismo de libre mercado y la globalización han hecho posible que cada vez más personas tengan acceso a cada vez más bienes y servicios. Nos acostumbramos a vivir cada vez mejor que las generaciones previas y solicitamos del Gobierno que acelere este proceso. Por desgracia, no somos conscientes de que el Gobierno al ordeñar la vaca pródiga del Capitalismo la paraliza y esteriliza. Cuando el ordenador y director de orquesta entra en la escena del orden autogenerado del mercado, el proceso social se estanca y anquilosa. Cuando afirmo que el Gobierno es en sí mismo una religión, ni siquiera es una metáfora: es la misma idea de no concebir el movimiento de los planetas, el viento o cualquier fenómeno físico o climático más allá de los mandatos y decisiones de un Dios o cerebro central. El problema, claro está, no es que unos crean en el Gobierno, sino que nos hacen comulgar forzosamente con ellos a quienes no profesamos su religión gubernamental.

La ilusión del acceso igual y universal cuando el Gobierno elimina los procesos de mercado y la propiedad privada no es más que eso: el precio político de la sanidad pública-gubernamental favorece por ejemplo el acceso a la sanidad a quienes son capaces de mantenerse vivos durante más tiempo en una lista de espera.

Uno de los muchos argumentos de los enemigos de la libertad contra la sanidad libre (y la ciencia médica libre) es que dado que no todas las terapias, teorías ni estrategias clínicas funcionan ni son efectivas, es tarea del director de orquesta (Gobierno) decidir qué teorías médicas son aplicables. El problema –aparte de la falta de libertad de elección del paciente- es que esto significa qué teorías y estrategias son subvencionables. Y aquí es donde la medicina, al estar en manos del Gobierno, se convierte en un juego y trama política. La salud y la ciencia se politizan. El servicio al consumidor se transforma en servicio al subvencionador.

Dado además que evidentemente habrá teorías más ciertas y otras más fraudulentas médicamente, si el Gobierno acierta acertaremos todos. Pero si el Gobierno no acierta fracasaremos todos. El proceso de competencia del mercado sanitario tiene los incentivos para marginar las teorías médicas fraudulentas de que carece el Gobierno.

Realmente no existe tal cosa como la "propiedad pública". El economista Murray Rothbard observó certeramente que no era más que un modo de designar la propiedad privada del Gobierno. El también economista Gustave de Molinari aseveró un siglo antes que el concepto de "propiedad pública" no es más que un oxímoron, es decir, un absurdo o contradicción en términos. Toda genuina propiedad, como la de los políticos y burócratas, es de alguien o algunos individuos definidos y concretos: es privada.

Así, podríamos establecer la justa dicotomía entre propiedad privada de la sociedad civil versus la propiedad privada del Gobierno. Los llamados defensores de la ‘sanidad pública’ son por tanto defensores del Gobierno. Pero, ¿es cierto que la sociedad no puede administrar y gestionar bien su sanidad, o que no puede cubrir a creciente número de masas populares? El caso británico es aleccionador.

El doctor David Green expuso de manera tan incontestable como brillante cómo las clases obreras británicas se labraron desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX cuando irrumpió el gubernamental Sistema Nacional de Salud británico su propio futuro y cuidado sanitario sin necesidad alguna de Gobierno. Por ejemplo, en 1847 abrió el Great Western Railway Medical Fund Society of Swindon dando cobertura a más de 40.000 obreros y sus familias afiliados a su mutua, que eran atendidos por más de una docena de médicos, especialistas con servicio de urgencias y visitas a domicilio, un hospital con casi medio centenar de camas e incluso varios dentistas. Mutuas y asociaciones de autoayuda se popularizaron con el tiempo en diversos sectores obreros británicos demostrando cuán benefactor es el mercado libre para los trabajadores y su salud: ferroviarios, obreros industriales, mineros… Cada vez eran más y cada vez contaban con servicios médicos crecientes y en mejora. El número de instituciones médicas libres y privadas como estas mutuas de trabajadores y obreros se multiplicaron en Gran Bretaña por 16 entre 1870 y 1883. Para esta fecha, las sociedades médicas contaban con prácticamente 140.000 afiliados y para comienzos del siglo XX ya superaban los 300.000 los afiliados. En todo tipo de mutuas, sociedades o asociaciones voluntarias en 1911 estaban en total cubiertos casi 10 millones de británicos.

El mercado libre y el orden espontáneo y autogenerado de la sociedad voluntaria era un tren a todo gas. Cada vez más rápido, cada vez mejor, los obreros disfrutaban de una provisión sanitaria que nunca antes habrían soñado. La soberanía del consumidor, el poder del obrero como comprador y afiliado para servicios médicos marcaba la pauta de la medicina y el cuidado que exactamente esta clase obrera demandaba y quería. A partir de la Segunda Guerra Mundial el Gobierno británico se precipitó sobre un sector como el sanitario que rendía a pleno gas sometido a las necesidades de los ciudadanos y obreros. Sin ser plenamente consciente de su alabanza al sistema capitalista y libre, la propia revista británica socialista The New Society admitió que "la competencia del mercado satisfacía las necesidades del pueblo" refiriéndose al sistema libre de mutuas sanitarias antes de la irrupción del Gobierno sobre este sector.

Una vez que la propiedad privada de la sociedad es sustituida por la propiedad privada del Gobierno, el poder del ciudadano se diluye. La soberanía del consumidor de un bien o servicio se sustituye por la preeminencia del productor. En la auténtica propiedad privada, el poder reside en los ciudadanos que consumen ese bien; en la llamada propiedad pública, los ciudadanos consumen pasivamente lo que el productor produce. Pasar de la manos privadas del Gobierno ("públicas") a las de los individuos de la sociedad es pasar la toma de decisiones del Gobierno al pueblo.

¿Y qué sucedió cuando irrumpió el Sistema Nacional de Salud británico en 1948? ¿Cuáles fueron los efectos de pasar de la medicina capitalista a una socialista? En 1949, un año después de que el Gobierno expropiara la sanidad del pueblo, la práctica totalidad de mutuas y asociaciones médicas de autoayuda anunciaron el cierre de sus puertas. El Gobierno había dado, ya sin remedio, una estocada mortal a la auto-organización, la solidaridad y la libertad de los obreros y sus cuidados sanitarios.

Nunca, jamás, y la historia lo demuestra, clases obreras como en este caso la británica ni realmente ninguna otra, necesitaron de Gobierno alguno para organizar y administrarse su salud. Siempre han sido y fueron los obreros suficientemente capaces, diligentes y válidos para decidir lo que querían y cuidar de sus familias sin que ningún ordenador, planificador ni dirigente gubernamental guíe y tutele sus vidas y sus fortunas.

Pues ésta, realmente, es la verdadera batalla que en la sanidad como en tantos frentes hemos de librar. La de la emancipación de cada ciudadano, la devolución de la soberanía del Gobierno al pueblo, la desamortización de los bienes y servicios expropiados y expoliados por el órgano gubernamental y estatal, la restitución de la autoridad del ciudadano-consumidor usurpada por los políticos-productores, y la iza de una bandera tan descollante como posible sea: la de la libertad. Para ser más prósperos que nuestros antepasados, y cada vez más. Y sobre todo más honorables, más justos y más humanos.

Bután y nuestra felicidad

Aunque con la crisis se haya reducido un tanto su presencia, de un tiempo a esta parte ha surgido la moda de intentar sustituir la búsqueda del crecimiento económico por el aumento de la felicidad de los ciudadanos. La idea básica detrás de todos los que proponen ese cambio consiste en que existe una cifra más o menos alta a partir de la cual da igual ganar más dinero porque seguimos siendo más o menos igual de felices. Se han hecho incluso algunas propuestas para sustituir el viejo índice del PIB por algún indicador que de alguna manera refleje la felicidad y no sólo la prosperidad.

El más añejo y famoso es el FIB, siglas que corresponden a Felicidad Interior Bruta y no a Festival Internacional de Benicàssim. Lo propuso allá por los años 70 el tiranuelo de Bután como forma de eludir las preguntas que desde Occidente se hacían respecto a la falta de desarrollo de su país, embutido entre India y el Tíbet y con tan poco interés en mejorar económicamente que su único aeropuerto internacional está situado en el Valle del Paro. Naturalmente no lo calculó, pero cuando acabó llegando la globalización a Bután –que tuvo prohibidos la televisión e internet hasta 1999– un centro de estudios público creó el índice, que tenía en cuenta cosas como la preservación del medio ambiente, la armonía de la vida cotidiana y la preservación de la identidad nacional.

Lo que demuestra este índice basado supuestamente en la felicidad es que todo índice basado en algo tan difícilmente cuantificable estará basado, en realidad, en lo que al Gobierno que lo calcula le venga bien. La única ventaja del PIB –que como indicador económico tiene un montón de fallos– es que es una medida que intenta ser objetiva de algo concreto. Como la felicidad no se puede medir, un medidor de felicidad medirá otras cosas, reflejando únicamente el sesgo del encargado de medir. Así, por ejemplo, lo de la identidad butanesa del FIB ha servido para justificar que el Gobierno butanés oprima a modo a las minorías de habla nepalí que no se corresponden con esa identidad artificialmente definida por el Estado, expropiar sus tierras, prohibir su idioma y meterlos en campos de refugiados.

Pero ha sido en Francia donde más esfuerzo han puesto en abandonar el viejo PIB en busca de otras soluciones. Sarkozy montó una comisión al efecto, que al menos tuvo la decencia metodológica de no sacar un solo índice, sino proponer varios. ¿Y esto para qué? Pues se puede ver en el informe que sacaron, en el que se describen sus modificaciones al PIB y de forma bastante cómica de tan descarada muestran cómo la renta per cápita iría aumentando, de ser el 66% de la de Estados Unidos hasta llegar al 87%, si se aceptasen todas las modificaciones. Y encima la comisión la presidió el muy useño Stiglitz. En eso ha quedado la grandeur.

Al margen de los patéticos intentos de introducir la felicidad en el PIB, similares en objetividad al Índice de Desarrollo Humano de la ONU, queda la cuestión de cómo se pretende usar la felicidad para restringir las libertades económicas. Lo más habitual es proponer una cifra a partir de la cual mayores ingresos no dan más felicidad y, por tanto, está justificado poner unos impuestos expropiatorios para repartir el dinero entre quienes no llegan a ella y así incrementar la felicidad total. Al margen de las consecuencias prácticas de este tipo de políticas, como la huida de capital humano y del otro, ni siquiera son congruentes en sus mismos términos, pues son numerosos los estudios que correlacionan felicidad con la expectativa de futuros ingresos crecientes, que obviamente desaparecería con semejante impuestazo.

En general, usar la felicidad de los súbditos como guía de la política del Gobierno sólo sirve para que éste haga lo que quiera en nombre de la felicidad, arbitrariamente definida por él mismo; si la definición no va contigo, sonríe, no sea que te denuncien por no ser feliz, maldita sea. La Declaración de Independencia de EEUU habla con sabiduría de la "búsqueda de la felicidad", y no de la felicidad en sí misma. Bien sabían Jefferson y los suyos que el Estado no puede proporcionarla.

Inmigración (II): la mejor ayuda al desarrollo

Los efectos de las restricciones a la libertad de migración son idénticos a los provocados por el proteccionismo.
Ludwig von Mises.

La migración y el desarrollo son funcionalmente y recíprocamente procesos conectados. 
Hein de Haas.

Los efectos multiplicadores de las remesas aún son desconocidos y van más allá del apoyo al hogar, de hecho pueden aliviar a una economía como la nicaragüense.
Manuel Orozco.

 La migración y las remesas ofrecen una tabla de salvación para millones de personas y pueden jugar un papel fundamental para el despegue de cualquier economía. Permiten a la gente tomar parte del mercado laboral mundial y crear recursos que pueden aprovecharse para el desarrollo y el crecimiento.
Kaushik Basu.
 

¿Cuál sería uno de los cambios políticos más importantes para reducir la pobreza en todas partes y disparar el PIB mundial? Muchos liberales dirían la decidida eliminación de las barreras comerciales sin dudarlo. Mucha más gente aún, por desgracia, propondría dar un gran empujón a la ayuda oficial al desarrollo. Desestimando la última propuesta por su probada ineficacia y sesgo interesado, la literatura académica estima que la liberación completa del comercio internacional incrementaría entre el 1% al 4% el PIB global de un año para otro. Nada comparable a las colosales consecuencias que acarrearía la eliminación general de las restricciones a los flujos migratorios: el artículo ya clásico de Hamilton y Whalley de 1984 mostraba que la liberalización del mercado laboral en el mundo doblaría, como mínimo, el PIB mundial. Sucesivos estudios, como el de Jonathon Moses y Björn Letnes (2004) han coincidido en ese pronóstico. Según el más reciente estudio del economista del desarrollo Michael Clemens, dicha liberalización podría suponer un aumento de entre el 67% al 147% del PIB mundial.

La productividad de una persona depende enormemente de las circunstancias que le rodean, no solo de su capacidad. Podemos imaginar a la persona mejor formada del planeta o con los mayores incentivos para trabajar, pero si se encontrara en un desierto o en un país caracterizado por ser un nido de corrupción, guerras, tiranía, usos contrarios a la innovación, instituciones débiles, baja tasa de capitalización, inseguridad jurídica o un combinado de todo lo anterior, tendría muy pocos medios para mostrar su valía. La manera más eficaz y expedita de hacer a una persona más rica es simplemente permitiéndole moverse de un lugar poco desarrollado a otro más productivo. Cuando trabajadores de países pobres se trasladan a países prósperos tienen a su alcance las oportunidades que les brinda una economía avanzada: estructura de capital más compleja, seguridad jurídica, abundancia de negocios, tecnologías punteras e instituciones más pro mercado beneficiándose ellos mismos de todo ello y haciendo, a su vez, más productiva dicha economía de acogida.

Desde el punto de vista de la colectividad humana en su conjunto, el no poner impedimentos a la movilidad laboral de las personas por el mundo se traduciría en un aumento de la productividad del trabajo humano y, por ende, de la riqueza material disponible. Billones de dólares se pierden actualmente por no maximizar dicho potencial humano. Es la mayor oportunidad de arbitraje desaprovechada en el mundo, según palabras del propio M. Clemens.

La inmigración incrementa el tamaño de la economía, mejora la productividad global y es un impulso económico para todos. De forma similar a lo que ocurre con el comercio internacional, tampoco los flujos migratorios son un juego de suma cero: benefician a todas las sociedades implicadas, tanto si son exportadoras como importadoras de capital humano. Incluso el célebre académico Dani Rodrik, escéptico de la globalización actual, argumenta en su Feasible Globalizations que los mayores beneficios en términos de desarrollo y reducción de la pobreza no provendrían de los muy trillados asuntos en torno al libre comercio, sino de un mayor movimiento internacional de trabajadores, y que incluso una pequeña liberalización en este terreno fomentaría significativamente el desarrollo en los países pobres.

Esto atañe tanto a los trabajadores no cualificados como a los más preparados. Contrariamente al manido argumento de que no es recomendable que los trabajadores más cualificados abandonen su país de origen porque privaría de materia gris a los países pobres, los economistas del desarrollo William Easterly y Yaw Nyarko han dado cuatro razones para fomentar en África la mal llamada “fuga de cerebros” (brain drain): i) beneficia en primer lugar a los emigrantes mismos, ii) beneficia a sus familiares en origen a través de las remesas monetarias que aquéllos les envían desde el exterior, iii) cuando algunos emigrantes vuelven a sus países de origen aportan habilidades y conocimientos nuevos y, por último, iv) aun sin regresar a su país, sus ejemplos y nuevas ideas sirven de estímulo y acicate a otras personas de su comunidad para abrazar el cambio e innovar.

Lo mismo sucede con los trabajadores con menores habilidades. Los agoreros pesimistas denuncian también el drenaje de la fuerza muscular (brawn drain) tanto del campo a la ciudad -en el interior del propio país en vías de desarrollo- como hacia otro país en el exterior por hacer escasa la mano de obra agrícola en los países de origen. Son incontables sus teóricos (Papademetriou, Gunnar Myrdal y su teoría de causación acumulativa, Rhoades, Almeida, Lipton y su crítica al consumo no productivo e importador de los inmigrantes receptores de remesas, Reichert y su teoría del círculo vicioso o síndrome migrante por el que la emigración profundizaría las desigualdades y el subdesarrollo); ven con desconfianza los procesos migratorios de los países pobres hacia los ricos al hacer más dependientes los primeros con respecto a los segundos y al exacerbar las diferencias de riqueza entre las diversas regiones de los países exportadores de capital humano. No tienen remedio todos estos neomarxistas que parecen ciegos ante los beneficios ciertos de las migraciones en los propios individuos, sus familiares y su entorno. Condenan severamente lo que no obedece a sus teorías de lo idílicamente equitativo pergeñadas por sus mentes.

Con permiso de estos pesimistas del desarrollo, las remesas monetarias de los emigrados son doblemente beneficiosas porque por un lado son menos volátiles que los programas internacionales de desarrollo y alcanzan partes de la sociedad que no alcanza ni de lejos la ayuda estatalizada para el desarrollo. Estas remesas –no lo olvidemos- no son gastadas en armamentos ni desviadas hacia cuentas bancarias en Suiza. Van directas a sus beneficiarios y duplican sus ingresos; son utilizadas, entre otras cosas, para alimento, agua potable, atención médica o educación de los menores a su cargo; es decir, para sacar a su gente de la pobreza. Pero es que además, las remesas son una fuente significativa de divisas internacionales para muchos países. Añadamos a esto otra ventaja más de tener abiertos canales de transmisión de remesas: está comprobado que cuando un país pobre se ve golpeado por algún desastre natural o suceso grave, el número y montante de remesas familiares se multiplica exponencialmente para paliar las necesidades más urgentes de su población.

Las cifras oficiales manejadas por el Banco Mundial en 2012 del envío total de remesas monetarias en el mundo (sin contar con las remesas informales de las que no hay registro) alcanzan los 529.000 millones de USD. De ellas, las enviadas por los trabajadores extranjeros residentes en países de economías avanzadas o de mayores rentas hacia sus países de origen menos desarrollados superan los 400.000 millones de USD (más de un tercio va dirigida a China, India y México, los tres países receptores más importantes). Estos 400.000 millones de USD suponen más del cuádruplo del montante de ayuda internacional llevada a cabo por la totalidad de los gobiernos de los países desarrollados. Esta cifra remesada, además, se ha multiplicado por tres desde el año 2000.

Los gobiernos de los países receptores, pese a ser plenamente conscientes de la importancia de dichas remesas, no la reconocen abiertamente dado que, al no depender dichos flujos monetarios de su intervención, supondría aceptar el fracaso de sus políticas económicas a largo plazo ya que no logran ofrecer oportunidades de mejora a sus propios nacionales que acaban abandonando el país. Los flujos migratorios originados desde sus países son consecuencia de sus políticas estériles pero también una denuncia silenciosa –y vergonzante- de las mismas. Sólo tenemos que observar que dichos gobiernos suelen tener ministerios para cada flujo internacional (Turismo, Comercio, Cooperación o Inversión Extranjera) pero no existe nada semejante con respecto a remesas monetarias (netamente privadas).

Otro efecto adosado a estas ayudas directas privadas es lo que algunos estudiosos del tema como Peggy Levitt o Ninna Nyberg han venido a llamar “remesas sociales”, esto es, los emigrantes, además de dinero, también exportan hacia sus comunidades de origen nuevas ideas, comportamientos sociales, papel actual de la mujer en la sociedad o contactos en el exterior, así como nociones de democracia, tolerancia o rendimiento de cuentas. Son no pocas veces un revulsivo para las sociedades cerradas pero fuente de nuevos memes desafiantes para el comportamiento grupal de las mismas.

La globalización de las economías es un fenómeno imparable. Tras la Segunda Guerra Mundial, se crearon instituciones para promover la movilidad de las mercancías y el movimiento de capitales. Los avances en los medios de transporte modernos y en las tecnologías de la comunicación la han favorecido enormemente. La movilidad de las personas trabajadoras, sin embargo, quedó casi “congelada”. Ha quedado desde entonces a duras penas contenida, esperando a ser liberada.

Las inversiones productivas y el desarrollo económico en el seno de los países más atrasados son muy deseables y reducirían in situ la pobreza, pero crear las infraestructuras necesarias y un entorno propicio para atraer y retener las inversiones a largo plazo requiere de bastante tiempo y de la existencia de instituciones adecuadas que las garanticen (nada fácil de conseguir, por cierto). Una mayor apertura, por el contrario, hacia la mano de obra inmigrante al establecerse unas fronteras más porosas y flexibles que las actuales en los países más desarrollados implicaría una rápida y contundente eliminación de la pobreza extrema en el mundo. Tal y como lo expresa el profesor Bryan Caplan, la razón por la que persiste aún tanta disparidad de renta entre fronteras es porque mucha gente está en el país equivocado; necesita, por tanto, moverse a otros países más productivos. Todo aquel que esté concernido por la ayuda al desarrollo debiera considerar seriamente esta alternativa.

Sin embargo, las legislaciones migratorias en los países industrializados son especialmente restrictivas para trabajadores no cualificados; eso significa que estamos poniendo coto arbitrariamente al mayor activo que poseen los países en vías de desarrollo: su fuerza laboral poco cualificada. A los pobres del mundo no se les permite muchas veces que accedan libremente sus bienes y productos a los mercados ricos; tampoco se les deja que acudan físicamente a ellos para vender sus servicios. Como veremos en un comentario posterior, los argumentos que se aducen por parte de los nativistas para frenar la movilidad laboral de extranjeros son falaces; responden todos ellos a temores infundados o imaginarios.

Por descontado, abogar por una inmigración más abierta no significa que cualquiera pueda acceder al país de acogida en la manera que él elija; no se trata de una inmigración descontrolada e irrestricta. Las autoridades competentes deben vigilar el proceso para evitar que se “cuelen” individuos con antecedentes criminales, terroristas confesos o enemigos declarados del país anfitrión.

Después de siglos de batallas por eliminar la discriminación del ser humano por su raza, sexo, religión o creencias resulta que el factor de mayor desigualdad hoy día en el mundo es el lugar de nacimiento. Las sociedades avanzadas aceptan desgraciadamente sin mayores dilemas morales el discriminar quién tiene derecho a vivir y trabajar dentro de sus fronteras en función meramente de su pasaporte. Los ciudadanos de los países desarrollados prefieren seguir contribuyendo al “desarrollo” de los países más atrasados colaborando con las ONGs o presionando a sus gobiernos respectivos para que dediquen más cantidad de sus impuestos para la ineficiente y muchas veces absurda ayuda al desarrollo. Ni siquiera presionan a sus gobiernos para derribar unilateralmente las barreras al comercio, algo importante para los habitantes de los países más pobres. Todo lo intentado hasta ahora es, por desgracia, insuficiente.

Tras más de medio siglo mandando ayuda a los países del Tercer Mundo sin haber conseguido resultados satisfactorios, parece que ha llegado el momento de probar otras medidas. Facilitar la movilidad laboral transfronteriza es un tema decisivo para el desarrollo mundial.
 


­Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I.

Trescientos años de “La Fábula de las Abejas”

En el año 1714 se publicaba La Fábula de las abejas. Vicios privados, virtudes públicas, que es realidad era una versión ampliada y mejorada de El Panal rumoroso o Los bribones se vuelven honestos, publicada unos años antes, en 1705. El autor, el médico holandés Bernard de Mandeville se granjeó no pocas críticas defendiendo las extravagantes y provocativas ideas que se desgranaban de la fábula.

A pesar de sus aficiones literarias, se ganó la vida como médico psiquiatra en Inglaterra, a donde su familia tuvo que emigrar cuando su padre, médico holandés también, estuvo implicado en unos tumultos asociados con la protesta por la subida de impuestos. Estaba muy bien considerado como médico y publicó alguna obra sobre la histeria y la hipocondria.

Pero por lo que es conocido en todo el mundo es por sus reflexiones morales, que le convirtieron en objeto de admiración y crítica a partes iguales. Su éxito explica que en 1729 su Fábula de las abejas ya contara con nueve ediciones.

Porque la idea de esta obra, que está sintetizada en el subtítulo de la misma (vicios privados, virtudes públicas) no es fácil de digerir. Y, sin embargo, desde mi punto de vista, es uno de los ejercicios de introspección social más honestos de la historia.

Mandeville nos muestra un panal de abejas en el que reina el egoísmo:

Grandes multitudes pululaban en el fructífero panal y ese gran concurso les permitía medrar atropellándose para satisfacerse mutuamente a lujuria y la vanidad … Así pues cada parte estaba llena de vicios pero todo el conjunto era un paraíso.

Todo el panal criticaba esta situación y clamaba por una solución. Así que Júpiter, compadecido, envía una reina que impone las normas morales que harían del panal un ejemplo de sociedad virtuosa. El resultado fue la ruina de la sociedad, su empobrecimiento y el abandono del mismo. Las abejas tuvieron que emigrar para poder sobrevivir.

Detrás de esta historia hay dos puntos reseñables que han trascendido hasta nuestros días. El primero es el concepto de orden espontáneo que permite que haya armonía, paz y prosperidad por la convergencia natural de los diferentes intereses individuales, sin necesidad de que éstos sean un ejemplo de virtud y sin planificación. Esta idea fue heredada por el mismísimo Adam Smith, quien la expresó en su teoría armónica de la sociedad en la sostiene que, si se respeta el sistema de libertad natural (con todo lo que ello implica), entonces no habrá conflicto entre los intereses particulares y los de la sociedad. De lo contrario, la ley de las consecuencias no queridas nos llevaría probablemente a una situación indeseada y perjudicial para el grupo.

El segundo aspecto se refiere al mensaje moral. Y fue éste el más criticado por casi todos los autores, empezando, precisamente, por Adam Smith. Porque lo que transmite Mandeville es que el egoísmo y el vicio no lleva a una sociedad decadente necesariamente sino que, por el contrario, detrás de muchos comportamientos virtuosos se esconde una motivación no tan loable. Muchas camas de hospital o puestos escolares han sido financiados movidos por la vanidad de donantes que pretendían lavar sus conciencias, o simplemente sentirse poderosos. La vida contemplativa y austera de muchos filósofos o moralistas esconde una indolencia nada plausible. Y el heroísmo, como es sabido, en ocasiones oculta un miedo tan terrible que la única opción es la huída hacia adelante, el acto heroico. Muchos hombres virtuosos en lo más visible son mezquinos en otros aspectos.

Esta visión del ser humano como incapaz de ser virtuoso al ciento por cien, supone un bofetón a quienes pretenden educar moralmente a la sociedad. Porque la idea subyacente a la chocante filosofía de Mandeville es que se trata de reconocer nuestra humanidad y sacar el mejor partido de ella. Porque cuando se pretende forzar un comportamiento virtuoso, las consecuencias pueden ser (y suelen ser) muy diferentes a las inicialmente previstas, siempre cargadas de buenas intenciones.

Se trata, por tanto, de dejar el perfeccionamiento moral al ámbito individual, de abandonar los planes buenistas que pretenden que la apariencia virtuosa es suficiente para que la sociedad sea un ejemplo de moralidad para las demás y para la posteridad., y tratan de imponerla a través de regulaciones, prohibiciones y de una educación colectivista.

Mandeville, en nuestro avanzado siglo XXI, aún tiene mucho que enseñar.

El corazón de Europa era esto

El lema de campaña para las elecciones europeas de 2004 del partido socialista español fue "volvemos a Europa", si entonces la Unión Europea parecía la solución a los problemas de los españoles hoy se le atribuyen todos nuestros males, con Angela Merkel en el papel de madrastra.

Lo que nadie llegó a explicar muy bien era en lo que consistía volver al corazón de Europa. Estados burocráticos con partidos de masas poco diferenciados que pugnan en las elecciones por ser el que mejor repartirá el botín expoliado a sus contribuyentes, en eso consiste la "vieja Europa". El proyecto político de la Unión Europea no va a ninguna parte porque su espíritu es viejo, conservador en la socialdemocracia. El consenso general es en el del bienestar del Estado mientras haya prebendas por repartir, que son muchas allí donde las sociedades son productivas e ilusorias en las que no lo son. Eso nos ocurrió a los españoles, empezamos a vivir como los alemanes sin ahorrar como ellos, embriagados por las arcas llenas del Estado nos acostumbramos a unos "derechos" que en ningún momento llegamos a garantizar por nosotros mismos.

La tarea del gobierno actual -y de cualquiera que le suceda- no es otra que la de avanzar en ese camino hacia el corazón de Europa ayudado por eso que llaman la "consolidación fiscal", que no es otra cosa que subirnos los impuestos para pagar los servicios que hasta ahora disfrutábamos a crédito. Simplemente no hay alternativa dentro de la UE, ese es el conseno socialdemócrata en el que queremos vivir. Desde luego existen alternativas, una brilla con luz propia en el corazón geográfico pero no político de Europa: la Confederación Helvética. La otra es hija es de las aventuras europeas cuando aspiraba a dar forma al Nuevo Mundo: la República bolivariana de Venezuela. Entre medias hay muchos grises pero a estas alturas de la historia pocos caminos quedan ya por recorrer, libertad o colectivismo.

Conociendo a nuestra clase política y el servilismo de nuestros compatriotas tal vez no estemos tan mal, porque podríamos estar mucho peor. La Unión Europea es nuestra maldición y nuestra tabla de salvación, dos caras de la misma moneda. El miedo a la libertad, tan humano como el ansia de libertad misma, es la que nos ha llevado a renunciar a ella para garantizar lo que muchos creen que es el mejor nivel de vida posible. Si consiguieramos sustituir el miedo a la libertad -a tomar decisiones equivocadas- por la desconfianza hacia los gobiernos, el sistema político sería mucho más parecido al suizo que al venezolano. Si por el contrario confiamos en la llegada de un político capaz de solucionar nuestros problemas, nuestro destino se parecerá más al del populismo bolivariano.

Entre tanto, no es Merkel la que exige que no continuemos derrochando los ahorros de los alemanes, son esos mismos ahorradores quienes exigen que nos pongamos a producir y pagar más impuestos para devolver lo que nos prestaron. No se trataba de colgar una bandera de doce estrellas, el corazón de Europa era esto.

La insoportable condicionalidad del “si”

Llegados a este punto del año en que se va septiembre y llegan octubre y el otoño de la mano, también salen a escena los Presupuestos Generales del Estado (PGE), con sus borrones, previsiones y promesas de vida eterna. Pero lo que se presenta como una certeza no es sino un tal vez, sometido fastidiosamente a un si condicional.

Las previsiones, otra vez las previsiones

La importancia de los PGE no descasa en un solo aspecto. Obviamente es el plan del gobierno de la nación respecto a nuestro dinero, nos cuentan en qué van a gastar los euros que, durante unos siete meses, hemos obtenido con el sudor de nuestra frente y cada vez más esfuerzo.

Pero, además, las previsiones en las que se basan las cuentas del Gobierno constituyen el referente para elaborar las políticas económicas y sociales del próximo año. A partir del dato de crecimiento económico previsto se calcula el ingreso del Estado y, de ahí, se destinan futuros ingresos a partidas de gasto.

Pero ¿hasta qué punto las previsiones son seguras? Es verdad que, otros años, la diferencia entre lo previsto y lo real rozaba la definición de ciencia ficción. En el año 2009 Rubalcaba anunció un déficit del 2% y la cosa acabó en un 11%. Al año siguiente tampoco acertó. Y en el 2011, según el PP, el gobierno socialista ocultó 30.000 euros de déficit. Nadie denunció semejante atropello ante los tribunales pero se utilizó para justificar la gran mentira de Rajoy: la subida de impuestos.

Rajoy, por su parte, ha hecho verdaderos juegos malabares (descontar lo que se le ha inyectado a la banca, pedir un plazo mayor para cumplir con Europa…) para que cuadren las cuentas, al menos sobre el papel.

Porque ese es el verdadero drama. El juego consiste en hacer que cuadre sobre el papel y después ya veremos cómo hacemos. Si un arquitecto hace eso no hay casa que se sostenga sobre sus pilares en este país. Pero todo tiene su lógica, y la de las previsiones que se estiran y se encogen es clara: han de permitir un gasto políticamente correcto. Tan políticamente correcto como para que los españoles traguen algún sapo, como la congelación de salarios de funcionarios o el tema de pensiones.

La importancia del apellido presupuestario 

Mientras el Gobierno presenta su encaje de bolillos ante el Congreso, la prensa destaca las primeras impresiones respecto a los presupuestos siguiendo los pasos del propio gobierno, quien ya ha llamado a los del 2014 "los presupuestos de la recuperación"Se trata de un guiño al optimismo tras los "presupuestos de la austeridad" de presente 2013. Cualquier observador que conozca el significado de las palabras sabe que un aumento del 9% del gasto público no es austeridad, lo que lleva a plantearse si también el significado de "recuperación" está adulterado.

Una hojeada a los periódicos permite distinguir entre quienes viven en permanente genuflexión de los que lo hacen con un hacha en la mano. La realidad es que si damos por buenas las previsiones, si se recauda lo previsto, si no hay sorpresas europeas, si no sucede un imprevisto, si… y si… tal vez se cumpla lo que el Gobierno ya celebra con champán. Pero ¡qué incómodo resulta siempre el sí condicional! ¡Qué inquietante es la duda cuando son miles de millones de euros de los españoles lo que está en juego! Obviamente el Gobierno juega la carta de la profecía autocumplida: se transmite una sensación de optimismo y se espera que la gente, protagonistas de la acción económica, opere con optimismo y eso dé buenos resultados. Débil estrategia.

El mismo día que Montoro sonríe bajo una leve llovizna y entrega los trastos a Jesús Posada, la abeja reina del FMI, Christine Lagarde, en nombre de la delegación de la "troika", avisa de la situación de riesgo que aún padecemos y pide mucho ojo al Gobierno porque no está el ancla perfectamente enganchada en el fondo. Nuestra economía sigue siendo frágil. Queda fatal decirlo. De nuevo estos aguafiestas vienen a contarnos que el gasto aumenta y que la deuda está alta.

Pero lo cierto es que estos aguafiestas nos abrieron una línea de crédito para rescatar la banca, Draghi pronunció las palabras mágicas ("… lo que sea necesario…") para que nuestra prima de riesgo recuperara valores confiables, y solamente apuntan lo que varios analistas españoles llevan mucho tiempo señalando: nuestra deuda ha trepado hasta casi el 100% del PIB. Y con nuestra estructura económica y el nivel de paro que tenemos es insostenible.

De aquí a diciembre nos toca un mes de análisis presupuestario, debates económicos y, como siempre, peticiones del oyente reclamando más gasto en lo suyo. Más gasto. Recordando a los geniales Chunguitos, es como decir: "Dame veneno que quiero morir".

¿De verdad hay 20 millones de españoles en riesgo de “pobreza”?

Parece que termina la recesión española. Ya era hora. Ha durado cinco años y ha sido dura. La economía creció unas décimas este trimestre. Es una señal débil, pero buena. El desempleo sigue siendo altísimo (26,6% de la fuerza laboral potencial), pero la única manera racional de reducir ese flagelo es con crecimiento e inversiones que acaben produciendo beneficios para que se sostenga el ciclo.

El camino adoptado por España, comenzado en los últimos tiempos del socialista Zapatero, cuando congeló las pensiones, y luego seguido por Mariano Rajoy, ha sido el de la austeridad. Eso quiere decir recorte del gasto público y reducción del endeudamiento. No se podía continuar creando infraestructuras a veces innecesarias (aeropuertos sin clientes, trenes veloces nada rentables, carreteras extraordinarias para pocos vehículos).

De estas crisis se sale generando riquezas y éstas sólo se producen en las empresas. La cuenta es relativamente sencilla. España tiene algo más de 47 millones de personas en su territorio. De esa cifra, hay casi 23 millones que podrían trabajar, pero sólo lo hacen 16 millones y medio. Un poco más de 6 millones están desempleados.

Grosso modo, de los 16 millones y medio que trabajan, unos 13 y medio lo hacen en actividades privadas, mientras casi 3 devengan su salario del sector público. El porcentaje de trabajadores del Estado –estratos nacional, regional y local– está muy cerca del promedio de la Unión Europea, pero la relación entre quienes trabajan en empresas privadas y la totalidad de la población es muy baja.

Trece y medio millones de trabajadores deben mantener a 47 millones de españoles y pagar su salario a casi 3 millones de empleados públicos. Entre los españoles que deben ser mantenidos hay 15 millones y medio de lo que llaman personas inactivas: pensionados (más de 7 millones), estudiantes (2,5 millones), incapacitados permanentes (1’5 millones), labores del hogar (4 millones) y otros ciudadanos.

Es una tarea demasiado ardua que sólo se alivia creando las condiciones para que trabaje más gente. ¿Cuántos? Teóricamente, el universo de trabajadores posibles es de 23 millones. Casi diez más de los que lo hacen en el sector privado. Pero de nada sirve que lo hagan en actividades poco productivas, como creen algunos keynesianos de andar por casa. Las actividades que no son lucrativas destruyen capital y arruinan a las sociedades.

No obstante lo dicho, España dista mucho de ser un país pobre. El PIB per cápita es de más de 30.000 dólares y excede un poco la media de la Unión Europea. Algunas comunidades autónomas son francamente ricas y se acercan a los 40.000 dólares: Madrid, Vascongadas, Navarra, Cataluña. Las pobres, ni siquiera lo son tanto. Extremadura, la peor de todas, es más rica en este indicador que Chile, el país más próspero de América Latina. Murcia, otra comunidad pobre, tiene el PIB per cápita de Corea del Sur.

Pero hay otros indicadores que señalan a España entre los primeros 25 países del planeta: escolaridad, longevidad, acceso a agua potable, alimentación, servicios médicos, seguridad, protección policiaca, instituciones de Derecho, libertades, comunicaciones. El país, en medio de la crisis del empleo, es uno de los espacios con mejor calidad de vida del mundo. Sigue siendo un gran vividero.

La asignatura pendiente la conocen todos: hace falta desarrollar un tejido empresarial más extenso, competente y productivo. Mientras eso sucede, si es que alguna vez llega a ocurrir, los españoles vuelven a hacer las maletas y emigran. Por una parte, el país pierde a un buen grupo de trabajadores, pero, por la otra, son personas que adquieren conocimientos, experiencias y ahorros que podrán utilizar en el futuro en su propio país.

En ese sentido, es una bendición que quienes no tienen trabajo puedan encontrarlo en Alemania, Holanda o Suiza. Hay que ver a la Unión Europea como un gran espacio laboral y perder el miedo a los idiomas distintos o a los climas inhóspitos. La globalización también es eso.

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