Parece que termina la recesión española. Ya era hora. Ha durado cinco años y ha sido dura. La economía creció unas décimas este trimestre. Es una señal débil, pero buena. El desempleo sigue siendo altísimo (26,6% de la fuerza laboral potencial), pero la única manera racional de reducir ese flagelo es con crecimiento e inversiones que acaben produciendo beneficios para que se sostenga el ciclo.
El camino adoptado por España, comenzado en los últimos tiempos del socialista Zapatero, cuando congeló las pensiones, y luego seguido por Mariano Rajoy, ha sido el de la austeridad. Eso quiere decir recorte del gasto público y reducción del endeudamiento. No se podía continuar creando infraestructuras a veces innecesarias (aeropuertos sin clientes, trenes veloces nada rentables, carreteras extraordinarias para pocos vehículos).
De estas crisis se sale generando riquezas y éstas sólo se producen en las empresas. La cuenta es relativamente sencilla. España tiene algo más de 47 millones de personas en su territorio. De esa cifra, hay casi 23 millones que podrían trabajar, pero sólo lo hacen 16 millones y medio. Un poco más de 6 millones están desempleados.
Grosso modo, de los 16 millones y medio que trabajan, unos 13 y medio lo hacen en actividades privadas, mientras casi 3 devengan su salario del sector público. El porcentaje de trabajadores del Estado –estratos nacional, regional y local– está muy cerca del promedio de la Unión Europea, pero la relación entre quienes trabajan en empresas privadas y la totalidad de la población es muy baja.
Trece y medio millones de trabajadores deben mantener a 47 millones de españoles y pagar su salario a casi 3 millones de empleados públicos. Entre los españoles que deben ser mantenidos hay 15 millones y medio de lo que llaman personas inactivas: pensionados (más de 7 millones), estudiantes (2,5 millones), incapacitados permanentes (1’5 millones), labores del hogar (4 millones) y otros ciudadanos.
Es una tarea demasiado ardua que sólo se alivia creando las condiciones para que trabaje más gente. ¿Cuántos? Teóricamente, el universo de trabajadores posibles es de 23 millones. Casi diez más de los que lo hacen en el sector privado. Pero de nada sirve que lo hagan en actividades poco productivas, como creen algunos keynesianos de andar por casa. Las actividades que no son lucrativas destruyen capital y arruinan a las sociedades.
No obstante lo dicho, España dista mucho de ser un país pobre. El PIB per cápita es de más de 30.000 dólares y excede un poco la media de la Unión Europea. Algunas comunidades autónomas son francamente ricas y se acercan a los 40.000 dólares: Madrid, Vascongadas, Navarra, Cataluña. Las pobres, ni siquiera lo son tanto. Extremadura, la peor de todas, es más rica en este indicador que Chile, el país más próspero de América Latina. Murcia, otra comunidad pobre, tiene el PIB per cápita de Corea del Sur.
Pero hay otros indicadores que señalan a España entre los primeros 25 países del planeta: escolaridad, longevidad, acceso a agua potable, alimentación, servicios médicos, seguridad, protección policiaca, instituciones de Derecho, libertades, comunicaciones. El país, en medio de la crisis del empleo, es uno de los espacios con mejor calidad de vida del mundo. Sigue siendo un gran vividero.
La asignatura pendiente la conocen todos: hace falta desarrollar un tejido empresarial más extenso, competente y productivo. Mientras eso sucede, si es que alguna vez llega a ocurrir, los españoles vuelven a hacer las maletas y emigran. Por una parte, el país pierde a un buen grupo de trabajadores, pero, por la otra, son personas que adquieren conocimientos, experiencias y ahorros que podrán utilizar en el futuro en su propio país.
En ese sentido, es una bendición que quienes no tienen trabajo puedan encontrarlo en Alemania, Holanda o Suiza. Hay que ver a la Unión Europea como un gran espacio laboral y perder el miedo a los idiomas distintos o a los climas inhóspitos. La globalización también es eso.
"El PSOE alerta de que uno de cada tres niños se va a la cama con hambre"
"El 21,1% de la población española se encuentra por debajo delumbral de la pobreza"
Todos estos titulares se han podido leer en la prensa española en los últimos meses. Normalmente, se acompañan con fotos de indigentes, entrevistas a trabajadores sociales o relatos sobre familias desahuciadas. Es normal que, para muchos ciudadanos, estas noticias sean simplemente el reflejo de la cara más dura de una crisis que empezó hace más de seis años.
Hay que reconocer que la situación económica en nuestro país es muy mala. Sin paliativos. Y, aunque es cierto que en los últimos meses hay algunos indicios que apuntan a un ligerísimo cambio de tendencia, los datos de paro o los ocho trimestres de crecimiento negativo consecutivos no dan mucho margen para el optimismo. Sin embargo, hablar de más de 10 millones de menesterosos, de niños desnutridos o del riesgo de exclusión social de millones de hogares tampoco parece una radiografía fiel de la realidad española.
El 60% de la mediana
Quizás lo primero que haya que hacer es preguntarse, ¿qué es ser pobre en estos primeros años del siglo XXI? Según Eurostat, el "umbral de riesgo de pobreza" de cada país se fija en el "60% de la mediana de los ingresos" de cada tipo de hogar. La ONU, la OCDE, el INE en España y la mayoría de los gobiernos utilizan esta misma medida para calcular el porcentaje de su población que vive en estado de necesidad. El problema es que este tipo de estadísticas quizás no reflejen con fidelidad lo que el común de los mortales entiende como "pobreza".
La mediana es un valor que se obtiene ordenando a todos los individuos (o familias) de cada país. Se les pone (metafóricamente hablando) en fila india y se escoge al que esté exactamente en la mitad de la fila. Por lo tanto, para la UE o la ONU, se considera pobre todo hogar con unos ingresos que estén por debajo del 60% de lo que gana ese español "mediano".
¿Y cuánto supone ese umbral del 60%? Pues según puede verse en la siguiente tabla el cálculo del INE para España en 2012, hablamos de 7.355 euros para hogares unipersonales y 15.445 euros para familias con dos adultos y dos menores.
Con estas cifras, al INE le sale que el 21,1% de la población de nuestro país está "en riesgo de pobreza". Estaríamos hablando de unos diez millones de personas. El porcentaje sube al 25,9% en el caso de los menores de 16 años y se sitúa en el 16,9% para los mayores de 65 años.
Los matices
Hasta aquí, no parece haber nada extraño. Estas cifras son las que aparecen casi a diario en los medios de comunicación, que repiten que uno de cada cinco españoles es "pobre". Pero este tipo de estadísticas tienen muchos matices.
– Una medida relativa: lo primero que cualquiera puede observar es que la mediana es una medida relativa. Es decir, que los indicadores de pobreza en Europa o EEUU no miden los ingresos en términos absolutos, como sí hacen en el Tercer Mundo. En los países menos desarrollados, lo que se tiene en cuenta es cuántas personas viven con menos de uno o dos dólares al día o no tienen acceso a agua potable o consumen menos de 1.000 calorías diarias, etc…
Sin embargo, en Occidente este tipo de mediciones no se hacen. Entre otras cosas porque saldría un número ínfimo. Afortunadamente, no hay prácticamente nadie que esté en esa situación. Por eso, aquí se utilizan ratios relativos como ese "umbral de la pobreza" del que hablamos.
– Riqueza y umbrales: el problema de lo apuntado en el anterior epígrafe es que eso provoca que según va haciéndose más rico un país, más se eleva su "umbral de pobreza". Imaginemos un país de 1.000 habitantes, en el que 600 ciudadanos ganaran 1 millón de euros al año y los otros 400 sólo tuvieran unos ingresos de 300.000 euros. Este país sería muy rico, sin embargo aparecería en las listas como uno de los más desiguales y un 40% de su población estaría por debajo del "umbral de la pobreza" de Eurostat o el INE.
Esto es un ejercicio teórico. Ningún país tiene una distribución de la riqueza así. Pero cuidado, hay países muy ricos en los que las cifras de pobreza son sorprendentes. Tanto, que sólo admiten una explicaciónestadística.
Por ejemplo, en 2005, antes de la llegada de la crisis, que siempre puede pensarse que desvirtúa estas ratios, en Dinamarca el umbral de pobreza se situaba en los 2.323 euros al mes para una familia de cuatro miembros. Está claro que en una sociedad rica, los precios también son algo más altos. Pero parece complicado pensar que un hogar de cuatro personas que gana más de 2.300 euros al mes pueda considerarse "pobre". Pues oficialmente sí lo es. De hecho, los países más ricos de Europa, como Suiza, Suecia o Dinamarca tienen ratios de pobreza de alrededor del 15%, algo que sorprenderá a cualquiera que los haya visitado.
– España: en nuestro país no se llega a ese nivel, entre otras cosas porque el PIB per cápita es muy inferior al danés. Está claro que una familia de 4 miembros con unos ingresos anuales de 15.500 euros tendrá dificultades para llegar a fin de mes. Su situación no es sencilla, ¿pero se considerarían a sí mismos como "pobres"? ¿Es normal que una información sobre este hogar se ilustre con la imagen de un indigente durmiendo en el metro?
Además, pueden observarse fenómenos muy curiosos. Por ejemplo, en 2007, antes de que estallase la crisis, el nivel de pobreza oficial del INE era del 19,7%. Sí, en plena burbuja, uno de cada cinco españoles también era "pobre". Como decíamos anteriormente, ahora el dato es del 21,1%. Cinco años de recesión apenas han elevado esta cifra en 1,4 puntos. Es más, en el último año, a pesar del incremento del paro, ha caído del 21,8% a ese 21,1% del que hablamos. ¿Hay alguna explicación que no sea la distorsión estadística?
En el caso de los ancianos, la ratio de pobreza ha caído cinco puntos desde 2010, del 21,7% al 16,9%. ¿Cómo puede ser? ¿Es que se han hecho millonarios de golpe? No. Es consecuencia del carácter relativo de la estadísticas. Como las pensiones se han revalorizado algo más que los sueldos, sin ser más ricos en términos absolutos, han salido de las filas "oficiales" de la pobreza, aunque sus apuros para llegar a fin de mes seguramente siguen siendo los mismos.
– Renta y bienes: la segunda variable que hay que tener en cuenta es la riqueza, entendida como el valor de los bienes que una familia posee. Una persona puede tener ingresos bajos pero un alto patrimonio acumulado (por herencias, por haber ahorrado a lo largo de su vida, por haber invertido en activos,…). En este sentido, España es un ejemplo, con más del 82% de la población viviendo en una casa de su propiedad.
Esto tiene un reflejo directo en las cifras de pobreza. Por ejemplo, como hemos apuntado, según el INE el 16,9% de los ancianos es pobre. Pero si tenemos en cuenta el dinero que se ahorran por no pagar vivienda (lo que se conoce como "alquiler imputado"), esta cifra cae al 8,5%. No quiere esto decir que el pensionista español medio, que gana menos de 1.000 euros al mes, pueda permitirse grandes dispendios, pero si vive en su propia casa, al menos podrá mantener un nivel digno. Por eso, las estadísticas de pobreza deberían contar también las propiedades, cosa que no hacen, lo que desvirtúa por completo sus conclusiones.
Privación material severa
Nada de lo apuntado anteriormente quita gravedad a la situación de dificultad que cada día viven millones de españoles. Simplemente se trata de conocer qué se esconde exactamente detrás de las cifras que cada día se publican en los medios.
En este sentido, quizás sería más interesante que se popularizasen otros estudios que realizan el INE (para España) y Eurostat (para Europa), como el de Privación Material Severa (severely materially deprived). El servicio oficial de estadísticas de la UE analizan algunos tipos de gasto esenciales para cualquier hogar y establece que aquellas familias que no sean capaces de hacer frente a 3-4 de estos epígrafes están en una situación de necesidad o situación de necesidad severa.
Estos conceptos son: poder pagar la hipoteca, poder pagar las facturas de los servicios esenciales, poder pagarse una semana de vacaciones al año, poder afrontar la compra de carne o pescado cada dos días, capacidad para hacer frente a gastos imprevistos, capacidad para comprarse un móvil, ser capaz de comprarse una lavadora, tener medios para comprarse un televisor, ser capaz de mantener el hogar caliente a través de la contratación del correspondiente servicio de calefacción o poder acceder a la compra de un coche.
En 2011, los españoles que no podían afrontar al menos 3 de estas categorías de gasto estaban algo por encima del 10% de la población; los que no podían con al menos 4, por debajo del 5%. No es una cifra menor. Hablamos de casi 2 millones de ciudadanos que no puede permitirse bienes o servicios que a la mayoría se nos antojan casi imprescindibles para la vida diaria.
Por ejemplo, un 44,5% de los españoles afirma que no puede "permitirse una semana de vacaciones" al año fuera de casa
Un 40% asegura que no tiene capacidad para "afrontar gastos imprevistos"
Los hogares que tienen retrasos en el pago de hipotecas apenas llegan al 7,4%.
Los que reconocen que llegan a fin de mes "con mucha dificultad" son el 12,7% (una cifra muy importante, pero casi la mitad del 21% que el INE considera "en el umbral de la pobreza")
En lo que hace referencia a la comida (poder comer carne o pescado al menos una vez cada dos días), según Eurostat, España se encuentra, afortunadamente, al mismo nivel que los países más ricos de Europa, con un menos de un 3% de la población en esa situación
Nada de esto debe hacernos olvidar lo mal (muy mal) que lo pasan miles de familias españolas. Por ejemplo, un 2% de la población es casi un millón de personas. Y ésa es la cifra que declara que tiene dificultad para comprar carne o pescado cada dos días. No es una cuestión baladí, ni mucho menos. Pero de ahí a hablar de 20 millones de españoles que podrían ser "pobres" en 2025 o de que ahora mismo uno de cada cinco de nuestros conciudadanos está en el "umbral de la pobreza", hay un trecho.
El revuelo organizado ante la posibilidad de que los clientes de Eurovegas puedan echar un pitillo en zonas reservadas al efecto nos da una pista sobre el punto exacto de cocción en que se encuentra actualmente la política española. Los diputados de la oposición en pleno consideran un insulto que se cambie la ley antitabaco de ZP "simplemente porque lo pida una empresa". Hombre, una empresa que va a crear una cantidad importante de puestos de trabajo para compensar en parte los millones que han destruido esos mismos partidos, por acción directa o con el aplauso de formaciones que ahora se muestran tan ofendidas.
La portavoz de UPyD ha llegado a afirmar que el alivio de las restricciones del uso del tabaco en el complejo de ocio proyectado es un "atentado contra la soberanía nacional" y, en consecuencia, algo intolerable "en términos democráticos", porque, al parecer, las leyes no se pueden cambiar y mucho menos para permitir la creación de miles de puestos de trabajo. Mucho peor es cambiarlas por decisión de un político como Rubalcaba, que ya ha dejado claro que a la Ley Wert le quedan dos telediarios -el tiempo justo de llegar él a La Moncloa-, sin recibir por ello una censura tan solemne "en términos democráticos".
Pero, como ocurre siempre que los nacionalistas catalanes salen a la palestra, el Premio al Superdemócrata del Año se lo lleva en esta ocasión Durán y Lérida, horrorizado ante la mera posibilidad de que se hagan "excepciones para cualquier tipo de casos". Lo dice él, que en materia de financiación autonómica no se cansa de insistir en que el caso de Cataluña es especial y, como tal, requiere un tratamiento diferenciado del resto de las autonomías.
Los promotores de Eurovegas deben de estar impresionadísimos con el nivel del debate suscitado en torno a su petición de que en algunas áreas de su propiedad puedan los clientes que así lo deseen fumar un cigarro. Si finalmente se largan con la inversión a otra parte, no será por condicionamientos de orden económico, sino por no tener que aguantar a esta tropa. Nos lo tendríamos merecido.
Entre los días 22-25 de septiembre, el Partido Laborista británico ha celebrado su conferencia anual en localidad de Brighton. Muchos temas sobre la mesa tanto domésticos (referendo en Escocia previsto para 2014) como internacionales (relación con la UE, tras la suerte de ultimátum, en forma de renegociación/referendo, ofrecido por David Cameron), todo ello sin olvidar, que Ed Miliband a comienzos del mes de septiembre recibió el ataque de los sindicatos, acusándolo de defender políticas más cercanas al capital que a la clase obrera.
Con este contexto previo afrontaba el laborismo y su joven líder la Conferencia Anual. Miliband se ha visto obligado a realizar guiños a la izquierda del partido, con su peculiar visión del concepto de One Nation, consciente de que las centrales sindicales aportan votos y financiación, por lo tanto, no conviene su descontento. Como herramienta se ha servido de la demagogia, acusando al partido conservador bien de llevar a cabo medidas que minan los derechos de los trabajadores, bien de emplear un lenguaje propio del National Front, partido de carácter fascista que tuvo cierto protagonismo, más mediático que de sustancia, décadas atrás.
Así, se ha convertido en una constante el excesivo peso que en el argumentario laborista ocupa el asimilar a su rival, el Partido Conservador, con formaciones radicales, particularmente el UKIP. Al respecto, han aparecido las primeras voces en el Labour que han subrayado que la irrupción de partidos como el citado UKIP suponen también una amenaza para las expectativas de voto de Ed Miliband, sobre todo si éste sigue omitiendo hablar de la Unión Europea, como ha hecho en Brighton.
Ciertamente, hasta la fecha la política de Miliband se ha basado más en atacar a su rival conservador que en proponer medidas concretas. Buscaba diferenciarse tanto de Cameron (estigmatizando a los tories) como de Blair como forma de consolidar su liderazgo.
En Brighton, por tanto, no se salió del guión. Ha preferido nadar y guardar la ropa, consciente de que los sondeos, aunque le son favorables, no le dan la mayoría absoluta, por lo que quizás podría necesitar de los liberales-demócratas para formar un gobierno de coalición. Estos últimos, durante su Conferencia Anual celebrada a mediados de septiembre, dejaron las puertas abiertas a otra posible alianza post-electoral, sin discriminar al socio mayoritario de la misma.
Con todo ello, lo más significativo en Brighton ha sido el alegato unionista lanzado por el laborismo, destinado no a lograr réditos electorales sino a un objetivo mayor: mantener la unidad del país ante las acometidas de los nacionalistas escoceses. En efecto, pese a que aún queda un año para la celebración de la trascendente consulta (18 de septiembre de 2014), tanto Miliband como pesos pesados del partido han acentuado que el mantenimiento de Escocia dentro de la Unión es el gran para el reto.
Así, han elaborado un listado de riesgos, en el que sobresalen los de naturaleza económica, que tendría la independencia para Escocia. Por ejemplo, Jim Murphy habló del descenso en la inversión en gastos militares, algo que al pacifismo de corte buenista practicado por el SNP y sus socios de plataforma subestiman, pues siguen asociando erróneamente ejércitos a guerra.
Al respecto, el independentismo escocés está recurriendo a lo simbólico, a través de la realización de marchas por la independencia que, si bien generan titulares en los medios y debates encendidos en la sociedad civil, no resuelven cuestiones de enjundia (por ejemplo, la moneda del hipotético Estado escocés o si éste sería miembro de la Unión Europea…).
La próxima semana los conservadores celebrarán su conferencia anual en un ambiente de menos consenso que los laboristas, motivado como viene siendo habitual desde hace dos décadas, por la posición hacia la Unión Europea. No obstante, es probable que ofrezcan más respuestas, aún en detrimento de la unidad interna.
Les voy a explicar primero el título de este Comentario, en el que mezclo una idea sobre la que llevaba queriendo escribirles desde este verano (a propósito de la crisis) con el título de la reciente novela de Vargas Llosa. Verán: estuve releyendo la Teoría de los Sentimientos Morales de Adam Smith con la intención de insistir en un argumento que -por evidente- parece que no acabamos de asumir: la causa principal de nuestros desajustes económicos es de índole moral. Y andaba con esta reflexión en la cabeza cuando dieron la noticia de la presentación de El héroe discreto, que ofreció Mario Vargas Llosa en la Casa de América el pasado 11 de septiembre. Quedé muy impactado por varias frases de nuestro Nobel: "La corrupción es un cáncer que socava las instituciones, que propaga el cinismo y una actitud despectiva frente a la legalidad", además de esa "idea profundamente destructiva de que todo el mundo es corrupto y si todo el mundo es corrupto ¿por qué no lo voy a ser yo también?". En contrapartida, el escritor peruano señalaba que las personas decentes suponen una "reserva moral para el futuro de un país" y "cuando un país pierde esa reserva moral entra en bancarrota aunque las cifras económicas digan que progresa".
¿Se estaba refiriendo a su país andino? Aparentemente podríamos suponerlo: la novela se desarrolla en la ciudad de Piura. Sin embargo, yo pienso en España, donde todavía es más lamentable esa corrupción cuando el país está en crisis, con millones de parados, empresas en quiebra y la deuda pública descontrolada.
También debo decir que su ánimo es mayor que el mío, porque sobre Latinoamérica explicaba que, aunque aún persisten graves problemas y desigualdades sociales, su impresión era que el Perú y otros países "están bien orientados", gracias fundamentalmente a un consenso social claro en favor de la democracia, de una política económica aperturista que defiende la iniciativa privada. Deseo de veras que su esperanza no se desvanezca.
(En todo caso, les recomiendo esta novela, de la que copio la presentación oficial: El héroe discreto narra la historia paralela de dos personajes: el ordenado y entrañable Felícito Yanaqué, un pequeño empresario de Piura, que es extorsionado; y de Ismael Carrera, un exitoso hombre de negocios, dueño de una aseguradora en Lima, quien urde una sorpresiva venganza contra sus dos hijos holgazanes que quisieron verlo muerto. Ambos personajes son, a su modo, discretos rebeldes que intentan hacerse cargo de sus propios destinos, pues tanto Ismael como Felícito le echan un pulso al curso de los acontecimientos. Mientras Ismael desafía todas las convenciones de su clase, Felícito se aferra a unas pocas máximas para plantar cara al chantaje).
Pero volvamos a la crisis moral. Les decía que estuve leyendo ese primer gran éxito editorial de Adam Smith que fue su Teoría de los sentimientos morales (1759), cuando era profesor en Glasgow. Y me llamaba la atención la rotundidad con la que se refiere a la Justicia: "Hay sin embargo otra virtud, cuya observancia no es abandonada a la libertad de nuestras voluntades sino que puede ser exigida por la fuerza, y cuya violación expone al rencor y por consiguiente al castigo. Esta virtud es la justicia. La violación de la justicia es un mal y causa un ultraje real y efectivo a las personas concretas" (Parte II, Sección II, Libro 1).
Por otra parte, y dejando de lado ese complejo problema sobre la coherencia entre el Adam Smith del interés propio (Riqueza de las naciones) y el de la benevolencia (Teoría de los sentimientos morales), lo cierto es que un recto orden social es indispensable para el objetivo que persigue nuestro autor. Considero que no es acertado atribuir al sistema de mercado descrito por Adam Smith el ingrediente del egoísmo y la vulneración de los valores morales para que funcione: antes al contrario, como señalaba al comienzo, una de las principales razones de las crisis económicas sería el abandono de tales valores. Así, un elevado nivel de corrupción necesariamente empeora las cosas en tiempos de recesión, como el que nos aqueja. En consecuencia, para reflotar nuestras maltrechas economías, aparte de los necesarios ajustes técnicos, es preciso también dotar a la sociedad de una sensibilidad ética que lamentablemente va perdiendo a raudales.
Recuperando a Smith, podríamos concluir que el sistema funciona porque los hombres buscan un interés propio que excede con creces la preocupación exclusiva por uno mismo, el egoísmo, la avidez y codicia. Uno actúa en interés propio tanto cuando busca, por ejemplo, una ganancia material inmediata, como cuando, también por ejemplo, busca mejorar el nivel de vida material, espiritual o cultural de sus conciudadanos. Como señala Rafael Termes, de los textos de Adam Smith se deduce que el individuo que sin pretenderlo contribuye a crear el orden espontáneo dentro del cual el sistema funciona, puede y debe ser una persona adornada de las más altas virtudes. Que no abundan por estos pagos.
Aprovechando el estreno del nuevo Diari Menorca el domingo les conté quiénes somos “los que vivimos”. Algún lector quiso malinterpretar el título y pensó que éramos unos vividores. No es el único: a menudo me llegan mensajes insultantes de alguien que no está de acuerdo con mis opiniones y que, en no pocas ocasiones, ni siquiera ha comprendido lo que quise decir. Muchas veces no hacen ni el intento. Leen con la mente cerrada. Hay palabras, expresiones y referencias que no conocen. Creen que leer es juntar letras en palabras y palabras en frases, lo de la comprensión parece que ya no se lleva.
El diálogo de besugos es habitual en los parlamentos. Se da por hecho que van (los que van) sólo a calentar la silla, a leer lo que otros escribieron en un papel y a hacer que no con la cabeza cuando hablen “los otros”. No escuchan, no argumentan, no rebaten, no reflexionan. Que el modelo se reproduzca a pie de calle es más preocupante. Ya sabemos que los políticos no nos van a sacar de esta crisis; no está entre sus prioridades, no es su función. Lo que también empieza a quedar claro es que la solución tampoco pasa por las manos de “entidades”, de “grupos ciudadanos” ni de “organizaciones”. Como dijo Mark Twain, cuando te veas en el lado de la mayoría, es hora de detenerse a reflexionar. Así que la clave está en la minoría. Y la minoría más pequeña del mundo, ya saben, es el individuo. De modo que sólo el individuo tiene la posibilidad (y la responsabilidad) de escapar del bucle que otros han creado.
Va siendo hora de reinventarse. Dejar de esperar que alguien llame a la puerta para ofrecernos un trabajo y crear uno nuevo. Dejar de esperar que se sigan encadenando las ayudas públicas y empezar a creer que somos capaces de hacernos cargo de nosotros mismos. En la medida de lo posible, uno debe desprenderse del Estado dejando de usar sus pésimos servicios, buscando nuevas salidas hacia la libertad y la responsabilidad individuales. Para ello, claro, es imprescindible el despertar de la conciencia, lo cual no es fácil cuando uno ha estado toda su vida a merced del Estado, adormecido gracias a su excelente sistema educativo, anestesiado por los medios de “comunicación” y envilecido, en definitiva, gracias al paternalismo estatal calladamente aceptado.
El despertar a menudo es doloroso. La madre que descubre que están adoctrinando a sus hijos; el trabajador que descubre que le están quitando más de la mitad de lo que en realidad produce; el enfermo cuyo vida peligra y debe buscar alternativas; cualquier ciudadano que consigue deshacerse del embrujo del Sistema y que, lejos de agachar la cabeza decide cuestionarse algunas cosas, buscar datos, contrastarlos, escuchar a otras voces y, finalmente, pensar y decidir por sí mismo. Cualquiera de esos ciudadanos tiene en su mano el poder de salir de este hoyo que algunos siguen cavando. Podemos cambiar las cosas si dejamos de esperar a que otros las cambien por nosotros y si dejamos de esperar que otros nos den la razón por la fuerza. Pero para ello hay que pensar, leer, comprender, argumentar, debatir. Y no hay debate posible si la mente está cerrada y los prejuicios enquistados. No hay debate posible cuando una de las partes está enrocada en su posición, algo más habitual de lo deseable y absurdo hasta el ridículo cuando se da en ambas partes. Se llega a crear un clima de guerra fría, de terror, en el que se amenaza, a veces veladamente, a quien piense de forma diferente, a quien se atreva a tener su propia opinión y a discrepar de la sacrosanta mayoría y, más aún, se atreva a decirlo en voz alta. En este contexto es donde adquiere sentido el concepto de “los que vivimos”, los que luchamos contra el Estado y las pseudo-dictaduras, oficiales o no.
Pero para eso seguimos escribiendo; para que haya voces diferentes; para que podamos dejar de hablar de “pluralidad” y “diversidad” y empecemos a vivirlas. Seguiré escribiendo a pesar de los insultos y de las críticas gratuitas. Seguiré confiando en que sí haya lectores que mantengan la mente abierta, aunque no siempre entiendan lo que digo. A veces hay lectores que sí comprenden el texto pero no están de acuerdo con el fondo, con las ideas expresadas, con las opiniones. Eso está bien, es la gracia que tiene la humanidad: que todos somos diferentes y tenemos capacidad de raciocinio, que podemos llegar a conclusiones diferentes, tener opiniones dispares y, como decimos en menorquín “entre tots feim el món”. El conflicto llega cuando se manipulan, se tergiversan o incluso se niegan los hechos. El sesgo de confirmación está a la orden del día: la tendencia a dar validez únicamente a aquella información que confirma las creencias preexistentes ignorando todo lo demás.
Conozco a varias personas que, en su día, también escribieron columnas de opinión o blogs personales (que, para el caso, es lo mismo) y dejaron de hacerlo porque se cansaron de ser malinterpretados, insultados e, incluso, de tener que aguantar que gente antes querida los dejara de saludar por la calle, en el mejor de los casos o, en el peor, los increpara. ¡Y es que es tan cómodo no pensar! Elegir a alguien como líder de opinión, creerle a pies juntillas diga lo que diga y repetir sus consignas como un papagayo. Porque muchas veces se limitan a difundir consignas, que lo de construir un argumento da demasiado trabajo; habría que poner el cerebro a trabajar y eso, quién sabe, quizás duele.
Es bien conocido por los economistas de todas las escuelas que los monopolios/oligopolios son nocivos para el bienestar social, esto es, para la gente. La cuestión en que se distancian austriacos y mainstream es que aquellos solo consideran como nocivos los oligopolios que obedecen a barreras legales, mientras que estos se fijan en la estructura del mercado en un momento dado. En otras palabras, para los austriacos basta que haya libertad para competir en el mercado, y entonces no hay monopolios dañinos, mientras que los mainstream exigen que haya derecho a competir, esto es, que los rivales puedan entrar al mercado aunque sea con respiración asistida por el regulador.
Con independencia de estas reflexiones económicas, lo cierto es que los oligopolios legales SÍ perjudican a la gente, y de qué forma. Pero lo triste es que la mayor parte de los perjudicados no son conscientes de ello. En este comentario voy a contar un ejemplo real que todos los madrileños hemos sufrido. Antes de ello procede, no obstante, revisar la teoría que nos explica porque las barreras legales perjudican a la gente.
En el proceso competitivo, los emprendedores que tienen éxito obtienen una rentabilidad muy alta por sus inversiones, más alta de la normal en el mercado. Estos beneficios actúan como llamada de atención para otros emprendedores, que ven así una oportunidad de negocio imitando al empresario pionero. Como es lógico, estos emprendedores imitadores (aunque la imitación nunca es exacta) entran a competir al mercado y hacen que la rentabilidad del pionero se reduzca. Y ello sigue ocurriendo mientras la rentabilidad obtenida en esa actividad sea superior a la normal.
De esta forma, el propio proceso competitivo del mercado hace que, en algún momento, los consumidores encuentren un precio que refleje adecuadamente los recursos invertidos en el bien y no haya ganancias excesivas para nadie.
Pero, ¿qué ocurre si el proceso de imitación se bloquea? Es evidente que tal imitación solo se puede bloquear prohibiendo la entrada al mercado por métodos violentos, pues, en otro caso y por muy difícil que sea la entrada, tarde o temprano a alguien se le ocurrirá cómo hacerlo si la recompensa son sustanciosos beneficios. Es más, si a nadie se le ocurriera, lo único que significaría es que el emprendedor pionero sigue haciéndolo mejor que todos los demás, por lo que parece lógico que mantenga sus beneficios extraordinarios.
Volviendo sobre la explicación, si se prohíbe la entrada, lo que ocurrirá es que el emprendedor pionero podrá mantener de forma indefinida sus beneficios extraordinarios, pues nadie será capaz de quitárselos por imitación. Así, en el fondo, se le concede un privilegio a determinados sujetos afortunados, cual es la obtención de una rentabilidad vedada a los demás individuos.
Obsérvese que el número de agentes privilegiados es irrelevante. Lo relevante es si existen o no barreras legales a la entrada: un sector con 1000 agentes en que la entrada está prohibida resulta dañino para la sociedad (por lo explicado), mientras que un sector en monopolio no legal (esto es, porque el agente en cuestión ha demostrado hasta el momento ser el más eficiente en el suministro de un bien), no representa tal daño, porque el proceso de imitación-superación está abierto a los emprendedores con ideas y ganas, y los beneficios supranormales no son sostenibles en el tiempo.
Vista las razones teóricas del daño que nos causan las barreras legales a la entrada, vamos con el ejemplo práctico, que no es otro que el del taxi en Madrid.
Se trata de un sector que hasta hace bien poco ha disfrutado del privilegio de ser el único al que se permitía el transporte privado de personas entre puntos de la capital. Dicho privilegio se ha roto con la recienta adaptación de la Directiva europea de la liberalización de servicios. Pues bien, como cualquier persona que haya cogido un taxi a la T4 del aeropuerto de Barajas sabe, este es un servicio que venía a costar 30-35 Euros desde el centro de Madrid, casi como el precio de un vuelo low-cost, por cierto. Además, por alguna regulación (esto es, acuerdo colusorio entre los taxistas bendecido por ordenanza municipal), un taxista no puede llevar más de cuatro personas en su coche. En consecuencia, una familia numerosa que quiera usar el taxi para trasladarse a la T4 de Madrid, habría de hacer frente a dos carreras del precio antedicho.
Pues bien, tras el final del monopolio legal, nos encontramos con empresas que prestan el mismo servicio por 15-20 Euros y para siete pasajeros. El fin del monopolio supone un ahorro para una familia numerosa que se haya de trasladar a la T4 de madrugada de unos ¡50 Euros!, más del 70% del precio original.
Esto es lo que significa la existencia de barreras legales libre de polvo y paja: unos cuantos individuos forrándose a costa del resto de la sociedad. Unos cuantos individuos cobrando durante años un extra-precio de 15 Euros a cada conciudadano que haya precisado sus servicios para ir al aeropuerto de Madrid. Año tras año, robando a los demás individuos de forma insospechada, incluso para los propios beneficiarios.
Individuos robados que, además y para más escarnio, somos los encargados de pagar con nuestros impuestos a la policía que debe/debía perseguir a aquellos otros empresarios que quisieran suministrar el servicio de taxi sin contar con la oportuna licencia. No solo tenemos que pagar el servicio a un precio excesivo, si no también financiar los medios para que tal precio excesivo se pueda mantener.
Si el lector no está lo suficientemente escandalizado tras este ejemplo, busque a su alrededor, que no tardará en encontrar otros similares, que le han de causar igual o mayor escándalo si tal cabe. Parafraseando a Indiana Jones, una cruz (verde) marca el lugar.
El asunto del independentismo en Cataluña ha adquirido unas dimensiones que no se corresponden con su entidad real. Es lo que tiene tomarse en serio los delirios nacionalistas, como si fueran una cuestión de Estado a cuya resolución habría que supeditar el funcionamiento normal de las instituciones y la aplicación del ordenamiento jurídico. Pero como la clase política en su conjunto está encelada en el llamado debate soberanista y se ha tomado en serio el farol clamoroso de la independencia, ahora nos va a brindar un episodio grotesco de pactos y acuerdos, en el que el PP parece dispuesto a llevar la voz cantante. Todo para vulnerar la Constitución en alegre camaradería en lugar de hacerla cumplir a rajatabla, primera obligación del gobierno de España. Su estricta observancia habría cortado de raíz todo el follón montado por Mas, el presidente regional más mediocre de toda la historia del Estado Autonómico.
Salvo Ciudadanos, única formación con representación en el parlamento regional catalán que defiende la igualdad de todos los españoles, el resto de partidos oscila entre la ruptura abierta del orden constitucional o su transgresión vergonzante a través de acuerdos bilaterales para socavar aún más los principios de unidad y solidaridad fijados en la Carta Magna.
Mención aparte merece el PSC, supuesta filial del socialismo patrio, cuya traición a los votantes encuentra difícil parangón en cualquier democracia medianamente formada. Por otra parte lo más normal cuando la matriz sigue pregonando las bondades del Estado federal para remediar los males independentistas, con la única condición de que sea "asimétrico", aspecto éste que se cuidan mucho de no mencionar de manera expresa, aunque por los argumentos con que tratan de justificar este imposible metafísico resulta evidente que es la clave de bóveda de su programa para acabar con el problema de Cataluña.
Empeñado en eludir sus responsabilidades de gobierno y ajeno a razonamientos tan elementales, el Partido Popular se confiesa dispuesto a buscar un pacto con el PSOE, el PSC y la Unión Democrática de José Antonio Durán y Lérida, que ya es tener humor. Lo peor de todo es que, bajo el liderazgo de Alicia Sánchez Camacho, en el improbable caso de alcanzarse ni siquiera parecería un acuerdo contranatura.
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