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Universidades sin alumnos

Leí hace unos días en varios períodicos que las universidades de La Laguna y de Las Palmas de Gran Canaria han perdido cientos de alumnos con respecto a cursos anteriores.

La noticia no sería muy alarmante si el modelo educativo internacional no estuviera cambiando a pasos agigantados hacia una educación universitaria más flexible, desregulada, barata y accesible a través de internet desde cualquier lugar del mundo y nuestro país tuviera un modelo educativo más libre que permitiera competir con estas nuevas ofertas educativas.

Hasta hace unos pocos años, quien quería adquirir conocimientos avanzados no tenía otro remedio que acudir a las bibliotecas o a las grandes aulas de las universidades. Esto hoy ya no es necesario y cualquier persona puede lograr información sin necesidad de salir de casa y de forma gratuita gracias a internet.

Por esta razón, las mejores instituciones universitarias del planeta han empezado a revolucionar la oferta académica con titulaciones universitarias online de alta calidad y bajos precios. Coursera.org, khanacademy.org, edx.org, ommayau.com o udacity.org son algunas de estas nuevas iniciativas educativas.

Sin embargo, la educación superior en nuestro país sigue anclada en el pasado. Mientras los prestigiosos centros educativos a nivel internacional están innovando con nuevos programas y modelos educativos, nosotros seguimos teniendo una educación oficial estatal, público y privada, hiperregulada y de elevadísimo coste.

Los modelos educativos, la organización de las universidades y hasta los programas académicos están planificados centralmente por el Estado impidiendo de esta forma cualquier tipo de mejora de nuestra educación.

Por ello, las universidades en Canarias, tal como las conocemos hoy, tienen sus días contados. Si nuestro sistema educativo no sufre una importante liberalización que de entrada a la creatividad empresarial para poder competir con este nuevo panorama educativo, lo más probable es que nuestras universidades no pierdan cientos de alumnos sino miles, ya que estos, a iguales o incluso inferiores precios, preferirán graduarse en economía por Harvard Stanford sin salir de casa a hacerlo por la Universidad de La Laguna.

Por todas estas razones, tenemos dos panoramas para el futuro. Si mantenemos un sistema educativo obsoleto y planificado centralmentedonde la innovación no existe y sus costes son insostenibles en el tiempo, la consecuencia será el cierre de nuestras universidades.

Por el contrario, si liberalizamos la educación de nuestro país nuestras instituciones educativas podrán competir con la excelente oferta educativa que existe a nivel internacional. Tampoco esto garantizará que universidades como las canarias se mantengan abiertas, pues igual es más económico cerrarlas y dar un cheque a todos los estudiantes de las islas para que elijan si quieren estudiar en Harvard, MIT o Stanford.

Lo que sí tenemos que tener claro es lo que advirtió hace unas semanas en una revista económica el grancanario Gabriel Calzada Álvarez, rector de la Universidad Francisco Marroquín: «Ni las leyes de obligatoriedad ni las certificaciones gubernamentales ni las agencias de acreditación ni las barreras de los colegios profesionales podrán parar el tsunami educativo que ya está en marcha».

Cartas al director

Se atribuye a los liberales cierta incapacidad a la hora de transmitir sus ideas de manera tan efectiva como los intervencionistas. Ese amplio sector que incluye a socialistas de izquierda y derecha parece tener más éxito, y sus ideas parecen mayoritarias, al menos en España. Ya sea porque el liberalismo es anti intuitivo en algunos aspectos, como la economía, o porque su comprensión puede requerir cierto esfuerzo intelectual, o porque la educación recibida (pública en su mayoría y con criterios colectivistas) ha "impedido" que se aprendieran otras opciones distintas, lo cierto es que las ideas liberales no suelen ser mayoritarias, y cuando lo consiguen, no es extraño que sea circunstancialmente, no por convencimiento.

Saber cuáles son las ideas predominantes en la población es importante si queremos saber a qué nos enfrentamos y qué se puede esperar y qué no en caso de crisis o cambio. Una fuente, tan buena como otras, son las cartas al director de los periódicos. Es cierto que cada periódico tiene su tipo de lector, con cierta ideología y posición política, y que sus ideas suelen ir acordes con la línea editorial, especialmente en el caso de aquéllos que escriben cartas. Sin embargo, resulta interesante ver qué diferencias y qué parecidos hay entre unos y otros.

Para ello, tomaré algunas cartas publicadas en El País, El Mundo, ABC y La Vanguardia el día 4 de septiembre y que tratan desde noticias internacionales, como la guerra en Siria, a cuestiones muy locales, casi domésticas.

La política es la solución

Es una de las ideas más habituales. Alguien dijo que la política es el arte de hacer posible lo imposible. Como majadería no está mal, pero ha calado y seguramente porque favorece cierto comportamiento pasivo, contemplativo, reactivo, no proactivo. En la carta, "El remo y la política", publicada en El Mundo, el lector compara la clase política americana con la española a través de la metáfora de los regatistas. Mientras que los americanos, pese a sus diferencias, reman a la vez y en la misma dirección, los remeros-políticos españoles lo hacen cada uno en una dirección y cuando quieren, haciendo que la embarcación, o sea, el país, esté en una situación lamentable. ¿Y si el remo firme va en dirección al desastre, como Adolf Hitler condujo a Alemania desde enero de 1933? Casi prefiero dar vueltas en medio del lago. En "Síntomas de Esperanza", publicada en ABC, el lector asume que la reforma laboral del Gobierno y la Ley de Emprendedores han agilizado la creación de empresas y esto ha creado empleo. Es interesante porque considera ambas como dos acciones positivas, cuando en todo caso lo que ha hecho el Gobierno es quitar algunas barreras que impiden el crecimiento de la economía, pero dejando otras. Anima el lector a quitar la fiscalidad a los que creen empleo, como si los empleos fueran algo que tienen oculto los empresarios y que se guardaran. En todo caso, es el político en última instancia el que crea "economía".

¡Viva el Estado!

En España los estatistas son mayoritarios. Creen que las instituciones estatales o supraestatales son necesarias. Cuando fallan (a diferencia del mercado, que cuando "falla" se pide su regulación-eliminación), es porque han perdido su objetivo inicial, hay corrupción (aunque la idea que la creó es válida) o tienen poco presupuesto, pero raramente se plantea si son o no adecuadas y qué incentivos crean. La ONU es la Superburocracia por antonomasia y la ONU es la que puede terminar con la guerra civil siria. En "¿Qué función tiene la ONU?", carta aparecida en El Mundo, el lector asegura que hay un juego de intereses entre Estados Unidos, China, Rusia e Israel y sus aliados, sin tener en cuenta la población civil siria. Sin embargo, el "problema de la megaburocracia no son sus ideas, sino que ha quedado desacreditada por sus actuaciones, no existiendo criterio efectivo que marque la intervención". Vamos, no dejemos que la realidad estropee una idea que no debía haber salido de la oficina donde se pergeñó.

Que lo solucione otro

El Estado de Bienestar ha dejado en manos del Estado, de gobernantes y funcionarios algunas cosas que hasta hace unas décadas nos teníamos que buscar y solucionar por nuestra cuenta. Una de ellas es hacer frente a las consecuencias de nuestros actos, a las famosas externalidades negativas. En "Dejadez en Llavaneres", el lector de La Vanguardia se queja de la escasez de papeleras en la localidad de Sant Andreu de Llavaneres, servicio que debe dar el Ayuntamiento de la localidad. De hecho, asegura que "en la avenida que llega hasta el colegio de primaria hay ausencia total de papeleras. Los niños tiran los papeles de la merienda en los parterres de las casas, ya que no tienen dónde tirarlos". Es curioso que el lector no se plantee que los niños podrían guardarse el papel en su bolsillo y esperar a llegar a su casa para tirarlos, que esa enseñanza es una labor de sus padres y que ellos son los culpables de esa suciedad. Es cierto que podemos quejarnos del uso alternativo de los presupuestos del Ayuntamiento, pero quién ensucia no es él.

¡Es que nadie piensa en los niños!

Y quien dice en los niños, dice en el medioambiente, en las minorías, en los pobres o en lo que se tercie. El caso es que no hay límite económico cuando lo que se plantea es, desde el punto de vista del estatista, crítico, esencial o que destruirá la estructura espaciotemporal del universo. En "Acabemos con los incendios forestales", el lector de El País está muy preocupado por los incendios forestales que afectan a España, provocados por "incendiarios o inconscientes criminales" y que no tienen los castigos adecuados. Como solución (que basa, quiero creer que entre otros criterios, en lo observado en series y películas americanas), propone "colgar un satélite en posición fija sobre Galicia, pero con cobertura de toda España". Asegura que es una "medida cara, sin duda, pero las enormes pérdidas materiales, en vidas humanas, animales y ecosistemas de alto valor, justificarían tal dispendio". No entro en la posibilidad técnica del sistema, que se me antoja menos eficiente de lo que el lector cree, pero sí en la cuestión del coste. En primer lugar, no me parecería mal que, por ejemplo, una empresa privada probara este tipo de vigilancia, pues es su dinero y su riesgo, pero no parece que lo hayan hecho ni en España ni en otros países. Pero en lo público, que es lo que vigila los bosques españoles, mantener un presupuesto disparatado supone detraerlo de otra partida, con lo que dicha partida quedaría malparada y otros afectados se quejarían de los recortes, o incrementar los impuestos, con lo que empobreceríamos a los españoles que no podrían gastarlo en otras necesidades. Claro, que si damos un valor infinito a los ecosistemas o a cualquier otro activo, es normal que pensemos en estos sistemas tan caros como solución. Y por qué no cien satélites y de los más costosos. Todo sea por el desmán de los Pirineos, que se lo merece.

Aún hay esperanza

Pero como todo no tiene por qué ser en esta línea, dos cartas pueden sorprender. En "Indignante anuncio" de La Vanguardia, una lectora muestra su desacuerdo con una campaña institucional de TV3 que, para incentivar los buenos hábitos, manda a acostar a los hijos para que el madrugón del cole no les pille de sorpresa. Se queja del gasto que esta campaña ha supuesto, pero sobre todo de que no es la televisión pública la que tiene que decir cuándo tienen que irse los hijos a dormir, lo cual es labor de los padres. Le parece intolerable que se considere a los ciudadanos (¿súbditos?) tan irresponsables e inmaduros. Por último, en "Pobrecitos políticos", publicada en El País, el lector nos recuerda que, además de los sueldos, los políticos reciben una serie de productos, servicios, algunos de ellos en los límites de lo moral/legal, y ventajas legales (no tienen multas, por ejemplo) que no computan como sueldo, pero que les permiten tener una situación muy distinta a la del ciudadano normal.

La senda olímpica: cultura empresarial y empresa cultural

La noticia de la semana, la comidilla de todas las conversaciones, el tema obligado es el fracaso olímpico de Madrid en Buenos Aires el pasado sábado. Lágrimas, enfado, sorpresa, y en los casos más radicales, indignación se plasmaban en las caras de los delegados españoles vestidos de rojo carmesí. Todo tipo de valoraciones personales calibraban, en especial en Twitter, si el peinado “eléctrico” de la alcaldesa era adecuado, si su pronunciación inglesa era simpática o estridente, si el príncipe estuvo el que mejor, si teníamos que haber hecho o dicho esto o aquello. Pocos se plantearon si el verdadero fallo está en nuestras cabezas.

El modelo olímpico: tirar la casa por la ventana

Cuando Shinzo Abe, Primer Ministro de Japón, subió al atril para dirigirse a los encargados de conceder la sede olímpica a una de las tres ciudades propuestas, quedó claro que ese era el caballo ganador. Mientras que Estambul representaba apostar por una democracia islámica y quitar hierro a las diferencias entre culturas tan diferentes, Japón saltó al ruedo como el representante del poder económico. España, con su “modelo austero” no tenía nada que hacer.

¿Pero en qué cabeza cabe? Es como dar a elegir entre un fiestón por todo lo alto y un té con pastas caducadas a una pandilla de jóvenes. Si las opciones son “menos” o “más”, la gente elige “más-siempre-más”. Bien es cierto que Ana Botella no podía, de cara a la opinión pública de su feudo, presentarse como la diosa de la abundancia, pero es que no era el pueblo madrileño quien tenía en su mano el voto, sino los miembros del Comité Olímpico Internacional. Y estaba claro, tratándose de España, se podía mantener el argumento “somos austeros” junto con “cumplimos los plazos”, pero no “vamos a gastárnoslo todo” y “cumplimos los plazos”. Eso sí que habría sido incongruente. En cambio, Abelimpics, sí puede. ¿Por qué? Porque es su discurso desde hace ya un tiempo. El Primer Ministro japonés, en su día, debió pensar que si Europa tenía los manguerazos de dinero del BCE, ellos tenían que disponer de un cañón gigante de espuma monetaria para inundar la economía japonesa. Y de momento, no hay un descalabro económico en el país del Sol Naciente. Eso sí, todos aguantamos la respiración esperando el desenlace. Que un presidente con esa política diga “Nosotros sí que tenemos dinero” es creíble, y nadie va a plantearse que pasa después.  Shenzo Abe ha dejado claro que él es de los de “Après moi, le deluge” (después de mi, el diluvio), esencia del cortoplacismo más recalcitrante.

Quo vadis, deporte español

Lo que más me impresionó de la retransmisión del sábado fue la sensación que contagiaban los deportistas españoles de ser una especie en extinción. Sin los fondos del programa ADO ¿cómo vamos a pagar las facturas, el retiro necesario para entrenar de los niños que componen la cantera olímpica, los sueldos de los entrenadores, las instalaciones? Y, como suele pasar en la bendita España, muchos de nosotros, reconociendo la importancia del deporte para la sociedad, dirigimos la mirada al gobierno buscando la solución. Pero, lo cierto, es que si Ana Botella no es la diosa de la abundancia, Mariano Rajoy no puede abrir la bolsa del presupuesto nacional como Mary Poppins su maletín, y sacarse de la manga dinero para el deporte, más subsidios de desempleo, pago de la deuda, sostener el quebrado sistema de pensiones, etc. igual que la “bruja buena” de la película sacaba un perchero, un paraguas que hablaba y medicinas de color rosa y que sabían a caramelo.

La pregunta que me ronda desde entonces es, si el deporte es tan importante ¿por qué no hay empresas que lo financien? Y si la respuesta es que no es rentable ¿por qué tenemos la necesidad de ser olímpicos cuando no tenemos los mimbres necesarios? No está bien visto tratar temas que parece ser que tocan al orgullo patrio con mentalidad empresarial. No he terminado de entender qué razón explica que el deporte sea una enseña nacional, y no las empresas españolas. Pero, más allá de ese tema, creo que el problema del deporte, como el de la ópera, el arte, y la cultura, en general, está más en nuestra mentalidad, o mejor dicho en nuestra falta de mentalidad empresarial. Precisamente por ser algo que consideramos patrimonio nacional, los ciudadanos deberíamos estar dispuestos a financiarlo con nuestras empresas y dejar que el gobierno se centre en lo fundamental. Claro que para ello, esas empresas deberían ver aflojada la soga impositiva en su cuello. Y por ahí no está dispuesto a pasar ningún gobierno español.

¡Qué tropa!

Por tercera vez consecutiva la candidatura de Madrid ha sido rechazada por los miembros del Comité Olímpico Internacional, y además de muy malas maneras, desempatando con Estambul en primera ronda para quedar apeada de la competición de forma incontestable. No nos entienden, viene a ser la razón primordial con la que los responsables pretenden justificar el desastre de haber sido relegados por las candidaturas de un país que ha padecido violentas revueltas ciudadanas por la deriva islamista de sus dirigentes y de otro que aún sigue intentando solventar las consecuencias de un terromoto y un tsunami que alcanzó de lleno a una importante central nuclear.

El funcionamiento interno del COI y los intereses concretos que mueven a sus dirigentes es algo tan bien conocido que resulta improbable que una candidatura seria no los haya tenido muy en cuenta a la hora de trazar sus líneas estratégicas. Especialmente Madrid, que gracias a la contumacia de sus dirigentes municipales ha intentado por tres veces conseguir convertirse en sede de los Juegos con un resultado cada vez peor que el anterior. Estos se presentan una cuarta vez y Madrid 2024 no pasa ni el primer corte.

Pero aquí nadie asume ninguna responsabilidad. Tampoco es que haga mucha falta, porque la mayoría de los medios de comunicación ha decidido que este tercer trompazo no acredita la profunda insolvencia de los responsables del proyecto madrileño, sino que todo es fruto de una vasta conspiración judeomasonicolímpica empeñada en arrebatarnos unos Juegos que por derecho correspondería organizar a la capital de España, porque, faltaría más, somos los más mejores del mundo mundial.

En los programas deportivos de la noche del desastre había quien sostenía que una de las causas principales de este nuevo bochorno era la corrupción, argumento de mucho peso, pues, como es bien sabido, los miembros del COI son un dechado de respeto al juego limpio y jamás se dejarían untar con sobrecitos. O sea que no nos han dado los juegos por lo de Bárcenas, no porque los que se han pulido un Potosí gestionando la candidatura hayan sido tal vez un poquito incompetentes.

Un papelón el de Buenos Aires, a pesar del excelente discurso del Príncipe (¡ay, si sólo hubiera hablado él!), con el que queda certificado que el sueño megalómano de Gallardón tenía poco recorrido. Sólo faltó que en la rueda de prensa posterior al naufragio Alejandro Blanco hubiera exclamado lo que Romanones cuando los miembros de la Academia vetaron su entrada en la institución a pesar de haberle prometido todos su voto. Qué tropa, sí. Y no sólo la del COI.

Recuperación de Europa… y Olimpiadas

“Recovery begins from the darkest moment” John Major.

Empezamos a ver señales de optimismo en Europa, apoyado por un entorno macroeconómico que, lejos de ser atractivo, muestra datos esperanzadores. Pero la fragilidad es aún enorme.

  • Los índices de producción industrial están acercándose a niveles expansivos.
  • Los márgenes empresariales están mejorando, de manera tímida, gracias a las exportaciones y al control de costes.  
  • El endeudamiento privado se ha reducido a niveles de 2006.
  • Los costes de financiación a pequeñas y medianas empresas, incluida España e Italia, han caído a mínimos de dos años.
  • Las importaciones de gas han aumentado por primera vez desde 2008, lo cual es muy relevante para la actividad industrial.

Todos estos elementos en sí mismos no nos deben llevar al optimismo, pero tampoco deben ignorarse.

La recuperación es extremadamente débil, puesto que, al mismo tiempo, los países persisten en unas subidas de impuestos y ataques a la renta disponible que mantienen el consumo deprimido. Y si no vemos una mejora del mismo, todo el resto de variables son, simplemente, humo. 

El paro y el consumo son los dos grandes lastres de Europa. Con todos los apoyos gubernamentales y un Estado extremadamente intervencionista, el paro en Francia ha alcanzado la cifra de tres millones de personas. En España, solo ha bajado en 31 personas en agosto, que no deja de ser una buena noticia, sobre todo, porque se ha frenado la destrucción de empleo. Pero crear puestos de trabajo sólo se va a dar cuando el consumo se recupere, y eso no va a ocurrir en un entorno en el que los impuestos destruyen la renta disponible de las familias. Una carga impositiva –esfuerzo fiscal- que en la Unión Europea y España ya se encuentra cerca del 40%.

Amenazar con subir los impuestos a las grandes empresas ahora es otro error enorme. Han sido un pilar fundamental de internacionalización y crecimiento, y gracias a ellas hoy tenemos multinacionales globales, que emplean a decenas de miles de personas. Pero dichos movimientos estratégicos costaron un gran esfuerzo en deuda y en debilidad de balance. Por ello, las 30 mayores empresas del Ibex contabilizan casi el 50% de la deuda privada del país.

Aún no se ha llevado a cabo la limpieza de dichos balances de manera  completa, a pesar de los esfuerzos en desinversiones, y cercenar su caja libre a impuestos es una peligrosa maniobra que genera más daño que beneficio. Porque han mantenido el empleo más que sus comparables internacionales, generan la gran parte de la inversión privada en el país, y las cotizaciones que liquidan constituyen una de las principales garantías de la sostenibilidad financiera de la Seguridad Social. Pero, además, un cambio fiscal haría que se retrasara la entrada de capital extranjero que prevé el Consejo Empresarial para la competitividad (CEC) hasta saber exactamente si las condiciones son estables y atractivas.

La Unión Europea ya ha advertido a Francia que no puede subir más la carga impositiva, pero esta semana leíamos que en 2014 volverá a verse una subida de impuestos, elevando el esfuerzo fiscal. En España se busca recaudar 25.000 millones más manteniendo los impuestos “transitorios” y subiendo otros. Probablemente no se conseguirá más que una fracción de esa cantidad si se produce el efecto depresor sobre la actividad previsible.

Las subidas impositivas no están ayudando al consumo ni al empleo, pero, además, no mejoran el endeudamiento de los países. Tengamos en cuenta que a finales de 2013 la deuda sobre PIB de la eurozona superará el 90,6% actual al menos en un 1%, y que el déficit de los estados sigue subiendo, por encima del 4% probablemente. En este entorno de tipos bajos y primas de riesgo moderadas, no parece que sea un problema, pero los tipos de interés bajos y la demanda de deuda no duran eternamente.

Europa, beneficiaria del miedo al techo de Deuda de EEUU

Desde el punto de vista del mercado de crédito, hay poco que preocuparse, porque Europa va a ser beneficiaria del miedo a que Estados Unidos vuelva a romper el techo de deuda en octubre: 16,4 billones de dólares de deuda, la cuarta vez que se sobrepasará dicho límite desde que llegó Obama, a pesar de los tímidos recortes y las subidas de impuestos. Un problema en EEUU que no va a encontrar una solución tan sencilla como la última vez, ya que los republicanos no van a aceptar nuevas subidas de impuestos.

Pero esa relativa calma en Europa no puede enmascarar el enorme problema de deuda de toda la Eurozona, y debe utilizarse para preparar un invierno complejo.

Tras las elecciones alemanas, estoy convencido de que la presión para acelerar las reformas y reducir déficits va a aumentar, gane quien gane. Ya lo vimos en el debate entre Merkel y Steinbruck, ninguno de ellos cuestionaba la austeridad, sino el ritmo de la misma. De hecho, se acusaban mutuamente de ser demasiado complacientes con Grecia, como reflejo de los países incumplidores.

Así, los países europeos, y los periféricos en particular, van a tener que enfrentarse a unos presupuestos excesivamente deficitarios, y a tres riesgos:

  • Una crisis de gobierno italiana en medio de unos ratios de deuda muy superiores a los esperados. Las necesidades de financiación del sector público ya alcanzaban 60.000 millones hasta agosto de 2013, casi el doble que en 2012.
  • Un déficit por cuenta corriente en Francia de casi 60.000 millones en 2013, y una deuda sobre PIB que se encamina al 100% en poco tiempo (actualmente 91,7%).
  • Un déficit en España que, a pesar de la recuperación, supere los objetivos fijados. Ya es del 4,38% en el estado central, comparado con un objetivo para fin de año del 3,8%.

¿Entonces, por qué ser optimistas?

Dado que el problema puede ser de financiación a corto plazo y que Alemania y los países pagadores van a seguir presionando para que se lleven a cabo las muy necesarias reformas estructurales, es muy probable que, como llevo comentando en la tertulia de CNBC desde hace unos meses, el Banco Central Europeo lleve a cabo una inyección de liquidez (LTRO) que ayude al sistema financiero a cubrir el riesgo de una subida de tipos de interés y posibles baches en el enorme portafolio de deuda soberana que acumulan los bancos. Solo en España, más de 213.560 millones de euros. La banca europea acumula hasta un 20% de la deuda pública soberana y ese peso se monitoriza de manera constante por el Banco Central Europeo.

Pero, al igual que las otras inyecciones de liquidez, el problema se generará si se utilizan para dar otra patada hacia delante y tomar esta tímida recuperación como una oportunidad para aumentar la presión recaudatoria y no reformar unos estados que gastan entre 10.000 y 50.000 millones más de lo que ingresan estructuralmente.  Porque entonces nos encontraremos con el mismo problema que en los anteriores periodos de leves mejoras: las aplastará la maquina burocrática.

Olimpiadas

Ayer viernes se disparaban las apuestas que daban cierta posibilidad a que Madrid 2020 ganase la organización de las olimpiadas a la ciudad favorita, Tokio.

Para España, la posibilidad de organizar los Juegos Olímpicos puede ser, como siempre, un arma de doble filo. Por un lado, el análisis de The Economic Journal (The Olympic Effect, de Andrew Rose y Mark Spiegel) estima que genera un aumento del comercio del 20% a medio plazo. Por otro lado, supone un coste y una deuda que, probablemente, sea muy difícil de asumir, aunque la mayoría de las infraestructuras estén construidas. Y si la mayoría están construidas… Poco impacto en el empleo y crecimiento va a tener. Veremos.

De los países que han organizado juegos olímpicos desde 1976, la mitad exactamente ha generado un beneficio neto, y la otra mitad, o ha perdido, o se ha quedado en tablas. En Reino Unido, donde yo vivo, se gastaron casi 9.000 millones de libras y generó un impacto positivo en la economía de más o menos la misma cifra, unos 8.000 millones, según la BBC; 8.800, según el alcalde de Londres.

Haya olimpiadas o no, existen razones para creer en la recuperación española, como comentaba en mi artículo “Tocando Fondo”, y no hay que ignorar los datos positivos europeos, pero el crecimiento no va a empezar hasta que la renta disponible mejore. Y si el esfuerzo fiscal se dispara, malo.

Grosso Modo

La izquierda del siglo XXI, al igual que la del precedente, necesita cultivar la ficción de que existe un totalitarismo imperialista occidental que constituye la principal amenaza mundial a todos los demás pueblos, que buscan la paz. Al igual que sucedió en la mal llamada "guerra fría", la libertad de expresión e información asimétricas fueron parcialmente utilizadas en beneficio de los verdaderamente totalitarios. Solo la mayor fortaleza real que la libertad proporciona permitió a Occidente sobrevivir a aquel episodio.

Es cierto que se producen violaciones de los derechos humanos, espionajes, represiones e injusticias dentro del paraguas que, mal que bien, proporciona el sistema político y social que nos caracteriza. Es una evidencia que no debe ser ocultada y que debemos criticar y perseguir con toda la fuerza que la pasión por la libertad proporciona. Pero para lograr el objetivo de reducir en nuestro ámbito las injusticias que se producen, debemos perseguirlas, denunciarlas y aminorarlas cuanto más mejor, pero existe una frontera que, traspasada, supone lograr el efecto contrario: consolidar los totalitarismos.

El riesgo de lograr esto es tanto mayor cuanta menos capacidad de análisis concreto seamos capaces de llevar a cabo y más síntesis grosso modo se realicen. De igual manera que nunca se resolvió o aclaró algo bajo la pobre fórmula "todos son iguales", tampoco se llega al fondo de problema alguno incluyendo en el mismo casillero ideológico a las democracias occidentales y a los socialismos antillanos además de a la plutocracia rusa.

Es necesario extirpar y depurar los casos de injusticias, atentados a la libertad individual o a la misma libertad para pensar y moverse que gobernantes occidentales tengan llevados por el malsano impulso del control por todos los medios, sin duda. Pero es difícil igualar tal impulso cuando lo protagoniza un político que opera dentro de los esquemas de un régimen democrático al modo liberal de Occidente a cuando lo lleva a cabo un tirano dentro de un sistema de tiranía.

Lo pernicioso de este batiburrillo en que se convierte el "todos son iguales" no está solo en la injusticia que se comete al igualar las causas de las transgresiones a la libertad de uno y otro campo político, sino también en el hecho de que, cuando eso se hace, se extiende un color uniforme sobre el peligro que los gobiernos en general suponen para las libertades perjudicando en mayor medida al campo político que más protege las libertades, que más libertad de expresión y denuncia admite y que, por tanto, más ejemplos visibles de violaciones a los derechos de las personas ofrece.

En un clima de sospecha generalizada encontraremos ejemplos que la corroboran solo allí donde es posible encontrarlos, ya publicados, desde un cómodo sofá con el portátil en las rodillas: en Occidente. Pero, ¿es eso intelectualmente honesto? ¿Es justo moralmente? No lo parece. Es un caso flagrante de deformación del objetivo que no podemos permitirnos salvo que lo demos también por bueno en el ámbito de la ciencia o, por ejemplo, en la medicina. ¿Es óptimo curar de igual manera una rotura ósea y una gangrena solo porque no tengamos más que una sierra?

Por qué los estadounidenses no votan

Si interesarse poco por la política significa interesarse poco por depositar un voto en unos comicios electores, podríamos decir que los ciudadanos estadounidenses se ocupan y preocupan bastante poco de su cosa política. Si consideramos sus elecciones presidenciales, que son muy probablemente las más trascendentales para el conjunto de la nación, en el último siglo ha sido permanente la participación por debajo del 60% e incluso fue inferior al 50% en las segundas presidenciales ganadas por Bill Clinton allá por 1996.

Este hecho contrasta notablemente con otro: que los estadounidenses votan si no por todo, por casi todo. En los años 90, había más de medio millón de funcionarios de algún modo elegidos en votación popular en EEUU y hoy el número es presumiblemente superior. El politólogo californiano Austin Ranney explicaba la hondura democrática de su país con su propia experiencia: entre proposiciones estatales, municipales, senador, congresista, representantes, funcionarios del condado y municipales…en una consulta electoral tenía derecho a emitir más de 70 votos para cargos o consultas distintas.

En el primer tercio del siglo XIX el insigne filósofo político francés Alexis de Tocqueville plasmó su fascinación por la cultura democrática estadounidense en su obra "Democracia en América". Con la parcial excepción británica, ningún país se había fundido con la democracia del modo en que lo había hecho la nación estadounidense. Pero, ¿por qué los estadounidenses, ciudadanos del país quizás más democrático del mundo, participan tan poco en sus elecciones? Entre los argumentos que se han esgrimido están el laborioso sistema de registro previo para poder ejercer el derecho al voto, la saturación en parte comprensible por poder votar por casi todo o el efecto dilución de poder de cada voto típico del sistema electoral para sus presidenciales o que –y esto llama la atención a muchos europeos- las elecciones son en días laborables. Siendo sin duda argumentos razonables, creo empero que hay razones más de fondo para explicar la apatía electoral de los estadounidenses y que emergen de los propios patrones distintivos de esa nación que es Estados Unidos:

Una nación nacida del laissez-faire

Estados Unidos nació a finales del siglo XVIII de una revolución que rechazaba las jerarquías, la nobleza, la aristocracia y la monarquía heredadas de las estructuras feudales y que ensalzó, por el contrario, el individualismo y la meritocracia. H. G. Wells señala que Estados Unidos fue abiertamente una nación anti-Estado.

Hasta qué punto Estados Unidos es una nación que hizo del laissez-faire y el liberalismo clásico su bandera lo podemos comprobar si comparamos las fuerzas sindicales europeas con sus homólogas estadounidenses. Al menos hasta la Gran Depresión, sus movimientos sindicales eran más anarquistas que socialistas, como la American Federation of Labor que fue considerada como conservadora por europeos que no entendían la sociedad estadounidense. Otro tanto similar sucedió con los Industrial Workers of theWorld. Incluso Franklin Delano Roosevelt, el presidente estadounidense que quizás más alejó a su país de los ideales del laissez-faire, criticó en 1928 al presidente conservador Hoover por el déficit. En 1996, el demócrata e izquierdista Bill Clinton llegó al poder asegurando que la era del Gobierno Grande había llegado a su fin. Sea como fuere, y con independencia de que al final tantos presidentes del país han hecho tanto contra la libertad individual y por expandir el Gobierno, la retórica política estadounidense no puede escapar de ideas y conceptos forjados por el pensamiento liberal que recelaba del Gobierno y combatía al Gobierno Grande.

Mientras en los países europeos es mayoría aplastante dentro del movimiento izquierdista y sindical los que defienden que el Estado debe garantizar niveles de vida a los desempleados, en Estados Unidos no llega a la mitad de los miembros sindicales el acuerdo con tal afirmación según los estudios de Karlyn Keene y Everett Carll.

Estados Unidos siempre ha sido un país embarazoso para los socialistas y marxistas. En cierto modo fue la refutación de Marx y Engels cuando consideraban que aquellos países con estadios más avanzados del capitalismo serían más proclives a la instauración del socialismo. Y es que el socialismo nunca ha echado raíces ni cuajado en EEUU. Werner Sombart intentó responder a aquella excepcionalidad americana en "¿Por qué no hay socialismo en América?". El individualismo estadounidense nunca casó bien con las conciencias de clase, y probablemente éstas fueron del todo innecesarias en un país en un sentido liberal igualitarista, donde se habían rechazado las jerarquías y estructuras sociales verticales. El progresismo en Estados Unidos, incluso uno radical y revolucionario, era de cuño libertario; así, el socialismo en EEUU en el mejor de los casos era prescindible.

De ahí se colige y explica que mientras los estadounidenses muestran una innata prevención contra el Gobierno como institución, son por otro lado fervorosos y ejemplo sin igual en el mundo cuando de asociacionismo libre y voluntario se trata.

Estados Unidos identificó desde sus orígenes la cosa pública como una sospechosa y aun peligrosa, y se refugia para ello allí donde los ciudadanos se expresan con más libertad: en la "cosa privada". Por ello, la pobre participación de la ciudadanía estadounidense a la hora de las decisiones políticas y de la cosa pública es, sencillamente, natural.

La poca observancia de la ley creada por el Estado

Igual que Estados Unidos nació del individualismo, el igualitarismo liberal, y las estructuras horizontales opuestas a las jerarquías…, también es un país donde los derechos se anteponen conceptualmente a los deberes. Y en contraste con las sociedades europeas y aristocráticas, el ciudadano no es conformista sino incluso rebelde. Como hemos visto, la autoridad política no es objeto de pleitesía y ciega obediencia para el estadounidense al modo tradicional que lo sería para un europeo. Para calibrar hasta qué punto está engranado el cuestionamiento de la autoridad en EEUU, podemos tener en cuenta que Stephen Anderson asegura que los médicos estadounidenses son de los que más tienen que consensuar con el paciente su el tratamiento.

A poco que profundicemos, observaremos que la textura jurídica estadounidense es sumamente densa. Es decir, se trata de una sociedad enjundiosamente ‘juridificada’. Podría decirse que Estados Unidos es el país de los juicios y litigios casi por antonomasia (de los ciudadanos contra el Gobierno y de unos frente a otros); no en vano, ostenta como país el récord de abogados per capita, y suma más de la cuarta parte de letrados del mundo entero.

Estas cuestiones explican en parte las tasas de delincuencia en Estados Unidos en comparación con otros países occidentales. Los estadounidenses son más rebeldes e indómitos –lo cual conecta con su vena emprendedora-. Rendir sumisión y observancia a la autoridad política es algo que va contra su naturaleza. Por ello, son más renuentes a cumplir con aquellas obligaciones morales que los políticos les encomiendan. Entre ellas, votar.

Un país profundamente religioso

Ya en tiempos de Toqueville, la extensión y profundidad de la observancia religiosa en Estados Unidos es algo que le llamó la atención a este galo, pues llegó a decir que "no hay país en el mundo en el que la religión cristiana tenga mayor influencia sobre los hombres que en Estados Unidos". Y ello a pesar de que el Gobierno de EEUU era nítidamente neutral religiosamente, incluso más: religión y Gobierno eran cosas separadas y distintas, hasta por ley. Comparados con cualquier país europeo, los estadounidenses duplican y aun triplican y más niveles de fe y creencia así como de prácticas religiosas.

Precisamente esa libertad religiosa, ese libre mercado de religiones que es Estados Unidos, ha ahondado en la suspicacia de los órganos e instituciones políticas. Los europeos, cada vez más seculares, lo somos en relación con las religiones divinas. Y es que los europeos somos más que nunca más terrenalmente religiosos, adoradores en suma del Gobierno y sus próceres. La profunda religiosidad estadounidense ha servido, en suma, como contrapeso a la autoridad terrenal.

Dentro de la preferencia de lo privado frente a lo público, y de las creencias elegidas frente a las políticas impuestas, los estadounidenses son diligentes para sus prácticas y reuniones religiosas pero apáticos y desinteresados de las prácticas políticas.

La prolija estructura de "pesos y contrapesos" del sistema político de EEUU

La Constitución de EEUU, nacida del período revolucionario, divide los tres poderes del Estado tal como definió en 1748 Montesquieu en su obra "Del Espíritu de las Leyes" (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) en la Presidencia, dos Cámaras (Congreso y Senado) y un Tribunal Supremo federal. Dado que Estados Unidos se constituyó a partir de una ideología abiertamente anti-Estado, aquel sistema político debía ser débil, nunca fuerte ni potente pues la Constitución debía de servir a modo de corsé para constreñir y limitar las capacidades y funciones políticas y gubernamentales so pena de avasallar las libertades de los individuos. Tanto es así que los llamados Artículos de la Confederación, que sirvieron a modo de Constitución en la década que va desde el año posterior a la proclamación de independencia hasta la redacción de aquélla en 1787, no establecieron como tal un poder Ejecutivo. La figura del presidente no aparece definida hasta la Constitución finalmente ratificada en 1789, y éste nunca es elegido directa sino indirectamente a través de un Colegio Electoral y sus poderes de veto podían ser rechazados por mayorías cualificadas de las Cámaras. La Constitución, por su parte, no puede ser modificada sin un apoyo cualificado de las Cámaras y un refrendo por tres cuartos de los estados.

Es decir, no es extraño que los estadounidenses pongan un limitado interés en una serie de poderes que, al menos tradicionalmente, son bastante limitados.

El historiador estadounidense Richard Hofstadter afirmó que más que tener ideologías, Estados Unidos era en sí misma una ideología. De ahí que algunos se hayan aventurado a hablar del norteamericanismo como un neologismo que incluir en la ciencia política. Mientras, los europeos que hemos heredado estructuras feudales, nos creemos los más modernos; que mantenemos disposiciones sociales verticales y jerárquicas, nos creemos los más progresistas; que rendimos observancia grupal a la autoridad política, los más insurrectos y revolucionarios sociales. No es de extrañar que los estadounidenses, al menos políticamente, nos vean a los europeos en el mejor de los casos ingenuos, y en el peor de ellos simplemente idiotas.

Cuanto menos entendamos qué es Estados Unidos, menos entenderemos la mejor representación ideológica contemporánea de un concepto. La civilización.

Students for Liberty, también en España

El movimiento liberal sigue expandiéndose en Europa. El 21 de agosto se celebró en la Theodor-Heuss-Akademie de Gummersbach en Alemania el curso de formación de los nuevos Coordinadores Locales de European Students For Liberty (ESFL), la sección europea de Students For Liberty, la mayor asociación de estudiantes liberales del mundo, con más de 1000 agrupaciones.

Asistieron más de 50 jóvenes de 28 países, superando las previsiones iniciales y los números de 2012. Estas personas serán las responsables de la expansión y consolidación de ESFL en casi todos los países de Europa trabajando por una sociedad más libre.

Además, durante este encuentro nació la primera asociación de ESFL de España, con mi nombramiento como Coordinador Local. El objetivo que pretendemos alcanzar con este proyecto es la creación de una decena de grupos en diversas universidades españolas, fomentando las relaciones entre los jóvenes liberales y aquellos estudiantes que se sienten interés en las ideas relacionadas con la libertad, pero no acaban de descubrir cómo llegar a ella. Asimismo, está prevista la celebración de un primer congreso estudiantil en Madrid en primavera de 2014 sin obviar las actividades que los diferentes grupos puedan organizar, y el viaje de un nutrido grupo de estudiantes a la European Students For Liberty Conference en marzo.

El programa que tuvo lugar en Alemania demuestra que son muchos los jóvenes de Europa y del mundo con el mismo entusiasmo por mejorar la sociedad desde unas premisas comunes: la libertad económica, social e intelectual de los individuos. Aprovechemos esta potente red.

ESFL ofrece formación a los estudiantes interesados en las ideas a favor del libre mercado para hacerlos nuevos líderes del movimiento por la libertad, así como da soporte a los grupos en la organización de sus actividades, proveyendo libros gratuitos (más de 300.000 en tres años) o aconsejando sobre las estrategias más efectivas para alcanzar al mayor número de estudiantes posible. Desde Islandia hasta Turquía, pasando por Portugal y los países bálticos, ESFL cuenta con grupos que divulgan las ideas de la libertad en entornos poco amistosos.

El acercamiento de las ideas por una sociedad más libre a los jóvenes es una necesidad imperiosa si queremos conseguir una nueva generación más responsable y consciente de cómo funcionan los mecanismos sociales, políticos y económicos. Establecer ESFL en España es un gran reto y abre una puerta a que los estudiantes que sienten solos en la defensa de esas ideas formen parte de una misma red estudiantil. Aprovechar las posibilidades que ofrece ESFL para los estudiantes es una oportunidad única para integrar el creciente movimiento liberal español en la esfera internacional.

Aquellos interesados en participar y colaborar en la creación de ESFL en España o en sus actividades pueden ponerse en contacto a través de la página de la red social Facebook o directamente conmigo en mbrena@studentsforliberty.org.

Inmigración (I): Escenario teórico

"Los proponentes de las restricciones a la inmigración deben mostrar… por qué están moralmente justificadas", Bryan Caplan.

"Lo que incita a la gente a ponerse en movimiento y atravesar las fronteras no es la identificación con nación alguna sino el más prosaico, pero más intenso, deseo de ganarse la vida", Jesús Mosterín.

El profesor de filosofía de la Universidad de Colorado, Michael Huemer, se pregunta si existe un derecho a inmigrar; para ello, narra la historia hipotética del joven hambriento Starvin’ Marvin que está en una situación de precariedad. Tal vez alguien le ha robado la comida o tal vez un desastre natural le ha arruinado su cosecha. El caso es que su situación es muy delicada. Afortunadamente ha trazado un plan: se dispone a viajar hacia un mercado famoso para conseguir algo de comida a cambio de sus servicios. En un concreto lugar del camino elegido por Marvin aparece en escena otra persona armada llamada Sam (debido a que tiene unos cuantos sobrinos le apodaremos Tío Sam)que le observa y que es vagamente consciente de todo lo anterior. Por algún motivo y sin que Marvin haya agredido a nadie, Sam le interpela y le impide el paso hacia su destino mediante el uso de la fuerza. A resultas de ello, Starvin’ Marvin no puede mercadear por la comida y muere por inanición.

Si el Tío Sam no hubiese interferido coactivamente el acceso de Marvin al mercado y sus múltiples posibilidades que allí se dan éste probablemente habría conseguido su propósito y tal vez incluso habría acabado trabajando para alguno de los sobrinos o sobrinas de Sam. Este escenario plantea diversas cuestiones. ¿Qué pasaría si Marvin fuese un terrorista? ¿Y si, por el contrario, se hubiese integrado en su lugar de destino elegido sin demasiados problemas para él y para los demás que vivían allí antes que él? ¿Podría tal vez el mercado mantener a más personas necesitadas del exterior a cambio de sus servicios?

Pero la pregunta más incómoda que se hace (nos hace) el filósofo norteamericano es si Sam violó tal vez los derechos de Marvin. La respuesta es que sí. Es más, se podría incluso afirmar que lo mató. No se trata de que Sam se negara a prestarle ayuda o a que le dejara simplemente morir sin socorrerle; es mucho más grave que eso: parece evidente que Sam participó activamente en el fatal desenlace. La analogía de este escenario con lo que sucede en realidad con las políticas de inmigración del gobierno de los EE UU y, por extensión, de los demás gobiernos de los países desarrollados es clara.

Las restricciones migratorias son violaciones de un derecho prima facie; esto es, solo se justificaría su violación en determinadas circunstancias muy especiales. Por ejemplo, serían completamente apropiadas para situaciones de guerra o prebélicas, tanto si son formalmente declaradas como si no.

El gobierno que prohíbe o limita más allá de lo razonable la inmigración inicia la fuerza contra personas extranjeras pacíficas que quieren trabajar y contra nacionales que quieren voluntariamente asociarse con ellos. Por tanto, viola los derechos de ambas partes. El principio de los derechos individuales prohíbe este tipo de restricciones y tiende hacia una inmigración más abierta o flexible que la actual.

El economista de la Universidad de George Mason, Bryan Caplan, intenta por su parte aproximarse al fenómeno de la inmigración con otra mirada diferente de la acostumbrada. Según él, las actuales restricciones a la inmigración son, con mucho, la peor solución de todas las posibles. El último cartucho al que habría que recurrir dadas sus inicuas consecuencias. Sus propuestas son interesantes alternativas al deprimente statu quo de las draconianas políticas restrictivas a la inmigración llevadas a cabo por los representantes de los Estados modernos, es decir, por los gobiernos y sus agencias administrativas competentes en la materia.

Según el mencionado economista, si se piensa errónea y prejuiciosamente que la llegada de inmigrantes va a perjudicar seriamente a los trabajadores nacionales, en vez de cerrarles la puerta de entrada sin más, se les podría exigir el pago de una tasa de admisión y luego usar ese ingreso extraordinario para compensar a los trabajadores nacionales menos cualificados. Si se cree que los inmigrantes imponen una carga excesiva a los contribuyentes nacionales, se les podría excluir de cualquier beneficio social costeado por aquéllos hasta que fueran contribuyentes netos. Si se está convencido de que representan una amenaza cierta a la cultura patria, se les podría incluso exigir aprobar tests culturales e idiomáticos al respecto (eso sí, como nos recuerda Caplan, habría que estar seguros que esas mismas pruebas las pudiese pasar sin problema cualquier nacional del promedio). Si se teme que los inmigrantes pueden acarrear serias externalidades políticas, se les podría permitir vivir y trabajar entre nosotros pero sin otorgarles el derecho al voto durante un periodo más o menos prolongado en la sociedad de acogida.

Cualquier cosa, incluso medidas más o menos intervencionistas como las descritas arriba, antes que impedir preventiva y masivamente la entrada de personas honradas que no agreden a nadie y sin antecedentes criminales que quieren esforzarse y trabajar pacíficamente en sociedades prósperas.

Si se toma verdaderamente en serio la presunción moral a favor de la libertad de migración, debemos acabar reconociendo que toda restricción a migrar que no esté suficientemente justificada (tanto si es a emigrar como a inmigrar) supone poner en peligro a millones de vidas humanas de forma injusta, bien al prohibir que huyan de escenarios amenazantes para su integridad o proyecto de vida o bien al negar la facultad de ayudarse a sí mismos mediante acuerdos posibles con terceros nacionales del país anfitrión deseosos de contratar voluntariamente con ellos.

Debemos recordar que, desde el punto de vista liberal, las fronteras de los países no deberían establecerse con el propósito de mantener fuera a los extranjeros como sucede en la actualidad sino con el fin de fijar los límites del área en que el gobierno debe proteger los derechos individuales.

En próximos comentarios trataré de la pendiente liberación de los flujos migratorios en el mundo (más concretamente del derecho a la movilidad laboral internacional), de las fuerzas que los impulsan, de los temores infundados de los nativistas de todo pelaje, de los fracasos cosechados de las políticas de inmigración en general por ser conservadoramente restrictivas, no querer reconocer la realidad, militarizar las fronteras y crear un estado policial dentro de las mismas. Asimismo desde otras posiciones progresistas veremos cómo se defienden políticas erróneas en nombre del multiculturalismo perjudicando al propio inmigrante y socavando los valores de la sociedad de acogida. Todo ello, sin aprovecharse adecuadamente de la bendición que supondría desde el punto de vista económico la flexibilización de las barreras de entrada con la consiguiente llegada de numerosos inmigrantes a un país dispuestos a trabajar y extender la necesaria división del trabajo.