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Crisis económica + censura = crowdfunding

Son varias las iniciativas que vienen recurriendo al crowdfunding. Por ejemplo, en anteriores columnas analizamos la de Iñaki Arteta. Ahora le toca el turno al periodista Antonio Robles, a quien como en el caso del cineasta vasco, "el contexto" le ha obligado a decantarse por esta herramienta.

Quien firma estas líneas, no tiene el placer de conocer ni a Robles ni a Arteta. Simplemente emplea esta tribuna para enfatizar la valentía de ambos a la hora de denunciar situaciones anormales, que debido a la repetición indiscriminada de determinados mantras, gozan de absoluta normalidad actualmente.

En efecto, en Historia de la resistencia al nacionalismo en Cataluña, Antonio Robles se propone describir lo que ha sido la reciente etapa política dominada por el Pujolismo, que él ha vivido en primera persona. Por tanto, tema de rabiosa actualidad, muy necesitado de un análisis que apueste por el rigor científico y que no por la mera propaganda.

Sin embargo, aquí aparece el primer problema y es que en su Comunidad Autónoma (Cataluña), las editoriales han vetado de forma encubierta su edición. ¿El motivo? Será incómoda con el establishment. Así, dichas editoriales renuncian voluntariamente a ejercer la labor fiscalizadora del poder político que les corresponde jugar en una democracia.

Por desgracia, no es un ejemplo aislado. Por el contrario, jóvenes escritores como Javier Montilla también han sufrido en los últimos tiempos la asfixia nacionalista, orientada a ocultar obras como Los Muros de Cataluña. No lo han conseguido pues tal tarea, en la era digital en la que nos hallamos inmersos, supone poco menos que querer tapar el sol con un dedo.

La censura y estigmatizar a quien piensa de manera diferente al oficialismo, ha sido una de las herramientas predilectas de cualquier nacionalismo y el catalán no iba a ser menos. Viene empleándola de forma cada vez menos sutil desde hace décadas, lo que ha provocado que representantes de su cultura se hayan tenido que "exiliar" en otros lugares de España, principalmente en Madrid. Albert Boadella es uno de los ejemplos, aunque no el único. Igualmente, han sido los medios de la capital los que han dado voz a la disidencia catalana, lo que ha supuesto que unos y otros hayan tenido que cargar sobre sus espaldas con calificativos como el de "fachas".

El resultado es que Cataluña, que fue motor cultural de la España de la Transición, ha sido adelantada por derecha e izquierda por otras regiones las cuales conceden escasa relevancia al factor identitario y sí al producto. Igualmente, otra de las peculiaridades catalanas es que, la ventaja comparativa que supone que la mayor parte de la población maneje castellano y catalán, se haya convertido en una traba…si eres castellano parlante.

En este sentido, optar por una enseñanza en castellano se convierte en una empresa de titanes, algo a lo que se atreven sólo unos pocos porque luchar contra la burocracia implica un ingente gasto de recursos económicos y humanos, y no todo el mundo está condiciones para ello. Al respecto, uno de los logros del nacionalismo ha sido crear una masa de ciudadanos amorfos, por ejemplo a través de la política de subvenciones, anulando todo espíritu crítico pues perciben cualquier reproche a CIU (y en su día a los dos gobiernos Tripartitos) como un ataque a Cataluña. De nuevo, en la jerarquía de valores, el territorio ocupa el primero y los ciudadanos, el último.

En definitiva, la obra que prepara Antonio Robles y otras que es probable que se editen próximamente, serán bienvenidas puesto que ayudarán a entender lo que actualmente acontece en Cataluña y comprobar que no se trata de flor de un día. Por el contrario, lo que hoy presenciamos, atiende a un recorrido histórico en el cual el nacionalismo ha contado con ciertas complicidades, algunas indirectas, que han facilitado que en última instancia, la Generalidad sea protagonista más por sus recurrentes desafíos al Estado de Derecho que por mejorar la vida de los ciudadanos.

Una política miserablemente antisocial

Juan Fernando López Aguilar, eurodiputado del PSOE, dijo en una entrevista concedida a este diario que la crisis actual «no es consecuencia de ningún accidente ni de ningún error de cálculo bienintencionado, sino de una política miserablemente antisocial». Estoy totalmente de acuerdo con estas palabras del señor López Aguilar, pues es cierto que la terrible crisis que vivimos no ha sido por un error de cálculo, sino por un problema de imposibilidad de cálculo, que sucede en los antisociales sistemas socialistas, como demostró Ludwig von Mises en 1920.

Mises explicó que en las economías socialistas planificadas centralmente, donde no existe la propiedad privada, la libertad empresarial y los precios de libre mercado, es imposible realizar el cálculo económico y están abocadas al fracaso. El origen de la crisis estuvo en uno de los mercados más intervenidos del mundo, el mercado financiero. Frente a lo que algunos creen, el sistema financiero actual nada tiene que ver con las sociedades libres o capitalistas, sino que está totalmente planificado a través de los bancos centrales.

Son estos los que tienen el monopolio del dinero y los que decidieron expandir y abaratar el crédito, creando así una burbuja financiera que distorsionó totalmente nuestras economías, como explica el economista Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana, en su libro «Una alternativa liberal para salir de la crisis». Esta burbuja de crédito barato fue la que inundó nuestra economía de dinero y la que hizo que casi todo el sector privado se lanzara a invertir y consumir endeudándose, lo que originó una burbuja productiva que hizo crecer falsamente la economía de nuestro país.

Este falso crecimiento inundó de dinero las arcas públicas, que entre 2001 y 2007 consiguieron incrementar sus ingresos en 175.000 millones de euros, y creó la burbuja pública al incrementar el gasto en 150.000 millones de euros, como hizo el Gobierno de España al que perteneció el señor López Aguilar. La burbuja financiera y la productiva han sido pinchadas, pues ya no se regalan créditos, los precios se están ajustando y la deuda privada se reduce a pasos agigantados. Sin embargo, la pública, la originada por políticos irresponsables como los que gobiernan en nuestras Islas, que se empeñan en mantener abiertas innecesarias empresas públicas que despilfarran cantidades ingentes de dinero, como Radiotelevisión Canaria, Visocan o Gesplan, entre otras, no sólo no se ha pinchado, sino que se quiere mantener a base de exprimir a impuestos a los ciudadanos.

Sin duda, esta política es «miserablemente antisocial», pues nada tiene que ver con la cooperación social que surge en las sociedades libres. Por ello, debe ser «combatida por otra política que prime el crecimiento y la creación de empleo», como aseguró en su entrevista Juan Fernando López Aguilar. Esa política no es otra que la de pinchar la burbuja pública reduciendo el gasto e incrementar la libertad de los canarios, bajando los impuestos y liberalizando los mercados para así reactivar nuestra maltrecha economía y crear empleo.

La enésima anunciación: el lobo que no llega

La semana pasada se ha dado una circunstancia novedosa en mi entorno económico. De entre todos los economistas que leo, a los que sigo, de los que aprendo, se han configurado "alianzas" inesperadas. José Carlos Díez y Juan Ramón Rallo, polos opuestos habitualmente, se han unido en su interpretación de los datos de nuestra economía y Daniel Lacalle se ha quedado solo con su pequeña esperanza.

No es lo mismo "de ninguna manera" que "tal vez"

Comentando en las redes sociales ambas perspectivas, Juan Carlos Urbano, siguiendo a Juan Ramón Rallo, apuntaba que, realmente, no hemos salido de la zona de riesgo porque no sabemos cuál va a ser el modelo económico de aquí a veinte años y que estamos lejos de completar las reformas necesarias para que aflore esa vía espontáneamente.

Es cierto. No solamente no hemos terminado, es que no hemos empezado algunas de las reformas necesarias, otras están, simplemente indicadas, como las operaciones matemáticas, otras a medio hacer y otras que no se llevarán a cabo del todo jamás. Todo eso es verdad.

Pero lo que leo entre líneas a alguien tan poco sospechoso de triunfalismo como Lacalle es que ya no estamos en la terrible zona de "de ninguna manera" salimos de ésta, sino que nos encontramos en un "tal vez" salgamos. Y, para mí, y para muchos españoles esa diferencia es importante.

Entiendo y comparto el miedo de Juan Ramón Rallo, amigo, vecino de columna en este periódico y director del Instituto Juan de Mariana. Es un miedo que muchos economistas tenemos… ¡incluido José Carlos Díez, aunque no siempre! Nos aterra el triunfalismo autocomplaciente, o broteverdismo, como ha bautizado Juan Ramón a ese mal.

La razón es que engancha y te traslada al peor de los escenarios, el mismo de siempre, el descuido del déficit y la negativa a persistir con unas reformas que más que necesarias son vitales.

Nadie, ni un planificador estatal, es capaz de saber por dónde va a caminar nuestra economía en veinte años. Sólo podemos poner los medios para que aflore la diversidad y los mercados se encarguen de filtrar qué sector es rentable. Claro que, seamos sensatos, eso es pedir peras al olmo. Para empezar, porque la realidad es que las empresas privilegiadas van a seguir "convenciendo" a los gobiernos para que sigan drenando recursos públicos y dirigiéndolos hacia los sectores que convengan. Y lo harán con la bendición de los ciudadanos, que apoyarán los 15-M en la Puerta del Sol de Madrid y seguirán votando privilegios.

El daño de la palabra manida

Lo cierto es que los dos gobiernos que han manejado la máquina estatal desde que empezó la crisis, el de Zapatero y el de Rajoy, han proclamado, siempre a bombo y platillo, diversas recuperaciones, salidas de la crisis, brotes verdes, fenómenos astronómicos, segundas y terceras venidas de Cristo y todo tipo de anunciaciones al más puro estilo "que viene el lobo" pero a la inversa.

El problema de esas salidas del túnel que nunca llegan y que son anunciadas periódicamente, por razones que tendrán su lógica pero no veo, es que la gente acaba invadida por el virus de la incredulidad, antesala de la apatía. Y eso sí que es más difícil de quitar que una mancha de tinta. A un pueblo azotado por la tasa más alta de paro de toda Europa desde hace años, con una destrucción empresarial sufrida desde que empezó la crisis enorme, y sin mucha esperanza, no puedes decirle "relájate que esto no duele" y endiñarle una subida de impuestos, o "ya se ha acabado lo empinado, de aquí en adelante ya todo cuesta abajo" si no es verdad. Eso es jugar con la gente. Y hacerlo veinte veces, además, es pensar que es tonta.

Los datos buenos a veces son insuficientes

Que el dato del paro no era malo, es así. Luego podemos ver exactamente la medida, la composición de la población activa, comparar con datos anteriores, y comprobar que no es para tirar cohetes. Pero no es un mal dato.

Que las exportaciones tiran, también es así. Que, a continuación, podemos analizar si se trata de exportaciones a nuevos clientes y nuestros demandantes natos están "enfermos" o estudiar la sostenibilidad de las mismas. Bien. Pero tampoco es un mal dato.

Que el informe de Standard & Poor’s es esperanzador, lo es. Que puede cuestionarse sus intenciones, y si los inversores deben o no hacer caso, o de hecho, van o no a hacer caso. De acuerdo. Pero el informe es positivo.

Y a partir de aquí, pensemos ¿dónde poso mi mirada? A veinte años, todo es irrelevante. A tres años, como me decía Juan Ramón Rallo, no hemos eliminado el riesgo de otro batacazo. Hay una enorme incertidumbre aún, pero ¿podemos asegurar lo contrario? pues tampoco, no podemos decir que no nos vamos a recuperar.

¿Qué significan los datos buenos? Que algo pequeñito se ha hecho bien. Y eso no implica que ya no hay que hacer nada más, ni descuidar el déficit, ni oculta otros datos que no son buenos. Pero reconozcamos al menos eso. Sin cohetes, pero mantengámonos pendientes. No nos vaya a pillar dormidos la esperanza.

Motivos para preocuparse

Anda el Gobierno como loco con los datos de la última EPA, la correspondiente al mes de junio. No hay miembro del gabinete rajoyano que no lo recuerde con un sonrisón de oreja a oreja sin importar si se lo han preguntado o no. Tiene cierta lógica. Después de 18 meses fabricando parados al por mayor parece que se ha llegado a un descansillo en la escalera que nos conduce al inevitable colapso por sobretrinque, desvergüenza, funcionaritis y asfixia fiscal. El hecho es que los datos no son malos del todo, mentiría si dijera lo contrario, ahora bien, de ahí a establecer una tendencia media trecho tal que sólo los linces como Julito Sánchez recorren de una zancada.

Entonces, ¿por qué habríamos de tener motivos para preocuparnos? Básicamente porque la EPA del mes pasado –y, probablemente, la del mes que viene– no es más que un espejismo en mitad del Sáhara zapaterino y montoresco que atravesamos desde hace un lustro. Lo diré brevemente: el empleo crece porque estamos en verano y la temporada turística de este año está siendo extraordinariamente benigna en la costa mediterránea y en los dos archipiélagos. Para eso, claro, no nos hace falta la EPA ni la machaconería de Moncloa en vender lo invendible, para eso bastaba con consultar la tasa de ocupación hotelera en la Costa Brava, la del Sol, Baleares y Canarias. En todos los casos se encuentran por encima del 80% y, en ciertos destinos, encontrar una habitación es misión imposible. Bien por los hoteleros, mal por Hacienda que va a entrar a saco en sus merecidos beneficios en cuanto acabe el verano.

Esas camas con inquilino aparte de cobrarlas, las atendemos, les vendemos cervezas, bronceadores y un sinfín de servicios en los que, saquemos un poco de pecho, somos especialistas los españoles desde hace medio siglo. La ocupación hotelera y el empleo van tan unidos como el rayo y el trueno, primero llega una y después el otro. Pero, claro, la temporada turística no dura todo el año, está circunscrita a los meses de verano. Después ya se verá. Lo que veremos será más desempleo, más caras largas y excusas por doquier. A ver si hay suerte y con el mal tiempo y los malos humores llega también el cese del camarada Montoro. Lo siento por Julito pero el Partido, siempre próvido, ya le encontrará un bien remunerado acomodo.

Usted, venerado lector, se preguntará en qué me baso para afirmar que lo de la EPA es pura estacionalidad. Pues en los mismos datos que Báñez agita como un abanico cordobés para sacudirse la caló veraniega. En términos desestacionalizados el número de personas ocupadas no sólo no ha aumentado, sino que ha caído un 0,29%. Los contratos que se han firmado en el último trimestre son en su gran mayoría temporales y la contratación se ha efectuado en las zonas turísticas de Baleares y Andalucía. El resto de regiones se mantienen como antes. En fin, verde y con asas.

Pero no se me vayan que aún hay más. La población activa se ha reducido de un modo apreciable. Hay 76.000 españoles que ya ni buscan empleo y estos, obviamente, no se computan como parados. Si sumamos los que en los últimos doce meses se han olvidado de encontrar un trabajo tendríamos 350.000 personas puestas en fila una detrás de la otra. Comparemos con otros años. En 2011, último año del zapaterato, la población activa creció en el periodo estival, no mucho, unas 20.000 personas. Nada raro por lo demás, las expectativas turísticas invitan a ello y esto sucede todos los años. Todos menos los dos de la rajoyía, que ya hay que tener mala pata. Con una población activa decreciente lo normal es que descienda el número de parados. Es como si en una ciudad llena de hambrientos unos cuantos deciden dejarse morir por inanición. Como las existencias de comida seguirían siendo las mismas tocarían a más por cabeza en el momento del reparto. El Gobierno se ha cuidado muy mucho de que esto pasase desapercibido en los medios de comunicación. La corte de los milagros abecedea y razonita están a lo suyo mientras en Internet, siempre redentor, se encuentra uno las verdades del barquero, que son las opuestas a las verdades del Julito. Lo de meter un palo a los blogs, a los blogueros y a los “piratas” informáticos que se fuman un canuto con los derechos de autor va de esto.

Hay otro motivo de preocupación que, este sí, ha pasado desapercibido para todo el mundo excepción hecha de Juan Ramón Rallo, cofrade del que suscribe y antagonista principal de esta tragicomedia socialistoide y barcení que padecemos a mayor gloria de Soraya y su banda de abogados del Estado. Resulta que a la chita callando, cuando nadie miraba, el Leviatán se ha puesto a contratar gente. En varias comunidades autónomas el empleo público, ese que produce poco o nada pero que pagamos a la fuerza los que si producimos algo, ha crecido. En Castilla-La Mancha, una comunidad semiquebrada han hecho crecer la nómina de la covacha un 6,2%, en Extremadura un 3,3% y en Murcia un 1,6%. Ya saben que cada puesto creado en el sector público tiene un coste directo en el sector privado, así que hagan cálculos. Luego vendrán los de siempre con el cuento ese de que el PP es enemigo de “lo público”. Me permito corregirles, el PP es “lo público”, su mejor aliado, el que está permitiendo que el funcioneta pitillero hipersindicado con sus privilegios a cuestas ni se entere de que hay crisis. Arriola debería ir tomando nota para, en las próximas elecciones, montar el cierre de campaña en Marinaleda y no en el Palacio de los Deportes de Madrid.

Pero lo peor de esta EPA y de la que viene no es su falsedad intrínseca ni la satisfacción manifiesta de los mangantes que ahora la apadrinan, sino el hecho de que está sirviendo como coartada para no cambiar nada. Al registrador de Pontevedra con plaza en Santa Pola era todo lo que le faltaba para hacer lo que siempre deseó hacer: nada.

¿Por qué no fluye el crédito?

¿Por qué se les ha cerrado el grifo a las familias y empresas privadas españolas? ¿Por qué no se les reconoce y se reactiva el crédito? ¿Por qué el crédito no fluye donde más se necesita? Estas son algunas de las preguntas que la sociedad se pregunta desde hace un cierto tiempo con la esperanza de que familias y empresas tengan acceso a financiación. Sin embargo, creo que no se acaban de comprender las razones por las cuales esto no ocurre.

Los tres principales motivos son los siguientes:

1) El Estado acapara el crédito del sistema. El Estado se ha convertido en el mayor prestatario de la sociedad, acaparando el crédito disponible y expulsando de esta manera al sector privado. Un efecto crowding out en toda regla que surge como consecuencia de la imposibilidad del gobierno de cuadrar sus cuentas y caer sistemáticamente en déficit. Lleva 5-6 años de pérdidas constantes y las intenta suplir emitiendo deuda y endeudándose, entre otros, con los bancos. Si las cuentas públicas estuviesen saneadas no competirían con el sector privado por el crédito.

En pocas palabras, el Estado absorbe prácticamente toda la capacidad crediticia del sistema. Por ejemplo, si un banco tiene la opción de financiarse al 1% en la ventana de liquidez del BCE y obtener un 5% comprando deuda soberana del Estado (carry trade), ¿por qué va a prestar a una pyme, con el riesgo que eso supone?

Desde hace unos 5 años la demanda de crédito del Estado ha aumentado exponencialmente. A partir 2009 el crédito concedido a las administraciones públicas ha crecido más de 60%. Sin embargo, las entidades financieras deniegan hasta un 70% de solicitudes de préstamos de empresas. Los préstamos a familias han descendido casi un 12% desde noviembre de 2008 y los préstamos a empresas han sufrido un retroceso del 17% desde abril del 2009.

2) Debe aumentar la solvencia de los demandantes. Veamos. El crédito fluye no por el deseo irrefrenable de la sociedad y de los demandantes del mismo, sino de la solvencia de éstos últimos y la capacidad del prestador. Como hemos señalado, los bancos deniegan hasta un 70% de solicitudes de préstamos a empresas.

El crédito no es un derecho. Lo sentimos. Para que los bancos le reconozcan los créditos al sector privado, éste tendrá que amortizar sus deudas y desapalancarse. ¿Cómo podemos pretender que se otorgue crédito a un prestatario que no paga (o no ha pagado todavía) sus créditos pasados?

En efecto, si se otorgase crédito a un demandante que en realidad no es solvente conseguiríamos el efecto contrario que pretendemos: transferir recursos a unos modelos de negocio que destruyen valor y que, por tanto, acabarán liquidándose aumentando la iliquidez y la insolvencia del todo el sistema.

Lo importante para los bancos no es tanto la cantidad a prestar, sino la capacidad del futuro prestatario de repagar el crédito. Crédito hay, pero para los agentes que demuestren objetivamente que pueden hacer frente a esta carga financiera en el futuro sin problemas. Por eso el crédito fluye hacia el Estado, porque se presume que es el agente con más posibilidades de devolver los préstamos. De momento…

Es indispensable que exista crecimiento empresarial, es decir, que comiencen a diseñarse planes de negocios viables, sostenibles y rentables. El Estado debería ayudar este proceso dejando de comerse el ahorro del sector privado, bajando impuestos y bajando el gasto público.

3) Las ayudas a la banca no llegarán al sector privado. A no ser que la solvencia del deudor sea excelente, las entidades financieras tienden a no soltar los fondos recibidos. La banca tiene necesidad de reestructurarse financieramente, recapitalizarse y asegurar su liquidez.

Además hay que recordar que Basilea III ha aumentado los requisitos de core capital desde un 2% a un 7% (core capital más buffers de conservación de capital y contracíclico). Lo que ha provocado que se disminuyan los activos ponderados de riesgo para alcanzarlo. Por tanto, se trata de reducir las actividades que consumen más capital (préstamos a pymes tienen una ponderación del 100%) y sustituirlas por actividades menos costosas en términos de ROE (invertir en el bund alemán no consume capital). Esta es una de las razones por la que los rescates no han logrado (ni lograrán) que el crédito fluya a raudales hacia el sector privado.

La historia del frutero maravilloso

Eduardo se dedicaba a vender fruta. Como todos los fruteros, tenía su local, sus mostradores, su ordenador y algunas personas para cobrar a los clientes. Todo ello le parecía necesario para vender su género, aunque era consciente de que le suponía muchos costes, seguramente más que la propia fruta que era lo que a sus clientes le interesaba.

Así que un buen día se le ocurrió una brillante idea. En vez de mantener toda esa costosa estructura para vender la fruta, colocaría las cajas de fruta en la calle y pondría un cestillo para el dinero: la gente cogería la cantidad de fruta que quisiera comprar y depositaría el dinero del pago en la cestilla. Ello le permitiría bajar mucho el precio de la fruta, muy por debajo de sus competidores que seguirían utilizando toda la estructura convencional, y al mismo tiempo incrementar sus beneficios. Y, evidentemente, si alguien cogía la fruta sin pagarla, si alguien le robaba, para eso estaba la policía.

Los primeros días la cosa fue bien. Mucha gente pasaba al lado de las cajas y veía los precios tan bajos y no dudaba en adquirir la fruta así dispuesta. Alguno dejaba sin pagar algún centimillo, pero en general la gente respondía. Eduardo ganaba mucho dinero, y los demás fruteros tuvieron que dedicarse a otras cosas. En los planes de Eduardo entraba extrapolar este modelo de negocio a cualquier tipo de mercadería.

Sin embargo, algún viandante se dio cuenta de que, si cogía la fruta y no pagaba, nada ocurría. Aun siendo bajos los precios, más barato salía no pagar.

Cuando Eduardo descubrió la situación, hizo su denuncia a la policía, y les conminó a que vigilaran sus cajas de fruta para evitar que los robos se reprodujeran. Pese a la buena voluntad mostrada por los agentes del orden, era imposible mantener la vigilancia de las cajas todo el día, puesto que había otros delitos que prevenir e investigar, y el número de efectivos era limitado. Así que tanto la policía como Eduardo se dieron cuenta de que así sería difícil mantener a flote el negocio.

Entonces Eduardo, a fuerza de cavilar, se dio cuenta de que los ladrones de fruta seguramente colocaban el resultado de sus latrocinios en recipientes específicos, los fruteros. Así que, en vez de perseguir a los ladrones, lo que haría es asumir que cualquier persona que poseyera un frutero era un potencial ladrón, y por tanto debía pagar una tasa asociada al frutero, por lo que pudiera robar. Esto no le pareció mal al jefe de la policía, que así ahorraba sus efectivos para otras lides.

A la gente del barrio esto no le pareció bien: seguían encantados con el precio bajo de la fruta con el nuevo sistema de negocio, pero no les parecía razonable tener que pagar más por un recipiente para su cocina. Con lo que Eduardo vio que tampoco con el canon sobre fruteros podría ganar suficiente dinero. Y era lógico, porque la gente podía también almacenar y robar fruta utilizando otros dispositivos de propósito general, como bolsas, cajas, maletas… Podía haber gente a la que se le ocurriera llevarse la fruta licuada, por lo que sería necesario extender el canon a botellas, vasos, y también a las máquinas que permiten la licuación.

A ello se opusieron todos los comerciantes del barrio, que veían peligrar sus ventas de todo tipo de dispositivos de almacenaje y cosas similares, que Eduardo interpretara que se pudieran usar para consumir o transportar la fruta que colocaba por las mañanas en las cajas de la acera.

Eduardo terminó millonario gracias al cobro de sus cánones compensatorios por los robos de su fruta, y poco a poco se dio cuenta de que estos ingresos se mantendrían incluso si ya no traía fruta al barrio. En consecuencia, los vecinos también se quedaron sin la fruta barata que Eduardo al principio les había proporcionado.

En la actualidad, el jefe de policía se está planteando que Eduardo cobre de los impuestos pagados por los vecinos del barrio, en vez de tanto canon que tiene de uñas a vecinos y comerciantes.

Moraleja: Un modelo de negocio solo puede ser viable en el libre mercado si permite recuperar, junto con los restantes, los costes de protección y cumplimiento contractual. De la misma forma que Kirzner[1] nos enseña que no tiene sentido la distinción entre coste de producción y coste de distribución que tanto atrae al economista neoclásico, tampoco se puede permitir la separación de los costes de protección de los restantes costes del producto. Si se permite al productor que "socialice" los costes de protección, como si se le dan subvenciones a la producción, el productor termina forrado y el consumidor sin bienes.

La mayor parte de los productores, y entre ellos los fruteros, saben positivamente que el modelo de negocio planteado en esta historia es inviable, al menos en España y en la actualidad. Y que la única forma de sostenerlo sería conseguir una atención especial de la policía (que, no se olvide, pagamos entre todos) o mediante ingresos de otra procedencia; en suma, con el soporte del Estado.

Dejo al ingenio del lector descubrir qué productores están empeñados en la viabilidad del fantástico modelo aquí descrito. Seguro que alguna pista encuentran en el texto de la historia.



[1] Kirzner I.M. (1973). Competition and Entrepreneurship. Chicago, IL: Chicago University Press.

Menos proselitismo y más pedagogía

“Menos proselitismo y más pedagogía” es lo que escribió mi padre en el apartado del boletín de notas de secundaria reservado a las observaciones de los padres de alumnos. El comentario iba dirigido al profesor de catalán, que tenía por costumbre hacer exámenes con preguntas de claro contenido ideológico. Antes, por supuesto, se había encargado de falsear la historia a su conveniencia, así que había que hacer el examen mintiendo y tapándose la nariz o suspender. Yo prefería suspender. Habría preferido que, para calificar nuestras aptitudes lingüísticas, nos hubieran hecho un dictado extraído de alguna obra de Pere Calders o Mercè Rodoreda, por ejemplo; o que nos hubieran pedido una redacción sobre nuestro libro preferido, sobre lo que habíamos hecho el verano anterior o sobre cualquier otra cuestión libre del sesgo ideológico. Pero no teníamos esa opción. 

Curiosamente, cuando llegué a Barcelona resultó que mis profesores de bachillerato valoraban enormemente que escribiera usando la variante balear. Me permitían usar las expresiones y el léxico propio del menorquín, algo que siempre entendieron como una riqueza cultural. Se sorprendieron al saber que en esta isla tan pequeña existen dos sistemas vocálicos, que cada pueblo tiene su léxico específico y que en Mallorca y en Ibiza se habla de otras formas. Jamás en Cataluña me dieron una tarea o una pregunta de examen con contenido ideológico, y no dudo que mis profesores tenían sus propias ideas sobre el nacionalismo catalán y sobre el nacionalismo español. Nunca supe cuáles eran esas ideas porque esa gente se dedicaba a hacer pedagogía. No sé si a día de hoy las cosas han cambiado en la Ciudad Condal, aunque intuyo que sí. Lo que sé es que por otros lares una buena parte del cuerpo docente es más papista que el papa. Son los mismos que piden pactos por la educación cuando no gobiernan los suyos pero que imponen su limitada cosmovisión cuando tienen el poder. Los mismos que aplauden la destitución de un cargo puesto a dedo por una expresión inadecuada en las redes sociales pero que aplauden igualmente que en cierto canal de televisión se dispare contra el Rey de España o se pida la muerte de quienes no comulgan con sus ideas. Los mismos que tergiversan la historia llegando a creerla, los que han conseguido que los abuelos menorquines y que los payeses menorquines pasen por ignorantes a ojos de los niños por no hablar como los manuales dicen que hay que hablar. 

Las Islas Baleares son las nuevas colonias, pero no por méritos propios de una Cataluña imperialista sino por la traición de quienes supuestamente habían de defender otras ideas. Esa aberración llamada “normalización lingüística” se la debemos al Partido Popular de Gabriel Cañellas y a la pasmosa pasividad de quienes les han seguido votando. Porque nada hace tanto daño a una cultura y a una lengua como la combinación explosiva de la cobardía de quienes imponen a golpe de decreto y la vileza de quienes se erigen en únicos y legítimos defensores de una noble causa por la que cincelan los tiernos cerebros de nuestros niños.

La izquierda balear, catalanista por definición, pelea en las redes sociales con los populares, supuestamente españolistas pero ignorantes de que la catalanización de las islas la oficializó su propio partido. Unos y otros evidencian su bajeza moral al caer en la descalificación personal y el insulto gratuito. Los datos y los argumentos brillan por su ausencia. En las aulas, mientras tanto, se sigue sustituyendo a la pedagogía por el proselitismo.

Juan de Mariana en la Academia de Doctores

El pasado día 26 de junio Victoriano Martín ingresó en la Real Academia de Doctores de España con el discurso "Filosofía política y teoría monetaria en la Europa medieval y su reflejo en Juan de Mariana". El profesor Martín, catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Rey Juan Carlos, es un buen conocedor de los maestros de Salamanca (recordemos por ejemplo su Lección Inaugural en la misma Universidad sobre "Las ideas liberales y la escolástica española del XVI") y ha dirigido varias tesis doctorales sobre esta materia.

En el solemne Acto de Toma de Posesión, quiso relacionar la crisis económica de nuestros días (en lo que tiene que ver con el dinero y el crédito) con viejas teorías monetarias que a su juicio parecen haber sido olvidadas, pero que sin embargo muestran una muy consistente actualidad en cuanto a su validez. En concreto, ofreció una síntesis de la teoría monetaria medieval, llevada a su plenitud por el jesuita español Juan de Mariana, en comparación analógica con las explicaciones sobre el fracaso de las políticas de dinero fácil que han venido practicando los bancos centrales de Estados Unidos, Europa y Japón.

Aquellos autores medievales ya avisaron del peligro del envilecimiento del dinero (pérdida de su poder adquisitivo) ocasionado, entonces, por ciertos procedimientos heterodoxos de reacuñación; lo que, transferido a la actualidad, ocurre cuando se permite que los aumentos en la cantidad de dinero financien los gastos (enormes) del Estado. Frente a aquellas prácticas, Mariana protestaría contra lo que consideraba un impuesto inflacionista: ilegal en cuanto que no contaba con la aprobación de los ciudadanos y torpe en cuanto que no respetaba los principios de una teoría monetaria ya muy bien asentada en su época, sobre la conveniencia de mantener estable el valor del dinero mediante el pleno contenido metálico de las monedas, esto es, la igualdad entre el valor facial y su valor intrínseco. De la inflación injusta hablaré en seguida; ahora les quería citar un texto del jesuita respecto a lo segundo:

Dos valores tiene la moneda, el uno intrínseco natural, que será según la calidad del metal y según el peso que tiene, a que se llegará el cuño, que todavía vale alguna cosa el trabajo que se pone en forjarla; el segundo valor se puede llamar legal y extrínseco, que es el que el príncipe le pone por su ley, que puede tasar el de la moneda como el de las demás mercadurías. El verdadero uso de la moneda, y lo que en las repúblicas bien ordenadas se ha siempre pretendido y practicado, es que estos valores vayan ajustados.

Pero regresemos a esa inflación injusta, que eso era para Mariana la manipulación monetaria: un impuesto ilegítimo que, al no ser aprobado por los ciudadanos, convierte al príncipe en tirano. En su Tratado sobre la moneda de vellón afirma tajantemente: "El rey no puede bajar la moneda de peso o de ley sin la voluntad del pueblo". Insiste en que el príncipe no es dueño de los bienes de los particulares, por lo que no podrá:

(…) tomar parte de sus haciendas, como se hace todas las veces que se baja la moneda, pues les dan por más lo que vale menos; y si el príncipe no puede echar tributos contra la voluntad de sus vasallos ni hacer estanques de las mercaderías, tampoco podrá hacerlo por este camino, porque todo es uno y todo es quitar a los del pueblo sus bienes, por más que se les disfrace con dar más valor legal al metal de lo que vale en sí mismo.

El profesor Martín terminaba su discurso lamentándose de la escasa aceptación que tuvieron estas doctrinas escolásticas, seguramente demasiado avanzadas para su tiempo (recordemos que Juan de Mariana estuvo preso por la Inquisición en el convento de San Francisco de Madrid). En su opinión, el padre Mariana constituye, junto con Vázquez de Menchaca, uno de los ejemplos claros en los que aparece la defensa de los derechos individuales como fundamento de los límites del poder político. Sostuvieron que la soberanía reside en el pueblo, y sirve para garantizar su felicidad. De ahí que se mostraran tan celosos de que el soberano cumpla con la misión que se le encomienda, porque, dice Mariana:

Todos los hechos del príncipe deben encaminarse a alimentar la benevolencia de los súbditos y a procurar a estos mismos la mayor felicidad posible. El deber del que gobierna ciudadanos… es velar por la defensa y la utilidad de quienes están bajo su amparo. Éstas son pues las virtudes del rey y éste el camino que le puede conducir a la inmortalidad.

Una reflexión que deberían considerar muchos gobernantes de nuestro tiempo. Como indica Victoriano Martín, trayendo a colación de nuevo la coyuntura actual:

Conviene resaltar aquí una vez más cómo estos autores derivan su teoría monetaria de la filosofía política que profesaban; una filosofía de la que por desgracia carecen los dirigentes políticos actuales, y cuyos ingredientes fundamentales son la teoría del consentimiento y la teoría de los derechos subjetivos, considerando uno de los principales el derecho de propiedad.

Enhorabuena al nuevo académico y otro motivo para felicitarnos por el patrono de nuestro Instituto.

PS: Respondió a su discurso de ingreso el también catedrático de la URJC y académico, profesor Fernando Becker Zuazua. La Real Academia de Doctores fue fundada en 1922 por iniciativa del rey Alfonso XIII y del rector de la entonces Universidad Central, D. José Carracido. Sus fines son la promoción del cuerpo doctoral español, la cooperación interdisciplinar y con otras academias, el asesoramiento sobre cuestiones humanísticas, de ciencia o tecnología y el fomento de la cultura. Tiene su sede en el antiguo Paraninfo de la Universidad Complutense en la calle San Bernardo de Madrid.

El islam como problema

A comienzos de junio Tony Blair publicó un artículo a propósito del asesinato del soldado británico Lee Rigby en una calle del sur de Londres que causó gran revuelo. Su título era Un problema dentro del islam y en sus párrafos más destacados decía lo siguiente:

No hay un problema con el islam… Pero hay un problema dentro del islam –de parte de los adherentes a una ideología que es una rama dentro del islam–. Y esto tenemos que ponerlo sobre la mesa y ser honestos acerca de ello. Por supuesto que hay cristianos extremistas y también judíos, budistas e hinduistas que lo son, pero me temo que esta rama dentro del islam no sólo abarca a unos pocos extremistas. En su núcleo existe una concepción de la religión y de la relación entre religión y política, que no es compatible con las sociedades pluralistas, liberales y tolerantes.

Para muchos fue una declaración escandalosa, lo que simplemente indica el grado de incapacidad de hablar con franqueza a que se ha llegado en lo referente al islam. Al poco tiempo vino la crisis egipcia, confirmando una vez más que el islamismo, es decir, lo que Blair considera la rama problemática del islam, "no sólo abarca a unos pocos extremistas". Sin embargo, si bien para muchos la constatación de Blair parece osada la verdad es que elude lo más importante y problemático, a saber, que aquella "concepción de la religión y de la relación entre religión y política, que no es compatible con las sociedades pluralistas, liberales y tolerantes" es, en realidad, la esencia misma del credo instaurado por Mahoma.

Cabe recordar que la idea distintiva del islam es que su libro sagrado, el Corán, es la palabra eterna, exacta e inmutable de Dios que Mahoma, con la mediación del arcángel Gabriel, sólo se limitó a recitar (Corán, Qu’rān, significa "la recitación" y la ortodoxia plantea que el texto, ya en árabe clásico, existió en Dios desde siempre). Esto crea un obstáculo mayor para cualquier intento de interpretación alegórica, matización o reforma del mensaje coránico. Pero lo decisivo es que este mensaje inmutable, complementado por los hadices o hechos y dichos del Profeta, no se refiere exclusivamente a cuestiones espirituales o supraterrenales, sino que aspira a regir directamente el conjunto de la vida social y espiritual. Ésta es la raigambre "totalizante" del islam, ya que excluye la existencia de un orden secular separado o no regido por la religión. Pero aquí también radica su matriz predemocrática, ya que no reconoce la soberanía legislativa del pueblo sino sólo la divina. Por ello, cuando los Hermanos Musulmanes dicen "El Corán es nuestra Constitución", están, de hecho, diciendo una obviedad para todo musulmán que siga tomando en serio los pilares mismos de su fe.

Si hacemos una comparación con el cristianismo y su evolución hacia una aceptación de la modernidad secularizada vemos dos notables diferencias que harán una evolución semejante mucho más difícil en el caso del islam. Por una parte, el cristianismo no es fundacionalmente totalizante (si bien tendería a serlo al ser adoptado como religión de Estado) y por ello no se articula originalmente como una religión que pretenda regir los asuntos de este mundo. "Dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios" y "Mi Reino no es de este Mundo" son dos magníficas síntesis bíblicas de esta distancia respecto del orden social y político terrenal. Por otra parte, a diferencia de Mahoma, Cristo no fue ni pretendió ser un jefe político-militar ni tampoco el creador de un orden social determinado. En suma, mientras que el cristianismo nació para resistir al mundo o incluso apartarse de él, el islam nació para conquistarlo y gobernarlo, para ampliar contantemente la "Casa del Islam" (Dār al-Islām) hasta absorber completamente ese mundo exterior llamado la "Casa de la Guerra" (Dār al-Harb).

Así y todo, el camino del cristianismo hacia una aceptación plena de una sociedad abierta no fue fácil. Su retirada hacia la esfera privada y la pérdida de su monopolio ideológico fue un proceso largo y desgarrador. También lo fue aceptar la crítica de sus textos sagrados, la autonomía de la ciencia y, sobre todo, la libertad del individuo para elegir sus formas de vida y, finalmente, creer o no creer. Nada semejante ha ocurrido dentro del islam y por ello su enfrentamiento con la modernidad –que no surge como en el mundo cristiano de una evolución interior sino que irrumpe como una fuerza exterior– ha sido tan difícil y traumático, provocando finalmente una fuerte reacción defensiva que propone la reislamización plena de la sociedad y la vuelta a la pureza de los orígenes, encarnada por esa utopía arcaica que es la umma o comunidad de los creyentes instaurada por Mahoma.

Este es el sentido estrictamente reaccionario del fundamentalismo islámico, pero lo que hay que entender es que el mismo no se deriva de una interpretación atávica o delirante del mensaje original de Mahoma, sino que fluye de la esencia misma de ese mensaje. En ello reside la dificultad que hay que saber reconocer y enfrentar, no para satanizar al islam sino para entender a cabalidad tanto su encrucijada actual como la fuerza del islamismo en sus diversas variantes.

El futuro dirá si el islam va a seguir siendo una "religión del recuerdo", es decir, de la fidelidad a la tradición (sunna) y al pasado, o si será capaz de evolucionar hacia una religión del futuro. Los que deseamos que prevalezca esta última alternativa debemos empezar por reconocer que existe un problema no sólo dentro del islam sino con el islam.

Sacrificios de animales

El pasado 12 de julio el parlamento polaco rechazaba un proyecto de ley remitido por el gobierno del primer ministro Donald Tusk para permitir el sacrificio de animales para consumo humano sin aturdimiento, por motivos religiosos y siempre que se realice en un matadero, acogiéndose a la excepción prevista en el Reglamento (CE) 1099/2009 del Consejo (Art. 4.4) que entró en vigor en enero de 2013. La propuesta resultó derrotada debido a que algunos diputados de la coalición que sostiene al gobierno, entre los cuales se encontraban 28 miembros de su Plataforma Ciudadana (Plataforma Obywatelska, PO), votaron en contra. El gabinete polaco pretendía mediante la aprobación de una norma con rango de ley salvar la anulación de una órden del Ministro de Agricultura de 2004 que amparó ese sacrificio ritual hasta que la sentencia del Tribunal Constitucional de 27 de noviembre de 2012 declaró su inconstitucionalidad por regular una materia reservada a la ley.

Curiosamente, el país se había convertido durante ese intervalo en un gran proveedor para Israel y los países musulmanes (Turquía, principalmente) de pollo (10 por ciento de las exportaciones de ese producto) y carne de vacuno (un tercio de las mismas) procedente de animales sacrificados ritualmente.

Como se sabe, los complicados códigos alimenticios que siguen los musulmanes (Halal) y los judíos (Kashrut) resultan incompatibles con el aturdimiento previo del animal e imponen unos procedimientos específicos de sacrificio.

Las reacciones no se hicieron esperar. El ministro de Asuntos Exteriores israelí calificó el resultado de la votación como "inaceptable" y el mufti de Polonia como una "bofetada" para los musulmanes. Asimismo, las empresas cárnicas advirtieron que podrían perderse hasta 6000 puestos de trabajo si se mantiene la prohibición.

Por su parte, el gobierno intentó maniobrar en dos sentidos: por un lado, rebatiendo las acusaciones israelíes y de los líderes religiosos al calificarlas de inapropiadas, y, simultaneamente, anunciado que solicitaría un dictamen jurídico al Centro de Legislación del Gobierno para saber si las comunidades judía y musulmana pueden realizar sacrificios rituales para sus necesidades locales, al amparo de los acuerdos vigentes entre la República polaca y los representantes de la primera confesión religiosa.

Subyace en este incidente, inacabado en medio de la batalla política polaca, otro ejemplo del conflicto entre los defensores estáticos de los animales y la naturaleza – quiénes proporcionan abundantes justificaciones para la expansión del ordenancismo de nuestra época- y otras visiones o creencias sobre las relaciones entre el hombre y el medio ambiente. Desde posiciones que niegan la sustancial diferencia de los animales y los seres humanos para ser sujetos de derechos se viene presionando desde hace mucho tiempo para conferir a los primeros una suerte de "derechos". La inconsistencia de esas ideas no impide, empero, que posturas más tibias, que implícitamente reconocen la propiedad humana formal sobre los animales, hayan conseguido convertir en normas jurídicamente vinculantes, detallados procedimientos que imponen un tratamiento que se considera humanitario de los mismos. Desde su crianza, pasando por su estabulación y su transporte hasta su muerte; todas las fases de la vida de los animales domésticos son objeto de detallada regulación. Tampoco debe escapar al observador atento el hecho de que, como ocurre con toda regulación imperativa, los intereses proteccionistas y de los grandes productores europeos se hallan especialmente cómodos con estas disposiciones. Así, el artículo 12 del reglamento comentado exige el cumplimiento de sus requisitos u otros equivalentes a los exportadores de carnes de terceros países que que quieran acceder al mercado comunitario.

Sin embargo, el reglamento 1099/2009, sobre protección de los animales que van a sacrificarse para consumo humano –parecido a la Directiva del Consejo europeo 93/119 a la que sustituye- refleja las contradicciones y los compromisos con grupos de presión sobre los que se erige, de manera que descarrila en dobles raseros evidentes. Para empezar, en cuanto al distinto trato ante el sacrificio que se ofrece a las distintas especies animales: Los peces de piscifactoria pasan a ser los parias (¿de momento?) en el momento de la muerte para estas regulaciones comunitarias.

La tauromáquia, como manifestación cultural o deportiva, algunos experimentos científicos y la caza de animales salvajes deberían prohibirse si no fuera por que el artículo 1.2 excluyera estas prácticas de su ámbito de aplicación. Obviamente, abierta la posibilidad de regular en una norma jurídica los procedimientos de matanza de los animales, el establecimiento de excepciones constituye parte fundamental del "juego político".

Blandiendo la prohibición de matar a los animales sin aturdimiento previo, los políticos europeos eliminaron prácticamente, por ejemplo, las tradicionales "matanzas"del cerdo que las personas de tantos pueblos españoles organizaban. Al mismo tiempo forzaron el cierre de pequeños mataderos locales para favorecer la concentración de la actividad en grandes centros que asumieran los costes de las reglamentaciones. Otro tanto sucedía en Polonia antes de su adhesión a la UE, pero en la actualidad sus mayorías políticas parecen más interesadas en mantener las normas más estrictas al respecto, tal como permite el Reglamento comunitario (Art. 26). Desde la aprobación de la primera directiva sobre la materia se eliminó también la posibilidad de comercializar la carne de las reses matadas en espectáculos taurinos.

Nunca me deja de sorprender la obsesión de los políticos europeos por subvencionar productos agropecuarios o forestales para que se lucren unos cuantos a costa de los contribuyentes, mientras que, con la ayuda de ecologistas y animalistas, coartan y asfixían los medios de vida potenciales que tienen las personas que viven en los pueblos y en el campo.

En cambio, si bien se empeñaban en eliminar una muestra del multiculturalismo tradicional en sus países, se percataron de que la prohibición de los sacrificios rituales chocaba con la libertad religiosa proclamada en sus constituciones e incluso avizoraron los créditos electorales que podría generarles el patrocinio del sacrificio ritual de animales entre el creciente número de musulmanes que habitaban sus países y, en menor medida, de judíos. Así se contempló la excepción religiosa a la exigencia de aturdir al animal antes de su sacrificio, aunque, en el caso de Polonia, haya decaido de momento en favor de las tesis animalistas imperativas.