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Rajoy tendrá su ‘Sálvame’

Finalmente Rajoy ha aceptado comparecer en el Parlamento para explicar que no tiene nada que explicar, explicación que no va a convencer a los que llevan dos semanas pidiéndole explicaciones. En realidad da igual lo que el presidente del Gobierno tenga a bien deponer desde la tribuna del Congreso, porque la oposición ya ha decidido que es un gobernante corrupto y por tanto tiene que dimitir, que es la conclusión a la que llegan todos los partidos cuando los escándalos sacuden las filas de las otras formaciones. Los partidos políticos, organizaciones privadas que viven de corromper a los ciudadanos para que les entreguen su voto, no es extraño que acaben sumergidos en su propia podredumbre, lo que no evita que utilicen episodios particularmente notorios a efectos electorales.

No deja de tener su aquél que los socialistas pidan explicaciones sobre corrupción, siendo como son los mayores especialistas en la materia. ¿Acaso quieren aprender más todavía? Pues lamentablemente no hay nada que ningún otro partido pueda enseñarles sobre el trinque en sus más diversas e imaginativas formulaciones, porque después de tres décadas y media pocos senderos quedan en el terreno de la corrupción política que el PSOE no haya transitado, a menudo con trayectoria de ida y vuelta. Lo de los nacionalistas catalanes es distinto, porque ellos ni siquiera tienen que disimular gracias a una sociedad y unos medios de comunicación férreamente uncidos a sus delirios identitarios y al presupuesto de la Generalidad respectivamente. Lo de CiU es, en efecto, de otra galaxia, lo que no impide que sus dirigentes se hayan sumado a la exigencia de responsabilidades al partido del gobierno, poniendo en alquiler su apoyo a cambio de que les autoricen el referéndum para hacer como que se quieren separar de España. Izquierda Unida, por su parte, ya tiene bastante con explicar a sus votantes de Cuenca por qué sigue sosteniendo al frente de Andalucía al gobierno más trincón de Europa, a tenor de las cifras más modestas que se manejan en torno al escandalazo de los ERE.

El panorama parlamentario que se va a encontrar Rajoy no puede ser por tanto más sugestivo. La sesión en la que comparezca para defenderse de las sospechas de corrupción levantadas por su otrora hombre de confianza al frente de las finanzas del partido va a ser de antología. No hay delito atribuido al innombrable que no hayan cometido con insistencia los partidos cuyos diputados van a vapulearlo como un conciliábulo de porteras especialmente mal avenidas. Los asesores del presidente deberían ponerle el día antes un resumen de los mejores momentos de Sálvame de luxe o el discurso de José Isbert a sus convecinos de Villar del Río en la película Bienvenido Mr. Marshall. Como elementos de inspiración de cara a su comparecencia parlamentaria no van a encontrar nada más apropiado.

Libertad de información y el carcelero Obama

Barack Obama llegó a la Casa Blanca gozando de una inmensa popularidad tanto dentro como fuera de EEUU, puede que incluso mayor en el exterior que en el interior de su país. Y, aunque su imagen se haya deteriorado en parte (sobre todo en los propios Estados Unidos, no tanto en el resto del mundo), para muchos sigue personificando el ideal de gobernante. Pero, pese a lo efectivo de la propaganda en torno a su persona, la herencia que puede dejar el actual presidente de Estados Unidos puede ser nefasta en muchos aspectos. Uno de ellos es, sin duda alguna, el de la libertad de expresión.

Primero supimos que el Gobierno estadounidense había pinchado el teléfono de cien periodistas de la agencia Associated Press y que el FBI había estado accediendo al correo electrónico de James Rosen, de Fox News, al que se le acusa de "instigador, cómplice o cooperador necesario del delito" (la entrega de información confidencial por parte de su fuente, un empleado del Departamento de Estado). Ahora ha obtenido una mayor repercusión mediática un nuevo caso de persecución a quienes se dedican al periodismo. Obama sigue dando pasos para parecerse cada vez más a Nicolás Maduro y Rafael Correa.

Barrett Brown lleva más de diez meses detenido, tras haber sufrido dos registros de su domicilio y uno de la casa de su madre, por publicar y analizar información confidencial de la agencia privada Stratfor, contratista del Gobierno Federal. Brown no había penetrado en los sistemas informáticos de dicha compañía. Se limitó a trabajar en el denominado Project PM sobre los documentos que habían sido obtenidos por Jeremy Hammond, miembro del grupo Anonymous, y publicados por Wikileaks. El periodista, de 31 años, no obtuvo la información de forma ilegal ni pagó para que otros lo hicieran. El delito lo cometió, y de ello se ha declarado culpable, Hammond.

En los sistemas democráticos no hay delito alguno en publicar información confidencial que terceros han conseguido o filtrado sin tener autorización para ello. En caso contrario, podrían haber sido condenados todos los medios que informaron sobre los cables diplomáticos de Wikileaks o, por ejemplo, los periódicos que en España han informado sobre partes de procesos judiciales sometidos a secreto de sumario. Y nunca, afortunadamente, ha ocurrido.

El Gobierno de Obama no se atreve a intentar encarcelarle por el mero hecho de informar, algo que no sería aceptado por ningún juez por atentar de forma evidente contra la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU. Sin embargo, hay vías para tratar de que acabe en prisión.

Le mantuvieron detenido, sin cargos y sin tratamiento médico adecuado, durante más de dos semanas. Pasado ese periodo, el 3 de octubre de 2012 fue acusado de "amenazas" a uno de los agentes del FBI que habían registrado su domicilio, "conspiración" y "venganza" contra ese mismo funcionario. Algo más de dos meses después se le sumaban 12 cargos relativos al robo de la información de Stratfor (que, como ya señalamos, él no había realizado y cuyo autor había confesado). Finalmente, en enero de 2013 se presentaron dos nuevas acusaciones por "ocultamiento de pruebas".

En total son 17 cargos, que acaban de ser confirmados y por los que se le pide un total de 105 años de prisión, diez veces más que la condena máxima que se le podría imponer al autor del robo de los datos. Todo ello con un doble objetivo: callar definitivamente a un joven periodista que resultaba incómodo para Obama y, de paso, asustar a todos los profesionales de la información que pudieran tener acceso a información sensible para el Gobierno.

¿Cuál será el siguiente paso de Obama? ¿Comenzar a hablar de "democratización de los medios" para tratar de cerrar con distintas excusas radios, televisiones y periódicos críticos? Si el actual presidente de EEUU no tiene problema para intentar encarcelar a periodistas, al más puro estilo castrista, ¿por qué habría que tenerlo para seguir los pasos del difunto Hugo Chávez y Rafael Correa? En cualquier caso, el futuro de la libertad de expresión se presenta muy oscuro en Estados Unidos.

No, no van a pedir perdón

El mercado eléctrico en España tiene dos grandes problemas y luego, a modo de propina, un sinfín de problemillas. Todos, los grandes y los pequeños, son consecuencia directa del politiqueo. ¿Quiere saber cuáles son esos dos problemas? El primero es el déficit de tarifa. A las eléctricas les adeudamos cerca de 30.000 millones de euros, una deuda que más tarde o más temprano tendremos que saldar los consumidores o los contribuyentes. El segundo es el precio. La luz en España es cara, carísima en comparación con otros países “de nuestro entorno”, como gusta decir a la politicastrada patria.

A estas alturas generar y distribuir electricidad no tiene demasiados secretos. Las diferentes tecnologías tradicionales están maduras y son extremadamente eficientes, es decir, generan mucha electricidad a un precio unitario muy bajo. Atrás quedaron los tiempos en los que el kilovatio era valioso, difícil de producir y necesariamente caro. Aquí, sin embargo, tenemos la electricidad más costosa de Europa. Diríase que el nuestro es un país en desarrollo que está, poco a poco, dotándose de infraestructuras eléctricas. Pero no, en España hay un parque bestial de centrales de todo tipo. Tenemos nucleares, hidráulicas y térmicas de todos los sabores. El sistema, en definitiva, puede generar mucha más electricidad de la que el mercado demanda.

Entonces, ¿por qué es cara? Simple, porque, hace ya muchos años, los políticos de todos los partidos decidieron que los vatios en España eran de su propiedad. Iban a generarse conforme a un plan predeterminado, algo muy soviético, muy de esta gente. Así, dejó de ser el mercado y empezó a ser el Estado quien se arrogó la provisión de un bien que es casi tan necesario como el aire que respiramos. El político, y no el consumidor ni el accionista, han decidido qué tipo de centrales se instalaban, dónde lo hacían y de qué potencia. ¿Se imagina eso mismo en el mercado del automóvil? ¿Imagina tener que conducir un modelo de coche determinado porque el político de turno lo ha decidido después de haber pagado por él dos o tres veces su precio, y que ni con esas la fábrica de automóviles ganase dinero? Bien, pues eso es lo que sucede con la electricidad.

Digo todo esto a cuenta de la penúltima reforma eléctrica que acaba de presentar el Gobierno. Es una reforma previsible conociendo el paño monclovita. Sus errores los vamos a pagar todos. La intervención sistemática y enloquecida de esta banda en el mercado eléctrico correrá a nuestra cuenta, a la de nuestros hijos y, con un poco de mala suerte, a la de nuestros nietos. Menos mal que lo hicieron por el “bien común” que si llegan a hacerlo para fastidiarnos hoy estaríamos con apagones como en Cuba.

La reforma en cuestión ataca los dos problemas: el del déficit y el de la sobrecapacidad primada que afectan al sector. El primero lo va a cargar en el recibo. En los próximos años pagará más por lo mismo. Tendrá que apagar las luces, poner menos la lavadora y vigilar el aire acondicionado. Pero esa, siendo mala, no es la peor de sus consecuencias. Las empresas, muchas de ellas consumidoras intensivas de electricidad, también tendrán que hacer frente a capítulos de gasto eléctrico cada vez más gravosos. Muchas, las que más gastan, se deslocalizarán a otros países donde el vatio no sea prohibitivo. Otras, las que gastan menos o las que, simplemente, no puedan moverse, repercutirán el gasto extra en sus clientes. Los hoteles, por ejemplo, lo harán en el precio de la habitación, los bares en el de la bebida y los grandes almacenes en el de los artículos.

¿Ve cómo la política siempre tiene un coste letal para usted y, especialmente, para su bolsillo? Lo mejor de todo es que, hecha la faena, los mismos que la perpetraron no han pedido siquiera perdón. Porque si la luz es cara –y más que lo va a ser–, no es porque tengamos que importar el gas o el uranio. No, nada de eso. La luz es cara porque en España se genera mucha y mal. Esto, claro, no se lo contaron hace diez años cuando empezaron a llenar el país de molinos de viento y placas solares. Era el progreso, decían, y sí, era el progreso, el progreso de nuestro dinero hacia el bolsillo de los que, licencias y privilegios mediante, se metieron de cabeza en aquella burbuja tan moderna y molona que hasta los productos más insospechados se anunciaban con molinillos eólicos detrás.

¿Cabría otra reforma distinta a la que han hecho? Sí, obviamente. Cabría limitar el papel de los políticos en este sector a la pura y simple regulación básica. Del resto se encargaría el mercado, es decir, nosotros mismos tomando decisiones de consumo no una, sino muchas veces al día. Tal vez desaparecería buena parte del parque eólico y la totalidad del solar; tal vez las eléctricas volverían sus ojos sobre la energía nuclear y el carbón de importación; tal vez el gas natural nacional, el obtenido mediante la técnica de fracturación hidráulica, tendría su oportunidad, la misma que la tiranía medioambiental le está negando. Habría que suprimir de un plumazo todas las primas a cualquier fuente de generación y que el precio mayorista fuese el del pool, así, sin conservantes ni colorantes, como el bonito de Santoña. Sería duro durante unos meses, quizá un año, luego el mercado se estabilizaría y, de pronto, la electricidad empezaría a bajar. Sobre la electricidad imperarían las mismas fuerzas que sobre el mercado del pan. Y no lo olvide, hay mucha gente que no come pan, pero todos, absolutamente todos, consumimos electricidad. Eso, obviamente, no lo van a hacer. Y pedir perdón tampoco.

El inventor y el capataz

Los agarraron en el Canal de Panamá con las manos en los misiles. El castrismo no cambia. La complicidad de Cuba con Corea del Norte lo demuestra. Lo había advertido en La Habana el Jefe del Estado Mayor norcoreano, el general Kim Kyok Sik: "Visito a Cuba para encontrarme con los compañeros de la misma trinchera, que son los compañeros cubanos". Dios nos coja confesados.

Además, Raúl Castro está muy molesto. El país es un desastre. Lo dijo públicamente hace unos días. Los cubanos son ladrones y vulgares, especialmente los jóvenes, que sólo se dedican a perrear y al reguetón. Había prometido que todo el mundo se podría tomar un vaso de leche y no lo ha conseguido. Ni siquiera eso.

Hay menos huevos, menos carne, menos pollo. No hay manera de acabar con el racionamiento ni de ponerle fin al truco de las dos monedas. El Estado paga con la mala, la que no tiene valor, y vende en la buena, la que vale mucho. Raúl Castro sabe que perpetra una estafa de juzgado de guardia, pero se resiste a ponerle fin al delito.

Nada de esto es nuevo. Hace unos 25 años, Raúl Castro comenzó a darse cuenta de que el comunismo cubano era radicalmente improductivo. Fue entonces cuando mandó a algunos de sus oficiales a tomar cursos de gerencia en varios países capitalistas. Creía que era un problema administrativo. Acababa de leer Perestroika, el libro de Gorbachov, y estaba deslumbrado.

En ese momento, todavía Raúl no era capaz de entender que el marxismo era una disparatada teoría que siempre conducía a la catástrofe. Fidel agravaba el problema con su ridículo voluntarismo, su inflexibilidad, sus iniciativas absurdas y su ausencia de sentido común, pero no generaba el desastre. El mal comenzaba en las premisas teóricas.

Hoy es diferente. A estas alturas, Raúl Castro, que ya no teme a Fidel y ha eliminado de su entorno a todos los acólitos de su hermano, con siete años de experiencia como gobernante, ya sabe que las recetas colectivistas y la cháchara del materialismo dialéctico sólo sirven para mantenerse en el poder.

Pero aquí viene la paradoja. A pesar de esa certeza, Raúl Castro quiere salvar un sistema en el que ya no creen ni él ni ninguno de sus más próximos subordinados. ¿Por qué ese contrasentido? Porque no se trata de una batalla teórica. Cuando Raúl declaró que no llegaba a la presidencia para enterrar el sistema, realmente lo que quería decir era que no sustituía a su hermano para perder el poder.

En todo caso, ¿cómo Raúl pretende salvar a su régimen? Lo ha dicho: cambiando la forma de producir. Inventando un robusto tejido empresarial socialista que sea eficiente, competitivo y esté escrupulosamente manejado por unos cuadros comunistas transformados en gerentes honrados que trabajarán incansablemente sin buscar ventajas personales. Ya que no ha podido crear hombres nuevos, Raúl quiere crear burócratas nuevos.

O sea, estamos ante una variante de los delirios desarrollistas de su hermano Fidel. Mientras Fidel era el inventor genial, siempre a la búsqueda de una vaca lechera prodigiosa alimentada de moringa con la que solucionaría todos los problemas, Raúl es el capataz riguroso, convencido de que es un tipo pragmático, organizado y con la mano dura, que puede darle la vuelta a la tortilla a base de controles y vigilancia.

Ese vigoroso aparato estatal raulista coexistiría junto a un débil y vigilado sector privado –empresas bonsai les llama el economista Oscar Espinosa Chepe–, cuya función sería prestar pequeños servicios y ser el desaguadero de la mano de obra excedente del sector público. Ahora los cuentapropistas están bajo ataque porque algunos, supuestamente, ahorran y se hacen ricos. Raúl quiere un capitalismo sin capital. Algo así como pretender que la madama sea virgen y pudorosa.

¿Cuánto tiempo demorará Raúl Castro en descubrir que su reforma tampoco funcionará porque es tan irreal como las locuras agropecuarias de su hermano? A Gorbachov le tomó unos cinco años admitir que el sistema no era reformable y no había otro camino que demolerlo. A Raúl, aunque es duro de entendederas, eventualmente le ocurrirá lo mismo. Su hermano Fidel siempre lo decía, como reveló el padre Llorente, maestro de ambos: este muchacho no es muy brillante.

El sistema anti-niños

La conclusión sólo puede ser una: nos toman por imbéciles. Los apoltronados de la Carrera de San Jerónimo y similares se están riendo de nosotros. Vomitan leyes, reglamentos, decretos, órdenes ministeriales a tutiplén, supuestamente para protegernos y para proteger a nuestros hijos. Pero después resulta que forman un sistema que es incapaz de conseguir que Miguel Carcaño diga la verdad sobre dónde está el cuerpo de su víctima. El mismo sistema que persigue a los homeschoolers como si fueran delincuentes (sólo a algunos, que a Carmen Thyssen no le han dicho nada que yo sepa) pero que no actuó cuando en Galicia un niño faltó a clase durante dos años seguidos. Después, cuando lo encontraron descuartizado en una maleta tirada en una cuneta en Menorca, sólo se hablaba de la descerebrada de su madre. De los que tenían la responsabilidad de abrirle un expediente de absentismo escolar nadie habla.

Es el mismo sistema que consigue hacernos tragar y callar cuando la consejera de Bienestar Social de la Generalitat nos dice que “el gobierno catalán no ha cometido ningún error” en el caso del educador social que acogía a niños tutelados y que resultó ser pederasta. Quienes se encargaron de los 34 controles que tuvo que pasar se han cubierto de gloria. A lo mejor redactaron los informes sin haber pasado realmente el control. No sería la primera vez. Yo he visto informes de servicios sociales relativos a familias que educan en casa y redactados por asistentes sociales que nunca visitaron a esas familias y que nunca vieron a esos niños. Por suerte en esos casos los niños sí estaban bien atendidos, pero podría no haber sido así. Podría haber sucedido que los niños no hubieran estado bien educados, ni bien alimentados, podrían haber sido víctimas de abusos o podrían incluso haber estado muertos. Pero, mientras tanto, unos asistentes sociales firmaron un informe donde aseguraban que todo estaba bien.

Y así nos luce el pelo. Creemos que es correcto, incluso bueno, que haya un gobierno que vele por nuestros hijos. Que prohíban los refrescos gigantes, que decidan qué alimentos pueden ofrecerse en los comedores escolares, que no les dejen ver según qué películas o jugar a según qué videojuegos. Y luego pasan cosas como éstas. Como lo del pederasta de Castelldans, los veinte niños muertos en la India debido al mal estado de la comida que les dio el gobierno local, o los niños detenidos en los Estados Unidos por los actos más inocentes que uno se pueda imaginar, como eructar en clase, tirarse leche en el transcurso de una pelea, lanzar aviones de papel dentro del aula, llevar un cuchillo de plástico o dibujar a Jesús en la cruz. Eso por no hablar del secuestro legal de niños, algo que está a la orden del día en países como Suecia, donde el sacrosanto Estado del Bienestar ha cruzado todos los límites de lo humanamente aceptable.

El riesgo cero no existe, por supuesto. Puede haber accidentes y descuidos imperdonables con consecuencias terribles. Como los niños ahogados por falta de una adecuada vigilancia y de una adecuada formación. Nueve en once días en lo que va de verano es una cifra excesiva que debería haber hecho saltar alguna alarma, pero no. O como los niños que fallecen asfixiados tras ser incomprensiblemente olvidados dentro del coche. También hay mujeres dementes que paren a sus hijos y acto seguido los echan por el desagüe o los meten en el congelador. “No tenía dinero para abortar”, dijo una. Bien, alguien debería haberle contado que existe algo llamado “adopción”.

Me pregunto qué futuro tiene una sociedad tan enferma en la que unos observan pasivamente estas atrocidades como quien ve una película de superhéroes en la tele, con la convicción de que nada tiene que ver con sus propias vidas, mientras otros prefieren ni mirar porque ojos que no ven, corazón que no siente. Nos toman por imbéciles y puede que lo seamos.

Sobre las reformas fiscales “para el crecimiento”

En el último mes se han hablado de propuestas de reformas fiscales "para el crecimiento" y el fomento de la recuperación. Incluso el Gobierno ha creado un comité de sabios que diseñe la reforma fiscal que pretende aprobar en 2014. La guía para la mejora de la tributación directa pasaría, según estas propuestas, básicamente por ampliar las bases imponibles eliminando las deducciones y reducir los tipos impositivos. Con una reforma basada en estos puntos en el ámbito de la fiscalidad directa, dicen sus proponentes, se reducirían las distorsiones económicas y se maximizaría lafferianamente la recaudación. ¿Es posible esta cuadratura del círculo? ¿Es deseable desde un punto de vista económico?

Eliminar deducciones, ¿sí o no?

En primer lugar, y centrándonos en la tributación empresarial, las deducciones no son distorsionadoras per se, por lo que no debería proponerse su simple eliminación. La deducción de las amortizaciones de los activos, la deducción de los gastos financieros, o de cualquier gasto de la actividad no debería limitarse, ni mucho menos eliminarse. De lo contrario se tributaría por beneficios inexistentes creándose distorsiones adicionales.

Ahora bien, es cierto que hay deducciones asimétricas que crean distorsiones económicas, pero no como suele entenderse. Por ejemplo, el ahora tristemente famoso tax lease del sector naval, una deducción fiscal que Almunia pretende eliminar retroactivamente y recaudar, es una deducción que crea una situación distorsionadora. ¿Por qué? Por ejemplo, porque la distinta imposición efectiva de las empresas en el sector naval y las que estén en otros sectores traerá consigo una modificación de los precios relativos de los activos que no existiría en ausencia de impuestos. La distinta estructura de costes fruto del impuesto soportado hará que la demanda de recursos productivos y la oferta de los bienes y servicios producidos de las distintas empresas según su sector sea diferente a como habrían sido en ausencia de impuestos, hecho que modificará la constelación de precios de los bienes y servicios. Entonces, ¿debería eliminarse esta deducción porque crea una distorsión?

La deducción a un sector es algo positivo porque consigue minorar su tributación efectiva, es decir, reducir sus impuestos, algo económicamente positivo porque se acerca más a la situación en la que se estaría en una economía libre. Es el hecho de que otros sectores no tengan una deducción u otra bonificación que reduzca su imposición efectiva a los niveles del sector que tiene la deducción lo verdaderamente negativo. El problema no es la existencia del tax lease o deducción, sino que otros sectores sufran una imposición superior. Luego la distorsión no proviene de la existencia de la deducción, sino de que el resto de sectores (simplificando) padezca una imposición superior.

En definitiva, hay una diferencia en la tributación efectiva que debe corregirse no quitando deducciones sino extendiéndolas al resto de sectores de modo que lo que antes era una deducción específica (a un sector) ahora sea una deducción generalizada, o lo que es lo mismo, eliminar la deducción por la vía de reducir los tipos impositivos nominales para que todos soporten una tributación efectiva igualmente baja.

Por tanto, desde un punto de vista económico no debería aceptarse la eliminación de deducciones en aras de un sistema impositivo más eficiente y "para el crecimiento". Más que eliminarse deberían respetarse las propias de la actividad económica y generalizarse las que son específicas para reducir la imposición efectiva de todas las actividades económicas. O, si se quiere simplificar el sistema fiscal, sustituir éstas últimas por considerables rebajas de tipos impositivos nominales (algo improbable hoy en día).

La cuadratura lafferiana del círculo: más eficiencia económica y mayor recaudación

Justificar las rebajas de impuestos usando únicamente como argumento que esta ganancia en eficiencia incrementaría la recaudación, como sugiere la denominada Cruva de Laffer, es contradictorio.

Esta curva es la representación gráfica de la relación entre el tipo impositivo y la recaudación. Es una curva porque según el tipo impositivo vaya incrementándose habrá un efecto recaudatorio directo (el efecto mecánico de extracción de renta) que se verá parcial o totalmente contrarrestado por un efecto indirecto (efecto comportamiento, o la respuesta de los agentes económicos a mayores tipos impositivos: mayor fraude y/o menor actividad económica). En la parte ascendente de la curva, el efecto mecánico prevalecerá sobre el efecto comportamiento: a medida que se incrementa el tipo impositivo se incrementa la recaudación. En la parte descendente de la curva el efecto comportamiento contrarrestará el efecto mecánico de tener un tipo impositivo cada vez más elevado, reduciendo la recaudación. Cuando ambos efectos son iguales (el punto de inflexión o la parte más elevada de la curva), se obtiene la máxima recaudación, a un tipo impositivo Laffer (el óptimo).

La justificación de la rebaja de tipos usando esta curva no hace más que sustituir una distorsión por otra, por eso cuadraría el círculo y contentaría a una Hacienda Pública inteligente. Menor efecto comportamiento (menos distorsión y más eficiencia) y mayor recaudación. Sin embargo, la mayor recaudación también es un efecto distorsionador porque disminuye la renta de los agentes económicos, cosa que dispara innumerables distorsiones de todo tipo. Extraer la riqueza generada y los usos que se harían con ella en busca del valor y la satisfacción de las necesidades más urgentes de la población es una distorsión sobre la economía igualmente grave.

Por tanto, usar este tipo de argumentos para justificar una reducción de impuestos no es un razonamiento que vaya indiscutiblemente a favor de un sistema impositivo eficiente (¿qué ocurriría si se usara la curva para justificar subidas de impuestos?). Desde luego es equívoco usarlo como base de una reforma fiscal "para el crecimiento". El crecimiento se obtiene reduciendo los dos efectos comentados, no deteniendo la disminución de uno de ellos a conveniencia de la recaudación, es decir, del Estado. Usar, en suma, este razonamiento es impregnarse de una perspectiva estatal que somete "el crecimiento" económico al bienestar del Estado por lo que disfraza un razonamiento a favor de la economía libre en un argumento poco claro y contradictorio.