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Los empresarios no quieren crear empleo

Vamos a imaginar a un minero que consigue los derechos de explotación de una mina de oro. En el primer año de duro trabajo extrae 10 pepitas de oro y, como sólo necesita 4 para los gastos de la concesión, tiene unos beneficios de 6 pepitas. Animado por su éxito decide alquilar maquinaria para aumentar su extracción del preciado metal.

En principio sus planes son sólidos; la maquinaria le ayuda a extraer 24 pepitas al año siguiente, y el coste de su alquiler le cuesta solo 12 pepitas, que, junto a las 4 de gastos fijos que ya tenía, hace que sus beneficios anuales suban hasta las 8 pepitas anuales. El siguiente año repite resultados y se felicita a sí mismo por su inteligencia al alquilar la maquinaria.

Pero un año más tarde las cosas empiezan a torcerse y en vez de las 24 pepitas habituales, sólo extrae 22, por lo que sus beneficios vuelven a bajar hasta las 6 pepitas por año.

Esto no desanima a nuestro minero y decide seguir con la maquinaria, con la esperanza de que los éxitos pasados se repitan. Por desgracia ese año fue peor que el anterior y los beneficios se quedaron en unas exiguas 2 pepitas. Alarmado ante tal pobre resultado, y temiendo que la cosa se pudiera poner peor, intentó prescindir de la maquinaria. Pero al leer la letra pequeña del contrato de alquiler se percató de que existía una penalización por devolver la maquinaria en caso de que no se agotara la vida útil de la misma, que eran 10 años, de una pepita por cada año alquilado.

La lógica dictaba al minero devolver la maquinaria y asumir el fracaso de su idea, pero el ego venció y decidió probar suerte un año más. Ese año fue el peor de todos y solo consiguió extraer 14 pepitas, con lo que no cubría ni los gastos y, por primera vez, no sólo no ganó una sola pepita, sino que perdió 2.

Ante la evidencia clara de que la mina no le iba a dar una producción de pepitas que justificara seguir con la maquinaria, decidió devolverla y pagar la penalización de 5 pepitas, una por cada año de alquiler. Con lo que las pérdidas de ese año de explotación aumentaron hasta las 7 pepitas y el resultado global de los 5 años de maquinaría alquilada fue de 17 pepitas de beneficio, contra las 30 pepitas que podría haber ganado si hubiera seguido como el primer año, o al menos 23 si el ritmo de producción hubiera bajado de forma similar a como lo hizo usando la maquinaria.

¿Y a qué viene este ejemplo? Pues viene a que el otro día vi en twitter una referencia a este vídeo de Nick Hanauer declarando, como si fuera un secreto, que los empresarios no quieren contratar a la gente a no ser que no les quede más remedio.

Si sustituimos a la maquinaria de nuestro minero por un empleado, el ejemplo sigue siendo el mismo, y la pérdida de ganancias también. Pero por desgracia mucha gente dejaría de entender el disgusto del minero y empezaría a acusarlo de insolidario o explotador, ya que el sueldo del empleado (alquiler de la maquinaria) dejaría de salir del bolsillo del empresario (minero) y pasaría a ser fruto de los recursos naturales de la madre naturaleza.

Que es más o menos lo que dice Nick Hanauer cuando declara que el empleo lo crea el consumo de la clase media, y no el empresario que atiende ese consumo contratando gente. Y de ahí saca la peregrina idea de que hay que subir los impuestos a los ricos y bajarlo a la clase media.

La verdad es que el empleo no lo crea ni el empresario ni el consumidor. Lo crea el inversor al creer que un trabajo va a producir tanta riqueza como la que él invierte en que se haga, más un margen que compense la operación. Y el inversor puede ser un multimillonario o padre de familia con unos ahorros, por lo que lo lógico es que se le bajen los impuestos a ambos, y no solo a uno de ellos.

En todo caso, y volviendo a nuestro minero, para lo que sí puede servir el vídeo de señor Hanauer es para dejar claro a quienes no lo tengan aún que crear puestos de trabajo no es el objetivo de nadie que no sea un demagogo o un estafador. El objetivo es siempre ganar dinero, y éste sólo se gana de forma sostenible en el tiempo generando riqueza y reinvirtiendo la mayor parte de ésta antes de que se agote la mina actual. Por lo tanto, por mucho que se bajen las penalizaciones por devolver la maquinaria, o se pidan prestadas pepitas de oro para enterrarlas, el único método efectivo de que vuelva a crearse empleo es que se deje de consumir, vía impuestos y vía deuda, la riqueza generada y se empiece a dejar a la gente, ricos y no ricos, invertir su dinero donde ellos decidan.

O sea, justo lo contrario de lo que está haciendo Montoro y compañía.

Paulino y Román, contra el interés social

ROMÁN Rodríguez, expresidente del Gobierno de Canarias, le dijo al actual presidente, Paulino Rivero, cuando este anunció la expropiación de viviendas a la banca, que «no se amedrente si le llaman comunista», y además le animó a hacerlo con las palabras mágicas que usan los políticos cuando quieren justificar un expolio: el «interés social».

El señor Rodríguez no debe de saber que ser comunista no es ni malo ni reprobable. Las personas que deciden vivir en una comuna merecen nuestro respeto. Sin embargo, quien es condenable es aquel que intenta imponer el comunismo a toda una sociedad, como lo han hecho muchos tiranos justificándose con palabras como interés social o general para ir contra los derechos individuales. Por lo que tanto el presidente como el expresidente de Canarias no deben de saber que el interés individual jamás debe ir contra el interés general, de la misma forma que el interés general no debe ser usado contra los derechos individuales, pues es de interés general o social que estos se respeten.

Cuando estos derechos no se respetan, las consecuencias son terribles para la sociedad. Tal es el caso, que los balances de la banca española, que ya hoy se encuentran falseados con una sobrevaloración de sus activos inmobiliarios, sufrirán un batacazo importante tarde o temprano, porque unos activos que han sido expropiados durante tres años para ser usados valdrán muchísimo menos cuando sean devueltos.

Alguno podría decir «que se fastidie la banca». Sin embargo, los que sufriremos las consecuencias somos todos. Por una parte, disminuirá todavía más el crédito, tan necesario para que los empresarios puedan invertir y crear nuevos puestos de trabajo, y por otra, las entidades bancarias que decidan prestarnos dinero lo harán con mayores tipos de interés, al existir la posibilidad de que algún gobernante iluminado pueda expropiarles lo que en derecho se conoce como derecho de garantía.

Además, lo que aún es peor, dado que el agujero bancario será aún mayor, estos mismos políticos, que atentan contra los derechos de los ciudadanos alegremente y la seguridad jurídica, volverán a recapitalizar a la banca con cargo a los contribuyentes para evitar el corralito al más puro estilo argentino.

Esta claro que todo esto, que sí es de interés general, poco les importa al presidente y expresidente de Canarias, pues lo que parece que a ellos les interesa es seguir cobrando grandes sueldos a costa del contribuyente y poder seguir haciendo y deshaciendo en las Islas. Es decir, usan sus intereses individuales para ir contra los intereses generales, mientras nos dicen que lo hacen por nosotros.

La perversión del lenguaje

"La propaganda estalinista lo creó, los nazis lo perfeccionaron, y hoy se apodera y nos articula sin que muchos sean conscientes de ello. Es la perversión del lenguaje. Obsesionado por imponer su lenguaje vive el nacionalismo". Así comenzaba el polémico reportaje de Telemadrid titulado "La imposición y perversión del lenguaje". La acusación contra esos nacionalistas que aspiran a formar un Estado es clara: en su lucha por segregarse utilizan el lenguaje como arma, renombrando los conceptos y aplicando metáforas que modifiquen el marco con que interpretamos lo real.

En verdad todo el lenguaje político, sean quienes sean los actores, se basa en el uso de expresiones favorables para los propios proyectos y denigrantes para los del contrario. No solo los nacionalismos, coincidentes con un Estado o sin él, echan mano de los cambios en el lenguaje en su favor, sino que todo personaje público se aplica a ello con mayor o menor fortuna. Así, el ministro Montoro denominó "recargo temporal de solidaridad" a la subida del IRPF y "novedad tributaria" a un nuevo impuesto cuyo montante dice que destinará al cuidado del medio ambiente, añadiendo con esto último una nueva manipulación de las percepciones públicas para evitar las protestas.

Pero al margen de los manejos improvisados del lenguaje por parte de políticos en apuros, lo cierto es que el uso que de él hacen los profesantes de algún tipo de colectivismo, también el de corte nacionalista, resulta especialmente perturbador. Lo es cuando la élite que busca el poder nacional pretende convencer a los demás de que los límites de su futuro estado-nación se ajustan a una sociedad cerrada, con una sola cultura y una misma lengua. Nada más falso que esto.

La mitología que hay detrás de la idea de cultura como algo diferente a los individuos y que los determina tiene su más claro exponente moderno en la Alemania del Romanticismo y, guste o no, desembocó en el totalitarismo nacionalista del siglo XX, nazi y fascista. Por un camino alternativo, desde la idea de "clase social", el socialismo nacional y "proletario" del estalinismo culminó con una aberración similar.

En una aplicación ibérica del volkgeist germánico, el entonces dirigente del PNV, Javier Arzallus, decía que "igual que a los gallegos no se les puede robar su alma, nadie podrá robarnos a los vascos la nuestra". Lo cierto es que no existe una cultura alemana, española o catalana que encierre y determine a los individuos y los aboque a ser de una determinada manera. Esta falsedad solo tiene como fin evitar el pensamiento crítico y que, con este y por su mero ejercicio, la realidad refute una mentira.

Existen individuos con prácticas, normas, pautas y respuestas que denominamos culturales, y que siempre son abiertas a cambios e influencias exteriores en mayor o menor grado, pero no existen entes místicos que nos atrapen ni culturas que nos determinen inexorablemente. El delirio de poder es el único sostén de esa pretensión.

De igual manera tampoco existe una asociación fija entre cultura y lengua como pretenden los nacionalistas. Allí donde una élite étnica que cree representar a un pueblo mete la nariz en el idioma se repite la expresión "identidad cultural y lingüística". Dicha expresión pertenece al tipo de las que Hayek denominaba "comadreja", puesto que influye agazapada en nosotros para sostener el proyecto de poder de un determinado grupo. Salta a la vista que los individuos comparten rasgos culturales de manera cambiante y que estos no coinciden siempre con las lenguas habladas; y, sin duda, ni aquellos ni estas se ajustan a los límites de los estados-nación.

Para cerrar el círculo de la crítica al léxico colectivista, los nacionalistas y, por apatía mental, los medios de comunicación y numerosos sedicentes intelectuales, citan el término "sociedad" vinculado a un estado o a un área de estados como si con esos términos estuviéramos designando realidades. Se habla de "sociedad sudamericana", "sociedad china" y "sociedad europea" como de conceptos metafísicos que reúnen en un todo a individuos que dejan de considerarse como tales, y se los encierra en unos límites.

Es cierto que no podremos jamás sustraernos por completo a un uso generalista del lenguaje dado que seríamos incapaces de manejarnos en el mundo sin abstracciones. Lo que nunca debiéramos hacer es creer que esas generalizaciones tienen entidad propia. Siempre habrá políticos que lo pretendan, que deseen que los demás lo crean, puesto que así desarman ideológicamente a los ciudadanos y los inducen a pensar que someterse a lo uniforme es su obligación. Y no, no lo es.

El progre con miedo al progreso

El pasado febrero estrenaron en España la película La Tierra Prometida producida y protagonizada por Matt Damon. La historia cuenta el trabajo de un empleado de Global (una empresa que extrae gas mediante fracking) que va pueblo a pueblo comprando terrenos. Hasta que se encuentra con un lugar diferente, en el que vive un catedrático del MIT jubilado que le estropea el discurso y donde, en torno a ese tema, se desarrolla toda la trama.

Nadie dice toda la verdad

El personaje que interpreta Matt Damon es un buen tipo, una persona sincera, que no engaña, simplemente es buen vendedor, pero es honesto, trabajador y listo. Muy bien interpretado por Damon, que con camisa de cuadros y las botas del abuelo pasa por un joven criado en ambiente rural que ha estudiado y disfruta de la actividad de la vida urbana.

Hay varias luces en la película y todo un repertorio de sombras, de aspectos sesgados, que inducen al espectador a volver al terruño y quemar las ciudades. El tema central es la mentira. El que miente es el bad guy, el que dice la verdad es el nice guy. Matt Damon se pasa media película repitiéndole a la chica que él es una buena persona. Y queda demostrado cuando se descubre que él es otro pobre infeliz engañado. Pero la realidad es que mentir, nos mienten o, en el mejor de los casos, no nos cuentan lo que no conviene. Los gobiernos, las grandes empresas, los bancos, los partidos políticos… y los propios ciudadanos, también lo hacemos.

En la película, solamente hay una parte que engaña: los malos, es decir, la empresa de fracking. Ese es el primer sesgo.

Pero pasa casi desapercibido el hecho de que la solución, el camino "correcto", consiste en seguir manteniendo una agricultura deficitaria a golpe de subvención a costa del trabajo del resto de la población, sin mirar lo que cuesta al ciudadano no agricultor ganar cada dólar. Es decir, se fomenta vivir a costa de los demás, eso sí, manteniendo la tradición del viejo granero del abuelo, las cosas de toda la vida, que despiertan los sentimientos más puros, en mí la primera, de cuidar la herencia de tus mayores, pero encierra un mensaje subliminal peligroso.

El inmovilismo y el miedo al progreso

Cuidar lo que nuestros mayores han sacado adelante no significa mantener un negocio deficitario ni una forma de vida que se extingue, a toda costa. Tenemos una responsabilidad con nuestros descendientes. Y el mismo empeño que pusieron quienes nos precedieron en dejarnos un mundo mejor es el que deberíamos poner nosotros. Porque esa es la herencia: ofrecer un mundo mejor, con más posibilidades de salir adelante de manera independiente, no mantener lo que hay sobre las espaldas de nadie.

Si nos trasladamos al origen del ferrocarril y aplicamos el mensaje de la película de Damon, seguiríamos viajando en automóvil y, si somos puristas, en diligencia. Porque ese "caballo de hierro" era peligroso. Hubo ingenieros que aseguraron que era nocivo para el viajero ir en un medio de transporte que alcanzaba tal velocidad. Por no hablar de las tierras ocupadas, las granjas desaparecidas, el cambio en el paisaje… el progreso, a fin de cuentas.

Las minas, los pozos de petróleo, las placas solares (que emplean plata y necesitan una actividad extractiva que altera el medio)… en general, todas las industrias energéticas, suponen una alteración del entorno, de la vida de quienes viven en él, es una cirugía invasiva en toda regla.

No se cuenta en la película cuáles son los beneficios para todos los ciudadanos de tener una energía limpia y barata. Solamente se exponen los riesgos. El catedrático del MIT no afirma que el fracking es como una bomba nuclear, sino que tiene problemas y que no es seguro al cien por cien. La vida tampoco lo es.

El miedo bloquea las soluciones

Pero la realidad nos muestra que no queremos vivir consumiendo menos energía. Los ciudadanos, con sus elecciones, compras, formas de vida, imponemos un consumo determinado. Esos son los datos de partida del problema. ¿Cómo se soluciona de la mejor manera posible?

Elijamos el menor de los males e invirtamos en la solución de los problemas, que sin duda, como todo avance, implica. No se avanza sobre seguro. Es ley de vida. Cada elección tiene un coste de oportunidad e implica un riesgo. Y en el caso de fracking y de las demás fuentes de energía no es diferente. Por supuesto, la magnitud del estropicio es mayor en la elección de una u otra apuesta energética que en la elección de un corte de pelo. Por eso es tan importante decir toda la verdad, sin sesgos.

Y, finalmente, parece que nadie se hace la gran pregunta: ¿a quién no le conviene que triunfe lo nuevo? A los que sacan dinero con lo viejo. En este caso, las petroleras, las empresas subvencionadas por el Estado, es decir, las renovables, y aquellas grandes empresas asociadas a los gobiernos que viven de esto. El dilema se plantea ahora por la asfixia presupuestaria que empuja a los gobiernos, al estadounidense también, a reducir la gigantesca factura energética. Se acaba el dinero, hay que despertar el ingenio, y los viejos modos han de dejar sitio a los nuevos. En este sentido, el fracking es el futuro. O volvamos al caballo.

África (y III). Hipopótamos contra guepardos

África es el continente menos libre de todos. Según clasificación gráfica y algo simplificada del economista George Ayittey, la sociedad africana se divide en dos clases: aquéllos que ostentan y participan de las prebendas del poder político y aquéllos que lo sufren. Los primeros forman lo que él denomina la generación de los hipopótamos (hippos, en inglés) y los segundos, la generación de los guepardos (cheetahs, en inglés).

La generación de los hipopótamos (hippos)

Los llamados hippos son los que han monopolizado el poder político desde la emancipación de los países africanos. Son predecibles; piden siempre más Estado y más ayuda extranjera. Forman parte también de los hippos los intelectuales y los burócratas. Son los que están a favor de mendigar ayudas a organismos internacionales como el Banco Mundial, el FMI y la ONU cuya capacidad de supervisar el dinero entregado es muy limitada y carecen de incentivos para divulgar después los desastres que financian. Quieren preservar el statu quo y no van hacer, ni apoyar de ninguna manera -aunque lo proclamen- las reformas estructurales locales que son necesarias en los países africanos para salir del atolladero.

Los hippos son los que ven que en cada necesidad social un pretexto para acusar al imperialismo actual y una excusa para pedir más ayuda oficial y más intervención pública. Son minoritarios pero poderosos. Desde la independencia de los países africanos ubican la necesidad de cambio siempre en otras personas en lugar de imponer la carga del cambio en uno mismo. Los hippos son también los empresarios amigos del poder y enemigos de la competencia que han succionado sistemáticamente la vitalidad económica de su propia gente. Son las élites que continúan vampirizado África desde su supuesta descolonización.

Como ha señalado muy certeramente el periodista ugandés Andrew Mwenda, el problema del continente africano es que se ha distorsionado la estructura entera de incentivos de los gobiernos al no depender sus ingresos tributarios de la actividad de las fuerzas productivas de su propia nación sino de las ayudas internacionales. Éstas se han apropiado de los esfuerzos empresariales de los africanos al hacer que lo más rentable sea convertirse en un buscador de rentas con el fin de obtener momios del Estado y sus donantes. Se torna difícil encontrar oportunidades para comerciar o trabajar en el sector privado ya que el entrono político e institucional actual es beligerante con los negocios autóctonos particulares.

Las políticas de gasto de los hippos no hacen sino alimentar sus cuentas bancarias en el exterior y acrecentar la estructura del sobredimensionado Estado. Los hippos son los destructores de sus monedas locales y también las fuerzas extractivas de los países africanos en el sentido dado por Acemoglu y Robinson en su célebre libro Why nations fail.

La generación de los guepardos (cheetahs)

En contraste con lo anterior están los denominados cheetahs. Son los que están a favor del emprendimiento, la competencia y la iniciativa privada. No esperan ya que el gobierno les vaya a resolver sus problemas. Desean una decidida integración con la globalización. Piden, por tanto, que las barreras comerciales internas e internacionales sean suprimidas, así como las perniciosas ayudas externas. Son los que ven en cada necesidad social una oportunidad de negocio. Son ágiles y austeros. Generan gran parte de la riqueza del país que no está en los libros contables oficiales. 

Rechazan por obsoleto que todo problema africano sea analizado bajo el paradigma del "colonialismo-imperialismo". Los cheetahs, libres de estorbos de dicha jerga populista, son capaces de analizarlos con mucha mayor claridad y precisión. Saben que sus problemas y fracasos no vienen del capitalismo ni del imperialismo, sino principalmente de sus propios y cleptócratas gobernantes que bloquean tanto la aparición de la inversión productiva como de la innovación y se enriquecen sin traer apenas desarrollo a su propio país. Los guepardos son los hombres y mujeres de África que huyen del Estado para encontrar en otros ámbitos sociales distintos una vida colectiva con sentido, la cual estiman en gran medida.

La salvación y desarrollo de África no vendrá jamás de los hipopótamos, sino de la generación de los guepardos. Los cheetahs, a falta de los imprescindibles derechos de propiedad legalmente reconocidos, son los que forman el sector informal y tradicional de la economía africana, es decir, la inmensa mayoría de la población del continente. Saben que la agricultura es el sector más importante del continente por lo que perciben las ayudas a la agricultura de los países desarrollados como el mayor obstáculo a su desarrollo interno.

Son también los africanos de la moderna diáspora alrededor de África y del resto del mundo que han tenido que abandonar sus países respectivos por falta de oportunidades. Representan lo mejor de la tradición africana de libertad y perseverancia. Condenan el nepotismo, los abusos de poder, la rapiña y la falta de transparencia de los hippos.

Los cheetahs son los constructores del futuro de África. Están desplegando una revolución silenciosa de esfuerzo, trabajos y pymes que está rellenando el deprimente foso dejado por los malos gobiernos. Aportan experiencia. Sus inversiones son modestas pero productivas, a diferencia de lo que sucede con las de los hippos y sus aliados (FMI y BM).

Los gobiernos de la mayoría de los 54 países africanos, con independencia de su régimen político, son meros negocios corruptos, más afines a la mafia que a los servicios públicos. En una ocasión, un jefe tribal de Lesotho confesó que los problemas que tenían en su país eran fundamentalmente dos: las ratas y el gobierno. Los cheetahs creen que el libre comercio, la libertad de desplazamiento, de reunión y de opinión forman parte de su propia herencia africana y de sus instituciones indígenas. Juzgan a los influyentes expertos en desarrollo como personas cándidas cuando proponen a los hippos la mera implantación de medidas e instituciones extrañas al cuerpo social africano. Nunca funcionarán.

Es necesaria una mayor consideración de las asambleas tribales locales, demás instituciones tradicionales y de las necesidades reales de las poblaciones para que no siga creciendo la distancia entre los gobiernos y la gente. Sin deseo de volver ciega y románticamente hacia el pasado, ni de legitimar muchas costumbres arcaicas que son ya inasumibles para la racionalidad crítica moderna, las estructuras políticas tradicionales tienen sin embargo aún mucho que decir para la futura cohesión del continente.

La formación de un Guepardo africano: el caso diamantino de Botswana

Botswana ofrece un caso único de alternativa de gobierno efectivo en África. Ha sido de los pocos en no despreciar la tradición de valores democráticos autóctonos tras la independencia, pudiendo, así, allanar la transición hacia su democracia moderna.

A esto se unieron sus acertadas políticas mantenidas en el tiempo, las más amigables de África con el mercado, la propiedad privada y la rule of law. También embridó su gobierno el gasto público y, en consecuencia, la presión fiscal. Fue empeño de sus dos gobernantes principales, Seretse Khama y Festus Mogae, el alejarse de todo radicalismo, así como sostener valores de la democracia liberal y el hacer de Botswana un país acogedor para los negocios, las inversiones y los turistas. Su antigua institución de la Kgotla (asamblea para deliberar asuntos locales, impartir justicia, celebrar casamientos, etc.) sigue aún jugando un rol esencial en la convivencia de la sociedad botswanesa. Desde su independencia en 1966, y a diferencia de otras naciones africanas, ha conseguido compaginar con éxito su tradición con un constante crecimiento en una senda de pacífica coexistencia, sin diseños megalómanos y con no pocas dosis de pragmatismo y buen sentido.

A pesar de contar con yacimientos diamantíferos, su verdadero tesoro es otro: el que su gobierno, desde que dejó de ser protectorado de Reino Unido, haya dado participación a su sociedad civil preservando, al mismo tiempo, un entorno de seguridad jurídica y económica.

La experiencia de Botswana nos enseña que hay que invertir sobre todo en las instituciones locales, no en sus líderes. El economista congoleño John Mukum Mbaku nos recuerda que la solución a los problemas de África vendrá, no de las instituciones importadas de Occidente, ni tampoco sólo de sus meras instituciones indígenas, sino de sus propias soluciones endógenas de abajo a arriba surgidas de reformas graduales serias y sensatas que liberen y den seguridad jurídica a la sociedad civil para desatar la acción humana y la función empresarial autóctona que atraiga inversiones y permita adaptarse a su manera a la modernidad, al capitalismo y a las posibilidades que ofrece la presente globalización.

Nada se conseguirá limitándose a culpar las potencias extranjeras por aprovecharse de las consecuencias de la calamidad interna africana como denunció en su momento Walter Rodney, proponiendo ideologías fallidas como el afrocomunismo y otros fundamentalismos supuestamente buenistas o sugiriendo la desconexión de la economía internacional por intercambio desigual tal y como recomienda insensatamente Samir Amin. Sus efectos serían bastante peores que los males que pretenden evitar. La cruda realidad es que el abrumador volumen de comercio e inversión de los países ricos se dirige a otros países ricos, no a los países pobres. Se trata de que estos últimos puedan integrarse cada vez más en aquellos flujos y, de paso, vaya creciendo poco a poco allí la deseable clase media para alcanzar la prosperidad hasta ahora vedada en buena parte del África subsahariana.

Tal y como argumenta Thomas Sowell, muchos de los problemas actuales de África son internos, por más desagradable políticamente que esto sea para los habitantes de esos países o para las personas del mundo occidental que prefieran otras explicaciones.


Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los factores internos causantes de los problemas actuales de África (cleptocracias despóticas, ideologías equivocadas, fragilidad institucional, libertad secuestrada, abuso de poder, guerras civiles) así como sus posibles soluciones endógenas (reconocimiento y adaptación de las instituciones autóctonas, paz y seguridad jurídica, limitación de los poderes ejecutivos, liberar y permitir a la sociedad civil actuar en todos los ámbitos). Contradice el diagnóstico que carga, sobre todo, las tintas en los factores exógenos como explicación del origen de los primeros (neocolonialismo exterior, imperialismo, comercio internacional) y como opción más recomendable de las segundas (ayudas externas, reformas patrocinadas por el FMI o el BM). Para una lectura completa de la serie, ver también I y II.

El círculo vicioso de la Europa zombi

 La Europa zombi. ¿Por qué no fluye el crédito? 

“Low rates make zombie banks support zombie companies” Nicolas Véron

Seamos claros. La deuda zombi y soberana fagocita cualquier posibilidad de crecer. Pero se puede solucionar.

El jueves vimos al Banco Central Europeo (BCE) bajar sus tipos de interés de referencia al 0,5% y dejar los de los depósitos al 0%. Dentro de poco, usted acabará pagando por depositar sus ahorros. Seis años bajando tipos y el éxito es incuestionable. A esto le llaman políticas acomodaticias.

Mucha liquidez para los sectores equivocados

Casi toda la liquidez que inunda Europa con las políticas del BCE se queda en dos sectores zombis: empresas semi quebradas, que se mantienen vivas artificialmente, y deuda soberana insostenible de estados muy endeudados. La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, en versión financiera. Lo explico en el libro “Nosotros, los Mercados”.

Un problema de 600.000 millones de euros en Europa y que algunos estiman en más de un billón. En una banca que supera el 300% del PIB de la eurozona. Por eso, no se puede empezar la casa por el tejado y entrar en entelequias de uniones bancarias. Esconder y extender, añadir una nueva capa a la lasaña, no soluciona nada. De hecho, aumenta el riesgo.

¿Qué son los préstamos zombis?

Llevo hablando de ellos desde 2007. Piensen en una empresa o una administración pública, grande y muy endeudada, que pide un enorme préstamo en la época del ‘a crecer a crecer’ para un proyecto público o empresarial megalómano… y cuando llega la recesión, no puede pagar. Al banco le sale a cuenta refinanciar el crédito, porque anotar en sus cuentas la pérdida por impago es demasiado duro, y por lo tanto espera y reza a San Antonio para que mejoren las cosas.

¿Qué ocurre? Que las cosas no mejoran, sino que empeoran. Pero como los tipos son bajos y siguen bajando, al banco le viene mejor, de nuevo, refinanciar. El incentivo perverso de copiar a Japón, en lo malo, y esperar. El país nipón lleva desde 1997 con tipos cero y el riesgo zombi solo aumenta. La bola se va haciendo mayor. La empresa o administración de nuestro ejemplo, ni que decir tiene, no mejora… la bola se hace aún mayor. Y cuando pasan seis años de crisis, con todos aguantando la respiración para ver si el año que viene crecemos, ocurren cuatro cosas:

– El índice de morosidad de la banca se dispara y, además, se disfraza. En España, es del 10,7% a pesar del banco malo (yo Sareb no lo llamo, que me suena a cantante de baladas egipcio). En Europa, también sigue creciendo.

– El balance de la banca y de las empresas zombis mantenidas vivas artificialmente no mejora; de hecho, empeora. Según Eurostat, en España el 40% de las empresas cotizadas tiene demasiada deuda y caja libre negativa. El tercer país de Europa con peor capacidad de repago de deuda.

 

– Como el balance se deteriora y la calidad de la cartera de crédito empeora a medida que crecen esos préstamos zombis, los bancos no pueden prestar a buenas empresas y familias.

– Entonces, para rematar, como los tipos de interés siguen bajando, los bancos buscan un poco de rentabilidad y “seguridad” inundando sus carteras de… deuda soberana, por la que aceptan cada vez menos interés, aunque el riesgo aumente.

Resumiendo, los bancos agrandan el agujero de riesgo, los balances de empresas problemáticas no se limpian, los estados se endeudan más y el riesgo aumenta en el sector financiero. Mientras, siguen sufriendo los empresarios y familias.

Por supuesto, ustedes me dirán que hay que dar tiempo, que no se puede hacer en un día y todas esas cosas. Pero llevamos seis años. Por eso la reforma financiera es tan importante.

 

Todo esto genera el efecto Pescanova, como lo llaman algunos. Cuando salta, es muy dañino. O Los doce del patíbulo (Dirty Dozen), que es como se conoce a esas empresas que están técnicamente quebradas y a las que los bancos mantienen vivas artificialmente, refinanciándolas año tras año, esperando que venga un milagro.

Ese es el incentivo perverso de bajar tipos una y otra vez. Perpetuar el agujero. Por eso bajar del 0,75% al 0,5%, o al 0%, no hace nada.

Bajar tipos perpetúa modelos insolventes porque sale más barato que limpiar los balances

Si no solucionamos el problema de la baja capitalización bancaria, no va a mejorar la economía ni va a fluir el crédito a las familias y a las pymes que no se entregaron a la fiesta del crecimiento por adquisiciones (deuda excesiva).

El Banco de España calcula unos 160.000 millones de créditos “refinanciados” que esconden préstamos de difícil pago, es decir, posible morosidad oculta. Por eso, es muy bienvenida su iniciativa de analizar esos créditos refinanciados.

 

Un problema de toda Europa

Pero ojo, la ampliación de capital de Deutsche Bank de esta semana y la de Commerzbank antes, nos muestra que es un problema a nivel europeo. No solo español. Es la imposibilidad de la banca de mejorar su capitalización de manera orgánica -es decir, a través de su negocio-. Hacen falta ampliaciones de capitales urgentes. Y lo que se ha hecho hasta ahora no es suficiente.

Según JP Morgan y Goldman, la banca europea necesita al menos 34.000 millones de euros en ampliaciones -emitir acciones- para alcanzar un raquítico 9% de capital de calidad (core); 95.000 millones de euros, si incluimos las posiciones en derivados. Por lo tanto, es un problema donde las críticas nacionales no valen. Es una urgencia europea.

Cómo no solucionarlo

No se soluciona introduciendo más relajación de las regulaciones (Basilea III). Ni escondiendo y mirando hacia otro lado con uniones bancarias, para crear un FROB europeo en el que nadie sabe qué es lo que hay en las cuentas. Además, la unión bancaria es un proceso que llevaría a años de negociaciones, burocracia y de análisis, ya que pocos en el sector financiero se fían de lo que tienen los bancos en sus balances. Y mientras tanto, la casa sin barrer y las pymes y familias ahogándose, porque -ojo- la unión bancaria y los rescates que conllevaría el deterioro paulatino, suponen más gasto, impuestos y más presión sobre la economía.

Tampoco se soluciona mirando hacia otro lado y pidiendo que el BCE preste directamente a las empresas. Crea un riesgo sistémico enorme. ¿Para qué tenemos bancos? ¿Para qué hemos gastado centenares de miles de millones en rescatarlos?

Fíjense qué curiosos son los incentivos perversos. Los bancos españoles que no han recibido un duro de rescates son los que están prestando el 70% de los créditos a pymes y familias. Y muchas cajas públicas, rescatadas, no solo no han solucionado su modelo de negocio, sino que casi no prestan. Solo son máquinas de comprar bonos del estado.

Tenemos mucho morro, porque lo que nuestros políticos europeos quieren es que se siga sosteniendo a las entidades quebradas con dinero gratis del BCE -que es deuda que ustedes pagan con impuestos y recortes, nunca lo olviden-, pero que, además, este organismo preste porque esas mismas entidades son incapaces de solucionar su balance.

 

Cómo solucionarlo

Las ampliaciones de capital, la conversión de deuda en capital (debt to equity swaps) son esenciales, y que se hagan rápido, pero de manera ordenada. Hay que evitar otro Chipre y aprovechar esa enorme liquidez -que ha llevado a países como Ruanda a emitir deuda a tipos del 6,8%- para ser más valientes que Deutsche Bank o Santander, los líderes en aprovechar el entorno de apetito de riesgo para recapitalizarse, porque el agujero solo aumenta y el elefante en la habitación del que nadie quiere hablar es la deuda soberana… que los bancos están acumulando aceptando mayores riesgos por menores rentabilidades.

Hay que atraer financiación privada, capital riesgo y desbancarizar. Eso no se consigue manteniendo los sectores zombis ni con fiscalidad represiva.

¿Planes de crecimiento?

No hay que tirar de la chequera sin fondos. No hay mejor plan de estímulo que recapitalizar la banca, con medidas de mercado, y bajar impuestos. Sin coste para el ciudadano y sin deuda para nuestros nietos. Así podremos permitir que crezcan los buenos, no que se premie al endeudado manteniéndolo vivo a costa de los sectores pujantes. ¿Es más cómodo esperar a que escampe y si salta todo que lo pague usted? Claro. Pero no nos lo podemos permitir.

No se preocupen, los tipos volverán a bajar. Pero si no se ataca el problema de los depredadores de liquidez, estados y empresas zombis, nada cambiará. Los incentivos perversos de dar la patada hacia delante son los mismos. Lo gracioso es que ahora les dicen que es por su bien.

Es curioso, cuando Greenspan en EEUU bajaba los tipos al 1% muchos se llevaban las manos a la cabeza llamándole malvado especulador, alertando sobre el riesgo excesivo que se acumulaba en la economía. Y tenían razón. Lo gracioso es que hoy, en aras del crecimiento, se indignan porque no se bajan más los tipos y no se toma aún más riesgo. Eso sí, cuando esto explote, la culpa será, cómo no, de los mercados. Buen fin de semana.

La defensa del euro como lamento

La semana pasada, Telemadrid estrenó el documental En defensa del euro, realizado por Juan José Mercado. En él, diversos profesores universitarios como Huerta de Soto, Rodríguez Braun, Alonso Neira, Bagus y yo misma, explicábamos las razones que existen, hoy en día, para defender la moneda europea, frente a quienes pretenden que una vuelta a la peseta sería mucho más conveniente para solucionar la asfixiante situación de la economía española.

Hablo en nombre propio y sin ninguna intención de arrastrar con mi opinión a mis ilustres compañeros de reparto. No creo que quedara claro, no por obra y gracia del director, a quien le agradezco que contara conmigo y que ha hecho un impecable trabajo, sino por falta de tiempo, en qué consiste esa defensa.

Yo no soy partidaria de la centralización del poder, más bien al revés, creo que una de las claves del camino libertario es la descentralización. Es decir, que las unidades de decisión y gestión se limiten al tamaño de población mínimo más eficaz. No sé si hay que medirlo en términos de tamaño de la población, o área geográfica. Pero sí estoy convencida de que, junto con la diversidad institucional, es una de las direcciones hacia las que dirigirse. De manera que la idea de un Banco Central Europeo, o de la política fiscal comunitaria, o una autoridad europea del tipo que sea, no es, en mi opinión, la mejor apuesta.

Y, sin embargo, defiendo el euro.

Hay dos razones principales. Y las dos son lamentables, en el sentido literal del término, son más un lamento que otra cosa.

La primera razón es la certeza, demostrada desde que comenzó la crisis, de que nuestros gobernantes no van a emprender políticas monetarias sensatas, excepto si se les obliga. Quienes tienen sueños húmedos con la peseta imaginan el paraíso de la devaluación, de la máquina de hacer dinero como quien hace palomitas. En dos palabras, la ruina.

Porque, digan lo que digan, aunque no percibamos los resultados de la sobreemisión, de los manguerazos de dinero inyectado por el BCE, la bolsa de inflación se encuentra escondida bajo el manto de la burbuja de deuda. Cuando el BCE convocó la fiesta de los LTROS, no lo hizo por el bien de la ciudadanía europea, ni de esa parte que aporta (Alemania, Holanda, etc.), ni de la otra parte, que sufre la recesión cerrando empresas, en el paro y ayudados por las familias o por Cáritas. La única razón era saltarse la prohibición de dar dinero a los Estados miembros. Así, el BCE prestaba a muy bajo coste a los bancos nacionales que automáticamente compraban deuda soberana. Y de ahí, la burbuja de deuda que pagarán las futuras generaciones, quienes harán bien no mirándonos a la cara por lo que les estamos haciendo.

Imaginemos qué pasaría si se eliminan normas europeas e intermediarios.

La segunda razón, que no es sino la cara B de la primera, es que el euro es un buen "perro guardián". Al menos mientras haya países en la eurozona que se comportan y hacen esfuerzos por mantener sus finanzas en orden, estaremos a salvo. Porque tendremos a una valquiria reclamando que no se use el dinero de algunos contribuyentes europeos para financiar los desmanes ajenos. Este razonamiento, que a algunos les parece justificación suficiente para llamar nazi a Merkel, explotadores a esos países menos afectados por la recesión, y para negarse a pagar la deuda que consideran ilegítima, es el mismo razonamiento que esgrimen unas comunidades autónomas frente a otras. Y todos tan contentos. Es decir, el español entiende que su comunidad autónoma aporta más y no quiere que sus euros sirvan para financiar vicios ocultos tras EREs, pero sí le parece bien que los euros holandeses o alemanes se utilicen para financiar el gasto político de sus gobernantes, a quienes, por otro lado, detesta. Un sinsentido.

Si el sistema del euro va a servir para que los gobernantes españoles no tengan más remedio que ajustarse a las normas, incluso quienes creemos que el Banco Central Europeo es una perversión, como los demás bancos centrales, lo apoyaremos. Al menos yo. Aunque sea para evitar ese sangrado con que amenazan nuestros políticos y, todo hay que decirlo, muchos economistas afectos al "régimen" intervencionista, de derechas y de izquierdas.

Me permito recordar que los bancos centrales, en su origen, fueron una maniobra genial cuya intención era que el soberano dejara de depender de las familias de banqueros, para poder financiar sus guerras. Y que en aquellos momentos existía un ancla monetaria llamada patrón oro. Y precisamente en España las emisiones de deuda pública dieron lugar a varias bancarrotas del Estado, que no podía devolver su deuda a los ciudadanos, ni siquiera reestructurando los plazos e intereses de la deuda. Nadie puede pedir a un ciudadano que confíe en la independencia y la bondad del Banco de España visto lo sucedido en los pasados años. En cualquier caso, y no debería ser así, estamos en manos de la honestidad y coraje del gobernador del Banco de España, o del BCE de turno. Que es como jugar a la ruleta rusa quitando una sola bala al cargador.

La eliminación de los bancos centrales, la libertad monetaria y el anclaje de nuestra moneda en un activo sólido, en mi opinión, constituyen la mejor opción. Obviamente, a los políticos, no. Mientras eso siga así, espero que el euro sirva de contención a la incontinencia monetaria de nuestros gestores.

Educación financiera: la otra asignatura pendiente

No hay duda de que las nuevas tecnologías son la asignatura pendiente de este país. Se lo conté la semana pasada y les conté también por qué pienso que no se está abordando esta cuestión como es debido. Es obvio que no pueden solucionar un problema quienes son incapaces de diagnosticarlo adecuadamente, es decir, a tiempo y con corrección. Algunas de esas personas que adolecen de una absoluta incapacidad para el diagnóstico de los problemas son los miembros del gobierno. Por eso mienten, se contradicen y hacen filigranas lingüísticas para no llamar a las cosas por su nombre o, lo que es lo mismo, para hablar sin decir nada. Por eso creen que regalar ordenadores a niños de 10 años es darles una educación en nuevas tecnologías.

Hace algunos meses, además, se les ocurrió la brillante idea de incluir en el currículum escolar oficial una asignatura de educación financiera y tributaria porque, decían, “será positivo para el cumplimiento de sus obligaciones tributarias en la edad adulta y será un elemento para prevenir el fraude fiscal”. Pretendían enseñar conceptos como “el de cuenta bancaria, fondo de pensiones, instrumento financiero, préstamo, hipoteca y tener un conocimiento general sobre el funcionamiento del sistema impositivo”. O sea, que quieren empezar a domar a sus ciudadanos desde su más tierna infancia para que se conviertan en sumisos pagadores de impuestos. Pero de crear riqueza nadie dijo nada. Sólo hablaron de enseñarles a dejar sus ahorros en un depósito bancario y a pagar religiosamente sus impuestos.

Los conceptos que en realidad nuestros hijos necesitan conocer son otros, como el del dinero, el déficit, la inflación y la inversión y, créanme, invertir no es apalancar cuatro duros (el que los tenga) en un depósito bancario. La mayoría de las personas no saben cómo funciona el dinero, ni para qué sirve un banco central, ni cuántos impuestos paga y, mucho menos, qué se hace con ese dinero. La mayoría de las personas no saben que podrían pagar menos impuestos de forma legal, ni que hay más formas de ganar dinero que vendiendo su tiempo, ni que la economía es mucho más fácil de entender de lo que los políticos les han hecho creer.

La educación financiera que necesitan nuestros hijos no es el adoctrinamiento tributario que pretenden De Guindos y Wert pero por desgracia las finanzas todavía son un tabú en muchas familias. Hay niños que nunca han podido gestionar su propio dinero; jóvenes que nunca han entrado en un banco; y por supuesto, millones de personas de todas las edades que son incapaces de comprender los más básicos conceptos económicos. ¿Cómo podrán los padres y los profesores dar una educación financiera a los niños si ellos mismos no la tienen? No podrán. Y por eso Rajoy y compañía tienen vía libre para adoctrinarlos a su conveniencia. Por eso y porque tienen a su favor un excelente sistema escolar prusiano que poquísima gente se atreve a cuestionar. Asumamos la realidad: con un sistema escolar del siglo XIX y un sistema laboral del siglo XX es imposible que las cosas nos vayan bien en el siglo XXI.

Bajar tipos no estimulará el crecimiento sano

Acostumbrados como estamos a escuchar que, si la economía embarranca, los gobiernos tienen que empujar del carro gastando más en lo que sea y que los bancos centrales tienen que tirar de él reduciendo los tipos de interés, uno entiende el regocijo que sienten muchos ante la noticia de que el BCE ha minorado sus tipos de interés un cuarto de punto hasta dejarlos en el 0,5%. Déjenme darles un baño de realismo: los tipos de interés del Banco Central de Japón llevan en el 0% desde 1999, con los magníficos resultados que todos pueden observar. Quizá convenga, antes de comenzar a tirar cohetes, explicar someramente el proceso por el que los tipos de interés del BCE podrían llegar a influir el gasto empresarial o familiar.

Los únicos beneficiarios: gobiernos y bancos

Primero, el endeudamiento privado de un país sólo puede aumentar si familias o empresas quieren endeudarse. Los empresarios comparan el tipo de interés al que pueden financiarse (ya sea a través de los bancos o del mercado de bonos) con la rentabilidad que esperan obtener invirtiendo ese capital, y si la rentabilidad corregida por el riesgo supera ese tipo de interés, entonces asumen la deuda e invierten. Las familias, por otro lado, comparan la utilidad (o el ahorro monetario) que derivan de adelantar su consumo futuro y, si esta es mayor que el tipo de interés al que pueden endeudarse, toman el crédito. Ahora bien, y precisamente por todo lo anterior, si la rentabilidad de las inversiones o la utilidad de adelantar el consumo futuro son nulas o muy inferiores al tipo de interés, no habrá nuevo gasto basado en deuda. Lección inicial: es la demanda de crédito la que mueve todos los procesos de endeudamiento. “Se puede llevar al caballo al río (ofrecer buenas condiciones crediticias), pero no se le puede obligar a beber (forzar a que tome el crédito)”.

Segundo, el tipo de interés al que pueden endeudarse familias y empresas no es, ni mucho menos, el tipo de interés que fija el BCE, sino el tipo que les ofrecen los bancos privados o los mercados de capitales. El tipo que establece un banco central es aquel al que pueden refinanciarse a corto plazo los bancos privados, pero éstos no tienen por qué transformar ese tipo al que se endeudan a corto plazo por el tipo al que ofrecen crédito a largo plazo a familias y empresas. En ocasiones, el diferencial entre ambos es muy estrecho, de modo que la transmisión de la “política monetaria” es bastante inmediata. En otras ocasiones, como la actual, el diferencial es muy amplio debido a que la debilitada posición financiera del banco y, sobre todo, el alto riesgo que implica para la banca extenderle crédito a un sector privado en plena depresión, de manera que las bajadas de tipos del BCE apenas tienen repercusión alguna sobre las tasas ofrecidas por los bancos a los agentes privados. Lección segunda: si la banca se niega a cometer la imprudencia de endeudarse a corto plazo con el BCE y prestar a largo plazo, la política monetaria del banco central a la hora de promover tipos más bajos para familias y empresas será estéril.

En España, ahora mismo, ambas restricciones se hallan plenamente operativas: ni familias y empresas encuentran abundantísimas oportunidades de ganancia como para cargar con nueva deuda sus ya saturadas espaldas, ni los todavía infracapitalizados bancos patrios tienen capacidad o voluntad de prestar a un sector privado español que sigue siendo de alto riesgo. La reducción de tipos del BCE y la promesa de una provisión ilimitada de crédito para entidades financieras hasta al menos 2014 sólo servirán, por consiguiente, para beneficiar a aquellos dos agentes a los que siempre ha privilegiado un banco central: entidades financieras y gobiernos. Las primeras verán rebajar sus costes financieros (ensanchando su cuenta de resultados con cargo al envilecimiento de la moneda europea) y los segundos experimentarán una cierta moderación de sus tipos de interés (pues los bancos privados sí están, por lo general, dispuestos a seguir extendiéndoles crédito a las condiciones algo más favorables del momento). En la medida en que, además, los Estados se tomen está relajación monetaria como un impulso a perpetuar sus desequilibrios presupuestarios (esto es, en la medida en que los gobiernos busquen endeudarse a un ritmo todavía mayor que el actual), el euro tenderá a depreciarse frente al resto de divisas, de manera que ya podemos afirmar que Draghi nos mete de lleno en la pauperizadora guerra de divisas global.

Por una nueva burbuja

Los habrá, claro, que juzguen necesario que el BCE, en lugar de prestar a los bancos para que estos, a su vez, lo hagan a familias y empresas, extienda crédito directamente al sector privado al 0,5%. De este modo, dirán, se salvará el segundo escollo para que la política monetaria del banco central funcione: la renuencia  de la banca privada a trasladar esas laxas condiciones a sus préstamos empresariales o al consumo. Lástima que el asunto no sea ni mucho menos tan sencillo. ¿Puede el BCE discriminar entre los millones de familias y empresas solventes y los millones insolventes? ¿O en cambio se propone que preste a todas ellas sin preocuparse por la morosidad? ¿Acaso no supone ello volver al modelo de las subprime, los ninja, las preferentes y demás calamidades (presta y no a quién)? ¿Socializamos las milmillonarias derivadas de esta imposible diligente gestión del BCE entre todos los europeos?

Es más, si el BCE ofreciera financiación ilimitada a familias y empresas al 0,75%, ¿qué tipo de economía creen ustedes que estaríamos alumbrando? Si familias y empresas tomaran ese crédito abaratado, comenzarían a endeudarse mucho más de lo que ya lo están para ejecutar proyectos de bajísimo rendimiento. Planes de negocio con rentabilidades de apenas el 1% o el 1,5% serían aceptados e implementados. A medio plazo, viviríamos un boom crediticio artificial (una nueva burbuja de prosperidad ficticia asentada en el endeudamiento); a largo plazo, sentaríamos las bases para padecer una economía hiperapalancada y de bajísimo rendimiento: una economía moribunda y zombificada.

Pero tranquilos: nada de lo anterior pasará porque ya ha sucedido. Ya tenemos una economía hiperapalancada y de bajísimo rendimiento debido a las reducciones artificiales de tipos que propició el BCE a partir de 2002. No hay margen para reinventarnos en ese desastre.  Lo llamativo, con todo, es que los mismos que aplaudieron entonces sigan jaleando al BCE ahora para que suceda exactamente lo mismo que hace una década. Ni aprendemos ni, lo que es peor, queremos aprender. 

Repartir el trabajo

El consenso socialdemócrata nos aboca a seguir manteniendo el peso del bienestar del Estado sobre los hombros de los contribuyentes. No hay nadie en el arco parlamentario que proponga un recorte real de los gastos estatales para aliviar la carga impositiva de los exhaustos trabajadores.

Más allá del consenso, lo que sí existen son demandas para aumentar las subvenciones a sectores improductivos de la sociedad sin importar por cuántas generaciones nos tengamos que endeudar. Las soluciones son ingeniosas y hay quienes ya promueven el "reparto del trabajo". Para los planificadores, el problema no es la falta de trabajo sino que está mal distribuido. Ellos, claro, han recibido la iluminación de San Karl Marx para convertir lo ineficiente en eficiente y terminar con todos los males que padecemos.

El trabajo no es un bien dado preexistente que se pueda repartir. La visión estática de los colectivistas les lleva a entender la riqueza como un gran pastel que se puede repartir; de esta forma, si alguien acumula más de una porción, se la está quitando a otro. Lo mismo piensan que ocurre con el trabajo y muchos socialistas se lanzan a culpar a los trabajadores por acaparar el trabajo. Los políticos de izquierdas ya proponen reducir la jornada laboral para repartir el trabajo existente. No se trata de una exageración liberal, es una de las propuestasdeIzquierdaUnidaparacrearempleo. Las otras medidas incluyen varios planes de empleo, la creación de empleos públicos y verdes (sic) o el aumento del salario mínimo hasta los 1.100 euros mensuales. Todo pagado con el dinero ajeno que hoy no se recauda.

El pensamiento mágico de la Izquierda se resume en crear el trabajo de forma artificial de la nada (empleo público) o en redistribuir a la fuerza el que demanda el mercado laboral. Si el trabajo se pudiera crear de espaldas a las necesidades del mercado la solución política ideal sería la creación de 6.202.700 empleos, ni uno más ni uno menos. Problema resuelto.

La otra solución, la de repartir el trabajo existente, no es otra que aumentar la rigidez del sistema laboral español, que es lo que expulsa del mismo a mucha gente que se ve abocada a llenar las listas del Inem, pero que podría estar trabajando por salarios que los políticos creen dignos si se reciben en forma de subvención, pero indignos como contrapartida por desarrollar un trabajo. Aumentarían todavía más los costes laborales incrementando, por tanto, el coste de la contratación.

La riqueza no es un bien dado, el ser humano superó una situación de supervivencia gracias a su ingenio y su capacidad para ahorrar e invertir a largo plazo. Del horizonte vital de morir de frío en una cueva o servir como tentempié para un dientes de sable, hemos conseguido avanzar hacia una sociedad capitalista capaz de crear riqueza que en otras épocas eran inimaginables. Hoy en día podemos dedicar sólo una parte de nuestra vida a trabajar para procurarnos lo necesario e invertir de cara al futuro para vivir mejor y satisfacer necesidades. Necesidades que nuestros ancestros no tenían, pero a las que hoy nadie quiere renunciar. A estas se sumarán beneficios futuros que ni siquiera podemos imaginar. Esta riqueza colectiva creada de forma individual y distribuida por el mercado entronca con los trabajos necesarios para llevarla a cabo. Algunos ya no son necesarios y otros surgirán pero en ningún caso se trata de un juego de suma cero que se pueda redistribuir. De hecho, si hubiésemos metido hace cien años a uno de esos planificadores en una habitación con todos los componentes y herramientas necesarias para crear un Smartphone, habría sido incapaz de conseguir construirlo porque ni siquiera existía la idea de smarphone. El empresario Henry Ford revolucionó el transporte mundial haciendo posible que cualquiera pudiera tener su propio coche, suya es la frase de que "si hubiera preguntado a la gente qué quería, me habrían dicho que un caballo más rápido". La creación de riqueza y trabajo es mucho más compleja que la que se pueda planificar desde un despacho.

Como todos los primero de mayo, los sindicatos saldrán a la calle para exigir al gobierno que blinde los empleos actuales a cambio de hipotecar la creación de riqueza y puestos de trabajo en el futuro. Defienden sus privilegios y pretenden subvencionar a todos los que no tuvieron tiempo de acceder a esta clase privilegiada durante los años de bonanza. El problema es que el parásito estatal está sobrepasando los límites de lo admisible que puede soportar la economía privada y, de tanto repartir sin permitir que se siga creando riqueza, lo único que se podrá redistribuir será la miseria.