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Los herederos de Zapatero esperan el milagro

El Gobierno no quiere bajarse de la burra a pesar de que la burra ni anda ni hay visos de que vaya a hacerlo algún día. La economía volverá a crecer en 2014 clama Rajoy en el desierto de la desesperanza. Ha dicho 2014 como podría decir 2015, 2016 o 2045. La economía, obviamente, volverá a crecer algún día, pero ese día no se avizora cercano. No existe un solo indicador que invite al optimismo. Hasta hace un par de meses el Gobierno se agarraba como a un clavo ardiendo a las exportaciones, pero, ay, se han desinflado.

España exporta sí, pero básicamente a los socios comunitarios de la Unión Europea. En 2012 el principal mercado de exportación fue Francia, luego, a mucha distancia Alemania, seguido por Italia, Portugal y el Reino Unido. Con la excepción de Alemania el resto de mercados están en recesión, en algunos casos profunda como Portugal y en otros camino del desolladero como Francia. No hace falta ser un lince para intuir que, o se empieza a exportar a otros países, o los clientes actuales cada vez van a tener menos recursos con los que adquirir bienes y servicios a las empresas españolas.

Porque son las empresas y no el Gobierno las que exportan, empresas literalmente machacadas a impuestos cuyo único consuelo es un marco de relaciones laborales ligeramente más flexible que el que había hace año y medio. Para un viaje tan corto no hacía falta semejante equipaje fiscal. Lo que hemos ganado de competitividad gracias a un sector privado que, vía devaluación interna, se ha vuelto extremadamente productivo, lo hemos perdido a un tiempo por culpa de la fiebre recaudadora del odioso y odiado Montoro, el más nefasto ministro que ha padecido España desde el falangista Girón de Velasco y su asocial política de incrementos salariales por el artículo 33.

Al margen del placebo de la exportación, en todo lo demás España va mal y es muy posible que, visto lo visto, vaya a ir peor. El mercado laboral no levanta cabeza. Tal vez las cifras de desempleo bajen, pero no porque se estén generando puestos de trabajo fruto de la inversión privada, sino porque los parados ya ni se inscriben en las listas del SEPE. Esto, claro, la propaganda gubernamental se cuida muy mucho de decirlo. Hay que apuntalar a cualquier coste el mantra de la recuperación para el futuro cercano, a unos seis meses vista, siempre a seis meses vista.

Ni las agencias de calificación, ni los inversores internacionales, ni nuestros acreedores ni nadie a excepción del politiquerío de Bruselas se cree el cuento del Gobierno. Fiarse de un país incapaz de generar un solo empleo en cinco años es tan arriesgado que son más los que salen que los que se quedan. Y no sólo los trabajadores. Esta semana, sin ir más lejos, Darty, una cadena de tiendas de electrodomésticos con 43 establecimientos repartidos por todo el país ha anunciado que hace las maletas. Ni son los primeros ni serán los últimos. La España de Rajoy, continuación natural en el tiempo de la España de Zapatero, no da más de sí. Es un país diseñado institucionalmente para subsistir únicamente en tiempo de burbujas y recaudaciones extraordinarias del mismo modo que el imperio de los Austrias pervivió mientras el oro y la plata americanos llegaban puntualmente a Sevilla.

Sólo nos queda confiar en la Providencia y sus milagros. En eso mismo están los que mandan y así permanecerán mientras sigan mandando.

Max Stirner

Max Stirner ocupa un papel extraño en la historia del anarquismo, del individualismo, de la izquierda hegeliana, y de todo aquello con lo que le podamos asociar. Su principal obra es The ego and it’s own, título en inglés de Der Einzige und sein Eingenthun, y el liberalismo debe prestarle una cumplida atención.

Su nombre verdadero es Johan Kaspar Schmidt. Recurrió a un pseudónimo para no perder su empleo como profesor de la escuela para señoritas de Madame Gropius. Su afirmación del yo como fuente de moral parecería corresponderse con una vida menos anodina que la suya. Aunque su soledad y pobreza de los últimos años sí parecen guardar cierta coherencia con sus ideas.

Formó parte de Los libres, Die Freien, un grupo de jóvenes hegelianos que recibieron la visita ocasional de Marx y Engels. La primera publicación de importancia de Stiner fue para la revista Rheinische Zeitung, dirigida por un joven Marx. Traducida al español como El falso principio de nuestra educación, en ella distinguía entre el hombre educado y el hombre libre: “Si uno despierta en los hombres la idea de la libertad, entonces los hombres libres irán, incesantemente, hacia su liberación. Si, por el contrario, uno sólo los educa, en todo momento se acomodarán a las circunstancias de los más educados y elegantes, y degenerarán en rastreras almas de siervos”. Su carácter se amoldará a los propósitos de otro, ya sea el Estado, la Iglesia o la humanidad.

Es un buen bocado para lo que va a venir con la obra que en España se ha traducido como El único y su propiedad, un título que no acaba de ser del todo fiel. Rechaza el idealismo hegeliano. De modo que parte del yo, pero no de una idea universal del ego, sino de un yo radical, lo que le lleva a las aguas del nihilismo en las que, sin embargo, no se ahoga. Reconoce que hay una realidad exterior, formada entre otras cosas por otros egos distintos al suyo. Su ego es previo a cualquier concepto, como “individuo”, “sociedad”, “justicia” y demás. Ese ego, que es una realidad radical, es creador de lo demás. Una segunda característica es que es único (einzig): “Mi carne no es la carne de otro; mi mente no es la mente de otro”.

Con ese punto de partida, Stirner acepta que pueda existir una verdad objetiva, pero no es de su interés per se; sólo como instrumento del yo. Esa verdad objetiva prescindible alcanza a conceptos como el derecho o la moral: “Somos perfectos como somos, y en toda la tierra no existe un solo hombre que sea un pecador”, pues su realidad parte de su ego, que es anterior a cualquier concepto de pecado que se le pueda aplicar: “Dueño y creador de mi derecho, yo no reconozco otra fuente de derecho que yo; ni Dios, ni el Estado ni la naturaleza, ni siquiera al hombre”, dicha esta palabra en el sentido de la humanidad. Y añade: “Aquello que tienes el poder de hacer, tienes también el derecho de hacerlo”, pues “yo decido qué es lo correcto en mí, no hay derecho fuera de mí”. Es interesante el contraste del yo como realidad previa a la moral de Stirner y el observador imparcial de Adam Smith, que contribuye al individuo a forjar una moral válida.

El liberalismo tiene un problema con la defensa del derecho de propiedad, ya que es, en esencia, una pretensión sobre el comportamiento del otro. Esta idea merece un desarrollo mayor, que no me he atrevido a emprender. Stirner le da una solución, a su modo. Siguiendo su línea de razonamiento, Stirner rechaza el derecho de propiedad. Pero no porque rechace la propiedad, que no es el caso, sino porque lo que rechaza es el concepto ideal de derecho.

Alega aquélla perfección de la persona sólo para elevar al ego a cotas inalcanzables para otros baremos ideales, como la justicia, la ética o la moral. Porque no cree que la persona sea en realidad perfecta. Es más, Stirner nos propone un proceso de posesión progresiva del yo por parte de la persona. “Yo soy mi dueño sólo cuando yo soy el señor de mí mismo”. Ese camino de auto posesión, de control sobre la propia persona, es también el camino hacia la libertad. La libertad, quedará claro a estas alturas, no puede ser un concepto ideal. No puede ser la libertad positiva de Hegel: la “libertad” de servir a una causa más grande que el propio individuo, pues ello supondría convertirse en un esclavo. Pero tampoco es suficiente la libertad negativa, porque no te libera necesariamente de seguir otras servidumbres, como las de la tradición o los valores prevalentes. “Toda libertad”, por tanto, “es auto liberación, que sólo puedo lograr en la medida en la que yo procure para mí mi auto propiedad”.

Pero hemos dicho que Stirner, que no es ni solipsista ni nihilista, reconoce la existencia del mundo exterior. ¿Qué relación deberá tener con él? Será la que determine el yo, claro. Puramente utilitarista. En este sentido, Stirner niega la acción desinteresada. Amo “porque el amor me hace feliz, amo porque amar es natural a mí, porque me satisface”. Es un concepto que convierte al egoísmo en el nombre que le damos a albergar cualquier motivación y, por tanto, diluye al concepto de egoísmo en una tautología, en una identificación con cualquier acción, que siempre ha de estar motivada por algún fin. El egoísmo de Stirner, por esta vía, llegaría a ser compatible con la moral cristiana, que él rechaza, si el individuo llega a abrazarla, eso sí, después de un acto de autoposesión y libertad. En última instancia, su ética se basa en la elección libre, conscientemente egoísta, que le conduzca al disfrute de la vida.

La relación de esa posición, ética a pesar de las pretensiones del autor, con el Estado, no puede ser buena. El Estado hace suyo el concepto de soberanía, y ello implica la sumisión de los individuos. Por cierto, que eso no cambia en una democracia, frente a la cual, nos dice el autor, el individuo se encuentra en la misma posición que en una monarquía absoluta: a merced del poder. Stirner no comparte el engaño de muchos otros sobre el carácter del Estado: a su violencia le llama Ley, mientras que a la de los individuos le llama crimen. La ley, que es instrumento de su violenta imposición, necesita algo más para ser efectiva, y es una falsa ideología de hermandad y comunidad: “una red de dependencia y adherencia, es una pertenencia conjunta, una sujeción conjunta”. En consecuencia, “yo soy libre en ningún Estado”. El Estado no tiene fuero para “mandar en mis acciones, a decir el curso que yo seguiré y fijar un código para gobernarlo”.

También rechaza la sociedad en la que vive, la sociedad heredada. Pues ésta es una asociación coercitiva, que exige de cada miembro que piense de una forma determinada, no fijada por su propio yo, y le exige también que actúe de determinada manera para el bien del conjunto.

Stirner tiene todas las papeletas para convertirse en ese mítico liberal que defendería una sociedad formada por átomos independientes unos de los otros. Es una idea perfectamente absurda; tanto, que yo sólo se la he leído a autores socialistas. Stirner, con toda su exaltación del yo y su ética del egoísmo, dice que “no hay aislamiento ni soledad, sino que la sociedad es el estado original del hombre. La sociedad es nuestro estado de naturaleza”. Es lógico que haga esta afirmación, porque el hombre del que él habla es el hombre real, el hombre particular, no ideal.

Si el hombre vive en sociedad, pero debe rechazarla para conquistar su yo y alcanzar su libertad, ¿qué opción le queda? Que nos lo diga el propio autor con sus palabras: “Nosotros dos, el Estado y yo, somos enemigos. Yo, el egoísta, no tengo en mi corazón el bienestar de la sociedad humana. No sacrifico nada por ella, sólo la utilizo. Pero para poder utilizarla por completo, la transformo en mi propiedad y mi criatura. Es decir, la aniquilo y pongo en su lugar una unión de egoístas”.

De modo que Stirner no rechaza la sociedad, sino esta sociedad. Y no sólo reconoce que la persona es un ser social, sino que le otorga una salida tras el rechazo de esta sociedad: la creación de otra formada por personas libres, egoístas (ya hemos visto que eso no quiere decir mucho), sobre una base utilitarista. Esto es así, ya que los otros no son el infierno de Sartre, sino que contribuyen al pleno disfrute de la vida que Stirner plantea como ideal.

El liberalismo resolvió muy pronto la aparente contradicción entre el individuo y la sociedad, gracias a la división del trabajo; gracias, en realidad, al descubrimiento de la interrelación en el mercado. Stirner no lo plantea en estos términos en The ego and it’s own. Tiempo después de escribir su gran obra, y por motivos probablemente distintos de los que él temía, perdió su trabajo como profesor de señoritas en la academia de Madame Gropius. Para obtener ingresos, tradujo las obras de Jean Baptiste Say o Adam Smith. No sé si los había leído antes de publicar su libro (1845), pero desde luego no los cita ni los utiliza.

Hay algo contradictorio en su propuesta. Rechaza el idealismo. Es nominalista y particularista. Pero Stirner no habla de él mismo, sólo, sino de cada individuo, en quien reconoce también un yo. Plantea un ideal para toda persona, que es la auto posesión como camino a una libertad plena. Puede que no reconozca un individuo ideal, y sólo un conjunto de personas reales, pero su mensaje es válido para todas ellas, de modo que no hay una diferencia significativa.

Otra dificultad relacionada con la anterior es que el yo, que a todo se antepone, que ve el mundo en términos utilitaristas, podría servirle a un brutal dictador, o a un criminal que quisiera imponerse sobre sus semejantes. Pero él rechaza eso. Rechaza la imposición sobre él y sobre los demás. La unión de egoístas es una unión pacífica, para la colaboración sin el recurso a la violencia, a la imposición. Luego su egoísmo utilitarista no puede recurrir a cualquier método que el yo considere adecuado para sus fines, pues choca con los fines de otras personas. La plena libertad que él desea para todos sólo es posible no ya al margen del Estado, sino con ciertos límites a la actuación individual. Esa unión con otros tiene que ser de cooperación, pero para que se produzca tienen que darse varios presupuestos, como el respeto a la persona y la propiedad ajenas, reforzados por una moral propia de una sociedad libre. Un Steiner defiende la libertad, pero otro rechaza su contexto institucional.

Carlos Marx es un intelectual despreciable, por muchas razones. Una de las peores es su desprecio por la honradez intelectual, que se manifiesta en sus largos textos de historia de las ideas. Uno de ellos es La ideología alemana. Más de la mitad de ese libro está dedicado a retorcer las ideas de Max Stirner y a lanzar sobre él abyectos ataques ad hominem. Él y Federico Engels, coautor de la obra, no pueden esconder su temor a Stirner. La creación intelectual de Marx se diluye ante la crítica que Stirner hace del comunismo, con unas pocas palabras: “El comunismo, por la abolición de toda propiedad personal, sólo me presiona para retraerme todavía más hacia la dependencia del otro, sea la generalidad o la colectividad. Y, tan alto como critica al ‘Estado’, lo que intenta es de nuevo un Estado, un status, una condición para limitar mi libre movimiento, un poder soberano sobre mí. El comunismo se rebela justamente contra la presión que experimento de los propietarios individuales, pero aún más horrible es el poder que pone en manos de la colectividad”.

Con estas palabras llegamos a la última consideración sobre Stirner. Ha motivado la crítica, cuando no el escándalo, de varios moralistas. Adam Smith quizás hubiera sido uno de ellos de haber tenido la ocasión de leerle. En definitiva, formalmente, rechaza toda moralidad previa al individuo. Pero ningún intento por adoptar personalmente o de forma colectiva el pensamiento de Stirner hubiera llevado a las atrocidades que muchos de los supuestos amantes de la humanidad han propiciado con sus escritos; Marx y Engels al frente de todos ellos.

Mitos sobre el Banco Central Europeo y los incentivos perversos

 “The ECB and the creditor nations cannot and will not save governments that are unwilling or unable to save themselves”. RBS

Semana de riesgo europeo renovado, tras Chipre y el Banco Central Europeo. Los riesgos sistémicos siempre se infravaloran. Ya se ven en Eslovenia, con una banca con tasa de mora del 20%. Si el país sigue en recesión y los mercados continúan débiles, necesitaría entre 9.000 y 13.000 millones de euros entre 2013 y 2015 (un 25-38% de su PIB, según JP Morgan). Si se hace un rescate similar al de Chipre, supondrá un impacto en los bancos europeos de casi 15.000 millones. Austria, Italia, Francia y Alemania serían los más afectados.

Por ello, Draghi tiene que guardar cartuchos y no se puede entregar a la máquina de imprimir aún más de lo que lo ha hecho. En el barco europeo salen agujeros por todos lados. No se puede achicar y decir al capitán que navegue a mayores profundidades a la vez.

Mario Draghi comentaba el jueves que “la política del BCE seguirá siendo acomodaticia mientras sea necesario” pero que no puede “sustituir la inacción de los gobiernos ni a bancos infracapitalizados”. ¡Qué malvado! Pues bien, los mitos más absurdos sobre el Banco Central Europeo son:

1- El Banco Central Europeo no imprime y no apoya como la Fed. El balance de la Fed es de 3,2 trillones (americanos), el del BCE es de 3,5 trillones. El BCE ha aumentado su balance en un trillón y medio de dólares en cuatro años, incluyendo 218.000 millones de compras de bonos (SMP).

 

El grafico de BNP sobre “cómo crea el BCE más dinero que la Fed a escondidas” (Bigger than QE) es extremadamente revelador, y nos muestra como los principales beneficiarios de esa política han sido Italia y España.

 

2- El Banco Central Europeo no aumenta la masa monetaria. Como comentábamos hace poco, la masa monetaria (M3) ha alcanzado máximos (9,7 trillones en enero 2013 comparado con una media de 0,33 trillones 1980-2012). Casi todo ese aumento de la masa monetaria se ha ido a una partida Credit to General GovernmentComo decían RBS y BNP, el Banco Central Europeo ha sido tan agresivo como la Fed, solo que silencioso. Y el dinero se ha quedado entre estados hipertrofiados y bancos que tienen que comprar deuda soberana. Generosidad “para permitir que ustedes ahorren”. Se me saltan las lágrimas. 

 

2- Alemania impide que España crezca porque no permite que fluya el dinero. Ya hemos visto que el dinero fluye, pero se queda en casa del Estado y los bancos. Ya hemos visto que liquidez hay, pero se usa para comprar deuda soberana. Ya hemos visto que dinero se crea, pero el coste de pedirlo prestado para empresas y familiares se ha disparado. Luego dicen que “no hay demanda”. Me parto.

Ese problema de transmisión de liquidez a la economía es culpa de los estados miembros que la administran, no de Alemania, o del Bundesbank, que tiene dos tercios de su balance expuesto al BCE, por lo cual poco interés tiene en que vaya mal la cosa… Pero tampoco van a mantener una situación insostenible sin reformas. Recordemos las palabras de un eurodiputado finlandés: “que yo le haya prestado a un amigo mil euros y se lo gaste en fiestas no significa ni que no me los deba ni que tenga que prestarle mil más”.

Por eso las palabras de Draghi del jueves son tan reveladoras.

Hay que cortar los incentivos perversos de unos países que, en el club donde todos suspenden, juegan a forzar la máquina y esperar a ser sistémicos para que se les recate y continúen sin reformar, tirando de la chequera de los demás. La de unos países, los del Norte que han sufrido ajustes muy duros y cuyo endeudamiento tampoco es bajo. Con deuda/PIB del 90% y sus propios problemas bancarios, redoblar la apuesta “a la española” es suicida.

Partimos de una percepción de Alemania como estado riquísimo nadando en dinero que, no solo es falsa al ver su estructura financiera, sino social.

Alemania, por el lado financiero cuenta con un sector financiero endeudado en unas 45 veces su capital (common equity) y ya no puede tomar más riesgo periférico. Sobre todo porque ya aceptaron nuestra apuesta de “estimulo” con resultados desastrosos tanto para España como para el riesgo europeo.

Por el lado social, no puede permitirse políticas inflacionistas tras décadas de aceptar ajustes de renta disponible, millones de mini-jobs y recortes de salarios por el bien común.

En términos sencillos, la construcción de la nueva Europa no se puede hacer repitiendo los mismos errores de gasto de 2007-2010 ni desde el endeudamiento, porque el efecto dominó del riesgo sistémico hace que los bancos y estados prestadores se queden sin capital ante cualquier problema.

Los estados europeos están llevando una carrera suicida contra sus propios pueblos. La pirámide de deuda y la aceleración de la misma de todos los países no es sostenible y eso lo sabe el BCE y Alemania. Y deberíamos saberlo los de los derechos adquiridos y la patada hacia delante.

Ya lo comentaba en el artículo Al día siguiente del rescate, default interno. Una vez que el 90% de la deuda viva del país esté en manos domésticas, el problema de nuestra imprudencia será solo nuestro. Porque el 97% del fondo de pensiones está invertido en deuda soberana, el 80% de la seguridad social, muchísimas aseguradoras. ¿Quieren copiar a Japón y llegar al 200% de deuda sobre PIB? Asuman el riesgo como los japoneses…

No, nuestros problemas no son culpa de Alemania ni del BCE. Es culpa de cómo se reparte y vertebra esa liquidez. Los incentivos perversos aparecen de nuevo. Cuanta más liquidez, más se agrava el agujero de deuda, más se tarda en llevar a cabo las reformas necesarias… Y ya sabemos, el que parte, reparte y se lleva la mejor parte.

Por supuesto, los bancos centrales no quiebran. Imprimamos. Solo que el balance del BCE lo paga usted con impuestos, inflación… y más recortes cuando, como en Reino Unido tras la locura de Gordon Brown, como en España tras los planes contracíclicos, se agranda el agujero.

Es precisamente la burbuja de gasto estatal y los planes contracíclicos, financiando al Estado de manera privilegiada e incentivando “inversiones” en sectores de baja productividad extremadamente caras, los que explican gran parte del diferencial de la periferia con respecto a los países del Norte.

 

La barra libre de dinero no soluciona problemas de modelos caros y de baja productividad.

Mantenemos el mito de que el dinero fácil y el Banco Central Europeo es la solución a todo. Debe ser porque después de poner 44.000 millones en comprar bonos del estado y 230.000 millones para sostener a nuestro sistema financiero nos parece poco.

El jueves asistí a la presentación Spain, a land of opportunities del consejo Empresarial para la Competitividad. Tiene sus voluntarismos y predicciones optimistas, pero es una excelente iniciativa. Ese documento muestra tres realidades:

1- Que los sectores de alta productividad han crecido y se han desarrollado durante la crisis de manera ejemplar sin casi crédito adicional.

2- Que a pesar de un euro “fuerte” exportamos más.

3- Que el error más grave de la crisis española fue redoblar la apuesta burbujera con políticas “contracíclicas”, que han agrandado el agujero y reprimido a los sectores sanos con subidas de impuestos, y que el crédito lo acaparan las administraciones públicas.

Sin embargo, aun oigo cosas como “el hecho de que las políticas contracíclicas no hayan funcionado en el pasado no invalida que se deban volver a aplicar”. No, claro. Ya subiremos los impuestos. En un país que multiplicó por dos su deuda pública para generar cero puestos de trabajo, unas infraestructuras inútiles que cuestan cientos de millones en mantenimiento anual y un déficit que hoy es imposible de contener. Repetir.

También en España se repite que el coste de financiar a empresas mejoraría si nos inundaran de liquidez. ¿Más? Curioso, porque el diferencial medio al que se financian las empresas ha subido de 300 puntos hasta 550 puntos básicos precisamente durante la barra libre de liquidez del BCE. Un problema de fallo en transmisión de liquidez Estado-banca-empresa no se soluciona ni con otro banco ni con más liquidez. Se soluciona con mercado libre y financiación privada. La ilusión monetaria nos lleva a pensar que echando agua al vaso de leche tendremos más leche.

El mito de que hay que gastar cuando hay contracción y que el ahorro ocurre cuando crecemos no funciona cuando hemos traspasado el umbral de saturación de deuda, y en mucho.

Además, oh sorpresa, cuando crecemos el estado tampoco ahorra. Gasta más. Como les mostraba en mi artículo ¿Y si Alemania nos cierra el grifo?, dicho proceso lleva a repetir los incentivos perversos, que no solo retrasan la recuperación, sino que nos hace aún más arriesgados como inversión, porque luego suben los impuestos.

Si quieren imitar a Japón o EEUU, no se consigue imprimiendo. Se consigue haciendo Apples y Mitsubishis, no ciudades fantasma y aeropuertos.

Podemos salir de la crisis desapalancándonos. Pero será desde la financiación privada, atrayendo capital, dejando a las Pymes crecer, cortando gasto político y reconstruyendo la clase media aumentando su renta disponible. Reduciendo el peso del Estado sin hundir servicios esenciales, que permite bajar impuestos y reactivar el consumo. Buen fin de semana.

Más socialistas que la madre que nos parió

La encuesta que la Fundación BBVA ha realizado en diez países europeos sobre percepciones, actitudes y valores de sus ciudadanos, nos coloca en la cima de la clasificación de aprovechados vocacionales, firmemente dispuestos a vivir mejor incluso en tiempo de crisis pero siempre que sea a costa de los demás. Como menores de edad, la gran mayoría de los españoles prefiere, qué coño prefiere, ¡exige! al gobierno que se encargue de proporcionarle todos los servicios esenciales comenzando por una vivienda ("digna", por supuesto) y un buen puesto de trabajo. Quieren incluso aumentar las prestaciones que actualmente reciben, pero no mediante la contratación personal de servicios adicionales, sino a través de una subida fiscal para que sean otros los que financien la mejora. Es ese mantra tan socorrido del "que los ricos paguen más", la mayor estafa intelectual patrocinada por la socialdemocracia, puesto que sólo un retrasado mental puede desconocer que los ricos, sencillamente, no pagan impuestos. Ni aquí ni en ningún otro lugar.

Somos muy socialistas y además a mucha honra. La inmensa mayoría de medios nacionales celebra tan lustrosa circunstancia, enfatizando que los españoles somos los más dispuestos a organizar algaradas callejeras en defensa de ese trinque al prójimo llamado "Estado del Bienestar". Ningún otro país aclama, o como mínimo "entiende", el acoso a los políticos fascistas tanto como España si exceptuamos a Kirchnerlandia, patria fundadora del escrache organizado. Porque la culpa de todo lo que nos pasa es del capitalismo. ¿El robo de los ERE andaluces, dice usted? Culpa del neoliberalismo salvaje, por supuesto ¿O es que va a dudarlo, pedazo de fascista? Es normal por tanto que la encuesta revele la oposición de la mayoría de españoles a la economía de mercado, un sistema que hace que unos ganen más dinero que otros en una afrenta incalificable al sacrosanto principio de igualdad que todo gobierno debe garantizar en primera instancia "redistribuyendo" la riqueza generada por los individuos más industriosos.

La Televisión Española, que cuando gobierna el PP emite básicamente basura progre, programó el pasado jueves un bonito documental para explicar a la audiencia por qué las empresas internacionales perjudican gravemente a la sociedad. Y para acabar de celebrar que somos más socialistas que la madre que nos parió, va el gobierno y realiza en su Consejo de Ministros del día siguiente un nuevo alarde de austeridad anunciando un plan de gasto de 2.500 millones para crear puestos de trabajo en la construcción como en los mejores tiempos de ZP. Unos resultados tan brillantes en la encuesta europea merecen eso y mucho más. Y porque estamos en crisis, que si no…

Bachelet, la versión chilensis de Mr. Gardiner

 Michelle Bachelet se ha revelado como la versión chilensis de Mr. Gardiner, el personaje de la novela de Jerzy Kosinski (Desde el jardín), que encarnó Peter Sellers en el cine (Bienvenido Mr. Chance). Sí. Porque con una impavidez similar y haciéndose pasar como la mujer que no tiene ideas propias, arroja a la cara de sus oyentes lugares comunes, generalidades banales e invocaciones a la buena voluntad que, según parece, en los aletargados cerebros de sus oyentes toman la forma de verdades reveladas, fórmulas mágicas por su simplicidad e ingenuidad, capaces de resolver cualquier problema.

De Mr. Gardiner todo lo que se podía esperar eran sus genuinos conocimientos de jardinería y él era honesto. Bachelet es una simulación, se hace pasar como la mujer que solo expresa lo que otros quieren, que es simplemente la voz del pueblo y así juega conscientemente con la gente haciéndola creer que ella es pura empatía.

De esa forma su engaño se convierte en habilitante: ella está allí para que, sobre su aparente vacío, todos puedan proyectar lo que quieran. Y les dice a los cándidos que no tiene programa, para que lo llenen a su gusto con todos sus deseos y toda su esperanza. Así, la lógica y el sentido común son invertidos por la calidez de su cercanía, por la magia de los abrazos y las sonrisas que reparte por doquier. En suma, es la populista perfecta. Aquella que lleva el truco de "yo no soy yo sino el pueblo" a la perfección. Todos escuchan en sus palabras lo que quieren oír, como ecos de su propia voz. Y Televisión Nacional de Chile se hace eco de cada movimiento que hace Ella, la Salvadora por sobre los partidos, por sobre la desconcertada Concertación, por sobre todos.

En el curioso personaje de Kosinski del jardinero convertido en estadista, desde expertos hasta presidentes, ministros, diputados y periodistas aguardan expectantes las palabras y la bendición de Mr. Gardiner. Están pendientes de la más mínima de sus muecas y cuándo dice banalidades, por ejemplo, que después del otoño viene el invierno, todos se lanzan a interpretar esa sabiduría recóndita. Pero no es un truco y por ello Mr. Gardiner perdura gracias a su autenticidad.

La Mr. Gardiner chilena sabe, por el contrario, que está embaucando a su público y puede terminar haciéndole mucho daño a todos. De su boca comienzan ya a emanar promesas populistas, "lo que la gente quiere oír". Por ejemplo, prometió acabar con el lucro en educación y más de alguno se preguntará ¿por qué no fiscalizó las universidades que se lucraban cuando gobernó el país?

¿Qué dirá mañana? ¿Cuándo aceptará preguntas de los periodistas o tratará, como su colega trasandina, de hacerse inalcanzable a toda pregunta, a todo cuestionamiento? No lo sabemos, pero del Mr. Gardiner chileno podemos esperar una lluvia de promesas, como lo hizo su colega español, el socialista Rodríguez Zapatero que dejó a España embargada, endeudada y desacreditada. Ojalá que Chile no pase por ello y que Michelle Gardiner nunca más abandone su jardín.

ideasyanalisis.wordpress.com

África (II). Neocolonialismo autóctono

Después de los procesos de descolonización, primero de Oriente Medio y luego de Asia, tocó el turno a África a finales de los años 50 del siglo pasado. Sus líderes políticos estaban obsesionados con la independencia, la integración nacional y la modernización de sus países respectivos. Una diminuta minoría, urbanita y occidentalizada, aspiraba fervientemente a gobernar la vasta mayoría de una sociedad básicamente rural que había padecido durante largos años el colonialismo. La reivindicación nacional según fronteras heredadas fue obra de élites políticas e intelectuales; en ningún caso tuvo un masivo respaldo popular. El líder africano típico de aquella época era socialista, no alineado y rabiosamente antiimperialista.

Fueron aquellas flamantes élites indígenas las que en 1963 acordaron en el seno de la Organización para la Unidad Africana dar por buenas las fronteras trazadas durante la expansión europea que, recordemos, se fijaron en Berlín en 1884 sin la presencia de un solo africano. Este acuerdo demostró ser uno de los más duraderos entre políticos africanos.

Kwame Nkrumah y su cohorte añoraban el "reino político" al que debían rendir todos adhesión y tributo. Declaró que su partido político (el CPP) era la fuerza más poderosa que había aparecido en Ghana; debía pilotar la nación y su supremacía no debía ponerse jamás en cuestión. Llegó a decir que "CPP es Ghana, y Ghana es el CPP". El guineano Sékou Touré, popularmente llamado el "Gran Elefante", condujo con mano de hierro arrogante la pretendida modernización de su país. Al llegar al poder el tanzano filósofo Julius Nyerere, colectivizó salvajemente la agricultura y concentró a los granjeros en comunas; se trataba de que no apareciesen clases en África, no de superarlas. Fue su delirante proyecto denominado Ujamaa que llevó a un serio retroceso en la productividad entera del país. Jomo Kenyatta reprimió a la oposición e implantó en Kenia un régimen de partido único; la corrupción y el favoritismo hacia su clan marcaron su larga presidencia. El ecuatoguineano Macías Nguema impuso una dictadura comunista, prohibió la medicina occidental y la pesca para evitar la huida de su población, a la que masacró. Tras una descolonización caótica, tomó el poder el congoleño Mobutu Sese Seko, que nacionalizó sin dudarlo las empresas extranjeras y echó del país a los inversores europeos. La corrupción alcanzó cotas incluso obscenas para aquellos pagos. La fortuna personal de Mobutu llegó a superar la deuda externa de su país. Además de quedar impunes sus múltiples crímenes, lo peor fue el haber arrasado con todas las instituciones del Congo. El ugandés Milton Obote llevó a cabo cruentas represiones étnicas, al tiempo que condenó el apartheid en Sudáfrica; su sucesor, Idi Amin Dada, multiplicó las matanzas de forma compulsiva, oprimió a destajo a sus rivales y echó a los indo-pakistaníes del país. El marfileño Félix Houphouët-Boigny, pese a ser más presentable, amasó una inmensa fortuna y costeó de su propio bolsillo la construcción de una de las mayores basílicas del mundo en las afueras de su ciudad natal. Suma y sigue…

La lista es en verdad interminable. Todos los dirigentes africanos empobrecieron casi sin excepción el país al que supuestamente vinieron a liberar. Fueron los impresentables reyes de Calibán, tal y como denominó en su Historias con vida propia Fernando Díaz Villanueva a toda aquella patulea gobernante, siguiendo la estela del historiador Paul Johnson.

El colonialismo fue identificado con el capitalismo, por lo que los líderes del África postcolonial rechazaron todo lo que tuviera que ver con él. La mayoría de sus "emancipadores" abrazaron, por tanto, el llamado socialismo africano que se asoció a la modernidad de la nación. Comenzó pronto a funcionar el rodillo centralizador. Se nacionalizaron empresas, se incrementaron los controles gubernamentales sobre sus economías y se crearon monopolios. Además de eliminar los incentivos a la producción, se convirtieron en muchos casos en mono-economías. Asimismo, ante el pretexto de conseguir una supuesta cohesión social y evitar una desintegración política a causa de la gran diversidad étnica existente, se impusieron también sistemas políticos de un solo partido.

Las lealtades debían ser hacia el partido y el Estado, ya no hacia las etnias y sus instituciones tradicionales. La justicia, antaño integradora, se convirtió en correa de transmisión del partido único y en instrumento de represión a los disidentes. La rotura de valores seculares acabó por descoyuntar la moderna sociedad africana. Se desataron sanguinarias rivalidades por ver qué líder y su clan se imponía para adueñarse y repartirse el botín estatal. Los golpes y contragolpes militares fueron, por tanto, frecuentes.

Los gobernantes postcoloniales, prevaliéndose de una estructura de Estado proveniente de la antigua colonización y ajena a la larga tradición local, se especializaron en el arte del pillaje, del asalto y del robo. La gran mayoría de los Estados africanos se convirtieron en verdaderos depredadores del país y de la gente a la que se suponía debían servir. El mayor daño infligido a África por la colonización fue el haber hecho tabla rasa de las instituciones autóctonas preexistentes. Tras la independencia se produjo desgraciadamente un cambio de los amos blancos (ingleses, franceses, portugueses, belgas, españoles, italianos y alemanes) por otros negros autóctonos que replicaron e incrementaron la implacable explotación sobre la población civil. Este tipo de dirigentes en nada se asemeja a los jefes o consejos de ancianos que el África indígena conoció durante siglos en su historia precolonial. El historiador y periodista británico Basil Davidson, pese a ser inicialmente un entusiasta de los modernos nacionalismos africanos, llegó a su pesar a esta conclusión tras escribir más de 30 libros sobre África; su afamado estudio de 1992 fue el definitivo.

Dicha casta neocolonial de bandidos ha reducido un continente rico en materias primas en tierra de saqueo, ofreciendo al mejor postor platino de Zimbabwe, petróleo de Sudán y Nigeria, coltan del Congo o bauxita de Guinea. Todo ello en detrimento y empobrecimiento de su propia población. La emancipación alcanzada por los países africanos fue sólo de nombre. Los límites y contrapesos que siempre habían existido en la tradición africana ya no sirvieron más de freno a los modernos gobernantes que actuaban desde el importado y foráneo modelo de nación Estado. Los líderes africanos de los últimos 50 años, salvo honrosas excepciones, han demostrado ser los peores enemigos del pueblo africano.

Aquellos supuestos liberadores empobrecieron miserablemente las recién creadas naciones africanas y las hicieron, a partir de entonces, dependientes de las ayudas externas.

Antes de los años 60, el África subsahariana era autosuficiente y podía incluso exportar alimentos. Actualmente importa más del 40% de todos los alimentos que consume. Antes de los años 70, los países africanos no recibían apenas ayuda extranjera; ahora casi un 50% del presupuesto anual de muchos de ellos depende de la misma y de las directrices del FMI y del Banco Mundial. La renta per cápita de la mayoría de ellos ha retrocedido con respecto a la alcanzada en la década de los años 50. Es el único continente en que el porcentaje de pobres ha aumentado, la tasa de analfabetismo es la mayor del mundo y los problemas de salud son endémicos. Sus instituciones son débiles, sus infraestructuras escasas y la rendición de cuentas públicas es nula. Algo esencialmente mal se ha hecho en África.

Los mismos políticos que hicieron quebrar económicamente a los países africanos en los años 60 siguen en el poder. No las mismas personas, pero sí la misma élite depredadora y ansiosa por alcanzar el poder central carente de límites. Persiste la miseria debida fundamentalmente a la misma estructura de Estado alienígena de la época colonial, tan solo que adaptada a las relaciones de patronazgo y a las redes clientelares que se estilan allí.

Para mayor desolación, según mostró el economista Paul Collier, la ayuda extranjera sirve para sufragar hasta el 40% de la compra de armas por parte de los Estados africanos. En un continente donde la inestabilidad política corre pareja a la fragilidad institucional, aquellas armas sirven generalmente para aplastar a los opositores y a la población civil sin conmiseración. Las matanzas, genocidios y guerras desatados en el África contemporánea han dejado un reguero de destrucción lasciva, caos gratuito y detritos humanos. Desde 1996 sólo las tres guerras del Congo –en las que participaron también los gobiernos de Ruanda y Uganda- han masacrado a seis millones de personas; la limpieza étnica de Sudán, ha eliminado unos dos millones. Son dos episodios horrendos, pero hay muchos más. Desde 1960, las matanzas y abusos acumulados de los diferentes gobiernos africanos surgidos tras la descolonización nada tienen que envidiar a los perpetrados durante la colonización.

A día de hoy, se cuentan por millones los refugiados que han cruzado fronteras y las personas desplazadas internamente. Es el continente con mayor número de ellos.

La corrección política internacional ha escudado reiteradamente a los déspotas dirigentes de África. Los gobiernos occidentales son reacios a condenarlos, cuando no, les brindan su apoyo decidido o imponen su influencia para proteger y engrasar sus propios intereses inconfesables. Esto es indecente. La inversión del gobierno chino en dicho continente parece seguir el mismo modus operandi. A resultas de ello, las causas profundas de los factores internos destructivos de África apenas se han podido corregir o atemperar.

Ya no basta sólo con terminar con los regímenes dictatoriales. Actualmente hay una veintena de "democracias" africanas. Bajo su paraguas, una buena parte de ellas sostiene un sistema meramente formal de elecciones para mantener la apariencia de legitimidad política. Los incontables fraudes y artimañas arruinan la mayor parte de los procesos electorales por ser poco fiables. Eso sin contar con que las papeletas de voto significan poca cosa si no existe la libertad de prensa o de opinión efectiva. Lo que mejor resume el fracaso de la moderna democracia en África es el hecho de que existan mandatarios -considerados grandes promesas con el inicio de la democratización en la década de los 80- que siguen aún hoy enquistados en el poder. Tal es el caso de Angola (Jose Eduardo dos Santos desde 1979), Zimbabwe (Robert Mugabe, desde 1980), Camerún (Paul Biya, desde 1982), Uganda (Yoweri Museveni, desde 1986) o Ruanda (Paul Kagame, desde 1994).

Algunos han manipulado o modificado autoritariamente la Constitución con el objetivo de renovar mandato a modo de sus pares chavistas al otro lado del Atlántico. Así sucedió, por ejemplo, en Guinea en el año 2001 o en Camerún, en 2008, donde se aprobó el final de la limitación del número de mandatos presidenciales. Han degenerado en falsas democracias.

Por otro lado, la supuesta libertad económica que existe actualmente en algunos países africanos apenas sirve a la población civil cuando el gobierno y sus monopolistas amigachos (cronies) copan y dominan la mayor parte de su economía. África, con sus más de treinta millones de kilómetros cuadrados, sigue sin ser liberada.


­Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los factores internos causantes de los problemas actuales de África (cleptocracias despóticas, ideologías equivocadas, fragilidad institucional, libertad secuestrada, abuso de poder, guerras civiles), así como sus posibles soluciones endógenas (reconocimiento y adaptación de las instituciones autóctonas, paz y seguridad jurídica, limitación de los poderes ejecutivos, liberar y permitir a la sociedad civil actuar en todos los ámbitos). Contradice el diagnóstico que carga, sobre todo, las tintas en los factores exógenos como explicación del origen de los primeros (neocolonialismo exterior, imperialismo, comercio internacional) y como opción más recomendable de las segundas (ayudas externas, reformas patrocinadas por el FMI o el BM). Para una lectura completa de la serie, ver también I.

El paraíso de los free riders

Una de las conclusiones derivadas de los interesantes estudios en Psicología Evolucionista de Leda Cosmides y John Tooby se refiere a la supervivencia de una sociedad o grupo extenso en función de su actitud frente al resto, lo que llamaríamos, en términos comunes, el comportamiento social.

Que los individuos actúan motivados por su propio interés, como ya explicaron Adam Smith y muchos otros autores, no es una novedad. Efectivamente, sin que ello implique que todos somos egoístas, nuestros genes y nuestra herencia cultural como especie nos lleva a tratar de perpetuarnos, y para ello, desarrollamos el instinto de la supervivencia, por un lado, y por otro, la propagación genética. Por supuesto, eso no quiere decir que nos veamos arrastrados por las pasiones y los instintos. Sino que esa es nuestra tendencia y nuestro fin más allá de la consciencia individual.

Incluso el altruismo aparece como un intercambio recíproco, de manera que damos algo esperando que de alguna forma nos sea devuelto, no en ese momento, o de la misma forma, o por las mismas personas, pero sí tenemos esa expectativa. Sea la búsqueda de un lugar en el Paraíso, la aceptación del grupo, la gratificación de nuestra propia conciencia, los actos que llamamos altruistas son en realidad actos con un componente de reciprocidad. No es que Cosmides y Tooby ignoren la realidad, en la que existen personas verdaderamente altruistas, lo que defienden es que se trata de un "producto secundario", una mutación de un comportamiento generalizado, en el que la recompensa se disocia del receptor, el momento y el lugar más evidente.

Cosmides y Tooby también estudian la cooperación frente al engaño del gorrón (el free rider). Es muy interesante cómo llegan a la conclusión de que, si bien en nuestra sociedad existe la creencia buenista de que todos deberíamos cooperar, resulta que las sociedades cooperativas puras son las más vulnerables al engaño de los gorrones. Por la misma razón que explica que las sociedades pacíficas y desarmadas sean las más propensas a ser invadidas.

Es llamativo, en este sentido, que una sociedad en la que todos fuéramos bien pensantes acabaría en la tiranía de los free riders, en la explotación del que coopera por el que no lo hace. Pero ¿y una sociedad de free riders? ¿Qué sucedería si todos fueran gorrones? Se desmoronaría la sociedad porque nadie pagaría

Y esa es la situación hacia donde se dirigen España y Europa. Todos quieren vivir a costa de los demás, nadie quiere pagar lo adeudado. De repente, las deudas contraídas por el Estado ya no son deudas de la ciudadanía, son deudas de los políticos. Ahora, cuando toca devolverlas. Pero, cuando se contrajeron, era el Estado en nombre de todos el que se endeudaba para pagar los cheques-bebé, o el peaje electoral al lobby de turno. Los desmanes de entonces, que cuando eran denunciados caían en el más flagrante de los olvidos, y se apelaba a que estábamos en vacas gordas y que éramos muy avanzados, con un "estado social" enorme y maravilloso como un sol de verano, se ven de diferente manera. Cada ciudadano votante del partido político correspondiente (en términos nacionales, regionales y locales) entona el "yo no he sido". La soberanía, la representatividad, el estado social… han desaparecido, ahora hay una masa de free riders frente a una masa de votantes, que pagan impuestos, que van a la cárcel, que son tratados como sospechosos en los aeropuertos, y que se encuentran secuestrados por un sistema electoral nefasto.

Este modelo de sociedad en el que los cooperantes y los gorrones conviven se mantendrá mientras esos pagadores sigan manteniendo a los free riders. Cuando los gorrones vean que no hay manera de subir impuestos, o cuando la insumisión fiscal nos dé menos miedo, dejaremos de alimentar este mecanismo tan perverso. Es difícil creer que los propios free-riders van a cambiar el sistema de incentivos en su propio perjuicio. Podría suceder pero no me lo creo. Tal vez una autoridad externa podría imponer que eliminaran esas expectativas de beneficio a costa de los demás, pero en la medida que el fenómeno es generalizado solamente nos queda la insumisión, la rebelión cívica como alternativa.

El punto intermedio, el más "posibilista", es la adopción taimada de medidas de maquillaje para hacer creer que ya no va a pasar más. Para ello tendrían que aceptar esa situación todos los partidos políticos, incluso los pequeños recién llegados. Tendrían que hacerse cómplices todos los medios de comunicación. Tendría que mantenerse ciego el pueblo español. Nada de lo sufrido habría servido para nada: ni el alto paro, ni los comedores atestados de Cáritas, ni el sufrimiento de tanta gente.

Me da lástima reconocer que es lo que probablemente suceda.