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El debate sanitario. Externalizar no equivale a liberalizar

En los últimos tiempos, fruto de las medidas de externalización promovidas por varios gobiernos autonómicos emulando soluciones que ya funcionaban en España y en el resto de Europa, ha surgido un debate en torno a los servicios sanitarios que, lejos de ser lo serio que debiera, ha terminado convirtiéndose en un instrumento de agitación política. Falseando la cuestión, sectores de la izquierda han conseguido definir las reformas como "liberalizadoras" en tanto privatizan lo público a favor de la empresa privada. Este argumento, lejos de ser cierto, adolece de un defecto fundamental, ya que privatizar recursos o entregar su gestión a empresas privadas vía concesión no equivale a liberalizar el sector. Esto último supondría, en cualquier caso, eliminar regulación, reducir la carga fiscal y liberar al ciudadano del deber de sostener y pertenecer el sistema público sanitario.

La categoría del servicio no deriva de la naturaleza de quien lo preste, sino de la fuente de financiación de la que se alimenta, las reglas de lo restringen, y quién toma las decisiones relativas a su presupuesto y objetivos. Por mucho que una función pública no la desempeñen personas sometidas a disciplina marcial, sino meros contratados o funcionarios de carrera, dicha función no perderá su condición estrictamente pública. Aunque la sanidad que se paga con cargo al erario público se regula por autoridades públicas, y es objeto de dirección y planeamiento por parte de dirigentes políticos, sea prestada por entidades privadas, no perderá en lo fundamental su naturaleza. Se trata de modelos de gestión de una misma cosa: la sanidad pública. Por tanto, el debate no es entre público y privado, sino en cuanto a formas de gestión de lo público.

El segundo aspecto más relevante de la discusión es si efectivamente una externalización de servicios sanitarios públicos reduce el gasto destinado en los presupuestos de la administración, y al mismo tiempo, mejora la calidad de la prestación. En este punto existe cierta controversia, opacidad y tendencia a la manipulación por todas las partes interesadas. Lo cierto es que a corto plazo sí se produce una reducción del gasto por paciente. También es cierto que en general los pacientes no notan diferencia e incluso agradecen recibir atención en centros "que parecen privados". Lo parecen porque lo son. Y he ahí uno de los elementos que hacen más "atractiva" la externalización de la sanidad. Porque el único dato cierto es que todo aquel individuo que puede permitírselo tiende a contratar un seguro privado sanitario. La huida de lo público es una tendencia constatada. Por eso quien no puede escapar del yugo de lo público suele ver con buenos ojos que se le trate como si la cosa fuera privada. Mejores instalaciones, menor espera, habitaciones individuales… Es lo que la gente busca en los servicios privados porque es exactamente lo contrario de lo que suele recibir en el sector público.

Volvamos a la cuestión de fondo. ¿Por qué determinados sectores de la izquierda se empeñan en asociar externalización con una sanidad estrictamente privada, o un pretendido libre mercado sanitario? La respuesta es muy sencilla: porque saben que a medio/largo plazo las ventajas iniciales de la externalización posiblemente queden diluidas entre los vicios inherentes a lo público, que contagia a todo lo que toca. Los detractores de la externalización saben que si al final vuelven a aparecer los vicios de lo público podrán falsear la realidad relacionándolos con carácter supuestamente liberalizador del cambio experimentado, defendiendo así el regreso a la gestión estrictamente pública de los recursos públicos, argumentando que ésta es la opción más eficiente y deseable.

Si la externalización se limita a transferir la gestión de los recursos públicos desde la administración hasta empresas privadas vía concesión, el destino del experimento será que acaben resurgiendo tanto el gasto desbocado, como el racionamiento de recursos y la degradación de la prestación. Sólo si la externalización va acompañada de un rápido avance de la sanidad privada, esta sí, como sector del mercado encargado de ofertar servicios sanitarios a aquellos usuarios que libremente decidan suscribir pólizas de seguro con empresas estrictamente privadas, existirá una posibilidad de éxito para este modelo mixto. La razón de que esto sea así es tan sencilla como la que explica por qué es imposible el socialismo. Sin precios de mercado es imposible efectuar cálculo económico, y sin cálculo económico cualquier actividad productiva queda condenada al más estrepitoso fracaso.

¿Por qué no sabemos cuánto cuesta una sanidad de calidad? Fundamentalmente porque no existen precios de mercado. Lo que ahora existe, pese a la multitud de empresas que ofertan seguros privados o prestan servicios sanitarios al cobijo del sector público, no cumple los requisitos que permitirían hablar de la existencia de un mercado sanitario. Los beneficios que obtienen muchas de estas empresas dependen de una asignación presupuestaria que a su vez deriva de un cálculo de costes cuyo origen tampoco procede de mercados sectoriales. Ni las farmacéuticas operan en mercados libres, ni los proveedores de material e instrumental médico lo hacen, como tampoco los funcionarios que trabajan en la pública reciben salarios de mercado. De igual modo, las empresas privadas que prestan servicios para la pública estiman su beneficio en base a unos costes que tampoco se corresponden con los precios que sí surgirían en un mercado libre, y siempre quedan al albur de la decisión política que establece la asignación por paciente en cada ejercicio presupuestario, o de restringir la actividad sanitaria mediante reglas cada vez más concretas.

Los menos interesados en mejorar y salvar la sanidad pública son aquellos que se acantonan en un sistema que no funciona, que no puede pagarse y que no aguanta en comparación con la privada en muchos elementos que contribuyen a la calidad del servicio sanitario. Los políticos han optado por una salida cortoplacista que les sirva para reducir el presupuesto del año siguiente. Lo que deberíamos exigir los ciudadanos es que este proceso, que a priori es una alternativa al desastre actual, no acabe reproduciendo trágicamente los defectos del modelo público sanitario. Para conseguirlo la única opción es que el Estado retroceda, liberalice, permita la deducción de los seguros privados en la declaración del IRPF, para que el sector estrictamente privado crezca y cubra al mayor número posible de individuos. De esa fuente surgirán las señales, los precios, las expectativas de beneficio, que podrán orientar a todas empresas del sector, incluidas aquellas que presten sus servicios para la pública a través de la externalización. Lo deseable es que, poco a poco, nadie que pueda permitirse un seguro privado quede atrapado por la pública por culpa de impuestos y cotizaciones injustas. Que sólo aquellos que realmente lo necesiten acudan a un servicio, el público, que ha de ser excepcional, complementario o de urgencia, pero nunca la base del sector sanitario. De seguir siéndolo, no habrá precios que nos guíen, y, por esa razón, no habrá forma de calcular cuánto cuesta una sanidad de calidad sostenible y accesible para la mayoría de los individuos, lo que nos conducirá irremediablemente al colapso de este servicio fundamental para la calidad de vida de los individuos.

Hugo Chávez, Carl Schmitt y la dictadura

La muerte de Hugo Chávez nos ha dejado una congregación de plañideras que entre llanto y llanto se han dedicado a loar los logros del líder de la revolución bolivariana. Justificadas sus tropelías y bravuconerías con las victorias electorales, sus hagiógrafos decían cosas como que Hugo Chávez "era pueblo".

Semejante legitimación enraíza con el filósofo alemán Carl Schmitt, autor de La dictadura. Y es que, tras la justificación "ser pueblo", dejan entrever el pensamiento schmittiano que construye sobre Hugo Chávez al defensor de la Constitución, la encarnación de la voluntad del pueblo que encierra en su persona la decisión política.

Los teóricos de esa voluntad general indivisible y absoluta que no admite disenso encuentran en la figura del defensor de la Constitución la horma de su zapato. Carl Schmitt resolvió sobre el papel el callejón sin salida e ingobernable que había dejado Rousseau pero que en la práctica ya se había substanciado en esas vanguardias conscientes de clase capaces, no solo de dirigir al colectivo, sino de gobernarlo.

La comparación resulta interesante porque nos permite, además, retrotraernos a la polémica entre Kelsen y Schmitt sobre el guardián de la Constitución. Un debate que se truncó con las embestidas totalitarias que recorrieron Europa en la mitad del siglo XX. Frente a la teoría de la decisión, Kelsen proponía una teoría pura del Derecho que venía a justificar el Derecho en sí mismo. Una cuadratura del círculo positivista que fundamentaba el Derecho y la legalidad en lo formal excluyendo cualquier otra consideración.

Este sistema kelseniano se vio superado por el ascenso al poder de Hitler y la subversión de la Constitución de Weimar. De la democracia a la dictadura a través de la modificación de leyes que desde el poder se van alterando de la misma forma que se aumenta poco a poco la temperatura de una cazuela para que la rana no salte mientras el agua empieza hervir. Una lección histórica que algunos pretenden olvidar cuando ya en el pasado son varios los dictadores que han llegado al poder aupados por mayorías electorales en lugar de carros de combate.

La fusión de ambas perspectivas filosóficas desde un punto de vista utilitario ha permitido a lo largo de la historia reciente los mayores atropellos de la libertad individual. Lo que en principio parecía antagónico se ha reconciliado tantas veces como ha sido necesario para desvirtuar la democracia representativa e imponer la voluntad de uno sólo, legitimada en el bien de todos.

Una teoría que en muchos lugares se ha llevado a la práctica. En España, en varias ocasiones el pueblo se ha echado a las calles al grito de "¡vivan las cadenas!", mientras los intelectuales justificaban y proclamaban la necesidad de cirujanos de hierro que pusieran orden en los desbarajustes institucionales del país. Incluso se han llegado a idear términos como el de dictablanda o demodura para mantener la conciencia tranquila mientras se justificaba lo injustificable.

La novedad chavista introdujo el elemento de la legitimación democrática permanente para retener el poder y manejarlo a su antojo. El régimen bolivariano es una pantomima que guarda aparentemente las formas democráticas, pero que en ningún caso permite la pluralidad de un sistema electoral libre para electores y candidatos en los que se pueda elegir una alternativa en igualdad de condiciones.

Cuando todo el entramado de pesos y contrapesos falla, olvidamos que el último resorte, la red de seguridad del trapecismo de la política, no es otra que la propia gente educada y responsable individualmente, celosa de su libertad y desconfiada de las intromisiones del poder estatal en sus vidas. Cuando falla, no hay garantía constitucional ni nación capaz de resistir la deriva populista.

Que la crisis iba en serio

"Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde", decía el poeta Gil de Biedma. En España, tras años de crisis, parece que es ahora cuando, como adolescentes perdidos, empezamos a comprender que iba en serio eso de la recesión. 

Los estados alterados de conciencia… solidaria

Y lo primero de lo que nos estamos dando cuenta es de los diferentes planos en los que se despliega la pseudo-solidaridad, con minúscula, esa coactiva que no es virtud sino trasvase de rentas de agentes conocidos (los pagadores) a agentes desconocidos. Porque se va descubriendo adónde han ido muchos ríos de dinero, trama a trama, y no era adonde pensábamos, ni adonde nos dijeron. Esa pseudo-solidaridad es más arraigada cuando soy receptor, cuando tengo ases en la manga y cuando la seño me conoce. Estoy hablando, por supuesto, de la solidaridad autonómica. Ahora resulta que la brecha norte-sur ya no se refiere a hemisferios sino a autonomías. Y es más profunda. Porque hay autonomías que tienen menos paro o que han tenido que aplicar menos recortes. Pobrecitos, oiga. Tal vez sería mucho pedir que contaran que esas comunidades autónomas (en concreto Extremadura y Andalucía) han tenido que recortar más porque su desfase presupuestario era mayor. Y si Madrid o País Vasco exportaban sería porque algo han hecho. Y si hay menos paro igual es porque no hay PER.

Aún así, a muchos se les encogerá el corazón y reclamarán solidaridad autonómica. Otra cosa es saltar ahí a la solidaridad con Chipre. Nosotros por Chipre, oiga, lo que haga falta, salimos a la calle, montamos tres manifas, pero poner un duro, que sinceramente no tenemos, eso ya no. Y ser solidarios con los afectados por la Política Agrícola Comunitaria, tampoco, que es más prójimo el agricultor que vive de cultivos no rentables subvencionado con el dinero de todos que el cultivador de un país africano que simplemente quiere mercados abiertos. 

El que la hace no la paga, la paga otro

Otra de las lecciones que estamos aprendiendo con sorpresa, a pesar de los años que han pasado desde que comenzó la crisis, es que la palabra "otro" señala a alguien indefinido. Puede ser usted. Así que antes de defender que el que la hace no debe pagarla sino que la responsabilidad la debe asumir "otro", piense que a lo mejor escupe al cielo. Gran parte de la banca invirtió mal. Pero nadie (excepto algunos desalmados sin corazón ni sangre en las venas como yo) era partidario de dejar quebrar los bancos podridos. Iba a dejar de salir el sol por las mañanas.

Cuando Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana y vecino de blog en este diario, proponía que se hicieran cargo de las pérdidas aquellos que hubieran arriesgado más, y explicaba que se podía privatizar la deuda de forma discriminada, de manera que se repercutiera más la pérdida a aquellos que hubieran tomado la peor decisión, muy poca gente le hizo caso. El argumento era aquello de arreglarlo entre todos, porque se trataba de gente, personas con cara y ojos.

El caso es que ese "otro" que hemos tratado de diferir hasta el infinito, primero a nuestro Estado, a Alemania, a la Unión Europea, al Fondo Monetario Internacional, etc., tiene ya la ubre seca de tanto dar. Y claro, o ponemos más todos en las arcas de esas mismas instituciones, o volvemos al punto de partida: que cada cual asuma lo suyo. Y el "otro" termina siendo el reflejo en el espejo. Pero después de engrosar la deuda, dar vueltas, marear la perdiz y perder un tiempo muy valioso. 

No nombrar la austeridad en vano

Esta es la lección por aprender. Uno no es austero porque dice que lo es sino porque vive austeramente. Por la misma regla de tres, un gobierno no es austero porque dice en rueda de prensa que va a tomar medidas para recortar, lo es cuando, dato en mano,  el gasto es menor, el déficit se reduce. Y en España, (como decía Martirio "me duele la boca de tanto decirlo"), el gasto ha aumentado. Se ha recortado en lo más escandalosamente evidente, tal vez, pero el gasto político, el despiporre autonómico, el sistema de clientela política regado con dinero de todos… los males mayores, ahí están, siguen con nosotros, royendo los bolsillos, cerrando las empresas, acompañando a los parados a los comedores de Cáritas. A nuestro lado, nuestros pecados políticos, nuestros vicios democráticos surgidos desde el mismo parto, desde la Transición, marcan nuestra trayectoria como el miedo pauta al agresor.

No me consuela que sea algo generalizado en Occidente. Cada persona debe vivir conforme a sus valores, no en función de la permisividad del sistema. Lo contrario lleva a una sociedad con molicie moral, autodestructiva, y es un proceso muy difícil de detener. Albergo la esperanza de que no sea demasiado tarde.

España: incumpliendo desde 2008

Se acostumbraron nuestros políticos a gastar a lomos de la recaudación fiscal extraordinaria que proporcionaba la burbuja inmobiliaria (el gasto público per cápita en 2007 era un 60% superior al del año 2001) y cuando se detuvo el sobreendeudamiento privado promovido por nuestro privilegiado sistema financiero comenzaron los problemas: incapaces de meter en vereda nuestro también ‘burbujístico’ sector público, el déficit y el endeudamiento estatales se han disparado sin tregua. Desde comienzos de 2008, nuestros manirrotos gobernantes han emitido más de 500.000 millones de euros en ‘nueva’ deuda pública: tocamos a más de 10.000 euros por español (o casi 30.000 euros por persona ocupada). Una factura que, pese a esa intensísima austeridad que supuestamente estamos aplicando, sigue creciendo sin parar.

Así, con tal de acreditar que, pese a las apariencias, no vamos a caer en la suspensión de pagos, nuestro Gobierno socialista (ora Zapatero, ora Rajoy) acordó con Bruselas un calendario para reducir el déficit hasta dejarlo en el 3% este 2013. Obvia decir que, tras las múltiples renegociaciones, el objetivo del ejercicio en curso ya no es el 3%, sino el 4,5%. Pero lo más grave del asunto es que, con renegociaciones o sin ellas, España no ha cumplido ni un solo año desde 2008 su compromiso de déficit. Ni uno. 2008 y 2009 debieron cerrar en el 3% y alcanzamos el 4,1% y el 11,2%; en 2010 nos comprometimos a bajar al 9% y terminamos en el 9,3%; en 2011 concluimos en el 9% debiendo haberlo hecho en el 6%; y en 2012, pese al maquillaje ‘montoriano’ y a la exclusión de las ayudas bancaria, nos quedamos en el 7% cuando lo debimos hacer en el 6,3%.

También incumpliremos en 2013

¿Será 2013 distinto? En absoluto: el Gobierno cocinó unos Presupuestos Generales del Estado para el año en curso que no sólo incrementaban el gasto, sino que contenían una previsión de crecimiento (y, por tanto, de ingresos y de gastos) absolutamente irreal. Fuimos muchos los que advertimos contra tan irresponsable práctica: no tanto porque seamos capaces de predecir el futuro, sino por un criterio de elemental prudencia. Si queríamos cumplir el déficit con garantías, no podíamos ponernos en uno de los mejores escenarios posibles, sino en uno de los peores: se llama margen de seguridad. ¿Cómo creen que elaboró una familia española sus presupuestos para 2013? ¿Asumiendo que las cosas pasarían a marcharle fantásticamente o poniéndose en un escenario más bien conservador tirando a pesimista? Pues así mismo debería haberse comportado el PP: haciendo los deberes necesarios para cuadrar las cuentas aun en el caso de que la situación económica se deteriorara a pasos agigantados.

Montoro, sin embargo, prefirió optar por recurrir a esa ‘zapaterina’ treta consistente en falsear los presupuestos para ahorrarse rebajar el gasto. Tal como él mismo reconocía entre llantos desconsolados ante aquellos periodistas y economistas que quisieran escucharle, su previsión de crecimiento estaba cocinada para evitarse tener que recortar su reverenciado gasto público. El ministro de Hacienda, así como el resto del Gobierno, llevan en su ADN la obsesión por mantener un Estado hipertrofiado, y a tal propósito subordinan toda su errática labor de gobierno… aun cuando para ello hipotequen, como ya lo hiciera Zapatero, el futuro del país. Y ahora, cuando ya el propio mendaz Ejecutivo popular reconoce que la recesión será mucho mayor de lo que nos vendieron, descubrimos que el déficit de 2013 también está condenado a serlo.

Lo estamos viendo ya: en apenas dos meses, el déficit de la Administración central del Estado –dejemos de lado Seguridad Social, autonomías y ayuntamientos– asciende al 2,22%, cuando el objetivo para el conjunto del año de todas las administraciones públicas es el 4,5%. Dicho de otra manera, sólo en dos meses y sólo con las cuentas del Gobierno central, ya hemos llegado al ecuador de todo este año en materia de desfase de ingresos y gastos. Y ello pese a la brutal rapiña fiscal a la que sigue sometiendo este liberticida gobierno a los españoles; mas de poco les está sirviendo machacar a un debilitado sector privado para mantener su endiosado ‘hiperEstado’: la recaudación se le está hundiendo (IRPF cae un 3,5% y Sociedades un 12%), dejando bien claro que nos han engañado pretendiendo solventar este problema aumentando los ingresos y reduciendo los gastos. Un auténtico desastre.

En definitiva, no hemos cumplido el déficit ni un solo año y, pese a ello, el autocomplaciente Mariano Rajoy se pavonea por Europa exigiendo una renegociación de los objetivos de déficit debido a que España “ha demostrado ser un país cumplidor”. Somos tan cumplidores que no sólo no hemos cumplido jamás sino que exigimos nuestro derecho natural a incumplir porque, aunque nos lo denieguen, tampoco vamos a mover un dedo en esforzarnos en cumplir recortando los gastos. La parodia nacional de un déficit fuera de control. Pero lo peor de todo es que, según parece, la suicida Europa está decidida a darnos más tiempo, a ver si en un par de añitos superamos ampliamente el 100% de deuda sobre PIB y o nos despeñamos por el default o nos consolidamos como infierno fiscal por las décadas de las décadas. Todo, menos meterle seriamente mano al gasto público.

Aprender a compartir

Es un lema precioso. "Aprender a compartir". Qué bonito… Desde que somos pequeños, desde que vamos al jardín de infancia, luego en el colegio, todos lo hemos sufrido…

Estabas encantado en el cole jugando con tus madelman y llegaba el cretino de Luisito, un tipo que te caía mal, que nunca traía sus propios madelman, se ponía llorar y la "seño" te decía "tienes que aprender a compartir". El problema es que yo no tenía que aprenderlo, yo ya sabía compartir…

Compartía con mi amigo Nando, a cambio de la mitad de su fabuloso bocata de chorizo Revilla con Tulipán, en una perfecta demostración de las ventajas del libre comercio, a pesar de las instrucciones de corte "proteccionista" de su madre. Compartía con Manu, un chaval majete, hijo del bedel, que no aportaba ni bocatas ni madelmans ni nada, pero me caía bien, jugaba al fútbol como Pirri y era siempre la primera opción en el draft previo a los partidillos del recreo. Compartía con Laura, una preciosidad de ojos azules, a cambio de… bueno, en fin.

Pero con el tal Luisito, un llorón, un acusica, un caradura que nunca tenía nada suyo que compartir, que no aportaba nada, ni era simpático, que solo sabía quejarse a la profesora, la verdad es que me repateaba hacerlo… Y solo cuando no había escapatoria, cuando la profesora se ponía muy en serio y veías la posibilidad de un cero en compañerismo, accedías de mala gana a cederle tus madelman… Los cuales, en una demostración infantil de la tragedia de los bienes comunes, te eran devueltos en pésimo estado…

Y estas experiencias infantiles, ese "aprender a compartir" bajo coacción están grabadas a fuego en generaciones y generaciones de españoles.

Un "aprender a compartir" que para muchos, para millones de Luisitos, significaba y significa "obligatoriedad de los demás de compartir con ellos", formando un amplio sector de la sociedad que cree que tiene el derecho a disfrutar de los bienes y propiedades del prójimo y dispuesta a votar a los políticos que les prometan usar la coacción para lograrlo.

Así, ese "compartir obligado", esa falsa solidaridad basada en la coacción, está insertada en el acervo cultural común de una sociedad que no cree en ni respeta la propiedad privada, fuente de la cual emana el principio básico de la libertad y no del hecho votar cada cuatro años.

Y así nos va…

PD: Gracias a Facebook, he podido volver a contactar con mis compañeros de patio de colegio. Nando está calvo y gordo, muy gordo debido a la falta de mi influencia correctora sobre su ingesta, Manu juega fútbol sala de veteranos y a Laura, divorciada y una auténtica milf, la he invitado a cenar…

Respecto a Luisito, como ya apuntaba, ha acabado metido en política y, lógicamente, no le he agregado…

Francisco de Vitoria y el Derecho Internacional

Este mes de marzo se ha celebrado en la Universidad CEU San Pablo un interesante Congreso Internacional: "New perspectives on Francisco de Vitoria. Does International Law lie at the heart of the origin of the modern world?". La pregunta dio lugar a varios debates, conferencias o presentación de comunicaciones, y quería comentarles algunas impresiones sobre el Encuentro.

Lo primero de todo, lamentar la escasa participación de profesores españoles. Es verdad que en Madrid resulta difícil hacer un hueco en la agenda para asistir a tantas convocatorias de buena calidad que semanalmente se nos ofrecen… Pero creo que este evento habría merecido dejar libre un par de mañanas o tardes para escuchar a alguno de los ponentes. Y es que los organizadores (el Instituto Universitario de Estudios Europeos del CEU) consiguieron reunir, entre otros, a los siguientes expertos en Vitoria, el Derecho Internacional o la Filosofía Política: los profesores austríacos Herbert Schambeck y Franz Koeck; los italianos Simona Langella y Franco Todescan; Annabel Brett, de la Universidad de Cambridge o Martti Koskenniemi de la de Helsinki.

En cuanto a los contenidos, voy a expresar una conclusión paradójica: no se hablaron de cosas demasiado nuevas, aunque se plantearon algunos enfoques muy discutibles. Me explico: tanto en la Apertura del Encuentro (estaban presentes Marcelino Oreja y José María Beneyto representando al IUEE) como en muchas ponencias y comunicaciones, escuchamos la consabida lectura de Vitoria como fundador del moderno Derecho Internacional y sus polémicas Relecciones sobre El poder político, Los Indios o La guerra, en las que fundamentaba la presencia española en América sobre la única justificación de un derecho a la comunicación, al comercio y la libre navegación por los océanos; en vez de la tradicional referencia a las bulas papales o el poder político del Emperador. También se recordó el papel pionero de los Maestros de Salamanca en perfilar una visión moderna (y liberal) de las relaciones económicas sobre la base de una confianza racional en el libre comercio, como actividad que perfecciona la sociedad humana, y que se sustenta en la formación de los precios en mercados abiertos (la estimación común), lo que a su vez es el fundamento de una teoría del valor de los bienes que descansa en los conceptos de abundancia/escasez, utilidad y aprecio subjetivo de los agentes.

En esta exposición de aspectos más conocidos (sobre todo, para los seguidores del IJM), los visitantes italianos presentaron una consistente explicación de los fundamentos jurídicos y filosóficos del pensamiento de Vitoria. Franco Todescan desarrolló una brillante comparación entre los términos (más jurídicos) de ius y lex , imprescindible para comprender bien el sistema escolástico descendente de ley eterna, divina, humana y derecho de gentes. Que la Modernidad, a partir de la interpretación de Hugo Grotius, cambiaría por las categorías de primeros principios, derecho natural, derecho civil y también ius gentium (nótese que este nivel de preceptos jurídicos, el derecho internacional de las naciones, se ha mantenido en ambas estructuras metodológicas).

Junto a Todescan, la profesora Simona Langella ofreció un acercamiento más filosófico, a partir de los conceptos de dominium, propietas o facultas. Y es que en torno a los comentarios de Vitoria a la Summa Theologiae de Tomás de Aquino, concretamente en las cuestiones sobre la justicia y la restitución, se planteaba una importante distinción entre el dominio jurisdiccional (que afecta a las personas) y la propiedad (que se refiere a las cosas). Desde estos presupuestos, la doctora Langella explicaría que el hombre tiene además dominio sobre sus actos (libertas) con la expresión: capax Dei, capax dominii. Existe por tanto un derecho natural a la propiedad, a la libertad y al autogobierno, del que disfrutaban también los nativos americanos.

He citado antes a la profesora de Cambridge Annabel Brett (autora de un muy recomendable libro: Liberty, right and nature, en el que estudia a Vitoria, Vázquez de Menchaca y otros escolásticos hispanos). Su charla discurrió por el pensamiento político de la Escuela de Salamanca, destacando su esfuerzo por compaginar la fe y la razón, su preocupación por los problemas reales de la sociedad de su tiempo, o su referencia a la causalidad aristotélica (todo necesita de un fin). En cuanto a la potestad (otro elemento revolucionario de los salmantinos), nos recordaba cómo sostuvieron que el poder viene de Dios, pero a través de la comunidad. Lo contrario al discurso de las monarquías absolutas de la Europa central y nórdica.

Termino con una breve referencia al Dr. Martti Koskenniemi (aunque cronológicamente fue quien abrió el Congreso; y además lo cerraría, planteando ese debate que anunciaba). Desde una perspectiva de la historia del Derecho Internacional, hizo un interesante repaso de la aportación de la Escuela de Salamanca a los fundamentos modernos de las relaciones internacionales o la estructura económica mundial. Suele decirse, con cierta razón, que la primera globalización tuvo lugar en el seno de un Imperio en el que "no se ponía el sol". Ahora bien, no es del todo correcto juzgar aquella época con nuestras categorías: sobre todo, se plantea una importante dificultad a la hora de valorar el hecho religioso. La Europa del XVII es una historia compleja de Reforma y Contrarreforma, de conflictos religiosos y airadas discusiones teológicas sobre la gracia, el pecado o la predestinación (no solo entre católicos y protestantes, sino también en el seno de sólidas instituciones de la Iglesia romana como los jesuitas y dominicos). Pienso que es muy interesante celebrar este tipo de reuniones, siempre que se respete un diálogo constructivo (resulta demasiado frecuente atascarse en un juicio acerca de los abusos cometidos sobre los indios y la responsabilidad de los políticos e intelectuales hispanos del momento): uno de los objetivos de la Universidad debe ser el recuerdo del pasado, pero mirando cómo construir un futuro mejor.

No a los vuelos subvencionados

Hace unas semanas, según publicó ABC, Michael O’Leary, presidente de Ryanair, solicitó al Gobierno de España que eliminara las subvenciones para los vuelos a Canarias. Palabras que podrían ser tachadas como «boberías económicas» pero que, sin embargo, son muy sensatas.

Muchos piensan que los beneficiarios de estas ayudas públicas son los canarios, pero se equivocan. Los únicos beneficiados son las empresas aéreas que operan en las Islas, como Binter o Iberia, y los políticos que implementan este tipo de políticas populistas y dañinas a cambio de votos.

El precio en un mercado libre viene determinado por las valoraciones subjetivas de los distintos agentes que intervienen intercambiando bienes y servicios. Sin embargo, cuando se introducen las subvenciones se distorsionan los precios y los beneficiados no son los consumidores, sino las empresas, que ven garantizados sus ingresos sin necesidad de satisfacer a sus usuarios.

La explicación es simple. Imaginemos que el precio de mercado de un vuelo Gran Canaria-Madrid está en 80 € y que la mayoría de usuarios son residentes en las Islas. Esto significaría que los canarios estarían dispuestos a viajar por ese precio y que existirían compañías aéreas dispuestas a realizar el servicio.

Sin embargo, el panorama cambia cuando introducimos una ayuda del 50%. El precio va a seguir siendo 80€ para los residentes en las Islas, pues era el de mercado, pero lo que cobrarán las empresas será 160€. De esta forma, las compañías aéreas que operan con residentes se olvidarán de satisfacer a sus consumidores con buenos precios y servicios, dado que pueden incrementar sus ganancias a costa de los contribuyentes.

Esto fue lo que ocurrió hace unos años cuando se pasó del 33% al 50% de subvención. Los precios no sólo no bajaron, sino que subieron en un 15% aproximadamente. Esto supuso un beneficio importante para la empresas aéreas, pero no para los usuarios.

Tenemos que preguntarnos cómo es posible que Binter vuele entre Gran Canaria y Tenerife por 70€ para residentes y 140€ para turistas cuando Ryanair consigue volar de Londres a Dublín, con una distancia casi cinco veces mayor, por menos de 50€.

Si se eliminaran estas mal llamadas ayudas ahorraríamos más de 200 millones de los contribuyentes al año. Además, los canarios podríamos disfrutar de vuelos más baratos y esto favorecería al turismo de las Islas.

Eso sí, las empresas como Binter e Iberia tendrían que rivalizar con compañías más competitivas, que tienen unos costes por pasajeros inferiores, menos trabas administrativas y que pagan menos impuestos en sus países. Y claro, esto a los políticos a lo mejor no les interesa.

Asimismo, el Estado está desnudo

Pocos son los mitos ampliamente extendidos que no se estén desmoronando durante esta gran depresión. En tanto que basados en mentiras (piadosas o de conveniencia) elaboradas por el estamento político y corporativo patrio y esparcidas por sus satélites en los medios de comunicación dominantes, en estos días no dejo de recordar la validez de aquella máxima genial con la que Jean François Revel comenzaba "El conocimiento inútil": "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira".

Uno de ellos, que sería secundario si existiera un régimen de monarquía parlamentaria realmente consecuente con la constitución de 1978, es decir, si hubiera un gobierno de las leyes en España, es el actual Rey Juan Carlos I. Nombrado con toda la fanfarria franquista sucesor a título de Rey por el propio dictador y, una vez convertido en Rey a la muerte de aquel, principal impulsor de la transición política a una suerte de democracia, su ya prolongado reinado va adquiriendo unos tonos cada vez más oscuros, merced a unos escándalos que, aunque parecen ocurrir en estos últimos tiempos, se han ido acumulando desde muchos años atrás y demuestran hasta qué punto la corrupción se ha convertido en la estrategia para mantenerse en el poder. Los célebres equilibrios y contrapesos de las constituciones liberales, que se pueden encontrar también en la Carta Magna española, no tienen ninguna virtualidad, pues, simplemente, no hay nadie con poder que tenga la voluntad de hacerlos cumplir.

Cuando se habla de la monarquía se olvidan tres aspectos esenciales, estrechamente entrelazados, que convertían a la constitución española en una émula de las monarquías parlamentarias europeas:

1) El Rey reina, pero no gobierna.

El presidente del gobierno y sus ministros están llamados a ejercer (Art. 64 CE) el control de "los actos del Rey", ya que los refrendan y se convierten en responsables de los mismos. De no concurrir ese refrendo, esos actos carecen de validez (Art.56.3 CE) salvo en lo que se refiere a la distribución de la partida del presupuesto asignada a su sostenimiento y de su familia y "el nombramiento de los miembros civiles y militares de su Casa" (Art. 65 CE).

Sin embargo, de hecho parece que el Rey actual se ha reservado parcelas de poder real en la estructura del Estado, un comportamiento con la Reina consorte que no casa con las obligaciones de respeto que el Código Civil demanda al resto de los españoles con sus cónyuges y un entendimiento muy laxo sobre cuáles son los límites de la gestión de su patrimonio personal, a pesar de que recibe de los presupuestos públicos una partida anual para el sostenimiento de su familia (Art. 65).

2) La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad.

Esto debe entenderse como impunidad en el ámbito penal (Art. 56.3 CE). Este privilegio no se puede extender a otros miembros de su familia y, obviamente, a sus amistades, por muy entrañables que éstas sean.

3) Inhabilitación del Rey.

No obstante, y a pesar de la falta de validez de los actos del Rey sin el refrendo del presidente del gobierno o sus ministros, si sus actuaciones personales vulneran las leyes, son gravemente desacertadas o simplemente pierde la cordura o la disponibilidad, cabe la posibilidad de que las Cortes Generales reconozcan la causa concreta de inhabilitación y conviertan en Regente al príncipe heredero (Art. 59.2 CE). Esta vía de impeachment al Rey puede ser evitada por el interesado mediante la abdicación.

Por todo ello, llama la atención que nadie dentro del estamento político haya promovido de forma seria la activación de las previsiones constitucionales en esta materia, ante la conducta inapropiada (que diría Bill Clinton) de Juan Carlos I y, cuando menos, culpa in vigilando a las personas de la Casa Real investigadas en el caso Instituo Nóos de malversación de fondos públicos.

Las pruebas sobre una actuación indecente del actual Rey en distintas cuestiones no le pueden llevar al banquillo de los acusados, como él muy bien sabe. Incluso si, como parece, los indicios de criminalidad se agolpan contra su hija, su yerno y personal de la Casa Real. En el lodazal de la corrupción de los partidos que ahora le protegen, las críticas sensatas al monarca actual se vituperan como invectivas "antisistema", impidiendo la propia regeneración mediante los mecanismos previstos en la constitución. Ese tapón puede estallar algún día con imprevisibles consecuencias.

Sin que su familia ni la propia monarquía me produzcan ningún entusiasmo, observo más ventajas en mantenerla que en un régimen republicano, donde las tendencias sectarias son conocidas en la política española. Ahora bien, el buen hacer, la pulcritud y la honradez en el servicio al país al que el Rey debe unos inmensos privilegios deben hacerle recapacitar. Abdique, Majestad y no se convierta en el carcamal que impedía el cambio cuando vivía. ¿Recuerda?

Chipre es el modelo

Tras años de irresponsabilidad y graves equivocaciones, las autoridades comunitarias parecen al fin enmendar el despropósito que se esconde bajo lemas tales como "demasiado grande para caer" (too big to fail) o "no había más remedio", frases manidas que, a modo de excusa, han empleado políticos de todos los colores y países para defender el rescate de la banca con el dinero de los contribuyentes, como si otra opción no fuera posible.

Hasta ahora, Europa se ha enfrentado a la crisis financiera socializando las pérdidas de bancos y cajas entre toda la población mediante los injustos, inmorales y contraproducentes rescates públicos (bail-out). Sin embargo, dado el monumental fiasco que está causando esta práctica en las finanzas de los estados afectados, el Eurogrupo y la propia Comisión Europea pretenden imprimir un giro radical a esta estrategia, permitiendo que los futuros saneamientos financieros se efectúen a través de rescates privados (bail-in). Este método, en el que los acreedores –no los contribuyentes– son los encargados de recapitalizar la entidad quebrada mediante la conversión de deuda en acciones, fue aplicado en Dinamarca en 2011 y, más recientemente, en España y enChipre.

La novedad en el caso de Chipre radica en que, por primera vez en la historia del euro, los tenedores de deuda sénior y los depositantes no garantizados (con cuentas de más de 100.000 euros) han sufrido quitas, lo que ha evitado que los contribuyentes europeos, incluidos los españoles, pierdan dinero a pesar de no tener responsabilidad alguna en la insolvencia de los grandes bancos chipriotas. Lo mejor de todo, si cabe, es que Bruselas no concibe dicho rescate privado como un caso único y excepcional, sino que está dispuesto a emplearlo como referente. El presidente del Eurogrupo, el holandés Jeroen Dijsselbloem, no lo pudo decir más claro:

Si hay algún riesgo para un banco, nuestra primera pregunta debería ser: OK, ¿qué van a hacer al respecto los que están en el banco? ¿Qué pueden hacer para recapitalizarse? Si el banco no puede hacerlo, entonces hablaremos con los accionistas y los tenedores de bonos y les pediremos que contribuyan para recapitalizar la entidad; y, de ser necesario, se lo pediremos a los depositantes de fondos no asegurados.

La idea, por tanto, consiste en descargar la factura de los rescates bancarios de los hombros del sufrido contribuyente para trasladarla a sus auténticos y únicos responsables, los accionistas y acreedores de las entidades en problemas, según el orden de prelación establecido, tal y como acontece con el resto de sociedades mercantiles cuando se inicia un concurso de acreedores. Si se hubiera apostado por la conversión de deuda en acciones desde el estallido de la crisis financiera, las arcas públicas europeas se habrían ahorrado cerca de 1,4 billones de euros entre recapitalizaciones directas y compra de activos tóxicos, con lo que la colosal crisis de deuda que registra hoy la Zona Euro sería mucho menor. De hecho, la aplicación del bail-in habría evitado la caída de Lehman Brothers e incluso la necesidad de que España pidiera dinero a la UE para salvar a las cajas nacionalizadas.

Muchos dirán que aplicar quitas a los depósitos es un robo. Sin embargo, quienes argumentan de tal modo desconocen cómo funciona el sistema financiero contemporáneo, ya que no comprenden que los depósitos –y las cuentas corrientes– son, en realidad, una deuda del banco, lo cual convierte al depositante en un acreedor de facto de la entidad. Esto no significa que todos los depósitos estén en riesgo a partir de ahora, ni mucho menos, ni que el bail-in parcial y arbitrario que está aplicando la troika sea la fórmula idónea, sino que el rescate privado, correctamente entendido, es la solución justa y moral a la crisis financiera porque privatiza las pérdidas. No en vano el capitalismo consiste, precisamente, en la privatización de pérdidas y ganancias, no en la socialización de ambas. De hecho, el bail-in implica despojar a la banca de uno de sus numerosos privilegios estatales, el del rescate indiscriminado con dinero público. Si a esto se añadiera, además, el cambio del actual modelo por un sistema financiero y monetario completamente libres, los graves problemas estructurales que presenta la banca desde hace décadas y los recurrentes ciclos económicos de auge y depresión empezarían a formar parte del pasado.

¿Es deseable la transparencia en los mercados?

Uno de los fallos de mercado que identifican los economistas mainstream con la idea de justificar intervenciones en los mismos es el de falta de transparencia para la información, o existencia de asimetrías informativas. Esto es, que no todos los participantes en el mercado tienen la misma información, o que existen costes para su obtención.

Tal supuesto fallo de mercado es fácilmente trazable a una de las condiciones exigidas por el modelo de competencia perfecta, que es la referencia de buen funcionamiento de mercado utilizando por dichos economistas. En concreto, se exige que exista información perfecta para todos los participantes en el mercado.

La pregunta que se nos plantea es si realmente es deseable para el individuo y para la sociedad que los mercados sean perfectamente transparentes. Cuando se analizan otras de las condiciones exigidas por el modelo de competencia perfecta es relativamente fácil constatar que su cumplimiento sería malo para la gente. Por ejemplo, el supuesto de homogeneidad de bienes implicaría que todos los bienes son exactamente iguales y no habría diferenciación. Y, sin embargo, hay pocas dudas de que la existencia de variedad de bienes aporta riqueza a la sociedad, al satisfacer de forma más precisa las diferentes necesidades de cada individuo.

Idénticamente, el supuesto de empresas atomizadas supondría una merma de bienestar social, puesto que no se podrían explotar las economías de escala que permiten enormes ahorros de recursos, y que incluso han sido vistas como fundamentales para el desarrollo por algunos economistas como Lachmann.

Sin embargo, a primera vista podría parecer que la transparencia perfecta de la información, un mercado perfectamente transparente en que todo el mundo tuviera la misma información a coste cero, sí sería deseable para la sociedad. Si esto fuera así, estaría justificada la regulación del mercado para eliminar este fallo.

Dejemos de lado la evidente imposibilidad de conseguir tal objetivo, y centrémonos simplemente en analizar si ésta sería una situación óptima para un mercado real.

Empecemos por algo que puede parecer anecdótico. En un mundo de información perfecta, no existirían las sorpresas, pues todo lo sabemos a priori. Ello conllevaría de forma inmediata la desaparición de enormes segmentos de la industria del ocio, pues ya conoceríamos el contenido de libros, películas, canciones… según fueran creadas o puestas en el mercado. Incluso conoceríamos ya las sensaciones provocadas por posibles nuevas experiencias.

Todo ello supondría una pérdida de riqueza, pues la gente demanda sorpresas y las valora, lo que da lugar a las industrias citadas. De ello se deduciría que, al menos en determinadas industrias (las de la "sorpresa") la transparencia de información es indeseable para la sociedad. A la vista del análisis, creo que un economista mainstream coincidiría conmigo en que estas industrias no deberían regularse (para mejorar su transparencia).

Pero, ¿qué ocurre con las demás? Soslayando un nuevo inconveniente, el de identificar cuáles industrias son de la "sorpresa" y cuáles no, tratemos de progresar en el análisis. Sea cual sea la industria, estará basada en la utilización de factores de producción que, necesariamente, han de ser escasos. Por ello, cuando una empresa hace una oferta de un producto, el stock del mismo tiene necesariamente un límite.

La imperfección en la transparencia de la información fuerza a los individuos a buscar las ofertas que les convienen. Así, la citada oferta es más probable que sea encontrada por los individuos más interesados en el bien, de los que cabe esperar que más lo valoren. En este sentido, la falta de transparencia ayuda a que los recursos vayan allá donde más se precisan y valoran, por lo que es beneficiosa para la sociedad.

Desde otro punto de vista, la transparencia del mercado impediría la especialización del trabajo, pues todo el mundo sabría lo mismo, con independencia de quien generara el conocimiento. En estas condiciones, ¿quién tendría incentivos para generar conocimiento? Llevado al extremo absurdo, en un mercado transparente no sería necesario generar conocimiento, pues todo es conocido ya en el presente. Pero eso nos llevaría a deducir que si todo lo sabemos ya, es que ya estamos en la mejor situación posible y nada puede cambiar. Lo que nos lleva a la consecuencia de que en un mercado perfectamente transparente es imposible o no tendría sentido la innovación. En un mercado perfectamente transparente, por tanto, se ha creado ya toda la riqueza posible y lo único que cabe es apurar su reparto. En suma, se trata de un mercado que nos satisface perfectamente a todos, ahora y para siempre. ¿Es deseable un mercado así? ¿No podemos cambiar de preferencias?

Con todo, queda aún una objeción más grave a la conveniencia de la información perfecta. Y es que ello supondría que todos los individuos somos iguales. En efecto, aun aceptándose la existencia de información perfecta en el mercado para todos sus participantes, lo cierto es que cada individuo procesa dicha información de forma distinta, generando un conocimiento empresarial variable, en función de su contexto, experiencia, sensibilidad, interés… Así pues, una misma información puede dar lugar a reacciones completamente distintas en diferentes individuos. Por tanto, el supuesto de que todos los participantes tienen la misma información, implica necesariamente que todos generan el mismo conocimiento empresarial (pues es en este en el que se basan las decisiones) y, en definitiva, que todos los individuos son idénticos.

En mi opinión, si todos los individuos fuéramos idénticos, la sociedad sería mucho más pobre. No habría innovación, no habría ofertas, no habría "sorpresas". Pero seguro estoy de que nada de esto será óbice para que los economistas mainstream sigan pensando que un mercado funcionando con transparencia perfecta es el que maximiza el bienestar social.