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Los fallos de mercado de David Friedman

En enero, tuvimos la fortuna de tener en Madrid a David Friedman, hijo del premio Nobel Milton Friedman, y reconocido anarco-capitalista. Hasta en tres ocasiones pudo cualquier interesado en escucharle hacerlo, pues dictó dos conferencias y además mantuvo un coloquio organizado por nuestro Instituto.

Personalmente, me sorprendió que, partiendo de unos postulados mainstream, de la Escuela de Chicago, llegue a proponer el anarco-capitalismo como sistema óptimo para el bienestar social, algo que se deduce más naturalmente desde la Escuela Austriaca. Esta discrepancia de inicio hace que Friedman acepte la existencia de fallos en el mercado (libre), algo que resulta muy difícil de aceptar para los austriacos. De hecho, Friedman llega al anarco-capitalismo aceptando la existencia de fallos de mercado, pero constatando que los fallos del Estado son aún más catastróficos y dañinos, por lo que es preferible convivir con el primer tipo de fallos que con el segundo. Por su parte, desde la Escuela Austriaca se defiende el anarco-capitalismo, por considerar que no se puede determinar la existencia de fallos en el mercado (libre), por lo que este funcionamiento es a priori el óptimo para la sociedad.

Friedman ilustra la existencia de fallos de mercado con algunos ejemplos, el más conocido de los cuales es el del ejército antes de la batalla.

Supongamos quinientos individuos armados y pertrechados esperando en su línea la embestida del enemigo. Si pierden la batalla, su poblado será arrasado y sus familias muertas. Cuando comienza el ataque, cada uno sabe que si los quinientos mantienen el frente, ganarán la batalla, aunque algunos perderán la vida. También saben que si uno o unos pocos huyen, se ganará la batalla, y el huido salvará la vida. Y si todos huyen, se pierde la batalla y mueren todos.

En estas condiciones, explica Friedman, el óptimo social resulta de que todos se mantengan en su puesto, pues así ganan la batalla. Sin embargo, el óptimo individual es huir y ser el único en huir, pues así se asegura la supervivencia. En resumen, la decisión racional de cada individuo es incoherente con la decisión racional para el colectivo, por lo que se produce lo que Friedman llama un fallo de mercado.

Pero, ¿es esto de verdad un fallo de mercado? ¿Es una situación realista la que propone Friedman? ¿Qué asunciones implícitas se realizan en este ejemplo?

Lo primero que llama la atención es la presencia de alguien sobre-humano, capaz de saber a priori lo que va a pasar en cada caso. Evidentemente, para alguien que sabe el futuro y todos los posibles futuros, para alguien que tiene información perfecta, sí se puede producir un fallo en el mercado.

Pero en la realidad, nadie tiene información perfecta. Es más, ni siquiera aunque supusiéramos que todos los individuos tienen información perfecta, se podría asumir que va a ser procesada de la misma forma, pues cada individuo es diferente, y lo son sus preferencias, sus conocimientos y su experiencia previa. Los mismos datos van a dar lugar a conocimiento empresarial completamente diferente en cada uno de los quinientos individuos presentes en la línea de defensa, que puede desembocar en diferentes acciones óptimas para cada uno.

Por tanto, en el ejemplo de Friedman tenemos una instancia del planificador central omnímodo para el que sí pueden existir fallos de mercado y que sí puede tomar acciones correctoras. Los demás sabemos que tal es, no solo práctica, sino teóricamente imposible (para una demostración ver la obra de J. Huerta de Soto: Socialismo, cálculo económico y función empresarial), por lo que hemos de desechar el ejemplo de supuesto fallo de mercado.

Además, Friedman únicamente propone dos alternativas para sus individuos: quedarse a luchar o huir. Este es un presupuesto típico del mainstream, incluida la Escuela de Chicago. Estos economistas eliminan de sus modelos la creatividad del ser humano, el emprendimiento, asumiendo que están predefinidos los recursos y los cursos de acción. Nada más lejos de la realidad, afortunadamente. El hombre imagina nuevos usos de los recursos para cumplir sus fines, los pone en práctica, y a veces acierta y mejora su situación, y otras se equivoca y la empeora. Y esta es la esencia misma del funcionamiento del mercado.

Parece, por tanto, poco adecuado tratar de ilustrar fallos en el mercado impidiendo a sus actores la innovación y asignándoles a priori un conjunto limitado de acciones. Es muy probable que, de los quinientos, la mayoría solo vean esas dos opciones. Pero, con uno que imagine una tercera mejor que las propuestas, y gracias al proceso de imitación, es posible que el bienestar social mejore considerablemente, sin que la solución óptima sea que todos se queden a luchar. Basta, a lo mejor, con que uno de los guerreros cuente un chiste o empiece a cantar, y quizá la batalla no tenga lugar y ambos bandos se vayan de fiesta.

Y es que, para poder identificar fallos de mercado, es necesario conocer cuál es el funcionamiento óptimo del mercado. La mayor parte de los economistas creen que dicho funcionamiento se corresponde con el mercado de competencia perfecta, pero ello es un grave error. Entre la múltiple bibliografía al respecto, me remito al trabajo Mitos sobre la regulación para la competencia (2012), donde analizo también esta cuestión (capítulo 4). Otros economistas, como Friedman, inventan situaciones estilizadas en que disponen de toda la información, por lo que atentan contra aspectos teóricos básicos para proponer su ejemplo.

Así pues, en ausencia de una estructura óptima para el funcionamiento del mercado libre (al menos, de una que se pueda predecir a priori), no existe referente teórico contra el que establecer fallos de mercado. Resumiendo: no existen fallos de mercado en el mercado libre, solo opiniones arbitrarias de los individuos que creen saber cómo debería funcionar el mercado. Y esto no tiene por qué suponer ningún problema mientras esos individuos no quieran imponer por la fuerza su visión ideal.

Gracias por provocar la reflexión, profesor Friedman.

España necesita un sistema pirolítico

Las elecciones en Italia, la dimisión papal, la ceremonia de los Oscar y los lamentables escándalos de corrupción han conseguido que los focos no estén tan centrados en la ausencia de toma de decisiones económicas del Gobierno.

Cualquier cosa vale para distraer la atención. Sí ha habido esta semana, como todas las semanas, más del mismo remover el caldero de las protestas, las evaluaciones y los análisis desde la barrera. La gente en la calle mezcla churras con merinas, corrupción con recortes. Y es normal. Porque quienes están al mando aplicando las medidas que son tan inevitables son los mismos que tiene salpicones de corrupción por todos lados. No están solos. Los que señalan con el dedo, quienes deberían ser oposición, tienen los mismos manchones o más. Una vergüenza. Pero hay que decir bien alto que los recortes no están relacionados con los sobres. Los recortes son un fenómeno doloroso pero nuevo. Los sobres, en cambio, son una arraigada tradición en este país en el que el que no corre, vuela.

La evaluación de Fitch

La consultora internacional Fitch ha publicado un informe con las luces y las sombras de nuestra situación económica. Pocas novedades, la verdad. Las zonas oscuras no son cualquier cosa. La amenaza es que podemos ir a mejor, pero también a peor. Y la conclusión del diario Expansión, que hay margen para reforzar las medidas fiscales, no señala en la buena dirección.

La losa del paro; la volatilidad de los mercados, es decir, la frecuencia e intensidad de variaciones en los precios, que trae consigo una mayor incertidumbre; el déficit público, que impide ni siquiera pensar en lograr el necesario equilibrio presupuestario; el débil crecimiento de la economía y el enorme pedrusco en el camino que supone el desastre bancario español pintan un panorama poco halagüeño. Si al empobrecimiento de las familias y la debilidad de la demanda le añadimos nuevas "alegrías" fiscales, el resultado no parece muy positivo. Pero hay explicaciones para todo. Explicaciones que se resumen en el eslogan de la desidia política: no se puede hacer otra cosa. Esa excusa es de las más dañinas y nocivas que conozco. Primero, porque no es cierto. Segundo, porque transmite a la víctima, es decir, el ciudadano susceptible de ser (más) esquilmado, la sensación de que haga lo que haga, las cosas son así. Un consejo del libro de los samurái dice que cuando hay una lluvia torrencial que te pilla a la intemperie tienes dos alternativas: correr o ir despacio, pero nada evitará que te cale el agua hasta los huesos. Y ese es el mensaje que encierra ese perverso "no se puede hacer otra cosa", dense ustedes por empapados.

Hay alternativas reales

En la misma semana que Fitch publicaba su informe, Daniel Lacalle sacaba a la luz en Cotizalia el informe acerca de las posibles medidas de política económica que se pueden tomar, remitido a determinados miembros de nuestro Gobierno. Supongo que yace en un cajón junto con la vergüenza torera de quien dirige nuestro rumbo. Y junto con una brújula, probablemente.

No son medidas teóricas basadas en sesudas reflexiones sobre el sexo de los ángeles. Son aportaciones lúcidas, que se han puesto en marcha en otros sitios y que aumentarían la solidez del sistema porque generarían más ingresos estatales a largo plazo, no aquí y ahora y mañana ya veremos. Pero seguimos con esa mentalidad de poner tiritas para arreglar costurones. Estimular la demanda mediante reducciones fiscales que atraigan capitales y generen una mayor actividad económica es más seguro que seguir engordando el gasto.

Aprovechar los despilfarros en infraestructuras utilizando la imaginación, el ingenio, ese gran don, para rentabilizarlas no es un sueño imposible. Es cuestión de coraje y voluntad política. Y no hay ni lo uno ni lo otro.

El sistema político pirolítico

La última propuesta de Daniel Lacalle se refiere a los escándalos de corrupción y su efecto. Hace tiempo perdí el hilo de las múltiples tramas de corrupción que colapsan nuestro país. Este sistema lo permite. Estas leyes, mientras no veamos una hilera de encarcelados, lo permiten. No podemos escandalizarnos.

No hay igualdad ante la ley, como la ex juez Carmena reconocía en declaraciones a El PaísNo hay un sistema de autolimpieza que asegure que el que se manche sale fuera de la política y el que se manche por encima de la ley va dentro de la cárcel. No hay verdadera rendición de cuentas. Ni los políticos lo proponen en serio ni los ciudadanos ven más allá de sus narices. Y es imprescindible para la recuperación real de la economía, aunque no sea evidente.

Pero en nuestro país, en nuestras calles, solamente hay gente que grita "basta" y paga impuestos. O sea, no hay nada. Puestos a reclamar podíamos empezar por las leyes. Menos y más eficientes. Un sistema pirolítico.

El circo del estatismo europeo

Entre los innumerables problemas que afectan a gran parte de las esclerotizadas economías europeas (Estados mastodónticos que asfixian fiscal y regulatoriamente a un atrofiado sector privado), hay uno que destaca sobre los demás: la permanente inestabilidad institucional y la cierta sensación de que el continente puede romperse por cualquier lado. Hoy es Italia donde un Berlusconi echado más que de costumbre al monte inflacionista amenaza con dinamitar la arquitectura jurídica del Continente; ayer era Grecia, con sus neonazis y neocomunistas, la que amagaba con celebrar el referéndum rupturista que meses antes había anunciado Papandreu; y mañana serán España –con sus quinceemes, veintitresefes, bárcenas y urdangarines– o Francia –con su Hiperestado infinanciable y su socialismo enrocado– los que den la campanada. La normalidad europea pasa por la anormalidad estructural, por la certidumbre en la incertidumbre permanente.

Es cierto que no todos los cambios son siempre para peor y que, en ocasiones, incluso resulta deseable precipitarlos. El problema de Europa no es, pues, la posibilidad en sí misma del cambio (que es hoy más necesario que nunca), sino la desazonadora seguridad de que los cambios serán a peor y generarán más estatismo, populismo y arbitrariedad política; hacia una menor libertad, en definitiva. ¿Cómo promover una sana inversión a largo plazo en un territorio crecientemente tóxico y hostil? ¿Cómo crear riqueza en unos países que se dedican principalmente a rapiñarla y consumirla? ¿Cómo lograr una cierta previsibilidad a largo plazo en los cálculos empresariales cuando la nota dominante es la imprevisibilidad?

Acaso se diga que tales son las inexorables consecuencias de una crisis económica tan brutal como la que estamos atravesando. Pero semejante planteamiento peca de simplista, pues sólo coloca su sesgada atención en una parte de la realidad. Si la mayoría de Europa reacciona ante la crisis apostando, consciente o inconscientemente, por una degeneración institucional –en lugar de por una regeneración– es simple y llanamente porque la sociedad europea ha sido adoctrinada durante más de un siglo en el antiliberalismo más rampante: la estatolatría, la fe ciega en la planificación central y en la democracia irrestricta, la veneración del Estado de Bienestar, la creación artificiosa de todo tipo de derechos sociales y económicos que jamás dejaron de ser esclavizaciones del prójimo y la adicción al sobreendeudamiento público o privado como vía a una artificiosa e insostenible prosperidad.

Lejos de mamar los valores de la libertad individual, de los contratos voluntarios, de la responsabilidad o del ahorro; lejos de instruirse en la prudencia financiera, en la creación de valor económico o en la construcción de un patrimonio personal; y lejos de comprender que el Estado no es un aliado sino un enemigo al que hay que recluir y maniatar, la mayoría de los europeos sigue pataleando contra el Estado no por provocar y agravar la crisis, sino por no subir suficientemente los impuestos a los ricos, por no endeudarse todavía más, por no crear empleo público de la nada, por no subsidiar a más ciudadanos, por no devaluar la divisa, por no rubricar el impago de todas y cada una de las deudas contraídas y por no nacionalizar y someter sectores económicos enteros.

Que frente a las crisis un alto porcentaje de la población busque más estatismo y no más liberalismo –y se refugie en extravagantes alternativas liberticidas, como los berlusconis y los syrizas, o apuntale a los también liberticidas partidos mayoritarios, podridos hasta la médula– no tiene que ver con las crisis, sino con los valores y la formación de los ciudadanos. Y justamente lo que genera inquietud son las formas de organización política a que puedan dar lugar tales valores y tal formación. Al parecer, sólo el pan y el circo parecen calmar a los hijos del socialdemócrata Estado de Bienestar europeo; y habiéndose reducido las sobreendeudadas hornadas de pan gubernamental, se está optando por trasladar el circo a la arena política. Es decir, se está optando por echar a todos los ciudadanos a los leones. Como para no salir corriendo.

Diez propuestas para atraer capital y promover el crecimiento en España

 “The duty of government is to leave commerce to its own capital, protecting all in their legal pursuits, granting exclusive privileges to none”.  Andrew Jackson

Esta semana se ha discutido mucho en el debate del Estado de la Nación, pero casi todas las propuestas que he escuchado iban en la misma dirección. Más intervención. Sin embargo, necesitamos inversión y capital. Por ello, quisiera compartir con ustedes un informe que hice llegar al partido del Gobierno tras conversaciones con algunos de sus dirigentes, con mis propuestas para desbloquear y atraer capital. Ideas que en algunos casos llevo comentando desde hace meses y que funcionan en países de nuestro entorno.  

El problema de paro y deuda de España no se puede enfocar desde un punto de vista bancario ni de gasto público. Un déficit del 7% -que alcanza el 10,2% si se incluye la ayuda a la banca- no es un derecho. Es deuda que ahoga al sistema y retrasa la recuperación. Por ello, la solución no se va a dar con más crédito. Tampoco será aumentando impuestos cuando el esfuerzo fiscal es de los mayores de la OCDE. Se arregla atrayendo inversores y facilitando la conversión de deuda en capital.

Aparte de aplicar el lápiz rojo, que cada vez es más urgente, debemos estimular la demanda interna desde la fiscalidad, no desde el gasto, y cercenar la burocracia desde los principios de buen gobierno. Son soluciones para un estado que pierda el miedo al extranjero y que reconozca la oportunidad de generar más ingresos fiscales futuros con mayor actividad económica evitando políticas confiscatorias y de recaudación inmediata, que son pan para hoy y hambre para mañana. El día que entendamos que no importa tanto la propiedad como la gestión, el valor creado, el empleo y la calidad del mismo, empezará la recuperación.

El documento completo se puede encontrar aquí.

1) Bajar Impuestos: El aspecto más importante. Un tipo fijo por el que todas las compañías comerciales paguen una tasa del 12,5% real, simple, igual para todos. El principal problema de nuestro sistema impositivo -además de ser muy oneroso- es su altísima complejidad. Un tipo real del 12.5% reduciría la administración del impuesto, sus costes asociados y no requeriría de una legión de fiscalistas en busca de deducciones. Un régimen de autónomos donde se pague una cuota de 25 euros –todos, no solamente los jóvenes- y se deduzcan impuestos si se crea empleo estable. Un entorno impositivo atractivo y bajo, tanto a nivel corporativo como personal, predecible a largo plazo, es esencial para ayudar al país a recuperarse.

2) Atraer contratación: La devaluación interna solo reduce costes y frena la destrucción de empleo, pero no lo crea. El empleo que se debe crear en España debe ser adecuado a la formación de su población, que es muy alta, y debe estar menos expuesto al ciclo inversor del Estado, que ha alcanzado un máximo imposible de recuperar. En España, el 70% del valor añadido y el empleo lo crean las pequeñas y medianas empresas, pero la transición a gran empresa es una de las más bajas de Europa. España es el país de la UE donde es más caro establecerse después de Francia y esto, añadido a la burocracia, hace que sea aún muy laborioso crear puestos de trabajo (en Reino Unido se tarda un día en crear una empresa). En vez de penalizar con más regulación y coste, facilitar la transición eliminando trabas, no “suavizándolas”.

 3) Más facilitadores – Menos obstructores: El informe “Doing Business” del Banco Mundial sitúa a España en puestos muy inferiores a países de su entorno en cuanto a facilidad para crear una empresa. Según Morgan Stanley (“adopting Anglosaxon flexibility could boost GDP by 15% in the long run”), España se beneficiaria de un entorno menos asfixiante y restrictivo, con una regulación eficaz, no confiscatoria. Utilizar nuestro capital humano, que hoy está desaprovechado en funciones burocráticas, para facilitar y asesorar a las empresas a crear valor, con un sistema de remuneración basado en beneficios generados, no en papeles acumulados.

Invertir en España se percibe como un ejercicio tedioso y complejo que necesita de favores de los políticos locales. Debemos convertir estas estructuras en “facilitadoras” en vez de “obstructoras”. Disminuir drásticamente las barreras de entrada eliminando limitaciones proteccionistas.

4) Menos gasto público y más apoyo sin coste: El Estado no ha conseguido reducir su deuda y la presión fiscal hunde las posibilidades de consumo. La demanda interna debe estimularse de nuevo, porque el aumento de exportaciones no es suficiente. La devaluación interna y el hundimiento de las importaciones no pagan la deuda, es encoger para encoger (shrink to shrink). Pero el estímulo de la demanda interna no debe ser a través del gasto público, que ha demostrado ser ineficiente y caro –planes E, economía “verde”, AVEs etc-. El apoyo debe venir a través de deducciones fiscales agresivas a la inversión privada productiva. Un horizonte legal claro, con máximo respeto de la propiedad privada y una fiscalidad baja, simple y clara para todos, no sólo para los nuevos. Estimularía claramente la inversión y la transición de la actividad hacia actividades productivas. Para atraer inversión en tecnología y alta productividad es necesario una reforma en credibilidad y transparencia, añadido a un esfuerzo de recorte del gasto real y sostenible, puesto que así se eliminará el miedo de los inversores a que se confisquen sus beneficios futuros con nuevos impuestos.

5) Más capital riesgo: La inversión por parte de fondos de capital riesgo cayó significativamente entre 2005 y 2012. Es importante recordar que el capital de estos fondos es de largo plazo, unos 10 años. Si se crea un entorno favorable, se generará una fuerte inyección de capital, creación de empresas y reducción de paro. En Estados Unidos, más del 50% de los créditos a la economía real provienen de instituciones financieras no bancarias, fondos que se dedican a prestar dinero. Tras la crisis, los bancos europeos se han visto obligados a mejorar sus ratios de capitalización y reducir su deuda, lo que lleva a que se cierre el crédito para las empresas y una economía con PyMEs débiles está condenada al fracaso. España podría ser líder en financiación privada por sus infraestructuras modernas, aprovechando el despilfarro del pasado, y su profesionales cualificados, dando oportunidades a los afectados por la reestructuración del sector financiero. Promover la creación de fondos privados dedicados al crédito es esencial, y la forma más fácil de motivar a un inversor es reduciendo los impuestos a las ganancias obtenidas. 

6) Acceso a propiedad y buen gobierno: La percepción de clientelismo y falta de apertura provocan pérdida de inversiones. Quejarse de que es injusto y quedarse parado es inútil. Apertura real a la inversión. Demostremos que somos mejores, no comparándonos con los peores a ver quién es menos malo. 

Liquidar empresas públicas en pérdidas es parte de la solución, pero lo importante es que se facilite la transición de esos sectores a un modelo de gestión excelente y creador de valor. Nunca va a ocurrir desde la intervención. Debemos garantizar reguladores independientes con gestores profesionales, no políticos de carrera, cuyas recomendaciones sean vinculantes y no consultivas.

Ampliar capital es la única manera para que muchas empresas y bancos salgan del agujero de deuda. Algunos lo han hecho muy tímidamente, pero debe llevarse a cabo de manera mucho más agresiva. En España hay puertas abiertas para endosar deuda y paquetes invendibles, pero sin voz ni voto. El paso definitivo es convertir deuda excesiva en capital con acceso a propiedad y gestión, porque la siguiente fase de crecimiento no va a ser financiada por cajas de ahorros y núcleos duros. En empresas, un mejor gobierno corporativo es esencial para afianzar la recuperación. La alineación entre los intereses de los gestores y los inversores es crucial, y las limitaciones y restricciones de voto o al capital destruyen la confianza.

La percepción de inseguridad jurídica y de que no se penaliza las actividades delictivas es letal para la inversión a largo plazo. En el Estado, la transparencia y la profesionalidad deben incluir la responsabilidad penal personal, el castigo ejemplar y la meritocracia. Un sistema que no solo genere consecuencias penales por la mala gestión, sino que imposibilite el “realojamiento” en el sector privado, así se evita el contagio de riesgo político a la industria. 

7) Eliminar subvenciones: Casi todas las actividades económicas sufren la lacra de las subvenciones-primas-ayudas (nombres tenemos de sobra), que atacan al consumidor de forma doble: vía precio y vía impuestos. Mientras España siga siendo percibida como una economía intervenida por dichas subvenciones, los inversores van a seguir buscando opciones en otros países, porque las economías muy subvencionadas están también sujetas a vaivenes regulatorios. Es esencial cambiar pagos a costa del Estado por incentivos fiscales. Evitaría burbujas y “efectos llamada falsos” además de adecuar la demanda de inversión a la rentabilidad real.

8) Aprovechamiento de la infraestructura existente e inversión inmobiliaria: España tiene la obligación de aprovechar la locura de infraestructuras realizadas y tratar de ponerlas en valor, que es para lo que se establecieron. No debieron hacerse, de acuerdo, pero ahora que el mal está hecho deben ponerse todos los medios para sacarles rédito, siempre que no provoquen efecto excluyente (crowding-out) a través de “dumping”, precios inferiores a los costes. Tener infraestructuras modernas es una cierta ventaja competitiva a la hora de atraer capital, pero solo si la región que las posee es receptiva y sus estructuras administrativas son facilitadoras, no obstructoras. Así se podrá reducir deuda vendiendo parte de dichas infraestructuras. No existe precio bajo cuando no hay demanda. Un aeropuerto tiene valor si se pudiese vender y eso solo ocurre si se generan condiciones para que haya viajeros.

En cuanto al parque de viviendas, el porcentaje de propiedad en España es demasiado alto y las familias no pueden comprar casas fácilmente con su renta disponible decreciendo. Sin embargo, incentivar el alquiler con apoyos fiscales atrae a inversores hacia los edificios susceptibles de generar una renta mensual sólida. Para ello, la rentabilidad por alquiler debe ser superior a la del bono soberano y menos arriesgada que hoy en términos de impagos y aumentos de impuestos (IBI). Si el Estado entiende que renunciar a algunos ingresos hoy implica mayor actividad en el futuro y hace que la rentabilidad-riesgo sea adecuada, el parque inmobiliario pasará de ser una carga a una oportunidad

9) Industria energética: Desde la crisis, la industria de gas y petróleo en EEUU ha generado $76.000 millones de PIB, $33.000 millones de inversiones adicionales y 600.000 empleos nuevos gracias a la revolución del gas pizarra, que ha bajado los costes energéticos un 44%. España tiene amplias reservas de gas pizarra y estas se encuentran en regiones como Cantabria, País Vasco o Castilla León, donde además existen elevados índices de desempleo (20-30%). El tipo de empleo que crea esta industria es de personal cualificado y a muy largo plazo y las inversiones son de miles de millones, directas, pagadas con caja libre, que pagan impuestos y no necesitan subvenciones. Además, es un tipo de empleo cuya demanda a nivel global no para de aumentar. Las preocupaciones medioambientales (lean aquí) se solventan colaborando con la industria y regulando desde la oportunidad, como se ha hecho en EEUU, no la obstrucción. Las oportunidades en petróleo y gas en Canarias, Valencia, y otras regiones no deben ser ignoradas ya que son generadoras de empleo estable y cualificado.

10)  Comunicación e Implementación: España tiene un problema de comunicación con el exterior tras muchos años de culpar a los demás de nuestros problemas y exigir que nos entiendan y “confíen”. Esta actitud crea frustración y los inversores simplemente prefieren orientar sus recursos a otras oportunidades. Se debe hacer un esfuerzo constante por parte del presidente y los ministros –todos- de comunicar al mercado los objetivos que se van consiguiendo, pero mucho más importante explicar con detalle las dificultades y los errores, y las medidas para solucionarlos. No entregarse al voluntarismo es tan importante como resaltar los éxitos.Acompañar a inversores y empresas que, hoy con reticencias vean un ambiente de puertas abiertas real.

En mi experiencia en comunicación siempre decíamos que la confianza se labra durante años y se pierde en segundos. No sólo hay que creerse bueno, hay que serlo. Como los mejores. Disculpen este momento Jerry Maguire, pero creo que merece la pena aportar ideas. Buen fin de semana.

¿Control de armas o de las farmacéuticas?

Si el pueblo permite que el Gobierno decida qué alimentos comer y qué medicamentos tomar, sus cuerpos pronto se encontrarán como las almas de aquéllos que viven bajo la tiranía.

Thomas Jefferson

Obama tiene un plan. Y lo tiene para aumentar el control de armas tras las últimas masacres sufridas en EEUU. Sin embargo, si uno busca una correlación entre dichas masacres y mayor acceso o libertad de armas no la hallará. Probemos pues otra correlación.

El asesino de la escuela de Connecticut Adam Lanza fue diagnosticado con una enfermedad mental y estaba bajo los efectos de diversos fármacos psiquiátricos. ¿Cuál es un efecto secundario de no pocos de ellos? El comportamiento violento y las tendencias suicidas. Ningún arma, recordemos, mata por sí sola. En 2003, las autoridades británicas tuvieron que prohibir la administración de fármacos antidepresivos a los adolescentes y menores de edad debido a que parecía claro el potencial suicida de estas personas bajo dichos medicamentos.

En la trágicamente célebre masacre de Columbine en 1999, se sabe que uno de los estudiantes criminales estaba bajo los efectos del fármaco Prozac, y otro de ellos al menos bajo el antidepresivo Luvox, ambos asociados con comportamientos psicóticos en adolescentes. 

James Holmes, el joven que perpetró la masacre en los cines de Aurora en verano de 2012, llevaba meses visitando a un psiquiatra, quien llegó a alertar a las autoridades de su universidad de que podía resultar una amenaza.

El joven asesino Shawn Cooper disparó con 15 años a varios compañeros y profesores. Su padre confesó que su hijo tomaba antidepresivos. 

Con sólo 13 años, Chris Fetters disparó a su tía. Estaba tomando Prozac. 

Kip Kinkel, con 15 años, disparó a sus padres y después agredió a 22 de sus compañeros. También tomaba Prozac. Y la lista seguiría…

Uno de los que han denunciado estos hechos es el Dr Whitaker miembro de la Academia Americana de Medicina Antienvejecimiento y del Consejo Nacional contra el Fraude Médico. La Dra Ann Blake, autora de “Prozac, ¿Panacea or Pandora?”, analizó treinta y dos casos de homicidio más suicidio de madres con sus hijos, y halló que en veinticuatro de los casos las mujeres estaban tomando Prozac. El Institute for Safe Medication Practices realizó en 2011 un estudio sobre los fármacos más involucrados en comportamientos violentos. No debería sorprendernos que los antidepresivos dominaron la lista.

A día de hoy, en EEUU ha habido más de 31 tiroteos o actos muy violentos escolares protagonizados por personas que tomaban fármacos psiquiátricos o estaban intentando dejarlos, lo cual se ha traducido en más de 160 heridos y 72 asesinados. Sólo entre 2004 y 2011, la FDA ha recibido más de 11.000 avisos o casos de efectos secundarios de fármacos psiquiátricos relacionados con violencia, los que incluyen 300 casos de homicidio.

Si todo esto no es capaz de alertarnos lo suficiente, prestemos atención al caso de John Noveske. Éste es uno de los más famosos fabricantes y distribuidores de armas de EEUU. En realidad, lo era ya que falleció en un misterioso accidente de tráfico el pasado 4 de enero en el que su coche fue por todo el carril contrario hasta chocar contra dos rocas que expulsaron el automóvil de la carretera. Y ahora viene lo sorprendente. Una semana antes de fallecer, John Noveske publicó en Facebook una lista de todos los tiroteos escolares en los que estaban involucrados los fármacos psiquiátricos. ¿Tan fuertes pueden ser los intereses para que esta relación no se conozca? Pero Noveske no fue el único defensor de la libertad de armas hallado muerto recientemente; Keith Ratliff fue asesinado en una zona rural de Georgia previamente.

Mientras los fármacos dejan una estela de más de 100.000 muertos anuales por efectos secundarios sólo en EEUU, la mayoría sólo cree que el peligro reside en un arma. Y los fármacos no son peligrosos precisamente porque haya un mercado muy libre. Si no, no habría los poderosos intereses creados entre el brazo gubernamental de la FDA y la industria farmacéutica. Es lo que Gary Null ha denominado el culto a la tiranía de la FDA.

Podríamos concluir que lo que necesitamos es mayor control sobre los fármacos, o quizás sobre las personas que toman determinados fármacos. Yo creo que lo que necesitamos es controlar a un Gobierno desbocado. Su responsabilidad, también en este tema, es infinita. Hilary Clinton es, entre otras muchas cosas, conocida por su afán por convencer a todos los norteamericanos de que no hay que tener miedo a que te diagnostiquen una enfermedad mental, que es algo natural. Éste es el paso previo para psiquiatrizar a toda la sociedad, hacerles sentir incluso orgullosos de que les diagnostiquen una enfermedad mental que naturalmente deberá tratarse con uno o múltiples fármacos. Todos estamos locos, todos necesitamos tratamiento. En EEUU te lo dicen no sólo los anuncios, los telepredicadores, sino incluso hasta los políticos.

Sólo de 2001 a 2010 aumentó en EEUU el consumo de fármacos psiquiátricos un 22%, y en 2010 llegó a la cifra total de 21% de estadounidenses consumiéndolos. Si crees que tienes una enfermedad mental, no te preocupes, el Gobierno te ayuda a encontrar una que se ajuste a ti y a darte la pastilla subvencionada que las farmacéuticas dicten. Un lucrativo negocio para las farmacéuticas casadas con el Gobierno, que vive –nunca lo olvidemos- no de tus intercambios voluntarios sino de tu dinero extraído violentamente por el fisco.

Parte de este terrible panorama sobre la psiquiatrización de los ciudadanos americanos de la mano del inseparable dúo Gobierno-farmacéuticas es expuesto por la Dra Marcia Angell –antigua editora jefe del New England Journal of Medicine- en “The Epidemic of Mental Illness. Why?”.

Como decía en el artículo anterior, no se me ocurren acciones más mortales que aquéllas que provienen de individuos del Gobierno. Y en este caso de psiquiatrización forzosa de la sociedad, de nuevo el culpable es el Gobierno y sus agencias sanitarias.

En 2004 la FDA se vio forzada a organizar varias audiencias para dilucidar los problemas de los antidepresivos en menores. Uno de los intervinientes fue Tom Woodward, votante fiel del Partido Republicano que se ha dedicado a la causa de denunciar las malas prácticas y negativa influencia de las farmacéuticas. "Nuestra hija Julie estaba emocionada con el instituto y había alcanzado 1.300 puntos en sus tests", contó al iniciar su declaración. Semanas después, debido a pequeños problemas que los padres creían normales en una adolescente, Julie fue diagnosticada con depresión y se le prescribió el antidepresivo Zoloft. Tras una semana tomando el medicamento, Julie bajó al garaje de su casa y se autolesionó. "En lugar de elegir un colegio para nuestra hija, mi mujer y yo tuvimos que elegir un cementerio para ella. En lugar de visitarla en el colegio, ahora vamos a verla a su tumba".

A día de hoy el Gobierno americano sigue sin hacer nada. Nada a favor de la ciudadanía. Lo cual no es nada nuevo.

@AdolfoDLozano / david_europa@hotmail.com

He venido a huelguear de lo mío

Llevamos ya meses de continuos paros de distintos sectores, generalmente públicos. Todos ellos tienen un denominador común: se producen cuando algo afecta a las condiciones laborales de los huelguistas, quienes por otro lado se afanan por presentar otras causas como sus verdaderas reivindicaciones.

El truco no es nuevo. Cuando era crío disfrutaba con cierta frecuencia de huelgas de profesores. En aquellos felipistas tiempos siempre pedían un montón de cosas para mejorar la calidad de la educación, aunque por alguna extraña razón se solían conformar con un aumento de sueldo, una disminución de horas o las dos cosas al tiempo.

Cuando un colectivo hace huelga –que es una acción que implica un coste económico– con porcentajes de seguimiento cercanos a la unanimidad, puede estar seguro de que lo que piden es algo bueno para ellos. La razón es simple: la sociedad es diversa, tenemos distintas opiniones, y si cada español lleva un seleccionador dentro, también tiene un gerente que siempre sabe mejor que nadie cómo organizarlo todo. Si es imposible ponernos de acuerdo en cuál es la mejor alineación para un partido cualquiera, imaginen como sería para dilucidar qué es lo mejor que puede hacerse para que nuestra empresa o departamento funcione mejor y a un menor coste.

De modo que, si existe un acuerdo amplio, casi unánime, es porque ese colectivo está exigiendo algo que redunda en su propio beneficio: en esto sí tendemos a ponernos de acuerdo con cierta facilidad. Pero, tanto en el sector público como en aquellas empresas en que las huelgas pueden hacer daño a un buen número de inocentes, decir que se jode al prójimo en provecho propio no está muy bien visto, salvo para una minoría muy ideologizada. Así que se buscan excusas plausibles, que una parte del colectivo sin duda también se cree, para lograr un apoyo más amplio entre los ciudadanos.

Así, los funcionarios que no quieren que se les congele el sueldo o quedarse sin paga extra, los profesores que no quieren trabajar más o acabar en el paro, los controladores aéreos que no quieren renunciar a unas condiciones laborales propias de marajás, los profesionales sanitarios que ven en peligro su segundo empleo en la sanidad privada o su estatus funcionarial, los trabajadores de Iberia que ven peligrar su empleo o su sueldo… todos ellos invocan una razón distinta y más elevada para defender sus intereses. Que se está acabando con la educación o la sanidad públicas, que se pone en riesgo la seguridad aérea, que los malvados británicos están saqueando nuestros tesoros nacionales, que hay que defender la independencia judicial…

Pero es mentira. Lo único que puede unir tanto a un grupo de gente distinta, con opiniones variopintas sobre lo divino y lo humano, es aquello que les afecta personalmente. Y es legítimo que así sea; al fin y al cabo las huelgas se inventaron como una herramienta para mejorar la situación de los huelguistas. En su lugar, cualquiera emplearía cualquier excusa para quedar mejor ante la opinión pública y tener más opciones de conseguir lo que se quiere. Pero, hombre, no pretendan que nos lo creamos.

François Hollande, el matón de Le Monde y Le Figaro

Los editores de Le Monde, Le Figaro, Libération y el resto de los periódicos franceses son personas respetables. Cuando quieren conseguir dinero de alguien le convencen de lo interesante que es invertir en sus empresas y no mandan, como si fueran mafiosos, un matón para hacerse con "la pasta". ¿O sí?

Pues, efectivamente, la respuesta es positiva. El matón de los editores de periódicos del hexágono no es un sicario de la ramificación local de la mafia rusa o la Camorra, ni tiene por nombre algo del estilo de Nick "Puños de hierro" o "Gaston le Terrible". Tiene un cargo en apariencia aún más honorable que el de editor de un periódico, presidente de la República Francesa, y se llama François Hollande.

El pasado 1 de febrero, Hollande firmó con el presidente de Google, Eric Schmidt, un acuerdo por el que el gigante de internet se compromete a entregar 60 millones de euros en forma de un fondo destinado a "facilitar la transición de la prensa al mundo digital". Si el acuerdo hubiera sido libre, sin coacción alguna, no habría nada que objetar; al fin y al cabo cada uno entrega su dinero a quien quiere. En todo caso, tan sólo tendrían derecho a replicar algo los accionistas de Google. El problema es que aquí la libertad ha brillado por su ausencia.

La puesta en escena del acuerdo ya deja muchas cosas en evidencia. Si es un pacto, como debería ser, entre empresas privadas, que el presidente de la República sea uno de los firmantes no tendría sentido alguno. Es, por tanto, una demostración en sí misma del poder de coacción del Estado. Pero peor aún es cómo se llegó a ese convenio tan provechoso para unas empresas, las compañías francesas editoras de periódicos, que no han hecho nada para merecerlo.

Durante meses, Hollande defendió la necesidad de instaurar la denominada "Tasa Google" por la cual esta empresa debería pagar a los periódicos por enlazar a sus contenidos. Es algo ya de por sí absurdo, por mucho que la prensa de todo el mundo pretenda lograr algo similar con la excusa de que el gigante de internet gana dinero con la publicidad que acompaña a los resultados de sus búsquedas. Pero el presidente francés fue más allá. Amenazó a la compañía americana con imponerla a través de una ley si no se llegaba a un acuerdo entre las partes.

Este equivalente a la amenaza de que el matón destroce el local al negociante que no pague la "protección" al capo del barrio funcionó. Para Google es mucho menos oneroso entregar esos 60 millones que hacer frente a los, sin duda alguna, muchos más elevados pagos que supondría la existencia de la "Tasa Google". Estamos ante la plasmación de lo que denunció hace ya más de siglo y medio Frédéric Bastiat, un francés que se avergonzaría de Hollande:

El estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás.

Por supuesto, los servicios de un matón nunca son gratuitos para aquellos que usan sus servicios. En este caso, Hollande se ha ganado sin duda alguna un trato benévolo de la prensa francesa cuando le sea necesario.

Del justiciero al héroe y otros animales cinematográficos (y II)

(Continuación de la serie sobre la figura del justiciero).

La década de los 80 es, de alguna manera, la antítesis de la precedente. El clima pesimista se fue atemperando y desembocando en un optimismo casi generalizado. Las cosas parecían ir mejor, la delincuencia y la corrupción que habían dominado la década anterior empezaron a encauzarse, incluso a desaparecer. La llegada al poder de Reagan, con su particular manera de reivindicar el espíritu americano, coincidió con una mejora general de la economía. Los recursos no se habían agotado, e incluso se estaban encontrando otros, lo que despejaba un futuro oscuro que hasta ese momento se había mostrado en películas como "Mad Max" (1979), "Cuando el Destino nos Alcance" (1973) o "Naves Misteriosas" (1972).

Reagan aseguró que la Unión Soviética no era ese enemigo imbatible y convirtió la lucha contra el comunismo en uno de sus pilares en política exterior, aunque fuera a costa del contribuyente. Porque la época de Reagan también fue la época en la que el presupuesto norteamericano se disparó. Aun así, el dinero fluía y Wall Street se entusiasmó, los negocios funcionaban, o lo hacían aparentemente, y el tiburón, además de una película, se convirtió en un mito de los mercados financieros.

En los años 70, el problema era el sistema. Aunque el justiciero pudiera formar parte del mismo y, en el fondo, no querer acabar con él, sabía o intuía que realmente no funcionaba por sí mismo, que estaba podrido y era necesario cambiarlo. Según la ideología del artista, la alternativa podía ser desde un sistema similar al soviético, que aparentemente estaba demostrando su valía, a un sistema quizá menos intervencionista, incluso libertario. Aunque en esta época, lo libertario no tenía una prensa demasiado amplia. En los 80, Reagan cambió todo eso.

Los héroes-justicieros de principios de los años 80 no se diferenciaban mucho de los que finalizaban los 70, pero ya empezaban a tener matices importantes. Seguían siendo personajes inadaptados al medio, ya fuera en lo social o en lo laboral, pero el rechazo de la sociedad ya no era tan fuerte como una década atrás y se les podía ver en buena sintonía con compañeros, superiores, amigos y, en algunos casos, hasta con pareja más o menos estable. En el fondo, lo que le generaba complicaciones era la excesiva burocracia, reflejo quizá de una época pasada. Sus jefes, aunque deploraban en algunos casos sus métodos, quizá demasiado violentos, les apoyaban hasta el punto de que había cierta complicidad. Otra diferencia importante es que ganaban con más frecuencia, había vuelto el "happy end". El justiciero estaba transformándose poco a poco en el héroe que dominaría el panorama cinematográfico americano hasta bien entrados los 90. Y no sólo héroes violentos o de acción.

Aunque del 76 sería la película interpretada por Sylvester Stallone, "Rocky", la que marcaría la tendencia, la del héroe que se enfrenta a su entorno y a sus limitaciones y que es capaz de ganar, a uno y a otras. En el 79, 82, 85, 90 y más recientemente, en el 2006, el boxeador se enfrentaría a retos cada vez mayores, incluyendo en su cuarta película la derrota del enemigo comunista.

Los héroes de acción que creó el cine de los 80, y que durarían hasta bien entrados los 90, eran una respuesta a los planteamientos del cine de la década anterior. Si durante los 70, los soldados americanos eran abandonados, en los años 80, actores como Sylvester Stallone, o Chuck Norris se aventuraban a rescatarlos del enemigo comunista, éste último en la saga "Desaparecido en Combate".

Los policías se reinventan y sus métodos son espectáculo puro, exageración llena de explosiones, persecuciones, situaciones de tensión, en los que el montaje juega con la ansiedad del espectador, una violencia exagerada y poco creíble, y unos guiones que pierden complejidad y donde la estrella de turno, Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Bruce Willis y otros héroes de acción, se comen la pantalla, llenan los cines, para desesperación de los partidarios del cine de autor y de temáticas duras y sociales. Resurge en este ambiente el ciudadano inocente que se ve metido en un lío, retomando un poco el clásico de Hitchcock.

El boom económico de la época Reagan también genera un nuevo tipo de héroe-justiciero. Éste no usa las armas para vencer y convencer, sino que usa sus conocimientos, pero sobre todo, su deseo de emprender y prosperar. Los creadores de empresas, los que suben en la escala laboral a pesar de todos los impedimentos de los que están arriba, constituyen un nuevo personaje que es la antítesis del perdedor de los 70, del que sabía que el fin estaba cerca y que no era necesario esforzarse ni crear.

El capitalista, al menos en la versión americana de la época, estaba de moda y cualquiera podía conseguir el éxito con un poco de suerte. Michael J. Fox, después de la película que le llevó al estrellato, "Regreso al Futuro (1985), realizó una serie de películas que apuntaban en esa dirección. Así, en "El secreto de mi éxito" (1987), un simple repartidor del correo de una empresa conseguía hacerse con ella, sólo con su inteligencia y pericia, apartando del poder a su codicioso jefe. Ya en la década de los 90, "Conserje a su medida" (1993) y "Los codiciosos" (1994) abundaban en esa línea, tocando en este último caso la ética de los negocios, pero a través de la comedia.

En "Entre pillos anda el juego" (1983), un vagabundo, Eddie Murphy, un snob traicionado por sus propios jefes, Dan Aykroyd, y una prostituta, Jamie Lee Curtis, eran capaces de vencer a dos peces gordos de Wall Street con sus mismas armas, mostrando de alguna manera que la vieja economía estaba obsoleta y los nuevos empresarios venían a quitarles de en medio. Películas como "Armas de Mujer" (1988) añadían un toque feminista, en un sentido muy distinto del feminismo ligado a la izquierda que era más habitual. Tess McGill, el personaje que bordó Melanie Griffith, con nuevas ideas y un olfato para los negocios impropio de un mero administrativo, era capaz de luchar contra su entorno y sacar los colores a su jefa, interpretada por Sigourney Weaver. De nuevo, una historia de optimismo y de esfuerzo, que se aleja del pesimismo de años atrás.

Pero este ambiente tan americano que se generó durante la época de Reagan tuvo su respuesta en un Hollywood más escorado hacia la izquierda de lo que le gustaba a su presidente. Surgió una serie de actores y directores que recuperaron parte del espíritu de los 70, en especial, en el ámbito bélico, donde no estaban muy de acuerdo con la política exterior americana. De nuevo, Vietnam fue el escenario donde se batalló. En 1986, Oliver Stone rodaría la primera de sus películas sobre Vietnam, "Platoon", reviviendo el infierno de la guerra. Le seguiría "Nacido el cuatro de julio" (1989) sobre los efectos de la guerra en los veteranos, y "Cielo y Tierra" (1993), donde muestra los efectos de la guerra en la sociedad vietnamita.

En una línea muy parecida a la de Stone, Stanley Kubrick rodaría en 1987 "La chaqueta metálica", una visión un tanto ridícula del estamento militar y hasta cierto punto, una parodia de "Oficial y Caballero" (1985). Dos películas más quiero destacar en esta línea crítica, y son, por una parte, "La escalera de Jacob" (1990), donde Adrian Lyne nos muestra, de nuevo, los efectos de la guerra en el veterano, aunque con una historia que roza lo paranormal, y "Corazones de Hierro" (1989), donde Brian De Palma nos descubría a un inocente Michael J. Fox enfrentado a lo más crudo, violento e inmoral de la guerra, curiosamente, en el bando americano, nunca en el norvietnamita.

Y como Oliver Stone es insaciable en esto de quejarse del sistema que le permite conseguir suculentos beneficios, no puedo dejar de mencionar "Wall Street", película que rodó un año después de "Platoon" y que pretendía denunciar los abusos de los tiburones financieros, incapaces de mostrar o tener la moral más básica.

En definitiva, los 80 y los 90 dieron lugar a un cine mucho menos social, más dado a la comedia, alejado del drama de la década anterior, con un fuerte componente lúdico, donde los guiones pierden complejidad o se ahonda de una manera distinta. Este cine, de alguna manera, ha sobrevivido hasta la fecha, pues algunos de sus intérpretes siguen en activo. No puedo dejar de pensar en que Clint Eastwood terminó con su detective favorito en "Gran Torino", o que Arnold Schwarzenegger acaba de estrenar película con un papel similar a otros que interpretó décadas atrás, o que Bruce Willis sigue metido en su jungla particular y que Sylvester Stallone ha reunido en dos ocasiones a sus amigos-mercenarios para hacer lo que mejor ha hecho en el cine, matar a los malos, para desgracia de los que tienen más interés por el cine centroeuropeo de mediados de los 70.