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Contra la dación en pago

Era cuestión de tiempo. Los políticos amenazan una vez más con incrementar la intervención estatal, en busca de su propio beneficio electoral, para, en esta ocasión, tratar de frenar la oleada de embargos inmobiliarios y desahucios que se está registrando como consecuencia de la crisis.

La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, se reunirá este miércoles con una de las máximas responsables del PSOE para diseñar nuevas medidas a fin de aliviar los efectos de la morosidad hipotecaria.

No es la primera vez que el bipartidismo imperante acuerda una posición común sobre esta materia. En 2011, el anterior Gobierno socialista aprobó, con el apoyo del PP, elevar el precio mínimo por el que el acreedor (banco) puede adjudicarse en subasta el bien hipotecado del 50 al 60% del valor de tasación del inmueble, al tiempo que incrementaba el porcentaje de salario inembargable de 700 a 960 euros mensuales. Tras llegar al poder, el PP puso en marcha un "código de buenas prácticas" para propiciar la dación en pago. Sin embargo, todo parece insuficiente y ahora, en una nueva vuelta de tuerca, el PSOE pretende elevar el precio mínimo de subasta al 75% (una especie de dación en pago implícita) e imponer ciertos límites para acceder a una hipoteca, mientras que el PP se muestra abierto a la negociación.

Independientemente de cuál sea la nueva batería de medidas, lo cierto es que el drama que, sin duda, viven numerosas familias impide a la mayoría percatarse de los numerosos y graves efectos perversos que conllevan este tipo de intervenciones públicas. Así, imponer la dación en pago con carácter retroactivo (explícito o implícito) es, en primer lugar, no sólo ilegal sino inmoral. Toda reforma retroactiva es contraria a la seguridad jurídica y, por tanto, al Estado de Derecho. Pero es que, además, cambiar las reglas de juego a mitad de partido supone una violación flagrante de los contratos hipotecarios firmados, voluntariamente, con anterioridad.

Durante los felices –e irreales– años de burbuja crediticia, muchos agentes privados cometieron graves errores, inducidos por los bajos tipos de interés establecidos artificialmente por la banca central. La crisis tan sólo ha puesto al descubierto estas deficiencias, iniciándose así el necesario y sano proceso de ajuste, consistente en la reestructuración, reorientación e incluso liquidación de las malas inversiones pasadas. Los particulares no fueron ajenos a este contexto y muchos, animados por la financiación barata y la ilusión de que "el precio de los pisos nunca baja", solicitaron una hipoteca a la que, posteriormente, no han podido hacer frente. Nadie les obligó a contratar un préstamo, lo hicieron errónea pero voluntariamente, por tanto deben afrontar la responsabilidad que asumieron por contrato.

En España, la mayoría de las hipotecas se firmaron a interés variable y sin responsabilidad limitada –la dación en pago existe, pero encarece el préstamo–, lo cual posibilitó en esos años el acceso a una vivienda a muchas familias que, en otras circunstancias, no podrían permitírselo. Pero el no limitar la responsabilidad conlleva, por el contrario, tener que afrontar el pago de la hipoteca con todos los bienes presentes "y futuros", tal y como estipula la ley vigente. Nadie se estaría quejando hoy si la crisis no hubiera estallado. Pero la crisis llegó, y cada cual tiene que asumir su responsabilidad.

Asimismo, la inmoralidad de la dación en pago retroactiva radica en que, en caso de aprobarse, unos particulares (morosos) serán rescatados a costa de otros (los que no se hipotecaron y, en general, el conjunto de los contribuyentes). Consiste, simplemente, en extender el ya tristemente tradicional "¿qué hay de lo mío?" al ámbito hipotecario. Tal y como señala Benito Arruñada, "¿por qué van a subvencionar los acreedores –en el caso de las cajas en quiebra, los contribuyentes– y deudores prudentes a los deudores imprudentes, el ciudadano que no jugó a la lotería de la burbuja inmobiliaria al que sí lo hizo?". Es injusto, al igual que lo es rescatar con dinero público a las cajas insolventes –en lugar de que paguen sus acreedores– o a los que invirtieron legalmente en preferentes o en bonos patrióticos de ciertas autonomías.

Rescatar a los hipotecados supondrá, en todo caso, más pérdidas bancarias y, puesto que las entidades están siendo auxiliadas por el Estado –lo cual también es un error–, un coste mucho mayor para el contribuyente, en última instancia. Y ello sin contar que reducir arbitraria y retroactivamente las garantías hipotecarias se traducirá, en todo caso, en hipotecas futuras más caras y mucho más restringidas para las familias.

Frente a la moratoria hipotecaria y la dación en pago retroactiva, existen múltiples alternativas que podrían atenuar los terribles efectos de la morosidad, pero sin violar la seguridad jurídica ni cargar al contribuyente con facturas extra que no le corresponden. Entre otras, eliminar la fiscalidad de la dación en pago, facilitar una solución negociada y voluntaria entre acreedores y deudores, así como agilizar y flexibilizar mucho más las subastas de pisos embargados –ya existen notables mecanismos privados– para que el hipotecado no tenga que cargar con una deuda de por vida. Las autoridades públicas se deben limitar a fomentar el surgimiento de mecanismos de mercado, tal y como acontece en EEUU, por ejemplo, y, en último caso, a reducir quizá los intereses de demora, pero nunca vulnerar la ley ni la libertad de contrato para beneficiar a unos a costa de otros.

Hable de economía y no le importe ser rubia

A medida que los acontecimientos económicos en España y en Europa van ensombreciendo nuestro horizonte, el número de comentaristas de la actualidad que analizan, diseccionan y, a veces, pontifican acerca de los problemas económicos se incrementa. La "prima de riesgo" es tema de bares, el rescate, la deuda soberana, las acciones preferentes… son términos que aparecen, noche sí, noche también, en los programas de mayor audiencia de las televisiones públicas y privadas. Pero, o bien se repiten las mismas recetas sin sentido, que, por otro lado, nos han llevado a donde estamos, o bien los términos empleados por los especialistas son demasiado técnicos. El caso es que hay un alto porcentaje de la población que, por decirlo de manera coloquial, se queda a dos velas.

Y no se trata tanto de un problema de vocabulario como de conocimiento del proceso económico. Así que, cada cierto tiempo, hay personas que se te acercan y te preguntan por un manual para empezar, algo que les sirva de base. Pues bien, éste es el libro. ¿Qué tiene de especial que no tengan los demás? Dos cosas: una, que está basado en los libros de cabecera de los economistas de la Escuela Austriaca; y dos, que está escrita "para rubias".

Todos, hombres y mujeres, llevamos una rubia dentro, lo sepamos o no. Cada uno de nosotros, en alguna ocasión, en algún aspecto de nuestra vida, probablemente no relacionado con nuestra actividad profesional, nos hemos sentido muy torpes, incapaces de dar pie con bola si no nos explicaban despacito y desde el principio cómo van las cosas. Sea en el gimnasio, en el metro, frente a un ordenador o al levantar el capó del coche, todos hemos pensado: "Dios mío, ¿y esto cómo se come?". Esa es nuestra particular "rubia", la torpe, la que necesita que la lleven de la mano y le expliquen despacio cómo cambiar una rueda, o a comprobar que el botón está en ON antes de llamar al técnico del ordenador, o que las líneas del metro siguen un código de color.

Economía para Rubias establece las bases de la teoría económica desde el principio. De la mano de las ilustraciones de Isabel Sánchez Bella y los textos de Félix Moreno, el lector (o la lectora) recorre los fundamentos de la economía real y los de la economía monetaria. La teoría del valor, los precios, el coste de oportunidad, el dinero, su funcionamiento… se presentan a partir de la vida cotidiana de una mujer, la mejor manera para hacer accesible la teoría económica.

Porque todos a lo largo de cada día, de cada semana, de nuestra vida, tomamos decisiones respecto a cualquier aspecto. Desde el "¿qué me pongo?" matutino hasta las decisiones de inversión más complicadas, nuestras vidas consisten en elegir caminos. Y Félix Moreno e Isabel Sánchez Bella nos van guiando gracias a Meri, rubia, lista y emprendedora, para que entendamos las variables relacionadas con las decisiones económicas y su entorno.

Una vez comprendidos los fundamentos más rudimentarios es mucho más fácil comprender las razones que nos mantienen en la situación en la que nos encontramos, o razonar acerca de las medidas que toma o que no toma el gobierno, o reflexionar acerca de las exigencias que la troika nos impone. Todos estos temas también se basan en la acción humana y tienen como base un conjunto de decisiones, unas pasadas (el gasto desorbitado), otras presentes (pedir o no el rescate) en un entorno determinado que hace más o menos posible hallar una solución (los derechos de propiedad, la libertad económica, la flexibilidad del mercado laboral, etc.).

La utilidad del libro "Economía para rubias" es considerable si tenemos en cuenta la baja calidad de los manuales habituales de economía y empresa de nuestros colegios (con una sola excepción, el de Jordi Franch Parella). Si a usted le da vergüenza reconocerse falto de base en economía, cómprelo para sus hijos y léalo de paso.

Para poner la guinda del pastel, en breve, Economía para Rubias, que ahora está a su disposición por menos de tres euros en la página web, en español o en inglés, se distribuirá en otros formatos de manera que pueda regalarlo o comprarlo para usted.

Enhorabuena a los autores y a quienes encontraban en la economía un escollo insalvable. Ya no hay excusa.

Artur Mas, Sandy y los cisnes de colores

Fue Nassim Taleb quien formuló y difundió la “teoría del cisne negro”. Mediante esa metáfora Taleb explicaba cómo los hechos altamente impredecibles son considerados inexistentes por los observadores hasta que suceden. Hay eventos con una baja probabilidad de que sucedan y, por tanto, difíciles o imposibles de predecir, y que tienen un alto impacto en el curso de los acontecimientos; se convierten en desencadenantes de grandes cambios.

A veces sabemos que se acerca un acontecimiento pero somos incapaces de predecir su repercusión. Y cuando sobreviene, nos culpamos por no haber sido más previsores, por lo que podíamos haber hecho y hablamos de “tentar” a la suerte como si lo inevitable no existiera. Esta pasada semana han sucedido dos catástrofes y media de diferente contenido e impacto.

La tragedia del Madrid Arena

La primera, una avalancha en un pasillo del Madrid Arena se ha llevado a cuatro jóvenes por delante y ha dejado muchos heridos. Heridas físicas y de las otras. Espero una investigación a fondo, la exigencia implacable del cumplimiento de la ley y las normas vigentes y la aplicación inmisericorde de las penas a quienes lo merezcan. Pero más allá de eso, la tragedia del Madrid Arena ha dejado a su paso varios debates como lenguas de lava incandescente. Había menores, alguno de 15 años acompañados de sus padres. Los jóvenes son expertos falsificadores de carnets y burladores de las barreras de entrada a fiestas y discotecas. Beben y se drogan y lo van a seguir haciendo, les prohibamos lo que les prohibamos. Probablemente como nosotros en nuestro momento. Van a seguir yendo de fiesta a su modo, no al nuestro. De hecho, la noche siguiente muchos jóvenes que estuvieron en el Madrid Arena y no se enteraron del horror que sucedió, salieron de nuevo hasta las mil. “No voy a dejar de salir por miedo”, oí afirmar a uno de ellos en una televisión.

¿Se puede evitar una avalancha? No. Tal vez se podían haber paliado los efectos, pero las avalanchas humanas, como otras muchas cosas, suceden. Uno empuja al de delante, el de delante se enfada, grita, los de más allá oyen un altercado, se ponen nerviosos y empujan más… El comportamiento humano ante una situación así es imprevisible. Puede que guarde la calma o puede que estalle el pánico. Y eso sucedió. Pero nos negamos a aceptar que hay imponderables.

El segundo cisne negro: el huracán de Nueva York

Pero, antes del terrible suceso de Madrid, otro “cisne negro” invadía nuestro espectro informativo. Sandy, la tormenta anunciada, asolaba, convertida en huracán, la costa Este de Estados Unidos, Haití y Cuba. Pero, a pesar de que, como suele suceder, es en los países más pobres donde las catástrofes naturales azotan con una repercusión más desgarradora y atroz, los corazones de todos se paralizaron viendo a la Gran Manzana colapsada, sin luz, sin gasolina, con escasez de recursos, con estaciones de Metro inundadas. Nueva York, la capital real de occidente por aclamación popular mundial, se rendía ante los efectos de un huracán imposibles de prever. Como si viéramos una reposición actualizada y real de “Los Ricos También Lloran” los europeos comentábamos esa noche las incidencias, los heridos, el número de vidas humanas perdidas en ascenso, impasibles ante la riada caída del cielo.

Solamente se puede valorar, en parte como en el primer caso, la capacidad de reacción de las autoridades. En Nueva York, además, se han visto ejemplos de altruismo voluntario, de organización espontánea de la población, anticipándose a la actuación de los organismos estatales. Gente que te devuelve la fe en el ser humano. De nuevo, la lección de la madre naturaleza que nos somete inevitablemente, por más avances tecnológicos que despleguemos y satélites que coloquemos en el espacio. La sorpresa ante la fuerza creadora y destructora de la naturaleza es lo único que nos queda.

Los cisnes multicolores de Artur Mas

Por último, Cataluña nos ha regalado con media catástrofe para culminar los siete días. Artur Mas ha vuelto a hablar y en algún sitio ha subido el pan y Dios ha matado un gatito. Las palabras del líder catalán no tiene desperdicio: "ni tribunales, ni constituciones ni nada de lo que nos pongan por delante" frenará el camino de independencia frente a la "fuerza de la democracia". En esa frase al contraponer los tribunales y la Constitución a la fuerza de la democracia acaba de destruir el mismo concepto de democracia. El proceso soberanista de Cataluña tendría sentido democrático si Mas propusiera un cambio en la Constitución y consiguiera los apoyos necesarios para ello, y una vez hecho eso, sin tener que saltarse los tribunales a la torera, que convoque los referéndums que quiera.

Si no es así, todas las comunidades autónomas tendrían el mismo derecho de saltarse la constitución y los tribunales en aquello que les convenga más. Pero es que además, la idea de Mas es como pedir cisnes de colorines: no puedes proponer en un referéndum qué le parece al personal pertenecer a una Cataluña fuera de España y dentro de Europa, porque no depende de la gente, ni de España, sino de Europa. Y en la UE bastante lío hay ya como para sentar el precedente de que se incorporen a la Unión países secesionados, y menos si hay bronca interna del país del que se han separado. Mas, callado, gana mucho. Sin duda.

La Guerra de Secesión Americana (III)

Las guerras salen caras. Y las guerras largas salen aún más caras. La guerra es posiblemente la actividad antieconómica más eficiente a la hora de destruir recursos y riquezas, pero dicha circunstancia no impide que sociedades, países y Estados opten por ella cuando quieren alcanzar un objetivo concreto. Es bastante probable que los gobernantes que la eligen y las sociedades que la sustentan piensen en un conflicto corto, en la gloria del combate, el honor de servir a la patria, el miedo de ser dominado por el enemigo o en el interés de tener este territorio o aquel recurso. Razones históricas o prácticas no faltarán. En lo que no suelen pensar es en los costes, en los pagos a proveedores e implicados; y no lo hacen ni antes, ni durante, ni después del conflicto.

Norte y Sur se vieron rápidamente obligados a crear, mantener y alimentar dos ejércitos que pronto consiguieron ser de los más numerosos del momento. Y un ejército consume mucho y lo hace todos los días. Para que nos hagamos una idea, uno de campaña de 100.000 hombres (principalmente combatientes, pero también cocineros, oficinistas, médicos, etc.) requería 2.500 carros de suministro, al menos, 35.000 animales, entre mulos y caballos, y 600 toneladas de suministro diario. A ello habría que unir todas las necesidades de la cadena logística que permitía el avituallamiento desde los depósitos hasta el frente. Si tenemos en cuenta que, en un momento dado, hay varios ejércitos en movimiento, algunos en combate, otros formándose en la retaguardia, y que todos necesitan recursos, nos haremos una idea de lo que puede costar un infierno logístico como éste.

Norte y Sur no fueron muy imaginativos a la hora de financiar sus ejércitos y tiraron de las habituales herramientas de los Estados cuando tienen que hacer frente a gastos extraordinarios: el incremento de los impuestos, el endeudamiento y, cuando todo parecía insuficiente, incrementar aún más la masa monetaria, produciendo un efecto devastador sobre las economías de sus ciudadanos. En este sentido, Norte y Sur no se diferenciaron mucho, pero las circunstancias de cada uno de ellos eran muy distintas, por lo que uno podía hacer frente mejor que el otro a los compromisos adquiridos y el riesgo para los inversores era menor. En este sentido, el tándem gobierno-empresarios fue uno de los peores enemigos de los confederados.

En 1861, en el Sur se calcula que no había más de 25 ó 30 millones de dólares en oro en manos privadas, lo que era, a todas luces, demasiado poco para financiar un conflicto bélico. A diferencia del Norte, en el Sur los impuestos nunca funcionaron demasiado bien, aunque eran muy bajos y sobre transferencias claramente definibles, como los de aduana. El secretario del Tesoro, Christopher Memminger, intentó crear nuevos impuestos (a la exportación del algodón, a la propiedad), pero con escaso éxito. Mejor resultado le dieron los bonos, pero debido a las circunstancias de la guerra.

El Sur había logrado vender bonos de guerra entre sus ciudadanos en forma de dos empréstitos de 15 y 100 millones de dólares, pero su capital líquido era muy limitado, dado el estilo de vida rural mayoritario, por lo que se vio obligado a acudir al exterior. Las emisiones tradicionales de deuda tuvieron poco o nulo éxito en los mercados europeos, por lo que los financieros tuvieron que idear otros sistemas y, para ello, echaron mano de su principal recurso: el algodón.

El Sur comenzó a emitir bonos respaldados por el algodón, a 20 años y un cupón del 7%, cuyo mayor atractivo era que podían convertirse en algodón al precio anterior a la guerra, 6 peniques por libra. Los bonos de algodón tuvieron muy buena recepción en los mercados británico y holandés, los principales del mundo en aquella época. Los líderes sudistas pensaron que un embargo propio del algodón provocaría una escasez que dispararía el precio internacional y elevaría el interés por los propios bonos. Realmente, su valor se mantuvo bastante estable durante todo el conflicto, debido al valor creciente del algodón en todo el mundo.

Pero este ingenioso artificio financiero tenía un importante punto débil: los dueños de dichos bonos deberían poder tomar físicamente el algodón con el que se garantizaban los mismos, en caso de que el Sur no pagara el interés. A medida que se incrementaba la eficacia del bloqueo naval del Norte, esta posibilidad se hacía cada vez más remota. Cuando el 29 de abril de 1862, las fuerzas del Norte toman la ciudad de Nueva Orleans, el Sur perdió el último puerto desde el que los bonistas podían tomar el algodón sin un riesgo muy elevado. Los mercados internacionales y los grandes inversores perdieron así el interés por estos bonos, dado su excesivo riesgo.

Existía una segunda razón por la que los sudistas pensaban que este embargo era adecuado. Creían que la escasez de algodón en Gran Bretaña generaría una depresión en la industria textil, que obligaría a despedir a buena parte de los trabajadores del sector, lo que llevaría al gobierno británico, acuciado por las revueltas en las ciudades afectadas, a reconocer a la Confederación e intervenir en el conflicto a su favor.

Y lo cierto es que no iban del todo desencaminados. Para que nos hagamos una idea, en 1860, más del 80% de las importaciones de algodón que entraban en Gran Bretaña provenían de los Estados secesionistas. El embargo que ordenaron los propios terratenientes junto a los líderes confederados provocó que el precio del algodón se disparara de 6 ¼ peniques por libra de peso a 27 ¼, con lo que las importaciones cayeron de 2,6 millones de balas en 1860 a menos de 72.000 en 1862. Y desde luego que tuvo un efecto real entre los trabajadores; a finales de este mismo año, en la región de Lancashire, la mitad de la mano de obra había sido despedida y alrededor de la cuarta parte de la población dependía del auxilio social.

Sin embargo, los británicos no estaban por la labor. Durante años, la política del Imperio había sido la erradicación de la esclavitud como institución (que no es lo mismo que la igualdad racial, que en esa época ni se contemplaba) y, aunque sí hubo divisiones políticas a la hora de apoyar o no a alguno de los bandos, lo cierto es que ni la situación planteada por la escasez de algodón propició el reconocimiento del Sur ni la intervención de su marina. Además, el Imperio tenía otros problemas más inmediatos en Europa y la India.

Los europeos en general y los británicos en particular buscaron mercados alternativos en los que conseguir algodón, mercados que surgieron sin demasiados problemas en la propia India, Egipto y China, que se beneficiaron de los elevados precios que creó esta carestía artificial. Además, los almacenes británicos no estaban tan carentes de algodón, así que, quienes especularon, de alguna manera vieron recompensadas sus perspectivas y contribuyeron a que no se elevara aún más el precio.

Así que, en última instancia, los dirigentes sudistas se vieron obligados a imprimir dinero. Al principio, incluso antes de que se iniciara la guerra, en pequeñas cantidades, pero poco a poco se llenó de papel. El agosto de 1861 ya había unos 100 millones de dólares, algunos negocios privados empezaron a imprimir su propio dinero y, para 1863, se calcula que había unos 700 millones. Pero su dólar apenas valía unos pocos centavos de dólar en oro.

A diferencia de sus enemigos, el Norte tenía más capacidad para encarar los pagos derivados de la financiación de los ejércitos y sus campañas. Por una parte, tenía una base productiva superior a la del Sur, capaz de cubrir las necesidades militares una vez que la Industria se pusiera al servicio de la maquinaria bélica. En segundo lugar, debido a que los puertos del Norte no estaban bloqueados y la gran mayoría de la marina mercante se había mantenido fiel al Gobierno Federal, podía complementar su producción con importaciones, sin las dificultades que tenía el Sur.

Por último, el crédito norteño en el extranjero seguía siendo fuerte, debido a la habilidad financiera de sus administradores. Robert P. Chase, secretario del Tesoro, desarrolló un instinto desconocido en los dirigentes del Norte para vender bonos de guerra entre pequeños inversores. Chase rehuía las deudas y no era demasiado amigo de los bancos, así que cargó los costes de la guerra en los impuestos. El sistema impositivo del Norte tomó como modelo el británico en las guerras napoleónicas, pero fue más allá y no sólo tributaron productos de lujo e ingresos, sino también servicios, transacciones comerciales y herencias. Todos estos ingresos cubrieron los gastos derivados del conflicto y, en 1865, fueron suprimidos.

Pese a que la cantidad de oro que existía en el Norte era mayor que en el Sur, pronto Chase se vio obligado a emitir bonos, vendidos a un precio inferior al valor nominal para hacerlos más interesantes de cara los inversionistas. En febrero de 1862, el Congreso permitió la impresión de papel moneda (greenbacks). Al final de la guerra, se habían emitido un total de 492 millones de dólares. Al final, Chase había impedido que la situación se le escapara de las manos y evitó una devaluación exagerada de su moneda.

El resultado de la guerra fue un profundo empobrecimiento de la población del Sur y otro menos intenso en el Norte. En el Sur, entre octubre 1861 y marzo de 1864, los precios subieron cada mes un 10% de media, hasta el punto de que, en 1865, eran 92 veces superiores a los de cuatro años atrás. Mientras que un soldado ganaba unos 11 dólares al mes, en octubre de 1864, un barril de harina valía 425 dólares y una fanega de maíz, 72. Sin embargo, en el Norte, los precios habían aumentado, pero sólo un 60% de media. Los billetes de la Unión valían en torno a unos 50 centavos en oro al final de la guerra, mientras que el papel moneda de la Confederación valía 1 centavo en oro.

Pese a que los alimentos eran relativamente abundantes en el campo, sus problemas de distribución llegaron a causar hambrunas locales y productos indispensables como la ropa o el calzado se hicieron escasos. Por el contrario, la sociedad norteña se vio mucho menos afectada por la situación de escasez, que podían paliar a través de otras herramientas. En el Norte, el sistema financiero no se había corrompido del todo. Había mucho dinero en circulación y, a diferencia de lo que ocurría en el Sur, había productos que comprar.


Este comentario es parte de una serie de artículos relativos a la imposibilidad del cálculo económico en la Guerra de Secesión Americana. Para una lectura completa de la serie, ver también I y II.

Los ricos

En una sociedad libre donde los individuos persiguen fines particulares de manera competitiva en un entorno institucional basado en la propiedad privada, la mayoría de ellos termina acumulando cierta riqueza. Los ricos, denominados así por ser propietarios de suficientes bienes de capital como para que sólo con las rentas que éstos generen poder alcanzar un alto nivel de vida, son una consecuencia inevitable de la libertad individual.

El rico puede serlo por diferentes caminos: teniendo un notable éxito empresarial, produciendo bienes o servicios muy valorados; siendo un trabajador altamente especializado con un salario extraordinario; o lográndolo por herencia, juegos de azar, o por su pertenencia a una determinada familia, propietaria de una gran cantidad de bienes de capital y empresas. En cualquiera de los casos, el rico lo será dentro de un ámbito institucional, en relación y dependencia absoluta con el resto de agentes.

Los ricos, además de ahorrar, invertir en nuevos bienes de capital y reponer los ya existentes, son grandes y selectos consumidores. Con su gasto y elección, contribuyen a que los empresarios apuesten por nuevos bienes y servicios, investiguen, prueben, mejoren sus productos, y provean al mercado de calidades y aplicaciones mejores y alternativas. Los ricos gastan en tecnología, premian la innovación y lo hacen con la intensidad suficiente como para que todos esos nuevos bienes y sus aplicaciones sean menos costosos y, por tanto, accesibles a un público creciente.

Los ricos, más allá de su carácter productivo y como meros consumidores, patrocinan un tipo de solidaridad que tiende a no enquistar situaciones de dependencia y marginalidad. La competencia caritativa hace que se cubran las necesidades de un número mayor de causas de desamparo. La sensibilidad del individuo y la necesidad que tiene de corregir las tragedias que le rodean, y compensar, de algún modo, el infortunio más evidente, guía a quien dispone de suficiente riqueza como para vivir sin restricciones hasta convertirlo en un agente solidario perspicaz y creativo. La caridad que procede de la voluntaria aportación y movilización de los individuos no estabiliza la dependencia, sino que crea instrumentos que la reducen o transforman, cuando esto es posible. En los casos más críticos, los medios que se emplean tienden a ser mayores y mejor distribuidos entre las distintas causas benéficas.

La persecución fiscal se justifica en la idea falaz de que el individuo, libremente, nunca llegará a compensar las situaciones de desequilibrio e infortunio que resulten del propio proceso social. En este sentido, se defiende la centralización en la toma de decisiones sobre la redistribución de la riqueza, negando casi por completo esta facultad a todos y cada uno de los ciudadanos, quienes, por culpa de la política fiscal, terminan convirtiéndose en contribuyentes forzosos de un gran entramado estatal de pseudocompensación. La progresividad fiscal pretende penalizar a los ricos, exigiéndoles una contribución exponencialmente mayor que al resto.

La Política, con mayúsculas, representa la antítesis del panorama descrito al principio de este artículo, donde los ricos lo son o llegan a serlo porque son capaces de proporcionar al resto de individuos esos bienes y servicios más útiles para perseguir los fines más valorados por la mayoría. Muy al contrario, un orden social que reserva la riqueza a quienes, a través de la Política, expropiando, interviniendo o regulando en el mercado, alcanzan cotas de poder y prebendas equivalentes a las que en una sociedad libre sólo se lograría de la manera antes descrita, es un sistema basado en la violencia, el fraude y el expolio de la mayoría a favor de una casta privilegiada de dirigentes. Poco importa que éstos sean políticos con "cargo público", o políticos con "empresa privada".

La ideología que no llega a entender el papel de los ricos en la sociedad, porque tampoco entiende que su mera existencia es una consecuencia inevitable de la libertad individual, recurre al argumento moral para desprestigiar a quienes más riqueza acumulan. Existe cierta conexión con la persecución fiscal, dado que se utiliza el argumento de que los ricos nunca pagan suficientes impuestos, y que cuando pueden, los evitan o huyen a algún refugio fiscal.

De acuerdo con este principio, como los ricos "pagan pocos impuestos" (o "menos de los que deberían…"), ha de exigírseles una extraordinaria generosidad en proyectos de caridad. No es raro comprobar cómo muchos de esos ricos terminan cayendo en esta trampa, demostrando una absurda "mala conciencia" que no es sino el resultado de la injusta propaganda que promueven sus enemigos, que lo son también de la libertad individual.

Lo cierto es que sin necesidad de esta presión moral, en entornos de libertad, cuanto más tienen los individuos, más tienden a hacer donativos (voluntarios) a quienes consideran necesitados de atención. Sus enemigos, sin embargo, nunca lo entenderán de ese modo, sino que incidirán en el discurso de la mala conciencia, porque en realidad, "los ricos no aportan tanto como reciben de la sociedad". Los enemigos de los ricos defienden además que la riqueza de los que más tienen, procede precisamente de la explotación de trabajadores, de la destrucción del medio ambiente, de la creación de bienes y servicios que idiotizan o alienan a los consumidores con falsas necesidades…

Pero la realidad es tozuda, y la demagogia cae por su propio peso. El único mundo donde podría no haber ricos, en los términos descritos para una sociedad libre, sería muy parecido a la antigua URSS, donde el poder político se confundía con el económico, y sus detentadores lo obtenían sirviéndose de medios ilegítimos, la conspiración, la purga y el engaño, y sobre todo, gracias a la violencia atroz y generalizada ejercida precisamente sobre el resto de individuos, a quienes se les condenaba a ser más pobres y dependientes de lo que lo serían en un mercado libre.

Los enemigos de los ricos, con sus discursos hueros y cargados de inquina, no afrontan la gran contradicción unida a su defensa a ultranza del Estado frente al Mercado. Las grandes mansiones, los mejores coches y el lujo más obsceno seguirían estando al alcance de unos pocos. Pero a costa de que esta nueva élite de Partido, seguramente inferior en número y mucho más cerrada de lo que son los más ricos de una sociedad libre, disfrutase de los placeres que reporta el control ilegítimo de los medios de producción, el resto, un número mayor y mucho más homogéneo de ciudadanos, viviría terriblemente peor y sin libertad.

Las importantísimas funciones que cumplen los ricos en las sociedades libres no las puede suplir ninguna organización burocrática estatal. La conservación e incremento del capital, la innovación tecnológica y una caridad potente, descentralizada y perspicaz, sólo son posibles cuando los individuos pueden amasar fortunas sin otra restricción que el Derecho, la propiedad privada y la libertad del resto de individuos.

@JCHerran

Cálculo económico y tamaño del Estado en España

El cálculo económico es todo juicio estimativo que hace el actor sobre el valor que tienen los recursos económicos y, especialmente, en una sociedad civilizada, entendida como un orden extenso, complejo y abierto de colaboración humana.

Así, desde una perspectiva económica austriaca, se distinguen el mundo interno subjetivo, "ordinal" y no cuantitativo de los agentes económicos, y el mundo externo "cardinal", que opera con cómputos y cálculos numéricos.

Existen dos instituciones que unen el mundo interno (cualitativo) con el mundo externo (cuantitativo) de las transacciones económicas del día a día. Es decir, estas instituciones permiten que se produzcan las transacciones económicas como resultado de acciones subjetivas (cualitativas y sin posibilidad de cómputos numéricos) o psíquicas que se proyectan sobre los medios o fines económicos.

Por un lado, existe la institución del intercambio sometido a Derecho o, si se prefiere, los vínculos contractuales. Y, por otro lado, también existe la institución del dinero, que se define como el medio de intercambio común y generalmente aceptado por la población de un territorio.

1. Imposibilidad de cálculo económico

Cuando el marco institucional dificulta o impide el intercambio sometido a Derecho y/o el medio de intercambio común que constituye el dinero, se producen situaciones de deterioro económico que pueden llegar a imposibilitar el cálculo económico por medio de, por ejemplo: el crecimiento del gasto público que permite aumentar el tamaño del Estado y significa la expropiación creciente del dinero privado vía impuestos, la hiperlegislación en contra del libre ejercicio de la función empresarial, o la alteración del valor del medio de intercambio que constituye el dinero.

Es decir, se considera que la acción humana ejercida en libertad permite mayores niveles de prosperidad por medio de la maximización del intercambio de bienes y servicios en un territorio donde prevalecen las dos instituciones mencionadas, el intercambio sometido a derecho y dinero. El intervencionismo introduce barreras que impiden el libre ejercicio de esas instituciones.

En ese sentido, la acción humana se considera equivalente al ejercicio de la función empresarial que se caracteriza por la aplicación por el ser humano de sus capacidades de creatividad y de coordinación que le permiten la búsqueda, la identificación y el aprovechamiento de las oportunidades de ganancia que existen en el entorno.

Por ello, las instituciones del intercambio sometido a Derecho y del dinero deben ser protegidas por el marco institucional de un país para que la acción humana entendida como ejercicio de la función empresarial se produzca con un mínimo de coacción.

2. Sociedades de Mercado versus sociedades de Estado

Por otro lado, desde este punto de vista de maximizar la eficiencia dinámica en economía por medio del ejercicio de la función empresarial (o, si se prefiere, por medio de la acción humana), se pueden distinguir dos tipos de sociedades. Por un lado, las sociedades basadas en vínculos contractuales o vínculos interpersonales de tipo voluntario (por mutuo acuerdo entre las partes), en donde prevalece el mercado. Y, por otro lado, las sociedades basadas en vínculos hegemónicos en donde se imponen coactivamente los vínculos hegemónicos o vínculos interpersonales de tipo forzado y en donde prevalece el Estado (central, regional-autonómico y local).

Las características principales de las sociedades donde prepondera el mercado y de las sociedades donde se impone el Estado son las siguientes:

Sociedad donde prevalece el MERCADO Sociedad donde se impone de ESTADO
1. Cooperación social por contratos. 1. Cooperación social por mandatos.
2. Relaciones sociales simétricas. 2. Relaciones sociales asimétricas.
3. Cada ser humano persigue sus propios fines. 3. Se persiguen los fines ajenos del que manda por coacción institucional.
4. Mayor riqueza producida por medios económicos, preponderando el comercio y la industria. 4. Menor Riqueza producida por medios políticos, preponderando la subasta de prebendas, subsidios, ayudas, oligopolios…
5. Estado de Derecho o situación donde impera la Ley como norma de carácter general que se aplica a todos sin tener en cuenta ninguna particularidad (personal, territorial, idiomática, cultural, de clase, de género…) 5. Estado de hiperlegislación con el Derecho Público o Administrativo preponderando sobre el derecho privado y sobre el derecho civil, mercantil y penal.
6. LIBERTAD entendida como "ausencia de coacción". 6. Libertad entendida como "poder hacer" del que manda ya sea dictador o una mayoría democrática coyuntural.
7. Sociedad civilizada entendida como orden extenso, complejo y abierto de colaboración humana y basada en el comercio y los acuerdos voluntarios 7. Sociedad basada en "ismos" hegemónicos como el comunismo, el socialismo, el fascismo, el nacional-socialismo, el nacional-separatismo… que pretenden "guiar" la sociedad hacia utopías y desembocan en la imposibilidad de cálculo económico al impedir las instituciones del libre intercambio sometido a derecho y del dinero 

3. Tamaño del Estado en España en el año 2012

Habiendo señalado los anteriores conceptos económicos, resulta curioso observar el tamaño que ha alcanzado el Estado (central, regional-autonómico y local) en España:

PIB 2012 de España (según estimación de la Comisión Europea) 1.054.399 Millones €  
Gasto AGE (PGE 2012) 362.115 Millones € 34,34 % PIB
Gasto Autonomías (presupuesto 2012) 164.993 Millones € 13,34 % PIB (*)
Gasto Entidades Locales (presupuesto 2012) 63.632 Millones € 4,61 % PIB (*)
TOTAL GASTO AA.PP. (presupuesto 2012) 551.373 Millones € 52,29 % PIB

Fuente: Secretaría de Estado de Presupuestos. Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas.

Nota: (*) Porcentajes descontando previamente las transferencias de la AGE en el año 2012, presupuestadas en 24.309 Millones € para las autonomías y en 15.058 Millones € para las entidades locales.

Como se observa en el cuadro, desviaciones presupuestarias aparte, tenemos un tamaño del Estado que suma un 52,3% del PIB en el año 2012, lo que debe proporcionar una idea a los lectores sobre las importantes reformas estructurales que se precisan en España.

Especialmente, si se considera el entorno de economía global y la necesidad de competir con muchos países emergentes (como, entre otros, los conocidos como BRICKS: Brasil, Rusia, India, China, Corea del Sur y Sudáfrica), que están alcanzando tasas de crecimiento elevadas, con un tamaño de Estado que está entre quince y veinte puntos porcentuales por debajo del nivel alcanzado por España, nos damos cuenta de la necesidad de realizar profundos cambios estructurales para poder obtener crecimiento económico en el medio y largo plazo.

En resumen, España requiere transitar hacia una sociedad en donde prevalezcan las soluciones de mercado para lograr tasas de crecimiento por medio del ejercicio libre de la función empresarial y olvidarse de una sociedad con una estructura territorial hipertrofiada y en donde se impone coactivamente el Estado, con exceso de gasto público "social" y "autonómico", con exceso de endeudamiento, con elevados niveles de impuestos, con mercados hiperregulados y con múltiples barreras en contra del comercio y de la empresarialidad.

Suiza, un país modélico

Imagínese un país donde el desempleo fuese del 2,9% (en España es del 25%), que tuviese un PIB per capita de 60.500 euros (en España es de 23.100 euros), donde el salario medio fuese más del doble que en nuestro país. Un lugar en el que la administración sólo gasta el 32% del PIB (en España ronda el 50%) pero que, sin embargo, dispusiese de servicios públicos de primera clase. Ese país existe, se llama Suiza y está a solo hora y media de Madrid en avión.

Suiza es la quinta economía del mundo en términos de riqueza generada por habitante y la octava en poder adquisitivo. Es, además, una máquina de exportar. Suiza, un país minúsculo, exporta más que la India o Brasil, y no en términos relativos, sino absolutos. Los suizos son un 49% más productivos que los británicos y un 40% más que los alemanes. Y no precisamente porque esta pequeña confederación alpina tenga muchas multinacionales, que algunas si que tiene a pesar de su diminuto tamaño y su falta de acceso al mar.

Un país de pequeñas empresas

Esa riqueza proverbial y envidiada por todos no se debe, a pesar de la creencia generalizada, a los bancos. Suiza es un país de pequeñas empresas, casi todas manufactureras y de servicios. El 88% de las empresas suizas tienen menos de diez empleados. Eso no quita para que un país que no llega a los ocho millones de habitantes cuente con auténticos gigantes como Nestlé, que emplea a casi 300.000 personas en todo el mundo. Son precisamente las PYMES suizas las que sirven de soporte a los colosos de la industria nacional.

Las grandes corporaciones helvéticas como Swatch, Novartis, ABB, Holcim, Adecco, Roche o Lindt & Sprüngli no se dedican al negocio de guardar dinero, sino a la producción de bienes y servicios, generalmente de alta calidad y muy demandados en los mercados internacionales. Ese y no otro es el secreto de una economía sana que ha construido un país modélico que atrae a población cualificada de todo el globo. Los suizos son los europeos más libres, tanto desde el punto de vista económico como desde el político. Cuenta con la mayor calificación de Europa en el Índice de Libertad Económica y, a nivel mundial, sólo es superado por Hong Kong, Singapur, Australia y Nueva Zelanda. Esto ha provocado, entre otras bendiciones, que sea el país más competitivo del mundo según el Índice de Competitividad Global que cada año elabora el World Economic Forum, y el más innovador de Europa desde hace varias décadas.

Su buen desempeño económico ha hecho de la Confederación Helvética una auténtica Meca para emigrantes de todas las latitudes. Aproximadamente el 25% de la población es de origen extranjero, pero apenas hay problemas de integración y no se han registrado jamás disturbios de tipo étnico como los que castigan periódicamente a otras economías exitosas.

Un pueblo diverso y tolerante

Los suizos son, por definición, un pueblo diverso que convive sin roces a pesar de que, dentro de sus fronteras, se hablan cuatro idiomas tan diferentes entre sí como el alemán, el francés, el italiano y el romanche. Es una confederación formada por 26 cantones que, por voluntad propia, se fueron agregando a lo largo de la Historia. Cada cantón cuenta con su propia constitución y su propio parlamento elegido democráticamente. Los cantones son países en miniatura. A ellos les compete la Justicia, la educación, la atención sanitaria y, lo más importante, la tributación. Esta independencia fiscal ha obrado el milagro de que Suiza sea el país europeo con los impuestos más bajos si exceptuamos a refugios fiscales como Liechtentein (que, a su modo, es también parte de Suiza) o Mónaco.

La democracia más auténtica

Dentro de los cantones impera la democracia más auténtica del continente. Los suizos votan continuamente en referéndums de lo más variado. Luego, si las circunstancias lo piden, esos plebiscitos se elevan a escala nacional, como sucedió hace tres años con el célebre referéndum de los minaretes. Los referéndums son, por lo general, iniciativas populares que, tras obtener un apoyo previo, se llevan a las urnas y son siempre vinculantes para el poder político. En lo que va de año los suizos han votado en once ocasiones en referéndums federales.

Lo habitual es que las consultas se concentren en una sola para no obligar a los ciudadanos a pasarse la vida votando. En marzo, por ejemplo, se celebró uno en el que se votaban cinco iniciativas. La primera para poner un precio fijo a los libros (salió que no), la segunda para limitar la construcción de segundas residencias a un máximo del 20% por comuna (salió que sí), la tercera para que los impuestos que la Confederación tributa por los juegos de azar se empleen en servicios públicos (salió que sí por mayoría abrumadora), la cuarta para que se aprobase un calendario de vacaciones de seis semanas (salió que no) y la quinta para que las constructoras pagasen menos impuestos (salio que no).

Eso a nivel federal. En 2012 los cantones de Zúrich y Ginebra fueron a las urnas para determinar, en el primero, si se habilitaban unas casetas para el ejercicio de la prostitución callejera (fue aprobado) y, en el segundo, para aumentar las multas y restringir las manifestaciones en la calle (fue aprobado también).

Tal vez a los progresistas europeos el modelo suizo les disguste pero es, de lejos, el más democrático de Europa. A ello no es ajeno que Suiza sea el país con menos políticos y empleados públicos del continente. Estos últimos fueron, de hecho, desposeídos de la condición vitalicia de su trabajo gracias a un referéndum que se celebró hace una década. Hacer eso en España es, simplemente, algo impensable aunque la elefantiásica nómina pública esté asfixiando la economía.

Tres centenarios: 1492, 1500, 1812

Voy a resumirles la conferencia que hace unos pocos días tuve el gusto de impartir en el Acto de Inauguración de Curso del Colegio Mayor Montalbán, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid. Presentada con este mismo título, la charla trató sobre los contenidos y las celebraciones en el centenario de estos tres momentos de la historia de España: el descubrimiento de América, el nacimiento de Carlos V y las Cortes de Cádiz.

Comencé recordando algunas citas famosas sobre el significado de la Historia; desde la frase de Cicerón: "La historia es maestra de la vida y testigo de los tiempos", hasta otras dos bien conocidas, ya del siglo XX: "Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo" (George Santayana) y "Lo que no es tradición, es plagio" (Eugenio d’Ors).

Quería considerar que el hombre es un ser biográfico, construye su identidad en el tiempo. Del mismo modo ocurre con las sociedades, que son agrupaciones humanas: las naciones tienen un pasado, bromeaba, como las personas tenemos abuelos. Eso quiere decir que los países no pueden cambiar de pasado, como tampoco podemos cambiar a nuestros abuelos…

Aunque, desde hace siglos, siempre ha habido gente que cree que es posible, o le interesa convencernos de que sea posible. Tratan de convertir la Historia en una herramienta con un uso interesado: deciden lo que ha pasado y lo que no. Como ya denunció Orwell en su novela 1984 (inspirada en la dictadura marxista), el Gran Hermano pretende rescribir la Historia (según las necesidades cambiantes del Partido) por medio de un Ministerio de la Verdad: es la filosofía del doblepensar

(que significa el poder, la facultad de sostener simultáneamente dos opiniones contradictorias). A menor escala, y en tiempos y lugares más cercanos a nosotros, algunas personas se empeñan en recuperar una memoria histórica que tiene algo de orwelliano.

Pero no se trataba de ofrecer una clase de Filosofía de la Historia, por lo que en seguida pasé a comentar los tres Centenarios y sus diversas conmemoraciones:

1492: Descubrimiento de América o encuentro de dos mundos

Sobre este acontecimiento, que acabamos de celebrar el pasado día 12, quise recordar la discusión planteada en su momento acerca de las imputaciones morales que se hacen a la gesta española. Desde masacre, genocidio o imperialismo, a las consideraciones "políticamente correctas" de la UNESCO (¡dirigida entonces por el español Mayor Zaragoza!), que enfatizaban "el encuentro de dos mundos", proponiendo los objetivos de "recoger testimonios de las culturas indígenas de América, y realzar y preservar el patrimonio cultural del nuevo continente".

Simplificando un poco, creo que la postura del gobierno español (que en 1992 celebraba los diez años del PSOE en la presidencia) más bien discurrió por estos cauces, y –desatendiendo una reflexión crítica- se centró en el impulso de aquella Andalucía y Sevilla (el AVE o la EXPO 92), gran caladero electoral. Con resultados bastante cuestionables: desde las anécdotas de Luis Yáñez al frente de la Sociedad Estatal Quinto Centenario a las corruptelas económicas (el pellonazo) que todavía en abril de este año andaba queriendo resolver el gabinete de Rajoy.

Afortunadamente, sí hubo una voz importante en el panorama internacional que destacaría la hazaña española. Aunque centrado en el aspecto religioso, Juan Pablo II no se cansó de recordar el alcance positivo de la evangelización del continente americano. Porque junto a su crítica de tantos abusos, los clérigos y teólogos españoles diseñaron un nuevo modelo en las relaciones sociales y políticas. Como, por ejemplo, señalaba: "Pero la labor evangelizadora, en su incidencia social, no se limitó a la denuncia del pecado de los hombres. Ella suscitó asimismo un vasto debate teológico-jurídico, que con Francisco de Vitoria y su escuela de Salamanca analizó a fondo los aspectos éticos de la conquista y colonización. Esto provocó la publicación de leyes de tutela de los indios e hizo nacer los grandes principios del derecho internacional de gentes".

1500 – 1598. Centenarios del nacimiento de Carlos V y muerte de Felipe II

En segundo lugar, recordaba cómo entre 1998 y 2000 se celebraron en nuestro país estas dos conmemoraciones, unidas en una Sociedad Estatal con ambos objetivos. Resulta interesante comprobar que casi discurre un siglo entre el nacimiento del Emperador en Gante y la muerte de su hijo Felipe en monasterio de San Lorenzo del Escorial.

Entre las muchas cuestiones memorables sobre aquel Imperio en el que "no se ponía el sol", voy a destacar ahora su formación: al contrario de los que a veces se piensa, Carlos y Felipe apenas conquistaron territorios por las armas. Fueron razones genealógicas las que fueron sumando a las coronas de Castilla y Aragón los estados de Flandes y Borgoña, el archiducado de Austria con derecho a la sucesión imperial, o el reino de Portugal. Adicionalmente, Castilla y Aragón llevaban tiempo gestionando un mecanismo de virreinatos por Italia y América (y Asia) que nos permiten hablar de ese gran imperio hispano.

Lo que desde luego supuso un esfuerzo titánico, sorprendente para las circunstancias de la época, fue mantener y gobernar todas aquellas posesiones. Que por lo demás fueron sistemáticamente hostigadas por otros reyes y príncipes europeos; además de la también colosal amenaza que era el imperio Turco.

1808-1812. La Guerra de Independencia, Cádiz y las Emancipaciones americanas

Terminamos con una tercera celebración que ya nos resulta más cercana, y en cuyo entorno hay una faceta menos conocida a la que voy a referirme (y sobre la que había escrito algún otro comentario anterior): la influencia de aquellos escolásticos de Salamanca en los orígenes del pensamiento político e incluso podríamos decir, del liberalismo constitucional, también del nacido en Cádiz.

Hay una lógica en lo que explicaba. Porque si decíamos que Francisco de Vitoria y sus discípulos escribieron sobre la dignidad de la persona y los derechos humanos, tiene también sentido que propusieran un sistema de organización social acorde a estos principios… Que no será otro que la defensa de la libertad en cualquier sistema de gobierno. No es que propugnaran tal o cual régimen político, sino que señalaron las bases que por derecho natural debían ser respetadas en esta faceta de la organización humana.

Los nombres de Francisco Suárez y Juan de Mariana son bien conocidos para los lectores de esta web: unos teólogos jesuitas que continuaron el argumento anterior del dominico Francisco de Vitoria, sobre el origen de la autoridad. El poder viene de Dios, y es necesario su ejercicio para la convivencia pacífica entre los hombres; pero esa autoridad no le es entregada directamente al gobernante, sino que la recibe través de la sociedad. Por ello, los escolásticos distinguieron entre la potestas, que siempre pertenece a la sociedad, y la auctoritas, que se podía transferir al legítimo gobernador.

Ideas que estarían debajo de la oposición al dominio francés en nuestro país y también entre los artículos del texto gaditano. Pero además, ese mismo fundamento animó a las Juntas de Patriotas que se rebelaron en el Nuevo Mundo contra José Bonaparte, y que pronto devinieron (a mi juicio, por la torpeza de Fernando VII), en los movimientos independentistas que cristalizarán en las nuevas naciones iberoamericanas.

Y la sardana desbancará al hip-hop

 El programa de Convergencia y Unión para las elecciones autonómicas del próximo 25 de noviembre, convertidas en un plebiscito independentista, establece un serio compromiso con los ciudadanos, en virtud del cual la Generalidad hará que aumente la tasa de supervivencia de los afectados por graves enfermedades, reducirá los accidentes en carretera y, en consecuencia, conseguirá que los catalanes incrementen notablemente su esperanza de vida. Yo así también lo creo, ¿pasa algo?

Pero mi convicción de que esa alborada salutífera es muy factible no se explica por que la promesa venga del Sr. Mas, por otra parte un argumento de autoridad de consistencia incuestionable, sino porque la frugalidad del modo de vida catalán tras la independencia que persigue CiU podría, en efecto, poner la salud de los catalanes al nivel del que se estila en los monasterios tibetanos.

A saber. Una Cataluña independiente tendría que asumir la parte de deuda del Estado que en función de su población le corresponda, pues se trata de un dinero que ha sido utilizado para gastos e inversiones en todo el territorio nacional y, de paso, para mejorar las cuentas de la Generalidad con generosas aportaciones extraordinarias, como ha ocurrido este año. Esto supone 96.000 millones de euros, a los que habría que añadir los 44.000 millones de deuda emitida por la propia Generalidad. En total, el Estado catalán nacería con un endeudamiento de 140.000 millones, y como los intereses y vencimientos anuales rondarían el 10%, cada año los catalanes tendrían que pagar 14.000 millones, a menos que su nuevo Estado quisiera declararse en bancarrota a los pocos meses de constituirse.

Por el lado de los ingresos, en Cataluña se recaudan actualmente unos 27.000 millones de euros por IVA, IRPF e impuestos especiales. Si estimáramos –a la baja– que el 30% del PIB catalán pasaría a generarse en otras partes de España a consecuencia de la deslocalización previsible de sus grandes empresas, Cataluña recaudaría por los tres grandes conceptos impositivos 18.900 millones, de los que 14.000 tendría que dedicarlos a cubrir la amortización de la deuda y los intereses.

Quedaría de remanente 4.900 millones de ingresos netos, sin contar los impuestos y tasas autonómicos; pero la Generalidad ya gasta anualmente, según su presupuesto de este año, muy moderado respecto a lo que venía siendo normal, 37.000 millones, con lo que el déficit inicial para gastos corrientes sería de 32.100 millones. La solución para cubrir la diferencia sería emitir todavía más deuda, aumentar exponencialmente la presión fiscal sobre los ciudadanos del nuevo Estado o una mezcla de ambas. En cualquier caso, el resultado sería que los catalanes tendrían mucha menos renta disponible para vivir.

Y aquí viene lo bueno, porque la consecuencia inmediata de una bajada brutal de la renta familiar es que los hábitos alimenticios se modifican notablemente. Las carnes rojas y las fritangas, auténticas bombas de colesterol, serían forzosamente sustituidas por un aumento de la ingesta de legumbres y verduras de las feraces riberas del Llobregat, y de fruta de la generosa tierra leridana. Por no hablar de los vinos catalanes, espumosos o no, muy justamente apreciados en todo el mundo por su calidad, cuyo consumo interior crecería marcadamente a consecuencia de las dificultades para la exportación hasta que no se resolviera el encaje institucional del nuevo Estado. El vino, rico en polifenoles, ejerce una acción anticancerígena clínicamente demostrada que –en el caso de los ricos caldos del Priorato, con sus intensos taninos– lo convierte prácticamente en la garantía de un envejecimiento muy saludable. Añadamos a estas dos evidencias que habría menos dinero para comprar coches o para viajar, con lo que necesariamente se producirían menos accidentes, y ya tendríamos la tercera feliz consecuencia que para la salud en general de los catalanes supondría un Gobierno de CiU decidido a proclamar la independencia.

No es seguro que la sardana vaya a desbancar en el mercado mundial al hip-hop, como reza el título de esta columna. De hecho, CiU no lo lleva en el programa. Pero tratándose de una suerte de tai-chi con deliciosas armonías musicales y procedente del lugar con los vejetes más longevos del planeta, yo de los productores de esa música tan moderna no estaría nada tranquilo.

Crisis: dinero, crédito, banca, Estado

Vivimos una crisis económica grave, caracterizada por paro, recursos desaprovechados, empobrecimiento, decrecimiento, impagos, desahucios, viviendas vacías o inacabadas, terrenos devaluados, pérdidas y quiebras empresariales, déficit público, deudas muy difíciles de pagar, falta de confianza y crédito.

Hemos llegado a esta crisis a causa de una expansión crediticia insostenible: el crédito demasiado fácil y barato, el optimismo infundado y nada realista (por exuberancia irracional, efecto manada, e incultura financiera: “el ladrillo nunca baja”; “las casas suben de precio porque la gente puede pagarlas”; “la economía va bien”; “hemos acabado con los ciclos económicos”), han originado una burbuja financiera, un endeudamiento exagerado, una prosperidad ficticia, un exceso de asunción de riesgos que ha derivado en daños inevitables.

Buscamos culpables: el mercado o el Estado; la libre competencia evolutiva entre alternativas, o la planificación coactiva centralizada.

El mercado libre no puede ser culpable porque no existe: no se respetan los derechos de propiedad ni hay libertad contractual; no se privatizan beneficios y pérdidas; abundan las regulaciones, prohibiciones, obligaciones, garantías, subvenciones, protecciones. Además el mercado no es un agente, una entidad unitaria cohesionada, sino un sistema y un proceso mediante el cual múltiples agentes intentan coordinarse, cooperar y competir. Muchos de estos actores económicos han cometido errores sistemáticos: bancos, cajas, banca en la sombra, agencias de calificación de riesgos, sector inmobiliario (constructoras, promotoras, agencias de tasación), familias, inversores, ahorradores, especuladores, trabajadores. Pero estos errores han sido fomentados y agravados por el intervencionismo estatal en los ámbitos monetario y crediticio.

El Estado es un agente poderoso y omnipresente, que interviene, dirige, regula y supervisa todos los aspectos de la economía de forma torpe y defectuosa por problemas de conocimiento e incentivos, y sus errores provocan daños generalizados. El gobierno presuntamente actúa con sabiduría, experiencia e imparcialidad, pero en realidad se equivoca sin asumir la responsabilidad y el coste de sus errores, impone reglas arbitrarias, injustificadas o disfuncionales, elimina la libre competencia evolutiva entre alternativas descentralizadas, dificulta la generación y transmisión de información, desactiva los mecanismos naturales de vigilancia, protección y generación de confianza de la sociedad, y genera riesgo moral de forma sistemática. “Papá Estado vigila, así que no te preocupes y sigue durmiendo tranquilo.”

En teoría el Estado actúa para evitar, mitigar o compensar el ciclo económico de expansión y depresión presuntamente causado por el libre mercado. En realidad es el Estado su principal causante por el envilecimiento de la moneda, la expansión insostenible del crédito y el fomento de la asunción excesiva de riesgos. Las intervenciones estatales descoordinan las estructuras productivas y financieras del sistema económico: los bancos centrales, emisores monopolistas de dinero y supervisores y protectores de la banca privada, generan inflación, desestabilizando el valor del dinero, y manipulan a la baja los tipos de interés, responsables de la coordinación intertemporal y las decisiones de consumo y ahorro; los estados ofrecen garantías explícitas o implícitas de refinanciación o rescate a ciertos agentes privilegiados, los bancos y algunos de sus acreedores, los cuales adaptan su conducta al marco legislativo asumiendo más riesgos para intentar obtener mayores beneficios, a sabiendas de que sus posibles pérdidas serán socializadas con la excusa del riesgo sistémico por ser entidades demasiado grandes e interconectadas para caer.

Para comprender los ciclos económicos es esencial entender el dinero, el crédito y la banca, y su distorsión por parte del Estado.

El dinero es el bien cuyo valor o poder adquisitivo es lo más estable o invariante posible (liquidez, para todas las personas, en todo momento y lugar, en cualquier cantidad, como comprador o vendedor). Debe ser fungible, duradero, fácilmente almacenable y transportable (alto valor por unidad de masa y volumen), reconocible, divisible, producible en unidades homogéneas, y con una baja y estable relación entre flujo y existencias. El dinero es necesario, junto a los intermediarios, para unir a vendedores y compradores de bienes y servicios en una sociedad extensa con especialización y división de trabajo.

El dinero cumple tres funciones que deben estar adecuadamente equilibradas: medio de intercambio, depósito de valor y unidad de cuenta. El intervencionismo estatal suele distorsionar la función de depósito de valor (poder no intercambiar mientras no se desee hacerlo y guardar reservas líquidas para el futuro), generando inflación, para forzar a los agentes a realizar más intercambios (aunque no sean libres y voluntarios) y así aparentar prosperidad y crecimiento (“estimular la economía”) y obtener recursos fiscales.

El dinero es una institución social, evolutiva, espontánea y adaptativa: es un patrón de conducta repetitivo, generado mediante imitación generalizada de conductas empresariales exitosas, que facilita la coordinación social. No requiere ninguna intervención estatal para su existencia.

Tener dinero o saldos de tesorería tiene el riesgo de su posible robo y el coste de oportunidad de lo que no se compra con ese dinero o los rendimientos que no se obtienen al invertirlo (en préstamos, compra de bienes de capital o acciones).

Para economizar el uso de dinero los agentes económicos pueden realizar intercambios incompletos, diferidos, a crédito: se entregan bienes o servicios presentes a cambio de promesas de entrega de dinero en el futuro; se genera una deuda entre un deudor (deber de pago) y un acreedor (derecho de cobro). El tipo de interés de la deuda depende de su plazo y riesgo: a menor plazo y riesgo, menor es el interés.

El crédito se concede en función del conocimiento y la confianza que tiene el acreedor en la solvencia (honestidad y capacidad de pago) del deudor; suele reforzarse mediante garantías como colateral y avalistas. Las deudas pueden cancelarse entre sí, pagarse a su vencimiento, renovarse, o impagarse (morosidad).

Las deudas a muy corto plazo y cuyo cobro es muy seguro pueden llegar a aceptarse como medio de pago (complementos o sustitutos monetarios): circulan, se monetizan. Los comerciantes, que interaccionaban frecuentemente y se conocían, utilizaban sus letras de cambio como sustitutos del dinero.

Los bancos extienden el uso del crédito como medio de pago a toda la sociedad al utilizar su conocimiento especializado para comprar deuda segura como activo (lo que tienes o te deben), y emitir su propio pasivo (lo que debes) convertible a la vista (billetes y depósitos) para el uso de sus clientes. Esta creación privada de medios de pago es sostenible si el activo del banco que respalda sus pasivos monetizados es seguro y a corto plazo.

Un banco puede caer en la tentación de incrementar sus beneficios descalzando plazos y riesgos y monetizando activos cada vez menos líquidos: pidiendo prestado a corto plazo (más barato) y prestando a más largo plazo o con más riesgo (más caro); así los bancos expanden el crédito, facilitan el endeudamiento insostenible propio y de otros agentes sin que haya ahorro real a los plazos correspondientes. Pero este desajuste hace que el cobro de los billetes y depósitos de ese banco sea menos seguro, que no se acepten como medio de pago (o que lo hagan con descuento), y puede ocasionar retiradas masivas de dinero por los depositantes, pudiendo hacer quebrar al banco si este no puede vender sus activos suficientemente rápido y sin excesivas pérdidas. Un banco en un mercado libre no podría descalzar plazos y riesgos impunemente y generar el ciclo económico. Pero sí puede hacerlo si está respaldado por el Estado.

No sólo los bancos pueden intentar descalzar plazos: cualquier agente puede pretender financiar proyectos largos mediante deuda a más corto plazo, confiando en que le renovarán constantemente la deuda pero arriesgándose a que le corten el grifo de la financiación y tener que liquidar su proyecto inacabado y con pérdidas. Pero el descalce de plazos de los bancos es especialmente grave porque afecta a toda la economía por su papel de intermediarios de pagos y de financiación, y por la relativa opacidad de sus actividades al interponerse entre prestamistas y prestatarios.

El Estado interviene históricamente de forma sistemática en los ámbitos monetarios y crediticios: monopoliza o certifica la acuñación de la moneda (y engaña al respecto al devaluarla); impone leyes de curso legal forzoso para impedir que prosperen dineros alternativos de mejor calidad; privilegia a algunos grandes bancos a cambio de que faciliten su financiación comprando deuda pública; nacionaliza los bancos centrales; incumple sus promesas de pago y elimina la convertibilidad de los billetes; garantiza los depósitos de todos los bancos privados a cambio de regular su actividad, y refinancia a los bancos a tipos de interés bajos mediante la creación de nuevo dinero de mala calidad (respaldado por activos poco líquidos).

Para evitar los ciclos y las crisis económicas es fundamental desnacionalizar el dinero y dejar que funcione como una institución social, permitir la competencia entre dineros alternativos, eliminar o privatizar los bancos centrales, no garantizar los depósitos de los bancos para que sus clientes se responsabilicen de comprobar su liquidez y solvencia, y permitir quebrar a los bancos y otras entidades financieras sin proteger a sus acreedores.