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¿Reconsiderar la libertad?

Las recientes reacciones contra un vídeo y unas caricaturas publicados en Estados Unidos y Francia, que los musulmanes del mundo entero consideran ofensivos, merecen una atenta reflexión sobre los enormes peligros que acechan a la libertad de expresión en el mundo.

Comencemos por repasar la cadena de acontecimientos. La subida a Internet de un vídeo satírico deliberadamente destinado a la mofa y befa de un personaje histórico como Mahoma, el principal profeta de los musulmanes, sirve como pretexto a unas hordas de fanáticos seguidores de esta religión para asaltar el consulado norteamericano en Benghazi y asesinar a su embajador y otras tres personas de esa legación diplomática en Libia. Durante los días siguientes, las embajadas de EEUU, Reino Unido y Alemania sufren ataques en Sudán y Túnez por parte de similares turbas que arguyen la misma justificación y responsabilizan a los gobiernos de tan representativos países occidentales de promover el antiislamismo.

Días más tarde, una revista satírica francesa, Charlie Hebdo, publica unas caricaturas sobre el mismo personaje que desatan nuevas protestas y amenazas, hasta ahora con un resultado incruento, pero que llevan al gobierno francés a adoptar medidas especiales de seguridad en todas sus embajadas y centros oficiales en veintidós países islámicos.

Desde el momento que se produjeron los crímenes, el debate sobre la naturaleza del vídeo y las caricaturas de marras no pasa de la anécdota frente a la monstruosidad cometida por aquellos que dicen sentirse indignados, ofendidos o damnificados por las burlas. Sin embargo, lejos de centrar la cuestión en lo intolerable de este tipo de atentados que tratan de justificarse como respuestas a una agresión equiparable anterior, la mayoría de los medios de comunicación occidentales tomaron partido por la causa de los supuestos humillados y comenzaron a lanzar mensajes desautorizando a los autores de esos documentales y revistas. Como si fuera su función juzgar los límites de la libertad de expresión. A este respecto, el gobierno norteamericano destacó por su renuncia a defender uno de los pilares fundamentales de su propia constitución. En lugar de aclarar los límites de su función,  presionó al servidor donde se encuentra colgado el vídeo para conseguir su retirada. Al mismo tiempo, no tardó en revelar la identidad del supuesto productor y relacionar aviesamente la revisión de su condena condicional por un delito de estafa -con interrogatorio sin detención por parte del FBI incluido- con una conducta para la que no existe una sanción penal. El gobierno socialista francés tampoco ha destacado por defender esa libertad de expresión, a pesar de una alusión a la misma de su ministro de asuntos exteriores.

Recuerdo la espontánea reacción de solidaridad que en 1989 desató la condena a muerte ("fatwa") por blasfemia dictada por el ayatollah Jomeini contra el autor de los "Versos satánicos", Salman Rushdie. Acaso fue la última vez que un ataque tan brutal a la libertad de expresión suscitaba un generalizado rechazo en las sociedades libres. Lo que entonces eran voces minoritarias de condena al "blasfemo" Rushdie han pasado a ser mayoritarias. Entonces, como ahora, los argumentos que se esgrimían son los mismos. Desde la perspectiva de la libertad de expresión, no cabe entrar en disquisiciones sobre si los vídeos y las caricaturas son subproductos de pésimo gusto frente a la calidad de una novela de un autor consagrado. ¿Qué ha cambiado? Que la agenda de la corrección política se ha configurado como la ideología dominante. El asesinato de Theo van Gogh y la posterior estigmatización de Ayaan Hirsi Ali ya demostraron que la claudicación frente al fanatismo religioso musulmán tenía una amplísima batería de propagandistas. En apenas treinta años, los llamados progresistas occidentales han convertido en tabú toda crítica acerva al Islam y amalgamado en su propaganda a los defensores de la libertad con posiciones de extrema derecha.

Nótese que los países occidentales, sometidos a gobiernos fuertemente intervencionistas y arbitristas, probablemente no han caído en el totalitarismo más absoluto debido, precisamente, a la existencia de espacios de libertad que se consideraban intocables. Así, la libertad de expresión, aun con excepciones, ha venido considerándose por los juristas de ambos lados del Atlántico como una precondición para el desarrollo de una sociedad libre. Con no pocas controversias dentro de la sociedad, dependiendo del sesgo de los supuestos agraviados, un brillante cuerpo doctrinal fue elaborándose en el Tribunal Supremo aplicando a casos particulares la primera enmienda de la Constitución norteamericana. La defensa de esa libertad, que, como una manifestación más de la libertad ideológica y religiosa, sostuviera John Stuart Mill, parecía no tener opositores serios hasta hace poco. Incluso con zonas más ambiguas, las convenciones europeas de derechos humanos y el pacto de derechos civiles y políticos, auspiciados por el Consejo de Europa y las Naciones Unidas, dejaron patente durante muchos años que existe una sustancial diferencia entre los regímenes políticos que respetan esos derechos y aquellos otros donde el gobierno o una mayoría impone una determinada visión del mundo y, por lo tanto, la censura de las opiniones discrepantes.

Pero hete aquí que de un tiempo a esta parte esas claras diferencias están desapareciendo aceleradamente. Durante un tiempo, la BBC británica presumió de una objetividad que incluso reconocían los críticos de una televisión estatal que se financia principalmente por un impuesto especial que pagan los propietarios de aparatos de televisión del Reino Unido. En sus programas podían contemplarse opiniones de muy distinto signo, a menudo discrepantes. Es por esto por lo que la semana pasada sentí un escalofrío al observar la cobertura informativa que su canal internacional daba a la publicación de las caricaturas de la revista francesa. Es cierto que recabaron la autodefensa que el editor de la publicación ofreció a los medios de comunicación sobre su derecho a hacerlo. Pero, en un salto cualitativo, además de unos comentarios del periodista que valoraba las caricaturas "incluso como ofensivas para los no musulmanes", presentaron un primer plano de la portada de la revista donde solo se podía ver su título con las caricaturas cubiertas. La BBC considera que no debe mostrar precisamente el contenido que suscita la controversia y lo censura. Lejos quedan los días de la presentación de los hechos para que los televidentes juzgaran según sus propias convicciones.

Para los que defendemos la libertad, este ejemplo sería anecdótico si solo afectara a la BBC. Sería un problema de sus telespectadores y los contribuyentes británicos soportar las peroratas políticamente correctas de tan conocido medio de comunicación. Lo trágico es que esa deriva está socavando insidiosamente los que parecían bastiones de la defensa de la libertad y pueden llegar a afectar a la judicatura. En las sociedades occidentales parecía asentada la idea de que el ejercicio de la libertad permite la tolerancia de críticas ácidas y burlas, por más que éstas sean de mal gusto o desagradables en opinión de sus destinatarios o un sector influyente. En ningún caso podían equipararse esas chanzas o críticas con un acto real de agresión merecedor de una respuesta defensiva. Ahora se imponen los dobles raseros para, al fin al cabo, reconsiderar el ejercicio de la libertad.

Un aspecto no menos preocupante de esa "comprensión" por sensibilidades tan incompatibles con la libertad guarda una relación proporcional con los desmanes y crímenes que son capaces de cometer quienes se proclaman afectados.

Antropología cristiana y economía de mercado

Tenía pendiente escribirles sobre una segunda conferencia que ha promovido el Centro Diego de Covarrubias gracias al soporte de la Fundación Rafael del Pino (los comentarios a la primera, las encontrará el lector aquí). Ésta se celebró a comienzos de julio, y el profesor invitado fue Gabriel Zanotti, de la Universidad Austral de Buenos Aires.

El título de la charla, con el que encabezo nuestro comentario, es similar al de un interesantísimo libro suyo publicado por Unión Editorial en 2011, al que se añade en las páginas interiores la siguiente coda: "… Sobre la base de Santo Tomás de Aquino y la Escuela Austríaca de Economía". Desde luego que invita a su lectura.

El profesor Zanotti es bien conocido en nuestro Instituto (participó en la Universidad de Verano de 2007 en Aranjuez hablando sobre "La filosofía de la Escuela Austríaca"; tema sobre el que además tiene editados varios libros en UE y en la Universidad Francisco Marroquín), pero sobre todo es un gran ciber-comunicador: a través de sus propios blogs y del eficiente Instituto Acton Argentina (del que es Director Académico). En esta ocasión pudimos comprobar que también es un ameno y entretenido conferenciante.

Su discurso trató sobre la compatibilidad y ausencia de contradicción entre una concepción cristiana del hombre, basada en Santo Tomás de Aquino, y las nociones de racionalidad, orden espontáneo y mercado desarrolladas por la Escuela Austríaca de Economía, concluyendo con el tema de la posibilidad de la santificación de la acción empresarial. Pero veámoslo por partes:

Comenzaba explicando ese acceso escolástico a la Ciencia Económica, que nos llevaría en seguida a hablar de la Escuela de Salamanca. Partiendo de los conceptos de limitación, escasez, ruptura de la armonía natural (que en lenguaje cristiano es hablar del pecado), señalaba cómo la respuesta humana sería aplicar la racionalidad al mundo de la economía. Pero no desde un imposible cálculo matemático, sino desde la "función aprendizaje" (empleando la expresión de Hayek): hay que partir de la realidad de un conocimiento disperso, en el que los precios funcionan como señales. Por el contrario, la obsesión socialista por la planificación tiene como resultado un mayor desconocimiento del problema y, por lo tanto, una menor capacidad para resolverlo.

En este punto, sin embargo, Zanotti no se refiere tanto a los fundamentos escolásticos de la economía de mercado sino que va más directamente a la concepción de persona. Le interesaba proponer una antropología de fondo que permita superar esa (aparente) contradicción entre un ejercicio de la acción humana desde la perspectiva de la libertad cristiana y aquella compleja condena del liberalismo desde los presupuestos de la Iglesia Católica del siglo XIX. Para lo que plantea establecer un diálogo sin prejuicios con el pensamiento austríaco de Mises y Hayek, como ya había escrito en su libro Antropología cristiana:

Por supuesto, de una antropología cristiana no se puede deducir que Hayek tenga razón, pero su punto de partida -el conocimiento humano limitado y la creatividad intelectual como su contracara- nos parece mucho más compatible con todo lo que hemos afirmado de la inteligencia humana desde una antropología cristiana, donde la inteligencia humana es limitada en sí y más limitada aún por el pecado; pero herida por el pecado original, tiene la capacidad de crear, de dar sentido, de interpretar (todo faliblemente)…

Hay que aclarar que tanto Mises como Hayek dependieron también, en cierta medida, en sus planteos, de la noción de racionalidad instrumental de Weber y absorbieron sin darse cuenta la negación de la metafísica, típica del positivismo y neopositivismo de su tiempo… al cual combatieron tanto, sin embargo desde un punto de vista epistemológico. Ricardo Crespo lo ha señalado muy bien (La crisis de las teorías económicas liberales, 1998).

Pero por ello mismo, he desarrollado la tesis de que las nociones fundamentales de estos autores sobre la racionalidad limitada, si se eliminan los factores remanentes de sus posiciones antimetafísicas, son totalmente compatibles con una antropología cristiana con base en Sto. Tomás de Aquino y en Husserl, donde la acción humana es acción libre e intencional, además de intersubjetiva (p. 68).

Con mis disculpas por tan larga cita, vuelvo a la última parte (y más sorprendente, añadiría) de su conferencia: la santidad del empresario. Acudiendo al Concilio Vaticano II, Zanotti explicaba que la vocación de todo cristiano es una llamada a la excelencia, una aspiración a la santidad. También para el empresario: su vocación se materializa en el proyecto que desea sacar adelante; tiene un anhelo, una idea, un sueño que conseguir. Y no con aquella interpretación weberiana de la ganancia como señal del éxito empresarial y de la predestinación; sino como una consecuencia lógica del buen ejercicio de su trabajo. Necesita rentabilidad, por supuesto, pero como medio, no como fin. El fin es el proyecto; lo que pone en marcha su energía y su capacidad es esa idea final.

Ahora bien; este legítimo derecho (y casi, obligación) al beneficio empresarial se matiza, en una perspectiva cristiana, con la exigencia al desprendimiento y a la solidaridad. Pero no desde ese trasnochado discurso pseudosocialista de la justicia social y el reparto a los pobres, sino desde una conciencia de la virtud personal y la mirada "al otro en tanto otro". Podría ser interesante completar esta conferencia de Gabriel Zanotti con otro libro suyo más reciente: Ley natural, cristianismo y razón pública, que justamente se presenta estos días en Buenos Aires. Aquí trata del problema (de nuevo) sobre la conciliación del mundo moderno con la fe y la cultura cristiana, proponiendo un mayor esfuerzo de comunicación por parte de la Iglesia, sin abandonar esa pretensión de verdad y universalidad que ya postulaba desde sus primeros tiempos.

Thomas Szasz: La nueva psiquiatría libertaria

Si le hablas a Dios, estás rezando; si te responde, tienes esquizofrenia.
T. Szasz

Este pasado 8 de septiembre falleció una de esas personas cuya falta de popularidad y nombre entre el público resulta bastante injustificada. Parte de esto podría deberse a un mensaje, el suyo, más que incómodo para no pocos poderes tanto formales como fácticos. Thomas Szasz, nacido en 1920 en Hungría, con apenas 18 años se trasladó a estudiar y vivir a EEUU, donde acabó estudiando medicina y especializándose en psiquiatría. Pronto destacó como un profundo crítico de la psiquiatría oficial.

Baste mencionar, para comprender su antagonismo con la psiquiatría dominante, que Szasz consideraba por ejemplo falsa la existencia de enfermedades de tipo mental. Tal es el argumento central de su obra El Mito de la Enfermedad Mental. Szazs afirmaba que el concepto de “enfermedad”, según la definición clásica-victoriana, sólo es aplicable a lesiones del cuerpo físico y sus órganos. A lo que uno replicará que el cerebro es, sin duda, también un órgano. Szasz no niega evidentemente esto, sino que puntualiza que las enfermedades del cerebro como órgano son estudiadas por la neurología. La psiquiatría, sin embargo, ocupada de la mente, no trataría de enfermedades en tanto la mente no es un órgano físico. Es decir, hablar de mente enferma sería para Szasz como hablar de una economía enferma; se trata meramente de metáforas lingüísticas. La psiquiatría estudiaría por tanto comportamientos, pero no enfermedades. Si uno acaba teniendo problemas de comportamiento por una enfermedad cerebral (intoxicaciones, infecciones, etc., cerebrales), esto pertenece por tanto a la neurología, no a la psiquiatría. Y si un día halláramos que todos los problemas mentales son enfermedades cerebrales, la psiquiatría desparecería en pos de la neurología. Como inequívocamente aclaraba Szasz, si un problema no puede observarse en una autopsia no es una enfermedad.

Son otros sin embargo los argumentos en los que Szasz fue más contracorriente. Basándose en sus profundas ideas libertarias e individualistas –de que uno es dueño absoluto de su cuerpo y mente-, Szasz fue un incansable crítico del uso del tratamiento en pacientes de forma coactiva, o dicho resumidamente de la hospitalización involuntaria. Forzar a alguien a ser hospitalizado o tratado contra su voluntad es mera y llanamente esclavitud, y todos somos y debemos ser libres en tanto no hayamos arrebatado antes la libertad a alguien (robando, matando, secuestrando, etc.). Exactamente Szasz consideraba la hospitalización involuntaria un crimen contra la humanidad. Así, en los 70 contribuyó a la fundación de la Asociación Americana por la Abolición de la Hospitalización Mental Involuntaria. Dentro de su lógica libertaria, defendía por supuesto el derecho al suicidio, que se cuidaba mucho de diferenciar de la eutanasia sancionada por el Estado. Nada menos que dos obras íntegras dedicó al tema: La prohibición del suicidio: La vergüenza de la medicina y Libertad Fatal: Ética y Política del suicidio. Ya saben, desconfíen del que se proclama liberal y está contra de la legalidad del suicidio (o eutanasia), pues será otro intervencionista-colectivista enmascarado. Y es que, por supuesto, Szasz fue un acérrimo enemigo del Estado. Siempre defendió, hasta el final de sus días, que la psiquiatría, y la medicina entera, debía separarse del Estado por las mismas razones que, parafraseando a Ayn Rand, debía separarse la Iglesia del Estado.

Esa invasión de la medicina por parte del Estado es para Szasz en no poca medida responsable de la desquiciante medicalización farmacológica de la sociedad actual. “En tanto la teocracia es el sistema de Dios y sus clérigos o la democracia el sistema de la mayoría, la farmocracia es el sistema de la medicina y los médicos”. Décadas después de esta cita, la fundación Life Extension recuperó felizmente el término farmocracia. La medicina en general, y la psiquiatría en particular, con prácticas en su historial como la lobotomización o la crítica de la masturbación, ha llegado según Szasz a convertirse en una nueva y perniciosa religión. A este propósito dedicó, entre otros, su libro Farmocracia: Medicina y Política en América.

Una de sus definiciones más características fue la acuñada en los años 60 de “Estado Terapéutico” para dar cuenta de la alianza del Gobierno o Estado con la psiquiatría. Para Szasz se trata de un sistema totalizante y prototalitario en el que se busca reprimir las acciones, pensamientos, ideas o emociones censuradas por el órgano político empleando la farmacología como brazo de implementación. La timidez, la ansiedad, la promiscuidad, la homo o bisexualidad, el tabaquismo, el uso de drogas que el órgano político-gubernamental etiqueta como ‘ilegales’, comer en exceso… deben ser, según la religión secular del Estado y la farmacología, tratadas y remediadas. Sin duda el gran libertario Murray Rothbard pecó hace 30 años de ingenuidad cuando en las páginas finales de su brillante obra La Ética de la Libertad aún dudaba de si se extendería por todo Occidente el puritanismo moral intervencionista ‘por nuestra salud’. En esta línea, hace pocos días veíamos cómo la ciudad de Nueva York prohibía la venta de refrescos gigantes. Quizás no falte tanto para que el Gobierno multe y sancione a quien se ponga enfermo, rediseñen el Impuesto sobre la Renta como Impuesto sobre Grado de Enfermedad, o directamente prohíban a uno morirse. No bebas, no fumes, no tengas relaciones sexuales, no comas demasiadas ni demasiadas pocas calorías, sé sociable sin caer en la excesiva extroversión… ¿A qué nos suena todo esto? Al terrible mundo feliz de Aldous Huxley donde somos máquinas y autómatas dirigidos por el órgano gubernamental de turno. Por supuesto no deberíamos fumar o beber demasiado alcohol si queremos estar sanos, pero estas cuestiones competen a los que nos dedicamos a la salud y a los ciudadanos libres de hacer, o no, caso, pero no al Gobierno que emplea la coacción y el palo de la ley a ciudadanos convertidos en siervos y lacayos. Como dice el libertario Ron Paul, si el Gobierno debe protegernos de nosotros mismos, absolutamente ya cualquier cosa imaginable le estará permitida a un Gobierno.

Y como no podía ser menos, Szasz abogaba por la legalización sin cortapisas de todas las drogas. Teniendo efectos nocivos para la salud muchas de ellas, la prohibición y la guerra contra las drogas no hace sino aumentar la tragedia y el perjuicio infligidos por éstas. El libre mercado, la libre competencia y la libertad de elegir del paciente y consumidor eran para Szasz parte de la receta, nunca mejor dicho, libertadora en el campo de los fármacos y las drogas. Y he aquí uno de sus libros más célebres: Nuestro derecho a las drogas.

Entre las decenas de premios recibidos en su vida, por ejemplo, fue nombrado en 1973 humanista del año por la Asociación Humanista Americana y doctor honoris causa por la Universidad Francisco Marroquín por su contribución a las ideas de la libertad.

Thomas Szasz es de esas personas que, si no existieran, habría que inventarlas. Nunca, sin embargo, nacerá un Szasz auspiciado por la industria farmacéutica ni por las subvenciones e intereses político-burocráticos. El mundo, nuestro mundo, necesita de muchos Szaszs. Que proclamen que la libertad es una e indivisible. Que no puede haber libertad intelectual y de mente si no la hay económica. Y viceversa.

La plaga de la humanidad es el miedo y el rechazo a la diversidad: el monoteísmo, la monarquía, la monogamia. La creencia de que sólo hay una manera correcta de vivir, sólo una forma de regular el derecho religioso, político, sexual, es la causa fundamental de la mayor amenaza para el ser humano: los miembros de su propia especie, empeñados en asegurar su salvación.
T. Szasz.

El papel de las ganancias y pérdidas de capital

Ahora que se habla de las plusvalías y de las ganancias de capital por el nuevo anuncio del Gobierno de incrementar los impuestos sobre este tipo de ingresos, quizá merezca la pena traer aquí algunas reflexiones sobre el papel de estas ganancias en la Teoría del Capital de la Escuela Austriaca y, en general, en la economía y el bienestar de la población.

Los activos empresariales son utilizados por los empresarios de acuerdo con sus planes de negocio o de producción. La producción es una actividad conjunta, es decir, es un proceso de creación de valor -cuando resulta ser exitoso- que depende de una variedad de factores productivos complementarios entre sí. Dicho proceso productivo mantiene una estructura implícita de inputs y outputs que evoluciona con el tiempo.

Las empresas producen de cara al futuro. El mayor o menor valor de una empresa y sus activos dependerá del valor que se espera que sus clientes atribuyan a los bienes futuros que sea capaz de comercializar. Dependiendo de si esas expectativas con las que los empresarios trazan sus planes de negocio son correctas o no, el proyecto será exitoso y creará valor, beneficios, o destruirá valor, pérdidas. Expectativas no solo sobre la propia actuación del proyecto empresarial emprendido sino también sobre el entorno que lo rodea –qué otras empresas o bienes son necesarios o complementarios para que el proyecto prospere-.

Puesto que hasta la fecha no se conoce ser humano omnisciente, la multitud de planes empresariales con sus respectivas expectativas no contienen toda la información –presente y futura- para que todos los planes sean perfectos. De modo que existirán expectativas empresariales que diverjan unas de otras –no serán consistentes (complementarias) entre sí -.

Con el paso del tiempo, el hecho de que los empresarios mantengan expectativas inconsistentes hará que algunos fracasen –total o parcialmente- mientras que otros sobrepasen las expectativas. Durante este proceso, emergerán nuevos productos y métodos de producción, y desaparecerán otros.

Una de las consecuencias que se manifiestan por el hecho de que los planes empresariales excedan o no lleguen a las expectativas que de ellos se tenían es que los empresarios reevalúen los activos empresariales utilizados. Esta nueva valoración de los activos, que traerá consigo unas ganancias o pérdidas de capital, tienen su reflejo en los activos financieros asociados a la empresa –por ejemplo, acciones o deuda-. El valor de estos derechos sobre los activos empresariales dependerá del valor que sus titulares den a esos factores productivos –o las opiniones que den otros a ese valor-.

Dependiendo de las distintas combinaciones de activos financieros que posean los individuos, a nivel global habrá una determinada “estructura de activos”. Esta estructura de activos es el reflejo de la estructura de capital –la estructura productiva- de la economía, esto es, cómo se ordenan y combinan los distintos planes empresariales, los activos empresariales y los activos financieros.

Existen instituciones que ayudan a definir esta estructura. Ludwig Lachmann daba la máxima importancia el mercado de valores, que reflejaba continuamente las expectativas de las actuaciones de las empresas consideradas y, en consecuencia, de sus ganancias o pérdidas de capital. Pero también podría hablarse de los mercados de futuros o, en general, el sistema de precios.

Pero estas instituciones no sólo definen la estructura de capital sino que ayudan a conformarla o modificarla a través, por ejemplo, de las ganancias o pérdidas de capital. Por ejemplo, las plusvalías o minusvalías en acciones –también futuros u opciones- refleja el éxito o fracaso de los planes de negocio de acuerdo con las expectativas con las que se llevaron a cabo. Estas ganancias o pérdidas facilitan y transmiten información relevante a los empresarios para que estos puedan decidir sobre las mejores combinaciones de bienes de capital y facilitan, así, una mejor coordinación entre los distintos planes de acción y proyectos empresariales. Por tanto, ayudan a cambian la estructura de inversiones al modificar el valor relativo de estas –por cierto, aquí ejercen un papel fundamental los denostados especuladores, que con su actuación tienden a ejercer una influencia estabilizadora sobre los precios de los activos-.

Por tanto, las ganancias o pérdidas de capital sirven para que los empresarios –managers, inversores, etc.- se decantes continuamente –un proceso- por determinados planes empresariales, combinaciones de activos empresariales y financieros que se traduzcan en una economía más competitiva y compleja, que provea a la población una mayor cantidad de bienes y más variados.

De ahí que hacer tributar este tipo de ganancias, y hacerlo de manera agresiva –elevando los tipos marginales hasta un 50% de media para las que se generan en menos de un año- distorsiona el papel que estas ganancias tienen en la economía y en la manera en que se estructura. Esto trae como consecuencia una peor coordinación empresarial y una mayor dificultad a la hora de reconvertir una estructura productiva basada en el ladrillo a otra basada en sectores más competitivos.

Mahoma, Obama y la libertad

La reacción de la Casa Blanca ante la oleada de violencia desatada por los islamistas con la excusa, pues se trata de una mera excusa, del vídeo ofensivo con la figura de Mahoma ha sido de una extrema torpeza. Y lo ha sido por partida doble. Para empezar, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se apresuró a condenar la película en los siguientes términos:

Para nosotros, para mí personalmente, el vídeo es repugnante y reprensible. Parece tener el cínico propósito de denigrar una gran religión y generar odio.

A esto añadió:

Rechazamos totalmente su contenido y su mensaje. Sin embargo, como dije ayer, no hay justificación, ninguna, para responder al vídeo con violencia. Condenamos la violencia que se ha generado en los términos más duros.

Resulta llamativo que la condena del contenido del vídeo se expresa en términos casi más tajantes que el repudio a la violencia desatada. Hay, cuando menos, una equiparación. Además, se echa en falta una defensa firme de la libertad de expresión, consagrada en la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU , así como en otras Cartas Magnas democráticas, y uno de los más firmes pilares de lo que debe ser una sociedad libre. Tal vez, la señora Clinton no apeló a ese derecho tan básico de los seres humanos precisamente porque la Casa Blanca estaba maquinando para restringirlo en el caso del vídeo en cuestión. Ha actuado en la medida de sus posibilidades para que desaparezca de internet, reclamando a Google que lo retire de YouTube. Por fortuna, la empresa ha hecho valer la ley y sus propios principios y se ha negado a cumplir los requerimientos de la Administración Obama.

Lo que está en juego es algo más que poder ver un vídeo o no, o los sentimientos de miles de fanáticos seguidores del totalitarismo político-religioso que conocemos como integrismo islámico. Lo que el mundo, no sólo EEUU, se juega es el propio fundamento de la libertad. Como señala acertadamente Gabriel Albiac en un reciente artículo, en las sociedades libres si a alguien no le gusta una película se limita a no verla. Es más, es legítimo que haga uso de su libertad de expresión para tratar de convencer al resto de la sociedad a que haga un boicot pacífico y no acuda a las salas de cine ni compre los DVD con el título en cuestión. No existe ahí agresión alguna.

También se puede, si se quiere, comprar un montón de DVD de la película que molesta y destruirlos en un acto público. Como si se quiere acudir a las librerías a adquirir todos los ejemplares de una obra para acto seguido prenderles fuego. Quemar libros siempre es un acto que produce repulsa estética y moral, pero mientras se compren antes de su incineración no deja de ser un uso legítimo, aunque repugnante y estúpido, de una propiedad legítimamente adquirida. Lo que en ningún caso tiene legitimidad alguna es agredir a personas o, incluso, propiedades ajenas, para mostrar su rechazo a lo expresado.

Por repugnante o de mal gusto que sea el video al que se ha respondido con asesinatos y ataques a embajadas en varios países islámicos, la Casa Blanca debería haber puesto la defensa de la libertad de expresión por delante de la condena a la película. El mensaje que ha enviado el Gobierno de EEUU a los totalitarios es que pueden asustar y que a largo plazo resulta factible recortar la libertad en occidente. Además, las conclusiones que pueden extraer quienes en el mundo islámico sí creen en la libertad no pueden ser más desalentadoras. Podrán entender que quienes no están dispuestos a defender sus valores en su propio territorio, difícilmente van a apoyar a quienes cada día luchan por ser más libres en lugares donde esto es un reto casi imposible.

No cabe ni tan siquiera la mala excusa de que es legítimo restringir la libertad de expresión en defensa de los legítimos sentimientos religiosos. Precisamente, durante décadas la lucha para lograr dicha libertad fue en buena medida contra la censura que ejercían numerosas autoridades religiosas, con independencia en nombre de qué fe ejercieran su poder. Además, ¿dónde está el límite de lo ofensivo en materia teológica? Por poner un ejemplo, si se dice que Jesús murió en la cruz, habrá musulmanes que entiendan que se está acusando al Corán de mentir, puesto que este libro sostiene que murió de viejo. Y viceversa, ante esta última afirmación los cristianos podrían aducir que el Islam sostiene que sus creencias se fundamentan en una falsedad. Y todos ellos podrían mostrarse ofendidos ante cualquiera que dijera que Dios sencillamente no existe.

Su ofensa es legítima, pero no por eso debe atentar contra el derecho de los demás a decir lo que quieran. Cuando comienza a restringirse la libertad de expresión con cualquier excusa, se abre la puerta a que siga limitándose de manera creciente. Y eso sería una gran pérdida para el conjunto de la humanidad. Ese es el mensaje, y no otro, que tenía que haber enviado la Casa Blanca. De nada sirve enviar marines o barcos de combate a los lugares donde se ataca a las embajadas de EEUU si no se está dispuesto a defender los principios más básicos de las sociedades libres. Más bien es un error. Los totalitarios podrán sumar un nuevo mensaje a su propaganda: "reconocen que tenemos razón pero aún así nos mandan a sus tropas".

El miedo a la libertad (I)

El problema de la sociedad contemporánea no es un exceso de individualismo, sino la existencia de una estructura institucional deficitaria: sin dispersión pluralista del poder, sin independencia judicial, sin elecciones de jueces, sin separación de poderes, sin democracia directa, sin protección de la igualdad ante la ley

La ideas que promueve la casta política están deteriorando el marco institucional y "guiando" España hacia la fragmentación en Reinos de taifas donde triunfan la corrupción, la prevaricación y el intervencionismo; con una actitud acrítica, dócil y borreguil de la población y con ausencia del Estado de Derecho para la protección eficiente de la libertad y del ejercicio de los derechos individuales que son los responsables del crecimiento económico.

Hoy quiero analizar brevemente la paradoja de la libertad porque, en teoría, una democracia multipartidista promueve el ejercicio de la libertad de elegir pero, en la práctica, gran parte de la población renuncia a ejercer responsablemente su libertad individual y prefiere ser guiada dócilmente en la dirección que decida la casta política en cada territorio; con la ayuda de leyes, actos administrativos y, especialmente, medios de comunicación que trabajan al servicio de ideas intervencionistas.

De hecho, operan mecanismos psicológicos que permiten a muchos ciudadanos rehuir su propia responsabilidad individual. El psicoanalista Erich Fromm publicó en 1941 el libro El Miedo a la Libertad en donde, desde el individualismo metodológico, analizaba el comportamiento social de los individuos y la evolución que se produce en las sociedades como consecuencia del arraigo de determinados patrones de comportamiento.

Su psicología social identificaba tres mecanismos de evasión psicológica de la responsabilidad individual,que explican el apoyo de una mayoría de la población a líderes e ideologías colectivistas, nihilistas o conformistas que terminan destruyendo la libertad individual en las sociedades abiertas:

  1. Autoritarismo (o colectivismo) caracterizado por el abandono de la independencia del propio yo individual que, ante un entorno de crisis e incertidumbre, siente la necesidad de que le dirijan y cede su responsabilidad psicológica a algo o alguien exterior, como un Estado dirigido por un líder político, social o religioso, con el objetivo de adquirir la fuerza de la cual carece el propio yo del individuo y así intentar encontrar una solución fácil ante la incertidumbre vital que padece.
  1. Destructividad (o nihilismo) que consiste en la búsqueda de la destrucción de algo o alguien exterior, como forma de evasión del individuo en contra de su aislamiento en la sociedad, destruyendo instituciones o personas del mundo que le rodea, y como intento psicológico desesperado de no sucumbir ante la adversidad.
  1. Conformidad Automática (o conformismo) que se caracteriza porque el individuo dejar de ser él (completamente libre) y asume el papel que la sociedad le asigna, renunciando a ejercer su propia responsabilidad individual y al análisis crítico de la realidad y, por tanto, asumiendo como propias las ideas de algo o alguien exterior (políticos y medios de comunicación) y, en definitiva, siendo acrítico y conforme con las imposiciones coactivas que le vengan del exterior (Estado).  

El individuo tiene instintos primarios individuales, inmanentes e innatos, que le permiten sobrevivir y le proporcionan seguridad para actuar en un orden extenso, complejo y abierto de colaboración humana (sociedad civilizada) como, por ejemplo, el respeto por la vida, la libertad, la propiedad y la búsqueda de la igualdad de trato ante la ley y el cumplimiento de los contratos.

Sin embargo, desde temprana edad, a cada individuo se le enseñan instintos secundarios (colectivos o sociales), es decir, se le adoctrina a pensar y experimentar sentimientos que no le pertenecen, con normas sociales inculcadas mediante la educación por la familia, el entorno sociocultural, la religión, la ideología y, especialmente, por el Estado.

Según Erich Fromm, se produce una separación del yo real del individuo que, en una mayoría de casos, puede forzar un sentimiento de soledad y alienación por supeditación de la persona a lo que es socialmente correcto (en cada momento y en cada territorio) y, por tanto, por el abandono de la libertad individual para decidir responsablemente.

Estos factores psicológicos llevan al hombre hacia la toma de decisiones a medio camino entre lo racional y lo irracional, a supeditar su voluntad a instintos secundarios adquiridos socialmente, y a ponerse bajo el mando de dictadores o de dirigentes políticos, sociales y religiosos que "guían" la sociedad hacia una utopía intervencionista.

El análisis de la psicología del nazismo que realiza Eric Fromm muestra como la población de una democracia como la Alemania de los años 30 en el siglo XX apoyó y quedó supeditada a las tendencias psicológicas sadomasoquistas, de anhelo de poder de dominación y de sumisión a un poder exterior omnipotente como la "raza", el "pueblo", la "lengua", la "cultura" o la "nación" superiores a otras, supuestamente más débiles.

Como menciona Erich Fromm de modo absolutamente clarividente:

La ‘revolución’ de Hitler, y a ese respecto también la de Mussolini, se llevaron a cabo bajo la protección de las autoridades existentes, y sus objetivos favoritos fueron los que no estaban en condiciones de defenderse. (Fromm, E.: 2008 [1941], p. 224)

Ese análisis psicológico del nacionalsocialismo lo abordaré en el próximo artículo, porque no deja de sorprender cómo se siguen produciendo involuciones institucionales ante la inacción de las autoridades, y cómo existe un enorme similitud con la psicología del nazismo en el arraigo y la imposición de la ideología nacional-separatista en Cataluña, Galicia y, especialmente, en el País Vasco.

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El fin del Estado del Bienestar o de España

Se ha llegado al final de un modelo. El actual sistema o modelo de sociedad, el llamado Estado de Bienestar, está llegando a su fin tal y como lo conocemos. La presunción de este sistema de "protección social" es la de asumir la responsabilidad del bienestar social y económico de los ciudadanos mediante un conjunto de prestaciones en beneficio de los trabajadores y de sus familiares que tienen por objeto elevar su nivel de vida económico, social, cultural e integral.

Pues bien, esta pretensión se ha demostrado totalmente inviable.

¿Por qué? Sencillamente por la dimensión del desequilibrio entre ingresos y gastos públicos. Desequilibrio que, por cierto, arrastramos desde hace décadas, pero que desde el 2007-2008 se ha manifestado como inasumible.

Desde 2007 estamos claramente en déficit, que es el faltante en que incurre el Estado al intervenir mediante gasto público en la actividad económica. Es decir, es el resultado negativo de la diferencia entre gastos e ingresos. El déficit de 2008 a 2011 es de unos 352.000 millones de euros. Sólo en 2011 el desequilibrio fue de 91.350 millones euros, lo que supone un déficit del 8,5%. En 2011 los gastos superaron a los ingresos en un 24,20% (¡en 2009 fue un 32%!).

Claro está, este déficit se ha intentado cubrir con deuda. Los gastos se tienen que pagar y no se ingresa lo suficiente. En 2011 la deuda era de 734.961 millones de euros, es decir, un 68,50% del PIB. Esta semana se han conocido datos del 2012: la deuda es de 804.388 millones de euros, es decir, ¡el 75,9% del PIB!

Estos datos vienen a significar que el actual Sistema del Bienestar se ha basado exclusivamente en el crédito y la deuda y no en la riqueza creada por el país. Por pura lógica es insostenible, se ha llegado a un límite físico. Por cierto, que este crédito lo han ofrecido los malvados mercados, de lo contrario ya habríamos quebrado hace bastante tiempo…

Dicho esto, ¿es la gran deuda española el punto más preocupante? No. El principal problema de la economía española es que está en permanente déficit, es decir, no puede ingresar más que lo que gasta. Esto, simple y llanamente, significa que no somos solventes. No podremos devolver las deudas que contraemos. Es decir, estamos técnicamente quebrados. Ahora mismo no podríamos hacer frente a los pagos de nuestros pasivos con nuestros activos. Esto es algo que parecen no entender premios Nobel como Krugman y Stiglitz, que continúan queriendo resolver un problema de deuda con más gasto, más deuda y más monetizaciones. No tiene ninguna lógica salvo para keynesianos y demás escuelas de pensamiento que son incapaces de comprender el ciclo económico.

La deuda es una consecuencia del déficit, y es el déficit lo que puede causar el impago de la deuda. Hay países que pueden estar mucho más endeudados que España, pero sin embargo su capacidad de pago es mucho mayor porque siguen creando riqueza, por lo que el riesgo de invertir en ese país es menor. Pongamos un ejemplo. ¿Qué es más preocupante, que Emilio Botín tenga una deuda de 1 millón de euros o que yo tenga una deuda de 50.000 euritos? Pues eso, está claro. No es tanto la deuda, sino la capacidad de pago de la misma. En el caso de España la capacidad de pago actual es nula.

Es evidente que en algún momento los ingresos deberán ser superiores a los gastos. En caso contrario nos dirigimos rápidamente al colapso.

Hay dos vías para eliminar el déficit: la vía del ajuste por ingresos o la vía del ajuste por el gasto. No cabe ninguna duda de que el gobierno de Rajoy ha intentado centrarse en aumentar los ingresos mediante la subida masiva y espectacular de todos los impuestos. Ha sido un auténtico y doloroso fracaso. No solamente no ha recaudado lo que se proponía, sino que además la recaudación no ha hecho más que caer (más de un 10% este año el IVA). Es comprensible: los impuestos se comen la renta de los ciudadanos y los beneficios de las empresas, a la vez que impide el desapalancamiento. La consecuencia es que parte de la producción se destruye (cierran empresas) y otra parte de la producción se sumerge y pasa a ser mercado negro, por lo que cada vez se recauda menos.

Al gobierno se le llena la boca hablando de recortes, pero lo único que ha hecho ha sido subir impuestos. No ha recortado en absoluto el gasto, sólo ha recortado el poder adquisitivo del sector privado y, de esta forma, la posibilidad de salir de la crisis. Austeridad no significa subir impuestos, sino bajar el gasto. Además, ¿cómo se va a reducir el déficit subiendo el IVA si éste representa el 5,5% del PIB español? Seamos serios…

Ya no debe quedar duda de que hay que incidir en los gastos, disminuyéndolos.

Pues bien, ¿qué es lo que hace que el Estado esté quebrado? Respuesta: lo que llamamos gasto social, la llamada "protección social". El gasto social en los Presupuestos Generales del Estado para 2012 es del 56% del presupuesto total. Dentro de esta partida, las pensiones significan el 66% del gasto social y el 37% del presupuesto total. Las prestaciones por desempleo, otras prestaciones y fomento del empleo significan el 27% del gasto social y el 15% del presupuesto total. Por tanto, las pensiones más las prestaciones y servicios al desempleo suman el 46% del gasto estatal para 2012.

Lo que hace que el Estado esté quebrado no son los coches oficiales (0,3% del gasto), la justicia (0,5%), el ejército y la defensa (2%), la educación (0,7%) ni la sanidad (1,2%). Todo esto hay que reformarlo y recortarlo, claro está, pero es evidente que no es lo que provoca estar en una posición deficitaria sistemática.

La causa son las siguientes partidas, que juntas suman el 55% del gasto: las pensiones, desempleo, fomento del empleo, otras prestaciones económicas, servicios sociales y promoción social, acceso a la vivienda y gestión y administración de la seguridad social. Es decir, el Estado del Bienestar en sí mismo es lo que nos lleva al abismo y a la quiebra más absoluta. El sistema actual está listo para sentencia. No se genera riqueza para pagar estos servicios.

Y aquí no hay ni trampa ni cartón, se pongan los estatistas como se pongan. Rajoy mintió cuando dijo que subir el IVA era la única medida que se podía tomar. Se debe disminuir el gasto y está claro cuáles son las partidas a recortar. Y los gobernantes lo empiezan a tener claro. Hace poco De Guindos insinuó que si la economía española no crecía en el corto plazo, sería imposible mantener las prestaciones de pensiones y desempleo. ¡Touché!

Repetimos: forzosamente tiene que haber recortes para ajustar por la vía del gasto en las partidas que hemos comentado. La alternativa es quebrar, impagar las deudas a los acreedores, ser expulsados del euro, tener una divisa hiperdevaluada, no poder financiarse en los mercados en varias décadas y, evidentemente, no poder tener "protección social" de ningún tipo. Dicho de otra manera: o es el fin del Estado de Bienestar o es el fin de España.

¿En qué piensa el PP?

Mientras Rajoy anuncia nuevas subidas de impuestos cuando todavía no ha terminado de aplicar las anteriores, cabe preguntarse en qué piensa el Partido Popular.

En su libro Moral Politics, el profesor de lingüística George Lakoff definía los marcos como las estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo. La importancia de los marcos en el pensamiento político resulta crucial a la hora de transmitir ideas y dar coherencia a todo un relato político. Lakoff, intelectual izquierdista y comprometido resumió el contenido de su obra en un panfleto breve que tituló como No pienses en un elefante. Era su forma de llamar la atención a los demócratas para que dejaran de ofrecer soluciones dentro del marco que habían establecido los republicanos en el poder (el elefante es el animal que se asocia al Partido Republicano). Por resumir, la verdadera alternativa política sólo se puede definir desde una visión integral y confrontada.

De alguna forma hoy nos encontramos que el Partido Popular parece haber asumido el marco establecido por el gobierno socialista anterior. La solución para ajustar unas cuentas públicas imposibles en las que se gasta más de lo que se tiene y se pide prestado para seguir gastando, no es otra que exprimir a los contribuyentes para aumentar los ingresos de la Hacienda pública. No hay, dicen, alternativa real a una política inevitable. No la hay entre los políticos ni entre una mayoría de la población que no concibe otra educación que la que proporciona el Estado sin cuestionarse porque en otras sociedades la educación es mejor, más barata por alumno y su coste no se diluye entre impuestos prácticamente confiscatorios.

El problema es el marco. Y el marco en el que se mueven nuestros políticos no es otro que el Estado. Todas las soluciones, medidas, reformas, contrarreformas y legislaciones se buscan y se aplican desde la perspectiva del Estado. Los gobiernos y la oposición pretenden dar viabilidad a un sistema fallido, la redistribución de la riqueza organizada por burócratas a través de la recaudación de impuestos. Se trata de un modelo inviable y artificial que impide al mercado asignar recursos regulando la oferta y la demanda espontáneamente. Ya escribía Hayek aquello de “los socialistas de todos los partidos” así que no se trata de algo nuevo pero sí crítico en este callejón sin salida al que nos ha conducido la burbuja estatal.

Si Lakoff les dijo que a los demócratas americanos que debían dejar de pensar en un elefante para ganar las elecciones a los republicanos, nosotros deberíamos dejar de pensar en el Estado para permitir que la sociedad pueda salir de la crisis. No tanto los políticos, cuya supervivencia y modo de vida depende de que el marco estatal no cambio sino de nosotros mismos. No necesitamos un rescate del Estado, necesitamos que nos rescaten del Estado.

Venezuela: la revolución más larga de la historia

La oposición venezolana dio un paso fundamental de cara a poner punto y final a los años de Chavismo, organizándose alrededor de un candidato único, Henrique Capriles. Frente a la desunión que la caracterizó tiempo atrás, esto suponía un avance evidente.

La siguiente etapa consistió en enfatizar la importancia de la participación, pese a que existen dudas razonables sobre la limpieza de las votaciones. En este sentido, la misión de la UNASUR cobra una especial trascendencia, toda vez que la OEA se ha mostrado, históricamente, excesivamente condescendiente con los liberticios de Chávez (y de los Castro, y de Ortega, y de Correa y de Morales…).

Durante la campaña electoral, la estrategia de Hugo Chávez se ha centrado en descalificar a su rival y coaccionar a la sociedad venezolana. En efecto, el actual Presidente no ha tenido reparos en desempolvar los fantasmas característicos conforme se acerca el 7-O.

Esta prolongada campaña electoral venezolana ha servido, igualmente, para que los problemas congénitos del país sigan sin solucionarse. Si en Europa Occidental la principal amenaza hoy en día es el paro, en Venezuela lo es la ausencia seguridad pública y jurídica, sin olvidar que la pobreza caracteriza a amplios sectores sociales.

Este último fenómeno trató de eliminarlo Chávez a través de las "misiones", lo cual no ha sido más que una herramienta para afianzar el modelo económico del socialismo del siglo XXI, creando un elevado grupo de ciudadanos dependientes y cuya fidelidad al Chavismo está fuera de toda duda.

El resultado de estos años de gobierno del PSUV no es otro que la irrupción de organizaciones subsidiadas que muestran más lealtad hacia la figura caudillesca que a su modelo de organización política, económica y social, el cual, probablemente, desconozcan.

Las misiones se están convirtiendo en protagonistas de la campaña. El propio candidato Capriles ha afirmado que "mantendrá las que funcionen". Esto supone una forma de huir hacia delante con la que busca evitar (sin éxito) las críticas de que gobernará siguiendo las directrices del FMI. Como se observa, aparece otra de las características definitorias del populismo latinoamericano: estigmatizar al oponente.

En efecto, este es uno de los puntos que más está enfatizando Hugo Chávez: Capriles tiene una "agenda secreta neoliberal", término que en América Latina ha sido desfigurado, pervirtiendo su significado real, de tal modo que se emplea como arma arrojadiza contra aquellos que desafían el statu quo, en este caso, el socialismo del siglo XXI.

Ahí es donde ha fallado el candidato opositor a la hora de explicar sus propuestas, reculando y presentando una visión edulcorada de las misiones. Dicho con otras palabras, no ha sabido asociar "neoliberalismo" con la defensa de la propiedad privada, de un Estado de Derecho dotado de instituciones sólidas e independientes, ni con la óptima utilización de los recursos con que cuenta el país, en particular el petróleo, que hasta la fecha han sido empleados como herramienta de proselitismo ideológico por parte de Hugo Chávez.

Asimismo, en los últimos días ha habido una parte del discurso de Chávez que nos pone en alerta del clima clientelar que se vive actualmente en Venezuela y que puede mantenerse en caso de sea el ganador el 7 de octubre. Al respecto, ha pedido el apoyo en las urnas de las clases pudientes "para que puedan seguir haciendo negocios con tranquilidad". Clientelismo y amenaza se combinan a partes iguales en esta premisa.

El pasado mes de agosto lanzó la otra parte de este mensaje: "si la burguesía regresa al gobierno (en alusión a Capriles), el país entraría en una tormenta de violencia". El carácter mesiánico, rasgo consustancial del populismo, combinado con dosis de coacción, ha irrumpido y se traduce en una suerte de chantaje electoral lanzado por el oficialismo: o Chávez o la desestabilización. Más correcto sería decir: o Capriles o la revolución permanente. O Capriles o el caos.