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Welcome to fabulous Eurovegas

La mayoría de noticias o comentarios que he podido leer o escuchar acerca del futuro macrocomplejo de ocio y turismo de negocios proyectado sobre unas 200 hectáreas, y que han dado en llamar Eurovegas, están trufados de prejuicios hacia dicha inversión.

Las cifras que envuelven el futuro Eurovegas son sin duda intimidantes: 16.900 millones de euros de inversión, 12 hoteles de unas 40 alturas y 36.000 habitaciones en total, seis casinos con más de mil mesas de juego, 15.000 máquinas recreativas, decenas de restaurantes, centenares de tiendas, un centro de convenciones de 15.000 butacas, tres campos de golf, nueve teatros y un estadio deportivo para 17.000 espectadores. Promete ser también base permanente del Cirque du Soleil en Europa. Como consecuencia de ello, se prevé crear un par de centenares de miles de contratos nuevos de trabajo en una década.

El propietario principal del grupo Las Vegas Sands, Sheldon Adelson, que acometerá dicha inversión posee hace años explotaciones de este tipo en las Vegas, Macao y Singapur. Pretende hacer de Eurovegas la coronación de su trayectoria empresarial. Sólo le queda decantarse antes de este verano por la ciudad de Barcelona (en la zona de Viladecans, cerca del mar) o por la de Madrid (en la zona de Vallecas o bien en Alcorcón) para radicar su macro complejo. Eso ya es en sí una excelente noticia.

Es cansino leer u oír las consabidas críticas a dicha iniciativa: que si fomentará la ludopatía, el vicio, la prostitución, el tabaquismo, el delito, las mafias. Que no será una inversión productiva en I+D, se aplicarán leyes laborales a la americana, pide descaradas ventajas fiscales, no tendrá suficientes externalidades positivas, habrá una transferencias de rentas o trato de favor por parte de los poderes públicos. El magnate norteamericano es además de origen judío, financia el partido republicano y, lo peor, apoya a organizaciones pro Estado de Israel. Pocas veces la colección de enquistadas fobias patrias de moralistas, puristas, conservadores, progresistas, izquierdistas, ecologistas, judeófobos, sindicalistas, anticapitalistas y anti-lucro se han reunido tan cabalmente frente a un único proyecto.

Va a ser la inversión privada más importante hasta la fecha realizada en Europa y, por ello, será necesariamente rompedora en muchos aspectos. Echo en falta un análisis más sosegado y menos suspicaz sobre este asunto. Sólo los recientes comentarios de Carmelo Jordá en LD y Gonzalo Bernardos en Expansión parecen romper sin complejos la monótona salmodia de críticas previsibles e indignadas con las que nos desayunamos habitualmente.

De todas las numerosas exigencias del magnate Adelson, las dignas de reproche son en realidad las referentes a la petición de exclusividad (10 años), las tendentes a cercenar la competencia, así como su pretensión de instar a la administración a expropiar terreno privado y a crear una Comisión regional del juego a imagen y semejanza de la existente en Nevada (eso me suena a que quiere prevalerse de ella en perjuicio de otros agentes futuros que puedan aparecer). El resto, si se circunscriben sólo a dicho espacio físico ¿por qué no?

Pero lo más interesante de todo esto es que empieza a reconocerse y a aceptarse por parte de las tres administraciones involucradas algo que va mucho más allá de una mera zona franca. Estaríamos hablando de crear en España una especie de isla o excepción legal dentro de un recinto determinado en materia no sólo fiscal sino laboral, sanitaria, urbanística, procesal y regulatoria cuando se traspase sus lindes. Éste tendría sus propias normas sin desvincularse por completo –como es lógico y natural- del entorno jurídico e institucional nacionales donde radicase dicha inversión (independientemente de cuál será la ciudad agraciada para acogerla). Muchas otras normas jurídicas y de convivencia comunes seguirían plenamente en vigor dentro de dicho espacio de ocio y de negocios.

Sería una especie de zona jurídica singular dentro de un territorio soberano y uniformador como es el Estado por definición. En cierta forma ya se aceptó a menor escala dicha anomalía cuando se erigió Eurodisney en París o Port Aventura en Tarragona. Ahora se trataría de profundizar aún más en dicha dirección y esperar a que se replique el ejemplo en otras partes del mundo con otro tipo de actividades e inversiones.

Sin darme cuenta, regresan a mi memoria las cartas pueblas para la repoblación de ciertas zonas deshabitadas de la Península, también intento visualizar las pequeñas y dinámicas ciudades medievales con sus propios estatutos o fueros de derechos y privilegios que se desligaron del entorno feudal que las circundaba y que les permitieron crecer y prosperar. Dando un salto, me viene el recuerdo del más del millar de zonas económicas especiales ya existentes repartidas por el globo para atraer inversión extranjera, también la imagen del recinto de Walt Disney en las afueras de Orlando o la interesante charla TED del economista Paul Romer y su conjunto de normas diferenciadas del país de acogida para cambiar sus normas viejas sólo en un determinado enclave de libre acceso y salida. También medito sobre las ciudades charter presentes y futuras y la irrefrenable capacidad de acción e innovación del ser humano cuando existen los incentivos adecuados.

Como ven, mi imaginación echa a volar antes de que cualquier espécimen de neo-inquisidor comunitario pretenda sujetarla.

Otra vuelta de tuerca de las FARC

En 1964, nacieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia con un único objetivo: la creación de un estado marxista en Colombia. Para cumplir su misión, las FARC no han dudado en asesinar, robar, secuestrar o aliarse con otras mafias y grupos violentos. Aprovechando la prohibición global sobre las drogas duras, las han cultivado y vendido en Occidente, con la idea de que ello contribuirá a su destrucción. No han vacilado a la hora de desplazar a los colombianos que han tenido la desgracia de vivir en los terrenos que controlan, los han usado como esclavos y, como denuncia Human Rights Watch, han reclutado forzosamente a esos civiles, incluyendo menores de edad desde los 10 años.

Pero las FARC no han recorrido este siniestro camino en solitario. Han contado con aliados muy variados y tan totalitarios como ellos. La Unión Soviética o la Cuba de Fidel Castro fueron, no sólo importantes apoyos de su lucha revolucionaria, sino también su inspiración ideológica y, durante mucho tiempo, técnica y armamentística. Cuando estos apoyos desaparecieron o flaquearon, la Venezuela de Hugo Chávez, con su proyecto bolivariano y su Socialismo del Siglo XXI, ha sido un más que aceptable sustituto.

Las FARC están ya muy curtidas en el engaño. En los años 80, anunciaron un alto el fuego y crearon la Unión Patriótica, una organización que pretendía acceder al poder a través de la política. Los conflictos entre las FARC y otros grupos armados o mafiosos (algunos de los cuales tuvieron el apoyo de ciertos sectores del ejército y del Estado colombianos) llevarían a incumplir sus propios acuerdos y a un recrudecimiento de la violencia.

Durante los años que presidió el país Andrés Pastrana, las FARC apoyaron al candidato con la excusa de la negociación, e incluso su líder en ese momento, Manuel Marulanda -alias "Tirofijo"-, se fotografió junto a una imagen del, en ese momento, presidenciable. Pastrana, una vez elegido, realizó una serie de concesiones, incluyendo la creación de una zona "desmilitarizada", conocida como Zona de Distensión, que los terroristas ocuparon inmediatamente, ampliando así su control sobre el territorio. En ningún momento pensaron en la rendición y, durante todo ese tiempo, además de obtener apoyo internacional en un momento en que éste flaqueaba, se fortalecieron militar y financieramente. Los asesinatos y secuestros, incluyendo los de niños, no cesaron.

Las FARC, como otros muchos grupos guerrilleros y terroristas de izquierdas, tienen bien claros sus objetivos y la filosofía para conseguirlos: todo vale si con ello parece estar más cerca el fin buscado. De la misma manera que el Komintern pasó de la revolución pura y la violencia directa contra sus enemigos a alianzas con ciertos partidos que permitieran a los Frentes Populares acceder al poder, los grupos terroristas han usado métodos similares: la creación de partidos políticos o la alianza con otros ya existentes, el apoyo a candidatos "negociadores" del adversario y la creación de ayudas sociales entre la población que los sufre, pero también la generación de un ambiente opresor sobre disidentes o personas de las que se desconfía.

En España, esta situación no nos resulta nueva. La banda terrorista ETA lleva muchos años anunciando ceses limitados de su actividad, treguas parciales o incluso totales, mientras su aparato logístico y político sigue actuando y preparando sus próximos objetivos. Y lo ha hecho empleando exactamente los mismos métodos.

Pocos se pueden ya sorprender con la aparente ilógica que las FARC han mostrado durante este febrero de 2012. A principios de mes, colocaban varias bombas en distintas localidades, que provocaron 18 muertos y 77 heridos, seis horas después de anunciar la decisión de retener a seis rehenes que se habían comprometido a liberar. Días más tarde, atacaron la base militar de Los Farallones, donde asesinaron a tres militares e hirieron a otros 18. Pese a tal reguero de sangre, los narcoterroristas sorprendieron con el anuncio de que renunciarían al secuestro como medio de financiación y liberarían a diez soldados que mantenían como rehenes, lo que generó cierta esperanza en algunos círculos y mucha desconfianza en otros.

No deja de resultar sorprendente que personas aparentemente formadas e inteligentes no muestren ningún tipo de desconfianza cuando un grupo terrorista de larga trayectoria sangrienta anuncia una limitación de su actividad delictiva. No pocos medios de comunicación han querido ver un rayo de esperanza en dichos actos, lo cual es sólo achacable a una candidez impropia de su actividad empresarial o a una descarada ideologización. Ambas opciones son perfectamente legítimas, pero también criticables.

Si los valores en los que los grupos terroristas basan su actividad totalitaria siguen vigentes entre sus dirigentes y simpatizantes, sólo cabe la vigilancia por parte de la sociedad civil y el uso escrupuloso de la ley por parte de las autoridades para mantenerlos a raya. Bien es cierto que terroristas y guerrilleros pueden llegar a cambiar, pero generalmente lo hacen a título individual y se convierten en apóstatas de su causa, algo mucho peor que un no creyente. Cuando es una organización entera la que cambia, simplemente se disuelve, pues no tiene ya razón de ser. Las negociaciones y pasos intermedios no son más que estrategias que engañan a algunos y que, en más de un caso, les ha dado excelentes resultados.

El Orden Público

El orden público debe entenderse como constructo teórico destinado a explicar cierta faceta de lo social. Decíamos en otra parte que lo público es aquello que resulta comprensible, en la medida que compone lo compartido como conjunto de ideas sobre las cosas y los fenómenos que hacen posible la interacción eficiente entre individuos. El espacio público no debe tomarse en su versión material, sino desde el lado cognitivo, dado que es en él donde conviven realmente los seres humanos.

Incorporando a lo público la idea de orden, inferiremos cierta regularidad suficiente que permitirá trazar expectativas en el modo de comportarse y la conducta de los intervinientes. Será entonces posible advertir la eticidad que vertebra el orden así como las leyes que lo conservan. No debe confundirse la noción general de lo social, y su orden, con la particular expresión de lo público, en tanto que no todo el contenido conductual es perfectamente aprehensible por la mente humana, siendo conocido de manera expresa únicamente lo que se entiende como público, dado que puede transcribirse, explicarse y hacerse comprensible a otros.

El orden público es en verdad la parte relativamente estrecha de lo social que se nos presenta con cierta lógica y sentido, y que a su vez permite plantear respuestas morales y jurídicas relativamente "inmediatas" y "sencillas", articulables en forma normativa.

La exigibilidad nace del reconocimiento común sobre aquello en lo que se reduce al mínimo la controversia sobre su pertenencia a lo público, o al menos respecto de esas ideas que resultan fácilmente incluibles en lo público con una argumentación sencilla. Claro es que lo público puede complicarse tanto como lo hace la capacidad integradora y compositiva de nuestra mente, que en su permanente esfuerzo por racionalizar y falsar teorías, logra concluir hipótesis "menos sencillas" sobre el orden general de acciones.

También decíamos en otro lugar que el poder social resulta inevitable a la vez que deseable, dado que a él acuden las partes en conflicto, o de él espera la masa una intervención reordenadora. La autoridad que ejerce tutela sobre lo público, velando porque el orden se reproduzca, tiene una naturaleza cauta al tiempo que especulativa en tanto respete su posición como agente conservativo de lo existente. Serán otros los agentes innovadores capaces de producir versiones desarrolladas o alternativas de lo público, bien en su forma moral o jurídica, también política y económica, convirtiéndose éstos en las auténticas fuentes de dinamismo y eficiencia para el orden social. El poder vela por la vigencia institucional, y en función de cómo sea el orden del que dependa, demostrará una mayor capacidad de adaptación frente a las innovaciones exitosas. Esta doble faceta, que limita al poder y lo convierte en un cauce para el cambio, es la que permite distinguir entre sociedades que se pliegan de aquellas que se despliegan.

El poder se asoma a lo público, concebido como un orden discernible, e interviene de dos maneras necesariamente diferenciadas por las facultades que finalmente se confiere a cada tipo de magistratura. Como iurisdictio, acude cuando es llamado ante una confrontación jurídica entre intereses particulares y, sólo en su versión penal, se reviste de gubernaculum entendiendo que determinadas conductas atañen además a la paz pública por atacar frontalmente su fundamento ético. Como gubernaculum, recibe la misión de mantener el orden político y sus compromisos sin que éste comprometa al consenso social (D. Negro), actuando al servicio de la iurisdicto, y además actuando ante la vulneración flagrante del Derecho, que, como institución libre, excede sus facultades normativas, dado que el Derecho es al mismo tiempo requisito para la gobernabilidad y límite al poder.

El Derecho, como la moral, son descubiertos y articulados, pero no creados de la nada en forma legislativa. El gobierno o la jurisdicción no reciben su autoridad de las reglas que ellos mismos elaboran, sino que resuelven conflictos a partir de normas anteriores que les superan en la conciencia de lo público. El Derecho y la moral son presupuestos del poder, ya que éste no es sino una consecuencia del orden y su natural defensor. La autoridad deriva del orden y el orden de la integración social en forma de instituciones, que no son otra cosa que el conocimiento moral y jurídico compartido que hace posible la convivencia pacífica entre individuos. Lo público es la reproducción racional y consciente de lo social, interpretado en forma de orden, que es el objeto por el que ha de velar el poder.

Un ataque contra el orden público sucedería cuando el común de los agentes entendiera vulnerada una o varias reglas evidentes cuyas perniciosas consecuencias no afectaran exclusivamente a quienes las vulnerasen, sino que perjudicasen a otros, perturbando también la obediencia de todos. Establecer cuándo se rompe ilegítimamente con el orden, la medida y la gravedad de las consecuencias, así como la necesidad o justificación para que la autoridad intervenga, es una cuestión dinámica que permite descubrir la resistencia, flexibilidad y capacidad de despliegue en un concreto orden social.

Cualquier innovación moral, incluso cuando sus consecuencias sean estrictamente personales, puede entenderse como un atentado contra el orden público de una sociedad plegada. El dominio individual sobre los ámbitos que controla y su interacción con los otros, sufre una transformación importante cuando se pasa desde una sociedad donde lo público se ciñe estrictamente al espacio físico compartido, a una sociedad donde lo compartido se extiende sobre la práctica totalidad de las relaciones. Los órdenes sociales más exitosos son los que potencian la preeminencia de la autonomía personal, aunque limitada a las relaciones estrictamente reales, mientras que en la interacción propiamente dicha, rige el común reconocimiento a partir del mutuo respeto moral y jurídico. Es decir, lo público penetra en lo privado sin que suponga su anulación, sino como garantía de la interacción entre personalidades formalmente iguales con independencia del ámbito en que ésta suceda.

Estos principios afectan especialmente al poder, que en su faceta de estricto gobierno, se ve limitado a la mera conservación flexible del orden público. Éste, por ser espontáneo, es un reflejo que compromete por igual a gobernante y gobernado, sin que el primero pueda tratar de sustituir el imperio jurídico por un imperio legislativo o administrativo. Si esto sucediera, se estaría tratando de suplantar el orden general de acciones por la organización deliberada, el diseño de la conducta y el mandato sobre los intereses particulares. Es ahí cuando nace el Estado Social como estructura de dominación irresistible que niega la naturaleza espontánea y competitiva de lo público.

“Don’t worry. Yo controlo”

De entre todos los comentarios acerca del déficit del Estado en 2011, anunciado por Cristóbal Montoro el pasado miércoles, pocos han incidido en una de las cifras más preocupantes de las expuestas por el ministro de Hacienda. La Seguridad Social acabó 2011 con déficit. Es decir, tuvo que pagar más por prestaciones (fundamentalmente pensiones) de lo que cobró a través de las cotizaciones de los trabajadores españoles.

Se suponía que el sistema era solidísimo, que todavía quedaban "30 o 40 años" antes de que llegasen los problemas y que, precisamente para adelantarse a esas dificultades, los políticos cuidarían de nosotros, acometiendo las "reformas necesarias" para garantizar su "sostenibilidad". Los defensores del sistema dirán que el déficit fue ínfimo (un 0,09% del PIB, unos 900 millones de euros). En términos de contabilidad nacional puede que no sea una cifra muy elevada, pero ese 0,09% es una de las primeras señales evidentes de que lo que nos contaron era mentira. La columna sobre la que se sostiene todo el Estado del Bienestar está completamente carcomida.

Evidentemente, todos sabemos que en unos pocos años (posiblemente en 2013, si la cosa va medio bien) los números rojos de la Seguridad Social se convertirán en negros. En cuanto la situación económica mejore un poco y aumente el empleo, también lo harán las cotizaciones y los políticos españoles podrán volver a repetir la cantinela de su solidez. Lo sorprendente de ese 0,09% no es tanto la anécdota de que haya déficit como lo mal que casa esa cifra con el discurso oficial. Aunque nos dicen que el sistema es completamente sostenible y que, con los parámetros actuales, podría mantenerse sin problemas durante tres décadas más, ya sabemos que bastan tres o cuatro malos años (muy malos, eso es cierto) para destrozar todos estos argumentos.

Lo segundo que llama la atención es el papel de la famosa "hucha de las pensiones". Ésta es una de las imágenes más queridas por los socialistas de todos los partidos. La metáfora es preciosa: una caja rebosante de dinero que nuestros políticos van acumulando por nosotros para poder tirar de ella cuando las cosas vayan mal. Sin embargo, en cuanto la situación se ha puesto un poco complicada, todo este discurso también se ha venido abajo.

El año pasado, el Gobierno decretó una rebaja de las pensiones, dentro de las medidas de recorte del gasto público necesarias para reducir el déficit. Entonces, ¿para qué está la hucha? ¿Por qué no utilizarla para evitarle ese mal trago a los pensionistas? Pues, entre otras cosas, porque el 88% de la hucha de la Seguridad Social está invertido en ¡deuda pública española! Es decir, el Estado le debe al Estado el dinero que asegura guardar para el futuro de los pensionistas. Si un empresario tratara de hacer esta artimaña contable acabaría en la cárcel. Mientras, los políticos españoles nos aseguran que, aunque todo falle, los pensionistas pueden estar tranquilos. El absurdo es tan evidente que parece increíble que sigan mintiéndonos de forma tan descarada: “No os preocupéis", dicen, "aunque el Estado quiebre y no tenga dinero para pagar sus deudas, los pensionistas pueden estar tranquilos, siempre estará la hucha que hemos guardado para ellos… que está invertida en ese mismo Estado que no tiene fondos”.

La realidad es que tenemos un sistema de pensiones que está en constante bancarrota, pero nunca llegará a quebrar del todo. La lógica política –“El sistema es sostenible”- siempre podrá defenderse: suben la cantidad que pagan los trabajadores (cada vez cotizamos más dinero durante una vida activa más larga) y cada vez reciben menos (caen las pensiones y se retrasa la edad de jubilación).

Claro, así es muy fácil: “Te prometí que tendrías que pagar cien para recibir 200… y ahora te exijo que pagues 200 para recibir 100. El sistema es sostenible”. Nunca admitiríamos de ningún otro agente un trato semejante. Sin embargo, cuando se trata del Estado jugando con el dinero de nuestra jubilación, no sólo nos obligan a aceptarlo, sino que encima parece que haya que darles las gracias por cuidar de nosotros cuando somos viejos.

Porque lo que me pone más nervioso de todo esto no es la mentira que rodea el sistema; al fin y al cabo, si le dijeran a la gente la verdad, se les caería el chiringuito. Es lógico que quieran mantenerlo en pie el máximo tiempo posible. Lo que me fastidia realmente son algunos de los argumentos con los que defienden la situación. Es algo así como: “Si el Estado no recaudase las cotizaciones en tu nombre y se guardase más de un 30% de tu sueldo cada mes, tú no ahorrarías, te gastarías todo ese dinero y cuando fueses viejito, no tendrías para poder vivir. Por eso lo hacemos, porque sois muy irresponsables y no se os puede dejar solos”.

Y esto lo dicen (lo insinúan, más bien, porque decirlo abiertamente quedaría un poco mal) los mismos que se gastan mi dinero en aeropuertos vacíos, subvenciones absurdas, ciudades de la cultura o planes e… y llevan treinta años seguidos incurriendo en continuos déficit en las cuentas públicas (tuvieron un mínimo superávit durante tres ejercicios y lo celebraban como si fuera un portento sobrenatural).

Pensaba en todo esto el otro día, cuando me encontré con una gran cita de P. J. O’Rourke, un escritor americano maravillosamente mordaz: “Dar dinero y poder a un Gobierno es como darle a un adolescente alcohol y las llaves del coche”. Es difícil definir mejor la situación. El problema es que sabemos que ese quinceañero se ha bebido una botella de whisky, va haciendo eses a 180 km/h por la autopista con el coche que nos acabamos de comprar y tiene nuestra tarjeta de crédito, sin límite de gasto, en su bolsillo. Y lo peor no es eso, lo peor es que nos están mandado un whatsapp mientras conduce: “Tranki. Todo OK. Don´t worry. Yo controlo”.

¿A quién beneficia la regulación del despido?

Hace algunas de semanas, el gobierno nos presentó su reforma laboral. Uno de los temas principales de la misma y, tal vez, el que más debate previo generó, es el relacionado con la indemnización por despido (improcedente) del trabajador. Según la visión mainstream, esta indemnización protege al trabajador del empresario, pero al mismo tiempo eleva los costes de contratación, haciendo más difícil que ésta suceda. Es por ello que el tema es tan controvertido, pues se ve como enfrentamiento entre protección y creación de empleo.

Sin embargo, si nos separamos de las creencias mainstream y aplicamos un poco de sentido común en forma de teoría económica austriaca, se puede constatar fácilmente que ninguna de las citadas aseveraciones tiene base.

En primer lugar, no es cierto que la indemnización regulada por despido incremente los costes laborales. La razón es muy sencilla: en el momento de contratar, el empresario sabe que puede tener que pagar una indemnización por despido. Por tanto, le resulta fácil internalizar ese coste por el simple procedimiento de bajar el salario. Así pues, el empresario modula la retribución del trabajador en presencia de indemnización regulada, distribuyendo su total entre el salario y la indemnización, y otros conceptos si los hubiera.

Un ejemplo puede servir para ilustrarlo. Si un empresario prevé que el trabajo de un individuo le va a permitir ingresar más de 2000 euros al mes, estará dispuesto a retribuirle con 2000 euros por cada mes. En un mercado libre, pactaría con el trabajador la forma en que se le darían los 2000 euros, desde todo en salario, a parte en salario y parte en especie, o parte en indemnización.

Si, por regulación, tiene que pagar 45 días/año por indemnización de despido, lo normal es que ofrezca al trabajador 1900 euros/mes y guarde los otros 100 para una posible indemnización. En el momento en que se concretara el despido, el empresario dispondría de los fondos para hacerle frente, sin incurrir en extra-coste alguno

Así pues, es evidente que la indemnización, en general, no puede incrementar los costes salariales. Lo único que hace es determinar de qué forma se reparte el total de la retribución entre salarios e indemnización. Sin embargo, hay dos supuestos específicos en que sí supone una subida de costes laborales.

  1. En el caso de existencia de un salario mínimo, la regulación de la indemnización supone un incremento efectivo de dicho mínimo.
  2. En caso de que la indemnización regulada sea alterada por el Gobierno en un momento dado, pueden incrementarse o reducirse los costes laborales de aquellos contratos vigentes, en que la forma de reparto fue pactada en otras condiciones. Si el empresario preveía tener que pagar 45 días/año y había firmado contratos en estas condiciones, y ahora el gobierno decide que son 33 (o 60), le reduce (o le sube) los costes laborales. Pero lo hace a costa de perjudicar (beneficiar) a la otra parte sin su consentimiento.

Si el importe regulado de la indemnización no afecta a los costes laborales de la nueva contratación, es claro que su reducción o aumento no tendrá efectos apreciables sobre la creación de empleo. La única excepción ocurriría con los empleados en el margen, aquellos a los que se ofrece el salario mínimo, pero aun así el coste del despido supone un porcentaje mínimo sobre los costes laborales (ver un cálculo rápido).

Desmontada la primera parte del mito, veamos la segunda: ¿protege la indemnización regulada realmente a los trabajadores? El empresario que retribuye al trabajador con un esquema de salario más indemnización por despido, retiene parte del salario que le habría de dar mes a mes en caso de no haber previsto la indemnización. Dicho dinero lo puede dejar aparcado en caja o puede utilizarlo como financiación barata: así pues, la indemnización retenida facilita la financiación del empresario.

Pero, además, surte el efecto de inmovilizar al trabajador. Este sabe que sí se va voluntariamente de la empresa, perderá esos fondos acumulados, por lo que será más reacio a cambiar de puesto de trabajo que en otro caso. Dicho de otra forma, el nuevo puesto le ha de ofrecer una mejora tal que supere, no solo las condiciones actuales, sino también la pérdida de la indemnización. En conclusión, al empresario le resulta más barato retener al trabajador válido, de lo que le costaría de no haber un reparto regulado del salario.

Adicionalmente, en determinados supuestos (los del despido procedente), el empresario se puede ahorrar completamente esta indemnización que, no se olvide, es parte del paquete retributivo que aceptaron en el momento del contrato ambas partes.

No solo eso: al posponerse en el tiempo parte del pago de la retribución del trabajador, puede ocurrir lo que ha pasado en esta reforma laboral. Que el Estado irrumpa en los pactos que "libremente" (dentro de lo que les dejaban) habían acordado las partes y reduzca unilateralmente la retribución de una de ellas, provocando lo que los economistas mainstream llaman una transferencia de recursos, en este caso, del trabajador al empresario.

En resumen, no parece que la indemnización regulada por despido proteja al trabajador, como mucha gente cree. Más bien parece proteger al empresario, tanto de que el trabajador se cambie a otra empresa, como al proporcionarle una fuente de financiación barata que ni siquiera es seguro que tenga que devolver.

Si ahora traemos estos resultados a la reforma laboral recién aprobada por el Gobierno, nos encontraremos con un panorama decepcionante. En lo referente a la regulación del despido, el Gobierno ha reducido la indemnización por despido improcedente a 33 días por año, frente a los 45 actuales, para todos los contratos futuros y presentes (en este caso, desde el día en que entró en vigor la reforma) y además concede la opción al empresario de despedir con 20 días/año en caso de tres trimestres consecutivos de caída de ingresos.

Como ya hemos visto, ninguno de estos cambios reduce el coste laboral de contratar, lo único que hace es redistribuir la retribución entre salario e indemnización de otra manera distinta. Cabe esperar (o cabría en un mercado libre) que la parte del salario aumente frente a la de indemnización, pues ésta se ve rebajada y, ceteris paribus, no ha variado el valor del trabajo contratado. Pero no cabe esperar que se creen más puestos de trabajo.

Ahora bien, lo que sí ocurre es que se transfiere al empresario parte del salario que habían "acumulado" los trabajadores para el caso del despido, y al que ahora ya no tendrán que hacer frente, sobre todo si pueden acogerse al despido objetivo (el de 20 días por año). A ello se une el diabólico efecto ya expresado de que el trabajador es, en cierta forma, prisionero de su indemnización, por lo que un posible cambio de trabajo para conseguir la actualización del salario a que se tenderá como consecuencia de la reducción de la indemnización, seguramente no le compense la pérdida de la indemnización acumulada. Con ello, el empresario queda protegido de esta presión competitiva para actualizar salarios a las nuevas condiciones.

Acabo: la adquisición del trabajo es un acto de emprendimiento y está tan sujeto a riesgos como la de cualquier otro activo. Dicha adquisición se hace en unas condiciones pactadas por las partes, tan libremente como les deje la regulación, que en este caso fuerza a distribuir la retribución de una determina forma. Si el emprendedor se equivocó en su decisión, no por ello puede quedar libre de sus compromisos con la otra parte: si el trabajador no funciona, le podrá echar con la indemnización que se pactó, y asumir las pérdidas que su mala decisión empresarial le supuso.

Si en vez de trabajo, hubiera comprado acciones y las acciones bajaran de valor, no por ello el empresario podría dejar de pagar el precio que pactó al comprarlas. A los empresarios de este país, sin embargo, se les acaba de permitir no pagar parte del precio que acordaron pagar a los trabajadores por su trabajo. Si el sacrificio permitiera la creación de puestos de trabajo, se podría entender, pero el sencillo análisis realizado muestra que no se han reducido realmente los costes laborales. Espero que al menos nos quede claro a quién beneficia la indemnización regulada del despido.

Gobernanza

Tengo que reconocer que no me gusta demasiado esta palabra, aunque últimamente se ha puesto de moda. Su éxito, al parecer, surgió con Gorbachov y el final de la Unión Soviética: en algún momento se refería a la necesidad de "crear un conjunto de reglas para organizar las sociedades humanas a escala planetaria". Después, decenas de sociólogos y politólogos aprovecharon ese término para hablar sobre cualquier cosa, principalmente de mecanismos de gobierno mundial. Así creo que lo han empleado algunos dirigentes como Obama o Zapatero… Sin embargo, el Diccionario de la Lengua Española nos ofrece una acepción que no está del todo mal: "arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía". Aquí no se habla de instituciones, sino de un arte de gobernar que, por su respeto hacia el individuo y el mercado, incluso podríamos admitir desde una óptica liberal…

Más recientemente ha vuelto a surgir esa idea en torno a algunos documentos de la Santa Sede. Ya apareció en la encíclica Caritas in veritate (2009) de Benedicto XVI (quien, a su vez, citaba un texto de Juan XXIII: Pacem in terris); y hace apenas cuatro meses se recogía también en un documento del Pontificio Consejo Justicia y Paz sobre "La reforma del sistema financiero y monetario internacional" (que, por cierto, ha suscitado un interesante debate; aunque no voy a tratar de ello ahora).

Resulta casi divertido leer algunos titulares de prensa al tiempo de la Encíclica: "El Vaticano: un gobierno mundial para salvarnos del liberalismo" (sic). Y es que ciertos progres laicistas no tuvieron problema en defender por una vez al Papa desde su interpretación, claro, de este Documento: una denuncia contra el canibalismo político internacional (por supuesto, del mundo capitalista). En otro sentido, las referencias a una "autoridad mundial" han despertado cierto recelo entre los defensores de la libertad. Veamos qué puedo escribirles al respecto, teniendo en cuenta que es un asunto que no se despacha en los poquitos párrafos que permiten estos Comentarios.

Parece que Ratzinger, en la Encíclica, de ninguna manera invoca una "autoridad pública con competencia universal" en la política o en la economía (lo que sería una especie de gran Leviatán…). En Caritas in Veritate  el Papa habla más propiamente de "gobernanza" (es decir, de reglamentación, en latín moderamen) de la globalización, a través de instituciones subsidiarias y estratificadas. Esto no tiene nada que ver con un gobierno centralizado del mundo: Benedicto XVI explica bastante bien ese respeto hacia la acción individual frente a cualquier intervencionismo del Estado: "La subsidiaridad, al reconocer que la reciprocidad forma parte de la constitución íntima del ser humano, es el antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista. Ella puede dar razón tanto de la múltiple articulación de los niveles y, por ello, de la pluralidad de los sujetos, como de su coordinación. Por tanto, es un principio particularmente adecuado para gobernar la globalización y orientarla hacia un verdadero desarrollo humano. Para no abrir la puerta a un peligroso poder universal de tipo monocrático, el gobierno de la globalización debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente" (CV, 57).

Es importante ese cuidado en el empleo de los términos, como se puso de manifiesto en un reciente Seminario del Capítulo Económico de AEDOS (Asociación para el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia) sobre la referida Encíclica. Allí pude escuchar algunas precisiones del Dr. Andrés-Gallego en torno al concepto latino (y alemán) de auctoritas, distinto del de potestas, y que resultan a veces difíciles de distinguir en castellano. Sin embargo, es imprescindible su correcta utilización para interpretar cabalmente el documento. El profesor Rubio de Urquía señalaba además tres dimensiones muy pertinentes a la hora de leer un texto del magisterio como Caritas in veritate: aquí es preciso comprender qué sea un documento de la Doctrina Social de la Iglesia y cuál es su relación con otras ciencias humanas; después, hay que delimitar esos conceptos de poder, gobierno, estado o gobernanza; y finalmente, debemos abordar la racionalidad económica desde unas perspectivas más complejas (para los que nos movemos en otros paradigmas) de la gratuidad y del don.

Termino recordando la intervención del académico Dalmacio Negro, quien señalaba con cierta ironía que la Iglesia no entiende bien el concepto de Estado. Claro, porque en la tradición política europea, el estado nunca se identificaba con la "civitas" o la "res publica". Es fruto de la Modernidad esa confusión entre lo personal y lo colectivo, resultado de una filosofía individualista. La soberanía popular es un derecho natural que tiene el hombre, unido a esa característica tan profunda como es la sociabilidad (el "zoon politikon" de Aristóteles), y no el premio de un pacto político que luego hemos llamado democracia.

Dalmacio Negro también se refirió a una propuesta que aparece en la Encíclica a propósito de la subsidiaridad; y que, sensu contrario, nos permitiría aventurar una interpretación atrevida de ese término (casi cercana al anarcocapitalismo): dejar que sean los individuos quienes decidan el destino de sus impuestos, explorando mecanismos de cooperación entre los hombres: "Una posibilidad de ayuda para el desarrollo podría venir de la aplicación eficaz de la llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría a los ciudadanos decidir sobre el destino de los porcentajes de los impuestos que pagan al Estado. Esto puede ayudar, evitando degeneraciones particularistas, a fomentar formas de solidaridad social desde la base, con obvios beneficios también desde el punto de vista de la solidaridad para el desarrollo" (CV, 60).

Público y notorio

Deja en el paro a 160 profesionales, que tendrán que buscarse la vida en un momento de crisis económica a la que se suma una lacerante crisis del sector. Muchos son los que han mostrado solidaridad con ellos, y yo lo hago desde aquí como ya lo he hecho por otros medios. 

Hay un canto fúnebre que se repite en estas ocasiones. Una fúnebre cantinela, más valdría decir, por lo que tiene de recurso fácil y poco reflexivo. Es la que dice que con el cierre de un diario se pierde pluralidad. Es cierto que se pierde una plataforma para la expresión de una corriente de opinión. También se dice que con la muerte de un periódico merma la libertad en España, como si la libertad se midiese en el número de cabeceras. Roures siempre tuvo la libertad de crear su periódico, de cerrarlo y la de mantenerlo: Nadie le impide perder millones a esgalla y mantener la edición diaria del periódico. Si no quiere perder más dinero es sólo porque no le da la gana.

Pero hemos perdido algo importante. En un momento en que el Gobierno tiene más poder que nunca  respecto de los medios de comunicación, Público habría podido desvelar alguna información incómoda para el Gobierno, hubiera sido una vía para que cayese alguna filtración desde las grietas del poder. Bien, no es el único periódico dispuesto a hacerlo, pero eso no quiere decir que no hayamos perdido nada.

Sólo que, en realidad, Público no hacía periodismo contra el poder. Todo su relato contestatario contrasta brutalmente con el hecho de que fue concebido, creado, mantenido, por y para el poder. Y en cuanto éste se ha perdido, el diario ha perdido su razón de ser. Público era como esos periódicos sapos del siglo XIX, aferrados al poder y dependientes de él. El propio Roures lo ha reconocido al decir que su proyecto, creado en 2007, tenía un plazo de cinco años. Los que le quedaban a Zapatero, en principio, en el Gobierno.

Era público y notorio que era el periódico de Zapatero y su entorno. Era público y notorio que no había dictadura de izquierdas, actual o pasada, que no encontrase una palabra amable, un gesto de reconocimiento, de aliento, de esperanza, en este periódico. Era público y notorio que despreciaban la sociedad libre y próspera que les permitió existir. Era público y notorio que el diario destilaba odio, un odio sincero, desenvuelto, descarado, hacia media España. Era público y notorio que algunos de los periodistas que lamentamos su pérdida no tendríamos la oportunidad de mostrarlo si sus ideas, esa amalgama compuesta por los restos del socialismo real, triunfasen en España. Pero Público nunca podría haber llegado tan lejos.

Él no paga, usted sí

Cautivo y desarmado el ejército zapateresco el así llamado movimiento 15-M alcanza sus últimos objetivos callejeros.

La sucesión de los hechos es la que sigue. Un grupo de entrañables revolucionarios de mayo, es decir, de radicales de extrema izquierda, se ofende por una campaña publicitaria del Metro de Madrid. Dicen que es caro, mucho más que en otras ciudades europeas si comparamos los niveles de renta. Evidentemente esto no cierto. La comparación, para variar, la hicieron mal. Reñidos como están con el dos y dos son cuatro, tomaron la renta per cápita nacional y no la de la Comunidad de Madrid, que es sensiblemente más alta y perfectamente equiparable a la de otras capitales europeas.

Bien, hecha la cuenta del perroflauta (que es como la de la vieja pero incorrecta), burda excusa para liársela a Cristina Cifuentes, nueva delegada del Gobierno en Madrid, se pusieron en marcha; que contar no saben, pero dar la paliza se les da de perlas. Lanzaron entonces la campaña “Yo no pago”, así, con un par, porque ellos lo valen. La operación consistía en algo tan, digamos, convencional, como colarse en el Metro, viejo deporte que todo buen madrileño ha practicado alguna vez en su vida. Con la diferencia de que esa pequeña travesura no la convierte en bandera política y, a ser posible, la practica en la intimidad de un vestíbulo solitario, lejos de las miradas reprobatorias de otros viajeros.

A los animosos jóvenes de la Spanish Revolution, en cambio, les pierde la publicidad y salir en la tele. El día de autos la armaron en las estaciones designadas para la “acción” dotándose de un nutrido aparato gráfico para dejar constancia de la gesta. A falta del Palacio de Invierno no está mal la estación de Callao, o la de Sol, donde, además, después de protestar uno se puede tomar un piscolabis tan ricamente. Como se dieron tanto autobombo, la policía acudió a su encuentro y detuvo a nueve de ellos. Porque, aunque colarse en el Metro sea algo relativamente habitual, no está bien hacerlo y, además, es ilegal.

Era exactamente lo que buscaban. Ya saben, el viejo adagio acción-represión-acción. No importa que la acción sea una tontería infantil y que la “represión” no satisfaga plenamente los sueños húmedos del perroflauta en jefe, poblados de tenebrosos calabozos de la DGS y comisarios fascistas con bigotito que aplican electrodos en salva sea la parte. La historia es simple: unos se cuelan en el Metro, viene un poli y les detiene. ¿Normal, no? Pues eso.

Pero las detenciones eran necesarias, ya que la “represión” es la materia prima que alimenta su fecunda y sublevada imaginación. Al día siguiente tocaba la manifestación de repulsa por las detenciones bajo un lema muy, pero que muy de izquierdas: “si nos tocan a uno, nos tocan a todos”. Obviamente no es así, han “tocado” a nueve, no a todos, y si les han “tocado” ha sido por colarse en el Metro, no por protestar. Parece mentira, pero cosas tan elementales hay que explicarlas.

Pero el fondo de la protesta no era la previsible “represión”, sino los presuntamente abusivos precios del Metro. Dicen que no piensan pagar. Pues bien, la ecuación es sencilla, lo que ellos dejen de pagar lo hará usted, que sí que paga. Cuanta más gente deje de pagar por motivos de conciencia tarifaria, más grande será el agujero en las cuentas de la empresa y más subirán los billetes. Como el Metro no suele ser el transporte habitual de millonarios tipo el Gran Wyoming o Juan Luis Cebrián, sino de la gente de menos recursos, al final la ocurrencia perroflauta la pagarán los pobres, que es algo como muy de progreso. Claro, que la policía podría empezar a hacer su trabajo, que no es otro que velar por el cumplimiento de la ley. En eso parece que están, y que nos dure.

Valencia no es Praga

Mucho después, en 1989, su hija estudiante de secundaria participó en las protestas pacíficas que culminaron con la caída del régimen comunista de su país. La Revolución de Terciopelo fue el triunfo, tras tres décadas añadidas de totalitarismo de inspiración y control soviético, de aquella frustrada Primavera de Praga que ha quedado grabada en la cultura europea como un ejemplo de revuelta por la libertad.

Dos décadas después de la derrota del comunismo a manos de los ciudadanos hasta entonces subyugados por la hoz y el martillo en gran parte de Europa, la palabra "primavera" volvía a resurgir para definir movimientos de oposición a las dictaduras. Lo hacía en el Norte de África y Oriente Medio. Las sociedades árabes se rebelaban contra los regímenes autoritarios que les oprimían. Los resultados son dispares. En algunos lugares, ha sido el triunfo del islamismo, igual o más tiránico que la dictadura anterior; en otros, está por definir, y en Siria siguen muriendo cientos de personas a manos del Ejército de Bashar al-Assad.

Las llamadas "primaveras", la de Praga y la árabe, han sido movimientos valientes en los que miles o millones de personas buscan derribar dictaduras y deshacerse de la opresión. Además, en ellas se ha pagado un alto coste de vidas humanas. En la República Checa y Eslovaquia, los muertos se contaron por cientos. En el Norte de África y Oriente Medio, aunque en distinta medida según países, se cuentan por miles. Es, junto con altísimas cifras de detenidos de forma totalmente arbitraria y sin garantías, el caro precio pagado en unos nobles intentos de lograr la libertad. Nada de eso tiene que ver con lo que ocurre en Valencia, donde se ha pervertido de forma indecente el término "primavera" usado en otras ocasiones para referirse a las protestas políticas contra las tiranías.

Los manifestantes de la ciudad del Turia no buscan mayores cuotas de libertad ni se enfrentan a maquinarias represivas dispuestas a reprimir a sangre y fuego a quienes quieren ser ciudadanos en vez de siervos. Aunque España, como cualquier país occidental, pudiera ser más libre de lo que es, no sufre una dictadura. Mientras en Praga o Bratislava en el 68, como en el 89, los ciudadanos se enfrentaban de forma pacífica al comunismo, el líder "estudiantil" de Valencia es un gran admirador del régimen de los hermanos Castro. Él, como otros instigadores de las manifestaciones, están mucho más cerca ideológicamente de quienes desde Moscú ordenaron la invasión de Checoslovaquia que de los manifestantes de Praga, Bratislava y otras localidades de la República Checa o Eslovaquia.

Las agresiones a periodistas que no jalean a los manifestantes dejan todavía más en evidencia que, lejos de una primavera, estamos ante un "otoño valenciano". Los enemigos de la libertad de expresión son necesariamente enemigos de la libertad en su conjunto. Y es esa característica la que explica lo que estamos viendo en el Levante español. Es una revuelta organizada, a la que muchos jóvenes se suman sin darse cuenta de los objetivos reales de sus organizadores, contra un Gobierno legítimamente elegido por los ciudadanos en la que la violencia juega un papel importante.

Valencia no es Praga. Llamar "primavera" a lo que ocurre en la ciudad del Turia es insultar a todos aquellos que, en la capital checa y en otras muchas ciudades del mundo, pagaron un alto precio por buscar la libertad y enfrentarse a las tiranías.

Dinero, finanzas y economía: (y II) la intervención estatal

El buen dinero como institución libre es sustituido por el mal dinero impuesto coactivamente por el Estado: es un proceso histórico gradual que va desde el monopolio de la acuñación de monedas de metales preciosos hasta el monopolio de emisión de billetes y monedas sin referencia ni valor real, mediante leyes de curso legal forzoso, la prohibición o desincentivación de alternativas (penalización de la posesión de metales preciosos y de su uso como medios de pago o referencia contractual), y la instauración de bancos centrales oficiales encargados de la gestión del dinero estatal.

Con un dinero oficial ya no son todos y cada uno de los ciudadanos quienes deciden constantemente de forma descentralizada, evolutiva y adaptativa qué es dinero y qué no, sino que unos pocos gobernantes imponen su elección a todos, y además suelen reservarse el derecho a producirlo en exclusiva, normalmente con costes tan bajos que ello les facilita unos ingresos considerables (señoreaje).

Los gestores estatales del dinero pueden prometer que preservarán su poder adquisitivo, pero son incompetentes para ello ya que es una tarea imposible de realizar mediante la planificación centralizada. Además los errores en la estabilización del valor del dinero no son aleatorios: la posibilidad de facilitar la financiación estatal mediante la inflación implica un sesgo sistemático hacia la pérdida de valor del dinero; la independencia de los bancos centrales a menudo no es real. La inflación además suele excusarse, o incluso falazmente justificarse, como una forma de estimular el crecimiento económico, o como un modo de evitar los presuntos graves peligros del abismo de la deflación.

La imposición de formas concretas de dinero puede aprovecharse por los Estados para obtener ingresos: el gobernante impone un dinero sobre cuya producción tiene alguna ventaja competitiva o monopolio; o el monarca recibe monedas buenas, manipula su contenido metálico quedándose con buena parte del mismo, y exige al gastarlas que circulen por su valor nominal o facial.

El Estado también puede aprovechar el intervencionismo monetario para reducir el coste de su endeudamiento (fomentando la compra de deuda estatal, lo que reduce su tipo de interés) o impagar parcialmente sus deudas de forma fraudulenta (sin reconocer el impago): la inflación reduce el valor real de las deudas, y el principal deudor suele ser el Estado, que es el agente con el poder para generarla.

Los billetes o depósitos (medios fiduciarios) que antes eran promesas de pago de los bancos centrales (o de algunos bancos privados) convertibles a la vista en cantidades específicas de oro, se transforman en billetes inconvertibles sin ninguna referencia o derecho real, entes abstractos sin posibilidad de concreción determinada, símbolos sin significado o referente estable y por lo tanto fácilmente manipulables: son las diversas divisas fiat nacionales o supranacionales, que pueden además devaluarse periódicamente según criterios políticos para impagar a los acreedores, especialmente a los extranjeros. El activo bancario que sirve como respaldo de billetes y depósitos ya no consiste en bienes privados de máxima liquidez, sino que se sustituye por la deuda estatal.

El dinero mercancía desaparece: no existe un bien con valor estable que se use como dinero, no es posible refugiarse en su posesión y atesorarlo como depósito fiable de valor. Los agentes pierden la costumbre de usar monedas de oro o plata en los intercambios (o medios de pago que se refieren a ellas), y su poder adquisitivo fluctúa dependiendo en gran medida de las manipulaciones de los bancos centrales (gestión de sus divisas y de sus grandes reservas de metales preciosos).

La depreciación sistemática del dinero estatal sólo puede afrontarse aceptando las pérdidas, gastándose el dinero, prestándoselo al Estado al comprar deuda pública, o asumiendo riesgos especulativos con posibilidad de ganancias o pérdidas (compra de materias primas, inmuebles, terrenos, activos financieros).

El Estado tiende a distorsionar el dinero en su propio beneficio para mejorar sus ingresos y su financiación. Su depreciación sistemática fomenta la función de medio de intercambio y menoscaba la de depósito de valor: así el Estado incentiva la compra de su deuda (atesorar dinero estatal en forma de billetes implica perder valor por la inflación), e intenta que los agentes privados realicen más intercambios que le generen ingresos fiscales mediante los impuestos por actividad económica (los agentes intentan defenderse de la pérdida de poder adquisitivo desprendiéndose antes del dinero).

Ciertos activos financieros presuntamente carentes de riesgo (e incluso indexados a la inflación, como la deuda estatal indexada por índices de precios), no son equivalentes al atesoramiento de dinero, ya que se trata de préstamos que el agente económico no habría realizado (o al menos no en tanta cantidad) si dispusiera de la posibilidad de recurrir a un bien real como buen dinero.

Los agentes económicos pueden intentar defenderse de la inflación considerándola en los precios que piden en los intercambios, sobre todo en las relaciones contractuales a largo plazo (salarios, deuda, diversos derivados). Pero a menudo sólo se tienen en cuenta expectativas de inflación, y el Estado puede intentar burlarlas mediante inflación por sorpresa: del dinero como referencia estable y fácilmente predecible se pasa al dinero como herramienta de desestabilización impredecible.

El Estado fomenta la confusión entre dinero (bien presente, medio de pago, nivel de precios) y financiación (coordinación intertemporal, tipos de interés). Las manipulaciones estatales del dinero y el crédito son las causantes de los ciclos económicos: los bajos tipos de interés y las diferentes garantías estatales que provocan riesgo moral fomentan la expansión desestabilizadora del crédito y el endeudamiento (tanto en cantidad como en duración). Los agentes económicos, especialmente los bancos, tienden a deteriorar sus posiciones de liquidez, endeudándose a corto plazo y prestando a largo plazo (desajuste de plazos), hasta límites insostenibles que terminan haciéndolos insolventes.

El intervencionismo estatal (monetario y otros) causa múltiples descoordinaciones en la estructura productiva de la economía, que no refleja las capacidades y preferencias de los agentes económicos: estos podrían expresar su desacuerdo con las oportunidades de compra o inversión atesorando dinero y esperando las correcciones pertinentes, pero los gobernantes intentan impedir esta posibilidad.

En lugar de reducir sus precios relativos o cambiar lo que producen, los proveedores fracasados o dueños de recursos ociosos (tanto de bienes como de servicios, entre ellos los laborales) intentan evitar o reducir sus pérdidas exigiendo al Estado que inyecte dinero a la economía, presuntamente para estimularla: en realidad estos vendedores están exigiendo al Estado que los privilegie a costa de otros vendedores y de todos los compradores (los que tienen el dinero y sufren la pérdida de su poder adquisitivo) y de los receptores de rentas fijas. Se erosionan la libre competencia y la soberanía del consumidor, y los vendedores acostumbrados a recurrir de forma exitosa a la intervención coactiva del Estado hacen rígidos sus precios: su estrategia de negociación consiste en ser inflexibles y exigir ser rescatados de sus errores.

Los agentes económicos pueden intentar defenderse de las manipulaciones estatales recurriendo a medios de pago alternativos no prohibidos: los más importantes son los depósitos bancarios, que son dinero privado (entendido en sentido extenso). Pero la referencia o base de esos depósitos sigue siendo el dinero oficial, y los bancos en realidad no son competidores contra el Estado sino sus colaboradores: a cambio de comprar su deuda (que es presuntamente segura y no incrementa los requisitos legales de capital), y de aceptar ser regulados y supervisados, los gobernantes reducen la competencia en el sector (oligopolio) y lo protegen de sus errores (garantías de refinanciación por el banco central, operaciones de rescate). Además los diferentes bancos no compiten en la calidad de sus depósitos ya que la vigilancia de los depositantes queda anulada mediante los fondos de garantía de depósitos.

La banca privada sometida a un banco central tiende a magnificar los errores del intervencionismo monetario estatal: los defectos de regulación y supervisión, inevitables por problemas de falta de información e incentivos perversos de los gobernantes, llevan a la banca a asumir riesgos excesivos, poniendo en peligro a todo el sistema económico.

La politización del dinero significa entregar un enorme poder al agente ya de por sí más poderoso, dañino, ineficiente, incompetente e ilegítimo: el Estado. Algunos colectivistas* intentan falazmente justificar simultáneamente el dinero estatal y los impuestos: según ellos el mercado libre no es capaz de generar espontáneamente un buen dinero, y la fiscalidad consigue que el medio de pago impuesto y aceptado por el Estado tenga aceptación generalizada (ya que hay que usarlo para un desembolso tan grande como el pago fiscal, tiende a usarse para todos los demás pagos); además los impuestos, los tipos de interés y la masa monetaria podrían ajustarse para promover el crecimiento y estabilizar la actividad económica.

La realidad es que los impuestos suelen ser una redistribución masiva, coactiva, inmoral e ineficiente de riqueza; el mercado genera espontáneamente buen dinero; y el Estado es sumamente incompetente en la gestión de la economía. Eventualmente las manipulaciones estatales pueden ser tan dañinas que los ciudadanos desobedecen las leyes de curso legal forzoso y repudian la moneda: el Estado no puede crear un buen dinero, pero sí puede destruirlo.

El dinero politizado supone dificultar las relaciones comerciales internacionales (costes de transacción entre divisas, riesgo de tipo de cambio) y posibilitar las guerras comerciales mediante devaluaciones: se fomenta el colectivismo violento, el enfrentamiento conflictivo de ellos contra nosotros. El poder de control de la moneda puede también facilitar la financiación de las guerras, casi nunca justificadas, evitando alternativas más adecuadas o prudentes como los impuestos o la deuda, y con el coste de dañar algo tan esencial para la economía como su patrón monetario.

Para evitar los problemas monetarios de las barreras políticas algunos colectivistas proponen un gobierno mundial del dinero: no tienen suficiente con los fracasos locales, y proponen un fracaso a escala máxima, sin posibilidad de competencia ni alternativas. Del dinero como institución descentralizada se pasaría al máximo nivel posible de socialismo y coacción monetaria.

* Teoría monetaria moderna o Modern Monetary Theory.