Ir al contenido principal

La moral compuesta de la sociedad extensa

Los distintos ámbitos de alteridad deben estudiarse en función de su amplitud, pero siempre de manera inclusiva, ya que el más sencillo de todos ellos adquiere su propia consistencia en virtud de los ámbitos que le superan en complejidad.

Supongamos que la familia, o las relaciones emocionales, morales, económicas y políticas que establecemos con nuestros padres, hermanos y otros parientes, representan el marco social básico y de referencia. ¿Qué tipo de reglas morales imperan en este ámbito? ¿Qué principios y valores hacen posible su perdurabilidad y la apariencia de "armonía" de intereses? Parece obvio que el altruismo, el común interés, la obediencia, el respeto reverencial, la entrega emocional, la redistribución de la renta y el carácter comunitario de bienes y servicios definen a la familia. Estos valores y principios son más próximos al instinto que a la razón. Precisamente en esa gradación se ubican el resto de reglas que hacen posible la integración del individuo dentro de ámbitos de interacción cada vez más amplios.

En cuanto a las relaciones de amistad, en función de su intensidad, desdibujan progresivamente el tipo de vínculo familiar. Aunque permanezca casi intacto el carácter atávico y primordial, a medida que el trato se encuadra con mayor intensidad en parámetros sociales que son menos emocionales, la amistad permite que los individuos no supediten directamente sus preferencias y objetivos particulares.

A medida que la amistad queda diluida en otro tipo de interacciones, como las que se tiene con socios, compañeros de trabajo, proveedores habituales, etcétera, el individuo abandona casi por completo los sentimientos primarios que hacían posible su pertenencia ordenada, pacífica y satisfactoria a una familia, para acabar en una moral social capaz de resolver satisfactoriamente la interacción con desconocidos.

La moral que define y posibilita la sociedad extensa tiende a distanciarse del sentimiento atávico, lo que no implica que pueda racionalizarse por completo hasta el punto de permitir el diseño inteligente de las reglas que la constituyen.

El fundamento ético del orden social es coincidente con el que impera en las relaciones íntimas, si bien la moral que lo envuelve diluye por completo los valores y principios colectivistas que sí dominan en dichas relaciones. Precisamente es ese núcleo ético fundamental lo que vertebra y hace posible la integración moral a distintos niveles de proximidad/amplitud y afecto, sin que el ámbito más complejo e individualista pierda los rasgos que posibilitan la convivencia pacífica y ordenada entre desconocidos.

Los conflictos generan soluciones, y son la fuente de las reglas que hacen eficiente y previsible la interacción. El carácter íntimo y cercano en el ámbito familiar permite que las expectativas cuenten con un punto de complicidad o certidumbre que resulta imposible cuando el vínculo emocional queda absolutamente diluido. El mutuo reconocimiento, sin embargo, es una constante en toda alteridad ordenada y pacífica. El individuo define su verdadero ámbito de autonomía en las relaciones que alcanza fuera del seno familiar, y es ahí donde pone en práctica sus habilidades e incentiva su función empresarial, donde explora posibilidades y agudiza más el ingenio. Será en este estadio social cuando reglas y principios adquieran la irresistibilidad de la rectitud.

El Derecho aparece como aquel conjunto de reglas generales y abstractas orientadas a la resolución de los conflictos de interés que afectan a la integridad, la dignidad, la propiedad o el cumplimiento de los contratos voluntarios. La irresistibilidad se extiende abarcando parcelas adyacentes, incluso absorbiendo algunas reglas estrictamente morales. El Derecho se convierte en un instrumento de ordenación, y los límites entre la moral y lo jurídico señalan el punto de flexibilidad y adaptabilidad de cierto orden social respecto del continuo cambio que impulsa la expansión de conocimiento e información que es propia de la sociedad extensa.

Las reglas morales que permiten la interacción social fuera del núcleo íntimo de la tribu son necesariamente distintas a las que resultan aplicables en el entorno familiar o de mayor proximidad emocional. La sociedad extensa se vertebra en torno a unos principios fundamentales que son comunes a todos los niveles de alteridad. A medida que el individuo se aleja del seno familiar, aumenta la complejidad de estas normas así como el carácter individualista de las mismas. Cada vínculo e interacción tenderá a definir la respuesta más eficiente entre los intereses y expectativas en juego. La articulación competitiva y evolutiva de estas reglas contribuye al proceso de institucionalización. Pese a ello, ni siquiera la apariencia expresa de dichas reglas, por muy lógica y coherente que resulte, permite su completa sustitución por un ordenamiento racional.

De todo lo explicado se derivan varias conclusiones. La moral colectivista del núcleo más íntimo, tribal o familiar no sirve para ordenar la interacción social entre desconocidos. Existen unos principios éticos individualistas que rigen con distinta intensidad todos los niveles de alteridad, desde el ámbito más íntimo a las relaciones sociales más dispersas. Supone un gravísimo error intelectual elevar los rasgos colectivistas de la moral tribal hasta afirmar una ética que contradice la mera posibilidad de una interacción pacífica y provechosa a un nivel mucho más amplio de alteridad. La moral individualista posibilita la extensión social. Al mismo tiempo, en los ámbitos más íntimos de interacción, pervive la moral colectivista, que coincide con la moral individualista en un núcleo ético común que hace posible la sociedad abierta.

Rajoy, otro socialista mentiroso

Sin embargo, este sueño fue barrido de un plumazo en el Consejo de Ministros del pasado viernes, cuando, por sorpresa, el presidente popular aprobó una de las mayores subidas fiscales de la democracia. Esta decisión, más allá de las nefastas consecuencias que tendrá para el conjunto de la economía nacional, demuestra que Rajoy es un socialista más en materia presupuestaria y, sobre todo, un mentiroso en la arena política. Nada nuevo bajo el sol, aunque millones de electores depositaron su confianza en los populares, que prometieron que el cambio era posible.

Resulta desolador observar lo poco que ha durado dicha promesa, poco más de un mes desde las generales del 20-N, y lo endeble e ilusorio que ha sido el discurso del PP en estos últimos años. El brutal aumento de impuestos aplicado sobre las rentas del trabajo, el ahorro y la vivienda tan sólo puede ser calificado de traición. Traición a los votantes del PP, porque este partido incluyó en su programa electoral el compromiso explícito de no subir los impuestos, algo que su líder, Mariano Rajoy, reiteró hasta la saciedad:

– 11 de julio de 2009: "En una situación de crisis, donde todo el mundo lo está pasando mal, donde todo el mundo tiene dificultades, donde mucha gente ve cómo no le paga ni siquiera la Administración, es un disparate quitar recursos a los particulares y subir los impuestos. Y eso va contra el empleo".

– 27 de septiembre de 2009: "La subida de impuestos no es necesaria. La subida de impuestos no se justifica y la subida de impuestos es profundamente insolidaria con las clases medias y trabajadoras españolas".

– 22 de agosto de 2010: "Ahora el Gobierno habla de que va a subir los impuestos, incluso ha llegado a decir que para ponernos a nivel europeo. Eso es un insulto a los españoles, porque los españoles son los terceros ciudadanos de la Unión Europea que hacen más esfuerzo fiscal, los terceros".

– 17 de noviembre de 2011: "En principio, no voy a tocar ningún impuesto si gano las elecciones, salvo los impuestos a emprendedores, que esos sí hay que bajarlos porque la gran prioridad nacional en España es la creación de empleo (…) En el medio y largo plazo, pues según cómo vaya evolucionando la economía, pero en principio no vamos a tocar ningún otro impuesto".

– 19 de diciembre de 2011 (Discurso de investidura): "Mi intención es no subir los impuestos porque creo que en un momento como éste, y más a los pequeños y medianos empresarios o a las empresas, con las dificultades que están pasando, no me parece lo más razonable".

Quién te ha visto y quién te ve. La palabra de Mariano vale lo que vale, es decir, nada. Rajoy fue elegido presidente con un discurso en el que prometía reducir el déficit sin subir los impuestos, pero a las primera de cambio gobierna como el resto de sus nefastos homólogos en Grecia, Italia o Portugal –el caso de Irlanda presenta importantes matices–.

De hecho, los engaños no acaban aquí. El PP justifica ahora esta medida "extraordinaria" y "temporal" de forma… injustificable, ya que, si bien el descuadre presupuestario para 2011 puede superar el 8% del PIB –frente al 6% previsto por Zapatero–, no es menos cierto que algunos miembros del actual Ejecutivo, como el propio De Guindos (ministro de Economía), conocían de antemano este dato, por lo que no es una sorpresa. Por otro lado, el PP gobierna en casi todas las comunidades autónomas, y son éstas, precisamente, las principales responsables del desvío presupuestario, no el Gobierno central. Además, resulta cuanto menos extraño que en Génova desconocieran la grave situación financiera con la que han de bregar sus barones. Por último, pero no menos importante: si hay que reducir el déficit en 40.000 o 50.000 millones de euros este año, ello no justifica el sangrar aún más la economía productiva con vistas a sufragar el derroche público, sino que es la prueba fehaciente de que los políticos deben apretarse el cinturón, pues siguen gastando más de lo que ingresan.

La gravedad de esta subida fiscal no radica sólo en la flagrante mentira de Rajoy, sino en sus efectos. La promesa de austeridad pública, unida a la conformación de un Gobierno capacitado para acometer los grandes retos que afronta el país, permitía aventurar un fuerte saneamiento económico en el presente ejercicio. Sin embargo, por desgracia, la partitura mostrada por Rajoy se asemeja mucho, al menos por el momento, a la ejecutada por Zapatero desde 2008. El nuevo presidente se decidió el pasado viernes por una política fiscal puramente socialista, tal y como proponían PSOE e IU en sus respectivos programas; de hecho, mantiene el Impuesto de Patrimonio y la subida fiscal a la grandes empresas aprobadas hace poco por Salgado, así como políticas sociales de Zapatero como la Ley de Dependencia, el PER de 400 euros para parados, la renta básica de emancipación o el permiso de paternidad. Rajoy se ha comprometido a garantizar las bases del insostenible Estado del Bienestar, revalorizando las pensiones públicas y el actual régimen de prestaciones por desempleo; y hasta ha otorgado luz verde a la inefable Ley Sinde.

Por si fuera poco, el PP ya baraja avalar la deuda autonómica, lo cual supondría socializar desmanes ajenos, cubrir los agujeros bancarios mediante la creación de un banco malo que sufragará el contribuyente o mantener intacta la actual Ley Antifumadores, entre otros despropósitos. Sin duda, aún está todo por hacer, y medidas como el recorte público de casi 9.000 millones de euros en el primer trimestre están muy bien encaminadas, pero, por el momento, el socialismo domina de forma contundente la partida. Mucho tendrá que cambiar el PP en los próximos meses para reconducir el resultado. Hoy por hoy, tras sus primeras decisiones, Rajoy tan sólo ha demostrado ser otro socialista mentiroso y, por tanto, su período de gracia llega a su fin.

El sueño español

Uno de los motores de la historia, a pesar de que el amigo Marx diga que la exclusividad la tiene la lucha de clases, han sido las ambiciones y deseos de una nación, los sueños nacionales que hacen que toda la energía de un pueblo se dirija hacia una meta común, ampliamente compartida por todos los sectores sociales… Desde un emperador a un jornalero, desde un almirante a un grumete.

Energías liberadas que han dado nacimiento a naciones, han creado y destruido imperios, provocado guerras, derrocado gobiernos…

Así, la España Imperial se forjó por el sueño de gloria, de oro, de un pueblo que, recién salido de un larga Reconquista, creía en su destino y que llevó a valientes hidalgos extremeños, a recios marinos vascos, a duros campesinos castellanos, a cruzar los mares y crear una nueva sociedad en tierras americanas…

Dicho sea de paso, los aztecas tenían unos sueños bastante parecidos y, gracias a una serie de razones explicadas por Jared Diamond en Armas, Gérmenes y Acero, este artículo que compongo no está escrito en ‘naualt’.

Y qué decir del Imperio Británico. La Puerta de Bombay aún se yergue como mudo testigo del paso de miles de jóvenes británicos que llegaron a la India a vivir el sueño imperial. Muchos regresaron, pero muchos otros dejaron allí sus huesos, cubiertos por una preciosa casaca roja, en las polvorientas llanuras del Deccán o en las tórridas junglas bengalíes.

Por supuesto, hay sueños nacionales que mejor nunca se hubiesen soñado… El sueño de una Germania "Uber Alles", del "Der morgige Tag ist mein", el sueño nacional socialista que, vendido por un cabo austriaco que se reveló como uno de los más efectivos vendedores de sueños de la historia, acabó con la mayor guerra conocida por la humanidad y con el Holocausto.
 
Como su primo hermano, otro sueño prescindible, el sueño de la sociedad sin clases, de la utopía socialista comunista, sueño que desembocó en unos regímenes totalitarios con más de cien millones de muertos como legado… pero que a diferencia del sueño nazi aún sigue teniendo buena prensa.

Pero no todos los sueños son imperiales, raciales, expansionistas…

Estados Unidos, la nación más rica, libre y poderosa de la historia, fue creada a partir de un sueño, un sueño de libertad, de igualdad, de búsqueda de la felicidad, que, partiendo del Mayflower, fue recogido por los Padres Fundadores en la Declaración de Independencia y sigue vivo en el "American Dream" que hace que miles de emigrantes lleguen cada año a sus puertas, que hace que dos chavales en un garaje creen una revolución informática y que hace que muchos de vosotros hayáis llegado a este artículo a través de una red social creada por un tipo de no acabó la carrera…

Y por supuesto, aquí y ahora, en España, también hemos vivido nuestro propio sueño (en determinadas regiones compartido con otros sueños más cercanos a " El Mañana nos pertenece" nazi).

Pero el nuestro ha sido un sueño cutre, gris, anodino. Hemos vivido el sueño de la mediocridad, de hacer lo justito, el sueño de que teníamos derecho a todo, de que para cualquier problema, reto o exigencia que nos plantease la vida, ahí estaba el Estado para solucionarlo…

En todo, desde la educación para nuestros hijos hasta el ocio que disfrutaríamos, desde la pensión hasta la vivienda, desde nuestro trabajo y nuestro sueldo hasta nuestra salud, pasando por asuntos tan personales como compatibilizar el trabajo y la familia, los españoles hemos soñado con que el Estado nos resolvería la papeleta.

Así, nos iban a dar una casa de protección oficial, con un colegio público cercano para nuestros niños, con un polideportivo también público donde nos darían clases de aerobic o jugaríamos al pádel, con un centro cultural, por supuesto también gratuito, donde veríamos pelis, obras de teatros…y por supuesto un transporte público en la puerta.

Soñábamos con ser funcionarios o tener un trabajo garantizado de por vida, con el "no te pueden echar" o como mínimo con seguros de paro indefinidos. Responsabilidades, ninguna. Objetivos, ninguno… Vivir, ser felices, disfrutar de los amigos…

La democracia era la herramienta para lograrlo. Solo había que votar al político adecuado, al partido correcto y lo teníamos hecho. Ellos proveerían por todas nuestras necesidades…

Pero el sueño se ha acabado, el Sueño Español ha acabado siendo una pesadilla y ahora nos toca volver a la realidad… ¡Feliz 2012!

El PP prefiere el siglo XX al XXI

Pero eran otros tiempos, y la desgracia de aquellos honrados empresarios no se tradujo en leyes de solidaridad con el sombrerero que nos obligaran a todos a ponernos algo para cubrirnos la cabeza al menos una vez por semana. Fue lo lógico, lo racional, lo liberal. El cambio de gustos de una desgracia para ellos, pero nadie tenía la culpa, así que los Gobiernos de entonces no decidieron imponer ningún "recargo complementario temporal de solidaridad" para sufragarles las pérdidas.

Estamos en 2011, y muchas cosas han cambiado. De modo que varias industrias están sufriendo el embate de las nuevas tecnologías. Son en su mayor parte intermediarios dedicados a acercarnos arte y entretenimiento, que se han visto en un escenario en el que los costes de distribución de sus productos se acercan a cero. Si estuviéramos en los años 50 habrían adaptado sus procesos de negocio para competir en el nuevo escenario. Pero estamos en 2011, y muchas cosas han cambiado a peor.

Así pues se empezó imponiendo un canon digital primero sobre discos ópticos y más tarde sobre muchos otros dispositivos de almacenamiento bajo el razonamiento de que podían ser empleados para almacenar esos productos de la industria discográfica y audiovisual en formato digital. Aquella medida atentaba contra la justicia, pues partía de una presunción de culpabilidad: daba lo mismo que usaras aquello para copiar las fotos de tus niños; debías pagar. De modo que desde internet muchos ciudadanos empezaron a organizarse en contra de ese canon digital y el PP aparentemente ha decidido hacerles caso. Pero es sólo eso apariencia: este extraño impuesto privado no será eliminado sino sustituido por los impuestos que pagamos al Estado. Seguiremos subvencionando a la  SGAE pero a través de los presupuestos. Es decir, ya no son culpables sólo los que se compran un pincho USB; también lo es la abuela que no ha visto un ordenador ni en fotos. Ahora se nos presume la culpabilidad a todos y cada uno de los españoles. Un gran avance. Y eso que nos prometieron eliminar subvenciones a la cultura.

Pero lo peor es que con esta medida el PP ha intentado ocultar lo peor: la aprobación del reglamento de la Ley Sinde y, con él, la facultad de una comisión administrativa para cerrar sitios web. Quisieron cerrarlas por la vía judicial y perdieron, así que han decidido –en lugar de cambiar la ley– quitar a los jueces de en medio. Tanto el nuevo ministro Wert como otros apologistas de esta ley han querido pintar a la oposición a esta medida como un apoyo incondicional a los sitios web de descargas. Sin duda hay de eso. Pero lo principal es que existen muchos modelos de negocio en internet que nunca podrán aparecer en España gracias a esta norma.

Imaginen que Youtube hubiera nacido en enero de 2011 en España. Ya sé que requiere un esfuerzo, pero háganlo. Mucha gente subiría vídeos sacados de la tele o el DVD, aunque fueran fragmentos. Con esta ley, una comisión administrativa tendría perfecto derecho a cerrarlo antes de que prosperara y lo comprara Google. Evidentemente, las trabas a las nuevas empresas son muchas más, pero añadir a toda prisa esta inseguridad jurídica añadida no va a ayudar. El PP está favoreciendo a empresas de toda la vida, que no consiguen adaptarse a lo que quieren los consumidores, a costa de las compañías punteras que sí podrían hacerlo. Un hurra por el chiste ese del Ministerio de Competitividad.

Olor a yerba seca

Aprovechando las fiestas de Navidad voy a escribirles sobre
algo menos académico de lo habitual…
Así que en vez de hablar sobre doctores escolásticos o similar, quería
comentarles un libro que acabo de leer con el título de esta columna. Olor a yerba seca es la primera parte de
unas Memorias que ha publicado
recientemente Alejandro Llano (1943), filósofo, profesor y antiguo rector de la
Universidad de Navarra. Siempre me ha llamado la atención este género
autobiográfico, en el que el autor y el protagonista del relato coinciden en la
misma persona. También me resulta en ocasiones un tanto embarazoso conocer
algunas intimidades familiares, profesionales o espirituales del escritor.
Claro que ésa ha sido una opción libremente elegida, y entiendo que nos va a
contar lo que él quiere que se sepa.

En este caso, los capítulos discurren por la infancia
asturiana, los años colegiales en el Pilar de Castelló (Madrid), sus estudios
universitarios en la capital y Valencia, y un más amplio derrotero profesional
como profesor de filosofía y gestor académico en Pamplona, incluyendo sus
viajes por Europa (sobre todo, Alemania) y Estados Unidos. Al hilo de sus
recuerdos y anécdotas, algunas muy buenas, el autor va dejando engarzadas un buen
montón de opiniones, consideraciones y tomas de posición por lo general
bastante alejadas de lo políticamente
correcto
. De manera que me ha parecido oportuno incluir estas líneas (que
no pretenden ser una crítica literaria) en el marco de la web de nuestro
Instituto, comprometido con la defensa de una sociedad libre. Estimo que
algunos episodios biográficos pueden hablarnos de libertad; o bien precavernos
de lo que no lo es: ya lo veremos encarnado en algunos ejemplos reales.

Como historiador, me gusta el recorrido que hace por esa
España del tardofranquismo y el comienzo de la democracia. El autor se sitúa,
con bastante rotundidad, opuesto a un régimen autoritario a la sombra del cual,
sin embargo, crecieron familias y personas que luego se diría que surgieron de
un inexistente pasado libertario.
Dado que aparecen con nombres y apellidos, no puedo dejar de recordar esos
casos más famosos de Juan Luis Cebrián, cuyo padre fue director de la Prensa
del Movimiento y él mismo participó con entusiasmo en actividades calificadas
por el autor como "rancias y clericales" (p. 199); o Rodolfo Martín Villa, que
comenzaría su carrera política como jefe del Distrito de Madrid del SEU,
pasando después por el Movimiento Nacional, Alianza Popular, UCD y el PP hasta
llegar en este momento del relato a ser "una de las piezas claves del aparato
mediático de El País, cuya ideología
es bien conocida" (p. 203).

Con esta incompleta referencia a las páginas del libro citado,
no pretendo, ni creo que tampoco lo haga su autor, enjuiciar a esas personas.
Pero me sirve para escribir dos conclusiones que considero útiles para
cualquiera de nosotros: que cada uno tiene su pasado, que no se puede
tergiversar (pero sí corregir); es muy sano –llegado el momento– reconocer que
has estado equivocado, y razonar tu cambio de posicionamiento. Lo segundo es que desconfío de muchos
presuntos defensores de la libertad que abiertamente juegan a mofarse de los
que no piensan como ellos; lo que sin duda es el oculto poso intelectual de un
autoritarismo intransigente no suficientemente curado.

Más peligroso resulta el juego dialéctico de muchos
revolucionarios de izquierdas; el Rector Llano, en su juventud universitaria de
oposición al franquismo, tuvo una experiencia muy directa de la estrategia de
algunos comunistas y socialistas. Al quejarse en una ocasión por acusarle
falseando la verdad, recibió esta respuesta: "Mira, Alejandro, eso de la verdad
es un concepto formalista y burgués. Yo, francamente, pienso que es verdad lo
que ayuda al triunfo de la revolución, mientras que es falso lo que lo
dificulta" (p. 265). Tampoco va mal que recordemos que esta estrategia sigue
utilizándose con impunidad por muchos políticos, ahora ya dentro de un sistema
democrático.

Hay un aspecto que no comparto del todo, o no he entendido
bien, y que me resulta difícil de resumir en estas pocas líneas. Pero como se
acerca más a los contenidos económicos sobre los que reflexiona nuestro
Instituto, voy a lanzarme a plantearlo aquí. Y es que en alguna ocasión el
autor se sitúa cercano a posiciones socialdemócratas;
lo que requiere primero ciertas aclaraciones: hablamos, por ejemplo, del
movimiento antifranquista denominado Causa Ciudadana (disimulado entonces a
través de una sociedad anónima). Explica que su orientación era socialdemócrata,
pero "sin ninguna de las connotaciones propias del socialismo clásico" (p.
361). Seguramente comparto sus presupuestos de promocionar la sociedad civil;
pero entiendo menos una crítica hacia el "neoliberalismo" encarnado en los años
ochenta por Margaret Thatcher (p. 435). La experiencia nos va confirmando que
una verdadera defensa de la sociedad civil pasa por dar más libertad al
individuo, también en sus actividades económicas; porque el enemigo común a
debilitar es un Estado del Bienestar omnipresente, muy bien descrito en su
crisis por el autor (p. 443).

Termino glosando algunos comentarios sobre la Universidad,
que me resultan particularmente cercanos debido a mi propio trabajo. Aquí se
adivina la sabiduría de alguien que ha meditado sobre el tema, pero que también
lo ha experimentado en primerísima persona. En lo más administrativo y formal,
no se le ve demasiado satisfecho con los resultados de las diversas reformas
universitarias recientes (en España y en toda Europa). Porque su visión de la
Universidad descansa en "la tradición académica, la cultura humanística y
científica, la formación de los estudiantes, la búsqueda de la verdad, la
investigación libre y rigurosa, o la enseñanza exigente". Todo ello en vez de
"la competitividad, la internacionalización, las necesidades de los
empleadores, la gestión económica de las universidades, las relaciones con el
entorno y demás tópicos que hoy imperan por doquier" (p. 512). Como señala en
una segunda entrega autobiográfica, Segunda
navegación
, el fruto de aquellos valores universitarios sería una
generación de jóvenes descrita poéticamente como: i grandi, i quieti, i forti, i pensiorosi (grandes, quietos,
fuertes, pensativos). ¡Ojalá podamos verlos así algún día!

El coste de trabajar

El trabajo del ser humano y la naturaleza constituyen los dos recursos básicos mediante los que satisfacemos nuestras necesidades. Es más, de ambos, es el único recurso imprescindible para la confección de productos y servicios: puede haber servicios que se suministren sin el concurso de recursos naturales, pero no se pueden concebir sin la aportación del trabajo.

El trabajo, por tanto, tiene un valor y tiene un precio. El valor le deriva de la valoración de los bienes o servicios finales para los que es preciso. Del precio, hablaremos en las siguientes líneas.

La fijación del precio del trabajo, esto es, del salario, es uno de los aspectos que más interés tiene para todos los individuos, pues quien más y quien menos sobrevive con los ingresos que obtiene a cambio de su trabajo. La teoría económica austriaca relaciona dicho precio con el valor que tiene para el empresario, que a su vez depende de la valoración de los bienes finales. Así pues, para esta escuela, el salario es un precio más de un factor de producción, cuya fijación no presenta ninguna especificidad teórica.

Sin embargo, no es la Escuela Austriaca la corriente principal económica en la actualidad, lo es la Escuela Neoclásica. ¿Y cómo se fijan los precios para esta escuela? Es bien sabido: en el punto de corte entre la curva de oferta y demanda. Además, si el mercado está en competencia perfecta, sostienen que el precio tiende al coste marginal del bien.

El mercado de competencia perfecta se caracteriza por una serie de condiciones de equilibrio, que han sido expuestas por ejemplo aquí. Sorprende al examinar el mercado del trabajo que parece aproximarse bastante bien a estas condiciones. Por ejemplo, hay un gran número de oferentes muy atomizados (los trabajadores), ni hay barreras de entrada o salida al mercado (no hay obstáculos para ofrecer su trabajo, o dejar de trabajar). La información es razonablemente transparente, y también hay un cierto grado de homogeneidad en el producto vendido. Desde luego, para un economista neoclásico, este mercado se puede considerar de competencia perfecta. O, al menos, de los más próximos entre los reales a su modelo.

Pues bien, siendo así, es claro que el precio del bien, el salario por el trabajo, debería igualarse al coste marginal de realizarlo. Pero, y aquí llegamos al título del comentario, ¿cuál es el coste de trabajar?

En una primera aproximación, no parece que trabajar tenga ningún coste. Es más, siguiendo la concepción neoclásica que equipara coste al precio de los factores, y habida cuenta de que no se necesita ningún factor de producción para confeccionar el puro trabajo, el salario debería ser ¡cero! Sin embargo, es obvio que la mayor parte de la gente no está dispuesta a trabajar al salario que parece predecir la teoría neoclásica. Algo falla.

Si profundizamos algo más, es relativamente rápido darse cuenta de que para que el hombre pueda trabajar necesita, al menos, alimentarse. Quizá sean estos costes de subsistencia los que, de acuerdo al modelo neoclásico, fijan el precio del trabajo.

Estos costes de subsistencia son evidentemente variables, dependen de cada individuo. Cada uno decide cuál es el mínimo de subsistencia para sí mismo: uno puede conformarse con pan y agua, otro puede necesitar varias residencias a lo ancho del mundo y trajes de calidad. Así las cosas, siguiendo el modelo neoclásico, el salario tendería a un mínimo de subsistencia objetivo, que permitiera vivir a todo el trabajador que lo percibiera. Desde esta perspectiva, se podría incluso "justificar" la necesidad de regular un salario mínimo que permitiera al trabajador vivir con algo de dignidad, y no limitarse a subsistir.

Pero todo este análisis se topa con la dura realidad, en que sabemos de la existencia de muchos salarios muy por encima de ese mínimo de subsistencia. ¿Cuál es el coste marginal de hacer una película (como actores) para George Clooney o para Julia Roberts? ¿Cuál, el de Cristiano Ronaldo de jugar con el Real Madrid? ¿Cuál el de Francisco González por dirigir el BBVA? Para todos ellos, el coste neoclásico es cero, o, con más precisión, el coste de sobrevivir. ¿Por qué, si es así, ganan tanto?

Porque realmente el coste que consideran estos señores a la hora de tomar una decisión de donde trabajar no es coste marginal de la producción de ese trabajo, sino el coste subjetivo de las alternativas perdidas, que es la concepción que tiene la Escuela Austriaca del coste. George Clooney, confrontado con una oferta para hacer una película, no la compara con lo que le cuesta hacerla, sino con lo que deja de ganar por hacer esa, en lugar de otra. O por lo que deja de disfrutar si dedica el tiempo a su ocio, cosa que a su vez dependerá de variables como su riqueza acumulada, compañía y mil cosas más que no cabe pormenorizar aquí.

Los economistas neoclásicos denominan a este concepto, coste de oportunidad. Y a veces intentan incorporarlo a sus modelos. Lo que ocurre es que este coste de oportunidad, que realmente es el único coste confrontado, es un coste subjetivo, pues solo cada individuo puede percibir las alternativas de actuación que se le ofrecen, o generar dichas alternativas. Y al ser subjetivo, es difícilmente modelable, al contrario de lo que el economista neoclásico considera costes, y que no son otra cosa que los precios de los factores de producción, siempre visibles en el mercado.

En resumidas cuentas, trabajar, como todos sabemos, sí tiene un coste: el coste de oportunidad de lo que podríamos hacer con el tiempo dedicado al trabajo. No obstante, si atendiéramos a los postulados neoclásicos, nuestro trabajo tendría precio cero o, en el mejor caso, el precio de nuestra subsistencia. Menos mal que también en esto sus modelos están equivocados.

Entre el seny y la rauxa

"No es lógico que, siendo una parte esencial del estado español, paguemos uno o dos puntos porcentuales más que el gobierno central por nuestra deuda". Quien de esta guisa clama por una emisión de "hispabonos" o "iberbonos" del gobierno central para asumir las deudas de la comunidad de Cataluña no es el prefecto del departamento del Nordeste-Pirineos –como tal vez llamaríamos a esta entrañable región al modo francés– sino el presidente de uno de esos híbridos monstruosos entre estado federado y estado independiente que han resultado ser las comunidades autónomas españolas. Con el pretexto de la falta de apoyo financiero estatal, el gobierno de una de ellas ha suspendido pagos a sus empleados, al tiempo que ha aplazado el ingreso de las retenciones a cuenta del impuesto sobre la renta y las cotizaciones a la seguridad social. No parece que hable la misma persona que antes de llegar a presidente de la Generalitat contribuyó de manera entusiasta al golpe de gracia dado a la legalidad constitucional por la aprobación formal del estatuto catalán de 2006.

Los presentes lamentos de Artur Mas derivan de la percepción común entre analistas de deuda pública de que la caótica relación de los gobiernos españoles conlleva un riesgo adicional de que las deudas de las regiones no se asuman por un gobierno central cuyas cuentas ya se encuentran suficientemente deterioradas. Esta responsabilidad mancomunada frente a los acreedores, la cual parece evidente dentro de la estructura de los estados reconocidos en Derecho internacional, no resulta tan clara con el proceso de segregación progresiva abierto en España hace años. Resulta curioso que cuando el independentista declarado se da cuenta de las consecuencias de sus veleidades no tenga empacho en definir a su demarcación como región española y en reclamar la "ayuda" del denostado gobierno del que quiere independizar a su comunidad algún día.

Entiéndase bien. El estado general de las finanzas públicas no es mejor cualitativamente. Sin embargo, los políticos españoles comparten una contumaz resistencia a reconocer que se ha acabado el dinero. La postura de Mas, aunque equivocada cuando apunta a la emisión de más deuda y la creación de nuevos impuestos, resulta sensata en comparación con las últimas manifestaciones de osadía revestida de aplomo con las que se despidió de la vida pública –esperemos que para siempre– el anterior inquilino de la Moncloa. Poco antes de las elecciones que desalojaron a su partido del poder, bramaba contra el Banco Central Europeo por no promover otro proceso inflacionario que diluyera las deudas ya contraídas y exigía a la Unión Europea la emisión de unos "eurobonos" que sirvieran para financiar unos gastos impagables con impuestos a tipos de interés eternamente inferiores a los que los inversores exigirían al gobierno español.

Si la conducta de la casta política que domina a un pueblo fuera la exacta traslación de la generalizada o dominante en una sociedad determinada, me atrevería a decir que la mayoría de los españoles se debate entre los polos opuestos de esa esquizofrenia: el seny y la rauxa, que caracterizarían, según el tópico, el comportamiento de los catalanes.

Un columnista perspicaz resumió hace tiempo la situación: Muchos españoles piensan como cubanos (de la isla-cárcel, se entiende), pero quieren vivir como norteamericanos. El sentido común y cierta racionalidad que están obviamente presentes en las vidas de muchos individuos coexisten con el dislate, el exceso o la miopía intelectual más temeraria cuando opinan sobre asuntos colectivos. La propia dimensión de las decisiones que deban ser colectivas no parece encontrar límites para numerosas personas, adocenadas durante años para aceptar intromisiones intolerables del gobierno en la libertad de los individuos. El sorprendente buen resultado electoral del PSOE en las elecciones generales –si debiera colegirse una relación proporcional entre los daños causados por su gestión y el batacazo que merecerían–, así como su influencia en el discurso del partido que ha recogido los frutos de su desgaste, demuestran hasta qué punto los ideólogos de ese partido han programado las mentes de muchos individuos con sus machacona y omnipresente propaganda. Aunque puede palparse en la sociedad española la consciencia de padecer muchos males, ésta no va acompañada de una identificación acertada de los mismos y los remedios necesarios para atajarlos.

Llama la atención en estas fechas navideñas que los temarios de oposiciones para ingresar en las administraciones públicas encuentren un hueco entre los libros más publicitados –y tal vez más vendidos– de las grandes librerías. No parece haber calado entre sectores mayoritarios de la población la necesidad de reducir drásticamente las funciones de los gobiernos y –por ende– de los empleados públicos. Todavía existe la creencia bastante extendida de que los gobiernos "crean" puestos de trabajo y de que ese gasto no conlleva necesariamente destrucción de riqueza generada en la sociedad.

Sin embargo, puede que la irresponsabilidad tenga sus días contados y quede descubierta a los ojos de la mayoría. Tal vez una suspensión de pagos tan grave como la protagonizada por el gobierno de Cataluña sirva para tomar plena conciencia de la auténtica dimensión de los problemas planteados y no demorar por más tiempo las medidas necesarias para paliarlos. Dentro de este contexto, acaso los gobernantes de los distintos ámbitos administrativos: central, autonómico y municipal lleguen a la convicción de que deben liquidarse departamentos y empresas públicas enteros ocupados por empleados públicos. Parece evidente que no será suficiente reducir servicios sin precisar, recortar los salarios de los empleados públicos y enajenar empresas públicas, como apunta Mas. Si los gobiernos no ajustan sus plantillas a sus ingresos reales, como han tenido que hacer de forma dramática las empresas privadas con los perjuicios inducidos por la dualidad del mercado de trabajo, se presentarán suspensiones de pagos mucho más difíciles de afrontar.

La estabilidad de la banca

Algunos críticos de la banca libre argumentan falazmente que el negocio bancario requiere supervisión y garantías estatales para evitar una presunta inestabilidad intrínseca. Según ellos la teoría de juegos muestra que respecto a los depósitos bancarios existen dos equilibrios o soluciones estratégicas posibles: uno en el que todo el mundo mantiene su dinero depositado en el banco, pensando que todos los demás van a hacer lo mismo; y otro en el cual todo el mundo corre a retirar sus depósitos de los bancos porque cada individuo cree que todos los demás van a hacerlo también (corrida bancaria), haciendo quebrar todo el sistema.

Esta última posibilidad sería un ejemplo de fallo de mercado o acción colectiva irracional que habría que evitar mediante el intervencionismo estatal, concretado en un fondo obligatorio de garantía de depósitos que presuntamente calmaría a los depositantes y evitaría el colapso del sistema bancario. Otra herramienta adicional sería un banco central dispuesto a actuar como prestamista de última instancia para bancos con problemas de financiación en el mercado.

Este pésimo argumento asume que la banca necesariamente debe descalzar plazos (recibir prestado a corto plazo y prestar a largo plazo), operar con un fondo de maniobra negativo y ser esencialmente insolvente al no poder pagar a sus acreedores si todos reclaman simultáneamente el cobro de sus deudas. Pero esto es una práctica malsana que está en la raíz de las expansiones insostenibles del crédito y los ciclos económicos, y no conviene mantenerla con presuntas garantías imposibles de cumplir sino eliminarla mediante la libertad y la competencia. En realidad es el intervencionismo estatal en materia monetaria y bancaria lo que genera un sistema financiero altamente inestable. La banca libre puede operar de forma estable con prudencia y sin descalce de plazos.

Un cliente mantiene una cuenta corriente en un banco si valora los servicios que recibe más que sus costes, teniendo en cuenta los riesgos de los posibles impagos que implica cualquier deuda. El cliente que cierra su cuenta en un banco renuncia a sus diversos servicios, fundamentalmente de cobros y pagos, los cuales deberá realizar de otra manera: en efectivo o mediante otro banco.

Un banco puede ser prudente o asumir riesgos excesivos (ser solvente o no serlo), y un cliente puede confiar en un banco o no (de forma justificada o injustificada). Un cliente que confía en un banco solvente simplemente mantiene su relación con el mismo; un cliente que deja de confiar en un banco solvente puede abandonarlo, pero entonces pierde una posibilidad de relación comercial mutuamente beneficiosa; un cliente que confía en un banco insolvente está contribuyendo a mantener un sistema financiero nocivo e inestable y está asumiendo riesgos que probablemente le supondrán alguna pérdida; un cliente que desconfía correctamente de un banco insolvente retira sus depósitos, y si muchos lo hacen así obligan al banco a corregir su conducta o quebrar.

En el extraño caso de que ocurriera un pánico contra un banco solvente, todos los depositantes podrían recuperar su dinero si así lo reclamaran: el banco podría demostrarlo haciendo públicas sus cuentas y balances, mostrando que sus activos respaldan adecuadamente a sus pasivos (con lo cual seguramente frenaría la retirada de depósitos), o simplemente haciendo frente a las reclamaciones de pago de quienes quieran liquidar sus cuentas.

Los pánicos generalizados normalmente sólo se realimentan si hay algo de verdad detrás del miedo: si un banco es insolvente, no todos los acreedores podrán recuperar todos sus préstamos, y es racional que los depositantes intenten retirar su dinero los primeros, ya que si lo consiguen lo recuperarán por completo, pero si se declara la suspensión de pagos o la quiebra seguramente deban asumir alguna espera o pérdida.

La insolvencia de un banco, o de todo un sistema bancario, no es un evento aleatorio del cual sea posible protegerse mediante algún tipo de seguro. Los fondos de garantía de depósitos son engañosos, hacen creer a los depositantes que su dinero está garantizado cuando en realidad no es así: no existen fondos ni activos suficientes en reserva, y si todos los depositantes realmente reclamaran sus deudas de un sistema insolvente, entonces los bancos quebrarían o las autoridades aplicarían diversos mecanismos de represión financiera (impagos, limitaciones de retirada de efectivo, corralitos).

Las crisis bancarias han sido más graves desde la implantación obligatoria de los fondos de garantías de depósitos: los depositantes se desentienden de su obligación de vigilar la prudencia de las entidades con las que operan, y los supervisores estatales no tienen ni la información ni los incentivos adecuados para controlar eficazmente la banca.

Un banco con problemas puede intentar refinanciarse atrayendo nuevos depositantes o emitiendo deuda o acciones en los mercados de capitales, los cuales determinan si se trata de un negocio viable o si debe quebrar. Un prestamista estatal de último recurso genera riesgo moral (los bancos asumen más riesgos de los debidos al disponer de garantías implícitas o explícitas de salvamento), politiza la decisión de quién debe sobrevivir (y a qué coste), y socializa las pérdidas del negocio bancario (por los costes que le supone al banco central mantener reservas monetarias o por la inflación a la que debe recurrir en el caso de no disponer de ellas).

Consejos para 2012

Ahora que el nuevo presidente del Gobierno ha nombrado a su séquito de ministros y la prensa y comentaristas hacen absurdos juicios de valor sobre lo capacitados que están o no —los lobbies seguirán gobernando—, vayamos a lo realmente importante. ¿Cómo podemos afrontar este 2012? El nuevo Gobierno no hará nada. La situación le viene demasiado grande. Incluso aunque recurran a Europa, tampoco arreglarán nada. La crisis también les viene demasiado grande. La única respuesta a la crisis no son medidas nacionales ni globales, sino individuales. Veamos algunas líneas:

  • Huya del crédito. La falsa seguridad que da la economía del intervencionismo, protección social, del igualitarismo, de las subvenciones, del control y del dinero barato, hacen que la gente crea que solo hay épocas de bonanzas. ¿Se acuerda de aquellos que decían que el precio de la vivienda siempre subiría? Paso número uno. Huya del crédito como del fuego. Viva conforme a sus posibilidades, y si quiere vivir mejor, trabaje más y defraude más impuestos (si puede ser sin que le pillen).
  • ¡A ahorrar! Dicen que ahorra en épocas de crisis es de bobos. Pues es cierto. No es el momento de ahorrar, pero nadie lo ha hecho. Es momento de abrirse un plan de ahorro, que es cuasi líquido. No es cuestión de obtener grandes rentabilidades, sino de separar el dinero de gasto diario, del dinero futuro. Aunque le parezca mentira, antes una persona se hacía rica. La gente ahorraba y llegaba a mayor con dinero para vivir bien. Ahora es al revés, la gente llega a vieja sin nada. ¡Gracias Estado del Bienestar!
  • Asegure su "dinero". Tenga una cantidad de importante de cash en casa. Eso siempre va bien. Compre algún metal precioso. Plata, oro, o alguna joya incluso. Algo que no dependa de la fe del Estado como el dinero fiduciario. En momentos de apuro le pueden ir bien. La situación no pinta bien para 2012 y no sabemos muy bien a qué nos enfrontamos.
  • Váyase a la economía privada. Todas las medidas del Gobierno solo irán a peor, por más promesas que hagan. El acceso a la medicina estatal cada vez es más difícil, la edad de acceso a las pensiones públicas aumentará. Apúntese a una mutua para asegurar su salud y la de su familia. Hágase un seguro vida pensando en su descendencia.
  • Sea un mal ciudadano y un buen vecino. Todos aquellos que abogan por una sociedad mejor a través de la violencia del Gobierno (más leyes, regulaciones, impuestos…) lo hacen porque obtienen réditos individuales o corporativistas (sindicatos, partidos, lobbies, patronales…). La única sociedad que existe es la de su comunidad. Ayude a su familia y amigos si las cosas les van mal. Ayude al pobre con el que se cruza cada mañana. Implíquese con su gente, no con una sociedad hedonista que ni conoce y solo se queja cuando no les dan subvenciones. El concepto primario de "gran sociedad" es un invento del poder político para mantener a la gente adormecida y complaciente. Las naciones y grandes sociedades nacieron del latrocinio, la guerra y el crimen. No de la voluntariedad ni fraternidad.
  • Queme la televisión. Ver los informativos televisivos para estar informado es una de las mayores paradojas de nuestra era. Yo desconecté la antena de mi televisor hace tres años y me dedico a escribir columnas de opinión sobre actualidad. La televisión es un recurso para el ocio. Cuando ésta no existía la gente hacía otras cosas: jugaba a cartas, hablaba con sus hijos, su esposa, salía con los amigos… Hoy día, la masa borreguil solo sabe encender el aparato cuando llega casa para no tener que pensar ni hablar. Si una persona, hace cien años, en cuanto llegaba a casa se hubiera dedicado a hacer solitarios, incluso a la hora de cenar y hasta que se iba a la cama, le habrían llamado retrasado. No hay diferencia el que hace lo mismo con el televisor. Hable con sus hijos, su mujer, recupere las relaciones sociales, busque una afición. Gane independencia.
  • Cómprese un arma. Si no la puede conseguirla ilegal, sáquese la licencia tipo F (tiro deportivo). En este enlace ANARMA le explica cómo hacerlo. Nunca se sabe lo que puede pasar. Tener un arma para proteger a su familia, tanto en épocas de bonanza como crisis, siempre es útil. Querer defender a su familia no es un pecado, es una virtud.
  • Olvídese de la política. Solo es un circo que no aporta nada al hombre libre, al revés. Le hace creer en dioses terrenales, milagros que nunca se producen y esperanzas incumplidas. Solo la gente pobre de espíritu sigue la política y cotilleos televisados (son igual de ridículos). Sus preocupaciones tendrían que ser cosas mil veces más importantes. Como su economía, sus vacaciones, los problemas y felicidad de sus allegados. Con la política solo se gana la vida la gente mediocre, esto es: políticos y periodistas.
  • Desvincúlese del Estado. Solo nos roban mediante impuestos, mediante el fraude de la deuda y el engaño de las promesas. Vivir dependiendo del Gobierno le convierte en un yonqui. Mire a los funcionarios y todos los que reciben ayudas. Empobrecidos por el Gobierno. Su vida la ha de controlar usted, no un dictador de la producción. No dude en defenderse de la extorsión de los impuestos. No se deje robar y acuda a la economía sumergida siempre que pueda. Es más barato, y ayudará a empresarios y autónomos necesitados como usted.

Son buenos pasos para empezar el 2012 con otra visión. La sociedad ha cambiado y seguirá cambiando. El Estado del Bienestar como lo conocíamos ha muerto. Lo pueden alargar más, pero ya no será lo mismo. Ahora toca individualismo. Toca los valores tradicionales de voluntariedad, trabajo duro y colaboración con su comunidad más cercana.

El fantasma de Kim Jong-il recorre América Latina

Ya podemos tachar de nuestra particular lista de tiranos en activo a Kim Jong-il, y esperar a que la sucesión traiga vientos de cambio en Corea del Norte. El Amado Líder ha sido llorado por sus súbditos, en uno de esos actos públicos que rezuman espontaneidad y libertad, tan característicos del país.

En las circunstancias en las que operan los miembros y miembras del gran proyecto comunitario norcoreano, no es fácil saber dónde está la realidad y dónde la ficción; dónde las acciones inducidas por el miedo atroz y dónde las acciones libres, si es que éstas existen.

Seguramente los norcoreanos, mientras lamentaban –o fingían que lamentaban– la muerte de su planificador, no pensaban en el devastador impacto de éste sobre la economía (una palabra muy fría para referirse a las vidas materiales y el potencial creativo de los norcoreanos). No se percataron en ese momento de que en 1975 las dos Coreas disfrutaban de un nivel de renta per cápita idéntico, y ahora una acabado con las hambrunas y se puede permitir el lujo de encender la luz por la noche, mientras que la otra se complace de ser el país más autárquico del planeta, pero no puede presumir de los dos éxitos anteriores.

Pero ahora que se va Kim Jong-il, otros líderes –con más o menos tintes totalitarios que el norcoreano– siguen haciendo de las suyas. No es de extrañar que Hugo Chávez haya lamentado el fallecimiento de su camarada.

En parte de Latinoamérica un fantasma lleva tiempo recorriendo la región: el del socialismo del siglo XXI. Dicen luchar contra el pensamiento único y las políticas neoliberales de los años 90, que a su juicio agravaron la ya difícil situación del continente.

Pero no se dan cuenta de que, en realidad, lo que se hizo fue engordar todavía más a unas determinadas elites: mismo perro con distinto collar. No se introdujeron de forma real y efectiva las dos patas sobre las que se asienta toda economía liberal –que pueda llevar este nombre-: la propiedad privada y la libertad contractual, con todas las instituciones que ambas requieren.

En absoluto desmontaron los “cinco principios de la opresión” en América Latina, como los llama Álvaro Vargas Llosa: corporativismo, mercantilismo de Estado, privilegio, transferencia de riqueza y ley política.

A pesar de ello, luchan contra el enemigo neoliberal con la fuerza que tienen: la de la coacción del socialismo (del siglo XXI). Esa coacción que en Ecuador, por no hablar de la paradigmática Venezuela, utiliza todos los resortes del poder político para publicitar las bondades de su gestión y, al mismo tiempo, eliminar a los disidentes; que camina hacia el proyecto biosocialista de la desmercantilización de la economía mediante la inflación de leyes e intervencionismo y la deflación de la iniciativa privada.

Kim Jong-il muere, pero otros muchos líderes aspirantes a totalitarios siguen vivitos y fastidiando.