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Republicanismo, ciudadanos y armas

Hay una tradición del pensamiento político que es la que genuinamente se puede llamar republicana. Nace con la recuperación del clasicismo durante el Renacimiento. No parte, por tanto, desde cero. Sus referentes más claros son Aristóteles, Polibio y Cicerón.

Aristóteles no tenía una idea de la división del trabajo como nosotros la conocemos, pero reconocía que las acciones individuales se complementan con otras, y que tiene que ser así para que podamos cumplir la mayoría de nuestros fines. Por otro lado, también reconocía que la mayoría de nuestras acciones tiende al bien. De ese modo, el mantenimiento de la sociedad (él hablaba, lógicamente, de la polis), era un bien. De esta idea, el republicanismo clásico heredó otras dos. Por un lado es más importante el mantenimiento de la sociedad que los intereses del individuo. Por otro, es deber del ciudadano defender la sociedad en la que vive.

Polibio explicaba la historia como una sucesión cíclica de corrupciones de tres sistemas políticos. La monarquía en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en demagogia. Los pensadores republicanos mantuvieron el concepto de corrupción de las instituciones, y se esforzaron por detenerla. Maquiavelo, de quien se dice que es uno de los primeros autores de este republicanismo clásico, describió en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio la ventaja de que hubiera contrapesos en la estructura del poder.

En Inglaterra, donde también se desarrolló el pensamiento republicano, se llegó a la misma idea. Poco antes del estallido de la Guerra Civil, en concreto el 21 de junio de 1642, la Corona rechazaba 19 proposiciones de reforma exigidas por el Parlamento. El texto explicaba que Inglaterra había alcanzado la forma más perfecta de gobierno, porque había combinado la democracia con la Cámara de los Comunes, la aristocracia con la Cámara de los Lores, y la monarquía, con la propia Corona. El texto se llamó más tarde La Constitución del Rey.

Aunque en términos idealizados, describía una república en la que cada poder contaba con fuentes propias e independientes, y operaba en combinación con los demás. James Harrington, uno de los máximos exponentes del republicanismo clásico, le daba una interpretación histórica a este proceso. Antes, Inglaterra había vivido un gobierno gótico, en el que el Rey y los nobles luchaban permanentemente para obtener o mantener el poder. Pero a partir de Enrique VIII los reyes ingleses intentan pactar con el común (básicamente con las ciudades) para compartir el poder y refrenar el poder que tienen los nobles.

En esta concepción, el poder está enraizado con una base social, y es muy importante la salud de esa sociedad. Tanto Harrington como Maquiavelo, en quien se basa, como Aristóteles, fuente de estos dos, reconocen la importancia de que los ciudadanos sean independientes. Un siervo, que depende de otra persona, no puede ejercer la virtud con libertad. De ahí viene, por ejemplo, la idea de una democracia censitaria: el voto no se podía conceder a quien dependiese de un tercero, sino a quien tuviese la propiedad suficiente como para mantenerse por sí mismo. Pero hay más. El concepto aristotélico del ciudadano como un hombre independiente se expresa en la institución de una milicia ciudadana. Esa milicia está compuesta por ciudadanos libres, independientes, pero unidos por la pertenencia a una sociedad de la que dependen. Y dado que sólo los ciudadanos tienen el pleno compromiso con la república, eso hace que la milicia sea superior que cualquier otro tipo de fuerza militar.

Leonardo Bruni, autor de comienzos del siglo XV, describió el gran cambio político que sufrió su querida Florencia. Su república se corrompió porque decayó la posesión de armas en manos de los ciudadanos. El Estado contrató a un grupo de mercenarios, lo que llamaríamos un Ejército profesionalizado y en Inglaterra se llamó standing army. Ese cambio hizo que los ciudadanos fueran menos independientes, y el Estado más poderoso. Y se acabó, así, con el ideal griego de la isonomía, o igual derecho para todos. A partir de ahí el control de la política había pasado de ser del conjunto de la sociedad a ser asunto de unos pocos privilegiados. Como dice el autor J.G.A Pocock, Bruni “piensa en las armas como la última ratio con la que los ciudadanos exponen su vida en defensa del Estado” (…) “Es la posesión de armas lo que hace a un hombre todo un ciudadano”.

Nicolás Maquiavelo explica en profundidad cómo un pueblo armado tiene virtú, mientras que otro que no lo está queda al albur de la fortuna. Un pueblo con armas puede repeler fácilmente al enemigo exterior. Pero también a los interiores: Explica que los príncipes degeneran en tiranos, y que los ciudadanos armados pueden resistir ante el atropello de sus derechos. Donato Gianotti, partiendo de Aristóteles, explicó que “es natural a los hombres defenderse a sí mismos y es natural a ellos buscar el bien común en la ciudadanía. Restituirle en su poder de hacer lo primero contribuye a restituir su poder de hacer esto último (…) Esta es la razón por la que el servicio a la milicia es una forma de transformar a las personas en ciudadanos”.

Ya hemos explicado que Harrington relacionaba la república con la prevalencia de la milicia ciudadana (una institución que estaba ya presente en Inglaterra), en contraste con las sociedades feudales, en las que el Rey tenía que depender de los ejércitos de la nobleza. Estas ideas fueron recogidas por autores que, como John Locke o Argernon Sidney, fueron muy influyentes en los Padres Fundadores de los Estados Unidos. Aunque la tradición inglesa del ciudadano armado es muy antigua, y se remonta como poco a las leyes de Cnut (1020-1023) y continúa reflejándose en autores como William Blackstone, cuyos comentarios eran “la biblia” del pensamiento legal en las colonias.

Los Padres Fundadores fueron muy explícitos al respecto. Patrick Henry, durante los debates en la Convención de Virginia, en 1788, dijo: “El gran objetivo es que todo ciudadano esté armado. Que todo el que pueda, posea un arma”. Thomas Jefferson, un año antes, había escrito: “¿Y qué país puede preservar sus libertades si no se le advierte a sus dirigentes de cuando en cuando que el pueblo mantiene el espíritu de resistencia?”. En la Constitución de Virgina redactada por él, escribió: “A ningún ciudadano se le privará del derecho de utilizar armas con sus propias manos”.

Con estas ideas, la tradición republicana, la tradición de la milicia inglesa, el contexto de un pueblo que se revuelve contra la metrópoli, se redactó la Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que recoge el derecho de los ciudadanos a llevar armas: “Siendo necesaria una milicia bien regulada para la seguridad de un Estado libre, no se infringirá el derecho de la gente de poseer y llevar armas”.

Vivir dentro de nuestras posibilidades

Seguimos a la espera de las noticias que Mariano Rajoy tiene que darnos. Seguimos a la espera de saber qué medidas nos traerán los Reyes Magos para este 2012. Y mientras tanto, con una prima de riesgo más relajada de momento, la población española, la de base, aún se pregunta "qué es lo que ha pasado".

Esta semana publica Truman Factor una estupenda entrevista con el Nobel de economía Vernon Smith. En ella, el economista explica su visión sobre la crisis europea, y acaba con una reflexión:

"La lección a largo plazo podría ser que aquellas viejas virtudes como el trabajo, el ahorro y el vivir dentro de nuestras posibilidades son más valiosas que el oro y los diamantes, y sobre todo dignas de encomio pues nacieron de la experiencia humana".

Una sabia conclusión. Pero, puestos a darle una vuelta de tuerca más, no tan sencilla como podría pensarse a primera vista, la razón es que en la España en que vivimos es difícil saber cuáles son nuestras posibilidades, los límites dentro de los cuales deberíamos vivir.

Seguramente por deformación profesional, creo que lo que sucede en la calle, las decisiones políticas, la forma de vida de la gente descansa en una concepción particular del ser humano y de su relación con su entorno. Y en este país, desde hace demasiado tiempo lo que prima es eso que Ayn Rand, la controvertida y criticadísima filósofa libertaria, llamaba la moral del esclavo de la tribu.

Una cosa es que por naturaleza el ser humano sea social, que necesitemos del grupo para sobrevivir, y otra que acabemos siendo secuestrados moralmente por el pensamiento colectivista. Claro que llevamos impresa en nuestra naturaleza la tendencia al intercambio, la reciprocidad: de hecho, ha sido una de las llaves de nuestra supervivencia. Claro que hemos aprendido a defender al débil y ayudar al que no tiene sin que nadie nos obligue. Pero en lo que hemos acabado es en dejarnos imponer una moral que premia al que no se esfuerza, al que no ahorra, al que no vive dentro de sus posibilidades.

Y no solamente eso. Nuestros gobiernos se han comportado siguiendo ese mismo criterio. Así que gobernados y gobernantes se han dedicado a gastar lo que no tienen y a vivir por encima de sus posibilidades. Pero ¿cómo se sabe cuáles son tus posibilidades más allá de lo que dicta el equilibrio presupuestario?

La clave está en la competencia. Ese concepto que Adam Smith consideraba como sana rivalidad, y no necesariamente como codazo en los riñones del adversario. El ser medido en un entorno competitivo con tus pares te lleva a darte cuenta cuál es tu nivel respecto a los demás. Y a partir de ahí, puedes mejorar, corregir, cambiar tu estrategia… perfeccionarte. Pero ¿qué sucede cuando no hay competencia? Pues sucede lo que estamos viviendo. La competencia se ha demonizado, resulta que es cruel porque pone a cada cual en su sitio, porque deja en la estacada al que no está al nivel requerido. Y en realidad, solamente la competencia nos da información relevante de qué quieren los que demandan y qué tienen que ofrecer los oferentes. Y sobre todo, nos dice cuál es el precio que hay que pagar. No solamente en el mercado de bienes, o de factores, o de dinero… en la vida cotidiana. Si tú no sabes el esfuerzo que debes aplicar para conseguir tus metas, si no sabes si ese objetivo está realmente a tu alcance o debes reconsiderar tus planes, si crees que todo es gratis y fácil, y alguien "mágico" va a venir a dártelo con el dinero de otros, entonces estás perdido, y la sociedad en la que vives también lo está.

Y ese ha sido nuestro "modus vivendi" durante muchos años.

Pero ahí no acaba el drama. Hay dos aspectos muy preocupantes que no hay que olvidar.

El primero es que ese es el ejemplo que hemos dejado en herencia a las generaciones más jóvenes, justo a aquellos ciudadanos que van a tener que pagar nuestros desmanes.

El segundo es que la cosa no parece haber cambiado. Cuando se habla de recortes hay mucha gente dispuesta a tirarse a la calle para protestar porque no pueden seguir viviendo de los demás. Y enarbolan la bandera de los más desfavorecidos para defender subvenciones a la "cultura" o a lo que sea.

Ha llegado el momento de meditar seriamente las palabras de Vernon Smith y de recuperar el sano espíritu de rivalidad que infunde la competencia.

UFM: excelencia, coraje y libertad

Los setenta fueron una década nefasta para la causa de la libertad. La derrota incondicional en Vietnam, los escombros del mayo parisino, el triunfo de la revolución cubana, la proliferación de guerrillas en la América hispana y de bandas terroristas en Europa, el afianzamiento y expansión del sistema soviético, que esclavizaba a cerca de la mitad de la población mundial, llevaron a que las sociedades abiertas fuesen abjurando de sus convicciones. El socialismo era algo inevitable. Más tarde o más temprano la humanidad toda terminaría rindiéndose a sus encantos. No era una casualidad. Las universidades europeas, marxistizadas hasta el tuétano, llevaban medio siglo disparando a discreción contra el edificio judeo-cristiano y liberal que guardaba las esencias de Occidente. Un edificio ya corroído por la carcoma y abandonado por la desidia de quienes decían custodiarlo.

En ese momento, cuando todo parecía perdido, sucedió lo impensable en el más insospechado lugar del globo. En 1971, un grupo de siete soñadores capitaneado por el ingeniero guatemalteco Manuel Ayau Cordón, se armaron de coraje y fundaron una universidad en su pequeña y aperreada patria. Pretendían crear un centro de centro académico muy especial, un oasis donde, aparte de formarse convenientemente, los estudiantes lo hiciesen con criterio. Con un espíritu emprendedor fuera de lo común, este español de ultramar y sus socios levantaron en mitad de un bosque tropical un templo del saber consagrado a la excelencia educativa y la difusión, en sus propias palabras, “de los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables”.

Propósito ambicioso que iba preñado de un proyecto inédito, no ya en los países de habla hispana, sino en el mundo entero. Para que quedase clara su voluntad de romper con lo que existía, bautizaron a la nueva universidad con el nombre de Francisco Marroquín, un religioso montañés que llegó hasta Guatemala en el siglo XVI junto a los hombres de Alvarado. Marroquín fue el primer obispo de Guatemala y el primero de lo que entonces se conocía como “Tierra Firme”, es decir, el continente americano en todo su esplendor.

Con esa carta de presentación –el nombre de un obispo políticamente incorrecto y la libertad individual por bandera– echó a andar la Universidad Francisco Marroquín hace ya cuarenta años. En todo este tiempo, que es mucho a escala humana pero poco si lo comparamos, por ejemplo, con la intelectualmente anodina Universidad de Salamanca (fundada en 1218 por Alfonso X), la Marroquín se ha convertido en un referente mundial. Que era eso, y no otra cosa, lo que sus padres fundadores pretendían el día que anunciaron su intención de abrir una universidad en medio de un páramo a medio conquistar por la guerrilla castrista.

Algo ha tenido que ver en ello la figura del propio Ayau, fallecido recientemente. Un hombre de una pieza, de hormigón armado, inasequible al desaliento, un idealista de los pies a la cabeza, pero de ese tipo de idealistas que le hacen bien a la humanidad y no de la variedad jacobina tan del gusto de la izquierda mundial. Estaba convencido de que el mundo lo gobiernan las ideas y que, ante la “avalancha socializante abrumadora” como la que padecemos aún hoy, el progreso pacífico y la libertad de las personas sucumbiría irremediablemente. Su visión era la de evitar que las “víctimas bien intencionadas” de esa avalancha se deslizasen por el lado oscuro que no conduce más que a la servidumbre, la miseria y el colapso necesario de la civilización. Por eso una universidad y no un periódico o un canal de televisión.

El tiempo, que es juez inapelable, ha terminado dándole la razón y, sobre todo, premiando un tesón a prueba de huracanes. Hoy la Francisco Marroquín es un modelo en el que se miran otras muchas universidades de los dos hemisferios. Cuenta con diez facultades: Arquitectura, Ciencias Económicas, Ciencias Sociales, Derecho, Educación, Estudios Políticos, Medicina, Nutrición, Odontología y Psicología, a las que hay que sumarle una prestigiosa Escuela de Negocios, un Seminario de Filosofía y una Escuela de Verano dirigida a estudiantes de habla inglesa. Pero lo que la hace única no son los estudios que se imparten, sino el modo en que se esto se hace y la asignaturas transversales que todas las carreras incorporan.

En la Marroquín todos los alumnos, sin importar la carrera que hayan cursado, se llevan un buen bagaje de buenas ideas. Aprenden, por ejemplo, por qué hay sociedades que prosperan y otras se empobrecen moral y económicamente. A esta formación extraordinaria la denominan “pensum” y consiste en varios cursos en los que se estudia Economía, Filosofía e Historia… todo con mayúsculas, naturalmente. De este modo, cuando un alumno se licencia y abandona la facultad, dispone de un abanico de conocimientos muy amplio que no se limita a la materia propia de su carrera y que le ayuda, además de a desenvolverse en su profesión, a entender el mundo que le rodea.

Uno de los principios rectores de la Marroquín es que allí no se enseña, allí se aprende. El aprendizaje es un proceso de descubrimiento individual y voluntario, en definitiva, es imposible enseñar a la fuerza. Eso ha de interiorizarlo el alumno y actuar en consecuencia si es que quiere seguir aprendiendo. La enseñanza tradicional abunda en exactamente lo contrario. El profesor dicta y los alumnos escuchan… o no, lo que deviene fácilmente en adoctrinamiento, y éste en prejuicios, los mismos que abarrotan las cabezas de los jóvenes egresados de las universidades de todo el mundo. Y cuando decimos prejuicios todos sabemos bien de qué tipo de prejuicios estamos hablando. 

Pero no sólo se exige al estudiante. El profesor de la Marroquín tiene que ganarse su puesto constantemente. La universidad no contrata indefinidamente a los docentes, a los directores de departamento se les exige cuadrar el presupuesto y todo el que llega al claustro lo hace por méritos contrastados en sus respectivos campos, no por enchufes, cabildeos u oposiciones. No existe nada parecido al profesor-funcionario que lastima a las universidades estatales malbaratando sus objetivos fundacionales. Los profesores tienen, asimismo, que atenerse al espíritu y la metodología de la universidad donde imparten clase. El primero se condensa en sus principios inaugurales, la segunda sigue un camino relativamente novedoso, pero que está arrojando resultados excepcionales.

En la Marroquín impera lo que denominan el “método socrático”. Las clases son una conversación entre el profesor y los alumnos. Esto consigue dos efectos muy beneficiosos: por un lado incentiva el trabajo, por otro, desincentiva la vaguería. Así de simple. El estudiante tiene que llegar leído al aula, y el profesor no las tiene todas consigo porque el alumno no vegeta adocenado y en silencio al fondo del aula, sino que dispone de voz. Se genera de este modo un círculo virtuoso cuyo único fin es el aprendizaje. Como con casi todo en esta sorprendente universidad, detrás de este método hay un hombre, su actual rector, Giancarlo Ibárgüen Segovia, que hace ya casi diez años decidió que había que progresar regresando “a la forma milenaria de educarse”, que no es otra que el diálogo socrático. La innovación de Ibárgüen, digno heredero de Ayau, es recuperar una “tecnología” de interacción humana de hace dos mil quinientos años, que sigue funcionando a las mil maravillas.

El diálogo socrático hunde sus raíces en la Grecia antigua, el nombre de la universidad en la América colonial y los principios que la rigen en la mejor tradición liberal europea. Un cóctel semejante no podía dar más que buenos resultados. La Marroquín es una universidad privada sí, que es lo que debe de ser cualquier institución que aspire a la independencia política y a la excelencia académica. Estudiar allí no es barato, pero cualquiera con talento y dispuesto a esforzarse puede hacerlo. La universidad, es decir, los estudiantes que sí pueden pagar, corren con los gastos del que no dispone de medios económicos gracias a un ambicioso programa de becas. Es, en suma, una verdadera universidad pública, que no estatal, en la que los ricos pagan la enseñanza a los pobres, y no como sucede en Europa, donde los pobres pagan, vía impuestos, la universidad a los hijos de la clase media. Justicia genuina que nos llega de Guatemala, de nuestra Guatemala, quien lo iba a decir. 

Consumimos mucho y consumimos mal

En plena crisis económica, los ingenieros sociales no pierden oportunidad de hacernos un poco mejores. Mejores, claro está, según sus criterios. Parece que, en todo el proceso productivo que va desde que el producto sale de la tierra y llega al consumidor, se pierde mucha comida, muchísima comida, tanta que los caros funcionarios que llevan a buen término los lentos procesos burocráticos de la Unión Europea, entre ágape y ágape, se han dado cuenta.

La Comisión de Agricultura ha aprobado un informe que exige medidas urgentes para reducir a la mitad los residuos de alimentos en 2025. Según las conclusiones del mismo, en los hogares y los supermercados de la Unión Europea se pierde o desperdicia el 50% de los alimentos. Vamos, que si no he entendido mal, consumimos mucho y consumimos mal. Suerte que están aquí estos señores comisarios para informarnos de nuestros desmanes, estos señores que en casi todos los países de la Unión se han dedicado a gastar lo que no tenían y han disparado tanto la deuda soberana que ni los mercados más arriesgados quieren financiarles sus excesos a un precio aceptable. Pero aquí están dando lecciones de moralidad.

Parece que no se han dado cuenta, o si lo han hecho, desde luego no lo han considerado, de que si yo o cualquier persona tira la mitad de lo que compra para comer, como mucho se está haciendo daño a sí misma, pues podría invertir ese dinero en algo más productivo. Sin embargo, ni esta afirmación es necesariamente verdad, ni las consecuencias de nuestros actos son necesariamente buenas o malas. Si yo gasto más de lo necesario en comida o cualquier otra cosa, estoy alimentando indirectamente una cadena que mantiene innumerables empresas y puestos de trabajo. Lo mismo se puede decir de empresas como los supermercados, se dañarían a sí mismas, pues no creo que les haga mucha gracia que la mitad de lo que compran no puedan venderlo, ya que repercute en sus cuentas y en su propia supervivencia.

Más absurdas parecen aún las medidas propuestas, pero es que los burócratas sólo piensan como burócratas o, como dijo un político estadounidense: "la única cosa que nos salva de la burocracia es su incompetencia". Vamos, que son absurdas pero responden a su lógica intervencionista. Parece que la solución mágica que han ideado, aunque con un ligero punto de autocrítica, es que el etiquetado y el envasado son deficientes. Y eso, pese a cumplir la estricta reglamentación europea sobre etiquetado. Pero la solución no está en dar más libertad en este sentido y que las empresas busquen soluciones a este problema, si es que, claro está, nos encontramos ante un problema. No, la solución ha sido reforzar sus políticas que, todo sea dicho, son las que han llevado a la situación actual. Por lo visto, las nuevas etiquetas tendrían que llevar, además de la fecha de caducidad o de "consumir preferentemente antes de", otra fecha, la de "vender antes de", y como debemos de ser tontos por definición, el informe aclara además que los estados deberían asegurarse de que entendemos qué diferencias hay entre unas fechas y otras. Además, debería ampliarse la gama de envasados para favorecer estas políticas tan inteligentes.

De nuevo, los burócratas viven en su Babia particular. El problema de la excesiva y cambiante reglamentación, que no sólo hay que pensar en la europea, sino en las nacionales y regionales, encarece el proceso productivo y, por tanto, los precios de los productos. Además, hace que las empresas destinen buena parte de sus capitales e inversiones a satisfacer las necesidades de los burócratas y no las de sus clientes, que se ven así doblemente perjudicados.

Como no podía ser de otra manera, toda política social tiene que tener su justificación moral. En la UE, hay ni más ni menos que 79 millones de ciudadanos que viven por debajo del umbral de la pobreza y, de ellos, 16 millones de personas dependen de las instituciones de beneficencia para alimentarse, por lo que estas medidas estarían encaminadas también a que se mejore el acceso a los alimentos para estos necesitados ciudadanos. Entramos en una trampa malvada del intervencionismo socialista: que las consecuencias de nuestros excesos conllevan las carencias de otros, que la economía es un juego de suma cero. ¡¿Cómo no vamos a ocuparnos de los pobres?! Pero yo me pregunto: el hecho de que yo desperdicie la comida o una empresa se equivoque al calcular lo que puede vender, ¿llegaría al pobre que vive de la beneficencia? ¿Acaso mi dinero no quedaría en mi cartera para satisfacer otro menester, o lo que no venda la empresa no quedaría como exceso de oferta en el campo o en el almacén del intermediario? ¿No hay otra manera de solucionar su problema o aliviar su sufrimiento que el que proponen los burócratas? En definitiva, consumimos mucho, consumimos mal y somos unos insolidarios. Menos mal que estos funcionarios derrochadores nos guían por el camino correcto.

Los bancos centrales alimentan la crisis con caos

No hay peor información que la de los medios de comunicación masivos. Acciones así ya las han estado realizando las autoridades monetarias sin resultado alguno para los "hogares y empresas". Los bancos comerciales simplemente se dedican a devolver los fondos al Banco Central en forma de depósitos sin que lleguen al mercado doméstico.

La acción del miércoles ni siquiera tuvo nada de coordinada. Fue una iniciativa de la Reserva Federal (FED). El órgano de Bernanke ha puesto el turbo a su imprenta, y el resto de bancos centrales se dedicarán a colocar estos billetes virtuales en los bancos europeos ahogados por la deuda soberana de Europa.

¿Y por qué ahora?

Porque era ahora o nunca. La renta variable estaba alcanzando un deterioro total. Los bonos soberanos de algunos países europeos estaban en fase terminal, lo que arrastraba también a las bolsas de Estados Unidos. A un nivel más global, el diferencial del Euribor-OIS (diferencia entre la financiación a corto entre bancos fuera del canal oficial) se había disparado desde niveles de marzo de 2009. Este indicador nos informa un poco de las tensiones de liquidez, o "necesidad" de dinero de la banca. En otras palabras, se estaba gestando una debacle bíblica en los mercados a muy corto plazo. Y éstos lo estaban anunciando a gritos. La acción política solo ha empeorado el ambiente.

¿Qué fuerzas del mercado se han desatado?

Liquidez en el mercado es sinónimo de beneficios. Lo que ha hecho la FED, y de forma pasiva el resto de bancos centrales, es dirigir la economía financiera. Ha actuado de dictador de la producción. Todo el dinero "ocioso" ha visto una oportunidad de "multiplicarse" con lo que ha entrado apresuradamente en renta variable, en las divisas y materias primas. A la vez se ha retirado de la renta fija, lo que ha hundido los diferenciales soberanos de los PIIGS. Alemania ya está dando rendimientos negativos en la deuda a seis y doce meses (Suiza también está dando rentabilidades negativas en sus bonos a dos años desde hace un mes).

…Y, aparte de esto, ¿la cosa mejorará?

Esta medida, por sí misma, solo sirve para alimentar a los especuladores y aliviar temporalmente a los bancos comerciales. La FED hizo una medida similar en setiembre de 2008, y solo empeoró la situación. Puede verlo aquí: La acción de Bancos Centrales coordinados ya no funcionó en su momento. La última acción coordinada, en setiembre de este año, tampoco ha servido de nada.

El inmovilismo de la UE solo sorprende en el mismo grado al silencio de Rajoy tras ganar las elecciones. Fíjense que no han hecho nada. Los PIIGS tienen un problemón con el pago de la deuda. El famoso fondo europeo de rescate (FEEF) no cubre. Aunque cubriese, da igual. No puede rescatar a Italia y España. Estos dos países son insalvables por magnitud. Tampoco está claro que el FMI quiera rescatarlos. Aunque los mercados lo olían desde hace un año, este martes China ha confirmado que puede estar en el abismo económico y financiero rebajando el coeficiente de caja en medio punto. Los datos de China asustan. Se habla de grandes bancos que han forzado la intervención de la FED porque están sin un céntimo en sus arcas. Y otro dato que pulula, de momento sin demasiada importancia. El estúpido enfrentamiento entre Irán e Israel. De producirse un conflicto serio, el precio del petróleo puede dispararse, lo que no va a ayudar a nadie.

En el futuro inmediato, todo depende de lo que hagan las élites. La intromisión de los bancos centrales es cosmética, no arregla nada por sí mismo. Están comprando tiempo. Muchos frentes abiertos con malas perspectivas y los políticos, como siempre, incapaces de hacer nada bien.

Expresado de otra forma

El ciudadano, los especuladores, deudores, rentistas, asalariados, gobiernos… están en la UCI. El médico (banqueros centrales) no sabe cómo curarnos porque ni siquiera está en su mano hacerlo, así que nos da un placebo (QE, más imprenta, más rescates, más acciones ‘coordinadas’ de los bancos centrales…) y pese a que estamos con una fiebre alta, pone el termómetro en la nevera un par de minutos para afirmar que estamos muy bien de temperatura. La alegría del enfermo le durará solo hasta el próximo achaque. Déjeme terminar con la mejor explicación de dinero que he leído jamás, de la mano de Toni Mascaró:

El dinero sólo tiene valor cuando la riqueza ya existe. Su razón es precisamente la de representar riqueza que ya ha sido producida o se está produciendo pero que todavía no se ha consumido, es decir, bienes y servicios que podemos intercambiar por otros.

Políticos, banqueros centrales y jurasico-progres economistas que ganan millones al año como Krugman entienden el proceso al revés. Y es que más dinero, no es más riqueza, es más inflación, es más crédito y es más deuda. Si tenemos una crisis de deuda y dinero barato, la solución será erradicarla, no fomentarla.

La aversión (del político) a las reglas

Tanto a los políticos paternalistas (conservadores) como a los igualitaristas (socialistas) de todos los partidos no les gustan las reglas. Les saben a poco. Su "alta" misión es la de dirigir y ayudar a sus gobernados, de los que generalmente no tienen muy buen concepto, bien porque les consideran ignorantes e incapaces de valerse por sí mismos o socorrerse mutuamente, o bien porque les tienen por unos perfectos explotadores de sus congéneres y unos depredadores insaciables del entorno a los que hay que atar en corto.

Las reglas son normas abstractas, aplicables a todos por igual y vacías de contenido que no predeterminan el resultado de la acción humana pero permiten la pacífica convivencia de los individuos que conforman un cuerpo social. Unos ejemplos arquetípicos de reglas serían las de tráfico o las de cualquier juego de mesa o deporte. Con ellas se sabe de antemano el modo predecible del comportamiento de los participantes pero es imposible saber a ciencia cierta el trayecto o el desenlace final de todos y cada uno de los movimientos, ni conocer de antemano quién será el ganador de una competición basada en reglas objetivas. Lo decidirá la pericia, el conocimiento y la suerte de los participantes-actuantes.

Al político pescador de votos le parecen este tipo de reglas del todo insuficientes. Son tan frías y tan poco "comprometidas" que no podría vender su mercancía y sería considerado un zoon politikon deslucido sin posibilidad casi ninguna de obtener representación. Si un individuo aspirante a gobernar aceptase impasible el resultado de unas reglas neutras sería tanto como firmar su destierro de la arena pública. El político está para cambiar la realidad. Por ello debe forzarla con normas, mandatos y sanciones para moldearla a su gusto (que en democracia será el que la mayoría de los votantes consienta).

Por desgracia, se tiende a producir legislación en abundancia y a desdeñar las reglas de conducta generales y claras para todos. La moderna producción de normas capitaneada por los activos Ejecutivos actuales (que llevan al Parlamento del ronzal y al que le presentan su agenda de elaboración de leyes) se caracteriza por ser excesiva y finalista, además de cambiar a velocidad de vértigo. Se legisla absolutamente todo y a todas horas ("legislación motorizada", diría Carl Schmitt). Se crea lo que Hayek denominaba legislación masiva (regulaciones y mandatos) en contraposición a la Ley (reglas institucionalizadas). La estela zapateril quedará en los manuales como ejemplo de volatilidad regulatoria, tal y como atinadamente enumeraba hace poco Ángel Martín en Libertad Digital (no están ni mucho menos recogidas todas y cada una de las iniciativas o arranques de las dos floridas legislaturas de ZP).

Desde la 2ª Guerra Mundial los poderes públicos se han ido haciendo progresivamente garantes de los derechos sociales (siempre crecientes) a favor de sus ciudadanos, han ido buscando la nivelación económica, la seguridad y la estabilidad en el empleo, el establecimiento de estabilizadores automáticos, el mantener la demanda agregada, etc. Poco a poco la actividad del Estado ha ido encargándose también de la asistencia sanitaria, la educación, la regulación del trabajo, el salario mínimo, el subsidio por desempleo, la jubilación, el fomento de ciertas industrias… para luego extender su radio de acción sobre la cultura, las políticas activas de empleo, la vivienda digna, la protección al medio ambiente, la dependencia de los ancianos, la igualdad de trato, etc. A todo ello hay que darle un sustrato jurídico, una dotación presupuestaria y un desarrollo reglamentario que dañará, a la postre, las reglas de convivencia, pues para conseguir aquellos fines colectivos se acabará yendo inexorablemente contra la libertad y hacienda de los más productivos.

Ante la avalancha de mandatos, normas finalistas y sus bandazos regulatorios, el ciudadano permanece paralizado ante la eventualidad de incurrir en cualquier infracción, el empresario a la espera de autorizaciones administrativas y dedicando sus escasos recursos a satisfacer los deseos del legislador, en vez de innovar y trabajar para las preferencias del cliente y, por último, el inversor quedará espantado. Los costes de este régimen de incertidumbre para el interés general son incalculables.

El derecho no debería nunca adecuarse a la política, es la política la que ha de ser adecuada al derecho. Esto no deja de ser hoy un desiderátum, la realidad es justo la contraria. El mantenimiento del extenso y complejo entramado de relaciones que implican las modernas sociedades abiertas pende de un hilo –cual espada de Damocles- con cada iniciativa que se le ocurra al gobernante de turno y la consiga introducir en el ordenamiento jurídico.

El legislador actual impone compulsivamente objetivos comunes a todos. Esto es impracticable en un orden extenso a no ser que se pretenda minarlo antes o después. La cuestión de fondo es saber cómo podemos vivir juntos en una sociedad repleta de personas que se mueven por distintas opiniones, creencias, intereses y fines muy diversos. Para ello, hay que sustituir el anhelo afectivo de lo "social" por el estricto respeto a las meras reglas de procedimiento y por un constante empeño por mejorar la definición de los derechos de propiedad y sus garantías, es decir, por el marco jurídico de una sociedad fértil y libre. Las insistentes pretensiones de justicia social que cada dirigente imponga o mantenga, a pesar de las buenas intenciones, pueden malograr a largo plazo la sociedad abierta.

Hay muchas formas de vivir, pero son pocas las formas de vivir pacífica y prósperamente. Frente a la crisis actual del sobreendeudado Estado moderno, una de las formas verdaderamente claves de organizarse la sociedad es conforme al equilibrio presupuestario y a los principios del Estado de Derecho clásico. La socialdemocracia actual y su Estado de bienestar, su inflación, su protección de grupos organizados y su indisciplina presupuestaria no podrán sobrevivir sin una permanente regulación. Una sociedad libre, por el contrario, no podrá nunca hacerlo sin la Ley. El mercado libre y la Ley nacen (y mueren) juntos.

El Gobierno se la juega a un torpe PP

El futuro Gobierno de Rajoy se quitaba de en medio la "patata caliente" de tener que ser el encargado de sacar adelante tan impopular norma. O eso creían. Al final la realidad resultó muy diferente y a ZP y los suyos la jugada les salió redonda.

Además de por una incapacidad evidente para gobernar de forma correcta, el Ejecutivo de Zapatero se ha caracterizado durante estas dos legislaturas por su habilidad para tomar el pelo al que ha sido estos años el principal partido de la oposición. Y está dando muestra de ello hasta el último momento. Antes del Consejo de Ministros, Soraya Sáenz de Santamaría reconocía que el PP había apoyado que el Gobierno en funciones aprobara el reglamento en cuestión. Como era previsible, en las redes sociales muchos aprovecharon para pasar el foco de la indignación del PSOE al partido de Rajoy. El ardid socialista había sido un éxito.

El PP había caído una vez más en una trampa hábilmente tendida por el PSOE para dejarle en mal lugar. Y buena parte de la responsabilidad de ello recae en la propia víctima, no sólo en el tramposo. En la calle Génova deberían haber tenido en cuenta que este tipo de jugadas caracterizadas por la total falta de sinceridad y lealtad institucional forman parte de la manera de actuar del socialismo español. Ha sido así a lo largo de estas dos últimas legislaturas, y no tenía por qué cambiar durante los últimos días de un moribundo Gobierno en funciones.

Rajoy y los suyos deberían haber tenido en cuenta algo que resulta evidente y que ya comentamos en este espacio digital una semana antes de que el PP cayera en la trampa. A un PSOE que está pasando su peor momento en décadas no le conviene aprobar el reglamento de la Ley Sinde cuando ya gobierna en funciones. Le resulta mucho más práctico dejar este asunto en manos del próximo Ejecutivo. Como el Partido Popular apoyó la norma en el Congreso, va a tener difícil hacer frente (si es que tiene voluntad de ello) a las presiones de los sectores interesados en que el reglamento vea la luz.

La responsabilidad en los mercados

La referencia a "los mercados" ha conseguido desplazar incluso al "neoliberalismo", el cual, hasta hace muy poco, era la coletilla intervencionista más utilizada. Al menos goza de más significado que el anodino "los mercados", ya que con "neoliberalismo" se hace alusión a cierta tendencia de pensamiento que recurre vagamente a postulados típicos de la defensa del libre mercado, con el único objetivo de dar una apariencia de eficacia al intervencionismo.

Atribuyendo responsabilidades directas y personales a "los mercados", se reifica hasta convertirlo en un nuevo chivo expiatorio con el que ocultar los desmanes del Estado. Lo cierto es que los mercados no son entes dotados de una personalidad figurada. Los mercados son ámbitos de interacción donde los agentes interaccionan persiguiendo fines particulares a través de acuerdos voluntarios de intercambio, nacidos de la concurrencia de sus valoraciones subjetivas. En el mercado se interactúa, se convive, se produce y se consume, se ofrece y se demanda, se crea, se destruye, se gana y se pierde. No hay responsabilidad atribuible a "los mercados", dado que todas las decisiones proceden de algún agente que sí posee personalidad (sea ésta física o jurídica).

El mercado es un proceso, u orden de reglas y acciones espontáneo e institucional. El Estado, frente al mercado, es un agente que posee una característica que lo convierte en excepcional. El Estado tiene el monopolio del uso de la violencia. Sus decisiones, normas e intereses, de cara al resto de agentes, poseen la prerrogativa del imperio.

El Estado actúa en el mercado, en la mayoría de las ocasiones, tratando de suplantarlo. Mientras que el mercado es un resultado dinámico del proceso de interacción y cooperación voluntaria entre agentes en competencia gracias a reglas institucionalizadas como el Derecho, la moral o el dinero, el Estado dispone sus relaciones con el resto de agentes anulando las anteriores precondiciones, y rehaciendo las reglas en función de sus objetivos y necesidades.

El Estado se ha visto en la obligación de mantener relativamente poco intervenidos determinados ámbitos del mercado para centrarse en la que ha sido su motivo fundamental: dotarse de una función social. Al principio, esta función del Estado ante la sociedad era la de garantizar el orden público y la seguridad, personal y jurídica. En la última época de su desarrollo, el Estado se ha convertido en el gran benefactor redistributivo dentro del esquema moral del Bienestar.

Lo cierto es que "los mercados" no compiten activamente con el Estado en conseguir resultados perfectamente identificables. Es el Estado quien interviene o participa en el mercado. Lo hace dominando, y algunas veces interaccionando con otros agentes, con la clara intención de alcanzar concretos objetivos. El Estado, que sí actúa en su propio nombre mediante una personalidad virtual, adopta decisiones que tienen relevancia política y económica. No todo sucede en el mercado, pero aun en los casos que así sea, es una incorrección atribuirle al mercado responsabilidad alguna sobre los efectos que tiene determinada intervención estatal.

Los resultados que obtiene cada interviniente dependen de su acierto y su suerte. Manipular los "resultados generales" es la meta de quien pretende centralizar las decisiones, y planificar y prever todas las consecuencias de las mismas. Esto es sencillamente imposible, pero aun con todo, por el mero hecho de pretender ciertos objetivos, los Estados deben asumir la responsabilidad que sea consecuencia de sus acciones puestas en práctica contra el mercado, o dentro de él, en forma de agresión contra el resto de partícipes.

Lo que está sucediendo con la deuda pública, y los altos tipos de interés a los que algunos Estados se ven obligados a colocar sus títulos, es un buen ejemplo de lo que aquí se está explicando. El sistema monetario es un claro intento estatista por dominar un ámbito del mercado a través de la brutal intervención que supone el dinero fiduciario, la concesión de la reserva fraccionaria únicamente para los depósitos bancarios, y la constitución de un prestador de última instancia que es el Banco Central. ¿Qué sucede entonces cuando un Estado tiene necesidades financieras y no se atreve a cubrirlas totalmente a través de la monetización de la deuda por miedo a la inflación?

Los Estados se ven forzados a acudir al mercado para atraer el ahorro que otros agentes ofrecen a cambio de una promesa de pago futuro. Si el Estado no es muy de fiar, no tiene expectativas de crecimiento o su estabilidad financiera está en entredicho, parece razonable que el tipo de interés al que le presten esos capitalistas/ahorradores sea relativamente alto.

Que a cierto Estado le cueste mucho colocar su deuda frente a otros agentes, incluidos los Estados que venden sus títulos más fácilmente, es culpa de ese Estado y de nadie más. No son "los mercados", sino el propio Estado quien en su necesidad de financiación se enfrenta con los agentes que ofrecen dinero presente a cambio del pago futuro de la deuda. Sin ellos estaría perdido, si siguiera siendo su voluntad la de incurrir en déficit a toda costa.

¿Qué sucedería si se le pidiera al Banco Central que acudiese al rescate de un Estado, comprando de forma masiva tantos títulos de deuda como pueda éste emitir? Sencillamente, que a través de una decisión de esta naturaleza el Banco Central estaría acudiendo al mercado con la única pretensión de impedir que el resto de agentes particulares logren la máxima rentabilidad posible, que sí se alcanzaría en ausencia de dicha intervención.

Cuando un agente privado actúa en el mercado de manera competitiva, mediando acuerdos voluntarios y asumiendo total responsabilidad por sus errores, tenderá a formarse espontáneamente y con el tiempo un orden institucional de acciones. Sin embargo, cuando la intervención la realice el Estado, directamente o a través del Banco Central, se generarán gravísimas consecuencias no queridas ni esperadas, que a su vez tenderán a paralizar e incluso destruir el ámbito del mercado que se vea más afectado.

Mártires y locos. La visión desde el Poder

Hasta la llegada de los romanos a Judea, los judíos vivían tranquilamente en su tierra, con su dios, su moneda y sus costumbres. En el año 66 a.C., tras la conquista romana, se desató la primera guerra entre las dos culturas. La primera tribu que empezó los ataques contra el Imperio fueron los zelotes, a los que se sumaron otros grupos como los sicarii. Estos últimos, según el historiador Josefo, empezaron los ataques contra los romanos por dos razones básicas: los nuevos tributos y la imposición de los dioses romanos.

Los sicarii pasaron a la historia por sus ‘atrocidades’ según los romanos. Fueron los primeros hombres que empezaron a realizar atentados suicidas contra sus enemigos ante la superioridad de estos. Eleazar ben Ya’ir, el líder judío del grupo, será siempre recordado por resistir al ejército romano en Masada. Ante el asedio y la imposibilidad de aguantar, los judíos de Masada se suicidaron. Todos. Prefirieron entregar su vida a Dios que aceptar el estilo de vida de los romanos y su robo fiscal.

Muchas personas consideran a Eleazar ben Ya’ir un héroe por lo que hizo. Su suicidio colectivo fue un acto romántico hacia la libertad de culto, fiscal y de vida. Sin embargo, no medimos siempre la historia de la misma forma. Algo similar ocurrió en el rancho de Monte Carmelo, Waco, Texas.

Todos recordamos a los davidianos y la tragedia que se produjo. La prensa, expertos, políticos y federales tildaron a David Koresh, el líder de los davidianos, de loco. (Grupo ideológico que no inventó Koresh, sino que ya tiene más de 70 años). La prensa dijo que sometía a sus seguidores, que practicaba violaciones y que tenían "demasiadas armas". Incluso hicieron una película. El asedio federal corrió por cuenta de la ATF, la policía anti-armas (tabaco y alcohol) de EEUU. Tiene gracia que el Gobierno acuse a alguien de tener demasiadas armas, ¿no?

La verdad es que los supervivientes de Waco no hablan de ningún tipo de abuso, ni de que se fabricasen armas en el rancho. David Koresh se consideraba americano y tejano. En Texas hay más de 24 millones de personas armadas. ¿Por qué iba a ser Koresh diferente? El ataque a Waco por parte de los federales fue una de las mayores vergüenzas del Gobierno de EEUU. No tenían pruebas de nada y se lanzaron a sitiar el rancho de Monte Carlo con clásica prepotencia estatal. Al igual que hicieron los sicarii en Masada, los davidianos no quisieron abandonar su estilo de vida religioso ni sucumbir ante el invasor, por lo que se suicidaron repeliendo previamente el ataque de los federales.

La realidad es que al Gobierno de EEUU no le gustaba que alguien hiciera su propia vida. Como tampoco les gustaba a los políticos romanos ni a ningún Gobierno actual. ¿Qué derecho tiene cualquier Estado para atacar a personas con sus propios estilos de vida buscando falsas acusaciones y calumnias para aniquilarlos? La principal razón que motivó el ataque al rancho fueron las armas, y la opinión popular apoyó la intrusión por el fundamentalismo religioso de los davidianos. Bueno, ¿y qué fueron los padres fundadores de los EEUU, sino fanáticos religiosos armados hasta los dientes, y otras grandes figuras de la historia como El Cid Campeador o Jaume I el Conqueridor?

Que una persona, o grupo, nos parezca desquiciado no significa que tenga que ser arrestado, encarcelado ni hemos de destruir su estilo de vida. La ideología que más asesinatos ha cometido en la historia es el comunismo, pero eso no significa que los actuales ciudadanos comunistas tengan que estar arrestados, sus grupos disueltos y símbolos prohibidos.

Tal vez a Koresh le faltaba un tornillo. Realmente no lo sabemos, pero no estaba menos loco que la política exterior de Obama destinada a asesinar a miles de personas, imponer la política del miedo en todo el mundo y el fundamentalismo occidental ahí donde no pueden cuajar.

Este texto no es una defensa de los antiguos judíos ni de los davidianos y menos aún de los suicidas. Los medios de comunicación convencionales, políticos y expertos solo nos dan una visión de un hecho que llega hasta el absurdo de afirmar que la agresión es buena si la comete el Poder. En una ocasión le preguntaron a Koresh si su grupo dispararía en el caso de que entrase alguien en su propiedad, a lo que respondió: "Alguien viene aquí con armas y comienza a disparar contra nosotros, ¿qué harías tú?". ¿Cree que eso es una locura? ¿Y usted en su casa haría lo mismo? Una agresión no deja de serlo porque el atacante lleve un mono del Gobierno o diga que lo hace por nuestro bien. Simplemente es una agresión, por más que los periodistas afirmen que usted fue un loco por tener la temeridad de defenderse y no sucumbir ante alguien que quiere acabar con su estilo de vida e ideas.

Financiación de campañas electorales, un sistema perverso

¿Sirven para algo las campañas electorales? Parece ser que, en el caso de las últimas elecciones generales españolas, no han valido para nada. En opinión de analistas como José Ignacio Wert, los resultados finales de los comicios hubieran sido los mismos en el caso de haberse celebrado sin campaña o, incluso, de haberse ido a las urnas cinco meses antes de lo que se hizo. Dicho de otro modo, al menos en noviembre de 2011 los españoles nos podríamos haber ahorrado tener que ver las caras y lemas de los candidatos en los carteles que inundaban las calles de las ciudades. Esta propaganda no ha servido para que varíe el resultado. Y lo mismo puede decirse de todo el tiempo que los partidos han acaparado en la televisión y otros medios de comunicación.

Pero, con independencia de que sirvan o no para algo, las campañas tienen un efecto del que no se suele hablar: son uno de los innumerables gastos de los partidos políticos que tenemos que financiar los ciudadanos. Y, como en otros casos, pagamos de manera forzosamente generosa a los receptores del dinero. Las subvenciones que reciben las formaciones que se han presentado a los comicios (se pagan a posteriori, si bien se hace un adelanto a aquellos partidos que tienen representación parlamentaria en la legislatura que termina) son las siguientes: 21.167,64 euros por cada escaño obtenido, 0,79 euros por cada voto obtenido para el Congreso de los Diputados (siempre que se consiga, al menos, un escaño), 0,32 euros por cada voto logrado por cada senador electo y 0,21 euros por cada elector en concepto de mailing (siempre que se logre formar Grupo Parlamentario).

Sólo en lo referido al Congreso de los Diputados, y sin tener en cuenta el mailing, esto significa que las subvenciones(calculadas con los datos oficiales de los comicios) que van a recibir los partidos por la campaña de las elecciones del 20 de noviembre son las siguientes:

PP: Por 186 diputados: 3.937.181,04 euros; por votos: 8.556.247,47 euros. Total por el Congreso: 12.493.428,51 euros.

PSOE: Por 110 diputados: 2.328.440,40 euros; por votos: 5.509.365,2 euros. Total por el Congreso: 7.837.805,6 euros.

CiU: Por 16 diputados: 338.682,24 euros; por votos: 801.267,77 euros. Total por el Congreso: 1.139.950,01 euros.

IU-Los Verdes: Por 11 diputados: 232.844,04 euros; por votos: 1.327.839,90 euros. Total por el Congreso: 1.560.683,94 euros.

Amaiur: Por 7 diputados: 148.173,48 euros; por votos: 263.566,12 euros. Total por el Congreso: 411.739,6 euros.

UPyD: Por 5 diputados: 105.838,20 euros; por votos: 900.791,18 euros. Total por el Congreso: 1.006.629,38 euros.

PNV: Por 5 diputados: 105.838,20 euros; por votos: 105.838,2 euros. Total por el Congreso: 361.416,63 euros.

ERC: Por 3 diputados: 63.502,92 euros; por votos: 202.550,47 euros. Total por el Congreso: 266.053,39 euros euros.

BNG: Por 2 diputados: 42.335,28 euros; por votos: 144.790,41 euros. Total por el Congreso: 187.125,69 euros euros.

CC: Por 2 diputados: 42.335,28 euros; por votos: 113.404,50 euros. Total por el Congreso: 155.739,78 euros euros.

Compromis: Por un diputado: 21.167,64 euros; por votos: 98.868,50 euros. Total por el Congreso: 120.036,14 euros.

Foro: Por un diputado: 21.167,64 euros; por votos: 78.346,67 euros. Total por el Congreso: 99.514,31 euros.

G-Bai: Por un diputado: 21.167,64 euros; por votos 42.490 euros. Total por el Congreso: 63.657,64 euros.

Las sumas de las anteriores cantidades dan como resultado 7.408.674 euros por 350 diputados y 18.295.106,60 euros por los votos obtenidos por aquellos partidos que han logrado representación parlamentaria. Así, teniendo en cuenta tan sólo las cifras generadas por el Congreso de los Diputados, a las formaciones políticas les corresponden subvenciones por un total de 25.703.781 euros. Es, sin duda, una cifra nada desdeñable en una época en la que resulta más evidente que nunca la necesidad de mantener una absoluta austeridad presupuestaria.

Las campañas deberían pagarlas los propios partidos con los fondos conseguidos de forma exclusiva entre sus afiliados y simpatizantes. En la actualidad, todos los españoles nos vemos obligados a financiar la carrera electoral de todos los partidos que vayan a logren representación parlamentaria, con independencia de a cuál votemos o de que seamos abstencionistas. Además, el sistema vigente supone dar una importante ventaja inicial tanto a las formaciones políticas ya presentes en el Parlamento como a aquellas con posibilidades reales de conseguir escaños.

Respecto de las primeras, el Estado les puede adelantar parte de la subvención (el resto se entrega después de los comicios), en concreto el 30% de lo que conseguiría en el caso de repetir los resultados de las elecciones del mismo tipo inmediatamente anteriores. En cuanto a los segundos, tienen una ventaja de partida para pedir un préstamos bancario para financiar la campaña, puesto que las entidades financieras tan sólo se lo concederán a aquellos partidos que vayan a poder pagarlo, que además serán los que tengan influencia en la siguiente legislatura.

El sistema de financiación de las campañas electorales es, por tanto, perverso por partida triple. En primer lugar, por obligar a todos los ciudadanos a financiar la propaganda de muchos partidos a los que puede incluso detestar (lo que le ocurre, y con motivo sobrado, a gran parte de los españoles con Amaiur). En segundo, por favorecer de partida a unos partidos respecto a otros. Y, en tercero, por favorecer un intercambio de créditos pre-electorales fáciles de cobrar a cambio de favores políticos posteriores.