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El dinero interno bancario

Un banco puede producir dinero interno: billetes de banco y depósitos a la vista que sus clientes y otros agentes pueden utilizar como medios de pago en vez del dinero en sentido estricto (dinero externo, bien mercancía de aceptación generalizada como las monedas de oro y plata).

El dinero en sentido estricto es un activo financiero que no es pasivo de nadie más. Los complementos o sustitutos monetarios, billetes y depósitos, son pasivos emitidos por el banco, promesas de pago o deuda a la vista que dan derecho a su tenedor para reclamar el cobro de dinero mercancía en sus sucursales en cualquier momento. Un billete es un documento al portador que puede ser intercambiado o negociado sin notificarlo al banco, mientras que un depósito es un apunte contable (en la cuenta de un cliente concreto) gestionado por el propio banco, y cuya modificación o transferencia requiere algún tipo de comunicación al banco (cheque, aviso de domiciliación de recibos, solicitud de transferencia, tarjeta de débito).

Los billetes y depósitos no tienen valor en sí mismos sino que dependen de sus referentes (el dinero externo y los activos líquidos que los respaldan) y son medios fiduciarios porque se basan en la confianza de los usuarios y la reputación de los emisores: la aceptación de una promesa de pago como medio de intercambio (monetización de deuda) depende de la confianza que tenga el receptor en que esa promesa podrá ser cobrada en dinero sin pérdida o transferida a otro agente que a su vez la acepte como medio de pago por su valor nominal (sin descuento). Puede haber algún descuento por desconfianza o por costes de transacción para convertir el billete en dinero (distancia a una oficina bancaria, cada banco tiene un ámbito geográfico limitado).

El que un cliente opere con un banco demuestra que confía en él: los pagos y cobros entre clientes de un mismo banco se producen mediante entrega de billetes de ese banco o mediante transferencias contables internas. Los intercambios entre clientes de bancos distintos pueden llevarse a cabo de forma semejante si ambos bancos son fiables y se sabe que cada uno acepta las promesas de pago del otro. Estos bancos pueden utilizar cámaras de compensación para gestionar la cancelación de deudas compensables y saldar las cuentas mediante transferencias de dinero externo.

La aceptación o rechazo de promesas de pago de un banco se realiza en dos niveles: por los agentes individuales que las usan o no, y por otros bancos que llegan o no a acuerdos comerciales de mutua aceptación de sus pasivos a la vista. Estos dos niveles están conectados: a un banco no le interesa llegar a acuerdos con otro de mala reputación entre sus clientes (reales o potenciales), y los agentes individuales no aceptarán promesas de pago de otros bancos si su propio banco no les garantiza su cobro. Los billetes y depósitos de bancos menos fiables o peor asociados con otros bancos establecidos tienen más dificultades para circular a la par. Las asociaciones entre bancos establecidos pueden utilizarse para restringir la competencia y dificultar la aparición de nuevos bancos.

La confianza no es un fenómeno psicológico caprichoso o arbitrario, sino que suele estar basada en fundamentos reales. Un banco prudente y con buena reputación tiene un balance ajustado con activos que se corresponden en plazo y riesgo con sus pasivos. Para poder atender a sus obligaciones de pago de sus billetes y depósitos a la vista (pasivos de plazo cero o mínimo) un banco necesita disponer de reservas monetarias (dinero externo) y activos líquidos (seguros, a corto plazo, de valor estable, con buenas garantías o colateral y negociables con facilidad y rapidez). La distribución concreta de reservas y activos es una decisión empresarial que depende del conocimiento profesional del negocio y sus circunstancias concretas.

El sistema bancario puede estar parcialmente jerarquizado y centralizado: además de aceptarse o no sus respectivas promesas de pago, los bancos pueden tener diversas relaciones entre sí, por ejemplo prestándose dinero unos a otros; un banco puede utilizar como activo el pasivo de otro banco (billetes o depósitos); no todos los bancos emiten sus propios billetes, y los bancos locales más pequeños pueden operar con los billetes de otros bancos más grandes y globales; algunos bancos pueden especializarse en prestar a otros bancos o custodiar sus reservas de liquidez (son bancos de bancos, unos bancos tienen cuentas abiertas en otros bancos).

Destruyendo los mercados bursátiles (y II)

En el artículo del mes pasado se explicaba el importante papel que desempeñan los mercados bursátiles en una economía compleja. Se puede resumir en que permiten canalizar los ahorros hacia aquellas actividades que demanda más la sociedad, esto es, que más necesita. Y ello es así porque dotan de liquidez a unos activos, los activos industriales de la estructura productiva y aumentan así su atractivo para todos los inversores.

Decíamos, pues, que el papel fundamental de las Bolsas es el de discriminar sectores y empresas alineados con las preferencias presentes y futuras de la gente, de aquellas que no lo están. En caso de que no sean capaces de cumplirlo de forma satisfactoria, se pone en riesgo la afluencia de los recursos a los sitios donde son más valorados. En suma, nuestra sociedad necesita que las Bolsas funcionen y lo hagan bien.

La cuestión es que desde el comienzo de la crisis, las Bolsas parecen haber perdido esta capacidad de discriminar. Todos los sectores y empresas suben y bajan simultáneamente ante los acontecimientos que se suceden. Son rarísimas las excepciones, y muy limitadas en el tiempo. Y, sin embargo, si se reflexiona sobre ello, lo normal sería que las expectativas sobre cada sector y empresa fueran distintas, y no similares. Lo normal es que en cada sesión bursátil unas empresas bajaran y otras subieran, no que todas se movieran en el mismo sentido.

Por ser más preciso, en un mercado libre, sí es posible imaginar acontecimientos que podrían afectar en el mismo sentido a todos los valores y sectores cotizados. Por ejemplo, el terremoto de Japón posiblemente redujera el valor de todas las empresas japonesas. Pero son claramente acontecimientos excepcionales.

En cambio, si el mercado está intervenido mediante un monopolio legal de emisión fiduciaria, las probabilidades de que el emisor no se discipline y se genere un ciclo económico según la teoría económica austriaca son muy elevadas. Si se produce, entonces sí tiene sentido una subida o una reducción generalizada del precio de las acciones, en las respectivas fases expansivas y recesivas del ciclo. En la expansión de la burbuja, la gente piensa que todos los sectores económicos tienen un gran futuro; cuando explota, la gente no discrimina tampoco, y como hay "crisis" a todas las empresas les va a ir mal.

Así pues, se puede atribuir una variación generalizada de los valores bursátiles a lo que eufemísticamente se llama "política monetaria". Lo que pasa, por tanto, es que en la fase expansiva la inyección de nuevo dinero es en parte dirigida a las Bolsas (¿qué mejor sitio para que el primer receptor del dinero invierta?) y por eso suben todos los títulos; en la fase recesiva, y al cesar el flujo de dinero, se tiene que corregir el precio excesivo para ajustarlo al valor que tenían los títulos, y que no varió como consecuencia de la inyección de dinero.

Pues bien, los sobresaltos bursátiles a los que empezamos a acostumbrarnos parecen tener también relación con este tipo de actuaciones gubernamentales. ¿Cómo puede ser que un día los inversores lo vean todo color de rosa, y al día siguiente todo terriblemente oscuro? No tiene demasiado sentido.

Alguien argumentaría diciendo que lo ven todo rosa cuando los gobiernos anuncian nuevas medidas para salir de la crisis; pero al poco tiempo se dan cuenta de que esas medidas no van a funcionar, y vuelve a caer la Bolsa. Francamente, no creo que ningún analista financiero serio piense de verdad a estas alturas de la película que esas medidas, como creaciones de fondos diversos, ampliaciones de líneas de crédito o bajadas del tipo de interés, son la solución a los problemas económicos, aunque sea por unas horas.

Creo que la realidad es mucho más prosaica: los vaivenes violentos de las Bolsas se deben simplemente a las inyecciones monetarias que los gobiernos anuncian un día sí y otro también. Y eso es todo. Solo hay que ver las Bolsas el día que se espera una decisión gubernamental: los índices parecen muertos, inciertos hacia dónde dirigirse. Hasta que se anuncian las nuevas medidas, momento en que el patrón es muy sencillo: si se va a dar más dinero público a los bancos o los Estados, las Bolsas suben, y si no, bajan. Y así sigue: mientras algún banco central mete dinero al sistema, sigue la subida; en cuanto cesa la inyección, trastazo al canto.

Por ello, ahora mismo, las Bolsas han dejado de cumplir su importante misión social. Los inversores (sean quienes sean) no están pendientes de si un sector o una empresa tiene futuro. Lo único que les preocupa es en qué momento se inyectará más dinero al sistema. Lo que antes era un "ruido" en el comportamiento de cada valor (la intervención del gobierno), ahora parece corromper completamente la señal, hasta el punto que los desempeños concretos de cada empresa no afectan al valor bursátil. En otras palabras, da igual lo que haga la empresa, su valor bursátil está más afectado por lo que los economistas típicos llaman variables macroeconómicas.

En estas condiciones, ¿dónde están los incentivos para que las empresas cotizadas mejoren su desempeño? La Bolsa no va a recoger sus iniciativas. O, si lo hacen, quedarán completamente ocultas tras los efectos de la última decisión de Angela Merkel, Obama, o Draghi.

Y, si miramos desde la perspectiva de los inversores, ¿merece la pena hacer el esfuerzo que exige discriminar entre empresas? Si la situación de crisis prosigue en el tiempo y las variaciones en Bolsa se deben a los bandazos imprevisibles de los gobiernos, ¿tendrá sentido aplicar el "value investing"? Más aún, si los valores de los títulos dependen solo de dichas voluntades políticas, como digo imprevisibles, ¿qué inversor se atreverá a invertir en Bolsa a menos que tenga información privilegiada sobre lo que va a hacer el político?

En resumen, se trata de otra pincelada más, oscura también, al panorama económico que nos deja esta recesión. Sus consecuencias, imprevisibles, pero seguro que nefastas para los individuos.

El rapto de los europeos

El merecido batacazo electoral sufrido por los socialistas españoles en las pasadas elecciones generales, que ha catapultado al Partido Popular y, especialmente, a su líder Mariano Rajoy, al gobierno de España, no puede hacer perder la vista de las cuestiones fundamentales que se dirimen en este momento.

Aunque por su trayectoria no parece que sus protagonistas estén muy convencidos sobre su bondad, el gobierno en ciernes debería emprender medidas liberalizadoras radicales de la economía y drásticas reducciones del gasto público de todas las administraciones públicas por un mero instinto de supervivencia y con la vista puesta en garantizar a los españoles unas condiciones mínimas de bienestar general a medio plazo. De otra manera, los inversores que le prestan su dinero exigirán unos intereses acordes con la percepción del riesgo de impago por parte de un estado asentado en una sociedad donde menos de la mitad de la población sostiene los ingresos que el Estado distribuye entre la otra parte más numerosa compuesta por funcionarios, pensionistas y parados. A estos efectos no cabe argüir que la deuda pública es relativamente baja comparada con la de otros estados europeos. Un veinte por ciento de paro no encuentra parangón en ninguno de ellos, por mucho que compartan la esclerosis de sus sistemas intervencionistas del malestar y necesiten también reformas profundas. La imposibilidad de un rescate exterior ante una eventual suspensión de pagos, dado el ingente volumen acumulado de deuda pública y bancaria, o la "invitación" al Banco de España a abandonar el sistema europeo de bancos centrales culminado en la cúspide por el Banco Central Europeo, con la aparente consecuencia de abandonar el uso del euro, deja un margen nulo a políticos maniobreros que se niegan a aceptar las consecuencias de la realidad. Aunque en esas circunstancias el gobierno renunciara al monopolio monetario y permitiera el uso de la divisa europea como moneda de curso legal para paliar los efectos catastróficos de una redenominación de créditos y deudas en una nueva peseta previsiblemente depreciada, la desconfianza hacia un estado y, lamentablemente, el país sobre el que se asienta, suspendería la afluencia de capital por mucho tiempo, cuando no la abierta huida.

Urge, pues, que el Estado elimine los déficit de las administraciones públicas ajustando sus gastos a los ingresos tributarios que obtienen en este momento y, más aún, reduciendo la carga impositiva que soportan ahorradores, empresarios y trabajadores con el fin de estimular nuevos proyectos empresariales que generarán riqueza y empleos. El debate debería plantearse respecto al orden a establecer en la eliminación de compromisos presupuestarios y en la búsqueda de ingresos para el estado mediante una inteligente enajenación de parte de su patrimonio. Particularmente, creo que resultaría ejemplar para una sociedad llamada a hacer sacrificios comenzar por prohibir todas las subvenciones públicas a empresas, asociaciones, partidos, sindicatos y particulares, así como el cierre y liquidación de las empresas públicas que no encuentren un comprador en subastas abiertas. A continuación, al mismo tiempo que se eliminan regulaciones administrativas en todos los mercados, deberían ordenarse los recortes de gasto que se derivarían de la laminación de la dimensión y las competencias de todas las administraciones, al mismo tiempo que se eliminan duplicidades entre ellas.

Aprovechando la dramática coyuntura, sectores influyentes del gobierno alemán actual quieren corregir la prodigalidad de los estados del malestar europeos con más recetas intervencionistas y centralizadoras, a tenor de lo que se vislumbra en su plan para reformar los tratados de la Unión Europea. Se prevé la creación de un nuevo comisario para controlar incumplimientos del pacto de estabilidad, la articulación de nuevos recursos ante el Tribunal de Justicia de la UE contra los estados que incumplan los compromisos del pacto, la intervención de la Comisión en las fases de aprobación y ejecución de los presupuestos nacionales para lograr los resultados apetecidos e, incluso, el establecimiento de un fondo monetario propio que ejerza las funciones del Fondo Monetario Internacional en el ámbito europeo. Hasta apuntan a la creación de una agencia de calificación europea "independiente". Muchos ven en estos movimientos la plasmación ordenancista del deseo, muy extendido entre la casta política alemana y francesa, de forzar una integración política decidida bajo la batuta de estos países, la cual, de esta manera, sigue el argumento, disciplinaría a los países europeos tradicionalmente menos serios en la administración de los asuntos públicos.

Se recordará que tras el fracaso de la llamada Constitución europea, los gobiernos europeos y la comisión tramaron el denominado Tratado de Lisboa para sacar adelante prácticamente el mismo contenido que no pudo ratificarse al ser rechazado por franceses y holandeses en sendos referendos nacionales. Con ocasión del referéndum celebrado en España en febrero de 2005 para ratificar el texto original, muchos liberales nos mostramos contrarios a su aprobación ya que suponía una vuelta de tuerca en la centralización y ampliación de competencias de un superestado europeo. Lejos de simplificar y eliminar las políticas despilfarradoras emprendidas desde su fundación, como la desgraciada política agraria común (PAC) el Tratado de funcionamiento de la Unión Europea, como se denomina en la jerga comunitaria, añadió nuevas regulaciones dirigidas a una integración de los estados miembros en una Unión que supervisaría todas sus políticas, asumiendo de forma inmediata o potencial nuevas competencias. Antes de que estallara con toda virulencia la crisis financiera y monetaria mundial, más aguda en los países como España donde se estimuló la burbuja inmobiliaria, los países europeos ya habían cedido gran parte de su soberanía al centro y, lo que es peor, consagrado el intento de conjugar ideas contradictorias sobre los objetivos del gobierno. Se dice que se persigue el equilibrio presupuestario y no se cesa de ampliar los ámbitos de la acción de algún gobierno, abonando precisamente el terreno para lo que se dice querer atajar. Así, de forma harto similar a este respecto a la absurda enumeración y distribución de competencias de la constitución española de 1978, con las enmiendas destructivas introducidas por el estatuto catalán de 2006, el nuevo tratado amplió y profundizó los asuntos que los gobiernos deben atender a una escala u otra. La enumeración que se ofrece resulta clarificadora de esas intenciones. Así se habla de regular el mercado interior, el espacio de libertad, la seguridad y la justicia, la agricultura y la pesca, el transporte y las redes transeuropeas, la energía, la política social, la cohesión económica, social y territorial; el medio ambiente, la protección de los consumidores, la salud pública, la política exterior y la seguridad común, la exploración espacial, las políticas industriales, la educación, la formación profesional, la juventud, el deporte, la cultura y la protección civil.

El volumen de esos asuntos resulta tan vasto que los políticos estatistas europeos pensaron en prescindir aún más de la regla de la unanimidad entre los contratantes que rige la reforma de los tratados internacionales, de modo que para futuras modificaciones, siempre abiertas en ese proceso centralizador, bastaría con que sus instituciones (Parlamento, Consejo y comisión) llegaran a acuerdos puntuales. Luego se ponían muy trascendentes y hablaban del déficit democrático que padecían las instituciones europeas por la distancia entre el ciudadano y las instituciones. Invirtiendo el orden de las cosas, se distrae a los medios de comunicación con la filfa de que el Parlamento directamente elegido por los europeos debe asumir más competencias sobre sus vidas para profundizar en esa democracia.

La casta política española, al mismo tiempo que destruía la posibilidad de establecer un sistema federal coherente en el interior, aventada por los nacionalismos locales, se entusiasmó con la ampliación no menos quimérica de las competencias de la Unión. Políticos tibiamente liberales, que al menos tienen ideas articuladas, como el eurodiputado Aleix Vidal-Quadras, defienden la creación de ese superestado europeo como medio de conjurar la centrifugación de España en pequeños estados que lucharían permanentemente entre sí. Desde luego que el daño que causan las ideologías colectivistas como el nacionalismo o el socialismo no pueden subestimarse. Pero discrepo totalmente de esa idea de que pueda anularse su molesta influencia mediante el método de aumentar los poderes de la Unión Europea.

De nuevo, la receta que podemos ofrecer los liberales en estos momentos críticos debe ser la reducción drástica del poder estatal, cualquiera que sea su tamaño. Los europeos se encuentran raptados por esa quimérica idea forjada en la posguerra del estado del bienestar, que resultaría de combinar dosis precisas de libertad y libre mercado con la intervención y el socialismo. Un sistema cuya descomposición puede ser muy larga y dolorosa si no se encuentran alternativas. Cuanto antes se convenzan mayoritariamente de la conveniencia de desmantelar todo ese complejo entramado, antes aparecerán dirigentes capaces de proceder a esa tarea.

El relato más crítico de la Gran Recesión

Recientemente, tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de un peso pesado de –lo que podríamos llamar- la izquierda económica, Antón Costas, catedrático de política económica por la Universidad de Barcelona.

La primera impresión que uno saca al escuchar visiones tan diferentes, como ya he señalado en ocasiones anteriores, es que parece que vivimos en mundos distintos. De otra manera, cuesta entender que una única realidad se entienda de formas tan contrapuestas, no solo en la búsqueda de soluciones sino también del diagnóstico. Pero lo cierto es que nos enfrentamos al mismo panorama ahí fuera, solo que lo hacemos con esquemas teóricos y, quizás, elementos preanalíticos (¿sesgos ideológicos?) diferentes.

El núcleo de la conferencia de Costas consistió en explicar por qué la crisis actual se está prolongando tanto, y a qué se debe la posible recaída de las economías desarrolladas. Lo achacó a cuatro puntos:

  1. La propia naturaleza de la crisis –el estallido de una burbuja crediticia y de sobreendeudamiento- hace que la recuperación tenga que ser, inevitablemente, un proceso lento, a medida que los agentes económicos reducen su deuda.
  2. La difícil gobernanza europea y su discutible gestión de la situación.
  3. La existencia de grandes desequilibrios comerciales a nivel global.
  4. La aplicación de medidas de austeridad presupuestaria, que para Costas es el punto más intrigante de todos.

Fue en este último punto en el que más se detuvo, al señalarlo como un error tremendo de los gobiernos. Para apoyar su crítica a las políticas de austeridad, Costas utilizó el aparato macroeconómico Keynesiano más sencillo, revestido de una sencilla analogía para que los legos pudieran entenderlo. En 2008 el motor principal del avión (el consumo e inversión privada) dejó de funcionar, por lo que la solución sensata era mantener el avión en vuelo con el combustible que todavía quedaba: el del gasto público y la política monetaria expansiva.

Nada se dijo para intentar explicar la aparente paradoja que existe en el diagnóstico de la naturaleza de la crisis –sobreendeudamiento- con sus soluciones –más deuda, en este caso pública-. Tampoco mencionó el necesario ajuste real microeconómico de la estructura productiva –el traspaso de recursos productivos desde sectores hipertrofiados a sectores que deben expandirse-. En cambio, parece que los problemas se limitan a una repentina caída de la demanda agregada, sin explicar muy bien a qué se debe ésta.

Como no podía ser de otra manera, Costas sacó a la palestra dos ideas tan extendidas como discutibles. Por un lado, que la Gran Depresión fue agravada por las políticas liberales y de austeridad del presidente republicano Herbert Hoover. Esta tesis ha sido criticada recientemente por el profesor Steve Horwitz, quien le califica como el Padre del New Deal por sentar las bases de las políticas intervencionistas de Franklin D. Roosevelt.

Por otro lado, repitió el mantra de la desregulación financiera posterior a la Revolución Conservadora de Reagan y Thatcher de los 80; momento a partir del cual, se dice, los mercados financieros comenzaron a funcionar libres y a sus anchas. Para Costas, el mercado financiero cumple un papel importante en las economías modernas, pero actúa como un "genio loco" que hay que controlar con estrictas regulaciones, como se hizo en las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Esta idea también ha sido contestada por críticos, quienes señalan el fuerte intervencionismo que existe en el sistema bancario y financiero, principalmente a través de los siguientes puntos: la figura clave de los bancos centrales que tienen un papel crucial en la creación de las burbujas financieras; el entrelazamiento de los mercados financieros con el hipotecario e inmobiliario, con gigantes garantizados por el gobierno como Fannie Mae y Freddie Mac en EEUU, o las politizadas cajas de ahorro en España; la expectativa de rescate por parte del Tesoro o la Fed de algunas firmas con tamaño sistémico, que había sido alimentada por las actuaciones de décadas pasadas y que fomentó la imprudencia y excesiva toma de riesgos; o la existencia de regulaciones como los acuerdos de Basilea que, según algunos analistas, ha generado incentivos perversos sobre los agentes financieros.

Más allá de los argumentos que utilizó, Costas se apoyó también en una cierta dosis de deshonestidad intelectual al más puro estilo Krugman, cuando éste habla de los economistas conservadores. El catedrático de Barcelona, hablando del enfoque de "austeridad compulsiva" que vienen proponiendo y llevando a cabo los gobiernos en la última fase de la crisis, advirtió que la pura ideología –neoliberal, se entiende- está dominando sobre el análisis económico. "No he visto ningún análisis económico serio que defienda la austeridad", afirmó.

Quizás con lo de serio se refiera a que se ajuste a sus propias ideas, porque estudios de este tipo haberlos haylos. Sin tener que hacer una búsqueda nada exhaustiva, uno encuentra el trabajo del economista de Harvard Alberto Alesina, en el que, tras un análisis de más de 200 ajustes fiscales en 21 países, concluye que la disciplina en el gasto y los recortes de impuestos son la mejor manera para fomentar el crecimiento económico. Pero más allá de trabajos académicos, basta con ver el caso de los países bálticos para constatar cómo la "austeridad compulsiva" que aplicaron –éstos sí la aplicaron, a diferencia de nosotros- no les sumió en una espiral contractiva hacia la miseria, sino hacia el necesario ajuste real y financiero que les ha posibilitado crecer ahora a tasas envidiables.

Llama la atención que Antón Costas fuera presentado como el autor de uno de los relatos sobre la Gran Recesión más "críticos". ¿Críticos con qué? ¿Acaso son menos críticos los relatos de economistas austriacos sobre la cuestión?

Burdas imitaciones

Recuerdo una anécdota que me contó hace unos años un conocido americano, ex alumno de la Universidad de Brown. Una tarde, paseando por el Madrid de los Austrias, se encontró a un tipo vistiendo una sudadera de los Brown Bears, su equipo de football. Ni corto ni perezoso, Wayman, que así se llamaba el yankee, al ver el nombre de su "Alma Máter", fue a saludar amistosamente al portador de la prenda, pensando que era un compañero de universidad y que siempre es agradable contactar con compatriotas, en este caso incluso del mismo "college", cuando estás en el extranjero.

La cara de extrañeza que puso el portador de la prenda cuando un negro de casi dos metros se dirigió hacia él gritando "Go Bears!!" fue inenarrable…

Efectivamente, el supuesto seguidor de los Osos de la Ivy League era un españolito que se había comprado una sudadera de imitación en la planta joven de unos grandes almacenes y no tenía ni idea de lo que llevaba… Simplemente sonaba americano e imitaba la estética "college", pero no había la más mínima conexión entre lo que "decía" la prenda y su portador.

La verdad es que es un fenómeno muy común en nuestro país. Camisetas y sudaderas con absurdas inscripciones en ingles tipo "Colllege Best Football Original", "World Baseball League", "Lakers Baseball Team" o "Special Quarterback Baseball 1976", son parte integrante del vestuario de muchos que, orgullosamente, lucen unos colores, unos logos y unos motivos que copian, con mayor o menor fortuna, la estética colegial americana, pero que carecen absolutamente de la autenticidad de las prendas originales, no representan a nada, no hay nada detrás… son simplemente burdas imitaciones… Burdas imitaciones que dan el pego, y lucimos orgullosamente.

El problema está cuando las burdas imitaciones no se limitan a un tema tan inocuo como el look de cada uno… Así, aquí también tenemos elecciones, senado, congreso, tribunal supremo, libertad de prensa… incluso, en algunos partidos hay "primarias", y en las campañas electorales hay "debates electorales". ¡Tenemos de todo! ¡Como en América!

Pero lo que hay detrás de esos nombres que, sí, suenan a democracia, es lo mismo que hay detrás de una sudadera con la leyenda "American Baseball Best" con un balón de fútbol americano como logo… No hay nada, no representan a nadie, es pura imagen sin sustancia.

Tenemos elecciones, pero no hay listas abiertas. Tenemos sobre el papel separación de poderes, pero un mínimo análisis descarta su supuesta independencia, con senadores y diputados representando, no a sus electores, sino a la cúpula de sus respectivos partidos y las mayorías parlamentarias dedicadas a encubrir al gobierno en vez de a controlarlo… Con un Tribunal Supremo que tiene de supremo lo mismo que de independiente…

¿Libertad de prensa? Bastante cortita con el Estado dominando las TV públicas, concediendo permisos y licencias, repartiendo financiación a los que se portan bien…

¿Primarias? Bueno, una muestra de primarias a la española la acabamos de tener con la proclamación de Rubalcaba como candidato…, por no hablar de las inexistentes primarias del PP.

Y si lo de la tele entre ambos presidenciables fue un debate… pues, en fin, lo dicho, burdas imitaciones.

Por eso, volviendo al tema del merchandising con huecas frases sin sentido, pero, eso sí, en inglés y que molen, ¿qué os parecerían unas sudaderas con el lema "Spain Authentic Democracy Best of the World Established 1977"? Ridícula, ¿no?

Pues, desgraciadamente, mucha gente sigue estando dispuesta a comprarlas (sobre todo si se la subvencionan…) y lucirla orgullosamente, y, por supuesto, los políticos, a venderlas…

La teoría cuantitativa del dinero antes de Azpilcueta

Este mes de noviembre he asistido a un interesante Simposio del Programa sobre Pensamiento Clásico Español, de la Universidad de Navarra, titulado Bases antropológicas de las doctrinas económicas en el siglo XVI. Seguramente les vuelva a escribir sobre este Seminario, en el que participé junto a los profesores Zorroza y Martínez-Echevarría, de la UNAV; Vismara (Milán); Afanasyev (Moscú) y Rodríguez-Penelas, de la Católica Argentina. Además, durante el encuentro tuvo lugar la presentación oficial del Repertorio de moral económica de la Escuela de Salamanca, publicado por el Dr. José Barrientos (del que ya redacté un Comentario en esta columna).

Hoy quiero solamente explicarles las investigaciones del doctor Anton Afanasyev, investigador científico de la Academia de Ciencias Rusa, y por cierto miembro del Consejo Científico de la revista Procesos de Mercado. En un español pausado y muy correcto nos habló de fray Rodrigo de Porto, religioso franciscano de la primera mitad del siglo XVI, posible autor de un Manual de Confesores publicado anónimamente en 1549 y en el que se esboza una pionera versión de la teoría cuantitativa.

Poco se sabe de su vida, aparte de esta pertenencia a la "Seráfica Provincia de Piedad", y que ya habría fallecido en el año de 1567, cuando fue impreso (también anónimamente) el primer Compendio del Manual de confesores en portugués. En su introducción, el autor refiere haber copiado muchas ideas del texto de 1549, señalando que ya no vivía quien lo escribió. Lo que corrobora también Martín de Azpilcueta en su tercera edición del Manual de confesores y penitentes (1556), refiriéndose a un "padre muy reverendo y gran señor y amigo nuestro Francisco" que habría escrito "un Manual pequeño antes que compusiésemos este grande; y que por algunos justos respetos quiso que se imprimiese sin su nombre". Sabemos que Azpilcueta estuvo en la universidad de Coimbra entre 1538 y 1555, donde trabajó además calificando libros para el Cardenal Infante don Henrique, Inquisidor Mayor de Portugal.

Tenemos, pues, dos datos novedosos: una explicación seminal de la cuantitativa; y una relación de conocimiento entre su autor y nuestro Doctor Navarro, Azpilcueta. En cuanto a lo primero, la encontramos entre las anotaciones sobre el precio justo de los bienes, que se deben fijar atendiendo a su abundancia o escasez y al "dinheyro com que se ha de comprar". Se trata de una consideración muy breve y apenas desarrollada, pero a juicio de Afanasyev es un anticipo de las conclusiones más completas de Azpilcueta, quien sin embargo no las explicitaría hasta 1552.

Efectivamente, ya en 1542 el doctor Navarro había escrito que el precio justo viene determinado "por la abundancia o falta de mercadería y principalmente de los compradores"; lo que completa en la segunda edición de su Manual de confesores y penitentes (1552) incluyendo el dinero como uno de los factores que determinan el precio justo. Esta idea la termina de desarrollar en el apéndice a la tercera edición de su Manual de 1556, con el nombre de Comentario resolutorio de cambios (que es el texto que le hizo famoso). Aquí encontramos la célebre cita sobre:

… lo que hace subir o bajar el dinero, que es de haber gran falta y necesidad o copia de él, vale más donde o cuando hay gran falta de él que donde hay abundancia… Lo segundo, y muy fuerte, que todas las mercaderías encarecen por la mucha necesidad que hay y poca cantidad de ellas; y el dinero, cuando es cosa vendible, trocable o conmutable por otro contrato, es mercadería; por lo susodicho, luego también él se encarecerá con la mucha necesidad y poca cantidad de él. Lo tercero, que (siendo lo al igual) en las tierras do hay gran falta de dinero, todas las otras cosas vendibles y aún las manos y trabajos de los hombres se dan por menos dineros que do hay abundancia de él… La causa de lo cual es que el dinero vale más donde y cuando hay falta de él, que donde y cuando hay abundancia.

¿Dónde pudo encontrar la inspiración fray Rodrigo para escribir estas intuiciones? No lo sabemos. Pero no resulta extraño que una persona cercana a la Universidad de Coimbra conociera esas primeras doctrinas económicas que ya en 1534 comenzó a explicar Francisco de Vitoria en Salamanca. Allí enseñaba siguiendo la Suma Teológica de Tomás de Aquino; y las cuestiones sobre cambios, precios y dinero se analizaban en un capítulo sobre la justicia. Por eso, su discípulo Domingo de Soto redactó el famoso tratado De iustitia et iure en 1553, que tuvo más de veinticinco reimpresiones antes de 1600. En todos estos casos se debatía un problema candente: el impacto del comercio con América sobre los precios; lo que Azpilcueta resumirá genialmente en el mismo texto que antes cité: "por la experiencia se ve que en Francia, do hay menos dinero que en España, valen mucho menos el pan, vino, paños, manos y trabajos de los hombres; y aún en España, el tiempo que había menos dinero, por mucho menos se daban las cosas vendibles, las manos y trabajos de los hombres que después, que las Indias descubiertas la cubrieron de oro y plata".

En cualquier caso, debemos destacar la lealtad de Azpilcueta a su amigo franciscano, reconociendo la supuesta autoría de una obra que luego él mismo completaría mejor teóricamente. Además, como siempre mantuvo la doctora Grice-Hutchinson, se confirmaría el origen ibérico de la teoría cuantitativa del dinero, anterior a la formulación de Bodino en 1568.

Lo realmente difícil y decisivo comienza ahora

Esa fundamental tarea corresponde a los empresarios, a los ahorradores y a los trabajadores tanto nacionales como extranjeros; son ellos quienes han de sanear su situación patrimonial, rehacer sus planes de negocio y, en definitiva, volver a generar riqueza. Así, la misión de Rajoy a partir de hoy no consiste en ser un "buen gestor", sino en dejar de meterles el dedo en el ojo o en la llaga a quienes sí les corresponde y sí son capaces de serlo dentro de sus propias economías: empresarios, ahorradores y trabajadores.

En una economía libre, semejante prescripción equivaldría a que Rajoy se encerrara en La Moncloa e incordiara lo menos posible al personal; en una economía ultraintervenida como la española, significa justo todo lo contrario: los populares, si es que de verdad aspiran a que podamos superar la crisis, tendrán que desfacer todo el entuerto gestado no sólo por el zapaterismo, sino por el dirigismo socialista que ha gobernado este país durante décadas. Y para ello tendrán que pisar muchos callos: los de unos sindicatos ultraprivilegiados, los de los grupos de presión apesebrados y, sobre todo, los de una sociedad española acostumbrada a vivir amamantada por el Estado.

Bien está, pues, que el PP haya ganado las elecciones con una holgada mayoría absoluta. La necesitará. Mas por sí misma la mayoría absoluta no soluciona ninguno de nuestros problemas. Lo que requerimos con urgencia son reformas, no nuevos gestores políticos que no deberían gestionar nada. El momento de la verdad empieza ahora, tanto para una derecha que deberá demostrar si está dispuesta a llegar hasta el final en la senda reformista o, en cambio, opta por dejarnos a casi todos tirados por el camino, como también para una izquierda que tendrá que recomponerse y decidir si aspira jugar la carta del populismo socialista e indignado.

Cambio de Gobierno sin reformas –y sin reformas drásticas– no servirá de nada: ahí está el caso de Passos Coelho en Portugal, cuya prima de riesgo sigue estancada por encima de los 1.000 puntos básicos desde que en junio llegó al poder aun cuando está haciendo caso a las directrices de la Unión Europea. Cambio de Gobierno con reformas sí podría servir: ahí está el caso de Irlanda, que desde julio ha reducido los tipos de interés que paga por su deuda desde el 15% al 8% gracias a que está adaptando su mercado mucho más rápido de lo encomendado por Bruselas.

¿Y qué reformas son ésas? Fundamentalmente la fórmula que ya se ha acredito con éxito en aquellos países que han tenido la gallardía de aplicarla: austeridad pública y liberalización privada. Lo primero significa una reducción muy intensa del gasto público sin castigar vía impuestos a un sector privado que ya se encuentra suficientemente asfixiado por sus deudas: todas las administraciones deberían reducir su gasto a los niveles previos a la burbuja inmobiliaria (y al zapaterismo), lo que, corrigiendo por inflación, implicaría aproximadamente un recorte de casi 100.000 millones de euros. Sólo así despejaremos las dudas sobre la solvencia de nuestro Estado y sólo así el conjunto de nuestra economía dejará de depender de la financiación que ya no nos podemos permitir. Este importantísimo ajuste habría que ponerlo en práctica como tarde para 2013, esto es, mucho antes de lo que nos exige Bruselas, pues quien nos presta el dinero no es Durao Barroso, Merkel o Sarkozy, sino unos ahorradores nacionales y extranjeros que no se fían de nosotros. Sí, es posible que con ello entremos en recesión: pero no olvidemos que de lo que se trata es de volver a generar riqueza de manera sostenible, no de mantener una economía descompuesta en respiración asistida por la vía del extraordinario e insostenible endeudamiento que nuestras Administraciones Públicas cada vez tienen más complicado captar. Ahora mismo, criticar que reduciendo el gasto público la economía volverá en la recesión equivale a haber criticado en 2005 que reduciendo la inversión en nuevas viviendas la economía española habría crecido menos y no habría creado tanto empleo.

Lo segundo, la liberalización privada, pasa por eliminar de raíz la negociación colectiva para poder negociar con libertad las condiciones laborales, por suprimir la maraña absurda de regulaciones en el mercado eléctrico (acabar con las nuevas primas a las renovables, recortar las ya comprometidas y mantener en funcionamiento la energía nuclear) y por derruir todos los obstáculos a la creación, disolución y gestión de nuestras empresas. Es decir, Rajoy tendrá que plantarles cara al lobby sindical, al lobby ecologista y al lobby de aquellas grandes empresas que viven de la teta pública y de la restricción legal de la competencia. Los pactos, el diálogo y el temple pueden estar muy bien si no se cede un ápice en las reformas necesarias, pero en este caso, cuando se trata de poner fin al modo de vida parasitario que muchos de estos organismos han mantenido durante décadas, es de prever que poco entendimiento cabrá con ellos. Y si lo hay, probablemente habrá un gato muerto encerrado.

Pero no sólo necesitamos austeridad y liberalización. A estas alturas de la película, con el crédito del país por los suelos, es imprescindible poner las medidas sobre la mesa lo antes posible, tanto por cuestiones de índole política –la resaca de su aplastante victoria y las esperanzas de cambio no durarán demasiado tiempo– como económica –no tenemos tiempo que perder–. Ahora que ya tiene asegurada la mayoría absoluta, Rajoy debería salir esta misma semana a la palestra y anunciar cuál será su plan de Gobierno; es decir, si es que lo tiene –y, si no, ya podemos ir haciendo todos las maletas, que el capital hará lo propio–, ha llegado la hora de que revele su famosa agenda oculta.

En cualquier caso, tengamos todos bien claro que de un modo u otro –con o sin reformas– los próximos años serán muy duros: España tiene ante sí un largo período de reducción de nuestras deudas privadas, lo que significa un cierto estancamiento semidepresivo de nuestra economía hasta que familias, empresas y bancos hayan terminado de sanear sus balances y rehacer sus planes de negocio. La diferencia es que con reformas el sufrimiento no será en balde e irá seguido de una mejora de nuestra economía, y sin reformas sufriremos tanto o más y nos hundiremos en el abismo. Hoy se ha acreditado que Rajoy tiene la capacidad de hacerlas –no sólo en el Gobierno central, sino en la mayoría de ejecutivos autonómicos– y eso, en sí mismo, es una buena e incluso esperanzadora noticia. Sin embargo, nos falta por conocer si de verdad posee la voluntad de implementarlas incluso ante una calle que sindicatos, ecologistas, indignados, comunistas y no sabemos si también socialistas se encargarán de incendiar. Ésa es la incógnita que debería despejar lo antes posible para que todos, también "los mercados", sepamos a qué atenernos.

No pierdan de vista el oro

El canario en la mina vuelve a piar con fuerza. El precio de la onza de oro al contado en el mercado de Londres cerró el jueves en 1.742,5 dólares. ¿Y eso es mucho o poco? No tanto si se compara con el récord histórico alcanzado el pasado 5 de septiembre, cuando cotizó a 1.895 dólares, pero la perspectiva cambia si se observan otras variables. Y es que, comparar el valor del metal amarillo con el del billete verde, el papel moneda de referencia a nivel internacional, puede llevar a engaño.

Estos últimos días el mercado de oro ha pulverizado otros récord igual o más de significativos. Su demanda mundial subió un 6% en el tercer trimestre del año respecto al mismo período de 2010, hasta un total de 1.053,9 toneladas -equivalente a 57.700 millones de dólares-. Una subida sustancial, aunque la clave principal no es ésta: casi la mitad de este volumen fue adquirido por inversores (468,1 toneladas), un 33% más que hace un año; además, destaca el apetito inversor mostrado por Europa, en donde las compras subieron un 135% entre julio y septiembre, hasta las 118,1 toneladas; y lo más relevante es que los bancos centrales dispararon las compras del preciado metal hasta las 148,4 toneladas, lo cual supone la cifra más elevada en 23 años -cuando adquirieron 180- y un 556% más a nivel interanual, ahí es nada.

Que los bancos centrales se hayan convertido en compradores netos de oro supone un cambio de rumbo radical, tras casi 20 años de ventas, e implica que están acelerando su diversificación de activos a fin de compensar la depreciación de sus reservas en divisas (dólares, principalmente). De hecho, si se tiene en cuenta la naturaleza de estos agentes, resulta alarmante que los emisores monopolísticos de papel fiduciario se abracen al oro con tal inusitada fuerza, pues evidencia una creciente desconfianza hacia su propia gestión monetaria. Asimismo, que el mercado apueste al oro como inversión es síntoma inequívoco de la gran incertidumbre económica e inestabilidad bursátil que aún reina tras casi cinco años de crisis internacional. No en vano, el hecho de que Europa haya disparado su demanda en plena tormenta euro ratifica, una vez más, la percepción de que este activo constituye un valor refugio por excelencia.

Por último, si bien su precio medio ha subido un 39% interanual, el oro no ha parado de apreciarse en los últimos años, llegando a multiplicar su valor varias veces. De hecho, en la actualidad, un estadounidense precisa destinar un promedio de 88 horas de trabajo para comprar una onza frente a las 20 del año 2000, un nivel muy próximo al alcanzado a finales de los años 70, en plena estanflación. Con Europa viviendo un momento crítico, la posibilidad de que la monetización masiva de deuda pública se extienda también a la zona euro, la amenaza de una recaída a nivel global en 2012 y el mantenimiento de los tipos de interés en mínimos históricos, es normal que el oro siga brillando con intensidad y, por tanto, siga cotizando al alza en un contexto de crecientes turbulencias financieras, económicas y monetarias. Sin duda, un activo cuya evolución es preciso seguir muy de cerca.

¿Debe un anarcocapitalista votar? Quizás sí…

En principio, se me hace muy difícil pensar que un ancarcocapitalista se planteara siquiera votar. Básicamente porque jamás participaría en un monopolio como es la democracia actual, que fundamentalmente significa el mantenimiento y expansión de los monopolios y privilegios públicos en contra de libertades individuales y del mercado. Participar en este "juego" significaría aceptar el juego, sus reglas, su funcionamiento y, por tanto, sus consecuencias.

Un juego que se traduce en:

  • Impuestos abusivos (si es que hay alguno que no lo sea).
  • Limitaciones brutales en nuestra libertad de actuar y elegir en las que nos convertimos en delincuentes por ejercer nuestra libertad, por ejemplo: la libertad de consumir drogas, la libertad de prostituirse o ser cliente de prostitutas, la libertad de fumar en espacios donde el propietario lo permite, la libertad de automedicarse, la libertad de poseer armas, entre muchísimos otros.
  • Precios de mercado más altos o más bajos de lo que debieran por las innumerables leyes y regulaciones.
  • Servicios "sociales" como la Seguridad, la Sanidad y la Educación, que no solamente son ineficientes sino que además nos salen carísimos (aunque se nos diga que "son gratis y no los paga nadie").
  • Efecto crowding out cuando el Estado desplaza a la iniciativa privada al ponerse a jugar a ser empresario y tratar de proporcionar productos y servicios.
  • Interferir en las relaciones entre trabajadores y empresarios sin que las partes puedan negociar libremente: prohibiendo trabajar más de un número determinado de horas a la semana, estableciendo unos salarios mínimos, imponiendo unos costes de despido, asignando unos "negociadores colectivos", implantando un seguro de desempleo que más bien equivale a desempleo seguro.
  • Dinero fiduciario cuyo valor intrínseco tiende a cero, monopolio de planificación central llamado banco central y crisis económicas de forma cíclica.

Esto se debe a que la democracia actual (socialdemócrata) acaba siendo, como señaló Jefferson, el gobierno de las masas donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%. Y eso, desde luego, no es nada liberal. Porque actualmente los derechos individuales no son los límites del ejercicio de la soberanía, sino que son destruidos, manipulados y tergiversados. Ciertamente, en este "concurso de popularidad", los anarcocapitalistas no deberíamos participar.

Dicho esto, sí creo que puede haber motivos para insertar una papeleta en una urna: si el no hacerlo te puede perjudicar a nivel personal.

Intentaré explicarme. Parece que aquellos que defendemos unas ideas con cierto convencimiento debamos poco menos que "morir por ellas". Nos sentimos obligados moralmente a defender nuestras ideas político-económicas ante todo aquel que las ponga en duda en cualquier momento y en todo lugar.

Considero esta postura errónea, inmadura e infantil porque significa anteponer nuestra ideología a nuestro bienestar personal. Y no hay nada más antiliberal, antiindividualista y antihumano que el martirio por nada que no seas tú mismo. Con lo único que debiéramos estar verdaderamente comprometidos es con nuestra vida personal y la de las personas que queremos, no con nuestra ideología. Estoy convencido que el martirio no sólo es un error intelectual sino que además es una degeneración del ser humano.

Por lo tanto, considero que hay ocasiones en las que se debe votar, por ejemplo: si por alguna circunstancia la estabilidad o continuidad de tu trabajo depende de tu voto; si vives en una población pequeña y el no votar va a significar un boicot hacia ti y hacia tu familia; si tu mujer o tus hijos se van a enfadar porque no quieres votar y eso conllevará discusiones familiares; si el no votar hace que tus padres se sientan defraudados o tristes (admitámoslo, nuestros padres se sienten decepcionados cuando les decimos que no vamos a votar y que, además, somos anarquistas).

Esta es la postura anarcocapitalista más sensata: no darle ninguna importancia al asunto. Desprenderse del Estado consiste en tomarse con indiferencia (en la medida en que se pueda) "lo que nos ofrece" y nuestra participación en él. Entonces, ¿por qué darle tanta importancia a votar si además sabemos que la relevancia de nuestro voto tiende a ser nula? Demos al Estado la razón como a los tontos si es necesario y no antepongamos nuestras ideas a nuestro bienestar.

Mi consejo para ti, lector anarcocapitalista, es que si en alguna de estas situaciones que he comentado anteriormente ves que puedes salir perjudicado, ¡vota, por Dios, vota! Trágate tu orgullo y tus ideas, tómate unas pastillas para dormir y vota… No seas un degenerado. No des al Estado más importancia de la que tiene, es decir, ninguna. Ah, y luego llama a tus padres para decirles que has votado por el mismo partido que ellos. Eso sí es un acto importante en tu vida.

El día después de las elecciones generales 2011

Supongo que muchos de Uds., lectores serios y avezados, se habrán preguntado cómo será el día después de las elecciones del próximo domingo 20 de noviembre de 2011. Sin duda, sea cual fuere el resultado de las próximas elecciones generales, el político que resulte elegido Presidente del gobierno por el parlamento tendrá ante sí un reto económico monumental.

Dado que ya analizamos el desafío de España a medio y largo plazo, permítanme que ahora observemos el primer obstáculo que deberá afrontarse en el corto plazo. A continuación, les resumo mi análisis del agujero presupuestario que debería solucionar el próximo gobierno de España con extrema urgencia si quiere evitarse una intervención con préstamos internacionales del Banco Central Europeo (BCE) y del Fondo Monetario Internacional (FMI). 

1. Disminución de los ingresos fiscales por la debilidad del crecimiento económico.

En primer lugar, los PGE 2011 fueron calculados para un crecimiento de la economía española del 1,3 % del Producto Interior Bruto (PIB), que quedará en un 0,7%, lo que rebaja en cerca de 5.600 millones de euros la previsión del gobierno socialista. Ya vimos que la única vía de desarrollo en la próxima década es la introducción de competitividad en la economía española. Sin embargo, desde un punto de vista fiscal, ese crecimiento menor del PIB ocasiona una desviación en las cuentas públicas que deberá ser afrontada con un mínimo de 1.800 millones de euros.

2. Gastos fiscales adicionales al rebasar los 5 millones de parados.

En segundo lugar, el número de desempleados alcanzará los 5 millones de personas durante el primer trimestre del año 2012, si se contabilizan las personas realizando cursos de formación, estudiantes y otros "maquillajes" estadísticos del actual Ministerio de Trabajo e Inmigración.

Tan sólo los 208.981 parados "oficiales" más, desde septiembre 2010 a septiembre 2011, suponen 1.500 millones de euros adicionales de gasto en prestaciones de desempleo para los PGE 2012. Por lo que, si se quiere afrontar de modo realista el escenario más probable durante el primer semestre del año 2012, habrá que presupuestar un mínimo de 4.500 millones de euros adicionales.

3. Aumento del ajuste fiscal para alcanzar un déficit público del 3%.

El Gobierno de España se comprometió con la Unión Europea (UE) a realizar un ajuste fiscal para alcanzar un déficit público del 6% del PIB en 2011, 4.4% en 2012 y 3% en 2013. Sin embargo, más tarde o más temprano, habrá que contabilizar las desviaciones por el menor crecimiento y el aumento del paro, Y, por otro lado, habrá que atacar el problema del déficit autonómico "oculto" que duplica y triplica lo declarado hace un año y, sólo en Castilla y la Mancha pasó de 900 a 2.700 millones de euros. Las Comunidades Autónomas añadirán un déficit "oculto" que fácilmente puede llegar a rondar un 1% del PIB de España, es decir, cerca de 10.000 millones de euros.

De hecho, un estudio de la propia Comisión Europea (CE) ha previsto en noviembre 2011 que las desviaciones del déficit público serán del 6.6% del PIB en el año 2011, del 5.9% en 2012 y del 5.3% en 2013. Esto último supone que deberá realizarse un esfuerzo adicional de ahorro en los servicios públicos para alcanzar los compromisos adquiridos por los siguientes importes:

Año

Déficit Público:
previsión de la Comisión Europea (Nov.2011)

Déficit Público:
compromiso de ajuste fiscal por el Gobierno de España

Diferencia en % PIB que debe corregirse

Ajuste fiscal adicional en millones de Euros (aprox.)

2011

6,6% PIB

6% PIB

0,6% PIB

 6.553 mill. €

2012

5,9 % PIB

4,4 % PIB

1,5% PIB

16.427 mill. €

2013

5,3 % PIB

3 % PIB

2,3% PIB

25.189 mill. €

Fuente: http://ec.europa.eu/economy_finance/eu/forecasts/2011_autumn/es_en.pdf

Nota: Se realizan los cálculos con el PIB de España en el año 2009 de 1.092.163 Millones de euros, según Eurostat.
 

Por tanto, lograr atender los compromisos adquiridos por España para corregir el déficit público implica un ajuste presupuestario de 22.980 millones de euros a comienzos de 2012 y otro adicional de 25.189 millones de euros en 2013.

4. Aumento de la prima de riesgo de la deuda pública.

Finalmente, los PGE 2011 fueron calculados con 200 puntos básicos de diferencial con respeto al bono de referencia alemán. Y, por cada 100 puntos básicos de diferencial se requieren cerca de 7.000 millones de euros.

Lo anterior quiere decir que, con una prima de riesgo de 350 de media anual, tendríamos que realizar un ajuste presupuestario de 10.500 millones de euros, siempre y cuando las compras de deuda soberana del BCE logren mantener la prima de riesgo por debajo del punto de no retorno de los 500 puntos básicos, lo que dependerá en un alto porcentaje de otros países como Grecia e Italia.

5. Ajuste fiscal para evitar una intervención conjunta del BCE y FMI.

En resumen, el escenario económico de España en el corto plazo requeriría un ajuste fiscal mínimo en el año 2012 de cerca de 40.000 millones de euros en las primeras semanas del nuevo Gobierno sólo para atender los gastos adicionales del año 2012 que acabamos de enumerar.

Sin embargo, proporcionaría una mayor tranquilidad a los inversores si se realizase un ajuste fiscal en el entorno de los 70.000 millones de euros para atender posibles contingencias presupuestarias y, con la debida antelación, hacer frente también a la desviación que existe en el compromiso de déficit del año 2013.

En cualquier caso, el análisis presupuestario demuestra que el nefasto Sr. Rodríguez Zapatero ha logrado que España no dependa de sí misma para salvarse del default. El ajuste fiscal socialista aprobado a comienzos del año 2010 no tuvo la suficiente contundencia, y no vino acompañado de reformas estructurales profundas que proporcionasen competitividad a la economía española. Por ello, las cuentas públicas de España siguen enganchadas al grupo de países que presentan falta de competitividad en sus economías y fragilidad en sus cuentas públicas y, por tanto, se encuentran sometidos a la crisis de deuda soberana.

Nuevamente, los gobiernos socialistas han demostrado que la discrecionalidad y el despilfarro en el gasto corriente, así como la irresponsabilidad en el aumento del gasto social hasta niveles insostenibles, se pagan con el desajuste de los Presupuestos Generales del Estado en el corto plazo, seguida de una crisis de deuda en el medio o largo plazo.

Por desgracia, todavía deberemos esperar hasta diciembre 2011 para dejar de ver al que, sin duda, puede catalogarse como el peor gobierno que ha padecido España durante la democracia. Ése será el principal hándicap de España, dado que existe un riesgo alto de que la prima de riesgo rebase los 500 puntos básicos antes de la toma de posesión del nuevo Presidente.

Esperemos que el viento (BCE) sople a favor de los intereses de España y aguante el techo de la prima de riesgo española, que ha superado los 450 puntos básicos ayer martes, 15 de noviembre de 2011. Y, para evitar males mayores, esperamos que los asesores del nuevo inquilino del Palacio de la Moncloa sean escuchados y se tomen medidas de ajuste fiscal y reformas estructurales nada más llegar al poder.

Como la esperanza es lo último que se pierde, ojalá también se tenga el coraje político y el sentido de Estado que se requieren para arraigar una mayor certidumbre socioeconómica con un Estado de Derecho digno de tal nombre.

Es decir, ojalá se consiga un marco institucional con una mayor seguridad jurídica para ciudadanos, propiedades e inversiones con reformas que garanticen la independencia de los jueces y que doten de separación de poderes al régimen representativo español para que se pueda considerar una verdadera democracia liberal.

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