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De mis impuestos, a los ‘anti-papa’ cero

Thomas Jefferson no es uno de mis preferidos entre los Padres Fundadores, pero tengo que reconocerle que pocos pensadores en el mundo occidental en los últimos tres siglos han sido capaces de crear mejores frases que él: brillantes, emotivas, directas y contundentes. El otro día me acordaba de una de ellas mientras veía las noticias sobre la visita del Papa a Madrid y sobre las manifestaciones de los denominados anti-papa.

El tercer presidente de EEUU justificó la estricta separación entre iglesia y Estado que consagraba la Carta Magna de su país con una de esas impecables sentencias suyas: “Obligar a un hombre a pagar contribuciones para la propagación de opiniones en las que no cree es pecaminoso y tiránico; incluso forzar a este hombre a apoyar este o aquel maestro religioso es privarle de la confortable libertad de entregar sus contribuciones a las particulares pasiones que siente son más correctas”. No tengo absolutamente nada que añadir, ni como liberal ni como católico. Como explicaba hace unos meses, creo que cuanto más alejada esté la Iglesia del poder público (también en el apartado económico) mejor le irá y más fuerza tendrá su mensaje.

Pensaba en todo esto mientras observaba el lema con el que los anti-papa encabezaron su convocatoria: “De mis impuestos, al Papa cero”. Poco tengo que decir a esta frase. Me parece completamente lógico que aquellos que no sean católicos y que, incluso, puede que detesten a la Iglesia y a Benedicto XVI pidan que no se financie con su dinero la visita a Madrid del Santo Padre. Lo que ocurre es que no acabo de ver claro todo lo demás que rodeaba a estos nuevos indignados.

En primer lugar, es muy cuestionable el cálculo del coste de la visita del Papa a Madrid. Como explica muy bien Manuel Llamas, ni siquiera queda muy claro cuánto ha supuesto la JMJ para las arcas públicas. Parece evidente, incluso leyendo las informaciones de los medios más furibundamente anti-católicos, que el montaje de los escenarios, la infraestructura, los viajes de los peregrinos y el coste de su alojamiento ha sido sufragado por los fieles y las empresas colaboradoras. Es decir, individuos y compañías privadas han decidido hacer uso de su libertad para colaborar económicamente con este acto pastoral.

Vamos, que el coste para el Estado se ha limitado a los servicios públicos que ha sido necesario poner en marcha para que todo transcurriera con normalidad (policía, limpieza, etc…), algo que ocurre en cualquier concentración ciudadana (ya sea por un partido de fútbol, un concierto, una carrera ciclista o ¡cielos! una manifestación anti-papa). Resulta curioso poner en el debe de la JMJ el coste de unos servicios que los intervencionistas siempre han defendido que tiene que cubrir el Estado porque nadie más que él tiene la legitimidad para hacerlo.

Pero lo más fastidioso no es la mezcla de manipulación y mentiras que ha rodeado a las cifras sobre el coste de la visita papal; lo más molesto es que detrás de aquel eslogan no hay una reivindicación hacia una rebaja en el nivel tributario español, que permita a los ciudadanos quedarse con más dinero del que legítimamente han ganado para gastarlo en lo que estimen más oportuno (incluyendo contribuciones a su confesión religiosa). Lo que piden los anti-papa es lisa y llanamente que el Estado no dé un duro a la Iglesia Católica (¡y sólo a ella!).

Casi un centenar de asociaciones se sumaron a la convocatoria de la marcha: desde formaciones políticas como Izquierda Unida a grupos ecologistas, asociaciones por la defensa de la memoria histórica, republicanos, laicos o colectivos gays. Todos ellos tienen perfecto derecho a defender sus planteamientos.

Pero la pregunta que se hace cualquiera es ¿de dónde sacan los fondos para mantenerse todas estas organizaciones tan indignadas con la financiación pública de la Iglesia Católica? Porque la sensación que da es que mientras con una mano sujetan la pancarta, con la otra piden la subvención correspondiente. Y no parecen muy preocupados por el hecho de que yo les pague con mis impuestos su supervivencia, a pesar de que detesto muchas de sus ideas.

Creo que todas las subvenciones y ayudas públicas deberían retirarse mañana: ya sea a partidos políticos, sindicatos, patronales, grupos ecologistas, de cineastas, federaciones deportivas, festivales culturales, ONG,… o confesiones religiosas. Todos ellos sostienen ideologías o formas de vida con las que muchos ciudadanos no están de acuerdo. Deben ser sus seguidores, fieles, simpatizantes y miembros los que los financien voluntariamente. No creo que sea papel del Estado contribuir a su supervivencia, ni siquiera de aquellos con los que yo me identifique.

Como decía Jefferson, nadie debe verse obligado a contribuir “para la propagación de opiniones en las que no cree”. Por eso, desde aquí, lo quiero dejar bien claro: “De mis impuestos, a los anti-papa cero”.

La fiebre del oro

Hace sólo diez años se pagaba por la onza de oro unos 270 dólares. Hoy por esa misma cantidad se pagan 1.750 o, lo que es lo mismo, casi unas siete veces más. Quien hubiese comprado oro unos días antes del fatídico 11-S y pensase mañana liquidar la inversión poniéndolo a la venta en el mercado habría hecho un negocio inmejorable. Algo parecido puede decirse de todos los metales preciosos; de la plata, que ha pasado de los 4 dólares la onza a los 44, del platino, que se ha ido de los 450 la onza a los 1.900, e incluso del paladio que “sólo” ha doblado su precio en este periodo: en 2001 se pagaba por una onza de este metal unos 400 dólares y hoy se pagan 800.

Los metales preciosos, con el oro a la cabeza, han sido, junto con el petróleo y otras materias primas, la gran inversión de la década. Nadie lo hubiese dicho hace veinte años, cuando invertir en estos activos era considerado poco menos que de locos. En aquel entonces, en plena década de los noventa, su precio iba hacia abajo y todo el que los tenía en sus carteras salía en estampida. El mercado, en definitiva, ofertaba mucho más de lo que demandaba.

¿Qué ha sucedido entonces en los últimos diez años? El oro, a fin de cuentas, es un valor seguro porque todos lo deseamos y guarda el valor mejor que cualquier otro elemento de la naturaleza. Esto es así desde que el hombre es hombre. Todas las civilizaciones lo han atesorado o, directamente, lo han utilizado como dinero, como el mejor dinero posible. Sus ventajas son muchas, tantas que el uso de oro como moneda sigue hoy, cuarenta años después del cierre de la llamada ventanilla del oro por parte de Richard Nixon, siendo objeto de apasionados debates entre economistas.

Su valor, por lo tanto, no se define sólo por su escasez o las especiales cualidades que posee este metal, sino por el aprecio que los seres humanos le tenemos desde tiempo inmemorial como deposito de reserva y medio de cambio comunmente aceptado. La relación es causal. Nos gusta guardarlo porque es especial, muy dúctil y maleable, transportable, asombrosamente escaso e imposible de falsificar. Pero, sobre todo, nos gusta porque es deseado por otros. Parece que la naturaleza lo puso ahí a propósito para guardásemos en él el fruto de nuestro trabajo, esto es, nuestra riqueza y pudiésemos al tiempo comerciar con ella.

El oro, en suma, es dinero, de ahí que cuando el dinero de curso legal –en nuestro caso el dólar y el euro– pierde valor, el oro lo gana automaticamente. Por decirlo brevemente, cuando empezamos a no fiarnos de las divisas fiduciarias, aquellas que valen lo que dice el Gobierno que valen, tendemos a refugiarnos en el oro. El valor, y esto es importante remarcarlo, no es algo que un político decida, sino una proyección individual y subjetiva, de aquí que los precios fluctúen, incluso los del oro, dependiendo de lo valioso que lo percibamos.

Buscar refugio en el oro es algo que ha sucedido siempre. La sucesión de eventos suele seguir idéntico guión: el Gobierno necesitado de fondos gasta más de lo que puede permitirse, para mantener el ritmo envilece la moneda creando nuevas unidades monetarias de la nada –antiguamente se limitaba a envilecer el metal–, los agentes económicos detectamos que la moneda oficial vale cada vez menos y nos refugiamos en el valor seguro del metal amarillo, a ser posible de 24 quilates, sinónimo del oro 100% puro. Eso si nos dejan, en algunos momentos y lugares los Gobiernos han prohibido la posesión de oro precisamente por eso, porque la gente lo prefería a la moneda encanallada que obligaba a utilizar el Gobierno.

Este mecanismo tan sencillo es lo que ha hecho dispararse el precio del oro en los últimos años. El activo internacional de reserva, el dólar norteamericano, vale cada vez menos. Los sucesivos Gobiernos yanquis han ido creando más y más dólares para correr con sus cuantiosos y siempre crecientes gastos. Esta inflación ha provocado, como no podía ser de otra manera, un acusado repunte en el precio de la onza. El resultado es que cada vez estamos dispuestos a entregar más dinero fiduciario a cambio de la misma cantidad de oro. No ha cambiado el segundo –de hecho es ligeramente más abundante que hace diez años–, sino el primero, que está por todos los lados gracias a las políticas irresponsablemente expansivas de los bancos centrales.

Por de pronto el oro sube y seguirá subiendo, y con él todos los metales preciosos. Los inversores lo han entendido a la primera y compran todo el que pueden, los empresarios se afanan en encontrar nuevos yacimientos. Nosotros nos limitamos a guardarlo sabiendo que mantendremos con él a buen recaudo nuestra riqueza. El Gobierno, entretanto, no hace más que alimentar esta máquina diabólica viviendo por encima de sus posibilidades gracias a la máquina de hacer dinero que usa en exclusiva y en provecho propio. Hasta que esa máquina no se pare la fiebre del oro continuará.

A la Chita callando

Ha sido una de las grandes películas del verano. El Origen del Planeta de los Simios, "precuela" de la mítica película protagonizada por Charlton Heston, nos explica cómo los simios consiguieron hacerse con el control del planeta y dominar a la raza humana.

Según la peli de marras, un avieso chimpancé, usado como conejillo de indias en un tratamiento para el Alzheimer, obtiene una inteligencia superior gracias a dicho tratamiento y, a renglón seguido, ofuscado por la maldad que aprecia en la especie humana e indignado ante el trato que los humanos dan a sus congéneres, exhibiéndolos en circos y zoos, maltratándolos con la excusa de la ciencia, lidera una rebelión, una revolución que acaba con la dictadura humana y da el poder a lo simios…

Pero, seamos serios, ¿cómo una banda de monos, por muy mal encarados que fuesen, podía imponerse a humanidad por las bravas? Sí, reconozco que la escena de los simios campando a sus anchas por San Francisco y liándola parda en el Golden Gate, al más puro estilo Fidel Castro entrando en La Habana, destila pura épica revolucionaria… pero no fue así.

Fue un proceso lento, paulatino, gradual. Los monos no se hicieron con el poder, fuimos nosotros, los humanos, los que fuimos degenerando poco a poco, paso a paso, a la chita callando, hasta que, cuando quisimos darnos cuenta, vivíamos como monos, nos comportábamos como monos… éramos monos. Y una vez llegados a este punto, los chimpancés, bonobús, orangutanes y gorilas demostraron tener todas las de ganar.

Cuentan los más viejos que todo empezó en un sitio llamado España, donde mandaba un tal ZP… Allí, decidieron que los simios tenían los mismos derechos que los seres humanos y bajo el nombre "Proyecto Gran Simio" pusieron a nuestros primos peludos en un plano de igualdad…

Los monos fueron sacados de los zoos, de los circos, de los laboratorios… Se les enseñó el lenguaje de los signos y se les integró en la sociedad. En primer lugar, se dieron papeles para todos, tarjetas de la seguridad social, viviendas sociales, sueldos de emancipación. En Andalucía incluso tuvieron acceso al PER… y se generó un efecto llamada que en pocos años disparó las poblaciones simiescas, libres de predadores y con acceso a la medicina moderna.

Lógicamente hubo que integrarlos en las escuelas. Y aunque sin duda su aportación fue muy beneficiosa para las notas de gimnasia, el nivel educativo de los humanos, ya bastante tocado por la LOGSE, se desplomó, pues compartir pupitre con un gorila o un orangután no era precisamente el mejor camino hacia la excelencia académica.

El proceso continuó en la Universidad con una Ley de Igualdad y un sistema de cuotas que garantizaba la presencia de orangutanes, gorilas, bonobos y chimpancés en proporción a su creciente peso demográfico, de forma que coparon las diferentes ramas (lógicamente) del conocimiento, con consecuencias devastadoras…

Paralelamente, y gracias a las leyes paritarias, entraron en todos los sectores económicos del país, con presencia tanto en consejos de administración como en los órganos de gestión de los diferentes sectores industriales. En los sindicatos, su presencia venía de antiguo, pues, como liberados y piquetes informativos, ya habían participado en anteriores huelgas generales… Todo esto se tradujo en una importante merma de la productividad, calidad y competitividad de la industria patria en general, aunque, como excepción que confirma la regla, el cine español no se vio afectado y siguió manteniendo idénticos estándares de calidad.

A nivel político se les concedió el voto, incluso el Tribunal Constitucional avaló la presencia en las instituciones de agrupaciones simiescas que no condenaban la violencia…

Pero el impulso definitivo fue el control de la calle, de los espacios públicos. Los simios descubrieron que la sociedad humana les permitía hacerlo y obraron en consecuencia. Asociándose a un grupo de humanos con los que descubrieron que, aparte de los parásitos, compartían muchas cosas en común, fueron ocupando plazas, calles y, preferentemente, parques…Los asaltos a hipermercados, con una clara fijación hacia la sección de frutería, proliferaron…Y en las asambleas que controlaban dicho movimiento, nuestros primates descubrieron que su condición de cuadrumanos les daba ventaja a la hora de votar mediante el ingenioso sistema de agitar las manos…

Llegaron las siguientes elecciones…Y los votantes, en parte soliviantados por un atentado de la ultraderecha justo antes del día de las votaciones, cuyos autores fueron descubiertos gracias a las pruebas que encontraron en una furgoneta Kangoo, dieron la mayoría al bloque de progreso antropoide.

A renglón seguido, se constituyó un gobierno paritario al 50% simios, 50% humanos con seis ministros de cada y con María Teresa Fdez. de la Vega en vicepresidencia. Ya no había vuelta atrás…

Y, si bien las medidas económicas tomadas por el nuevo gobierno siguieron la línea marcada por el anterior gobierno formado exclusivamente por humanos, la situación no hizo más que empeorar.

Pero España fue solo la avanzadilla. Gracias a la Alianza de Civilizaciones el fenómeno se extendió por todo el mundo. En Europa, en América, en todo el mundo se produjo un fenómeno similar. Orangutanes en Asia, chimpancés en África, macacos en Japón, gorilas rojos en Venezuela…

Los organismos internacionales pasaron a ser dominados por la nueva mayoría antropoide. Las instituciones monetarias, ahora más "monetarias" que nunca, Reserva Federal, Banco Central Europeo, FMI, dejaron de actuar como si estuviesen dirigidas por monos y pasaron a estar dirigidas efectivamente por ellos, continuando las políticas de gasto público desmesurado y emisión de deuda sin control…

Como consecuencia de ello, una institución tan profunda y exclusivamente humana como el dinero perdió todo su valor. Y con él otras instituciones que, repito, son exclusivas de la humanidad, como el comercio, la industria, el ahorro y la acumulación de capital, así como la propiedad privada.

Finalmente las predicciones de Marx se habían hecho realidad. Se había llegado al paraíso socialista. Ya no hay clases sociales, no hay trabajadores explotados, no hay empresarios explotadores, no hay plusvalías…

En su lugar, tenemos hordas, clanes y bandas de gorilas, chimpancés, orangutanes, humanos, macacos. Hemos vuelto a una sociedad de cazadores recolectores…

Y ¿saben? En el fondo no está tal mal. Nos aburrimos como monos, pero tenemos cosas buenas como no tener que pagar hipoteca, aunque a cambio tengas que pelearte con un gorila por una rama para pasar la noche… Y se han conseguido reducir las emisiones de CO2.

Aunque, en el fondo, ¡a ver si llega Charlton Heston y, como presidente del NRA, pone un poco de orden en todo esto!

Otto de Habsburgo

A comienzos de este verano pude leer una breve noticia sobre el fallecimiento de Otto de Habsburgo, hijo del último emperador Austro-Húngaro, Carlos I (1887-1922). Y me acordaba de que en febrero del año pasado les escribí sobre los Habsburgo, en aquella ocasión recordando la muerte de la que fue su mujer, Regina. Como entonces, me ha parecido razonable que en esta web, próxima a la Escuela Austríaca de Economía, hablemos un poco sobre aquella dinastía (tan cercana también a la historia de nuestro país).

Otto de Habsburgo-Lorena heredó la legitimidad dinástica a los cuatro años de la desaparición del Imperio Austro-Húngaro en 1918. Su vida estuvo marcada por el exilio, la oposición al nacional socialismo y una acendrada vocación europeísta. Fue diputado del Parlamento Europeo por la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) e impulsor del movimiento Paneuropeo. A sus funerales asistió una buena representación de la realeza europea (aunque desde España solo viajó la Infanta Cristina), ministros de varios países del extinto Imperio, y bastantes autoridades de Austria y Viena. De hecho, el cortejo fúnebre desde la Catedral de San Esteban hasta la Cripta de los Capuchinos (el famoso panteón de los Habsburgo) recibió los honores del ejército de la República austríaca y las salvas de cañón correspondientes a la dignidad real.

Tengo por casa un libro suyo: Europa en la encrucijada (1954), recopilación de varias conferencias dictadas entre 1951 y 1953, más un artículo de 1942 sobre una propuesta de "reconstrucción danubiana", todavía en medio de la II Guerra Mundial. Comenzando por este último, resulta llamativa la premonición que tuvo sobre las desastrosas consecuencias de Yalta, el expansionismo soviético y la ruptura de Europa en dos Bloques. Aunque en ese momento lo que más le preocupaba era no volver a caer en los errores de 1918 ("importa más ganar la paz que la guerra"), con aquella obsesión de los aliados por desmembrar la vieja Corona Austro-Húngara. Otto proponía volver a una confederación de los pueblos del Danubio que respetase todas sus peculiaridades, pero bajo una autoridad suficientemente asentada como la del Emperador. Frente al empeño de Versalles por crear naciones artificiales sobre un argumento lingüístico, recuerda que "existen otras fuerzas… no menos importantes que la lengua. Lo son por ejemplo la geografía, la seguridad, la religión, la economía, la tradición y la historia" (p. 160). E ironiza con el absurdo reproche que se le había hecho al emperador Francisco José de haber "tratado de resolver el problema idiomático por la mera inteligencia libre entre los pueblos. Dicho en otras palabras, se le acusó de haber sido excesivamente liberal" (p. 163).

Hay un capítulo interesante, "Fundamentos de la vida estatal", recopilatorio de varias conferencias del año 1951. Empieza con una defensa del ordenamiento medieval, en el que el hombre "gozaba de una serie de derechos que no podían ser violados por el Estado ni por la sociedad. Los fundamentos jurídicos eran claros, por lo menos en principio: no podía existir sanción sin delito, ni leyes de efectos retroactivos, ni tampoco responsabilidades colectivas ni de raza" (p. 105). Se queja de que "la mayor fuente de nuestra decadencia, y esto no vale solo para Europa, es la desaparición del sentido de lo jurídico"; y es que, con sus correspondientes matices, "durante el Medievo cristiano, el concepto de Derecho era generalmente aceptado, respetado y universal. Aunque los gobiernos no eran democráticos, en el sentido actual, los súbditos gozaban de mucha mayor libertad" (p. 108). Desde luego que esta frase escandalizará a muchos progres bienpensantes…; pero recordemos que Otto de Habsburgo escribía con la mirada puesta en los viejos países danubianos, entonces ya sí sometidos al totalitarismo comunista.

Todas estas reflexiones mantienen su actualidad en medio de nuestra Europa, unida en la crisis económica y en un multiculturalismo artificial como el que este verano estallaba en Gran Bretaña… En cualquier caso, su fuerte europeísmo descansa en unos valores de honda raíz religiosa ("es preciso volver a la idea de que Dios es la fuente del Derecho, y que el Estado viene obligado a atenerse a principios morales de orden general"; p.115), que hoy en día no siempre son bien comprendidos. A muchos laicistas militantes les molesta que se hable de "las raíces cristianas de Europa"; pero la Historia es como es. También a ellos les avisaría Otto sobre una exagerada profilaxis secularizante: "La colaboración entre las autoridades espiritual y temporal es hoy frecuentemente combatida por los partidarios de una separación entre la Iglesia y el Estado. Pero tal separación ya existe de hecho, puesto que las atribuciones de cada cual son de orden diferente. Ahora bien, si por separación se entiende que la Iglesia y el Estado se ignoren mutuamente, no hay duda de que esta solución no es sensata, ya que es impracticable en la realidad" (p. 124). Vuelvo a recordar que escribía cuando la libertad religiosa había sido suprimida en las "democracias populares" del Este. Por ello, sostendrá con fuerza que "la libertad religiosa es la fuente de la libertad en general".

Termino con unos estimulantes párrafos de contenido económico, y que me van a disculpar que los transcriba casi íntegros (recordando que son de 1951), porque no tienen desperdicio: "La política más peligrosa es sin duda la que hoy se sigue en la mayoría de los países, en el sentido de confiscar fríamente los bienes privados del pueblo mediante una continua desvalorización de la moneda… Estas desvalorizaciones deliberadas son pura y simplemente un robo… Otro peligroso paso hacia el totalitarismo es la aplicación inmoral e inmoderada de cargas tributarias…" (p. 127). Tienen un sabor a las críticas de Juan de Mariana al envilecimiento de la moneda; y dan muchas luces sobre la crisis del estado del bienestar a la que asistimos.

Con la Iglesia se han topado

La impresionante reunión de peregrinos católicos de todo el mundo, congregados el pasado fin de semana en Madrid con motivo de la celebración en esa ciudad de una de las periódicas Jornadas Mundiales de la Juventud, va a traer sin duda muchas y profundas consecuencias. Por lo pronto, la Iglesia Católica ha demostrado una vez más que sigue siendo la organización religiosa más importante del mundo, exhibiendo sus extraordinarias dotes para convocar a millones de personas por encima de razas, lenguas y culturas diferentes en perfecta paz y armonía. Los cronistas del acontecimiento nos relatan el civismo de los asistentes, algo que, ciertamente, no resulta predicable en todos los casos que grandes multitudes se congregan para manifestarse en público. Sometidos a los rigores del bochorno que azota Madrid en verano, los peregrinos no perdieron la compostura. Algunos de ellos, incluso, demostraron que una tendencia natural impulsa a los hombres a aligerarse de ropa en esas condiciones, para escándalo de quienes ridiculizan a todos los católicos como mojigatos, sin observar antes la superposición de visiones sobre el cuerpo humano que los cristianos han legado a la cultura y al arte universales. Imaginen lo que ocurriría en la peregrinación a La Meca, si se produjera una situación así.

Desde una perspectiva humanista, sabemos que esas expresiones multiculturales no constituyen un hecho aislado. Desgraciadamente no he estado todavía en Jerusalén ni en Roma, donde cristianos de todo el mundo celebran pacíficamente sus actos de liturgia, entusiasmados por el marco incomparable que los acompaña. Sin embargo, hace tiempo tuve la ocasión de asistir a una misa en distintas lenguas en la catedral de Santiago de Compostela – lugar santo para los cristianos y, a la vez, simbólico para los españoles– y no dejé de maravillarme del profundo ambiente de hermandad que se respiraba allí. Sin duda uno de los aspectos más brillantes y conmovedores del cristianismo y que lo diferencian de otras religiones que no promueven el amor y el respeto al prójimo.

En sociedades plurales, obviamente, no cabe la unanimidad y pueden y deben encontrarse aspectos más sombríos que los felizmente resaltados el pasado fin de semana en la poliédrica trayectoria de la Iglesia Católica y otras confesiones cristianas. Podemos mencionar dos ejemplos donde su magisterio ha tomado partido por una postura estática y rígida sobre asuntos mundanos o en los que simplemente no ha empleado la diligencia debida para mantenerse coherente con sus propios postulados. Me refiero a la difusión entre los cristianos de la célebre “doctrina social” de la Iglesia expuesta en la Encíclica de León XIII “Rerum Novarum” en 1891. A pesar de algunos destellos atinados en la defensa de la propiedad privada como parte de la libertad de los hombres y de las actualizaciones posteriores como la encíclica “Centesimus Annus” de Juan Pablo II, tan elogiada por grandes economistas, la falta de comprensión de la dinámica del mercado –que es la humanidad entera– ha conducido a muchos católicos hacia opiniones anticapitalistas de forma innecesaria. No por casualidad el viaje intelectual de muchos socialistas comenzó con el aprendizaje de esa doctrina para a continuación dotar de una justificación cuasi religiosa a teorías erróneas como el marxismo. La Iglesia podría estimular el debate y la búsqueda de la verdad sobre estos asuntos y abstenerse de adoptar ninguna doctrina como oficial. Diríase, por lo demás, que la jerarquía católica se empeña en defender el Estado del bienestar por la mala conciencia de no haber resuelto su propia financiación al margen de los gobiernos de los países donde se vio forzada a transigir para subsistir.

El segundo tipo de carencias, aun admitiendo la dificultad para mantener la coherencia entre miles de millones de creyentes y las distintas iglesias nacionales, deriva de la tolerancia hacia determinadas actitudes de obispos que han utilizado dobles raseros para relativizar las claras prohibiciones del quinto y séptimo mandamientos (“No matarás” y “no robarás”) recurriendo sin ambages a polilogismos marxistas o nacionalistas. Pienso en este momento en el poco edificante ejemplo de algunos prelados católicos frente al terrorismo independentista vasco, pero podrían ampliarse los casos a otras partes del mundo.

No obstante, el argumentario esgrimido por los convocantes de las manifestaciones contra la visita papal y la celebración de esa reunión católica multitudinaria ya alcanzaba niveles pedestres de intolerancia y abierta manipulación de la realidad en los prolegómenos del acontecimiento. Chocante resultaba la súbita preocupación por sus impuestos, destinados según ellos a pagar la estancia de los peregrinos, o la indignación por las bonificaciones en los precios del transporte público mientras se prolongaran las jornadas, promovidas por el gobierno regional de Madrid.

El posterior desarrollo de los acontecimientos demostraría que esa vanguardia de choque goza del apoyo del gobierno actual, aunque algunos de esos defensores de la mugre no lo supieran, el cual les iba a prestar un altavoz callejero privilegiado para que dieran rienda suelta a las expresiones de odio que tuvieran a bien dedicar a los católicos. No de otra manera puede interpretarse el hecho de que se les permitiera circular por zonas aledañas a la Puerta del Sol donde se encontrarían algunos peregrinos, despreciando temerariamente la seguridad y la libertad de estos últimos. Nadie recordó que en 2003 – parece que ha transcurrido una eternidad–, con el entusiasta apoyo de los parlamentarios del PSOE, se tipificaron expresamente como delito (artículo 514.4 CP) este tipo de “contramanifestaciones”. Se pensaba obviamente en perseguir el acoso y las amenazas que sufrían los participantes en manifestaciones contra el terrorismo en el País Vasco. Sin embargo, antes al contrario, esa “ratio legis” no resta un ápice a su alcance general y universal, de manera que debería abrirse una instrucción judicial que esclareciera cómo fue posible que la policía desalojara de la Puerta del Sol, escoltándolos, a los peregrinos católicos frente a las coacciones e insultos (¿se pueden subestimar las intenciones de alguien que grita “os vamos a quemar como en el 36“?) de esa turba aparentemente desorganizada que no estaba autorizada a circular por allí. Luego vendrían las cargas policiales contra algunos de estos sujetos (…y las acusaciones de provocadores a los peregrinos por parte de elementos del PSOE) pero ello no puede servir para ocultar las responsabilidades del gobierno y su delegada y de los amedrentadores.

Constituye ya un lugar común decir que el actual gobierno español ha fomentado estas actitudes. Forman parte de sus “señas de identidad”, tal como recomienda el “deconstructor” de cabecera Juan Goytisolo, viejo inspirador literario del neosocialismo posmoderno español. Pero hay algo peor y más inquietante, de cara al futuro próximo, donde, probablemente, los católicos querrán olvidar los desagradables incidentes frente al éxito de las sucesivas reuniones presididas por el Papa. Aunque los grupos violentos son minoritarios, solo llevan hasta sus últimas consecuencias la feroz manipulación y propaganda guerra civilista y anticatólica que defienden muchos seguidores del gobierno.

Violencia indignada

El movimiento de socialistas indignados con el socialismo ha terminado chocando violentamente con las sociedades abiertas al descubrir que el sistema no funciona y no se puede redistribuir la riqueza que no se crea. La escalada se ha ido incrementando y lo que en un primer lugar fueron simples okupaciones de espacios públicos ha llegado a constituirse en movimiento de intolerancia.

De la protesta a la okupación pasando por reivindicaciones del viejo comunismo hasta entrar en propiedades privadas como bancos o hipermercados. Parecía que lo habíamos visto todo hasta que con la excusa de las Jornadas Mundiales de la Juventud grupos anticatólicos organizaron una marcha de espíritu indignado que avergonzó a todo el país al insultar y amedrentar a los peregrinos que habían llegado de todo el mundo como si fueran apestados.

Semejante odio visceral hacia el catolicismo y sus fieles no hace más que recordarnos las terribles persecuciones y asesinatos del pasado que los propios manifestantes relacionaron al grito de "¡os vamos a quemar como en el 36!". No se trata de un grupo mayoritario pero ha contado con una preocupante legitimación por parte de medios de comunicación de izquierdas y la participación de gentes de buena fe. La banalidad del mal descrita por Hanna Arendt regresa cíclicamente para recordarnos lo peor de la naturaleza humana en el momento que individuos pacíficos y respetuosos pueden llegar a participar o justificar semejantes linchamientos públicos.

Si en los primeros momentos de la filosofía era imposible pensar sin Dios, hoy nos resulta imposible analizar las cuestiones sociales sin el efecto distorsionador del Estado. Tras prometer ilusiones sociales imposibles de realizar en forma de derechos, estos indignados empiezan a canalizar sus frustraciones a través de la violencia. No es la falta de pan lo que les lleva a movilizarse sino la diferencia entre sus falsas expectativas y la realidad. La última excusa ha sido la de unas jornadas religiosas celebradas en Madrid y el punto álgido llegará cuando un gobierno responsable actúe decidido para terminar con el espejismo devolviéndoles a la dura realidad. Será entonces cuando tendremos que enfrentarnos a casos de extrema violencia en el que además los contribuyentes seremos los principales culpables por no querer, ni poder, sostener modelos de vida subvencionados y parasitarios.

De golpe, iluminados por algún tipo de revelación, quienes siempre han definido la supremacía de lo colectivo han exigido la fiscalización de las cuentas públicas porque se ha incurrido en gastos -indirectos- en lo que ellos consideran indeseable. Quienes promulgan el monopolio de la violencia estatal para garantizar nuestra seguridad prohibiendo las armas para la autodefensa lamentan ahora posibles abusos de la Policía; quienes reclaman siempre la propiedad pública discuten ahora que un Alcalde disponga y corte calles a su antojo sin tener en cuenta a los vecinos. Ahora… ahora que les molesta a ellos pero nunca como posición absoluta, en este punto practican la ortodoxia utilitarista. No nos engañemos, no nos encontramos ante una conversión de los colectivistas al capitalismo, sino de una concepción totalitaria e ideológica del Estado. En los últimos años se ha legislado sobre la moral ambicionando el monopolio sobre sentimientos íntimos e incluso la salvación extraterrena, más allá de la vida. Fuera de esta nueva salvación, solo posible dentro del Estado como ciudadano antes que hombre solo, hay anatema.

Y es que la clave para la convivencia es una sociedad abierta en la que los individuos puedan convivir y comerciar pacíficamente con sus semejantes bajo un sistema de seguridad jurídica. Semejantes pero no iguales, en aceptar la diferencia y respetar al "otro" se encuentra la clave de bóveda que sostiene la tolerancia. Debemos evitar que un poder absoluto, fuese ayer la Iglesia o el Estado en la actualidad, pueda definir la "normalidad" según un patrón de estricta y obligada obediencia. De lo contrario, la excomunión no solo comportará la condena de nuestra alma sino que incluirá el tormento físico y el oprobio público. No caigamos en una nueva edad de las Tinieblas.

Plazos, coste y riesgo del crédito

El tipo de interés de un préstamo tiene tres componentes: preferencia temporal (la prima del presente respecto del futuro), estimación de riesgo de impago (prima de riesgo) y expectativas de inflación.

La preferencia temporal es relativamente estable. La inflación es un fenómeno monetario generalizado (en el sentido de que afecta a todos los que tienen dinero, derechos de cobro u obligaciones de pago); podría ser prácticamente nula si el dinero fuera una auténtica institución de mercado libre; existiendo múltiples divisas, la inflación puede ser diferente para cada una.

El riesgo depende de cada préstamo y deudor concreto (privado o público, y con sus correspondientes garantías y avales), aunque puede verse afectado por percepciones generalizadas de la salud de la economía en su conjunto que pueden cambiar rápidamente y de forma conjunta (psicología de masas, contagios de desconfianza).

Los contratos de préstamo o crédito pueden incluir restricciones que los acreedores imponen a los deudores para reducir o mitigar los riesgos: presentación de cuentas, límites a más endeudamiento, especificación de las actividades a las cuales se dedican los fondos. También se utilizan garantías reales (hipoteca sobre bien inmobiliario) o personales (posibilidad de expropiar bienes o embargar ingresos futuros) y avalistas (personas que se hacen cargo de la deuda en caso de impago).

El tipo de interés de un préstamo depende de la duración del mismo. En condiciones normales mayor plazo implica mayor tipo de interés: la curva de tipos (representación gráfica del interés en función del plazo) tiene pendiente positiva; el tipo de interés a corto plazo es menor que el tipo de interés a largo plazo. La inversión de la curva de tipos (que el tipo a corto sea mayor que el tipo a largo) suele indicar alguna anomalía o crisis económica.

La deuda es más líquida (de valor más estable y seguro) cuanto más corto sea su plazo: más extensión hacia el futuro implica más riesgo e incertidumbre (el deudor tiene más tiempo y probabilidades de tener problemas, quebrar e impagar la deuda en parte o en su totalidad).

La forma de la curva de tipos se debe a la interacción entre la oferta y la demanda de crédito para cada plazo (teniendo en cuenta también la especulación, las expectativas de evolución futura de los tipos de interés). Los deudores prefieren deber a largo plazo (en el caso del crédito para la producción, para tener más tiempo para llevar a cabo proyectos más complejos y productivos, por lo cual podrán asumir una financiación más cara) y no tener restricciones sobre qué hacer con los fondos prestados (poder asumir riesgos); los acreedores prefieren tener derechos de cobro a corto plazo (poder recuperar rápidamente su dinero si lo necesitan) y con pocos riesgos (poder exigir prudencia a sus deudores).

A la fecha de vencimiento de un préstamo el acreedor debe disponer de fondos para amortizarlo por completo, negociar una extensión del mismo con el deudor (renovar o reestructurar el crédito) o declararse en quiebra y liquidar los activos. Los fondos necesarios pueden proceder de los ingresos generados por la actividad productiva (si el proyecto ya ha alcanzado la fase de comercialización y venta), de la venta de algún bien o activo o de la obtención de un nuevo crédito con un acreedor diferente.

Un proyecto productivo que no va a generar ingresos por un tiempo puede financiarse mediante múltiples créditos sucesivos a corto plazo, o mediante un solo crédito a largo plazo. Al financiarse a largo plazo el acreedor paga más por el préstamo pero tiene una situación financiera más sólida y solvente, no necesita preocuparse constantemente por obtener ingresos o renovar créditos, no depende de otros. La financiación a corto plazo es más barata pero más arriesgada: el deudor tiene una posición financiera delicada, depende frecuentemente de encontrar nueva financiación, y esta podría desaparecer o incrementar fuertemente su precio, lo que podría arruinarlo.

Más descalce de plazos entre activos a largo y pasivos a corto, sea para una empresa o para la economía en su conjunto, implica más riesgo, más descoordinación entre los proyectos productivos y sus financiadores (los ahorradores que además son consumidores), más sensibilidad a cambios y problemas, menos resistencia, mayor probabilidad de fracasos y pérdidas. Estos riesgos no pueden desaparecer, pero pueden distribuirse u ocultarse.

Si las empresas se financiaran directamente de los ahorradores no podrían llevar muy lejos estos desajustes: la refinanciación sería cada vez más difícil y las quiebras incentivarían la prudencia de los inversores.

Un banco (o el sistema bancario en su conjunto) puede agravar el problema porque puede intentar realizar arbitraje sobre la curva de tipos y descalzar plazos mezclando sus funciones de gestión de pagos (dinero y deuda a muy corto plazo) e intermediación financiera (deuda a más largo plazo y acciones). El banco distorsiona y envilece sus complementos o sustitutos monetarios para expandir el crédito. Oculta y redistribuye riesgos, agregando los de muchos agentes y concentrándolos en sí mismo; pero es entonces el propio banco el proclive a quebrar cuando haya problemas, y además como intermediario de pagos y finanzas pondrá en peligro a todas sus múltiples contrapartes (riesgo sistémico).

El largo plazo por un plato de lentejas

A pesar del inevitable y reforzado interés que toma el estudio de las cuestiones coyunturales y financieras debido a la Gran Recesión, conviene no perder la perspectiva del crecimiento a largo plazo.

Al contrario de algunos, que en sus declaraciones parecen seguir la filosofía del ‘a largo plazo todos muertos’, otros economistas adquieren una posición mucho más sensata. Así por ejemplo, el prestigioso economista del MIT Daron Acemoglu afirmaba hace un par de años en EconTalk que el peligro auténtico y más importante al que se enfrentaban las economías en 2009 era el de tomar medidas que, con el objetivo de evitar caídas leves –del 1%- del PIB en un año particular, se sacrificara el crecimiento –en un 1%- de este PIB durante un periodo prolongado de tiempo; lo que en 30 años significaría tener un PIB un 35% inferior.

Para él, ése sería un precio demasiado alto para pagar a cambio de suavizar la parte recesiva del ciclo económico: tras aplicar las medidas necesarias destinadas a tratar de evitar una gran depresión –o lo que desde nuestra perspectiva podríamos denominar como ‘contracción secundaria’-, el énfasis de las políticas económicas debería centrarse acto seguido en asegurar un ambiente propicio para el crecimiento económico a largo plazo.

Las palabras de Acemoglu resultan muy interesantes para analizarlas en estos momentos. Más de dos años después, seguimos inmersos en una situación tremendamente delicada, agravada en algunos importantes aspectos por las políticas presuntamente contracíclicas tomadas desde los gobiernos, en particular en lo que se refiere a 1) los niveles de deuda y 2) la abultada incertidumbre.

Respecto a la deuda, ante la caída de la actividad económica y el empleo, con la caída de la recaudación fiscal que ello implica (y que en el caso de España fue excepcionalmente alta), los gobiernos decidieron aplicar medidas de aumento del gasto público con el objetivo de estimular la economía. Las consecuencias directas más palpables han sido la explosión del déficit y la deuda pública, sin mejoras en el crecimiento significativas –más bien lo contrario-.

En Europa, ello ha sido uno –no el único– de los factores que han contribuido a generar la crisis de deuda soberana a la que las autoridades europeas siguen sin dar una respuesta clara y definitiva. En Estados Unidos, similarmente, ha conducido a una situación de insostenibilidad de la deuda gubernamental que debe corregirse con firmeza para alejarse del ya no tan improbable default.

Difícil panorama al que se enfrentan las principales economías desarrolladas, necesitadas todavía de un doloroso y notable proceso de desapalancamiento, para establecer los fundamentos de un crecimiento sostenido.

Este crecimiento sufre de adicionales obstáculos, como es la elevada incertidumbre institucional fruto del activismo gubernamental y/o la mala gestión política de la crisis. Pensemos en las inciertas medidas que vayan a tomarse en el futuro –subidas de impuestos, regulaciones financieras…-, o las que ya se han tomado pero cuyos resultados concretos todavía están lejos de ser claros –reforma sanitaria de Obama-. O pensemos en cómo se está llevando políticamente la crisis de deuda en Europa y la práctica imposibilidad de predecir las próximas decisiones de las autoridades.

Es esta incertidumbre la que puede explicar, entre otros factores, la anémica inversión privada neta –motor del crecimiento a largo plazo- y la escasa recuperación del empleo en los Estados Unidos, especialmente por el impacto distorsionador que la incertidumbre causa sobre los pequeños y medianos empresarios (o aquellos que piensan crear nuevas empresas) a la hora de llevar a cabo el cálculo económico.

Los factores comentados vienen a confirmar los peores augurios de Acemoglu. Peter Boettke suele decir en los últimos años que las políticas gubernamentales tomadas desde 2008 han convertido lo que podría haber sido una corrección del mercado, profunda pero corta, en una crisis prolongada a lo largo y ancho de la economía.

El sacrificar unos sólidos fundamentos para el crecimiento a largo plazo por disfrutar de un aparentemente suculento plato de lentejas en el corto plazo no suele ser una estrategia óptima. Tampoco lo ha sido esta vez.

Encadenados al Estado del Bienestar

Hasta hace un par de años, el españolito medio soñaba con su jubilación, que el Gobierno le había dicho que tendría lugar a los 65 años, momento a partir del cual cobraría una pensión que le permitiría vivir sin trabajar hasta el fin de sus días: El justo premio a todos sus años de trabajo y cotización a las arcas del Estado.

Entonces llegó la crisis económica, y el sueño comenzó a hacerse añicos. Resulta que, a las primeras de cambio, todos esos importes cotizados no son suficientes para sostener el sistema. El feliz momento se postergó, de momento hasta los 67 años, y se descremó, endureciendo la forma de cálculo de la cuantía a recibir. E imagino que muchos españoles (y europeos), viendo el guindo desde abajo, serán conscientes de que tampoco está claro que se vayan a poder jubilar a los 67, ni a los 70, ni a los 75, si es que alguna vez pueden (entendiendo jubilarse como dejar de trabajar para recibir una pensión del Estado).

Y eso de retrasar la edad de jubilación, ¿es lo normal? ¿Es lo que debería ocurrir? Veamos qué ocurriría en un mercado no intervenido.

En este mercado, los emprendedores acometen proyectos en los que creen que van a acrecentar el valor de los recursos. Si aciertan en sus previsiones, se crea riqueza, una parte de la cual la retiene el emprendedor, y la restante se transmite a los demás individuos. Si se equivocan, destruyen riqueza, la suya propia, y son forzados a abandonar el proyecto. Por tanto, una sociedad libre tiende a generar riqueza, por la sencilla razón de que los proyectos que la crean sobreviven, y los que la destruyen, desaparecen.

Este aumento de valor se transmite hacia los recursos involucrados en el proyecto, siempre que, como ocurre en el libre mercado, no haya barreras legales de entrada. El mecanismo es muy sencillo: al observar los beneficios del emprendedor exitoso, otros emprendedores comienzan a imitarle, y hacen así que suban los precios de los recursos necesarios para acometer el proyecto.

Sea cual sea la actividad económica, hay una cosa segura: necesita el concurso del factor trabajo. Por tanto, esa creación de riqueza que ocurre en la sociedad libre supone una revalorización del factor trabajo, lo que se traduce, ceteris paribus, en una subida real de los salarios.

Desde otro punto de vista, los activos que añade el emprendedor exitoso a la estructura productiva hacen que aumente la productividad de los trabajadores. Ello, a su vez, posibilita que tienda a incrementare su sueldo.

Si se produce una subida en términos reales de los salarios, automáticamente resulta posible para los trabajadores incrementar la parte de su renta que dedican al ahorro, aunque lo que hagan o no dependerá de sus preferencias temporales. En todo caso, en general, el ahorro de los trabajadores se incrementa.

Este incremento en el ahorro es paralelo con el aumento de ahorro que también tendrán los emprendedores (por la riqueza generada con su idea), así como otros propietarios de recursos, cuya revalorización también se produce. En suma, aparece un mayor ahorro, que posibilita nuevos proyectos de inversión a los emprendedores, que tendrá de nuevo el efecto benéfico explicado más arriba.

De esta forma, en el mercado no intervenido se produce un círculo virtuoso que, desde el punto de vista del trabajador, se materializa en una capacidad creciente de ahorro.

Siendo así, es claro que los trabajadores que opten por hacerlo conseguirán acumular la cantidad que creen necesaria para sobrevivir sin trabajar, antes que si no se produjera este círculo virtuoso. Por tanto, en el mercado libre, la edad de jubilación tendería a anticiparse.

Compárese con lo que ha ocurrido en la actualidad. Esas maravillosas pensiones que el Estado pretende garantizarnos ya solo las podremos cobrar a partir de los 67 años. Por tanto, en lugar de anticiparse el momento en que el trabajador puede liberarse de sus "cadenas", se retrasa. Simplemente por el análisis teórico expuesto, deberíamos ser conscientes de en qué tipo de manos hemos depositado nuestro futuro. ¿Es acaso posible que el Estado del Bienestar nos trate peor que el mercado libre?

La respuesta es simple: ese Estado depende de los ingresos de los trabajadores para su supervivencia. Y, como a todo el mundo en sus transacciones comerciales, le interesa obtener lo máximo a cambio de lo mínimo: que los trabajadores paguen el máximo (trabajen cuanto más tiempo generando materia sujeta a impuestos y cotizaciones) y cobren el mínimo (disfruten el menor tiempo posible de su retiro, y con la pensión más reducida posible).

En este contexto sí podemos entender el término "cadenas" asociado al trabajo: nos obligan a trabajar y cotizar con el caramelo de la exigua jubilación. En cambio, en el mercado libre, el trabajo no supone ninguna cadena, pues cada individuo puede anticipar tanto como quiera (y pueda) su jubilación.

¿Será la crisis actual el fin de nuestro encadenamiento al Estado del Bienestar?

Ceguera y subvenciones, males del cine español

La ministra española de Cultura, Ángeles González-Sinde, ha dado otra de sus habituales muestras de generosidad con el dinero de los ciudadanos hacia el cine, sector profesional del que proviene y al que seguramente vuelva cuando salga del Gobierno. En plena crisis y cuando resulta urgente rebajar el gasto público, acaba de aprobar otros seis millones de euros en subvenciones hacia sus pasados y previsibles futuros compañeros. Y mientras el Ejecutivo sigue malgastando el dinero de los ciudadanos en favorecer a una industria supuestamente cultural (que, además, por lo general vive de espaldas a los gustos de los espectadores), desde sus filas suenan voces culpando a todos menos a ellos mismos de que no se vean apenas películas españolas.

Pero tal generosidad no es suficiente para muchos de quienes viven de ese cine español que no tiene la aceptación del público. El actor Alberto San Juan es una buena muestra de ello, así como de la incapacidad generalizada en dicho sector para reconocer que no hacen productos de calidad o que se ajusten a los gustos de los espectadores a los que dicen dirigirse. Ha sentenciado que la "mala imagen" de las películas españolas y quienes las hacen radica en el "ataque incomprensible" de los medios de comunicación.

Por supuesto, estos ataques provienen de los medios de "extrema derecha", que son "numerosísimos". No se ha vuelto loco con esto último, en su ceguera ideológica (es compañero del más conocido admirador español de Pol Pot, Willy Toledo), todo lo que no se sitúe a la zurda del ala más izquierdista del PSOE es fascista o similar. También se ataca al cine español, según este señor, desde medios "supuestamente progresistas". Dicho de otro modo, quien ose criticar la calidad del cine desde la izquierda tan sólo "supuestamente" se sitúa en esas posturas ideológicas. Sectarismo en estado puro.

¿Y cuáles son las soluciones de Alberto San Juan para el cine español? No pasan por imitar a Santiago Segura y hacer películas rentables gracias a responder a los gustos de muchas personas. En absoluto. Para este actor, hay que dar "más apoyo" desde el Estado y los medios de comunicación. Sobre lo primero, está claro a qué se refiere: más subvenciones para poder seguir haciendo productos que no interesan a nadie. Sobre lo segundo, da que pensar. Si se refiere a dinero, las televisiones ya están obligadas por ley a financiar cine español. Si no se trata de eso, tan sólo puede referirse a recortar la libertad de los medios para obligarles a hablar bien de las películas que ellos hacen. Estaría bien que aclarara a qué se refiere.

La abundancia de personas como este actor y las subvenciones como las concedidas por González-Sinde son el principal problema del cine español. Mientras las películas no necesiten del público para ser rentables, quienes se dedican a ellas podrán seguir negándose a ver la realidad y continuarán haciendo productos que no responden a lo que quiere el público. Esa es la verdad, y no unos supuestos ataques que no son más que críticas a la mala calidad generalizada y a la actitud prepotente de muchos actores, guionistas y directores.